LIBRO UNDECIMO
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En el libro undécimo se escribe la
fundación y población de la ciudad de Mérida, hecha por el capitán
Juan Rodríguez Juárez. Trátase la ocasión que este capitán tuvo
para juntar gente y salir en descubrimiento de Sierras Nevadas, y
lo que en el camino le sucedió hasta llegar al propio valle donde
están los sierras nevadas.
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Capítulo primero
En el cual se
escribe cómo vinieron en la ciudad de Pamplona a tener noticia de
la provincia de Sierras Nevadas, y cómo salieron en demanda de ella
Juan Maldonado y Andrés de Acevedo con junta de soldados.
En la ciudad de Pamplona del Nuevo Reino había algunos vecinos,
hombres antiguos que habían estado en Venezuela y de ella habían
pasado al Reino por la halda de la cordillera y sierra que cae
sobre los llanos de Venezuela, en la cual vía hablan visto ciertos
mogotes o cumbres de sierra metidas en la propia cordillera,
nevados de suerte que por la mucha nieve que sobre ellos caía y
todo el año había se veían y divisaban desde muy lejas tierras.
Juntamente con ésta habían tenido noticia que junto o en la comarca
de aquella Sierra Nevada había gran cantidad de indios: y como
Pamplona estaba puesta más cercana a la gobernación de Venezuela
que otra ninguna, y aun como he dicho antes de ahora, tratando de
la poblazón de la dicha ciudad de Pamplona, los primeros españoles
que por sus tierras anduvieron y las descubrieron, fueron de
Venezuela con el gobernador micer Ambrosio.
Parecíales a estos isleños que hablan venido de Venezuela que la
sierra nevada que ellos habían visto no podía estar muy apartada de
Pamplona, aunque entre sus naturales no se hallaba ninguna noticia
de ella, y así habían sido ocasión que el cabildo de la propia
ciudad de Pamplona eligiese caudillo, con titulo y color de ir a
buscar minas de plata o de oro y se extendiesen y alargasen a
descubrir y buscar estas sierras nevadas y las poblazones de ellas,
y con los que fuesen, poblarlas.
El primero que eligieron fue al capitán Juan Maldonado, vecino
de la propia ciudad. Este salió con ciertos soldados y vecinos por
la vía del norte, y yendo a dar al pueblo de la carrera desde allí
atravesó a cierta provincia que caía fuéra de términos de Pamplona,
llamada los Despoblados, que antes había sido vista por el capitán
Pedro de Orsúa cuando después de haber poblado a Pamplona salió con
gente a hacer algunos descubrimientos y pacificaciones. Llamose los
Despoblados justamente, porque en más de veinticinco leguas de
tierra rasa y pelada había tan pocos y raros naturales que casi no
se echaban de ver. Maldonado con sus soldados llegó hasta la mitad
de este valle, poco más adelante de donde dicen la labranza grande,
y no pareciéndole buena disposición ni manera de tierra la que por
delante vía, no quiso seguir aquella derrota sino túvose a mano
derecha, y caminando desde la labranza grande por una quebrada
arriba casi en derecho al nordeste. En el segundo alojamiento que
por esta vía estuvo rancheado con sus soldados, habiéndose dividido
en dos partes e idos los unos a descubrir tierra por la derrota
dicha vinieron sobre los que en el alojamiento quedaron, que eran
bien pocos, todos los indios que en aquella comarca se pudieron
juntar, que serían pocos más de trescientos, y acometiendo con sus
rústicas armas a los pocos españoles que había, pretendieron
desbaratarlos y llevárselos en las manos, según el denuedo traían,
pero como el capitán Maldonado cabalgase en su caballo y otros
algunos con él, metiéronse briosamente por entre los indios, y
alanceando a una y a otra parte, en breve tiempo los desbarataron y
ahuyentaron, porque viniendo los bárbaros como venían desnudos y
confiados en las inútiles armas que traían, con las cuales ningún
daño en los nuestros hicieron y viesen que el Maldonado era muy
buen jinete, y los que le seguían tan osadamente se metían entre
ellos y derribaban con las lanzadas y heridas que daban algunos de
los indios que encontraban, perdían antes de tiempo la furia con
que habían acometido, cuasi arrepentidos y confusos de haberse tan
temerariamente arrojado entre sus enemigos, volviendo las espaldas
huían apresuradamente por partes donde los caballos no pudiesen
llegar ni los jinetes hacerles mal ni daño.
