Capítulo quinto
En el cual se
escribe cómo Juan Rodríguez descubrió desde el valle de la Grita
las Sierras Nevadas, y fue caminando hacia ellas hasta llegar al
río de Chama, y lo que en el camino le sucedió. Trátase aquí de los
nacimientos de este río y de do le vino este nombre.
Desde el alojamiento de la Grita comenzó Juan Rodríguez, así por
su persona como por mano de sus caudillos y soldados, a correr de
una parte a otra la tierra, subiendo a la cumbre y superioridad de
los más altos cerros y montañas, a ver y descubrir la disposición
de la tierra que por delante tenían, para determinar entre si la
vía y derrota que habían de llevar, por no ir caminando ciegamente
y sin lumbre de lo que a su camino se podía anteponer, que esto
suele muchas veces ser causa de la perdición de muchas compañías de
gente y soldados cuyos capitanes, queriéndose regir y gobernar por
sus solos pareceres, que pocas veces suelen ser suficientes para
ello, sin guardar orden ni concierto de la disciplina que en
semejantes jornadas se debe seguir y guardar no teniendo
consideración a lo que adelante les puede suceder, caminando con
toda su gente junta y cuando no piensan se hallan luzalamados en
parte que ni pueden ir adelante ni volver atrás.
Pues explorando y atalayando en la forma dicha, fueron
descubiertas y vistas de cierta cumbre que junto a este valle de la
Grita se hace, las Sierras Nevadas, casi a la parte del norte de
aquel lugar donde se hallaban, y aun la laguna de Maracaibo, algo
más apartada hacia el poniente; y como el capitán Juan Rodríguez
diese vista a lo que iba a buscar, determinó pasar adelante y no
parar basta llegar a ellas, porque aunque por la mucha nieve que en
todo el año hay sobre el pináculo y cumbre de estas Sierras se
veían muy claramente, estaban apartados de ellas más de veinticinco
o treinta leguas, y el camino que por delante se ofrecía y parecía
daba muestras de ser muy dificultoso y trabajoso de caminar y
pasar; pero con todas estas dificultades, que claramente vían,
prosiguió adelante con toda su gente, y pasando por todo el valle
que llaman del Alarde, que va poblado de raras poblazones cuyos
naturales salieron a él con mano armada pretendiendo restaurar el
daño y afrenta que sus vecinos y amigos los del valle de la Grita
habían recibido, comenzaron a pelear con los españoles, dando
muestras de muy briosos, porque con sus rústicos ademanes y
bárbaras griterías se llegaban muy cerca a disparar y emplear sus
flechas en los nuestros, lo cual les turó muy poco, porque luégo
que a ellos salieron los españoles y comenzaron a herir algunos con
arcabuces y con las espadas, volvieron las espaldas, y
encaramándose y subiéndose a los altos y cerros que más cerca
hallaban, cada cual pretendía asegurar su vida y apartarse de la
severidad de los nuestros, que por parecerles de poca estimación
esta tierra se pasaron adelante y se fueron alojar al pueblo hondo
que está junto al páramo alto.
Los indios de este pueblo, aunque se alborotaron con la vista de
los españoles, no por eso se atrevieron a venir contra ellos; mas
desde lejos, y lo más apartado que podían, despendían su enojo y
alboroto de ver en sus casas gente nunca por ellos vista, en darles
voces y grita, con que mostraban tomar entera venganza del daño que
veían recibir en sus casas y haciendas. De aquí atravesó Juan
Rodríguez la altura del páramo que por delante tenía, que por ser
tanta fue llamado el páramo alto, y fue a dar al valle de los
Bailadores, tierra despoblada aunque labrada en algunas partes por
indios que en poblazones cercanas hay, como con los propios
bailadores, que están poblados en este valle abajo, al principio de
la montaña que dos leguas más abajo se empieza, y va seguida y muy
cerrada hasta el río que llaman de Chama; por el cual valle abajo
caminó Juan Rodríguez, que es llano y escombrado, hasta llegar al
arcabuco y poblazón de los indios bailadores, llamados de este
nombre por respeto de que, cuando salen a flechar o dar guazabara
nunca están seguros con el cuerpo, sino meneándose y moviéndose y
saltando de una parte a otra, y haciendo otros visajes brutales.
