Capítulo segundo
En el cual se
escribe cómo después de haber pacificado el capitán Salinas los
indios que había rebeldes en las provincias de Ibagué, Tocaima y
Mariquita, se metió en la tierra de los Palenques, saliendo de
términos
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de Mariquita, y pobló la ciudad de
Vitoria, con aditamento de que se pudiese mudar, y las causas de
ello.
Con la gente que al capitán Salinas le quedó, que como he dicho,
serían setenta hombres tan destrozados y mal vestidos y aderezados
cuanto se puede imaginar, porque como la pobreza de la tierra que
habían andado los había puesto en tal extremo, se salió del valle
de Gualí con más brevedad de la que su trabajo y aflicción pedía;
porque los vecinos de Mariquita, con bárbara ingratitud y más
atrevimiento del que era razón, le habían requerido al capitán,
después que tuvieron pacífica su tierra, que se saliese de los
términos de ella con los españoles y soldados que consigo tenía,
fingiendo haber recibido de ellos notables daños y agravios y aun
oponiéndoles, con falsa osadía, delitos y casos feos de que después
se desdijeron públicamente algunos.
Fueron luégo a parar al valle y pueblos de Bocanemes, tierra tan
áspera y agria como la de Gualí aunque no de tan espesos montes y
bosques, porque en ella había algunos rasos pedazos de pajonales y
prados de poca sustancia. El capitán comenzó luégo a enviar gente
española que corriesen la tierra y procurasen haber algunos
naturales de ella para que, mediante el buen tratamiento que se les
haría y lo que se les diría, atraerlos a la amistad antigua que con
los españoles solían tener, porque segun parece, estuvieron otro
tiempo estos indios de paz y aun sirvieron a Mariquita. Los
soldados corrieron con tan buena diligencia la tierra, que en pocos
días hubieron a las manos muchos naturales y entre ellos algunos de
sus principales y caciques, los cuales habían sido movedores de
algunas rebeliones y causado algunas muertes de españoles, y eran
indios inquietos y que causaban cuando querían que hubiese
rebeliones y otros motines, y en todo eran muy perjudiciales para
la conservación de la paz y quietud de los naturales de aquellos
pueblos, por lo cual algunas personas persuadían con grande ahinco
que a estos principales con toda brevedad los castigasen con
punición y castigo de muerte, porque no se huyesen y causasen mayor
mal y daño alborotando de nuevo la tierra, porque como no tenían
copia de prisiones para tener seguros estos principales
delincuentes, temían que con facilidad se podrían ausentar. El
capitán Salinas, como veía
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[2]
que las cosas de
muertes de indios se castigaban con más rigor que antes se solían
castigar, no quiso acelerarse en el castigo de estos naturales, mas
comenzó a hacer sus informaciones para oírlos y castigarlos
conforme a derecho, guardándoles sus términos.
Trato esto porque sucedió que estando presos estos principales y
tratándose su pleito, acostumbraban a velarlos y tener guarda de
soldados en ellos de día y de noche en el ínterin que el pleito
duraba; y como un día cupiese la guardia a un flámenco, los indios,
con bárbaro atrevimiento, sin tener arma ninguna, con las prisiones
en que estaban, que eran unas colleras al pescuezo y una cadena que
por ellas atravesaba, arremetieron al flamenco que los estaba
velando y comenzaron a dar en él muy recios bocados y puñadas y
pellizcos, sin darle lugar a que pudiese rodearse ni aprovecharse
de sus armas, el cual comenzó a dar voces para que le favoreciesen
los demás soldados; y como a sus voces y ruido que los indios
hacían se alborotasen los perros y mastines de ayuda que andaban
sueltos, acudieron a donde oyeron el ruido, y con tanta crueldad y
fiereza echaron mano de los indios que asidos estaban del flamenco,
que sin podérselo estorbar los soldados que luégo acudieron, los
hicieron allí pedazos y se los comieron. Son estos perros criados
aposta para estas pacificaciones, con tal industria que sin ellos y
arcabuces jamás pueden pacificar la tierra ni allanarla
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[3]
los españoles, por causa del gran
temor que en breve tiempo los indios cobran a los perros por su
ligereza y rastrear, que por lejos y escondidó que esté un indio,
aunque se haya subido a los árboles, por las pisadas y vestigios lo
descubre y saca un perro, y así es cosa muy preciada y usada
levarse de estos perros para la seguridad de los españoles.
