Capítulo cuarto
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5
|En el cual se escribe la
disolución que en este Reino hay entre los españoles de vivir
lujuriosamente, y el poco remedio en ello pone la justicia, y las
desastradas muertes que algunas personas que de esta suerte han
vivido han recibido.
|Es tan grande la disolución que algunas partes hay entre
españoles de vivir lujuriosa y carnalmente que verdaderamente me
pone espanto y admiración; y ponen en esta desorden y disolución
tan poco remedio los jueces y justicias que si no son los que, como
he dicho, Dios Todopoderoso ha querido castigar para ejemplo y
enmienda nuestra, jamás he visto que sobre este caso se haya hecho
ningún castigo por la justicia, ni aun siquiera impone terror o
temor a los muchachos que nueva y libremente crían, de los cuales
pocos hay que no se precien de tener una y dos y tres mancebas
indias o mestizas, y esto no muy cautamente, porque todos o los más
en son de criadas las tienen en sus casas sujetas a su apetito y
voluntad; y ya que las justicias son remisas en esto y negligentes,
no veo que por vía de los confesores se remedie cosa alguna este
daño, sino que cada año los veo absueltos y confesados y recibir el
santísimo sacramento de la eucaristía, pues es cierto, y tengo para
mí que muy pocas cosas de estas ignoran los confesores, porque en
sus generales reprehensiones las publican los predicadores, el cual
vicio y disolución no pequeño daño causa a los naturales sino muy
grande y pernicioso, porque con el común mal ejemplo que con este
vicio y otros les dan muchas personas, cuando les trataren de que
dejen la multitud de mujeres y mancebas que tienen y que se queden
con una para que naturalmente vivan, bien claro está que
responderán lo que ven, y así es tan poco el fruto que en ellos se
hace con la doctrina que se les da a causa de este y de otros
muchos ejemplos, que los más de ellos entiendo que se están hoy en
su antigua barbarie y gentilidad sin flegarse casi nada siquiera a
la ley natural, porque conforme a las ocasiones dichas para que
obren conforme a la evangélica ley es muy temprano, y como dice
Santo Tomás en la Suma contra gentiles, más mueven los...
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6
llegábanse así los bárbaros a halagarlo y decíanle...
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7
que quiere decir: padre, no te vayas al
cielo que luégo te iremos a servir, y con esto se les mostraba
manso, y los indios hacían luégo lo que él quería; pero estos
embustes no le excusaron de que no muriese ahogado, y sin estos
otros que por conservar a sus concubinas y
|tenerlas o
traerlas consigo han sido miserablemente muertos ellos y ellas,
como fue un Francisco Rodríguez, que viniendo de San Juan de los
Llanos a Santafé, traía consigo una india, la cual venía algo
indispuesta, y en cierta montaña junto a los páramos de Fosca y
Pasea se adelantó del otro español que con él iba e indios de
cargas que llevaban y quedándose los dos solos cada uno de ellos
fue muerto de por sí por osos y
|leones que en este arcabuco
los hay, y así perecieron entrambos a manos de animales. Otro
soldado, Francisco Carrión, trayendo consigo una india de un
repartimiento de unos amigos suyos contra la voluntad de su padre
de la india, el cual venía juntamente con el Carrión, y habiéndose
quedado a dormir en el camino por no alcanzar al pueblo, el
Carrión, con titulo de que la india, que era de buen parecer, no se
le huyese, la echó consigo en la...
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8
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|Capítulo cuarto
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9
|En el
cual se escribe la diversidad y monstruosidad de culebras, tigres,
osos y otros animales que en esta tierra se crían, y de algunas
aves, y de su proporción. Trátanse algunos daños que tigres en
Indios han hecho.
