LIBRO DECIMOTERCERO
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[1]
En el libro trece se escribe cómo los
vecinos de Pamplona pidieron en la Audiencia que se poblase una
villeta en el valle de Santiago, sufragana a Pamplona, para que más
seguramente se pudiesen servir de los naturales que en aquel valle
tenían encomendados. La Audiencia nombró para este efecto al
capitán Maldonado, vecino de Pamplona, que juntando la gente que
pudo se metió, descubriendo por algunas poblazones y valles
comarcanos a Santiago, después de lo cual pobló la villa que llamó
de San Cristóbal, en el propio valle de Santiago, no sufragana a
Pamplona, mas libre. Hizo un fuerte de tapia donde la gente se...
giese y estuviese segura de.... Descubrió otros valles y poblazones
que... vecinos... Pamplona, donde tenía su mujer y casa. Por su
ausencia y por otras muchas causas y... villa de...
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[2]
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Capítulo primero
En el cual se
escribe cómo los vecinos de Pamplona pidieron en la Audiencia que
se les diese licencia para poblar una villa en el valle de
Santiago, y cómo les fue dada y nombrado por capitán para el efecto
por la Audiencia a Juan Maldonado, vecino de Pamplona.
Aunque Juan Rodríguez Juárez descubrió el valle de Santiago, que
en lengua de sus propios naturales es llamado Çorca, y los adjudicó
por términos de Mérida, ningún derecho adquirió con esto para que
le quedase sufragáneo a su pueblo ni los indios en las personas a
quien él los encomendó y señaló, porque como muchos años antes de
esto el general Pedro de Orsúa, que pobló a Pamplona, llegase hasta
las poblazones de Cúcuta y diese vista a la loma verde, que es lo
que Juan Rodríguez llamó el pueblo de la guazabara y otro valle que
por noticia tenían estar adelante, llamado antiguamente Çama, y
demás de esto dio otras muchas poblazones y caseríos dende la loma
verde adelante que entraban en las poblazones de este valle, de
todo lo cual hizo cédulas de encomiendas a vecinos de Pamplona, que
fueron confirmadas por el gobernador Miguel Díaz y después de él
por la Audiencia Real; pues como este valle de Santiago estuviese
apartado de Pamplona más de doce leguas, y los encomenderos no se
atreviesen a entrar en él ni en sus poblazones a servirse y
aprovecharse de los indios, por ser belicosos e indómitos, y que si
no era con violencia no les hacían humillarse, concertaron que en
este valle se poblase una villeta sufragana a su pueblo, que no
tuviese más jurisdicción de la que el cabildo de Pamplona en ella
pusiese, lo cual no se atrevieron a hacer de su autoridad, porque
ya la Audiencia les había amenazado por la licencia que habían dado
a Juan Rodríguez Juárez para ir a buscar minas con junta de gente,
y les habían suspendido y anulado las comisiones que antiguamente
tenían y puéstoles pena para que no consintiesen ni diesen licencia
a que nadie saliese de Pamplona con junta de gente; y para evitar
todos estos inconvenientes enviaron un procurador a la Audiencia
con informaciones de la necesidad que había de que en aquel valle
se poblase la villa en la forma dicha, demás de que era grandísimo
el peligro y riesgo que los caminantes y pasajeros que habían de ir
a Mérida corrían de ser muertos y flechados de los naturales de
este valle y de otros que están comarcanos al camino porque
forzosamente habían de pasar por este valle de Santiago, cuyos
naturales podían hacer todo el daño que quisieran en los pasajeros,
como no fueran en cantidad y bien armados.
Estas y otras causas muy urgentes tenían los vecinos de Pamplona
y su procurador para que esta licencia se les concediese por la
Audiencia Real, las cuales, como he dicho, presentaron con bastante
averiguación de testigos ante el presidente y oidores que en
aquella sazón eran los licenciados Grajeda, Artiaga, Angulo y
Villafañe, por los cuales, vista la necesidad que había de que en
el valle de Santiago se poblase una villa, dieron la licencia, como
de parte de Pamplona les era pedida; y para que la poblase y
repartiese los naturales que a ella habían de ser sufraganos,
nombraron al capitán Juan Maldonado, vecino de Pamplona, como a
persona que ya tenía bastante experiencia de semejantes negocios, y
le dieron poderes y provisiones e instrucción de lo que debía y
había de hacer, y aun de parte de los propios vecinos se pidió que
se cometiese a él el negocio, porque entre ellos era persona
principal y tenida en mucha reputación y estimación, así por el
valor y reputación de su persona, que era mucho y digno de no ser
menospreciado, como por ser tenido por caballero y de linaje
ilustre y descendiente de una cepa tan principal y a quien no sola
España, pero todas las universidades del mundo donde la ciencia se
profesa y enseña tanto debe, como fue el maeso Antonio de Lebrija,
luz y esplendor de la gramática y latinidad.
