|Capítulo séptimo
En el cual se
escribe cómo el capitán Cepeda fue avisado de la poca gente que
Pedroso tenía, y cómo vino con su compañía sobre el alojamiento de
Pedroso y lo prendió y quiso cortar la cabeza.
El capitán Pedroso sosegó alguna cosa con la respuesta que
Martín Yáñez Tafur le trajo, aunque el poco concepto que en la
lealtad de algunos soldados tenía, le hacía estar penado y dudoso
de que se hiciese ninguna cosa de las que él pretendía y quisiera
hacer, y en efecto ello fue así, que luégo que Tafur entró en el
alojamiento de Pedroso y se supo la respuesta que el capitán Cepeda
les había dado, algunos de los soldados que por su intrínseca
emulación y enemistad deseaban ver a Pedroso derribado de su
capitanía, secretamente, por manos de anaconas e indios ladinos,
dieron con cartas aviso a Cepeda de la gente que Pedroso llevaba, y
de la discordia que entre algunos de sus soldados había y del modo
y tiempo en que el pueblo se había poblado, y la causa de todo
ello, incitándole a que si de mano armada viniese sobre el
alojamiento de Pedroso, podría con facilidad prenderlo y haberlo a
las manos, así por la mucha gente que consigo Cepeda tenía, como
porque entre los soldados de Pedroso había hombres que si viniesen
a las manos le seguirían y ayudarían, y así eran menos soldados los
que consigo Pedroso tenía, de los que él pensaba.
Alegrose y restauró mucho ánimo Cepeda con esta nueva y aviso
que le fue dado, y llamando aparte a su maese de campo
|Diego
Sánchez de Narváez, y a
|Alvaro Guerrero y a otras
personas principales de las de su compañía, y dándoles noticia del
aviso que había tenido, les pidió consejo y parecer de lo que se
había de hacer; y como éstos todos eran gente de Perú, que como
esos traían los ánimos ensalzados y subidos en la cumbre de una
loca arrogancia y soberbia, respondieron a su capitán que era muy
mejor que los soldados y gente del Reino fuesen sujetos a los de la
gobernación y mandados por ellos que no que los del Reino los
sujetasen y mandasen, y así fueron fácilmente resolutos y
determinados en que otro día siguiente toda la gente de Cepeda,
puesta en orden, amaneciesen sobre el alojamiento de Pedroso, y si
se pusiesen en defensa, por fuerza o de grado sujetarlos y hacer de
ellos a su voluntad; y con este atrevido acuerdo comenzaron a
aderezar sus cotas y arcabuces y otras armas ofensivas y defensivas
de que venían más bien proveídos que la gente de Pedroso; y el día
siguiente, antes que amaneciese, se movieron en orden para donde
estaba alojado el capitán Pedroso, que esperaba, aunque
dudosamente, que Cepeda le cumpliría la palabra de venir con dos
compañeros a visitarle.
Mas de que aclarando el día vio por una cuchilla o loma abajo
descender toda la compañía del capitán Cepeda, puestos en
ordenanza, marchando a compás y paso de atambor, con su bandera de
campo tendida, presumió luégo Pedroso la traición que de parte de
los suyos se había hecho, y viendo que no era poderoso para
resistir a los contrarios, ni había comodidad para honrosamente
poderse retirar, mandó echar bando en su alojamiento que ningún
soldado hiciese ningún acometimiento ni mudamiento de las puertas
de sus toldos, aunque en alguna manera les agraviasen los de
Cepeda, porque Pedroso pretendía con cordura pasar aquel agravio
que se le hacía por Cepeda, y adelante, andando el tiempo, tomar y
haber venganza de él si la fortuna le ofreciese ocasión para ello,
poniendo él de su parte toda la diligencia y solicitud posible; y
juntamente con esto mandó a los alcaldes del pueblo que con un
escribano fuesen o saliesen al camino y encuentro a requerir a
Cepeda que se detuviese y no entrase en el pueblo que por distrito
del Nuevo Reino tenían ellos poblado. Salieron los alcaldes y el
escribano a hacer sus requerimientos; y luégo que se acercaron al
escuadrón y gente de Cepeda, que venía marchando la loma abajo,
fueron tomados por los soldados, permitiéndolo así su capitán, y
metidos en la ordenanza y compañía de los soldados, sin detenerse
ni repararse en ello un punto, y pasados delante, comenzaron a
entrar por medio del alojamiento de la gente de Pedroso, sin que
ninguno de sus soldados excediese de lo que él les tenía mandado,
lo cual visto por el capitán Cepeda mandó luégo a su alguacil, que
se decía Alonso de Bocanegra, que hiciese echar bando entre sus
soldados que ninguno llegase al toldo ni a otra cosa de los
soldados de Pedroso so pena de la vida, lo cual se hizo y cumplió
así; y pasando Cepeda marchando con su gente por entre los toldos y
alojamiento del capitán Pedroso, casi dando a entender que lo tenía
en poco con su ventaja de soldados bulliciosos, se fue a alojar al
canto del pueblo que allí tenían poblado, que aunque se estaban en
su alojamiento y ranchería no por eso dejaban de usar de las
ceremonias populares, como si estuvieran poblados de mucho tiempo y
fundada su ciudad.
