|Capítulo décimotercero
En el cual se escribe cómo vuelto
Pedroso al Nuevo Reino pidió comisión a la Audiencia para ir a
poblar en las provincias de Gualí, Guasquia
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y
Mariquita, donde pobló la ciudad de San Sebastián de Mariquita, y
lo que sucedió en el ínterin que en ella estuvo Pedroso.
Era gobernador de Popayán, según se ha dicho, al tiempo
que todas estas cosas pasaban, el licenciado Francisco Briceño, el
cual, informado de lo que entre Cepeda y Pedroso pasaba y las
injusticias y agravios que a Pedroso se le habían hecho, le dio
licencia para que él libremente se fuese donde quisiese.
Volviose Pedroso al Nuevo Reino, y halló que no había en él
gobernador sino Audiencia en la ciudad de Santafé, en la cual
estaban por oidores los licenciados Galarza y Góngora, personas de
grande equidad y moderación. Fue Pedroso bien recibido de los
soldados que le habían seguido, y por ellos persuadido que
volviesen a la provincia de Mariquita y Gualí y las otras tierras
comarcanas a poblar un pueblo, pues la primera vez que con él
habían ido salieron a este efecto y por su desordenada codicia
habían pasado a donde hablan padecido las calamidades y trabajos
dichos. Certificábanle a Pedroso, y él lo conocía así, que pues en
la provincia de Tocaima, en el río del Venadillo, había
descubiertas minas de oro, que muy mejor se podrían descubrir
abajo, en las tierras de Mariquita, por tener la tierra muy mejor
disposición y comodidad para ello, según el conocimiento y
experiencia de algunos de los soldados que por aquella tierra
habían andado.
El capitán Pedroso, como halló tan entera voluntad en los
soldados, que eran los que habían de poblar y sustentar la tierra,
no fue en cosa ninguna perezoso, antes con la diligencia y
solicitud necesaria habló a los oidores que le diesen licencia y
conducta para que él pudiese volver con gente a aquella tierra y
provincias de Guau, por donde él había andado y visto y
descubierto, y que en ellas pudiese poblar un pueblo.
Concediéronle los oidores la facultad que pedía, y él, usando de
ella, juntó la gente que pudo, que serían hasta cuarenta hombres, y
con ellos se fue derecho, como hombre que ya sabía el camino, a la
tierra y provincia dicha, donde hizo y nombró sus caudillos y
comenzó a enviar soldados por las poblazones de los indios a
pacificarlos y traerlos de paz, y que corriesen y viesen los
naturales que en la provincia había, para que más cómodamente él
pudiese repartirlos entre los soldados, sin fraude ni engaño de
ninguno.
De las primeras salidas que se hicieron fue a la poblazón
llamada Vrina, cuyos naturales se juntaron y tomando las armas en
la mano vinieron sobre los españoles y acometiéndoles muy
briosamente les mataron a Juan López de Gamboa y a Villanueva y
otros dos anaconas, con que los indios cobraron muy grande ánimo y
los soldados españoles quedaron algo amedrentados y con temor de
que no les hiciesen más daño, porque aunque en esta primera
arremetida, con recibir el daño dicho, fueron rebatidos, los
soldados temieron
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que juntándose en mayor cantidad y
número de indios, tornasen a venir sobre ellos y les hiciesen doble
daño, y así se volvieron con más brevedad de la que quisieran a
donde Pedroso había quedado alojado con la demás gente. Fue en esta
salida por caudillo de la gente el capitán Gonzalo Díaz, gallego de
nación.
