Capítulo
noveno
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23
En el cual se
escribe cómo el capitán Avellaneda se partió del alojamiento del
río Oma y pasó con su gente el río Guaviare, y se alojó a las
riberas de él, y de allí fue con algunos de sus soldados a ciertos
pueblos de indios, donde le dieron algunas guazabaras, las cuales
escribirá aquí.
Como Alcalá y los españoles que con él fueron habían visto de la
otra banda del río Guaviare labranzas y señales de haber poblazones
de indios, y no habían traído ninguna otra claridad ni certidumbre
de ello, pesole a Avellaneda y quisiera luégo partirse con toda su
gente; mas la enfermedad y flaqueza de los diez soldados que por
buscar nuevo camino habían perdido la vista de los ojos no le daban
lugar a ello, sino que forzosamente había de esperar a que
mejorasen y convaleciesen; pero como Alonso de Ortega entendiese y
conociese que el capitán deseaba ver y saber la claridad de aquella
tierra, mandó a siete negros, esclavos suyos, que consigo llevaba,
que siguiendo el camino que Alcalá había seguido hasta llegar al
Guaviare, procurasen pasarlo y ver con toda diligencia lo que había
de la otra banda, y volviesen a darlé aviso. Los esclavos se
partieron con sus armas, que eran arcos y flechas, y pasaron el río
Guaviare, porque lo hallaron muy bajo y desmenguado, y amparándose
con el velamen de la noche, siguieron por cierta cuchilla o loma,
por do fueron a dar a un pueblo o lugar de indios en que había ocho
casas grandes que tenían buen golpe de gente, y para no ser
damnificados de ella los negros entraron por el lugar haciendo muy
gran ruido y alboroto, para con aquel tumulto espantar y alborotar
los indios, lo cual al principio les salió a bien, porque como los
moradores del lugar oyeron los alaridos de los negros, dieron a
huir y desamparar sus casas, creyendo ser más gente; pero como
después, por los clamores y voces de algunos indios e indias que
los esclavos tenían presos, entendiesen los naturales cuán pocos
eran los que los habían saqueado el lugar, tomaron las armas, y
juntándose vinieron sobre ellos, y haciéndoles perder y dejar la
presa y volver las espaldas, los echaron y ahuyentaron del pueblo y
aun los siguieron con tanta obstinación que por huir cayó uno de
los negros en un aljibe que cerca al camino estaba, y aunque era de
noche, los indios lo sintieron y dieron en él; pero los negros,
pretendiéndolo librar, revolvieron sobre los indios, los cuales
como eran muchos, causaron que la pretensión de los negros fuese
yana, aunque no dejaron de pelear un buen rato los unos con los
otros, en que los esclavos hicieron todo su posible y aun
damnificaron en harto los indios, porque disparando en ellos los
carcajes de flechas que llevaban, hirieron a muchos de ellos, pero
dejáronles la pieza en las manos, donde a lanzadas lo mataron
dentro del aljibe. Los demás esclavos se volvieron al alojamiento
donde Avellaneda había quedado y le contaron a su amo y al capitán
el suceso de su jornada, certificando que demás de la mucha gente
que parecía haber en aquella tierra donde habían ido, habían tomado
en las manos cataures llenos de oro, los cuales los indios les
habían hecho soltar.
Avellaneda y sus soldados dieron todo crédito a los negros en lo
de las riquezas que habían fingido, y cada cual pretendía verse muy
rico y próspero en breve tiempo; pero todos fueron en pocos días
frustrados de sus designios, porque como luégo apercibiese toda su
gente Avellaneda y otro día caminase la vía del río Guaviare por
sus jornadas, llegó al propio río, y pasándole y alojándose de la
otra banda de él, tomó consigo cuarenta hombres, caminó la vía del
lugar o pueblo donde los negros habían sido ahuyentados, y como los
indios los viesen ir hacia sus casas, tomando las armas en las
manos hicieron ostentación y muestra de esperarlos con grandes
ademanes, con que daban señal de tener gran brío y ánimo; pero
desque cerca de sí vieron los españoles, temiendo la furia de sus
caballos y la crueldad de sus espadas y lanzas, los volvieron las
espaldas y comenzaron a huir con furia, desamparando el lugar. Los
españoles se entraron en él y se apoderan en las comidas, que
hallaron, que cierto llevaban necesidad de ellas, y de allí fue
proveída la demás gente que en las riberas del río quedó
alojada.
