Capítulo cuatro
En el cual se
escribe cómo el presidente, el doctor Venero, nombró por corregidor
de los Remedios a Antonio Bermúdez, vecino de Santafé. Trátase aquí
lo que acostumbran hacer los receptores y jueces comisarios que
salen por mandato de la Audiencia a hacer informaciones de malos
tratamientos de indios y de otras cosas.
Algunos días, por la ausencia de Pedro Pablos de Salazar, se
estuvo el pueblo sin corregidor; y ciertamente que el presidente no
quisiera proveerlo, sino dejar la administración de la justicia en
los alcaldes ordinarios, para que fuese el pueblo gobernado más en
conformidad de los vecinos; pero los excesos y demasías que algunas
personas hacían así en la administración de sus indios como en
respetar poco a los alcaldes, por ser, como se suele decir,
justicia de entre compadres, fue causa que el presidente lo
procurase remediar todo con enviarles de nuevo corregidor, y este
fue Antonio Bermúdez, vecino de Santafé, que presumía hacer y saber
más de lo que entendía, y gran vacilador, y que el tiempo que le
sobraba ocioso lo gastaba en grandes fantasías y cosas de
imaginación aplicadas a su provecho y aumentar su hacienda; y
aunque esto sea en estos nuestros tiempos cosa muycomún en los [1]................. de hombres. Se les prohibe
el estar en las Indias y se les manda y encarga con mucho rigor a
las Audiencias y gobernadores que lo hagan así cumplir, para los
cuales efectos, por los oidores o presidentes se suelen enviar
jueces por los pueblos del distrito, y aunque vayan a otro efecto
siempre se les encomienda por particular provisión que hagan
cumplir esto de casados marañones y extranjeros, pero jamás se
cumple sino en sólo cobrar los salarios de ellos, y para sólo este
efecto procuran prender los casados y marañones y extranjeros de
que tienen noticia, y muchas o las más veces, sin prenderlos, sino
por terceras personas, les enviaron veinte o treinta y aun cien
escudos para el salario, y así disimulan con ellos y no hay más
prenderlos ni enviarlos ni cumplir lo que les es mandado; y de
estos comisarios suelen encontrarse por los caminos, los unos a los
otros, y todos hallan que pelar y que repelar, y el casado que al
principio estaba con quinientos pesos para enviar a su mujer e
hijos, al cabo de un año estaba sin blanca, porque todo se lo han
llevado estos jueces de comisión, contra los cuales no hay hacer
pesquisa ni diligencia alguna para castigarlos; y así se quedan los
culpados sin dineros y las provisiones del rey por cumplir, y se
estarán perpetuamente mientras en ello no se diere alguna orden
cual convenga para que estos tres géneros de gentes no estén en las
Indias, pues los casados de todo en todo van contra el estado y
sacramento que recibieron; los marañones es gente que, dejados
aparte los delitos que contra su rey y contra otras personas
particulares cometieron, y que quien hace un motín hará ciento, el
día de hoy se traen consigo los mismos deslavados rostros y ánimos
con que tan malvadamente siguieron su rebelión y mataron a su
gobernador, que parece que están convidándose para entrar en otro
tal motín, y peor que fuese, y aunque no los conozcan dondequiera
que lleguen, procuran hacer obras con que dan a conocerse a todos
por sus sediciosos ánimos y revolvedoras lenguas. El daño de los
extranjeros no es tanto, porque procurando sustentarse y ganar la
vida, sirven a otros naturales, y al fin se vienen a casar y
convertir en naturales; pero todavía, es mejor que los
aprovechamientos que estos tales tienen los gocen algunos pobres
hombres de nuestra nación castellana, que pasan a Indias, aunque
son muy pocos y raros los que se quieren humillar o los que hasta
aquí se querían humillar a servir a otros. Pero ya la tierra está
muy de otra condición que hasta aquí, porque hay más estrecheza y
necesidad en ella, y cada cual procura aprovecharse y ganar dineros
como puede.
