INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
| LIBRO OCTAVO 1

 
En el libro octavo se escribe cómo siendo gobernador Miguel Díaz en el Nuevo Reino de Granada, se le dio licencia a Francisco Núñez Pedroso para ir a poblar de la otra banda del río grande, por más abajo de Tocaima, en ciertas poblazones de indios Ponches que de aquella parte había | 2.   Llegado que fue Pedroso con los españoles que llevaba, no queriendo parar allí, pasó adelante en demanda del Sinú, y atravesando la provincia de los Palenques fue a salir a las cabañas de Aburrá, donde halló al capitán Hernnando de Cepeda con más de cien hombres. Cuéntase todo lo que en esta jornada pasó hasta salir al Reino, y cómo tornó a pedir de nuevo esta jornada y pobló la ciudad de San Sebastián de Mariquita. |
 

 

|Capítulo primero En el cual se escribe cómo, por el licenciado Miguel Díaz, fue dada comisión al capitán Pedroso para ir a poblar a las provincias de Mariquita y cómo entró en ellas y determinó pasar al Sinú.

 

Aunque de la conquista y fundación de la ciudad de San Sebastián de Mariquita, poblada en las campiñas y riberas del río grande, de la parte de Cartagena, en sustancia haya poco que escribir, esme forzoso alargar y extender la materia en este lugar, por haberle sucedido antes a Francisco Núñez Pedroso, que la pobló y fundó, por esta misma ocasión de poblana, algunos trabajos y desasosiegos, que casi fueron camino y vía y principio para ello, según en la consecuente digresión y escritura se verá, si con atención se lee.

Fue, pues, el caso que el año de mil quinientos cuarenta y nueve, gobernando la tierra del Nuevo Reino el licenciado Miguel Díaz Armendáriz, le fue dada comisión por el mismo gobernador a este Francisco Núñez Pedroso, atendiendo su pretensión y pedimento, para que pudiese ir y fuese, con los españoles que pudiese juntar, de la otra banda del río grande, que cae más abajo de Tocaima, y entre las poblazones y naturales que allí hubiese poblase un pueblo.

En este tiempo concedíase por los gobernadores las licencias y comisiones para nuevos descubrimientos y nuevas poblazones, más sin escrúpulo y más liberalmente que ahora, en nuestros días, en los cuales, a lo menos en este distrito del Nuevo Reino, no sólo no se concederá licencia para ello, mas entiendo que sería gravemente castigado el que lo hiciese de su autoridad, aunque fuese forzado a ello.

Pedroso, usando de la facultad que el gobernador Miguel Díaz le dio, juntó en pocos días más de setenta hombres, buenos soldados y bien aderezados y hechos ya a los trabajos y necesidades de las Indias, que cierto son excesivos, o a lo menos lo eran en estos tiempos más que en otro ninguno, por no haber el proveimiento que de caballos y mantenimiento era necesario; con los cuales salió de Santafé, ciudad metropolitana en este Reino, y bajándose a aquella parte del Reino y rio grande y provincias donde su conducta rezaba, atravesó el río por la isleta y metiose con sus soldados por las poblazones y valles de Mariquita, Gualí, Guasquia y otros; y porque es bien advertir a los que esto ignoran, es de saber que, aunque el pueblo que pobló después este Pedroso se dice Mariquita, que este nombre no es extranjero, ni puesto en aquella tierra por los españoles, mas es nombre propio de los naturales, aunque corrompido por los españoles, por esta causa: que en cierta guazabara que los indios dieron en tierra del principal de aquella comarca, llamado Malchita, siendo los indios desbaratados y yendo huyendo, iban invocando el nombre de su cacique Malchita con muy grandes voces y alaridos que daban. Los españoles, como oyesen repetir tantas veces y con tanto ahinco a Malchita, entendieron que decían Mariquita, y así, usando siempre de este nombre, se quedó la tierra con él, y dende en adelante llamada esta tierra donde el pueblo de los españoles se pobló, Mariquita, y así nombro yo aquí la tierra y gente, por no discrepar ni quitarle el nombre propio de los naturales; los cuales tuvieron tan pocas refriegas y guazabaras con Pedroso cuanto nunca se pensó, porque como antes había andado por esta tierra el capitán Baltasar Maldonado cuando salió en demanda y descubrimiento de la sierra nevada de Cartago, y los indios tenían ya noticia de los bríos y fuerzas de los españoles y también conocimiento de su clemencia, quisieron más con humildad conservar sus vidas que con bárbara arrogancia derramar su sangre, pues sabían que si saliesen con las armas a los españoles no podían dejar de recibir daño sin hacerlo, y ya que lo hiciesen sería tan poco que ni los unos ni los otros lo sintiesen.