El capitán Avellaneda, después de haber puesto en partes
acomodadas sus velas o centinelas, para que los indios revolviendo
sobre ellos no los tomasen descuidados, envió algunos soldados para
que procurasen haber algún indio o india de quien se pudiesen
informar; mas aunque toda diligencia en ello se puso por los
soldados a quien fue cometido, no pudieron haber más de sola una
india, que en una roza o labranza hallaron, cuyo marido desde a
poco se acercó al lugar con una lanza en la mano y una rodela por
ver si podía haber a su mujer, y como por la vela fuese visto fue
de ello dado noticia al capitán, el cual envió cuatro soldados que
cualquiera de ellos pretendía de por sí sujetar y haber a las manos
a aquel bárbaro; pero después que en medio de los cuatro soldados
le tuvieron, el bárbaro era tan suelto y ligero, y mandaba con
tanta liberalidad la lanza que traía, que ninguno de los soldados
le osó acometer ni entrar ni hacerle algún daño, y así, haciendo
rostro a uno de los cuatro españoles con tanta ligereza le acometió
e hirió con la lanza y se hizo a lo largo sin recibir daño ninguno,
que los españoles quedaron corridos y afrentados de que así se les
hubiese ido de entre las manos, y cierto tuvieron razón de
sentirlo, porque parece cosa infactible a los soldados que se
precian de valientes írseles un bárbaro de entre las manos sano y
libre y sin lesión.
Este indio, como salió victorioso convocó a los demás a que se
juntasen y tomasen las armas y diesen sobre los españoles y los
matasen y echasen de su tierra, pues demás de ser pocos en número
les tenían gran ventaja en la soltura y ligereza de sus personas y
largor de las lanzas. Los indios vinieron en ello, y congregados
gran cantidad de ellos, así de los moradores del lugar como de
otros muchos que en la comarca había, vinieron al tercero día sobre
el capitán y los demás españoles que con él estaban descuidados de
su venida, porque como era a mediodía, que es hora en que pocas
veces los indios suelen hacer semejantes acometimientos, las velas
se habían descuidado y dejado sus puestos por irse a comer. Mas
aunque antes de acometer a los españoles fueron los indios por
ellos sentidos, fue tanta la presteza de los bárbaros en el
acometer que no les dieron lugar a ensillar sus caballos ni armarse
según era necesario, antes entrando de tropel en el primer bohío
que hacia sí tenían, donde estaban alojados ciertos españoles, sin
consentirles tomar las armas los forzaron a huir, hiriendo a
algunos de ellos, donde los indios se detuvieron algún espacio, de
suerte que los soldados que más adelante estaban alojados tuvieron
lugar de salinos a recibir con sus espadas y rodelas, y entre los
bohíos de aquel pueblo comenzaron a pelear los unos con los otros
muy obstinadamente; y es cierto que los españoles, aunque peleaban
valerosamente fueran por entonces maltratados de la multitud de los
bárbaros, si no fueran favorecidos de los esclavos que allí
estaban, que serían nueve piezas, las cuales con sus arcos y
flechas dieron en los indios por las espaldas y descargando en
ellos su flechería los trataron tan mal que les constriñeron a
huir, porque los negros ninguna flecha que tiraban la dejaban de
emplear en los indios, y así andaban algunos cargados de flechas a
manera de agarrochados toros; y como los Indios, prosiguiendo su
huida, se fuesen retirando a una montaña que cerca estaba y fuesen
en tanta cantidad que los unce a los otros se impidiesen el huir y
caminar, eran mía damnificado de los soldados y negros que iban
siguiendo el alcance y matando uno y desjarretando. otros dejaban
el camino bien poblado de cuerpos de indios, y añadióseles a los
bárbaros otro daño mayor, y fue que, como en el camino de la
montaña estuviese atravesado un grueso árbol que les impedía el
huir con ligereza, caían los unos sobre los otros, y en este lugar
no les era a los que los seguían más matar indios que hormigas, y
así pagaron los pobres su loco atrevimiento y soltaron las armas y
otras baratijas que llevaban hurtadas, que en el primer bohío que
acometieron y dieron hallaron y robaron. Pasada esta guazabara
nunca estos indios curaron de hacer más acometimiento a los
españoles, por haberles ido tan mal en ella cuanto se puede colegir
de lo dicho.
