INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
LIBRO NOVENO | 1 |

 
En el libro nono se escribe y trata de la población y fundación de la ciudad de San Juan de los Llanos, hecha por Juan de Avellaneda Temiño, y la discreción de aquella tierra y algunas cosas notables acerca de las culebras y fieros animales que ea ella se crían, con algunas costumbres y opiniones de los naturales e indios de ella y algunos particulares sucesos de españoles | 2 . |

 
| Capítulo primero En el cual se escribe cómo el capitán Juan de Avellaneda Temiño, por comisión que la Audiencia del Nuevo Reino le dio para buscar minas de oro, entró con ciertos españoles en la provincia de los Guayupes.
 

La ciudad de San Juan de los Llanos, puesta y poblada en las faldas y cordillera del Nuevo Reino, en las otras sus vertientes que corren o caen sobre los llanos de Venezuela, tuvo origen el año del Señor de mil quinientos cincuenta y cinco, gobernando el distrito del Nuevo Reino los oidores y licenciados Montaño y Briceño; y porque haya entera noticia de su fundación y de su fundador y de algunos particulares sucesos que en ella ha habido, es de saber que en compañía del teniente Nicolás Federmán, que por vía de Venezuela entró en el Reino, luégo que se pobló, según atrás queda dicho, y adelante más largamente se dirá, donde trataremos de la jornada de este Federmán, entró un soldado llamado Juan de Avellaneda Temiño, natural de España, de un pueblo que se dice Quintanapalla, junto a Burgos | 3 , el cual antes de juntarse con Federmán, había andado con el capitán Herrera en el río de Uriaparia mucho tiempo, y subido por él arriba más de doscientas leguas con excesivos trabajos de hambre y necesidades y guerras y otros infortunios que en aquella jornada se pasaron, y salido de allí entró por la tierra adentro de Cubagua en compañía de Jerónimo Ortal, donde después de haber caminado mucho tiempo por provincias y tierras incógnitas y obscuras y muy estériles y faltas de comida, vino a salir a las provincias del Tocuyo y Barquisimeto con los capitanes Nieto y Alderete, donde se juntaron con la gente de Nicolás Federmán, y los capitanes fueron enviados a Coro, y los soldados que quisieron seguir a Federmán le siguieron y vinieron con él a este Reino.

De estas dos jornadas, asimismo que he referido del río de Uriaparia y de Jerónimo Ortal, se da entera noticia en la segunda parte de esta historia, pues como Juan de Avellaneda hubiese andado y peregrinado por tantas tierras y provincias cuantas en el proceso de la historia referida se podrá ver, y al tiempo que con el teniente Federmán hubo de entrar en el Reino, atravesó por una provincia de indios llamada Guayupes, que está en aquella vertiente de la cordillera que he referido, donde comúnmente los españoles solían llamar el pueblo de Nuestra Señora.

Pareciole la tierra de buena disposición para tener minas de oro, y en ella había cantidad de naturales, aunque no muchos, los cuales después vinieron a ser menos, porque como todas las compañías de españoles de Coro salían antiguamente a descubrir que venían bajando la sierra, iban a parar y descansar en esta provincia de estos Guayupes y pueblo de Nuestra Señora, y en aquel tiempo se hacían esclavos los indios, y demás de esto no tenían casi por escrúpulo matar ni maltratar ni cargar ni sacar de sus naturales los indios, fueron estos pobres Guayupes muy arruinados y destruidos, así de sus personas, mujeres e hijos como de sus casas y haciendas, porque antes de Federmán estuvo en ellos alojado el gobernador Jorge Espira con más de trescientos hombres, muchos días, y después de él este teniente Federmán con ciento setenta hombres, y después de Federmán estuvo Hernán Pérez de Quesada, que salió del Reino en demanda del Dorado con más de doscientos hombres y más de ocho mil indios Moxcas que son ruina y asolación de todo lo que por delante topan, y después de Hernán Pérez de Quesada estuvo el general Felipe de Utre con otros cien hombres, y toda esta gente se sustentaba el tiempo que en esta provincia de los Guayupes estaba, de lo que los míseros indios tenían para su sustento, y cada cual de estos capitanes y de sus soldados procuraron haber y tomar los indios que podían de esta provincia y nación, para que les sirviesen; pues gente que tan combatida fue y tan salteada y llevada en cautiverio, imposible es que quedase mucha de ella |vivos, pues… porque si aquel blasón… que decía llanos…, y porque considerados los daños que en aquellos tiempos se hacían en los indios tan libre y atrevidamente, es imposible que estos Guayupes, habiendo estado en ellos las compañías de gentes que he referido, no dejasen de ser tan atribulados y destrozados cuanto he significado y mucho más.

