Capítulo décimoquinto
Cómo la Audiencia
proveyó por justicia mayor a Pero Bravo de Molina, de Mérida, el
cual repartió los indios de Mérida; y cómo el capitán Juan
Rodríguez Juárez se huyó de la cárcel, y por cobrar fama de alzado
o amotinado envió la Audiencia tras de él a prenderlo a Alonso
Desperanza, vecino de Pamplona.
Habían, como he dicho, quedado neutrales los indios de Mérida,
porque el capitán Maldonado por no agraviar a nadie ni que de él
hubiese quien se quejase con esta color que le había quitado los
indios por darlos a sus amigos, no los quiso repartir ni depositar,
que fue un bien pesado daño para los naturales, por causa de los
muchos mudamientos y removimientos que en ellos hubo, y visto esto
por algunos de los soldados que en aquella tierra habían entrado
con Juan Rodríguez, pretendieron por virtud de las encomiendas que
Juan Rodríguez les había hecho, servirse de los indios, y aun lo
pidieron ante Bernaldo de Ledesma, persona a quien Maldonado había
dejado en su lugar para el gobierno de la tierra, y que después fue
confirmado en él por el cabildo del propio pueblo, que como he
dicho, a esta sazón se llamaba Santiago de Caballeros, el cual no
sólo no se lo quiso consentir, mas sobre ello envió presos a
algunos de ellos a la Real Audiencia, a fin de evitar algún tumulto
que de intentar este negocio se podía recrecer.
Los oidores, que a la sazón eran Grageda, Maldonado, Tomás López
y Artiaga, para dar algún asiento en estos negocios y otros que
cada día en esta tierra se recrecían, enviaron por Justicia mayor
de ella a Pero Bravo de Molina, no adjudicándole ni poniéndole al
pueblo título de ciudad, sino solamente le nombraban la población
de Sierras Nevadas; porque como en este tiempo había con mucho
calor el rey mandado que no se hiciesen nuevas poblazones, no
querían los oidores admitir la fundación de esta ciudad ni de otras
que casi de la propia manera se habían fundado, sin que primero
tuviese el rey y los de su Consejo Real de las Indias noticia de
ello.
Pero Bravo, con la conducta de justicia mayor que se le dio, se
fue a Mérida, y luégo se determinó a repartir los naturales entre
los soldados que lo habían trabajado; pero primero envió a
Bartolomé Maldonado con cierta gente a descubrir lo que había a las
vertientes de la laguna por aquella parte más cercana a la culata
de la quebrada que llaman de pernia o de los alisares, donde
descubrió, entre grandes montañas, ciertas poblazones que fueron
llamadas de las galgas y capas, porque los indios, teniendo aviso
de cómo los españoles iban a sus pueblos y forzosamente habían de
subir por una derecha cuesta, pusieron en lo más alto de ella
muchas piedras y muy crecidas y grandes, que es lo que llaman
galgas, y dejándolas caer sobre los españoles que iban subiendo,
los pusieron en condición de descalabrarlos y maltratarlos, y así,
si no fueran amparados de los árboles que por junto al camino
había, no dejaran de recibir daño, aunque algunos soldados hubo que
con más temor del que debían tener, dejando las armas, se dieron a
huir por entre la montaña forzosamente, que después fue necesario
andarlos a buscar; y por este respeto fue el un pueblo de ellos
llamado Las Galgas. En el otro se hallaron ciertos cobertores de
hojas de palma tejidas en cierta forma, que casi cubrían un hombre
de alto abajo, aunque muy angostas, de las cuales se le dio al
pueblo esta denominación.
No tuvieron estos españoles otra refriega que de contar fuese, y
así, dende a ciertos días que hubieron visto y andado estas
poblazones y otras a ellas comarcanas, se volvieron al pueblo,
donde Pero Bravo, que ya tenía título de capitán, se dio a repartir
los indios entre los soldados. Después de haber partido términos
entre este pueblo y el de la gente de Ruiz, que ya era llamado
Trujillo, y estaba en él Diego García de Paredes, que antes había
poblado, no pudo el capitán Bravo hacer el apuntamiento y
repartimiento de la tierra tan a su gusto como quisiera ni tan a
contento de todos como era razón, porque los naturales eran pocos y
los pretensores muchos, y así hubo más quejosos que contentos, pero
con todo esto, concluyó y acabó de repartir la tierra como mejor le
pareció, y metiendo en posesión de los indios a los que los querían
recibir, envió el apuntamiento a la Real Audiencia, dando cuenta
de lo que había hecho y las causas por que se había movido a ello.
