INDICE




Capítulo tercero En el cual se escribe la muchedumbre de los bárbaros que vinieron sobre el alojamiento de los españoles a dar guazabara, y cómo fueron desbaratados y ahuyentados con pérdida y daño suyo, y cómo don Antonio salió por cierta parte de la provincia y le salieron de paz algunos indios y hubo a las manos a un cacique indio panche retirado entre estos naturales, lo cual hecho se volvió al alojamiento de Calamoyma.

 

Parece que al tiempo que los dos indios de quien de suso hemos tratado, se fueron del alojamiento de don Antonio, ya los naturales de aquella tierra se habían coadunado y determinado de venir a dar guazabara a los españoles, y así no fueron parte los dos indios a estorbárselo, aunque lo debieron procurar con tibieza; y así luégo que fue de día en la siguiente feria, se vinieron allegando al alojamiento de los españoles cantidad de cuatro mil indios con sus armas, puestos en orden por escuadrones, tocando sus fotutos y cornetas y otros instrumentos de guerra que estos bárbaros acostumbran traer consigo cuando vienen a dar semejantes guazabaras.

El día amaneció muy cerrado, por respeto de la mucha niebla y vapor que de la tierra, con el calor y rayos del sol se había levantado; y así los españoles, aunque oían el sonido de los instrumentos de los indios, no los podían ver para conocer y entender de su vista y presencia si venían como amigos o enemigos, y por causa de haber el día antes dicho los dos indios que vendrían con indios de paz, tuvieron entendido que los que sentían acercárseles no venían de mano armada, lo cual patentemente dende a poco conocieron y entendieron, porque como la niebla se deshiciese y toda la tierra quedase descubierta y clara, vieron que los que venían mostraban traer ánimo de ofenderles, por lo cual don Antonio apercibió y puso en orden a los españoles que consigo tenía, para que con las armas en la mano esperasen y resistiesen la furia de los bárbaros, los cuales se vinieron acercando a los españoles todo lo que pudieron hasta meter sus flechas en donde los nuestros estaban alojados, y dando muestras y apariencias de quererlos consumir y destruir de aquella vez; pero el brío que los bárbaros mostraban traer fue quebrantado con harta facilidad, porque como un soldado arcabucero disparase su arcabuz contra los indios, los miserables, temiendo que por aquel trueno habían de ser destruidos, sin pasar adelante punto volvieron las espaldas vergonzosamente, y con la más presteza que pudieron se dieron a huir.

Salieron tras ellos algunos españoles de a pie y de a caballo, y siguiendo el alcance herían y lastimaban algunos indios, aunque los que iban huyendo, como los apretaban los que los seguían, volvían algunas veces los rostros y flechas atrás para resistir la furia de sus perseguidores; pero la fragilidad de sus atormentados ánimos les hacía no perseverar en semejantes resistencias, sino proseguir con su huida adelante. Los indios amigos que los cristianos llevaban consigo, que, como he dicho, eran calamoymas, siguiendo su antigua enemistad que con los colimas tienen, seguían también el alcance con bríos tan crueles que ninguno alcanzaban a quien no quitasen la vida, y así murieron a manos de calamoymas y españoles más de cien indios colimas.

Los despojos de esta guerra no fueron de mucha codicia ni estimación, porque aunque se tomaron algunas joyas de oro fueron pocas y de poco valor, lo más fue algunas ollas de yerba ponzoñosa que los indios traían consigo para mojar las flechas al tiempo del arrojarlas y tirarlas porque hiciesen más impresión y con más fuerza en el cuerpo y sangre do tocasen e hiriesen. Item se les tomó muy grandes cestos o cataures que consigo traían para en ellos llevar las tripas y manos y cabezas y pies de los españoles, de quien vanamente pensaron haber victoria; porque estos bárbaros, imitadores en todo de las caníbales fieras enemigas del género humano, pensaban con la carne y cuerpos de los españoles hacer muy suntuosas cenas o borracheras; y ultra de esto hubieron a las manos muchas armas de los enemigos, cosa de bien poco valor, por ser todas macanas y lanzas y flechería, de que dejaban los indios con su apresurado huir bien poblada la tierra por do caminaban.