Engolfeme en esta materia de jueces tan de golpe que no he
podido volver a la historia que en este capítulo comencé, Y
verdaderamente no ha sido más en mí mano, porque el gran dolor que
tengo de ver lo que acerca de esto que he escrito pasa, ha guiado
mi pluma. por la digresión que ha hecho y apartádola del intento
principal, el cual proseguiremos en el presente capitulo.
Capítulo cuatro
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[2]
En el cual se
escribe cómo Bernardo de Loyola salió de los Remedios con gente,
por comisión de Antonio Bermúdez, corregidor de aquel pueblo, y
pobló la ciudad de Guadalupe.
En tiempo que Pablos de Salazar gobernaba el pueblo de los
Remedios, y aun entiendo que antes, era ya venido al Nuevo Reino el
doctor Venero, a cuyo cargo, como en otros lugares he dicho, era el
proveer corregidores y encomendar los indios. Por mano de este
presidente fue proveído por corregidor de los Remedios Antonio
Bermúdez, cuyo corregimiento fue de duros y pesados sucesos, así
por algunas crueldades y malos tratamientos de indios que en su
tiempo se hicieron, como por algunos feos acontecimientos que hubo
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[3]
y le sobrevinieron
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[4]
|.
Entre las otras cosas que este corregidor hizo, fue que
pretendiendo hacer alguna cosa notable y provechosa, nombró por
caudillo de ciertos soldados a Bernaldo de Loyola, vecino de aquel
pueblo, para que con cierta color saliese de los Remedios y se
metiese por tierra de guerra, y fingiendo después fuerza poblase un
pueblo, al cual él iría después, y como cosa ya hecha y poblada,
fingiría no ser parte para deshacerla, y así repartiría y
conquistaría los indios que hubiese y se descubriesen, aunque
algunos quieren decir que de todo en todo le dio poder y facultad
para que en la parte que él le señalaba poblase una villa, diciendo
tener poder para ello.
De cualquier manera que fuese, el Loyola salió de los Remedios
con gente por el año de sesenta y seis, con muy diferente disinio
del que Bermúdez tenía, porque pretendiendo vanamente con estos
medios fama y honra y dineros, quería Loyola con los pocos
compañeros que Bermúdez le había dado, meterse la tierra adentro e
ir en demanda y descubrimiento de la noticia de los ríos, tierra
que mucho tiempo antes algunos capitanes habían pretendido irla a
descubrir y jamás habían salido con ello, aunque habían tenido
copia de gente y otras municiones necesarias. Pero si Bermúdez fue
frustrado en sus desinos, a Loyola no le fueron provechosos ni
acertados sus balances, antes después de haber poblado y
peregrinado él y sus soldados y haber andado por algunas partes
peligrosas y trabajosas por defeto de la prudencia y maduro consejo
que en semejantes principios y medios suele hacer gran falta,
vinieron a quedar con sólo el nombre y títulos de pobladores, y con
las haciendas gastadas y pobres y necesitados; y porque esta
jornadilla que Loyola y sus compañeros hicieron no dejó de haber
algunos recuentros y guazabaras de indios y hambres, que suele ser
el principal trabajo, aunque me detenga un poco en ello lo quiero
contar a la letra como sucedió.
Luégo que Bernardo de Loyola salió de los términos y territorio
de los Remedios, viendo los pocos naturales que adelante parecían,
hizo acometimiento de quererse volver al pueblo o ciudad de los
Remedios; pero como los soldados estuviesen ya amaestrados para el
negocio, juntáronse y comenzaron a hacer munipudio y mover una
manera de escándalo y alboroto entre sí, diciendo que aunque Loyola
se quisiese volver, que no se lo habían de consentir, antes les
había de poblar un pueblo, que ellos se ofrecían de sustentarlo en
donde hubiese copia de naturales para ello, y sobre esto hicieron
su manera de sedición entre ellos, dando, como he dicho, a entender
que le forzaban y constreñían a que hiciese lo que él tenía en
voluntad de hacer. Loyola, abrazándose con esta manera de fingida
fuerza para su descargo, aunque el lugar donde estaba era de muy
pocos naturales y muy conjunto a los términos de los Remedios,
pobló allí un pueblo, al cual puso la ciudad de Guadalupe, con
aditamento de lo mudar y fijar en parte más cómoda cada vez que la
hallase, y en ella nombró sus alcaldes y regidores, y se celebró y
aun regocijó la fundación del pueblo con mucha alegría y contento,
y para dar orden en las cosas que en prosecución de su
descubrimiento se habían de hacer se detuvieron en este lugar y
sitio algunos días, en los cuales nombraron por su capitán y
justicia mayor los del cabildo a Bernardo de Loyola; porque si no
es que tenga particular comisión de los superiores para ello, en la
hora que un capitán puebla un pueblo expira su comisión y
jurisdicción y no es más superior de aquella gente si no es que el
cabildo lo torne a elegir y nombrar por tal.
