|Capítulo cuarto
En el cual se
escribe cómo Pedroso pasó adelante con su gente, y entre
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los valles de Çamana y Punchina,
que fue llamado valle de Corpus Christi, en cuyo río le resistieron
los indios el pasaje, y cómo a la noche pasaron los españoles el
río e hicieron una emboscada donde cayeron muchos indios.
Prosiguiendo Pedroso su descubrimiento y jornada fue a dar al
valle que ahora dicen de Çamana, y pueblo de las gallinas, donde
halló abundancia de comida entre los naturales. Alojose en él con
su gente, y de aquí envió a Juan Carreño que fuese con ciertos
soldados que él le señaló a descubrir a la parte de abajo las
poblazones donde está poblada la ciudad de Vitoria, de quien habían
desde lo alto visto gran señal por las humaredas y fuegos que hacia
aquella parte se divisaban, lo cual se dejó de ver del todo por
flojedad de Carreño, que desde el camino se volvió sin hacer con
diligencia lo que le era encargado, por algún particular temor. Lo
cual visto por Pedroso envió a Juan portugués que fuese a descubrir
hacia la poblazón que ahora es llamada Punchina; y siguiendo tras
de él el propio capitán con la demás gente, no se detuvieron hasta
llegar al río, que ahora es llamado de Nare, el cual iba tan
crecido y caudaloso que fue necesario hacer allí una canoa en que
pasó toda la gente de la otra banda, lo cual fue hecho con
presteza, y pasado el río, Pedroso se alojó en cierto pueblo que de
la otra banda estaba, donde ahorcó un negro por cierta desvergüenza
y delito que cometió.
Desde este alojamiento se envió gente delante a descubrir, y
caminando dieron en la poblazón y valle que ahora llaman de
Punchina, que en aquella sazón le fue puesto el valle de Corpus
Christi a causa de entrar en él estos soldados la víspera de esta
solemne fiesta. Entraron por la Culata o caldera que hoy nombran
los españoles de este nombre, y allí se tomaron algunos indios para
guías; con que se volvieron los soldados a donde había quedado
Pedroso, el cual luégo, el siguiente día, marchó con toda la gente
y entró en este valle de Corpus Christi por la loma que dicen del
Palmar, por llevarle por este camino las guías. Los naturales de
las poblazones más cercanas al camino, pegando fuego a sus propias
casas, se retiraban e iban huyendo a las partes que les parecía más
seguras para la conservación de sus vidas.
Pedroso, no cesando de caminar, fue a parar a las riberas del
río Guatape, que es el propio del valle de Corpus Christi. Los que
iban de vanguardia hallaron el río algo crecido, y de la otra banda
hasta trescientos indios que defendían el pasaje, por lo cual no
quisieron o no pudieron pasar de la otra banda, y así se detuvieron
hasta que el capitán llegó, que venía algo trasero; el cual viendo
el estorbo e impedimento que había para pasar, aquella tarde hizo
alojar su gente algo apartada del río, en una cuchilla alta de
donde se veía y señoreaba lo que de la otra parte había, y hecho
esto se abajó al río y se llegó y acercó todo lo que pudo a hablar
con los indios que de la otra banda estaban; y con un intérprete
que llevaban les comenzó a decir su parecer acerca de cuán bien los
estaba a todos la paz y amistad; pero los bárbaros, no curando de
lo que se les decía, respondían ferozmente palabras libres y de
gente rústica, acompañadas de muchos meneos que con el cuerpo
hacían, dando con las macanas grandes golpes por el suelo y
piedras, diciendo y significando que de aquella suerte habían de
tratar y matar a los nuestros.
Acudió mucha cantidad de indios al paso, de más de los que al
principio se hallaron allí, y como la noche cerrase de todo punto,
los bárbaros no lo pudiendo acabar con su condición de detenerse
allí aquella noche, temiendo que los nuestros pasasen por alguna
otra parte a dar en ellos, hicieron muchos bultos de paja y
pusiéronlos a la vislumbre de las candelas y fuegos que tenían, de
suerte que a los nuestros les parecían personas e indios que
estaban en aquel alojamiento para defender el paso; y con esta
invención, después de haber estado dando voces y haciendo estruendo
y ruido buen rato de la noche, sin ser sentidos de los españoles se
fueron escondidamente a sus casas. Pero con todo esto los nuestros
siempre tuvieron creído que los indios se estaban en su alojamiento
con el engaño de los bultos de paja que veían.