Este Maldonado, hombre de buen juicio y de agudos dichos y muy
graciosos, de los cuales se precia él mucho, aunque por ello y
hablar libremente es algo aborrecido de gentes de robusta condición
y que no querían ver a otros que supiesen hablar; pero como es
hombre que tiene lo necesario sin haber de acudir ni respetar a
otro, menosprecia las quejas de semejantes, y muchas veces dice que
por decir un buen dicho que él quiere perder un amigo; y como en
esta parte es ya conocido de todos, antes se llegan a oírle hablar,
aunque los lastime y muerda agudamente, que perder su buena
conversación, y sobre todo se ha preciado mucho de la jineta, en la
cual tiene entre quien le conocen fama y loa de muy buen jinete y
que graciosamente se pone sobre un caballo y lo manda y gobierna.
Ha sido hombre venturoso entre indios, porque con haber seguido la
guerra de ellos más de veinte y cinco años y haberse hallado en
muchas guazabaras, jamas le han herido ni lastimado, y demás de
esto, doquiera que ha capitaneado, siempre ha evitado y aborrecido
la severidad y crueldad contra los indios, y así continuo antes que
otro ninguno los traía de paz y a su amistad.
Aceptó Maldonado con pesadumbre la comisión que la Audiencia le
enviaba, y no quisiera usar de ella porque temía la misma
persecución que contra Juan Rodríguez Juárez había venido casi por
su propia mano; porque en semejantes poblazones y descubrimientos
no se excusan algunas muertes de indios, que locamente se meten por
las puntas de las lanzas y espadas, o que con necia obstinación se
hacen fuertes en sus pajizas casas, donde por mano de severos
soldados reciben la pena que les quieren dar. Llueven después casi
todas estas cosas sobre el propio capitán, y siempre quien las
acusa las glosa y hace más feas de lo que son, y ponen a un hombre
que porque ellos tengan de comer ha gastado su hacienda en
detrimento de perder la honra y vida, porque nunca falta un juez
apasionado que dé oído a los tales y mande que se haga lo que
desean, y sin tener atención, como sería justo que se tuviese, a lo
que el capitán ha servido al rey, lo maltratan y persiguen hasta
dejarlo en el hospital, y a veces en lugar más afrentoso.
Capítulo segundo
En el cual se
escribe cómo Maldonado salió de Pamplona con gente, y pasando por
el valle de Cúcuta fue a Cania, poblazón de antigua fama, y de
allí, enviando primero a descubrir, se pasó al valle de Quenemari,
y le salieron los indios de paz.
El capitán Maldonado comenzó luégo a usar de su comisión
juntando gente y soldados para el efecto de su jornada, en la cual
no sólo había de poblar, pero descubrir y pacificar los indios que
en círculo del valle de Santiago había; a la cual jornada fueron
promovidos a ir muchos vecinos de Pamplona y encomenderos de
indios, pareciéndoles que como la villa, según ellos lo pretendían,
había de ser sufragana a Pamplona, que podrían tener indios en
entrambos pueblos y aprovecharse de todos, pero estos sus designios
fueron frustrados, según adelante se dirá.
Juntáronse entre soldados extravagantes y vecinos de Pamplona
hasta treinta y cinco hombres, con los cuales el capitán salió de
Pamplona y atravesando por Cúcuta y la loma verde de la guazabara,
fue a ver y descubrir el valle de Canía, llamado así de sus propios
naturales, el cual por la antigua y gran noticia que de él se
tenía, creyeron los españoles que fuese alguna gran poblazón y de
muchos naturales, lo cual pareció al contrario, porque como
Maldonado y los demás soldados entrasen en él, vieron
manifiestamente el engaño en que antes habían estado, pero con todo
esto fueron bien hospedados de los naturales, que les salieron de
paz y con mucha comida al camino, de pescado, yuca, maíz, batatas,
auyamas y frisoles, de lo cual tenían en abundancia, porque aunque
el valle es de pocos naturales es muy fértil y abundoso de todas
comidas, y tierra muy templada.
