INDICE




LIBRO DUODECIMO | 1

 
  | En el libro doce se escribe y tracto de la provincia de les Muzos, y quién fue su primer descubridor; cómo en ella entraron diversos capitanes en diversos tiempos, y sin hacer ningún provecho ni cosa notable, se tornaron a salir, con pérdida de su gente, y cómo Pedro de Orsúa pobló en ella la ciudad de Tudela, la cual se despobló por temor y violencia que los indios les hicieron; y cómo después de esto entró el capitán Luis Lanchero con gente, enviado por la Audiencia del Nuevo Reino a fin de que se evitasen los daños y ruinas que los muzos solían hacer en los naturales y gente mosca. Lanchero entró, y tuvo grandes y prolijas guerras con los indios y pobló la ciudad de la Trinidad, que hoy permanece. Tratase todo lo sucedido... y pueblo de la... indios y naturales de esta provincia.|



 
| Capítulo primero | En el cual se escribe la situación de la provincia de los muzos, donde al presente está poblada la ciudad de la Trinidad, y cómo fue descubierta por el capitán Lanchero, y después entró en ella el capitán Martínez y se pasó de| largo sin hacer ningún efecto bueno ni poblar.

 

Los Muzos es una provincia o región puesta entre las poblazones de los indios moscas del Reino, que por la mayor parte la cercan, y el río grande de la Magdalena, a quien ha hecho en estas partes famosa no sólo la obstinación y brío con que los naturales de esta provincia, llamados muzos, han pretendido defender y conservar su libertad, la cual cuesta harta sangre así de españoles como de naturales, pero las ricas minas de piedras esmeraldas que en ellas se han descubierto, de donde los españoles han sacado y han habido muchas y muy ricas piedras verdes de gran valor y precio.

La guerra y pacificación de esta gente ha durado desde el año de cuarenta y tres, en que fue descubierta por el capitán Luis Lanchero, que en ella pobló después la ciudad de la Trinidad, hasta este nuestro tiempo, en el cual discurso de años han entrado en esta provincia diversos capitanes a poblana y pacificarla, y han sido siempre rebatidos de la furia de los bárbaros, con daño y pérdida de parte de la gente que con ellos entraba, en una larga y prolija guerra de contar; por lo cual de lo sucedido antes que el capitán Lanchero poblase la ciudad de la Trinidad, que hoy permanece, iré abreviando y contando o narrando lo sustancial y que más hiciera a nuestro propósito, y de allí por delante se escribirá por extenso el suceso y guerra de la tierra. Y para que lo que se escribiese sea mejor entendido, es de saber que esta provincia de muzos la mayor parte de ella cae casi en triángulo de las ciudades de Santafé, Tunja y Vélez, porque los naturales muzos confinan con indios de Santafé, que la tienen a la parte del sur, y con indios de Tunja, que la tienen al levante, y con indios de Vélez, que la tienen al norte, a los cuales indios los muzos tienen por contrarios, y así los que caen en los confines y términos es como gente de frontera, porque en otra parte tiene la gente llamada colimas, donde está poblada la villa de la Palma; pero estos colimas dicen ser asímismo muzos, y por tales son tenidos, y siendo todos unos y una gente, diremos que confinan por otra parte o por la misma con los indios y nación llamados panches, así de Mariquita como de Tocaima y villa de San Miguel, los cuales son muy grandes contrarios y enemigos y se comen y hacen grande estrago los unos a los otros; y por la otra parte, como dije, tienen estos muzos el río grande de la Magdalena, aunque por algunas partes están apartados de él por causa de las grandes y montuosas sierras que los dividen, y así está esta provincia toda cercada, de suerte que aunque los naturales de ella se quieran recoger y retirar y apartar de no hallarse tan cercanos a los españoles y a sus pueblos, no lo pueden hacer, y a esta causa se ha hecho más turable su guerra, porque si ellos se hubieran retirado a alguna parte donde no hicieran daño a los pueblos dichos poblados de españoles, nunca hubieran sido tan perseguidos y molestados como han sido, y de los más de los daños que han recibido han dado ellos la causa por que diversas veces ha cesado su guerra y pacificación, apartándose los jueces de todo punto de enviarlos a poblar, y son de tal condición que en hallándose que se hallaban un poco ociosos y descansados, luégo tomaban las armas y no sólo salían a damnificar y arruinar los indios sus comarcanos, pero a saltear los caminos por do los españoles pasaban y a matarlos y robarles lo que tenían, extendiéndose su rústica desvergüenza a persuadir a los indios moscas que tomasen las armas generalmente contra los españoles para que todos fuesen muertos, donde no que ellos les harían cruel guerra y los destruirían; y con estos acometimientos y saltos que hacían constreñían a los jueces y pueblos que enviasen contra ellos capitanes y juntas de soldados, de donde, como he dicho, unos salían huyendo y otros desbaratados, y los indios, con las victorias que habían, se hacían cada día más belicosos e indómitos, y como he dicho, ofrecían y ponían en los mismos jueces nuevas y evidentes ocasiones para que enviasen contra ellos junta de gente.

