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MEDRANO,
AGUADO Y SU EPOCA
Al cuidadoso lector de la "Recopilación" no se le ocultan las
contradicciones que existen en el texto con referencia a varios
problemas americanos, como son el de los indios, el de los
conquistadores "antiguos" (Jiménez de Quesada y otros), etc. A
veces el autor trata a los indios con marcada simpatía y muestra
admiración aun hacia grupos antropófagos. Otras veces tiene contra
los "bárbaros" expresiones despreciativas. Aquí ensalza el valor de
los conquistadores como verdaderos héroes; allá formula tan acres
acusaciones contra ellos que los censores del Consejo, vigilantes
de la buena fama del nombre español, se vieron obligados a tachar
párrafos enteros.
Estas inconsecuencias y la falta de un criterio uniforme que
subsistieron, pese a la unificación ideológica que emprendió Aguado
como su redactor final, es una de las características de la
obra.
Estas discrepancias se deben a la dualidad de los autores de la
"Recopilación", Medrano y Aguado, que pertenecían a distintas
corrientes ideológicas en que se dividían los franciscanos del
Nuevo Reino, las cuales se revelan al estudiar la historia de la
orden en aquella época.
Dentro del marco del presente trabajo no será posible llevar a
cabo tal investigación exhaustivamente, a pesar de ser ella de
especial e indudable interés para conocer los movimientos
intelectuales en los albores del Nuevo Reino de Granada. Nos
limitaremos a exponer los lineamientos generales de este proceso
para mejor comprender la parte que en estas luchas ideológicas
corresponde a los dos frailes.
Cuando Aguado llegó al Reino, en 1562, ya se había formado un
fuerte grupo de aquellos frailes que se calificaban de "antiguos".
Una evolución paralela observamos entre los conquistadores, entre
los cuales, por aquella época también se destacó un grupo de los
"antiguos", arraigados en América, que iniciaron una lucha contra
muchos "nuevos" recién venidos quienes estaban tratando de
desplazarlos de las posiciones sociales adquiridas (encomiendas,
cabildos, oficios públicos) mediante el favor que muchas veces
encontraban en las autoridades coloniales.
En la misma situación se encontraron los frailes
"antiguos". En la época de la Conquista el
fraile lo era todo: misionaba a los indios, servía de cura a los
españoles, acompañaba a los conquistadores en sus jornadas; los
principales obispos en las tierras actualmente colombianas eran
frailes. El decidido favor que las órdenes religiosas encontraron
en la Corte durante el reinado de Carlos V; su libertad de acción
dentro de una organización universal que, debido a distancias y
falta de vías de comunicación, no pudo ser muy rígida; el
desarrollo del sentido de responsabilidad individual frente a
problemas que variaban de aspecto con cada tribu o pueblo por
evangelizar; la necesidad de adaptarse a distintos climas y
ambientes, establecieron una comunidad entre el fraile y el
conquistador-soldado, por una parte, y entre él y el indio, por
otra. Tales condiciones contribuyeron a afianzar su posición dentro
de la sociedad hispanoamericana que estaba en formación. Tanto por
el ejercicio de curatos en pueblos indios y españoles como por su
calidad de evangelizador de la población aborigen, el fraile se
"americanizó", es decir, se integró a la vida americana.
De aquí que aparece la personalidad del fraile que en documentos
de aquella época llaman "soberbio", fraile con inclinaciones
políticas que se inmiscuía en todas las actividades de la vida
civil, que critica las relaciones entre españoles e indios, la
forma como se otorgan las encomiendas, que se opone al
cercenamiento de sus derechos por las autoridades coloniales y
trata en forma despectiva sus mandamientos. Algunos eran
simpatizantes del movimiento indigenista
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; otros, por
el contrario, de los encomenderos, conquistadores "antiguos"; pero
todos estaban en una u otra forma ligados a su nueva patria e
influidos por las específicas condiciones americanas.
Contra estos frailes "antiguos" empezaron muy pronto a llegar
nutridas quejas al Consejo de Indias, que les acusaban de
indisciplina hacia las autoridades civiles y eclesiásticas, de
intromisión en jurisdicciones ajenas, ser "reyes y papas", como se
decía
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, sin reconocer a ningún superior.