Tras del apuntamiento se fueron muchos quejosos a representar sus
agravios y a que no se confirmase lo hecho por Pero Bravo.
En este mismo tiempo los oidores habían visto las causas
criminales que contra el capitán Juan Rodríguez, y el fiscal había
fulminado y acusado, por lo cual le tenían puesto en prisión;
aunque la causa principal de este rigor fue el haberse desmandado a
hablar contra algunas personas principales y aun de la propia
Audiencia, y como Juan Rodríguez entendiese que los jueces estaban
indignados contra él, y que estando el proceso para sentenciarse no
podía dejarse de usar de severidad en la sentencia, acordó no
esperar a oírla, y rompiendo una noche las prisiones, se fueron él
y Juan Esteban y otros presos de la cárcel, y viniéndose hacia
Pamplona con algunos amigos escondidamente, se anduvo algunos días
por los repartimientos de aquella ciudad, amenazando a unos y a
otros vecinos con la muerte; y como él era hombre arrogante y
soberbio hizo que contra él se engendrase sospecha de que andaba
fuéra del servicio del rey, y así, Tomás López, oidor que a la
sazón andaba visitando en Pamplona, envió cuadrillas de españoles
por diversas partes a buscarle y a prenderle, y no pudiendo por
esta vía ser habido, la Audiencia nombró por juez a Alonso de
Esperanza, vecino de aquella ciudad, que con gente lo siguiese y
prendiese; pero Juan Rodríguez, temiendo su perdición, se apartó de
Pamplona, y pasando por Mérida y sin hacer daño ninguno, se fue a
la gobernación de Venezuela, donde después murió en manos de los
indios caxacas
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9
.
Esperanza le siguió hasta Trujillo, y como las justicias y
vecinos de aquel pueblo no se lo consintiesen prender, por no ser
sufraganos a la Audiencia del Nuevo Reino, se volvió a Santafé a
tiempo que el apuntamiento que de los indios había hecho Bravo, se
había presentado, y que los quejosos habían pedido que los
desagraviasen, y por desechar los clamores de muchos que de Mérida
en aquella ciudad de Santafé se habían congregado y pedían que los
desagraviasen y mandasen dar indios, la Audiencia nombró por juez
para ello al mismo Alonso Puelles Desperanza, que yendo a Mérida y
haciendo información de lo que cada uno había servido, repartiese
de nuevo los indios, desagraviando a los agraviados; y con esto
echaron los oidores de sí las importunidades y pesadumbres de los
que se quejaban.
Capítulo décimosexto
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10
En el cual se
escribe cómo la Audiencia envió a Mérida a Alonso Desperanza a que
repartiese de nuevo los indios, y cómo no confirmó lo que Esperanza
había repartido
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y los propios oidores hicieron de nuevo
el apuntamiento.
Fue de muy gran contento y alegría para los quejosos y
agraviados ver que habían salido con su interés, y que a su
petición se había anulado el apuntamiento que Bravo había hecho, y
mandado que de nuevo se hiciese; y así todos juntos se fueron
acompañando al nuevo comisario, que era, como he dicho, Alonso
Puelles Desperanza, a quien cada cual pretendía contentar por
tenerle propicio para el tiempo de repartir.
Pasábase en este tiempo para ir a Mérida por entre muchos indios
de guerra, como eran el valle de Santiago y el valle de la Grita, y
los bailadores, donde más peligro había y aún hoy en día lo hay,
porque como estos indios bailadores están en montaña y al principio
de ella, los españoles forzosamente han de pasar por medio del río
de aquel valle, que es harto angosto: los indios se ponen en
lugares altos y acomodados y seguros para ello, que llaman
flechaderos, y de allí, sin peligro ninguno suyo, y aunque sin que
puedan ser vistos de los caminantes, disparan y emplean sus flechas
en los que pasan, y así en esta jornada le hirieron a Esperanza
muchos indios e indias y caballos, y otras muchas veces han hecho
mucho daño en ganados vacunos que por aquí suelen pasar, saliendo
de noche a ellos y hurtándoles el ganado que pueden lo llevan a sus
casas y se aprovechan de ello para comer y criar; pero este daño
del ganado les perdonarían con que dejasen pasar seguramente a los
pasajeros, los cuales ya no osan pasar de día por cerca de esta
poblazón, sino esperando a que anochezca caminan con obscuridad,
llevando por guía y camino el propio río, por no ponerse en peligro
de que los flechen.