Esta tierra le pareció bien, como he dicho, a Juan de Avellaneda, por tener disposición de minas de oro, y aunque el defecto de los pocos naturales le tuvo mucho tiempo resfriada la voluntad de ir a poblados o pedir licencia para ello, la gran voluntad y deseo que de como suelen decir, acrecentar honra tenía, avivó su memoria, y su memoria a la ambición, de suerte que por no hallar otra salida mejor donde ir a poblar, fue inclinado a pedir esta jornada de los Guayupes, y aun para que se la diesen los Oidores, la pidió so color de ir a buscar minas de oro |y déscubrirlas; y así fue que en el año dicho de cincuenta y cinco, habiéndole concedido a Juan de Avellaneda Temiño comisión para ir a buscar minas de oro hacia aquella provincia de los Guayupes, juntó en la ciudad de Santafé, donde a la sazón él era vecino y encomendero de indios, veinticinco españoles con los cuales, después de haber gastado alguna parte de su hacienda en aviarIos y pertrecharlos de las cosas necesarias, se metió la tierra adentro, tomando la vía de los Guayupes y atravesando la cordillera del Reino, que es muy alta y frigidísima, fue a dar a una poblazón de indios que estaba al principio y entrada de los Guayupes, cuyo principal o cacique se decía Marizagua, persona de mucha estimación entre aquella nación Guayupe, al cual Juan de Avellaneda trajo a su amistad por mano de un Juan Gutiérrez de Aguilón, que entendía muy bien aquella lengua y era encomendero de otro cacique o principal que más cercano a Santafé estaba, ya de muchos días atrás, puesto en la servidumbre y feudo de los españoles, a quien llaman Paz.

Este principal de la encomienda de Aguilón tenía antigua contratación y amistad con el cacique Marizagua, que iba asímismo con Juan de Avellaneda y la demás gente, por cuya intercesión y a importunación de Avellaneda, el cacique Marizagua envió a hablar a ciertos principales de los Guayupes, llamados Yayay, Quere, Camaxagua, haciéndoles saber cómo estaban allí en sus pueblos los españoles dichos que pretendían pasar adelante a sus poblazones a vivir entre ellos, y que según con él las muestras había dado, era gente que ni hacía ni pretendía hacer ningún mal ni daño a los indios, antes les trataban bien y amigablemente y les daban de lo que tenían, entre los cuales venía Aguilón, español a quien él tenía particular amistad y voluntad, y entendía que les sería favorable, y de que el principal o capitán de los españoles deseaba verlos en su amistad, que le parecía qué debían ganarle por la mano y ser su amigo y venirle a visitar, pues después de fuerza o de grado lo habían de venir a hacer.

Estas palabras del cacique Narizagua, aunque por terceras personas dichas, pudieron tanto con los caciques y principales de los Guayupes, que a la hora que a sus orejas llegaron se partieron cada cual con los más indios que pudieron para donde Avellaneda estaba, del cual fueran recibidos ámigablemente y exhortados y rogados para que les fuesen perpetuos y leales amigos y tributarios, y dándoles algunas cosas de rescates de españoles, como son cuentas de vidrio y cuchillos, los indios y principales les prometieron de serles amigos y de hacer todo lo que les mandasen sin exceder en cosa ninguna, dando muestras de todo contento y alegría en saber y entender que iban a vivir entre ellos.

