INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
Capítulo sexto16 En el cual se escribe la manera de los entierros y sucesión de los caciques de los indios guayupes, con algunas opiniones que tienen acerca del haber Dios y de la creación del hombre, y de la luna y sol y temblor de tierra y otras particularidades.

Es cosa de admirar, y aun de llorar, los errores y ceguedades de la gentilidad de las Indias, y cuán varios son en las ceremonias así del vivir como del morir y enterrar los muertos, y en las de su idolatría, a quien algunos llaman impropiamente religión, y así como en el hablar haya la confusión que es notorio, así en todo lo demás son disformes y variables.

Dicen estos indios que sus mayores solían y acostumbraban enterrar los muertos debajo de la tierra, y que porque los comían y consumían los gusanos, les fue mandado por sus simulacros, a quien ellos tienen por dios, que los quemasen e hiciesen polvos con las ceremonias que diremos, que no son menos de notar para el conocimiento de la barbariedad de estas gentes que las demás sus ceremonias.

Si el difunto es cacique o principal capitán o persona que forzosamente haya de tener sucesor, pónenle el cuerpo en un hornajo o palo hueco que es a manera de ataúd, y allí le ponen fuego hasta ser consumido y convertido en polvo y ceniza el cuerpo, la cual echan en una vasija o múcura apartando los huesos por sí, los cuales muelen y echan en otra vasija, donde los tienen bien tapados y guardados hasta que el sucesor o los parientes más cercanos del difunto ha hecho todas las vasijas de vino que han podido, y para cierto día señalado convida a todos los de su pueblo y a sus comarcanos, donde, después de congregados, las parientas más cercanas del muerto se adornan de sus más ricos y galanos atavíos, que son algunas chagualejas o joyas de oro y cuentas hechas de caracoles, y algunos cobertores de plumas, y tomando las vasijas donde están las cenizas y polvos del muerto, las cuales asimismo componen y guarnecen de las joyas y aderezos que cuando era vivo tenía y poseía, las traen a la casa donde la gente está congregada, y en medio de ella las ponen sobre la silla donde el muerto en vida se solía sentar, la cual asímismo está aderezada lo más galanamente que pueden aderezarla. Hecho esto, se levantan dos o tres de los más cercanos del muerto, parientes suyos, y tomando la silla con las vasijas sobre los hombros, comienzan a bailar con ella, y tras éstos se levantan los caciques y principales que allí hay y con los demás indios y poniéndose los unos las manos sobre los hombros de los otros van bailando por lo largo de la casa, llevando siempre en medio las cenizas del muerto; y con esta orden salen fuéra del bohío y dan una vuelta alderredor de él y entran por otra puerta al contrario de como salieron, y con la misma orden de bailar ponen las cenizas y silla donde estaban, y tórnanse a sentar en sus asientos en el suelo por la orden que antes estaban, y así se están descansando en silencio un buen rato, después del cual pasado se levanta el sucesor del muerto con una lanza en la mano, y puesto junto a la silla de las cenizas dice cómo él es el cacique y señor de aquel pueblo y a quien todos han de obedecer y entender y tener por señor, y que si entre los presentes hay alguno que al señorío tenga mejor derecho que él, que quite la lanza de donde él la tiene puesta, si fuese hombre para ello, y que si saliese con su empresa también podrá salir con su señorío o cacicazgo, y sobre esto trata allí o habla largamente lo que le parece; lo cual acabado se levanta un viejo de los más honrados del pueblo y dice él es el verdadero cacique, y que no hay quien mejor derecho tenga al cacicazgo, y que como tal será obedecido, honrado y servido de sus súbditos; y esta plática del principal sucesor y respuesta del viejo se hace tres veces sucesiva una de otra, las cuales acabadas se quitan las cenizas de sobre la silla del muerto, en la cual se sienta el sucesor y manda llegar a sí todos los parientes y parientas más cercanos del cacique muerto, hijos e hijas, si las tiene, y por orden los manda asentar del un lado y del otro de su silla y asiento, y luégo toma la mano en hablar el viejo que le había otorgado la confirmación del señorío, el cual le encarga al nuevo cacique las hijas e hijos y parientes del muerto, que están presentes, encargándole el buen tratamiento de ellos; y cesando el viejo de hablar, se levantan los indios que en sus hombros han llevado las cenizas del muerto y toman sobre sí con la misma silla al nuevo señor, y tráenlo con la demás gente, bailando de la propia suerte que con las cenizas hicieron, hasta volverlo al propio lugar, donde tornados todos a sentarse con mucho silencio, comienza un indio a hacer cierta lamentación muy dolorosa y lacrimosa, al cual en voz alta siguen todos los demás, casi haciendo una manera de llanto bien sentido, que dura cierto espacio, después del cual todos cesan a una su llanto, e incontinenti le traen al nuevo cacique, en ciertos vasos, las cenizas del muerto deshechas en vino, de las cuales él bebe y da a beber a los parientes del muerto y a los demás principales o caciques que allí están; el cual brebaje procuran que venga tan bien compasado que a lo menos todos los caciques que están presentes alcancen de él, porque si acaso faltase para alguno, éste a quien no le alcanzase parte lo temía por caso de menos valer e infame; y del demás vino que tienen hecho dan a beber a los demás indios, y luégo se levantan todos y comienzan a danzar y cantar con sus arcos y flechas en las manos, y sus flechas lo más galanas que pueden, con plumajería de aves de diversas colores.

