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Capítulo quinto En el cual se escribe cómo los españoles, para su seguridad, hicieron en la villa un fuerte de tapias, donde se recogían, y cómo el capitán Maldonado con veinte y cinco hombres fue a descubrir los valles del Espíritu Santo y Corpus Christi, y se volvió a la villa.

 

Como los indios del valle de Santiago vieron que los españoles hacían asiento en su tierra, en aquella parte que el pueblo estaba fijado y poblado, poníanse todos los más días en partes seguras, de donde podían ver y señorear el lugar, haciendo ostentación y muestra de esperar tiempo cómodo para dar en los españoles y aprovecharse de cualquiera buena ocasión que se les ofreciese y pusiese en las manos; y como los nuestros viesen esto y la necesidad que de salir a descubrir y pacificar la tierra tenían, y que los soldados eran pocos para dividirse en dos partes, de suerte que en entrambas estuviesen seguras, acordaron hacer un fuerte de tapias para en que se recogiesen y estuviesen seguros de las asechanzas y cavilaciones de estos bárbaros los que en el pueblo quedasen, y así de común consentimiento lo pusieron por la obra, y trabajando todos en esto por su propia en pocos días cercaron dos solares en cuadra de dos tapias en alto y las hicieron y pusieron su puerta de suerte que en él los indios no los podían ofender ni damnificar, y era suficiente custodia y guarda esta flaca cerca para los españoles, porque estos indios no usan ni tienen armas con qué, si no es descubiertamente y cara a cara, puedan ofender a sus contrarios, ni menos se extiende su talento a hacer ingenios ni artificios con que batir ni derribar semejantes cercas ni otras más flacas; y así, en viendo que los nuestros se habían fortalecido y corroborado da esta suerte, luégo perdieron de todo punto la esperanza de haber victoria de ellos, porque con esta manera de cerca quedaban muy seguros muy pocos soldados; y con esta pequeña seguridad, aunque grande para con estos naturales, determinó el capitán Maldonado salir a descubrir, y tomando consigo veinte y cinco hombres y dejando en el fuerte solos diez soldados, caminó la vía de los nacimientos del río de Santiago, que por aquella parte estaban casi al norte, y torciéndose sobre la mano derecha atravesó cierta cordillera que por este lado tenían, por donde dio en una región tan fría que sobrepujando con su rigor de hielo al calor natural de los hombres derribó y quitó el anhélito a muchos, así indios como españoles, de los cuales algunos sin poder ser remediados ni socorridos se quedaban helados y pasmados con los ojos abiertos y riéndose, pero muertos de todo punto. Otros eran favorecidos y sacados de la frialdad y altura de este páramo por amigos y conocidos suyos que tirando de ellos los llevaban casi arrastrando a partes hondas y abrigadas, donde haciendo con presteza lumbre y echándoles mucha ropa encima para conservarles el calor, los remediaban.

De todo este daño fue causa una aborrasca y tempestad de agua y viento que en este páramo se levantó al tiempo que los españoles lo atravesaban; y no paró aquí su trabajo, porque como empezasen a bajar para entrar en tierra poblada y caliente se les puso adelante un pedazo de arcabuco de un muy hondo manglar que con las raíces de los árboles levantadas gran trecho sobre la tierra, por cima de las cuales pasan los caminantes, pero no pueden pasar caballos porque se sumirán los pies y las manos por entre las cepas y raíces de los árboles, donde con dificultad podrían ser sacados, y así les fue necesario cortar mucha fajina y rama de los árboles con que allanar y hacer pasajero para los caballos aquel pedazo de mal camino que delante se les había puesto; el cual pasado con harto trabajo y dificultad, fueron a dar a un valle que llamaron del Espíritu Santo, por haber entrado en él esta pascua, y en lengua de sus propios naturales es llamado Quenaga y Sunesua; cuyos naturales, luégo que tuvieron noticia que los españoles se les acercaban, tomaron las armas en las manos, dando muestra de quererlos esperar en sus casas y allí hacer toda la resistencia que pudiesen; y mientras los españoles caminaban algo apartados de su pueblo hacían muy grandes fieros con los paveses, arcos y flechas y macanas que en las manos tenían, dando a entender que deseaban que se les acercasen para pelear con ellos; pero de que vieron que sin ningún recelo los nuestros iban llegándoseles y que ya se les entraban por el pueblo, no curando hacer lo que decían volvieron las espaldas y desamparando sus casas se procuraba cada cual poner en salvo su persona y apartarla de todo riesgo.