Estos indios, desde sus casas, que estaban en un lugar alto y
escombrado, aunque metido en la montaña, vieron ir los españoles
hacia donde ellos vivían, y como gente que de su natural, mas que
otra ninguna de aquella comarca, es muy belicosa y aun salteadora,
salieron al camino al principio del arcabuco a esperar a los
españoles con sus arcos y flechas y macanas y muy emplumajados de
plumas de muchas colores, y embijados y enjaguados de colorado y
negro, y se pusieron así en celada a esperar a los nuestros, que no
iban en nada descuidados, y les era forzoso, para seguir su viaje y
derrota, pasar por el mismo paso y lugar por donde los indios
estaban esperándolos.
Los unos y los otros lo hicieron tan cuerdamente que, aunque
algo apartados se vieron, nunca usaron de sus armas hasta que se
acercaron y aun juntaron los unos con los otros; porque como estos
bárbaros jamás habían visto españoles ni tenían noticia de su valor
en el guerrear, aunque les ponían algún pavor los terribles
aspectos que en ellos y en sus caballos vían, no entendían que les
podían dañar tan perjudicialmente como luégo lo experimentaron, y
así pretendían arrojarse entre los nuestros y tomarlos a manos
vivos, porque cada cual de los bárbaros traía consigo una gruesa
cabuya ceñida al cuerpo para llevar atado al español que le cupiese
de parte o suerte; pero desque comenzaron los nuestros a herirles
con las espadas en aquellos heridos cuerpos desnudos y a ver que no
les daban lugar que los tomasen a manos, hiciéronse algo afuera y
comenzaron a disparar sus flechas contra los soldados, con las
cuales hirieron a algunos, pero no de suerte que muriesen, y visto
esto por los españoles comenzaron a disparar algunos arcabuces de
los que llevaban contra los indios, con que de todo punto
arredraron y echaron de sí, después de haber peleado buen rato y
haber muerto en la pelea algunos indios que queriéndose señalar por
más valientes y esforzados, aunque vían a sus compañeros heridos
del primer ímpetu y arremetida, se acercaban y allegaban a los
nuestros, ofreciéndose ellos propios de su voluntad a la muerte.
Ahuyentados de todo punto los indios y conclusa la guazabara, los
nuestros se fueron alojar a su propio pueblo, el cual hallaron bien
bastecido de comida de todas suertes, donde estuvieron algunos días
por curar los españoles que en la guazabara se habían herido, y aun
por ver y considerar el camino que habían de llevar, porque vían
que de aquí para abajo en este río no había ninguna poblazón más de
la en que estaban alojados, ni camino que los llevase y guiase y
los pudiese sacar de la espesura de la montaña y estrechura del río
en que estaban. Finalmente, viendo Juan Rodríguez que el arcabuco y
montaña que por delante tenía no era turable, porque desde lo alto
del páramo que poco antes atravesó había visto grandes sabanas de
la otra parte de la montaña, hacia las Sierras Nevadas, más con
temeridad que con prudente osadía, se arrojó el río abajo, tomando
por guía y camino del propio río la corriente y canal, por la cual
caminó con harto trabajo suyo y de todos sus soldados algunas
jornadas, donde demás del excesivo trabajo que en abrir el camino
llevaban cortando muchos y gruesos árboles donde la necesidad lo
requería, y otras veces caminando por la propia canal y corriente
del río el agua a la cinta, les vino a faltar la comida y
mantenimiento, de suerte que como hombres que casi tenían perdida
la esperanza de salir adelante ni acabar de pasar aquella montaña
por su maleza y espesura, se quisieron volver atrás, pareciéndoles
que si el trabajo y falta de comida que tenían pasaba adelante, de
todo punto los consumiría y acabaría.