Admitió el capitán Pedroso la paz que los indios le ofrecieron acompañada de algunas dádivas y presentes de oro y otras cosas de poco valor e importancia, y conservolos en su amistad todo el tiempo que por su tierra estuvo y anduvo, porque Pedroso, viendo la demostración que estos naturales habían hecho de gente paupérrima y de poco o ningún posible, y que entre ellos no podía ser aprovechado él ni sus soldados, acordó no detenerse ni hacer asiento en esta provincia, sino pasar adelante en demanda del Pancenu, que en este tiempo tenía fama de tierra muy rica y próspera de oro finísimo, así en poder de los naturales como en las sepulturas de los muertos, los cuales se enterraban con todas las más riquezas de oro que podían, porque los indios de esta provincia del Sinú, a imitación y ejemplo de otras bárbaras naciones de Indias que tienen, que con las propias temporalidades que en esta vida poseen actualmente, pasan a la otra, procuraban con grandísima diligencia en su vida, adquirir y juntar todo el oro que podían, que en sus propias tierras lo sacaban, y eón ello se enterraban, creyendo que mientras más de este metal llevasen consigo, más bien lo pasarían y en más serian tenidos en los lugares y partes que imaginariamente tenían ellos constituidos para sus ánimas.

De este su designio dio este capitán parte y noticia a sus soldados y compañeros, juntándolos a todos y hablándoles largamente sobre ello con palabras eficaces e incitativas a subir a la prosecución de muchas riquezas a quien el vulgo locamente tiene puesto nombre de cumbre.

Hacía mucho para este propósito que Pedroso era hombre que había andado y estado en Perú muchos días, provincia donde por la influencia y virtud de los astros y planetas que allí reinan, cobran los hombres que en ella están una superioridad de ánimos con los cuales parece que estiman y tienen en poco ser reyes y señores de las otras gentes de su propia nación y mucho más de los extranjeros, y juntamente con esto parece que la tierra y constelación de ella les da una elocuencia en el hablar tan acompañada de eficacísimas palabras y razones que con ellas atraen a sí los ánimos de gentes extrañas y que nunca vieron, a que consigan y hagan lo que ellos quieren y pretenden; y no sólo pára aquí la operación de la tierra, mas parece que para desdoración de lo dicho hace los ánimos de los hombres tan bulliciosos y amigos de novedades que perpetuamente no querrían ver paz ni quietud donde estuviesen y anduviesen.

Los soldados de Pedroso, viendo la voluntad de su capitán y lo mucho y bien que les había hablado, así en alabanza de la felicidad de la tierra del Pancenu como ensalzándolos y persuadiéndolos a que lo siguiesen de voluntad, ofreciéronse de cumplir y hacer todo lo cual quería y pretendía, para lo cual fue mucha parte no haberles parecido bien la gente y tierra de esta provincia de Mariquita donde estaban, por ser toda la gente desnuda y de pocas o ningunas granjerías y que en nación, actos y costumbres eran Panches, gente que a imitación de los fieros canes tienen por costumbre comer carne humana, y para este efecto hacerse guerras los unos a los otros.

 

|Capítulo segundo En el cual se escribe cómo el capitán Pedroso y sus soldados se salieron de la provincia | 3 de Mariquita y entraron por la de los Palenques, donde tuvieron ciertas refriegas con los indios del Palenque de Ingrina y de la pobla zón llamada Guacona | 4.  