Es esta gente de este valle casi de la misma manera y traza que de la del valle de Santiago, excepto que todos traían unos sacos de mantas de hilo de cabuya muy largos y justos al cuerpo, vestidos y atados con unas cabuyas o hilos por sobre los hombros y recogido lo muy largo en la cintura, por donde traían ceñidos y recogidos estos sacos.

Alojáronse los españoles en el propio pueblo y casas de los indios, sin que hubiese ningún derramamiento de sangre, y a la noche salieron algunos soldados a buscar los lugares donde los indios se habían recogido y escondido con sus mujeres e hijos, y toparon algunos escondrijos, donde tomaron muchas personas de todas suertes, las cuales trujeron ante el capitán Maldonado, para que de ellas hiciese a su voluntad, a los cuales hizo todo buen tratamiento y los soltó luégo dándoles a entender que no venía a maltratarlos ni hacerles daño ninguno, sino a traerlos a la amistad de los españoles; que se volviesen y llamasen los demás naturales para que sin temor ni miedo alguno viniesen a ver los españoles y a entender lo que habían de hacer, como otros muchos indios lo habían hecho, a los cuales se les guardaría la paz, de suerte que no recibiesen ningún daño en sus personas ni haciendas. Pero esta liberalidad y clemencia de Maldonado ningún efecto de presente hizo en los bárbaros, porque aunque les soltó y envió muchas criaturas y muchachos que se habían tomado, y como he dicho, otras muchas personas de todo sexo, nunca se quisieron inclinar a venir de paz ni a gozar de la equidad de que con ellos usaba el capitán Maldonado, el cual viendo la ingratitud y obstinación de los bárbaros y que de su voluntad no querían la paz y amistad que se les ofrecía, envió de nuevo soldados a que hiciesen correrías por una parte y por otra de este valle y le trujesen de nuevo toda la gente que pudiesen haber, sin que en ello hubiese ningún derramamiento de sangre, para con esta industria ver si los podía apaciguar; pero érale gran defeto a Maldonado no tener intérprete ni lengua con que hablarles, porque aunque le traían muchos indios e indias, si no era por señas no les podía dar a entender ninguna cosa de las que quería y pretendía, y así enteramente no pudo efectuar su pretensión. Procuró por señas informarse de estos bárbaros si adelante de este valle había más gente y naturales. Dieron a entender que detrás de una sierra que por delante tenía había poblazones de muchos indios, por lo cual el capitán Maldonado fue promovido a enviar a verlas a Gonzalo Rodríguez con una docena de soldados de a pie, y él se quedó allí con los caballos en lugar acomodado para aprovecharse de los indios si les viniesen acometer.

Gonzalo Rodríguez y los soldados que con él iban abriendo camino por una montaña, llegaron a un valle que de sus propios naturales es llamado Susaca, y de los españoles el valle de Corpus Christi, por haber entrado en él la víspera de esta fiesta, donde tomaron mucha cantidad de indios e indias de todas edades en sus propias casas, que por no haber visto ni tenido noticia de la ida de los españoles, estaban algo descuidados, y no habían tenido lugar de huir ni de tomar las armas en la mano para defenderse; y sin pasar adelante se volvieron a donde Maldonado había quedado, el cual como supiese que el camino era de condición que por él no podían pasar ni caminar caballos, se volvió a salir del valle del Espíritu Santo, donde estaba, y se fue la vuelta de la villa de San Cristóbal.