Reparado el lugar dicho, Cepeda con toda su gente puesta en
concierto y orden, con las armas en la mano, envió a su alguacil a
que prendiendo al capitán Pedroso lo llevase a donde él estaba. El
alguacil fue liberalmente, y permitiéndoselo así el propio Pedroso
para por esta vía asegurar su vida y redimir las vejaciones y otras
molestias que se le podían hacer, se dejó prender y llevar delante
de Cepeda, que comedida y venerosamente
|
13
lo puso en
prisión, dándolo en custodia y guardia a aquellos sus familiares de
quien él tenía más confianza; y hecho esto mandó llamar y juntar a
todos los soldados de Pedroso y comenzoles a hablar poniéndoles por
delante la tierra que iba a descubrir, que era la noticia de entre
los dos ríos, donde esperaba en pocos días entrar y verse en
posesión de una felicísima y rica tierra, donde no solamente los
igualaría con sus soldados y compañeros que siempre le habían
seguido, pero los aventajaría en todo si con liberalidad le
siguiesen y acompañasen, y si no, que libremente podían seguir su
voluntad y opinión e ir con Pedroso donde quisiesen, porque al
presente si él lo tenía detenido y aprisionado habíalo hecho por
excusar discordias y novedades entre los soldados; pero que cuando
ellos quisiesen irse la vuelta del Reino, que él lo soltaría.
Y aunque Cepeda les habló de esta manera, su secreto designio
era muy diferente de lo que les decía, porque lo que con estas
dobladas palabras pretendía solamente era descubrir de raíz las
voluntades de algunos perplejos soldados, de quien él tenía
sospecha que en habiendo ocasión le habían de ser contrarios; y así
luégo comenzó a haber bullicio entre los unos y los otros soldados,
porque los que estaban mal con Pedroso luégo se obligaron y pasaron
al alojamiento de Cepeda, y los que asímismo aborrecían el dominio
y mando de Cepeda se pasaron al alojamiento de Pedroso, de donde
nació de repente un escándalo y alboroto no pensado, procurando
cada cual que prevaleciese el capitán cuya opinión seguían,
publicando con palabras y ademanes lo que deseaban y procuraban, y
para mitigarlo y apagarlo todo con más facilidad y a menos costa,
quiso Cepeda secretamente dar garrote o cortar la cabeza a Pedroso,
pareciéndole que con su muerte cesarían los bullicios que con su
presencia causaba entre los soldados; pero como de esto que Cepeda
quería tan fácilmente hacer tuviesen noticia Juan López de Gamboa y
el capitán Gonzalo Díaz y el maese de campo Narváez y otros amigos
suyos, fuéronle a la mano a Cepeda, diciendo que con aquel tan
malvado como cruel hecho que pretendía y quería hacer daría ocasión
a que sus émulos y enemigos, que en Popayán y por toda la
gobernación habían quedado derramados, se confirmasen y afirmasen
en su primera opinión y mala fama que contra él habían derramado,
diciendo que venía alzado, y que para no cobrar un tan infame
nombre ni ponerse en aventura de que le cortasen a él y a sus
amigos las cabezas, no sólo no debía hacer lo que quería y
pretendía, pero soltando a Pedroso de la prisión en que lo tenía,
se había de confederar y juntar con él, pues era persona que en
valor y suerte se le podía igualar, y juntamente con él gobernar la
gente y proseguir su descubrimiento y jornada.