Al principio de este libro dije cómo esta ciudad de San
Juan de los Llanos caía o estaba fundada al pie de la cordillera
del Reino de la otra parte de ella, junto a los llanos de
Venezuela, en la provincia de los Guayupes, cuya región y tierra
participa de los altos de la cordillera y de lo bajo de los llanos,
porque desde donde el pueblo está puesto para arriba está toda la
serranía que cuelga y depende de la cordillera, donde toda la más
de esta gente guayupes están poblados, la cual es tierra no muy
escombrada ni rasa, porque a partes tiene y cría en sí grandes
montañas, y a partes sabanas. Como he dicho, es tierra doblada y
áspera del pueblo para abajo, es tierra llana y de los llanos de
Venezuela todo lo más de ella rasa y escombrada, pero cubierta de
una paja muy alta y muy dañina a las piernas de los indios, porque
se las roza y rasguña, y para remediar esto los indios hacen de
cuero de venados cierto calzado que les llega sobre los tobillos, y
de allí para arriba se ponen cierta manera de medias calzas hechas
de un cáñamo sacado de unas hojas de árboles a quien llaman
palmichas; y para que más cómodamente se pueda andar por estas
sabanas y campañas tienen los Indios cuidado de pegarles fuego
diversas veces del año, porque de otra suerte no se podría andar
por ellas a causa que como se ha dicho, crece tanto la paja de
estos llanos que cubre un hombre de a caballo.
Es toda esta tierra muy caliente, y lo llano en extremo grado.
Críanse en ellos generalmente mucha cantidad de venados, de los
cuales se matan muchos, porque corren poco y a uña de caballo los
alcanzan y alancean. Críanse grandes culebras, de las que llaman
bobas, y en esta tierra de San Juan de los Llanos mató un Pedro de
San Miguel una culebra que tenis veinticuatro pies de largo, y
cuando la mató estaba este animal en una ciénaga de poca agua,
enroscada, comiendo un venado que habla tomado, y era tan grande el
bulto que hacia, que aunque por otros españoles fue vista en la
ciénaga, fue juzgada por roca o peña. El venado no lo comía como lo
comen los otros animales, sino teníalo muy molido y hecho pedazos,
y entero y por entre las piernas lo iba chupando, dejando el cuero
o piel entero; y así lo hacen las demás culebras, que por la mayor
parte se sustentan de venados y otros animales, a los cuales se les
enroscan al pescuezo y cuerpo y así los ahogan con su mucho
apretar. También se sustentan de los pescados y animales que en el
agua se crían, donde las culebras, por la mayor parte, habitan.
Estas culebras grandes que llaman bobas, siempre suelen ser pardas.
Hay otras muchas maneras de culebras de menor grandeza que las
dichas, pero de diversas colores y efectos por su mortal ponzoña,
como son las verdes y coloradas y azules y matizadas de diversas
pinturas y con muchas ruedas por todo el cuerpo. Otra culebra hay
negra y larga, cuya ponzoña es de tal vigor y fuerza que muchas
veces acaece a la persona a quien muerden o pican echar sangre por
los oídos, ojos y narices y boca y por entre las uñas de las manos
y de los pies, cosa cierto de grande admiración y temor. También
hay aquí de las culebras de cascabel, que porque son y traen casi a
la punta de la cola cierta verruga hueca que suena o hace cierto
ruido son llamadas de cascabel, cuya ponzoña mata al que pica,
dentro de veinticuatro horas. Hay víboras y otro género de culebras
pardas; hay otras pintadas, con cierta manera de cadenilla, que
también son ponzoñosas. La dentadura y colmillos de todas estas
culebras, demás de ser muy agudos, están puestos por tal orden por
la sabia naturaleza, que los recogen y extienden cada vez que
quieren, de la forma que el gato hace sus uñas, cada vez que quiere
aprovecharse de ellas. De todos estos géneros de culebras se han
muerto en esta provincia y términos de San Juan por los españoles,
especialmente de las grandes.
Crían asímismo estos llanos gran cantidad de tigres, que como en
otras partes he dicho, es animal feroz y traidor y de grandes
fuerzas y furia. Su proporción al natural es la del gato; su
grandor es de un becerro de seis meses y mayor; su color es casi
amarillo, todo manchado de pintas negras. Algunos españoles,
vecinos de San Juan, han muerto algunos de estos tigres peleando
con ellos en el campo con armas arrojadizas tiradas desde afuera.
