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Capítulo décimonono | [1] En el cual se escriben loo árboles fructíferos que en esta provincia había, así domésticos como agrestes, y los que después que Vitoria se pobló han puesto y plantado los españoles.

 

El tiempo puede tanto en toda cosa que muchas veces lo que se tiene por permanecedero y al parecer y juicio de los hombres turará por algunos siglos, los consume y acaba en breves días, de suerte que no se halla vestigio ni rastro de ello, y en lugar de lo que consume, añade y pone de nuevo cosas que claramente saben ser muy desemejables a las pasadas, y las más veces las compuestas y artificiales y advenedizas de fuéra se tiene entre los hombres por naturales, sólo por no hallar escrito lo que en semejantes casos usaron y tuvieron sus mayores, cuya memoria está de todo punto puesta en olvido; y así claramente vemos que en nuestra España no se sabe hoy por entero qué árboles o frutales eran naturales y producía la tierra ni cuáles fueron traídos de Asia, Africa y otras partes del mundo, y lo mismo es acerca, de las costumbres y manera de vivir que tuvieron, porque aunque se halle escrito que era una gente robusta e indómita y que con pertinacia siguieron los ritos de su gentilidad, no se halla por extenso escritas todas las costumbres que tenían, y como he dicho, los árboles y frutas de que usaban para su sustento, y jumentos y otros animales que para su servicio tenían, ni cómo usaban de ellos, lo cual ciertamente en este tiempo donde tanta pulida, erudición y doctrina hay nos diera muy gran contento saber y leer, con lo cual conociéramos más claramente esta fuerza del tiempo que todo lo muda y revuelve; y considerando yo este mudamiento que el tiempo ha de hacer en todas las cosas de las Indias, he presupuesto, aunque como algunas veces he dicho no pensaba meterme en tanto trabajo, escribir todo lo que pudiere acerca de las costumbres y barbaridad de los indios, y asímismo las cosas que en su tierra había y se daban y criaban y la tierra producía en la sazón que los españoles entraron en ella, pues los que en los siglos venideros fueren hallando en su tiempo las cosas más asentadas y enmendadas y en todo mudadas se holgaran de ver y leer la diferencia que de este tiempo al suyo en todo habrá, y así he ido escribiendo las cosas que a mi noticia han venido aprobadas por ciertas y verdaderas en los libros pasados, donde tratando de las conquistas he tratado también los naturales, y lo mismo he hecho en el presente libro, en el cual sólo me resta tratar y escribir algunas particularidades así de los indios como de árboles que la tierra producía y los que de nuevo han plantado los españoles, y animales y culebras y otras sabandijas que la tierra produce, que cierto son cosas dignas de notar, aunque para darse a entender se han de escribir con alguna prolijidad.

En esta provincia de Vitoria se han hallado entre los naturales de ella algunos indios, y aun muchos, que natura errante se hallan con dos sexos, de hombre y mujer, cosa cierto que en pocas partes se han hallado ni visto tan en general como en ésta. Estos tales acostumbran usar y ejercer los oficios mujeriles en cuanto toca al servir con sus personas, porque lo demás, tocante al uso de sus naturas, de ninguna de ellas usan, antes viven muy triste y vergonzosamente, por ver en sí aquel yerro de naturaleza. El sexo varonil no lo tienen formado como lo tiene cualquier hombre, ni aun en él tienen ningún movimiento ni alteración viril, por lo cual muchas veces he presumido ser ajuntamento o superficie de carne, y como está puesto en lugar tan conjunto al sexo mujeril, impídeles el ayuntamiento y el usar estas tales personas de su oficio, que enteramente son mujeres, porque por el vaso que estas tales tienen desaguan la vejiga; y las que este ajuntamiento de carnosidad tienen tan pequeño que no les impide ni estorbe la cópula, usan de sus personas enteramente con los varones, y las que, como he dicho, lo tienen crecido, ni usan de lo uno ni de lo otro, porque la carnosidad de quien impropiamente llaman algunos sexo viril, les impide el usar del mujeril; y así entiendo que andan errados los que han afirmado ser estas dos cosas dos naturas o sexos en una persona; y aunque entré diciendo que en esta provincia de Vitoria las había, es conforme a la relación que los vecinos de aquel pueblo me han dado por cosa muy cierta, pero mi opinión es otra, porque ya que en alguno errase la naturaleza, como en algunas partes y tiempos pasados se ha visto en Europa, pero no tan generalmente como entre estos naturales hay de estas personas tales, de quien tratamos.