El capitán Avellaneda, con los soldados que consigo tenía, pasó
adelante, por ver mejor lo que en aquel valle donde estaba había; y
así marchó con su gente hasta llegar a un pueblo que los españoles
llamaron de las Barrancas Bermejas, que tenía veinte casas grandes
de moradá, en cuyas entradas había hechos algunos hoyos con
estacadas para en que los españoles cayesen y se estacasen. Los
moradores de este pueblo, desque vieron la gente que a él llevaba
enderezado su camino, desampararon sus moradas y huyeron, pero
entre sí se congregaron y juntaron dende a poco tiempo y
determinaron venir sobre los españoles, aprovechándose de todos los
ardides de guerra que pudieron y sus juicios alcanzaron, porque
antes de dar la guazabara hicieron de noche ciertos acometimientos
por ver si estaban los españoles descuidados y dormidos, y como
siempre los hallasen velando y con buena guardia, acordaron
acometenles de día, para el cual efecto, y para ser señores de sus
enemigos en la batalla, pusieron muchas estacas y puyas alrededor
del pueblo donde los españoles estaban alojados, y amaneciendo
sobre el alojamiento se les pusieron a vista y viniéronse acercando
muy ordenadamente por sus escuadrones, los cuales, para ser gente
tan bárbara, traían bien concertado, porque bajando por una loma o
cuchilla abajo, hacia los españoles, venían por los lados de la
cuchilla dos escuadrones de muchos indios con rodelas de anta muy
coloradas y negras, y lanzas muy largas, puestos por sus hileras de
cinco en cinco, y entre estos dos escuadrones venia otro escuadrón
de gente de macanas, y todas las rodelas traían en las manijas
puestas cierta redecilla o mochila llena de piedras para tirar y
arrojar, y con este concierto caminaban muy despacio y a compás
para los españoles, y ya que estuvieron a tiro de piedra de los
bohíos se repararon y comenzaron a despender su munición contra los
soldados y españoles, los cuales se estaban quedos y juntos, hechos
un cuerpo, procurando disparar un arcabuz que traían, el cual venía
tan mal aderezado que aunque diversas veces le pegaron fuego no
quiso salir, pero al fin, ya que los indios habían acabado de tirar
las piedras y querían arremeter a los españoles para pelear pie a
pie, lo cual, si antes hicieran, no dejaran de salir con victoria,
fue Dios servido que disparé el arcabuz, y fue tanto el miedo que
de él tenían, que sin hacer más acometimiento del hecho, volvieron
las espaldas y comenzaron a huir, y los soldados dieron luégo en el
alcance en ellos y mataron e hirieron algunos, sin querer muchos
seguir el alcance, porque era tanto el daño que los mismos indios
se hacían en las estacas y puyas que en el camino y alrededor del
pueblo, para ofensa de los españoles habían puesto, que no se
escapó casi indio que de allí no saliese empuyado o estacado.
