|Capítulo décimo
En el cual se
escribe de cómo algunos soldados de los de Pedroso, con consejo de
su capitán, se salieron de noche la vuelta del Reino, y cómo Cepeda
envió tras ellos a Narváez, su maese de campo, con cuarenta
hombres, y los alcanzó, y matando algunos en cierta refriega que
tuvieron, volvió a los demás a poder del capitán
Cepeda.
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Juntos los dos capitanes esta segunda vez con toda la gente,
Pedroso, como en condición era naturalmente español, que su feroz
brío y codicia que siempre tienen de subir a lo alto y no consentir
superioridad, sentía grandemente, y no lo podía digerir, ni
disimular en su estómago, que Cepeda, con aquel paliado y honroso
título de libertad o de serle igual en mando y jurisdicción, con la
fuerza de su potencia lo tuviese casi sujeto, y que en el campo no
se hiciese cosa ninguna de lo que él quisiese ni mandase, aunque
era venerable y honrosamente tratada su persona.
Andaban asímismo los más de los soldados de Pedroso muy mustios
y desabridos, porque oían a sus oídos decir que Cepeda, ya que la
fortuna le pusiese en alguna próspera y rica tierra, pretendía y
aun tenía determinado de cumplir con ellos de palabra y
satisfacerlos con buenos comedimientos, y a los suyos repartir y
dar lo que en la tierra hubiese y se hallase, y con esto deseaban
grandemente hallar comodidad con que poder a su salvo salirse de la
sujeción que Cepeda tenía sobre ellos. Los que tenían este deseo
hablaron a Pedroso, dándole parte y descubriéndose a él, pidiéndole
parecer de lo que debían hacer; pero hallábase Pedroso tan
atalayado y mirado de sus contrarios, que en ninguna manera se
determinó a juntar los suyos y salirse con ellos, porque le parecía
que si con la pujanza que Cepeda tenía le seguía obstinadamente,
que no podía dejar de correr peligro su salud y la de otros muchos
amigos suyos, y así tuvo por mejor de aconsejar a los soldados que
parecer le pedían, que de noche se saliesen del alojamiento y
siguiesen su camino la vía del Reino y procurasen caminar
apresuradamente y dar noticia de lo que pasaba al licenciado Miguel
Díaz, para que si pudiese pusiese remedio en lo de su prisión y en
los demás agravios que le habían sido hechos; sobre lo cual
escribió cartas muy llenas de quejas para el gobernador y otros
amigos suyos que en el Reino tenía.
Juntáronse de la parcialidad de Pedroso veintidós hombres, y con
todo su servicio y baratijas se salieron de noche del alojamiento
sin ser sentidos de ningunos de los contrarios, ni aun fueron
hallados menos hasta el siguiente día que iba el sol bien alto, que
tuvo Cepeda noticia de ello y se quiso enojar y aun mover
coléricamente contra Pedroso, pero los sacerdotes y otras buenas
personas que en el alojamiento había mitigaron y moderaron
cuerdamente esta furia de Cepeda, y le hicieron que a lo menos
contra el capitán Pedroso no hiciese ninguna demostración de ella,
pues de tornar a romper los dos se habían de seguir mayores daños,
porque estos medianeros de paz claramente veían que algunos
sediciosos soldados que estaban mal con Cepeda, que eran de su
propia compañía y otros, deseaban públicas enemistades y
disensiones y que viniesen en rompimiento para poder ellos tomar,
cuando algún tumulto se moviese, venganza de sangre; y otros, que
aborrecían a Pedroso, deseaban que entre los dos capitanes hubiese
públicas enemistades y disensiones y viniesen en rompimiento para
poder ellos tomar venganza de sus intrínsecas pasiones y
enemistades, y demás de esto conocían que Pedroso era de ánimo
feroz y que no sufría a ningunas alteradas palabras que Cepeda le
dijese, sino que, respondiendo o replicándole, se había de encender
entre ellos un fuego dificultoso de apagar si no fuese con el
derramamiento de la sangre de muchos de los que estaban presentes,
porque tenían por muy cierto que si en esta sazón quisiese o
pretendiese Cepeda prender a Pedroso se le había de defender y le
habían de acudir muchos que secretamente eran de su opinión, donde