Entre las otras brutalidades notables que estos bárbaros tienen, es el carecer de cuenta, que ni saben contar por días ni por lunas, que son los meses, ni por los años, ni ningún número que pase de diez, y éste cuentan por los dedos con harto trabajo, y en llegando a diez luégo dicen mucho o muchos, conforme a los que se les interrogan. Esta ignorancia debe causar la poca contratación que unos con otros tienen, que ni por vía de ferias ni de mercados ni por otro interés ninguno no saben vender nada los unos a los otros. Los tiempos de las sementeras miden y trazan y conocen en esta manera; presumen estos bárbaros que las estrellas, a quien llamamos Cabrillas, son hermanas de los Astillejos a quien ellos tienen por sus hermanas, y que estas estrellas hacen labranzas, y cavan y siembran, y se siguen por ellas: de esta suerte, por el mes de diciembre, que a prima noche van las Cabrillas sobre el medio de su horizonte, dicen que empiezan ya a cavar sus labranzas y a rozarlas, y así ellos en este tiempo hacen lo propio, aderezando, desmontando y rozando la tierra, para sus sementeras, porque por la flaqueza de la tierra no siembran estos indios en una parte dos sementeras una tras otra, y si las siembran, en la segunda no cogen casi nada de maíz y todo se les convierte en yerba, y la han de beneficiar y cultivar con demasiado trabajo, y con todo esto no cogen maíz, y así cada vez que han de sembrar, han de rozar de nuevo la tierra y desmontarla, porque como es montuosa y las aguas son muy cotidianas, crece mucho el monte en ella, y así vienen a tener rozadas y desmontadas y cavadas sus labranzas a tiempo que a la media noche las Cabrillas van ya bajas y los Astillejos en medio del cielo, y entonces dicen que ya las hermanas de las Cabrillas, que son los Astillejos, siembran los maíces en la tierra que las Cabrillas tienen cavada, y así ellos luégo juntan sus hermanas, las cuales les siembran el maíz, porque como atrás queda escrito, entre estos indios la mujer no sirve al marido más de para sus lujurias y carnalidades y hacerles de comer, y en todo lo demás han de servir a los hermanos.

Para esta sementera tienen otra señal, y es que por fin de enero o principio de febrero atraviesan por esta región y provincia grandísimo número de aves, a manera de grullas, volando por lo alto, que en dos o tres días no cesan de pasar, y cuando estas aves pasan ya ellos tienen cavada su tierra, y luégo siembran su maíz. Estas aves, aunque parecen y tienen hechura de grullas, no lo son, porque tienen el pecho blanco y van todas volando sin concierto y tendidas a todas partes, lo cual no hacen las grullas, que vuelan con orden y por escuadrones, como es notorio.

Por este mismo tiempo vienen de hacia la Florida a la isla española de Santo Domingo muchas bandas de ánsares silvestres a ciertas lagunas que en aquella isla hay, y delante de cada escuadrón va por guía un halcón, tras de quien los ánsares siguen, y por bajo y a los lados van otros muchos halcones y pájaros de rapiña, que se van cebando en las ánsares, y por daño que en ellas hagan nunca dejan de seguir el halcón que los va guiando, lo cual hacen con tanta atención que si el balcón que las guía se abate a tierra todas se abaten, y cuando él se levanta todas se levantan y le siguen, cosa cierto de admiración; y así dicen que en esta isla andan tan cebados los halcones que en el campo no osan criar los vecinos ánsares.

Escribí esto aquí porque algunas personas han presumido de estas aves que en este tiempo pasan por esta provincia de Vitoria ir con ellas halcones que las guían y destruyen, porque después no las ven volver.

Hacen estos indios la otra sementera por agosto, y la tienen por la mejor y de más fruto y más cierta. El tiempo de esta conocen en ciertos árboles de una muy menuda hoja, los cuales por este mes de agosto retoñan o echan flor con gran furia, y en viendo los indios a estos árboles hacer esto, luégo, con toda presteza ponen mano en sus labores y hacen sus segundas sementeras, que dos veces cogen maíz en cada un año. Echan estos árboles unas vainillas, como de frisoles, con una semilla a manera de arvejas, y conforme a los mudamientos que este árbol hace después que comienza a echar la hoja, así van los indios rigiéndose en sus labores, rozando y quemando y cavando y sembrando, y la misma orden que en el maíz guardan en el sembrar los frisoles, que se dan en esta tierra de los pequeños que en España hay gran cantidad.

