Capítulo sexto16
En el cual se
escribe la manera de los entierros y sucesión de los caciques de
los indios guayupes, con algunas opiniones que tienen acerca del
haber Dios y de la creación del hombre, y de la luna y sol y
temblor de tierra y otras particularidades.
Es cosa de admirar, y aun de llorar, los errores y ceguedades de
la gentilidad de las Indias, y cuán varios son en las ceremonias
así del vivir como del morir y enterrar los muertos, y en las de su
idolatría, a quien algunos llaman impropiamente religión, y así
como en el hablar haya la confusión que es notorio, así en todo lo
demás son disformes y variables.
Dicen estos indios que sus mayores solían y acostumbraban
enterrar los muertos debajo de la tierra, y que porque los comían y
consumían los gusanos, les fue mandado por sus simulacros, a quien
ellos tienen por dios, que los quemasen e hiciesen polvos con las
ceremonias que diremos, que no son menos de notar para el
conocimiento de la barbariedad de estas gentes que las demás sus
ceremonias.
Si el difunto es cacique o principal capitán o persona que
forzosamente haya de tener sucesor, pónenle el cuerpo en un hornajo
o palo hueco que es a manera de ataúd, y allí le ponen fuego hasta
ser consumido y convertido en polvo y ceniza el cuerpo, la cual
echan en una vasija o múcura apartando los huesos por sí, los
cuales muelen y echan en otra vasija, donde los tienen bien tapados
y guardados hasta que el sucesor o los parientes más cercanos del
difunto ha hecho todas las vasijas de vino que han podido, y para
cierto día señalado convida a todos los de su pueblo y a sus
comarcanos, donde, después de congregados, las parientas más
cercanas del muerto se adornan de sus más ricos y galanos atavíos,
que son algunas chagualejas o joyas de oro y cuentas hechas de
caracoles, y algunos cobertores de plumas, y tomando las vasijas
donde están las cenizas y polvos del muerto, las cuales asimismo
componen y guarnecen de las joyas y aderezos que cuando era vivo
tenía y poseía, las traen a la casa donde la gente está congregada,
y en medio de ella las ponen sobre la silla donde el muerto en vida
se solía sentar, la cual asímismo está aderezada lo más galanamente
que pueden aderezarla. Hecho esto, se levantan dos o tres de los
más cercanos del muerto, parientes suyos, y tomando la silla con
las vasijas sobre los hombros, comienzan a bailar con ella, y tras
éstos se levantan los caciques y principales que allí hay y con los
demás indios y poniéndose los unos las manos sobre los hombros de
los otros van bailando por lo largo de la casa, llevando siempre en
medio las cenizas del muerto; y con esta orden salen fuéra del
bohío y dan una vuelta alderredor de él y entran por otra puerta al
contrario de como salieron, y con la misma orden de bailar ponen
las cenizas y silla donde estaban, y tórnanse a sentar en sus
asientos en el suelo por la orden que antes estaban, y así se están
descansando en silencio un buen rato, después del cual pasado se
levanta el sucesor del muerto con una lanza en la mano, y puesto
junto a la silla de las cenizas dice cómo él es el cacique y señor
de aquel pueblo y a quien todos han de obedecer y entender y tener
por señor, y que si entre los presentes hay alguno que al señorío
tenga mejor derecho que él, que quite la lanza de donde él la tiene
puesta, si fuese hombre para ello, y que si saliese con su empresa
también podrá salir con su señorío o cacicazgo, y sobre esto trata
allí o habla largamente lo que le parece; lo cual acabado se
levanta un viejo de los más honrados del pueblo y dice él es el
verdadero cacique, y que no hay quien mejor derecho tenga al
cacicazgo, y que como tal será obedecido, honrado y servido de sus
súbditos; y esta plática del principal sucesor y respuesta del
viejo se hace tres veces sucesiva una de otra, las cuales acabadas
se quitan las cenizas de sobre la silla del muerto, en la cual se
sienta el sucesor y manda llegar a sí todos los parientes y
parientas más cercanos del cacique muerto, hijos e hijas, si las
tiene, y por orden los manda asentar del un lado y del otro de su
silla y asiento, y luégo toma la mano en hablar el viejo que le
