Capítulo siete
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[1]
En el cual se
escribe cómo don Diego de Caravajal, por comisión de la Audiencia,
fue a Guadalupe y prendió los alcaldes y regidores, y cómo
volviéndose a salir y enviando por su teniente a Juan Velasco, por
consejo del mismo Caravajal se volvieron los españoles al río de la
Simitarra. Cuéntase lo que allí les sucedió hasta la víspera de
Santiago.
Dende a pocos días que Loyola y los demás se volvieron a su
pueblo de Guadalupe, llegó don Diego de Caravajal, vecino de
Vitoria, por justicia mayor de aquel pueblo, y a prender los
alcaldes y regidores y capitán que lo había poblado; porque como la
Audiencia Real tuviese noticia de cómo esta ciudad o pueblo se
había poblado y del fraude que en ello había habido, así por parte
de Bermúdez, corregidor de los Remedios, como por Loyola y los
demás españoles, privaron a Bermúdez del cargo que tenía y
nombrando en su lugar a don Diego de Caravajal, le mandaron que
pasase a este pueblo de Guadalupe, con la provisión y comisión que
para ello le dieron e hiciese lo que he dicho.
Pero también pretendió don Diego, como los demás, con esta color
mejorarse y aprovecharse en meterse con la gente la tierra adentro.
Mas no lo osó hacer, porque la comisión que tenía estaba tan
rigurosa contra él, que temió, si excedía algo de lo que se le
mandaba, perder todo lo que tenía, y aun la vida con ello; y así,
después de haber preso a Loyola y a los alcaldes y regidores de
aquel pueblo, se volvió a salir de él, dejando en su lugar un
teniente y enviando a la Audiencia preso un alcalde y a Bernardo de
Loyola, pareciéndole que la demás gente era necesaria para el
sustento del pueblo.
En Vitoria, pueblo de españoles, tenía Caravajal un grande amigo
suyo, llamado Juan Velasco. A este le había encargado que juntase
la gente que pudiese para entrar en Guadalupe, donde él le
nombraría por su teniente; y que de allí entraría con toda ella la
tierra adentro. Juan Velasco era algo ambicioso por mandar y
sobrepujar a los otros, tenía algunos dinerillos que con trato de
mercancía había adquirido y juntado; despendiolos con liberalidad
en avío de soldados y otras cosas necesarias a su jornada, y
tomando comisión de don Diego de Caravajal, en la cual le nombraba
por su teniente general, se entró en Guadalupe, donde fue recibido
de los soldados y vecinos y del cabildo, porque a todos escribió
don Diego que para que su jornada fuese adelante y él fuese
proveído por capitán de ella, como deseaba, era necesario que se
tornasen a entrar la tierra adentro, y que él los seguiría dentro
de ciertos días que señaló, con gente y ganados y otras municiones
necesarias para hacer la jornada.
Los soldados, creyendo que lo que les convenía era lo que don
Diego les escribía, recibiendo el teniente que les enviaba, se
partieron otra vez la tierra adentro por la vía que antes habían
llevado, dejando para posesión y mojones del pueblo un alcalde y un
regidor, ceremonia cierto bien inútil y desaprovechada.