El propio día, ya tarde, vinieron al alojamiento de los españoles los dos indios que el día antes habían estado allí, y antes que allegasen ni mucho se acercasen comenzaron a dar voces diciendo que si llegarían seguros al alojamiento. Fueles respondido que sí, y de esta manera se vinieron a hablar con don Antonio, al cual comenzaron a dar sus descargos, diciendo que ellos no habían sido participantes ni consentidores en el acometimiento y guazabara que los indios habían venido a dar ni habían sido parte para estorbárselo, y así no eran aceptantes en el negocio y por ello -no- merecían castigo. Don Antonio les respondió que a él no se le había hecho ninguna ofensa ni daño por los indios que le habían venido a dar guazabara, antes los había rebatido honrosamente, y que todas las veces que quisiesen guerrear le hallarían aparejado para ello, y si quisiesen seguir la paz y amistad él se la guardaría y conservaría, y así les tomó a repreguntar la causa de no haber venido con ellos alguna copia de indios de paz. Dieron por respuesta que ellos lo habían procurado y tratado con los propios indios que aquel día habían sido desbaratados, pero que soberbiamente les habían respondido que no había cosa para ellos más odiosa ni aborrecible que tratarles de que viniesen a entender y obedecer a los españoles, y que antes se les dijese que no era su voluntad ni querían que estuviesen ni anduviesen por sus tierras, sino que se saliesen luégo de ellas, pues no eran ellos gente de tan poca estimación ni de bríos tan anichilados que a ejemplo e imitación de los panches y moscas, sus vecinos, se habían de sujetar a la servidumbre de los españoles; palabras dichas en su libertad y en parte donde los bárbaros entendían que no eran oídos de los españoles, pues hasta entonces ninguna honra ni victoria habían ganado para tener licencia de hablar tan libre y arrogantemente.

Envió don Antonio a los dos capitanejos que fuesen a llamar y traer los indios de paz. Hiciéronlo así, y dende a ciertos días volvieron con alguna gente, a los cuales recibió don Antonio amorosamente y les hizo todo buen tratamiento, y luégo los tomó a enviar para que atrajesen de paz a los demás indios; y así se fue poco a poco apaciguando la gente y pacificándose, y dende a pocos días tomó consigo don Antonio quince soldados y se abajó a la caldera o valle de Paripari, donde le convino hacer asiento por respeto de que en el camino se le empuyó un soldado, donde por mano y medio de los soldados y capitanejos de la primera paz, salieron pacíficamente a ver a don Antonio algunos indios de aquel valle, mostrando ser su rebelión más por temor de los españoles que porque se tuviesen por poderosos para conservar su antigua libertad. Fuele preguntado por que no se humillaban y venían como habían de venir a servir a los españoles, y a esto dieron por respuesta que se lo estorbaba cierto indio principal, de nación panche, que estaba retirado en este valle por no servir a su encomendero, que se decía Posadas, vecino de Mariquita, que por causa del propio encomendero se había retirado.

Don Antonio persuadió por las vías que pudo a los indios que trajesen ante él este indio panche, porque le parecía que tendría más cierta cierta la paz de los naturales con traerle así pacífico al panche; y en esto puso tanta y tan buena diligencia que el propio panche, de su propia voluntad, vino a visitar y ver a don Antonio y a entender lo que le quería. Don Antonio lo recibió alegremente, y lo abrazó y dio de vestir, e hizo todo el regalo que pudo, y le dijo lo que de él pretendía, que era que le trujese de paz los naturales y gente de aquella provincia; y mediante el regalo y buen tratamiento que don Antonio le hizo, se ofreció de hacer y poner por obra lo que le era encargado; y así se fue el panche, y don Antonio prosiguió su viaje para el alto de los Itoques que los españoles llamaron la boina del árbol de la cruz, a donde se abojó, y de allí envió a llamar de paz los indios del valle de los Itocos; y del valle de los Socapas vino a verle un principal de los Itocos, a quien don Antonio dijo su pretensión, y que si quería que en las labranzas de los indios no se les hiciese daño, que ellos propios trujesen el mantenimiento que era necesario para los españoles y calamoymas que con ellos iban.

El principal se fue luégo, y don Antonio marchó el siguiente día para su pueblo, en el cual se abojó y fue bien proveído de lo necesario. En este alojamiento y lugar se tuvo noticia cómo cerca de allí andaban españoles conquistando, y aunque claramente no supieron por entonces quiénes eran, pero presumiose ser gente de la ciudad de la Trinidad, por lo cual mandó don Antonio hacer y poner una cruz de madera en aquella loma y chapa donde estaba alojado, porque si los españoles llegasen a ella, conociesen y entendiesen que habían llegado allí otros españoles y se abstuviesen por esta señal de pasar adelante, por ser tal y muy antigua esta usanza en las Indias.