Duran estas fiestas tres o cuatro días con sus noches, el cual tiempo nunca cesan de danzar, bailar y cantar por su orden; y cuando cesan de cantar dan muy grandes silbos y voces, haciendo grandes ademanes y personajes | 17 con los cuerpos. El vino que beben en estas fiestas es muy espeso, y tanto que les basta para comida y bebida, lo cual beben muy a menudo, porque dando cinco o seis vueltas a la redonda, puestos los unos las manos sobre los hombros de los otros, cantando con cierto compás de pies que concierta con el tono que de cantar llevan, se sientan y les dan a beber, y luégo se levantan y tornan a bailar y cantar y dar otras tantas vueltas y a tornarse a sentar y beber, y así gasta el tiempo dicho; y es de saber que estos cantos van mezclados con lloro, porque al tiempo que se sientan a beber y han bebido todos, un indio principal a quien le es encargado, comienza a llorar y a hacer conmemoración por el cacique muerto, y luégo le siguen todos con sus llorosas voces, muy a compás, y en cesando de llorar el principal, luégo cesan todos y se levantan a proseguir su baile y cánticos, tan sin pesadumbre como si tristura no hubiera pasado por ellos; y así duran las fiestas y llanto cuanto dura el vino, que, como dije, suelen ser tres o cuatro días con sus noches. Esta ceremonia del beber las cenizas de los difuntos, dicen estos bárbaros que la hacen porque el muerto torna a revivir en aquellos que beben de sus cenizas.

Algunas opiniones tienen estos indios acerca del haber Dios y de la creación del mundo, y del sol y luna y temblores de la tierra, que las más de ellas no son menos erróneas que las de los otros gentiles; y aunque a ml me certificaron que estos bárbaros conocen que hay un Señor y Dios muy grande en el cielo, a quien llaman Inaynagui, el cual les ha dado y da todos los mantenimientos de yuca,  maíz, carne, pescado y otras cosas necesarias para su sustento, no puedo creer que en gente tan bárbara haya tan particular conocimiento, pues vemos claramente la variación de los muy doctos y entendidos en cosas naturales, los filósofos antiguos, que con cuanto alcanzaron y supieron, no ilegaron a conocer ni distinguir otro tanto como esto, y por esto tengo que los intérpretes entendieron mal a estos indios sobre esta declaración dicha del haber Dios omnipotente, a quien ellos dicen que honran con hacerles muy grandes borracheras, y que si no lo santifican con estas fiestas se enoja y no les deja coger maíz ni yuca, de lo cual el Inaynagui está bien proveído, que es circunstancia que da claramente a entender que no alcanzan estos bárbaros lo que poco ha dije de la omnipotencia del verdadero Dios.

