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LIBRO OCTAVO 1
En el libro octavo se escribe cómo
siendo gobernador Miguel Díaz en el Nuevo Reino de Granada, se le
dio licencia a Francisco Núñez Pedroso para ir a poblar de la otra
banda del río grande, por más abajo de Tocaima, en ciertas
poblazones de indios Ponches que de aquella parte había
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2. Llegado que fue Pedroso con los
españoles que llevaba, no queriendo parar allí, pasó adelante en
demanda del Sinú, y atravesando la provincia de los Palenques fue a
salir a las cabañas de Aburrá, donde halló al capitán Hernnando de
Cepeda con más de cien hombres. Cuéntase todo lo que en esta
jornada pasó hasta salir al Reino, y cómo tornó a pedir de nuevo
esta jornada y pobló la ciudad de San Sebastián de
Mariquita.
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|Capítulo
primero
En el cual se escribe cómo, por el
licenciado Miguel Díaz, fue dada comisión al capitán Pedroso para
ir a poblar a las provincias de Mariquita y cómo entró en ellas y
determinó pasar al Sinú.
Aunque de la conquista y fundación de la ciudad de San Sebastián
de Mariquita, poblada en las campiñas y riberas del río grande, de
la parte de Cartagena, en sustancia haya poco que escribir, esme
forzoso alargar y extender la materia en este lugar, por haberle
sucedido antes a Francisco Núñez Pedroso, que la pobló y fundó, por
esta misma ocasión de poblana, algunos trabajos y desasosiegos, que
casi fueron camino y vía y principio para ello, según en la
consecuente digresión y escritura se verá, si con atención se
lee.
Fue, pues, el caso que el año de mil quinientos cuarenta y
nueve, gobernando la tierra del Nuevo Reino el licenciado Miguel
Díaz Armendáriz, le fue dada comisión por el mismo gobernador a
este Francisco Núñez Pedroso, atendiendo su pretensión y pedimento,
para que pudiese ir y fuese, con los españoles que pudiese juntar,
de la otra banda del río grande, que cae más abajo de Tocaima, y
entre las poblazones y naturales que allí hubiese poblase un
pueblo.
En este tiempo concedíase por los gobernadores las licencias y
comisiones para nuevos descubrimientos y nuevas poblazones, más sin
escrúpulo y más liberalmente que ahora, en nuestros días, en los
cuales, a lo menos en este distrito del Nuevo Reino, no sólo no se
concederá licencia para ello, mas entiendo que sería gravemente
castigado el que lo hiciese de su autoridad, aunque fuese forzado a
ello.
Pedroso, usando de la facultad que el gobernador Miguel Díaz le
dio, juntó en pocos días más de setenta hombres, buenos soldados y
bien aderezados y hechos ya a los trabajos y necesidades de las
Indias, que cierto son excesivos, o a lo menos lo eran en estos
tiempos más que en otro ninguno, por no haber el proveimiento que
de caballos y mantenimiento era necesario; con los cuales salió de
Santafé, ciudad metropolitana en este Reino, y bajándose a aquella
parte del Reino y rio grande y provincias donde su conducta rezaba,
atravesó el río por la isleta y metiose con sus soldados por las
poblazones y valles de Mariquita, Gualí, Guasquia y otros; y porque
es bien advertir a los que esto ignoran, es de saber que, aunque el
pueblo que pobló después este Pedroso se dice Mariquita, que este
nombre no es extranjero, ni puesto en aquella tierra por los
españoles, mas es nombre propio de los naturales, aunque corrompido
por los españoles, por esta causa: que en cierta guazabara que los
indios dieron en tierra del principal de aquella comarca, llamado
Malchita, siendo los indios desbaratados y yendo huyendo, iban
invocando el nombre de su cacique Malchita con muy grandes voces y
alaridos que daban. Los españoles, como oyesen repetir tantas veces
y con tanto ahinco a Malchita, entendieron que decían Mariquita, y
así, usando siempre de este nombre, se quedó la tierra con él, y
dende en adelante llamada esta tierra donde el pueblo de los
españoles se pobló, Mariquita, y así nombro yo aquí la tierra y
gente, por no discrepar ni quitarle el nombre propio de los
naturales; los cuales tuvieron tan pocas refriegas y guazabaras con
Pedroso cuanto nunca se pensó, porque como antes había andado por
esta tierra el capitán Baltasar Maldonado cuando salió en demanda y
descubrimiento de la sierra nevada de Cartago, y los indios tenían
ya noticia de los bríos y fuerzas de los españoles y también
conocimiento de su clemencia, quisieron más con humildad conservar
sus vidas que con bárbara arrogancia derramar su sangre, pues
sabían que si saliesen con las armas a los españoles no podían
dejar de recibir daño sin hacerlo, y ya que lo hiciesen sería tan
poco que ni los unos ni los otros lo sintiesen.