De aquí siguió su jornada Maldonado, teniéndose siempre sobre la
mano derecha, descubriendo todo lo que a una y a otra parte había,
y halló que todo lo que por la parte de mano izquierda tenía era en
la derecha que, como he dicho, llevaba, era todo muy extendidas y
grandes montañas, y que, aunque sobre la mano izquierda había
tierras peladas, eran pocas y de pocas poblazones, y así no halló
en qué detenerse ni entretenerse por esta vía ni en qué dar de
comer o repartimientos a los que con él iban, y así fue a salir a
las sabanas y llanos de Cúcuta, tierras que al presente están en el
camino y vía de Mérida, donde reconocieron haberse vuelto a entrar
en términos de Pamplona y haberles salido en vano todo su trabajo,
por lo cual luégo comenzaron los soldados a murmurar y blasfemar
del capitán Maldonado y a decir que por ser tan libre y amigo de
seguir su voluntad y en esto muy pertinaz, habían errado la jornada
y descubrimiento en que iban, porque si al tiempo que estuvieron
alojados en los Despoblados en la labranza grande, el capitán
quisiera, como debía y era obligado, seguir la opinión de algunos
de sus soldados y caminar la vía derecha al norte, que era ir el
río abajo de los Despoblados, diera en tierra rica y próspera y de
muchos naturales, según ellos lo habían imaginado por haber visto
desde algunos altos collados por aquella parte que el río caminaba
cierta serranía de tierra pelada que se les figuraba que tendría lo
que deseaban, pero no porque en ella hubiese más poblazones ni
naturales que en la demás tierra que de aquel valle habían andado,
según después pareció cuando siguiendo aquella derrota que los
soldados dudosamente afirmaban ser próspera, Francisco Hernández,
vecino de la propia ciudad, que salió en demanda de brazos de
herina, con cierta color y cautela, como adelante se dirá, vio
claramente lo que en aquella tierra había.
Maldonado, haciéndose sordo y disimulando con las quejas y
detraciones de sus soldados, por haber días que había salido de
Pamplona, no quiso tomar otra vía ni derrota, sino volverse a su
casa, y siguiéndole los soldados se vinieron todos a la propia
ciudad.
Después de este capitán Maldonado salió con gente, por elección
y nombramiento del cabildo de la propia ciudad, con la misma
cautela y color de ir a buscar minas, Andrés de Acevedo, con cierta
gente y soldados, a descubrirla, vía del oriente, saliendo por el
valle que llaman de los Locos, que por aquella parte son los
últimos términos de Pamplona, y atravesando el río que llaman de
Bochagua, y en sus nacimientos es llamado Chitagua, y en los llanos
Zarare, pasó por algunas poblazones bien raras y apartadas unas de
otras, y fue a dar en una montaña muy espesa y llena de manglares,
que con la superficie y bascosidad de las raíces de los árboles que
juntándose en la haz de la tierra causan que no puedan caminar por
lo fijo, sino que siempre vayan aparte uno y dos estados levantados
del suelo, por sobre las raíces de los árboles, por donde muchas
veces se sumen los caballos y aun los hombres y no pueden caminar
los jumentos, sino es aderezándolo y allanándolo.
Quiso Acevedo atravesar esta montaña por tener esperanza que
adelante de ella hallarían tierra y naturales en qué poblar y
ocupose en abrir por ella camino para los caballos con muy gran
trabajo de los soldados, que todo el día no se les caía las hachas
y machetes de las manos cortando árboles y allanando los manglares,
con que se fatigó demasiadamente la gente, y pareciéndoles que
primero perecerían todos en el trabajo que se acabase de abrir ni
aderezar el camino dejáronle comenzado, después de haber más de
cincuenta días que andaban en ello, y desandando lo que habían
andado, en el tiempo dicho, algunos soldados, en menos de seis
días, se volvieron todos a Pamplona, con pérdida del dinero y
tiempo que en la jornada habían gastado.