Era ya en este tiempo entrado el invierno, y como la tierra es
tan montuosa eran en ella tan continuas las aguas que causaban en
el caminar gran trabajo en los soldados. Hallaron el río de San
Bartolomé crecido de suerte que les fue necesario hacer puente para
pasarlo. Los caballos, por pasar por el agua, corrieron gran
peligro; pero al fin sólo uno se les ahogó. Llegados a las riberas
del río de la Simitarra, donde antes habían estado alojados,
hicieron su asiento en el propio lugar y río, y luégo procuraron
buscar maíz con que se sustentar. Juntaron lo que pudieron, y no lo
que quisieron, porque los indios, luégo que los vieron en su
tierra, se juntaron y les vinieron a dar guazabaras a su propio
alojamiento, y el primer día que les acometieron les hirieron seis
soldados que entre los otros se quisieron extremar y señalar,
siguiendo más briosamente los indios que otros ningunos, hasta
encerrarlos en la montaña, de donde, revolviendo los indios sobre
ellos animosamente los hirieron a todos, de los cuales murieron dos
y al uno se le quebró un Ojo. Juan Velasco, a quien los españoles
tenían por teniente, visto el atrevimiento de los indios, aunque
era algo bisoño o novicio en la guerra y tratos con ellos,
pareciéndole que eran pocos y que estaban en mala tierra para poder
sujetar a los indios que les acometiesen, para seguridad de su
persona y de sus compañeros, hizo en breve un palenque cuanto en él
se recogese la gente y pudiese resistir el ímpetu de los bárbaros,
y aprovecholes tanto este palenque o palizada que les fue gran
ayuda y reparo para los acometimientos que después les hicieron los
indios.
Y entre otras muchas cosas que entre los españoles e indios
pasaron, fue señalada la que Gonzalo Verdes, natural de las islas
de Canaria, hizo: que habiendo salido del palenque a un arroyo a
donde lavaban la ropa, a hacer espaldas a una india que había ido a
lavar, salieron a él más de cien indios con armas para tomarlo vivo
y a manos. Gonzalo Verde, recogiendo junto a sí la india, y
habiéndolo desamparado un compañero que llevaba, se defendió con su
espada y rodela con valor y ánimo español, sin que los bárbaros le
pudiesen ni osasen echar mano, antes hiriendo a muchos de ellos
arredraba y apartaba de sí y de la india que consigo tenía, a la
canalla de los bárbaros. Turó esta contienda hasta que llegó gente
a socorrerle, con que de todo punto se escapó de las manos de los
indios sin recibir de ellos más daño de sólo un flechazo en la
pierna.
El siguiente día, después de esto, acudieron al palenque como
cuatrocientos indios de guerra, y arremetieron divididos por dos
partes con tanto ímpetu que si el teniente no se hallara sobre su
caballo hubiera de todo punto victoria de los españoles este día
los indios que con esperanza de matarlos a todos venían. Los
bárbaros, muy galanes con la plumajería de colores que sobre sí
traían, y con ricos caricuries y otras piezas de oro fino de que
venían peltrechados, pelearon gran rato del día los unos con los
otros, pero al fin fueron los indios ahuyentados con la mucha
resistencia y daño que el teniente con su caballo y armas les
hacía, alanceando muchos de ellos. Y como algunos indios, de las
heridas que les daban caían muertos, los españoles arremetían a
ellos, por quitarles el oro que traían consigo; los compañeros del
muerto acudían a defenderlo, donde por momentos se renovaban en
diferentes lugares la pelea; mas según he dicho, los indios se
retiraron llevando harto daño. A los nuestros les hirieron tres
españoles, sin que ninguno de ellos muriese; y viviendo dende en
adelante más apercibida y recatadamente, les fue ocasión de recibir
menos daño y estar a menos peligro, porque demás de las centinelas
ordinarias, siempre tenían ensillados tres o cuatro caballos, que
son los que más doman y aflojan la soberbia y brío de los
indios.
Tornáronse a coadunar y juntar mucha más cantidad y número de
indios con desinio de no dejar de aquesta vez los españoles en la
tierra; acercáronse al palenque la víspera de Santiago con el
ímpetu y vocería así de cornetas como con sus propias voces,
disparando contra los españoles y gente que en él estaba, mucha
flechería; pero como hallaron a punto de pelear a los nuestros no
les fue provechoso el combate, aunque les fue harto dañoso, porque
casi fueron heridos todos. Pelearon los unos y los otros con igual
brío y ánimo más de dos horas, y como los arcabuceros no cesasen de
tirar y matar algunos indios, ni los de a caballo andar entre ellos
alanceando, fue ocasión de que con tiempo dejasen la pelea y se
retirasen, aunque dando muestras de gran contento y de gente que
había salido victoriosa. Los españoles se recogieron al palenque y
se curaron los unos a los otros lo mejor que pudieron, de suerte
que no peligró ninguno.