Admitió el capitán Pedroso la paz que los indios le ofrecieron
acompañada de algunas dádivas y presentes de oro y otras cosas de
poco valor e importancia, y conservolos en su amistad todo el
tiempo que por su tierra estuvo y anduvo, porque Pedroso, viendo la
demostración que estos naturales habían hecho de gente paupérrima y
de poco o ningún posible, y que entre ellos no podía ser
aprovechado él ni sus soldados, acordó no detenerse ni hacer
asiento en esta provincia, sino pasar adelante en demanda del
Pancenu, que en este tiempo tenía fama de tierra muy rica y
próspera de oro finísimo, así en poder de los naturales como en las
sepulturas de los muertos, los cuales se enterraban con todas las
más riquezas de oro que podían, porque los indios de esta provincia
del Sinú, a imitación y ejemplo de otras bárbaras naciones de
Indias que tienen, que con las propias temporalidades que en esta
vida poseen actualmente, pasan a la otra, procuraban con grandísima
diligencia en su vida, adquirir y juntar todo el oro que podían,
que en sus propias tierras lo sacaban, y eón ello se enterraban,
creyendo que mientras más de este metal llevasen consigo, más bien
lo pasarían y en más serian tenidos en los lugares y partes que
imaginariamente tenían ellos constituidos para sus ánimas.
De este su designio dio este capitán parte y noticia a sus
soldados y compañeros, juntándolos a todos y hablándoles largamente
sobre ello con palabras eficaces e incitativas a subir a la
prosecución de muchas riquezas a quien el vulgo locamente tiene
puesto nombre de cumbre.
Hacía mucho para este propósito que Pedroso era hombre que había
andado y estado en Perú muchos días, provincia donde por la
influencia y virtud de los astros y planetas que allí reinan,
cobran los hombres que en ella están una superioridad de ánimos con
los cuales parece que estiman y tienen en poco ser reyes y señores
de las otras gentes de su propia nación y mucho más de los
extranjeros, y juntamente con esto parece que la tierra y
constelación de ella les da una elocuencia en el hablar tan
acompañada de eficacísimas palabras y razones que con ellas atraen
a sí los ánimos de gentes extrañas y que nunca vieron, a que
consigan y hagan lo que ellos quieren y pretenden; y no sólo pára
aquí la operación de la tierra, mas parece que para desdoración de
lo dicho hace los ánimos de los hombres tan bulliciosos y amigos de
novedades que perpetuamente no querrían ver paz ni quietud donde
estuviesen y anduviesen.
Los soldados de Pedroso, viendo la voluntad de su capitán y lo
mucho y bien que les había hablado, así en alabanza de la felicidad
de la tierra del Pancenu como ensalzándolos y persuadiéndolos a que
lo siguiesen de voluntad, ofreciéronse de cumplir y hacer todo lo
cual quería y pretendía, para lo cual fue mucha parte no haberles
parecido bien la gente y tierra de esta provincia de Mariquita
donde estaban, por ser toda la gente desnuda y de pocas o ningunas
granjerías y que en nación, actos y costumbres eran Panches, gente
que a imitación de los fieros canes tienen por costumbre comer
carne humana, y para este efecto hacerse guerras los unos a los
otros.
|Capítulo
segundo
En el cual se escribe cómo el capitán
Pedroso y sus soldados se salieron de la provincia
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de Mariquita y entraron por la de los
Palenques, donde tuvieron ciertas refriegas con los indios del
Palenque de Ingrina y de la pobla zón llamada Guacona
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4.
Francisco Núñez Pedroso, viendo la voluntad que todos los
soldados habían mostrado de seguir su opinión en ir en
descubrimiento del Pancenu, se salió con su gente y se metió con el
mejor concierto que pudo por la provincia de los Palenques, porque
para ir a la tierra que pretendía de subir 5 y poblar, le era
forzoso atravesar casi toda esta tierra de los Palenques.