La causa de huir estos indios con tanto temor del estruendo del
arcabuz, fue porque poco antes que viniesen a dar esta guazabara se
habían acercado dos indios al alojamiento de los españoles, y al
uno derribaron con un arcabuzazo y el otro quedó tan espantado de
verlo caer sin casi señal de herida que dijo a sus compañeros: los
españoles traen consigo ciertos truenos que sin herir mataban.
El capitán, desbaratando los indios, mandó a algunos soldados
que saliesen a correr el campo o los alrededores del alojamiento,
los cuales, yendo a este efecto, hallaron un escuadrón de indios
que por la parte de abajo los estaban esperando para si, habiendo
los de arriba victoria, huyesen por allí algunos soldados, cayesen
en sus manos, cuyo principal estaba sentado en un tronco de un
árbol, con un sombrero pardo y un cordón de oro y unas mantas
pintadas, de suerte que señoreaba a los demás indios, y aunque vio
a los españoles no por eso se movió de donde estaba, antes con
grandes voces animaba a los suyos para que peleando con los
nuestros los matasen; pero los soldados acometieron a los indios
con tanto brío que en breve espacio los hicieron volver las
espaldas y huir, con daño de muchos indios que allí quedaron
muertos. Hallose entre estos indios que vinieron a dar esta
guazabara, sombreros muy galanos, hierros de lanzas y dagas y otras
cosas de españoles, que parecían haberlas habido de poco tiempo;
pero no se pudo imaginar de dónde las hubiesen habido, porque desde
el tiempo que por cerca de esta tierra pasaron y anduvieron los de
Venezuela y Hernán Pérez de Quesada, nunca después acá hasta el
tiempo que esto sucedió, se ha ninguna gente apartado tanto del
Reino que pudiese llegar a esta poblazón y provincia.
Pasadas estas cosas, Avellaneda dio la vuelta sobre el río de
Guaviare, donde había dejado alojada la demás gente, y para llegar
con brevedad se adelanté, dejando encargados los soldados que
consigo tenía a Juan Coles, y él en pocos días llegó al
alojamiento, donde fue bien recibido por ser deseada su llegada.
Juan Coles usó tan mal el cargo que se le encomendó que en la
segunda jornada perdió un español por descuido y negligencia suya,
porque como este español que faltó viniese indispuesto y no pudiese
caminar con la presteza que los demás, dejóselo algo atrás, sin
encargar a la retaguardia que tuviese cuenta con él, y así fue el
pobre muerto de indios o de alguna fiera, porque aunque después lo
volvieron a buscar diversas veces no se halló rastro ni señal. El
capitán Avellaneda recibió pesadumbre muy grande de la pérdida del
soldado y reprendió ásperamente al caudillo; pero con todo esto se
quedó el español pobre muerto o perdido.
Capítulo décimo
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24
En el cual se
escribe cómo el capitán Avellaneda con toda su gente se partió del
alojamiento del río Guaviare y se metió la tierra adentro por
montañas hasta llegar al valle de San Jerónimo, donde pobló la
ciudad de Burgos. Cuéntase aquí todo lo que en la dicha ciudad
sucedió durante el tiempo que los españoles estuvieron en
ella.
Juntada la gente en el alojamiento del Guaviare, el
capitán Avellaneda determinó meterse la tierra adentro por una
áspera serranía y muy montuosa, por donde entendía hallar camino
para el valle de la Plata, a quien dicen llamarse en lengua de los
indios Sibundoy, y enviando delante sus macheteros y azadoneros
para que fuesen abriendo el camino, él siguió con la demás gente su
vía y se engolfé en un mar de montañas tan estériles de comidas y
raras de poblazones cuanto abundantes de asperezas y trabajos para
los soldados, los cuales iban ya sintiendo la necesidad y falta de
la comida, que les era ya grande y molesta, y no esperaban sino a
que se les muriese el caballo para tener qué comer algunos días; y
cuando esto sucedía, el capitán hacía que la carne se repartiese de
suerte que todos participasen de ella; y fue tan grande la
estrechez y aprieto en que la hambre los puso, que habla soldado
que tenía cuenta dónde se echaban los vergajos de los caballos y
los recogía para su comer, y los comía con tanto gusto y tan sin
asco como si fuera otra comida más sustancial y menos asquerosa;
pero de esto no nos debemos maravillar, pues es tan grande el rigor
de la hambre, que ha forzado a las mujeres a comerse sus propios
hijos, salidos de sus entrañas, como algunos antiguos libros nos lo
enseñan. El principal remedio contra la hambre eran algunos
palmitos, que se hallaban y cortaban por el arcabuco, que tenían
muy buen comer, y cocidos con la carne daban gusto y sabor de coles
o repollos murcianos; pero en este tiempo entiendo que cualquier
buen gusto lee darla esta comida con este trabajo.
