LIBRO NOVENO
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En el libro nono se escribe y trata
de la población y fundación de la ciudad de San Juan de los Llanos,
hecha por Juan de Avellaneda Temiño, y la discreción de aquella
tierra y algunas cosas notables acerca de las culebras y fieros
animales que ea ella se crían, con algunas costumbres y opiniones
de los naturales e indios de ella y algunos particulares sucesos de
españoles
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2
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| Capítulo primero
En el cual se
escribe cómo el capitán Juan de Avellaneda Temiño, por comisión que
la Audiencia del Nuevo Reino le dio para buscar minas de oro, entró
con ciertos españoles en la provincia de los Guayupes.
La ciudad de San Juan de los Llanos, puesta y poblada en las
faldas y cordillera del Nuevo Reino, en las otras sus vertientes
que corren o caen sobre los llanos de Venezuela, tuvo origen el año
del Señor de mil quinientos cincuenta y cinco, gobernando el
distrito del Nuevo Reino los oidores y licenciados Montaño y
Briceño; y porque haya entera noticia de su fundación y de su
fundador y de algunos particulares sucesos que en ella ha habido,
es de saber que en compañía del teniente Nicolás Federmán, que por
vía de Venezuela entró en el Reino, luégo que se pobló, según atrás
queda dicho, y adelante más largamente se dirá, donde trataremos de
la jornada de este Federmán, entró un soldado llamado Juan de
Avellaneda Temiño, natural de España, de un pueblo que se dice
Quintanapalla, junto a Burgos
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3
, el cual antes de
juntarse con Federmán, había andado con el capitán Herrera en el
río de Uriaparia mucho tiempo, y subido por él arriba más de
doscientas leguas con excesivos trabajos de hambre y necesidades y
guerras y otros infortunios que en aquella jornada se pasaron, y
salido de allí entró por la tierra adentro de Cubagua en compañía
de Jerónimo Ortal, donde después de haber caminado mucho tiempo por
provincias y tierras incógnitas y obscuras y muy estériles y faltas
de comida, vino a salir a las provincias del Tocuyo y Barquisimeto
con los capitanes Nieto y Alderete, donde se juntaron con la gente
de Nicolás Federmán, y los capitanes fueron enviados a Coro, y los
soldados que quisieron seguir a Federmán le siguieron y vinieron
con él a este Reino.
De estas dos jornadas, asimismo que he referido del río de
Uriaparia y de Jerónimo Ortal, se da entera noticia en la segunda
parte de esta historia, pues como Juan de Avellaneda hubiese andado
y peregrinado por tantas tierras y provincias cuantas en el proceso
de la historia referida se podrá ver, y al tiempo que con el
teniente Federmán hubo de entrar en el Reino, atravesó por una
provincia de indios llamada Guayupes, que está en aquella vertiente
de la cordillera que he referido, donde comúnmente los españoles
solían llamar el pueblo de Nuestra Señora.
Pareciole la tierra de buena disposición para tener minas de
oro, y en ella había cantidad de naturales, aunque no muchos, los
cuales después vinieron a ser menos, porque como todas las
compañías de españoles de Coro salían antiguamente a descubrir que
venían bajando la sierra, iban a parar y descansar en esta
provincia de estos Guayupes y pueblo de Nuestra Señora, y en aquel
tiempo se hacían esclavos los indios, y demás de esto no tenían
casi por escrúpulo matar ni maltratar ni cargar ni sacar de sus
naturales los indios, fueron estos pobres Guayupes muy arruinados y
destruidos, así de sus personas, mujeres e hijos como de sus casas
y haciendas, porque antes de Federmán estuvo en ellos alojado el
gobernador Jorge Espira con más de trescientos hombres, muchos
días, y después de él este teniente Federmán con ciento setenta
hombres, y después de Federmán estuvo Hernán Pérez de Quesada, que
salió del Reino en demanda del Dorado con más de doscientos hombres
y más de ocho mil indios Moxcas que son ruina y asolación de todo
lo que por delante topan, y después de Hernán Pérez de Quesada
estuvo el general Felipe de Utre con otros cien hombres, y toda
esta gente se sustentaba el tiempo que en esta provincia de los
Guayupes estaba, de lo que los míseros indios tenían para su
sustento, y cada cual de estos capitanes y de sus soldados
procuraron haber y tomar los indios que podían de esta provincia y
nación, para que les sirviesen; pues gente que tan combatida fue y
tan salteada y llevada en cautiverio, imposible es que quedase
mucha de ella
|vivos, pues… porque si aquel blasón…
que decía llanos…, y porque considerados los daños que en
aquellos tiempos se hacían en los indios tan libre y atrevidamente,
es imposible que estos Guayupes, habiendo estado en ellos las
compañías de gentes que he referido, no dejasen de ser tan
atribulados y destrozados cuanto he significado y mucho más.