Entre los indios que en esta guazabara murieron, se halló que
los más traían consigo cabuyas o sogas o muchilas, lo uno para
llevar a todos los vivos, y lo otro para llevar la carne de los
muertos, entendiendo que por la confianza que en su multitud tenían
que habrían victoria de los nuestros.
Capítulo ocho
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[2]
En el cual se
escribe lo demás que sucedió a los españoles en el palenque, donde
estuvieron alojados en las riberas de la Simitarra hasta que se
volvieron a salir y despoblaron de todo punto la ciudad de
Guadalupe.
Quedaron tan atemorizados y lastimados los soldados de la
guazabara pasada, que temiendo recibir otro día la muerte por manos
de los indios, algunos de ellos trataban de retirarse y salirse
aquella noche a tierra de los Remedios, porque pareciéndoles cosa
dura y grave aventurar sus propias vidas y ponerlas en evidente
peligro por salvar o librar a los que por haber escapado de la
guazabara muy mal heridos ni podían caminar ni aun daban muestras
de vivir muchos días, decían severamente que quedasen allí, en el
camino, los tales vivos o muertos, y que los que pudiesen caminar
siguiendo a los más sanos, procurasen asegurar o librar sus vidas
de las manos de los bárbaros. Pero como esto, que entre los más o
algunos de los soldados se trataba, viniese a noticia de Juan
Velasco, a cuyo cargo estaba la superioridad y administración de la
justicia, con moderación les reprehendió sus disinios, que parecen
tan perjudiciales al bien de muchos y aun al suyo propio, pues
contra su propio honor y valor querían volver las espaldas antes de
tiempo y dejando a sus compañeros en manos de sus enemigos vivos,
cobrar una infamia de gente que con cruel cobardía temerariamente
habían huido. Tratoles el teniente lo que debían hacer por
conservar la honra española, y cuán favorable les era el tiempo,
pues era día de Santiago, a quien los españoles tienen por patrón
en la guerra, por cuyos medios y preces podrían alcanzar de Dios
inmortal la gracia de Vitoria, ocurriendo con los corazones y con
las armas defendiéndose de los enemigos. Y para más los animar,
herido como estaba hizo que le pusiesen sobre un caballo y allí le
armasen, y tomando él la delantera se salió del palenque el propio
día de Santiago a esperar los enemigos. Lo mismo hicieron todos los
demás soldados, para que hallándolos tan apercibidos y puestos a
punto de pelear le fuese más leve la pelea.
Quedó dentro del palenque, en una pequeña iglesia que tenían,
fray Bernabé, fraile carmelita y sacerdote, a imitación de Moysen
puesto en oración, rogando a Dios por la vida de su pueblo y por la
victoria. Dende a poco llegaron los bárbaros con el alarido y
tumulto que solían, trayendo delante de sí un indio que los
acaudillaba y animaba a la pelea, el cual de un arcabuzazo cayó, y
entre otras cosas que para el ornato de su persona traía se le
halló en la corona o parte superior de la cabeza, fijada una imagen
de papel, en la cual estaba la figura del crucifijo con nuestra
Señora y San Juan. Algunos soldados, maravillados de ver esto, no
podían atinar de dónde hubiese habido aquel bárbaro una cosa tan
insigne; pero aunque dende a poco se supo ser de unas horas que
entre otras cosas habían tomado los indios algunos días antes en
una petaca, no dejaron tener por cosa de maravilla y aun por
prodigio notable, el traer este indio la imagen sobre la corona más
que en otra parte ninguna, y tan cosida en el cabello que no se la
podían quitar.
