INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo séptimo En el cual se escribe cómo el capitán Cepeda fue avisado de la poca gente que Pedroso tenía, y cómo vino con su compañía sobre el alojamiento de Pedroso y lo prendió y quiso cortar la cabeza.

 

El capitán Pedroso sosegó alguna cosa con la respuesta que Martín Yáñez Tafur le trajo, aunque el poco concepto que en la lealtad de algunos soldados tenía, le hacía estar penado y dudoso de que se hiciese ninguna cosa de las que él pretendía y quisiera hacer, y en efecto ello fue así, que luégo que Tafur entró en el alojamiento de Pedroso y se supo la respuesta que el capitán Cepeda les había dado, algunos de los soldados que por su intrínseca emulación y enemistad deseaban ver a Pedroso derribado de su capitanía, secretamente, por manos de anaconas e indios ladinos, dieron con cartas aviso a Cepeda de la gente que Pedroso llevaba, y de la discordia que entre algunos de sus soldados había y del modo y tiempo en que el pueblo se había poblado, y la causa de todo ello, incitándole a que si de mano armada viniese sobre el alojamiento de Pedroso, podría con facilidad prenderlo y haberlo a las manos, así por la mucha gente que consigo Cepeda tenía, como porque entre los soldados de Pedroso había hombres que si viniesen a las manos le seguirían y ayudarían, y así eran menos soldados los que consigo Pedroso tenía, de los que él pensaba.

Alegrose y restauró mucho ánimo Cepeda con esta nueva y aviso que le fue dado, y llamando aparte a su maese de campo |Diego Sánchez de Narváez, y a |Alvaro Guerrero y a otras personas principales de las de su compañía, y dándoles noticia del aviso que había tenido, les pidió consejo y parecer de lo que se había de hacer; y como éstos todos eran gente de Perú, que como esos traían los ánimos ensalzados y subidos en la cumbre de una loca arrogancia y soberbia, respondieron a su capitán que era muy mejor que los soldados y gente del Reino fuesen sujetos a los de la gobernación y mandados por ellos que no que los del Reino los sujetasen y mandasen, y así fueron fácilmente resolutos y determinados en que otro día siguiente toda la gente de Cepeda, puesta en orden, amaneciesen sobre el alojamiento de Pedroso, y si se pusiesen en defensa, por fuerza o de grado sujetarlos y hacer de ellos a su voluntad; y con este atrevido acuerdo comenzaron a aderezar sus cotas y arcabuces y otras armas ofensivas y defensivas de que venían más bien proveídos que la gente de Pedroso; y el día siguiente, antes que amaneciese, se movieron en orden para donde estaba alojado el capitán Pedroso, que esperaba, aunque dudosamente, que Cepeda le cumpliría la palabra de venir con dos compañeros a visitarle.

Mas de que aclarando el día vio por una cuchilla o loma abajo descender toda la compañía del capitán Cepeda, puestos en ordenanza, marchando a compás y paso de atambor, con su bandera de campo tendida, presumió luégo Pedroso la traición que de parte de los suyos se había hecho, y viendo que no era poderoso para resistir a los contrarios, ni había comodidad para honrosamente poderse retirar, mandó echar bando en su alojamiento que ningún soldado hiciese ningún acometimiento ni mudamiento de las puertas de sus toldos, aunque en alguna manera les agraviasen los de Cepeda, porque Pedroso pretendía con cordura pasar aquel agravio que se le hacía por Cepeda, y ade­lante, andando el tiempo, tomar y haber venganza de él si la fortuna le ofreciese ocasión para ello, poniendo él de su parte toda la diligencia y solicitud posible; y juntamente con esto mandó a los alcaldes del pueblo que con un escribano fuesen o saliesen al camino y encuentro a requerir a Cepeda que se de­tuviese y no entrase en el pueblo que por distrito del Nuevo Rei­no tenían ellos poblado. Salieron los alcaldes y el escribano a hacer sus requerimientos; y luégo que se acercaron al escuadrón y gente de Cepeda, que venía marchando la loma abajo, fueron tomados por los soldados, permitiéndolo así su capitán, y meti­dos en la ordenanza y compañía de los soldados, sin detenerse ni repararse en ello un punto, y pasados delante, comenzaron a entrar por medio del alojamiento de la gente de Pedroso, sin que ninguno de sus soldados excediese de lo que él les tenía mandado, lo cual visto por el capitán Cepeda mandó luégo a su alguacil, que se decía Alonso de Bocanegra, que hiciese echar bando entre sus soldados que ninguno llegase al toldo ni a otra cosa de los soldados de Pedroso so pena de la vida, lo cual se hizo y cumplió así; y pasando Cepeda marchando con su gente por entre los toldos y alojamiento del capitán Pedroso, casi dando a entender que lo tenía en poco con su ventaja de soldados bulliciosos, se fue a alojar al canto del pueblo que allí tenían poblado, que aunque se estaban en su alojamiento y ranchería no por eso dejaban de usar de las ceremonias populares, como si estuvieran poblados de mucho tiempo y fundada su ciudad.

