INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
Capítulo noveno | 23  En el cual se escribe cómo el capitán Avellaneda se partió del alojamiento del río Oma y pasó con su gente el río Guaviare, y se alojó a las riberas de él, y de allí fue con algunos de sus soldados a ciertos pueblos de indios, donde le dieron algunas guazabaras, las cuales escribirá aquí.

Como Alcalá y los españoles que con él fueron habían visto de la otra banda del río Guaviare labranzas y señales de haber poblazones de indios, y no habían traído ninguna otra claridad ni certidumbre de ello, pesole a Avellaneda y quisiera luégo partirse con toda su gente; mas la enfermedad y flaqueza de los diez soldados que por buscar nuevo camino habían perdido la vista de los ojos no le daban lugar a ello, sino que forzosamente había de esperar a que mejorasen y convaleciesen; pero como Alonso de Ortega entendiese y conociese que el capitán deseaba ver y saber la claridad de aquella tierra, mandó a siete negros, esclavos suyos, que consigo llevaba, que siguiendo el camino que Alcalá había seguido hasta llegar al Guaviare, procurasen pasarlo y ver con toda diligencia lo que había de la otra banda, y volviesen a darlé aviso. Los esclavos se partieron con sus armas, que eran arcos y flechas, y pasaron el río Guaviare, porque lo hallaron muy bajo y desmenguado, y amparándose con el velamen de la noche, siguieron por cierta cuchilla o loma, por do fueron a dar a un pueblo o lugar de indios en que había ocho casas grandes que tenían buen golpe de gente, y para no ser damnificados de ella los negros entraron por el lugar haciendo muy gran ruido y alboroto, para con aquel tumulto espantar y alborotar los indios, lo cual al principio les salió a bien, porque como los moradores del lugar oyeron los alaridos de los negros, dieron a huir y desamparar sus casas, creyendo ser más gente; pero como después, por los clamores y voces de algunos indios e indias que los esclavos tenían presos, entendiesen los naturales cuán pocos eran los que los habían saqueado el lugar, tomaron las armas, y juntándose vinieron sobre ellos, y haciéndoles perder y dejar la presa y volver las espaldas, los echaron y ahuyentaron del pueblo y aun los siguieron con tanta obstinación que por huir cayó uno de los negros en un aljibe que cerca al camino estaba, y aunque era de noche, los indios lo sintieron y dieron en él; pero los negros, pretendiéndolo librar, revolvieron sobre los indios, los cuales como eran muchos, causaron que la pretensión de los negros fuese yana, aunque no dejaron de pelear un buen rato los unos con los otros, en que los esclavos hicieron todo su posible y aun damnificaron en harto los indios, porque disparando en ellos los carcajes de flechas que llevaban, hirieron a muchos de ellos, pero dejáronles la pieza en las manos, donde a lanzadas lo mataron dentro del aljibe. Los demás esclavos se volvieron al alojamiento donde Avellaneda había quedado y le contaron a su amo y al capitán el suceso de su jornada, certificando que demás de la mucha gente que parecía haber en aquella tierra donde habían ido, habían tomado en las manos cataures llenos de oro, los cuales los indios les habían hecho soltar.

Avellaneda y sus soldados dieron todo crédito a los negros en lo de las riquezas que habían fingido, y cada cual pretendía verse muy rico y próspero en breve tiempo; pero todos fueron en pocos días frustrados de sus designios, porque como luégo apercibiese toda su gente Avellaneda y otro día caminase la vía del río Guaviare por sus jornadas, llegó al propio río, y pasándole y alojándose de la otra banda de él, tomó consigo cuarenta hombres, caminó la vía del lugar o pueblo donde los negros habían sido ahuyentados, y como los indios los viesen ir hacia sus casas, tomando las armas en las manos hicieron ostentación y muestra de esperarlos con grandes ademanes, con que daban señal de tener gran brío y ánimo; pero desque cerca de sí vieron los españoles, temiendo la furia de sus caballos y la crueldad de sus espadas y lanzas, los volvieron las espaldas y comenzaron a huir con furia, desamparando el lugar. Los españoles se entraron en él y se apoderan en las comidas, que hallaron, que cierto llevaban necesidad de ellas, y de allí fue proveída la demás gente que en las riberas del río quedó alojada.