Estos patangoros no hacen por el ají ni lo tenían en mucho, como comúnmente lo suelen hacer todas las naciones de este Reino, que sembrado en sus tierras o habido por rescates, nunca los hallaron sin ello; y la misma flojedad usaban acerca de tener en sus pueblos otros árboles de fruta, porque en ellos no se halló más de solamente guayabos muy altos y crecidos, y éstos daban unas muy hermosas guayabas, tan agrias como naranjas, excepto que el agrio de éstas era muy gustoso; y estos guayabos y guayabas tenían para echar el vino con que lo hacían de muy buen gusto y olor. Tenían asimismo curales, que son árboles crecidos, y grandes; tienen la hoja casi a la manera de la de cidro; la fruta de éstos algunos las llaman peras, por tener alguna similitud de ellas, y otros las llaman curas, y otros paltas. Es fruta que pocas de ellas maduran en el árbol, sino desque están crecidas y de sazón las cogen y las ponen en parte abrigada donde maduran. Tienen dentro un gran hueso que ocupa la mayor parte de ella, el cual no es de comer sino la carne que entre este hueso y el cuero se cría que es, si está de sazón y bien madura, de muy buen gusto, aunque es comida ventosa y pesada y humida.

Solos estos dos géneros de árboles tenían los indios en sus pueblos. Otros había silvestres por los arcabucos o montañas, que la tierra de suyo producía, como son unos muy altos árboles y de gran copa y rama y de muy dura y turable madera y trabajosa de cortar: nunca le entra carcoma ni se pudre aunque esté debajo de la tierra o del agua mucho tiempo. La fruta de estos árboles son unas almendras o cuescos de la forma de los duraz­nos, y mientras están verdes están cubiertos de un erizo, como el de la castaña, aunque las puyas son más duras. Y hay otro género de éstos que esta cascara o cobertura es como la de la nuez en el nogal propiamente en parecer y en sabor. Estos cuescos tienen dentro en sí un meollo o carne mayor que una almendra y de singular gusto y sabor: Atribúyeseles para dar mejor a entender y conocer el gusto de esta fruta, al que hacen la nuez y el almendra comidas entrambas juntas. Es fruta seca y cálida en tanta manera que comiendo en abundancia de ella luégo sienten calor en el estómago y en los lomos, y sus humos y vapores suben luégo a la cabeza. Por su gran substancia dicen ser buena y sustancial y provechosa para hombres viejos más que para los jóvenes.

Hay otros muy crecidos árboles que echan otra fruta a manera de cocos, excepto que la hechura la tienen de una pequeña ollita, porque tiene la boca y bordo retornado, como cualquier olla hecha en España, y mientras está verde está tapada la boca con la tapa de que naturaleza la dotó, y en madurando y en secándose despide la tapa y queda el vaso abierto y dentro tiene cinco cuescos a manera de gordas habas con sus vainas verdes, y abren estas vainas y sacan de ellas y de cada una, una fruta blanca del tamaño del dedo pulgar, y ésta se come asada y es muy dulce y sabrosa, y si se come cruda causa alteración y revolución en el estómago y promueve a vómito; y demás de esto, dentro, en el coco u ollita, en el hondo, se cría al pie de cada cuesco o haba otra frutilla blanca sin cuesco: sirven de jarros y no tienen cáscara o cuero. Esta comida tiene sabor de manteca de vaca. Estos cascos, como tengo dicho, sirven de jarros y vasos para otros servicios, porque son casi tan recios como el coco.

Otros árboles hay: la fruta que dan les nace pegada a los palos de las ramas: es colorada como cerezas; son muy sabrosas y apetitosas; tienen una punta de agro muy graciosa y gustosa, y aunque se coma de esta fruta en mucha cantidad no hace mal ni da en rostro. La madera de este árbol es blanca y de la suerte que la del cerezo. Otros árboles hay que echan una fruta cubierta de una cáscara como de nuez verde, y es del propio tamaño y grandor, excepto que tiene mal parecer. Esta fruta partida tiene dentro un meollo como la yema de un huevo, excepto que es blanca, y esta yema tiene otra cáscara muy delgada y muy tierna. Cocida esta fruta en agua y comida es de singular sabor y gusto. En lo cual excede a todas las otras que en esta provincia hay.