Esta muerte de estos indios fue después acusada al capitán
Salinas en la residencia que la Audiencia le tomó, diciendo que
mañosamente había por su industria la guardia fingido alboroto para
que los perros acudiesen a él y matasen y despedazasen los indios,
como los despedazaron, no atreviéndose él como juez a hacer
justicia de ellos; y así le costó hartos dineros el caso. Pero
todavía el castigo, aunque cruel e indigno, aprovechó, porque
luégo, de temor, se apaciguaron los naturales, y quedando muy
amigos de los españoles pasó el capitán Salinas con su gente
adelante, y dio en unos pueblos de indios a quien llamaron
coronados, por causa de que por antigua costumbre de sus mayores,
usan estos indios cortarse el cabello, y los que por sus personas
han hecho alguna cosa de valientes o valentía traen abierta una
corona como fraile para ser conocidos. Estos se llamaron después
pantangoros, por tener muchos vocablos en su lengua materna que
corresponden a este de pantangoro. Era esta gente muy belicosa y
guerrera y de tan obstinados ánimos en el guerrear que al principio
se creyó de ellos que jamás se domellarían y abajarían a recibir
sobre sí el yugo de la servidumbre ni que dejarían de poner en gran
riesgo y aprieto a los que en su tierra entrasen, por ser toda muy
poblada y áspera y acompañada de muy espesas y altas montañas, de
suerte que les acontecía estar junto a la poblazón de los indios y
no verlos ni entenderlos, porque la espesura de la montaña no daba
lugar a ello, ni aun en muchas partes a que se pudiese ver el cielo
ni claridad del sol. Es gente cruel y carnicera; hácense cruel
guerra unos a otros; no consienten ni quieren tener vivo en su
pueblo ninguna persona de otro lugar y que se haya tomado en
guerra, que luégo los matan todos, aunque sean pequeñas criaturas.
Dejando aparte el ser gente de poca verdad, que esto es muy general
a los indios, ningún género de contratación tienen los unos con los
otros, ni aun comunicación. Su principal virtud era saltearse y
robarse. Usan de unos crecidos arcos y flechas largas, que son
menos perjudiciales que las pequeñas, porque con su grandeza vense
venir y tuercen la vía, y así no hacen de maravilla tiro
derecho.
En esta provincia que demás de los nombres dichos se llama las
Sabanas de Guarino, por algunas manchas de sabanas que en ella
había, pobló el capitán Salinas un pueblo, día de la Ascensión de
Nuestro Señor Jesucristo, por el mes de mayo de 1557, al que llamó
Nuestra Señora de la Vitoria. Pobló con aditamento de mudarlo a
mejor sitio y lugar cada vez que le pareciese. Hizo esta poblazón
Salinas tan temprano y fuera de tiempo, porque si los indios le
fatigasen y pusiesen en algún aprieto, pudiesen, con título de
decir que estaba poblado, enviar a pedir socorro y favor a los
pueblos pacíficos, y también lo hizo porque él ya tenía noticia de
la provincia y región donde estaba, que era tierra de los
Palenques, donde antes de él habían andado los capitanes Maldonado
y Pedroso y habían visto las poblazones que por allí había. Y
cierto fue buen acuerdo el que Salinas tomó en esto, porque fue
poner brío a los soldados para que con más vigor siguiesen el
trabajo y sufriesen los infortunios que la maleza y aspereza de la
tierra les ofrecía, porque los unos con verse ya alcaldes y
regidores y los otros con esperanza de serlo otro año, animábanse a
tolerar la pesadumbre de la pacificación de aquella tierra, por ser
estos oficios en las nuevas poblazones y aun en las viejas,
estimados y principales y muy deseados de los más de los soldados;
demás de que era cierta esperanza de que tendrían indios y
repartimientos en aquella tierra que les darla todo descanso, como
después lo tuvieron.
Capítulo tercero
En el cual se
escribe cómo después de haber poblado la ciudad de Vitoria, el
capitán Salinas, con toda la gente que tenía, se metió la tierra
adentro de los Palenques a buscar sitio en qué fijar el pueblo, y
lo que a él y a sus soldados les sucedió
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[4]
hasta
llegar al río de la Miel, y lo que los naturales hicieron desque
vieron que los españoles entraban por su tierra, y por qué
causas.