Es toda la gente de estos valles desnuda y de buena disposición, y la tierra y temple de ella más fría que caliente, por lo cual se da en ellos muy poco maíz, pero en abundancia todas las otras comidas y legumbres. Son muy faltos de loza y vasijas de barro para su servicio, y no tienen sino unos pequeños vasuelos muy toscamente hechos, que tienen el canto más grueso que tres dedos, que solamente les sirven de guisar algunas comidas y legumbres. Todos los demás vasos de su servicio son de calabazos; y entre estos indios hay calabazos en que caben y echan más de dos arrobas de vino para su bebida, que es cosa de harta admiración; y así en esto como en otras cosas necesarias para su vivienda lo pasan miserablemente.

Al tiempo que Maldonado con sus soldados llegó a cierta poblazón de indios llamada Lobatera, en esta tornavuelta halló que los indios de aquella poblazón, que estaría cuatro leguas de la villa, le estaban esperando con las armas en las manos, los cuales tenían puestas de antes sus espías, porque sabían que por allí habían de volver forzosamente los españoles; y así los recibieron con muchas rociadas de flechas que contra ellos tiraron, con que hirieron muchos indios del servicio de los españoles y algunos soldados; pero como los arcabuceros tuviesen lugar de disparar los arcabuces, y los jinetes de armarse a sí y a sus caballos, dieron en los indios e hiriendo y matando a muchos, los ahuyentaron y echaron del camino, y prosiguieron su camino hasta llegar a la villa de San Cristóbal, donde hallaron los diez españoles que en el fuerte habían quedado, sanos y salvos y sin haber recibido daño alguno, porque aunque diversas veces se les habían llegado los indios a quererlos ofender y matar, como los hallaban recogidos en aquel su fuerte, volvíanse burlados, sin hacer cosa alguna de las que pretendían y querían.

 

Capítulo seis En el cual se escribe las discordias que entre los vecinos de Pamplona y la villa de San Cristóbal hubieron sobre la jurisdicción y términos, y lo que sobre ello se hizo, y cómo el capitán Maldonado descubrió el valle de San Agustín.

 

En este tiempo había ya acudido más gente española a la villa, a que le diesen en ella de comer, y después de haber ya pacificado los indios del valle de Santiago, y que todos o los más servían a los españoles, y concluso de todo punto el repartimiento de los naturales y haberlo enviado a Santafé para que la Audiencia Real lo confirmase y aprobase, el capitán Maldonado, dejando la gente española que en la villa había con algún contento, se volvió a la ciudad de Pamplona, donde tenía su habitación y morada; y como en este tiempo se llegase el día de la elección de los alcaldes y regidores, que es el año nuevo, los vecinos o cabildo de Pamplona quisieron elegir alcaldes y regidores para la villa y enviar persona que de su mano diese los oficios, pareciéndoles que conforme a la comisión que la Audiencia había dado al capitán Maldonado lo podían bien hacer. Pero como esto llegase a oídos de Maldonado, que como he dicho estaba ya en Pamplona, contradíjolo diciendo que la villa era libre y no sufragana a Pamplona, avisándoles que era en vano el trabajo que tomaban, porque en la villa no se había de cumplir ni obedecer lo que ellos mandasen, antes habían de ser causa con aquella novedad de que hubiese algún escándalo o alboroto, en lo cual puso tanto calor y diligencia que hizo con el capitán Ortún Velasco, que era su suegro y justicia mayor de Pamplona, que no se efectuase lo que el cabildo quería, y así cesó por entonces la elección de los alcaldes y regidores, y no hubo efecto lo que quisieron hacer, lo que él les prestara poco, porque los propios vecinos de la villa estaban con propósito de no admitir ninguna elección que de Pamplona se les enviase, y así ellos, el día propio del año nuevo, usando de sus preeminencias y libertades, eligieron sus alcaldes y regidores y los demás oficiales de república cadañeros.

