Capítulo tercero
En el cual se
escribe la muchedumbre de los bárbaros que vinieron sobre el
alojamiento de los españoles a dar guazabara, y cómo fueron
desbaratados y ahuyentados con pérdida y daño suyo, y cómo don
Antonio salió por cierta parte de la provincia y le salieron de paz
algunos indios y hubo a las manos a un cacique indio panche
retirado entre estos naturales, lo cual hecho se volvió al
alojamiento de Calamoyma.
Parece que al tiempo que los dos indios de quien de suso hemos
tratado, se fueron del alojamiento de don Antonio, ya los naturales
de aquella tierra se habían coadunado y determinado de venir a dar
guazabara a los españoles, y así no fueron parte los dos indios a
estorbárselo, aunque lo debieron procurar con tibieza; y así luégo
que fue de día en la siguiente feria, se vinieron allegando al
alojamiento de los españoles cantidad de cuatro mil indios con sus
armas, puestos en orden por escuadrones, tocando sus fotutos y
cornetas y otros instrumentos de guerra que estos bárbaros
acostumbran traer consigo cuando vienen a dar semejantes
guazabaras.
El día amaneció muy cerrado, por respeto de la mucha niebla y
vapor que de la tierra, con el calor y rayos del sol se había
levantado; y así los españoles, aunque oían el sonido de los
instrumentos de los indios, no los podían ver para conocer y
entender de su vista y presencia si venían como amigos o enemigos,
y por causa de haber el día antes dicho los dos indios que vendrían
con indios de paz, tuvieron entendido que los que sentían
acercárseles no venían de mano armada, lo cual patentemente dende a
poco conocieron y entendieron, porque como la niebla se deshiciese
y toda la tierra quedase descubierta y clara, vieron que los que
venían mostraban traer ánimo de ofenderles, por lo cual don Antonio
apercibió y puso en orden a los españoles que consigo tenía, para
que con las armas en la mano esperasen y resistiesen la furia de
los bárbaros, los cuales se vinieron acercando a los españoles todo
lo que pudieron hasta meter sus flechas en donde los nuestros
estaban alojados, y dando muestras y apariencias de quererlos
consumir y destruir de aquella vez; pero el brío que los bárbaros
mostraban traer fue quebrantado con harta facilidad, porque como un
soldado arcabucero disparase su arcabuz contra los indios, los
miserables, temiendo que por aquel trueno habían de ser destruidos,
sin pasar adelante punto volvieron las espaldas vergonzosamente, y
con la más presteza que pudieron se dieron a huir.
Salieron tras ellos algunos españoles de a pie y de a caballo, y
siguiendo el alcance herían y lastimaban algunos indios, aunque los
que iban huyendo, como los apretaban los que los seguían, volvían
algunas veces los rostros y flechas atrás para resistir la furia de
sus perseguidores; pero la fragilidad de sus atormentados ánimos
les hacía no perseverar en semejantes resistencias, sino proseguir
con su huida adelante. Los indios amigos que los cristianos
llevaban consigo, que, como he dicho, eran calamoymas, siguiendo su
antigua enemistad que con los colimas tienen, seguían también el
alcance con bríos tan crueles que ninguno alcanzaban a quien no
quitasen la vida, y así murieron a manos de calamoymas y españoles
más de cien indios colimas.
Los despojos de esta guerra no fueron de mucha codicia ni
estimación, porque aunque se tomaron algunas joyas de oro fueron
pocas y de poco valor, lo más fue algunas ollas de yerba ponzoñosa
que los indios traían consigo para mojar las flechas al tiempo del
arrojarlas y tirarlas porque hiciesen más impresión y con más
fuerza en el cuerpo y sangre do tocasen e hiriesen. Item se les
tomó muy grandes cestos o cataures que consigo traían para en ellos
llevar las tripas y manos y cabezas y pies de los españoles, de
quien vanamente pensaron haber victoria; porque estos bárbaros,
imitadores en todo de las caníbales fieras enemigas del género
humano, pensaban con la carne y cuerpos de los españoles hacer muy
suntuosas cenas o borracheras; y ultra de esto hubieron a las manos
muchas armas de los enemigos, cosa de bien poco valor, por ser
todas macanas y lanzas y flechería, de que dejaban los indios con
su apresurado huir bien poblada la tierra por do caminaban.
