|Capítulo undécimo
|26
En el cual se
escribe cómo por no poderse sustentar el capitán Avellaneda con su
gente en la ciudad de Burgos que había poblado, la desamparó y
caminó hasta llegar a un alto páramo. Trátase de la facilidad con
que en las Indias pueblan y despueblan un pueblo, por no mirar al
principio las circunstancias que se deben mirar.
Los que antiguamente en España poblaron, por defecto de no
haber entre ellos el arte de la labor ni del pan ni de las otras
cosas necesarias para el sustento de los hombres, que después
fueron inventadas, solamente procuraban que donde hubiesen de
residir el sitio fuese airoso y las aguas dulces y las hierbas
naturales buenas y tales cuales convenían para su sustento, porque
según estas dos cosas, juzgaban tener la tierra buenas influencias
del cielo o no tenerlas; porque como su principal sustento habían
de ser y eran las frutas y legumbres que la tierra naturalmente
produce, y los esquilmos de sus ganados, érales forzoso mirar con
diligencia estas cosas, y con todo esto no podían estar continuo en
un lugar porque no eran bastantes las frutas que en una provincia o
región se daban a sustentarles todo el año, y así se mudaban
algunos tiempos a las otras partes donde había abundancia de frutas
y comidas, y de esta suerte se sustentaron mucho tiempo hasta que
fue hallada o traída entre ellos el arte de cultivar y arar los
campos y sembrar el trigo y las otras cosas necesarias para el
ordinario sustento, que fueron principal causa para que los
pobladores hiciesen y perpetuasen asiento en una parte, y cesó el
andar cargados con sus ganados y baratijas de un lugar a otro; y
con tener los españoles estos espejos y otros muy mejores de sus
mayores, casi ninguna de estas cosas miran en las Indias cuando van
a poblar, sino que haya muchos indios y que la tierra sea rica de
minas de oro o plata, y como estas dos cosas tengan, muy poco se
les da que el temple, sitio, aguas, yerbajes y constelación del
cielo sea lo más malo y perjudicial que puede ser y que en ella
nunca se críe trigo ni se pueda hacer casa ni cosa que permanezca,
porque hácense cuenta que lo que los indios sembraren los ha de
sustentar, que quieran que no quieran, y ellos les han de sacar oro
con que se provean de las otras cosas necesarias; y como estas dos
cosas son perecederas e inciertas, muchos pueblos se han despoblado
y despoblarán andando el tiempo.
La causa es que como todo el trabajo de la labor y sustento de
los tales vecinos depende de los indios que les han de hacer las
casas y sustentárselas y hacerles las labranzas, y cavándolas,
sembrándolas, desherbándolas, segándolas, cogiéndolas, trillándolas
y encerrándolas, y les han de dar sus hijos para las minas,
servicios para sus casas y otros cien mil géneros de imposiciones
con que nunca paran, y después de todo esto las demoras y tributos
principales, juzgue cada cual si bastarán estos trabajos a consumir
y acabar los animales cuanto más los hombres, y muchas veces no les
queda tiempo para hacer sus labores para el sustento de sus casas.