Lo que de aquí sucedió fue que después, enojados los de Pamplona de que les hubiesen hecho esenta de su jurisdicción a la villa, pidieron en la Audiencia que se la adjudicasen, como cosa que estaba poblada en sus términos y territorios. Los vecinos de la villa pidieron su libertad y que les señalasen términos, y que quitasen los indios a los vecinos de Pamplona que en la villa los tenían o los mandasen ir a residir a ella, pues conforme a una cédula o ley real, ningún español puede tener indios encomendados en dos partes, pues no los puede administrar a entrambos. Turó el pleito algunos días, hasta que el doctor Venero de Leyva vino por presidente al Nuevo Reino, en cuyo tiempo se definió y concluyó todo lo que se litigaba; y fue que a los vecinos de Pamplona los mandaron que dentro de cierto tiempo escogiesen los indios con que se querían quedar, y en efecto les quitaron los que en la villa tenían y se quedaron con los de Pamplona, aunque no dejó de tenérseles algún respeto en que los que casaron hijas con españoles les dieron los indios a los yernos de cuyos habían sido. En lo de los términos, adjudicaron a la villa toda la jurisdicción que había hasta el río llamado Cúcuta, que era por do el capitán Maldonado los había echado; y después, el licenciado Angulo de Castrejón, oidor, yendo a visitar aquella tierra, los había confirmado y aprobado, entendiendo estos dos jueces de términos que Cúcuta era un río que atraviesa por medio del llano de Cúcuta, donde tienen los vecinos de Pamplona sus hatos y estancias de ganados. Mas como esto pareciese después ser al contrario, y estar el río de Cúcuta dos leguas más hacia la ciudad de Pamplona, sintieron los vecinos mucho el agravio que en este se les había hecho, porque los de la villa pretendían despojarlos de toda esta tierra, pero los de Pamplona no estaban en dársela sino en defendérsela a lanzadas o como pudiesen, y así se estuvieron en la posesión de ella y de todos los llanos de Cúcuta hasta que después los vecinos de los dos pueblos se conformaron y concertaron entre sí, y de conformidad partieron los términos y los echaron por el río que atraviesa por el llano de Cúcuta, que ya he nombrado, donde estaban los hatos y estancias de las vacas, con que tuvieron conformidad los vecinos de estos dos pueblos, aunque a los unos y a los otros nunca les faltaran quejas perpetuamente contra el presidente Venero: los de Pamplona, porque les quitó los indios, y los de la villa, porque dándoselos a hombres sediciosos y advenedizos, les puso en su pueblo por compañeros personas intolerables de sufrir por sus continuas inquietudes y revueltas, y así ha estado y está este lugarejo en condición de despoblarse.

Los términos que esta villa tiene por la parte de Mérida son: hasta el pie del páramo alto o Pueblo Hondo que estará de ella como diez y seis o diez y ocho leguas; y aunque las poblazones de la Grita y Alarde y Pueblo Hondo estuvieron repartidas a Mérida, después la Audiencia, informándose de cuán apartadas estaban de Mérida, las adjudicó a la villa de San Cristóbal, con que los indios de ellas se encomendasen en personas que tuviesen méritos y pretensión en Mérida; y sin que hubiese contradicción pasaron por ello los de Mérida, porque vían que con dificultad podían llevar a su pueblo los naturales de estas poblazones.

En lo que he escrito he dado un gran salto por no dejarlo quebrado e inteligible, y así, para entera relación y noticia de los sucesos de San Cristóbal, es necesario volver atrás, por los cuales iremos discurriendo sumariamente, porque ya de aquí adelante lo que hubo se puede más llamar guerras civiles y domésticas de entre los propios vecinos, como en efecto lo fueron, que descubrimiento ni conquista. Porque, desde que el capitán Maldonado descubrió los valles del Espíritu Santo y Corpus Christi, hasta el año de sesenta y tres, que descubrió el San Agustín en los confines de Mérida, hacia aquella parte donde los de Mérida llaman el valle de la Ascensión o de los Valientes, siempre se entendió en pacificar los naturales del propio valle de Santiago y en domar los rebeldes hasta traerlos a su servidumbre, y así hay poco que particularizar de estos años y tiempos, y aun del descubrimiento del valle de San Agustín, que sus propios naturales llaman Loriguaca, entiendo tratar poco, porque en él ni hubo guazabaras ni guerras ni otras violencias ni fuerzas, antes en la hora que los indios entendieron o supieron que los españoles se les acercaban, pusieron por los caminos mucha cantidad de comidas de las que ellos tenían, como eran yucas, maíz, batatas, vino y masato y frutas de la tierra, pareciéndoles que con aquello no llegarían a sus pueblos, y ya que llegasen no les hiciesen mal ninguno.