Capítulo segundo
Cómo Juan
Rodríguez Juárez fue elegido por caudillo para ir a buscar minas de
oro, y juntó gente y se alojó con ella en el llano de Cúcuta, de
donde envió a descubrir camino para subir a la loma verde.
Había en Pamplona un soldado y vecino llamado Juan Rodríguez
Juárez, natural de Mérida, de España. Este, por haber tenido
siempre y alcanzado loa de buen soldado para las guerras de entre
los indios, y viendo que los dos capitanes Acevedo y Maldonado no
habían acertado con la tierra que habían salido a, buscar, propuso
de haber licencia y comisión para juntar gente y salir como tercero
competidor en demanda de Sierras Nevadas por diferente camino y vía
que los demás habían seguido; e intentolo a tan mal tiempo que fue
para ruina y destrucción suya aquello que él procuraba para
perpetuidad de su fama; porque, como poco tiempo antes que lo
intentase y pretendiese hubiese tenido competencias y otras mohinas
y desabrimientos con Ambrosio Hordoño, hermano del capitán Juan
Maldonado y con el propio capitán, vínole de aquí que después
procurase Maldonado deshacer lo que Juan Rodríguez pretendía obrar;
porque entendía Juan Maldonado que los secretos designios de Juárez
eran dar a entender que lo que él no había hecho ni acabado lo
había de hacer y efectuar en diminución de la fama y loa de
Maldonado, pero Maldonado en público decía lo que en el pecho
tenía, descubriéndolo con palabras que claramente daban señal de
estar lleno de cólera y pasión contra el Juárez.
El origen de estas emulaciones y enemistades, antes de lo dicho,
procedió de que como hubiese desigualdad en la calidad de personas
y linaje y en otras cosas tocantes a la soldadesca y jineta de
entre los dos, en todo lo cual hacía ventaja Maldonado a Juárez,
procuraba el Juárez con demasiada arrogancia y soberbia, de que era
muy tocado, no sólo que en todo quería y había de ser igual a
Maldonado, sino que se entendiese que le había de exceder y
sobrepujar y pasar muy adelante, y así en muchas cosas se jactaba
vanamente en perjuicio del capitán Maldonado, el cual como sintiese
muy mucho la desenvoltura y libertad con que el Juan Rodríguez,
favorecido de muchos plebeyos, trataba estas cosas, ningún
sufrimiento tenía para tolerar y pasar cuerdamente con ello; mas
como poco ha dije, daba en todo señales y demostración de la
pesadumbre con que sentía lo que Juárez decía y procuraba, y así
entre ellos sucedió con estos principios unos medios y fines muy
perjudiciales.
La orden que Juan Rodríguez Juárez tuvo para salir a su jornada
y juntar gente fue ésta: era este el tiempo en que, como en otras
partes he dicho, estaba prohibido el hacerse nuevas poblazones ni
el salir con gente a descubrir y buscar nuevas tierras, por lo cual
estaba perdida la esperanza de que la Audiencia daría licencia ni
facultad para ello, por lo cual Juan Rodríguez procuró con muchos
amigos que en el pueblo y en el cabildo tenía que le eligiesen por
alcalde ordinario el año de cincuenta y ocho para con la vara más
cómodamente juntar la gente que hubiese menester sin que ninguno
del pueblo se lo pudiese impedir ni estorbar. Hízose la elección y
diéronle la vara, como él la pretendía, y en saliendo con ella, día
de año nuevo, que es cuando se hacen semejantes elecciones, hubo
personas que por conocer la soberbia, presunción y ambición de
Juárez, le pronosticaron que había de ser para su perdición y
destrucción el alcaldía que le habían dado, y así claramente se lo
dijeron; pero él no presumía sino que había de ser para sublimación
suya y de su linaje. Luégo, dende a pocos días, el propio Juárez
dijo que había necesidad de irse a buscar minas de oro, para el pro
y utilidad de la república, ofreciéndose él de irlo a hacer como
hombre que tenía mucha experiencia en ello; y como para este caso
tenía hablados a los del cabildo y le habían prometido de hacer en
él el nombramiento de caudillo para ir a buscar las minas,
cumpliéronle la palabra y eligiéronle por tal por virtud de cierta
comisión y provisión que de la Real Audiencia tenían para este
efecto de enviar a descubrir minas y nombrar personas para ello,
para lo cual le dieron su mandamiento y nombramiento como se
requería y él lo quiso pintar.