Todo esto va consumiendo los indios muy poco a poco en poblezuelos
nuevos, donde la justicia y los vecinos todos son encomenderos y
los unos por los otros nunca cumplen ley ni cédula enteramente que
sea en favor de los indios, y a estos tales pueblos, digo, que
permanecerán y durarán tanto cuanto durare el sustento que los
indios dieren y dan a los españoles, y que acabados los indios de
ser muertos no hay sustentarse pueblo, porque ni los españoles se
dan a hacer heredades ni labores ni otras cosas que sean perpetuas,
ni la tierra donde habitan es para ello, por el defecto dicho de no
mirar con atención las calidades que debe tener el lugar donde
poblaren, a lo menos por espacio de dos o tres leguas de tierra que
alrededor del pueblo sería justo que se les diese a los españoles
que pueblan y se van a vivir a semejantes nuevas poblazones, con
aditamento que las labrasen y cultivasen y gastasen en ello parte
de su hacienda, para que después ni fuesen con facilidad movidos a
dejarlo perdido e irse, pues la imaginación de haber gastado sus
dineros en semejantes labores y trabajos puede mucho y es causa de
no moverse con facilidad los hombres; pero esto dicen muchas
personas no poderse hacer, por ser las tierras de los indios
comarcanos, a quien no se les debe quitar, lo cual hallo yo las más
veces ser invención de los propios encomenderos, que según su
ambición querrían adjudicar a sí todo lo que es y no es de sus
indios, los cuales siempre tienen tierras sobradas para sí y para
sus vecinos, y así podrían partir con los españoles, a los cuales
también se les habla de apremiar a que no viviesen ociosamente,
sino que se diesen a hacer heredades con que perpetuar la tierra,
con pena de que si en ello fuesen negligentes o descuidados se les
quitasen los indios, y que cada cual fuese obligado a tener bueyes
para arar y jumentos para cargar la comida, pues hay abundancia de
ellos; y así serían los indios reservados del trabajo y conservados
y aumentados, y estos bueyes y jumentos que para reservar el
trabajo de los indios cada uno tuviese, debían ser exentos de toda
obligación expresa, pues eran y son los tales jumentos para
conservar y relevar de trabajo a los naturales y sustento común, y
no sería bastante razón decir que van a poder de otro encomendero,
pues el a quien se los quitaron para vender, en lugar de ellos, ha
de arar y trabajar con los indios.
Un poco he salido fuéra de mi principal intento, que era tratar
la inconstancia e inconsideración que muchos capitanes han tenido
en poblar pueblos en nombre del Rey y en lugares donde es imposible
sustentarse, los cuales, si temiesen algún particular riguroso y
ejemplar castigo no lo harían, ya que el temor de la infamia no les
mueva a ello. Sálese cada cual que quiere con no sé qué color y con
veinte hombres y métese por tierras remotas y apartadas, y aunque
claramente ve que no es parte para sustentarse ni permanecer o por
ser los soldados pocos o la tierra perversa y mala y de pocos
naturales y malos o por otras muchas causas que para ello hay, y
sólo porque les quede un título de capitán y una familia de que
eran, y dejan la poblazón y vuélvense a comer bodigos y luégo dicen
era el mejor pueblo y la mejor tierra y los mejores indios y los
más ricos que había en el mundo, y por aquí van discurriendo por
cien mil géneros de fabulaciones, con intento de que los tornen a
enviar o les den licencia que salgan con su gente a reedificar
aquel pueblo que despoblaron, y cierto es grande el exceso que en
esto ha habido en la nueva ciudad de Burgos y de su fundación.
Habranme escuchado con mucha atención porque les parecerá que
una ciudad llamada la Nueva Burgos no podía dejar de ser cosa que
imitase a nuestra ciudad de Burgos en España, pues yo os, certifico
que la tierra y naturales de ella han forzado a nuestros pobladores
a que tomen su ciudad a cuestas y pasen adelante a buscar donde
puedan comer, porque aunque al tiempo que la poblaron se dieron a
hacer sus rozas y labranzas y las otras cosas necesarias para su
sustento, la naturaleza de la tierra e influencia de los astros y
planetas era tan mala que con ninguna cosa que principiaron
salieron ni llegaron al cabo, y en todo este tiempo se sustentaron
de las comidas que los indios para su sustento tenían, los cuales
se acabaron de suerte que ya ni hallaban maíz ni yuca ni batata ni
otras legumbres ningunas con que poderse sustentar, y así
desamparando el sitio donde estaban poblados caminaron al pueblo
del cacique Yaquenos, que estaba de paz y era amigo, según atrás
queda dicho, de los españoles, desque le asaltaron el fuerte donde
con su gente se había recogido.