Entró en la poblazón Maldonado y alojose en un buen llano que en ella halló muy apacible y bueno, donde estuvo más de cuarenta días holgándose y recreándose con los soldados, porque llevaban al padre Juan de Cañada, clérigo que les decía misa en una iglesia pajiza que para solo este efecto hicieron; en el cual tiempo se andaban los naturales por los altos, mirando el reposo de los españoles, sin que osasen llegarse a ellos de paz ni de guerra, y como de día había tantas espías y atalayas de parte de los naturales, salían algunas noches los soldados, de diez en diez, a buscar los lugares donde los indios estaban recogidos, pero ellos se habían puesto tan en salvo que casi no se hallaron ni pudieron tomar ningunos, y dejando de andar tras los indios, por salirles el trabajo pesado y en vano, se dieron a buscar minas de oro por la tierra donde estaban, las cuales hallaron y descubrieron, y por parecerles muy pobres y de poco provecho las dejaron y se volvieron a la villa de San Cristóbal, y después el presidente, el doctor Venero, dio y adjudicó este valle de San Agustín, o la mayor parte de él, a vecinos de Mérida, por parecerles que estaba más cerca a Mérida que a la villa.

 

Capítulo siete En el cual se escribe cómo Hernán Martín Peñuelas fue con gente a descubrir las poblazones de Burba y por mandato de Maldonado, y fue rebatido y desbaratado de los indios.

 

Desde a pocos días el capitán Maldonado tuvo noticia, por lengua de los naturales, que ya algunos había de paz y servían, que el río abajo de la villa había cierta poblazón de indios llamada Burba, la cual envió a descubrir y ver con veinte y tres soldados, dándoles por caudillo a Hernán Martín Peñuelas, hombre tan mal afortunado cuanto pesado y cargado para descubrimientos y guerras de indios, según claramente lo mostró y dio a entender su mal suceso que en esta jornada hubo; porque pasa así, que como caminando por el propio río abajo los españoles, el agua a los pechos y a la cinta, por no ir machetando y abriendo camino por la montaña que por un lado y por otro del río era muy espesa y asperísima, llegasen a vista de la poblazón de Burba, y encontrase allí solos diez soldados indios desnudos con sus arcos y flechas, los indios no sólo no hicieron semblante de volver el pie atrás ni se espantaron de ver los españoles, mas con brios de grande estima comenzaron a poner en sus arcos las flechas y acercarse a los nuestros para emplearlas más a su gusto, dando un gran alarido y gritería, con que pusieron algún temor a los nuestros, los cuales, oyendo esto, que aun estaban algo apartados, soltaron cuatro perros de ayuda que llevaban, para que fuesen a dar en los indios, e hiciesen en ellos el estrago que pudiesen, como otras veces lo habían hecho; mas los bárbaros lo hicieron tan bien que cuando se les acercaron de todo punto los españoles tenían ya muertos los tres perros, y revolvieron sus arcos contra los españoles. Comenzaron a flechar con toda la furia que pudieron y a hacer detener los españoles que no llegasen a ellos; pero como el ver tan pocos indios delante les incitase a haber vergüenza y a volver por su honra, todos los españoles casi apeñuscados y hechos un escuadrón, arremetiendo con los indios y metiéndose por entre sus flechas, les hicieron retirarse y volver atrás, excepto uno que con ánimo obstinado se puso a defender el paso a los soldados, y peleando muy briosamente recibió allí honrosamente la muerte, con que pudiera cobrar perpetua memoria si su persona fuera conocida y su nombre sabido de los nuestros.

