Capítulo cuarto
En el cual se
escribe cómo Valdés ordenó la gente de su alojamiento para recibir
la furia de los bárbaros, de los cuales estuvieron cercados y
fueron acometidos diversas veces, y cómo temiendo ser muertos de
los indios se retiraron y salieron de Muzo al Reino.
Llegados que fueron todos los soldados que de la guazabara
pasada habían escapado al alojamiento, el capitán Valdés comenzó
acelerarse contra ellos, pareciéndole que no habían hecho el deber,
pues dejaban el caudillo muerto y en poder de los indios; pero como
los soldados le dijesen y significasen la culpa que el caudillo
tenía del mal suceso acaecido y la ocasión que había dado a recibir
la muerte que recibió, fue aplacado Valdés, y perdiendo la cólera
en que se había encendido, viendo lo poco que se podía remediar lo
hecho con su aceleración y sentimiento, perdió de todo punto la
furia, y con toda presteza dio orden en curar los que venían
heridos, conforme a lo que en aquel tiempo se usaba, que era
echarles cantidad de solimán en la herida y labrársela o quemársela
con fuego: cura o remedio de bien poca importancia y que con ella
no se remediaba ni atajaba cosa alguna la fuerza de la yerba o
ponzoña que no pasase adelante y fuese penetrando por las venas y
coyunturas hasta llegar al corazón donde luégo era envarado el
herido y trastabillaba los dientes y le daban unos temblores y
paragismos que lo privaban de todo punto de su juicio, y de aquí le
venía una rabiosa desesperación que les hacía decir y hablar cosas
varias y vanas, y a veces heréticas, por tenerles el dolor y fuerza
de la ponzoña privados, como he dicho, de todo punto de su natural
juicio.
Valdés, y los que con él estaban, luégo presumieron que con la
victoria que los indios habían habido de Machin de Oñate, que
habían de acudir sobre ellos y ponerles en gran trabajo, y para que
los caballos pudiesen correr y escaramuzar contra los indios, por
ser el sitio donde estaban alojados estrecho y de mal país, fue
necesario deshacer los más de los ranchos que a una parte del
alojamiento estaban hechos, que podían causar el estorbo e
impedimento dicho; y porque para el siguiente día esperaban la
venida de los indios sobre sí, ordenaron que todos amaneciesen
puestos en esta orden: que en cierto bohío grande que allí tenían
se metiesen ciertos hombres de a caballo con algunos peones, para
que de allí saliesen a dar en los indios, y la demás gente que
estaba para pelear se repartiese en tres cuadrillas: el capitán
Valdés con la una, y Diego García de Paredes con la otra, y
Trujillo con la otra, y estuviesen puestos en paradas y casi
emboscados, para que, como los indios fuesen entrando en su
alojamiento les fuesen acometiendo; y juntamente con esto, hizo
Valdés a muchos indios ladinos que los españoles habían llevado
moscas para su servicio, que hiciesen hondas aquella noche para
que, tirando con ellas grandes piedras contra los indios muzos,
ayudasen a pelear a los españoles.
El siguiente día amanecieron de parte de los nuestros todas las
cosas puestas a punto en la forma dicha, y sobre el alojamiento más
de veinte mil indios, muy pintados con bija y jagua y cubiertos con
grandes bonetes hechos de plumas de diversas colores y con algunas
joyas de oro que tenían y con grandes fotutos y cornetas y otros
instrumentos de que suelen usar en semejantes guazabaras, y sobre
todo gran abundancia de flechería; y no arrojándose ni arremetiendo
de golpe al alojamiento de los españoles, mas deteniéndose en
lugares aventajados y donde estaban muy seguros, flechaban desde
allí a los españoles muy a su salvo, y aunque algunas veces algunos
escuadrones de indios intentaron entrar en el alojamiento y
apoderarse de él, fueron rebatidos por los nuestros con gran daño
suyo las veces que lo intentaron hacer; y así tenían por mejor y
más seguro guerrear desde lejos y a pie quedo.
Estuvieron estos bárbaros cuatro días continuos sobre el
alojamiento de los españoles, que desde que el sol salía hasta que
se ponía nunca cesaban de tirar flechas y dar gritas y hacer
visajes y personajes contra los españoles y amenazarles y decirles
todos los vituperios e improperios de que estos bárbaros usaban
entre sí, y apercibiendo a los nuestros que estuviesen a punto y
sobre aviso porque al cuarto día habían de volver sobre ellos con
más pujanza y llevárselos a manos para comer, se fueron por su
orden y concierto, sin que los nuestros fuesen parte para salir en
su seguimiento.