El cacique Narizagua intercedió y terció en esta confederación y amistad todo lo que pudo, que fue mucha parte para ello. También como Aguilón, español, era persona que entendía muy bien la lengua de estos bárbaros, y les hablaba más desenvueltamente palabras regaladas y amorosas, hízose de todo punto fija la amistad, con lo cual se partió Avellaneda y los demás españoles que con él estaban, del pueblo de Narizagua adelante, llevándoles los indios Guayupes que allí habían venido con los principales arriba nombrados, todo su fardaje; y para que la paz y amistad de estos bárbaros fuese enteramente guardada, y la de los demás mejor se pudiese conseguir y alcanzar, mandó Avellaneda por pregón y ordenanza pública, con graves penas sobre la observancia de ella, que no se les tomase a los indios ninguna cosa de sus haciendas ni labranzas, ni se les maltratasen sus personas, ni en sus casas entrasen ningunas personas, y que la comida se les comprase con cuchillos y cuentas y otras cosas de poco valor que los indios tenían en mucha estimación, con la cual manera de mercado y feria, y con ver que no se les hacía ningún daño ni se les tomaba cosa alguna por fuerza, no sólo se afirmaron y conservaron en la paz y amistad de los españoles, pero persuadieron en breve tiempo a todos sus comarcanos y vecinos a que hiciesen lo mismo, y así, mediante esta buena orden, en breve tiempo tuvo Avellaneda todos los indios Guayupes de paz y sus amigos puestos en su sujeción; y caminando por sus tierras y poblazones, bien servido y acompañado de los naturales y de sus principales, fue a alojarse en las tierras del cacique Comazagua, poblado en las riberas del río Ariare de la otra banda de él, y Avellaneda y los demás españoles se alojaron en la ribera del propio río Ariare, antes de pasarle ni llegar al pueblo del cacique Comazagua, por quitar la ocasión de que algún soldado se desmandase a hacerle daño.

Convínole reposar en este alojamiento algunos días a Juan de Avellaneda, por traer algo cansados y maltratados del camino los soldados, porque como la bajada de la cordillera es tan larga y todo lo más de ella montañas, érales necesario abrir el camino para que los caballos pasasen, y como el trabajo era mucho, y los soldados entre quien se repartió pocos, sintiéronlo como era razón.

En este tiempo de Requiem, Avellaneda procuró informarse de los naturales si sabían, de minas de oro, y él asimismo consideró la disposición de la tierra, y a qué parte de ella había mejores señales y muestras de minas de oro, porque como había mucho tiempo que con Federmán pasó por ella, érale necesario de nuevo recorrer no sólo la memoria de lo pasado, pero todo lo que había andado para dar con la quebrada o río en que se había visto apariencia o señal de oro. Los indios, como en esta provincia jamás lo acostumbraron sacar, no supieron dar razón de lo que se les preguntaba, y así estaba el negocio más ciego y obscuro de lo que Avellaneda quisiera.

 

|Capítulo segundo En el cual se escribe la principal causa por que los indios Guayupes no tuvieron guerras con el capitán Avellaneda y con los que con él entraron, y las causas por qué entre otros naturales, después de dada la paz, se intentan novedades, y cómo Avellaneda envió un caudillo a descubrir minas de oro, y fueron descubiertas.

Algunas personas habrá que de parte del odio y aborrecimiento que justamente tienen contra los crueles y crueldades hechas a los indios al tiempo de entrar a poblar en nuevas provincias, viendo la moderada entrada que Avellaneda y sus soldados tuvieron en estos Guayupes, y la facilidad con que fueron atraídos a la amistad de los españoles y conservados en ella, les parecerá que todos pudieran haber hecho lo mismo y excusado las guerras y otros incendios y muertes que en otras partes se han hecho, usando de aquestos medios de que Avellaneda usó, o atribuirán esta pacífica entrada a la buena fortuna del capitán o a la buena condición y moderación de los naturales. Ninguna de las tales cosas, ni aun los medios ni ruegos del cacique Narizagua ni la presencia de Aguilón y de su principal causaron entero efecto en lo dicho ni fueran parte bastante para excusarse estos indios de recibir algún daño.