|hubiera la victoria quien la fortuna quisiere y no el que fuera
más poderoso
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Con las persuasiones de estas buenas personas, Cepeda no curó de
hablar sobre el caso a Pedroso, mas con toda presteza despachó a
Narváez, su maese de campo, con cuarenta hombres bien aderezados,
que fuese en seguimiento de los veintidós soldados que se iban la
vuelta del río grande para pasarse al Reino. Narváez caminó apriesa
porque llevaba los soldados desocupados, con solas las armas, y fue
siguiendo el rastro de la gente de Pedroso, que pretendiendo
encubrirse iban caminando por fuera de camino, y como llevaban
mucho volumen de piezas y cargas y con esto iban muy embarazados,
no sólo dejaban clara señal de la vía que llevaban, pero caminaban
muy despacio y descuidadamente para hombres que se iban retirando y
huyendo de sus enemigos y donde habían de llevar la mayor fuerza,
que era en la retaguardia, pues aquel era más peligroso lugar,
yendo tras ellos sus contrarios, aquella parte llevaban con menos
guarnición y defensa, porque solamente iban en ella dos soldados, y
el último, que era Andrés Báez, llevaba una lanza asida por el
hierro y arrastrando por el suelo tras sí a causa de ser espesa
montaña por donde iban caminando; y como los más delanteros
soldados que iban con Narváez llegasen sin ser sentidos hasta
hollar con los pies la lanza que Andrés Báez llevaba, quitáronsela
fácilmente y con ella misma le dieron ciertas lanzadas, de que
murió. El otro soldado, que era Alonso Márquez, se retiró dando
voces a los compañeros que iban algo delanteros, y significándoles
por ellas el aprieto en que se vía y el riesgo en que todos
estaban, les hizo volver atrás, a verse con la gente y soldados que
tras ellos había Cepeda enviado.
Juntáronse los unos y los otros muy cerca para haber de
ofenderse; pero antes de venir en rompimiento quisieron ver si se
podía evitar el daño presente, y así los de Cepeda, tomando la mano
en hablar, como más poderosos, comenzaron a persuadir a sus
contrarios que dejándose de la errada vía que llevaban, se
volviesen amigablemente a donde Cepeda estaba, pues el designio de
su capitán era aprovecharlos a todos y que fuesen a gozar de las
riquezas que la fortuna les ofrecía y casi les tenía puestas en las
manos, con que evitarían el daño que aunque futuro, podían hacer
cuenta que tenían presente, si no queriendo gozar de la clemencia
de su capitán, que significaban ser grande, se ofrecían con loca
aunque honrosa obstinación al cuchillo y muerte que se les daría
brevemente por la comisión que Cepeda les había dado, porque como
al tiempo que envió Cepeda a prender los soldados de Pedroso, que
iban huyendo de su doméstica tiranía, estuviese tan iracundo y
lleno de cólera, con precipitado ánimo dio mandamiento a todos los
que enviaba para que si los contrarios se defendiesen, los
matasen.
Los de Pedroso y Andrés Báez como más osado, respondió que en
procurar ellos su libertad ninguna ofensa ni injuria habían hecho a
Cepeda, pues ni le debían feudo ni por otra vía estaban obligados a
seguir su opinión, de la cual había dado muestras ser más rebelde y
tiránica que leal, pues con violencia de hombre liberal y libre les
había despojado de su capitán y les había forzado a que contra su
voluntad le siguiesen; y que pues de la severidad y grave dominio
de un hombre tan intolerable para ellos habían salido, que no les
parecía cosa acertada dejar de seguir su viaje e ir a tierra del
Rey donde los hombres gozaban de la libertad en que Dios inmortal
los crió, por volverse al yugo de la esclavonia. Narváez, maese de
campo, replicando y concluyendo para remitirlo a las manos si fuese
menester, concluyó diciendo que no quisiesen ser homicidas de sí
mismos por seguir su opinión; que de conformidad todos juntos se
volviesen, pues a ninguno se le había de hacer agravio ni demasía
por este hecho, y si no querían sino obstinadamente poner el
negocio en las armas, que no fuese a su cargo el daño que
sucediese.