Es esta provincia del Sinú, según la más común opinión, la
tierra que por noticia se tiene la cual llaman de entre los dos
ríos, que se extienden ciertas poblazones que están entre el río
grande de la Magdalena y el río de Cauca, desde las poblazones de
la villa de Mompós, poblada en las riberas del río grande, para
arriba, aunque la una poblazón y la otra no confinan por haber
grandes montañas y despoblados en medio, pero casi la tierra es
toda una, porque las poblazones e indios de Mompós casi todos caen
entre esos dos ríos, porque por bajo de Mompós ciertas jornadas se
vienen a juntar y hacerse entrambos un cuerpo. Item, asímismo hay
personas que afirman esta misma jornada del Sinú y los ríos ser la
que por vía de la gobernación de Popayán llaman Antioquía, en cuyos
principios estuvo antiguamente poblado un pueblo de españoles
llamado Santa Fe de Antioquía, y fue despoblado por la crueldad y
fiereza de sus naturales, que con obstinación procuraron echar los
españoles de sus tierras que son de ricas minas de oro y de pocos
naturales. Estuvo esta jornada proveída por comisión del Consejo
real de las Indias dada a la Audiencia del Nuevo Reino el año
sesenta y siete, en el capitán Fuenmayor, a quien nombraron por
gobernador de los pueblos que entre la gobernación de Popayán y la
de Cartagena se poblasen por el propio Fuenmayor, el cual murió
estando esperando las provisiones y título de gobernador que de
España había de venir, y así cesó la jornada.
Volviendo a lo que a los españoles les sucedió en los Palenques,
es de saber que toda la más de la gente de esta provincia está
recogida en fuertes hechos de maderos gruesos, que son llamados
palenques, por respeto de las enemistades y crueles guerras que los
unos tienen con los otros, que casi no se halla conformidad ni
amistad entre ellos, aunque fuesen vecinos muy cercanos, sino que
cada cual acometía cuando la ocasión le daba lugar a su vecino y lo
mataba y arruinaba, y a esta causa las parentelas o parcialidades
hacían estos fuertes de gruesos maderos para su defensa y amparo,
de donde vinieron los españoles a llamarla la provincia de los
Palenques y ofrecerles algunas dificultosas guazabaras con los
indios, que por estar tan habituados a la guerra entre sí propios
venían después a pelear briosamente con los españoles.
El primer palenque donde dieron fue uno llamado Ingrina, cuyos
moradores lo pretendieron defender con obstinación; y
verdaderamente, si los soldados que Pedroso llevaba consigo no
fueran tan escogidos y hechos a la guerra de los indios, no
hubieran este día la victoria que hubieron, porque poniéndose todos
a punto de pelear y su capitán en la delantera, arremetieron al
palenque con tan buena orden y concierto y con tanto brío que
aunque la cerca era algo alta y sus defensores los que he dicho, la
saltaron y entraron y hubieron victoria de ellos, aunque al asaltar
el palenque hirieron los indios un español de que murió al tercero
día. Los indios recibieron daño, aunque poco, porque como vieron
que por la una parte les entraban los españoles, echaron fuéra sus
mujeres e hijos por la otra, y ellos se fueron huyendo tras de
ellos sin que pudiesen ser alcanzados; pero ya que al entrar de los
españoles no fueron descalabrados los indios, fueron lastimados al
salir muy malamente, porque como Pedroso, después de haber
descansado y holgado en este palenque algunos días por el aparejo
de comida que en él halló, se partiese para adelante, Juan
Rodríguez tonelero y otros catorce o quince soldados se quedaron
emboscados en el alojamiento para si acudiesen como suelen los
indios a haber si se les había olvidado algo a los españoles, dar
en ellos y amedrentarlos o prenderlos.
