Capítulo vigésimocuarto
En el cual se
escribe cómo Poveda, entendiendo
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que los
naturales de las poblazones de Topo se habían rebelado, fue a ellos
con su gente y los halló pacíficos, y cómo Cepeda de Ayala, después
de haber venido últimamente
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del Reino, pobló las
minas de las esmeraldas, y salió tras Juan Patiño, que había ido de
su autoridad con gente a buscar minas de oro.
Era grandísimo el contento que los españoles tenían de verse
servir tan seguramente de los indios, lo cual pocos días antes
tenían por imposible y que nunca habría efecto, como de lo escrito
atrás se colige, y así los españoles como los indios comenzaron a
mudar costumbres, porque los unos humillándose venían al pueblo a
servir y hacer rozas y labranzas a sus encomenderos, los cuales los
recibían con más benevolencia y mansedumbre de la que pocos tiempos
antes lo solían hacer; porque en la sazón que don Lope de Orozco
entró a gobernar esta tierra halló en ella introducida una malvada
y severa costumbre que por mano o industria de algunos carniceros
soldados se había sembrado, y los que gobernaban la habían
disimulado sin poner remedio en ello.
El caso era que entre paz y guerra muchas veces algunos indios
venían al pueblo con título de que querían servir a sus
depositarios, los cuales les levantaban que aquella su paz era
cautelosa y doblada y a fin de ver y entender lo que en el pueblo
se hacía, y luégo miraban los indios que les parecían algo mal
agestados y redargúyanles, juntamente con lo dicho, que el aspecto
de su persona y mal visaje era clara señal y muestra de haberse
hallado en algunas muertes de españoles, y con estas oposiciones de
su propia autoridad mataban los que les parecían, dándoles muertes
crueles; cosa cierto indigna del nombre español, pues tan sin causa
ofendían a los que habían de halagar para que su paz fuese
adelante. Estas cosas tenían atemorizados los indios, de tal suerte
que aunque don Lope en su tiempo las extirpó y quitó y no consintió
que pasasen adelante, sino que a los indios que venían de paz,
aunque fuese con cautela, se les hiciese todo buen tratamiento y
recibimiento, y después de esto Cepeda de Ayala, imitando su
ejemplo, hacía e hizo lo mismo, no abastaron a desarraigar de la
memoria o imaginación de los indios las crueldades referidas, sino
que les parecía que cuanto más seguros estuviesen se había de hacer
con ellos lo que de antes; y así, aunque en este tiempo su paz era
sincera siempre venían con este escrúpulo y temor, pero obedecían y
hacían lo que les era mandado, que solamente se extendía a labrar y
hacer rozas para sus encomenderos.
En esta sazón sucedió una cosa que por parecerme algo incitativa a
risa la diré aquí.
Benito López de Poveda tenía encomendado un pueblo llamado Ibama,
cuyo principal o cacique era un poco hechicero o mohán, que se
entiende persona que tiene pactos con el demonio. Este indio vino,
como todos los demás, de paz y a ver y servir a su encomendero, el
cual, entre otras cosas que le habló, le dijo por vía de
encarecimiento que no curase de andar más en alteraciones y
rebeliones, pues tan poco le habían de aprovechar y por fuerza o de
grado le habían de servir él y sus indios hasta que en el cielo no
hubiese sol ni luna. El indio, casi admirado y aun enojado de oír
esto, después de haber estado un poco suspenso, respondió con
alguna cólera, como hombre que le parecía que por tener al demonio
de su banda cualquier cosa le sería factible y dijo que pues no
estaba más de en aquello la conservación y perpetuidad de su
libertad, que él quitaría la claridad de las dos luminarias o la
suspendería o apartaría de donde Poveda no las viese para que lo
que decía no se efectuase. Alterose de oír esta loca respuesta
Poveda diciendo que lo decía el indio debajo de entender que con su
demonio o familiar lo podría efectuar, y así le quiso maltratar de
veras, pero el indio, por redimir subjeción comenzó a reírse,
aunque sin gana, y a decir que no haría nada de lo que había dicho,
con que dio a entender que pasaba tiempo, y en verdad que según
tienen de arraigadas los indios las cosas que el demonio les dice y
da a entender no me maravillo que este bárbaro tuviese por factible
lo que decía, pues con sólo el soplo pretenden ahuyentar y retirar
la niebla y lluvias que sobre ellos vienen; superstición muy
general en todos los naturales de este Nuevo Reino y de todas las
provincias comarcanas a él.
