LIBRO CATORCE
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En el libro catorce se trata cómo
saliendo Francisco de Ospina por caudillo con gente de la ciudad de
Vitoria a contar ciertas suertes de indios se metió la tierra
adentro y pobló la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios, en el
valle de Corpus Christi, y por esta causa fue mandado prender.
Escríbese, aunque brevemente, todo lo sucedido en este pueblo,
desde que se pobló hasta este tiempo; y juntamente con esto la
salida que Bernardo de Loyola hizo con cierta gente para meterse en
la tierra de los dos ríos; y cómo luégo que salió de los Remedios
pobló la ciudad de Guadalupe, y después de esto y de haberse metido
la tierra adentro, se tomó a salir, con daño y pérdida de alguna
gente; y estando en el sitio donde había poblado, fue preso y
enviado a la Audiencia, después Juan Velasco, teniente en aquel
pueblo, con la gente que en él había, se tomó a meter la tierra
adentro, por los propios pasos que Loyola había entrado, y fue
rebatido, y vuelto al propio sitio donde la ciudad de Guadalupe se
había poblado, los soldados, no pudiendo tolerar la necesidad que
pasaban, fue cada uno por su parte y despoblaron el
pueblo.
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Capítulo primero
En el cual se
escribe cómo Ospina salió a contar ciertas casas de indios por
mandado del cabildo de Vitoria, y metiéndose la tierra adentro con
la gente que llevaba, pobló la ciudad de Nuestra Señora de los
Remedios.
Al tiempo que el capitán Asensio de Salinas, Loyola, que pobló
la ciudad de Vitoria, repartió los indios de aquella provincia,
agravió claramente a muchos de los que con él habían andado
descubriendo y conquistando aquella tierra, porque demás de dar los
mejores indios de ella a hombres ausentes por respetos interesables
a sus comilitones y aun compañeros, los en balumó con decir que les
daba indios en parte cómoda, sólo por entretenerlos para que le
ayudasen a la pacificación de la tierra. Y aunque era verdad que
los señalaba en el apuntamiento, iban a contarlos muy lejos, y
alguno no había donde contárselos, y con esta esperanza muchos
soldados se estuvieron en Vitoria, sin tener más del nombre de
encomenderos, con esperanza de que vacarían indios y se los
darían.
Mas como les pareciese que no era acertado acuerdo este,
concertáronse de común consentimiento así soldados como vecinos de
Vitoria, que se nombrase una persona con alguna color que pudiese
salir fuéra con los soldados que se juntasen, y buscasen dónde
poblar otro pueblo en que tuviesen indios de que se aprovechar. Los
vecinos y justicia de Vitoria dieron consentimiento a esta
determinación por echar de sobre sí tan gran subsidio y carga como
eran los soldados a quien las suertes de los indios les habían
faltado, porque de continuo estaban representando grandes quejas y
servicios; y así, a pedimento de algunos que sobre ello metieron en
el cabildo petición, fue nombrado Francisco de Ospina, vecino de la
propia ciudad, que fuese a hacer la cuenta de las casas que los
soldados decían; y aunque esta era la color, el intento principal
era el que he dicho de poblar; lo cual no osaban hacer
descubiertamente temiendo el castigo que sobre ello se les daría
por mano de la Audiencia, que tenía puestas grandes penas contra
los que saliesen a hacer nuevas poblazones.