Reparado el lugar dicho, Cepeda con toda su gente puesta en concierto y orden, con las armas en la mano, envió a su alguacil a que prendiendo al capitán Pedroso lo llevase a donde él estaba. El alguacil fue liberalmente, y permitiéndoselo así el propio Pedroso para por esta vía asegurar su vida y redimir las vejaciones y otras molestias que se le podían hacer, se dejó prender y llevar delante de Cepeda, que comedida y venerosamente | 13 lo puso en prisión, dándolo en custodia y guardia a aquellos sus familiares de quien él tenía más confianza; y hecho esto mandó llamar y juntar a todos los soldados de Pedroso y comenzoles a hablar poniéndoles por delante la tierra que iba a descubrir, que era la noticia de entre los dos ríos, donde esperaba en pocos días entrar y verse en posesión de una felicísima y rica tierra, donde no solamente los igualaría con sus soldados y compañeros que siempre le habían seguido, pero los aventajaría en todo si con liberalidad le siguiesen y acompañasen, y si no, que libremente podían seguir su voluntad y opinión e ir con Pedroso donde quisiesen, porque al presente si él lo tenía detenido y aprisionado habíalo hecho por excusar discordias y novedades entre los soldados; pero que cuando ellos quisiesen irse la vuelta del Reino, que él lo soltaría.

Y aunque Cepeda les habló de esta manera, su secreto designio era muy diferente de lo que les decía, porque lo que con estas dobladas palabras pretendía solamente era descubrir de raíz las voluntades de algunos perplejos soldados, de quien él tenía sospecha que en habiendo ocasión le habían de ser contrarios; y así luégo comenzó a haber bullicio entre los unos y los otros soldados, porque los que estaban mal con Pedroso luégo se obligaron y pasaron al alojamiento de Cepeda, y los que asímismo aborrecían el dominio y mando de Cepeda se pasaron al alojamiento de Pedroso, de donde nació de repente un escándalo y alboroto no pensado, procurando cada cual que prevaleciese el capitán cuya opinión seguían, publicando con palabras y ademanes lo que deseaban y procuraban, y para mitigarlo y apagarlo todo con más facilidad y a menos costa, quiso Cepeda secretamente dar garrote o cortar la cabeza a Pedroso, pareciéndole que con su muerte cesarían los bullicios que con su presencia causaba entre los soldados; pero como de esto que Cepeda quería tan fácilmente hacer tuviesen noticia Juan López de Gamboa y el capitán Gonzalo Díaz y el maese de campo Narváez y otros amigos suyos, fuéronle a la mano a Cepeda, diciendo que con aquel tan malvado como cruel hecho que pretendía y quería hacer daría ocasión a que sus émulos y enemigos, que en Popayán y por toda la gobernación habían quedado derramados, se confirmasen y afirmasen en su primera opinión y mala fama que contra él habían derramado, diciendo que venía alzado, y que para no cobrar un tan infame nombre ni ponerse en aventura de que le cortasen a él y a sus amigos las cabezas, no sólo no debía hacer lo que quería y pretendía, pero soltando a Pedroso de la prisión en que lo tenía, se había de confederar y juntar con él, pues era persona que en valor y suerte se le podía igualar, y juntamente con él gobernar la gente y proseguir su descubrimiento y jornada.