Aun no había Narváez concluido con estas palabras, cuando el
capitán Hernán Pérez, que era del bando contrario, tiró una
estocada a Narváez con ánimo y brío de con su muerte haber
victoria; pero como Narváez llevase debajo la ropa una muy buena
cota, reparando la espada en ella, se dobló y torció de suerte que
no se pudo aprovechar en el segundo golpe de ella. Traía Narváez
consigo algunos ballesteros, los cuales a este punto tenían las
ballestas armadas y puestas en ellas sus saetas o jaras, y como
vieron el acometimiento que Hernán Pérez había hecho, asestándolas
contra los enemigos, apretaron las llaves y dispararon las jaras,
con que de esta primera rociada mataron a Andrés Vásquez y a Juan
de Peñuelas y a Castillo y a Baldelamar y otros muchos que hirieron
malamente, con lo cual, de todo punto desesperaron los de Pedroso
de haber victoria ni de poderse librar de las manos de sus
enemigos, y así, dándoles Narváez su fe y palabra que por el
capitán Cepeda ni por otra persona ninguna no les sería hecho
ningún agravio, se dieron por sus prisioneros y fueron despojados
de todo el servicio y armas que llevaban, y luégo dando la vuelta
para el alojamiento donde Cepeda estaba, envió delante Narváez
mensajeros que diesen aviso de lo sucedido.
|Capítulo undécimo
En el cual se
escribe cómo Pedroso quiso matar a Cepeda por la muerte y prisión
de sus soldados, y Cepeda quiso ahorcar algunos de los soldados
presos, y cómo fue aplacada esta sedición por mano e industria de
los sacerdotes y otras personas, y Narváez volvió las armas a los
que estaban presos para que se soltasen y huyesen.
Hablase Pedroso hecho afable y muy bien quisto con los soldados
y gente de Cepeda, y los más de ellos, ya que en lo público no se
mostraban parciales y de su bando, por no macular su honra y ser
notados o motejados de banderizos y traidores a su capitán,
secretamente le habían prometido de no serles contrarios ni
ofenderle en cosa ninguna que se ofreciese; y así vivía Pedroso con
mayor esperanza de conseguir y efectuar lo que pretendía para su
libertad, que en breve tiempo pretendía recobrar; pues así fue, que
llegada que fue al alojamiento la nueva de las muertes y prisión de
sus soldados, y estando encendido en una iracundia y cólera que
casi le tenía furioso y privado de sentido, le dijeron que Cepeda
estaba muy alegre y contento de lo que Narváez, su maese de campo,
había hecho, y que pretendía pasar adelante con un género de cruel
castigo, dando la muerte a muchos de los soldados que traían
presos, y no pudiendo sufrir con paciencia que Cepeda, no
contentándose con la sangre que por su mandado y mano había
derramado de sus compañeros y soldados, pretendiese y quisiese con
las soberbias palabras que había dicho, darle aquel disgusto a
Pedroso y aun por ventura ponerlo por obra, sin detenerse ni
aguardar a más consejo, tomó consigo a Diego de Posadas y a Gonzalo
Díaz Gallego, y sin darles parte de lo que pretendía hacer, se fue
derecho a la posada y tienda del capitán Cepeda, y sin que las
velas y guardas que a la puerta estaban fuesen parte para impedirle
la entrada, se entró, echando mano a la espada, donde Cepeda estaba
algo alborotado y con sobresalto del tumulto que a su puerta oyó; y
como viese entrar a Pedroso en la forma dicha, y se hallase algo
desarmado, rióse de él y retrájose al reparo de la cama en donde
dormía, que junto a sí tenía.
Estaba a esta sazón con Cepeda, Jiménez, canónigo de Popayán, el
cual, viendo la aceleración y ferocidad con que Pedroso había
entrado echando mano a la espada, tomó una alabarda que junto a sí
tenía, poniéndola contra Pedroso le dijo que se detuviese, si no
quería recibir de sus sagradas manos la pena de su acelerada cólera
y locura. Pedroso se reportó y detuvo, sin poder poner por obra lo
que pretendía y quería hacer, que era matar a Cepeda, y con esto
redimir su vejación y la de sus soldados, porque luégo acudieron a
la grita y vocería que dentro del rancho había, muchos soldados
armados de los de Cepeda, y como vieron que la pasión y pendencia
era entre los dos capitanes, no curaron de mostrarse de bando
ninguno, sino con ostentación de meter paz y apagar la sedición que
había, tomaron entre sí a Pedroso y sacáronlo amigablemente de la
presencia y casa de Cepeda, para que con estar apartado el uno del
otro, reportasen y mitigasen su cólera y no se tornase a encender
de suerte que se viniesen a matar ellos y sus amigos, porque
Cepeda, como vio que acudían a las voces más soldados de los de su
compañía, y que a Pedroso se le había pasado y perdido su primera
ocasión de matarle, cobró brío y encendiose y comenzose a derramar
con palabras ásperas y coléricas, a las cuales Pedroso respondía
con el mismo accidente.