Al cuarto día, el capitán Valdés puso su gente por su orden y
forma arriba dicha, y en ella esperó la venida de los indios, los
cuales a mediodía vinieron sobre el alojamiento de los españoles y
con su bárbara determinación, confiados en su gran multitud, se
vinieron a meter por el alojamiento y ranchería de los españoles,
para cumplir lo que habían prometido; pero los nuestros no les
dieron lugar a que lo cumpliesen, porque saliendo a ellos los de a
caballo y la demás gente de a pie comenzaron a atropellarlos con
los caballos y a herirlos y picarlos con las lanzas, y los peones a
darles grandes cuchilladas con las espadas, de suerte que con los
muchos que en esta primer arremetida derribaron, constriñeron a los
demás a volver las espaldas y retirarse fuéra del alojamiento a los
lugares donde antes habían estado alojados, donde se estuvieron
otros cuatro días tirando su continua flechería contra los
españoles; y aunque con ella y con su cerco hacían poco daño a los
nuestros, impediales el no poderse apartar ni dividir uno de otro a
ninguna parte, pero al fin recibiose gran contento en que los
bárbaros se fuesen de sobre el alojamiento, por descansar y dejar
algún rato las armas de las manos.
Ibanse cada día muriendo de los españoles que los indios
flecharon en el acometimiento que a Machin de Oñate hicieron, y el
día que levantaron este último cerco murieron once españoles juntos
en bien trabajosa muerte, y éstos y todos los demás que morían eran
enterrados en el lugar donde tenían los caballos, porque no fuesen
halladas por los indios las sepulturas y desenterrados los muertos
para comer, porque esta malvada gente es tan caníbal, o a lo menos
lo era en este tiempo, que por comer de un español, cavaran todo
un campo donde presumieran que estaba enterrado, sólo por haberles
dado en la imaginación que comiendo ellos carne de españoles habían
de ser valientes Y animosos guerreros.
Estaba la gente y aun el capitán con tanto recelo de verse en
esta provincia, en la cual cada día se iban apocando y muriendo de
las heridas que habían recibido, que no sabían qué remedio se tomar
para ser socorridos del Reino ni para salirse de la tierra, porque
se les hacía dificultoso y de gran riesgo el haber de pasar por
entre muchas poblazones de indios muzos que bastaban a hacerles
resistencia y aun a dañarles harto. Valdés, deseando haber algún
socorro para asegurar su vida y las de los demás que con él habían
quedado, prometió libertad a un esclavo suyo porque saliese a su
aventura con cartas a Santafé para dar noticia a los oidores y
pedirles que les favoreciesen; mas el esclavo, aunque tenía buenas
ganas de hacer lo que su amo le mandaba por conseguir su libertad,
volviose del camino, porque sintió que en todos los pasos había
centinelas y gente que los guardaba. Los soldados, que no querían
detenerse más tiempo allí para ver su ruina y destrucción de todo
punto, hicieron ciertos requerimientos a Valdés que se saliese de
la provincia. Valdés, mostrando que de ello le pesaba, fue forzado
a salirse, y para más seguridad suya y de los demás españoles las
jornadas que habían de andar de día las andaban de noche, porque a
la sazón hacía luna con muy acomodada claridad para caminar, y esto
se hacía de industria porque les parecía que si de día caminaban
que todas las horas y momentos serían guerreados de los indios y
maltratados de ellos en cualquier mal paso que se les ofreciese;
pero con todo eso, en siendo de día, que se comenzaban a alojar,
eran los indios sobre ellos en muy gran cantidad, tanto que algunas
veces se juzgaban los españoles por perdidos de todo punto, y así
les era el trabajo doblado, porque de noche caminaban y de día
peleaban y algunas veces, mientras los unos estaban almorzando o
comiendo, los otros andaban en la pelea con los indios; y visto por
el capitán que con esta manera de caminar y retirarse les era a los
españoles el trabajo doblado, acordó reposar de noche y caminar de
día, y así se mudó en los indios la orden del pelear, porque
procuraban ponerse emboscados y hacer asaltos y defender algunos
malos pasos, mas las noches no acudían a hacer daño en los
alojamientos de los españoles.