Los indios de la comarca y poblazones de Topo, como con la larga
guerra y el estrago que en ellos se había hecho les habían apocado
las comidas, ocupándose en cavar y sembrar se detuvieron algunos
días que no fueron a la ciudad de la Trinidad, por lo cual los
españoles tuvieron de ellos sospecha que se habrían tornado a
rebelar, y para remediarles con tiempo y que no tuviesen lugar de
fortalecer los caminos con puyas, salió con presteza Benito López
de Poveda, teniente, con alguna gente española y metiose por las
poblazones de estos indios, a los cuales halló sosegados y en sus
pueblos y quitados de lo que se les suponía, y siendo interrogados
de la causa de no haber ido al pueblo dieron por descargo la
ocupación de sus labores.
En este mismo tiempo salió Cepeda de Ayala a Santafé a dar
noticia y relación de la paz y quietud de los naturales; y Poveda
con sus compañeros se anduvieron casi dos meses por estas
poblazones de Topo, halagando los indios y confirmándolos en su
amistad y paz, sin que entre ellos y los naturales hubiese ninguna
discordia, excepto un pueblo llamado Tapaz, encomendado a Juan
González, cuyos naturales, a persuasión de algunos fugitivos que en
su compañía tenían y de ciertos pueblos moscas sus vecinos, se
estaban obstinados en su rebelión, y porque estos no fuesen causa
de que otros se alterasen, acordó Poveda de ir a dar en ellos, y
para cogerlos más descuidados caminó de noche, llevando velas
encendidas para ver el camino por do habían de caminar, que demás
de ser muy montuoso y arcabucoso era estrechísimo y asperísimo.
Pasaron con las lumbres una senda que atravesaba por ciertos
andenes de peña tajada, de muy gran despeñadero y hondura; mas como
era de noche no se les podía representar ni ellos podían ver el
peligro en que iban. Pero desque otro día volviéndose llegaron a
este paso, no hubo hombre que osase ni quisiese pasar por él,
porque les parecía que no sólo era temeridad pero que era manera o
género de desesperación, pecado gravísimo y abominable, aunque
algunos indios no lo tienen por tal porque ellos mismos se dan la
muerte despeñándose, matándose o ahorcándose con una diabólica
esperanza o imaginación que el demonio les ha puesto dándoles a
entender que mientras más ama salieren de esta vida gozarán de
fuego eterno que él les dice ser un paraíso de deleites, abundoso
de muchas comidas, de lo cual en otras partes de esta historia se
trata más largo.
Poveda y los que con él iban dieron aquella mañana en Tapaz,
pero habían sido sentidos de los indios, y así no hallaron gente en
el lugar, pero todavía por allí cerca se tomaron algunas personas
con que adelante efectuaron la paz. Volviéronse, concluso esto, al
pueblo de la Trinidad, donde hallaron al corregidor Cepeda de
Ayala, que ya había vuelto de Santafé, el cual luégo se fue con
gente y asentó ranchería en las minas de las esmeraldas y se
comenzaron a labrar, y permaneciendo su labor y el sacar piedras de
ellas hasta este nuestro tiempo.