Arboles para maderas y otras cosas necesarias y provechosas a los pueblos, hay en mucha diversidad, que yo no los puedo aquí decir y nombrar todos. Sólo diré que hay cedros muy gruesos, y éstos, aunque no tan finos como los de la isla de la Madera, pero huelen bien. Otro género de cedros hay de corazón amarillo, y así tiñen y son muy recios y turables, y así los procuran los españoles para hacer sus bohíos. Otro género de cedro hay bien recio y tiene el corazón pardo, y algunos quieren decir que es de generación de ébano. Otro árbol hay muy recio, que tiene el corazón más colorado que el brasil, y así tiñe y da la color. Hay muchos y muy altísimos árboles de bálsamo, como los de la Nueva España: no se saca de ellos aquel licor porque los españoles en ser perezosos y poco curiosos en semejantes cosas van ya imitando la flojedad de los naturales.

Después que Vitoria se pobló han plantado los españoles en esta provincia naranjos dulces y agrios, cidras, limas, limones y plátanos, a quien más propiamente dicen llamarse avenanas, porque el plátano, según afirman personas que lo han visto, tienen la hoja de hechura de una adarga, y este árbol la tiene larga, según claro se ve, pues tan general es ya en todas partes, y tiene más la hoja del plátano que demás de ser de la forma dicha son muy delgadas y muy labradas de plateadas labores. Han plantado piñas de las de las Indias, que no las solía haber entre estos naturales, y danse muy buenos y granados de los de España, que ya empiezan a dar y llevar fruta, y cada día irán plantando otro género de árboles, aunque en este Reino hay muy pocos de los frutales de España, porque se han dado los pobladores primeros poco por ellos; y por aquí podrán ver los que adelante fueren lo que habrá acrecentado estas cosas y aumentado la tierra.

 

Capítulo vigésimo | [2] En el cual se escribe de algunos animales y todo género de reptilia que en esta provincia se crían, y de alguna diversidad de culebras ponzoñosas y sus efectos y propiedades, y el remedio o cura que para ellas se hace.

 

Aunque esta provincia de Vitoria es tierra tan montuosa y cubierta cuanto de lo escrito se colige e infiere, se crían en ella muy pocos animales, que parece cosa que en pocas partes de Indias se ha visto. Como la tierra sea caliente y montuosa y poblada nunca deja de haber tigres, leones, osos y otros muchos géneros de animales, de lo cual, como he dicho, carece esta tierra. Algunos gatos o micos se crían, pero pocos y en pocas partes. Sólo se halla por estos montes grandes bandos de ratones, los cuales cazan los indios y los comen, y unos animalejos pequeños, a ma­nera de zorras, que se comen las gallinas que pueden haber, ya hacen tanto daño que por causa de éstos y de los murciélagos no se crían en esta tierra casi gallinas, y así vale una comúnmente entre los españoles de este pueblo un peso de buen oro, que es bien subido precio. También se halla en estos montes aquel animalejo pequeño que trae o camina con sus hijos metidos en los senos o bolsas que naturaleza para este efecto le dio, y los españoles y aun los naturales de esta provincia tienen que en aquellas propias bolsas engendran y conciben los hijos, y allí los traen después de que están reformados de todo punto, de lo cual se ha visto clara señal porque en diversos de estos animales que los españoles han tomado o muerto les han hallado en los senos los hijos muy pequeños y sin pelo, aunque formados y con una tripina a manera de cuerda de vihuela que procede y sale de dentro del vientre de la madre y los atraviesa a todos por las bocas, por donde les va el nutrimento y sustancia de las entrañas de la madre para su reformación y creación. Parécenme ciertas señales estas de que en los senos o en algún escondido vaso que en ellos tiene recibe este animalejo la simiente del macho para engendrar; cosa es cierto, a mi parecer de las más notables que naturaleza ha hecho: lo que yo sé cierto y he visto de estos animalejos es que la hembra tiene su natura en la parte que los otros animales de cuatro pies la tienen.

También se crían en esta tierra muy pocos géneros de aves que con ser el papagayo pájaro muy general y que en todas partes, especialmente en tierra caliente y montuosa, suele haber muchos y muy gran cantidad, aquí los hay muy raros y pocos, pero de buen distinto y naturaleza, porque en breve tiempo deprenden la lengua que se les enseña y la hablan graciosamente, en especial unos papagayos pequeños a quien llaman periquitos. Críanse unos pájaros negros, de quien en otras partes de esta historia hemos escrito, que son del grandor de una picaza y tienen el pecho y los encuentros de las alas amarillos, y el pico muy grande y disforme, con que hace gran estruendo y ruido. Suelen amansarse estos pájaros y tenerlos en casa domésticos y ser perjudiciales en las cocinas, porque para sacar la carne de las ollas no han menester otro instrumento más de los picos. Andan contino a saltos, como picazas o cuervos.