El propio día, ya tarde, vinieron al alojamiento de los
españoles los dos indios que el día antes habían estado allí, y
antes que allegasen ni mucho se acercasen comenzaron a dar voces
diciendo que si llegarían seguros al alojamiento. Fueles respondido
que sí, y de esta manera se vinieron a hablar con don Antonio, al
cual comenzaron a dar sus descargos, diciendo que ellos no habían
sido participantes ni consentidores en el acometimiento y guazabara
que los indios habían venido a dar ni habían sido parte para
estorbárselo, y así no eran aceptantes en el negocio y por ello
-no- merecían castigo. Don Antonio les respondió que a él no se le
había hecho ninguna ofensa ni daño por los indios que le habían
venido a dar guazabara, antes los había rebatido honrosamente, y
que todas las veces que quisiesen guerrear le hallarían aparejado
para ello, y si quisiesen seguir la paz y amistad él se la
guardaría y conservaría, y así les tomó a repreguntar la causa de
no haber venido con ellos alguna copia de indios de paz. Dieron por
respuesta que ellos lo habían procurado y tratado con los propios
indios que aquel día habían sido desbaratados, pero que
soberbiamente les habían respondido que no había cosa para ellos
más odiosa ni aborrecible que tratarles de que viniesen a entender
y obedecer a los españoles, y que antes se les dijese que no era su
voluntad ni querían que estuviesen ni anduviesen por sus tierras,
sino que se saliesen luégo de ellas, pues no eran ellos gente de
tan poca estimación ni de bríos tan anichilados que a ejemplo e
imitación de los panches y moscas, sus vecinos, se habían de
sujetar a la servidumbre de los españoles; palabras dichas en su
libertad y en parte donde los bárbaros entendían que no eran oídos
de los españoles, pues hasta entonces ninguna honra ni victoria
habían ganado para tener licencia de hablar tan libre y
arrogantemente.
Envió don Antonio a los dos capitanejos que fuesen a llamar y
traer los indios de paz. Hiciéronlo así, y dende a ciertos días
volvieron con alguna gente, a los cuales recibió don Antonio
amorosamente y les hizo todo buen tratamiento, y luégo los tomó a
enviar para que atrajesen de paz a los demás indios; y así se fue
poco a poco apaciguando la gente y pacificándose, y dende a pocos
días tomó consigo don Antonio quince soldados y se abajó a la
caldera o valle de Paripari, donde le convino hacer asiento por
respeto de que en el camino se le empuyó un soldado, donde por mano
y medio de los soldados y capitanejos de la primera paz, salieron
pacíficamente a ver a don Antonio algunos indios de aquel valle,
mostrando ser su rebelión más por temor de los españoles que porque
se tuviesen por poderosos para conservar su antigua libertad. Fuele
preguntado por que no se humillaban y venían como habían de venir a
servir a los españoles, y a esto dieron por respuesta que se lo
estorbaba cierto indio principal, de nación panche, que estaba
retirado en este valle por no servir a su encomendero, que se decía
Posadas, vecino de Mariquita, que por causa del propio encomendero
se había retirado.