El capitán Avellaneda, después de haber puesto en partes acomodadas sus velas o centinelas, para que los indios revolviendo sobre ellos no los tomasen descuidados, envió algunos soldados para que procurasen haber algún indio o india de quien se pudiesen informar; mas aunque toda diligencia en ello se puso por los soldados a quien fue cometido, no pudieron haber más de sola una india, que en una roza o labranza hallaron, cuyo marido desde a poco se acercó al lugar con una lanza en la mano y una rodela por ver si podía haber a su mujer, y como por la vela fuese visto fue de ello dado noticia al capitán, el cual envió cuatro soldados que cualquiera de ellos pretendía de por sí sujetar y haber a las manos a aquel bárbaro; pero después que en medio de los cuatro soldados le tuvieron, el bárbaro era tan suelto y ligero, y mandaba con tanta liberalidad la lanza que traía, que ninguno de los soldados le osó acometer ni entrar ni hacerle algún daño, y así, haciendo rostro a uno de los cuatro españoles con tanta ligereza le acometió e hirió con la lanza y se hizo a lo largo sin recibir daño ninguno, que los españoles quedaron corridos y afrentados de que así se les hubiese ido de entre las manos, y cierto tuvieron razón de sentirlo, porque parece cosa infactible a los soldados que se precian de valientes írseles un bárbaro de entre las manos sano y libre y sin lesión.

Este indio, como salió victorioso convocó a los demás a que se juntasen y tomasen las armas y diesen sobre los españoles y los matasen y echasen de su tierra, pues demás de ser pocos en número les tenían gran ventaja en la soltura y ligereza de sus personas y largor de las lanzas. Los indios vinieron en ello, y congregados gran cantidad de ellos, así de los moradores del lugar como de otros muchos que en la comarca había, vinieron al tercero día sobre el capitán y los demás españoles que con él estaban descuidados de su venida, porque como era a mediodía, que es hora en que pocas veces los indios suelen hacer semejantes acometimientos, las velas se habían descuidado y dejado sus puestos por irse a comer. Mas aunque antes de acometer a los españoles fueron los indios por ellos sentidos, fue tanta la presteza de los bárbaros en el acometer que no les dieron lugar a ensillar sus caballos ni armarse según era necesario, antes entrando de tropel en el primer bohío que hacia sí tenían, donde estaban alojados ciertos españoles, sin consentirles tomar las armas los forzaron a huir, hiriendo a algunos de ellos, donde los indios se detuvieron algún espacio, de suerte que los soldados que más adelante estaban alojados tuvieron lugar de salinos a recibir con sus espadas y rodelas, y entre los bohíos de aquel pueblo comenzaron a pelear los unos con los otros muy obstinadamente; y es cierto que los españoles, aunque peleaban valerosamente fueran por entonces maltratados de la multitud de los bárbaros, si no fueran favorecidos de los esclavos que allí estaban, que serían nueve piezas, las cuales con sus arcos y flechas dieron en los indios por las espaldas y descargando en ellos su flechería los trataron tan mal que les constriñeron a huir, porque los negros ninguna flecha que tiraban la dejaban de emplear en los indios, y así andaban algunos cargados de flechas a manera de agarrochados toros; y como los Indios, prosiguiendo su huida, se fuesen retirando a una montaña que cerca estaba y fuesen en tanta cantidad que los unce a los otros se impidiesen el huir y caminar, eran mía damnificado de los soldados y negros que iban siguiendo el alcance y matando uno y desjarretando. otros dejaban el camino bien poblado de cuerpos de indios, y añadióseles a los bárbaros otro daño mayor, y fue que, como en el camino de la montaña estuviese atravesado un grueso árbol que les impedía el huir con ligereza, caían los unos sobre los otros, y en este lugar no les era a los que los seguían más matar indios que hormigas, y así pagaron los pobres su loco atrevimiento y soltaron las armas y otras baratijas que llevaban hurtadas, que en el primer bohío que acometieron y dieron hallaron y robaron. Pasada esta guazabara nunca estos indios curaron de hacer más acometimiento a los españoles, por haberles ido tan mal en ella cuanto se puede colegir de lo dicho.