Han estos animales hecho grandes daños en algunos pueblos de
indios, comiéndose los naturales de ellos hasta despoblarlos y
arruinarlos de todo punto, lo cual hacen muy atrevida y
desvergonzadamente, y después de una vez cebados en hacer saltos y
daños en un pueblo de indios, nunca cesan hasta que los matan, lo
cual los indios hacen pocas veces, por ser tan pusilánimes y poco
ingeniosos; pero los españoles les atajan su carnicera furia con
unos corrales cubiertos por encima con una gruesa puerta de golpe,
donde les arman con alguna presa de indio o india muerto que les
han hecho soltar, y allí los dan de arcabuzazos y los matan.
Dende a poco tiempo que esta ciudad se pobló se comenzó a cebar
un tigre en un pueblo o lugar de indios que tenía
encomendados un Amaro, en que había más de cien personas, y en muy
poco tiempo se las comió todas, sin que los miserables indios
tuviesen habilidad de atajar la furia de este animal, antes es,
como he dicho, tanta la bestialidad de estos bárbaros que habiendo
quedado obra de seis personas de este pueblo se retiraron a otro de
un Alonso Buey, que estaba apartado de allí, tras de los cuales el
tigre se fue porque la comida no le faltase, y como se alojasen
estas seis personas en un bohío, este carnicero animal se puso en
salto, de suerte que la propia noche que llegaron mató un muchacho
que salía a proveerse, y como los indios que allí estaban vieron
que eran seguidos del tigre, acordaron de irse de allí a donde
había españoles; pero un bárbaro de estos, ya envejecido en días,
no se quiso salir de aquel bohío él ni su mujer, diciendo que él
habla visto todos los daños que aquel tigre había hecho, y que
aunque había ya acabado de matar y comer toda la gente de su pueblo
que a él ni a su mujer no había osado llegar, y con esta bárbara
confianza se estuvo quedo hasta que el tigre volvió a buscar de
comer y hallando los dos viejos en el bohío, marido y mujer, los
mató a entrambos y uno a uno se los llevó a la montaña, donde los
comió, y luégo comenzó a dar tras la gente de aqueste pueblo
segundo, donde cada día hacía grandes saltos en indios e indias,
hasta que el encomendero, por reparar y atajar los daños que sus
indios recibían, hizo un corral donde lo tomó y mató, después de
haber este animal fiero muerto más de doscientas personas y haber
hecho grandísimos saltos en indios y negros, tanto que casi toda la
provincia lo temía extrañamente por su gran atrevimiento. Tenía de
largo, después de muerto, diez pies y medio, y tan viejo que de
cano tenía ya perdidas las pintas negras.
Después de los tigres, son muchos los osos que en esta tierra
hay, aunque no tan dañinos como los tigres; pero es animal que si
siente que le han miedo arremete y hace el daño que puede, pero
pocas veces, como he dicho, acometen a los hombres, aunque sean
indios, si no es, como be dicho, que sientan que les tienen temor.
Lo naturales de esta provincia afirman que en tiempos pasados haber
habido en ella un oso del tamaño y grandor de un caballo, el cual
tenía la cara y pecho blanco y hacía su habitación en una montaña
alta que está sobre un pueblo de indios llamado Pisiri, de donde
salía a matar indios para su mantenimiento, y que fue tanto el daño
que hizo y tanto el temor que los indios le cobraron, que todos los
más, dejando sus poblazones y naturalezas, se iban a vivir a otras
partes.