Y estando ya casi de camino para pasar adelante, llegó a la
poblazón de Guadalupe el corregidor de los Remedios, Antonio
Bermúdez, creyendo que no se hiciera más de lo que él quisiera;
pero como los pobladores de aquel pueblo estaban de diferente
opinión que la suya y habían ya electo por su capitán a Loyola,
negáronle de todo punto la obediencia a Bermúdez y no lo quisieron
recibir por su juez, aunque se lo requirió y pidió como persona
nombrada para ello por la Audiencia Real del Nuevo Reino; y como
Bermúdez viese que sus ruegos ni requerimientos no eran de
provecho, y que todo lo que los pobladores de Guadalupe hacían era
por contemplación de Loyola y guiado por su propia mano, y que ya
estaban de camino para se meter la tierra adentro, con gran
sentimiento de la burla que se le había hecho se volvió a los
Remedios, y descargándose lo mejor que pudo, dio aviso a la
Audiencia Real de lo que Loyola y los demás soldados que con él
estaban habían hecho. Pero no faltaron otros escritores que
escribiendo la realidad de la verdad, fueron causa de que Bermúdez
perdiese mucha parte de la reputación y opinión que con los jueces
superiores tenía, y así dende a ciertos días fue depuesto del
cargo, como adelante se dirá.
Capítulo cinco
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[5]
En el cual se
escribe cómo los españoles que poblaron a Guadalupe, pasaron
adelante en busca de gente y naturales que les pudiesen sustentar,
y dieron en unas montañas despobladas, donde hubieron de perecer de
hambre, y lo que les sucedió hasta alojarse en un bohío donde
hallaron comida.
Luégo que los españoles del pueblo de Guadalupe y su caudillo
despidieron a Bermúdez, levantaron ellos sus toldos y tiendas donde
las tenían y comenzaron a caminar adelante a descubrir; porque
según he dicho, donde habían poblado no había ningunos naturales de
que se pudiesen aprovechar, mas habían usado de esta cautela de
poblar allí tan cerca con disinio de pasar a descubrir, y de que no
mandándoles los superiores volver atrás, les diesen ayuda de gente
para pasar adelante.
Metiéronse por grandes montañas, que en esta parte lo es toda la
tierra cubierta de ellas; dieron en el río de San Bartolomé, que
por ir ya en este paraje caudaloso llevaba y tenía gran cantidad de
pescado, aunque despoblado y falto de naturales, que fue causa que
en él se detuviesen poco, a fin de que la comida o matalotaje que
llevaban no se les gastase y acabase antes de llegar a poblado, y
los pusiera en condición de perecer de hambre. Y pasando adelante
por entre algunos palmares dieron en la quebrada llamada de
Guarquina, en la cual hallaron caminos anchos y seguidos y rastro o
vestigios de haber poco que habían andado por allí indios, porque
hasta haber llegado a esta quebrada habían caminado por angostos y
ciegos caminos. Holgáronse todos los españoles y su caudillo,
paireciéndoles que era señal la que habían topado de dar presto en
poblazones de indios; y así, no mirando a lo que podía suceder,
diéronse a gastar desordenadamente las comidas que llevaban, de tal
suerte que dende a poco se hallaron en medio de un arcabuco tan
falto de mantenimiento que ni podían ir atrás ni adelante, porque
como siguiendo el ancho camino que habían topado se engolfasen en
una despoblada montaña, caminaron por ella seis o siete días sin
hallar bohíos ni labranzas ni cosa de comer; y por la desorden que
en gastar el matalotaje poco antes habían tenido, halláronse de
todo punto faltos de ello, y comenzaron a sentir la hambre, tan de
golpe que casi no podían ir adelante ni se hallaban con posibilidad
de fuerzas y ánimo para volver atrás.