El capitán Avellaneda, con los soldados que consigo tenía, pasó adelante, por ver mejor lo que en aquel valle donde estaba había; y así marchó con su gente hasta llegar a un pueblo que los españoles llamaron de las Barrancas Bermejas, que tenía veinte casas grandes de moradá, en cuyas entradas había hechos algunos hoyos con estacadas para en que los españoles cayesen y se estacasen. Los moradores de este pueblo, desque vieron la gente que a él llevaba enderezado su camino, desampararon sus moradas y huyeron, pero entre sí se congregaron y juntaron dende a poco tiempo y determinaron venir sobre los españoles, aprovechándose de todos los ardides de guerra que pudieron y sus juicios alcanzaron, porque antes de dar la guazabara hicieron de noche ciertos acometimientos por ver si estaban los españoles descuidados y dormidos, y como siempre los hallasen velando y con buena guardia, acordaron acometenles de día, para el cual efecto, y para ser señores de sus enemigos en la batalla, pusieron muchas estacas y puyas alrededor del pueblo donde los españoles estaban alojados, y amaneciendo sobre el alojamiento se les pusieron a vista y viniéronse acercando muy ordenadamente por sus escuadrones, los cuales, para ser gente tan bárbara, traían bien concertado, porque bajando por una loma o cuchilla abajo, hacia los españoles, venían por los lados de la cuchilla dos escuadrones de muchos indios con rodelas de anta muy coloradas y negras, y lanzas muy largas, puestos por sus hileras de cinco en cinco, y entre estos dos escuadrones venia otro escuadrón de gente de macanas, y todas las rodelas traían en las manijas puestas cierta redecilla o mochila llena de piedras para tirar y arrojar, y con este concierto caminaban muy despacio y a compás para los españoles, y ya que estuvieron a tiro de piedra de los bohíos se repararon y comenzaron a despender su munición contra los soldados y españoles, los cuales se estaban quedos y juntos, hechos un cuerpo, procurando disparar un arcabuz que traían, el cual venía tan mal aderezado que aunque diversas veces le pegaron fuego no quiso salir, pero al fin, ya que los indios habían acabado de tirar las piedras y querían arremeter a los españoles para pelear pie a pie, lo cual, si antes hicieran, no dejaran de salir con victoria, fue Dios servido que disparé el arcabuz, y fue tanto el miedo que de él tenían, que sin hacer más acometimiento del hecho, volvieron las espaldas y comenzaron a huir, y los soldados dieron luégo en el alcance en ellos y mataron e hirieron algunos, sin querer muchos seguir el alcance, porque era tanto el daño que los mismos indios se ha­cían en las estacas y puyas que en el camino y alrededor del pueblo, para ofensa de los españoles habían puesto, que no se escapó casi indio que de allí no saliese empuyado o estacado.

La causa de huir estos indios con tanto temor del estruendo del arcabuz, fue porque poco antes que viniesen a dar esta guazabara se habían acercado dos indios al alojamiento de los españoles, y al uno derribaron con un arcabuzazo y el otro quedó tan espantado de verlo caer sin casi señal de herida que dijo a sus compañeros: los españoles traen consigo ciertos truenos que sin herir mataban.

El capitán, desbaratando los indios, mandó a algunos soldados que saliesen a correr el campo o los alrededores del alojamiento, los cuales, yendo a este efecto, hallaron un escuadrón de indios que por la parte de abajo los estaban esperando para si, habiendo los de arriba victoria, huyesen por allí algunos soldados, cayesen en sus manos, cuyo principal estaba sentado en un tronco de un árbol, con un sombrero pardo y un cordón de oro y unas mantas pintadas, de suerte que señoreaba a los demás indios, y aunque vio a los españoles no por eso se movió de donde estaba, antes con grandes voces animaba a los suyos para que peleando con los nuestros los matasen; pero los soldados acometieron a los indios con tanto brío que en breve espacio los hicieron volver las espaldas y huir, con daño de muchos indios que allí quedaron muertos. Hallose entre estos indios que vinieron a dar esta guazabara, sombreros muy galanos, hierros de lanzas y dagas y otras cosas de españoles, que parecían haberlas habido de poco tiempo; pero no se pudo imaginar de dónde las hubiesen habido, porque desde el tiempo que por cerca de esta tierra pasaron y anduvieron los de Venezuela y Hernán Pérez de Quesada, nunca después acá hasta el tiempo que esto sucedió, se ha ninguna gente apartado tanto del Reino que pudiese llegar a esta poblazón y provincia.