Don Antonio persuadió por las vías que pudo a los indios que
trajesen ante él este indio panche, porque le parecía que tendría
más cierta cierta la paz de los naturales con traerle así pacífico
al panche; y en esto puso tanta y tan buena diligencia que el
propio panche, de su propia voluntad, vino a visitar y ver a don
Antonio y a entender lo que le quería. Don Antonio lo recibió
alegremente, y lo abrazó y dio de vestir, e hizo todo el regalo que
pudo, y le dijo lo que de él pretendía, que era que le trujese de
paz los naturales y gente de aquella provincia; y mediante el
regalo y buen tratamiento que don Antonio le hizo, se ofreció de
hacer y poner por obra lo que le era encargado; y así se fue el
panche, y don Antonio prosiguió su viaje para el alto de los
Itoques que los españoles llamaron la boina del árbol de la cruz, a
donde se abojó, y de allí envió a llamar de paz los indios del
valle de los Itocos; y del valle de los Socapas vino a verle un
principal de los Itocos, a quien don Antonio dijo su pretensión, y
que si quería que en las labranzas de los indios no se les hiciese
daño, que ellos propios trujesen el mantenimiento que era necesario
para los españoles y calamoymas que con ellos iban.
El principal se fue luégo, y don Antonio marchó el siguiente día
para su pueblo, en el cual se abojó y fue bien proveído de lo
necesario. En este alojamiento y lugar se tuvo noticia cómo cerca
de allí andaban españoles conquistando, y aunque claramente no
supieron por entonces quiénes eran, pero presumiose ser gente de la
ciudad de la Trinidad, por lo cual mandó don Antonio hacer y poner
una cruz de madera en aquella loma y chapa donde estaba alojado,
porque si los españoles llegasen a ella, conociesen y entendiesen
que habían llegado allí otros españoles y se abstuviesen por esta
señal de pasar adelante, por ser tal y muy antigua esta usanza en
las Indias.
Partiose de este pueblo don Antonio con buen avío que los indios
de él le dieron, y fuese alojar en una loma que está entre Avipay y
Curabay, donde se holgó la pascua de Navidad, y le salieron de paz
todos los naturales de aquellas poblazones, y trajeron toda la
comida que fue menester, a los cuales don Antonio habló dándoles
algunos rescates, con que los dejó contentos y pacíficos. Se volvió
pasada la pascua a Caparrapí, donde había quedado la demás
gente.
Capítulo cuarto
En el cual se
escribe cómo después de haber andado don Antonio toda la mayor
parte de la provincia de los colimas y haberles salido de paz los
indios y naturales de ella, entró con toda la gente a la loma de
Minipi
|
[1]
, donde pobló la villa de la
Palma.
Los soldados y otras gentes que en el alojamiento estaban
recibieron mucha alegría y contento por la buena nueva que don
Antonio trajo de que había visto y descubierto muchas poblazones
cuyos naturales le habían salido de paz y le habían recibido
amigablemente, por los cuales respetos pasaron todos los días que
hasta la festividad de los Reyes hubo con mucho regocijo y
pasatiempo, después de lo cual don Antonio quiso dar otra vuelta
por otra parte de la tierra y descubrir para ver bien lo que en
ella había.
Y tomando consigo treinta hombres, se fue derecho al valle de
Minipi, donde hallaron los dos capitanes de la primera paz, los
cuales con muchos indios le salieron a ver y trajeron gran
abundancia de comidas, y se mostraron amigables a los españoles. El
siguiente día don Antonio pasó adelante, y yendo marchando halló
que andaban cazando los dos capitanes, y con ellos muy gran
cantidad de indios, y ya que los españoles llegaron al paraje de
los indios alzaron los bárbaros muy grande y común alarido con que
pusieron alguna sospecha en los nuestros para que creyesen que eran
enemigos, y así el capitán como los soldados se recelaron no fuese
traición ordenada por los dos capitanes, los cuales se llegaron a
don Antonio y le dijeron que perdiese toda sospecha, porque ellos
habían juntado aquella multitud de bárbaros para que viniesen a
servirles y darles algún contento con matarles alguna caza; y así
mataron y tomaron allí a manos, vivo, y a pura pata, un venado, que
cuando dieron el alarido le mataron y lo trajeron a don Antonio; y
con esto se fueron adelante a hacer el alojamiento o ranchos en que
los españoles habían de dormir aquella noche, que fue a una loma,
de donde se pareció y vio el valle llamado Chaquipay, donde cuando
llegaron los nuestros hallaron tan bien proveído el alojamiento de
ranchos y comida, de que por mano de los indios había sido
proveído, que ninguna cosa les faltó. Y otro día don Antonio envió
siete soldados que fuesen a ver y contar las poblazones que en el
valle de Chaquipay había, y les mandó que no llegasen ni hiciesen
daño alguno en las tierras, casas ni otras cosas que los indios
tuviesen, lo cual fue hecho y cumplido como les fue mandado, sin
esceder cosa alguna; y el propio día volvieron los soldados ya
noche y dieron noticia de mucha poblazón que por allí había.