Al tiempo que esta última vez volvió a entrar Cepeda de Ayala en
Muzo halló que Juan Patiño, a quien por ausencia de Poveda había
dejado por su teniente, era salido del pueblo con gente pocos días
había a buscar minas de oro. El corregidor, teniendo noticia que
Patiño no andaba muy apartado del pueblo, le escribió que no pasase
adelante, porque él quería salir con ellos a buscar las minas y a
descubrir y ver ciertas poblazones de indios con las cuales
pretendía satisfacer y contentar a algunos quejosos. Escribiole
también que a cierta parte o puesto señalado enviase algunos
soldados que de allí le acompañasen, para ir más seguro de las
asechanzas de los indios y que de ello le avisase. Patiño, a
persuasión de algunos amigos suyos, y el que se lo tenía en
voluntad, no quiso responder ni hacer nada de lo que el corregidor
le había escrito, antes luégo se metió la tierra adentro en
seguimiento y descubrimiento de minas. Ayala, con la tardanza de la
respuesta presumió lo que Patiño hacía o había ya hecho, por lo
cual tomó consigo doce soldados y salió tras él, pensando
alcanzarlo; pero el Patiño, aunque anduvo por muchas partes
cateando y buscando las minas de oro, no se detenía nada en ningún
lugar, mas siempre caminaba apresuradamente de suerte que los que
iban tras él no le pudieron dar ni dieron ningún alcance, y así los
unos y los otros se anduvieron itinerando y dando guiñadas de una
parte a otra casi dos meses sin poderse juntar; y al cabo de este
tiempo entró en el pueblo Patiño, y dende a dos días Cepeda de
Ayala quejándose y con razón de lo que había hecho y usado Patiño
con él, porque aunque en el camino tuvo noticia de que el que le
iba siguiendo era su capitán y corregidor, haciéndose sordo de
industria y pasando por ello no lo quiso esperar. Disculpábase
Patiño con decir que entendía o había entendido que el que lo
seguía era Poveda, que como teniente general le iba a quitar la
gente y despojar del cargo. Nacieron de aquí algunas discordias
entre los soldados y vecinos, unos aprobando y otros reprobando lo
hecho; pero todo lo mitigó y apaciguó el corregidor con su mucha
cordura.
En esta jornada no hubo ningunas guazabaras entre los españoles
e indios, porque todos los más de los naturales estaban pacíficos,
y los que no lo estaban no osaron hacer ningún acometimiento.
Capítulo vigésimoquinto
En el cual se
escribe cómo Cepeda de Ayala salió en busca de minas de oro y fue a
dar a la ciudad de Vélez, y de allí se volvió a entrar en Muzo, y
fueron descubiertas minas de oro por Poveda. Conclúyese aquí la
guerra y conquista de los españoles, y dícese los muchos que en
esta tierra han sido muertos.
En los pueblos del Nuevo Reino que no tienen minas de oro les
parece que, aunque tengan esmeraldas ni otras riquezas, que no
tienen ni poseen riqueza alguna, porque el oro, dejado aparte su
estimación sobre todos los otros metales, parece que en alguna
manera tiene la propiedad de la piedra imán, que atrae a sí algunas
cosas, porque a dondequiera que haya minas de oro que se labren y
saquen, allí más que a otra ninguna parte acuden en más abundancia
las mercaderías y mantenimientos. Sólo a Santafé y Tunja en este
Reino, aunque no tienen minas de oro, acuden y son bien proveídas
de todo lo necesario, porque los indios de estas dos ciudades es
gente, como se ha dicho3, de grandes contrataciones y hacen muchas
mantas y ropa de algodón con que alcanzan gran cantidad de oro, y
así pagan buenas demoras y tributos a sus encomenderos. Algunos
pueblos hay que carecen de este beneficio de las minas de oro, por
lo cual se sustentan muy trabajosamente los vecinos de ellos, por
no poder dar a sus encomenderos otros géneros de tributos con que
se pudiesen sustentar; y aunque como se ha dicho en este pueblo de
la Trinidad tenían minas de esmeraldas y las labraban, no por eso
participaban en general los vecinos de la riqueza, ni todos habían
provecho de ellas, porque no son tan generales en el bien hacer
como las del oro, en las cuales el grande y el chico, el rico y el
pobre, todos, participan, y aunque no todas veces por iguales
partes, pero son en ellas aprovechados todos, lo que no tienen las
esmeraldas, como he dicho, ni las de plata ni otros metales; y por
esta causa los vecinos de la Trinidad, con gran instancia
procuraban que en esta su provincia se descubriesen y buscasen
minas de oro, especialmente que había naturales indios, que
afirmaban haberlas y labrarlas sacando oro de ellas en tiempos
pasados sus mayores, por lo cual de nuevo fue incitado y persuadido
el corregidor a irlas a buscar y a descubrir.