El capitán Lanchero, que dije haber descubierto esta provincia, como de lo escrito y sucedido en tiempo del adelantado don Alonso Luis de Lugo constará, no fue enviado a ella por ningún juez superior ni inferior, mas la causa del descubrirse en este tiempo fue que viendo el adelantado el excesivo trabajo que los que a este Reino subían padecían por la maleza y aspereza de las tierras y sierras de Opón, que es por donde el general Jiménez de Quesada descubrió el Reino y lo pobló, envió al capitán Luis Lanchero, con cuarenta hombres, que fuese a descubrir nuevo camino, más cerca y menos trabajoso y acomodado para que por él pudiesen meter en el Reino las cosas necesarias que de España se trujesen.

Lanchero, después de haber cumplido la voluntad del adelantado y descubierto el desembarcadero que hoy llaman de Carare, se volvió descubriendo por diferente camino del que había llevado, atravesando por valles y sierras montuosas y bien trabajosas de caminar, por la cual vía vino a dar a la vía de Tununguá, donde a la sazón estaba recogido el cacique Saboyá con gran número de indios y rebelado por el acometimiento que pocos días antes él y su gente habían hecho al capitán Ribera y a ciertos españoles que con él estaban. Lanchero y los que con él iban tuvieron tan buen orden en el tratar con este cacique y sus indios, que los atrajeron a su amistad y los dejaron quietos y pacíficos en sus casas, y con fe y palabra de que serían verdaderos amigos y feudatarios de los vecinos de Vélez, a quien estaban encomendados; pero como en estos bárbaros haya tan poca firmeza y constancia en cumplimiento de las palabras y fe que dan, en pocos días la quebrantaron y se tornaron a su rebeldía, la cual casi les tura hasta hoy.

A Lanchero, pareciéndole que dejaba muy fija aquella amistad y paz, prosiguió con sus compañeros a meterse la tierra adentro de los muzos, los cuales como aún en este tiempo no estaban cebados en la sangre de los españoles, antes como otros muchos bárbaros han hecho, teniéndoles por inmortales no les acometían con la desenvoltura que ahora, y así tuvieron lugar estos españoles de andar gran parte de esta provincia sin recibir daño ninguno de los indios, y sanos y salvos salieron a tierra de paz. De esta jornada hubo Lanchero algún oro, porque en lo de Saboyá y en otros algunos pueblos muzos, donde de repente y sin ser sentidos de sus moradores llegaban, siempre hallaba oro, y así hubo diez o doce mil pesos.