El capitán Pedroso, viendo el mal suceso de sus soldados, y que
sin dejar castigado el atrevimiento de los indios se habían vuelto,
tomó consigo una parte de los españoles y volvió a la poblazón de
Vrina, donde hizo algún castigo y estrago en los indios, de suerte
que, en pocos días, después de haber andado aquella poblazón y
otras a ella comarcanas, y holládolas con algún rigor, constriñó a
los naturales a que les saliesen de paz y les fuesen amigos y
feudatarios; y hecho esto en aquella parte de Vrina que parecía ser
más necesario, discurrió por toda la tierra y poblazones de ella, y
después de haberla andado y haberle salido de paz todos los indios
de ella, se volvió a su alojamiento, donde por el año de mil
quinientos cincuenta y dos pobló la ciudad de San Sebastián de
Mariquita en el sitio y lugar que hoy permanece, nombró sus
alcaldes y regidores y los otros oficiales necesarios para el
gobierno de la república. Fueron primeros alcaldes en este pueblo
Francisco de Arce y Juan de Barrios, entrambos de nación gallegos;
y como aun en esta sazón Pedroso no había repartido los naturales
entre los españoles, para que cada cual acudiese a su depositario o
a servirle, hizo de común venir al lugar donde se había poblado
gran cantidad de indios para que hiciesen las casas y bohíos de los
españoles, lo cual acabado, los bárbaros miraron en que en el lugar
no había muchos españoles, y que en su comparación de ellos eran
muy pocos, y pareciéndoles que si ellos se juntasen y los
acometiesen en dos partes, que los podrían a todos matar o echar de
sus tierras, consultáronlo entre sí y determinaron de hacerlo.
El orden que los bárbaros dieron para efectuar su maldad fue que
juntándose la mayor cantidad que de ellos se pudiesen juntar, se
partiesen en dos partes, y la una se emboscase junto al pueblo para
cuando fuese apellidada y llamada, y la otra viniese con su
disimulada cautela de paz al pueblo y dijesen a Pedroso que venían
a cavar y hacer alguna labranza en la parte que se les mandase, y
que así irían con los que habían de cavar algunos españoles a
situarles el lugar y tenían lugar de dar en ellos a su salvo y en
el propio tiempo harían lo mismo en el pueblo los de las
emboscadas, y los unos por un cabo y los otros por otro podrían
conseguir lo que pretendían; y con este acuerdo los bárbaros se
juntaron, y los unos se emboscaron y los otros entraron en el
pueblo con la demanda y cautela dichas.
Pedroso, considerando que comedimiento tan liberalmente hecho en
ninguna manera podía ser sincero ni llano, sino con algún doblez,
sacó cinco indios de entre los demás, que dijeron ser los
principales o caciques de la demás gente, y la otra turbamulta
envió con quince soldados algo apartados del pueblo, a una vega,
donde hiciesen la labranza que decían querer hacer. E idos éstos
apartó uno de los principales y preguntole la causa de su venida y
lo que los indios pretendían hacer. El bárbaro, sin ningún temor de
recibir castigo, dijo claramente lo que tenían ordenado y trazado
entre todos los indios, y cómo estaban emboscados muy gran cantidad
de ellos junto al pueblo. Apartó Pedroso a éste y tomó a otro de
los principales e interrogole sobre el hecho, y dio la misma
relación; y como fuese certificado de la traición, envió con
presteza a llamar los soldados que estaban viendo hacer la labranza
a los indios, los cuales venidos entregoles los cinco principales
para que a su voluntad hiciesen de ellos, de suerte que quedasen
castigados de su maldad y traidor atrevimiento y que en aquellos
fuesen asimismo castigados los demás delincuentes por no derramar
mucha sangre de aquellos indios que pretendían y querían conservar
para su servicio.
Los soldados tomaron los cinco indios, y a los tres ahorcaron y
a los dos empalaron, con cuyas muertes quedaron tan hostigados y
escarmentados los demás que nunca tornaron dende en adelante por
mucho tiempo a intentar ningunas novedades, especialmente los de
Gualí, Guasquia y Mariquita, mas desde en adelante vinieron al
pueblo a servir en doméstica servidumbre, lo cual, visto por el
capitán Pedroso, los repartió y dio en depósito a todos los que lo
habían trabajado en aquella tierra; y dejando por su teniente al
capitán Gonzalo Díaz, se vino a la ciudad de Santafé a dar cuenta
de lo que había hecho, a los oidores.
Gonzalo Díaz se dio a buscar minas de oro, y dende cierto tiempo
se descubrieron las que hoy en día se labran en el río y quebrada
de Gualí
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y en los cerros que ahora llaman el
Real Viejo 20, donde se ha sacado y saca mucho oro, y
fino.
|Capítulo décimocuarto
En el cual se escribe cómo con el
alzamiento general que hubo el año de cincuenta y seis se alzaron
también los indios de Mariquita y los de la isleta del río grande,
y cómo fueron todos pacificados.