Salió al efecto con veinte y seis soldados y corrió la tierra
por muchas partes con indios que, como he dicho, ellos se ofrecían
de ponerles en las manos las minas; pero jamás efectuaban cosa
alguna, porque después que los soldados los seguían e iban
caminando con ellos algunas jornadas por la vía que ellos guiaban y
decían estar las minas, cuando con mejor esperanza caminaban, las
guías aflojaban y decían que no sabían de minas y que si quisiesen
los matasen y ahorcasen o hiciesen lo que les pareciese de ellos, y
algunos había que se echaban en el suelo y se revolcaban y hacían
muchas cosas furiosas a manera de endemoniado; y de esta suerte
anduvo Cepeda de Ayala y los que con él iban muchos días sin hallar
rastro de oro.
Llegaron al pueblo de Parequia, que es junto a términos de
Vélez, y allí se le empuyó un soldado, por lo cual no pudo caminar
el corregidor con toda la gente junta, y hubo de dejar en este
pueblo a Poveda, su teniente, con los más soldados, y él con doce
compañeros caminó en demanda de un pueblo llamado Pompa, donde le
habían dado por noticia que había muchos indios y muy ricos y que
sacaban oro de minas. Atravesó Cepeda de Ayala muchas y ásperas
montañas despobladas y de trabajoso camino, por donde así él como
los que le acompañaban padecieron muy grandes trabajos y
necesidades, y después de haber andado ciertos días por esta mala
tierra, fueron a salir a Sapo, pueblo de indios en la provincia de
Vélez, encomendado en Castro.
Pesoles a estos españoles de que su trabajo hubiese salido en
vano, y procuraron informarse de los indios si habían por allí
minas de oro. Respondieron que no las había en su tierra, ni sabían
de ellas, antes habían entendido que en la tierra de los muzos las
solían labrar. El camino que habían llevado por do salieron a este
pueblo era tan fragoso y trabajoso que no se atrevieron los
soldados a volver por él a Parequia, donde Poveda había quedado, y
así se vinieron derechos a Vélez, donde fueron bien recibidos y
proveídos de lo necesario para su camino, y tomándolo por otra
parte más cercana y andadera se volvieron a juntar en Parequia con
Poveda, donde llegó Cepeda de Ayala con alguna indisposición, por
lo cual le fue necesario descansar y reposar allí algunos días, en
el cual tiempo Poveda salió con otros doce soldados por seguir el
descubrimiento de las minas de oro la vía del pueblo Atasor, por
donde hasta entonces no habían andado. Llegaron a este pueblo y
proveyéronse de comida y pasaron de largo hasta en ciertas
quebradas que buen trecho de este pueblo estaban, en las cuales
catearon y buscaron oro: hallaron rastro de ello, porque se sacaron
algunas pequeñas puntillas que dieron muy gran contento y alegría a
los soldados, porque comúnmente los principios de descubrimientos
de las minas de oro son muy pequeños y andando el tiempo y
labrándose y siguiéndose vienen a descubrirse grandes riquezas.
La orden que en esto se tiene, que llaman catear y buscar minas,
principalmente procede de un buen distinto o conocimiento que los
hombres suelen tener, juzgando por las señales que en las tierras e
riberas de ríos ven, si dan o no muestra o esperanza de haber oro
en las entradas de la tierra, y consecuente a esto se sigue el
catear que es en la parte del río o quebrada o arroyo que les
parece, hacer un hoyo o cavar hondablemente hasta llegar a lo fijo
de la tierra que no ha sido movido, a lo cual llaman la peña, y
como el oro es pesado continuamente hace sobre aquella fijeza de
tierra su asiento y por junto a ella van sus veneros o la tierra
donde comúnmente se cría, que llaman caxcaxo, y de aquel venero
cogen en unas bateas de palo que son redondas, y en círculo redondo
se van ahondando y ensangostando hasta quedar en un solo punto en
medio. En el centro de ella suele tener de hondo un palmo y más y
menos, y de ancho dos y medio, como he dicho en círculo redondo, y
a los medios del borde quedan ciertas puntas de la propia madera
por donde las tienen en lo alto: serán de grosor de una ancha
pulgada, y en lo bajo más fornidas por respeto de que con aquella
parte trabajan más. Con éstas sacan este venero o último caxcaxo,
como he dicho, y lo lavan meneándolo dentro de ella para que el oro
se vaya al fondo, y luégo menean toda la batea a la redonda, de tal
suerte que con el agua que tiene dentro, teniéndola siempre fija en
las manos va dispidiendo y echando la tierra fuéra como más
liviana, y el oro, como más pesado, siempre se va retirando al
asiento de la batea; y son tan ingeniosos y diestros los que lo
hacen que una sola punta de oro no se les cae ni sale fuéra de la
batea, y así dondequiera que se dan estas catas, si en la forma
dicha no se saca oro es cierta señal, más que otra ninguna, de que
la tierra no lo produce ni el río donde catean lo tiene.