Esta tierra le pareció bien, como he dicho, a Juan de
Avellaneda, por tener disposición de minas de oro, y aunque el
defecto de los pocos naturales le tuvo mucho tiempo resfriada la
voluntad de ir a poblados o pedir licencia para ello, la gran
voluntad y deseo que de como suelen decir, acrecentar honra tenía,
avivó su memoria, y su memoria a la ambición, de suerte que por no
hallar otra salida mejor donde ir a poblar, fue inclinado a pedir
esta jornada de los Guayupes, y aun para que se la diesen los
Oidores, la pidió so color de ir a buscar minas de oro
|y
déscubrirlas; y así fue que en el año dicho de cincuenta y cinco,
habiéndole concedido a Juan de Avellaneda Temiño comisión para ir a
buscar minas de oro hacia aquella provincia de los Guayupes, juntó
en la ciudad de Santafé, donde a la sazón él era vecino y
encomendero de indios, veinticinco españoles con los cuales,
después de haber gastado alguna parte de su hacienda en aviarIos y
pertrecharlos de las cosas necesarias, se metió la tierra adentro,
tomando la vía de los Guayupes y atravesando la cordillera del
Reino, que es muy alta y frigidísima, fue a dar a una poblazón de
indios que estaba al principio y entrada de los Guayupes, cuyo
principal o cacique se decía Marizagua, persona de mucha estimación
entre aquella nación Guayupe, al cual Juan de Avellaneda trajo a su
amistad por mano de un Juan Gutiérrez de Aguilón, que entendía muy
bien aquella lengua y era encomendero de otro cacique o principal
que más cercano a Santafé estaba, ya de muchos días atrás, puesto
en la servidumbre y feudo de los españoles, a quien llaman Paz.
Este principal de la encomienda de Aguilón tenía antigua
contratación y amistad con el cacique Marizagua, que iba asímismo
con Juan de Avellaneda y la demás gente, por cuya intercesión y a
importunación de Avellaneda, el cacique Marizagua envió a hablar a
ciertos principales de los Guayupes, llamados Yayay, Quere,
Camaxagua, haciéndoles saber cómo estaban allí en sus pueblos los
españoles dichos que pretendían pasar adelante a sus poblazones a
vivir entre ellos, y que según con él las muestras había dado, era
gente que ni hacía ni pretendía hacer ningún mal ni daño a los
indios, antes les trataban bien y amigablemente y les daban de lo
que tenían, entre los cuales venía Aguilón, español a quien él
tenía particular amistad y voluntad, y entendía que les sería
favorable, y de que el principal o capitán de los españoles deseaba
verlos en su amistad, que le parecía qué debían ganarle por la mano
y ser su amigo y venirle a visitar, pues después de fuerza o de
grado lo habían de venir a hacer.
Estas palabras del cacique Narizagua, aunque por terceras
personas dichas, pudieron tanto con los caciques y principales de
los Guayupes, que a la hora que a sus orejas llegaron se partieron
cada cual con los más indios que pudieron para donde Avellaneda
estaba, del cual fueran recibidos ámigablemente y exhortados y
rogados para que les fuesen perpetuos y leales amigos y
tributarios, y dándoles algunas cosas de rescates de españoles,
como son cuentas de vidrio y cuchillos, los indios y principales
les prometieron de serles amigos y de hacer todo lo que les
mandasen sin exceder en cosa ninguna, dando muestras de todo
contento y alegría en saber y entender que iban a vivir entre
ellos.