Fue el capitán Avellaneda y sus soldados bien recibidos del
cacique Yaquenos; y hospedado y proveído de la comida de que tuvo
necesidad, y se ofreció a acompañarlos y guiarlos por aquella
tierra como hombre que lo sabía; y de este pueblo, otro día
siguiente caminaron los españoles llevando consigo al cacique
Yaquenos por guía. Caminaron algunas jornadas de montaña, por donde
toparon dos o tres lugarejos o poblezuelos de poca suerte, y en el
uno de ellos se hallaron más de sesenta cabezas de indios puestas
en palos delante de la casa del cacique, entre las cuales estaba la
del español que los indios mataron junto a la ciudad de Burgos.
Llegaron, pasados algunos días, a las riberas de un río que tenía
cantidad de labranzas de yuca, maíz y batatas, donde se holgaron
los españoles, y cogiendo lo que hubieron menester y quisieron,
pasaron a lo alto y adelante, donde en lo alto de una empinada
cuesta que habían de subir, los indios les tenían puesta a punto
una gran peña con otras muchas galgas para echarles encima a tiempo
que fuesen subiendo, para el cual efecto habían abierto y limpiado
un ancho camino por donde los soldados subiesen, y al tiempo que a
los indios les pareciese echarles la peña y las galgas encima, con
que pensaban matar la mayor parte de ellos; y ciertamente lo
hicieran si el capitán Avellaneda no advirtiera en que el haber
limpiado y aderezado los indios aquel camino no procedía de buen
comedimiento sino de algún engaño o emboscada que los indios tenían
armada; y así echando su gente por fuéra de aquel camino les fue
abriendo vía por donde pasasen, apartándolos de aquel peligro y
trampa que los indios les tenían armada, con lo cual quedaron los
bárbaros frustrados de sus designios, y los nuestros salvos de
peligro, aunque también les pretendieron estorbar este paso y
camino que llevaban con lanzas y piedras y otras armas arrojadizas;
pero en oyendo el estruendo de algunos arcabuces que contra ellos
se dispararon, desampararon el álto y subida que pretendían
defender y diéronse a huir subidos en lo alto sin ningún daño.
Los españoles y sus criados o gente de servicio caminaron
algunos días pasando por algunas poblazones donde se proveían de
alguna comida, hasta que llegaron a un pueblo de indios donde
hallaron gallinas de las de España y turmas de tierra y alguna
abundancia de comida, por lo cual y por ir la gente algo fatigada,
le fue necesario al capitán detenerse en él algunos días para que
la gente se reformase y descansase, que lo había bien menester,
según la mala y doblada y estéril tierra habían pasado; pero
ninguna cosa se les mejoraba la de adelante, antes se las doblaba y
empeoraba, poniéndoseles delante muy malos pasos para los caballos,
los cuales les era forzoso aderezar a fuerza de brazos, que cuando
a estos soldados toman estos trabajos sobre cansados sonles más
nocibles. Ofrecióseles en el camino un alegrón de un valle que el
capitán descubrió, que según la apariencia y demostración que desde
lejos tenía juzgaban ser el valle de la Plata, en cuya demanda
habían salido, por lo cual cada uno daba por fenecidos sus trabajos
y principiaba su bienaventuranza y descanso; pero la fortuna les
burló en esto como en lo demás, porque dende a muy poco tiempo
entraron en el valle y no hallaron cosa digna de la remuneración de
sus trabajos. Pasaron de largo casi siempre cubiertos con las ramas
y sombras de los árboles y montes, hasta llegar al pie de un alto
páramo donde casi se hallaron tan atajados por la maleza y aspereza
de la tierra y sierrazón y espesura de los arcabucos, que a una
parte ni a otra no hallaban salida, y a ellos les era dificultoso
el volver atrás por los malos caminos y sierras despobladas que
habían de pasar, en donde corrían riesgo de perecer todos, y el
mismo peligro tenían donde estaban alojados, porque ni hallaban
comida con que se sustentar ni aun agua para beber, que cuando
estas dos cosas faltan se hacen de todo punto intolerables los
trabajos.
|Capítulo duodécimo
|27
En el cual se escribe cómo Avellaneda
atravesó el páramo y cordillera del Reino hacia la parte de Neiva,
sin saber por dónde iba, y fue a salir al valle de la Tristura, que
es en Neiva, y allí
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28
se esparcieron sus
soldados, y cada cual se fue por su parte, donde tuvo fin su
jornada.