Francisco Núñez Pedroso, viendo la voluntad que todos los soldados habían mostrado de seguir su opinión en ir en descubrimiento del Pancenu, se salió con su gente y se metió con el mejor concierto que pudo por la provincia de los Palenques, porque para ir a la tierra que pretendía de subir 5 y poblar, le era forzoso atravesar casi toda esta tierra de los Palenques.

Es esta provincia del Sinú, según la más común opinión, la tierra que por noticia se tiene la cual llaman de entre los dos ríos, que se extienden ciertas poblazones que están entre el río grande de la Magdalena y el río de Cauca, desde las poblazones de la villa de Mompós, poblada en las riberas del río grande, para arriba, aunque la una poblazón y la otra no confinan por haber grandes montañas y despoblados en medio, pero casi la tierra es toda una, porque las poblazones e indios de Mompós casi todos caen entre esos dos ríos, porque por bajo de Mompós ciertas jornadas se vienen a juntar y hacerse entrambos un cuerpo. Item, asímismo hay personas que afirman esta misma jornada del Sinú y los ríos ser la que por vía de la gobernación de Popayán llaman Antioquía, en cuyos principios estuvo antiguamente poblado un pueblo de españoles llamado Santa Fe de Antioquía, y fue despoblado por la crueldad y fiereza de sus naturales, que con obstinación procuraron echar los españoles de sus tierras que son de ricas minas de oro y de pocos naturales. Estuvo esta jornada proveída por comisión del Consejo real de las Indias dada a la Audiencia del Nuevo Reino el año sesenta y siete, en el capitán Fuenmayor, a quien nombraron por gobernador de los pueblos que entre la gobernación de Popayán y la de Cartagena se poblasen por el propio Fuenmayor, el cual murió estando esperando las provisiones y título de gobernador que de España había de venir, y así cesó la jornada.

Volviendo a lo que a los españoles les sucedió en los Palenques, es de saber que toda la más de la gente de esta provincia está recogida en fuertes hechos de maderos gruesos, que son llamados palenques, por respeto de las enemistades y crueles guerras que los unos tienen con los otros, que casi no se halla conformidad ni amistad entre ellos, aunque fuesen vecinos muy cercanos, sino que cada cual acometía cuando la ocasión le daba lugar a su vecino y lo mataba y arruinaba, y a esta causa las parentelas o parcialidades hacían estos fuertes de gruesos maderos para su defensa y amparo, de donde vinieron los españoles a llamarla la provincia de los Palenques y ofrecerles algunas dificultosas guazabaras con los indios, que por estar tan habituados a la guerra entre sí propios venían después a pelear briosamente con los españoles.

El primer palenque donde dieron fue uno llamado Ingrina, cuyos moradores lo pretendieron defender con obstinación; y verdaderamente, si los soldados que Pedroso llevaba consigo no fueran tan escogidos y hechos a la guerra de los indios, no hubieran este día la victoria que hubieron, porque poniéndose todos a punto de pelear y su capitán en la delantera, arremetieron al palenque con tan buena orden y concierto y con tanto brío que aunque la cerca era algo alta y sus defensores los que he dicho, la saltaron y entraron y hubieron victoria de ellos, aunque al asaltar el palenque hirieron los indios un español de que murió al tercero día. Los indios recibieron daño, aunque poco, porque como vieron que por la una parte les entraban los españoles, echaron fuéra sus mujeres e hijos por la otra, y ellos se fueron huyendo tras de ellos sin que pudiesen ser alcanzados; pero ya que al entrar de los españoles no fueron descalabrados los indios, fueron lastimados al salir muy malamente, porque como Pedroso, después de haber descansado y holgado en este palenque algunos días por el aparejo de comida que en él halló, se partiese para adelante, Juan Rodríguez tonelero y otros catorce o quince soldados se quedaron emboscados en el alojamiento para si acudiesen como suelen los indios a haber si se les había olvidado algo a los españoles, dar en ellos y amedrentarlos o prenderlos.