Hay algunos ruiseñores, mayores que los de España, de poca voz y música, y así casi parecen contrahechos. De los pajarillos a quien llaman tomines hay en esta tierra muchos: susténtanse de mosquitos que en el aire cogen, y cuando los toman hacen con el pico, que lo tienen muy largo, más ruido del que de ave tan pequeña se presume. Es de veloz vuelo y muy súpito, y por eso hace con las alas algún estruendo. Hay algunos que afirman que este pájaro, al tiempo que se le acaba el vivir y está propincuo a la muerte, se afierra con las uñas de la hoja de cierto árbol y allí se queda colgado y se consume. Es muy galana la pluma de este pájaro toda ella junta, porque tiene un verde oscuro con muchas aguas casi chamelotadas que le hacen lucir muy bien. Un pajarillo de éstos, acabado de matar, con su pluma y tripas y sangre, así como anda volando, se halla pesar dos tomines, que es bien pequeño peso.

También se hallan paujíes, que son, como atrás he dicho, unas aves poco mayores que gallos y todos negros. El macho es más galán que la hembra: tiene unas pequeñas barbillas coloradas como, las de un gallo, y por cresta una corona hecha de unas pequeñas plumas negras que lucen muy bien, y las puntas de ellas todas retorcidas para adentro, que le hacen tener forma de corona. Otros hay que, como atrás he dicho, tienen sobre la cabeza una piedra azul, más alta que la cresta de un gallo. Críanse y andan continuo por arcabucos o montañas; susténtanse de frutas silvestres y de lombrices y algunos gusanos que la tierra produce; andan siempre juntos macho y hembra y jamás se aparta el uno del otro; y si acaso no se ven luégo dan voces y por ellas se vienen a juntar. Hacen sus nidos en altos árboles, donde ponen dos huevos azules, casi de los de grandor de gallinas, y de ellos sacan dos pollos, macho y hembra, y allí los crían y sustentan hasta que ellos son para volar e ir a buscar de comer. Los indios de Vitoria tienen por opinión que estas dos aves paujíes, que no tienen ajuntamiento, según su propio género, el macho con la hembra, sino que cuando la hembra está en disposición de recibir sustancia para que los huevos no sean defectuosos o ingenerativos, arastra o abaja la cola y parte trasera al suelo y que se le mete una lombriz por aquella parte de su generación, y que de esta lombriz reciben virtud generativa los huevos; y este error les nació a los indios de que aunque han tenido y tienen en sus casas de estos paujíes domésticos no se ha visto jamás que entre ellos haya ningún ayuntamiento ni que pongan huevos ni hagan nido ni cosa que toque a su multiplicación. Tómanse pequeños en el nido y críanse en las casas así de indios como de españoles, y esta experiencia de no juntarse ni criar los paujíes domésticos la han notado muy particularmente los españoles. Es ave que después de doméstica no se va ni ausenta, aunque pueda; tiene muy buen comer y sabrosa y muy hermosas pechugas.

Algunas aves hay nocturnas, como murciélagos y lechuzas, y otras que aún no son conocidas por los españoles.

La limpieza que esta tierra tiene de tigres, leones y otros fieros dañinos o perjudiciales animales se le convirtió en abundancia de ponzoñosas y grandes culebras de muchos géneros y maneras, y aunque algunas de las que por esta tierra hay y se crían se han visto en otras partes, de quien atrás hemos escrito, referirlas he aquí por tratar más particularmente de sus propiedades, que en esta parte han sido más experimentadas por los españoles y por los indios.

Entre otras grandes culebras que en esta tierra se han visto y hallado, fue una que acaso toparon un día ciertos soldados, que tenía veinte pies de largo y la cabeza como de una gran ternera y lo grueso del cuerpo como el anchor a través de un hombre de buena estatura y disposición. Metiéronle en la boca una lanza jineta para herirle con ella y la royó y quebró con las presas que tenía que era su ponzoña. Un género de culebras hay que en la boca tienen cuatro presas, dos altas y dos bajas: las de abajo son huecas y encayan en ellas las de arriba, y de estas presas huecas echa esta culebra una ponzoña a manera de aceite tan pésima y nocible que si acierta a morder a alguna persona en la misma hora le fuerza a que se ensucie y orine sin sentirlo; y le hace echar o reventar sangre por las narices, ojos y oídos y boca, y aun por las uñas. Los naturales dicen de esta culebra, que si acosándola y apretándola no puede hacer daño en quien la daña y acierta a echar los dientes en cualquier verde y vicioso árbol, que en la hora comienza a hacer sentimiento el árbol y se va secando y perdiendo la fuerza hasta que de todo punto se seca: cosa cierto inaudita hasta nuestros tiempos y de grande extrañeza.