Cepeda, aunque algo contra su opinión y voluntad, hubo de hacer lo que los soldados y amigos suyos le aconsejaban, por parecerle honroso medio para conservarse en su trono y mando 14, y así, soltando a Pedroso de la prisión en que lo tenía, se confederó con él por mano de sus propios amigos y de otras personas principales que en ambas compañías había, y concertaron de seguir juntos la jornada y andar siempre muy iguales y conformes; aunque Cepeda con su pujanza de amigos y soldados siempre quería que Pedroso le respetase y acatase, lo que le era muy duro y grave y fue causa de que no permaneciese entre ellos esta confederación.

  |Capítulo octavo En el cual se escribe cómo el capitán Cepeda salió a descubrir con ochenta hombres, y de la gran hambre que en el camino se padeció, y las muertes que los indios dieron a Juan, portugués, y a Limpias, español | 15 .  

Aunque la exterior confederación de los dos capitanes dio contento a muchos de los soldados por parecerles que cesaban ya las discordias y diferencias pasadas y que, con la conformidad presente conseguirían y alcanzarían la entrada de la tierra que iban a buscar para su general y común descanso, pero los demás soldados que tenían experiencia de la soberbia que en los hombres del Perú suele reinar, y vían que el capitán Pedroso daba y había dado muestras de valeroso y de hombre que sabía conocer la ocasión y aprovecharse de ella cuando la fortuna se la ofreciese, juzgaban y vían claramente que aquella ostentación y muestra de amistad que daban entre si los capitanes, no sólo no había de ser permanecedera, pero había de parir una calamitosa discordia e inquietud entre ellos y los soldados, que los había de poner en extremo de perderse y matarse.

El capitán Cepeda, no dejando de vivir recatadamente, tenía muy particular cuidado que las cosas de la jornada fuesen adelante y no cesasen, y así caminó con toda la gente junta y se fue a alojar a un sitio y poblazón de indios que fue llamado el Castillo de Montalván, bien proveída de comida, donde los capitanes se alojaron de consentimiento de sus naturales, que les salieron de paz y los recibieron amigablemente.

Hízose en este alojamiento reseña de la gente española que había: halláronse cincuenta hombres de a caballo y ciento y tantos de a pie, toda gente muy lucida, y que allí donde estaban daban muestras de que bastaban a resistir y domar innumerables gentes; pero dende a pocos días los redomó y humilló una poca de hambre que padecieron, de tal suerte que si hubiera indios donde les tomó la voz de la falta de la comida que les acometiera, sin falta ninguna se los llevaran a manos; porque como Cepeda quisiese, desde el alojamiento del Castillo de Montalván, ir a descubrir hacia la parte y vía por donde le convenía seguir su descubrimiento, mandó apercibir ochenta hombres de los más sospechosos, y dejando a los demás en el alojamiento con el capitán Pedroso, caminó por espacio de nueve días por tierra despoblada y muy falta de comidas y tal que si no eran ciertas legumbres llamadas acederas, no había otra cosa que comer. Llegaron al bohío que fue dicho o llamado del Diablo, por haber muerto en él los indios defendiéndose cuatro españoles, donde hubo bien poco que comer, que no bastó a restaurarles el daño y hambre que padecían, y así se detuvieron poco en él; mas prosiguiendo su descubrimiento iban recibiendo mayor daño en sus personas por no hallar que comer.

Sucedió que yendo marchando vieron un pedazo de sabana o vega quemada y abrasada de pocos días. Tres soldados baquianos, presumiendo que los indios que habían pegado fuego a aquella tierra que parecía estar quemada, no estarían muy apartados de por allí, se fueron para la quemazón que vían, y andando por ella dieron en un camino muy seguido, que siguiéndolo ellos los metió por una montaña que por delante tenían, en la cual hallaron unos ranchos o casas o pequeñuelos bohíos donde habían estado alojados, según las señales que hallaron, pocos días antes indios, que era señal de haber gente cerca. Volviéronse a donde Cepeda iba marchando y rompiendo la agreste paja, sin camino, con gran trabajo de sus soldados, y alcanzándole le dieron noticia de lo que habían hallado y visto. Cepeda revolvió con su gente la vía que los españoles habían descubierto, y llegó aquella noche con gran trabajo y descaecimiento de los suyos al alojamiento del arcabuco, aunque con la esperanza que llevaban de hallar presto comida, se habían alentado alguna cosa en el ánimo pero no en las fuerzas. Hartáronse en la montaña, aunque tarde, de algunos palmitos mezclados de un silvestre amargor para comer, mas con la hambre que todos tenían a ninguno le supo mal, antes le pesó de lo poco que hubo.