había otorgado la confirmación del señorío, el cual le encarga al
nuevo cacique las hijas e hijos y parientes del muerto, que están
presentes, encargándole el buen tratamiento de ellos; y cesando el
viejo de hablar, se levantan los indios que en sus hombros han
llevado las cenizas del muerto y toman sobre sí con la misma silla
al nuevo señor, y tráenlo con la demás gente, bailando de la propia
suerte que con las cenizas hicieron, hasta volverlo al propio
lugar, donde tornados todos a sentarse con mucho silencio, comienza
un indio a hacer cierta lamentación muy dolorosa y lacrimosa, al
cual en voz alta siguen todos los demás, casi haciendo una manera
de llanto bien sentido, que dura cierto espacio, después del cual
todos cesan a una su llanto, e incontinenti le traen al nuevo
cacique, en ciertos vasos, las cenizas del muerto deshechas en
vino, de las cuales él bebe y da a beber a los parientes del muerto
y a los demás principales o caciques que allí están; el cual
brebaje procuran que venga tan bien compasado que a lo menos todos
los caciques que están presentes alcancen de él, porque si acaso
faltase para alguno, éste a quien no le alcanzase parte lo temía
por caso de menos valer e infame; y del demás vino que tienen hecho
dan a beber a los demás indios, y luégo se levantan todos y
comienzan a danzar y cantar con sus arcos y flechas en las manos, y
sus flechas lo más galanas que pueden, con plumajería de aves de
diversas colores.
Duran estas fiestas tres o cuatro días con sus noches, el cual
tiempo nunca cesan de danzar, bailar y cantar por su orden; y
cuando cesan de cantar dan muy grandes silbos y voces, haciendo
grandes ademanes y personajes
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con los cuerpos. El vino
que beben en estas fiestas es muy espeso, y tanto que les basta
para comida y bebida, lo cual beben muy a menudo, porque dando
cinco o seis vueltas a la redonda, puestos los unos las manos sobre
los hombros de los otros, cantando con cierto compás de pies que
concierta con el tono que de cantar llevan, se sientan y les dan a
beber, y luégo se levantan y tornan a bailar y cantar y dar otras
tantas vueltas y a tornarse a sentar y beber, y así gasta el tiempo
dicho; y es de saber que estos cantos van mezclados con lloro,
porque al tiempo que se sientan a beber y han bebido todos, un
indio principal a quien le es encargado, comienza a llorar y a
hacer conmemoración por el cacique muerto, y luégo le siguen todos
con sus llorosas voces, muy a compás, y en cesando de llorar el
principal, luégo cesan todos y se levantan a proseguir su baile y
cánticos, tan sin pesadumbre como si tristura no hubiera pasado por
ellos; y así duran las fiestas y llanto cuanto dura el vino, que,
como dije, suelen ser tres o cuatro días con sus noches. Esta
ceremonia del beber las cenizas de los difuntos, dicen estos
bárbaros que la hacen porque el muerto torna a revivir en aquellos
que beben de sus cenizas.
Algunas opiniones tienen estos indios acerca del haber Dios y de
la creación del mundo, y del sol y luna y temblores de la tierra,
que las más de ellas no son menos erróneas que las de los otros
gentiles; y aunque a ml me certificaron que estos bárbaros conocen
que hay un Señor y Dios muy grande en el cielo, a quien llaman
Inaynagui, el cual les ha dado y da todos los mantenimientos de
yuca, maíz, carne, pescado y otras cosas necesarias para su
sustento, no puedo creer que en gente tan bárbara haya tan
particular conocimiento, pues vemos claramente la variación de los
muy doctos y entendidos en cosas naturales, los filósofos antiguos,
que con cuanto alcanzaron y supieron, no ilegaron a conocer ni
distinguir otro tanto como esto, y por esto tengo que los
intérpretes entendieron mal a estos indios sobre esta declaración
dicha del haber Dios omnipotente, a quien ellos dicen que honran
con hacerles muy grandes borracheras, y que si no lo santifican con
estas fiestas se enoja y no les deja coger maíz ni yuca, de lo cual
el Inaynagui está bien proveído, que es circunstancia que da
claramente a entender que no alcanzan estos bárbaros lo que poco ha
dije de la omnipotencia del verdadero Dios.