Sucedioles también a estos españoles de la emboscada que dende a una hora que la demás gente se había ido, acudió gran cantidad de indios a dar en el alojamiento, bien descuidados de la celada que les estaba armada y desque al caudillo le pareció tiempo hizo señal de arremeter, y él y los demás soldados cogieron casi en medio muchos indios de los cuales hirieron algunos y prendieron golpe de ellos, y porque el nombre de los soldados fuese temido o espantable a estos bárbaros y la muerte del español quedase bien vengada, el caudillo, con severidad de rústico, se puso muy despacio a derramar la sangre de los presos que entonces no le habían venido a ofender, sino solamente a ver, como se ha dicho, el alojamiento de los españoles, y si había en él algo que hurtar. Empaló en el propio lugar algunos indios y a otros cortaba las manos, y atándoselas y colgándoselas al pescuezo los enviaba a que llevasen la nueva de su crueldad a las otras gentes que se habían vuelto huyendo, y algunos otros que fueron los más bien librados, se los llevó consigo para que cargasen las municiones y otras cargas necesarias a la jornada que había que llevarse.

Pedroso, caminando con su gente algunas jornadas, se fue a alojar cerca de una poblazón de poca gente, llamada Guacona. El siguiente día salieron de madrugada ciertos soldados con un caudillo a dar en los bohíos y pueblos que el día antes habían visto, y como era gente que por tener cerca los enemigos estaban hechos a la guerra, no les puso ningún temor la repentina entrada por su pueblo de los españoles para que dejasen de tomar las armas y salirse al encuentro, antes creyendo ser indios sus contrarios, que a semejante hora los solían acometer, se venían tan animosamente a abrazar con los españoles, que ellos mismos se les metían por las espadas y hacían presa en ellas creyendo ser macanas, y así recibían más daño del que los soldados les quisieron hacer. Después que el día de todo punto aclaró y se conocieron los unos a los otros, vieron los indios no ser los que les habían asaltado los que ellos pensaban, sino gente de más valor y brío y así se comenzaron a retirar a la montaña y a desamparar sus casas, después de haber herido a Calderón, buen soldado, con una flecha en los pechos, de que al tercero día murió.

Como los indios se retiraron al monte, los soldados se dieron a saquear los bohíos y casas de los indios, tan desordenadamente que hubieran de ser causa de su perdición si los enemigos briosamente revolvieran sobre ellos; y no sólo se siguió este daño, pero hubieran entre sí de reñir malamente y venir a las manos sobre la partición del saco o rancheo, porque como unos tomasen algo y otros no nada, quisieran los que no tuvieron ningún aprovechamiento que todo se partiera y los otros lo defendían y contradecían, no teniendo en este caso los unos ni los otros ningún respeto al caudillo que traían, que según la disciplina de Indias suele siempre ser respetado y acatado, antes usando en su presencia de palabras sobradas le dieron ocasión a que se quejase de ellos al capitán Pedroso y de su poco y mal miramiento, de quien fueron después corregidos industriosa y mañosamente y con mucha cordura, porque en todas las cosas que había de hacer era tan bien concertado que aunque usase de un poco de rigor o aspereza en sus palabras, no por eso era aborrecido de los soldados, antes parecía que les convidaba a que le agradeciesen las correcciones que a algunos daba, usando de generalidad por no agraviar a ninguno en particular.

 

|Capítulo tercero En el cual se escribe cómo el capitán Pedroso con treinta y cinco soldados fue a dar en una poblazón que estaba sobre una loma, cuyos naturales se defendieron e hicieron fuertes en sus casas, en las cuales perecieron todos quemados.

 

Desde el sitio donde a esta sazón estaban alojados los españoles, que era junto al pueblo de Guacota, de quien de suso tratamos, se parecía en una loma alta y algo apartada un pueblo de muchos bohíos y gente, a la cual pretendió ir el capitán Pedroso con treinta y cinco hombres, y dar en el pueblo de madrugada o de mañana para coger y haber alguna gente a las manos con quien procurar la paz y amistad de aquellos indios, para ser mejor guiado y encaminado y aun servido, porque siempre cuando se llevan así los indios de las provincias por do pasan de paz, son los soldados mejor servidos y encaminados y aun más relevados de trabajos.

