|LIBRO QUINCE
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[1]
En el libro quince
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[2]
se escribe cómo don Antonio de
Toledo, siendo alcalde en la ciudad de Mariquita, salió con gente a
correr los términos de su pueblo, y metiose por la tierra de los
colimas, donde pobló la villa de la Palma. Después de repartir los
naturales vínose a Santafé, a dar cuenta a la Audiencia de lo que
había hecho; fue preso y proveído en su lugar para la villa a Juan
de Otálora, vizcaíno. En este tiempo hicieron tal guerra los
naturales colimas que forzaron a los españoles a despoblar el lugar
e irse fuéra de la tierra. Sabido esto por la Audiencia, mandaron
que don Antonio volviese a reedificar la villa a su costa; fue
hecho así por el don Antonio, el cual luégo se tomó a salir; quedó
don Gutierre de Ovalle con cargo de justicia mayor pacificando la
tierra; mudó el pueblo ciertas veces hasta que lo vino a poner a
donde ahora esté. Escríbese la prolija guerra que los indios
tuvieron con los españoles, y todo lo sucedido en esta villa hasta
el tiempo que Hernando Velasco fue allá por corregidor, con algunas
propiedades y naturalezas así de los indios como de la propia
tierra y provincia de los colimas.
Capítulo primero
En el cual se
escribe cómo don Antonio de Toledo, siendo alcalde de Mariquita,
salió con gente cautelosamente, con título y color de que iba a
correr los términos de este pueblo, y se metió por la tierra de los
colimas con designio de poblar un pueblo. Escríbese la causa del
correr estos términos, y cómo por qué son llamados colimas
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[3]
los indios donde está la provincia de
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[4]
la villa de la Palma, y lo que
sucedió a don Antonio en el ínterin que estuvo alojado en la loma
de Caparrapí.
En la provincia de los muzos está poblado otro lugar o pueblo de
españoles, llamado la villa de la Palma; y aunque los pobladores de
este pueblo comúnmente han llamado y llaman a los naturales de la
comarca donde este pueblo está poblado, colimas, que parece que por
disonar o discordar del nombre de Muzo da a entender a los que lo
ignoran que la gente y tierra es diferente de los muzos, lo cierto
es lo que yo aquí escribo y en el antecedente libro he apuntado, y
es, que como el pueblo de la Trinidad está más cercano a la nación
y gente mosca, y los que lo poblaron entraron por aquella parte y
pueblos de gente mosca, siguieron el apellido y nombradía que
aquellos naturales acostumbraban llamar a la gente de esta
provincia que es muzos, y así antes que la villa se poblase era
llamada toda la provincia de los muzos. Después de lo cual los que
poblaron a la villa de la Palma salieron de la ciudad de Mariquita,
cuyos naturales es gente pancha de nación, que se extiende a otros
pueblos de españoles, como son Ibagué y Tocaima, y aun Cartago y
Vitoria y los Remedios, aunque difieren algo en la lengua de cada
poblazón de estas.