Cepeda, aunque algo contra su opinión y voluntad, hubo de hacer
lo que los soldados y amigos suyos le aconsejaban, por parecerle
honroso medio para conservarse en su trono y mando 14, y así, soltando
a Pedroso de la prisión en que lo tenía, se confederó con él por
mano de sus propios amigos y de otras personas principales que en
ambas compañías había, y concertaron de seguir juntos la jornada y
andar siempre muy iguales y conformes; aunque Cepeda con su pujanza
de amigos y soldados siempre quería que Pedroso le respetase y
acatase, lo que le era muy duro y grave y fue causa de que no
permaneciese entre ellos esta confederación.
|Capítulo octavo
En el cual se
escribe cómo el capitán Cepeda salió a descubrir con ochenta
hombres, y de la gran hambre que en el camino se padeció, y las
muertes que los indios dieron a Juan, portugués, y a Limpias,
español
|
15
.
Aunque la exterior confederación de los dos capitanes dio
contento a muchos de los soldados por parecerles que cesaban ya las
discordias y diferencias pasadas y que, con la conformidad presente
conseguirían y alcanzarían la entrada de la tierra que iban a
buscar para su general y común descanso, pero los demás soldados
que tenían experiencia de la soberbia que en los hombres del Perú
suele reinar, y vían que el capitán Pedroso daba y había dado
muestras de valeroso y de hombre que sabía conocer la ocasión y
aprovecharse de ella cuando la fortuna se la ofreciese, juzgaban y
vían claramente que aquella ostentación y muestra de amistad que
daban entre si los capitanes, no sólo no había de ser
permanecedera, pero había de parir una calamitosa discordia e
inquietud entre ellos y los soldados, que los había de poner en
extremo de perderse y matarse.
El capitán Cepeda, no dejando de vivir recatadamente, tenía muy
particular cuidado que las cosas de la jornada fuesen adelante y no
cesasen, y así caminó con toda la gente junta y se fue a alojar a
un sitio y poblazón de indios que fue llamado el Castillo de
Montalván, bien proveída de comida, donde los capitanes se alojaron
de consentimiento de sus naturales, que les salieron de paz y los
recibieron amigablemente.
Hízose en este alojamiento reseña de la gente española que
había: halláronse cincuenta hombres de a caballo y ciento y tantos
de a pie, toda gente muy lucida, y que allí donde estaban daban
muestras de que bastaban a resistir y domar innumerables gentes;
pero dende a pocos días los redomó y humilló una poca de hambre que
padecieron, de tal suerte que si hubiera indios donde les tomó la
voz de la falta de la comida que les acometiera, sin falta ninguna
se los llevaran a manos; porque como Cepeda quisiese, desde el
alojamiento del Castillo de Montalván, ir a descubrir hacia la
parte y vía por donde le convenía seguir su descubrimiento, mandó
apercibir ochenta hombres de los más sospechosos, y dejando a los
demás en el alojamiento con el capitán Pedroso, caminó por espacio
de nueve días por tierra despoblada y muy falta de comidas y tal
que si no eran ciertas legumbres llamadas acederas, no había otra
cosa que comer. Llegaron al bohío que fue dicho o llamado del
Diablo, por haber muerto en él los indios defendiéndose cuatro
españoles, donde hubo bien poco que comer, que no bastó a
restaurarles el daño y hambre que padecían, y así se detuvieron
poco en él; mas prosiguiendo su descubrimiento iban recibiendo
mayor daño en sus personas por no hallar que comer.
Sucedió que yendo marchando vieron un pedazo de sabana o vega
quemada y abrasada de pocos días. Tres soldados baquianos,
presumiendo que los indios que habían pegado fuego a aquella tierra
que parecía estar quemada, no estarían muy apartados de por allí,
se fueron para la quemazón que vían, y andando por ella dieron en
un camino muy seguido, que siguiéndolo ellos los metió por una
montaña que por delante tenían, en la cual hallaron unos ranchos o
casas o pequeñuelos bohíos donde habían estado alojados, según las
señales que hallaron, pocos días antes indios, que era señal de
haber gente cerca. Volviéronse a donde Cepeda iba marchando y
rompiendo la agreste paja, sin camino, con gran trabajo de sus
soldados, y alcanzándole le dieron noticia de lo que habían hallado
y visto. Cepeda revolvió con su gente la vía que los españoles
habían descubierto, y llegó aquella noche con gran trabajo y
descaecimiento de los suyos al alojamiento del arcabuco, aunque con
la esperanza que llevaban de hallar presto comida, se habían
alentado alguna cosa en el ánimo pero no en las fuerzas. Hartáronse
en la montaña, aunque tarde, de algunos palmitos mezclados de un
silvestre amargor para comer, mas con la hambre que todos tenían a
ninguno le supo mal, antes le pesó de lo poco que hubo.