El caudillo Loyola, viendo la aflicción y trabajo suyo y de sus
compañeros, que eran hasta treinta y tres, juntolos a todos para
que con el común parecer y acuerdo se hiciese lo que todos o la
mayor parte dijesen que fuese cosa que conviniese a la conservación
de sus vidas y a su honor; porque aunque Loyola estaba ya confuso
de lo que había principiado, por parecerle que no llevaba su
jornada medios de ser acertada, no osaba, por lo que a su honra
tocaba, determinarse en cosa ninguna ni declarar de todo punto su
pecho, porque no se le pusiese alguna nota que le causase
infamia.
Lo que de esta junta resultó fue que de común consentimiento y
parecer se apartaron catorce hombres, los que menos debilitados
estaban, y estos, siguiendo aquel camino que todos llevaban, con la
ligereza que podían, al segundo día dieron vista a un bohío solo,
cercado de muchas labranzas de maíz, y quedándose emboscados los
cuatro de ellos a la mira de las labranzas y bohío. Los otros se
volvieron a dar aviso al caudillo y a los demás españoles que atrás
habían quedado, comiendo y sustentándose con solamente ciertas
hojas que eran a manera de bledos, de que en aquella montaña había
muchos.
Alegráronse de saber la buena nueva que se les llevaba, pero su
descaimiento y flaqueza era tanta que casi se hallaban sin fuerzas
para caminar; pero como por conservar las vidas se animasen todos,
caminaban como podían, llevando algunos tan consumidas las carnes,
que solamente llevaban el espíritu, con una similitud y figura de
muertos, por lo cual, viendo Loyola cuán flojamente caminaban
algunos soldados, escogió de los que daban muestras de tener más
brío y fuerzas hasta diez hombres, y enviándolos delante, les mandó
que juntándose con los cuatro que emboscados y atalayando habían
quedado, se acercasen a los bohíos y a hora y tiempo conveniente
diesen en los indios y los prendiesen o sujetasen o hiciesen lo que
pudiesen. Pero aunque sacando, como se suele decir, los soldados de
las fuerzas flacas muy briosos ánimos, procuraron hacer lo que
Loyola les mandó, su fortuna fue tan adversa que ninguna cosa
pudieron hacer enteramente, porque como después de juntos los
catorce soldados, se fuesen acercando a las labranzas y bohíos de
los indios que habían visto, sucedió que viniendo un bárbaro de
aquella propia poblazón de fuera parte, dio en el rastro de los
españoles, y deseando saber lo que fuese siguió el camino hasta dar
en los propios soldados que iban a dar en su pueblo, los cuales,
aunque pusieron diligencia en procurar tomar este indio, no
pudieron, por ser muy suelto y saber mejor la tierra que ellos; y
así, dando muy grandes alaridos y voces se apartó de los españoles,
con las cuales dio a entender a ciertos indios que estaban cerca de
allí junto en una borrachera, el suplicio y trabajo que sobre ellos
iba.