El cacique Narizagua intercedió y terció en esta confederación y
amistad todo lo que pudo, que fue mucha parte para ello. También
como Aguilón, español, era persona que entendía muy bien la lengua
de estos bárbaros, y les hablaba más desenvueltamente palabras
regaladas y amorosas, hízose de todo punto fija la amistad, con lo
cual se partió Avellaneda y los demás españoles que con él estaban,
del pueblo de Narizagua adelante, llevándoles los indios Guayupes
que allí habían venido con los principales arriba nombrados, todo
su fardaje; y para que la paz y amistad de estos bárbaros fuese
enteramente guardada, y la de los demás mejor se pudiese conseguir
y alcanzar, mandó Avellaneda por pregón y ordenanza pública, con
graves penas sobre la observancia de ella, que no se les tomase a
los indios ninguna cosa de sus haciendas ni labranzas, ni se les
maltratasen sus personas, ni en sus casas entrasen ningunas
personas, y que la comida se les comprase con cuchillos y cuentas y
otras cosas de poco valor que los indios tenían en mucha
estimación, con la cual manera de mercado y feria, y con ver que no
se les hacía ningún daño ni se les tomaba cosa alguna por fuerza,
no sólo se afirmaron y conservaron en la paz y amistad de los
españoles, pero persuadieron en breve tiempo a todos sus comarcanos
y vecinos a que hiciesen lo mismo, y así, mediante esta buena
orden, en breve tiempo tuvo Avellaneda todos los indios Guayupes de
paz y sus amigos puestos en su sujeción; y caminando por sus
tierras y poblazones, bien servido y acompañado de los naturales y
de sus principales, fue a alojarse en las tierras del cacique
Comazagua, poblado en las riberas del río Ariare de la otra banda
de él, y Avellaneda y los demás españoles se alojaron en la ribera
del propio río Ariare, antes de pasarle ni llegar al pueblo del
cacique Comazagua, por quitar la ocasión de que algún soldado se
desmandase a hacerle daño.
Convínole reposar en este alojamiento algunos días a Juan de
Avellaneda, por traer algo cansados y maltratados del camino los
soldados, porque como la bajada de la cordillera es tan larga y
todo lo más de ella montañas, érales necesario abrir el camino para
que los caballos pasasen, y como el trabajo era mucho, y los
soldados entre quien se repartió pocos, sintiéronlo como era
razón.
En este tiempo de Requiem, Avellaneda procuró informarse de los
naturales si sabían, de minas de oro, y él asimismo consideró la
disposición de la tierra, y a qué parte de ella había mejores
señales y muestras de minas de oro, porque como había mucho tiempo
que con Federmán pasó por ella, érale necesario de nuevo recorrer
no sólo la memoria de lo pasado, pero todo lo que había andado para
dar con la quebrada o río en que se había visto apariencia o señal
de oro. Los indios, como en esta provincia jamás lo acostumbraron
sacar, no supieron dar razón de lo que se les
preguntaba, y así estaba el negocio más ciego y obscuro de lo que
Avellaneda quisiera.
|Capítulo segundo
En el cual se
escribe la principal causa por que los indios Guayupes no tuvieron
guerras con el capitán Avellaneda y con los que con él
entraron, y las causas por qué entre otros naturales, después de
dada la paz, se intentan novedades, y cómo Avellaneda envió un
caudillo a descubrir minas de oro, y fueron descubiertas.
Algunas personas habrá que de parte del odio y aborrecimiento
que justamente tienen contra los crueles y crueldades hechas a los
indios al tiempo de entrar a poblar en nuevas provincias, viendo la
moderada entrada que Avellaneda y sus soldados tuvieron en estos
Guayupes, y la facilidad con que fueron atraídos a la amistad de
los españoles y conservados en ella, les parecerá que todos
pudieran haber hecho lo mismo y excusado las guerras y otros
incendios y muertes que en otras partes se han hecho, usando de
aquestos medios de que Avellaneda usó, o atribuirán esta pacífica
entrada a la buena fortuna del capitán o a la buena condición y
moderación de los naturales. Ninguna de las tales cosas, ni aun los
medios ni ruegos del cacique Narizagua ni la presencia de Aguilón y
de su principal causaron entero efecto en lo dicho ni fueran parte
bastante para excusarse estos indios de recibir algún daño.