Mitigada esta sedición que entre los dos capitanes había, como
Cepeda estaba más pujante de gente y armas, en que consiste en
semejantes tiempos el derecho y justicia de cada uno, mandó luégo
aprisionar a Pedroso en su propia posada, mandándole que so pena de
la vida, no saliese de ella y guardase la carcelería que por él le
era puesta. Pedroso, que aún se estaba con parte de su
encendimiento y furia, replicó ásperamente que él no conocía ni
tenía por juez competente a Cepeda para poderle mandar ni que fuese
obligado a cumplir sus preceptos, mas antes pretendía por mano y
poderío de juez que lo pudiese hacer por comisión real, haber de él
entera venganza, así de los soldados que le había hecho matar como
de la tiranía con que le había despojado de su gente y despoblado
de su pueblo.
Estando las cosas en este estado, llegó el maese de campo
Narváez con los prisioneros, y yéndose con ellos derecho a la
posada del capitán Cepeda, fueron por su mandado puestos en prisión
en una pequeña casa que junto a su aposento tenía, y juntamente con
esto mandó hacer tres horcas, en que pretendía colgar a algunos de
los presos, y con este intento se fue al lugar donde los tenía
aprisionados, con su teniente y escribano, y sacando de la prisión
a Belmonte, soldado de los de Pedroso, le interrogó, precisas las
circunstancias que en semejantes actos suelen haber, si conocía al
capitán Cepeda por su capitán general, que justa y derechamente
tenía dominio y mando de superioridad sobre él y los demás
soldados. Belmonte, ayudado de los clamores y voces de los demás
presos, respondió juntamente con ellos que no sólo no le tenían ni
conocían por capitán ni juez suyo, pero que antes les parecía que
se gobernaba y sustentaba tiránicamente, pues demás de las fuerzas
y agravios que les había tan severamente hecho, sabían claramente
que se había retirado y salido de la gobernación de Popayán por no
dar residencia al licenciado Briceño, que por mandato y comisión
real se la quería y pretendía tomar, y que con más justo y derecho
título debía ser obedecido y reconocido el capitán Pedroso por
general que otro ninguno, pues traía bastante licencia y comisión
de Miguel Díaz, gobernador del Nuevo Reino por el Rey para serlo, y
así lo entendían hacer y tener dende en adelante.
Sintió mucho el capitán Cepeda esta arrogante y libre respuesta
que los presos le dieron, y así se salió de entre ellos con doblada
cólera de la que antes tenía, y yéndose a su casa envió a llamar
dos clérigos y les dijo que fuesen a confesar a Diego de Posadas y
a Barrios, porque quería ahorcarlos y hacer justicia de ellos por
lo que habían hecho y dicho; pero los soldados, como tenían
esperanza que sobre esté caso había de haber nuevos tumultos y
revueltas, por lo que del capitán Pedroso y de otros muchos
soldados habían entendido, respondieron a los clérigos que se
fuesen con Dios, porque ellos ni querían confesarse ni entonces
tenían para qué, pues no había necesidad que a ellos les obligase,
porque si Cepeda pensaba darles la muerte, otros muchos había en el
alojamiento que se lo estorbarían; y con esto desecharon de sí a
los clérigos y se fueron a decir misa.
Narváez, maese de campo, que todas estas cosas vía, pareciéndole
que eran hechos en oprobio y menosprecio suyo, por haber dado
entera fe y palabra a los soldados de Pedroso al tiempo que se le
rindieron y les prendió, que no se les haría agravio ninguno y que
sus ruegos y suplicaciones no habían aprovechado cosa alguna para
que Cepeda se apartase de su ira y apostemada pasión, determinó por
su propia mano dar libertad a los presos, y tomando todas las armas
que les había quitado cuando les prendió, las llevó al lugar donde
estaban presos y se las dio y entregó a cada uno, diciéndoles que
cuando les pareciese y la ocasión se lo ofreciese, rompiesen las
prisiones en que estaban y usasen de su libertad.