Acabada su poblazón en la manera dicha, el capitán Salinas luégo
ordenó de pasar adelante con su gente y pueblo, porque el sitio
donde estaba no era lugar conveniente ni acomodado para residir en
él ninguna persona mucho, ni aun poco tiempo, y comenzó a marchar
con buen acierto, porque el peligro y riesgo de la tierra así lo
requería; y fue de este lugar donde pobló a parar a un pueblo de
indios, que después fue dicho de los Marquesotes a causa que
estando en él cierta copia de soldados, de conformidad se cortaron
las barbas a la marquesota, por quitar de sí el peligro que con
ellas tenían de, llegando a manos con algún indio, que les hiciesen
presa en ellas, porque hasta entonces siempre usaban traer la barba
larga.
Estaba este pueblo desierto de sus moradores, que lo habían
desamparado, aunque bien proveído de comida y mantenimiento de maíz
y frutas secas no conocidas ni vistas por los españoles hasta
entonces. Tenían cantidad de todo género de animales de todas
suertes secos al humo, entre los cuales había ratones, gatos de
arcabuco, que por otros nombres se llaman micos y monas -éstos,
como estaban secas las caras y sin pelo, parecían criaturas
movedizas-; muchos géneros de pájaros y aves y pescados menudos,
todo muy seco y sin sustancia ni humor.
Fue esta seca montería un gran sustento para los hambrientos
españoles, que había mucho tiempo que entre sus manos no vían ni
habían visto otra prosperidad como ésta, y así hicieron con ella
muy gran fiesta. Ralláronse aquí un gran género de cuescos como de
duraznos, y el meollo de dentro era mayor que de almendra, de muy
buen sabor, que tiraba casi al de almendra verde; comida de muy
gran sustancia y calor para el cuerpo; hallábanla los soldados esta
fruta de gran virtud para confortación del estómago y miembros.
En este pueblo de los coronados descansó la gente y se recreó
algunos días, después de los cuales el capitán Salinas envió
ciertos soldados con un caudillo llamado Francisco de Ospina, que
fuesen a buscar algunos indios para con ellos ver si podía
principiar la paz de aquella tierra. Este Ospina es el que después
pobló la ciudad de Nuestra Señora de los Remedios. Salido este
caudillo y españoles que con él iban, dieron a obra de una milla en
un pueblo que por la espesura de las montañas no se había visto ni
vio hasta que dieron en él; a cuyos moradores hallaron las armas en
las manos, que eran arcos y flechas con hierba y macanas, los
cuales les defendieron la entrada, al principio muy bien, pero como
con la presencia de los caballos que los españoles llevaban fuesen
espantados y atemorizados, aflojaron los ánimos, y entrando por
ellos los nuestros los ahuyentaron y desbarataron con daño y
pérdida de muchos indios que allí se mataron. Los españoles
recibieron de daño un flechazo que al caudillo Ospina se le dio con
hierba, de que estuvo muy enfermo, y la muerte de un caballo que al
arremeter se lo hirieron malamente, de que murió.
Hallaron los españoles este pueblo bien, bastecido de maíz y de
otras raíces y frutas que los indios tienen y usan para su
sustento; por este respecto fue llamado este pueblo el pueblo de la
guazabara, la cual luégo se divulgó por toda, aquella tierra y
provincia y los indios de ella, pareciéndoles que les era
perjudicial la entrada de los españoles en ella, no atreviéndose a
resistirles ni rebatirles, tomaron una loca y bárbara determinación
y fue que todos o los más dieron en quemar sus casas y bohíos de
morada y en talar todas las comidas y árboles fructíferos que
tenían, poniendo ellos en escondidos lugares lo que habían menester
para su sustento, pareciéndoles que no hallando los españoles las
cosas en pie ni las comidas a la mano, les sería forzoso tornarse
luégo a salir de su provincia; y juntamente con esto tenían
presente que en tiempo pasado el demonio, por medio de sus
oráculos, les había dicho que en ninguna manera consintiesen en su
tierra estar los españoles de asiento porque habían de ser
destrucción y ruina de todos sus sucesores y descendientes y de los
que fuesen presentes, y que en ninguna manera los entendiesen ni
diesen crédito a sus palabras, y que ya que no fuesen parte para
echarlos de su tierra, a lo menos no los esperasen ni viesen ni
oyesen, y con estas cosas andaban los indios tan alborotados y
desasosegados que en muchos días no se pudo tomar ninguna persona;
y para hacer estas cosas eran tan sensuales y sujetos a sus
simulacros o sueños, que los que jamás habían entre sí tenido paz
ni amistad fueron para este efecto confederados y aliados, y como
he dicho, casi todos o los más conformados.