Pasado buen rato de la noche, Pedroso mandó salir ciertos
soldados que se habían apercibido para que fuesen a buscar el río
abajo vado por do pasar el río y diesen en los indios y los
descalabrasen y ahuyentasen de donde estaban. El camino para abajar
al río era tan fragoso, por haberlo de llevar por parte oculta para
no ser vistos de los indios, y la noche era tan oscura, que fue
necesario, para poder caminar, llevar candelas encendidas, porque
de otra suerte no había soldado que pudiese dar paso adelante sin
gran peligro de caer y despeñarse. Bajados que fueron a la barranca
o ribera del río, hallaron que iba tan furioso y crecido que les
era imposible pasarlo por muy buenos nadadores que fuesen, porque
iba muy acanalado y veloz y demás de esto muy acompañado de piedras
o peñas. El remedio que para suplir esta necesidad tuvieron los
soldados, fue cortar un grueso árbol que a la lengua del agua
estaba, de suerte que cayó sobre el río y atravesó de la otra banda
a la tierra firme, por donde tuvieron lugar de pasar los soldados
seguramente, y acabados de pasar por la puente creció el río de
golpe y llevose el árbol. Los soldados y su caudillo Diego Martín
se acercaron todo lo que les pareció al alojamiento de los indios,
y con gran quietud y silencio estuvieron esperando a que amaneciese
para dar en el alojamiento de los bárbaros; pero como con el
resplandor del aurora mirasen atentamente aquello que habían tenido
por indios, hallaron ser bultos de paja con que fueron
graciosamente burlados. Pero esto fue ocasión para no se detener
allí punto, por estar en lo interior y más bajo de la loma, donde
si acudían indios podían ser fácilmente maltratados y aun
ahuyentados, y a esta causa el caudillo Diego Martín se dio priesa
a subir a lo alto a una loma o cumbre de sabana que cerca estaba; y
a esta hora asimismo los indios venían bajando por la loma abajo, y
como el día amaneció cerrado, con la mucha y espesa neblina que
había, ni los españoles veían bajar los indios ni los indios veían
subir a los españoles; más de que los soldados oyeron muy cerca de
sí las cornetas de los bárbaros que bajaban y sintiéronlas tan
cerca que para no ser sentidos de ellos lo más presto que pudieron,
dividiéndose por la una y otra parte del camino, se emboscaron y
agacharon entre algunas matas grandes y crecidas que por allí cerca
había. Los indios, como en este instante descubriesen la gente que
de la otra banda del río estaban alojados, iban tan atentos y
ocupados con la vista en mirarlos que no echaron de ver en los
rastros y vestigios que los españoles emboscados habían hecho, que
es muy fácil de conocer, especialmente en tierra rasa, donde cae
rocio de noche; y con este descuido pasasen casi la mayor parte de
los indios adelante de donde estaba la emboscada, salieron los
soldados a ellos, y más los espantaron que lastimaron, porque como
los españoles habían estado toda la noche desabrigados y al frío,
que lo había hecho muy grande, estaban atentados de suerte que con
gran trabajo podían mandar
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las armas, si no fue
Andrés Vaz, portugués, natural de Castilblanco, que arrojando y
echando de sobre sí un sayo de armas que traía vestido, con su
espada y rodela se arrojó liberal y animosamente entre los indios y
comenzó a herir en ellos severamente. El temor de morir en poder de
tantos enemigos como entre las manos tenían hizo luégo cobrar el
calor perdido a los demás soldados y dar con furia en los indios,
de suerte que hiriendo y desjarretando los que podían, esparcieron
en breve espacio los que en la emboscada habían entrado. Pero esta
victoria, habida tan fácilmente, fue luégo mezclada con gran temor
de perderla, porque como los indios sintieron españoles de esta
banda del río, comenzaron con grandes alaridos a apellidar la gente
comarcana, y con voces feroces y espantables procurar apresurar el
paso de los que los venían a favorecer, de suerte que dentro de una
hora se hallaron juntos en lo alto de la loma más de dos mil indios
de guerra, flecheros y macaneros, pero la mayor parte eran
macaneros. Los españoles se vieron en tan gran aflicción de ver
sobre sí la multitud de los bárbaros, que tuvieron por imposible,
si no era mediante el auxilio y favor divino, escapar con la vida,
y así como cristianos, devota y lacrimosamente, comenzaron a
invocar el auxilio y favor divino, poniendo por medianera a la
bienaventurada Virgen María Nuestra Señora, y al bienaventurado
Santiago, de que en esta nación más que en otra ninguna son muy
devotos y a quien en sus trabajos y necesidades suelen acudir, para
que del Todopoderoso Dios inmortal les alcancen lo que piden; y
fueles tan útil y provechoso este medio que tomaron, que vinieron a
haber entera victoria de los indios, aunque la pelea fue bien
prolija y reñida, la cual pasó en esta manera.