Después de haber caminado algunos días por estas montañas, por
donde toparon dos o tres poblezuelos de poca sustancia ni comida,
llegaron a un valle o poblazón, llamada Moquigua por tener este
nombre el principal de ella, a la cual los españoles llamaron el
valle de San Jerónimo, que pareció tener razonable disposición de
tierra y de algunos poblezuelos, lo cual, a causa de la maleza
pasada, les pareció a los españoles cosa muy próspera y buena, y
también como en todo el tiempo que habían caminado no habían
hallado ningún rastro ni claridad del valle de la Plata, perdieron
de todo punto algunos la esperanza de que lo hubiese, y así
acordaron el capitán y sus soldados de poblar un pueblo en este
valle de San Jerónimo, con su aditamento de mudarle a donde les
pareciese parte más cómoda y mejor para sustentarse; y después de
haber el capitán Avellaneda hecho cierto parlamento a sus soldados,
trayéndoles a la memoria la perdición en que estaban por causa de
sus obstinadas opiniones, las cuales quisieron seguir contra la
voluntad de su capitán (porque parece ser que aunque Avellaneda
salió de San Juan con designio de ir en demanda del valle de la
Plata, para el cual efecto se había de meter por las montañas y
sierras montuosas, considerando después el mal suceso de los
capitanes que aquel camino habían seguido, acordó mudar derrota y
sobre ello habló generalmente a sus soldados en las riberas del río
Oma, los cuales dijeron que se había de seguir la demanda del valle
de la Plata y no otra ninguna, y así Avellaneda, por satisfacerles
y contentarlos, siguió aquella derrota, por la cual vino a parar a
este valle de San Jerónimo), y concluyendo su plática el capitán,
disculpándose de no ser a su cargo ni culpa el haber venido al
término y estado en que estaban, pobló un pueblo y ciudad, a la
cual llamó la ciudad de Burgos, y nombró sus oficiales de gobierno
de república, alcaldes y regidores, según la costumbre que en esto
se tiene, que diversas veces he referido; y allí, en el sitio donde
estaban, comenzaron a hacer sus bohíos o casas, y pretendiendo con
yana esperanza que este pueblo o ciudad había de permanecer, cada
cual edificaba y cultivaba por su persona e indios que de servicio
llevaba, lo que podía, a imitación del trabajo de las arañas, que
gastando la sustancia de sus propias entrañas y consumiendo su
propia virtud y vida en hacer unas flacas telas, de ninguna cosa
les sirve y aprovecha este trabajo, más de como suelen decir, de
matar moscas y consumir su vivir.
El trabajo que en esta nueva ciudad de Burgos ponían estos
soldados, yo no siento que les sirviese de cosa más de consumir sus
propias vidas, porque ni la tierra daba esperanza de ser buena
adelante ni después ni de presente les sustentaba ni alimentaba, ni
los naturales les servían ni daban ningún auxilio; y demás de
faltarles la comida les faltaba la sal, de suerte que entre todos
los españoles no se hallaban más de solas cuatro libras de sal, y
esas las tenía un solo soldado y no las pretendía dar aunque le
diesen otro tanto oro por ellas, porque las tenía ya para la
conservación de su salud corporal.