Otro día de mañana el maese de campo Narváez, que iba en esta
jornada, puso en concierto la gente, poniendo por delante a
aquellos que tenían el aspecto más entero y mejor así para
arremeter como para ofender, como hombres que con más fuerza podían
rebatir la furia e ímpetu de los enemigos que sobre ellos viniesen;
y con la mejor orden que les fue posible caminaron todo aquel día
por la montaña adelante, sin topar cosa que les diese contento ni
les mitigase la hambre que juntamente con el caminar les daba muy
gran fatiga, así corporal como espiritual. Solamente entre aquella
montaña hallaron un palmar de palmitos no muy saludables, de los
cuales cortaron y cogieron todos los que pudieron, así los
españoles como los indios; y como llevaban los estómagos muy
debilitados y comieron o se hartaron de un tan indigestible manjar,
corrompió a muchos de suerte que hubiera de ser mayor el daño del
haber comido que antes les era el no comer; pero con todo este
trabajo siguieron el siguiente día la vía y camino que entre manos
tenían, y fuéronse a alojar a las riberas de un río bien hondable
que no podían proseguir ni pasar adelante.
Algunos soldados había que por ser antiguos en las Indias y
estar ya hechos a padecer semejantes trabajos y necesidades, no
hacía en ellos tanta impresión el trabajo y necesidad de hambre
como en los demás. Algunos de éstos, en la hora que estuvieron
alojados, siguieron por el camino adelante, y apartándose distancia
de una legua, descubrieron ciertas labranzas y rozas de indios, y
en ellas un bohío, con lo cual dieron la vuelta sobre el
alojamiento, donde el capitán Cepeda con la demás gente había
quedado; dieron la noticia y relación de lo que habían visto y cuán
cerca tenían la comida, con lo cual sembraron entre la gente, así
española como indios de servicio que consigo llevaban, en un
general contento y alegría tal que casi olvidados de la calamitosa
hambre que tenían, se procuraban regocijar e inventar juegos de
pasatiempo unos con otros, para desterrar de todo punto de entre sí
la tristeza. La noche pasaron con estos entretenimientos, porque no
les pareciese más larga de lo que en semejantes tiempos suele
acontecer, y venido el día, casi sin que el capitán ni maese de
campo los pudiese detener ni poner en concierto para poder resistir
a los indios si al encuentro les saliesen, se fueron unos tras
otros bien desconcertadamente hasta llegar a aquella parte donde el
día antes habían visto el bohío y las labranzas, y entrando por
ellas sin ninguna reportación ni atención, se daban
desordenadamente a comer de todo lo que topaban por delante; y
aunque así en el bohío como en las labranzas había mucho maíz,
yuca, batata y otras raíces y legumbres, en poco tiempo lo
consumieron y asolaron todo, y ciertamente si a esta hora acudieran
indios a dar en los soldados, por pocos que fueran no dejaran de
haber entera victoria de los nuestros, o a lo menos hicieran gran
daño en ellos.