Hay otro género de osos, que llaman hormigueros, que serán del
grandor de un crecido lebrel: en los lados tiene figurado por la
pintura del pelo, de blanco y pardo oscuro, una forma de daga. El
hocico, de los ojos para adelante, tiene de largor de dos cuartas
de vara, y raso, sin criar en él pelo ninguno, y redondo. La boca
tiene tan pequeña que en ella no le cabe un dedo: no tiene dientes
ni muelas, y es redonda y cuando más la abre será como la ventana
de la nariz de un hombre. Su mantenimiento es solamente hormigas,
de donde se le dio la nominación de oso hormiguero. La forma que
tiene en comer hormigas es ésta: vase este animal a los hormigueros
y parte donde las hormigas de crían, y con las manos mueve la
tierra de las cuevas de las hormigas para que ellas, sintiendo el
movimiento, salgan, como suelen, alborotadas, y en viendo el oso
que las hormigas salen, de golpe saca la lengua, que la tiene muy
larga, y tiéndela por cima del hormiguero, a la cual luégo acuden
las hormigas y péganse a morderla en muy gran cantidad, y desque el
oso siente su lengua bien cubierta de hormigas, recógesela en la
boca y trágaselas todas y con esto se sustenta y pasa la vida. Hay
otro animalejo, que los indios llaman en su lengua homgod 10,
del tamaño y grandor de un crecido zorro, a quien la sabia
naturaleza proveyó de tal ornato para la crianza de sus hijos
pequeños, que cada vez que ha de caminar los mete en unas bolsas
que junto a las tetas tiene, que se abren y cierran de la manera
que las pestañas de los ojos, y los lleva muy seguros y escondidos,
sin que se echen de ver, cosa cierto de gran maravilla. También el
mico o mono, a quien llaman gato de arcabuco, todas las veces que
camina lleva a sus hijos a cuestas, aunque sean tres y cuatro, los
cuales van tan pegados a la madre que sin hacerle estorbo salta con
ellos de un árbol a otro con mucha facilidad y ligereza, que la
tienen grandísima en andar por los árboles y saltar de unos en
otros. Un gato de éstos, por la punta de la cola, se ase de una
rama y para aventarse más a lo largo y alcanzar a otro árbol que
esté apartado de donde está colgado, da dos o tres vaivenes con la
rama hacia atrás, como quien toma corrida para saltar más, y así se
arroja con sus hijos a cuestas, Y nunca le verán errar el golpe o
salto que va a hacer. Otro animalejo se cría en esta tierra, del
tamaño de un pequeño lechón, y tiene unas lanas como de coracinas
que le cubren desde la cabeza hasta la punta de la cola, y le hacen
una armadura o cubierta muy graciosa, debajo de la cual mete y
esconde pies y manos.
En los ríos se cría un animal de hechura de un puerco, salvo que
el hocico tiene romo, como becerro; los pies y manos tiene de la
forma de los del pato, y aunque su criación y habitación es en el
agua, susténtase fuéra, de las hierbas que por las riberas se
crían: su carne es de buen comer; hácense de ella perniles, porque
siempre andan gordos; llámanse comúnmente guardatinajas y por otro
nombre arribobos: no son éstos los que llaman manatíes; mátanlos
los indios con flechas cuando salen a pacer a tierra. Hay pericos
ligeros, de cuya proporción en otra parte tratamos. Otros muchos
géneros de animales hay, así feroces como domésticos, de extraña
naturaleza, de quien aún no se tiene entera noticia, por lo cual no
van aquí escritos. Otros muchos géneros de sabandijas, pequeños
animalejos, produce la tierra, que comúnmente su utilidad redunda
en pesadumbre y daño de los hombres, a similitud de otras que en
España hay, como son alacranes de feble ponzoña, arañas
perjudiciales, murciélagos muy dañinos, que de noche dan crueles
bocados en las personas dondequiera que los hallen descubiertos,
pulgas, piojos y otros que a la imitación de éstos se sustentan de
sangre humana, a quien llaman pitos: son del tamaño de un tábano;
acuden de noche a donde la gente duerme, y allí sin ser sentidos,
chupan de la sangre toda la que pueden. La nigua es otra sabandija,
más pequeña que pulga, y de la propia hechura y color, a quien ha
hecho famosa su generalidad en las Indias y su perjuicio en las
gentes, especialmente en los muchachos que andan descalzos, a quien
se les meten por entre las uñas de los pies y después de encarnadas
allí dentro de la carne se van hinchando y creciendo como una
garrapata gorda: algunas veces dan pesadumbre por haberse de hacer
en la carne mayor portillo al sacarlas que el que ellas hicieron
cuando entraron, que era muy pequeño, y todo cuanto chupan y
engruesan dentro de la carne lo convierten en liendres, de donde se
engendra tanta multitud de ellas cuanta hay: acuden más comúnmente
á los pies que a otra parte alguna de todo el cuerpo, y la causa de
esto yo no entiendo qué sea. Pocas veces son sentidas al entrar,
porque son tan pequeñas que casi me parece que tienen el grandor
del arador, y así cuando vienen a sacarse no dejan de haberse
hinchado harto. Otros habrá tratado más larga y particularmente de
esta sabandija, y por eso yo no quiero hablar más de ella.