Los españoles, aunque entendieron que eran ya sentidos, no por
eso dejaron de pasar adelante y acercarse hacia donde estaba la
junta y borrachera de los indios, los cuales, luégo que por los
alaridos del indio entendieron lo que en su tierra había y les
estaba cercano, con gran presteza recogieron sus mujeres e hijos y
la otra gente que era inútil para la guerra, y poniéndolas en
camino y lugar seguro, tomaron sus armas y salieron al encuentro a
los catorce soldados. Serían los bárbaros que a encontrarse con los
nuestros venían, cien hombres, y como en medio de un arcabuco
descubriesen y viesen a los españoles, admirados de ver en su
tierra una cosa tan nueva y por ellos nunca vista, se estuvieron
algo suspensos; pero desque vieron que se iban acercando a ellos,
comenzaron a disparar su flechería y a usar de ella, alzando un
común alarido y gritería, de la cual los bárbaros usan mucho en
semejantes acometimientos. Los nuestros, no hallándose con entereza
de fuerzas para arremeter a los enemigos con la ligereza necesaria,
soltaron contra ellos cuatro alanos o perros de ayuda que llevaban
ya bien amaestrados y enseñados para semejantes necesidades. Los
perros, como animales feroces, sin ningún temor se metieron entre
el escuadrón de los indios, y comenzaron a morder y aun a
despedazar a algunos de ellos, con lo cual cobraron gran temor y
miedo y a perder el brío de su primer acometimiento, con lo cual
causaron en los nuestros más ánimo que el que antes tenían para
arremeter de todo punto a ellos, lo cual se hizo sin mostrar
ninguna flaqueza ni cobardía, y arrojándose entre los indios y
comenzándolos a herir y lastimar con las espadas, y los perros que
no cesaban de dañar y maltratar los indios que podían, fue causa
que se retirasen los indios y volviesen atrás, huyendo ligeramente;
mas las fuerzas de los nuestros eran tan débiles, que en ninguna
manera pudieron seguir el alcance de los indios ni haber ninguno a
las manos vivo para informarse de él de aquella tierra; pero esta
falta la suplieron muy bien los perros que siguieron gran rato a
los indios y los hicieron alejar y apartar gran trecho de donde los
nuestros estaban, los cuales, siguiendo su camino, fueron por él a
dar en el bohío de la borrachera, el cual hallaron bien proveído de
maíz y sal y tres o cuatro cuchinatos mansos y algunas mayas, que
son unos animalejos pequeños, a manera de gozques, cuya carne es
muy sabrosa y gustosa de comer. Alojáronse dentro del bohío todos
los soldados y los indios del servicio que consigo llevaban, y
procuraron satisfacer a sus vientres, que con muy gran causa
estaban atribulados de la hambre pasada.
Este día no llegó Loyola con la demás gente a este bohío, porque
no podían caminar algunos flacos soldados; pero un bárbaro de
aquella propia tierra, queriendo de todo punto reconocer a los
españoles, confiado en la ligereza y soltura de su persona, se
acercó muy mucho al bohío donde los españoles estaban alojados.
Ciertamente él se fuera riendo y triunfante de los nuestros, porque
entre todos ellos no había hombre que aunque estuviera muy entero,
le pudiese dar alcance, si un perro de los que tenían, que entre
los otros era aventajado, siguiéndolo con obstinación, no lo
alcanzara y despedazándolo diera miserable fin a sus días, con que
pagó su temeridad, porque nunca le aprovechó al mísero indio la
macana, arco y flechas que traía para ofender a quien le siguiese,
porque el perro, con su presteza, no le dio lugar a que se
aprovechase de ellas.
La noche se pasó con gran temor y centinela, creyendo que los
bárbaros les acometieran; pero nunca osaron ni se atrevieron a
hacerlo. El siguiente día llegó y se juntó Loyola y los demás que
atrás habían quedado, con estos del bohío, y allí descansaron y se
holgaron algunos días sólo para reformarse del trabajo del camino y
hambre que consigo traían.
Capítulo seis
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[6]
En el cual se
escribe cómo pasando adelante Loyola con los españoles, llegó al
río de la Simitirra, donde le mataron tres soldados los indios, y
otros tres escaparon nadando; y cómo los naturales alzaron y
quemaron las comidas que tenían, por lo cual se volvieron a salir
de las montañas al sitio y lugar donde se había poblado la ciudad
de Guadalupe.
Ya que la gente había convalecido, porque el tiempo no se
gastase y perdiese ociosamente, salieron catorce hombres de los que
mejor dispuestos se hallaron, a descubrir lo que adelante había.
Estos, corriendo y siguiendo un trillado camino que desde el bohío
donde estaban alojados salía, caminaron algunos días hasta dar en
el río de la Simitarra, que va a salir cerca de los términos de
Mompox, villa poblada en las riberas del río grande.