Preguntándoles a esta gente si tienen alguna noticia de la creación del mundo y del hombre, dicen que no más de que al principio, antes que hubiese ninguna gente en el mundo, había sólo un indio y una india, de los cuales proceden ellos y los indios llamados Saes y Eperiguas y todas las otras gentes que hay por el mundo, las cuales, después de acabados de morir, bajará Dios del cielo y criará otros de nuevo para que tornen a poblar la tierra. Tienen sus pactos y tratos con el demonio más por temor que por amor, al cual ellos no tienen por bueno, según dicen, sino por cosa pésima y mala y causador de todos sus males; pero que, porque convirtiéndose en tigre o en otro fiero animal no los mate, le sirven.

Tienen que el sol es marido de la luna, y que son casados, y que del sol proceden las secas y calores y del otro las lluvias y aguas, y así fingen que cuando hace gran seca que la luna ruega al sol que se temple y modere y deje que caiga algún aguacero, y que cuando cae mucha agua que es perjudicial a los maíces, que el sol le va a la mano a la luna y le hace que se abstenga de llover. Cuando sobreviene algún eclipse de la luna, dicen que es que los muertos sus antepasados se levantan a buscar de comer y beber, a los cuales amagan con las lanzas y armas que tienen, haciendo grandes ademanes con el cuerpo y dando muy grandes voces y alaridos, porque los muertos entiendan que ellos están vivos y con su fuerza y vigor para pelear y hacer guerra, según que ellos lo estaban antes que muriesen, y para ponerles algún temor y espanto a los muertos porque no vengan a donde ellos están; y con estas y otras supersticiosas ceremonias que hacen, se entran en sus casas y beben de aquel su vinazo todo lo que pueden. Cuando la luna trae consigo un cerco redondo que la ciñe toda, dicen que es señal de gran fertilidad y abundancia de comidas, y esperan muy prósperos temporales; y cuando el cerco de la luna es quebrado o medio, lo tienen a muy mala señal, así de hambres como de enfermedades y otras calamidades; y para quitar estos males, que por el prodigio de la luna entienden que les han de sobrevenir, salen de sus casas y comienzan a soplar a todas partes, con el cual soplo dicen que echan la futura calamidad fuéra de su tierra, y tras esto hacen grandes ayunos, con las cuales cosas ellos están satisfechos que de todo punto hacen cesar aquellas cosas que imaginan haberles de sobrevenir por la señal de la luna.

Tienen otra opinión acerca del temblor de la tierra, no me­nos de reír que las pasadas, y es que dicen proceder este temblor de aquel Dios que ellos imaginan se echa a dormir en su cama, y como es tan grande y tan pesado, con el golpe que da al tiempo que se va a acostar hace temblar la tierra; y para que del temblor no les sobrevenga algún daño, ayunan una semana, y así viven seguros de que por esta vía les venga daño alguno. No se han podido saber otras particularidades de las naturalezas e idolatrías de estos bárbaros Guayupes, aunque en ello se ha puesto toda diligencia, pero por lo dicho se podrá ver y juzgar las demás costumbres que de éstos quisieren saber.

 

Capitulo séptimo | 18  En el cual se se escribe algunas costumbres que en los casamientos y enterramientos tienen los indios Saes, que son en esta provincia de San Juan diferentes de los Guayupes.

En esta provincia de San Juan de los Llanos, demás de los indios Guayupes, hay otra nación de indios llamados Saes, que en algunas cosas difieren y varían de las costumbres de los Guayupes, de los cuales diré aquí solamente las cosas que hacen fuéra de las referidas costumbres de los Guayupes, y en lo que de ellos hacen diferencia, porque en todo lo demás casi son uniformes, y así no habrá mucho que decir de ellos.