Los naturales de Mariquita y todos los demás panches que con los
muzos confinan, que es hacia esta parte donde está poblada esta
villa, en su lengua materna llaman a estos muzos, colimas, y son
grandes enemigos y contrarios, y se comen los unos los otros, y de
aquí, como he dicho, vinieron estos españoles pobladores de la
Palma, a llamar a los naturales donde la poblaron, colimas; pero la
gente en lengua y en guerra y en el arte y tratamiento de sus
personas y en el brío y obstinación de defender y conservar su
libertad con las armas en la mano, toda es una, y así no ha sido
menos trabajosa y calamitosa para los españoles el poblar y
sustentar este pueblo, que lo ha sido a los trinitarios; porque
después de haberlo poblado don Antonio de Toledo, los indios
echaron y ahuyentaron los primeros pobladores fuéra de todo su
territorio, con pérdidas y muertes de algunos de ellos; y después,
por la Audiencia del Nuevo Reino fue mandado al mismo don Antonio,
por pena de haberlo antes poblado sin licencia y autoridad real,
que lo reedificase a su costa y misión. Y porque de tan breves
palabras cuanto las escritas son, no se puede enteramente
comprender una historia tan larga ni el exordio y principio de
ella, y otros muchos particulares sucesos dignos de escribirse,
aunque sea mío el trabajo, los declararé y diré por sus
capitulaciones lo más por la posta que pudiere, porque aunque el
leer semejantes historias es agradable a los lectores, a mí no es
pequeño el trabajo de recopilarlas y escribirlas tan por extenso
cuanto aquí van, especialmente siendo yo del hábito y profesión,
por lo cual había más de procurar el descanso y recreación para el
espíritu que trabajo tan excesivo; pero como otras veces he dicho,
el amor de la patria y el ver que hasta ahora ninguna persona ha
escrito la población de este Reino breve ni larga, y que si pasa
este nuestro tiempo donde aún son vivos muchos o los más de los
primeros descubridores y pobladores de él y de las ciudades y
villas que en él están pobladas, no habrá después quién dé
verdadera y entera noticia de semejantes sucesos, de quien yo he
habido muy entera y verdadera relación de todo lo que escribo, y
aun mucho de ello he visto y veo por mis propios ojos y lo he
andado, y como testigo de vista lo afirmo y escribo, por lo cual me
parece que se puede tener por más cierta esta historia que las que
algunos han escrito en España y en otras partes de Europa por
relaciones inciertas que les han dado, y de ello no les pongo tanta
culpa, pues los hombres parece que en alguna manera están obligados
a dar crédito a lo que los otros les dicen, y porque en este caso
la sinceridad y claridad de esta escritura da testimonio de la
verdad que en ella hay, proseguiremos adelante con la historia de
la Palma, de quien en el presente libro tratamos.
El año de mil y quinientos y sesenta, siendo en la ciudad de
Mariquita corregidor y justicia mayor el capitán Francisco Núñez
Pedroso, que la pobló, y teniendo deseo y voluntad don Antonio de
Toledo, que en la sazón era alcalde, de ir a conquistar y poblar en
esta tierra de colimas, estaba prohibido el hacerse nuevos
descubrimientos y poblazones por la majestad real y por los del su
Consejo de las Indias, por lo cual la Audiencia del Nuevo Reino
tenía cerrada la puerta a semejantes peticiones, por lo cual
ninguno no osaba pedirlas ni hacerlas; y así no quiso por esta vía
don Antonio intentar ni hacer lo que pretendía, mas a su instancia
se juntó el cabildo de Mariquita con el corregidor o justicia mayor
Pedroso, y ellos de poder absoluto, fingiendo ser cosa necesaria a
su república, nombraron por caudillo o juez a don Antonio de Toledo
para que fuese a visitar y correr los términos de aquella ciudad y
a defender los naturales que estaban de paz, para que sus
comarcanos y cercanos vecinos los colimas no les hiciesen daño;
porque se quejaban los panches, indios sufragáneos a Mariquita, que
por las antiguas enemistades que entre ellos había habido desde el
tiempo de sus mayores, no vivían al presente seguros de las
asechanzas de sus contrarios, los cuales aprovechándose de la
ocasión que el tiempo les ofrecía, en el ínterin que los panches
venían a servir a sus encomenderos y andaban ocupados en lo que los
españoles les mandaban, los colimas, tomando las armas en las manos
con ánimos de enemigos, se entraban por sus pueblos y los
arruinaban, cautivando y matando sus mujeres e hijos y otras
personas que en los tales pueblos hallaban, destruyendo y atalando
sus campos y labores, y haciendo y ejercitando todos otros géneros
de bárbara crueldad que podían.