La causa principal de haberse humillado y pacificado tan presto fue los grandes y excesivos trabajos en que en los tiempos pasados se habían visto con los españoles y compañías ya referidas, que en esta provincia o parte de ella estuvieron, donde habían sido bastantemente conquistados y redomados y esquilmados, y cómo supieron que Avellaneda y los demás españoles iban a residir y vivir entre ellos, y tenían ya noticia, por interpretación de los indios Moxcas de Santafé, cómo donde los españoles poblaban no consentían que se sacasen los naturales para ninguna parte, antes los defendían y amparaban de quien mal les quería hacer, y temiéndose estos Guayupes que por vía de Venezuela no viniesen a su territorio algunas compañías de gentes como antes habían hecho, y los acabasen de destruir, tuvieron por bien de recibir amigablemente en su compañía y tierra a estos españoles, para que cuando fuese menester los defendiesen y conservasen, demás de que, como he dicho, tenían bastante experiencia del rigor, fuerzas y trabajos de los españoles, a los cuales, para excusarse de sus manos, ni era bastante el defenderse ni el huírse ni esconderse, porque hasta en las cavernas y escondrijos de la tierra, donde sus mayores, huyendo de las calamidades pasadas, se habían escondido, habían sido hallados y descubiertos de los españoles.

Y así estas causas fueron las principales que a estos bárbaros atrajeron a la amistad de los españoles y al yugo de la servidumbre, porque el remedio de dádivas e intérpretes y halagos y buenos tratamientos, muchos capitanes lo han usado, y aun entiendo que todos los más, pero como los indios sean de entendimiento tan rústico y bárbaro, y nunca habían otras veces llegado a saber y conocer hasta dónde llegan las fuerzas y armas de los españoles, a la hora imaginan que aquella entrada en su tierra con ruegos y halagos y dádivas y buenos tratamientos, es por temor que les tienen los españoles y por ser menos poderosos que ellos; y de aquí, cuando los españoles piensan que los tienen de paz y en su amistad, los hallan sobre sí con las armas en las manos; de donde vienen a tener principio las guerras y ser prolijas, porque aunque en el primer recuentro sean desbaratados y ahuyentados por los españoles, nunca entre ellos falta un mohán embaidor, que es el intérprete que habla con el demonio, que a instancia del propio demonio, que desea ver de todo punto la ruina y perdición de los míseros indios, el cual les persuade a que sigan la guerra con obstinación y que habrán victoria, porque sus simulacros se lo dicen, de donde vienen los bárbaros a seguir con obstinación la enemistad contra los españoles y hacerles cada día acometimientos para echarlos de la tierra, donde nunca dejan de volver menos de los que entraron en la lid, y ya que por vía de guerra no los pueden echar de la tierra, el demonio, por mano de sus mohanes y farautes, les dicen que se retiren y escondan y aparten de los españoles a partes remotas y escondidas, donde muchos de ellos vienen a morir de hambre, y yéndolos a buscar los españoles para atraerlos a su amistad y quitarles el miedo que tienen, son inducidos a tomar las armas para se defender, y así nunca les faltan modos cómo se perder y destruír, y aunque sea verdad que no haya causa ni razón legítima para que los españoles se entremetan en forzar a los indios por estos modos, a que vengan en su amistad, pues de ellos se siguen los daños que he referido y es notorio, pero algunas veces es necesario para la conservación de los indios amigos y que están ya debajo del dominio y amparo real, los cuales muchas veces por este respeto reciben daño de los otros bárbaros sus vecinos que están rebeldes y causan daño, como he dicho, a los amigos, y aun a las veces ponen por su rústica desvergüenza y atrevimiento en riesgo los pueblos de españoles, de despoblarse y de que entre los indios amigos se pierdan y escurezcan los tiernos principios que hay de fe católica.