|Capítulo quinto
En el cual se
escriben dos guazabaras que los indios del valle del Corpus Christi
dieron a los españoles en las riberas del río del propio valle
llamado Guatape
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, y el valor con que los españoles
pelearon.
Juntos gran multitud de indios en lo alto de la loma, se
pusieron en orden por sus escuadrones y concertadamente bajaron a
arremeter con los diez y siete españoles, de los cuales sólo
catorce les salieron al encuentro, porque los otros quedaban
guardando un paso para que los indios por él no les tomasen las
espaldas; y demás de ser tan pocos en número tenían otro defecto
mayor, que entre todos ellos no había ballesta ni arcabuz, sino que
forzosamente habían de ofender y pelear pie a pie.
Todas estas cosas veía el capitán Pedroso desde donde estaba,
que le daban harta más pena que a los propios que estaban en
peligro, porque desde donde estaba veía y señoreaba más enteramente
la gran cantidad de indios que sobre los diez y siete soldados
bajaban, y deseaba y procuraba enviarles socorro y auxilio, y no
podía ni era en su mano, porque como el río, demás de ir muy
crecido y recio, fuese ahocinado o lleno de piedras y peñascos,
impedía de todo en todo el pasaje de los que querían ir a socorrer
a los compañeros. Echáronse algunos caballos para que pasasen de la
otra banda, pero todos se los llevaba la furia del agua sin que
peligrase ninguno ni pasase el río: sólo Rodrigo del Río, natural
de Moguer, buen soldado para semejantes necesidades, se arrojó en
el agua en un caballo y pasó el río a donde los compañeros estaban
ya envueltos con los indios, hiriendo en ellos y peleando
briosamente. La pelea de estos bárbaros no era estarse pie a pie y
siempre en una postura con los españoles, sino arremetían con un
poco de furia contra los soldados, y en llegando a ellos que
recibían de daño algunos indios de los delanteros que los nuestros
los mataban, tornábanse luégo a retirar y tener un poco atrás, y
que les parecía tornaban a arremeter otra vez y a llegarse a
barloar con nuestros soldados y en recibiendo algún daño de ellos
se tornaban a retirar sin detenerse punto.
Quisieron los bárbaros arremeter una vez a los nuestros abiertos
en dos puntas o alas para cogerlos en medio y más acomodadamente
combatirlos por todas partes, pero fueron entendidos y conocidos en
su cautela: los nuestros también se dividieron para herir en las
puntas o primeros indios de ellas, y viendo los bárbaros, por el
ademán que los nuestros hicieron, que era entendida su cautela, se
detuvieron y de aquella vez no quisieron arremeter. Era ya alto el
día, y el trabajo de la pelea y calor del sol tenían a los soldados
algo aflojados, con hambre y sed, y así les fue necesario, viendo
algo apartados de sí a los indios, sentarse a comer unos secos y
ásperos bollos de maíz que consigo traían y enviar en sendos
calabazos al río por agua a dos indios Panches que consigo
llevaban. Los indios, viendo que los españoles se juntaron y
sentaron a comer estuviéronse quedos, sin arremeter a ellos
mientras comieron.