Para obviar y estorbar estos daños, a cautela, como he dicho,
fue nombrado don Antonio, para que con gente corriese los términos
y ahuyentase los enemigos. Juntó don Antonio hasta treinta soldados
extravagantes y algunos vecinos, que por todos serían casi cuarenta
hombres, con los cuales salió en este mismo año de la ciudad de
Mariquita llevando consigo más de trescientos indios amigos del
propio territorio de Mariquita, llamados calamoymas, por ser de
ciertas poblazones y valle llamados de este nombre. Con esta gente
referida se apartó don Antonio de toda la tierra y términos de
Mariquita y se entró en la tierra de los colimas por una loma
llamada de sus propios naturales, de Caparrapí, en la cual se
alojaron por respeto de que en ella, un poco apartado del
alojamiento, estaba un peñol fortificado por la naturaleza, que
allí lo puso de tal suerte que sí sus defensores obstinadamente lo
defendieran, ninguna gente bastara á entrarlo, porque a él se había
de subir por unas escalas hechas de bejuco, por donde los propios
indios bajaban y subían y se proveían de lo que habían menester y
defendían el pasaje para el valle de Caparrapí que es donde la loma
tenía esta nominación.
Algunos españoles de su propia autoridad, se fueron con sus
armas a ver si podían tomar este peñol y echar de él a los indios
que lo guardaban, lo cual hicieron, aunque con trabajo y riesgo de
sus personas y vidas, porque como se llegasen y acercasen al peñol
los indios que estaban en su guardia, comenzaron a defender la
subida y aun a hacer que se arredrasen y apartasen los españoles
algo lejos, disparando contra ellos gran multitud de flechas. Los
nuestros, defendiéndose, tiraban algunos arcabuzazos a lo alto, y
con el alarido y voces que de la una parte y de la otra había,
fueron oídos a donde don Antonio de Toledo estaba alojado, el cual
luégo envió otra media docena de arcabuceros en socorro de los
demás españoles que ya estaban en la refriega con los indios del
peñol. Juntáronse los unos y los otros y usaron también de sus
arcabuces que aliende de otros indios a quien hirieron, mataron al
principal o capitán de los que defendían la subida, y como estos
bárbaros nunca habían visto arcabuces ni el daño que hacían, lo
habían experimentado más de esta vez, espantados y atemorizados del
daño que en matarles su capitán recibieron, y creyendo que si
permanecían en aquella defensa habían de ser todos muertos y
consumidos, desampararon el paso y huyendo bárbaramente se
retiraron, de suerte que los españoles, sin recibir daño, subieron
al peñol, y pasando adelante, bajaron al valle de Caparrapí, donde
se proveyeron de la comida que quisieron, y se volvieron muy
contentos a donde don Antonio y los demás españoles habían quedado
alojados.
Dende a pocos días, para más claridad de lo que adelante había,
don Antonio envió un caudillo llamado Diego de Posadas con soldados
que fuese a ver y visitar la tierra comarcana, por donde toda la
demás gente y carruaje habían de caminar y proseguir su
descubrimiento. Posadas, caminando por la propia loma y peñol que
poco antes habían allanado los soldados referidos, se bajó a la
caldera y valle de Caparrapí, donde de repente dio en ciertos
bohíos de poca gente, y así no hubo resistencia en ellos; pero
después de tomados y habidos a las manos le flecharon un español de
esta manera: bailaron los soldados gran cantidad de flechas y puyas
hechas en estos bohíos, y tomando un español de los que allí
estaban ciertos manojos de ellas, se llegó a una india, mujer
vieja, a la cual, mostrándole las flechas y puyas, le dijo que para
qué eran y hacían aquel género de armas, más por tener materia y
ocasión de indignarse contra ella, que porque ignorase el efecto de
ellas. La buena vieja, que debía ser tan antigua en maldades como
en días, tomó una de las flechas en la mano y arrimose al español,
y metiéndosela por el muslo le dijo: estas flechas para esto se
hicieron. Pero este su loco atrevimiento puso términos antes de
tiempo en su vida, porque queriendo los circunstantes castigar el
bárbaro atrevimiento de esta india, no mirando que era mujer, las
cuales suelen ser reservadas entre españoles de todo daño y mal
tratamiento, la mataron allí incontinenti, y el soldado fue en el
mismo punto curado con la cruel cura que los españoles del pueblo
de la Trinidad suelen curar semejantes heridas, porque la yerba es
toda una, y así es necesario que la medicina sea la propia.