Juntó Ospina hasta treinta y un soldados, y aderezados lo mejor
que pudieron, se fueron la vuelta de las poblazones y valle de
Ortana, donde se contaron las casas que por allí había a los que
les pertenecían, que fueron bien pocos; pero los demás que tenían
título y no se les podía henchir en este valle, para que su hecho
fuese más disimulado comenzaron a hacer requerimientos a Ospina que
no se volviese a Vitoria, porque de industria había dado muestra de
quererse volver, sino que pasando adelante con la facultad que por
el cabildo le era dada, buscase poblazones en que fuesen enterados
y cumplidas sus datas y cédulas. Ospina, que ya se lo tenía en
voluntad, pasó adelante del valle de Ortana y pasando por otras
algunas poblazones, entró en el valle que el capitán Pedroso llamó
de Corpus Christi, donde hallaron cantidad de naturales, por lo
cual fueron los soldados promovidos de conformidad a pedir y
requerir al caudillo Francisco de Ospina que pues la tierra era
acomodada para ello y había cantidad de naturales para se poder
sustentar, que poblase allí un pueblo o ciudad, que ellos se
prefirirían, repartiéndoles los indios, de sustentarlo porque
después de poblado hacían consideración estos soldados que no
podían dejar de permanecer en la tierra, porque ni la Audiencia les
había de mandar despoblar ni ellos habían de atreverse a desamparar
el pueblo por temor del castigo que por ello se les daría, en lo
cual pusieron tanta diligencia con sus persuasiones a hacer a
Ospina que poblase, y Ospina viéndose tan combatido de los ruegos e
importunaciones de todos los que estaban presentes, vino a
otorgarles lo que le pedían. Y así, en el propio valle de Corpus
Christi, en la parte más acomodada que le pareció, fundó y pobló
una ciudad, a la cual puso Nuestra Señora de los Remedios, y en
ella nombró sus alcaldes y regidores, y fue con mucho regocijo de
todos celebrada esta fundación el año de sesenta y uno. Y después
de haber dado asiento Ospina en las cosas de su república, se fue a
descubrir y ver lo que adelante y en las otras partes comarcanas a
este valle había.
Descubriose por los primeros que salieron el río de Nare, que es
de mucha agua y de gran corriente. Pasáronle con dificultad y
trabajo por una peligrosa y flaca puente de bejucos, que
ciertamente parece temeridad, y aun lo es, pasar por ellas.
Caminaron adelante, y dende a poco se toparon de repente con indios
punchinaes que con sus armas en las manos venían a dar en los
españoles; pero como se hallasen muy juntos los unos a los otros,
cerran los españoles con ellos y comenzándolos a herir los hicieron
retirar y volver atrás; mas los nuestros, dar lugar a los enemigos
que se alejasen de ellos, los siguieron con más obstinación de la
que debían, hasta apretarlos en un mal paso que por delante se les
puso, donde viendo los bárbaros que dificultosamente podían pasar
adelante, y que por las espaldas les herían los españoles,
volviendo sus armas contra ellos, tornaron a renovar la pelea, que
turó buen rato, hasta que tuvieron lugar de proseguir su huida y
recogerse a sus casas, que estaban puestas en lugares altos y
fuertes. Recibieron más daño en estos recuentros los indios que los
soldados, porque como los naturales eran gente desnuda y los
nuestros iban armados, hacían más daño con las espadas y arcabuces
de lo que les podían hacer con la flechería y dardos los
indios.
Conclusa esta guazabara, pasaron los españoles adelante y
descubrieron el valle que llamaron de San Blas; y corriendo la
tierra a una parte y a otra, fueron a dar a un cerro muy alto y de
muy derecha subida que en la cumbre de él se hacía una teta de peña
viva, en la cual había algunos indios y la subida era de gran
riesgo y peligro, porque demás de ser muy empinada y derecha, se
había de subir por un agujero o boquerón algo estrecho y de gran
salto, que si no fuera ayudándose los unos a los otros por ninguna
vía lo podían subir; la caída era muy honda y de gran peligro,
porque si por desgracia acertara algún soldado a caer por ella, no
podía dejar de hacerse pedazos. Finalmente, sin peligrar los
soldados subieron a lo alto de este peñol y se apoderaron de él, y
hecho esto se volvieron al pueblo de los Remedios, y dende a pocos
días tornaron a salir e ir en demanda del valle de Punchina, el
cual descubrieron y hallaron poblado de muchos naturales, gente
que, según daban las muestras, no tenían simulacros ni otras
criaturas a quién idolatrasen por dioses si no en su manera de
vivir; en este caso daban muestras de ser gente simple aunque
belicosa y guerrera, que este era su principal fin, y hacer muchas
labranzas para borrachear y jarrear, porque era la tierra muy
fértil y fructífera, y en ella se daban todo género de frutas.
Los españoles se dieron a correr la tierra, y por la vía
acostumbrada procurar pacificar los naturales, y en ello pusieron
tan buena diligencia, que antes que saliesen del valle dejaron los
indios pacíficos, con que se volvieron alegremente a su pueblo.