Pasadas estas cosas, Avellaneda dio la vuelta sobre el río de Guaviare, donde había dejado alojada la demás gente, y para llegar con brevedad se adelanté, dejando encargados los soldados que consigo tenía a Juan Coles, y él en pocos días llegó al alojamiento, donde fue bien recibido por ser deseada su llegada. Juan Coles usó tan mal el cargo que se le encomendó que en la segunda jornada perdió un español por descuido y negligencia suya, porque como este español que faltó viniese indispuesto y no pudiese caminar con la presteza que los demás, dejóselo algo atrás, sin encargar a la retaguardia que tuviese cuenta con él, y así fue el pobre muerto de indios o de alguna fiera, porque aunque después lo volvieron a buscar diversas veces no se halló rastro ni señal. El capitán Avellaneda recibió pesadumbre muy grande de la pérdida del soldado y reprendió ásperamente al caudillo; pero con todo esto se quedó el español pobre muerto o perdido.

 Capítulo décimo | 24  En el cual se escribe cómo el capitán Avellaneda con toda su gente se partió del alojamiento del río Guaviare y se metió la tierra adentro por montañas hasta llegar al valle de San Jerónimo, donde pobló la ciudad de Burgos. Cuéntase aquí todo lo que en la dicha ciudad sucedió durante el tiempo que los españoles estuvieron en ella.

 Juntada la gente en el alojamiento del Guaviare, el capitán Avellaneda determinó meterse la tierra adentro por una áspera serranía y muy montuosa, por donde entendía hallar camino para el valle de la Plata, a quien dicen llamarse en lengua de los indios Sibundoy, y enviando delante sus macheteros y azadoneros para que fuesen abriendo el camino, él siguió con la demás gente su vía y se engolfé en un mar de montañas tan estériles de comidas y raras de poblazones cuanto abundantes de asperezas y trabajos para los soldados, los cuales iban ya sintiendo la necesidad y falta de la comida, que les era ya grande y molesta, y no esperaban sino a que se les muriese el caballo para tener qué comer algunos días; y cuando esto sucedía, el capitán hacía que la carne se repartiese de suerte que todos participasen de ella; y fue tan grande la estrechez y aprieto en que la hambre los puso, que habla soldado que tenía cuenta dónde se echaban los vergajos de los caballos y los recogía para su comer, y los comía con tanto gusto y tan sin asco como si fuera otra comida más sustancial y menos asquerosa; pero de esto no nos debemos maravillar, pues es tan grande el rigor de la hambre, que ha forzado a las mujeres a comerse sus propios hijos, salidos de sus entrañas, como algunos antiguos libros nos lo enseñan. El principal remedio contra la hambre eran algunos palmitos, que se hallaban y cortaban por el arcabuco, que tenían muy buen comer, y cocidos con la carne daban gusto y sabor de coles o repollos murcianos; pero en este tiempo entiendo que cualquier buen gusto lee darla esta comida con este trabajo.

Después de haber caminado algunos días por estas montañas, por donde toparon dos o tres poblezuelos de poca sustancia ni comida, llegaron a un valle o poblazón, llamada Moquigua por tener este nombre el principal de ella, a la cual los españoles llamaron el valle de San Jerónimo, que pareció tener razonable disposición de tierra y de algunos poblezuelos, lo cual, a causa de la maleza pasada, les pareció a los españoles cosa muy próspera y buena, y también como en todo el tiempo que habían caminado no habían hallado ningún rastro ni claridad del valle de la Plata, perdieron de todo punto algunos la esperanza de que lo hubiese, y así acordaron el capitán y sus soldados de poblar un pueblo en este valle de San Jerónimo, con su aditamento de mudarle a donde les pareciese parte más cómoda y mejor para sustentarse; y después de haber el capitán Avellaneda hecho cierto parlamento a sus soldados, trayéndoles a la memoria la perdición en que estaban por causa de sus obstinadas opiniones, las cuales quisieron seguir contra la voluntad de su capitán (porque parece ser que aunque Avellaneda salió de San Juan con designio de ir en demanda del valle de la Plata, para el cual efecto se había de meter por las montañas y sierras montuosas, considerando después el mal suceso de los capitanes que aquel camino habían seguido, acordó mudar derrota y sobre ello habló generalmente a sus soldados en las riberas del río Oma, los cuales dijeron que se había de seguir la demanda del valle de la Plata y no otra ninguna, y así Avellaneda, por satisfacerles y contentarlos, siguió aquella derrota, por la cual vino a parar a este valle de San Jerónimo), y concluyendo su plática el capitán, disculpándose de no ser a su cargo ni culpa el haber venido al término y estado en que estaban, pobló un pueblo y ciudad, a la cual llamó la ciudad de Burgos, y nombró sus oficiales de gobierno de república, alcaldes y regidores, según la costumbre que en esto se tiene, que diversas veces he referido; y allí, en el sitio donde estaban, comenzaron a hacer sus bohíos o casas, y pretendiendo con yana esperanza que este pueblo o ciudad había de permanecer, cada cual edificaba y cultivaba por su persona e indios que de servicio llevaba, lo que podía, a imitación del trabajo de las arañas, que gastando la sustancia de sus propias entrañas y consumiendo su propia virtud y vida en hacer unas flacas telas, de ninguna cosa les sirve y aprovecha este trabajo, más de como suelen decir, de matar moscas y consumir su vivir.