Los Saes es gente robusta e indómita y fugitiva, y muy enemigos de españoles y de su trato y conversación y amistad, pero grandes trabajadores y cultivadores. En sus casamientos no son nada escrupulosos ni aun celosos. El haber y elegir mujer cada uno se hace en esta manera: que en cierto tiempo del año se congregan y juntan todos los varones y mujeres de un pueblo en cierta casa señalada y diputada para este efecto, donde hay ya prevenidas grandes vasijas de vino, y allí comienzan a danzar y bailar y cantar todos, según su costumbre, y a beber todo el vino que pueden, con el cual se escalientan y provocan a lujuria, así varones como mujeres; y después de encendidos en el torpe deseo, cada cual se ayunta a su mujer o marido, y las que quedan que no son casadas y varones por casar, allí toma cada cual la que le parece y cumple con ella su torpe deseo, y dende en adelante la tiene por mujer, y aquí no hay ningún estupro o corrompimiento de doncella en estos casamientos, porque cuando la mujer llega a edad de conocer varón está ya corrompida, que la corrompen en su niñez, emborrachándolas primero para que no sientan dolor en ello, y así primero son malas que buenas mujeres, de donde les viene ser libres, así con sus padres como con sus maridos, porque ni los padres las guardan cuando pequeñas ni tienen maridos ni ningún dominio sobre ellas ni sobre los hijos después que pasan de diez años, y cada cual vive en su libertad desde esta edad, ni las celan ni aun tienen libertad para ello, porque si por esta o por otra cualquiera ocasión las enojasen, a la hora se irían con otro, sin que el primero fuese poderoso para tornarla a sí.

Hay otra manera de casamientos, en que las mujeres eligen y escogen los maridos, y es en esta forma: que al tiempo que a una mujer doncella le abaja la primera vez su regla o mujeril costumbre, sus padres la tienen encerrada sin que salga donde le dé sol ni luna ni a fiestas ni borracheras tres meses, después de los cuales el padre de la moza hace muy gran cantidad de vino y convida a beber a la borrachera a todos los indios y principales de su pueblo, donde después de juntos y coadunados todos es traída la moza, y allí le cortan los cabellos todos a la redonda por cima de las orejas, y la pintan muy galanamente con jagua y la adornan de las galas y joyas que el padre y la madre para este efecto tienen; y hecho esto, las indias que allí están la toman en medio, y con un cestillo hecho a manera de adufre esquinado | 19 puesto sobre la cabeza, la traen cantando de una parte a otra, sustentándole el cestillo cuatro indias que lo llevan asido de las cuatro esquinas, el cual va lleno de todo género de comidas, como son yuca, batatas, pan de maíz y pan de yuca y maní y otras cosas que ellos tienen por principal comida. La moza a quien se hace la fiesta echa el ojo a quien mejor le parece de los que en la fiesta o baile andan o al que es más aficionada, y a aquel da de la comida que en el cestillo lleva, el cual ha de ser su marido, si quisiere, y si no quisiere ha de tener aquella primera vez acceso con ella, aunque no quiera, y después ella se puede casar con el que quisiere o con el que la quisiere; y es costumbre que si el marido, dentro del año, no empreña la mujer, que ella puede apartarse de él e ir a buscar a otro, y si el otro no la empreñare puede andar de uno en otro hasta que tope quien la empreñe, y con aquél se queda, y por aquesta causa hay algunos indios en esta provincia que tienen muchas mujeres; y de estas dos maneras dichas celebran sus barraganias.

Pues en el parir no son menos brutos que en lo demás, porque en la hora que cualquiera india se siente propincua al parto, se mete en lo más espeso de la montaña que más cerca halla, y allí se está hasta que ha parido sola; y acabando de echar la criatura déjala allí, y va a llamar a su marido o a otra deuda suya, y tráenle agua con que se lave ella y su criatura, y si el marido muestra tristeza y pesar con el nacimiento del nuevo hijo, la madre luégo lo echa en el río o lo entierra vivo, porque le parece que en no mostrar contento su marido da a entender que no tiene por su hijo a tal criatura recién nacida; pero si de ello muestra contento, todos juntos y muy alegres se van a su casa, donde celebran con alegría el parto de la mujer y el nacimiento del hijo.