En tanto que Narváez hizo esto, toda la demás gente y los
capitanes se habían recogido a la iglesia a oír misa, y estándola
oyendo, los clérigos que la decían y oficiaban, con celo cristiano
y devoto, deseando apartar las discordias y muertes de españoles
que casi presentes vían, tomaron en las manos un crucifijo, memoria
y señal de Cristo crucificado, Dios y hombre verdadero, cubierto
con un velo negro, y llegándose a donde Cepeda estaba, le
descubrieron el crucificado Dios y hombre, a quien Cepeda se
humilló con ostentación devota y lacrimosa. Los sacerdotes y otros
principales que allí se llegaron, le rogaron con gran vehemencia
que apartándose de su obstinación en que estaba de ahorcar a
algunos soldados, por reverencia del Crucificado, que por él y por
todos había sido en la cruz enclavado, que presente tenían, no
derramase más sangre humana de la que había derramado, y otorgando
la vida a los presos, los soltase de la prisión en que los tenía.
Cepeda, aunque parecía en alguna manera hombre austero y contumaz,
moviose con cristianas entrañas de ver la encarecida forma en que
se lo rogaban, poniéndole delante la figura de su propio Criador y
Redentor y Dios verdadero, otorgó y concedió lo que se le pedía y
prometió de hacerlo y ponerlo por obra, soltando a los presos; y
con este buen medio que estos cristianos clérigos tuvieron, cesaron
las muertes de muchos que parecían que por una vía o por otra
estaban muy propincuas.
|Capítulo duodécimo
En el cual se
escribe cómo Cepeda, para asegurarse, envió a Pedroso a Cartago, y
él se quedó con toda la gente, y cómo después los soldados de
Pedroso, tomando por su caudillo a Narváez, maese de campo,
quisieron matar a Cepeda y apalearon a su alcalde mayor, Prado, y
se salieron la vuelta del Reino, y el gran temor que loe pueblos de
la gobernación tuvieron de que Narváez anduviese
rebelado.
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Pareciéndole al capitán Hernando de Cepeda que ninguna seguridad
podía tener en tanto que el capitán Pedroso estuviese en su
compañía, determinó echarlo de sí y enviarlo a Cartago, porque
claramente vía mucha diversidad de opiniones entre los soldados,
aprobando unos lo que hacía y otros reprobándolo y pareciéndoles
las cosas más de tirano rebelde que de verdadero capitán, temíanse,
y con muy justa causa, que si otra vez se tornaban a encender y
renovar las sediciones pasadas, no se aplacarían sin derramarse
mucha sangre de españoles, por haber visto claras muestras de haber
entre sus soldados hombres que de todo punto daban muestras de
aborrecerle y desear que hubiese novedades para claramente dar
muestras de lo que en el corazón tenía; y por estas causas, al
tiempo que se le pidió que no ahorcase a los que quería ahorcar,
sacó por condición que Pedroso se saliese a Cartago con la gente
que él le señalase para ir seguro por el camino; y aunque luégo no
se puso por la obra, dende a poco tiempo, por lo que he dicho, fue
necesitado y forzado a pedir que Pedroso cumpliese el concierto, y
lo que había por mano de los terceros prometido.
Cumplió Pedroso su promesa, aunque contra su voluntad, por
parecerle cosa dura y de mal ejemplo que asegurando él su vida con
esta honrosa condición, dejase a sus soldados y compañeros puestos
en poder de sus enemigos, en ventura y riesgo de ser maltratados y
aun opresos y ajusticiados por vía de vengarse de las cosas que
poco antes había entre ellos pasado.