Pero Juan Rodríguez, su capitán, no le parecía cosa honrosa
volverse atrás, pues con sufrir con buen ánimo un poco de más
tiempo los trabajos que entre mano tenía, saldría a tierra rasa y
que desde lejos había dado muestras de muy poblada; y así, animando
lo que pudo a sus soldados y tomando él siempre la mano y delantera
en el trabajo del descubrir, se salió del río con su gente y se
tuvo sobre la mano derecha, y atravesando una pequeña sierra que
por esta parte apretaba y ensangostaba el río, lo pasó con harto
trabajo, haciendo casi toda la subida y aun bajada del camino a
pala de azadón y cortando árboles para que pudiesen subir y pasar
los caballos; y así fue Dios servido que permaneciendo en el
trabajo fuese a dar en una quebrada y pequeño arroyo que de la otra
banda de la cordillera se hacia, que caminando por él abajo la
misma corriente y agua del arroyo lo sacó a tierra rasa a las
riberas del río de Chama, cerca del pueblo de los Estanques, que de
la otra banda de este río está poblado.
Nace este río de Chama como quince o diez y ocho leguas de este
paraje de los Estanques, entre el norte y el oriente, en aquella
parte que los mareantes llaman y señalan nordeste, en la cumbre de
unos páramos que llaman los españoles del Tuerto, y del pueblo de
la sal, que son en la propia cordillera de sierras nevadas, y
desgalgándose por las faldas de la propia cordillera corre hasta
este paraje de los Estanques, casi derecho al sur, pasando por
debajo de la propia sierra nevada, y por junto a donde está poblado
el pueblo de Mérida, y casi desde sus propios nacimientos, con ser
tierra frigidísima, viene poblado, unas veces en los bajos y otras
en los altos, hasta entrar en la laguna de Maracaibo, donde es su
paradero.
Llamó a este río Juan Rodríguez el río de Guadiana, a imitación
de otro río que de este nombre hay en España, y después, por
respeto de pasar por cerca de un pueblo que en los llanos de la
laguna está llamado Chama, de quien españoles han tenido noticia y
vístolo muchos años antes en tiempo de micer Ambrosio y de otros
que llamaban abajo a este río el río de Chama, fue como he dicho,
llamado Santiago, nombre de Chama y perdido el que Juan Rodríguez
le puso de Guadiana. Los naturales, que en sus riberas están
poblados, como son muchos, cada cual lo llama en su tierra como
quiere, y por esta causa no se pone aquí nombre propio.
Capítulo sexto
En el cual se
escribe cómo atravesando los españoles el río de Chama entraron en
el pueblo de los Estanques y de allí fueron al pueblo Quemado, del
cual, volviendo el valle arriba, fueron a dar a la poblazón de la
Lagunilla.
De la parte del río de Chama, donde los españoles habían
llegado, que es aguas arriba sobre mano derecha, no había ninguna
poblazón ni labranzas donde pudiesen proveerse de comidas, de las
cuales llevaban gran necesidad, y así les fue forzoso y necesario
pasar luégo el río, que en este tiempo les era favorable por ir
algo manso y humilde, lo cual le suele acaecer pocas veces en el
año, a causa de las muchas aguas y nieves que en los altos caen lo
más del tiempo, que hacen ser continua su creciente.
Habían visto los españoles de la parte del río donde estaban el
pueblo de los Estanques, que daba muestra de haber en él mucha
gente, por las muchas casas y labranzas que en él se vían, por lo
cual el capitán no quiso dividir su gente, sino llevarla toda junta
para con presteza socorrer a la necesidad que se le ofreciese y la
fortuna le pusiere en las manos; y así, pasando el río
recatadamente por algo arriba de donde la poblazón de los indios
estaba, puso la proa con su vanguardia Juan Rodríguez contra el
pueblo de los Estanques, cuyos naturales casi se estuvieron en sus
casas hasta que vieron bien cerca de ellas a los nuestros; porque
por ser la gente de este pueblo señalada en guerrear entre sus
comarcanos estaban confiados de que no les llegaría ninguna gente a
quien ellos no diesen licencia, a sus casas y tierra, mas después
que reconocieron la audacia de los españoles y vieron sus terribles
rostros y personas y la fiereza de sus caballos, comenzaron con
presteza a desamparar sus casas y huir cada cual con pesado temor
por do podía. Diéronse los españoles a seguir su alcance, y en él
tomaron algunas personas que pretendiéndose defender con sus
rústicas armas, se volvían contra los que los seguían, dando
muestras de hombres feroces y de gran vigor; pero como toda era
gente desnuda y sin ningunas armas defensivas que ampara en sus
cuerpos de los golpes que les tiraban con las espadas, eran con
facilidad heridos y muertos en el alcance; y hubo en este pueblo
mujer que viéndose opresa del temor que por ver junto a sí un
español que la iba alcanzando tuvo, no hallándose con armas para
defenderse, recogió en sus propias manos la purgación e inmundicia
de su cuerpo, y con ella ofendió al que la seguía, de suerte que,
aunque no herido ni descalabrado, dejó de seguir el alcance, porque
en esta tierra, como en otras muchas de las Indias, corren y tienen
casi tanta soltura las mujeres como los varones y son para tanto
trabajo.