Preguntándoles a esta gente si tienen alguna noticia de la
creación del mundo y del hombre, dicen que no más de que al
principio, antes que hubiese ninguna gente en el mundo, había sólo
un indio y una india, de los cuales proceden ellos y los indios
llamados Saes y Eperiguas y todas las otras gentes que hay por el
mundo, las cuales, después de acabados de morir, bajará Dios del
cielo y criará otros de nuevo para que tornen a poblar la tierra.
Tienen sus pactos y tratos con el demonio más por temor que por
amor, al cual ellos no tienen por bueno, según dicen, sino por cosa
pésima y mala y causador de todos sus males; pero que, porque
convirtiéndose en tigre o en otro fiero animal no los mate, le
sirven.
Tienen que el sol es marido de la luna, y que son casados, y que
del sol proceden las secas y calores y del otro las lluvias y
aguas, y así fingen que cuando hace gran seca que la luna ruega al
sol que se temple y modere y deje que caiga algún aguacero, y que
cuando cae mucha agua que es perjudicial a los maíces, que el sol
le va a la mano a la luna y le hace que se abstenga de llover.
Cuando sobreviene algún eclipse de la luna, dicen que es que los
muertos sus antepasados se levantan a buscar de comer y beber, a
los cuales amagan con las lanzas y armas que tienen, haciendo
grandes ademanes con el cuerpo y dando muy grandes voces y
alaridos, porque los muertos entiendan que ellos están vivos y con
su fuerza y vigor para pelear y hacer guerra, según que ellos lo
estaban antes que muriesen, y para ponerles algún temor y espanto a
los muertos porque no vengan a donde ellos están; y con estas y
otras supersticiosas ceremonias que hacen, se entran en sus casas y
beben de aquel su vinazo todo lo que pueden. Cuando la luna trae
consigo un cerco redondo que la ciñe toda, dicen que es señal de
gran fertilidad y abundancia de comidas, y esperan muy prósperos
temporales; y cuando el cerco de la luna es quebrado o medio, lo
tienen a muy mala señal, así de hambres como de enfermedades y
otras calamidades; y para quitar estos males, que por el prodigio
de la luna entienden que les han de sobrevenir, salen de sus casas
y comienzan a soplar a todas partes, con el cual soplo dicen que
echan la futura calamidad fuéra de su tierra, y tras esto hacen
grandes ayunos, con las cuales cosas ellos están satisfechos que de
todo punto hacen cesar aquellas cosas que imaginan haberles de
sobrevenir por la señal de la luna.
Tienen otra opinión acerca del temblor de la tierra, no menos
de reír que las pasadas, y es que dicen proceder este temblor de
aquel Dios que ellos imaginan se echa a dormir en su cama, y como
es tan grande y tan pesado, con el golpe que da al tiempo que se va
a acostar hace temblar la tierra; y para que del temblor no les
sobrevenga algún daño, ayunan una semana, y así viven seguros de
que por esta vía les venga daño alguno. No se han podido saber
otras particularidades de las naturalezas e idolatrías de estos
bárbaros Guayupes, aunque en ello se ha puesto toda diligencia,
pero por lo dicho se podrá ver y juzgar las demás costumbres que de
éstos quisieren saber.
Capitulo séptimo
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En el cual se se
escribe algunas costumbres que en los casamientos y enterramientos
tienen los indios Saes, que son en esta provincia de San Juan
diferentes de los Guayupes.
En esta provincia de San Juan de los Llanos, demás de los indios
Guayupes, hay otra nación de indios llamados Saes, que en algunas
cosas difieren y varían de las costumbres de los Guayupes, de los
cuales diré aquí solamente las cosas que hacen fuéra de las
referidas costumbres de los Guayupes, y en lo que de ellos hacen
diferencia, porque en todo lo demás casi son uniformes, y así no
habrá mucho que decir de ellos.