No menos poblado está el aire de diversidad de aves que la
tierra de animales; pero aunque yo estuviera obligado a dar entera
relación, y aun mediana de todo ello, era imposible poderlo cumplir
por muchas causas que el lector podrá considerar y así reciba por
servicio el trabajo de lo que acerca de estas cosas y otras
semejantes aquí en breve hallare escritas.
Un curioso pájaro se cría en esta tierra y en otras muchas
partes, del tamaño y color de una mirla, excepto que tiene la cola
larga y amarilla, y es tal el distinto que naturaleza en esta
avecilla puso, que por librar sus hijos de las manos de los gatos y
otros animales que por los árboles y montañas andan, hace su nido
en la más delgada punta del ramo que más fuéra sale del árbol, de
la cual cuelga un bejuco, que es como una rama delgada de hiedra
|
11
, en el aire, como una vara de medir, y
allí hace y ordena su nido por tal orden que de nadie son ofendidos
sus hijos, y con tanta curiosidad hecho y ordenado que pone
admiración el mirarlos, porque los hacen casi tan largos como una
media calza y muy fornidos de mucha fajina o menuda rama que traen,
y para el lecho de los hijos donde se han de criar, pone un vello
de una hierba que es como el que echa el cardo o alcachofa, y en
esta forma se juntan a criar grandes manadas de estos pájaros, y
hacen sus nidos apartados unos de otros muy concertadamente. Hay
paujíes, que es un ave negra del tamaño de un gran capón, de muy
buena carne de comer: los machos crían sobre la cabeza de una
piedra tan alta como dos dedos, turquesada, y de esta color son los
huevos que la hembra pone y del grandor de los de una gallina. Otro
pájaro se cría, cierto de extraña naturaleza por la particularidad
que en él hay. El será en el cuerpo del grandor de una mirla, y aun
más pequeño, pintado todo de verde, amarillo y negro el pico, del
cual es tamaño, y tan grueso como un estuche de mujer, y con él
hace tanto estruendo y ruido que si no lo ven ni saben lo que es,
les parece que están muchas personas con piedras partiendo nueces;
y así ha habido españoles que oyendo el ruido que este pájaro hace
con este disforme pico que tiene, andando en conquistas, creyendo
ser gente de los naturales, acudir donde oyen el ruido y hallarse
burlados. Un pájaro cría la tierra, a quien por ser tan pequeño
llaman los españoles tominejo, pintado de finas colores verdes,
azules y amarillos, que jamás se posa ni pára en árbol para comer,
sino en el aire, sustentándose con las alas, come o chupa el meollo
o corazón de las flores, que es de que se sustenta. Es mucho más
pequeño que un pajarillo a quien llaman mosquito en muchas partes
de España, y de estos tominejos ha acontecido pesar cuatrocientos
de ellos juntos, con pluma, tripas y pies, y no llegar a pesar una
libra. Y para en cuanto a las aves, baste lo dicho en este lugar,
que aunque, como he dicho, no tengo obligación a tratar de estas
particularidades, por el discurso de la Historia se hallarán
derramados otros muchos géneros de aves y animales fieros y
culebras, sin los referidos.
De los ríos no tengo que particularizar aquí sino que en esta
tierra son abundantísimos de pescados de muchas maneras y géneros,
y que todos son de comer, y en ellos hacen los indios y españoles
grandes pesquerías.
Capítulo quinto 12
En el cual se
escribe la manera de la gente Guayupe, y sus casamientos, y lo que
hacen con los primeros hijos que les nacen, y las ceremonias de que
usan, y la manera de curarse, y las preeminencias de los médicos, y
otras particularidades que entre ellos se usan.