Hallaron los españoles que en este pueblo había a la puerta o
junto de cada bohío una poza grande y bien hecha y honda en que los
indios recogían el agua que podían para regar sus labranzas y
legumbres; porque como en esta parte, por causa del mucho calor del
sol, sea la tierra muy seca, hay gran necesidad de ser socorridas
las labores con agua de pie, lo cual hacen estos indios fácilmente
por medio de estos estanques o aljibes, y por causa de ellos fue el
pueblo llamado de los Estanques. Holgáronse en él los españoles,
porque había aparejo de comida para toda la gente, y dende a
ciertos días se metieron por la montaña, caminando hacia la laguna
de Maracaibo, la cual estaba al poniente, por la cual vía dieron en
un pueblo que al principio que le vieron lo llamaron el pueblo del
arcabuco, por estar metido y escondido entre aquellas montañas, y
después fue dicho el pueblo Quemado, y así se llama hoy a causa de
que al tiempo que los españoles se acercaron y entraron en este
pueblo, los moradores y naturales de él, queriendo probar su
fortuna, se recogieron e hicieron fuertes en sus propias casas, las
cuales defendían con ánimos obstinados, de suerte que, sin notorio
peligro, los soldados no se atrevían a entrar en ellas, y
algunos..., hombres prendiéndoles, cosa muy afrentosa que estos
indios se quedasen victoriosos con este remedio que de recogerse en
sus casas habían tomado, les pegaron fuego a los bohíos para que
temiendo los indios ser abrasados en las llamas que de sus propias
haciendas se habían de levantar, saliesen huyendo de ellas y se
metiesen en las manos de sus enemigos. Pero, como este acuerdo
fuese tan malvado y pésimo cuanto se verá
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, y cruel,
de ninguna otra cosa les aprovechó ni sirvió, si no fue de abrasar
y quemar con él mucha cantidad de personas de todo sexo y edades
que dentro de ellos había7, que con coraje de brutos se
estaban y dejaban estar vivos en medio del fuego por no venir a
manos y poder de los españoles, a quienes ellos tenían por
monstruos de la naturaleza. Los indios que confiados de su ánimo y
fuerzas se salían de los bohíos procuraban con tanto brío defender
sus personas que primero eran muertos que rendidos. Y así en
diferentes lugares les sucedía a los españoles diversos sucesos con
los indios, porque unos vencían y otros eran vencidos. Y soldado
hubo a quien no sólo le quitaron la espada un solo indio, pero...
hizo de su honra.