Los Saes es gente robusta e indómita y fugitiva, y muy enemigos
de españoles y de su trato y conversación y amistad, pero grandes
trabajadores y cultivadores. En sus casamientos no son nada
escrupulosos ni aun celosos. El haber y elegir mujer cada uno se
hace en esta manera: que en cierto tiempo del año se congregan y
juntan todos los varones y mujeres de un pueblo en cierta casa
señalada y diputada para este efecto, donde hay ya prevenidas
grandes vasijas de vino, y allí comienzan a danzar y bailar y
cantar todos, según su costumbre, y a beber todo el vino que
pueden, con el cual se escalientan y provocan a lujuria, así
varones como mujeres; y después de encendidos en el torpe deseo,
cada cual se ayunta a su mujer o marido, y las que quedan que no
son casadas y varones por casar, allí toma cada cual la que le
parece y cumple con ella su torpe deseo, y dende en adelante la
tiene por mujer, y aquí no hay ningún estupro o corrompimiento de
doncella en estos casamientos, porque cuando la mujer llega a edad
de conocer varón está ya corrompida, que la corrompen en su niñez,
emborrachándolas primero para que no sientan dolor en ello, y así
primero son malas que buenas mujeres, de donde les viene ser
libres, así con sus padres como con sus maridos, porque ni los
padres las guardan cuando pequeñas ni tienen maridos ni ningún
dominio sobre ellas ni sobre los hijos después que pasan de diez
años, y cada cual vive en su libertad desde esta edad, ni las celan
ni aun tienen libertad para ello, porque si por esta o por otra
cualquiera ocasión las enojasen, a la hora se irían con otro, sin
que el primero fuese poderoso para tornarla a sí.
Hay otra manera de casamientos, en que las mujeres eligen y
escogen los maridos, y es en esta forma: que al tiempo que a una
mujer doncella le abaja la primera vez su regla o mujeril
costumbre, sus padres la tienen encerrada sin que salga donde le dé
sol ni luna ni a fiestas ni borracheras tres meses, después de los
cuales el padre de la moza hace muy gran cantidad de vino y convida
a beber a la borrachera a todos los indios y principales de su
pueblo, donde después de juntos y coadunados todos es traída la
moza, y allí le cortan los cabellos todos a la redonda por cima de
las orejas, y la pintan muy galanamente con jagua y la adornan de
las galas y joyas que el padre y la madre para este efecto tienen;
y hecho esto, las indias que allí están la toman en medio, y con un
cestillo hecho a manera de adufre esquinado
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puesto
sobre la cabeza, la traen cantando de una parte a otra,
sustentándole el cestillo cuatro indias que lo llevan asido de las
cuatro esquinas, el cual va lleno de todo género de comidas, como
son yuca, batatas, pan de maíz y pan de yuca y maní y otras cosas
que ellos tienen por principal comida. La moza a quien se hace la
fiesta echa el ojo a quien mejor le parece de los que en la fiesta
o baile andan o al que es más aficionada, y a aquel da de la comida
que en el cestillo lleva, el cual ha de ser su marido, si quisiere,
y si no quisiere ha de tener aquella primera vez acceso con ella,
aunque no quiera, y después ella se puede casar con el que quisiere
o con el que la quisiere; y es costumbre que si el marido, dentro
del año, no empreña la mujer, que ella puede apartarse de él e ir a
buscar a otro, y si el otro no la empreñare puede andar de uno en
otro hasta que tope quien la empreñe, y con aquél se queda, y por
aquesta causa hay algunos indios en esta provincia que tienen
muchas mujeres; y de estas dos maneras dichas celebran sus
barraganias.
Pues en el parir no son menos brutos que en lo demás, porque en
la hora que cualquiera india se siente propincua al parto, se mete
en lo más espeso de la montaña que más cerca halla, y allí se está
hasta que ha parido sola; y acabando de echar la criatura déjala
allí, y va a llamar a su marido o a otra deuda suya, y tráenle agua
con que se lave ella y su criatura, y si el marido muestra tristeza
y pesar con el nacimiento del nuevo hijo, la madre luégo lo echa en
el río o lo entierra vivo, porque le parece que en no mostrar
contento su marido da a entender que no tiene por su hijo a tal
criatura recién nacida; pero si de ello muestra contento, todos
juntos y muy alegres se van a su casa, donde celebran con alegría
el parto de la mujer y el nacimiento del hijo.