Estuviéronse en este sitio de la ciudad de Burgos los españoles
poco más de tres meses, donde demás de las calamidades referidas
tuvieron otra no menor: que eran tan continuas las aguas y rayos,
truenos y relámpagos, y de tanta tempestad y tormenta acompañados,
que ponía espanto a los hombres y los tenía como atónitos y
embelesados de verse metidos en tal tormenta; porque quiso su
fortuna que estos tres meses que en este sitio hicieron asiento,
fue la mitad del invierno, porque en estas montañas son más las
aguas que en las tierras rasas, y así dura más el invierno, que
tiene principio por marzo y se concluye por agosto; sin cesar, como
he dicho, todo este tiempo de llover, tronar y relampaguear, y así
se maravillaron estos españoles cómo era posible en tal tierra
habitar gentes; mas el que conociese la brutalidad de algunas
naciones de indios no se admirará de cosa que de ellos oiga decir
ni aun vea.
También en este tiempo tuvieron algunas refriegas o guazabaras
con los indios que en aquel valle había, que aunque eran pocos,
procuraban defender bien sus personas y mejor sus comidas, y
algunas veces vinieron a acometer y echar los españoles de su
ciudad. Los españoles, con gran necesidad y falta que de
mantenimiento tenían, aunque las aguas eran muchas y los ríos iban
crecidos, no dejaban de salir por su orden a buscarlos, unas veces
yendo el propio capitán en persona y otras enviando sus caudillos;
pero aunque como dije, los indios procuraban defenderlos las
comidas, aprovechábales muy poco, porque siempre eran rebatidos de
los españoles y llevaban la peor parte, pues nunca dejaban de ir
descalabrados. Usaban estos indios al derredor de sus pueblos
fortalecerse con hoyos estacados para en que los españoles cayesen,
pero ninguna cosa les aprovechaba ni con ellos dañaban a los
nuestros.
Habiendo el capitán Avellaneda salido a buscar comida con una
parte de la gente, dieron ciertos escuadrones de indios en la
ciudad o pueblo y mataron algunos indios de servicio ladinos y
siete caballos, que aunque les hicieron falta para la guerra les
fueron provechosos para comer, con que aunque bien vendidos se
holgaron con ellos: en ésta vale cada cuarto al que le había de
comer, cuarenta y cincuenta pesos de oro, y lee perecía que se lo
daban gracioso.
Un principal de aqueste valle, llamado Yaquenos, se fortaleció
con su gente en cierto cerro alto y empinado, de tal suerte que a
él y a los demás indios sus vecinos les parecía cosa imposible así
por la naturaleza y aspereza del lugar y de su subida como por la
mucha munición de dardos, lanzas y galgas que tenían prevenidos
para rebatir a los españoles, si pretendiesen subir a su fuerte, y
así los indios del valle siempre decían a los españoles que pues
eran tan valientes que fuesen a tomar la comida que el cacique
Yaquenos tenía recogida en su fuerte, pareciéndoles que en ninguna
parte podrían ser desbaratados sino allí. El capitán Avellaneda,
por deshacer la opinión que los indios tenían de este su fuerte,
envió a él un caudillo con treinta y cinco hombres, los cuales
ciertamente se pusieron en gran peligro y riesgo, porque los indios
que en lo alto estaban los esperaban con las armas referidas y les
tenían mucha ventaja.