Y luégo otro día don Antonio y los demás españoles caminaron por
las riberas de un río que en este propio valle se hace, que por
lengua de los naturales es dicho el río de Murca, que de una parte
y de otra iban grandes poblazones, por las cuales pasando se fueron
alojar a la poblazón llamada Mitipay, cuyos naturales salieron de
paz a don Antonio y le hicieron ranchos y sirvieron en lo que les
fue mandado, y proveyeron de toda la comida que fue necesaria. En
esta poblazón se padecía trabajo en el hablar a los indios por
defecto de lenguas e intérpretes, pero fue luégo remediado, porque
como estos naturales tuviesen entre sí cautivos de mucho tiempo
atrás ciertos indios moscas que ya entendían y sabían hablar muy
bien su lengua y saliesen a ver los españoles, fueron conocidos y
entendidos de los indios ladinos del servicio de los españoles, que
también eran moscas, y así hubo comodidad de hablarse más
enteramente a los indios y naturales de esta provincia dende en
adelante.
Después de esto pasó don Antonio adelante y fuese alojar a una
poblazón llamada de Texama, donde antes que llegasen tenían ya los
indios prevenido de ranchos en que los soldados y el capitán se
alojasen, y de comida para ellos y su servicio y caballos, lo cual
les fue agradecido y aun pagado por don Antonio con algunos
rescates que les dio y con palabras de agradecimiento que les dijo,
y sin detenerse allí más de una noche, prosiguió su descubrimiento
y se fue alojar entre los valles y poblazones de Chapaypi y
Topaypi, cuyos indios tenían prevenido lo necesario en la forma que
los de Terema habían hecho. Pagóselo don Antonio con rescates que
les dio, como a los demás, y durmiendo allí aquella noche pasó
adelante a la loma de Muchipay, a quien los soldados llamaron la
loma de la misa, por haberse celebrado en ella el día que
estuvieron alojados los españoles, donde los naturales comarcanos
continuaron la paz, según que los demás lo habían hecho, y
proveyeron de mantenimiento y lo demás necesario a los españoles,
con que se holgaron el tiempo que allí estuvieron; y desde este
sitio fueron a dar con la paz y quietud que llevaban al valle de
Jacopi, cuyos moradores se habían ausentado de sus casas con sus
mujeres e hijos, por temor que tuvieron a los españoles.
Enviolos don Antonio a llamar con indios amigos que consigo
traía, y a persuadirles que se volviesen a sus casas y que no les
sería hecho daño ninguno. Vinieron a su llamamiento unos pocos de
indios de los de Yacupi, pero dijéronle que mientras él y sus
compañeros por allí anduviesen, que sus mujeres e hijos no
volverían a sus casas, pero que le proveerían de todo el maíz que
hubiese menester o que él fuese a sus casas y lo tomase. Don
Antonio los persuadió a que dejasen y se apartasen de aquel
obstinado propósito todo lo que pudo en que estaban obstinados, mas
ninguna cosa le aprovechó, y con esto dio la vuelta don Antonio a
la loma de Caparrapí, donde había dejado alojada la demás gente,
que era bien poca. Fue bien recibido y usaron los soldados de las
alegrías y demostraciones de que en semejantes tiempos suelen usar.