Llegó Esperanza a Mérida, donde los españoles estaban con algún
contento de que ya los indios empezaban a servir y conocer a sus
depositarios o administradores, y como vieron el nuevo removimiento
que había de haber comenzáronse a turbar todos, de suerte que ni
los indios querían ya servir ni los españoles hacerles que
sirviesen; pero con todo su disgusto y desabrimiento obedecieron lo
que la Audiencia les mandaba y dieron lugar a que el nuevo juez,
Alonso Desperanza, usase de su comisión; el cual para que hubiese
menos quejosos y con qué contentar a más, envió a Juan Díaz de
Atena, con ciertos españoles, a que descubriese y viese un valle
que a las espaldas de las acequias se hacía, a quien los naturales
llamaban Macaría, y los españoles llamaron después el valle de la
Paz, porque como en él entrasen, los naturales, con ser muchos y
estar muy juntos, nunca se alborotaron ni espantaron ni dejaron sus
casas, antes con mucha afabilidad tractaban con los españoles, y
así siempre estuvieron de paz.
Vista la poblazón que en este valle había, que serían quinientas
casas en poca tierra y muy acompañadas de arboledas fructíferas, se
volvieron al pueblo, sin abajarse mucho abajo, porque según hacía
la tierra la demostración, parecía estar cerca de allí los llanos
de Venezuela; y con estas pocas casas que de nuevo se habían visto
y acrecentado, Esperanza comenzó a hacer informaciones de los
servicios que cada uno había hecho, cosa por cierto de ver y notar
y aun de reír que no hubiese soldado, por paupérrimo que fuese y
hubiese sido, que no probase y averiguase que había sustentado una
casa y en ella a otros soldados, y por ventura nunca el pobre había
alcanzado qué comer solo, iten que había metido muchos caballos,
que había trabajado muy principalmente en la conquista y
pacificación de aquella tierra, y lo que más era de llorar, no
había hombre, por cruel y malo que fuese, rústico y torpe y que
apenas por ventura sabía rezar ni gobernar su persona, que no
probase y averiguase que era capaz de tener indios encomendados, y
que con la encomienda que en él se hiciese estarían los indios bien
tratados y doctrinados y la conciencia del rey descargada. Y si así
se les hubiesen de visitar los repartimientos de estos tales,
hallaríanlos sin indios y sin naturales; con los cuales se usaba de
más piedad y misericordia, no sólo en no dárselos ni
encomendárselos, sino en despojarlas hoy de ellos que en dejárseles
tener; porque mientras más los tuvieren, más enzalamados y
enredados se han de hallar y ofuscados, por no poder hacer ni
seguir las cosas de su salvación; porque estos tales ni saben qué
es tratar bien a indios, ni qué es doctrinarlos, ni qué es
descargar la conciencia del rey. Y así lo debían mirar bien los
gobernadores que los encomiendan y aun mirarlo con curiosidad los
visitadores, que muchas veces, a trueque de no cobrar nombre de
severos entre los españoles, dejan de hacer lo que son
obligados.
Pues por lo que a Esperanza le constó de estas informaciones,
repartió los indios, y no tan a contento de todos, porque esto es
imposible, que no quedasen algunos quejosos y descontentos, pero
pocos e interesables.