Otro día de mañana el maese de campo Narváez, que iba en esta jornada, puso en concierto la gente, poniendo por delante a aquellos que tenían el aspecto más entero y mejor así para arremeter como para ofender, como hombres que con más fuerza podían rebatir la furia e ímpetu de los enemigos que sobre ellos viniesen; y con la mejor orden que les fue posible caminaron todo aquel día por la montaña adelante, sin topar cosa que les diese contento ni les mitigase la hambre que juntamente con el caminar les daba muy gran fatiga, así corporal como espiritual. Solamente entre aquella montaña hallaron un palmar de palmitos no muy saludables, de los cuales cortaron y cogieron todos los que pudieron, así los españoles como los indios; y como llevaban los estómagos muy debilitados y comieron o se hartaron de un tan indigestible manjar, corrompió a muchos de suerte que hubiera de ser mayor el daño del haber comido que antes les era el no comer; pero con todo este trabajo siguieron el siguiente día la vía y camino que entre manos tenían, y fuéronse a alojar a las riberas de un río bien hondable que no podían proseguir ni pasar adelante.

Algunos soldados había que por ser antiguos en las Indias y estar ya hechos a padecer semejantes trabajos y necesidades, no hacía en ellos tanta impresión el trabajo y necesidad de hambre como en los demás. Algunos de éstos, en la hora que estuvieron alojados, siguieron por el camino adelante, y apartándose distancia de una legua, descubrieron ciertas labranzas y rozas de indios, y en ellas un bohío, con lo cual dieron la vuelta sobre el alojamiento, donde el capitán Cepeda con la demás gente había quedado; dieron la noticia y relación de lo que habían visto y cuán cerca tenían la comida, con lo cual sembraron entre la gente, así española como indios de servicio que consigo llevaban, en un general contento y alegría tal que casi olvidados de la calamitosa hambre que tenían, se procuraban regocijar e inventar juegos de pasatiempo unos con otros, para desterrar de todo punto de entre sí la tristeza. La noche pasaron con estos entretenimientos, porque no les pareciese más larga de lo que en semejantes tiempos suele acontecer, y venido el día, casi sin que el capitán ni maese de campo los pudiese detener ni poner en concierto para poder resistir a los indios si al encuentro les saliesen, se fueron unos tras otros bien desconcertadamente hasta llegar a aquella parte donde el día antes habían visto el bohío y las labranzas, y entrando por ellas sin ninguna reportación ni atención, se daban desordenadamente a comer de todo lo que topaban por delante; y aunque así en el bohío como en las labranzas había mucho maíz, yuca, batata y otras raíces y legumbres, en poco tiempo lo consumieron y asolaron todo, y ciertamente si a esta hora acudieran indios a dar en los soldados, por pocos que fueran no dejaran de haber entera victoria de los nuestros, o a lo menos hicieran gran daño en ellos.

Aún no estaban de todo punto alojados los españoles cuando tres soldados, llamados Juan, portugués, y Limpias y Moreno, pareciéndoles poco lo que por allí se podía hallar para lo que habían menester, pasaron más adelante, siguiendo cierto camino que la fortuna les ofreció, por el cual fueron a dar a un bohío bien proveído de comida, aunque algo apartado del primero. No hallaron en él gente, mas entendiendo que el capitán y los demás soldados los siguieran y fueran aquella noche a dormir a donde ellos estaban, se estuvieron quedos, con necia esperanza, muy confiados en sus fuerzas y brazos. Juntáronse los indios que por allí cerca había, y como vieron a estos tres soldados solos, dieron sobre ellos con sus armas y mataron a Juan, portugués, y a Limpias, que con bríos y ánimos de españoles Salieron a ellos con sus espadas y rodelas, y peleando valerosamente mataron antes de ser muertos algunos de los enemigos. Moreno, como vio a los indios embarazados con sus dos compañeros, diose a huír por lo más espeso de la montaña para no ser visto, y así escapó con la vida, queriéndola más conservar, aunque con alguna infamia por haberse retirado fuera de tiempo y dejado a sus compañeros entre los enemigos peleando, que perderla cobrando loa y fama de buen soldado y valiente guerreador; porque este hombre quería más que se dijese por él un más infame que honroso apotema, que algunos soldados pusilánimes tienen por flor en Indias, diciendo que querrían más que se diga por ellos "aquí huyó fulano" que no "aqui murió fulano", |cosa cierto indina del nombre y |valor español.