La causa principal de haberse humillado y pacificado tan presto
fue los grandes y excesivos trabajos en que en los tiempos pasados
se habían visto con los españoles y compañías ya referidas, que en
esta provincia o parte de ella estuvieron, donde habían sido
bastantemente conquistados y redomados y esquilmados, y cómo
supieron que Avellaneda y los demás españoles iban a residir y
vivir entre ellos, y tenían ya noticia, por interpretación de los
indios Moxcas de Santafé, cómo donde los españoles poblaban no
consentían que se sacasen los naturales para ninguna parte, antes
los defendían y amparaban de quien mal les quería hacer, y
temiéndose estos Guayupes que por vía de Venezuela no viniesen a su
territorio algunas compañías de gentes como antes habían hecho, y
los acabasen de destruir, tuvieron por bien de recibir
amigablemente en su compañía y tierra a estos españoles, para que
cuando fuese menester los defendiesen y conservasen, demás de que,
como he dicho, tenían bastante experiencia del rigor, fuerzas y
trabajos de los españoles, a los cuales, para excusarse de sus
manos, ni era bastante el defenderse ni el huírse ni esconderse,
porque hasta en las cavernas y escondrijos de la tierra, donde sus
mayores, huyendo de las calamidades pasadas, se habían escondido,
habían sido hallados y descubiertos de los españoles.
Y así estas causas fueron las principales que a estos bárbaros
atrajeron a la amistad de los españoles y al yugo de la
servidumbre, porque el remedio de dádivas e intérpretes y halagos y
buenos tratamientos, muchos capitanes lo han usado, y aun entiendo
que todos los más, pero como los indios sean de entendimiento tan
rústico y bárbaro, y nunca habían otras veces llegado a saber y
conocer hasta dónde llegan las fuerzas y armas de los españoles, a
la hora imaginan que aquella entrada en su tierra con ruegos y
halagos y dádivas y buenos tratamientos, es por temor que les
tienen los españoles y por ser menos poderosos que ellos; y de
aquí, cuando los españoles piensan que los tienen de paz y en su
amistad, los hallan sobre sí con las armas en las manos; de donde
vienen a tener principio las guerras y ser prolijas, porque aunque
en el primer recuentro sean desbaratados y ahuyentados por los
españoles, nunca entre ellos falta un mohán embaidor, que es el
intérprete que habla con el demonio, que a instancia del propio
demonio, que desea ver de todo punto la ruina y perdición de los
míseros indios, el cual les persuade a que sigan la guerra con
obstinación y que habrán victoria, porque sus simulacros se lo
dicen, de donde vienen los bárbaros a seguir con obstinación la
enemistad contra los españoles y hacerles cada día acometimientos
para echarlos de la tierra, donde nunca dejan de volver menos de
los que entraron en la lid, y ya que por vía de guerra no los
pueden echar de la tierra, el demonio, por mano de sus mohanes y
farautes, les dicen que se retiren y escondan y aparten de los
españoles a partes remotas y escondidas, donde muchos de ellos
vienen a morir de hambre, y yéndolos a buscar los españoles para
atraerlos a su amistad y quitarles el miedo que tienen, son
inducidos a tomar las armas para se defender, y así nunca les
faltan modos cómo se perder y destruír, y aunque sea verdad que no
haya causa ni razón legítima para que los españoles se entremetan
en forzar a los indios por estos modos, a que vengan en su amistad,
pues de ellos se siguen los daños que he referido y es notorio,
pero algunas veces es necesario para la conservación de los indios
amigos y que están ya debajo del dominio y amparo real, los cuales
muchas veces por este respeto reciben daño de los otros bárbaros
sus vecinos que están rebeldes y causan daño, como he dicho, a los
amigos, y aun a las veces ponen por su rústica desvergüenza y
atrevimiento en riesgo los pueblos de españoles, de despoblarse y
de que entre los indios amigos se pierdan y escurezcan los tiernos
principios que hay de fe católica.