Cortáronle buen pedazo de carne, con que le atajaron la yerba que
no pasase adelante. Fue este el primer soldado que en esta tierra o
de estos de don Antonio hirieron.
Prosiguieron por el valle de Caparrapí adelante, y en una loma
que se dice de los Itocos, vieron estar gran cantidad de indios
puestos a punto de guerra; y considerando que por respeto de ser
pocos los españoles no les viniese daño de la muchedumbre de los
bárbaros que por los altos parecían, se alojaron en un bohío o casa
que estaba puesta en un alto, en cuyo sitio los pocos españoles que
iban, siendo ayudados de la fortaleza del lugar, resistirían a
muchos indios que les acometiesen, y efectuando este acuerdo y
alojándose como he dicho, se estuvieron allí hasta que la noche
apartó de su presencia los escuadrones de indios que les estaban
dando grita y haciendo muestra de quererles acometer. Y por
parecerles a los nuestros que seguramente no se podían retirar de
día, se retiraron aquella noche hacia el alojamiento donde don
Antonio había quedado; pero esta su retirada de noche no fue tan
honrosa ni segura que no redundase en daño suyo, porque como los
indios tuviesen fortificados los caminos con puyas y hoyos, se les
empuyaron doce españoles malamente y estuvieron otros en peligro de
caer en un gran hoyo que hallaron atravesado en el camino, a donde
solamente cayó un perro de ayuda que consigo llevaban y se estacó y
metió por el cuerpo siete u ocho estacones. Los españoles no osaron
dejarlo allí, porque habían dado a entender, para que fuesen más
temidos, que no les empecían ni mataban a los perros ningunas
flechas ni puyas ni otras asechanzas que contra ellos se pusiesen;
y así lo llevaron cargado en una manta al alojamiento.
Quedáronse junto a este hoyo cuatro soldados en salto, porque
los indios habían de acudir a ver el daño que su hoyo había hecho,
y dende a poco acudieron cuatro dispuestos indios, con sus arcos y
flechas, y como llegasen algo más descuidados de lo que se
requería, salieron a ellos los de la emboscada y tomáronlos todos,
y allí les dieron a entender cómo no habían de poner semejantes
asechanzas y lazos en los caminos; y para que quedasen castigados
de todo punto fueron allí muertos miserablemente.
Yendo caminando este propio día Posadas con los otros compañeros
que llevaba, los indios de la tierra se pusieron en un alto a
decirle que había mostrado flaqueza en retirarse de noche y no
esperar al día; que volviesen atrás a su poblazón, porque tenían
deseo de probar la fuerza de sus armas. Posadas, como llevaba
heridos tres españoles, respondíoles que si algo querían que
viniesen donde él estaba, y con esto no dejó de caminar todo el día
y parte de la noche por verse fuéra del peligro que los bárbaros le
ponían, y así, a buen rato de la noche, llegó a donde don Antonio
estaba, y le dio noticia y relación de haber visto mucha gente y
poblazones, las cuales se le debieron de acrecentar más por el
aprieto en que pensó verse que por lo mucho que anduvo.
Capítulo segundo
En el cual se
escribe cómo don Antonio, bajando al valle de Caparrapí, se empuyó,
de que estuvo muy malo, y se tomó a retirar a la loma, donde antes
había estado, hasta que mejoró y se quiso salir y volver a
Mariquita, y a ruego de los soldados lo dejó de hacer. Trátase la
causa por que muchos indios comarcanos a este Reino no se han
convertido ni convierten con la facilidad que los del Pirú y Nueva
España lo hicieron y han hecho.