Acerca del enterrar los muertos la costumbre de estos indios Saes es ésta: ponen el cuerpo del difunto sobre una barbacoa o lecho, y allí debajo le ponen fuego para que se ase, y a medio asar lo sacan del fuego y quitan de la barbacoa, y allí lo parten por suertes entre los parientes más cercanos del muerto; y si las personas a quien cupo aquesta carne es pobre y no puede hacer el gasto del vino que es necesario para hacer borrachera o convite general, con el vino que tiene, él y su mujer e hijos se comen el cuarto del muerto que les cupo y beben tanto vino hasta que de embriagados se caen dormidos en el suelo, y allí se quedan y están hasta que otro día les amanece y recuerdan, olvidados de la tristura del día pasado, porque el comer de la carne del muerto, aunque en ella intervino el beber, la celebran con grandes llantos y tristura, todo lo cual les hace olvidar el vino.

Los indios que son ricos y tienen abundancia de yuca y maíz para hacer convite general, luégo que les dan su cuarto de parte del muerto lo hacen ceniza y polvos, los cuales guardan en una múcura o cántaro | 20 , en el ínterim que el vino necesario se hace, y después de hecho, el que hace la fiesta u obsequias del muerto, convida a los demás del pueblo, y congregados todos en casa del que convida, se celebran las obsequias mezcladas con fiesta, de la propia suerte que los Guayupes, de quien en el capítulo antecedente se escribió, y sólo comen estos indios Saes este género de carne de sus difuntos y no otro ninguno de ninguna condición que sea ni de aves.

Su sustento es el vino maíz; yuca, batatas, frisoles, maní y otras legumbres de poca sustancia con que viven tan contentos y lucios y gordos, como otras naciones con sus epulentas comidas.

En todo lo demás entiendo, como he dicho, que siguen la vivienda y opiniones y ceremonias de los Guayupes, que son harto bestiales.

 

Capítulo | octavo | 21  En el cual se escribe cómo el capitán Avellaneda volvió a la ciudad de Santafé a pedir nueva conduta para poblar otro pueblo, la cual le fue concedida, y juntando setenta | 22 hombres se volvió a San Juan de los Llanos, de donde salió a su jornada y descubrimiento. Cuéntase todo lo que le sucedió hasta pasar el río de Oma, en donde se alojó y envió a Hernando de Alcalá a descubrir cierta noticia.

 Para entera relación de los sucesos de San Juan de los Llanos me es necesario escribir aquí otra jornada y poblazón que el capitán Avellaneda hizo, que no permaneció, segun atrás lo apunté y dije, para cuya declaración es de saber que, como por defecto de haberle quitado y denegado a Avellaneda los oidores Briceño y Montaño la comisión que para que poblase otro pueblo se le había dado, él se volvió, como en su lugar más largamente lo conté, a San Juan de los Llanos, y allí se estuvo algunos días inquiriendo y sabiendo de los indios, qué gente había por las faldas y vertientes de la cordillera adelante; y si cierta noticia que de este tiempo antiguo se tenía entre españoles de un valle de la Plata, era cierta y verdadera. Los indios le daban en todo tan buena esperanza, que verdaderamente movieron de todo punto el ánimo de Avellaneda a que con toda instancia tornase a procurar conduta y licencia de la Audiencia para ir con gente a buscar y descubrir este valle de la Plata, aunque el color para que se le diese había de ser diferente, y con esta sed y codicia volvió a Santafé, donde hizo relación en la Audiencia que en aquella provincia había grandes minas de oro y muy ricas, de donde podría venir en gran aumento los quintos reales, las cuales no se podrían labrar si no era poblándose, en comarca conveniente para asegurar los naturales, otro pueblo de españoles; y para confirmación de esta relación nunca faltaron por ventura testigos que la confirmaron e hicieron cierta. La Audiencia, vista la relación y petición de Avellaneda, le dieron comisión para que llevase la gente española que pudiese y hubiese menester, y con ella poblase un pueblo donde le pareciese.