Entraron los soldados en el pueblo de los indios, donde tomaron algunas personas de las cuales se informaron y tuvieron noticia de la gente que adelante había en unos pueblos que de Burba estaban distancia de una legua, pero aquella noche durmieron en la poblazón de Burba, bien a costa de los indios; porque como toda la noche repartiesen entre sí para velarla de dos en dos soldados, de suerte que la vela corriese por todos, tomaron por ampolleta y hora de lo que cada uno había de velar, lo que turase ardiendo cada casa de las que quemasen en el pueblo donde estaban, y así hicieron aquella noche y antes que amaneciese un incendio y abrasamiento de casas que turó toda la noche, y antes que amaneciese, pegando fuego a los demás bohíos que quedaban pasaron adelante, a ver y descubrir los pueblos de que ya tenían noticia, cuyos naturales ya estaban avisados y con las armas en las manos, porque aunque los españoles llegaron a vista de su pueblo antes que fuese de día claro, los indios salieron a ellos animosamente, y acometiéndoles de repente con ímpetu feroz, hicieron volver atrás a los nuestros, que iban algo más descuidados de lo que habían de ir, por no llevar sus sayos de armas vestidos, aunque no dejaban de aprovecharse de los arcabuces y hacer el daño que podían en los enemigos hiriéndolos, y hacer en ellos lo que podían, pero de ninguna cosa se espantaban ni atemorizaban los bárbaros, antes aunque a sus pies vían muertos a sus hermanos y compañeros, y por otra parte vían arder sus casas, que les habían pegado fuego los españoles, no dejaban de pelear como valientes guerreadores, de suerte que acorralaron y metieron a los nuestros en el río, y no sólo les tomaron lo que los indios amigos les llevaban cargados, como eran sayos de armas y cosas de comer, pero los propios arcabuces con que peleaban y se defendían, porque algunos tímidos soldados, viendo tan cerca de sí a los enemigos, y que con tanta audacia los seguían, dejaban los arcabuces y otras armas infamemente, por huir con más ligereza y con menos embarazo.

Corrido un soldado, natural de Moger, que debía de ser señalado entre los otros, temerariamente se volvió contra los indios, para con este ejemplo animar y persuadir a sus compañeros que le siguiesen, dándoles muy grandes voces que volviesen contra los enemigos, que eran pocos y desnudos; pero como los soldados iban ya inclinados a huir, hiciéronse ciegos y sordos, y no curando de volver con su compañero, que por ellos se quiso poner y ofrecer en sacrificio, se dieron priesa a huir el río arriba, casi sin volver la cara atrás a ver si les seguían. Los indios detuviéronse en haber a las manos el español que entre ellos se había metido, y no curando de seguir a los demás, le dieron y atravesaron con un dardo por el pescuezo, con que lo derribaron y tomaron vivo, y así lo llevaron a sus casas y le dieron la muerte con la severidad e inhumanidad que los indios lo acostumbran hacer, que es grandísima, y casi comparable a los antiguos martirios que los perseguidores de la Iglesia daban a los cristianos; y como dije, parece que este soldado se quiso ofrecer en sacrificio por sus compañeros, porque es cierto que si los indios en él no se detuvieran y siguieran con coraje a los demás, que los mataran a todos, o a gran parte de ellos, mas por la flojura y mala fortuna del caudillo que por el número de indios que le acometieron, que verdaderamente no eran muchos. Pero cierto fue que después que los soldados cobraron un poco de ventaja en el camino a los indios, que no les alcanzaran, según huían con gana, porque cuando llegaron a la villa ninguna cosa llevaban consigo, que todo lo habían arrojado en el camino, temiendo la tormenta de los bárbaros no les siguiese y alcanzase.

Pesole a Maldonado de este mal suceso, no tanto por la reputación que en ello perdieron los españoles, cuanto porque por esta ocasión se alzaron y quitaron de la obediencia algunos pueblos de indios que de aquella parte había poblados, para por vía de guerra conservar su libertad, porque les parecía que pues tan pocos indios como los de Burba y sus compañeros habían desbaratado y ahuyentado veinte y tres soldados españoles, que juntándose los demás con ellos, que bien podrían resistir otros tantos que les acometiesen.

 

Capítulo ocho

En el cual se escribe las crueles muertes que los indios dieron a Medina y a Baracaldo, sus encomenderos, y el castigo que por ello se hizo.