Don Antonio y los soldados que con él estaban tuvieron esperanza
que los indios de Caparrapí y algunos sus comarcanos les saliesen
de paz y vinieran a visitar a su alojamiento; pero como esta gente
eran de nación muzos, parece que en alguna manera seguían la
opinión de los demás de la provincia en ser partícipes en su
rebelión, nombre a mi parecer impropio, porque una gente que jamás
había conocido rey ni señor y quería conservar su antigua libertad,
en ninguna manera se debía llamar rebeldes; pero pues la voz y
opinión del vulgo en este caso es tan poderosa, paréceme que yo no
puedo dejar de seguirla y usarla en llamar rebeldes a los que jamás
de voluntad se humillaron; por lo cual alzaron los españoles sus
tiendas y toldos y caminaron hacia la caldera de Caparrapí con
desinio e intención de constreñir y forzar por la vía que pudiesen
a los naturales de aquel valle y a los demás comarcanos que se les
sujetasen y fuesen feudatarios, que es lo que llaman, como en otras
partes he dicho, paz y dar el dominio al rey, y de cuyo
entendimiento carece bien esta gente y aun toda la más de las
Indias, sino es que por curso de tiempo lo vengan a entender.
La bajada a este valle o caldera es algo áspera, de suerte que
los españoles no podían bajar en sus caballos, y constreñidos de
esta necesidad se apearon, así el capitán como los soldados, y
todos bajaban a pie, trayendo cada cual sus armas y caballo junto a
sí. Los indios tenían reparado el camino o fortificado con algunas
puyas que en él y fuéra de él habían puesto, en dos de las cuales
fueron lastimados y empuyados el capitán de esta gente, don Antonio
de Toledo y otro soldado. El puyazo de don Antonio de Toledo fue en
la espinilla de la pierna, y según la demostración hacía parecer
ser de poco peligro, y así fue curado livianamente, por lo cual le
hubiera de costar la vida, que no se le hizo más beneficio de
quemarle con fuego. El otro soldado que con el capitán se empuyó,
como su herida dio demostración de más peligrosa, fue curado con
más diligencia y cuidado, cortándole toda la carne que iba
enfistolando y tocando la yerba, basta dejarle en carne limpia y
sana; y acontece con esta cura, siguiendo el rastro y quemazón de
la yerba, raerle la carne de las canillas y otros huesos, por donde
se va extendiendo la ponzoña.
Y atento a este suceso los españoles se alojaron en los primeros
bohíos que bajados a la caldera hallaron, de donde don Antonio
envió a Juan del Olmo con gente a que viese si cerca de allí había
algún sitio acomodado donde seguramente se pudiesen alojar. Este
Juan del Olmo no es el descubridor del Reino que entró con Jiménez
de Quesada, de quien atrás, tratando de la ciudad de la Trinidad,
hemos hecho mención, mas es deudo suyo.
Este caudillo fue con la gente que le fue señalada, y anduvo la
tierra, y en una loma a donde señoreaba y vía el valle llamado
Biripi, le pareció que había sitio cual se le habían mandado elegir
y escoger, y con este recaudo se volvió el propio día que salió a
donde había quedado don Antonio, el cual luégo otro día siguiente,
con toda su gente marchó y caminó para el lugar dicho, a donde
llegados que fueron se alojaron en dos bohíos que allí había; y
aunque por parte de los españoles fueron los indios llamados para
que fuesen sus amigos y se confederasen con ellos, jamás vinieron
en ello.
Detuviéronse en este alojamiento ocho días, en los cuales se
agravó la enfermedad de don Antonio de tal suerte que le fue
necesario, por el evidente peligro en que estaba, ordenar su alma y
hacer lo que como cristiano era obligado; en lo cual no fue punto
perezoso don Antonio, porque todo lo hizo por mano de un religioso
que consigo llevaba, llamado fray Antonio de León, de la orden de
Nuestra Señora del Carmen. Con todo esto iba empeorando don
Antonio, por lo cual le pareció retirarse atrás, con esperanza de
que con los aires de su tierra y provincia mejoraría; y por defeto
de no poder caminar a pie ni a caballo, fue llevado a hombros de
los indios a la loma de Caparrapí, donde antes había estado
alojado, de donde señoreaba y vía la tierra de los calamoymas,
indios y términos de Mariquita y otras muchas poblazones, donde don
Antonio mejoró y dio muestras de tener entera salud; después de lo
cual determinó de volverse a Mariquita, su pueblo, por no andar en
tierra de tanto peligro.