Hay otras culebras pardas y crecidas y muy ponzoñosas. Estas tienen en las encías unas carnosidades que las abren y cierran como bolsas: cuando quieren morder abren aquellas carnes y descubren unos dientes como delgadas puntas de espinas, con que muerden y hacen harto daño. Son estas culebras muy nocibles, porque salen a buscar por los caminos a quién morder. Otras culebras hay como un brazo, que tienen en la punta de la cola dos uñas o gavilanes con que pican, y donde tienen recogida toda su ponzoña, que es muy perjudicial. Cuando éstas se hallan a punto de hacer salto, sacuden o hacen golpe con la cola y pican con las uñas o gavilanes que en la punta tienen, por donde vierten la ponzoña, y es mortal su perjuicio y daño. Hay otras culebras bien largas y gruesas, que si las fatigan se encogen en el suelo y hacen una rosca de muchas ruedas, dejando la cabeza en el centro salida para arriba, con palmo y medio o dos palmos de pescuezo, y de allí se arrojan con tanta velocidad y presteza al rostro del hombre a morderle que pone temeridad, y así suelen alcanzar gran distancia y arrojarse con gran furia, sin que de ellas quede cosa alguna en el suelo. Son también éstas ponzoñosas y perjudiciales, y muchas veces cuando se enroscan, con estar el hombre apartado de ellas más distancia de veinte pies, piensa que está seguro de recibir golpe de ellas, y allá le van a alcanzar de un solo salto que desde el centro de sus ruedas hace. Tienen otra propiedad estas culebras: que no de cualquier golpe que en la cola les dan las matan ni quitan sus fuerzas ni aun les dañan en cosa ninguna; y si les dan en el colodrillo aunque el golpe sea liviano la aturden y matan.

Para las mordeduras y ponzoñas de estas culebras usaban estos naturales de diversos remedios, algunos de los cuales escribiré aquí. En la hora que de cualquier culebra era mordido cualquier indio, si podía haber la culebra cortábanle la cabeza, y seca y molida se la daban a beber, y con esto dicen que remediaban mucho su ponzoña, y cuando esto no podían hacer, tomaban la caxcara de tres yerbas, que cada una traían de su parte, las cuales aún hasta ahora no son conocidas de los españoles, y dábanselas a beber al mordido, y con este remedio algunos escapaban y otros perecían, y con esto se pasaban; pero después que los españoles están en la tierra se hacen las curas en esta manera: si la parte mordida es pierna o brazo, por cima la mordedura le atan con un cordel reciamente, de suerte que la ponzoña ni sangre no puedan subir arriba, y luégo le sajan el lugar de la mordedura y le van rayendo toda la sangre que va saliendo, porque cuajándose allí no impida el salir de la sangre y ponzoña que en el cuerpo está, y así le tienen opreso hasta que por las sajaduras ha salido toda la sangre que ha podido y puede salir y ella de suyo se estanque, y hecho esto hacen un hoyo en el suelo y allí le entierran el brazo o pierna con su mordedura, donde lo tienen por espacio de veinticuatro horas y con esto escapan muchos con la vida y se mitiga y remedía la ponzoña. Pero por más acertada cura se tiene otra que de poco acá han usado. Atan la herida y sájanla en la forma dicha, y después de haberse desangrado bien pónenle encima de la picadura lo que les parece de la inmundicia del hombre, y átansela allí con una venda y tiénela espacio de veinticuatro horas, en el cual tiempo se halla por experiencia perder la ponzoña toda su furia y aplacarse cualquier hinchazón y alteración que haya sobrevenido.

Hállase por cosa cierta que el principal sustento de la culebra ponzoñosa en esta tierra son los sapos, que hay muchos y en gran abundancia, a los cuales también como a los otros animales proveyó naturaleza de distinto para buscar su defensa y remedio contra los que los persiguen; y casi sintiendo esto el esforzado Agesicao, lacedemonio, dijo no haber animal que si se puede vengar no se vengue, porque acosa vio un muchacho que tenía por la cola un pequeño ratón, que procurándose librar de las manos de quien le tenía preso, revolvió la cabeza y le mordió y forzó que le soltasen. El sapo conoce y sabe ya que la culebra es quien le ofende y consume la vida, el cual en estas partes es más ligero que en Europa, porque corre y salta casi de la manera de un conejo y tiene su cueva en caverna hecha donde se recoge, y en sintiendo que la culebra viene sobre él para matarlo, si está cerca su acogida o cueva se arroja en ella con la ligereza que puede, que no es mucha, e incontinenti revuelve su cabeza a la puerta de la cueva por do entró y si ve que la culebra todavía va en su alcance y seguimiento abre la boca de suerte que con ella ocupa toda la entrada de la cueva, y como la culebra va en seguimiento y rastro del sapo le parece que la entrada está desocupada, arrójase sin más mirar y mete la cabeza por la boca del sapo, el cual al momento la cierra y aprieta con tanta fuerza que por mucho que la culebra haga no se puede soltar, y allí la tiene basta que la mata, donde paga su gula y es muerta por la industria de otro más vil animal que ella.