Llegado que fue a Santafé dio cuenta al adelantado de lo que había hecho y descubierto y visto, y juntamente con esto le suplicó que le diese comisión y licencia para que pudiese haber gente y entrar o volver a la provincia de los muzos, por donde había andado, y poblar en ella un pueblo, porque decía haber en ella muy gran número de naturales. El adelantado, como estaba ocupado en otras cosas que le importaban más, respondió que por entonces no había lugar, pero que andando el tiempo se había de ir a poblar aquella tierra, y que pues él había descubierto, que ninguno otro iría a poblarla sino él. De esta respuesta y de otros sucesos que después se ofrecieron, Lanchero coligió que el adelantado no tenía voluntad de darle la comisión que le había prometido y él le había pedido, por lo cual no curó de hablar más en ella. El adelantado se fue dende cierto tiempo a España, y quedó el gobierno en Montalvo de Lugo, en el cual tiempo andaban tan ensañados y coléricos los negocios de la tierra por las revoluciones que en ella había y dejó hechos el adelantado, que no hubo quien por entonces pretendiese jornada ninguna, hasta que al Reino subió el licenciado Miguel Díaz Armendáriz, con cuya licencia y presencia se mitigó la aceleración de los vecinos, porque fueron restituídos en los repartimientos de que el adelantado los había despojado, y luégo se comenzaron a dar y hacer jornadas y nuevas poblazones, y se intentó segunda vez la facultad y comisión para entrar a poblar esta provincia de muzos por el capitán Martínez, hombre antiguo en las Indias, que en el Reino había entrado en compañía del capitán Nicolás Federmán, al cual le fue concedida por el licenciado Miguel Díaz, y para este efecto juntó cantidad de sesenta hombres de pie y de a caballo, con los cuales entró en esta provincia por la tierra y términos de la ciudad de Vélez, porque a la sazón estaba rebelado el cacique de Saboyá con sus sujetos y eran perjudiciales a los indios amigos y que servían en aquella ciudad, a los cuales el capitán Martínez y los que con él iban sujetaron y pacificaron, y se metieron la tierra adentro de muzos, donde los naturales comenzaron a tomar las armas y hacerles algunas resistencias y ofensas por defender sus personas, mujeres e hijos y sus haciendas, donde tuvieron los españoles algunas guazabaras con los indios, a los cuales Martínez hizo poca resistencia, que fue ocasión y causa de muchos daños y malos sucesos que después en esta tierra ha habido.

Porque como los indios, saliendo a dar guazabaras, no se les hiciese otra ofensa ninguna más de en rebatiéndolos y desbaratándolos pasar de largo, entendían ellos que por temor que los españoles de ellos habían no osaban parar en sus tierras y se iban huyendo, de donde vinieron a tener principio en seguir a los españoles y a damnificarles y a tener y cobrar bríos, porque cuando Martínez con su gente caminaba por las poblazones de esta provincia los indios lo iban siguiendo y dañando en la retaguardia, y él, como no le había contentado la tierra, no curaba, como he dicho, de detenerse a pelear con los indios, antes caminaba tan apresuradamente que casi daba a entender irse retirando con infame temor, y así, sin detenerse en ninguna parte, caminaron y atravesaron la provincia casi al norte sur, y vinieron a salir a ciertos indios panches sufraganos a la ciudad de Santafé, con pérdida de algunos soldados que los indios muzos le mataron, y éstos infamaron esta provincia de suerte que después, por muchos días, no hubo persona que desease ni quisiese intentar a pedir conducta para irla a poblar y pacificar, hasta que los propios indios muzos ofrecieron ocasión para ello.

 

Capítulo  segundo En el cual se escribe cómo desde a poco tiempo que Martínez salió de Muzo, en la provincia entró el capitán Pedro de Orsúa, y se pasó por ella sin poblar, y después de Pedro de Orsúa entró el capitán Melchor de Valdés, por comisión de los oidores Góngora y Galarza.

 

Según he dicho, la pasada del capitán Martínez por esta tierra de los muzos dejó a los naturales tan briosos que tomaron avilantez a salir de sus tierras juntos en escuadrones y meterse por algunos pueblos de indios moscas, destruyéndolos y arruinándolos, llevando cautivos todos los que podían haber para comer, porque toda esta gente muza come carne humana y ponen muy gran solicitud y diligencia en haber los indios moscas o panches o de otras naciones para comer; y con estos daños y males que hacían atemorizaban tanto los indios moscas que les constreñían a dejar sus tierras y pueblos e ¡rse a vivir a otras partes.

El licenciado Miguel Díaz, que todavía gobernaba el Reino, para obviar y estorbar los daños que los muzos en los moscas hacían, dio conducta y encargo a Pedro de Orsúa, su sobrino, que juntase la gente que pudiese y entrase a poblar y pacificar esta provincia, y a dar orden cómo los indios muzos no saliesen a hacer los daños que hacían.

Orsúa era capitán afable y bien quisto de los soldados y plebeyos, por sus buenos medios y términos de que en todas las cosas con discreción usaba, por lo cual en pocos días juntó ciento cincuenta hombres, bien aderezados, de a pie y de a caballo, y por ver mejor lo que la provincia era y los naturales que en ella había, comenzó su entrada y jornada por ciertos pueblos y nación de indios llamados los canapeyes, cercanos al río grande de la Magdalena, por aquella parte por donde está el camino que de la ciudad de Vélez va al río grande de la Magdalena, al desembarcadero de Carare que Lanchero descubrió.