Acabada de todo punto la ruina y la destrucción de este
pueblo..., el fuego consumió, los soldados y la otra gente lo
quemaron y destruyeron y caminaron los españoles la vía del valle
arriba, por donde el río de Chama baja y corre, y dando de camino
vista a la poblazón que llamaron de la Sabana, por estar en tierra
rasa, cercada de arcabucos, se fueron derechos a las poblazones que
los españoles llamaron de la Lagunilla, al principio de ella, que
en lengua de los propios naturales es llamada Zamu, y allí se
alojaron con mucho contento y alegría, porque demás de hallar los
indios de buena disistión y pacíficos, sin alterarse ni salirse de
sus casas ni hacer otra resistencia ninguna, a los nuestros daba
muy gran alegría y contento ver la mucha poblazón que por allí
había, toda junta, por sus barrios, muy acompañada de grandes y
fructíferos árboles en que entraban curas, guayabas, guaymaros,
caymitos, ciruelos, piñas y otros géneros de árboles que sólo
servían de acompañar y hermosear los pueblos, y juntamente con esto
tenían junto a sus casas hechos muchos corrales en que criaban
paujíes, pavas y tórtolas y otros muchos generos de aves de
diversos colores, que a las puertas de sus casas tenían, que daban
muy gran lustre a la poblazón de estos bárbaros. Demás de esto, los
indios, en su manera de vivir, traían sus personas ricamente
aderezadas con mucha plumajería y cuentas blancas y verdes, y
mantas de algodón, y cierto género de chagualas de hueso, y grandes
collarejos hechos asímismo de huesos, con la negregura de sus
cuerpos, que son muy morenos, y la blancura de los aderezos que
sobre sí traían, les hacía parecer muy bien y daba muestras de ser
gente aventajada y respetada de los demás indios de esta provincia
de Sierras Nevadas, como en la verdad lo son, por respecto de
cierto lago o laguna que estos indios tienen en su tierra, la cual,
por las muchas tierras salobres que la cercan y hacen lago, se
cuaja en el asiento y suelo de ella un género de salitre muy
amargo, que ni es sal ni salitre, ni para el uno ni el otro efecto
nos podría servir a nosotros; y de este género de salitre se hace
todo el suelo de la laguna, o lo más de él, una costra que a partes
es muy gruesa y a partes es delgada, de la cual los indios van
quebrando y sacando para vender a todos los que se la vienen a
çomprar, que como he dicho, son todos los indios de esta provincia
de Sierras Nevadas y de muy más lejos tierras, porque su rescate
llega hasta la laguna de Maracaibo y poblazones del Tucuyo y llanos
de Venezuela.
El efecto para que los indios quieren este salitre es
principalmente para comer, aunque en diferentes maneras se come;
porque unos lo comen con echayo en lugar de cal, y otros lo comen
con las demás comidas en lugar de sal y otros hacen cierto betún de
ello, a manera de meloja, y aquello lo comen lambiendo y dando
muestras de saborearse mucho en ello, y así son todos feudatarios y
contribuyen a los que tienen esta laguna y sacan este salitre, que
en su propia lengua llaman xurao, y es moneda muy principal entre
estos indios que he dicho, porque por ella dan y venden todo lo que
tienen y les piden. También se aprovechan los españoles de este
salitre o xurao para darlo a los caballos, que los purga y engorda
muy mucho, pero no se lo dan más de hasta ponerlos en carnes,
porque silos hacen a ello aflojan mucho y pierden parte del brío
los caballos a quien de ordinario se acostumbra a dar, y también
lavan con ello la ropa de lienzo, aunque se ha hallado por
averiguado que a pocas veces que con él la lavan, la quema y pudre
y echa a perder.
En esta poblazón de Jamun se estuvieron los españoles
descansando algunos días, donde no dejaron de dar alguna ocasión a
los indios para que aborreciendo su vecindad y amistad desamparasen
sus casas y poblazones y se fuesen a partes remotas con sus mujeres
e hijos, lo cual sintió mucho el capitán Juan Rodríguez, porque
quisiera dende este pueblo o poblazones llevar trabada la paz por
todo el valle arriba que pretendía ir descubriendo, y así nunca más
pudo atraer así los indios, a defeto de no tener lenguas e
intérpretes con quién hablarles, que fue harto daño y ruina para
los propios naturales; y toda esta poblazón desde este pueblo de
Zamu hasta la quebrada sucia, que es toda una gente y la más
cercana a la laguna dicha, fue llamada la poblazón o pueblo de la
Lagunilla, aunque cada barrio o poblazón tenía su nombre
diferente.
Capítulo séptimo
Cómo el capitán
Juan Rodríguez se mudó adelante y pobló la ciudad de Mérida, y
envió a dar noticia de ello y a pedir socorro a la Audiencia del
Nuevo Reino, y una guazabara que los indios de la Lagunilla le
dieron.