Avellaneda, con la nueva comisión, no fue nada perezoso en buscar soldados que le siguiesen, a los cuales, demás de ayudarles con dineros para que se proveyesen de las cosas necesarias, les prometía grandes gratificaciones, certificándoles que la prosperidad de la tierra era de tanta fecundidad y felicidad que en ningún tiempo se arrepentirían de haber ido en su compañía; y con estos y otros cumplimientos y ofrecimientos juntó setenta hombres en pocos días, y con ellos se volvió a San Juan de los Llanos para desde allí dar principio a su jornada, donde él y los demás soldados que en su compañía fueron descansaron algunos días y aderezaron sus armas y otras cosas necesarias para el avío de semejantes jornadas, y puesto todo a punto, Avellaneda salió de San Juan de los Llanos con su gente y con los que del pueblo le quisieron seguir, ya cerca del invierno, porque cuando el verano entrase tuviese lugar de caminar y pasar con tiempo en junto algunos arcabucos que se habían de pasar, y así caminó con su gente y se metió en la provincia de los indios llamados Eperiguas, que en esta sazón estaban de guerra, y después los pacificó el propio Avellaneda.

Alojose con su gente en la mejor parte que le pareció, para con menos trabajo pasar el ímpetu del invierno, pero como dende a pocos días tuviese necesidad de volver a San Juan de los Llanos, para que su gente se pudiese mejor sustentar, la dividió en dos partes, y la una dejó alojada en las riberas de un río llamado la Herradura, donde quedaron por caudillos Francisco de Bastidas y Francisco Barba, y la otra parte de la gente quedó alojada en una poblazón de indios cuyo cacique o capitán se llamaba Buzama, y los españoles llamaron este pueblo el Real del Jubileo, por haber ganado en él cierta indulgencia y gracia concedida por el Sumo Pontífice, y con esta gente quedó por caudillo o teniente general de Avellaneda, Alonso de Ortega, natural de Badajoz, hombre baquiano en las Indias y de experiencia. Este Ortega estuvo por teniente de cierto pueblo en la gobernación de Popayán, y por cierto mal suceso que allí tuvo se vino a Santafé y entró en esta jornada. Y con dejar esta orden entre su gente, se fue Avellaneda con confianza de que no habría ningún mal suceso entre su gente, porque los naturales no eran muy belicosos ni en tanta cantidad que se atreviesen a tomar las ar­mas en las manos contra ellos. Mas no pasaron muchos días sin que hubiese averías y muertes y aun voluntades de tornarse a salir, porque como los soldados y caudillos que habían quedado alojados en la Herradura, tuviesen necesidad de comida y la fuesen a buscar a un pueblo de indios llamado Capoquingua, que estaba puesto en la cumbre de un alto cerro, cuya subida era, tan dificultosa y áspera por la naturaleza del lugar que sin que en ella hubiese resistencia era trabajosa de subir, los naturales, sintiendo ir a su pueblo a estos españoles, tomaron las armas en las manos, y con muchas galgas que puestas a punto tenían, cuando les pareció tiempo acomodado que ya iban subiendo por la empinada subida del cerro, arrojando las galgas y piedras sobre los españoles y acometiéndoles ellos con sus armas, los rebatieron e hicieron volver las espaldas, cuyo alcance los indios siguieron animosamente hasta arredarlos de su tierra, hiriéndoles muchos indios ladinos de su servicio que consigo llevaban, de los cuales murieron los más, y quitándoles todo el fardaje o carruaje que llevaban; porque los españoles a quien sucedió esto no eran más de diecisiete y los indios en gran numero y multitud, y así les pareció que no era cobardía ni caso infame retirarse tan apresuradamente y sin concierto, perdiendo el hato y ropa que consigo llevaban, entendiendo que si se ponían a defenderlo aventuraban y ponían en notorio peligro sus vidas, y aun afirmaron que de industria lo habían dejado atrás, porque los enemigos se ocupasen en robarlo y no los siguiesen con tanto brío.

Los caudillos Bastidas y Barba, temiendo que los naturales, con la ufanía de la victoria que habían habido, no se juntasen y viniesen sobre ellos, enviaron a pedir socorro a Ortega, dándole relación del mal suceso que habían tenido y del recelo con que estaban; el cual luégo, con todos los soldados que consigo tenía, se juntó con los demás en el alojamiento del río de la Herradura, y allí determinaron estarse todos juntos hasta que Avellaneda volviese; donde el teniente Ortega comenzó a ser mal quisto y aborrecidó de algunos soldados, los cuales, por esto y por parecerles que la jornada iba muy a la larga, se volvieron a San Juan de los Llanos, y tras de ellos envió Ortega dos soldados para que avisasen al capitán Avellaneda de cómo la gente estaba ya descontenta de su tardanza y se comenzaban a salir y desbaratarse, y a darle aviso de los que se hablan huido. Los mensajeros toparon en el camino a Avellaneda, y por particulares pasiones que con Ortega tenían, le hicieron muy contraria relación de la que les había sido mandado; porque como tenían las intenciones dañadas y emponzoñadas, dijéronle que le era necesario darse prisa a caminar donde su gente estaba, porque Ortega, a quien la había dejado encargada, se quería alzar con ella y meterse la tierra adentro, y que algunos soldados, porque no querían seguir su opinión, los maltrataba, por lo cual se huían y ausentaban.