Concluso el apuntamiento, se volvió con él a la Real Audiencia,
dejando a los que había dado los indios en posesión de ellos. Los
quejosos se fueron con él a la Audiencia, y allá se dieron tan
buena maña, con otros que en el camino se les juntaron, que
hicieron que no se confirmase ni aprobase. A esto se juntó que en
esta sazón sucedió el alzamiento del traidor Lope de Aguirre, con
cuyo desbarate y muerte le convino al capitán Bravo y a otros ir a
Santafé a dar noticia a la Audiencia de lo que en este suceso y
muerte de Aguirre había pasado, los cuales llegaron a tiempo que
los oidores estaban indeterminables y dudosos en el deshacer lo que
Esperanza habla hecho, pero al fin lo vinieron a anular todo y a
tornarlo ellos a hacer de su propia mano, y a repartir los
naturales por la orden que el capitán Bravo y otros les dijeron, y
de ello dieron provisión real para que se guardase lo que habían
ellos repartido y señalado, y cada vecino poseyese lo que ellos de
nuevo le daban y no otra cosa; pero después que llegó este
apuntamiento y provisión a Mérida fue mayor el daño que con él se
siguió, porque demás de haber nuevos removimientos, y que se habían
quitado indios a unos y dádose a otros, despojaron de todo punto
algunos vecinos, que lo habían trabajado, de todo lo que tenían y
poseían y los habían dejado sin ninguna suerte de indios, por lo
cual les fue necesario a estos tales volver a la Audiencia a pedir
que sus agravios se deshiciesen.
Capítulo decimoséptimo
En el cual se
escribe cómo los oidores enviaron a Ortún Velasco que tornase a
repartir los naturales, y cómo el presidente Venero
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12
, que a la sazón vino, los encomendó; y
los corregidores que después hubo en Mérida, con la manera de los
naturales y temple de la tierra.
La rectitud y celo de los que en esta sazón gobernaban y
administraban justicia en la Audiencia era tanta, que siendo
informados que con el apuntamiento que habían hecho habían
agraviado algunos soldados, quisieron más que la reputación de
hombres constantes, que deseaban sustentar lo que hacían, se
perdiese, que no que sus conciencias se encargasen, y así
deshaciendo lo que ellos propios habían hecho, nombraron de nuevo
al capitán Ortún Velasco, vecino de Pamplona, que fuese a Mérida, y
haciendo una masa toda la tierra, desagraviase los agraviados y
tornase a dar de nuevo los indios, e hiciese nuevo apuntamiento y
repartimiento. Y aunque Ortún Velasco era ya hombre anciano, y muy
cargado y enfermo de gota, no rehusó la carrera por complacer y
tener propicios a los que se lo mandaban; y juntamente con esto, le
encargaron que tomase residencia al capitán Pero Bravo de Molina
del tiempo que había sido justicia en aquel pueblo, y a todos los
otros oficiales de república, como eran alcaldes y regidores y
alguaciles.
Ido a Mérida Ortún Velasco, luégo procuró enviar a descubrir por
la vía del valle de la Paz, que había noticia que por la parte de
abajo de él estaban ciertas poblazones; mas en la verdad, aunque
fueron a buscarlas españoles, solamente hallaron cierta tierra que
llamaron el valle de los Mogotes, de pocos naturales, y esos muy
apartados del pueblo. Asimismo sucedió que en este mismo tiempo,
ciertos indios del valle de las Cruces y de Mochachi, que estaban
rebeldes, vinieron a dar de mano armada sobre unos poblezuelos de
las acequias de la otra parte del río, donde hicieron el estrago
que pudieron, porque de la gente que en los bohíos hallaron ninguna
dejaron con la vida, y pegándoles fuego a los bohíos dejaron de
todo punto asolado y abrasado aquel pueblo, que después vino a ser
de Agustín de Cáceres, y aun en la sazón que este daño se hizo en
él lo eran. Y no quiso el capitán Ortún Velasco enviar a castigar
los que habían hecho esta crueldad, por ver que los propios vecinos
de Mérida ponían por capítulos y cargos al capitán Bravo el haber
enviado a castigar algunas rebeliones y muertes de españoles que
los indios de la provincia habían hecho; con que pretendieron tomar
venganza de la enemistad que contra él tenían, con haber sido lo
que Bravo había hecho cosa muy necesaria y conveniente a la quietud
y paz de toda la provincia; porque con castigar a algunos de los
delincuentes y culpados habían escarmentado los demás y estaban de
paz; pero tenían los tan ciegos el deseo de vengar sus particulares
pasiones, que ninguna de estas cosas miraban ni consideraban, antes
deseando hallar muchas ocasiones de que hacer y fulminar cargos, le