El capitán Avellaneda viéndose en este estrecho con su
gente, envió la vía del páramo ciertos soldados a que viesen si
había salida o subida por donde los caballos pudiesen subir, pero
hallaron el camino tan cerrado de manglares, que les pareció ser
imposible pasar por él los caballos. Estos manglares
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, en semejantes montañas, son gran
multitud de cepas que de las raíces de los árboles proceden, las
cuales levantándose sobre lo fijo de la tierra van entretejiendo
unas con otras y subiendo y levantándose sobre la haz de la tierra
y suelen crecer tanto así entretejidas unas con otras, que se
levantan cinco y seis estados del suelo, y esta entretejedura es
rala y cubierta de cierta manera de lana que los árboles crían, que
cuando ven el camino parece que está sobre fijo, y en poniendo el
pie encima, si no van con aviso, se sume el pie por entre aquellas
cepas y raíces y a veces el hombre, y si por semejantes partes
quisiesen pasar caballos era imposible si no le echaban encima
algunos reparos con que hacerlo fijo.
Vueltos los soldados a donde Avellaneda estaba con tan mala
esperanza de pasar los caballos, fueron muertos algunos, así por
esta causa como porque entre los españoles había gran falta y
necesidad de comida, y entre todos se repartió la carne de los
caballos y aun hubieron de andar a las puñadas sobre el recoger la
sangre, y no los mataron todos con esperanza de hacer algún reparo
en el camino, porque como los caballos son muy temidos de los
indios procuraron los españoles conservarlos y no hallarse en
ninguna parte sin ellos.
Avellaneda animó con buenas palabras a su gente lo mejor que
pudo para que diesen orden en reparar el camino para que pasasen
los caballos, pues era poco lo que había que aderezar, y así
repartió la gente en cinco o seis cuadrillas para que con hachas y
machetes fuesen cortando ramas y fajina y echando sobre la tela y
urdimbre de las raíces de los árboles por donde habían de pasar los
caballos y fuesen abriendo el camino, porque demás de los objetos
dichos iba muy cerrado y angosto. Los soldados lo fueron aderezando
con harto trabajo lo mejor que pudieron, cubriéndolo todo con
fajina y ramas de árboles, y sobre esto iban poniendo los sayos de
armas que tenían y faldas de los caballos y adargas, sobre que iban
los caballos pasando aquel trabajoso paso, y así con el favor de
Dios y mediante su buena y mucha diligencia acabaron de pasar los
caballos que les quedaban aquella montaña y manglar y subieron al
páramo, por donde fueron a dar a un valle llamado de Duhagua,
poblado de algunos indios que traen cubiertas sus personas con
mantas de algodón, gente poblada en los altos de las lomas y
cuchillas, donde están fortalecidos y corroborados por las
continuas guerras que los unos con los otros tienen a fin de se
comer, porque todos ellos son caribes, y lo mismo acostumbran los
indios de atrás del valle de Moquigua y sus comarcanos, porque en
ningún bohío ni poblazón de toda la provincia por do estos
españoles anduvieron hasta el valle de Neiva dejaron de hallar
brazos, piernas, manos y pies y cuartos de hombres y mujeres
muertos y puestos al humo a cecinar para guardar, aliende de la que
fresca comían.
Este valle de Duhagua está en las vertientes del río grande de
la Magdalena, casi a los nacimientos de él, y el páramo y cumbre
que poco ha dije que los españoles pasaron era la cordillera que
entre el Reino y los llanos de Venezuela está; y aunque estos
españoles atravesaron la cordillera y pasaron a esta otra parte del
Reino no lo habían reconocido ni lo reconocieron hasta después de
haber andado algunas jornadas por entre pueblos e indios de guerra,
caníbales, que aunque tenían noticia de los españoles y pueblos del
Reino, nunca la daban enteramente, antes algunos de ellos entendían
que comían carne humana los nuestros, porque llegando ciertos
españoles a buscar comida a un pueblo de indios, después de haber
tenido con ellos ciertos recuentros y haberlos ahuyentado y echado
de su pueblo, les trajeron de presente un cuarto de un indio para
que comiesen por muy principal regalo; pero el caudillo que allí
iba tomó a enviar el mensajero que lo había traído, mandándole que
lo volviese donde su cacique estaba, al cual dijese cómo de él no
pretendían más de su amistad y comercio, que viniese a verse con el
capitán.
