INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo cuarto En el cual se escribe cómo Pedroso pasó adelante con su gente, y entre | 8 | los valles de Çamana y Punchina, que fue llamado valle de Corpus Christi, en cuyo río le resistieron los indios el pasaje, y cómo a la noche pasaron los españoles el río e hicieron una emboscada donde cayeron muchos indios.

 

Prosiguiendo Pedroso su descubrimiento y jornada fue a dar al valle que ahora dicen de Çamana, y pueblo de las gallinas, donde halló abundancia de comida entre los naturales. Alojose en él con su gente, y de aquí envió a Juan Carreño que fuese con ciertos soldados que él le señaló a descubrir a la parte de abajo las poblazones donde está poblada la ciudad de Vitoria, de quien habían desde lo alto visto gran señal por las humaredas y fuegos que hacia aquella parte se divisaban, lo cual se dejó de ver del todo por flojedad de Carreño, que desde el camino se volvió sin hacer con diligencia lo que le era encargado, por algún particular temor. Lo cual visto por Pedroso envió a Juan portugués que fuese a descubrir hacia la poblazón que ahora es llamada Punchina; y siguiendo tras de él el propio capitán con la demás gente, no se detuvieron hasta llegar al río, que ahora es llamado de Nare, el cual iba tan crecido y caudaloso que fue necesario hacer allí una canoa en que pasó toda la gente de la otra banda, lo cual fue hecho con presteza, y pasado el río, Pedroso se alojó en cierto pueblo que de la otra banda estaba, donde ahorcó un negro por cierta desvergüenza y delito que cometió.

Desde este alojamiento se envió gente delante a descubrir, y caminando dieron en la poblazón y valle que ahora llaman de Punchina, que en aquella sazón le fue puesto el valle de Corpus Christi a causa de entrar en él estos soldados la víspera de esta solemne fiesta. Entraron por la Culata o caldera que hoy nombran los españoles de este nombre, y allí se tomaron algunos indios para guías; con que se volvieron los soldados a donde había quedado Pedroso, el cual luégo, el siguiente día, marchó con toda la gente y entró en este valle de Corpus Christi por la loma que dicen del Palmar, por llevarle por este camino las guías. Los naturales de las poblazones más cercanas al camino, pegando fuego a sus propias casas, se retiraban e iban huyendo a las partes que les parecía más seguras para la conservación de sus vidas.

Pedroso, no cesando de caminar, fue a parar a las riberas del río Guatape, que es el propio del valle de Corpus Christi. Los que iban de vanguardia hallaron el río algo crecido, y de la otra banda hasta trescientos indios que defendían el pasaje, por lo cual no quisieron o no pudieron pasar de la otra banda, y así se detuvieron hasta que el capitán llegó, que venía algo trasero; el cual viendo el estorbo e impedimento que había para pasar, aquella tarde hizo alojar su gente algo apartada del río, en una cuchilla alta de donde se veía y señoreaba lo que de la otra parte había, y hecho esto se abajó al río y se llegó y acercó todo lo que pudo a hablar con los indios que de la otra banda estaban; y con un intérprete que llevaban les comenzó a decir su parecer acerca de cuán bien los estaba a todos la paz y amistad; pero los bárbaros, no curando de lo que se les decía, respondían ferozmente palabras libres y de gente rústica, acompañadas de muchos meneos que con el cuerpo hacían, dando con las macanas grandes golpes por el suelo y piedras, diciendo y significando que de aquella suerte habían de tratar y matar a los nuestros.

Acudió mucha cantidad de indios al paso, de más de los que al principio se hallaron allí, y como la noche cerrase de todo punto, los bárbaros no lo pudiendo acabar con su condición de detenerse allí aquella noche, temiendo que los nuestros pasasen por alguna otra parte a dar en ellos, hicieron muchos bultos de paja y pusiéronlos a la vislumbre de las candelas y fuegos que tenían, de suerte que a los nuestros les parecían personas e indios que estaban en aquel alojamiento para defender el paso; y con esta invención, después de haber estado dando voces y haciendo estruendo y ruido buen rato de la noche, sin ser sentidos de los españoles se fueron escondidamente a sus casas. Pero con todo esto los nuestros siempre tuvieron creído que los indios se estaban en su alojamiento con el engaño de los bultos de paja que veían.