Los soldados y otras personas que con él estaban sintieron gran
desabrimiento de oír esta nueva, y así, de conformidad todos le
rogaron que no se saliese fuéra de la tierra, porque era dejarlos
perdidos y pobres y en casas ajenas, mas antes volviese a entrar la
tierra adentro y poblase un pueblo y les repartiese los indios para
que se pudiesen sustentar. Don Antonio les dijo que si se obligaban
y juraban de sustentar el pueblo y que permanecerían como estaban,
que él haría lo que le rogaban los soldados y vecinos de Mariquita
que allí había; vinieron en ello y lo hicieron y otorgaron y
juraron como don Antonio se lo pedía y aun más adelante.
En el ínterin que estas cosas pasaban entre los españoles, los
indios y naturales de aquella tierra no cesaban de ponerse por los
altos a mirar y ver y entender el fin de lo que los españoles
pretendían hacer; y acaso un día, por consejo de fray Antonio de
León, fueron llamados ciertos indios que en un alto se reparcieron,
de los cuales el uno se llamaba Thama y el otro Amo. El religioso,
por medio de los intérpretes, les comenzó a decir cómo habían
venido él y los demás españoles a predicarles y enseñarles la ley
evangélica y a encaminarlos por la vía de la salvación y a darles a
entender cómo la gentilidad en que vivían era vanidad y camino de
perdición. Los dos indios respondieron que se holgaban de entender
lo que les decía y que estarían atentos a la lo demás que les había
de predicar; y así fray Antonio les comenzó a dar a entender,
aunque con harto trabajo por defecto de los intérpretes, lo que
sabía o le pareció de la ley evangélica; y como estos indios no
saben qué cosa es la ley de natura ni naturalmente viven bien, mal
podían entender la suavidad de la evangélica, pues la una ha de
asentar sobre la otra, como perfección y matiz con que a cualquier
figura se le da entera gracia, y así estos bárbaros comenzaron muy
despacio a reírse de lo que el fraile les decía, como cosa que no
les cuadraba, por la mucha libertad y disolución de su bárbaro
vivir.
Y viendo don Antonio cuán fuera de propósito se les hablaba,
para darles el mantenimiento que conforme a su talento y rusticidad
de juicios habían menester, llamó a los indios moscas y panches y
les dijo que él y los demás españoles habían venido a aquella
tierra para que los entendiesen y sirviesen, de la suerte y forma
que los indios moscas y panches entendían a los otros españoles de
Mariquita, Tocaima y Santafé. Los indios, entendiendo lo que se les
decía, dijeron que eran muy contentos de ello; y verdaderamente,
pretender luégo a los principios y primeras vistas, con una gente
tan terrestre y bárbara como esta y que viven en todo y por todo
contra la ley natural, darles a comer un manjar tan suave y
delicado como es la ley de Cristo, me parece que es yerro muy
grande, sino que antes todas cosas se extirpen de entre ellos
aquellas cosas que más los ofenden para la conservación de su vida,
como es comerse los unos a los otros inhumanamente; y por esta
causa y respeto hacerse crueles guerras, usar de una muchedumbre y
multitud de mujeres, por ninguna vía querer para el prójimo lo que
para sí quieren, vivir divididos y apartados unos de otros en
partes remotas y solitarias y nunca permanecer congregados en una
parte, de los cuales dice el filósofo que su vida o es angelical o
bestial; y de esta gente ciertos somos, por lo que la experiencia
nos ha mostrado, que antes viven a imitación y ejemplo de fieros y
agrestes animales que de hombres humanos, cuanto más subir a la
alteza y superioridad angelical. Y extirpados estos y otros errores
que en ellos hay, entra muy bien la cooperación y predicación
evangélica, si ya no queremos que el Todopoderoso Dios, con su
entera omnipotencia, use de aquellos misericordiosos y excelentes e
incomprensibles milagros de que en la primitiva Iglesia usó por su
misericordia, multiplicando siempre el número de los creyentes
hombres gentiles y bárbaros al que los emperadores y apóstatas
perseguidores de la Iglesia católica martirizaban porque creían y
tenían la fe católica cristiana y eran baptizados.