Y fue en el descubrimiento de estas minas tan solícito Poveda y
los que con él iban, que aunque la necesidad y trabajo que padecían
les ofrecía justa ocasión para volverse atrás, no lo quisieron
hacer sin primero hacer lo que hicieron en descubrir las minas
dichas, de donde pasaron más adelante, pretendiendo hallar otras
más ricas minas; pero por algunos ríos que delante se les pusieron
y el tiempo que con muchas aguas les era contrario, dieron la
vuelta a donde Cepeda de Ayala había quedado, al cual hallaron en
el pueblo de Atasor, que se les había acercado, de donde se
vinieron a la Trinidad.
Cepeda de Ayala se salió luégo a dar cuenta del descubrimiento
de estas minas al presidente, y a que encomendase ciertos pueblos
de indios que había tenido por noticia los cuales salieron
inciertos y sus encomenderos burlados, que es cosa que no se había
de permitir el dar estas noticias que demás de causar grandes
pleitos y diferencias entre encomenderos que los pretenden, el que
piensa que tiene algo en ellas no tiene nada. Tomó Poveda a hacer
otra salida para ver si podía hallar los pueblos que se habían dado
por noticia, y anduvo más de cincuenta días con veinte y dos
compañeros por partes bien trabajosas para ellos sin hallar nada de
lo que buscaban. Llegó a las minas de la Palma, que son en los
confines del uno y otro pueblo, y quiso hacer ranchería de minas;
pero el trabajo y necesidad que los naturales de aquel valle
padecían en esta sazón de falta de comida, no les dio lugar a que
hiciesen lo que querían, y así se volvieron bien cansados y
trabajados a su pueblo.
Otras muchas salidas se han hecho y hacen cada día por los
españoles a algunas partes de esta provincia, pero por ser cosas de
poca importancia no las escribo aquí. Sólo diré, y con esto
concluiré lo que toca a los españoles, que ahora y por mucho tiempo
adelante no osarán ir solos cada encomendero a su repartimiento,
porque el brío de estos indios, aunque bárbaros, es tanto que todas
las veces que les ofrecieren ocasión yéndose uno o dos españoles a
sus pueblos los han de matar; y así se tiene buen gobierno en esto,
porque aunque quieran los propios encomenderos por sí solos irse a
los pueblos de sus indios, la justicia no se lo consiente ni da
lugar a ello, por evitar el daño que de ello puede suceder, porque
en matando españoles se han de tornar a rebelar de nuevo y a
guerrear con la obstinación que de antes.
Han hecho de poco tiempo a esta parte puentes en los ríos, que
impiden el pasaje, y han aderezado muchos caminos, por donde andan
caballos, que son cosas principalísimas y de mucha importancia para
la perpetua paz y quietud y bien universal de la tierra, en todo lo
cual, así en paz como en guerra, han trabajado valerosamente todos
los más que al presente son vecinos en este pueblo, cuya
pacificación ha costado harta sangre de españoles, porque desde que
entró Lanchero a pacificar esta provincia esta última vez y pobló
este pueblo de la Trinidad, han muerto hasta este tiempo cien
españoles, todos heridos y tocados de la ponzoña, a quien
impropiamente llaman yerba, pues como en otra parte he dicho, el
betún ponzoñoso que ponen en las flechas no lleva ningún zumo ni
género de yerba, sino mezclas de culebras y sapos y otros animales
ponzoñosos; y estos sin los que antes en la propia tierra fueron
muertos con la misma ponzoña a manos de los indios cuando en ella
entraron en diferentes tiempos los capitanes Martínez y Pedro de
Orsúa, que dos veces entró, y Melchor de Valdés, como al principio
de este libro más particularmente traté.