Era esta gente canapeyes belicosa y caníbal, y muy indómita, y en aquel tiempo tenía fama de muy rica, que fue principal ocasión para que el capitán Orsúa y sus soldados tornasen esta vía, que era la más mala y trabajosa que para entrar en la provincia había.

De los particulares sucesos y recuentros que en esta jornada tuvo Pedro de Orsua, no trataré aquí por extenso, porque de ellos y de todo lo sucedido en las Indias a este capitán hasta que en el Marañón fue muerto por ciertos traidores | 2 , a quien después llamaron marañones, con todo el suceso y fin de Lope de Aguirre, he hecho particular compendio en la segunda parte | 3 , y así para cumplimiento de este lugar bastará decir que atravesando y andando por toda la más de esta provincia de los muzos cierto tiempo tuvo muchas guazabaras con los naturales que con obstinación lo seguían y pretendían dañar, de los cuales siempre se libró con buena fortuna, antes dañando a los enemigos que recibiéndolo de ellos, y queriendo poblar un pueblo, los soldados no estaban contentos de los naturales ni de su territorio y les parecia gente miserable y pobre, aunque guerrera y belicosa, y tenían por cosa dura pelear con gente de quien no esperaban gratificación ni remuneración de sus trabajos. Demás de la ponzoña que las flechas con que herían traían, y puyas que por los caminos ponían, les ponía doblado temor a causa de que vían morir a los heridos rabiando, porque como entonces aún no tenían casi experiencia del modo como se habían de curar los heridos de yerba, morían todos sin escapar ninguno, muertes bien penosas y trabajosas, y así dejó Orsúa por esta vez de poblar y vino a salir a una provincia de indios panches llamado calamoyma, que hoy sirve y es sufragánea a la ciudad de Santafé, cuyos naturales estaban entonces rebeldes y hacían toda la guerra que podían contra los españoles, por lo cual le fue necesario o forzoso al capitán Orsúa detenerse algunos días entre la gente de esta nación, de los cuales fue acometido diversas veces y siempre hubo entera victoria de ellos; y de allí se salió con su gente a este Reino, donde intentó la jornada de los dos ríos, y sobre ella hubo el efecto que en el lugar dicho se escribe.

Pasado el gobierno de Miguel Díaz, el emperador envió Audiencia al Nuevo Reino de Granada, y por oidores de ella a los licenciados Góngora y Galarza, que entraron en este Reino el año de cincuenta. Hallaron la tierra algo temerosa de ser mucha parte de ella asolada y destruída por los indios muzos, que como de antes, salían a los caminos y pueblos de indios moscas a saltear y a llevar gente para comer, por lo cual dieron orden en cómo se fuese a poblar y pacificar, y ya que esto no se pudiese hacer, se les hiciese alguna resistencia para que tan desvergonzada y atrevidamente no saliesen a hacer los daños que hacían; para el cual efecto nombraron por capitán a Melchor de Valdés, de quien tenían toda confianza por su antigua experiencia. Es este Valdés el que Benalcázar traía por su maese de campo cuando entró en el Reino, y al presente es vecino de la ciudad de Ibagué, y allí es persona muy principal.

El capitán Valdés, con la más presteza que pudo, juntó hasta sesenta hombres mal aderezados de las cosas necesarias para semejantes entradas, y con ellos, desde la ciudad de Santafé, se fue y entró en Muzo; porque como los oidores eran recién venidos de España y traían muy a cargo el mirar por los indios y no consentir que se les hiciesen daños ni guerras ni malos tratamientos, querían obviar el mal que los muzos hacían a los moscas, sin que a los muzos se les hiciere ningún daño, y así en la comisión que a Valdés le dieron, no se extendieron más de que sin hacer ni tener ninguna guerra con los indios los pacificasen o llamasen de paz; y como el capitán Valdés y los soldados entendían tener pocas guazabaras con los indios, salieron tan desproveídos de lo necesario y tan pocos en número que en breve tiempo fueron rebatidos de los indios y constreñidos a que se saliesen fuéra con pérdida de algunos españoles, de lo cual fueron a la entrada avisados del cacique llamado Paja, que los dijo que no se descuidasen ni fiasen en ninguna paz que los indios les diesen, porque había de ser cautelosa y versuta, con la cual los habían de matar o damnificar en pudiendo o en dividiéndose en alguna parte los unos de los otros. Mas los españoles, no haciendo caso de este aviso y noticia que Paja los daba, se entraron en la tierra con más confianza y descuido del que debieran llevar, saliéndoles al camino algunos indios con su cautelosa paz, sólo por reconocer y ver los españoles que eran y los caballos y otros aderezos de guerra que traían consigo, sin hacer otra novedad ni alboroto alguno; y desque fue Valdés bien la tierra adentro hizo su alojamiento cerca de donde dicen la lagunilla, en la parte que le pareció más acomodada para poder ofender y defenderse si los indios viniesen sobre ellos a damnificarle o dañarles o dar las guazabaras, con designio de intentar desde allí traer los indios a su amistad y comunicación, donde estuvieron alojados más tiempo de un mes sin ver ni parecer indio de la tierra de paz ni de guerra en todo aquel territorio que el alojamiento señoreaba y terna presente, que hacía estar en gran confusión al capitán y a los soldados; pero los más lo tenían por clara presunción o señal de que los indios se congregaban y coadunaban para venir sobre ellos y mover alguna sangrienta pelea.