Acerca del enterrar los muertos la costumbre de estos indios
Saes es ésta: ponen el cuerpo del difunto sobre una barbacoa o
lecho, y allí debajo le ponen fuego para que se ase, y a medio asar
lo sacan del fuego y quitan de la barbacoa, y allí lo parten por
suertes entre los parientes más cercanos del muerto; y si las
personas a quien cupo aquesta carne es pobre y no puede hacer el
gasto del vino que es necesario para hacer borrachera o convite
general, con el vino que tiene, él y su mujer e hijos se comen el
cuarto del muerto que les cupo y beben tanto vino hasta que de
embriagados se caen dormidos en el suelo, y allí se quedan y están
hasta que otro día les amanece y recuerdan, olvidados de la
tristura del día pasado, porque el comer de la carne del muerto,
aunque en ella intervino el beber, la celebran con grandes llantos
y tristura, todo lo cual les hace olvidar el vino.
Los indios que son ricos y tienen abundancia de yuca y maíz para
hacer convite general, luégo que les dan su cuarto de parte del
muerto lo hacen ceniza y polvos, los cuales guardan en una múcura o
cántaro
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, en el ínterim que el vino necesario
se hace, y después de hecho, el que hace la fiesta u obsequias del
muerto, convida a los demás del pueblo, y congregados todos en casa
del que convida, se celebran las obsequias mezcladas con fiesta, de
la propia suerte que los Guayupes, de quien en el capítulo
antecedente se escribió, y sólo comen estos indios Saes este género
de carne de sus difuntos y no otro ninguno de ninguna condición que
sea ni de aves.
Su sustento es el vino maíz; yuca, batatas, frisoles, maní y
otras legumbres de poca sustancia con que viven tan contentos y
lucios y gordos, como otras naciones con sus epulentas comidas.
En todo lo demás entiendo, como he dicho, que siguen la vivienda
y opiniones y ceremonias de los Guayupes, que son harto
bestiales.
Capítulo
|
octavo
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21
En el cual se
escribe cómo el capitán Avellaneda volvió a la ciudad de Santafé a
pedir nueva conduta para poblar otro pueblo, la cual le fue
concedida, y juntando setenta
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22
hombres se volvió a San
Juan de los Llanos, de donde salió a su jornada y descubrimiento.
Cuéntase todo lo que le sucedió hasta pasar el río de Oma, en donde
se alojó y envió a Hernando de Alcalá a descubrir cierta
noticia.
Para entera relación de los sucesos de San Juan de los
Llanos me es necesario escribir aquí otra jornada y poblazón que el
capitán Avellaneda hizo, que no permaneció, segun atrás lo apunté y
dije, para cuya declaración es de saber que, como por defecto de
haberle quitado y denegado a Avellaneda los oidores Briceño y
Montaño la comisión que para que poblase otro pueblo se le había
dado, él se volvió, como en su lugar más largamente lo conté, a San
Juan de los Llanos, y allí se estuvo algunos días inquiriendo y
sabiendo de los indios, qué gente había por las faldas y vertientes
de la cordillera adelante; y si cierta noticia que de este tiempo
antiguo se tenía entre españoles de un valle de la Plata, era
cierta y verdadera. Los indios le daban en todo tan buena
esperanza, que verdaderamente movieron de todo punto el ánimo de
Avellaneda a que con toda instancia tornase a procurar conduta y
licencia de la Audiencia para ir con gente a buscar y descubrir
este valle de la Plata, aunque el color para que se le diese había
de ser diferente, y con esta sed y codicia volvió a Santafé, donde
hizo relación en la Audiencia que en aquella provincia había
grandes minas de oro y muy ricas, de donde podría venir en gran
aumento los quintos reales, las cuales no se podrían labrar si no
era poblándose, en comarca conveniente para asegurar los naturales,
otro pueblo de españoles; y para confirmación de esta relación
nunca faltaron por ventura testigos que la confirmaron e hicieron
cierta. La Audiencia, vista la relación y petición de Avellaneda,
le dieron comisión para que llevase la gente española que pudiese y
hubiese menester, y con ella poblase un pueblo donde le
pareciese.