Puso luégo en ejecución la jornada, porque con el color dicho la
había de hacer, y comenzó a juntar y llamar soldados de unas y
otras partes, prometiéndoles grandes repartimientos y
gratificaciones por su trabajo. Gastó y empeñose en muchos dineros
que dio a algunos pobres soldados de los que con él habían de ir,
para cosas y en cosas necesarias para semejantes jornadas y
descubrimientos. Juntó cincuenta y cinco soldados y con ellos,
según algunos afirman, se ofreció fingidamente al capitán
Maldonado, diciendo que si quería ir por capitán que él y los
soldados que tenía juntos le seguirían y obedecerían, para con esto
dar a entender que era más moderado y humilde de lo que de algunos
habían entendido, y con una profunda humildad matizar su soberbia y
presunción. Entendió Maldonado su fingido ofrecimiento, y así lo
menospreció diciendo que él no quería hacer jornada por mano de
quien no tenía poder para darla ni hacerla, y que él esperaba de
salir en breve tiempo en su seguimiento con gente y soldados, por
mandado de quien se lo podían mandar, que era el Audiencia, y que
entonces él le gratificaría su fingido ofrecimiento en otra forma.
Juárez, acelerándose de esta respuesta y de ver que el Maldonado
todavía moraba una intrínseca pasión y enemistad, le replicó que
fuese en buena hora, que todo se había de allanar con un albazo3, y
con esto se despidieron el uno del otro, aunque algunos quieren
decir que todo esto pasó por terceras personas y no del uno al
otro.
Sea como fuere, Juan Rodríguez Juárez salió con su gente de
Pamplona y la juntó en los llanos de Cúcuta, en la quebrada o río
que llaman de Táchira, que es por cima de donde al presente están
los hatos y estancias de ganados, y allí estuvo alojado algunos
días, donde tuvo muchas quejas de vecinos de Pamplona, porque sus
soldados, para ir mejor aviados, habían tomado algunos indios e
indias en Pamplona de vecinos que hacían gran falta a sus dueños;
pero Juan Rodríguez, no queriendo desaviarse a sí por aviar a los
extraños, no consintió que a sus soldados se les quitase ninguna
pieza, de donde les sobrevino quedar algo más mal quisto de lo que
antes estaba. Concluso esto envió a Juan Esteban por su caudillo a
descubrir la vía y camino que todos juntos habían de seguir. Este
fue con los soldados que le dieron por compañeros, y entrando por
una quebrada que sale a dar al propio río llano de Cúcuta, que
llamaron la quebrada de las Dantas, siguió por ella arriba poco más
trecho de media legua, y acostándose sobre la mano derecha de la
propia quebrada, subió por una cuchilla arriba, por la cual fue a
dar a cierta poblazón que los de Pamplona solían llamar la Loma
Verde, y después se dijo el pueblo y loma de la guazabara, por la
causa que adelante se dirá. Juan Esteban, como llegó a lo alto y
vido cierta poblazón que allí había y que los indios le habían
sentido y empezaban ya a mover bullicio para tomar las armas y
seguirlo, con la presteza que pudo se retiró y volvió a donde Juan
Rodríguez estaba alojado.
Capítulo tercero
En el cual se escribe cómo Juan
Rodríguez y la demás gente salieron del alojamiento de Cúcuta y
fueron al valle de Santiago, y lo que en el camino les sucedió
hasta alojarse en el pueblo de los Corrales
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4
Después de vuelto Juan Esteban de haber descubierto el camino y
pueblo dicho, que estaría del alojamiento donde Juan Rodríguez
estaba alojado en Cúcuta poco más de dos leguas, mandó apercibir y
aderezar los soldados para caminar toda la gente junta, y estando
todos a punto levantaron sus toldos y caminaron con buen concierto,
porque Juárez, que era el capitán, preciábase mucho de que le
tuviesen por práctico soldado y experimentado capitán, y que no se
notase en él ninguna falta de las que excediendo de la disciplina
militar se le podía notar, y así, aunque los soldados eran pocos en
número, repartiolos en vanguardia, batallón y retaguardia, de
suerte que donde entonces había mayor peligro, que era en la
vanguardia por haber forzosamente de acudir allí antes que a otra
parte los enemigos, puso los mejores y más sueltos soldados con
algunos hombres de a caballo que si fuese menester rompiesen los
escuadrones de los bárbaros; porque como la gente de este pueblo,
donde habían de entrar, eran todos los más indios retirados de
otros pueblos más cercanos a Pamplona y que en su primer conquista
habían tenido guerras con españoles, entendían los nuestros que no
había ni podía excusar de tener con ellos recuentro ni
guazabara.