Partiose de este pueblo don Antonio con buen avío que los indios de él le dieron, y fuese alojar en una loma que está entre Avipay y Curabay, donde se holgó la pascua de Navidad, y le salieron de paz todos los naturales de aquellas poblazones, y trajeron toda la comida que fue menester, a los cuales don Antonio habló dándoles algunos rescates, con que los dejó contentos y pacíficos. Se volvió pasada la pascua a Caparrapí, donde había quedado la demás gente.

 

Capítulo cuarto En el cual se escribe cómo después de haber andado don Antonio toda la mayor parte de la provincia de los colimas y haberles salido de paz los indios y naturales de ella, entró con toda la gente a la loma de Minipi | [1] , donde pobló la villa de la Palma.

 

Los soldados y otras gentes que en el alojamiento estaban recibieron mucha alegría y contento por la buena nueva que don Antonio trajo de que había visto y descubierto muchas poblazones cuyos naturales le habían salido de paz y le habían recibido amigablemente, por los cuales respetos pasaron todos los días que hasta la festividad de los Reyes hubo con mucho regocijo y pasatiempo, después de lo cual don Antonio quiso dar otra vuelta por otra parte de la tierra y descubrir para ver bien lo que en ella había.

Y tomando consigo treinta hombres, se fue derecho al valle de Minipi, donde hallaron los dos capitanes de la primera paz, los cuales con muchos indios le salieron a ver y trajeron gran abundancia de comidas, y se mostraron amigables a los españoles. El siguiente día don Antonio pasó adelante, y yendo marchando halló que andaban cazando los dos capitanes, y con ellos muy gran cantidad de indios, y ya que los españoles llegaron al paraje de los indios alzaron los bárbaros muy grande y común alarido con que pusieron alguna sospecha en los nuestros para que creyesen que eran enemigos, y así el capitán como los soldados se recelaron no fuese traición ordenada por los dos capitanes, los cuales se llegaron a don Antonio y le dijeron que perdiese toda sospecha, porque ellos habían juntado aquella multitud de bárbaros para que viniesen a servirles y darles algún contento con matarles alguna caza; y así mataron y tomaron allí a manos, vivo, y a pura pata, un venado, que cuando dieron el alarido le mataron y lo trajeron a don Antonio; y con esto se fueron adelante a hacer el alojamiento o ranchos en que los españoles habían de dormir aquella noche, que fue a una loma, de donde se pareció y vio el valle llamado Chaquipay, donde cuando llegaron los nuestros hallaron tan bien proveído el alojamiento de ranchos y comida, de que por mano de los indios había sido proveído, que ninguna cosa les faltó. Y otro día don Antonio envió siete soldados que fuesen a ver y contar las poblazones que en el valle de Chaquipay había, y les mandó que no llegasen ni hiciesen daño alguno en las tierras, casas ni otras cosas que los indios tuviesen, lo cual fue hecho y cumplido como les fue mandado, sin esceder cosa alguna; y el propio día volvieron los soldados ya noche y dieron noticia de mucha poblazón que por allí había.

Y luégo otro día don Antonio y los demás españoles caminaron por las riberas de un río que en este propio valle se hace, que por lengua de los naturales es dicho el río de Murca, que de una parte y de otra iban grandes poblazones, por las cuales pasando se fueron alojar a la poblazón llamada Mitipay, cuyos naturales salieron de paz a don Antonio y le hicieron ranchos y sirvieron en lo que les fue mandado, y proveyeron de toda la comida que fue necesaria. En esta poblazón se padecía trabajo en el hablar a los indios por defecto de lenguas e intérpretes, pero fue luégo remediado, porque como estos naturales tuviesen entre sí cautivos de mucho tiempo atrás ciertos indios moscas que ya entendían y sabían hablar muy bien su lengua y saliesen a ver los españoles, fueron conocidos y entendidos de los indios ladinos del servicio de los españoles, que también eran moscas, y así hubo comodidad de hablarse más enteramente a los indios y naturales de esta provincia dende en adelante.