Sucedioles también a estos españoles de la emboscada que dende a
una hora que la demás gente se había ido, acudió gran cantidad de
indios a dar en el alojamiento, bien descuidados de la celada que
les estaba armada y desque al caudillo le pareció tiempo hizo señal
de arremeter, y él y los demás soldados cogieron casi en medio
muchos indios de los cuales hirieron algunos y prendieron golpe de
ellos, y porque el nombre de los soldados fuese temido o espantable
a estos bárbaros y la muerte del español quedase bien vengada, el
caudillo, con severidad de rústico, se puso muy despacio a derramar
la sangre de los presos que entonces no le habían venido a ofender,
sino solamente a ver, como se ha dicho, el alojamiento de los
españoles, y si había en él algo que hurtar. Empaló en el propio
lugar algunos indios y a otros cortaba las manos, y atándoselas y
colgándoselas al pescuezo los enviaba a que llevasen la nueva de su
crueldad a las otras gentes que se habían vuelto huyendo, y algunos
otros que fueron los más bien librados, se los llevó consigo para
que cargasen las municiones y otras cargas necesarias a la jornada
que había que llevarse.
Pedroso, caminando con su gente algunas jornadas, se fue a
alojar cerca de una poblazón de poca gente, llamada Guacona. El
siguiente día salieron de madrugada ciertos soldados con un
caudillo a dar en los bohíos y pueblos que el día antes habían
visto, y como era gente que por tener cerca los enemigos estaban
hechos a la guerra, no les puso ningún temor la repentina entrada
por su pueblo de los españoles para que dejasen de tomar las armas
y salirse al encuentro, antes creyendo ser indios sus contrarios,
que a semejante hora los solían acometer, se venían tan
animosamente a abrazar con los españoles, que ellos mismos se les
metían por las espadas y hacían presa en ellas creyendo ser
macanas, y así recibían más daño del que los soldados les quisieron
hacer. Después que el día de todo punto aclaró y se conocieron los
unos a los otros, vieron los indios no ser los que les habían
asaltado los que ellos pensaban, sino gente de más valor y brío y
así se comenzaron a retirar a la montaña y a desamparar sus casas,
después de haber herido a Calderón, buen soldado, con una flecha en
los pechos, de que al tercero día murió.
Como los indios se retiraron al monte, los soldados se dieron a
saquear los bohíos y casas de los indios, tan desordenadamente que
hubieran de ser causa de su perdición si los enemigos briosamente
revolvieran sobre ellos; y no sólo se siguió este daño, pero
hubieran entre sí de reñir malamente y venir a las manos sobre la
partición del saco o rancheo, porque como unos tomasen algo y otros
no nada, quisieran los que no tuvieron ningún aprovechamiento que
todo se partiera y los otros lo defendían y contradecían, no
teniendo en este caso los unos ni los otros ningún respeto al
caudillo que traían, que según la disciplina de Indias suele
siempre ser respetado y acatado, antes usando en su presencia de
palabras sobradas le dieron ocasión a que se quejase de ellos al
capitán Pedroso y de su poco y mal miramiento, de quien fueron
después corregidos industriosa y mañosamente y con mucha cordura,
porque en todas las cosas que había de hacer era tan bien
concertado que aunque usase de un poco de rigor o aspereza en sus
palabras, no por eso era aborrecido de los soldados, antes parecía
que les convidaba a que le agradeciesen las correcciones que a
algunos daba, usando de generalidad por no agraviar a ninguno en
particular.
|Capítulo
tercero
En el cual se escribe cómo el capitán
Pedroso con treinta y cinco soldados fue a dar en una poblazón que
estaba sobre una loma, cuyos naturales se defendieron e hicieron
fuertes en sus casas, en las cuales perecieron todos quemados.
Desde el sitio donde a esta sazón estaban alojados los
españoles, que era junto al pueblo de Guacota, de quien de suso
tratamos, se parecía en una loma alta y algo apartada un pueblo de
muchos bohíos y gente, a la cual pretendió ir el capitán Pedroso
con treinta y cinco hombres, y dar en el pueblo de madrugada o de
mañana para coger y haber alguna gente a las manos con quien
procurar la paz y amistad de aquellos indios, para ser mejor guiado
y encaminado y aun servido, porque siempre cuando se llevan así los
indios de las provincias por do pasan de paz, son los soldados
mejor servidos y encaminados y aun más relevados de trabajos.