oponían cosas muy feas y bajas, procurando por esta vía deshacer y
aniquilar la buena reputación que Bravo, por el valor y ánimo de su
persona, había cobrado en todo el Reino y fuéra de él; lo cual les
aprovechó muy poco, porque viendo después su residencia el
presidente Venero y oidores y mirando con atención cierta
información que Bravo había hecho para su descargo y abono de lo
mucho que había servido al rey en la alteración y disbarate del
traidor Aguirre, fueron tantas y tan loables las cosas que de él
allí se leyeron, que no pudo el presidente dejar de dar a entender
por palabras lo mucho que el rey y aun todo aquel Reino y
gobernación de Venezuela le debían y eran a cargo, pues mediante su
industria y mucha diligencia que en ir a servir al rey contra aquel
traidor había puesto, había cesado y habido fin su alteración y
rebelión,
Conclusos los negocios de residencia que llevaba a cargo Ortún
Velasco, luégo de nuevo tomó en sí la tierra y la repartió como
mejor le pareció, desagraviando a unos y descontentando a otros, y
por mucho que lo procuró no pudo evitar que no hubiese quién se
quejase de lo que él había hecho, y perpetuamente hubiera quejosos
y hombres que pidieran removimientos en los naturales, si con la
venida del doctor Venero, presidente, no cesaran estas cosas,
porque como Ortún Velasco, yendo a dar cuenta de lo que había hecho
a la Audiencia, hallase ya en ella al presidente, a cuyo cargo
estaban semejantes negocios, tomó en silo que Ortún Velasco llevaba
hecho, y oyendo a los presentes que se quejaban e informándose de
la justicia de los ausentes y de lo que cada uno merecía, hizo
nuevo apuntamiento y repartimiento, por el cual encomendó los
indios; y con esto, como he dicho, tuvo asiento y reposo el andar
los indios de un día para otro mudando amos, que les causó harto
daño y menoscabo, porque como de la primera conquista todos o los
más habían dejado sus casas y pueblos e indios e ídose a partes
remotas e incognitas, teman después los españoles gran trabajo en
tomarlos a juntar y volver a poblar en sus propios pueblos, y como
vían que con los removimientos de los nuevos apuntamientos quitaban
a unos los indios que con tan gran trabajo habían llegado y juntado
y se los daban a otros, parecíales cosa dura y grave, como en la
verdad lo era, llevar adelante semejantes trabajos, y así no se les
daba ya nada por poblanos ni juntarlos, hasta que, como he dicho,
el doctor Venero los encomendó, y cada cual tuvo certidumbre de que
por virtud de las encomiendas habían de permanecer con él los
indios que le daban.
Envió el presidente por primer corregidor de Mérida a Juan del
Rincón, para que hiciese cumplir lo que en su apuntamiento se
contenía. Rincón fue a Mérida, y estuvo en ella algunos días, hasta
que lo que el presidente mandaba hubo efecto, y como él era vecino
de Pamplona y tenía su hacienda en aquel pueblo, volviose a su
casa, dejando de sí buena loa de haber bien gobernado entre los
vecinos de aquel pueblo. Y después que el presidente tuvo noticia
de su ausencia proveyó por corregidor a Juan Andrés Varela, vecino
del propio pueblo, al cual le tuvo poco tiempo la jurisdicción,
porque como tuviese noticia el presidente de los bandos de aquel
pueblo, que entre primeros y segundos había, pareciéndole que por
ser Juan Andrés uno de ellos no podía dejar de andar la justicia
parcial, revocole la conducta que de corregidor le había dado, y en
su lugar proveyó por corregidor de este pueblo y de la villa de San
Cristóbal a Bernardino de Villamizar, al cual los vecinos de este
pueblo no quisieron recibir ni admitir en el cargo, pareciéndoles
que se les había hecho agravio y ofensa en darles por corregidor a
este soldado, que demás de ser muy mal acondicionado, había cobrado
mala fama por haber vivido ociosamente en el Reino. Los vecinos se
quedaron con ello sin que les costase cosa alguna, y por esta causa
fue proveído en el cargo Juan Ortiz de Olmos, que gobernó el
pueblo, aunque con disgusto de algunos, poco más tiempo de un año,
y dejando el cargo de su propia voluntad, se volvió a salir de
Mérida, y fue tornado a proveer en el dicho cargo Juan Andrés, y es
de saber que desde que Juan Maldonado entró en esta tierra que no
hubo casi guerras ningunas entre los naturales y españoles, antes
siempre, como he dicho, andaban los indios huyendo de unas a otras
partes, de temor que tenían; mas después que vinieron a entender el
poco daño que se les hacía, ellos mismos se vinieron a convidar con
la paz y a sujetarse a la servidumbre en que hoy en día están.