Pasado buen rato de la noche, Pedroso mandó salir ciertos soldados que se habían apercibido para que fuesen a buscar el río abajo vado por do pasar el río y diesen en los indios y los descalabrasen y ahuyentasen de donde estaban. El camino para abajar al río era tan fragoso, por haberlo de llevar por parte oculta para no ser vistos de los indios, y la noche era tan oscura, que fue necesario, para poder caminar, llevar candelas encendidas, porque de otra suerte no había soldado que pudiese dar paso adelante sin gran peligro de caer y despeñarse. Bajados que fueron a la barranca o ribera del río, hallaron que iba tan furioso y crecido que les era imposible pasarlo por muy buenos nadadores que fuesen, porque iba muy acanalado y veloz y demás de esto muy acompañado de piedras o peñas. El remedio que para suplir esta necesidad tuvieron los soldados, fue cortar un grueso árbol que a la lengua del agua estaba, de suerte que cayó sobre el río y atravesó de la otra banda a la tierra firme, por donde tuvieron lugar de pasar los soldados seguramente, y acabados de pasar por la puente creció el río de golpe y llevose el árbol. Los soldados y su caudillo Diego Martín se acercaron todo lo que les pareció al alojamiento de los indios, y con gran quietud y silencio estuvieron esperando a que amaneciese para dar en el alojamiento de los bárbaros; pero como con el resplandor del aurora mirasen atentamente aquello que habían tenido por indios, hallaron ser bultos de paja con que fueron graciosamente burlados. Pero esto fue ocasión para no se detener allí punto, por estar en lo interior y más bajo de la loma, donde si acudían indios podían ser fácilmente maltratados y aun ahuyentados, y a esta causa el caudillo Diego Martín se dio priesa a subir a lo alto a una loma o cumbre de sabana que cerca estaba; y a esta hora asimismo los indios venían bajando por la loma abajo, y como el día amaneció cerrado, con la mucha y espesa neblina que había, ni los españoles veían bajar los indios ni los indios veían subir a los españoles; más de que los soldados oyeron muy cerca de sí las cornetas de los bárbaros que bajaban y sintiéronlas tan cerca que para no ser sentidos de ellos lo más presto que pudieron, dividiéndose por la una y otra parte del camino, se emboscaron y agacharon entre algunas matas grandes y crecidas que por allí cerca había. Los indios, como en este instante descubriesen la gente que de la otra banda del río estaban alojados, iban tan atentos y ocupados con la vista en mirarlos que no echaron de ver en los rastros y vestigios que los españoles emboscados habían hecho, que es muy fácil de conocer, especialmente en tierra rasa, donde cae rocio de noche; y con este descuido pasasen casi la mayor parte de los indios adelante de donde estaba la emboscada, salieron los soldados a ellos, y más los espantaron que lastimaron, porque como los españoles habían estado toda la noche desabrigados y al frío, que lo había hecho muy grande, estaban atentados de suerte que con gran trabajo podían mandar | 9 las armas, si no fue Andrés Vaz, portugués, natural de Castilblanco, que arrojando y echando de sobre sí un sayo de armas que traía vestido, con su espada y rodela se arrojó liberal y animosamente entre los indios y comenzó a herir en ellos severamente. El temor de morir en poder de tantos enemigos como entre las manos tenían hizo luégo cobrar el calor perdido a los demás soldados y dar con furia en los indios, de suerte que hiriendo y desjarretando los que podían, esparcieron en breve espacio los que en la emboscada habían entrado. Pero esta victoria, habida tan fácilmente, fue luégo mezclada con gran temor de perderla, porque como los indios sintieron españoles de esta banda del río, comenzaron con grandes alaridos a apellidar la gente comarcana, y con voces feroces y espantables procurar apresurar el paso de los que los venían a favorecer, de suerte que dentro de una hora se hallaron juntos en lo alto de la loma más de dos mil indios de guerra, flecheros y macaneros, pero la mayor parte eran macaneros. Los españoles se vieron en tan gran aflicción de ver sobre sí la multitud de los bárbaros, que tuvieron por imposible, si no era mediante el auxilio y favor divino, escapar con la vida, y así como cristianos, devota y lacrimosamente, comenzaron a invocar el auxilio y favor divino, poniendo por medianera a la bienaventurada Virgen María Nuestra Señora, y al bienaventurado Santiago, de que en esta nación más que en otra ninguna son muy devotos y a quien en sus trabajos y necesidades suelen acudir, para que del Todopoderoso Dios inmortal les alcancen lo que piden; y fueles tan útil y provechoso este medio que tomaron, que vinieron a haber entera victoria de los indios, aunque la pelea fue bien prolija y reñida, la cual pasó en esta manera.