Alojose en él Maldonado por parecerle que por ser pocos los
naturales y haberle salido de paz, podría, quedando allí con pocos
compañeros, enviar adelante a descubrir; porque aunque los indios
decían que adelante había muchas poblazones, era la tierra por
donde habían de ir montuosa y muy áspera, y habla necesidad de que
pasase primero gente delante descubriendo el camino y lo que en él
había, para que con los caballos y el demás carruaje no se caminase
ciegamente y diesen o se metiesen donde no pudiesen salir ni pasar
adelante ni volver atrás. Envió Maldonado a este efecto a Nicolás
de Palencia, hombre anciano y que se había hallado en la
destrucción y ruina de Cubagua y en otras jornadas que de Venezuela
se hicieron, y con ciertos compañeros y coadjutores fue por una
agria y apretada montaña abriendo camino con machetes, hachas y con
azadones allanando la tierra, porque aunque iban por camino de
contratación de indios, era en sí tan ciego y cerrado, que si no
era agobiados y abajados y con mucho trabajo no se podía andar por
él, y así con mucho trabajo de los españoles que lo iban abriendo y
haciendo, llegaron a dar vista a la poblazón y valle que en lengua
de sus propios naturales y moradores era llamado Quenemari; pero
por ir pocos y sin caballos y faltos de arcabuces y de otras cosas
necesarias, no quisieron demostrarse a los indios ni dar en el
pueblo, por no dar ocasión a que se desvergonzasen contra ellos y
les hiciese algún daño, porque los indios, como reconozcan tener un
poco de ventaja a los españoles, síguenlos con mucha audacia y
brío, y si comienzan a cobrar y tener temor y miedo, no hallan
donde estar seguros.
Volviose Palencia a Canía, donde había quedado el capitán
Maldonado con la demás gente, que estaría apartado cuatro leguas,
para que todos los españoles que había fuesen juntos a Quenemari,
valle que, como he dicho, había él descubierto. Maldonado se
aprestó y desde a tres o cuatro días, siguiendo el camino que
Palencia había hecho y abierto, entró en este valle de Quenemari, y
porque los indios daban muestras de querer esperar con las armas en
sus casas a defenderlas, Maldonado, como hombre que aborrecía de
todo punto el derramamiento de la sangre de estos miserables,
comenzó a hacer a los soldados que desde lejos disparasen arcabuces
y diesen grandes voces, de suerte que con el estruendo de los
arcabuces y las voces que se daban pusieron tal temor en los
indios, que sin esperar el ímpetu de los soldados desampararon sus
casas y se fueron retirando; y con esta loable industria se
evitaron hartas muertes que pudieran suceder si con loca
obstinación, como querían los bárbaros, se pusieran a defender sus
casas y la entrada de los españoles, en cuyo querer no fuera
evitarlos si una vez vinieran a las manos.