Presumían asímismo estos bárbaros que los cristianos era gente
que comía carne humana, y que para comerlos los buscaban, y este
temor hacía más obstinada su rebelión, lo cual entendieron
claramente de que habiendo tomado en una emboscada un indio ya
hombre y de buena disposición y proporción de miembros y muy gordo,
después que en poder de los españoles estuvo no quiso comer en más
de cuatro o cinco días cosa alguna a fin de que no comiendo
enflaquecería y después de muy flaco no amarían los españoles comer
de su maganta carne y lo soltarían, y así estaba imaginativo, como
hombre asombrado y temeroso de la muerte, y como los españoles no
tenían intérprete con que hablarle y darle a entender lo que
pretendían, causaba esta falta mayor confusión, por lo cual acordó
el capitán enviar este indio con ciertos españoles a un pueblo que
atrás quedaba en los últimos confines de Mariquita de paz y amigo,
donde llegado que fue el indio, y viendo que los moradores de aquel
pueblo se estaban en sus casas pacíficos y contentos y comían y
bebían, y hablando con ellos le dieron a entender la pretensión de
los españoles y cómo no comen carne humana, comenzó el indio a
perder el temor que tenía y a hacerse afable con los españoles,
porque hasta este tiempo jamás los había mirado a la cara, lo cual
fue principio para que la lengua de aquella tierra fuese entendida,
porque el indio, como perdió el temor, comenzó a hablar y dar a
entender a los españoles algunos vocablos y palabras de su
lenguaje, de que muchas veces se ayudaban para tratar con aquellos
bárbaros, porque en una entrada de una tierra nueva no hay cosa que
haga más nocibles los trabajos y más larga la guerra y rebelión de
ella que el no ser entendidos los naturales, y para evitar esto
procuraba Salinas con gran ahinco que el indio hablase y entendiese
la lengua castellana y que los españoles entendiesen la del indio;
y a este buen deseo del capitán ayudó su buena fortuna, porque como
entre los españoles fuese una india de poca edad, que había sido
tomada en aquella provincia muy niña, por la cual se le había
olvidado su lengua materna y hablaba la castellana muy bien, fue,
mediante el tratar con este indio, restituida en su primer
lenguaje, y así tomó en poco tiempo a hablar la una y la otra
lengua, que fue muy gran ayuda y bien para los españoles y
naturales.
Después de haber estado Salinas algunos días por las poblazones
comarcanas al pueblo de los coronados, quiso atravesar un río
caudaloso que por delante tenía, para meterse más en la tierra,
llamado el río de la Miel.
Desde el tiempo que el capitán Pedroso anduvo por esta tierra, a
causa de que estando en sus nacimientos, que es tierra fría,
alojado Pedroso con su gente, había allí abundancia de labranzas de
maíz, que ya granaban, de cuyas cañas se dieron los españoles a
hacer miel para su comer, de donde así al valle como al río le vino
este apellido de la miel. Es río de mucha furia, y por donde
Salinas estaba de muy ásperas y fragosas riberas, tanto que con
gran dificultad bajaba un hombre a él, desembarazado, sin esperanza
de que el agua se pudiese por esta parte vadear ni pasar de gente
de a pie. Salinas, vista la dificultad que el río le ofrecía para
no pasarlo por do quería, caminó hacia sus nacimientos con su gente
con esperanza de que por los altos habría mejor disposición así en
las riberas como en el vado y pasaje del propio río; y yendo por lo
alto de una loma que prolongaba el río, caminando dieron en un
pueblo de indios muy lleno de mantenimiento y comidas, al cual no
habían quemado los indios pareciéndoles que no subieran tan arriba
los nuestros. Llamose este pueblo de San Pedro, por haber llegado a
él este día, y un poco más adelante hallaron asimismo otro pueblo
en pie y con mantenimiento por el respeto dicho, al cual llamaron
el pueblo de las hormigas, por haberlas allí muchas y muy
caribes.
Estaban estos pueblos algo cercanos al río de la Miel, por lo
cual el capitán luégo envió ciertos soldados a que viesen si en él
había por aquella parte vado que se pudiese pasar, y como los
soldados buscasen el río algo descuidados, mucha cantidad de
indios, que de la otra parte estaban, repentinamente los comenzaron
a flechar y hacer retirar con mucha priesa, donde les hirieron tres
españoles; pero no dejaron los nuestros por esto de ver y reconocer
el vado y paso del río, el cual hallaron muy bueno, y con este daño
se volvieron donde el capitán había quedado, y le dieron relación
del buen pasaje que tenían, y los indios se quedaron en el paso del
río y enviaron a llamar más gente porque pensaban defenderlo y
estorbar a los españoles el pasaje.