 

|Capítulo quinto En el cual se escriben dos guazabaras que los indios del valle del Corpus Christi dieron a los españoles en las riberas del río del propio valle llamado Guatape | 10 , y el valor con que los españoles pelearon.

 

Juntos gran multitud de indios en lo alto de la loma, se pusieron en orden por sus escuadrones y concertadamente bajaron a arremeter con los diez y siete españoles, de los cuales sólo catorce les salieron al encuentro, porque los otros quedaban guardando un paso para que los indios por él no les tomasen las espaldas; y demás de ser tan pocos en número tenían otro defecto mayor, que entre todos ellos no había ballesta ni arcabuz, sino que forzosamente habían de ofender y pelear pie a pie.

Todas estas cosas veía el capitán Pedroso desde donde estaba, que le daban harta más pena que a los propios que estaban en peligro, porque desde donde estaba veía y señoreaba más enteramente la gran cantidad de indios que sobre los diez y siete soldados bajaban, y deseaba y procuraba enviarles socorro y auxilio, y no podía ni era en su mano, porque como el río, demás de ir muy crecido y recio, fuese ahocinado o lleno de piedras y peñascos, impedía de todo en todo el pasaje de los que querían ir a socorrer a los compañeros. Echáronse algunos caballos para que pasasen de la otra banda, pero todos se los llevaba la furia del agua sin que peligrase ninguno ni pasase el río: sólo Rodrigo del Río, natural de Moguer, buen soldado para semejantes necesidades, se arrojó en el agua en un caballo y pasó el río a donde los compañeros estaban ya envueltos con los indios, hiriendo en ellos y peleando briosamente. La pelea de estos bárbaros no era estarse pie a pie y siempre en una postura con los españoles, sino arremetían con un poco de furia contra los soldados, y en llegando a ellos que recibían de daño algunos indios de los delanteros que los nuestros los mataban, tornábanse luégo a retirar y tener un poco atrás, y que les parecía tornaban a arremeter otra vez y a llegarse a barloar con nuestros soldados y en recibiendo algún daño de ellos se tornaban a retirar sin detenerse punto.

Quisieron los bárbaros arremeter una vez a los nuestros abiertos en dos puntas o alas para cogerlos en medio y más acomodadamente combatirlos por todas partes, pero fueron entendidos y conocidos en su cautela: los nuestros también se dividieron para herir en las puntas o primeros indios de ellas, y viendo los bárbaros, por el ademán que los nuestros hicieron, que era entendida su cautela, se detuvieron y de aquella vez no quisieron arremeter. Era ya alto el día, y el trabajo de la pelea y calor del sol tenían a los soldados algo aflojados, con hambre y sed, y así les fue necesario, viendo algo apartados de sí a los indios, sentarse a comer unos secos y ásperos bollos de maíz que consigo traían y enviar en sendos calabazos al río por agua a dos indios Panches que consigo llevaban. Los indios, viendo que los españoles se juntaron y sentaron a comer estuviéronse quedos, sin arremeter a ellos mientras comieron.