Estando los españoles en esta confusión vinieron a su alojamiento dos indios de paz, o fingiendo venir a tratar paces, cuyo principal intento era reconocer mejor y con más certidumbre el alojamiento de los españoles y la gente de pelea que en él había, para mejor determinarse en lo que debían hacer. Valdés, sospechando lo que podía ser, prendió los dos indios que con esta fingida paz habían venido a su alojamiento, y con todo vigor se procuró informar de ellos, dónde estaban los demás naturales de la provincia y pueblos comarcanos, los cuales luégo confesaron y dijeron cómo se congregaban y juntaban para que, tomando las armas en las manos, venir sobre ellos.

 

Capítulo tercero En el cual se escribe cómo Valdés envió a Machin de Oñate con gente para que diese en donde los indios estaban congregados y los desbaratase, y cómo por el mal gobierno de este caudillo fueron heridos muchos soldados y puestos todos en grande aprieto de los indios y él fue muerto de los indios y los demás soldados escaparon.

 

Informado el capitán Valdés de la parte y lugar donde los indios hacían junta y borracheras, porque, como en otras partes de esta historia he tratado, todas las veces que los indios han de tomar las armas para venir sobre los españoles, si hay lugar y tiempo para ello, hacen antes grandes borracheras, así para determinarse de poner en efecto el hecho, como para ir a la guerra con más ánimo, porque estos bárbaros, como tienen puesta toda su bienaventuranza, así presente como futura, en el comer y beber, tienen por opinión que yendo a la guerra embriagados y hartos pelean mejor y con más ánimo, y el lugar donde estas borracheras se suelen hacer siempre suele ser señaladamente el del cacique más principal o más belicoso que en la provincia hay. Sabida la certidumbre de dónde era este lugar, Valdés determinó enviar españoles a él para que tornando y hallando a los naturales embriagados y en su regocijo y algo descuidados, fuesen sobresaltados y a menos riesgo y peligro de los españoles, desbaratados.

De la gente que en el alojamiento había fueron apercibidos cuarenta soldados, y con ellos por caudillo Machin de Oñate, vizcaíno, que fue en tiempo de Cubagua con otros soldados en descomponer a Jerónimo Ortal de su dignidad de gobernador cuando entró a descubrir la tierra adentro, según que en la historia que de Jerónimo Ortal escribimos se trata largo.