Los naturales e indios de la provincia y poblazones de
Mariquita, desde el tiempo que he referido hasta el año sucesive de
cincuenta y seis, sirvieron a sus encomenderos pacíficamente, sin
haber ningún removimiento ni alzamiento entre ellos, aunque allende
de los otros servicios ordinarios que les hacían, como era labrar,
cavar, sembrar, sustentarles y hacerles las casas, les daban sus
hijos e hijas para que les sirviesen, no sólo en sus casas mas en
las minas, sacando oro.
Fue, pues, por fin del año dicho un alzamiento general entre
toda la gente de aquella nación Panches, que parece que por
influencia de algún astro o estrella de pésima constelación,
vinieron a un mismo tiempo a conspirar todos, comenzando desde la
provincia de Tocaima y aun desde los confines de Bogotá, donde
llega y participa esta gente Panche. Fue la conspiración
discurriendo por los naturales de Ibagué y Cartago y toda la
provincia de los Palenques, que es donde ahora están poblados los
pueblos y ciudades de Vitoria y los Remedios, y últimamente llegó
este planeta o sino a los naturales de la ciudad de Mariquita, los
cuales, siendo persuadidos de algunos de sus vecinos a que quitasen
la obediencia a sus encomenderos, como los indios de los otros
pueblos y ciudades comarcanas lo habían hecho, so color de que
siendo la conspiración general entre todos los naturales, habría
comodidad para arruinar los pueblos y echar los españoles de
ellos.
Los indios de Mariquita, como no eran menos amigos de novedades
ni enemigos de su libertad, que tan de veras en esta general
rebelión se les prometía, comenzáronse a alzar y abstenerse de
servir a los españoles, según antes lo solían hacer; y para poner
pavor y amedrentar de veras a los españoles, comenzaron a tomar las
armas en las manos y a venir sobre el alojamiento y ranchería de
las minas del oro, dando algunas guazabaras a los españoles que
allí estaban, procuraban impedir y estorbar que no se sacase
oro.
Los indios de la isleta del río grande, siguiendo en esto la
común opinión, mataron a Luis Bivas, su encomendero, caballero
natural de Medina del Campo
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, hijo del alcaide de la
Mota, estando entre ellos descuidado y pacífico, como otras veces
solía hacerlo, y con este malvado hecho comenzaron estos indios a
hacer obras que correspondiesen con su malvada intención y hecho.
Andaban por el río grande en canoas, salteando los navegantes y
caminantes, impidiéndoles que no pasasen por allí para arriba ni
para abajo, con lo cual impedían de todo punto la provisión de
vituallas para las minas, que por temor de no ser asaltados y
muertos de estos bárbaros, que a manera de piratas tenían con sus
canoas tomados los pasos del río por la una y otra parte de la
isleta, no había español que se quisiese aventurar a pasar el río,
y a esta causa casi habían cesado el labrarse las minas y el
sacarse de ellas oro, con lo cual, más que con otro género de
guerra, había más peligro y riesgo de despoblarse el pueblo.
Y viendo los vecinos de Mariquita que aunque habían muchos días
que habían enviado por socorro o facultad a la real Audiencia, con
que pudiesen castigar la rebelión y delitos cometidos por los
naturales, no les era dada respuesta ninguna y que en la tardanza
de atajarse y castigarse los delitos que los indios cometían había
evidente peligro, acordaron ellos por su propia autoridad
remediarlo y castigarlo, aunque con peligro de sus haciendas,
porque por muchos y muy justos respetos tenía la Audiencia
prohibido que las ciudades ni cabildos no enviasen a castigar
ningunos indios por graves delitos que hiciesen, atento a los
excesos que en el castigarlos se cometían, porque tanta pena se
daba al inocente como al culpado, y a las veces más y tanta al
delincuente como al salvo, y no había guardar tela ni término de
juicio en cosa ninguna, sino discurrir por las poblazones a hecho,
donde pagaban chicos y grandes, varones y mujeres, y atento a estas
severidades había la Audiencia castigado a algunos crueles hombres
que las habían cometido, y lo mismo hicieran en los vecinos de
Mariquita si hicieran algún castigo desordenado, por lo cual, como
he dicho, estaban temerosos y no se querían entrometer en castigar
sus rebeldes ni menos querían que su pueblo se perdiese.