Capítulo dos
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[1]
Cómo la Audiencia teniendo noticia de
la poblada de los Remedios, envió a prender al capitán y oficiales
del pueblo, y a que despoblasen, y cómo después fue proveído el
capitán Sancedo, que mudó el pueblo al valle de San Blas.
No pasó mucho tiempo después de poblada la ciudad de los
Remedios, que la Audiencia Real no tuviese nueva y certificación de
ello; y pareciéndoles a los oidores ser negocio digno de castigo, y
que para que adelante sin su licencia otra persona no se atreviese
a hacer lo mismo, enviaron a Rodrigo Pardo por juez de comisión
para que prendiese los alcaldes y regidores y al capitán Ospina y
aun despoblase el pueblo, lo cual fuera bien fácil de hacer si los
vecinos y pobladores de él no lo estorbaran y defendieran a poder
de requerimientos, porque como ya después de pacífica y conquistada
toda la más de la tierra y que mediante la buena diligencia del
capitán Francisco de Ospina y los que con él estaban, los indios
les sirviesen de paz, y a esta sazón llegase al pueblo Rodrigo
Pardo, pretendió hacer con vigor fingido lo que la Audiencia le
había encargado y mandado; mas como he dicho todo cesó con mandar
prender al capitán Ospina y a los alcaldes y regidores, y enviarlos
presos a Santafé, estorbando lo demás los vecinos con voces y
requerimientos, y al fin quedándose con ellos por justicia Rodrigo
Pardo, con harto trabajo y peligro, por quedar pocos españoles para
resistir las novedades que los indios intentasen o quisiesen
intentar.
Sucedió que dende a pocos días, por vía de la gobernación de
Popayán, entró en este pueblo el capitán o caudillo de ciertos
soldados que con él venían, Pablo de Salazar, vecino de la villa de
Arma, que había sido enviado por los de la gobernación a sólo echar
estos españoles que estaban poblados en el valle de Corpus Christi,
por pretender que eran términos y jurisdicción de aquella
gobernación. Los de los Remedios, aunque eran pocos, siempre
mostraron bríos y ánimos de morir por la defensa de su pueblo y por
sustentarlo, y así, aunque los de la gobernación comenzaron a
encenderse en cólera y hacer muestras de querer remitirlo a las
manos y hacer que los de los Remedios hiciesen, forzados y
constreñidos de temor suyo, lo que por sus ruegos no habían querido
hacer, fueles en vano todo su industrioso trabajo, porque mientras
más amenazas hacían menos les aprovechaban, viniéronse apartar los
unos de los otros y hacer muestras de querer romper y reñir sobre
el derecho de esta tierra, y en esto, como en lo demás, siempre
Pablos de Salazar y los que con él estaban, hallaron muy a pique y
a punto de recibir cualquier encuentro a los pobladores de los
Remedios, por lo cual, y por ver cuán obstinados estaban en
defender y sustentar el pueblo, se volvió a salir Salazar y los que
con él habían entrado, y se fue a su gobernación de Popayán o villa
de Enzerma, y con ellos se fueron algunos soldados de los que en
los Remedios estaban; de donde les vino mayor y más intolerable
trabajo a los vecinos que en el pueblo quedaron, por no ser parte
para ir a correr la tierra ni a proveerse de las comidas necesarias
para su sustento, antes se les habían rebelado los indios por ver
que en el pueblo había tan pocos españoles, y pretendiendo echarlos
de la tierra o matarlos venían en muy gran cantidad, de noche y de
día, sobre el pueblo a darles guazabaras y a quemarles las casas y
bohíos donde vivían.