 

En el antecedente capítulo se trata de la bárbara crueldad de los indios, y en este entiendo darla a entender con más perpetuidad en dos particulares sucesos que en esta villa hubo, donde claramente dieron muestra estos bárbaros de su inhumana severidad y condición.

Había en este lugar un soldado o vecino llamado Juan de Medina, natural de Sevilla. Este tenía, como los demás, indios en depósito o administración, porque en esta sazón aún no estaban encomendados los indios, ni aún el doctor Venero, que los encomendó, entró en el Reino en este año, que era el de sesenta y tres, aunque ya estaba en las Indias. Este Medina, creyendo estar sus indios pacíficos y sin ninguna alteración ni enojo de cosas que entre ellos hablan pasado, se fue más descuidadamente de lo que era razón al repartimiento, y se puso llanamente a tratar y hablar con los indios, que entre sí estaban ya determinados a matarle; y como los bárbaros vieron el descuido con que Medina entró entre ellos, y que no traía consigo ningún recelo de lo que podía suceder, aprovecháronse de la ocasión, y habiéndose juntado muchos so color de quererle hablar, se llegaron a él y le abrazaron, de suerte que aunque tuviera consigo las armas él no se pudiera aprovechar de ellas, y atándole las manos atrás, le despojaron de todos sus vestidos y le amarraron fuertemente en un árbol que los españoles llaman cural, de do se coge la fruta llamada cura; y juntándose por llamamiento de sus propios indios otros muchos que por aquel valle, que era el del Espíritu Santo, había, comenzaron a hacer sus bailes alderredor del árbol donde el español estaba atado, y bebiendo y bailando y azotándolo gastaban todo lo más del día, y desque estaban bien embriagados cortabanle un brazo o una pierna con la propia espada de Medina, y el siguiente día, con las mismas ceremonias, y habiendo precedido los azotes que le quisieron dar, le sacaron los ojos, y así fueron martirizándolo y despedazándolo vivo, hasta que en estos crueles tormentos murió; donde fue con gran regocijo de los bárbaros celebrada su muerte miserable; pero con la misma crueldad fue pagada o castigada, porque como a ello fuesen algunos españoles bien aderezados y llevasen perros de ayuda, que suelen hacer grandes estragos en los indios, pagaron muy por entero su maldad y rústica desvergüenza, con lo cual, mostrándose ufanos de haber dado tan cruel muerte a Medina, teniendo noticia cómo los españoles iban a su pueblo y tierra, salieron a ellos con las armas en las manos, pretendiendo darles la muerte.

Mas como los soldados y su caudillo, que se decía Juan Francisco, natural de la isla de Tenerife, fuesen con mucho cuidado y muy recatados y apercibidos, halláronse cuando no pensaron acometidos y cercados de los indios, con los cuales tuvieron una reñida pelea que turó por buen rato, sin que ninguna de las partes cantase victoria, aunque los indios llevaban la peor y recibían mucho daño de los arcabuces que contra ellos se disparaban, y de los perros de ayuda que metiéndose por entre ellos con su fiera osadía despedazaban a bocados a los que alcanzaban. Los nuestros, como estaban armados de sayos y reparados de rodelas, ningún daño les hacían las flechas que les tiraban. El remate de esta guazabara fue que viendo los indios los muchos que de ellos caían y eran muertos de arcabuzazos y de los perros, se comenzaron a retirar, y los nuestros a seguirlos hasta que de todo punto les hicieron volver las espaldas y huir apresuradamente, sin orden ni concierto alguno, mas el que más podía correr ese se tenía por mejor y más honrado, pues con ello ponía a su vida en cobro, porque los soldados y los perros de ayuda iban tan cebados y encarnizados que no perdonaban ni usaban de clemencia con ninguno de cuantos alcanzaban, mas todos los pasaban a cuchillo o por las piezas de los alanos. Y no paró aquí su miseria y calamidad, mas antes pasó muy adelante, porque como después de alojados los españoles saliesen algunos soldados a buscar los lugares donde los indios estaban recogidos y escondidos, llevábanse los perros sueltos, que desde media legua tomaban el rastro de cualquier persona que iba huyendo y la iban siguiendo hasta alcanzarla, y que fuese varón o mujer o de cualquier edad que fuese la despedazaban y mataban y comían a bocados con tanta fiereza y presteza que por presto que los españoles llegaban ya no podían remediar el daño ni eran parte para ello. Mas en esto que los canes hacían quitaban de trabajo a los españoles, porque aunque vivos habían algunos indios, preguntándoles si habían sido en la muerte de Medina, luégo los bárbaros por jactancia decían que sí y recibían de su mano la muerte; de suerte que por una vía o por otra todos perecían y eran muertos, y así en pocos días que en esta poblazón estuvieron la dejaron tan arruinada y destruida que parecía haber grandes tiempos que era inhabitable; con que quedó bien purgada la muerte de Medina, a cuya sangre les parecía a estos soldados que era cosa muy acertada y justa hacer sacrificio con las vidas de los que a él se la habían quitado tan cruelmente cuanto se ha dicho.