Y con este continuo trabajo y algunos soldados que en el camino
le hirieron, vinieron a salir al pueblo de Siminxaca, que es en
términos de la ciudad de Santafé, donde cada soldado se esparció y
fue por su cabo.
En esta sazón, por otra vía diferente de ésta, había entrado el
capitán Ribera en Muzo con diez y seis compañeros, a cavar y buscar
ciertas noticias de sepulturas y santuarios, y acaso atravesó el
camino por donde Valdés se había retirado, y reconoció por la
huella y vestigio de los caballos y vacas haberse salido, y también
porque los indios muzos habían ya venido sobre él y pretendían
matarlo, Ribera, reconociendo el peligro en que estaba, envió un
indio de Siminjaca que se saliese en seguimiento del capitán
Valdés, con ciertas cartas suyas, a pedirle socorro: las cartas
llegaron a tiempo que los soldados eran ya idos, y así Valdés no
tuvo otro remedio más de enviarle doscientos indios moscas del
repartimiento de Susa, para que le ayudasen a defenderse de los
muzos; mas Ribera y sus compañeros habían ya dado en un buen ardid
para escaparse de las manos de estos bárbaros, y era, cuando en más
aprieto lo tenían puesto, soltar un caballo de los que tenían, en
el cual se detenían los indios corriéndolo de una parte a otra, y
daban lugar a que los españoles se les alejasen y apartasen y así,
sin peligrar ni morir ninguno, salieron a Siminjaca, y de allí se
esparcieron y fueron cada cual por su parte, como los demás.
Capítulo quinto
En el cual se
escribe el daño que en el Reino se siguió de la retirada de Valdés,
y cómo los oidores Galarza y Góngora enviaron al general Pedro de
Orsúa con gente que fuese a poblar y pacificar la provincia de
Muzo, y cómo en ella pobló Pedro de Orsúa un pueblo llamado Tudela,
el cual dende a pocos días se despobló.
Como con estos victoriosos sucesos iba de cada día creciendo la
elación y altivez de los indios muzos, íbanse ellos más
desvergonzando contra todos los moscas, sus comarcanos,
oprimiéndolos a que se rebelasen; porque estos bárbaros muzos,
después que echaron tan vergonzosamente al capitán Valdés de su
tierra, tuvieron sus juntas y borracheras, en las cuales trataron
de que se persuadiese a toda la gente mosca que juntamente con
ellos se rebelasen y tomasen las armas contra los españoles y los
procurasen echar de todo el Reino y despoblar los pueblos poblados,
y que hecho esto podrían ellos por sí con facilidad sujetar y
vencer los moscas, y ponerlos debajo de su sujeción y servidumbre,
y con este acuerdo no curaron de usar con los indios moscas de las
crueldades que antes solían, mas por todas las vías los persuadían
a que negasen el feudo y tributo a los españoles y se retirasen
hacia su tierra, y así se coligaron con ellos muchos principales y
caciques moscas, y se retiraron a vivir con todos sus sujetos a los
pueblos muzos, y a los que en estos casos no querían seguir su
opinión les hacían toda la guerra que podían, y así estaba toda la
gente del Reino puesta en gran alteración y temor de alguna general
rebelión; porque en la provincia de Vélez todos los indios moscas
de aquel pueblo se habían coligado y mezclado con los muzos, y los
unos y los otros se venían acercando al pueblo de los españoles,
arruinando y destruyendo los lugares y poblazones de los indios que
no querían seguir su opinión y tomar las armas contra los
españoles, y con más rústica desvergüenza que de antes lo habían
hecho, salían al camino que los españoles siguen dende Vélez a
Tunja y les salteaban y llevaban y quitaban lo que traían, y si a
ellos podían haber los mataban.