 

Capítulo vigésimo primero | [3] En el cual se escriben y notan algunas sabandijas ponzoñosas que en esta tierra se crían, y los remedios de que contra su ponzoña usan, y algunas cosas que en los ríos se hallan y la tierra cría y produce.

 

La ponzoña de esta tierra o la constelación de ella es tal que estas nocibles ponzoñas no sólo se extienden a las culebras referidas, pero a los sapos, arañas, alacranes y gusanos y otras sabandijas que en esta tierra se crían muy abundosas de ponzoñas, pero no tan empecibles como las de las culebras, mas tales que hacen temer con su dolor y furia a los mordidos.

Tiene esta tierra particular cuenta con unos gusanos que se crían y andan por los árboles y yerbas. Son vellosos y de diversas colores; hay verdes y negros cuya ponzoña se extiende hasta el vello o lana que les cubre, y causa tal operación en el hombre que a la hora se envara y siente muy particular e intrínseco dolor en todas las coyunturas y miembros de su cuerpo, de suerte que pocas otras ponzoñas de culebras llegan en sus primeras operaciones a hacer el dolor y alteración que la de este gusano. Al principio que los españoles entraron en esta tierra, fueron algunos picados de ellos, y como se hallaban en breve tiempo envarados y atormentados de un muy gravísimo dolor, presumiendo ser irremediable su mal y más nocible, disponían sus ánimas y conciencias haciendo lo que eran obligados como si estuvieran en verdadero artículo de la muerte, mas después que conocieron de donde les procedía el daño, lo remediaron con facilidad por diversos modos.

En la hora que se siente el hombre mordido de este gusano, a quien en esta tierra llaman sabandija por su mala propiedad, luégo acude a buscarlo, y si lo halla mátalo y sácale las tripas, y con el herbaje que dentro de ellas halla se unta la picadura, con que ataja todo el dolor y alteración, y si acaso sucedió morderle de noche y en parte donde no puede haber el gusano, para remediarse con él, si la picadura fue en el dedo o en parte semejante, métela en el sexo de la mujer, y con aquesto ataja la furia de la ponzoña, de suerte que esta manera de curar me parece que con una ponzoña se cura otra; y no sólo la de este gusano o sabandija se cura con este remedio, pero la de los alacranes, que los hay en esta tierra muy grandes y negros y muy ponzoñosos y arañas. Y acerca de esta manera de curar certifican algunos españoles que en cierta parte de estas Indias hay una provincia cuya tierra produce y cría cantidad de víboras y otras ponzoñosas culebras, cuyos naturales jamás caminan sin llevar consigo mujeres, para que si en el camino fueren picados de alguna víbora o culebra ponzoñosas hallar a la mano la cura y remedio; y aun hay personas que esta medicina la han entendido ser provechosa contra la flechadura de la yerba, si está en parte donde pueda usar de ella.

Otra manera de plaga hay en esta provincia, que se halla en otras muchas de las Indias, y es que en el cuerpo de cualquier persona se crían unos gusanos, a manera de los que en España se crían en los bueyes y vacas flacas, que llaman vermes o vermibus. Estos por la mayor parte se congelan en los hombres que andan en el campo: su principio es en el cuero de la carne, y vase entrando por él sin ser sentido hasta que está algo crecido; deja un pequeño agujerillo por do respira | [4] y resuella y purga, y allí va creciendo hasta hacerse grande. Tiene la cola muy delgada, y lo demás del cuerpo se le para grueso y la cabeza negra: nada de esto se ve de él basta que le han sacado del lugar donde se cría. La cura contra este gusano es ponerle encima un parche de diaquilón o de trementina, y como con esto se le tapa el respiradero abógase y muere allí, y otro día le sacan pegado al parche, y si no sale queda adentro muerto, y apretando y exprimiendo el lugar donde está metido, lo echan fuéra: no da dolor ninguno a la persona más de pesadumbre de verse con gusanos.