Los indios Guayupes es gente de buena disposición y bien
agestada y lucida y muy amigos de españoles y de imitar su manera
de vivir. Andan desnudos en carnes, no porque les faltaría algodón
de qué hiciesen vestidos, mas por ser ellos en sí laxativos y de
poco trabajo, y también como la tierra es tan cálida que jamás se
siente frío en ella, aunque sea tiempo de muchas aguas, no hay
rigor de frío que les compela a abrigarse como a otros indios de
tierras frías, como son los de Santafé, Tunja y Vélez, que aunque
en loe naturales Moscas no se coge ningún algodón, ellos por
abrigarse y tener con qué cubrir sus carnes lo traen de estos
llanos y rente que junto a ellos habitan.
|Y para vivir esta
gente honestamente, estos Guayupes, y parecer que remedian algo de
su rústica desvergüenza, traen los miembros viriles atados con unas
madejas de hilo de algodón, con que los traen algo cubiertos y
recogidos, pero no tan enteramente, que la bolsa que de allí
depende no ande colgando a vista de todos. Y
|
estos
Guayupes se precian mucho de buen cabello, el cual curan y
benefician, y lo traen muy largo y tendido por las espaldas:
pélanse las frentes y hácense en ellas muy largas entradas y muy
bien ordenadas. Algunas veces se recogen el cabello con unas anchas
tranzaderas de algodón, y lo juntan todo al colodrillo, de tal
suerte que queda hecho de él en aquel lugar una rosa de la forma de
las que algunos curiosos soldados hacen en las ligagambas. Las
mujeres de estos Guayupes andan de la propia suerte que los
varones, excepto que cubren sus partes vergonzosas con cierta
tablilla o corteza de árbol puntiaguda que traen atada a la
cintura. Sus casas o bohíos son largos y de vara en tierra, a quien
los españoles llaman caneyes, en donde habitan y moran muchos
indios casados juntos, y su dormir es en hamacas de algodón o de
damajagua.
Sus casamientos son por interés, que el que se quiere casar
trata con los padres o hermanos de la moza a quien está aficionado,
que se la den por mujer, y ellos se la otorgan con que les ha de
dar algún precio conforme al posible que tiene, y la mitad de esto
que dio por la mujer se le ha de dar al cacique o principal, y con
esto celebran sus bodas con la solemnidad de beber y bailar y
danzar que en otras muchas naciones lo suelen hacer, y después de
juntos, si la mujer se empreña, el primer hijo o hija que pare lo
entierran vivo o lo echan un río abajo, cosa cierto que en crueldad
y brutalidad excede a todas las criaturas racionales e
irracionales, porque no sé de ninguna que no procure conservar sus
hijos, antes como se lee y aun se ha visto por experiencia de la
víbora, que se da en manjar y sustento a sus hijos, y el pelícano,
ave de gran estimación, que sus propias entrañas rompe para
conservar la vida de sus pollos; y no sólo tienen estos bárbaros
esta abusión, pero si segundariamente se empreña la mujer y pare
hija y algún indio le dice que por ser hembra no vale nada y no la
debe criar, luégo la mata, y lo mismo hacen de la tercera y
cuarta.
Las causas que estos brutos dan para matar sus primeros hijos es
decir que de ordinario los primeros hijos son aviesos y traviesos y
muy fuéra de la voluntad y obediencia de sus padres, y que demás de
esto, consumen mucho los primeros hijos la juventud de las madres y
las envejecen, y por aquí discurren por un maremagno de disparates,
sin pies, ni cabeza, ni orden, ni concierto ninguno; y para
restauración del daño del primer hijo, celebran el del segundo con
muy donosas ceremonias. Al padre del cual llevan a encerrar a un
bohío o casa que para este efecto tienen diputada, y al tiempo de
él entrar en ella están a la puerta muchos indios con manojos de
ortigas vivas, con las cuales le azotan todos hasta que gastan las
que en la mano cada uno tiene, y pasada esta flagelación, llegan a
él doce indios, los más ancianos y graves del pueblo, y cada cual
le da un repelón y le arranca los cabellos que puede y se los lleva
consigo y los guarda para el efecto que luégo se dirá. Y con esto
encierran al indio donde no ha de ver sol, ni a su hijo nacido, ni
a su mujer, por espacio de una luna, que es un mes, en el cual
tiempo ha de comer por tasa y dieta sola una totuma de mazamorra
pequeña cada día, que es como una escudilla de cinchas o poleadas
13, y de cinco a cinco días un pan o torta de
cazabi con una totuma de vino hecho de cierta cáscara de cedro que
muelen y cuecen y perfeccionan de suerte que la pueden beber.