Subido a lo alto Juan Rodríguez Juárez y los que de vanguardia
con él iban, hallaron tan a punto a los enemigos que los salieron a
recibir con las armas en las manos, repartidos por sus escuadrones
de ciento en ciento, todos con paveses en las manos que les cubrían
lo más del cuerpo y arcos y flechas y algunos dardos y macanas, y
juntamente con esto todos aliende de salir, conforme antigua y
general costumbre, hartos de vino o chicha, estaban los cuerpos
desnudos muy untados y engalanados con bija y jagua y otras
colores. Su acometimiento fue con tan buen brío y furia que, aunque
caían algunos, pasados de las espadas y pelotas de los arcabuces y
alanceados de los jinetes, no por eso se retiraron con la presteza
que otros indios lo suelen hacer, hasta que de todo punto, viendo
el gran daño que se les hacía, reconocieron la ventaja que los
nuestros les tenían, y así, aunque tarde, subiendo por unas laderas
arriba que sobre el propio pueblo estaban, dejaron el campo y lugar
a los españoles, poniéndose en lo alto a hacer muy grandes fieros y
desgarros de que volverían con más pujanza de gente sobre los
nuestros. Mas después que de todo conocieron el estrago que en
ellos se había hecho e indios que en la guazabara habían muerto, no
sólo ellos quedaron castigados, pero el escarmiento y ejemplo se
extendió por muchos pueblos que adelante estaban, en los cuales no
sólo no osaron esperar sus naturales pero ni aun dejar sus casas en
pie.
Alojose Juan Rodríguez, con toda su gente y carruaje, en el
propio pueblo de la guazabara, dicho así desde en adelante, por
respeto de este recuentro, con poco daño, porque en la guazabara
solamente le flecharon a Rodrigo del Río y le mataron un caballo de
ciertos flechazos y lanzadas que le dieron, al cual después de
muerto hizo quemar en un bohío y convertirlo en polvo y ceniza, de
suerte que los indios no hallasen rastro de él ni de su muerte,
porque los caballos no perdiesen la reputación que acerca de estos
bárbaros tenían que por verlos de tan terribles y feroces aspectos,
que es doblado cuando andan en guzabaras por andar cubiertos con
unas cubiertas colchadas de algodón que los hace muy espantables,
entendían ser los caballos cosa inmortal y que no les empecían
asechanzas ni heridas que les daban. Estuvo poco en este pueblo
Juan Rodríguez, porque deseaba engolfarse y meterse bien la tierra
adentro, por usar libremente de su oficio con los soldados, porque
con temor de que por estar en tierra de paz no se le volviesen daba
bien contra su voluntad muestras de bien moderado y manso ánimo, y
así caminando adelante de este pueblo de la guazabara, se fue a
alojar a la loma del Viento, llamada de este sobrenombre por la
gran tempestad que en ella continuo corre de vientos de muchas
partes, de tal suerte que así Juan Rodríguez como Juan
Maldonado el tiempo que estuvieron alojados en esta loma no
pudieron tener toldo ni tienda armada que todas no se las derriba o
rompía la furia del aire.
Comiénzanse desde esta loma las vertientes del valle de
Santiago, donde está poblada la villa de San Cristóbal, de quien
adelante trataremos, cuyas aguas van a dar a los llanos de
Venezuela y son el río que allá abajo llaman de Apure; y por la
otra parte de la propia loma vierten las aguas y corrientes a la
laguna de Maracaibo. Viéronse desde este alojamiento algunos
pueblos de indios que en las chapas fronteras y altos había, y
deseando haber algunos naturales paguias y adalides que más
seguramente los llevasen adelante, envió a Juan Andrés Varela, de
nación gallego, con gente a que dando de súbito en los pueblos que
se parecían, procurase tomar algunas personas de ellos.