Los demás bárbaros comenzaron a disparar su flechería y almacén
de armas que traían, contra los nuestros, los cuales, aunque
maltratados del día pasado, peleaban tan briosamente con el favor
divino, que ahuyentaron y echaron los bárbaros de sobre sí,
haciendo en ellos tal estrago que después, por muchos días, no les
tornaron a hacer ningún acometimiento, mas siempre tenían sobre el
palenque puestas sus espías y atalayas para saber si los nuestros
se dividían y apartaban, porque entendían que así podrían haber de
ellos con más facilidad y menos daño suyo entera victoria.
Don Diego de Caravajal, aunque sobre el negocio de esta jornada
pareció en la Audiencia y dio noticia de cómo los soldados se
habían tornado a meter la tierra adentro, y sobre ello puso mucha
diligencia, el presidente y oidores, presumiendo o habiendo
entendido la cautela que en ello podía haber habido y había, no
quisieron darle la conducta y comisión que pedía, que era que le
dejasen ir en seguimiento de esta gente y soldados de Guadalupe, y
así se estuvo y hubiera de ser causa con su deseo de capitanear,
que los españoles perecieran y murieran a manos de indios por
haberlos hecho volver a entrar la tierra adentro; y vista su
tardanza los españoles del palenque y el riesgo en que estaban,
determinaron enviarle un mensajero a rogarle que con brevedad los
socorriese y favoreciese; pero como entre todos no se hallase quién
quisiese ponerse en riesgo y aventura de que en el camino les
matasen, les fue necesario dar cien pesos entre todos a un mulato
llamado Juan Martín, buen peón, que con las cartas y despachos
salió de noche y caminando ligeramente se puso en salvo y dio
relación en Vitoria y los Remedios del efecto a que iba y del
riesgo en que los españoles quedaban. Mas ninguna cosa aprovechó su
salida, porque como a don Diego no le habían querido dar la
comisión y conducta que pedía en la Audiencia, pareciéndole cosa
vana gastar sus dineros en perjuicio y daño propio, no quiso buscar
gente ni soldados que fuesen a socorrer a los de Guadalupe, que ya
estaban muy trabajados y cansados de los continuos acometimientos
que los indios les hacían, los cuales tomaron por remedio de
estarse sobre el palenque a la mira, para con esto impedir que no
saliesen soldados a buscar comida, porque ya habían dado en
hacerles esta guerra civil; y demás de esto, los propios indios
tenían escondidas y puestas en cobro las comidas que había y tenían
en aquella provincia; y con este modo de guerrear pusieron en tanto
aprieto a los nuestros que les fue forzoso matar para comer algunos
caballos de los que tenían.
Pero como a los españoles los pareciese cosa infame el morir de
hambre y no en la guerra, determinaron salir de noche a buscar
comida la mitad de ellos, y la otra mitad se quedaron en el
palenque guardándolo, para que los indios no les quemasen los
bohíos y ranchuelas que en él tenían hechos. Los indios, como
andaban sobre el aviso para saber cuándo salía gente fuéra, no se
tardó mucho que no lo supieron, y así, juntándose, vinieron en
seguimiento de los que habían salido por la comida, que ya habían
topado alguna, aunque poca, y habían sido vistos de diez o doce
indios que en el camino habían encontrado, los cuales dieron a los
demás aviso de su salida. Los soldados oyeron el ruido y vocería
que los indios juntándose hacían para venir sobre ellos, y sin
pasar más adelante dieron la vuelta al palenque con festinación y
presteza; pero no fue tanta que al tiempo que ellos entraban y se
recogían en el palenque, los indios les alcanzaron y comenzaron a
pelear con ellos; y si de los españoles que en el palenque habían
quedado no fueran socorridos, fueran de los indios muy maltratados,
y así, juntándose y haciéndose un cuerpo, rebatieron la multitud de
los bárbaros que los venían siguiendo, sin recibir de ellos ningún
daño.