Consultaron entre sí los vecinos lo que debían hacer para
allanar la isleta del río grande, que era donde más daño les venía,
y tuvieron por más sano y acertado consejo que el cabildo eligiese
un caudillo y alguacil que fuese a prender los culpados
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en la muerte de Luis Bivas y asegurar
el paso del río. Nombraron para este efecto de industria a un
Alonso, mozo o criado de un vecino de aquel pueblo, para que como
hombre suelto y que no tenía hacienda que perder, hiciese lo que le
pareciese en los indios, porque no hubiera persona ninguna que
caudal tuviera que quisiera aceptar el cargo de alguacil para aquel
efecto, temiendo el daño y pérdida que de ello se le podía seguir.
Hecho el nombramiento de Alonso por alguacil, se juntaron hasta
catorce vecinos con otros españoles criados suyos, y con las más
armas que pudieron de arcabuces, espadas y rodelas, se fueron la
vuelta de la isleta debajo del dominio y jurisdicción de Alonso, el
alguacil, en las canoas que hubieron menester, navegando el río
grande arriba, y llegados que fueron junto a la isla y queriendo
saltar en ella para allanarla y hacer lo que les convenía, fueron
rebatidos por la furia y canalla de los bárbaros que en aquella
isleta estaban recogidos, que entre naturales y forasteros serranos
que se les habían llegado y juntado, había más de seiscientos
indios de pelea, los más de los cuales todos eran flecheros, y con
sus arcos y flechas habían forzado a los españoles a que se
retirasen y no les entrasen en tierra, lo cual hicieron los
bárbaros con muy gentil denuedo y brío. Los nuestros se retiraron a
la tierra firme que más cercana tenían, y saltando en tierra
hicieron allí sus reparos para que las flechas de los indios
descubiertamente no les hiciesen daño ni mal alguno. Los reparos y
baluartes eran palos hincados en el suelo, y por lo alto de ellos
atravesadas varas de donde se colgaban todo género de mantas y
frazadas flojamente tendidas, para que dando en ellas las flechas
perdiesen parte de la furia y se detuviesen, de suerte que ya que
pasasen no les pudiesen hacer daño. Los indios, asimismo en su
isla, cerca del agua, hacían palizadas y palenques con algunos
hoyos o cavas donde los bárbaros se metían, y cubriendo alli sus
cuerpos tiraban más seguramente sus flechas contra los nuestros,
porque temían grandemente los indios el daño de los arcabuces, y
con estos reparos les parecían que estaban algo amparados y con
alguna defensa de las balas, y hacían harto más daño con esta su
manera de trincheras a los españoles que no los españoles a
ellos.
Estuviéronse algunos días cada cual en su puesto, sin que los
nuestros pudiesen ni osasen arrojares al agua en las canoas a
asaltar los enemigos, por la gran guardia que entre si tenían de
noche y de día en su isla; y como la navegación da las canoas es
tan frágil y peligrosa y el río tan hondabe, temían no les
sucediese alguna general desgracia que hiciese más irremediable el
daño y alzamiento de los indios; y así estuvieron muchas veces por
dejasr lo comenzado y volverse a su pueblo; mas vían y consideraban
que si no echaban los bárbaros de la isla y aseguraban aquel paso,
que ellos no podían vivir ni tener nmingún sustento, pues todo les
había de emanar de la labor de las minas, la cual en la manera
dicha impedían los indios.
Estando en esta confusión y aun alicción, vinieron a los
españoles muchos indios de pueblos comarcanos, que en lenguaje eran
diferentes de los isleños y por muchos respetos sus enemigos, de
quien deseaban haber y tomar particular venganza, porque como estos
indios de la tierra firme que se vinieron a ofrecer a los nuestros
pasaban muchas veces por el rio navegando por junto a la isla, los
indios isleños
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salían a ellos y los salteaban y
mataban y comían por ser de diferente nación y venedizos en aquella
tierra y poblados en ella tiranamente, porque por cierta seca que
en tiempo de sus mayores hubo en tierras muy apartadas de este rio
donde la prosapia de estos bárbaros era natural, habían venido muy
gran cantidad de gente retirándose al río grande, en cuyas riberas
hicieron asiento; y como los pasados de los isleños eran naturales
de las riberas del río, quisieron echar los venedizos de sus
tierras, y como eran muchos no pudieron y así se sustentaron con
continuas guerras y enemistades que entre ellos había.