Caminó Juan Andrés lo que pudo de noche, y en amaneciéndole
sobre el pueblo que se había visto, y hallando descuidados los
moradores de él, tomó muchas personas y túvolas como presas hasta
que Juan Rodríguez, que en amaneciendo salió con la demás gente,
llegó a donde el caudillo estaba. Iba Juan Rodríguez muy airado y
enojado, porque en el camino que este día había llevado se le había
estacado o lastimado un caballo en ciertas estacas o dardos que
para este efecto tenían los indios puestos por junto al camino,
entre altos pajonales; y queriendo apetecer a su ira y cólera con
hacer un abominable castigo, tomó de los indios que en poder de
Juan Andrés halló presos, y con las propias flechas que en su casa
se habían hallado, teniéndole los indios seguramente algunos
soldados, él, con su propia mano, los flechaba y metía con crueldad
de bárbaro las flechas por el cuerpo, sin merecerlo el delito ni
saber si estos indios habían sido los autores de que él recibiese
el daño que su caballo había recibido; pero parte de este daño y
crueldad vino dende a poco a pagar justamente Juan Andrés, que
siguiendo las pisadas por donde su capitán le encaminaba, y yendo a
dar en otra poblazón, cayó en un hoyo, donde se torció una pierna,
de que en muchos días ni pudo andar ni tenerse sobre ella, y aun
quedó algo cojo.
Prosiguió Juan Rodríguez por el valle de Santiago adelante, y
discurriendo por él lo anduvo todo en espacio de un mes. Los indios
habían cobrado miedo a los españoles por algunas crueldades que de
ellos habían oído decir, y no osando esperar en sus poblazones y
casas les pegaban fuego retirándose ellos a lugares montuosos donde
les parecía tener seguridad, y así casi todos los pueblos de este
valle donde Juan Rodríguez llegó alojarse los halló quemados y
arruinados de sus propios naturales, los cuales nunca después de la
primera guazabara que en la loma verde dieron, acometieron a los
nuestros sino fue yéndolos a buscar a sus rancherías y lugares
escondidos donde se habían recogido; porque Juan Rodríguez,
deseando que entre estos bárbaros fuese su nombre temido por sus
crueldades, antes que amado por misericordia, envió diversas veces
a Juan Esteban con gente de noche y buscar las rancherías de los
indios, donde los pobres, como gente que por todas vías los
perseguían procuraban defenderse con sus flechas y otras armas,
donde algunas veces, por la desorden y codicia de los soldados, los
hubieran de matar, porque como algunos de los españoles que Juan
Rodríguez llevaba eran chapetones, que es tanto como decir bisoños
o novicios, al tiempo que habían de estar más sobre el
aviso y al alerta y juntos, se desmandaban en ranchear cosas de
poco valor e importancia, y viéndolos los indios así revolvían
sobre ellos y poníanlos en aprieto, y así hirieron algunos, mas
bien lo pagaban los que cogían y habían a las manos, porque, o
acuchillados o flechados o comidos de perros nunca dejaban de pagar
justos por pecadores.
Después de haber andado Juárez con su gente todo lo que en el
valle se pudo andar, se vino a alojar a un pueblo que llamó del
Arcabuco, y después que llamado de los Corrales, que es el último
para subir al páramo de San Bartolomé, donde tuvo
algunas grescas y desabrimientos con algunos de sus
soldados, porque no pudiendo sufrir el trabajo de la guerra ni la
elación del capitán, se querían volver a Pamplona y desampararle;
lo cual fue descubierto y presos los culpados, con los cuales usó
de algún rigor por atemorizar a los demás, pero no para que
afrentase a ninguno.
Capítulo cuarto
En el cual se
escribe cómo desde el pueblo de los Corrales envió el capitán a
Juan Esteban a descubrir con gente, y descubrió el valle de San
Bartolomé, donde le mataron a Cisneros, español, y el valle de la
Grita, al cual se fue alojar Juan Rodríguez con toda su gente.