Y es cierto que los más pueblos que se han poblado en los
confines de este Reino después de su primera conquista y
pacificación, ha sido el principal intento y fin de los que lo han
enviado a poblar el conservar en paz y amistad a los indios amigos
y sujetos al dominio real y librarlos de los daños que por los
indios sus vecinos les son hechos, y así algunas veces han sido
causa en este Reino las naciones comarcanas, en tiempo que estaban
indómitas y vivían en su libertad, de que se ordenasen e intentasen
novedades entre los naturales Moscas para haberse de alzar
generalmente y matar a los españoles de todos los pueblos, porque
los rebeldes con amenazas y temores muchas veces los promovían a
esto, y siempre que se puebla un pueblo de españoles, como la
tierra es larga, después de que se han domado los rebeldes que
causaban daño a los amigos y feudatarios del pueblo primero, a los
indios que se han sujetado por esta causa luégo los persiguen otros
sus vecinos que viven en su libertad, y los damnifican, por donde
los jueces o superiores, para conservar y sustentar el segundo
pueblo y los naturales de él, permiten que los vayan a pacificar, a
donde proceden luégo las guerras referidas por inducimiento del
demonio más que por propia voluntad de los indios, porque aunque
hay hombres de ánimos crueles, no serían bastantes sus fuerzas de
éstos a interrumpir la buena orden si los indios no ofreciesen las
ocasiones en las manos, las cuales, como he dicho, ofrecen más por
persuasión del demonio, enemigo suyo y nuestro, que por defender su
libertad, porque claro está que si en las pacificaciones modernas,
donde los capitanes y soldados, por temor de las residencias y
castigos que les han de sobrevenir, procuran evitar todo lo que en
sí es posible los daños y malos tratamientos, y con toda diligencia
y a costa de rescates que llevan y dádivas que a los indios dan,
procuran traerlos a su amistad, conservándoles en la mayor parte de
la libertad que siempre tuvieron, y aun en toda, porque nunca a los
principios se les impone a los indios tanta carga de servidumbre
como después, andando el tiempo, que lo más a que se extienden es a
que se les hagan labranzas de maíz para su sustento, y algunos
bohíos que se hacen con facilidad, y aun esto muchas veces se les
paga. Luego síguese que el tomar las armas los indios en semejantes
tiempos que no es por conservar su libertad, la cual ellos
defenderían muy justamente, sino por las persuasiones referidas del
demonio, lo cual se ha sabido claramente de los propios indios
después de pacíficos, y si esto es bien o mal hecho, o justo o
injusto, júzgenlo los teólogos y canonistas y personas doctas que
lo entienden, porque aquí mi intención no es de aprobar ni reprobar
ninguna cosa de éstas, pues es materia muy distinta de la que voy
tratando. Sólo ha sido miintento en esta parte dar claridad y
noticia de lo que en este Reino he visto, oído y entendido; porque
de todo lo escrito en esta historia, parte de ello he visto por mis
propios ojos y parte he sabido de los propios que a ello se han
hallado, y pues la materia que al principio de este capítulo
comencé queda con sus circunstancias medianamente declarada, y en
lo que fuere falta se podrán hallar en algunas partes del discurso
de la escritura, tornaré a lo principal que en este libro voy
tratando de la poblazón de San Juan de los Llanos.
Después que el capitán Avellaneda hubo con sus soldados algunos
días descansado en el alojamiento que hizo riberas del río Ariare,
envió un caudillo con parte de la gente española que con él estaba
que fuese el río arriba de Ariare cateándolo hacia sus nacimientos
y viese si llevaba oro, porque en aquella parte donde Avellaneda
estaba alojado iba el río caudaloso y no daba lugar la mucha agua a
que se viese si llevaba oro; y el caudillo y los españoles se
partieron el río arriba, llevando consigo negros e indios buenos
lavadores y sacadores de oro, y todo e recado para sacarlo, como
son bateas, almocafres, barras y azadones; y siguiendo el río
Ariare arriba, apartado distancia de una jornada de donde
Avellaneda había quedado, catearon el río y lavando del cascajo que
en la madre de él había, hallaron muy buen oro, y lo mismo hallaron
fuera del río, en sus riberas. Sacose oro muy granado y fino, que
tenía a más de veinte quilates. Sacáronse puntas del río en estas
primeras catas de a ocho y diez pesos cada una. Es oro que su
bajeza y menos valor es sobre plata, que es tenido por mejor que el
que la tiene sobre cobre.
Tiene este río Ariare sus nacimientos en los páramos que llaman
de Fosca y Pasca, que es lo alto de la cordillera más cercana a
ciertos pueblos de indios Moscas, llamados de este nombre Fosca y
Pasca, de donde fueron los páramos llamados así, y también porque
los indios y naturales de estos dos pueblos van a hacer sus
monterías de venados y conejos a estos páramos, de los cuales se
crían en mucha cantidad; y bajando este río Ariare de la cumbre y
alteza de estos páramos se despeña con gran ímpetu por entre unas
sierras muy fragosas y ásperas, que lo más del año están cubiertas
de nieve, y desembocando de estas sierras como de una angosta
canal, da en tierra algo llana y asentada por donde el río va con
menos velocidad que en las partes dichas, aunque no deja de llevar
muy gran corriente, tanto que por ella y por las grandes piedras
donde se hallaron estas minas hay no se ha sacado gran cantidad de
oro, porque según afirman algunos experimentados hombres que tienen
conocimiento del descubrir y labrar minas de oro, juzgan por
ciertas conjeturas ir este río por la madre y canal del lastrado de
oro, y por defecto de su gran corriente y mucha agua y gran
cargazón de piedras, no se puede sacar aunque en ello se ha puesto
la diligencia posible. El agua de este río es delgada y muy dulce y
gustosa. En lo llano se junta con el río Uriaparie
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4
. Es todo él muy abundante de todo
género de pescados de buen sabor y comer. Hácense en él grandes
pesquerías, así por los indios como por los españoles.