El trabajo que en esta nueva ciudad de Burgos ponían estos soldados, yo no siento que les sirviese de cosa más de consumir sus propias vidas, porque ni la tierra daba esperanza de ser buena adelante ni después ni de presente les sustentaba ni alimentaba, ni los naturales les servían ni daban ningún auxilio; y demás de faltarles la comida les faltaba la sal, de suerte que entre todos los españoles no se hallaban más de solas cuatro libras de sal, y esas las tenía un solo soldado y no las pretendía dar aunque le diesen otro tanto oro por ellas, porque las tenía ya para la conservación de su salud corporal.

Estuviéronse en este sitio de la ciudad de Burgos los españoles poco más de tres meses, donde demás de las calamidades referidas tuvieron otra no menor: que eran tan continuas las aguas y rayos, truenos y relámpagos, y de tanta tempestad y tormenta acompañados, que ponía espanto a los hombres y los tenía como atónitos y embelesados de verse metidos en tal tormenta; porque quiso su fortuna que estos tres meses que en este sitio hicieron asiento, fue la mitad del invierno, porque en estas montañas son más las aguas que en las tierras rasas, y así dura más el invierno, que tiene principio por marzo y se concluye por agosto; sin cesar, como he dicho, todo este tiempo de llover, tronar y relampaguear, y así se maravillaron estos españoles cómo era posible en tal tierra habitar gentes; mas el que conociese la brutalidad de algunas naciones de indios no se admirará de cosa que de ellos oiga decir ni aun vea.

También en este tiempo tuvieron algunas refriegas o guazabaras con los indios que en aquel valle había, que aunque eran pocos, procuraban defender bien sus personas y mejor sus comidas, y algunas veces vinieron a acometer y echar los españoles de su ciudad. Los españoles, con gran necesidad y falta que de mantenimiento tenían, aunque las aguas eran muchas y los ríos iban crecidos, no dejaban de salir por su orden a buscarlos, unas veces yendo el propio capitán en persona y otras enviando sus caudillos; pero aunque como dije, los indios procuraban defenderlos las comidas, aprovechábales muy poco, porque siempre eran rebatidos de los españoles y llevaban la peor parte, pues nunca dejaban de ir descalabrados. Usaban estos indios al derredor de sus pueblos fortalecerse con hoyos estacados para en que los españoles cayesen, pero ninguna cosa les aprovechaba ni con ellos dañaban a los nuestros.

Habiendo el capitán Avellaneda salido a buscar comida con una parte de la gente, dieron ciertos escuadrones de indios en la ciudad o pueblo y mataron algunos indios de servicio ladinos y siete caballos, que aunque les hicieron falta para la guerra les fueron provechosos para comer, con que aunque bien vendidos se holgaron con ellos: en ésta vale cada cuarto al que le había de comer, cuarenta y cincuenta pesos de oro, y lee perecía que se lo daban gracioso.

Un principal de aqueste valle, llamado Yaquenos, se fortaleció con su gente en cierto cerro alto y empinado, de tal suerte que a él y a los demás indios sus vecinos les parecía cosa imposible así por la naturaleza y aspereza del lugar y de su subida como por la mucha munición de dardos, lanzas y galgas que tenían prevenidos para rebatir a los españoles, si pretendiesen subir a su fuerte, y así los indios del valle siempre decían a los españoles que pues eran tan valientes que fuesen a tomar la comida que el cacique Yaquenos tenía recogida en su fuerte, pareciéndoles que en ninguna parte podrían ser desbaratados sino allí. El capitán Avellaneda, por deshacer la opinión que los indios tenían de este su fuerte, envió a él un caudillo con treinta y cinco hombres, los cuales ciertamente se pusieron en gran peligro y riesgo, porque los indios que en lo alto estaban los esperaban con las armas referidas y les tenían mucha ventaja.