Después de esto pasó don Antonio adelante y fuese alojar a una poblazón llamada de Texama, donde antes que llegasen tenían ya los indios prevenido de ranchos en que los soldados y el capitán se alojasen, y de comida para ellos y su servicio y caballos, lo cual les fue agradecido y aun pagado por don Antonio con algunos rescates que les dio y con palabras de agradecimiento que les dijo, y sin detenerse allí más de una noche, prosiguió su descubrimiento y se fue alojar entre los valles y poblazones de Chapaypi y Topaypi, cuyos indios tenían prevenido lo necesario en la forma que los de Terema habían hecho. Pagóselo don Antonio con rescates que les dio, como a los demás, y durmiendo allí aquella noche pasó adelante a la loma de Muchipay, a quien los soldados llamaron la loma de la misa, por haberse celebrado en ella el día que estuvieron alojados los españoles, donde los naturales comarcanos continuaron la paz, según que los demás lo habían hecho, y proveyeron de mantenimiento y lo demás necesario a los españoles, con que se holgaron el tiempo que allí estuvieron; y desde este sitio fueron a dar con la paz y quietud que llevaban al valle de Jacopi, cuyos moradores se habían ausentado de sus casas con sus mujeres e hijos, por temor que tuvieron a los españoles.

Enviolos don Antonio a llamar con indios amigos que consigo traía, y a persuadirles que se volviesen a sus casas y que no les sería hecho daño ninguno. Vinieron a su llamamiento unos pocos de indios de los de Yacupi, pero dijéronle que mientras él y sus compañeros por allí anduviesen, que sus mujeres e hijos no volverían a sus casas, pero que le proveerían de todo el maíz que hubiese menester o que él fuese a sus casas y lo tomase. Don Antonio los persuadió a que dejasen y se apartasen de aquel obstinado propósito todo lo que pudo en que estaban obstinados, mas ninguna cosa le aprovechó, y con esto dio la vuelta don Antonio a la loma de Caparrapí, donde había dejado alojada la demás gente, que era bien poca. Fue bien recibido y usaron los soldados de las alegrías y demostraciones de que en semejantes tiempos suelen usar. Demás que la nueva de la poblazón que se descubre siempre en estas coyunturas es más próspera y gruesa que en otro tiempo ninguno, porque, o porque la descubrió el capitán o porque los soldados son algo verbosos, no hay ninguno que no diga que es la mejor y mayor poblazón que se ha visto la que ellos han descubierto, especialmente que había en esta jornadilla sido bien afortunado don Antonio, en que no tuvo ninguna controversia ni acometimiento de guerra, sino que todos los naturales le habían salido de paz.

Descansó de esta vez el don Antonio y sus soldados ocho días, en los cuales mandó apercibir y aderezar toda su gente y carruaje para entrar con ella la tierra adentro a poblar y fundar su pueblo, como lo había prometido, y poniéndolo por obra, levantó sus tiendas y toldos de la loma de Caparrapí y marchó la tierra adentro por la vía más derecha que pudo, y se fue alojar a una loma rasa de sabana, que tiene el apellido del pueblo de Misisipi, por ser términos suyos, y en la parte más apta que le pareció asentó su alojamiento, y allí fundó su pueblo, al cual llamó la villa de la Palma, nombrando sus alcaldes y regidores, que en las villas suelen ser y se eligen dos alcaldes y cuatro regidores, y los demás oficiales. Usó en esta poblazón don Antonio de las otras ceremonias que en la fundación de las colonias y sus (?) ciudades se acostumbra hacer, y luégo repartió y dio solares y huertas y estancias a los pobladores, hizo apuntamiento de los naturales que en la tierra había, apuntando y señalando a cada soldado lo que le pareció que le podía caber conforme a lo que la tierra era, con que mostraron todos o los más estar contentos. Fue esta primera fundación de esta villa de la Palma hecha por don Antonio de Toledo por el mes de febrero del año mil y quinientos y sesenta y un años.