Machin de Oñate salió con sus cuarenta compañeros y se apartó del alojamiento a dormir aquel día, legua y media a una loma alta que está cerca la lagunilla, donde otro día de mañana los indios, que por sus espías y atalayas tuvieron noticia de su salida, amanecieron a vista de ellos, con las armas en las manos. El caudillo, reconociendo la mucha gente de que estaba cercado, aunque no creyó que fueran tan briosos que le osaran acometer, quiso usar de algunos ardides de guerra, que fueron bien en daño y perjuicio suyo, porque conforme a la disciplina que de semejantes aprietos se suele en las Indias usar, dejó en el lugar donde había dormido, emboscados, doce soldados, para que acudiendo allí los indios, como lo tienen de costumbre, fuesen de repente asaltados de los emboscados y heridos y espantados; y demás de éstos envió otros doce soldados una loma abajo a emboscarse en una quebrada, para de allí salir a hacer salto. Pero todo esto fue, como he dicho, en gran perjuicio y daño de Machín y de los soldados, porque como los indios eran en tanta cantidad y vieron los pocos españoles que con el Caudillo iban marchando la loma arriba, con su rústica ordenanza y escuadrones cerrados, de los cuales salían grandes nubadas de flechas, se vinieron acercando a donde Machin iba caminando, el cual, luégo que vio la multitud de los bárbaros que sobre él venían, que según certifican los que presentes se hallaron, pasaban de cuatro mil, comenzó a llamar a los demás soldados que habían quedado emboscados; pero como los indios por todas partes se les venían acercando, y aun los venían cercando con designio de llevarse los españoles a manos para comérselos, para el dial efecto traían Consigo grandes sogas con que atar los prisioneros, no tuvieron a esta causa lugar de juntarse y favorecerse los españoles los unos a los otros con la brevedad que convenía, y si así fueron tan de golpe combatidos de los indios que antes que se juntasen en el lugar donde el caudillo estaba, habían muerto ya dos españoles y herido al caudillo, y cuando se vinieron a juntar todos los soldados, se hallaron los treinta de ellos heridos de yerba o ponzoña con que estaban untadas las flechas con que los habían flechado; pero aunque heridos y lastimados tan malamente, porque ya se sabían los tocados de la ponzoña cuán irremediable era su mal, con estar todos juntos eran parte para impedir la canalla y multitud de los bárbaros que no les ofendiesen ni perjudicasen con el rigor que de antes, pero no para que fuesen bastantes ni poderosos a echar y ahuyentar de sobre sí a los indios, que aunque estaban con sus escuadrones algo apartados de los españoles tenían los cercados de suerte que no eran parte para retirarse por ninguna parte ni salirse seguramente de aquel peligro en que estaban; porque ya no deseaban más de poderse retirar y salir al alojamiento donde Valdés estaba, y esto érales muy imposible, porque los indios les tenían tomado el paso por donde los caballos habían de salir de aquella alta loma donde estaban y lo tenían fortificado con más guarnición de gente que otra ninguna parte.

Y aunque Machin de Oñate, para ahuyentar los indios de aquel lugar, envió seis hombres de a caballo, bien armados, con otros cuatro peones, para si alguno de los jinetes cayese fuese socorrido y favorecido, fue su trabajo de estos soldados en vano, porque como llegasen a donde los indios estaban y arremetiesen con sus caballos y lanzas para desbaratarlos y ahuyentarlos de aquel lugar, los indios, abriendo sus escuadrones, dejaban pasar el ímpetu de los caballos, sin que atropellasen a ninguno, y en teniéndolos en medio disparaban contra ellos gran cantidad de flechas, las cuales empleaban así en los caballos como en los jinetes, sin que recibiesen mucho daño, pero como estos hombres de a caballo ellos y sus jumentos iban bien cubiertos con las armas que llevaban encima, hacíanles poco daño la flechería que sobre ellos llovía, los cuales, después de haber andado batallando buen rato sin hacer ningún efecto, se retiraron a donde el caudillo estaba bien afligido de ver el mal suceso de su salida y cuán opresos los tenían aquellos bárbaros; pero como el detenerse más tiempo en aquel lugar era para mayor daño y perdición suya y de sus compañeros, acordó arrojarse con los caballos por un muy derecho y empinado derrumbadero que la loma hacía, a una quebrada de la cual podían con facilidad subir a otra loma más acomodada para su defensa. Mas como en todo se le mostraba adversa la fortuna a este caudillo, así fue este remedio último para total perdición suya y de otros soldados que le siguieron, porque parece que el demonio daba aviso a los indios de lo que los españoles pretendían hacer, que al tiempo que el caudillo fue a echar los caballos por el derrumbadero abajo estaban tres escuadrones de indios, en la quebrada, esperando que llegasen los caballos a ella, y como cuando vio los indios había ya echado los caballos, fuele forzoso arrojarse él y otros soldados tras ellos, y al tiempo que Machin de Oñate iba descendiendo por el derrumbadero o volcán abajo, como iba ocupadas las manos en tenerse para no rodar, saliósele la espada de la vaina, y quedósele en el derrumbadero, de suerte que cuando llegó abajo, a donde los caballos y los indios estaban, se halló sin ningún género de armas mas de con las espuelas a los pies, y como los indios lo vieron sin espada arremetieron a él sin ningún temor y tomáronlo vivo, para usar con él de diversos géneros de crueldades. Pero Machin de Oñate, que conocía ya la inhumanidad de los indios, tuvo por mejor morir allí que esperar a experimentar los tormentos que se le habían de dar, y para incitar a ello a los indios sacose una espuela del pie y con ella comenzó a herir con buen ánimo en los bárbaros que lo tenían preso, de tal suerte que los forzó a que lo soltasen, y aunque después procuraron tornarlo a haber vivo a las manos, nunca pudieron, porque Machin se defendía tan valerosa y briosamente con la espuela que no consentía que ningún indio llegase a él a prenderle; y visto por los bárbaros que su deseo no se podía cumplir, comenzaron a flecharle desde afuera con tanto ahínco que en breve tiempo lo pusieron de extraña figura con la infinidad de flechas enherboladas que por todo el cuerpo le hincaron, y algunos procuraban acercarse con unas largas macanas que tenían del grandor de montantes, con las cuales asímismo le daban recios golpes hasta que lo derribaron en el suelo y allí lo acabaron de matar viendo que no podía vivir para cumplir en él su deseo.