Avellaneda, con la nueva comisión, no fue nada perezoso en
buscar soldados que le siguiesen, a los cuales, demás de ayudarles
con dineros para que se proveyesen de las cosas necesarias, les
prometía grandes gratificaciones, certificándoles que la
prosperidad de la tierra era de tanta fecundidad y felicidad que en
ningún tiempo se arrepentirían de haber ido en su compañía; y con
estos y otros cumplimientos y ofrecimientos juntó setenta hombres
en pocos días, y con ellos se volvió a San Juan de los Llanos para
desde allí dar principio a su jornada, donde él y los demás
soldados que en su compañía fueron descansaron algunos días y
aderezaron sus armas y otras cosas necesarias para el avío de
semejantes jornadas, y puesto todo a punto, Avellaneda salió de San
Juan de los Llanos con su gente y con los que del pueblo le
quisieron seguir, ya cerca del invierno, porque cuando el verano
entrase tuviese lugar de caminar y pasar con tiempo en junto
algunos arcabucos que se habían de pasar, y así caminó con su gente
y se metió en la provincia de los indios llamados Eperiguas, que en
esta sazón estaban de guerra, y después los pacificó el propio
Avellaneda.
Alojose con su gente en la mejor parte que le pareció, para con
menos trabajo pasar el ímpetu del invierno, pero como dende a pocos
días tuviese necesidad de volver a San Juan de los Llanos, para que
su gente se pudiese mejor sustentar, la dividió en dos partes, y la
una dejó alojada en las riberas de un río llamado la Herradura,
donde quedaron por caudillos Francisco de Bastidas y Francisco
Barba, y la otra parte de la gente quedó alojada en una poblazón de
indios cuyo cacique o capitán se llamaba Buzama, y los españoles
llamaron este pueblo el Real del Jubileo, por haber ganado en él
cierta indulgencia y gracia concedida por el Sumo Pontífice, y con
esta gente quedó por caudillo o teniente general de Avellaneda,
Alonso de Ortega, natural de Badajoz, hombre baquiano en las Indias
y de experiencia. Este Ortega estuvo por teniente de cierto pueblo
en la gobernación de Popayán, y por cierto mal suceso que allí tuvo
se vino a Santafé y entró en esta jornada. Y con dejar esta orden
entre su gente, se fue Avellaneda con confianza de que no habría
ningún mal suceso entre su gente, porque los naturales no eran muy
belicosos ni en tanta cantidad que se atreviesen a tomar las armas
en las manos contra ellos. Mas no pasaron muchos días sin que
hubiese averías y muertes y aun voluntades de tornarse a salir,
porque como los soldados y caudillos que habían quedado alojados en
la Herradura, tuviesen necesidad de comida y la fuesen a buscar a
un pueblo de indios llamado Capoquingua, que estaba puesto en la
cumbre de un alto cerro, cuya subida era, tan dificultosa y áspera
por la naturaleza del lugar que sin que en ella hubiese resistencia
era trabajosa de subir, los naturales, sintiendo ir a su pueblo a
estos españoles, tomaron las armas en las manos, y con muchas
galgas que puestas a punto tenían, cuando les pareció tiempo
acomodado que ya iban subiendo por la empinada subida del cerro,
arrojando las galgas y piedras sobre los españoles y acometiéndoles
ellos con sus armas, los rebatieron e hicieron volver las espaldas,
cuyo alcance los indios siguieron animosamente hasta arredarlos de
su tierra, hiriéndoles muchos indios ladinos de su servicio que
consigo llevaban, de los cuales murieron los más, y quitándoles
todo el fardaje o carruaje que llevaban; porque los españoles a
quien sucedió esto no eran más de diecisiete y los indios en gran
numero y multitud, y así les pareció que no era cobardía ni caso
infame retirarse tan apresuradamente y sin concierto, perdiendo el
hato y ropa que consigo llevaban, entendiendo que si se ponían a
defenderlo aventuraban y ponían en notorio peligro sus vidas, y aun
afirmaron que de industria lo habían dejado atrás, porque los
enemigos se ocupasen en robarlo y no los siguiesen con tanto
brío.