En la hora que Cepeda se vio solo y sin el estimulo que en
Pedroso tenía, se ensoberbeció y comenzó a tratar arrogantemente a
los soldados de Pedroso y a quererlos supeditar no sólo por su
propia persona mas también por medio de sus soldados, que en todo
pretendían ser señores y aventajados a los demás; y dende a pocos
días se ofreció cierta ocasión por donde Cepeda y Narváez, su maese
de campo, vinieron a quebrar y romper de todo punto, de suerte que
nunca más entre ellos hubo dende en adelante ninguna concordia ni
confederación, y procuró Narváez por estos modos mostrarse afable y
amigo a los soldados de Pedroso, en manera que entre ellos era
Narváez tenido por cabeza y caudillo; y como Cepeda no cesase ni se
abstuviese de tratar ásperamente a los soldados de Pedroso,
habláronse todos, que serían cuarenta y siete hombres, y
determinaron de eligiendo por su caudillo a Narváez, maese de campo
de Cepeda, salirse de su compañía a la vuelta del Reino; pero esto
no lo quisieron hacer con la moderación que pudieran, por tomar
alguna venganza de quien tan mal y soberbiamente les había tratado,
y así, juntándose todos estos soldados, una noche de mano armada
vinieron a casa del capitán Cepeda con designio de matarlo o
afrentarlo o hacerle la injuria y agravio que les pareciese; pero
como Cepeda, antes que la turba de los soldados llegasen ni
entrasen en su aposento, sintiese el ruido y la sedición de los que
le iban a matar, y por ello conociese el mal que le estaba
propincuo y sobrevenía, tomó el más presto, aunque no honroso
remedio que pudo, y metiéndose debajo de la barbacoa y cama donde
dormía, se escondió de suerte que los soldados no le hallaron ni
pudieron haber para ejecución de sus furiosas cóleras, pero
saqueáronle la casa y tomáronle una botija de pólvora y tres
arcabuces y otras armas y municiones que tenía; y como al ruido y
tumulto de los soldados acudiese Juan de Prado, su teniente o
alcalde mayor, fue recibido por la turba de los soldados y
quitándole la vara que traía, porque no pareciese que ofendían
aquella insignia real a quien los españoles veneran y acatan mucho,
lo maltrataron y afrentaron con ánimos sediciosos, dándole
desmesuradamente de palos, con que demás de la afrenta que le
hicieron en ofenderle con instrumento o azote de animales y
bestias, le dejaron muy maltratada la persona, de suerte que de
ello estuvo muy malo; y despojando de todas las ballestas que en el
alojamiento había a los soldados de Cepeda, tomaron para sí las que
les pareció que habrían menester, y a los demás les quitaron las
nueces y las dejaron como cosa que sin este medio son de todo punto
inútiles y sin provecho, y publicando que los que por conseguir y
alcanzar su libertad les quisiesen seguir y acompañar, que ellos
les ampararían y defenderían, se salieron en medio del día del
alojamiento de Cepeda, y caminando la vía del Reino se fueron a
alojar a los nacimientos del río de San Bartolomé, donde hicieron
muy largas picas para su defensa y ofensa de los enemigos que en su
alcance fuesen.
Luégo que Cepeda vio ida la turba de los soldados, de cuyas
violentas manos le parecía que por merced y don particular de Dios
se había escapado, despachó y envió sus cartas y mensajeros a
Cartago y a los otros pueblos de la gobernación, a decir y dar
noticia que Narváez y sus compañeros iban amotinados o alzados
contra el Rey, que estuviesen sobre aviso para hacerles la
resistencia que fuese necesaria, y después de haberse derramado
esta nueva por toda la gobernación, llegó Narváez y sus compañeros
a tierra de Arma, para por allí tomar más derecha y mejor vía para
el Reino; pero como Juan de Vega, teniente de aquel pueblo, tuviese
noticia de ello, tomó consigo veinte hombres que pudo sacar del
pueblo, y con ellos, bien aderezados para la guerra, salió al
encuentro de Narváez, con pensamiento de prenderlo y desbaratarlo
si pudiese; y como Narváez se estuviese sesteando en la quebrada de
Maytama y las piezas o indios del servicio anduviesen derramados
por allí cerca, dieron en ellos el teniente Vega y los demás que
con él iban y prendieron a algunos.