Pasado el mes del ayuno y encerramiento, vienen los doce viejos
con los cabellos que repelaron y arrancaron al padre del infante
nacido, y tráenlos atados cada uno en una lanza, y todos los más
indios del pueblo vienen con ellos, y sacando al ayunador del bohío
donde ha estado, se van con él a cierta plaza del pueblo que para
este efecto tienen limpia y aderezada, y en medio de ella los doce
viejos hincan sus doce lanzas y se tornan a sentar, y estando en
silencio se llega donde las lanzas están hincadas el mohán del
pueblo, que es como sacerdote 14, persona tenida entre ellos
en mucha veneración, y trae un grueso cordel y un manojo de ortigas
en las manos, y tomando una de las lanzas dice a altas voces que si
entre los que están presentes hay alguno tan atrevido y esforzado
que le ose quitar la lanza que tiene en las manos que se venga para
él. Luégo se levanta el indio que ha salido del ayuno y se va para
donde el mohán está, haciendo ademanes de hombre feroz y valiente,
al cual el mohán recibe dándole muy recios azotes con el cordel que
en la mano tiene y hostigándole con el manojo de ortigas; y si
tiene tal sufrimiento que no se queja, es por esta ceremonia tenido
por muy valiente y belicoso dende en adelante, y allí le untan o
lavan todo con una salmuera de ají o pimienta 15 todo el
cuerpo, y con esto lo llevan a ver su mujer y su hijo, con muy gran
regocijo: lo cual tienen estos bárbaros por tan sustancial
ceremonia, que afirman que si la dejasen de hacer la criatura
nacida perecería, y aun dicen que el ayuno lo solían guardar y
tener hasta que el niño o criatura gateaba o era de tres meses, en
el cual tiempo no veían al hijo ni a la madre ni comían sino con la
limitación y moderación dicha, y que después que los españoles
poblaron en su tierra, por andar ocupados en servirles, no guardan
esta su ceremonia por entero como solían.
Si la criatura es varón, después que es ya de crecida edad, su
padre hace un gran convite al pueblo, donde hay grandes bailes, y
en él se hace una gran candela o fuego, por cuya llama o
resplandor, el principal del pueblo y los más ancianos y honrados
de él le pasan muchas veces, y hecho esto el cacique toma un gran
manojo de ásperas ortigas y con él azota al mancebo o mozo muy
bien, y luégo calientan en el fuego las puntas de ciertas lanzas
que allí tienen y con ellas le dan algunas punzadas al muchacho por
el cuerpo sin que le haga daño, y esta ceremonia o vanidad dicen
hacer porque este muchacho sea buen guerrero y en la guerra no
sienta las heridas y lanzadas que se le dieren.
Los mantenimientos de éstos Guáyupes son yuca, maíz, cazabe y
pescado y carne de venado, que como dije, se matan en esta tierra
muchos, y puercos de monte, que llaman baquiras y todas otras
comidas. Empero, su principal sustento es el beber, y todo lo más
del maíz y yuca que cogen lo despenden en hacer sus brebajes. No
comen ningunas aves, de ningún género que sean, y al tiempo de
sembrar y coger sus maíces no ha de llegar a ellos mujer que
estuviere con su regla, y para sembrar ají buscan una india
doncella, porque de otra manera dicen que no nacera.
Es gente que se hace muy poca guerra la una a la otra, ni aun a
las naciones comarcanas, antes procuran vivir en ocio y quietud.