En el ínterin que esto pasaba, de esta banda del río donde Pedroso estaba alojado no tuvieron mucho reposo ni contento, porque cuando más descuidados estaban dieron sobre el alojamiento obra de mil quinientos indios, pretendiendo arruinarlo y destruirlo todo, pero como se hallasen en la sazón que llegaron algunos caballos ensillados y en ellos subiesen buenos jinetes, fueron los indios frustrados de sus designios, porque arremetiendo a ellos los de a caballo y otros muchos soldados, buenos peones, los ahuyentaron y desbarataron con daño y pérdida de algunos que en la guazabara y alcance murieron, que fue esto muy gran parte para que los indios que de la otra banda del río estaban, perdiesen del brío y esperanza que tenían de haber victoria de los nuestros.

Estando, pues, las cosas de la guazabara suspensas por el almuerzo de los diez y siete españoles y reposo de los indios, se levantó en pie uno de los bárbaros y pareciéndole cosa de poca estimación y menosprecio el número de los españoles, con quien tanto tiempo habían peleado, dijo a muy grandes voces: "ques lo que hacemos aquí; por ventura ¿no es cosa de gran vergüenza para nosotros que con armas pretendamos vencer y haber a nuestras manos tan pequeño número de enemigos? Soltad, soltad las armas, y vayan unos por una parte y otros por otra y cojámoslos en medio, y así con facilidad los podremos matar y hacer de ellos lo que quisiéremos". Y con esto se levantaron todos, y dividiéndose en tres partes, el un escuadrón había de arremeter por la cuesta abajo, por do solía, y los otros dos por los lados. Los españoles esperaron como solían la turbamulta que por la loma o cuchilla bajaban abajo contra ellos, dejando divididos de sí solamente los tres soldados que aseguraban las espaldas, que eran León, Izorva y Francisco de Medina, a los cuales más presto que a otros ningunos salieron los indios que por el lado derecho habían tomado, y dando en ellos antes que los de la parte izquierda subiesen, tuvieron lugar de resistirles y ahuyentarles, y así nunca osaron salir a lo alto los que por el lado izquierdo subían. Los demás indios, haciendo su arremetida por la cuchilla abajo, se tornaron a juntar con los catorce españoles y a pelear con ellos en la forma dicha; donde sucedió que Alonso Márquez, soldado español, de un revés que dio a un indio le derribó la cabeza de los hombros y tomándola del suelo por los cabellos, que eran bien largos, la arrojó en medio del escuadrón de los indios, con que les puso tal espanto y temor que los hizo perder el brío y obstinación con que peleaban y aflojar de tal suerte que arremetiendo a ellos los españoles los llevaron casi corriendo por la cuchilla y loma arriba, hasta que les tomaron un alto, donde estaban dos o tres bohíos y allí se hicieron fuertes, por ser lugar acomodado para ello, hasta que Pedroso y toda la demás gente, después de haberse aplacado la inundación y furia del río, pasaron y se fueron a alojar al propio sitio donde los diez y siete españoles, a pesar de sus enemigos, se habían apoderado.

Fue grande el contento que el capitán Pedroso recibió de hallar a todos sus soldados vivos y sin heridas, porque si no fue Diego Pinto, portugués, que le dieron un flechazo en una mejilla, otro daño ninguno no recibieron. Erale causa de contento a Pedroso ver el valor con que los soldados nuestros se habían defendido de un tan gran número de bárbaros, porque como él vía, y consideraba los pocos y desapercibidos soldados que de la una parte estaban y los grandes escuadrones de indios que contra ellos bajaban y se juntaban de todas partes, siempre estuvo temeroso y dudoso de la salud de los suyos, y los juzgó y reputó por muertos y desbaratados; pero después que se juntó con ellos y los halló victoriosos, comenzolos a sublimar y ensalzar con alabanzas dichas en favor de su fortaleza y vigor de ánimos cuales el vigor y bríos con que les tendía pelearon, lo merecía.

 

|Capítulo sexto En el cual se escribe cómo el capitán Pedroso entró en las sabanas de Aburrá | 11 , donde tuvo noticia del capitán Hernando Cepeda que con gente andaba en ellas, y a esta causa pobló allí un pueblo y envió a requerir a Cepeda que se saliese de la tierra | 12.