En el tiempo que estas cosas sucedían, Pedro de Orsúa, a quien
por su afabilidad y buen gobierno en el arte militar que contra los
indios se debía seguir, habían dado sobrenombre de general, salió
de la población de la ciudad de Pamplona, que él y Ortún Velasco
habían hecho entre ciertas gentes e indios que al presente llaman
chitareros. Los oidores Góngora y Galarza, queriendo remediar los
males y daños referidos, viendo la buena loa y fama que Orsúa
tenía, le cometieron la pacificación de los muzos, dándole comisión
que en ellos poblase un pueblo. A Pedro de Orsúa se le hizo grave
esta comisión y jornada que los oidores le habían encargado sin él
pretenderla ni pedírsela, porque al tiempo que él salió de la
población de Pamplona su designio era hacer la jornada del Dorado,
y así la pidió a los oidores, los cuales le respondieron que desque
hubiese conquistado y pacificado la tierra y provincia de Muzo y
sujetado los naturales de ella, que ellos le darían la conducta que
pedía, y con esta esperanza el general Pedro de Orsúa dio principio
a su jornada; y era tanta la confianza que los soldados tenían en
su buena fortuna y disciplina de guerra que a ninguno se le hacía
dificultoso el pacificarse la tierra, y así se llegaban los
soldados que en la tierra había, y en pocos días juntó en Tunja,
Vélez y Santafé ciento veinte soldados y algunos arcabuces y
ballestas y otros pertrechos y armas ofensivas y defensivas, y con
ellos entró por la provincia de Vélez, porque por aquella parte
siempre habían estado y estaban los indios más desvergonzados y
salían con más osadía a hacer daños en las gentes sus comarcanas,
según he dicho.
Estuvo ciertos días alojado en el valle de Tununguá, que es la
poblazón de la gente sujeta al cacique Saboyá, y donde a la sazón
estaban recogidos muchos indios principales, así moscas como muzos,
de los cuales prendió algunos y los tuvo presos muchos días, y
después vino a matar a algunos de ellos, de los más culpados en las
rebeliones y alzamientos; y de allí pasó adelante por diversas
poblazones y valles de la provincia, por donde los naturales,
pretendiendo estorbarle el pasaje y aun rebatirle y hacerle volver
atrás, le dieron muchas guazabaras y le hirieron algunos soldados.
Y llegado Pedro de Orsúa al comedio de la provincia, en la parte
que más acomodada le pareció, pobló un pueblo, al cual llamó la
ciudad de Tudela, donde asímismo fue acometido diversas veces de
los indios, y siempre los rebatió con poco daño de sus
soldados.
Pero los bárbaros, viendo que como buenos guerreadores no eran
parte para ofender a los españoles, intentaron ofenderles por vía
de cautela, la cual fue descubierta y manifestada al general, y en
lugar de engañar fueron engañados estos bárbaros, y el daño que
ellos pretendían hacer en los españoles lo recibieron ellos, y aun
creo yo que aventajado, porque como en el compendio de los hechos
de Pedro de Orsúa se escribe, fue grande el número de los indios
que por esta ocasión fueron muertos, con el cual daño no fueron
constreñidos ni forzados a humillarse y ofrecerse a la servidumbre
de los españoles y a vivir pacíficamente y en conformidad con
ellos, antes estaban en su obstinada rebelión, como si no hubieran
recibido daño alguno; lo cual, visto por el general Pedro de Orsúa,
dejando el recaudo necesario en el pueblo para la conservación y
sustento de él, se salió con treinta hombres a dar cuenta a los
oidores de lo que había hecho y de cuán indómitos estaban los
indios muzos, y haber si le querían dar la jornada del Dorado, para
ponerla en efecto. Pero como los oidores deseaban en gran manera el
asiento y pacificación de esta provincia de los muzos, y vían que
no había nada efectuado, tornaron a enviar a Pedro de Orsúa que con
la gente que había sacado de Muzo y otros soldados que de nuevo se
le llegaron, volviese a entrar en la tierra y no saliese hasta
dejar de todo punto de paz los naturales; y para que fuesen
castigados los muzos que confinaban con los moscas, le mandaron que
fuese bojando los confines de la una y otra gente, haciendo y
oponiendo en ellos algún temor y terror.
Fue Orsúa por las partes que le fue mandado, donde los indios le
salían al encuentro muchas veces, y aunque siempre iban
desbaratados, y como suelen decir, descalabrados, no por eso
escarmentaban ni castigaban, mas siempre volvían sobre él a
hacerles nuevos acometimientos.
Llegado el capitán Orsúa a la ciudad de Tudela, halló los
españoles y naturales como los había dejado, sin que entre ellos
hubiese habido ninguna confederación ni amistad, ni después que
allí estuvo Orsúa y la demás gente que con él entró, en muchos días
la tuvieron, aunque los españoles hicieron diversas salidas a
muchas partes y pueblos de indios, dando de noche en sus
alojamientos y rancherías. Orsúa, vista la obstinación de los
indios y que el detenerse él allí era perder tiempo, determinó
salirse con algunos amigos y buenos soldados que de muchos días
antes le habían seguido, y poniéndolo por obra dejó en la ciudad de
Tudela hasta sesenta soldados o vecinos que la sustentasen, y él se
vino al Reino, sin embargo de que fue requerido con mucha instancia
por los soldados que no se saliese ni desamparase el pueblo.