Y es cierto que los más pueblos que se han poblado en los confines de este Reino después de su primera conquista y pacificación, ha sido el principal intento y fin de los que lo han enviado a poblar el conservar en paz y amistad a los indios amigos y sujetos al dominio real y librarlos de los daños que por los indios sus vecinos les son hechos, y así algunas veces han sido causa en este Reino las naciones comarcanas, en tiempo que estaban indómitas y vivían en su libertad, de que se ordenasen e intentasen novedades entre los naturales Moscas para haberse de alzar generalmente y matar a los españoles de todos los pueblos, porque los rebeldes con amenazas y temores muchas veces los promovían a esto, y siempre que se puebla un pueblo de españoles, como la tierra es larga, después de que se han domado los rebeldes que causaban daño a los amigos y feudatarios del pueblo primero, a los indios que se han sujetado por esta causa luégo los persiguen otros sus vecinos que viven en su libertad, y los damnifican, por donde los jueces o superiores, para conservar y sustentar el segundo pueblo y los naturales de él, permiten que los vayan a pacificar, a donde proceden luégo las guerras referidas por inducimiento del demonio más que por propia voluntad de los indios, porque aunque hay hombres de ánimos crueles, no serían bastantes sus fuerzas de éstos a interrumpir la buena orden si los indios no ofreciesen las ocasiones en las manos, las cuales, como he dicho, ofrecen más por persuasión del demonio, enemigo suyo y nuestro, que por defender su libertad, porque claro está que si en las pacificaciones modernas, donde los capitanes y soldados, por temor de las residencias y castigos que les han de sobrevenir, procuran evitar todo lo que en sí es posible los daños y malos tratamientos, y con toda diligencia y a costa de rescates que llevan y dádivas que a los indios dan, procuran traerlos a su amistad, conservándoles en la mayor parte de la libertad que siempre tuvieron, y aun en toda, porque nunca a los principios se les impone a los indios tanta carga de servidumbre como después, andando el tiempo, que lo más a que se extienden es a que se les hagan labranzas de maíz para su sustento, y algunos bohíos que se hacen con facilidad, y aun esto muchas veces se les paga. Luego síguese que el tomar las armas los indios en semejantes tiempos que no es por conservar su libertad, la cual ellos defenderían muy justamente, sino por las persuasiones referidas del demonio, lo cual se ha sabido claramente de los propios indios después de pacíficos, y si esto es bien o mal hecho, o justo o injusto, júzgenlo los teólogos y canonistas y personas doctas que lo entienden, porque aquí mi intención no es de aprobar ni reprobar ninguna cosa de éstas, pues es materia muy distinta de la que voy tratando. Sólo ha sido miintento en esta parte dar claridad y noticia de lo que en este Reino he visto, oído y entendido; porque de todo lo escrito en esta historia, parte de ello he visto por mis propios ojos y parte he sabido de los propios que a ello se han hallado, y pues la materia que al principio de este capítulo comencé queda con sus circunstancias medianamente declarada, y en lo que fuere falta se podrán hallar en algunas partes del discurso de la escritura, tornaré a lo principal que en este libro voy tratando de la poblazón de San Juan de los Llanos.

Después que el capitán Avellaneda hubo con sus soldados algunos días descansado en el alojamiento que hizo riberas del río Ariare, envió un caudillo con parte de la gente española que con él estaba que fuese el río arriba de Ariare cateándolo hacia sus nacimientos y viese si llevaba oro, porque en aquella parte donde Avellaneda estaba alojado iba el río caudaloso y no daba lugar la mucha agua a que se viese si llevaba oro; y el caudillo y los españoles se partieron el río arriba, llevando consigo negros e indios buenos lavadores y sacadores de oro, y todo e recado para sacarlo, como son bateas, almocafres, barras y azadones; y siguiendo el río Ariare arriba, apartado distancia de una jornada de donde Avellaneda había quedado, catearon el río y lavando del cascajo que en la madre de él había, hallaron muy buen oro, y lo mismo hallaron fuera del río, en sus riberas. Sacose oro muy granado y fino, que tenía a más de veinte quilates. Sacáronse puntas del río en estas primeras catas de a ocho y diez pesos cada una. Es oro que su bajeza y menos valor es sobre plata, que es tenido por mejor que el que la tiene sobre cobre.

Tiene este río Ariare sus nacimientos en los páramos que llaman de Fosca y Pasca, que es lo alto de la cordillera más cercana a ciertos pueblos de indios Moscas, llamados de este nombre Fosca y Pasca, de donde fueron los páramos llamados así, y también porque los indios y naturales de estos dos pueblos van a hacer sus monterías de venados y conejos a estos páramos, de los cuales se crían en mucha cantidad; y bajando este río Ariare de la cumbre y alteza de estos páramos se despeña con gran ímpetu por entre unas sierras muy fragosas y ásperas, que lo más del año están cubiertas de nieve, y desembocando de estas sierras como de una angosta canal, da en tierra algo llana y asentada por donde el río va con menos velocidad que en las partes dichas, aunque no deja de llevar muy gran corriente, tanto que por ella y por las grandes piedras donde se hallaron estas minas hay no se ha sacado gran cantidad de oro, porque según afirman algunos experimentados hombres que tienen conocimiento del descubrir y labrar minas de oro, juzgan por ciertas conjeturas ir este río por la madre y canal del lastrado de oro, y por defecto de su gran corriente y mucha agua y gran cargazón de piedras, no se puede sacar aunque en ello se ha puesto la diligencia posible. El agua de este río es delgada y muy dulce y gustosa. En lo llano se junta con el río Uriaparie | 4 . Es todo él muy abundante de todo género de pescados de buen sabor y comer. Hácense en él grandes pesquerías, así por los indios como por los españoles.