Paréceme que, pues he dado cuenta de las ponzoñas y de sus fuentes, que también la debo dar de la forma y manera como se hace de ella la ponzoñosa yerba a quien impropiamente han dado este nombre de yerba, pues en toda la mezcla que de estas ponzoñosas sabandijas y animales se hace no lleva ninguna yerba ni zumo de ella; pero el nombre le vino de la que los ballesteros usan en España, con que matan la caza.

Esta ponzoña o yerba para untar las flechas, en cada provincia se hace de diferentes maneras, según que en otras partes he dicho, y por eso la orden que aquí refiero es la que se tiene entre estos palenques o patangoros.

En un vaso o tinajuela echan las culebras ponzoñosas que pueden haber y muy gran cantidad de unas hormigas bermejas que por su ponzoñosa picada son llamadas caribes, y muchos alacranes y gusanos ponzoñosos de los arriba referidos, y todas las arañas que pueden haber de un género que hay que son tan grandes como huevos y muy vellosas y bien ponzoñosas, y si tienen algunos compañones de hombre los echan allí con la sangre que a las mujeres les baja en tiempos acostumbrados, y todo junto lo tienen en aquel vaso hasta que lo vivo se muere y todo junto se pudre y corrompe, y después de esto toman algunos sapos y tiénenlos ciertos días encerrados en alguna vasija sin que coman cosa alguna, después de los cuales los sacan, y uno a uno los ponen encima de una cazuela o tiesto, atado con cuatro cordeles, de cada pierna el suyo, tirantes a cuatro estacas, de suerte que el sapo quede en medio de la cazuela tirante sin que se pueda menear de una parte a otra, y allí una vieja le azota con unas varillas hasta que le hace sudar, de suerte que el sudor caiga en la cazuela, y por esta orden van pasando todos los sapos que para este efecto tienen recogidos, y desque sea recogido el sudor de los sapos que les pareció bastantes, júntanlo o échanlo en el vaso, donde están ya podridas las culebras y las demás sabandijas, y allí le echan la leche de unas ceibas o árboles que hay espinosos, que llevan cierta frutilla de purgar, y lo revuelven y menean todo junto, y con esta liga untan las flechas y puyas causadoras de tanto daño. Y cuando por el discurso del tiempo acierta esta yerba a estar feble échanle un poco de la leche de ceibas y de manzanillas, y con aquesta solamente cobra su fuerza y vigor.

El oficio de hacer esta yerba siempre es dado a mujeres muy viejas y que están hartas de vivir, porque a las más de las que la hacen les consume la vida el humo y vapor que de este ponzoñoso betún sale.

Atrás dije cómo esta tierra de Vitoria era rica de minas de oro, y es cierto que si la espesura de las montañas y aspereza de la tierra no fuera tan grande impedimento como es para poderse buscar, descubrir y hallar los mineros que en ella hay, fuera una de las más felices provincias de las Indias, porque demás del oro que en los ríos se ha sacado y saca, se ha hallado en ellos plata y rubíes, aunque no mayores que granos de mostaza, pero en muy gran cantidad; alabastro, mármol y purfido, todo lo cual, como he dicho, impide y estorba que no se labre, halle y saque las montañas y aspereza de la tierra; y aunque los mineros del alabastro y mármol y purfido están descubiertos y vistos, están puestos en tan hondas quebradas que hacen perder la esperanza de tener entero aprovechamiento de todo ello.

Demás de estas cosas llevan y crían los ríos muchos géneros de pescados, pero no se pueden aprovechar de ellos los españoles por las grandes peñas y despeñaderos por donde los ríos caminan, y si no es alguno que a tiempo pescan con anzuelos, de otro ningún artificio de pesquería se pueden aprovechar en estos ríos, en los cuales asímismo se crían mucha cantidad de nutrias, como las de España, y lo peor que en esta se ha hallado es que certifican los que en ella habitan que jamás se ha visto en ella diez días sucesivos de sol o serenos y sin llover, lo cual causa que los ríos sean tan malos y vayan contino tan crecidos y furiosos, y los hombres que los han de pasar se sujeten a las flacas y frágiles puentes de bejucos por donde las han de pasar forzosamente.

 

[1]  La palabra "décimonono" reemplaza a vigésimosegundo.  Véase nota 16 a este libro
[2]  La palabra "vigésimo" reemplaza a vigésimotercero.  Véase nota 16 a este libro
[3]  La palabra "vigésimo primero" reemplaa a vigésimocuarto.  Véase nota 16 a este libro
[4]  La palabra "respira" está escrita entre líneas y reemplaza a espira como reza el texto original.

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