El Consejo de Indias prestó oído a estas quejas, enviando a
América frailes "nuevos", con objeto de reemplazar a los
"antiguos", o "reformarlos". Tal reforma, aunque abarcaba muchos
aspectos de la vida de los frailes, tenía por objeto principal
doblegar su "soberbia", encauzar sus intromisiones en los problemas
americanos por una vía más sosegada, quitarles la vehemencia y
falta de moderación con que trataban a las autoridades,
encomenderos y conquistadores, cuando sus actividades no
correspondían a lo que ellos consideraban ser justicia. Esto no
quiere decir que los frailes "nuevos" se doblegaban
incondicionalmente a las autoridades justificando todos sus hechos.
Los religiosos en el siglo XVI constituían un grupo intelectual
independiente dentro de la sociedad hispanoamericana, y a él
debemos las críticas más penetrantes de las condiciones reinantes;
pero no eran "americanizados"; su arraigo no era ni tan fuerte ni
tan decisivo como en los "antiguos".
Para explicar las contradicciones que se observan en la
"Recopilación Historial", una obra de conjunto de los frailes
Medrano y Aguado, hay que tener en la mente que fray Pedro era uno
de los "nuevos", mientras Medrano pertenecía a los "antiguos".
Aguado había llegado al Nuevo Reino en 1562 como uno de los seis
frailes que dejó en Cartagena fray Luis Zapata, hombre de confianza
del Monarca, quien le eligió para "reformar" los frailes del Perú,
donde se presentaba un caso similar al del Nuevo Reino de Granada.
Aguado no tomó parte en la propia conquista, pues vino cuando sus
fases principales ya estaban concluidas. Pero Medrano sí fue un
fraile "antiguo", llegado muchos años antes que aquél. Fue
acompañante de los conquistadores, compañero de Jiménez de Quesada
en su jornada al Dorado y simpatizante de éste, especialmente por
cuanto el licenciado fue el caudillo de los "antiguos
conquistadores".
La idea de Medrano sobre la conquista es caballeresca: alaba a
los indios cuando son valientes; los desprecia cuando huyen,
tachándolos de "cobardes". Acepta las crueldades cometidas por los
conquistadores cuando le parecen necesarias para amedrentar a los
indios y subyugarlos definitivamente; aunque no acepta tales
crueldades cuando no son necesarias para conquistar una tribu. No
cavila sobre "derechos a la conquista" ni sobre la justificación de
la encomienda. No siente reverencia desmesurada hacia las
autoridades civiles y eclesiásticas, y menos cuando impiden o
restringen los derechos de los "antiguos" conquistadores. Medrano,
el "americano", muestra vivo interés por los indios, como todos los
conquistadores. Su interés por el indio sobrepasa el de un fraile
"nuevo", pues forma parte del mundo que él y sus compañeros
descubrieron e incorporaron al suyo. Parece Medrano un hombre que
procede del pueblo, uno de esos frailes que se trasladaban a
América para acompañar a los soldados, llevados en parte por el
espíritu de aventura, en parte animados por la curiosidad que
despertó el Nuevo Mundo, y también por su vocación de
misionero.
Aguado es, al contrario, un hombre cultivado, de una educación
más esmerada, perteneciente a una familia solariega de Valdemoro,
tal vez un "segundón" que emprendió la carrera eclesiástica como
era de uso y costumbre en tales familias. Para algunas tribus, que
tenazmente se aferran a las creencias de sus antepasados, y más aún
cuando persisten en sus aberraciones -antropofagia, pecado nefando,
etc.-, tiene sólo frases de desprecio. Para otras tribus pacificas,
injustamente atacadas o esclavizadas por los españoles, tiene
piedad y las defiende contra los conquistadores. Su relación con
los indios es más personal, regida por las normas morales que
dictan su religión y la época en que vive.
Al cuidadoso lector no le será difícil observar cómo se
entrelazan las dos posiciones contradictorias. No se trata de falta
de consecuencia, como erróneamente tacharon a Aguado aquellos
historiadores para los cuales la "Recopilación" era su obra
exclusiva. Eran los autores dos personalidades distintas que
representaban diferentes corrientes ideológicas. Eran dos
franciscanos que, aunque planteaban diferentemente los problemas
americanos, tenían en común el celo misionero y el amor por la
historia.