Aún no estaban de todo punto alojados los españoles cuando tres
soldados, llamados Juan, portugués, y Limpias y Moreno,
pareciéndoles poco lo que por allí se podía hallar para lo que
habían menester, pasaron más adelante, siguiendo cierto camino que
la fortuna les ofreció, por el cual fueron a dar a un bohío bien
proveído de comida, aunque algo apartado del primero. No hallaron
en él gente, mas entendiendo que el capitán y los demás soldados
los siguieran y fueran aquella noche a dormir a donde ellos
estaban, se estuvieron quedos, con necia esperanza, muy confiados
en sus fuerzas y brazos. Juntáronse los indios que por allí cerca
había, y como vieron a estos tres soldados solos, dieron sobre
ellos con sus armas y mataron a Juan, portugués, y a Limpias, que
con bríos y ánimos de españoles Salieron a ellos con sus espadas y
rodelas, y peleando valerosamente mataron antes de ser muertos
algunos de los enemigos. Moreno, como vio a los indios embarazados
con sus dos compañeros, diose a huír por lo más espeso de la
montaña para no ser visto, y así escapó con la vida, queriéndola
más conservar, aunque con alguna infamia por haberse retirado fuera
de tiempo y dejado a sus compañeros entre los enemigos peleando,
que perderla cobrando loa y fama de buen soldado y valiente
guerreador; porque este hombre quería más que se dijese por él un
más infame que honroso apotema, que algunos soldados pusilánimes
tienen por flor en Indias, diciendo que querrían más que se diga
por ellos "aquí huyó fulano" que no "aqui murió fulano",
|cosa
cierto indina del nombre y
|valor español.
|Capítulo noveno
En el cual se
escribe cómo Cepeda envió por los dos españoles muertos y los mandó
enterrar, y los indios, juntándose, vinieron sobre el alojamiento y
les hirieron muchos soldados, de los cuales murieron algunos,
quedando los nuestros victoriosos. Se tomó a salir Cepeda y se
volvió a juntar con Pedroso.
Como la gente llegó al primer bohío tan fatigada de hambre,
después que tomaron y repartieron entre sí la comida que en él
bohío había, se esparcieron sin orden alguna por los alrededores
que parecía y había algunas labranzas, a recoger comida. Cepeda
estuvo quedo en el bohío con unos pocos soldados que le estuvieron
acompañando, y desque se hizo tarde y hora de recoger, mandó soltar
un versete que llevaba, con que dio e hizo señal a los soldados no
sólo que se juntasen, pero donde se habían de juntar, porque como
se ha dicho, hasta esta hora no lo sabían. En aquella distancia de
tiempo que hasta la noche quedaba, se juntó toda la gente, así
españoles como indios, sin faltar más de los tres españoles dichos,
que los dos ya eran muertos y el uno iba ya caminando y huyendo
hacia donde ellos estaban. Nunca la ausencia y falta de estos tres
soldados puso sospecha en Cepeda ni en los demás españoles, porque
como eran tenidos por hombres que de cualquier aprieto en que se
viesen sabrían salir, parecíales que su tardanza era más de
industria que de necesidad.
Moreno, caminando la noche con harto trabajo, porque a espaldas
vueltas le habían dado algunos indios, que al principio le
siguieron, una mala herida, vino a aportar, otro día de mañana, a
donde el capitán estaba alojado y dio noticia del mal suceso suyo y
de sus compañeros, que fue harto sentido por los soldados de la
compañía. Cepeda hizo luégo apercibir treinta hombres y que fuesen
a ver lo sucedido de los otros dos soldados, porque aun Moreno no
los había dejado muertos sino peleando, por haber tomado la corrida
temprano y con tiempo; pero claramente presumía que eran muertos.
Según las nuevas y señas que Moreno dio, fueron los treinta
soldados, y llegados al bohío hallaron los dos españoles muertos en
el campo donde habían peleado, desnudos en carnes, porque los
bárbaros no sólo les habían despojado de todo lo que tenían vestido
sobre sí, pero después de haberlos muerto con crueldad bárbara les
habían quebrado las quijadas y cabezas y brazos y piernas, y
asímismo hallaron los indios que los dos españoles habían muerto
allí junto así, con sus caracoles en las narices, de oro fino, que
cada uno pesaba ocho pesos. Los soldados tomaron sus dos difuntos y
los trajeron al alojamiento donde Cepeda había quedado, donde
fueron enterrados con menos pompa de lo que ellos poco antes habían
pensado y aun tratado.
Los indios, como les sucedió bien con la muerte de estos dos
españoles, el siguiente día, luégo de mañana, comenzaron a
convocarse y juntarse con grandes alaridos e instrumentos de
atambores, cornetas y fotutos que tocaban, de suerte que los
nuestros los oían muy bien; y presumiendo algunos de los más
baquianos lo que era y podía ser, aconsejaron al capitán que
estuviese muy sobre el aviso y pusiese dobladas guardias y velas,
porque si los bárbaros, que ellos presumían por lo que oían,
viniesen a darles guazabara, los hallasen apercibidos y con las
armas en las manos. Cepeda, tomando y aceptando el consejo y
parecer que se le daba, luégo lo puso por la obra, poniendo por su
propia mano todo recado en su alojamiento, como en cosa que tanto
le importaba.