El caudillo y sus compañeros, después de haber sacado cierta cantidad de oro, para certificación y muestra de que en aquel río lo había, se volvieron a donde Avellaneda estaba, donde después de haberse visto por todos una tan buena muestra de oro como fue la que allí de prima faz se sacó, no hubo hombre español de los que allí estaban que no se juzgase por muy feliz y bienaventurado en haber entrado en aquella tierra, porque imaginaba en sí que en breve tiempo se había de hallar señor de tanto oro cuanto hubiese menester para irse a su tierra y hacer un buen mayorazgo, y así fue celebrada esta primera muestra de oro y descubrimiento de las minas con mucho contento y alegría de todos los españoles y de su capitán.

 

Capítulo tercero En el cual se escribe cómo el capitán Avellaneda dio noticia de las minas y tierra de los Guayupes a la Audiencia del Nuevo Reino, y le fue dada comisión para que poblase, el cual pobló la ciudad de San Juan de los Llanos, y cómo fue mudada diversas veces hasta ponerla donde al presente está, y la venida de Avellaneda a la Audiencia a dar cuenta de lo que había hecho y a pretender comisión para hacer otra jornada.

Juan de Avellaneda, luégo que las minas fueron descubiertas propuso de dar noticia de ello a la Audiencia, para que se le diese licencia, facultad y comisión para poblar; pero los demás españoles que con él estaban, juzgando ser el oro de las minas mucho y no muy trabajoso de sacar, parecíales que demás de ser cumplimiento superfluo el que Avellaneda quería hacer en dar aviso y pedir licencia a la Audiencia, era en su perjuicio, porque como en el Reino y ciudad de Santafé se diese noticia de las ricas minas que se habían descubierto y de la quietud de los naturales, habían de pretender algunas favorecidas personas ir a gozar de lo que ellos habían descubierto y pacificado y merecían justamente poseer, y así comenzaron a decir al capitán Avellaneda que era muy temprano para dar aquel aviso, y que sin esperar licencia de la Audiencia podían poblar y repartir los naturales entre ellos, pues en ello no se cometía ningún delito, y que cuando la tierra tuviese más asiento, y ellos algún posible, se podría muy bien hacer lo que el capitán pretendía; pero Avellaneda, considerando el daño o daños que de hacer lo que los soldados le decían se le podía seguir, y   demás de esto la poca gente española que consigo tenía y la vuelta que los indios suelen dar e intentar novedades, la cual si estos Guayupes dieran estando entre ellos no más de los veinticinco españoles que Avellaneda había metido, los podían acometer a tiempo que los hallaran divididos y les hicieran y causaran harto mal y daño, y aun por ventura los mataran a todos, y así se resumió en poner por obra su primera determinación y enviando por mensajero y faraute del negocio a un Antonio de Robles con sus cartas y muestras de oro, que cierto era buena y de estimar, le dio instrucción de lo que había de pedir en la Audiencia y hacer en la ciudad de Santafé para atraer así gente y soldados.

Llegando Robles a Santafé los oidores Briceño y Montaño lo recibieron alegremente, y pareciéndoles muy bien la muestra del oro y que labrándose y sustentándose las minas sería cosa de que se seguiría gran utilidad y provecho a toda la república y quintos reales, le enviaron y dieron luégo comisión a Avellaneda para que en aquella provincia de Guayupes poblase un pueblo de españoles, nombrándolo a él por su teniente y justicia mayor y dándole comisión para que repartiese los naturales entre los españoles que en el pueblo hablan de permanecer, haciendo de ellos apuntamiento o repartimiento y enviándoselo para que si les pareciese lo confirmasen, y juntamente con esto procuraron que con Antonio de Robles se juntase alguna gente española para que fuesen a ayudar a los que con Avellaneda estaban a sustentar más seguramente la tierra, con cuyo favor y calor Robles juntó veinte hombres, y habidas sus provisiones y recados se volvió a la provincia de los Guayupes, donde Avellaneda estaba. Fue alegre su llegada, así por los buenos despachos que se le habían dado como por la compañía que consigo llevaba.