Pero no paró aquí el llevar tan bien guiados y encaminados el
capitán Maldonado sus negocios y jornada, porque como entrase en el
pueblo de los indios, y se alojase y con algunos intérpretes que
traía los enviase a llamar de paz y que le viniesen a ver y
entender lo que les quería decir, que era el efecto y la causa de
su venida a aquella tierra, luégo con sincera y llana voluntad, le
vinieron todos a ver y obedecer en lo que les quisiese mandar, y a
entender y oír lo que les quería decir. Maldonado, con los farautes
que tenía, les dijo que él les había enviado a llamar para darles a
entender la causa de su venida aquella tierra, que era a poblar y
permanecer en ella de la suerte que lo estaban los españoles en
Pamplona y Mérida, y que lo que ante todas cosas quería saber de
ellos, era si querían o pretendían serles amigos y leales o seguir
la guerra en defensa y conservación de su libertad antigua, porque
aquello que en aquellas primeras vistas escogiesen y eligiesen, eso
se había de llevar al cabo con rigor, hasta que todo fuese
allanado. Los indios, más con temor de las calamidades y trabajos
que las guerras traen consigo, que con ánimo ni voluntad que de
verse ni conversarse con los españoles tuviesen, dieron por
respuesta que querían ser amigos de los españoles y abrazar la paz
para conservación de sus vidas, que las tenían en más que a su
libertad antigua; y viendo la voluntad que mostraban de ser leales
o de quererlo ser, les habló Maldonado muy largamente sobre cómo la
Audiencia le enviaba a poblar un pueblo, y que para que se
sustentase este pueblo habían de ser encargados o encomendados a un
español, al cual habían de servir y obedecer en todo lo que les
mandase, haciéndole casas en que viviese, labranzas en que se
mantuviese, y dándole muchachos y muchachas que le sirviesen, como
lo hacían los indios de los otros pueblos. Los indios dijeron que
todo lo hacían de voluntad, pero que les rogaban que no se les
hiciese ningún daño en sus casas y bohíos; prometióselo Maldonado,
y así lo mandó cumplir a los soldados, y dándoles a los indios
algunas bujerías de rescates, como son cuentas, cuchillos, agujas y
otras menudencias que con los indios se suelen contratar, les mandó
que se viniesen a sus casas con sus mujeres e hijos sin recelo de
que recibirían daño alguno. Los indios lo cumplieron así, y se
estuvieron en sus casas todo el tiempo que los españoles en ellas
estuvieron; y parece que en esta manera de hablar Maldonado con los
indios, siguió la más común y antigua costumbre de las Indias y se
tiene por más acertada, porque entrar luégo a gentes tan bárbaras y
de tan terrestres entendimientos y juicios con la predicación del
Santo Evangelio y con quererles dar a entender la ley de Dios en
alguna manera, parece que es querer reedificar sin fundamentos;
porque como en otras partes de esta historia digo, muy pocos indios
hay en las Indias que vivan en la ley de naturaleza ni que la
guarden, sino en casi todas las cosas tan contra ella que no hay
modo de significarlo por escrito.
Capítulo tercero
En el cual se
escribe cómo los españoles y su capitán salieron de Queneman y
pasando por Asua entraron en el valle de Santiago, donde poblaron
la villa de San Cristóbal. Trátase de la manera y gente y
fertilidad de este valle de Santiago.
Después de haber estado algunos días en Quenemari alojado, el
capitán Maldonado con su gente se salió de él con mucho contento de
ver cuán pacíficos y humildes estaban los indios de aquel valle; y
dende a tres leguas dio en los pueblos de Açua y Caçabata, gente de
bien diferente condición y propiedad que los de atrás, porque los
unos procuraban que los españoles no arruinasen sus casas, ni se
las deshiciesen, y los otros, con bárbara ferocidad, y porque los
nuestros no se aprovechasen de nada ni morasen en sus casas, les
pegaron fuego luégo que vieron que los soldados se les acercaban, y
tomando por delante sus mujeres e hijos, y dejando ya sus casas
puestas en incendio, huyendo con toda la presteza que podían, se
procuraban poner en salvo. Y como los nuestros viesen la mucha
ventaja que en la huída los indios les llevaban, y la soltura y
ligereza con que corrían, pareciéndoles que su trabajo seria en
vano si pensando de alcanzarlos corriesen tras dellos, procuraron
mitigando o alcanzando o atajando el incendio librar de él algunas
comidas de maíz para sí y para su servicio e indios ladinos que
consigo llevaban y mediante su buena diligencia sacaron muy mucho
maíz que tuvieron que gastar los días que en estos pueblos
estuvieron, en los cuales aunque se puso diligencia de parte del
capitán en enviar a llamar de paz a los indios que se habían
retirado al monte, no se efectuó cosa alguna, antes los bárbaros
dieron muestras de querer o pretender seguir con dureza su rebelión
y guerrear coléricamente sobre la libertad de sus personas y
defensa de sus tierras.