Y viendo que de los Remedios no les entraba ningún socorro, y
que ya no podían haber comida ni traerla, porque en otras salidas
que después hicieron los habían corrido los indios y puéstolos
diversas veces en condición de perderse, acordaron tornarse a salir
de aquella tierra y volverse a salir al sitio antiguo donde habían
poblado la ciudad de Guadalupe, a lo cual les dio, demás de lo
dicho, gran causa y ocasión el haber visto en poder de un indio de
la tierra un bonete colorado que les hizo presumir y sospechar que
Juan Martín, el mensajero que habían enviado, lo habían muerto los
indios, y que sus cartas no habrían salido a tierra de paz, y así
no les podía venir ningún socorro del que enviaban a pedir; y
poniendo en efecto su acuerdo, que a mi parecer era muy acertado,
pues ellos no eran parte para pasar adelante ni sustentarse allí,
se volvieron a salir todos juntos de la tierra y riberas del río de
la Simitarra, donde ya había tres o cuatro meses que estaban
sustentándose con excesivo trabajo de hambre y guerra, que son dos
adversidades que cuando vienen hermanadas han de ser grandes los
ánimos que algún tiempo los pudieran tolerar.
Luégo se tuvo noticia en los Remedios y Vitoria de la salida de
estos españoles, a los cuales escribió don Diego de Caravajal cómo
la Audiencia no les había querido dar ni daba licencia que los
fuesen a socorrer, y así él no había sido ni era parte para ello,
que si quisiesen despoblar el pueblo lo despoblasen e hiciesen lo
que les pareciese. Los soldados, oyendo estas nuevas y como se vían
en parte donde no se podían sustentar por ninguna vía, desampararon
la poblazón que habían hecho y dejando el pueblo yermo, cada cual
se fue por su parte, excepto dos soldados, que el uno era alcalde y
el otro era regidor, que pareciéndoles cosa conveniente a sus
cargos, se detuvieron allí algunos días, al cabo de los cuales
hicieron lo que los demás habían hecho, dejando de todo punto
desierta la ciudad de Guadalupe, la cual así como fueron flacos y
vanos sus fundamentos, así, sin ser edificada, cayó presto y perdió
su nombre y ser.
Capítulo nueve
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[3]
En el cual se
escribe y prosigue y da fin a las cosas de la ciudad de los
Remedios y sucesos de ella.
Volviendo a tratar de los sucesos de los Remedios, si por
extenso lo hubiésemos de escribir, sería renovar la memoria de los
tiranos emperadores pasados que con sangre humana celebraban la
entrada y salida de sus imperios, porque como entre los españoles,
y aun jueces de este pueblo reinase tan gran avaricia y codicia de
llegar a sacar oro, procuraba cada cual para este efecto, más con
violencia que con maña y halagos quitar el hijo al padre y la
hermana al hermano y desmembrar o despedazar los unos de los otros,
con tanta severidad que los animales hicieran sentimiento de ello
cuánto más los hombres. De aquí se seguía que los indios se
alteraban y rebelaban de suerte que muchas veces dejaban de ir a
servir a los españoles al pueblo y con esto luégo los vecinos, para
asegurar sus haciendas, procuraban un caudillo que fuese a castigar
los rebeldes. Dábanle cien pesos porque usase de severidad con los
indios, y el bueno
|[4] del caudillo
hacía carnicería en los desventurados bárbaros, que ni eran para
defenderse ni esconderse, pero lo uno ni lo otro creo yo que no les
aprovechara cosa ninguna, según andaban de encarnizados estos
vecinos.