Hecho esto, porque el contento de los soldados principiase con guerra, sucedió que cerca de la villa estaba un vallezuelo de poca poblazón que dos soldados pedían para servicio, que es como cosa que por más manual se da porque provean la casa de lo necesario. Don Antonio, por ser certificado de lo que daba y dar buena cuenta de sí de lo que había hecho, envió doce soldados que fuesen a contar las casas que en el vallezuelo había, los cuales fueron algo más desapercibidos de armas de lo que convenía, porque solamente llevaban sus espadas y rodelas y un arcabuz; y como los indios los viesen de esta suerte tomaron avilantez, aunque ellos también estaban desapercibidos, con solas sus macanas, con las cuales acometieron a los doce españoles y comenzaron a pelear con ellos pie a pie. Defendiéronse los nuestros hasta que fueron socorridos de los de la villa; porque como un soldado en un caballo se asomase en un alto desde donde señoreaba el vallezuelo y viese la pendencia que entre los indios y españoles había trabada, dio arma y fueron socorridos con brevedad, que luégo salieron seis hombres de a caballo, y arrojándose los dos dellos por una muy derecha y áspera bajada temerariamente, fueron en favor de sus compañeros, y los unos y los otros ahuyentaron los indios y los hicieron retirarse a la parte donde habían los otros cuatro de a caballo ido y estaban esperando a que los indios se retirasen por allí, los cuales dieron en ellos, y cogiéndolos en medio los unos y los otros españoles, les dieron el castigo que su rústico atrevimiento merecía, alanceando e hiriendo muchos de ellos. A la grita acudió otro escuadrón de hasta doscientos indios, pero desque vieron cuán mal habían librado los del primer acometimiento, se detuvieron y volvieron atrás.

 

|  Capítulo cinco | En el cual se escribe cómo don Antonio se salió | [2] de la villa de la Palma a dar cuenta a la Audiencia de lo que había hecho, donde fue preso, y en su lugar proveído Juan de Otálora. Escríbese cómo los indios de la Palma se alzaron y mataron muchos ladinos y después hirieron y mataron algunos de los españoles que les fueron a castigar.

 

Parecíale a don Antonio que con lo que tenía hecho y con la demostración que los indios habían dado de ser gente pacífica, estaba ya el pueblo seguro y con principios de sustentarse y permanecer, por lo cual determinó salirse a dar cuenta al presidente y oidores de la Audiencia del Reino de lo que había hecho.

Saliose de la villa con algunos de los vecinos de Mariquita que con él habían entrado y andado en aquella pacificación, y dejó la administración de la villa en un alcalde que a la sazón era.

Los oidores, por cumplir con lo que el rey tenía mandado a los que sin licencia hiciesen nuevas poblazones fuesen castigados, luégo que don Antonio llegó donde ellos estaban, le mandaron prender y procedieron contra él, y dejando estar las cosas de la villa en el estado en que don Antonio las había dejado, proveyeron por capitán y justicia mayor de ella a Juan de Otálora, para que la tornase a tener en justicia e hiciese las informaciones y residencia que contra don Antonio se había de hacer, y así se aprestó Otálora con la gente que pudo haber de nuevo para llevarla en su resguardo.

En tanto que esto pasaba en el Reino, Pero Hernández Higuera, vecino de Muzo o de la ciudad de la Trinidad, salió de ella con gente, por mandado de don Lope de Orozco, que la regia y gobernaba, a visitar la provincia y pueblos de ella y a pacificarlos; y caminando o andando hacia aquella parte donde la villa se había nuevamente poblado, los indios le dieron noticia cómo allí cerca había cristianos mariquitas, que era como decir gente que había salido de Mariquita. Pero Hernández, con esta noticia, se fue acercando a donde los indios le habían señalado y señalaban, y de repente dio en la villa. Entró en ella y supo todo lo sucedido y hecho por don Antonio y la causa de su ausencia. Holgose allí dos días, y volviose al pueblo de la Trinidad, donde don Lope tuvo noticia de la poblazón de la villa, y cómo estaba poblada en términos de Muzo o de la ciudad de la Trinidad, por lo cual algunos vecinos, con gran ahínco importunaban a don Lope que fuese a echar los vecinos de la villa de donde estaban poblados. Don Lope, por contentarlos, les dijo que sí haría, y tomando consigo la gente que pudo sacar, se fue derecho a donde la villa estaba y se entró en ella, y no atreviéndose a despoblarla, solamente puso en ella un teniente o persona que en su nombre la tuviese en justicia, según atrás queda escrito más copiosamente en el libro que trata de la ciudad de la Trinidad; con sólo este efecto se volvió a su pueblo.