  |Capítulo noveno En el cual se escribe cómo Cepeda envió por los dos españoles muertos y los mandó enterrar, y los indios, juntándose, vinieron sobre el alojamiento y les hirieron muchos soldados, de los cuales murieron algunos, quedando los nuestros victoriosos. Se tomó a salir Cepeda y se volvió a juntar con Pedroso.

 

Como la gente llegó al primer bohío tan fatigada de hambre, después que tomaron y repartieron entre sí la comida que en él bohío había, se esparcieron sin orden alguna por los alrededores que parecía y había algunas labranzas, a recoger comida. Cepeda estuvo quedo en el bohío con unos pocos soldados que le estuvieron acompañando, y desque se hizo tarde y hora de recoger, mandó soltar un versete que llevaba, con que dio e hizo señal a los soldados no sólo que se juntasen, pero donde se habían de juntar, porque como se ha dicho, hasta esta hora no lo sabían. En aquella distancia de tiempo que hasta la noche quedaba, se juntó toda la gente, así españoles como indios, sin faltar más de los tres españoles dichos, que los dos ya eran muertos y el uno iba ya caminando y huyendo hacia donde ellos estaban. Nunca la ausencia y falta de estos tres soldados puso sospecha en Cepeda ni en los demás españoles, porque como eran tenidos por hombres que de cualquier aprieto en que se viesen sabrían salir, parecíales que su tardanza era más de industria que de necesidad.

Moreno, caminando la noche con harto trabajo, porque a espaldas vueltas le habían dado algunos indios, que al principio le siguieron, una mala herida, vino a aportar, otro día de mañana, a donde el capitán estaba alojado y dio noticia del mal suceso suyo y de sus compañeros, que fue harto sentido por los soldados de la compañía. Cepeda hizo luégo apercibir treinta hombres y que fuesen a ver lo sucedido de los otros dos soldados, porque aun Moreno no los había dejado muertos sino peleando, por haber tomado la corrida temprano y con tiempo; pero claramente presumía que eran muertos. Según las nuevas y señas que Moreno dio, fueron los treinta soldados, y llegados al bohío hallaron los dos españoles muertos en el campo donde habían peleado, desnudos en carnes, porque los bárbaros no sólo les habían despojado de todo lo que tenían vestido sobre sí, pero después de haberlos muerto con crueldad bárbara les habían quebrado las quijadas y cabezas y brazos y piernas, y asímismo hallaron los indios que los dos españoles habían muerto allí junto así, con sus caracoles en las narices, de oro fino, que cada uno pesaba ocho pesos. Los soldados tomaron sus dos difuntos y los trajeron al alojamiento donde Cepeda había quedado, donde fueron enterrados con menos pompa de lo que ellos poco antes habían pensado y aun tratado.

Los indios, como les sucedió bien con la muerte de estos dos españoles, el siguiente día, luégo de mañana, comenzaron a convocarse y juntarse con grandes alaridos e instrumentos de atambores, cornetas y fotutos que tocaban, de suerte que los nuestros los oían muy bien; y presumiendo algunos de los más baquianos lo que era y podía ser, aconsejaron al capitán que estuviese muy sobre el aviso y pusiese dobladas guardias y velas, porque si los bárbaros, que ellos presumían por lo que oían, viniesen a darles guazabara, los hallasen apercibidos y con las armas en las manos. Cepeda, tomando y aceptando el consejo y parecer que se le daba, luégo lo puso por la obra, poniendo por su propia mano todo recado en su alojamiento, como en cosa que tanto le importaba.