El caudillo y sus compañeros, después de haber sacado cierta
cantidad de oro, para certificación y muestra de que en aquel río
lo había, se volvieron a donde Avellaneda estaba, donde después de
haberse visto por todos una tan buena muestra de oro como fue la
que allí de prima faz se sacó, no hubo hombre español de los que
allí estaban que no se juzgase por muy feliz y bienaventurado en
haber entrado en aquella tierra, porque imaginaba en sí que en
breve tiempo se había de hallar señor de tanto oro cuanto hubiese
menester para irse a su tierra y hacer un buen mayorazgo, y así fue
celebrada esta primera muestra de oro y descubrimiento de las minas
con mucho contento y alegría de todos los españoles y de su
capitán.
Capítulo
tercero
En el cual se
escribe cómo el capitán Avellaneda dio noticia de las minas y
tierra de los Guayupes a la Audiencia del Nuevo Reino, y le fue
dada comisión para que poblase, el cual pobló la ciudad de San Juan
de los Llanos, y cómo fue mudada diversas veces hasta ponerla donde
al presente está, y la venida de Avellaneda a la Audiencia a dar
cuenta de lo que había hecho y a pretender comisión para hacer otra
jornada.
Juan de Avellaneda, luégo que las minas fueron descubiertas
propuso de dar noticia de ello a la Audiencia, para que se le diese
licencia, facultad y comisión para poblar; pero los demás españoles
que con él estaban, juzgando ser el oro de las minas mucho y no muy
trabajoso de sacar, parecíales que demás de ser cumplimiento
superfluo el que Avellaneda quería hacer en dar aviso y pedir
licencia a la Audiencia, era en su perjuicio, porque como en el
Reino y ciudad de Santafé se diese noticia de las ricas minas que
se habían descubierto y de la quietud de los naturales, habían de
pretender algunas favorecidas personas ir a gozar de lo que ellos
habían descubierto y pacificado y merecían justamente poseer, y así
comenzaron a decir al capitán Avellaneda que era muy temprano para
dar aquel aviso, y que sin esperar licencia de la Audiencia podían
poblar y repartir los naturales entre ellos, pues en ello no se
cometía ningún delito, y que cuando la tierra tuviese más asiento,
y ellos algún posible, se podría muy bien hacer lo que el capitán
pretendía; pero Avellaneda, considerando el daño o daños que de
hacer lo que los soldados le decían se le podía seguir, y demás
de esto la poca gente española que consigo tenía y la vuelta que
los indios suelen dar e intentar novedades, la cual si estos
Guayupes dieran estando entre ellos no más de los veinticinco
españoles que Avellaneda había metido, los podían acometer a tiempo
que los hallaran divididos y les hicieran y causaran harto mal y
daño, y aun por ventura los mataran a todos, y así se resumió en
poner por obra su primera determinación y enviando por mensajero y
faraute del negocio a un Antonio de Robles con sus cartas y
muestras de oro, que cierto era buena y de estimar, le dio
instrucción de lo que había de pedir en la Audiencia y hacer en la
ciudad de Santafé para atraer así gente y soldados.
Llegando Robles a Santafé los oidores Briceño y Montaño lo
recibieron alegremente, y pareciéndoles muy bien la muestra del oro
y que labrándose y sustentándose las minas sería cosa de que se
seguiría gran utilidad y provecho a toda la república y quintos
reales, le enviaron y dieron luégo comisión a Avellaneda para que
en aquella provincia de Guayupes poblase un pueblo de españoles,
nombrándolo a él por su teniente y justicia mayor y dándole
comisión para que repartiese los naturales entre los españoles que
en el pueblo hablan de permanecer, haciendo de ellos apuntamiento o
repartimiento y enviándoselo para que si les pareciese lo
confirmasen, y juntamente con esto procuraron que con Antonio de
Robles se juntase alguna gente española para que fuesen a ayudar a
los que con Avellaneda estaban a sustentar más seguramente la
tierra, con cuyo favor y calor Robles juntó veinte hombres, y
habidas sus provisiones y recados se volvió a la provincia de los
Guayupes, donde Avellaneda estaba. Fue alegre su llegada, así por
los buenos despachos que se le habían dado como por la compañía que
consigo llevaba.