Con el alzamiento y rebelión de estos indios de la Lagunilla
pasó adelante Juan Rodríguez Juárez con su gente a otra poblazón
más amplia y llena, que cae dentro de los límites que he señalado
de la Lagunilla, donde se alojó, y desde allí el valle de arriba
daba la tierra gran muestra de buena, aliende de otras muchas
poblazones que de la otra banda del río, en lugares altos y bajos,
se parecían, por lo cual tuvo gran deseo de poblar; y pareciéndole
que no era cosa acertada fiarse de lo que su propia cogitación le
representaba, porque para haberse de sustentar el pueblo que quería
poblar era necesario que hubiese muy más copia de naturales que los
que hasta allí se habían visto, porque le era notorio que el
principal fundamento y sustento de los pueblos de indios son los
naturales, que sustentan y proveen a los españoles de todo lo
necesario; y por estos justos respectos quiso enviar antes de
poblar a Juan Esteban el valle arriba que llegase hasta el paraje
de la propia Sierra Nevada y viese y considerase las poblazones que
en comarca de ella había, y si la tierra desde allí adelante daba
demostración de ir poblada, porque a esta sazón Juan Rodríguez y
los demás españoles estaban apartados del paraje de la Sierra
Nevada, casi hacia el poniente, poco más de cuatro leguas.
Juan Esteban salió con los compañeros que le fueron señalados, y
pasando por algunos pueblos de indios subió algo más arriba del
paraje de las Sierras Nevadas, y hallando por allí muchas
poblazones en las vertientes y riberas del propio río de Chama y en
quebradas y arroyos que a él bajaban, dio la vuelta el valle abajo,
y atravesando con harto trabajo y riesgo suyo el río, que ya a esta
sazón iba crecido, atravesó la propia cordillera de la Sierra
Nevada por más abajo de donde está la nieve, y por allí dio vista y
descubrió el valle de las acequias, que llamó de Nuestra Señora, el
cual aunque muy doblado y áspero era muy poblado de naturales, la
mayor parte de los cuales y de sus poblazones se vían y señoreaban
dende el alto de donde el valle fue descubierto.
Bajó Juan Esteban a los primeros bohíos que más cercanos a sí
tenía, y en ellos tomó alguna gente, y dio la vuelta a donde su
capitán había quedado.
Los indios de este valle de Nuestra Señora, de quien voy
tratando, por causa de ser su tierra seca de pluvias y no tener a
sus tiempos la abundancia de aguas que para sus labores han
menester, enseñados de la sabia naturaleza y de su propia
necesidad, se dieron desde el tiempo de sus mayores a abrir la
tierra y hacer por ella muy largas vías y acequias, por donde el
agua que muchos arroyos que avarientamente llevan, se despenda y
reparta entre toda la tierra que ellos cultivan y labran; y en esto
han sido tan curiosos que por partes bien ásperas y dificultosas y
por peñas duras abrían y hacían estos caminos y acequias, de suerte
que pone admiración el mirar y considerar que gente tan bárbara y
que carecen de herramientas y otros ingenios que para semejantes
edificios son necesarios, tuviesen hechas tantas y tan buenas
acequias como tienen, los cuales fueron ocasión de que después los
españoles, entrando en este valle y hallándolo y viendo lo que he
dicho, le llamasen el valle de las Acequias, y hasta ahora no se ha
hallado que todo este Valle tenga nombre propio, sino como poco ha
dije, cada barrio o pueblo de indios tiene su nombre y
apellido.
Juan Esteban y los demás españoles, llegados que fueron a donde
su capitán estaba, le dieron tan buenas nuevas de la tierra que
habían visto que casi no hallaban a quién compararla, y así le
confirmaron en el propósito y opinión que tenía de poblar, y por su
inducimiento se juntaron todos los soldados y pidiéndole por
escrito que era cosa necesaria al servicio de Dios y del rey que
aquesta tierra se poblase de españoles, para que mediante el estar
allí ellos fuesen los indios convertidos y traídos a la sujeción y
dominio real y otras cosas y circunstancias que en semejantes
escritos se suelen aplicar, el capitán Juan Rodríguez que, como he
dicho, se lo tenía en gana, luégo lo puso por obra, y en aquel
propio sitio donde estaba alojado, que es casi la última parte de
la Lagunilla, yendo hacia la Sierra Nevada, pobló un pueblo con sus
ceremonias acostumbradas, al cual llamó la ciudad de Mérida, con
aditamento de mudarla si le pareciese convenir; y luégo nombró sus