La tierra, como era muy fragosa y montuosa, no daba lugar a que
de noche se caminase por ella, y a Pedroso le pareció que no debía
caminar de día, porque silos indios le sentían o veían ir a su
poblazón, se pondrían con las armas en las manos a resistirles y
defenderles algún peligroso paso donde los hiciesen volver atrás y
con esto perdiese algo de la reputación que tenían de valientes,
porque casi generalmente tienen los indios en sí una costumbre de
gente bárbara, que les parece que si una vez hacen volver las
espaldas a los españoles, que por esto quedan tan temerosos que lo
han de hacer siempre, y con esto les crece tanto el brío, que si no
es que se hallen muy déscalabrados, nunca dejan de entender y creer
que han de ser siempre vencedores.
El medio que en esto tomó el capitán fue mandar que se tomase
bien el tino de donde estaba la poblazón, y que guiando y yendo
delante hombres buenos atinadores y adalides, caminasen por partes
inhabitables e inusitadas de los indios, fuéra de camino, a salir a
la propia poblazón sin ser vistos ni sentidos de los bárbaros.
Dióseles el cargo de ir delante a Juan Jiménez y Andrés Báez y a
Francisco Silvera, que demás de ser buenos guiadores eran sueltos y
ligeros para alcanzar algún indio que delante se les pusiese,
porque no fuese a dar la nueva de la ida de los españoles, y de
esta suerte caminaron todo un día por la espesura de la montaña y
agrura de las sierras, con tanta presteza que aunque estaban bien
apartados de la poblazón, aquella propia noche se hallaron junto a
ella como un tiro de arcabuz. Fueles necesario estar allí detenidos
toda la noche con gran diligencia y reposo, por no ser sentidos de
los indios, donde se hubieran de helar de frío, porque como el
lugar donde estaban era alto y escombrado y la noche hizo serena,
que por la mayor parte en las Indias con estas tales noches suele
helar o caer grande rocío, y los soldados no llevaban más de sus
armas a cuestas, amanecieron tan resfriados que casi no podían
mandar las armas, y estando con este tormento del frío y el alba
que ya esclarecía, que es cuando la noche suele más refrescar,
vieron los soldados salir del pueblo e ir hacia donde ellos
estaban, gran golpe de gente que iban a unas fuentes de agua salada
a tomar y traer agua para sus comidas en unos gruesos canutos de
guaduas o cañas
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6
que llevaban colgados de las cabezas,
sobre las espaldas, los cuales juzgaban algunos temerosos soldados
ser carcajes de flechas y la gente que los llevaba ser los indios
del pueblo, que por haber tenido aviso y noticia de su estada y
llegada allí, les salían con las armas en las manos a recibir al
camino.
Pedroso puso luégo con presteza y silencio los soldados en
concierto y se fue acercando hacia esta gente, y dando en ella
halló ser gente común y desapercibida y que no iban sino al efecto
dicho, los cuales en el punto que los españoles dieron en ellos,
alzaron un bárbaro alarido, con el cual dieron a entender a la
demás gente del pueblo la aflicción en que estaban de verse
cercados de enemigos, y revolviendo los que más traseros venían
sobre sus casas y poblazón, huyeron con toda la presteza que
pudieron por ponerse en salvo. Los soldados, siguiendo el alcance
de los indios, comenzaron a derramarse de dos en dos por el pueblo
y casas de él haber si podían tomar genite y ranchear algún oro y
otras cosas; pero de nada les aprovechó esta su presteza, porque
como los indios era gente de guerra y que temían la venida de los
enemigos sobre sus casas, teníanlas fortificadas con unas puertas
de golpe de unos tablones muy gruesos, puestas de tal suerte que
antes que entrase dentro el que de fuéra venía, tocando en cierto
palo en que forzosamente había de tocar, hacía caer la puerta que
era como ratonera de golpe y quedaba cerrada de suerte que por la
parte de fuéra nunca más se podía abrir, y juntamente con esto
tenían por los bohíos hechas troneras y saeteras, para más
seguramente poder damnificar a los que por fuéra anduviesen, y de
esta suerte y por esta causa nunca los soldados pudieron señorear
ni apoderarse de ningún bohío o casa
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7
, antes con
querer entrar dentro fortificaban a los indios en sus casas, de
suerte que en un punto se hallaron todos los naturales que en la
poblazón había, tan señores de ella como de antes se eran, porque
no sólo los españoles pudieron entrar, pero ni aun sin gran peligro
atravesar por entre los bohíos y casas de los indios, los cuales
teniendo esta su clausura y encerramiento por principal victoria,
comenzaron a tocar con mucho regocijo sus bárbaros instrumentos y
a dar muy gran gritería y vocería de placer.