Los naturales, habiendo antes sentido a los españoles, porque en
el camino había encontrado cuatro indios que iban a espiar lo que
en el bohío donde estaban alojados se hacía, y sin haber podido
tomar indio ninguno se les habían huido y avisado las gentes que de
la otra banda del río de la Simitarra estaban poblados, los cuales
habían cortado la puente que para el pasaje y servicio de aquel río
tenían puesta poco tiempo antes. El río era hondable y de mucha
agua y gran corriente, por lo cual, aunque los españoles procuraron
y buscaron modo cómo pasarlo, jamás lo pudieron hacer; y fueles
útil y provechoso este impedimento, porque si por ventura acertaran
a pasar los catorce soldados el río, no pudieran dejar de perecer
todos y morir a manos de los indios, que puestos en emboscada de la
otra banda, les estaban esperando con las armas en las manos; y así
dieron la vuelta al bohío o casa donde Loyola con la demás gente
habían quedado, representando, para más daño y perdición suya,
haber visto de la otra banda del río de la Simitarrá gran poblazón
y labranzas, que era señal de haber mucha gente.
El caudillo Loyola, con juvenil ambición de hallar lo que
deseaba, para perpetuar su nombre, se partió con toda la gente, con
determinación de poner todo su posible en pasar el río, y como
llegase ya cerca de él y viese que si no era con puente o balsa no
se podía pasar, alojose en un bohío que algo apartado del río
estaba, con propósito de no pasar adelante sin primero dar orden en
lo que se debía hacer para entrar y asaltar y saquear la poblazón
que de la otra banda del río había, que estaban corroborados y
fortalecidos con la furia e in petri del propio río. El siguiente
día se dio orden en hacer unas balsas, para que en ellas pasase la
gente a la otra parte; pero aunque éstas se hicieron con gran
diligencia, fueron inútiles y sin provecho, porque como a la
medianoche Loyola enviase catorce o quince soldados para que con la
claridad de la luna pasasen en las balsas el río y se emboscasen de
la otra banda para dar en los indios si descuidadamente se les
acercasen y para tener seguro aquel paso, con que después pudiese
pasar toda la demás gente, la corriente y veloz ímpetu del agua era
tanta que en ninguna manera dejaba gobernar ni navegar las balsas a
la otra parte, mas con gran peligro de los que en ellas se metían
las tornaba a echar fuéra a las riberas del río. Y como uno de los
catorce soldados, que iba señalado por caudillo, viese el poco
efecto y provecho de las balsas, deseando que su salida no fuese en
vano, persuadió a los soldados, que eran buenos nadadores, que
nadando pasasen el río; pero, como viendo el gran peligro que en
ello había, todos lo rehusasen, comenzó con palabras a vituperar su
cobardía y poco ánimo, con lo cual, casi forzados, seis soldados,
despojándose de sus vestiduras y atando sus armas a unos livianos
palos a que habían de ir asidos, se arrojaron al agua y pasaron de
la otra parte.