Avellaneda se admiró de lo que estos mensajeros le dijeron, porque tenía gran confianza de la amistad Y virtud de Ortega, y así nunca dio entero crédito a lo que se le dijo. Llegado que fue al alojamiento de la Herradura, halló ser falso y compuesto todo lo que se le había dicho, y disimulando con todo por no alborotar la gente, antes darles ejemplo de la particular virtud que en él moraba, los confederó e hizo a todos amigos con el Ortega, para que dende en adelante no hubiese entre ellos ningunas novedades; y luégo, otro día siguiente, caminó adelante con su gente para irla engolfando la tierra adentro y que fuesen perdiendo el deseo de salir y volverse atrás; y después de haber caminado dos jornadas se alojó en un sitio que los españoles llamaron el Real de los Puercos, por haber hecho allí cierta montería de puercos monteses, llamados baquiras, donde con el regocijo de la montería se detuvieron cuatro días, que fue la causa de que algunos soldados intentasen volverse atrás, pero sus designios fueron descubiertos, y Avellaneda tuvo noticia de ellos y los procuró mitigar y amansar cuerdamente, más con benevolencia que con rigor, y prosiguió su jornada con presteza, y acercándose a un río caudaloso que los naturales llaman Oma, lo pasó con su gente por una angostura que a manera de puente el río o barranca hacía, porque saliendo dos puntas de peña de la una y otra parte del río, la una frontera de la otra, se venían a confrontar y poner tan cerca que con un corto salto lo pasaba un hombre, y en este vacío o salto que las piedras hacían se pusieron palos gruesos para que seguramente pasase toda la gente, y luégo desbarató Avellaneda la puente para que no pasasen con facilidad los que atrás pretendiesen volver. Los caballos pasaron a nado por el río, que luégo, por bajo del angostura o puente hacía un buen remanso y playa.

Pasado el río Oma se alojó Avellaneda en las riberas de él, y de allí envió una escuadra o caudillo llamado Hernando de Alcalá, con treinta hombres, que fuese descubriendo y viese cierta poblazón que un indio que consigo traía le había dado, de muchos naturales y ricos, que adelante había. Los españoles caminaron llevando por guía al indio que les había dado la noticia, el cual, guiándoles por cierta montaña que por delante tenían, los llevó a dar en el lugar donde el río Guayare desemboca de la sierra, porque según parece esta gente iban bojeando lo llano, casi arrimados a la cordillera del Reino. Los españoles vieron de la otra parte del río labranzas de indios y manera de haber poblazón; pero la grandeza del río no los dejaba pasar de la otra banda. El caudillo Alcalá, por volver con entera relación a su capitán de lo que le había sido encargado, mandó a seis soldados buenos nadadores que pasasen el río a nado y escondidamente procurasen ver lo que de la otra banda había; mas los soldados teniendo cierto raudal o angostura que allí debajo el río hacía, se subieron un cuarto de legua más arriba, donde cortando ciertos palos de balsa, atáronlos juntos, y en ellos sus armas, espadas y rodelas y sus ropas que llevaban vestidas, y arrojándose al río, yendo asidos a los palos, la velocidad y fuerza del agua les arrebató con tanto ímpetu que les quitó los palos, en que llevaban atadas las armas, de las manos, y los forzó a que volviesen atrás, y así fueron constreñidos a tornarse a tierra y volverse don­de los demás compañeros habían quedado, los cuales estando esperando en la ribera del río a ver si parecían de la otra banda los seis españoles, vieron venir los palos de balsa atados, los cuales, topando en unas piedras del río, descubrieron una de las espadas que en ellos iban atadas, y arrojándose algunos soldados al agua sacaron los palos y armas y ropas de los seis españoles, los cuales luégo conocieron y aun creyeron que hubiesen sido ahogados, o que los indios, al pasar del río, los hubiesen muerto; pero estando con esta pena llegaron los seis soldados desnudos en carnes, y con la misma pena de que el río les hubiese llevado la ropa y armas; mas como todo lo hallasen allí fuera de peligro, holgáronse y alegráronse, porque no debían tener muchas más ropas de vestir ni armas de las que el río les había llevado.