Pero a todos estos trabajos y necesidades acudían los españoles
con muy buen ánimo, y de todos se defendían resistiendo a los
enemigos y rebatiéndolos de sobre su pueblo, haciendo siempre en
ellos el daño que podían. Turoles esta inquietud y desasosiego
muchos días, hasta que de la ciudad de Santafé volvieron algunos de
los oficiales de república que habían ido presos, que metieron
consigo otros muchos soldados y compañeros que les ayudaron a
correr y pacificar la tierra de nuevo y a suplir su necesidad y
trabajo de proveerse de comida y el resistir a los naturales; pero
esto también era con harto trabajo, porque no eran tantos los
españoles que con moderación y descanso suyo lo pudiesen hacer; y
así se pasaron hasta que la Audiencia les envió por capitán y
justicia mayor de aqueste pueblo al capitán Lope de Sanzedo, que
entrando en él metió más copia de soldados y mucho ganado, con que
se toleró el trabajo y hambre pasada, porque si no era alguna carne
salada que llevaban cargada hasta este tiempo que como he dicho,
metió Sanzedo ganado en pie
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[2]
Sanzedo se dio luégo a entender en las cosas de la pacificación
de la tierra y en lo que se debía hacer para la perpetuidad del
pueblo, y así pareciéndole que en el valle de San Blas había mejor
sitio de pueblo y que estaría más en medio de la poblazón de los
naturales, mudó el pueblo y ciudad de Nuestra Señora de los
Remedios a este valle de San Blas, en la parte y lugar donde al
presente está poblada y permanece; lo cual hizo el capitán Sanzedo
de común consentimiento y parecer de todos los soldados, que por
entender que a todos les estaba bien la mudada del pueblo, vinieron
en ello, y así se dieron luégo con mas voluntad a hacer salidas y
correrías a una y a otra parte, y a hacer a los indios que les
viniesen a servir a su propia ciudad, en lo cual pusieron tanta
diligencia y solicitud que en poco tiempo les sirvieron los indios
de Punchina y de otros cuatro valles comarcanos que en esta tierra
son llamados provincias, y dende en adelante lo pasaron mejor los
españoles y soldados, porque con la paz y servidumbre de los indios
eran proveídos de la comida de maíz que habían menester y les era
necesaria; y aunque después se rebelaron y tornaron a alzar los
indios, no fueron todos sino en algunas partes y pueblos algo lejos
y apartados del pueblo, y así hasta hoy siempre han tenido los
españoles y vecinos de este pueblo quién les sirva.
Capítulo tres
En el cual se
escribe cómo a pedimento de algunas personas se le tomó residencia
al capitán Sauzedo, en cuyo lugar fue proveído Gabriel de Vega, y
después de esto a Pedro Pablos de Salazar, vecino de Arma.
Como el capitán Sauzedo metió consigo en los Remedios algunos
soldados a quien pretendió aprovechar en aquella tierra, comenzaron
a nacer las emulaciones y disensiones que entre primeros y segundos
pobladores suele haber, que en este Reino han sido muy generales, a
lo menos en los pueblos que se han poblado desde el año de
cincuenta y siete hasta el presente tiempo, porque casi todos los
pueblos que en estos años se han poblado han sido sin licencia real
o a lo menos de la Audiencia, por lo cual los oidores luégo
procuraban enviar otro capitán que prendiese al primero y tomase la
gente en sí. Este segundo capitán siempre llevaba consigo soldados
a quien pretendía favorecer más que a los primeros que habían
descubierto la tierra, y así era luégo contención y aun sedición
entre ellos.
Ospina, aunque preso, procuraba volver por los que con él habían
entrado, que fuesen preferidos y aventajados a los demás que
después habían entrado; y Sauzedo, por el contrario, pugnaba contra
esto, y pretendiendo favorecer a los que él había metido en aquesta
tierra, hacía de menos merecimientos los trabajos de los primeros,
por haber poblado contra la voluntad del rey; pero al fin, como el
capitán Salcedo gobernase la tierra y por comisión de la Audiencia
hiciese nuevo apuntamiento y repartimiento de los naturales, hízolo
más en pro y utilidad suyo y de sus colegas y compañeros que de los
de Francisco de Ospina, y por esta causa más que por otra ninguna,
vino entre ellos a crecer el odio y enemistad, de suerte que Ospina
y los que le seguían hubieron de pedir residencia contra el capitán
Salcedo del tiempo que había sido corregidor y aun juez, que
entendiese en otros negocios particulares y privados tocantes al
apuntamiento que había hecho. Fue para estos negocios proveído por
juez Martín de Agurto, hombre algo tenaz.., y acusarles (o
acusador?)... resistirles (?), que a la sazón era procurador de la
Real Audiencia. Este, después de haber hecho lo que a su oficio
tocaba, envió al capitán Sauzedo a la ciudad de Santafé, en son de
preso, ante el presidente y oidores, por cuya causa fue dende a
pocos días proveído por capitán y justicia mayor de los Remedios,
Gabriel de Vega, vecino de Tocaima, hombre afable y llano en sus
contrataciones con todos.