 

Detúvose en este alojamiento algunos días el capitán Pedroso, porque la gente descansase del trabajo pasado, de donde envió un caudillo que siguiendo el camino que por la loma adelante iba, descubriese algunas jornadas y viese la tierra por do habían de pasar, si había en ella peligro para los soldados.

Caminando el caudillo por la vía y derrota que Pedroso le mandó, fue a dar en ciertas vegas y llanadas de tierra rasa que son hoy llamadas las sabanas de Aburrá, tierra que por ninguno de los que en la compañía iban nunca había sido vista ni se reconoció. Viéronse en ella algunas carreras que casi en alguna manera querían imitar a las que en la tierra de Bogotá y Guatavita, en el Nuevo Reino, se hallaron, por lo cual después que los descubridores de estas sabanas volvieron a donde Pedroso estaba y le dieron relación de lo que habían descubierto y visto, sin dar señas de poblazones sino solamente haber apariencia de haberlas, nació entre los soldados un género de contento y alegría extraño, porque les parecía que las señales que se habían visto eran en alguna manera de tener cierta esperanza de que aquí esta tierra era la que iban a buscar del Sinú, y que sería muy felice y rica por aquella señal de carreras que en ellas hallaron, porque en todas las comarcas del Nuevo Reino solamente en la provincia de Bogotá, gente rica y de mucho oro, fueron halladas, y no en otra parte ninguna, y así no hay soldado que en su presunción no se prometiese a sí mismo una infinidad de oro, con lo cual se hallaba el más próspero y bienaventurado del mundo; pero toda esta su vana esperanza se les convirtió en viento y aun si se puede decir en llanto, por los infelices sucesos que pocos días después tuvieron con el capitán Hernando de Cepeda, a quien en las propias sabanas toparon con aventajada gente que los sujetó y prendió.

Los indios del valle de Corpus Christi, aunque como se ha dicho al principio, fueron descalabrados y desbaratados, no por eso dejaron de acudir otras muchas veces de noche al alojamiento de los españoles; mas como Pedroso siempre vivía recatada: mente y con sus velas y rondas, eran sentidos los bárbaros antes que pudiesen hacer daño, y así eran ahuyentados y rebatidos con daño propio.

Con la buena nueva referida, Pedroso con todos los soldados alzó sus toldos y caminó la vía de las sabanas de Aburrá, a las cuales bajó la víspera de San Juan con mucho regocijo y contento de todos los que en su compañía iban, porque como he dicho, no había soldado que no se hallase señor de mucho oro y tuviese el ánimo y pensamiento puesto en una gran suma de este preciado metal.

Desde el principio de la sabana envió Pedroso veinticinco hombres que fuesen a ver lo que adelante había. Estos, yendo caminando, dieron en rastro muy fresco de los caballos y gente de Cepeda, que les puso grande admiración y aun confusión; y procurando con diligencia saber e inquirir qué gente fuese la que había hecho aquel rastro que habían topado, hubieron a las manos una esclava que les dio noticia, cómo era el capitán Hernando de Cepeda, que con ciento veinte hombres había salido y retirado de la gobernación de Popayán, porque allí el licenciado Francisco Briceño, a quien el Emperador había enviado a aquella gobernación por juez de residencia contra el licenciado Benalcázar, se la quería tomar del tiempo que había sido justicia en ella por Benalcázar; y temiéndose Cepeda que le había de hallar culpado en la muerte del mariscal Jorge Robledo, y que por ello había de ser ásperamente castigado, por no dar la residencia ni verse en algún riesgo o aprieto, se quiso hacer a lo largo con la gente que a la sazón se halló, pero no porque anduviese amotinado como rebelde, porque su salida de la gobernación fue con color de que iba a poblar la tierra de entre los dos ríos y conquistarla y hacer este servicio al Rey. Que si con otra color saliera, no dejaran de seguirle hasta destruirle.