Demás que la nueva de la poblazón que se descubre siempre en estas
coyunturas es más próspera y gruesa que en otro tiempo ninguno,
porque, o porque la descubrió el capitán o porque los soldados son
algo verbosos, no hay ninguno que no diga que es la mejor y mayor
poblazón que se ha visto la que ellos han descubierto,
especialmente que había en esta jornadilla sido bien afortunado don
Antonio, en que no tuvo ninguna controversia ni acometimiento de
guerra, sino que todos los naturales le habían salido de paz.
Descansó de esta vez el don Antonio y sus soldados ocho días, en
los cuales mandó apercibir y aderezar toda su gente y carruaje para
entrar con ella la tierra adentro a poblar y fundar su pueblo, como
lo había prometido, y poniéndolo por obra, levantó sus tiendas y
toldos de la loma de Caparrapí y marchó la tierra adentro por la
vía más derecha que pudo, y se fue alojar a una loma rasa de
sabana, que tiene el apellido del pueblo de Misisipi, por ser
términos suyos, y en la parte más apta que le pareció asentó su
alojamiento, y allí fundó su pueblo, al cual llamó la villa de la
Palma, nombrando sus alcaldes y regidores, que en las villas suelen
ser y se eligen dos alcaldes y cuatro regidores, y los demás
oficiales. Usó en esta poblazón don Antonio de las otras ceremonias
que en la fundación de las colonias y sus (?) ciudades se
acostumbra hacer, y luégo repartió y dio solares y huertas y
estancias a los pobladores, hizo apuntamiento de los naturales que
en la tierra había, apuntando y señalando a cada soldado lo que le
pareció que le podía caber conforme a lo que la tierra era, con que
mostraron todos o los más estar contentos. Fue esta primera
fundación de esta villa de la Palma hecha por don Antonio de Toledo
por el mes de febrero del año mil y quinientos y sesenta y un
años.
Hecho esto, porque el contento de los soldados principiase con
guerra, sucedió que cerca de la villa estaba un vallezuelo de poca
poblazón que dos soldados pedían para servicio, que es como cosa
que por más manual se da porque provean la casa de lo necesario.
Don Antonio, por ser certificado de lo que daba y dar buena cuenta
de sí de lo que había hecho, envió doce soldados que fuesen a
contar las casas que en el vallezuelo había, los cuales fueron algo
más desapercibidos de armas de lo que convenía, porque solamente
llevaban sus espadas y rodelas y un arcabuz; y como los indios los
viesen de esta suerte tomaron avilantez, aunque ellos también
estaban desapercibidos, con solas sus macanas, con las cuales
acometieron a los doce españoles y comenzaron a pelear con ellos
pie a pie. Defendiéronse los nuestros hasta que fueron socorridos
de los de la villa; porque como un soldado en un caballo se asomase
en un alto desde donde señoreaba el vallezuelo y viese la pendencia
que entre los indios y españoles había trabada, dio arma y fueron
socorridos con brevedad, que luégo salieron seis hombres de a
caballo, y arrojándose los dos dellos por una muy derecha y áspera
bajada temerariamente, fueron en favor de sus compañeros, y los
unos y los otros ahuyentaron los indios y los hicieron retirarse a
la parte donde habían los otros cuatro de a caballo ido y estaban
esperando a que los indios se retirasen por allí, los cuales dieron
en ellos, y cogiéndolos en medio los unos y los otros españoles,
les dieron el castigo que su rústico atrevimiento merecía,
alanceando e hiriendo muchos de ellos. A la grita acudió otro
escuadrón de hasta doscientos indios, pero desque vieron cuán mal
habían librado los del primer acometimiento, se detuvieron y
volvieron atrás.