El provecho que en esta tierra tienen hoy los españoles es unas
pobres minas de oro, de donde tienen una miserable pasadia con el
ganado que crían, que vale barato, y con el pan de trigo que cogen,
que es principalísimo sustento y entretenimiento en semejantes
pueblos. Hanse dado a buscar minas de plata, y han hallado algún
rastro de ellas; pero como los metales que se sacan corresponden
con mucho trabajo y poco provecho hales salido en vano todo lo que
en buscarlas y descubrirlas han gastado.
Los naturales de esta provincia es gente toda en general desnuda
y casi una lengua, pero la Sierra Nevada y el pueblo de los
españoles dividen o distinguen y apartan dos maneras de gente; que
la del pueblo para arriba toda en la más es gente de tierra fría,
de buena disposición y muy crecidos, los cabellos cortados por
junto a las orejas y los miembros genitales sueltos y descubiertos:
las mujeres traen cierta vestidura sin costura, hecha a manera de
saya, que llaman los españoles samalayetas, que les cubre casi todo
el cuerpo; tráenlas asidas por sobre un hombro y ceñidas por la
barriga, para que hagan unos senos como alforjas, en que meten todo
lo que pueden haber y coger.
Son poblados de esta gente el valle todo para arriba del pueblo,
hasta los páramos, con otra poblazón que está a mano izquierda del
pueblo de la otra banda de la quebrada o río que llaman de
Albarregas, con la poblazón del valle de Pernia y los valles del
Pabuey y Escaguey y otros sus comarcanos, y el valle de Santo
Domingo y Corpus Christi y el de la Sal, con todas aquellas
vertientes de la laguna, por los altos hasta casi el pueblo de la
Sabana.
La gente del pueblo para abajo es más menuda y muy ajudiada:
traen los cabellos largos, andan desnudos, como los demás, y son
para menos trabajo; traen los genitales atados y recogidos a un
hilo que por pretina se ponen por la cintura, y las mujeres tienen
o traen vestidas las samalayetas que los demás que arriba he dicho,
que son de algodón. Hay entre ellos principales, a los cuales
llaman cepos, pero son de poca estimación y respeto, que no son tan
obedecidos como en otras partes, excepto aquellos que por su
tiranía y valentía se apoderaban con ayuda de sus parientes, en
otros gentes, estos eran de gran veneración entre ellos.
Algunos bohíos se hallaban en que idolatraban y ofrecían de todo
lo que tenían. Otros muchos ritos y ceremonias usan que aun hasta
ahora no se ha habido claridad de ellas. En habiéndola se
escribirán.
La tierra casi está demediada, que la mitad es fría y la mitad
caliente, y la que está y cae en medio de estos dos extremos, como
lo está el propio pueblo de Mérida, es muy templada. Las frutas que
los naturales les tenían eran las ordinarias u generales como son
guayabas, guaymaros, caimitos, pigibaos, ciras, ciruelas, piñas,
pitahayas y otros cuyos nombres no me acuerdo. Después acá los
españoles han puesto parras, higueras, naranjas, limones, cidras,
granadas, plátanos; todo lo cual se da muy bien, con todo género de
hortaliza, y como he dicho, trigo, que es el principal sustento del
pueblo.
Han muerto los indios de esta provincia pocos españoles en
guerra ni fuéra de ella, que solamente algunos años después de
poblada sus propios indios del Pabuey mataron a un Juan Bautista de
Céspedes y otro español que con él estaba, por querer con demasiada
codicia quitarles cierto ajuar de cuentas blancas que ellos
estimaban en mucho. Esto fue a las vertientes de los llanos de
Venezuela, y a las vertientes de la laguna mataron a Hernán Gil,
también sus propios indios, por algunas demasías que les hizo.