El cacique debía de ser de buena disistión, que luégo vino donde
el caudillo estaba; y de allí se vino a ver al capitán, el cual le
dijo cómo pretendía hacer allí un pueblo y residir en aquella
tierra para defenderle de sus enemigos. El cacique mostró holnía
noticia cómo servían los indios de Tocaima y Bogotá y que garse con
lo que Avellaneda le decía, y le respondió que él ya telo mismo
harían él y sus indios; pero de estas palabras nunca tuvo ninguna
sospecha Avellaneda ni sus soldados, porque muchas jornadas atrás
habían oído a algunos indios hablar algunas palabras castellanas y
parecíales que los que las hablaban debían ser algunos indios de
los que en tiempos pasados fueron presos y anduvieron en las
jornadas en compañía de los españoles, y así no echaron de ver que
lo que el indio decía; mas luégo pasaron adelante por parecerles
gentes de buena disistión la que por allí había, con designio de si
fuese mucha asentar en esta provincia su ciudad de Burgos, que
entiendo que andaban ya cansados de traerla a cuestas por los
arcabucos y montañas y cerros, pero cuando más contentos iban por
la buena esperanza que tenían de topar tierra en que descansar y
permanecer, dieron en el valle de Tristura, en las riberas del río
grande de la Magdalena, donde estuvo el general Jiménez de Quesada
cuando desde las provincias de Tunja salió en demanda de Neiva
donde le habían dicho que había grandes riquezas y en lugar de
ellas adquirió graves enfermedades de calenturas para todos sus
soldados, según en su lugar queda escrito largo.
Avellaneda, por su larga experiencia, reconoció luégo haber sido
esta tierra hollada y trillada de españoles, y así lo manifestó a
sus soldados que luégo vieron claros vestigios y señales de haber
andado gente española antes que ellos en esta tierra, y aun de
estar cerca de donde ellos estaban, porque en ciertas rozas o
labranzas de indios hallaron unos pies de plátanos, que es árbol
que no lo hay entre los naturales, sino entre los que habitan cerca
de pueblos de españoles. Estas señales les fueron muy odiosas y
tristes a todos los soldados, porque demás de hallarse frustrados
de sus designios y esperanza que tenían de haber y hallar tierra
dónde descansar y ser gratificados de sus trabajos, sentían
grandemente el haberles salido en vano todo lo que tan a costa de
sus personas y haciendas habían pasado y lastado y padecido por
tierras tan malas y trabajosas cuanto son las por donde estos
soldados anduvieron, y entre gentes tan belicosas, caníbales y
bestiales en condición y fiereza.
Avellaneda los consoló lo mejor que supo, poniéndoles por
delante los trabajos que con más largos días y años de jornadas y
descubrimientos habían pasado otros muchos soldados y españoles con
las mismas calamidades que ellos, los cueles sin lo procurar ni
querer se habían hallado, en partes donde no podían recuperar ni
soldar su perdición, antes debían dar gracias a Dios, pues los
había echado en tierra donde no pereciesen todos, como a otros
había sucedido por querer con obstinación seguir su opinión, como
ellos lo habían hecho, pues de su consejo y parecer no se había
seguido la derrota y vía por donde habían venido al paradero donde
estaban, y concluyó su plática con decirles que todos o los más le
debían dineros del alivio que les había dado, que aunque su
necesidad era tanta como la de cualquiera de ellos, que él les
esperaría hasta que Dios se lo diese y lo tuviesen, y que no por
eso dejase cada cual de seguir la vía que le pareciese: que él le
daba licencia para ello. Los soldados le agradecieron su forzosa
liberalidad y franqueza y cada cual se fue por su parte, porque
donde a esta sazón estaban era ya tierra segura y donde no había
riesgo ninguno; y así tuvo fin la ciudad de Burgos, yéndose cada
uno de sus pobladores por su parte.