Avellaneda, luégo que vio la comisión que la Audiencia le
enviaba, pobló en el propio sitio donde estaba alojado, en las
riberas del río Ariare, un pueblo al cual llamó San Juan, por
haberle poblado víspera del bienaventurado San Juan Bautista, del
año de cincuenta y seis, y llámase de los Llanos por estar poblado
junto a los llanos de Venezuela. Poblola en este sitio, con
aditamento de mudarla a otro lugar mejor que conviniese, que es
común usanza de pobladores en las Indias, porque nunca en la
primera vuelta que por la tierra dan ven enteramente todo lo
necesario y buen acomodo que hay en la tierra, y después, andando
el tiempo, vienen a tener conocimiento y noticia de mejores sitios
y lugares donde mudan y fijan sus pueblos. Las ceremonias con que
estas poblazones se hacen y fijan no será necesario decirlas ni
repetirlas en este lugar, pues en diversas partes atrás de esta
Historia se hallarán escritas, y lo mismo la elección que el
capitán hace cuando puebla de alcaldes y regidores y otras
circunstancias que las tales poblazones traen consigo.
Avellaneda se detuvo con su pueblo en este alojamiento del río
Ariare algunos días, hasta que acabó de ver y repartir los
naturales entre los españoles que consigo tenía, haciendo de ellos
su repartimiento y apuntamiento general, después de lo cual, por
ser este sitio muy bajo y ahogado, sujeto a los vapores y neblinas
que del río e inundaciones suyas se levantaban, que lo hacían
enfermo, se mudaron de común consentimiento siete leguas más
adelante, a la tierra de un principal o cacique llamado Caure, que
pareció ser tierra más alta y escombrada y rasa y airosa y fresca.
Púsose el pueblo a las faldas de unas sierras altas, a la parte del
poniente de ellas, las cuales hacen cierta abra o boquerón por
donde desembocaba obre el pueblo de los españoles el viento
vendaval tan recio y frigidísimo que parecía ser muy perjudicial a
la salud y vivienda de los españoles y naturales, por cuya causa
determinaron los vecinos de pasarse tres leguas más abajo, al sitio
donde al presente está, que es a las riberas del río llamado Guape.
Es este sitio sano y de buen temple y aires incorruptos, y de
grandes sabanas y campos rasos, abundosos de caza de venados, bien
proveído de agua, hierba y leña, que todo lo tienen cerca del
pueblo.
Este sitio, donde esta ciudad fue fijada y al presente está
poblada, es apartado una legua del pueblo que en esta provincia
llamaron de Nuestra Señora los españoles, como van de este pueblo
de Nuestra Señora a la ciudad de Santafé, de donde está apartada
esta ciudad distancia de cuarenta leguas hacia la parte del sur
saliendo de Santafé, y cae su poblazón y provincia a las espaldas
de los pueblos de Ubaque, Fosca y Pasca, que, como he dicho, es
gente Mosca y de los términos de Santafé.