Y si alguno me quisiere decir que la gente de la Nueva España y
Pirú son ya cristianos todos los más y se han apartado y apartaron
luégo de los errores de su gentilidad mediante la predicación y
exhortación que al principio se les hizo mediante la gracia y
auxilio divino, yo se lo concederé; pero era gente de más agudos
ingenios y que se gobernaban y regían debajo del gobierno de un rey
y señor que, aunque gentil y bárbaro, se puede decir que
naturalmente vivía bien, pues tenían tanto concierte y orden en el
gobierno y regimiento de sus reinos y provincias cuanto por sus
historias se puede ver. Y eran tan inclinados los naturales de
aquellos dos reinos a seguir la voluntad y opinión de sus reyes,
que no querían ellos ni hacían más de lo que por su rey se les
mandaba y aquello tenían por cosa muy acertada y verdadera, y así
en la hora que los principales de estos dos reinos dejaron y
echaron de sí la vanidad de los ídolos y siguieron lo que se les
enseñaba de la ley evangélica, todos sus sujetos e inferiores
hicieron lo mismo y fueron conociendo por mano de nuestros
sacerdotes y predicadores el bien y vía de salvación que todos o
los más ahora tienen. Pero esta gente de quien vamos tratando, que
son muzos o colimas y otras cercanas naciones del Nuevo Reino, como
son panches, que se incluyen en los pueblos arriba dichos, y
laches, que son en términos de Tunja, y guates, que caen en
términos de Vélez, y las gentes y naturales de Pamplona y Mérida y
villa de San Cristóbal y Santiago de los Llanos, que todos estos
carecen de caciques y señores principales que los gobiernan a quien
enteramente obedezcan, porque aunque entre algunas de estas
naciones hay una manera de personas principales a quien el vulgo o
gente española ha puesto nombre de caciques o capitanes, lo cierto
es que no lo son, ni como tales son obedecidos ni respetados ni
guardados sus mandatos por los indios. Solamente, como en otros
lugares de esta Historia he dicho, al indio que es más valiente o
más rico o más emparentado, se le tiene una manera de respeto para
irse a holgar a su casa y beber y bailar, o seguirle en la guerra,
y no para más.
Y esto no lo hace toda la gente de cualquiera de estas
provincias en común, sino cada lugarejo, o pueblo en particular, y
así, el que el tal principal dijese que dejando los ídolos y las
otras cosas que son contra la ley de natura, y recibiesen y
guardasen la evangélica, burlarían de él como de hombre loco y que
persuadido de los religiosos y cristianos, quiere dejar la
costumbre y superstición de sus mayores en la que han vivido tantos
tiempos libre y disolutamente, por seguir la que a los buenos es
dulce y suave y a los malos y precitos, por su propia maldad e
iniquidad, le parece estrecha y apretada. Por todo lo cual, como he
dicho, a semejantes gentes que estas, no se les debe luego poner en
las manos la suavidad de la ley de gracia, sino que primero sean
inducidos humanamente a que sigan el trato y contrato que los otros
indios sus comarcanos tienen con los españoles, sin perjuicio de su
buen tratamiento y libertad, pues la austeridad de sus condiciones
e inclinaciones y mal vivir lo pide así; y después, por mano de los
religiosos y buenos sacerdotes, se consigue con más docilidad de
los propios naturales el principal fin.
Y por estas consideraciones, sometiéndolas ante todas cosas, a
mí y a ellas, a la Santa Madre Iglesia y al juicio y parecer de
quien mejor salida y remedio diese a ellas, ni alabo la vehemencia
con que fray Antón de León comenzó a predicar a estos indios, pues
carecían de las partes dichas para recibir esta simiente del
Evangelio, ni repruebo el modo que don Antonio tomó para dárselo
mejor a entender, con lo cual los indios se fueron muy contentos
prometiendo de volver el siguiente día con muchos indios de paz, lo
cual cumplieron en la forma y manera que en el siguiente capítulo
se tratará, aunque según se entendió sin ser estos dos indios en
ello culpables.