Hecha, pues, confederacion y alianza entre los españoles y los
indios, los unos con las flechas y los otros con los arcabuces,
comenzaron a dar continua batería desde donde estaban los enemigos;
pero de ninguna cosa les prestaba ni ningún efecto hacían con ello,
por estar los indios de la isla tan fortificados y reparados como
estaban. La última determinación que los nuestros tomaron y que
más les prestó, fue atar en algunas flechas algunos botafuegos o
mechones hechos de trapos viejos llenos de azufre y otros betunes
que avivan el fuego, y encendidos los tiraban a las casas de los
indios, de donde resultó pegarse fuego en algunos bohíos, y los
indios, no pudiendo apagarlo acudiendo a matarlo, eran malamente
heridos de las flechas y arcabuces de los nuestros. El viento que
corría era recio, com lo cual se hizo en breve tiempo el incendio
de los bohíos irreparable y empecible a los enemigos y andaban
todos turbados y alborotados, procurando por todas las vías y modos
a ellos posibles remediar el fuego.
Los nuestros, aprovechándose de la ocasión que en las manos
tenían, con increíble presteza saltaron en las canoas y pasaron a
la isla, sin recibir ningún daño ni que por los enemigos les fuese
hecha ninguna resistencia. Acrecentose con esto la turbación y
aflicción de los de la isla, de tal suerte que tomaron por mejor y
más saludable consejo arrojarse al agua que rendirse a los
españoles, y así, unos nadando y otros asidos a palos y otros a sus
compañeros y hermanos, los hijos a los padres, las criaturas con
sus madres y muchas indias con dos y tres niños cargados, todos
iban navegando o hechos boya el río abajo, y unos salían a tierra,
otros se sumían y hundían en el agua por no saber nadar, otros eran
arrebatados de la crueldad de los caimanes y de otros pescados y
sumergidos en lo hondo del río, y así cada cual había vario suceso
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, según le ayudaba y favorecia su
fortuna; pues de otros muchos indios e indias y criaturas que
defendiéndose con obstinación quedaron en los bohíos, no sé qué
decir, sino que alli perecieron abrasados del incendio gentes de
todo sexo, y así fue mucha la gente que con este asalto y saco
pereció, de suerte que nunca más se volvió a poblar este lugar de
sus propios naturales ni de otros ningunos.
Sucedió este cruel suceso o hecho la víspera de San Juan del año
de cincuenta y siete, y el caudillo o alguacil Alonso, quedando muy
ufano de esta victoria, dende a pocos días pagó su maldad en poder
de unos indios que más debajo de esta isla, en la ribera del propio
río habitaban, que dándole cruel muerte administraron la ejecución
de la justicia.
Para el castigo de Ibagué y Tocaima y Mariquita fue proveído por
la real Audiencia el capitán Asensio de Salinas, que con la gente
necesaria corriese estas provincias, el cual, después de haber
asegurado las que más necesidad tenían, que eran las de Ibagué y
Tocaima, se vino con la gente y soldados que a su cargo tenía a las
provincias de Mariquita, y segúin dicen algunos, a ruego de los
propios vecinos; pero desque junto a su pueblo los vieron, con la
turba de soldados que consigo traía. Salinas, lo mas cuerdamente
que pudo, sin dar ocasión de escándalo ni tumulto, porque algunos
de sus soldados lo deseaban, se fue a la provincia de Gualí, donde
anduvo algunos días pacificando aquellos naturales con daño y
riesgo suyo y de sus soldados, por ser los indios muy beliciosos y
la tierra aperísima, sin poderlos domar y pacificar, y de aquí pasó
con los que le quisieron seguir a la provincia de los Palenques,
donde pobló la ciudad de Vitoria, según que adelante se contará, y
dende en adelante los naturales de Mariquita han estado muy
pacíficos y amigos de los españoles, y las minas siempre se han
labrado y beneficiado y sacado de ellas oro. Ha habido en este
pueblo diversos corregidores hasta este nuestro tiempo, de los
cuales hay poco que escribir, porque solamente se ocuparon en la
administración de la justicia pública y no en guerras ni otros
sucesos de indios. Sólo don Antonio de Toledo, siendo alcalde el
año de sesenta, salió con gente y pobló la villa de La Palma, de
cuya conquista y población adelante se dirá.