Maldonado, por no dar lugar que se efectuase el deseo de los
soldados, que era ir a buscar los indios y dar en los alojamientos
donde estuviesen recogidos, y allí hacerles con turbulento rigor
que se sujetasen y abajasen sus indómitas cervices, remitiéndolo
todo al tiempo, que más maduramente cura las cosas y doma los
animales y hombres, se salió de estas poblazones de Açua y
Caçabata, y entró por el valle de Santiago y sus poblazones que,
como he dicho, de sus propios naturales es llamado Çorca; en donde,
para con más facilidad correr y descubrir todo lo que en la
provincia había, acordé Maldonado poblar la villa para que quedando
en ella una parte de los soldados con el carruaje, los otros
anduviesen de una parte a otra sin esta carga, que es muy grande y
de mucho peligro, y para este efecto anduvo primero Maldonado lo
más del valle tanteando la tierra y considerando la parte más
acomodada y que mejor le pareció para ello, que fue sabana alta,
despoblada, que está de la otra banda del río principal que
atraviesa por medio del valle, que la tuvieron de cara hacia el
nacimiento del sol los que en este valle entraron cuando el mismo
capitán Maldonado iba a Mérida a los negocios de Juan Rodríguez, y
ahora asímismo la tienen o llevan al rostro los que a ella van
desde Pamplona, al tiempo que entran en el valle mirando, como he
dicho, al oriente.
En este sitio y sabana pobló el capitán Maldonado la villa o
lugar, muy diferentemente de la comisión que le había sido dada,
que fue causa de hartas disensiones, como adelante se dirá. El
nombre que le puso fue la villa de San Cristóbal; su fundación fue
por el mes de mayo del año dicho de mil y quinientos y sesenta y
uno. Los actos y ceremonias de su fundación fueron los que en las
ciudades se suelen hacer, excepto que en la elección o nombramiento
de regidores aquí no fueron más de cuatro, y en los otros pueblos o
ciudades suelen ser ocho. Las condiciones con que la pobló fue
hacerla libre y exenta de la jurisdicción de Pamplona, y que en
ella no tuviesen entrada ni salida los alcaldes ni otras justicias
de Pamplona, sino fuese en grado la apelación al justicia mayor, y
esto había de ser de quinientos pesos arriba. Y aunque estaban
presentes a esto vecinos de Pamplona, no miraron en ello,
pareciéndoles que pues Maldonado era también vecino de aquel
pueblo, que no haría cosa que fuese en su perjuicio. Y no sólo hizo
esto, pero dividió y partió términos entre la villa y Pamplona, que
después hubo mucho tiempo pleito sobre ellos, e hízose lo que
adelante se dirá. Item repartió los indios que había visto y
descubierto así dentro del valle como fuéra de él, y dio a todos
los que con él habían ido según la antiguedad y merecimiento de
cada uno y a lo que en la tierra había, prefiriendo en todo a los
vecinos de Pamplona que le siguieron de los demás soldados que con
él fueron.
Es este valle de Santiago casi triangulado, que lo hace ser así
la quebrada y aguas que bajan de las lomas del viento y de otras
cumbres y sierras que por allí hay, que casi caminan derecho a
donde está la villa poblada; pero no entran ni se juntan en aquel
mismo paraje y dereçera en el río principal, que pasa por delante
la villa, porque impidiéndoles el paso una baja y llana loma que
por allí se le opone, la hace baja casi media legua más abajo; pero
la villa o pueblo está situada y poblada casi en medio del valle,
donde la cogen en medio los naturales que en ella hay. Es de alegre
cielo y de apacible temple, aunque más cálido que frío. No es todo
tierra rasa ni el arcabuco o montaña que en él hay es todo crecido,
sino partes es montaña y partes chaparrales y otros pequeños o
bajos montes que con facilidad los rozan los indios cada vez que
quieren o tienen necesidad, para hacer en él sus rozas y
sementeras. Es tierra muy fértil y acomodada a darse en ella todos
géneros de frutas, así naturales como extranjeras; pero de las
cosas necesarias, que son del principal sustento de los indios,
como son maíz, yuca, batata, auyama, pescados y otros muchos
géneros de comidas y legumbres, excede y sobrepuja en esto a toda
la más de la tierra de Pamplona, y en los algodonales, que los hay
muchos y muy fructíferos y de muy buen algodón de que se hacen
mantas y otro género de lino, aunque no de la naturaleza de lo de
España, pero después de puesto en çerros tiene gran similitud con
él, de que se hace muy buen hilo y muy delgado. De todas las cuales
cosas se aprovechan muy bien los vecinos de aquel pueblo, pero con
todo esto y la diligencia que se pone en granjear, jamás los he
visto medrar, sino cada día venir a menos, por defecto de no tener
minas de oro ni plata, que son las que suelen dar y dan lustre a
los pueblos y poner ánimo a los hombres.
Capítulo cuarto
En el cual se
escriben algunas bárbaras costumbres de los indios del valle de
Santiago.