Los bárbaros se juntaron bien en breve, y como a hora de las diez del día hurtaron el viento a las guardias y centinelas e hicieron su acometida por otra parte muy diferente de la que los nuestros pensaron; porque como estos bárbaros sabían muy bien la tierra y habían enviado antes sus escuchas o espías a ver y reconocer la parte del camino por donde ellos pretendían hacer su arremetida, mudaron consejo, y dando la vuelta por la otra parte del real, por donde no había camino, tomaron a los nuestros por las espaldas, y por esta causa muy descuidados, y arremetieron a ellos muy briosamente, sin que recibiesen ni en ellos los soldados pudiesen hacer daño ninguno, antes ellos, con su primera y súbita arremetida, mataron a Valle, hermano del obispo de Popayán, e hirieron veintitrés españoles de flechazos, entre los cuales fueron Valdelamar, y el capitán Ayala, y Alonso Pérez y Talabera, que luégo murieron casi rabiando de las heridas que les dieron, que debían estar untadas las flechas con algún ponzoñoso betún; y habiendo recibido los nuestros casi todo este daño, revolvieron sobre los enemigos, los cuales asimismo esperaron con buen ánimo la arremetida de los nuestros, hasta recibir en sus personas las heridas de las espadas, de las cuales poco a poco se fueron retirando y haciendo atrás hasta meterse en la montaña o arcabuco; porque entendiendo los indios que las espadas no eran más dañinas que sus macanas, armas todas de palo, y que si no es a atormentar o aturdir o magullar, no hacen otro daño, íbanse entreteniendo y recibiendo más daño del que ellos propios pensaban recibir, mas no tanto cuanto los soldados, con la rabia que de ver presentes a sus compañeros muertos y heridos tenían, quisieran hacer.

Los indios, luégo que se entraron en el arcabuco, no curaron de revolver sobre los españoles, porque veían que dejaban muertos y tendidos en el suelo, de sus compañeros, más de cincuenta, que aunque les hacían poca falta por ser ellos en mucho número, cada cual temía no corriese por él la misma fortuna.

No quisieron los soldados seguir el alcance de los enemigos, porque como en los que quedaban muertos veían relucir gruesos caracuries y chagualas y orejeras de oro, cada cual se abatía y abajaba a despojar el cuerpo muerto de lo que tenía, antes que seguir los vivos con peligro y daño suyo. Tomáronse en este despojo de los indios muertos más de quinientos pesos de oro finísimo, que les ponía muy gran contento y ánimo a los soldados; y con aquella buena señal de oro que veían presente ni se acordaban de los muertos ni se les daba cosa alguna de los heridos, porque la esperanza que su propia codicia les daba de que por allí habían de hallar mucho oro, les hacía poner en olvido el daño recibido.

Volvieron el siguiente día los indios a probar y tentar su fortuna, mas aunque venían en aumentado número de los que el día antes habían venido, no por eso se atrevieron a hacer la misma arremetida, antes haciendo fieros desde afuera, convidaron a los nuestros a que saliesen a ellos, los cuales con codicia del despojo, no fueron nada perezosos, mas saliendo a ellos con doblados ánimos y bríos que el día antes, los forzaron a que sin llegar a las manos se arredrasen bien a lo largo, de suerte que aunque los nuestros lo desearon y procuraron, nunca les pudieron dar alcance, porque aunque los indios eran los mismos que el día antes habían peleado, traían los ánimos muy quebrantados y temerosos con el daño que recibieron en la guazabara, y así nunca más volvieron a hacer acometimiento a los españoles, aunque estuvieron allí después tres o cuatro días, al remate de los cuales Cepeda se tornó a salir proveyéndose de la comida necesaria para el camino, tomando la madrugada porque la fuerza del calor del sol no fatigase a los soldados heridos o flechados, en una áspera subida que tenían que subir al principio de su jornada. Fue su vuelta pacífica, porque en el camino no les salieron ningunos indios a hacerles daño ni estorbarles el pasaje.

 14 Las palabras "en su  trono y mando" están añadidas entre líneas y reemplazan las del texto: |en su doméstica tiranía, tachada.
15  En la "tabla" de Sevilla se lee: "Limpias, castellano"; en el texto del manuscrito la palabra |castellano está tachada, y puesta entre líneas "español".

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