Había Juan Rodríguez mirado y considerado toda la serranía que
cercaba el valle de Santiago y ninguna le había contentado para
arrojarse por ella, porque la mano derecha del propio valle como en
él entraron, que es hacia la parte del sur, hacía la tierra
demostración de muy ásperas y montuosas sierras que amenazando
desde lejos con la altura y empinamiento de que naturaleza las
había dotado, con las grandes y espesas montañas de que estaban
cubiertas, se hacían y figuraban muy dificultosas a los ojos de los
que las miraban, para por ellas pasar a la parte oriental. Tenían
certidumbre que estaban los llanos de Venezuela, de donde no
esperaban haber ningún buen fruto, demás de que asimismo las
sierras que por aquella parte se vían, también eran muy
arcabucosas. La tierra que a la parte del norte se mostraba era
pelada y más apacible que otra ninguna de la que por allí se vía, y
así se determinó Juan Rodríguez, y aun le fue forzoso, pues la
incomodidad de la tierra no le daba lugar a más, seguir aquella vía
del sur.
Desde el pueblo de los Corrales donde estaba alojado, envió a
Juan Esteban con soldados que subiendo a lo alto de un páramo que
por delante tenía, descubriese y viese lo que de la otra parte
había. Juan Esteban, cumpliendo lo que su capitán le mandaba,
atravesó por ciertas manchas de arcabuco que le fue forzoso pasar,
con algún trabajo suyo y de los que con él iban, y puesto en lo
alto del páramo y viendo la disposición de mucha tierra que desde
allí se vía y señoreaba, se derribó y dejó caer sobre la mano
Izquierda, a donde las primeras aguas del páramo vertían, y
siguiendo su declinación fue a dar en unas indias que apartadas
poco trecho de su poblazón estaban, las cuales alborotándose de la
vista de los españoles y soldados comenzaron a dar muy grandes
voces con que alborotaron los indios que en el pueblo había, que
estaba cerca, y los españoles por respeto de una ceja o lista de
arcabuco que por delante tenían no lo vían, mas siguiendo el camino
que llevaban con todo cuidado y diligencia, dieron de súpito en el
pueblo, cuyos moradores hallaron con las armas en las manos, que
era mucha y muy buena flechería, con la cual recibieron a los
nuestros, que con muy buen brío se arrojaron entre ellos y
comenzaron a herir los que pudieron y hacerlos retirar y dejar el
pueblo, siguiéndolos siempre hasta meterlos en cierta montaña que
de la otra parte del pueblo tenían. Pero esta victoria no dejó de
costarles a los nuestros sangre, porque como al entrar del pueblo
los soldados no tuviesen tanto cuidado de mirar el daño que por los
lados, de través, se les podía hacer, uno de los bárbaros, que
estaba emboscado, entre otras flechas que tiró dio con una a
Cisneros, soldado español, en el lado izquierdo, de que cayó luego
muerto en el suelo, y aliende de este que mataron, fue herido Juan
Esteban de otro flechazo malamente.
Y porque los indios no sintiesen ni conociesen el mal que habían
hecho, porque no les fuese causa de cobrar brío, se salieron los
españoles lo más presto que pudieron, y metiéndose por una montaña
enterraron en ella a Cisneros, que habían llevado cargado en una
hamaca sobre los hombros; y de allí, atravesando una loma alta que
sobre la mano derecha se hacía, vinieron a dar a un valle o
quebrada que hoy es llamada el pie del páramo de San Bartolomé,
porque bajando de él la víspera de este santo entró en el pueblo y
valle donde le mataron a Cisneros, a quien asimismo llamaron valle
de San Bartolomé, pero en lengua de los propios naturales es dicho
este pueblo y valle Vanegara.