Puestos en concierto los españoles con sus armas en las manos,
comenzaron a subir la cuesta arriba muy poco a poco, por no
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25
allegar cansados a lo alto para si
hubiesen de venir a las manos con los indios, los cuales oyéndolos
subir, dispararon y comenzaron a arrojar de los dardos y galgas que
a pique tenían; y es cierto que si no fueran favorecidos del
auxilio divino que los quiso guardar de aquel tan evidente peligro,
que allí perecieran, porque la ofensa de las galgas, arrojadas de
alto, pocas veces tienen reparo, si no es tras de algún árbol o
peña muy crecida, la cual no había en toda esta subida, y así
sucedió aquí un evidente milagro por virtud del Sacratísimo Nombre
de Jesús, porque como los indios de lo alto arrojasen una galga o
piedra, que según su grandor pesaría más de tres arrobas, y ésta
viniese a dar sobre un soldado llamado Andrés García, natural de la
villa de Mora, él, viéndola venir enderezada a sí, tomó la rodela
con ambas manos y levantándola sobre la cabeza para recibir en ella
el golpe de la galga, invocó devotamente el nombre de Jesús al
tiempo que la piedra llegó a darle, y como si fuera una muy liviana
pelota hizo el golpe en la rodela, sin moverla de donde el Andrés
García la tenía, y de allí saltó o pasó adelante sin hacer daño a
ninguna persona.
En la primera furia los indios acabaron de gastar la munición
arrojadiza que tenían prevenida, sin hacer daño en los nuestros, y
quedaron con sus largas lanzas en las manos, con que defendieron
muy bien la entrada a los españoles, si no acertaran a llevar para
el mismo efecto algunas lanzas jinetas, con las cuales los
apartaron de donde estaban defendiendo y ofendiendo a los que
subían, de suerte que tuvieron lugar de entrar en el fuerte y
alojamiento o pueblo de los indios y apoderarse en él, los cuales
se hablan retirado a cierto arcabuco que cerca de allí estaba, y
después que vieron apoderados a los españoles en sus casas y en lo
que en ellas tenían, salieron a tratar paces con los nuestros, las
cuales les fueron concedidas por el caudillo, con que el cacique
viniese donde él estaba; el cual temiendo que los españoles comían
carne humana y que lo hablan de comer a él, no osaba ni osó parecer
hasta que le llevaron ciertos pedazos de indio muerto que en el
pueblo o fuerte había dejado, con lo cual creyó lo contrario de la
opinión que tenía contra los españoles, y llegado donde el caudillo
y los soldados estaban, le dijo que se recogiese luégo donde su
capitán estaba, porque todos los indios del valle estaban juntos
para ir a dar sobre él, pero disimuló el caudillo con esto
echándolo a burla o compostura, y comenzó a persuadir al cacique
que se fuese con él a ver el capitán, el cual lo hizo con
liberalidad, y acabados de llegar estos soldados al pueblo o lugar
de Burgos, dieron los indios que se habían juntado en él, pero con
facilidad fueron desbaratados y ahuyentados, y aun maravillados de
cómo habían tomado el fuerte de Yaquenos. Quedáronse algunos de
estos indios emboscados cerca del pueblo, y como dos o tres
soldados saliesen a buscar palmitos para comer, los indios dieron
en ellos y tomaron al uno y le cortaron la cabeza y se la llevaron
para poner en un palo que cada uno delante de las puertas de su
casa tiene a manera de picota, donde cuelgan todas las cabezas de
los que matan, y el que más cabezas tiene es entre ellos tenido por
más valiente y mejor, y luégo volvieron por el cuerpo muerto del
soldado, y aunque estaba ya enterrado lo desenterraron y se lo
llevaron para comer.
El mayor daño que estos indios hacían a los españoles era en el
agua, porque cuando enviaban a sus indios de servicio a lavar o
para traer agua, como era todo montaña y no podían ser vistos ni
con facilidad socorridos, salían a ellos los indios que ya estaban
emboscados, y matábanlos y llevábanselos para comer. Este daño
remediaron con talar y desmontar las aguadas y emboscarse en ellas
los españoles y dar en los indios cuando venían a hacer sus
saltos.
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23
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La palabra "noveno" Substituye a
|décimo, tachada. Véase
nota 9 a este libro.
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24
|
La palabra "décimo" substituye a
|undécimo, tachada.
Véase nota 9 a este libro.
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25
|
La palabra "no" está añadida al texto.
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