La gente de todo este valle de Santiago y aun de algunas
poblazones y valles a él comarcanos, son indios de buena
disposición y bien hechos y proporcionados y bien agestados, harto
más que las mujeres. Précianse mucho del cabello, pero no todos los
traen tendidos, sino recogidos y revueltos a la cabeza, la cual
traen cubierta con ciertas hojas anchas de la tierra cría, y
produce en partes húmedas y montuosas. Ninguna cosa traen sobre sus
cuerpos, mas todos los varones andan desnudos en carnes, por
honestidad traen el miembro genital atado a una cabuya o hilo que
traen ceñido por la cintura. Es gente belicosa y guerrera: sus
armas principales son arcos y flechas de las cuales usan muy
diestramente. Viven a barriezuelos o lugarejos de ocho o diez
bohíos juntos, y el que llega a veinte son muchos. Las mujeres
traen, como las de Mérida, unas salamayetas vestidas que les cubren
casi todo el cuerpo, que son de hilo de cabuya y hechas a manera de
sacos angostos y largos. En sus costumbres y manera de vivir no son
menos bárbaros que las otras gentes indianas y aun digo que más,
pues entre ellos ni hay principales ni señores que los rijan y
gobiernen ni a quien obedezcan ni reconozcan por superiores, ni
usan hacer ninguna adoración ni veneración a ninguna criatura por
dios ni tampoco al verdadero Dios; que es cosa cierto que entre
pocos indios se ha hallado que no tengan veneración a algún
simulacro o a otra criatura que imaginariamente y por ilusiones del
demonio entiendan o tengan que de allí les venga todo el bien que
tienen, especialmente tratando como tratan por mano de sus farautes
y mohanes con el diablo; y así es gente muy bruta en todo, pues
tienen por costumbre de en naciendo el hijo o hija casarlo y darles
compañero o compañera de su propia edad, los cuales se crían juntos
y duermen juntos y están juntos en su infancia y puericia y
juventud sin consumir cópula carnal ni llegar el marido a la mujer
hasta tanto que a ella le baje su mujeril costumbre, y si antes
esto hiciese serian entrambos castigados gravemente por sus padres
y parientes, porque, como he dicho, entre ellos no hay principales,
y si se tiene algún respeto o veneración es a algún pariente que
tiene muchos hijos e hijas y posee más labranzas y bienes
temporales que los demás, y que por esta vía vive o ha vivido
tiránicamente, y que por vía de tiranía se hace respetar y acatar,
mas no para que por esta causa pueda castigar civil ni
criminalmente ni entremeterse en otras diferencias populares ni
particulares, porque en esto tienen ellos su antigua costumbre
convertida en ley inviolable y que se guarda enteramente.
Volviendo, pues, a lo de los casamientos, el día que a la mujer
le baja su regla la primera vez, da ella noticia de ello a sus
padres, los cuales lo hacen saber a todos los demás deudos y
parientes suyos, y a los padres y parientes del desposado, todos
los cuales se juntan y celebran las bodas con mucho regocijo de
bailes y cantos a su modo, mezclados con todo el vino que pueden
juntar, y el que allí puede beber más aquel se tiene por mejor; y
aunque se emborrache no por eso pierde ninguna reputación, ni honor
de su persona, porque entre ellos hay tan poco rastro de esto ni de
honra, que ni hay injuria ni afrenta que les dé pesadumbre ni que
les haga aborrecerse los unos a los otros, excepto dos, que son el
hurtar y fornicar con mujeres ajenas, como luégo se dirá, pero
palabras que injurien ni agravien a ninguno ni que le muevan a ira,
no las hay. Acabadas las fiestas de las bodas, que como he dicho,
todo es beber, cantar y bailar, luégo les hacen a los desposados su
casa aparte donde vivan por sí; porque hasta este tiempo, aunque
estaban juntos, estaban en casa de los padres y parientes de la
moza o desposada.
Los adulterios no los venga el marido, sino los hermanos y
parientes de la mujer, que es a su cargo el satisfacer esta injuria
con matar al fornicador, con que el marido, que es el agraviado, se
tiene por satisfecho y se queda con la mujer en su casa, muy
contento; y si esto no se hace, él echa la mujer de sí y la repudia
como adúltera y fornicaria, a la cual sin recibir otro daño ni
afrenta más de aquesta del repudio, que es muy grande entre ellos,
se vuelve a casa de sus padres o hermanos.