Después que Juan Esteban se vio alojado en el lugar y quebrada
dicha, y vio que en ella no había ninguna poblazón, acordó por su
indisposición quedarse allí y enviar diez soldados a que desde
cierta cuchilla y loma que el río abajo, sobre la mano derecha, se
hacía, viese lo que adelante se parecía. Fue por caudillo de ellos
Rodrigo del Río, el cual, siguiendo el camino con sus compañeros
hasta donde le fue señalado, descubrió ciertas poblazones de indios
en una caldera, que fue llamado el valle de la Grita, nombre puesto
por los españoles a causa de que los moradores de aquellas
poblazones, toda la furia y brío que en las armas había de poner,
la pusieron en dar muy grandes voces y alaridos al tiempo que
vieron los españoles cerca de sus pueblos; mas el nombre propio de
la poblazón de que sus naturales vían es Humugria y Cariquena.
Los diez españoles volvieron a donde Juan Esteban estaba, y
aquella propia noche que llegaron fueron muchos indios de las
poblazones referidas en su seguimiento, bien pertrechados de armas,
haciendo ademanes de querer hacer y tomar toda la gente española a
manos; pero como en ninguna cosa sean los indios perseverantes,
salvo en su gentilidad y costumbres, no hicieron más de cercar a
los nuestros y dar muy gran grita y vocería, sin que osasen llegar
a ofender, ni menos los nuestros quisieron salir a rebatirlos ni
echarlos de sobre sí, por respeto de estar Juan Esteban herido del
flechazo que en el valle de San Bartolomé le habían dado. Antes
temiendo que venido el día no les pusiesen los indios en aprieto y
riesgo, antes que amaneciese se subieron por una cuchilla que
tenían para subir a lo alto del páramo; aunque algunos quieren
decir que por respeto de ser estos indios más vocingleros que
guerreros, pretendieron con solas voces echar a los españoles de su
tierra; y que la pretensión no haya sido ésta, en efecto ellos
salieron con ella, pues con solas voces los hicieron retirar antes
de tiempo.
Pasado el páramo que, aunque templado, es algo largo, Juan
Esteban se bajó al pie de él, en parte donde le pareció estar
seguro de los naturales, y por ahorrar de trabajo envió a decir a
Juan Rodríguez, su capitán, lo que había descubierto, y cómo podía
caminar con toda la demás gente hacia donde él quedaba. Los
mensajeros de esta embajada fueron Rodrigo del Río y Guernica,
vizcaíno, y Alonso González; entre los cuales sucedió un hecho tan
feo cuanto cruel. Porque llevando Alonso González un indio de la
tierra por guía, Guernica, por cierta leve ocasión, se lo quitó de
entre las manos y le echó a unos perros que con su acostumbrada y
natural crueldad lo despedazaron y comieron, sin que los demás lo
pudiesen remediar. Sabido por Juan Rodríguez la quedada de su
caudillo Juan Esteban, pareciéndole que era mucha libertad para
soldados, lo envió a llamar y le hizo que volviese a donde él
estaba, donde fue reprehendido de su pereza.
Partiose Juan Rodríguez con toda la gente que consigo tenía, y
caminó la Vía del valle de la Grita, cuyos moradores, viendo que
los nuestros se acercaban a su poblazón, le pusieron en un camino
que apartado de ella atravesaba adelante por la loma que ahora se
sigue Para Mérida, por donde forzosamente habían de pasar los
nuestros, muchas y muy grandes múcuras o cántaros5 de chicha y maíz
y otras comidas de que ellos usan, y con esto se volvieron a sus
pueblos y lo más cercanos, desde donde estaban a la mira, dando
de continuo voces. Juan Rodríguez, no se deteniendo en
lo que en el camino estaba puesto, pasó de largo y se fue al pueblo
que más cerca tenía, que estaba sobre la mano derecha de la loma y
cuchilla donde los indios habían puesto las comidas, en el Cual
pueblo estaban sus moradores y otros que con ellos se habían
juntado, con determinación de defenderlo; pero fueron presto
ahuyentados con el ímpetu y allegada del capitán y de
sus soldados y de los caballos y jinetes que alancearon y
alcanzaron algunos indios, con que los demás cobraron harto temor,
y así se alojó en este pueblo propio toda la gente, con designio de
holgarse en él algunos días.
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1
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La palabra "undécimo" reemplaza a duodécimo, tachada. Véase
nota 1 al libro 5°
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3
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La palabra que esta enmendada es casi ilegible.
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4
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En la "tabla" de Sevilla se lee: "corales".
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5
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Las palabras "o cántaros" están añadidas al margen.
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