Avellaneda, luégo que vio la comisión que la Audiencia le enviaba, pobló en el propio sitio donde estaba alojado, en las riberas del río Ariare, un pueblo al cual llamó San Juan, por haberle poblado víspera del bienaventurado San Juan Bautista, del año de cincuenta y seis, y llámase de los Llanos por estar poblado junto a los llanos de Venezuela. Poblola en este sitio, con aditamento de mudarla a otro lugar mejor que conviniese, que es común usanza de pobladores en las Indias, porque nunca en la primera vuelta que por la tierra dan ven enteramente todo lo necesario y buen acomodo que hay en la tierra, y después, andando el tiempo, vienen a tener conocimiento y noticia de mejores sitios y lugares donde mudan y fijan sus pueblos. Las ceremonias con que estas poblazones se hacen y fijan no será necesario decirlas ni repetirlas en este lugar, pues en diversas partes atrás de esta Historia se hallarán escritas, y lo mismo la elección que el capitán hace cuando puebla de alcaldes y regidores y otras circunstancias que las tales poblazones traen consigo.

Avellaneda se detuvo con su pueblo en este alojamiento del río Ariare algunos días, hasta que acabó de ver y repartir los naturales entre los españoles que consigo tenía, haciendo de ellos su repartimiento y apuntamiento general, después de lo cual, por ser este sitio muy bajo y ahogado, sujeto a los vapores y neblinas que del río e inundaciones suyas se levantaban, que lo hacían enfermo, se mudaron de común consentimiento siete leguas más adelante, a la tierra de un principal o cacique llamado Caure, que pareció ser tierra más alta y escombrada y rasa y airosa y fresca. Púsose el pueblo a las faldas de unas sierras altas, a la parte del poniente de ellas, las cuales hacen cierta abra o boquerón por donde desembocaba obre el pueblo de los españoles el viento vendaval tan recio y frigidísimo que parecía ser muy perjudicial a la salud y vivienda de los españoles y naturales, por cuya causa determinaron los vecinos de pasarse tres leguas más abajo, al sitio donde al presente está, que es a las riberas del río llamado Guape. Es este sitio sano y de buen temple y aires incorruptos, y de grandes sabanas y campos rasos, abundosos de caza de venados, bien proveído de agua, hierba y leña, que todo lo tienen cerca del pueblo.

Este sitio, donde esta ciudad fue fijada y al presente está poblada, es apartado una legua del pueblo que en esta provincia llamaron de Nuestra Señora los españoles, como van de este pueblo de Nuestra Señora a la ciudad de Santafé, de donde está apartada esta ciudad distancia de cuarenta leguas hacia la parte del sur saliendo de Santafé, y cae su poblazón y provincia a las espaldas de los pueblos de Ubaque, Fosca y Pasca, que, como he dicho, es gente Mosca y de los términos de Santafé.