Dende a pocos días que esto se hizo, los vecinos y personas que
en la ciudad de Tudela habían quedado, considerando la poca parte
que eran para se sustentar aquel pueblo ni sujetar a los naturales,
pues Pedro de Orsúa, con ciento y veinte hombres, no lo había
podido sustentar ni sujetar los indios, concertaron de salirse y
desamparar el pueblo que tenían poblado, y así lo pusieron en
efecto, y se dieron tanta priesa a caminar tras de su capitán, que
casi tan presto como él llegaron a la ciudad de Santafé, donde ni a
los jueces superiores ni inferiores ni a todos los demás vecinos
del Reino dio buen gusto lo que habían hecho e hicieron Orsúa y los
demás soldados, porque claramente vían que no había de tardar mucho
tiempo que no hubiese novedades entre los indios moscas y muzos, en
gran perjuicio de todo el Reino y de los moradores y pobladores de
él.
De esta jornada segunda que Pedro de Orsúa hizo a los muzos, se
trata y escribe más largamente en el lugar alegado. El que la
quisiera ver más copiosa, acuda allí, porque aquí va escrito muy
subcintamente.
Capítulo sexto
En el cual se escribe cómo por respeto
de los daños que los indios muzos solían hacer en los moscas y en
la provincia de Vélez, fue nombrado por la Audiencia por capitán
para poblar y pacificar a Muzo al capitán Lanchero, el cual entró
por la vía de Vélez y se alejó en el pueblo de Paja. Escríbese lo
que allí le sucedió.
Bien quisieran los oidores y jueces que gobernaban la tierra, y
aun los vecinos y otros españoles que en el Nuevo Reino residían,
que los indios muzos se quedaran con las victorias referidas, con
tal que se estuvieran en sus tierras y poblazones, sin salir a
hacer nuevas opresiones en los indios moscas, según lo tenían ya de
costumbre; pero la maldad y desvergüenza de esta gente es tanta,
que confiados en su multitud y en la ponzoñosa yerba de que usaban,
con que hacen todo el daño en los nuestros, luégo que Pedro de
Orsúa y los demás españoles despoblaron el pueblo de Tudela y se
salieron de la provincia, ellos comenzaron a hacer correrías y
asaltos en los indios moscas, sus comarcanos, y de un solo asalto
que dieron en el pueblo de Ubaté, que es en términos de Santafé,
mataron, prendieron y cautivaron más de setecientas personas que
estaban labrando o haciendo una sementera; y si se hubiesen de
escribir aquí los daños que en muchos pueblos hicieron los indios
muzos, sería dar con ello pesadumbre al lector. Sólo bastará decir
que se extendía tanto la elación de estos bárbaros, que salían a
hacer salto en los caminos reales que van de Vélez a Tunja y a
Santafé, y que corrieron algunos españoles pasajeros en el camino
de Vélez y les quitaron el hato y lo que llevaban y ellos se
escapaban a uña de caballo. Y tuvieron esta última vez puesta en
tanto aprieto y riesgo a la ciudad de Vélez, que fue necesario que
la Real Audiencia enviase al capitán Gonzalo Suárez Rendón, vecino
de Tunja, con gente a que la favoreciese y socorriese y ahuyentase
los indios que casi la tenían cercada, porque los muzos, con su
rústica desvergüenza, no sólo juntos en grandes escuadrones corrían
las estancias y apriscos de los vecinos de Vélez y les llevaban los
ganados y les mataban los pastores y gañanes y otros indios que en
los tales estalajes tenían, pero pretendían matar a los propios
vecinos y arruinar y destruir de todo punto la ciudad, de suerte
que no quedase más memoria de ella, porque para estos efectos
tenían los indios muzos juntos y coadunados a sí toda la gente
mosca que llaman el rincón de Vélez y otros muchos pueblos
sufragáneos a esta ciudad que los guiaban y llevaban por las partes
y caminos que los muzos no sabían, y les ayudaban a hacer la
guerra.