En el ínterin que esto pasaba, de esta banda del río donde
Pedroso estaba alojado no tuvieron mucho reposo ni contento, porque
cuando más descuidados estaban dieron sobre el alojamiento obra de
mil quinientos indios, pretendiendo arruinarlo y destruirlo todo,
pero como se hallasen en la sazón que llegaron algunos caballos
ensillados y en ellos subiesen buenos jinetes, fueron los indios
frustrados de sus designios, porque arremetiendo a ellos los de a
caballo y otros muchos soldados, buenos peones, los ahuyentaron y
desbarataron con daño y pérdida de algunos que en la guazabara y
alcance murieron, que fue esto muy gran parte para que los indios
que de la otra banda del río estaban, perdiesen del brío y
esperanza que tenían de haber victoria de los nuestros.
Estando, pues, las cosas de la guazabara suspensas por el
almuerzo de los diez y siete españoles y reposo de los indios, se
levantó en pie uno de los bárbaros y pareciéndole cosa de poca
estimación y menosprecio el número de los españoles, con quien
tanto tiempo habían peleado, dijo a muy grandes voces: "ques lo que
hacemos aquí; por ventura ¿no es cosa de gran vergüenza para
nosotros que con armas pretendamos vencer y haber a nuestras manos
tan pequeño número de enemigos? Soltad, soltad las armas, y vayan
unos por una parte y otros por otra y cojámoslos en medio, y así
con facilidad los podremos matar y hacer de ellos lo que
quisiéremos". Y con esto se levantaron todos, y dividiéndose en
tres partes, el un escuadrón había de arremeter por la cuesta
abajo, por do solía, y los otros dos por los lados. Los españoles
esperaron como solían la turbamulta que por la loma o cuchilla
bajaban abajo contra ellos, dejando divididos de sí solamente los
tres soldados que aseguraban las espaldas, que eran León, Izorva y
Francisco de Medina, a los cuales más presto que a otros ningunos
salieron los indios que por el lado derecho habían tomado, y dando
en ellos antes que los de la parte izquierda subiesen, tuvieron
lugar de resistirles y ahuyentarles, y así nunca osaron salir a lo
alto los que por el lado izquierdo subían. Los demás indios,
haciendo su arremetida por la cuchilla abajo, se tornaron a juntar
con los catorce españoles y a pelear con ellos en la forma dicha;
donde sucedió que Alonso Márquez, soldado español, de un revés que
dio a un indio le derribó la cabeza de los hombros y tomándola del
suelo por los cabellos, que eran bien largos, la arrojó en medio
del escuadrón de los indios, con que les puso tal espanto y temor
que los hizo perder el brío y obstinación con que peleaban y
aflojar de tal suerte que arremetiendo a ellos los españoles los
llevaron casi corriendo por la cuchilla y loma arriba, hasta que
les tomaron un alto, donde estaban dos o tres bohíos y allí se
hicieron fuertes, por ser lugar acomodado para ello, hasta que
Pedroso y toda la demás gente, después de haberse aplacado la
inundación y furia del río, pasaron y se fueron a alojar al propio
sitio donde los diez y siete españoles, a pesar de sus enemigos, se
habían apoderado.
Fue grande el contento que el capitán Pedroso recibió de hallar
a todos sus soldados vivos y sin heridas, porque si no fue Diego
Pinto, portugués, que le dieron un flechazo en una mejilla, otro
daño ninguno no recibieron. Erale causa de contento a Pedroso ver
el valor con que los soldados nuestros se habían defendido de un
tan gran número de bárbaros, porque como él vía, y consideraba los
pocos y desapercibidos soldados que de la una parte estaban y los
grandes escuadrones de indios que contra ellos bajaban y se
juntaban de todas partes, siempre estuvo temeroso y dudoso de la
salud de los suyos, y los juzgó y reputó por muertos y
desbaratados; pero después que se juntó con ellos y los halló
victoriosos, comenzolos a sublimar y ensalzar con alabanzas dichas
en favor de su fortaleza y vigor de ánimos cuales el vigor y bríos
con que les tendía pelearon, lo merecía.
|Capítulo sexto
En el cual se
escribe cómo el capitán Pedroso entró en las sabanas de Aburrá
|
11
, donde tuvo noticia del capitán
Hernando Cepeda que con gente andaba en ellas, y a esta causa pobló
allí un pueblo y envió a requerir a Cepeda que se saliese de la
tierra
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12.