A los demás soldados que con Machin de Oñate se arrojaron tras los caballos, les fue rescate de la vida la muerte de Machin de Oñate, porque como los indios pusieron toda su eficacia y motivo y la fuerza de sus armas en detener al caudillo que no se les fuese, tuvieron lugar de escaparse de sus manos e irse la quebrada adelante, que era muy arcabucosa, por la cual fueron a medianoche, cada uno de por sí, a salir al alojamiento donde el capitán Valdés con el resto de la gente había quedado, y le dieron noticia del mal suceso de Machin de Oñate y de los soldados que con él habían salido. La demás gente que quedó en lo alto de la loma cuando los caballos y Machin de Oñate se arrojaron por el derrumbadero, viendo el mal suceso del caudillo y de los que con él habían bajado, pareciéndoles tiempo acomodado aquel en que parte de los indios estaban ocupados en la muerte del caudillo, considerando que si más tiempo allí se detenían que había de ser para ver su destrucción y ruina, animándose todos, sanos y heridos, a una arremetieron a los escuadrones de indios que les tenían tomado el alto y defendían el paso por do habían de pasar, y rompiendo por ellos con ánimos y bríos españoles, atravesaron con gran presteza la multitud de los bárbaros sin recibir casi daño ninguno más del que antes habían recibido en vida de su caudillo. Pero los indios fuéronlos siguiendo hasta encerrarlos en el alojamiento donde Valdés estaba.

Entre estos españoles y soldados había ido un herrador, a quien antes de tiempo le faltó el ánimo de guarecerse con la vida, y pareciéndole que era imposible escapar ninguno de estos españoles con la vida, queriendo alargar la suya algo más, tomó por remedio esconderse en un balsar, teniéndolo por competente reparo y pareciéndole que los indios no le veían esconder; pero como estas sus consideraciones fuesen vanas y le saliesen muy al revés, fue en breve tiempo preso de los indios, que le habían visto esconder, y llevándole vivo a su pueblo le horadaron la barba por entre las dos quijadas, de suerte que el agujero le salía a la boca debajo de la lengua, por el cual le metieron una cabuya o soga algo gruesa y con ella le traían atado de mercado en mercado y de borrachera en borrachera, celebrando con él grandes fiestas y regocijos, en los cuales le iban quitando cada miembro por sí, cortándole un día una mano y otro un pie y otro un brazo, porque en ir martirizando este hombre de esta suerte y dándole tan cruel muerte recibían estos bárbaros gran delectación y contento, y son de tal condición que se entiende de ellos que aunque en poder de los españoles estuvieran muchos prisioneros indios de su nación y pueblos y todos se los dieran por este soldado o por otro cualquiera que tuvieran preso, que en ninguna manera vinieran en hacer este trueque, sólo por ejercitar en los españoles que prenden todo género de crueldad, y así conociendo los soldados este género de brutalidad y fiereza en los indios, si alguno se ve en aprieto de ser tomado y haber de venir a manos de indios, procura morir peleando antes que rendirse a arbitrio de tan bárbaros y crueles enemigos; porque pocas veces se ha visto que una vez preso de indios se haya escapado de sus manos.

1  La palabra "duodécimo" reemplaza a décimotercero, tachada.  Véase nota 1 al libro 5°
2   En el texto se lee "tiranos", palabra que fue enmendada por "traidores".
3 Las palabras "en la segunda parte" están añadidas al margen con letra distinta

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