Algunos de los de la Palma dicen que apresuró don Lope su salida porque los vecinos de la villa habían enviado ya a pedir socorro a la ciudad de Mariquita, para vengarse de la violencia y fuerza que don Lope les había hecho en entrar de mano armada y con vara enhiesta a su pueblo, de que habían recibido notable agravio e injuria, y que si el socorro les entrara antes que don Lope se saliera, que no dejaran de llegar y venir a las manos y suceder algunas rencillas y chirinolas entre ellos, pues con estar tan pocos como estaban se habían conformado en que una noche durmiendo todos desarmasen al agente y soldados de don Lope y lo prendiesen y enviasen preso a Santafé. Pero a las veces estas jatancias suelen ser vanas y jocosas.

Ido don Lope de la villa, los naturales se juntaron a borrachear y determinaron, después de borrachos, de matar los indios ladinos y cristianos del servicio de los españoles que por sus pueblos andaban desparados, por mandato de sus amos, para hacer labrar a los indios de los repartimientos y llevarlos al pueblo cuando les fuese mandado. Este malvado acuerdo pusieron con presteza por obra los indios, con que mataron muchas personas de todo sexo, con que, por temor del castigo, hicieron cierta y aun pertinaz su rebelión. Era a esta sazón alcalde Alonso de Madrigal en la villa, el cual para que este delito que los indios habían hecho y cometido fuese castigado, envió diez y ocho españoles mal aderezados que hiciesen el castigo. Los españoles fueron con el caudillo que les fue señalado, y dando en algunas poblazones y rancherías de indios mataron algunas personas culpantes y no culpados, porque en semejantes tiempos pocas veces se mira a los que hicieron la maldad, sino a que los indios queden hostigados y descalabrados, porque si hubiesen de esperar a examinarlos o cuáles fueron culpados, jamás enteramente averiguarían quiénes eran, y sería quedar los indios con alas para intentar otros daños mayores contra los españoles, como en muchas partes se ha visto, por la tibieza y negligencia de los capitanes y jueces, sobrevenir algún mal mayor en una provincia. Pero esta gente que este castigo hizo nunca usó de mucha presteza, porque dieron, en el tiempo que anduvieron castigando o haciendo su castigo, lugar a los indios a que se juntasen, y tomando las armas en la mano viniesen sobre ellos al tiempo que ya estaban de camino para volverse a la villa, y por eso ni los soldados dejaron de seguir el camino ni los indios de acometerles y seguirles con tanto coraje y obstinación que aunque los españoles hacían en ellos algún daño no por eso se detenían ni volvían atrás, mas antes siempre acudían a donde sentían que había pasos peligrosos y trabajosos para emplear mejor sus flechas y ofender más seguramente a sus enemigos.

Había en el camino una quebrada honda y de mal pasaje, en la cual pusieron los indios tanta diligencia y cuidado contra los nuestros que les hirieron y flecharon nueve españoles y les tomaron dos a manos, los cuales, incontinenti mataron e hicieron pedazos, y cada cual tomaba su posta y tajada y se la llevaba en la mano lamiendo la sangre que de ella corría o que tenía pegada en sí, y con el cebo seguían con más brío a los nuestros, de los cuales hubieran aquel día entera victoria y fueran todos muertos y sepultados en los vientres de estos bárbaros si no sucediera disparar y soltar un soldado un arcabuz, con el cual mató un indio que debía ser persona principal y de estimación entre estos bárbaros, cuya muerte fue causa no sólo de que dejasen de conseguir y alcanzar entera victoria, pero de que volviendo las espaldas se diese a huir con toda ligereza la vía de sus poblazones y tierra. Los soldados se vinieron a la villa con harto trabajo, donde dende a poco murieron algunos de los heridos y flechados, y hallaron que ya estaba en él Juan de Otálora, que había entrado por justicia mayor de este pueblo con algunos españoles que los venían a Socorrer de Mariquita.

Los indios, queriendo saber el daño que habían hecho, enviaron a la villa cuatro indios de paz, para que con esta color viesen y entendiesen los que eran muertos y los que estaban flechados; pero como de esto se tuviese sospecha fueron presos los cuatro indios, e interrogados por Otálora la causa de su venida al pueblo, la dijeron y manifestaron y aun se alargaron a decir por jactancia que ellos eran de los que mataron y comieron los dos españoles, por lo cual Otálora los condenó a muerte y los mandó ahorcar, y para este efecto fueron bautizados, y se dice que uno murió invocando el nombre de Jesús.

[1]  En la "tabla" de Sevilla se lee: "Minipo"
[2]  En la "tabla" de Sevilla se lee:  "Antonio salió de la"

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