Salvador Pérez, que se halló cerca, dio aviso con presteza a sus
compañeros, poniéndolos en alboroto de lo que pasaba. Levantáronse
todos los que estaban (aunque) en el heno echados y reposando, y
poniendo sus arcabuces y armas a punto, llegó a ellos Vega con los
demás soldados que le acompañaban, y como vio que sus contrarios
estaban con las armas en las manos para recibirle con rigor de
guerra y de enemigos, se reparó sin osar arremeter, y fuele
saludable acuerdo, porque si otra cosa quisiera hacer, allí
perecieran él y los que le acompañaban, y viendo su mansedumbre un
soldado de los de Narváez se llegó a Vega disimuladamente y por vía
de escarnio y de traición, confiado en la pujanza y fuerza de sus
compañeros, le quitó el freno y cabezadas del caballo en que estaba
caballero, y como él quisiese estorbarlo o defenderlo, otro
soldado, arcabucero de los de Narváez, poniendo la mecha en la
serpentina del arcabuz, le apuntó y encaró con él, diciendo que si
se meneaba lo había de matar. El teniente Vega, viéndose así
maltratar y que Narváez ni aun sus propios compañeros no le
favorecían en cosa alguna, volviendo por su propia salud, habló
diciendo que él no había salido de su pueblo y venido a ellos con
ánimo de ofenderlos ni agraviarlos, pues no había habido ninguna
causa para ello, mas solamente venía a ver la gente que era, porque
los indios naturales de aquella provincia le habían dado noticia de
su llegada y venida por allí, y que pues él y ellos y los unos y
los otros todos eran servidores de un Rey y no andaban fuera de su
servicio, que no había razón que justa fuese por donde se
descomidiesen ni se quisiesen señalar contra él.
Narváez, que por cabeza del bando contrario estaba, le replicó
que en sus obras no había dado muestras ni señal de lo que con sus
palabras significaba, porque su llegada allí más había sido de
gente que venía a saltear caminantes que de vecinos que los venían
a visitar y favorecer, pues antes sabían y les constaba cómo iban
al Nuevo Reino con ciertos despachos para el gobernador Miguel
Díaz. Agraviose Vega de esto que Narváez le respondió, y
acelerándose el uno y el otro en palabras en que los dos solamente
riñesen, vinieron a desafiarse y poner la justificación de sus
palabras en que los dos solamente riñesen con sus espadas y dagas,
apartados de la demás gente; pero como a Vega le pareciese que por
muchos respetos no podía ganar nada con Narváez, que públicamente
se había quitado la cota que traía vestida, rehusó la lid de entre
los dos, y se retiró y volvió a su pueblo, y envió otro día muy
buen refresco para Narváez y sus soldados, los cuales en
gratificación de esto, y para quitar la sospecha que de su lealtad
se tenía en todos los pueblos de la gobernación, dejó, en una
ramada y repartimiento del capitán Suero Díaz, Narváez, tres
arcabuces y seis ballestas, y escribiendo a Juan de Vega le dijo
que allí le dejaba aquellas armas para la pacificación de su pueblo
y tierra y que no eran obras aquellas de hombres contra quien se
presumiese ni pusiese duda en su lealtad.
Estaba el capitán Pedroso a esta sazón en Cartago, donde de
noche y de día se velaban y estaban con gran temor de que Narváez
había de ir sobre ellos por lo que Cepeda les había escrito. Mas
como Pedroso, por cartas y certificación que de amigos suyos tenía,
hiciese cierto a los de Cartago y los demás pueblos comarcanos que
no había que temer ni poner sospecha en la lealtad de Narváez ni de
los demás soldados, porque iban al Reino a negocios que les
convenía, perdieron de todo punto la sospecha y temor que tenían, y
Narváez y los demás soldados, atravesando toda la sierra nevada de
Cartago sin querer entrar en aquel pueblo donde tanta sospecha se
tenía de su lealtad, se vinieron la vía del Reino pasando por las
poblazones de Toligua y otros indios de Mariquita, y fueron a dar a
las minas de Venadillo, donde estaban vecinos de Tocaima sacando
oro; y de allí se pasaron adelante.
En el camino de atrás, en la poblazón de Tolingua, quisieron los
indios dar en estos españoles y ofenderlos; pero como todos eran
hombres baquianos y de guerra, entendiendo la traición que los
indios les ordenaban, anticipáronse y dieron en ellos donde se
hablan juntado en una borrachera, y aunque casi desarmados los
españoles, los desbarataron y ahuyentaron de la junta y se
estuvieron allí algunos días, hasta que los indios, procurando su
amistad, les salieron de paz y les sirvieron lealmente todo el
tiempo que allí estuvieron, y cuando se quisieron salir y proseguir
su camino hacia el Reino, les acompañaron ciertas jornadas,
llevándoles las cargas y comidas necesarias, y los tornaron de
enviar los españoles a su tierra sin hacerles daño alguno.
El capitán Cepeda, después que se apartó de él Narváez con la
demás gente, tomó a haber alteraciones entre los soldados que le
quedaban, por lo cual tuvo por más sano y acertado consejo dejar la
jornada y volverse a la gobernación, y así lo hizo y efectuó.