Pedroso, con lenguas e intérpretes que allí tenía, les comenzó
desde afuera a hablar, dándoles a entender cómo no pretendía
damnificarles ni hacerles ningún daño ni maltratamiento, sino haber
su amistad y conservarles en ella; pero la respuesta que los
bárbaros le daban era reírse y tirarles flechas. Dos clérigos que
consigo llevaba Pedroso hicieron lo que a su oficio competía
asimismo requiriendo a los indios por medio de los farautes que se
dejasen de aquella necia y obstinada defensa de que usaban y se
humillasen y confederasen con los españoles, para que ellos les
pudiesen dar a entender las cosas necesarias a su salvación y la
vanidad de la gentilidad en que estaban engolfados; mas tan poco
caso hacían de esto como de lo que poco antes les había dicho
Pedroso.
En esto estuvieron los unos y los otros gran rato, en el cual
tiempo los indios dieron un mal flechazo en la cabeza a Pedro
Mahates, español, de que murió; con lo cual fueron indignados
algunos soldados a pegar fuego a los bohíos y casas de los indios,
entendiendo que no fuese gente tan bárbara que quisiese antes morir
en el fuego que rendirse a la fortuna, pues su hado les era
favorable; pero los bárbaros fueron o quisieron ser en esto tan
brutos e inconsiderados, que no sólo no quisieron rendirse a merced
y voluntad de los que los tenían cercados, mas unos
voluntariamente, aunque podían huir, no lo querían hacer, sino
detenerse en las llamas del fuego a consumirse, y otros por no
esperar esta muerte que parece más cruel que otra ninguna, se
ahorcaban de las cumbreras y varas de los bohíos, y dende a poco
tiempo se vio en esta loma y pueblo un triste y calamitoso
espectáculo, tal que a los propios inventores y causadores de él
puso muy gran lástima y compasión, y se arrepintieron
entrañableménte de haber sido causa de una tan gran crueldad,
porque veían arder en las llamas del fuego, no sólo a los
guerreadores e indios mayores, y mancebos y muchachos, pero a
muchas mujeres de todas suertes, con sus criaturas, niños y niñas
pequeños, a los pechos, que difuntos como estaban y sorrascados de
la candela, parecía estar su sangre pidiendo justicia de la
injusticia y crueldad que con ellos se había usado.
Pasaron las personas que aquí perecieron de número de
cuatrocientas; y verdaderamente si de esta severidad los soldados
no usaran, pudieran perecer a manos de los propios indios, porque
al tiempo del retirarse y volverse atrás habían de dar los indios
sobre ellos y seguirles en las partes que les parecieran
aventajadas y peligrosas para ser señores de los nuestros, donde
fuera el daño harto, pues en matando a los que allí estaban, que
eran treinta y cinco hombres, habían de dar en los demás que con el
carruaje habían quedado alojados atrás, donde mataran los españoles
que quedaban y los indios de su servicio, que eran más de otras
cuatrocientas piezas.
Este daño hecho a costa de estos miserables, parece que fue
estorbo de otros, porque con la fama de esta severidad y crueldad,
cobraron tanto temor y miedo los indios comarcanos, que en muchos
días no hubo indio que hiciese resistencia ni se pusiese en
defensa, antes en viendo cualquier indio ladino de los del servicio
de los españoles, temían y huían de él, creyendo que les había de
alcanzar parte de las llamas y del fuego.
El capitán Pedroso, ni los sacerdotes que con él estaban, no
fueron parte para estorbar esta crueldad, aunque en alguna manera
se puede decir que fueron causa, porque como los soldados estaban
derramados en el círculo del pueblo, los que estaban más apartados
y escondidos de Pedroso, por las causas dichas pegaron fuego al
bohío que más cercano a ellos estaba, y como de aquella parte
arreciase el viento con gran ímpetu, fue la llama cundiendo por
todas las otras partes y casas y bohíos, que eran más de cincuenta,
sin que ninguno fuese parte para poderlo estorbar ni apagar.
El remate y fin de este suceso fue que con todo el daño dicho
los soldados se dieron a buscar oro entre los cuerpos muertos y
ceniza de los bohíos, y hubieron de ellos como cinco o seis libras
de oro fino con que se volvieron al alojamiento donde había quedado
la demás gente.