Pero con todo esto, los oidores aborrecían tau entrañablemente
el hacer daño a indios y el pacificarlos por evitar el pagar justos
por pecadores, que aunque a sus oídos llegaban los danos que los
muzos hacían y los clamores de muchos particulares o de todo el
común, jamás querían ni quisieron proveer de persona que los fuese
a castigar y a domar y sujetar, pues no se contentaban vivir en su
libertad, hasta que forzados y constreñidos los cabildos de Vélez,
Tunja y Santafé de ver los daños que los indios sus sufragáneos
recibían y la poca seguridad que en los caminos había, eligieron
sus procuradores para que pidiesen en la Audiencia Real que se
proveyese de un capitán que haciendo y juntando la gente necesaria,
entrase en la tierra de los muzos y castigase los culpados y
rebeldes y allanase la provincia de suerte que cesasen los daños
que hacían aquellos indios en la tierra de los moscas y que se
poblase entre aquestos muzos un pueblo de españoles.
Residían a esta sazón en la Audiencia del Nuevo Reino el
licenciado Grajeda y el doctor Juan Maldonado y los licenciados
Tomás López y Melchor Pérez de Artiaga, los cuales entretuvieron
algún tiempo el proveer de persona que remediase e hiciese lo
dicho, esperando si en los indios abría alguna enmienda y cesarían
de hacer los daños que hacían, para que los que por mano de los
españoles ellos habían de recibir no hubiesen efecto; pero viendo
que aunque el cabildo de Vélez había de su autoridad nombrado
algunos caudillos, como fue un Francisco Morcillo y Pedro de la
Cuesta y otros, los cuales con gente habían entrado por aquella
parte de Vélez en algunas poblazones de indios rebeldes y hecho en
ellos algún castigo, aunque blandamente por no ser parte para más,
lo cual no había sido parte para que las incomodidades y dañosas
correrías que los indios muzos hacían, cesasen, antes con más
obstinados bríos las llevaban adelante, derramando mucha sangre de
inocentes y haciendo otros incendios y ruinas de pueblos de indios
moscas, que daban grandes insinias de ver en la tierra una general
calamidad, fueron estos jueces casi constreñidos y forzados de las
ocasiones que los muzos les ponían en las manos a nombrar persona
que los fuese a domar y pacificar, y así eligieron por capitán a
Luis Lanchero, que a esta sazón era vecino de Tunja y encomendero
del repartimiento llamado Siminxaca; persona que había algunas
veces antes deseado esta jornada.
La comisión que se le dio fue no más de para castigar los
culpados y pacificar los rebeldes y poblar un pueblo donde le
pareciese de esta provincia de Muzo.
Lanchero, luégo que en la ciudad de Santafé se vio electo
capitán, luégo por sus cartas lo hizo saber a los cabildos de Tunja
y Vélez, rogándoles que le ayudasen con juntar cada cual en su
pueblo y jurisdicción la gente que ser pudiese, para que con más
brevedad él efectuase su jornada y cesasen los daños que los indios
muzos cada día hacían.
A esta sazón, y por causa de la tardanza que la Audiencia tuvo
en proveer este capitán, tenía ya el cabildo de Vélez proveído y
nombrado por caudillo, para que con gente entrase en los muzos a
poblar y pacificar, a Pedro de la Cuesta, que poco ha nombré, el
cual, como supo el nombramiento que la Audiencia había hecho de
Luis Lanchero, cesó de hacer la gente, que ya tenía comenzada a
hacer, y quedó todo puesto en las manos del propio Lanchero, el
cual se dio toda la priesa que pudo a juntar soldados; pero como la
jornada era más peligrosa que provechosa, así por causa de la yerba
y aspereza de la tierra y belicosidad de los naturales de ella como
por la general pobreza que en ella había, eran pocos los soldados
que de su voluntad libre quisiesen seguir a Lanchero ni ir con él,
y así fue necesario que la Audiencia diese provisiones para que los
españoles y soldados que en la tierra hubiese que vivían
ociosamente fuesen forzados a ir a esta jornada, con el cual
auxilio y favor juntó Lanchero hasta sesenta hombres, y con ellos
los más aderezos y pertrajes de guerra que pudo, como eran
arcabuces, pólvora y plomo, que era lo más necesario para la guerra
de estos indios. Y por respeto de ser la más trabajada y apretada
de los indios, así muzos como moscas, la ciudad de Vélez, le
pareció a Lanchero y a otras muchas personas que entrase la gente
española por aquella parte para que fuesen pacificados los indios
que rebeldes habían de aquella parte, que eran de los términos de
Vélez, siguiendo también en esto la costumbre que algunos de los
capitanes que antes habían entrado en esta provincia de Muzo habían
tenido.