Loyola estaba ausente, y después que supo que solos los seis
soldados habían pasado el río, pesole de ello y quisiera hacer que
se tornaran a pasar, y para ello vadeó con presteza al río con
algunos de los soldados que con él habían quedado; mas como ya los
seis soldados estaban emboscados, y porque los indios no oyesen el
alboroto no curaron de llamarlos, y así se estuvieron los unos y
los otros basta que amaneció para aflicción y castigo de los que
tan temerariamente habían pasado el río; porque sucedió que como un
indio, que había bajado de las poblazones, viniese caminando el río
abajo y aun cantando en su lengua y descuidado de toparse con
españoles, aunque bien vía los que de la banda contraria estaban, a
los cuales, con señales que les hacía, llamaba que pasasen a donde
él estaba, salió a él uno de los seis españoles de la emboscada e
hízolo tan flojamente que con su salida causó su perdición, porque
el indio, escapándose de sus manos, iba huyendo con gran ligereza y
apellidando a sus compañeros, que también estaban muy cerca de allí
emboscados, y dándoles aviso de cómo había españoles de la parte
del río donde ellos estaban, los promovió a que con presteza se
acercasen a los seis españoles y dando en ellos muy osadamente, en
la primer arremetida mataron los dos, y los otros cuatro viendo su
perdición, procurando de remediar y conservar sus vidas, se
arrojaron al agua confiados en su nadar. Muchos indios se arrojaron
tras de ellos, pero no alcanzaron más de a sólo el uno, que casi
desmayado se cortó y no pudo con fuerza cortar el agua como los
demás hacían. A este soldado sacaron los indios vivo a tierra, y
comenzaron a escarnecerle y a pasar tiempo con él muy bárbaramente
y con gran placer suyo. Mas uno de los bárbaros, no satisfaciéndole
la recreación de sus compañeros, pues de ella se seguía el alargar
la vida al español, con una gruesa macana que tenía se llegó a él y
alzándola con entrambas manos en alto, con toda la furia que pudo
le dio en la cabeza un golpe con que le derribó en el suelo, y
segundando con otros lo acabó de matar en presencia de los demás
españoles que los estaban mirando sin poderlo remediar. Y con esta
victoria quedaron tan ufanos los bárbaros, con muy apresuradas y
aun regocijadas voces, decían a los nuestros que se pasasen a donde
ellos estaban, porque deseaban darles a todos el castigo que a los
tres ya difuntos habían dado; cuyos cuerpos, para mejor significar
y dar a entender lo que querían, ponían en pie, junto al agua, y en
ellos hacían muchas maneras de vituperios, pareciéndoles que era
afrentar de todo punto a los nuestros, pues no pasaban a vengar su
injuria.
Y no haciendo ya caso de ninguno de los seis españoles, porque
los tres vían presentes difuntos y los otros tres había el raudal y
canal del río llevado con violencia agua abajo, se recogieron el
caudillo y los demás españoles al bohío donde la demás gente había
quedado con temor de que los indios, por otra parte, no diesen en
ellos. Mas fue Dios servido que no hubiese tanta gente en aquella
provincia que por todas partes pudiesen hacer acometimiento, porque
si lo hicieran, todos sin escapar ninguno, perecieran; y estando
todos juntos celebrando, ya casi noche, con lacrimoso sentimiento
aunque recogido, las muertes de sus seis compañeros, los tres que
habían ido el río abajo, habiendo por particular gracia y merced de
Dios inmortal, escapado de entrambas fortunas de tierra y de agua,
llegaron, aunque apartados unos de otros, a donde sus compañeros
estaban, y aunque desnudos en carnes se les pusieron delante, que
parecía espectáculo de gran compasión, con verlos vivos perdieron
de todo punto su aflicción y se regocijaron con ellos, y procurando
conservarse algunos días en este estalaje hasta ver qué tierra era
la que de la otra banda del río estaba, comenzaron a hacer un
palenque para fortificarse y estar más seguros, y luégo procuraron
juntar comida de maíz antes que los indios lo alzasen y
escondiesen; y a este efecto salieron luégo otro día algunos
soldados con los indios ladinos que tenían, y hallando algo
apartados de donde estaban alojados, un bohío con maíz, tomaron lo
que en él había, y con ello se volvieron al alojamiento y palenque,
que ya habían empezado a hacer.
Los indios y naturales, entendiendo que los españoles andaban a
recoger maíz, escondieron lo que habían menester y pudieron, y a lo
demás, juntamente con las casas en que estaban, que eran las
propias de su morada, les pegaron fuego, y todo lo consumían y
atalaban con el fuego.
Loyola y los soldados que con él estaban, visto que por todas
vías les querían hacer guerra, y teniendo por intolerable esta del
quitarles las comidas, cesando la obra del palenque que habían
comenzado, se volvieron a salir de conformidad, y por el propio
camino por do habían entrado, se volvieron al sitio donde habían
poblado la ciudad de Guadalupe, que consigo se traían, porque
aunque caminaban y andaban a una parte a otra, los alcaldes y
regidores electos no dejaban de gozar de sus preeminencias.