La guía, siendo interrogada de la gente que a aquella banda del río había, dijo que no curasen de pasar, porque era gente muy belicosa y guerrera y que peleaban con lanzas y rodelas, y que, aunque no comían carne humana, eran muy crueles y carniceros, que a los que habían en su poder les cortaban las cabezas y las manos y los pies, y las ofrecían en sacrificio a sus simulacros; y que pues tanto deseo tenían de ver gente, que el río abajo la había en mucha cantidad y más doméstica que la que desde allí se parecía. Los españoles, aunque estaban faltos de comida, porque ni por aquellas riberas del río por donde andaban la hallaban, ni de su alojamiento habían sacado comida para más de dos días y había ya cinco que andaban fuéra, y así era grandísima la hambre y necesidad que pasaban; pero con toda esta necesidad se animaron a caminar el río abajo, por el cual fueron una jornada sin hallar ningún rastro de gente ni de comida, que era causa de fatigarles y aquejarles más la hambre; y así determinaron de volverse a donde su capitán había quedado, pero los soldados se desconformaron en que unos querían volver por el propio camino por do habían ido, y otros querían atravesar por allí derechos al río de Oma por donde les parecía que atajaban camino y aventuraban hallar qué comer.

Alcalá, con los que le quisieron seguir, se volvió por el camino por donde había ido, con harta hambre, la cual mitigaban con un palmito que cada día cortaban, para el cual efecto se juntaban veinte soldados que con el caudillo iban a hora de vísperas con hachas, y cuando se ponía el sol aún no lo habían acabado de limpiar de pura flaqueza y cansancio del camino, y con este remedio se sustentaron cuatro días que tardaron en llegar al alojamiento, y de un palmito comían cada un día los veinte soldados y su caudillo.

Llegados al alojamiento hallaron que los diez soldados que atravesaron el río de Oma no habían llegado, porque siguiendo su vía y derrota dieron en un pedazo de montaña o arcabuco donde la hambre les forzó a que comiesen cierta frutilla que aquella montaña criaba, que parecía nísperos, y bebiendo sobre ella agua se les fue acortando la vista de los ojos de tal suerte que casi no veían por dónde iban; pero uno de estos soldados que en el comer fue más templado que los otros, no siendo tan atormentado ni privado de la vista como los demás, diose prisa a caminar y llegó al alojamiento, donde dio noticia al capitán del mal suceso suyo y de sus compañeros, los cuales, demás del mal de los ojos, quedaban ya fuera del arcabuco con grandes calenturas.

Avellaneda, con toda presteza, envió soldados con caballos a que los trajesen, los cuales, cuando al alojamiento llegaron, iban tan consumidos que, como suelen decir, no llevaban más que la madera, pero ellos fueron justamente castigados de su inobediencia y loco atrevimiento, pues demás de ir contra la voluntad de su caudillo quisieron meterse por tierra que no sabían ni habían andado y pudieran topar con algunos indios que los mataran a todos.

16 La palabra "sexto" substituye a |séptimo, tachada. Véase nota 9 a este libro.
17 Por "pernajes".
18 La palabra "séptimo" substituye a |octavo, tachada. Véase nota 9 a este libro.
19  Palabra de difícil lectura.
20  Las palabras "o cántaro" están añadidas al texto y escritas entre líneas con letra distinta.
21  La palabra "octavo" substituye a |noveno, tachada, Véase nota 9 a este libro.
22  En la "tabla" de Sevilla se lee: "sesenta".

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