El capitán Avellaneda, fijado el pueblo en la parte y lugar dicho, y dado la mejor orden que pudo para que aquella tierra tuviese asiento y los naturales fuesen conservados en su paz y amistad, y los españoles les hiciesen todo buen tratamiento, se vino a la ciudad de Santafé a dar cuenta a la Audiencia de lo que había hecho y era la tierra, y a que le confirmasen el repartimiento que de los naturales en los españoles hizo, y a que se le diese otra nueva conducta o comisión para pasar adelante de la provincia de los Guayupes a ciertas provincias que se le habían dado por noticia, y poblar en ellas un pueblo. Los oidores le confirmaron el repartimiento que de los Guayupes habla hecho y le concedieron nueva comisión para juntar y hacer gente y proseguir la demanda y descubrimiento que pretendía, pero esto le salió en blanco Avellaneda, porque como ya, por virtud de la comisión que se le había concedido, hubiese comenzado a juntar gente para conseguir su jornada, le fue suspendida la comisión por la Audiencia, no se sabe si por alguna nueva comisión o provisión que de España hubiese venido suspendiendo las jornadas y nuevos descubrimientos y poblazones, o si por emulación de algunas personas que no estaban bien con Avellaneda, o de religiosos o personas doctas que viendo y considerando los daños que por algunos crueles y malos hombres se hacen y cometen en semejantes entradas, persuaden a los presidentes, oidores y gobernadores que no las den ni consientan hacer, demás de la nueva suspensión que el Rey tiene puesta en ello; y religiosos hay tan escrupulosos en este caso de las jornadas que a ningún soldado que tenga entero propósito de ir a ellas le quieren confesar ni oír de penitencia, por parecerles que todo el tiempo que el tal soldado está con aquel propósito de entrar y andar en jornadas, hallan no estar en buen estado, porque considerando cuán generales son los daños y males que en las jornadas se hacen y cometen, a todos los soldados que a ellas van, a los unos porque actualmente los perpetran y cometen, a los otros porque les dan favor y | auxilio, y a los otros porque se hallaron presentes a ello, mediante lo cual parece que aunque sus ánimos estuvieron apartados de aquellas crueldades y sus manos de los robos, en alguna manera dieron auxilio y favor a los malos por ir en su compañía, y así desechan de sí estos tales hombres sin quererlos oír ni absolver, lo cual a muchos ignorantes ha parecido demasiado rigor y estrecheza; y aun estos tales sacerdotes y religiosos, muchas veces no quieren confesar ni oír de penitencia a los que han andado en jornadas, por parecerles que pocas veces cumplen las restituciones que se les mandan hacer, y se les pasa un año y dos y diez sin hacerlas. El cual rigor también se extiende contra los encomenderos que son descuidados y negligentes en procurar lo que conviene a la doctrina y conversión de sus encomendados, y muy diligentes y solícitos en cobrar de ellos sus tributos y demoras tasadas, y algunas veces más de las tasadas.

Volviendo a lo que de Avellaneda iba tratando, como vio que le fue quitada y suspendida la comisión que para su nueva jornada le había sido dada, él se vio tan desesperado o lleno de cólera que estuvo por no volver más a la ciudad de San Juan de los Llanos, antes procurar despoblarla, lo cual pudiera fácilmente hacer; pero como él había sido el fundador de ella y a quien más infamia se le seguía de su despoblazón, perdiendo el enojo que tenía se volvió a ella y llevando nuevo socorro de ganados y gente, la sustentó y ha sustentado hasta que se le otorgó la jornada que pretendía, de la cual se dirá adelante. De ella salió perdido y se volvió a vivir a San Juan de los Llanos, donde ha estado sustentándola hasta el día de hoy, aunque con trabajo suyo y de los españoles, porque los indios y naturales de aquella provincia fueron después muchos menos de los que al principio parecieron, porque las minas de oro no salieron tan prósperas como pensaron y la muestra dieron, y así ha sido este pueblo más destrucción y ruina de españoles que por ir y venir a él y sustentarlo han perecido ahogados de ríos y muertos de indios y de fieras, que en pro ni utilidad particular ni general, |algunos de los cuales, por parecer sus muertes más juicio y |castigo de Dios particular que sucedidas acá, se tratará en los siguientes capítulos, para ejemplo de los que viven disoluta y absolutamente y sujetos a sus desordenados apetitos, y asimismo de algunas propiedades de los naturales y fuerza de animales que en esta tierra se han visto. |
 

1  En la esquina superior derecha de la primera página del libro hay una nota que dice: "San Juan". La palabra "noveno" reemplaza a |décimo, tachada. Véase nota 1 al libro 5º. |         
2 Desde aquí el texto está cubierto por un papel que le pegaron encima, por lo cual su lectura es imposible. La parte ocultada por el papel es casi el doble en extensión de la visible.
3 Las palabras "de un pueblo que se dice Quintanapalla, junto a Burgos", están añadidas y escritas en el margen.
4  En el manuscrito se dejó un espacio en blanco. La palabra "Uriaparie" fue escrita posteriormente por mano distinta.

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