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Capítulo cinco
|
En el cual se escribe cómo don
Antonio se salió
|
[2]
de la villa de la Palma a dar cuenta a
la Audiencia de lo que había hecho, donde fue preso, y en su lugar
proveído Juan de Otálora. Escríbese cómo los indios de la Palma se
alzaron y mataron muchos ladinos y después hirieron y mataron
algunos de los españoles que les fueron a castigar.
Parecíale a don Antonio que con lo que tenía hecho y con la
demostración que los indios habían dado de ser gente pacífica,
estaba ya el pueblo seguro y con principios de sustentarse y
permanecer, por lo cual determinó salirse a dar cuenta al
presidente y oidores de la Audiencia del Reino de lo que había
hecho.
Saliose de la villa con algunos de los vecinos de Mariquita que
con él habían entrado y andado en aquella pacificación, y dejó la
administración de la villa en un alcalde que a la sazón era.
Los oidores, por cumplir con lo que el rey tenía mandado a los
que sin licencia hiciesen nuevas poblazones fuesen castigados,
luégo que don Antonio llegó donde ellos estaban, le mandaron
prender y procedieron contra él, y dejando estar las cosas de la
villa en el estado en que don Antonio las había dejado, proveyeron
por capitán y justicia mayor de ella a Juan de Otálora, para que la
tornase a tener en justicia e hiciese las informaciones y
residencia que contra don Antonio se había de hacer, y así se
aprestó Otálora con la gente que pudo haber de nuevo para llevarla
en su resguardo.
En tanto que esto pasaba en el Reino, Pero Hernández Higuera,
vecino de Muzo o de la ciudad de la Trinidad, salió de ella con
gente, por mandado de don Lope de Orozco, que la regia y gobernaba,
a visitar la provincia y pueblos de ella y a pacificarlos; y
caminando o andando hacia aquella parte donde la villa se había
nuevamente poblado, los indios le dieron noticia cómo allí cerca
había cristianos mariquitas, que era como decir gente que había
salido de Mariquita. Pero Hernández, con esta noticia, se fue
acercando a donde los indios le habían señalado y señalaban, y de
repente dio en la villa. Entró en ella y supo todo lo sucedido y
hecho por don Antonio y la causa de su ausencia. Holgose allí dos
días, y volviose al pueblo de la Trinidad, donde don Lope tuvo
noticia de la poblazón de la villa, y cómo estaba poblada en
términos de Muzo o de la ciudad de la Trinidad, por lo cual algunos
vecinos, con gran ahínco importunaban a don Lope que fuese a echar
los vecinos de la villa de donde estaban poblados. Don Lope, por
contentarlos, les dijo que sí haría, y tomando consigo la gente que
pudo sacar, se fue derecho a donde la villa estaba y se entró en
ella, y no atreviéndose a despoblarla, solamente puso en ella un
teniente o persona que en su nombre la tuviese en justicia, según
atrás queda escrito más copiosamente en el libro que trata de la
ciudad de la Trinidad; con sólo este efecto se volvió a su
pueblo.
Algunos de los de la Palma dicen que apresuró don Lope su salida
porque los vecinos de la villa habían enviado ya a pedir socorro a
la ciudad de Mariquita, para vengarse de la violencia y fuerza que
don Lope les había hecho en entrar de mano armada y con vara
enhiesta a su pueblo, de que habían recibido notable agravio e
injuria, y que si el socorro les entrara antes que don Lope se
saliera, que no dejaran de llegar y venir a las manos y suceder
algunas rencillas y chirinolas entre ellos, pues con estar tan
pocos como estaban se habían conformado en que una noche durmiendo
todos desarmasen al agente y soldados de don Lope y lo prendiesen y
enviasen preso a Santafé. Pero a las veces estas jatancias suelen
ser vanas y jocosas.