Y metiéndose el capitán Lanchero con la gente que había juntado,
por la tierra de guerra, se fue a alojar al rincón y pueblo que
dicen de Paja, que cae en el valle de Tuningua, gente mosca aunque
mezclada ya con muzos, y que con haber sido diversas veces trillada
y hollada de españoles y aun castigada, jamás había querido
conservar ni sustentar la paz por amor ni por temor. Lanchero entró
con mansedumbre y blandura, por ver si por esta vía podría con más
facilidad y menos riesgo traer a su amistad a los indios, pero como
estos bárbaros estaban redomados, y algunas veces habían sido
victoriosos contra españoles, no estimaban ni tenían en nada la paz
y amistad que Lanchero les ofrecía, antes le daban por baldón con
ella, diciendo que de miedo y temor suyo les convidaba y rogaba con
la paz; y tomando las armas en las manos, venían muchas veces sobre
el alojamiento de los españoles a intentar de ofenderles y echarles
de la tierra, y aunque había más de ocho días que Lanchero estaba
alojado en esta poblazón de Paja no había podido haber a las manos
ningún indio de aquesta tierra para se informar y saber de él el
designio y propósito de los naturales; y aunque por respeto de
haberse apartado del alojamiento obra de media legua, vio un
pequeño humo de lumbre, que era señal de haber allí indios, envió a
un Alonso Ramírez y a otros tres soldados que fuesen a tomar algún
indio para que les diese claridad de lo que pretendían, no hicieron
cosa alguna, porque como llegasen los cuatro españoles a donde se
había visto la lumbre, hallaron un bohío en que habría treinta
indios de guerra, los cuales se defendieron con obstinación hasta
que fue pegado fuego al bohío, por temor del cual los indios se
salieron hechos un cerrado escuadrón, sin que los españoles que
allí estaban fuesen parte para tomar ninguno de ellos vivo, aunque
hirieron y mataron algunos de cuchilladas que les alcanzaron.
El capitán Lanchero, visto el poco efecto que la salida de los
soldados dichos había hecho, y que de no tener claridad y noticia
de lo que los indios pretendían hacer se les podía seguir muy gran
daño, envió a un Alonso de Aguilar con otros españoles que fuese a
dar en alguna junta o bohíos de indios donde pudiesen haber quien
les sacase de la duda en que estaban. Aguilar fue, y mediante la
buena diligencia suya y de los que con él iban, hubo algunos indios
de los cuales supo cómo los naturales de aquesta provincia se
habían ligado y confederado con los muzos, y todos juntos poco
antes habían estado determinados de dar sobre el alojamiento de los
españoles, y por ciertas discordias que entre la una nación y la
otra se engendraron vinieron a reñir y tratarse mal de palabra, y
los muzos se volvieron a su tierra con que se desbarató la junta,
que no fue poco contento para los españoles.
En tanto que Lanchero pasaba las cosas referidas, sucedió en
Vélez que estando un Bartolomé Hernández Herreño y un hijo suyo en
una estancia suya, que era bien cerca de Vélez, se juntaron
cantidad de indios de aquesta provincia y fueron a dar sobre el
Bartolomé Hernández y su hijo, con ayuda de cierto cacique del
dicho Bartolomé Hernández, donde los indios pelearon gran rato con
los dos españoles, los cuales se defendieron muy briosamente,
ofendiendo y haciendo todo el daño que podían en los enemigos, a
los cuales ahuyentaron y echaron de sobre sí; pero como las flechas
de los bárbaros eran muchas y muy llenas de ponzoña o yerba
ponzoñosa, hiriéronles malamente con algunas de ellas a padre y a
hijo, de suerte que aunque llegaron vivos a la ciudad de Vélez,
dentro de poco tiempo murieron entrambos rabiando, con el dolor de
la cruel ponzoña que les atormentaba y abrasaba los corazones.
Lanchero, viendo el poco efecto que en el pueblo de Paja hacía,
alzó sus toldos y caminó con su gente adelante la vía de Muzo, y
acercándose lo que podía a esta provincia, se alojó en otro pueblo
de indios moscas llamado Caçacota, que estaría apartado de Paja
como cuatro leguas.