Las armas de que usan son unos dardos arrojadizos de cierto palo
recio a quien llaman pipire; tráenlos muy adornados y engalanados
con plumas de aves de diversos colores que los hacen lucir y
parecer muy bien. Usan unas macanas de tres esquinas que hacen
pesado golpe, las cuales asimismo traen adornadas de plumas de
colores y atadas a la muñeca, porque aunque se les suelte de la
mano no se la lleven. Es esta gente que se precian de tener limpia
su casa y pertenencia de dentro y fuéra, tanto que para que cerca
de sus casas y pueblo no haya cosa que huela mal se van a proveer y
expeler las inmundicias del cuerpo al río, y el que fuéra de allí
lo hiciese sería tenido por infame entre ellos.
Entre estos Guayupes son los más estimados y tenidos los
médicos, por sus particulares embustes y embaimientos con que dan a
entender a los mismos indios que se pueden convertir y convierten
en tigres, osos y otros fieros animales, que les suelen damnificar.
Es oficio el de los médicos que se hereda de padre a hijo:
tiénenles un servil temor, de suerte que temiendo sus palabras y
obras les son muy sujetos, tanto que si uno de estos médicos le
parece bien la hija de cualquier plebeyo, aunque sea muy principal,
y la pide para tener acceso con ella, se le ha de dar y no se le ha
de negar. Ayúdanles a hacer sus labranzas, y continuo los procuran
tener propicios con dádivas que les dan y presentes que les hacen.
La manera de curar de éstos es tan supersticiosa cuanto que ellos
son fabuladores: si van a visitar o curar a algún enfermo del mal
intrínseco que procede de mal humor, como son calenturas y otros
dolores particulares, hacen poner al enfermo en una hamaca en el
aire, y pónenle dos fuegos de mucha leña, uno de un lado y otro del
otro, y llegándose a él comienzan de soplar y a decir ciertas
palabras supersticiosas en su lengua, y con esto y con las candelas
encendidas, que lo asan vivo, se lo tienen allí hasta que muere o
restaura su salud. Cualquier hinchazón que les sobrevenga en
cualquier parte del cuerpo, tienen que les procede de la mano de
otros Indios que los han echado algunas maldiciones o enhechizado
por haberles hurtado alguna cosa o dado algún desabrimiento, con
los cuales los médicos ganan mayor honra y fama que con otros
ningunos, porque llevando, cuando los van a curar, en la boca
hierbas o alguna espina o gusano, les chupan la hinchazón muy
reciamente y hacen otras ceremonias, y echando delante de los que
están presentes lo que en la boca llevaban, les dan a entender que
lo sacaron de la hinchazón del enfermo, lo cual les es muy
enteramente creído. Todo otro género de enfermedad, como. son
heridas y llagas y lepra, lo curan con hierbas de particulares
virtudes, con que sanan.
Hay entre estos Guayupes una usanza que entre pocas naciones de
indios jamás se ha hallado, y es que a los indios que por ser
huérfanos y no tener quién los provea de lo necesario, padecen
necesidad, les permiten que anden demandando ostiatim por el pueblo
lo que han menester para su sustento y mantenimiento, y de una vez
recogen comida para ocho o diez días, y acabado aquel mantenimiento
tornan a pedir de nuevo.
Acostumbran a tomar la yopa y el tabaco, que lo uno es una
semilla o pepita de árbol, y lo otro es cierta hoja que crían,
ancha, larga y vellosa, y esto lo toman en humo, unas veces por la
boca y otras por las narices, hasta que los emborracha y priva del
juicio, y así quedan adormecidos, donde el demonio en sueños les
representa todas las vanidades y maldades que él quiere, lo cual
ellos tienen por muy cierta revelación y no excederán de aquello
que han soñado aunque mueran. Esta costumbre de tomar la yopa y el
tabaco es muy general en todo el Nuevo Reino, y aun entiendo que en
toda la mayor parte de las Indias, más que otra ninguna
contratación, por ser instrumento o medio de que el demonio se
aprovecha mucho con ellos, porque como dije, mediante el humo que
los indios toman de estas dos cosas, se emborrachan y privan del
natural juicio, y allí tiene el enemigo lugar más acomodado para
hacerles idolatrar y seguir las otras falsas opiniones que quiere.