Ido don Lope de la villa, los naturales se juntaron a borrachear
y determinaron, después de borrachos, de matar los indios ladinos y
cristianos del servicio de los españoles que por sus pueblos
andaban desparados, por mandato de sus amos, para hacer labrar a
los indios de los repartimientos y llevarlos al pueblo cuando les
fuese mandado. Este malvado acuerdo pusieron con presteza por obra
los indios, con que mataron muchas personas de todo sexo, con que,
por temor del castigo, hicieron cierta y aun pertinaz su rebelión.
Era a esta sazón alcalde Alonso de Madrigal en la villa, el cual
para que este delito que los indios habían hecho y cometido fuese
castigado, envió diez y ocho españoles mal aderezados que hiciesen
el castigo. Los españoles fueron con el caudillo que les fue
señalado, y dando en algunas poblazones y rancherías de indios
mataron algunas personas culpantes y no culpados, porque en
semejantes tiempos pocas veces se mira a los que hicieron la
maldad, sino a que los indios queden hostigados y descalabrados,
porque si hubiesen de esperar a examinarlos o cuáles fueron
culpados, jamás enteramente averiguarían quiénes eran, y sería
quedar los indios con alas para intentar otros daños mayores contra
los españoles, como en muchas partes se ha visto, por la tibieza y
negligencia de los capitanes y jueces, sobrevenir algún mal mayor
en una provincia. Pero esta gente que este castigo hizo nunca usó
de mucha presteza, porque dieron, en el tiempo que anduvieron
castigando o haciendo su castigo, lugar a los indios a que se
juntasen, y tomando las armas en la mano viniesen sobre ellos al
tiempo que ya estaban de camino para volverse a la villa, y por eso
ni los soldados dejaron de seguir el camino ni los indios de
acometerles y seguirles con tanto coraje y obstinación que aunque
los españoles hacían en ellos algún daño no por eso se detenían ni
volvían atrás, mas antes siempre acudían a donde sentían que había
pasos peligrosos y trabajosos para emplear mejor sus flechas y
ofender más seguramente a sus enemigos.
Había en el camino una quebrada honda y de mal pasaje, en la
cual pusieron los indios tanta diligencia y cuidado contra los
nuestros que les hirieron y flecharon nueve españoles y les tomaron
dos a manos, los cuales, incontinenti mataron e hicieron pedazos, y
cada cual tomaba su posta y tajada y se la llevaba en la mano
lamiendo la sangre que de ella corría o que tenía pegada en sí, y
con el cebo seguían con más brío a los nuestros, de los cuales
hubieran aquel día entera victoria y fueran todos muertos y
sepultados en los vientres de estos bárbaros si no sucediera
disparar y soltar un soldado un arcabuz, con el cual mató un indio
que debía ser persona principal y de estimación entre estos
bárbaros, cuya muerte fue causa no sólo de que dejasen de conseguir
y alcanzar entera victoria, pero de que volviendo las espaldas se
diese a huir con toda ligereza la vía de sus poblazones y tierra.
Los soldados se vinieron a la villa con harto trabajo, donde dende
a poco murieron algunos de los heridos y flechados, y hallaron que
ya estaba en él Juan de Otálora, que había entrado por justicia
mayor de este pueblo con algunos españoles que los venían a
Socorrer de Mariquita.
Los indios, queriendo saber el daño que habían hecho, enviaron a
la villa cuatro indios de paz, para que con esta color viesen y
entendiesen los que eran muertos y los que estaban flechados; pero
como de esto se tuviese sospecha fueron presos los cuatro indios, e
interrogados por Otálora la causa de su venida al pueblo, la
dijeron y manifestaron y aun se alargaron a decir por jactancia que
ellos eran de los que mataron y comieron los dos españoles, por lo
cual Otálora los condenó a muerte y los mandó ahorcar, y para este
efecto fueron bautizados, y se dice que uno murió invocando el
nombre de Jesús.