Los soldados de Pedroso, habida esta relación, se retiraron y volvieron a do su capitán había quedado y le dieron relación de lo que habían visto y sabían, que puso en grande espanto y admiración a Pedroso y aun confusión y perplejidad de lo que debía hacer, porque se hallaba con menos gente de la que era necesaria para conservarse en su trono de capitán y defender la tierra. Aunque estuvo de propósito de dar una noche con los suyos en el alojamiento de Cepeda, que estaba descuidado de tener tan cerca de sí a los enemigos y así dormían y se trataban con más descuido y recato del que les era permitido; y cierto saliera Pedroso con cualquier cosa que por esta vía intentara o pretendiera hacer, pero tuvo sospecha de algunos de sus soldados que por ir algo estomagados con él le faltarían cuando más los hubiese menester; y así, apartando de sí este acuerdo, tomó otro que aunque inútil, a lo menos érale más provechoso para su salud y quietud, y fue que llamando y juntando los soldados que en su compañía iban, les dio generalmente noticia de lo que había, y les dijo el poco remedio que tenían para echar de sí a Cepeda y a su gente, si no era poblando en donde estaban un pueblo por jurisdicción y distrito del Nuevo Reino, para que hallándolos poblados allí Cepeda se abstuviese de hacerles ningún agravio ni pretendiese echarlos de la tierra. Vinieron en ello todos los soldados, y Pedroso hizo luégo sus diligencias y auctos, según en semejantes casos se suelen hacer, y pobló en donde estaba un pueblo que llamó la ciudad de San Sebastián, y nombró y eligió sus alcaldes y regidores y los demás oficiales, y hecho esto se acordó entre el capitán y los alcaldes y regidores que se enviase a hablar a Cepeda y a decirle cómo estaban poblados en aquella tierra y tenían repartidos entre sí los naturales de ella; que debía abstenerse de entrar por sus términos y jurisdicción de mano armada, y que si con buenas palabras no se comidiese Cepeda, que se le hiciesen requerimientos y protestaciones acerca de los daños y muertes que sucediesen.

Para este efecto fue nombrado el capitán Martín Yáñez Tafur, que al presente es vecino de Tocaima, el cual, yendo con cierto escribano a donde Cepeda estaba alojado, después de haberle saludado de parte de su capitán y pueblo, le habló sobre el negocio que iba a tratar con él, y hallolo algo áspero y desusado de lo que pretendía y quisiera Pedroso, por lo cual Martín Yáñez Tafur usó de los requerimientos que llevaba e hizo demostración de los poderes y comisión que Pedroso tenía del gobernador Miguel Díaz; pero como Cepeda y muchos de los que con él estaban no pensaban llevar los negocios por razón ni por papeles, reíanse mucho de lo que se les leía y requería de parte de Pedroso, porque aquella gente hecha a los bullicios y desasosiegos de Perú, algunos de los cuales se habían hallado en la rebelión de Gonzalo Pizarro y en las diferencias de almagros y pizarros, pareciales cosa rústica y de bárbaros querer y pretender defender con papeles que de todo punto son sordos e inútiles lo que consistía en fuerza de armas |y favor de fortuna. Despidió Cepeda a Tafur con buena y cortés crianza, diciéndole que el siguiente día iría con otros dos compañeros al pueblo o ciudad de San Sebastián, a verse con Pedroso, y allí se darla orden y medio en lo que se debía hacer en conformidad de todos, porque aun a esta hora Cepeda no sabia ni tenía noticia de la gente que consigo tenía el capitán Pedroso, ni de lo que entre ellos pasaba, aunque en alguna manera lo presumía, pues con aquella honrosa color le hablan convidado con la paz.

8 En la "tabla" de Sevilla se lee: "y entró en los valles". El texto del manuscrito puede ser error del amanuense.
9 Por "manejar".
10  En la "tabla" de Sevilla se lee: "Guatapí".
11  En la "tabla" de Sevilla se lee "Aburá".
12 En la "tabla" de Sevilla se lee: "requerir a Cepeda se saliese de la tierra".

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