Después de este suceso y castigo, el año de sesenta y ocho, bien cerca de la propia villa de San Cristóbal, mataron a Sancho de Baracaldo, criollo de Santo Domingo, y hombre sedicioso y algo revoltoso, sus propios indios, y le dieron casi la misma muerte que antiguamente solían los romanos dar a las vírgenes vestales que iban contra el voto de castidad; porque como hubiese muchos días que este Sancho de Baracaldo hubiese ido a Santafé con negocios en perjuicio de la quietud y sosiego de sus compañeros y vecinos de la villa, al tiempo que volvió, casi sin dar causa ninguna a sus indios, yéndolos a visitar, lo mataron y tomaron entre sí los más valientes, y atándolo a un estante o pilar del bohío y casa donde estaban, lo azotaron cruelmente, y vivo, sin daule herida ninguna, lo enterraron en una sepultura que le hicieron y le cubrieron con tierra donde acabó la vida; y para disimulación de esta maldad, los propios indios vinieron al lugar o villa a decir que su encomendero se había muerto y que ellos, por hacerle buena obra, le habían enterrado. Fueron luégo algunos españoles con un alcalde al propio pueblo de los indios, que estaría legua y media de la villa, y mandando desenterrar el muerto hallaron señales en él de haber recibido tan trabajosa muerte cuanto se ha dicho. Prendieron los indios que allí estaban y una india ladina que había sido la inventora de esta maldad y era natural del propio pueblo, y tomándoles sus confesiones dijeron el hecho como había pasado, y la causa por que lo habían muerto, que era porque les había azotado unos muchachos hijos suyos o naturales del propio pueblo; causa bien leve para haber de hacer un hecho tan cruel y malo. La justicia, en pena y castigo de este delito, ahorcó cerca de la propia villa la india con tres  o cuatro indios, y con esto cesó el castigo. Pero esta desastrosa muerte hízola menos sentible entre los españoles la desasosegada e inquieta vivienda de este soldado, que le tenían por turbador de la paz común.

Sin estos dos españoles han muerto los indios otros cinco o seis, sin muchos indios e indias ladinos cristianos, que también fueron muertos con sus amos y encomenderos por la multitud de los bárbaros, cuyas muertes, que algunas de ellas se han castigado aunque blandamente y otras no se han osado castigar, porque ha venido la desventura de estos vecinos a tal extremo, que sin tener respeto al bien común y privado, se acusan los unos a los otros lo que en estos castigos y fuéra de ellos se hicieron y aun lo que no se hizo, con que los ponen en harto trabajo y necesidad más de lo que se tienen, porque con haber tanto tiempo como ha que están poblados, aun hoy que es el año de sesenta y nueve, no tienen con qué sustentar un cura o sacerdote que les administre los sacramentos ni les diga misa, ni el perlado se lo da, porque no hay clérigo que quiera residir en esta villa, a causa de no haber de qué se le pague su estipendio; y así viven casi como bárbaros, sin gozar de este beneficio y santo sacrificio.

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