Puestos en concierto los españoles con sus armas en las manos, comenzaron a subir la cuesta arriba muy poco a poco, por no | 25 allegar cansados a lo alto para si hubiesen de venir a las manos con los indios, los cuales oyéndolos subir, dispararon y comenzaron a arrojar de los dardos y galgas que a pique tenían; y es cierto que si no fueran favorecidos del auxilio divino que los quiso guardar de aquel tan evidente peligro, que allí perecieran, porque la ofensa de las galgas, arrojadas de alto, pocas veces tienen reparo, si no es tras de algún árbol o peña muy crecida, la cual no había en toda esta subida, y así sucedió aquí un evidente milagro por virtud del Sacratísimo Nombre de Jesús, porque como los indios de lo alto arrojasen una galga o piedra, que según su grandor pesaría más de tres arrobas, y ésta viniese a dar sobre un soldado llamado Andrés García, natural de la villa de Mora, él, viéndola venir enderezada a sí, tomó la rodela con ambas manos y levantándola sobre la cabeza para recibir en ella el golpe de la galga, invocó devotamente el nombre de Jesús al tiempo que la piedra llegó a darle, y como si fuera una muy liviana pelota hizo el golpe en la rodela, sin moverla de donde el Andrés García la tenía, y de allí saltó o pasó adelante sin hacer daño a ninguna persona.

En la primera furia los indios acabaron de gastar la munición arrojadiza que tenían prevenida, sin hacer daño en los nuestros, y quedaron con sus largas lanzas en las manos, con que defendieron muy bien la entrada a los españoles, si no acertaran a llevar para el mismo efecto algunas lanzas jinetas, con las cuales los apartaron de donde estaban defendiendo y ofendiendo a los que subían, de suerte que tuvieron lugar de entrar en el fuerte y alojamiento o pueblo de los indios y apoderarse en él, los cuales se hablan retirado a cierto arcabuco que cerca de allí estaba, y después que vieron apoderados a los españoles en sus casas y en lo que en ellas tenían, salieron a tratar paces con los nuestros, las cuales les fueron concedidas por el caudillo, con que el cacique viniese donde él estaba; el cual temiendo que los españoles comían carne humana y que lo hablan de comer a él, no osaba ni osó parecer hasta que le llevaron ciertos pedazos de indio muerto que en el pueblo o fuerte había dejado, con lo cual creyó lo contrario de la opinión que tenía contra los españoles, y llegado donde el caudillo y los soldados estaban, le dijo que se recogiese luégo donde su capitán estaba, porque todos los indios del valle estaban juntos para ir a dar sobre él, pero disimuló el caudillo con esto echándolo a burla o compostura, y comenzó a persuadir al cacique que se fuese con él a ver el capitán, el cual lo hizo con liberalidad, y acabados de llegar estos soldados al pueblo o lugar de Burgos, dieron los indios que se habían juntado en él, pero con facilidad fueron desbaratados y ahuyentados, y aun maravillados de cómo habían tomado el fuerte de Yaquenos. Quedáronse algunos de estos indios emboscados cerca del pueblo, y como dos o tres soldados saliesen a buscar palmitos para comer, los indios dieron en ellos y tomaron al uno y le cortaron la cabeza y se la llevaron para poner en un palo que cada uno delante de las puertas de su casa tiene a manera de picota, donde cuelgan todas las cabezas de los que matan, y el que más cabezas tiene es entre ellos tenido por más valiente y mejor, y luégo volvieron por el cuerpo muerto del soldado, y aunque estaba ya enterrado lo desenterraron y se lo llevaron para comer.

El mayor daño que estos indios hacían a los españoles era en el agua, porque cuando enviaban a sus indios de servicio a lavar o para traer agua, como era todo montaña y no podían ser vistos ni con facilidad socorridos, salían a ellos los indios que ya estaban emboscados, y matábanlos y llevábanselos para comer. Este daño remediaron con talar y desmontar las aguadas y emboscarse en ellas los españoles y dar en los indios cuando venían a hacer sus saltos.

 

23  La palabra "noveno" Substituye a |décimo, tachada. Véase nota 9 a este libro.
24  La palabra "décimo" substituye a |undécimo, tachada. Véase nota 9 a este libro.
25  La palabra "no" está añadida al texto.

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