Detúvose en este alojamiento algunos días el capitán Pedroso,
porque la gente descansase del trabajo pasado, de donde envió un
caudillo que siguiendo el camino que por la loma adelante iba,
descubriese algunas jornadas y viese la tierra por do habían de
pasar, si había en ella peligro para los soldados.
Caminando el caudillo por la vía y derrota que Pedroso le mandó,
fue a dar en ciertas vegas y llanadas de tierra rasa que son hoy
llamadas las sabanas de Aburrá, tierra que por ninguno de los que
en la compañía iban nunca había sido vista ni se reconoció.
Viéronse en ella algunas carreras que casi en alguna manera querían
imitar a las que en la tierra de Bogotá y Guatavita, en el Nuevo
Reino, se hallaron, por lo cual después que los descubridores de
estas sabanas volvieron a donde Pedroso estaba y le dieron relación
de lo que habían descubierto y visto, sin dar señas de poblazones
sino solamente haber apariencia de haberlas, nació entre los
soldados un género de contento y alegría extraño, porque les
parecía que las señales que se habían visto eran en alguna manera
de tener cierta esperanza de que aquí esta tierra era la que iban a
buscar del Sinú, y que sería muy felice y rica por aquella señal de
carreras que en ellas hallaron, porque en todas las comarcas del
Nuevo Reino solamente en la provincia de Bogotá, gente rica y de
mucho oro, fueron halladas, y no en otra parte ninguna, y así no
hay soldado que en su presunción no se prometiese a sí mismo una
infinidad de oro, con lo cual se hallaba el más próspero y
bienaventurado del mundo; pero toda esta su vana esperanza se les
convirtió en viento y aun si se puede decir en llanto, por los
infelices sucesos que pocos días después tuvieron con el capitán
Hernando de Cepeda, a quien en las propias sabanas toparon con
aventajada gente que los sujetó y prendió.
Los indios del valle de Corpus Christi, aunque como se ha dicho
al principio, fueron descalabrados y desbaratados, no por eso
dejaron de acudir otras muchas veces de noche al alojamiento de los
españoles; mas como Pedroso siempre vivía recatada: mente y con sus
velas y rondas, eran sentidos los bárbaros antes que pudiesen hacer
daño, y así eran ahuyentados y rebatidos con daño propio.
Con la buena nueva referida, Pedroso con todos los soldados alzó
sus toldos y caminó la vía de las sabanas de Aburrá, a las cuales
bajó la víspera de San Juan con mucho regocijo y contento de todos
los que en su compañía iban, porque como he dicho, no había soldado
que no se hallase señor de mucho oro y tuviese el ánimo y
pensamiento puesto en una gran suma de este preciado metal.
Desde el principio de la sabana envió Pedroso veinticinco
hombres que fuesen a ver lo que adelante había. Estos, yendo
caminando, dieron en rastro muy fresco de los caballos y gente de
Cepeda, que les puso grande admiración y aun confusión; y
procurando con diligencia saber e inquirir qué gente fuese la que
había hecho aquel rastro que habían topado, hubieron a las manos
una esclava que les dio noticia, cómo era el capitán Hernando de
Cepeda, que con ciento veinte hombres había salido y retirado de la
gobernación de Popayán, porque allí el licenciado Francisco
Briceño, a quien el Emperador había enviado a aquella gobernación
por juez de residencia contra el licenciado Benalcázar, se la
quería tomar del tiempo que había sido justicia en ella por
Benalcázar; y temiéndose Cepeda que le había de hallar culpado en
la muerte del mariscal Jorge Robledo, y que por ello había de ser
ásperamente castigado, por no dar la residencia ni verse en algún
riesgo o aprieto, se quiso hacer a lo largo con la gente que a la
sazón se halló, pero no porque anduviese amotinado como rebelde,
porque su salida de la gobernación fue con color de que iba a
poblar la tierra de entre los dos ríos y conquistarla y hacer este
servicio al Rey. Que si con otra color saliera, no dejaran de
seguirle hasta destruirle.