Los caudillos Bastidas y Barba, temiendo que los naturales, con
la ufanía de la victoria que habían habido, no se juntasen y
viniesen sobre ellos, enviaron a pedir socorro a Ortega, dándole
relación del mal suceso que habían tenido y del recelo con que
estaban; el cual luégo, con todos los soldados que consigo tenía,
se juntó con los demás en el alojamiento del río de la Herradura, y
allí determinaron estarse todos juntos hasta que Avellaneda
volviese; donde el teniente Ortega comenzó a ser mal quisto y
aborrecidó de algunos soldados, los cuales, por esto y por
parecerles que la jornada iba muy a la larga, se volvieron a San
Juan de los Llanos, y tras de ellos envió Ortega dos soldados para
que avisasen al capitán Avellaneda de cómo la gente estaba ya
descontenta de su tardanza y se comenzaban a salir y desbaratarse,
y a darle aviso de los que se hablan huido. Los mensajeros toparon
en el camino a Avellaneda, y por particulares pasiones que con
Ortega tenían, le hicieron muy contraria relación de la que les
había sido mandado; porque como tenían las intenciones dañadas y
emponzoñadas, dijéronle que le era necesario darse prisa a caminar
donde su gente estaba, porque Ortega, a quien la había dejado
encargada, se quería alzar con ella y meterse la tierra adentro, y
que algunos soldados, porque no querían seguir su opinión, los
maltrataba, por lo cual se huían y ausentaban.
Avellaneda se admiró de lo que estos mensajeros le dijeron,
porque tenía gran confianza de la amistad Y virtud de Ortega, y así
nunca dio entero crédito a lo que se le dijo. Llegado que fue al
alojamiento de la Herradura, halló ser falso y compuesto todo lo
que se le había dicho, y disimulando con todo por no alborotar la
gente, antes darles ejemplo de la particular virtud que en él
moraba, los confederó e hizo a todos amigos con el Ortega, para que
dende en adelante no hubiese entre ellos ningunas novedades; y
luégo, otro día siguiente, caminó adelante con su gente para irla
engolfando la tierra adentro y que fuesen perdiendo el deseo de
salir y volverse atrás; y después de haber caminado dos jornadas se
alojó en un sitio que los españoles llamaron el Real de los
Puercos, por haber hecho allí cierta montería de puercos monteses,
llamados baquiras, donde con el regocijo de la montería se
detuvieron cuatro días, que fue la causa de que algunos soldados
intentasen volverse atrás, pero sus designios fueron descubiertos,
y Avellaneda tuvo noticia de ellos y los procuró mitigar y amansar
cuerdamente, más con benevolencia que con rigor, y prosiguió su
jornada con presteza, y acercándose a un río caudaloso que los
naturales llaman Oma, lo pasó con su gente por una angostura que a
manera de puente el río o barranca hacía, porque saliendo dos
puntas de peña de la una y otra parte del río, la una frontera de
la otra, se venían a confrontar y poner tan cerca que con un corto
salto lo pasaba un hombre, y en este vacío o salto que las piedras
hacían se pusieron palos gruesos para que seguramente pasase toda
la gente, y luégo desbarató Avellaneda la puente para que no
pasasen con facilidad los que atrás pretendiesen volver. Los
caballos pasaron a nado por el río, que luégo, por bajo del
angostura o puente hacía un buen remanso y playa.
Pasado el río Oma se alojó Avellaneda en las riberas de él, y de
allí envió una escuadra o caudillo llamado Hernando de Alcalá, con
treinta hombres, que fuese descubriendo y viese cierta poblazón que
un indio que consigo traía le había dado, de muchos naturales y
ricos, que adelante había. Los españoles caminaron llevando por
guía al indio que les había dado la noticia, el cual, guiándoles
por cierta montaña que por delante tenían, los llevó a dar en el
lugar donde el río Guayare desemboca de la sierra, porque según
parece esta gente iban bojeando lo llano, casi arrimados a la
cordillera del Reino. Los españoles vieron de la otra parte del río
labranzas de indios y manera de haber poblazón; pero la grandeza
del río no los dejaba pasar de la otra banda. El caudillo Alcalá,
por volver con entera relación a su capitán de lo que le había sido
encargado, mandó a seis soldados buenos nadadores que pasasen el
río a nado y escondidamente procurasen ver lo que de la otra banda
había; mas los soldados teniendo cierto raudal o angostura que allí
debajo el río hacía, se subieron un cuarto de legua más arriba,
donde cortando ciertos palos de balsa, atáronlos juntos, y en ellos
sus armas, espadas y rodelas y sus ropas que llevaban vestidas, y
arrojándose al río, yendo asidos a los palos, la velocidad y fuerza
del agua les arrebató con tanto ímpetu que les quitó los palos, en
que llevaban atadas las armas, de las manos, y los forzó a que
volviesen atrás, y así fueron constreñidos a tornarse a tierra y
volverse donde los demás compañeros habían quedado, los cuales
estando esperando en la ribera del río a ver si parecían de la otra
banda los seis españoles, vieron venir los palos de balsa atados,
los cuales, topando en unas piedras del río, descubrieron una de
las espadas que en ellos iban atadas, y arrojándose algunos
soldados al agua sacaron los palos y armas y ropas de los seis
españoles, los cuales luégo conocieron y aun creyeron que hubiesen
sido ahogados, o que los indios, al pasar del río, los hubiesen
muerto; pero estando con esta pena llegaron los seis soldados
desnudos en carnes, y con la misma pena de que el río les hubiese
llevado la ropa y armas; mas como todo lo hallasen allí fuera de
peligro, holgáronse y alegráronse, porque no debían tener muchas
más ropas de vestir ni armas de las que el río les había
llevado.