Estuvo en estos tiempos en esta provincia de Muzo y de la Palma,
por corregidor y justicia mayor, Hernán Juárez de Cepeda, natural
de la ciudad de Toledo, el cual en término de tres años que estuvo
en el cargo hizo muchas cosas buenas y provechosas a la tierra y
naturales de ella, especial en los caminos y puentes, como queda
dicho
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Capítulo Vigésimosexto
En el cual se
escribe la manera de las vetas y tierras
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5
donde se
sacan y crían y hallan las esmeraldas de Muzo, y algunas ceremonias
y costumbres de los naturales
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6
de esta provincia.
Atrás queda escrito la manera como se descubrieron y repartieron
las minas de esmeraldas. Sólo me resta decir aquí cómo se sacan y
la calidad de la tierra de ellas y lo que más acerca de esto nos
pareciere tratar.
La primera mina que se descubrió, con las demás que junto a ella
se dieron y repartieron, son llamadas de la ruin laya, que es como
decir imperfecta o de mal verdor, por respeto de estar en parte
sombría y donde no le da el sol sino es a mediodía. La cama o
cuchilla donde están estas minas corre norte sur. Las piedras que
en estas minas se han sacado, aunque han sido muchas, han valido
poco por respeto de ser, como he dicho, de ruin laya, verdor
imperfecto. El lugar que estas minas tienen donde se hallan y crían
las esmeraldas, es una veta de piedra negra avolcanada, de tal
suerte, que los que andan trabajando en estas minas respeto del
negror de la tierra parecen que andan tiznados o entintados. Las
piedras de la veta van muy bien puestas y ordenadas según que la
sabia naturaleza las crió y compuso, de entre las cuales, como he
dicho, se crían las esmeraldas, y algunas se hallan aplastadas y
pegadas en la peña viva.
Al presente no se labran estas minas, porque después de ellas
descubrió otras, apartadas media legua de éstas, Benito López de
Poveda, que llaman las minas de la buena laya. Corren, como las
otras, norte sur, pero están en parte que desde que el sol sale
hasta que se pone las baña y calienta. Las piedras que aquí se
sacan son de muchas maneras o verdores, porque se han sacado muy
finisimas piedras y de gran perfección y valor, y otras menos, y
otras no tales, El lugar donde se crían estas minas de la buena
laya son vetas de amanerado caçidonia y otras diferentes colores,
pero por experiencia se ha visto ser la veta que mejor y más finas
piedras ha dado y criado, la leonada, que tira un poco a requemada,
y luégo, tras ésta, la jabalí o caçidonia habada.
No se halla lugar propio donde estas piedras se crían; quiero
decir, que no sólo se hallan en las vetas de las piedras ya dichas,
pero dentro de guijarros y peñas vivas, y en tierra muerta y en
arena, ni menos hay certidumbre de que en la una veta se críen
piedras finas y en la otra ruinas, porque en todos los géneros y
diferencias de vetas se hallan o han hallado de todas suertes de
piedras, buenas y malas y perfectas e imperfectas. En las minas que
Poveda descubrió se han sacado muchas y muy ricas piedras y de
mucho valor, entre las cuales fueron señaladas una que pesó cien
pesos y medio, que es una libra y cuatro adarmes. Esta, por ser
cosa perteneciente a reyes y grandes señores fue pedida y retenida
por los oficiales del rey, los cuales contra la voluntad de sus
dueños, que eran Cepeda de Ayala y Poveda y otros, la enviaron a
España a su majestad, sin ponerle precio alguno, porque no hubo
quién se atreviese a valiar perfectamente lo que valía. Otra piedra
esmeralda se sacó en toda perfección fina, que pesó cuarenta y uno
o cuarenta y dos pesos, que es poco menos de media libra, y otra de
hasta catorce o quince pesos, de perfecta laya, las cuales asimismo
fueron llevadas a su majestad; y ultra de estas minas, en el propio
cerro se van descubriendo y labrando cada día otras.
El orden de labrarlas es ir cavando la tierra a pala de azadón,
siguiendo el rastro de las vetas hasta dar en las bolsas
principales o lugares donde se crían y hallan las esmeraldas. El
sitio de estas minas es tierra templada, aunque más cálida que
fría.
De las naturalezas y propiedades de los indios no daré tan larga
noticia como quisiera, porque con las continuas guerras no ha
habido lugar de investigarse y saberse estas cosas con la
curiosidad que se requiere, y así sobre esto será poco lo que
escribiré.