Los soldados de Pedroso, habida esta relación, se retiraron y
volvieron a do su capitán había quedado y le dieron relación de lo
que habían visto y sabían, que puso en grande espanto y admiración
a Pedroso y aun confusión y perplejidad de lo que debía hacer,
porque se hallaba con menos gente de la que era necesaria para
conservarse en su trono de capitán y defender la tierra. Aunque
estuvo de propósito de dar una noche con los suyos en el
alojamiento de Cepeda, que estaba descuidado de tener tan cerca de
sí a los enemigos y así dormían y se trataban con más descuido y
recato del que les era permitido; y cierto saliera Pedroso con
cualquier cosa que por esta vía intentara o pretendiera hacer, pero
tuvo sospecha de algunos de sus soldados que por ir algo
estomagados con él le faltarían cuando más los hubiese menester; y
así, apartando de sí este acuerdo, tomó otro que aunque inútil, a
lo menos érale más provechoso para su salud y quietud, y fue que
llamando y juntando los soldados que en su compañía iban, les dio
generalmente noticia de lo que había, y les dijo el poco remedio
que tenían para echar de sí a Cepeda y a su gente, si no era
poblando en donde estaban un pueblo por jurisdicción y distrito del
Nuevo Reino, para que hallándolos poblados allí Cepeda se
abstuviese de hacerles ningún agravio ni pretendiese echarlos de la
tierra. Vinieron en ello todos los soldados, y Pedroso hizo luégo
sus diligencias y auctos, según en semejantes casos se suelen
hacer, y pobló en donde estaba un pueblo que llamó la ciudad de San
Sebastián, y nombró y eligió sus alcaldes y regidores y los demás
oficiales, y hecho esto se acordó entre el capitán y los alcaldes y
regidores que se enviase a hablar a Cepeda y a decirle cómo estaban
poblados en aquella tierra y tenían repartidos entre sí los
naturales de ella; que debía abstenerse de entrar por sus términos
y jurisdicción de mano armada, y que si con buenas palabras no se
comidiese Cepeda, que se le hiciesen requerimientos y
protestaciones acerca de los daños y muertes que sucediesen.
Para este efecto fue nombrado el capitán Martín Yáñez Tafur, que
al presente es vecino de Tocaima, el cual, yendo con cierto
escribano a donde Cepeda estaba alojado, después de haberle
saludado de parte de su capitán y pueblo, le habló sobre el negocio
que iba a tratar con él, y hallolo algo áspero y desusado de lo que
pretendía y quisiera Pedroso, por lo cual Martín Yáñez Tafur usó de
los requerimientos que llevaba e hizo demostración de los poderes y
comisión que Pedroso tenía del gobernador Miguel Díaz; pero como
Cepeda y muchos de los que con él estaban no pensaban llevar los
negocios por razón ni por papeles, reíanse mucho de lo que se les
leía y requería de parte de Pedroso, porque aquella gente hecha a
los bullicios y desasosiegos de Perú, algunos de los cuales se
habían hallado en la rebelión de Gonzalo Pizarro y en las
diferencias de almagros y pizarros, pareciales cosa rústica y de
bárbaros querer y pretender defender con papeles que de todo punto
son sordos e inútiles lo que consistía en fuerza de armas
|y
favor de fortuna. Despidió Cepeda a Tafur con buena y cortés
crianza, diciéndole que el siguiente día iría con otros dos
compañeros al pueblo o ciudad de San Sebastián, a verse con
Pedroso, y allí se darla orden y medio en lo que se debía hacer en
conformidad de todos, porque aun a esta hora Cepeda no sabia ni
tenía noticia de la gente que consigo tenía el capitán Pedroso, ni
de lo que entre ellos pasaba, aunque en alguna manera lo presumía,
pues con aquella honrosa color le hablan convidado con la paz.