El capitán Avellaneda, con los que le quisieron seguir, se
volvió por, la vía de Santafé a la ciudad de San Juan de los
Llanos, donde después acá ha vivido y residido y hoy vive y reside,
aunque trabajosamente, por los pocos naturales que en aquella
provincia hay y pocos aprovechamientos, que aunque hay minas de oro
no hay quien lo saque ni quien las labre, y así acuden a ella pocos
españoles, y soy cierto que si el capitán Avellaneda no hubiera de
ordinario residido en este pueblo, entiendo que ya se hubiera
despoblado, porque en semejantes pueblos o ciudades en faltando los
fundadores de ellas que los procuran sustentar por su propia honra,
luégo son perdidos, y los que tienen minas de oro e indios que las
labren, como poco ha dije, durarán en el ínterin que los indios y
las minas duraren.
NOTA DE ALGUNAS PALABRAS ANTICUADAS O
DE DUDOSA INTERPRETACION USADAS POR EL PADRE AGUADO EN SU
OBRA:
Abarloar.-Situar un buque de tal suerte que su costado
esté casi en contacto con otro buque, con una batería, muelle, etc.
El Padre Aguado emplea esa palabra en el sentido de ponerse en
contacto indios y españoles.
Abusión.-Abuso, superstición, agüero.
Arcabuco.-Lugar fragoso y lleno de maleza.
Aflito.-Aflicto, participio pasado irregular de afligir.
Agestado.-Con los adverbios bien o mal significa de buena o mala
cara.
Ahozinado.-De ahocinarse, correr los ríos por angosturas o
quebradas estrechas y profundas.
Ancón.-Ensenada pequeña en que se puede fondear.
Anhélito.-Respiración, principalmente corta y fatigosa.
Amiento.-Correa con que se ataban por medio las lanzas o flechas
para arrojarlas.
Anta.-Cuadrúpedo rumiante, parecido al ciervo y tan corpulento
como el caballo, de cuello corto, cabeza grande, pelo áspero de
color gris obscuro, y astas en forma de pala con recortaduras
profundas en los bordes.
Atalayar.-Observar o espiar las acciones de otros.
Baquiano.-Práctico de los caminos, trochas y atajos.
Baruacoas.-Barbacoa, zarzo en lo alto de las casas, donde se
guardan granos, frutos, etc.
Batihoja.-Batidor de oro o plata. Artífice que a golpes de mazo
labra metales, reduciéndolos a planchas muy delgadas.
Bija.-Palabra caribe que significa encarnado, rojo. La bija es
un árbol de la familia de las bijineas, de poca altura, con hojas
alternas, aovadas y de largos pecíolos, flores rojas y olorosas y
fruto oval y carnoso que encierra muchas semillas. Criase en
regiones cálidas de América; del fruto, cocido, se hace una bebida
medicinal y refrigerante, y de la semilla se saca, por maceración,
una substancia de color rojo que se emplea en pintura y
tintorería.
Cabido.-De caber, que no sólo significa poder contenerse una
cosa dentro de otra, sino tener lugar o entrada. Así la frase era
más cabido con Dios, que emplea el P. Aguado, debe entenderos en el
sentido de que tenía más lugar o era más atendido por Dios.
Cabuyas.-Cabulla, fibra de la pita, con que se fabrican cuerdas
y tejidos.
Catauro.-Especie de caja o cesta hecha de la yagua do la palma
real, para llevar huevos, frutas, etc., o para sacar agua de pozos,
lagunas, etc.
Cateándolo.-De catear, verbo activo anticuado, que significa
buscar, descubrir.
Conducta.-Esta palabra está empleada por el P. Aguado en su
significado de gobierno, mando, guía, dirección.
Coracina.-Pieza de la armadura antigua, especie de coraza.