La gente es bien dispuesta y bien agestada, excepto que les da
un poco de desgracia el hacerse las cabezas chatas o llanas por
delante, desde la punta del cabello para arriba. Andan todos
desnudos, sin traer sobre sí cosa alguna, excepto las mujeres, que
para cubrir sus partes impúdicas se ponen pampanillas, que es un
pedazo de manta de algodón de hasta dos palmos de largo y otro de
ancho, guarnecida con cuentas blancas, que con dificultad y trabajo
hace el oficio que le es encargado; y los varones traen el sexo
genital cubierto con un cincho o bolsa hecha de apretada red. En
sus casamientos no son menos bárbaros que los demás indios, porque
como estén o sean naturales de un propio pueblo, aunque entre ellos
no haya parentesco ninguno no se pueden casar, y el que tal hiciese
sería gravemente castigado; y así celebran sus casamientos con
mujeres de otros pueblos; toman una y dos y más mujeres, las que
puede sustentar, y como sean ellas de diferentes pueblos y el
marido tenga hijos en todas, los unos se pueden casar con los
otros, porque dicen que por aquella diferencia de las madres no
tienen ningún parentesco entre sí los hijos de un solo padre; cosa
por cierto de gran barbarería y rusticidad.
El orden de sus casamientos es hablar el desposado a la madre de
la novia que se la dé por mujer, y si ella viene en ello, él le ha
de hacer una roza o labranza de maíz junto a la casa de la suegra,
y para la desposada ha de dar una o dos mantas, y con esto queda el
casamiento hecho, y él se lleva su mujer y tiene libertad de
dejarla por leves causas, y si ella se quiere apartar de él le
vuelve su manta o lo que le ha dado, y con esto queda deshecho el
casamiento.
Son grandes labradores, a cuya causa cogen mucho maíz, de donde
les viene ser muy grandes borrachos, cosa muy general entre indios.
Dúrales la borrachera o el beber, con sus bailes y cantos, un mes y
más y menos tiempo, a donde van muy pintados y emplumajados y con
sus arcos y flechas, los cuales traen en las manos mientras andan
bailando a la redonda asidos unos a otros. Cuando se embriagan se
dan muchas veces con las flechas y se hieren malamente, por lo cual
tienen las mujeres cuidado de en viéndolos embriagados halagarlos y
quitarles las armas porque no se maten. Algunos, a fin de que los
tengan por valientes, se hieren ellos mismos con flechas
enherboladas y ponzoñosas, a los cuales por curarles cortan mucha
carne hasta desarraigar de todo punto la yerba que va cundiendo, y
si escapa, este tal es tenido por singular.
Los principales que entre ellos hay no son por prosapia de sus
pasados sino por tiranía de sus obras; porque aquel que hace cosas
más señaladas a aquel obedecen por principal.
Los llantos que por los difuntos hacen no son nada lacrimosos,
mas a imitación casi de aullidos de perros, los cuales van
acompañados de mucho vino que beben, lo cual les dura ocho días,
después de los cuales lo entierran en un hoyo hondo y redondo a
manera de silo, y pasados seis meses se tornan a congregar y hacer
cierta conmemoración y llanto por el muerto en la forma dicha, y
hecho esto y pasado este tiempo, tiene la viuda licencia de
casarse, y antes no.
Es gente muy supersticiosa y agorera, en tal manera que si salen
de su casa para ir a alguna parte, aunque sea negocio muy
importante, si ven algún pájaro nocturno u otra cualquier ave o
cosa que no les agrade, se vuelven atrás y dicen que no es buena
señal la que han visto para caminar.
Demás del maíz, yuca, batata y otras raíces y legumbres que para
su mantenimiento crían, acostumbran comer culebras, lagartijas,
ratones, cigarrones, gusanos y otras muchas sabandijas inmundas, y
aunque comen carne humana, no comen de la de sus naturales y
compañeros, sino de indios de otros pueblos habidos en la guerra, y
ésta no la comen todos sino los más valientes.
Es tenida por gente sucia, enfermedad muy general en las Indias.
Los dientes les sirven de cuchillos.
La provincia, como se ha dicho, es muy fragosa y muy caliente y
de muchas frutas naturales de la tierra, y de grandes y hondos
ríos, en los cuales se cría mucho pescado.