Los bárbaros se juntaron bien en breve, y como a hora de las
diez del día hurtaron el viento a las guardias y centinelas e
hicieron su acometida por otra parte muy diferente de la que los
nuestros pensaron; porque como estos bárbaros sabían muy bien la
tierra y habían enviado antes sus escuchas o espías a ver y
reconocer la parte del camino por donde ellos pretendían hacer su
arremetida, mudaron consejo, y dando la vuelta por la otra parte
del real, por donde no había camino, tomaron a los nuestros por las
espaldas, y por esta causa muy descuidados, y arremetieron a ellos
muy briosamente, sin que recibiesen ni en ellos los soldados
pudiesen hacer daño ninguno, antes ellos, con su primera y súbita
arremetida, mataron a Valle, hermano del obispo de Popayán, e
hirieron veintitrés españoles de flechazos, entre los cuales fueron
Valdelamar, y el capitán Ayala, y Alonso Pérez y Talabera, que
luégo murieron casi rabiando de las heridas que les dieron, que
debían estar untadas las flechas con algún ponzoñoso betún; y
habiendo recibido los nuestros casi todo este daño, revolvieron
sobre los enemigos, los cuales asimismo esperaron con buen ánimo la
arremetida de los nuestros, hasta recibir en sus personas las
heridas de las espadas, de las cuales poco a poco se fueron
retirando y haciendo atrás hasta meterse en la montaña o arcabuco;
porque entendiendo los indios que las espadas no eran más dañinas
que sus macanas, armas todas de palo, y que si no es a atormentar o
aturdir o magullar, no hacen otro daño, íbanse entreteniendo y
recibiendo más daño del que ellos propios pensaban recibir, mas no
tanto cuanto los soldados, con la rabia que de ver presentes a sus
compañeros muertos y heridos tenían, quisieran hacer.
Los indios, luégo que se entraron en el arcabuco, no curaron de
revolver sobre los españoles, porque veían que dejaban muertos y
tendidos en el suelo, de sus compañeros, más de cincuenta, que
aunque les hacían poca falta por ser ellos en mucho número, cada
cual temía no corriese por él la misma fortuna.
No quisieron los soldados seguir el alcance de los enemigos,
porque como en los que quedaban muertos veían relucir gruesos
caracuries y chagualas y orejeras de oro, cada cual se abatía y
abajaba a despojar el cuerpo muerto de lo que tenía, antes que
seguir los vivos con peligro y daño suyo. Tomáronse en este despojo
de los indios muertos más de quinientos pesos de oro finísimo, que
les ponía muy gran contento y ánimo a los soldados; y con aquella
buena señal de oro que veían presente ni se acordaban de los
muertos ni se les daba cosa alguna de los heridos, porque la
esperanza que su propia codicia les daba de que por allí habían de
hallar mucho oro, les hacía poner en olvido el daño recibido.
Volvieron el siguiente día los indios a probar y tentar su
fortuna, mas aunque venían en aumentado número de los que el día
antes habían venido, no por eso se atrevieron a hacer la misma
arremetida, antes haciendo fieros desde afuera, convidaron a los
nuestros a que saliesen a ellos, los cuales con codicia del
despojo, no fueron nada perezosos, mas saliendo a ellos con
doblados ánimos y bríos que el día antes, los forzaron a que sin
llegar a las manos se arredrasen bien a lo largo, de suerte que
aunque los nuestros lo desearon y procuraron, nunca les pudieron
dar alcance, porque aunque los indios eran los mismos que el día
antes habían peleado, traían los ánimos muy quebrantados y
temerosos con el daño que recibieron en la guazabara, y así nunca
más volvieron a hacer acometimiento a los españoles, aunque
estuvieron allí después tres o cuatro días, al remate de los cuales
Cepeda se tornó a salir proveyéndose de la comida necesaria para el
camino, tomando la madrugada porque la fuerza del calor del sol no
fatigase a los soldados heridos o flechados, en una áspera subida
que tenían que subir al principio de su jornada. Fue su vuelta
pacífica, porque en el camino no les salieron ningunos indios a
hacerles daño ni estorbarles el pasaje.