Y fue la desventura y calamidad de los naturales de este pueblo
tanta y la severidad y rigor de los caudillos tan grande, que
matando inhumanamente la mayor parte de los indios y pasándolos a
cuchillo, y cortando a unos las manos, a otros los pies, a otros
las narices, a otros las orejas, eran causa que otra mucha cantidad
de naturales, por apartarse de estas crueldades, se metiesen a
esconder por las montañas donde también tenían sus accidentales y
miserables muertes, porque a muchos consumía de todo en todo la
falta de la comida y se hallaban muertos de hambre en muchas
partes, y otros, procurando conservar las vidas, buscaban por las
montañas y arcabucos frutas de árboles incógnitos y perjudiciales
para su salud, y comiéndolas para satisfacer la hambre, eran
corrompidos y les daban cámaras, y así morían con la mesma
aflicción que los demás. Y vino a tanto su desventura y calamidad
de estos indios, que con las maneras y modos referidos, de más de
cuatro mil indios que en esta provincia de los Remedios había al
tiempo que el presidente los repartió y encomendó, no se hallan
ahora mil indios, que todos los demás han perecido en las
calamidades dichas y en otras, porque aun a los que servían en las
minas no les faltaba su azote por mano de los mineros y calpixques
que los tenían a cargo, los cuales, para sacar el oro, los hacían
por fuerza meter debajo del agua de un gran río que es llamado de
Ortana, a manera de indios que sacan perlas, y de lo hondo sacaban
el cascajo y oro para lavar. Y sobre este trabajo, si a la tarde no
les traían el jornal que ellos querían los azotaban con unas
candelillas de cera a todos, sin quedar ninguno, y les hacían otras
fuerzas y opresiones intolerables e insufribles.
De tales pueblos como este son los que yo digo que sería muy
acertado que ni los poblasen ni sustentasen ni estuviesen en ellos
españoles, pues no sirven de más que ser y estar hechos verdugos y
carniceros de los indios y consumirlos y acabarlos y despoblar la
tierra y poblar el infierno, o que en ello se diese una orden
concertada y tal que fuese provechosa a los unos y a los otros; y
todo esto depende del no hacer justicia los corregidores y jueces
que los gobernadores y audiencias envían a semejantes pueblos, los
cuales, como poco ha dije, no procuran de más de cobrar sus
salarios y todo se queda en la perdición que de antes, y sí alguna
diligencia acerca de ellos se hace y se prenden algunos culpados,
no hay henchirle ni cumplirla contra ellos. Pocos días ha que la
Audiencia envió a este pueblo a Francisco de Santiago, alcalde
mayor del Reino, a inquirir y saber de estos negocios de malos
tratamientos y tomar residencias a todos los que en aquel pueblo
habían sido ministros de justicia; y con averiguar mucho sus
negocios de los referidos, no se ha hecho en el caso justicia por
los superiores, ni aun se cree que habrá
|
[5]
el
castigo que es razón; y si no es que el rey mande por algún tiempo
que semejantes procesos y las personas que tales delitos cometen
sean llevados a España y allí sean vistos sus negocios y castigados
por ellos, no habrá ninguna moderación; porque las Audiencias
muchas veces disimulan con semejantes crueldades, porque del
quererlas castigar con rigor no nazcan cosas más escandalosas y
peligrosas, por la mucha libertad de que suelen usar los españoles
en las Indias.
Y como en lo dicho no haya enmienda, el pueblo de los Remedios,
y los que siguieron sus pisadas, perecerán y no permanecerán, pues
en las Indias no permanecen más los pueblos de cuanto tiempo les
turan los naturales, que son su principal sustento y fundamento,
porque a lo menos en este Reino ni los españoles cavan, ni aran, ni
tienen otro sustento ni aprovechamiento del que los indios les
dan.
Y con esto no tengo más, o no quiero decir más de la conquista
de los Remedios, pues, como he dicho, sería renovar extrañas
crueldades.
De las naturalezas, ritos y ceremonias de estos indios no hay
que escribir en este lugar, porque estos naturales y los de la
ciudad de Vitoria son todos casi una gente, y así siguen las
pisadas en esto los unos de los otros.
Fin del presente libro.