El capitán Avellaneda, fijado el pueblo en la parte y lugar
dicho, y dado la mejor orden que pudo para que aquella tierra
tuviese asiento y los naturales fuesen conservados en su paz y
amistad, y los españoles les hiciesen todo buen tratamiento, se
vino a la ciudad de Santafé a dar cuenta a la Audiencia de lo que
había hecho y era la tierra, y a que le confirmasen el
repartimiento que de los naturales en los españoles hizo, y a que
se le diese otra nueva conducta o comisión para pasar adelante de
la provincia de los Guayupes a ciertas provincias que se le habían
dado por noticia, y poblar en ellas un pueblo. Los oidores le
confirmaron el repartimiento que de los Guayupes habla hecho y le
concedieron nueva comisión para juntar y hacer gente y proseguir la
demanda y descubrimiento que pretendía, pero esto le salió en
blanco Avellaneda, porque como ya, por virtud de la comisión que se
le había concedido, hubiese comenzado a juntar gente para conseguir
su jornada, le fue suspendida la comisión por la Audiencia, no se
sabe si por alguna nueva comisión o provisión que de España hubiese
venido suspendiendo las jornadas y nuevos descubrimientos y
poblazones, o si por emulación de algunas personas que no estaban
bien con Avellaneda, o de religiosos o personas doctas que viendo y
considerando los daños que por algunos crueles y malos hombres se
hacen y cometen en semejantes entradas, persuaden a los
presidentes, oidores y gobernadores que no las den ni consientan
hacer, demás de la nueva suspensión que el Rey tiene puesta en
ello; y religiosos hay tan escrupulosos en este caso de las
jornadas que a ningún soldado que tenga entero propósito de ir a
ellas le quieren confesar ni oír de penitencia, por parecerles que
todo el tiempo que el tal soldado está con aquel propósito de
entrar y andar en jornadas, hallan no estar en buen estado, porque
considerando cuán generales son los daños y males que en las
jornadas se hacen y cometen, a todos los soldados que a ellas van,
a los unos porque actualmente los perpetran y cometen, a los otros
porque les dan favor y
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auxilio, y a los otros porque se
hallaron presentes a ello, mediante lo cual parece que aunque sus
ánimos estuvieron apartados de aquellas crueldades y sus manos de
los robos, en alguna manera dieron auxilio y favor a los malos por
ir en su compañía, y así desechan de sí estos tales hombres sin
quererlos oír ni absolver, lo cual a muchos ignorantes ha parecido
demasiado rigor y estrecheza; y aun estos tales sacerdotes y
religiosos, muchas veces no quieren confesar ni oír de penitencia a
los que han andado en jornadas, por parecerles que pocas veces
cumplen las restituciones que se les mandan hacer, y se les pasa un
año y dos y diez sin hacerlas. El cual rigor también se extiende
contra los encomenderos que son descuidados y negligentes en
procurar lo que conviene a la doctrina y conversión de sus
encomendados, y muy diligentes y solícitos en cobrar de ellos sus
tributos y demoras tasadas, y algunas veces más de las tasadas.
Volviendo a lo que de Avellaneda iba tratando, como vio que le
fue quitada y suspendida la comisión que para su nueva jornada le
había sido dada, él se vio tan desesperado o lleno de cólera que
estuvo por no volver más a la ciudad de San Juan de los Llanos,
antes procurar despoblarla, lo cual pudiera fácilmente hacer; pero
como él había sido el fundador de ella y a quien más infamia se le
seguía de su despoblazón, perdiendo el enojo que tenía se volvió a
ella y llevando nuevo socorro de ganados y gente, la sustentó y ha
sustentado hasta que se le otorgó la jornada que pretendía, de la
cual se dirá adelante. De ella salió perdido y se volvió a vivir a
San Juan de los Llanos, donde ha estado sustentándola hasta el día
de hoy, aunque con trabajo suyo y de los españoles, porque los
indios y naturales de aquella provincia fueron después muchos menos
de los que al principio parecieron, porque las minas de oro no
salieron tan prósperas como pensaron y la muestra dieron, y así ha
sido este pueblo más destrucción y ruina de españoles que por ir y
venir a él y sustentarlo han perecido ahogados de ríos y muertos de
indios y de fieras, que en pro ni utilidad particular ni general,
|algunos de los cuales, por parecer sus muertes más juicio y
|castigo de Dios particular que sucedidas acá, se tratará en los
siguientes capítulos, para ejemplo de los que viven disoluta y
absolutamente y sujetos a sus desordenados apetitos, y asimismo de
algunas propiedades de los naturales y fuerza de animales que en
esta tierra se han visto.
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1
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En la esquina superior derecha de la primera página del libro
hay una nota que dice: "San Juan". La palabra "noveno" reemplaza a
|décimo, tachada. Véase nota 1 al libro 5º.
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2
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Desde aquí el texto está cubierto por un papel que le pegaron
encima, por lo cual su lectura es imposible. La parte ocultada por
el papel es casi el doble en extensión de la visible.
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3
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Las palabras "de un pueblo que se dice Quintanapalla, junto a
Burgos", están añadidas y escritas en el margen.
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4
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En el manuscrito se dejó un espacio en blanco. La palabra
"Uriaparie" fue escrita posteriormente por mano distinta.
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