La guía, siendo interrogada de la gente que a aquella banda del
río había, dijo que no curasen de pasar, porque era gente muy
belicosa y guerrera y que peleaban con lanzas y rodelas, y que,
aunque no comían carne humana, eran muy crueles y carniceros, que a
los que habían en su poder les cortaban las cabezas y las manos y
los pies, y las ofrecían en sacrificio a sus simulacros; y que pues
tanto deseo tenían de ver gente, que el río abajo la había en mucha
cantidad y más doméstica que la que desde allí se parecía. Los
españoles, aunque estaban faltos de comida, porque ni por aquellas
riberas del río por donde andaban la hallaban, ni de su alojamiento
habían sacado comida para más de dos días y había ya cinco que
andaban fuéra, y así era grandísima la hambre y necesidad que
pasaban; pero con toda esta necesidad se animaron a caminar el río
abajo, por el cual fueron una jornada sin hallar ningún rastro de
gente ni de comida, que era causa de fatigarles y aquejarles más la
hambre; y así determinaron de volverse a donde su capitán había
quedado, pero los soldados se desconformaron en que unos querían
volver por el propio camino por do habían ido, y otros querían
atravesar por allí derechos al río de Oma por donde les parecía que
atajaban camino y aventuraban hallar qué comer.
Alcalá, con los que le quisieron seguir, se volvió por el camino
por donde había ido, con harta hambre, la cual mitigaban con un
palmito que cada día cortaban, para el cual efecto se juntaban
veinte soldados que con el caudillo iban a hora de vísperas con
hachas, y cuando se ponía el sol aún no lo habían acabado de
limpiar de pura flaqueza y cansancio del camino, y con este remedio
se sustentaron cuatro días que tardaron en llegar al alojamiento, y
de un palmito comían cada un día los veinte soldados y su
caudillo.
Llegados al alojamiento hallaron que los diez soldados que
atravesaron el río de Oma no habían llegado, porque siguiendo su
vía y derrota dieron en un pedazo de montaña o arcabuco donde la
hambre les forzó a que comiesen cierta frutilla que aquella montaña
criaba, que parecía nísperos, y bebiendo sobre ella agua se les fue
acortando la vista de los ojos de tal suerte que casi no veían por
dónde iban; pero uno de estos soldados que en el comer fue más
templado que los otros, no siendo tan atormentado ni privado de la
vista como los demás, diose prisa a caminar y llegó al alojamiento,
donde dio noticia al capitán del mal suceso suyo y de sus
compañeros, los cuales, demás del mal de los ojos, quedaban ya
fuera del arcabuco con grandes calenturas.
Avellaneda, con toda presteza, envió soldados con caballos a que
los trajesen, los cuales, cuando al alojamiento llegaron, iban tan
consumidos que, como suelen decir, no llevaban más que la madera,
pero ellos fueron justamente castigados de su inobediencia y loco
atrevimiento, pues demás de ir contra la voluntad de su caudillo
quisieron meterse por tierra que no sabían ni habían andado y
pudieran topar con algunos indios que los mataran a todos.