alcaldes y regidores y otros oficiales en quien consiste el nombre
de república, lo cual hecho celebraron la fundación de su pueblo
con mucho regocijo, que fue por Todos Santos del año de cincuenta y
ocho; y luégo determinó Juan Rodríguez de dar aviso de lo que había
hecho a la Real Audiencia, so color de que demás de haber sido
forzado a ello, enviaba a pedir socorro y ayuda de más españoles,
porque por las muchas poblazones y naturales que en aquella tierra
había, no se podían seguramente sustentar los que en ella estaban
poblados; y para significar esta necesidad y la grosedad y
filicidad de la tierra y dar a entender a los que no la habían
visto, que en descubrirla y poblarla había hecho muy señalado
servicio al rey, tuvo modos y maneras cómo hacer a todos sus
soldados que en las cartas que escribían a sus amigos y conocidos
conformasen y no discrepasen en tratar de la bondad de la tierra y
muchos naturales de ella, y así hubo entre sus soldados hombre que
por contentarle escribió que aunque había andado toda la Nueva
España, le parecía que antes excedía y sobrepujaba la tierra y
provincia de Mérida a aquel muy feliz Reino y región, que se le
igualaba, y que de su parte pretendía haber de repartimiento más de
quince mil indios, y en toda la provincia no había diez mil, y así
cada cual pretendía escribir estos y otros semejantes disparates
por contentar y aplacer a su capitán, que en extremo era lisiado
porque sus cosas fueron sublimadas en más de lo que era justo,
diputó y señaló por mensajeros a Juan Esteban, a quien, por ser de
su tierra y tenerle particular afición, había hecho alcalde, y a
Diego de Luna y Rodrigo del Río, y a Juan Román, y con ellos
escribió a la Audiencia del Nuevo Reino las cosas que tengo
referidas, que le fueron causa de más daño que provecho, como
adelante diré.
Partiéronse estos cuatro mensajeros, y con ellos otros veinte
soldados, para que los pasasen de la otra banda del río y los
sacasen del peligro que tenían en las poblazones que antes de pasar
el río había, y a este tiempo los indios de las poblazones de la
Lagunilla, se juntaron y con otra mucha cantidad de bárbaros que de
pueblos comarcanos coadunaron y convocaron, vinieron de mano armada
sobre el alojamiento y ciudad de Mérida, a matar los españoles que
en ella habían quedado; porque como estos bárbaros vieron dividir
los españoles, parecioles tiempo acomodado para haber entera
victoria; pero como ella sea gente laxativa y de poco brío en la
guerra, por no ser hechos a ella, no fueron menester más españoles
de los que en el pueblo se hallaron, que serían poco más de
veinticinco, para desbaratarlos, de lo cual dio clara muestra lo
que hicieron, que habiéndose sabido aprovechar de la ocasión que la
fortuna les ofreció en las manos, y para esto usado de un muy buen
ardid, lo uno ni lo otro no bastó a recuperar la falta natural que
de bríos tenían.
El acometimiento que hicieron fue que después de juntos y
determinados de dar en los españoles se acercaron de noche sin ser
sentidos al pueblo y alojamiento donde estuvieron mirando lo que
los nuestros hacían, hasta que amaneció, y en esclareciendo el día
se hicieron los que habían de hacer el primer acometimiento un
círculo redondo, de suerte que tomaron en medio a los españoles;
pero, como he dicho, la poca audacia de estos bárbaros les fue
freno para que de tropel no acometiesen cuando más descuidados y
dormidos estaban los nuestros, hasta que por las rondas y velas
fueron sentidos y vistos y dado aviso al capitán y a los soldados,
los cuales, con la presteza que la necesidad lo requería, se
armaron y salieron al encuentro a los enemigos a tiempo que ya
estaban por las puertas de sus casas; pero como las armas de los
indios fuesen solamente macanas y los bríos los que he dicho, en
hiriendo los primeros de ellos comenzaron los demás a rendirse y
retirarse y los nuestros a seguirles, sin que la multitud de los
bárbaros que presentes tenían les impidiesen ni hiciesen
resistencia ni aun les pusiese ningún temor, y así en breve tiempo
los esparcieron y ahuyentaron bien lejos de sí, siguiendo el
alcance así los hombres de a caballo como los de a pie, con que
hicieron harto estrago en los indios, dejando por aquel campo
muchos de ellos muertos y mal heridos, con lo cual quedaron tan
hostigados y amedrentados que nunca más osaron hacer ningún
acometimiento contra españoles.