Tienen otra costumbre que a mi parecer es la más bárbara que de
gentes indianas ni de otras naciones se puede haber oído ni visto,
y es que los hijos tienen dominio sobre los padres, y no los padres
sobre los hijos, en tal manera que no sólo está obediente el padre
al querer del hijo, pero si el hijo, por enojo o por otra furia o
cólera alguna se Indigna contra el padre y le da y castiga, tiene
licencia para ello sin que el padre se lo pueda contradecir ni
repugnar, aunque el hijo sea muy pequeño; y tienen por máxima y
opinión que si el padre azotase y castigase al hijo, se moriría
luégo, y así lo han visto por experiencia algunos españoles de los
de esta villa, porque viendo delante de sí algunas inobediencias
que los muchachos han hecho a sus padres, los mandaban azotar por
ello a sus propios padres, los cuales lo rehusaban diciendo que se
habían de morir, y sin embargo de esto los hacían azotar allí en su
presencia, y luégo otro día el padre que había azotado al hijo,
caer malo con esta imaginación de que se había de morir por haber
azotado a su hijo, y yéndolo a visitar su encomendero le dio la
propia razón y así se fue consumiendo hasta que murió, y así con
esta bestial costumbre viven y vivirán hasta que se ponga remedio
en ello.
Si la mujer muere y el marido queda vivo por diez lunas
siguientes, que son diez meses, no se ha de lavar ni limpiar ni
comer cosa alguna con sus propias manos, sino que se lo ha de dar y
poner otro en la boca, y cuando le falta al viudo quién de esto le
sirva, abaja el rostro y boca al suelo, y allí, a imitación de los
otros animales irracionales, toma la comida o bebida entre las
muñecas de los brazos y con aquello la llega a la boca. Las mismas
ceremonias guarda la mujer si el marido se le muere, por los diez
meses siguientes, los cuales ellos cuentan por nudos que ellos dan
en una cabuya o hilo grueso: como va pasando la luna o haciéndose
la conjunción, ahí van dando el nudo, y pasando este tiempo, por
obsequias o cabo de año hacen las mismas ceremonias y regocijos y
borracheras que al tiempo que se caso la viuda o el viudo fueron
hechas; y con esto dan fin a sus lloros y austera vida.
En sus enterramientos y mortuorios usan de pocos ritos ni
ceremonias. Solamente hacen la sepultura a la larga abierta del
grandor del difunto, como lo hacen los cristianos; y si es varón
entierran con él todas sus armas, y si es mujer, sus piedras de
moler y otras cosas mujeriles, y cúbrenlo con tierra; y si acaso se
olvidó de meter en la sepultura alguna cosa del difunto o de la
difunta, no hay indio ni india que ose llegar a ello ni tomarlo
para aprovecharse de ello. Y si algún indio hurta o toma cualquiera
cosa ajena, el ofendido, o a quien se hizo el hurto, se venga por
su propia mano, dando la muerte como puede y quiere al ladrón, sin
que haya quién se lo estorbe ni contradiga, y así hay pocos hurtos
entre estos indios.
La gente de más reputación entre ellos es los mohanes y farautes
que con el demonio tratan, los cuales son dedicados y criados desde
pequeños para este efecto; y éstos ni labran ni siembran ni tienen
cuidado de cosa alguna de éstas, porque de todo lo necesario les
proveen los demás indios, y si se ven en alguna necesidad de
temporales o enfermedades, acuden a ellos que los remedien. Estos
mohanes, para dar a entender que consiguen y alcanzan enteramente
del demonio lo que los otros indios les ruegan, se van a los montes
y arcabucos y a partes lagunosas y cenagosas, y allí invocan al
demonio en su lenguaje y dan muchos golpes con varas en los árboles
y en el suelo y en las aguas de las lagunas, dando a entender que
por aquellos medios alcanzan lo que piden, que las más veces suelen
ser aguas para las sementeras, y espéranlo a hacer en sazón que ven
el tiempo revuelto y turbio o propinquo para llover, y como luégo
después de haber hecho estas sus supersticiosas ceremonias acierta
el tiempo a hacer su natural curso y a llover, dicen estos mohanes
a los demás indios que mediante su buena diligencia y aun su querer
y voluntad ha llovido, y los indios créenselo muy de plano, y así
no les falta más de adorarles por dioses.