Cuesco.-Hueso de la fruta.
Chaquira.-Grano de aljófar, abalorio o vidrio muy menudo.
Chirrión.-Carro fuerte de dos ruedas y eje móvil, que chirría
mucho cuando anda.
Dar batería.-Combatir una plaza o muro.
Dexarrentando.-Desjarretar, cortar las piernas por el jarrete;
debilitar y dejar sin fuerzas a uno.
Elación.-Altivez, presunción, soberbia.
Empecible.-De empecer, dañar, ofender, causar perjuicio.
Escuadra.-Plaza de cabo de cierto número de soldados.
Estado.-Medida longitudinal tomada de la estatura regular del
hombre, que se ha usado para apreciar alturas o profundidades, y
solía regularse en siete pies.
Estomagados.-De estomagar, causar fastidio o enfado.
Frazada o frezada.-Manta peluda que se echa sobre la cama.
Galga.-Piedra grande que, arrojada desde lo alto de una cuesta,
baja rodando y dando saltos.
Insignias.-Usado en el texto en el sentido de señales.
Jagua.-Arbol cuyo fruto es como un huevo de ganso, de corteza
cenicienta y pulpa blanquecina, agridulce, que envuelve muchas
semillas pequeñas, duras y negras.
Jara.-Palo de punta aguzada y endurecida al fuego, que se emplea
como arma arrojadiza.
Lastado.-De lastar, suplir lo que otro debe pagar, con el
derecho de reintegrarse; padecer por la culpa de otro.
Lengua del agua.-Orilla o extremidad de la tierra, que toca y
lame el agua del mar, de un río, etc.
Ligagamba.-Forma anticuada de liga pierna.
Macana.-Especie de machete hecho con madera dura y filo de
pedernales.
Manglares.-Sitio poblado de un arbusto cuyas ramas, largas y
extendidas, dan unos vástagos que descienden hasta tocar el suelo y
arraigar en él.
Manija.-Abrazadera de metal para coger y sujetar la rodela.
Medaño.-Médano, montón de arena casi a flor de agua.
Mucura.-Ánfora de barro usada por los indios de Venezuela para
tomar agua de los ríos y conservarla fresca.
Oso hormiguero.-Mamífero desdentado, de unos 15 centímetros
desde el hocico hasta el arranque de la cola, que es tan larga como
el cuerpo; éste es grueso, la cabeza pequeña, las patas cortas y el
pelo suave, espeso y de color amarillento rojizo.
Pajonales.-De pajonal, terreno cubierto de pajón, o sea de la
caña alta y gruesa de las rastrojeras.
Palenque.-Valla de madera o estacada que se hace para la defensa
de un puesto, o también para cerrar el terreno en que se ha de
hacer una fiesta pública.
Peal.-Parte de la media que cubre el pie; paño con que se cubre
el pie.
Poleadas.-Gachas o puches.
Queresa.-Cresa, larva de ciertos dípteros, que se alimenta
principalmente de materias orgánicas en descomposición.
Sacabuche.-Instrumento músico de metal, a modo de trompeta, que
se alarga y acorta recogiéndose en sí mismo, para que haga la
diferencia de voces que pide la música.
Salto.-Lugar alto y proporcionado para saltar, o que sin saltar
no se puede pasar. En el texto está empleada esta palabra en el
sentido de acometer repentinamente.
Terrero.-Objeto o blanco que se pone para tirar a él.
Turó.-Forma anticuada de duró.
Varón.-Cada uno de los dos palos o cadenas que por un extremo se
hacen firmes en la pala del timón y por el otro se sujetan a uno y
a otro costado del buque, para gobernar cuando se ha perdido la
caña.
Versete.-Diminutivo de verso.
Verso.-Pieza ligera de artillería antigua, que en tamaño y
calibre era la mitad de la culebrina.
Versuto.-Astuto, taimado y malicioso.
Vicioso.-Además de su acepción vulgar de tener o padecer vicio,
significa también vigoroso y fuerte, especialmente para producir, y
abundante, provisto, deleitoso.