Tuviéronse por contentos los vecinos de los Remedios con el
gobierno de este capitán y juez, porque aunque era grande amigo de
Sanzedo, en los negocios que se ofrecían entre los vecinos de este
pueblo no se mostraba nada parcial, procurando el tiempo que
gobernó tener pacífica la tierra y los naturales de ella, para lo
cual mandó hacer algunas salidas, con que resultó provecho a los
españoles, sin daño de los naturales, aunque los indios de
Punchina, como siempre, fueron más atrevidos y desvergonzados que
los demás, tan traidora como malvadamente, y debajo de seguro
mataron a Alonso Martín y a Cristóbal Rodríguez, y dende a poco,
por la misma orden mataron a Çamarripa, y les dieron muertes cierto
trabajosas y angustiosas, según pareció después por las muertes que
a otros dos soldados dieron, a los cuales tomándolos vivos por
hallarlos descuidados, los colgaron con unas cabuyas de los pies en
alto y allí les metieron por el unos palos agudos que
atravesándolos por el cuerpo y tripas y entrañas les iban a salir a
los pescuezos, y de esta suerte fueron hallados dende a pocos días
por trece o catorce soldados que pasaron por esta poblazón; pero yo
soy cierto que esta cruel muerte primero la vieron ellos dar a sus
compañeros y hermanos por mano de los españoles que la diesen a
estos soldados. Porque solían algunos crueles hombres, por leves
casos y sucesos que no merecían casi ningún castigo, darles pena de
muerte, y la muerte no cualquiera sino esta terrible e inhumana de
empalarlos.
Pasados algunos días que Gabriel de Vega usaba su oficio de
capitán y justicia mayor, por causa que les movió a los superiores,
nombraron en su lugar a Pedro Pablos de Salazar, vecino de la villa
de Arma, y se le envió la conduta dello, lo cual sabido por Gabriel
de Vega, sin esperar a su sucesor, se salió de los Remedios y se
vino a su casa a Tocaima Pablos de Salazar, después que tuvo
noticia de su nuevo proveimiento, se vino a los Remedios y halló el
pueblo muy trabajado y aflito, porque los naturales se habían
tornado a rebelar a causa de la poca gente que en el pueblo había;
porque los más de los soldados habían ido a Santafé a pretensiones
a representar escritos y servicios ante el presidente, el doctor
Venero, que a esta sazón había llegado de España con poderes para
poder encomendar la tierra; por lo cual no se podían proveer de
comida para se sustentar, por cuya causa padecían gran hambre todos
los vecinos en general, a lo cual se habían juntado las muertes de
los soldados que he dicho, y de otros que los indios habían muerto;
y para remediar esta hambre y necesidad en que el pueblo estaba, el
capitán Salazar envió a Juan de Olivares, vecino del propio pueblo,
que con seis soldados fuese a recoger la comida que pudiese y la
trujese en los indios amigos que llevaba y en los demás que por las
poblazones donde iba tomase.
Olivares y los demás españoles, no viviendo tan recatadamente y
apercibidamente como era razón y la belicosidad de los naturales lo
requería, juntaron los indios que pudieron, so color de fingida
paz, y estando con las cargas de maíz hechas para haberse de volver
al pueblo, los mismos indios que las habían de llevar, viendo el
descuido de los españoles, arremetieron a ellos, y quitándoles las
armas los mataron a todos, sin que ninguno escapase; con cuyas
muertes se doblaron los trabajos de los vecinos, porque para
vengarlas y proveerse de comidas les era necesario y forzoso no
dormir de noche ni reposar de día, mas andar continuo con las armas
a cuestas, sin parar ni reposar, en lo cual puso tanta y tan buena
diligencia el capitán Pedro Pablos de Salazar, que en tiempo de un
año que en este pueblo estuvo en el gobierno tomó a llamar y
pacificar los naturales y atraerlos a la sujeción y servidumbre de
los españoles, con danos y muertes de algunos indios, porque
semejantes pacificaciones no se suelen hacer sin azote que castigue
y ponga temor en los indios.