La tierra, como era muy fragosa y montuosa, no daba lugar a que de noche se caminase por ella, y a Pedroso le pareció que no debía caminar de día, porque silos indios le sentían o veían ir a su poblazón, se pondrían con las armas en las manos a resistirles y defenderles algún peligroso paso donde los hiciesen volver atrás y con esto perdiese algo de la reputación que tenían de valientes, porque casi generalmente tienen los indios en sí una costumbre de gente bárbara, que les parece que si una vez hacen volver las espaldas a los españoles, que por esto quedan tan temerosos que lo han de hacer siempre, y con esto les crece tanto el brío, que si no es que se hallen muy déscalabrados, nunca dejan de entender y creer que han de ser siempre vencedores.

El medio que en esto tomó el capitán fue mandar que se tomase bien el tino de donde estaba la poblazón, y que guiando y yendo delante hombres buenos atinadores y adalides, caminasen por partes inhabitables e inusitadas de los indios, fuéra de camino, a salir a la propia poblazón sin ser vistos ni sentidos de los bárbaros. Dióseles el cargo de ir delante a Juan Jiménez y Andrés Báez y a Francisco Silvera, que demás de ser buenos guiadores eran sueltos y ligeros para alcanzar algún indio que delante se les pusiese, porque no fuese a dar la nueva de la ida de los españoles, y de esta suerte caminaron todo un día por la espesura de la montaña y agrura de las sierras, con tanta presteza que aunque estaban bien apartados de la poblazón, aquella propia noche se hallaron junto a ella como un tiro de arcabuz. Fueles necesario estar allí detenidos toda la noche con gran diligencia y reposo, por no ser sentidos de los indios, donde se hubieran de helar de frío, porque como el lugar donde estaban era alto y escombrado y la noche hizo serena, que por la mayor parte en las Indias con estas tales noches suele helar o caer grande rocío, y los soldados no llevaban más de sus armas a cuestas, amanecieron tan resfriados que casi no podían mandar las armas, y estando con este tormento del frío y el alba que ya esclarecía, que es cuando la noche suele más refrescar, vieron los soldados salir del pueblo e ir hacia donde ellos estaban, gran golpe de gente que iban a unas fuentes de agua salada a tomar y traer agua para sus comidas en unos gruesos canutos de guaduas o cañas | 6 que llevaban colgados de las cabezas, sobre las espaldas, los cuales juzgaban algunos temerosos soldados ser carcajes de flechas y la gente que los llevaba ser los indios del pueblo, que por haber tenido aviso y noticia de su estada y llegada allí, les salían con las armas en las manos a recibir al camino.

Pedroso puso luégo con presteza y silencio los soldados en concierto y se fue acercando hacia esta gente, y dando en ella halló ser gente común y desapercibida y que no iban sino al efecto dicho, los cuales en el punto que los españoles dieron en ellos, alzaron un bárbaro alarido, con el cual dieron a entender a la demás gente del pueblo la aflicción en que estaban de verse cercados de enemigos, y revolviendo los que más traseros venían sobre sus casas y poblazón, huyeron con toda la presteza que pudieron por ponerse en salvo. Los soldados, siguiendo el alcance de los indios, comenzaron a derramarse de dos en dos por el pueblo y casas de él haber si podían tomar genite y ranchear algún oro y otras cosas; pero de nada les aprovechó esta su presteza, porque como los indios era gente de guerra y que temían la venida de los enemigos sobre sus casas, teníanlas fortificadas con unas puertas de golpe de unos tablones muy gruesos, puestas de tal suerte que antes que entrase dentro el que de fuéra venía, tocando en cierto palo en que forzosamente había de tocar, hacía caer la puerta que era como ratonera de golpe y quedaba cerrada de suerte que por la parte de fuéra nunca más se podía abrir, y juntamente con esto tenían por los bohíos hechas troneras y saeteras, para más seguramente poder damnificar a los que por fuéra anduviesen, y de esta suerte y por esta causa nunca los soldados pudieron señorear ni apoderarse de ningún bohío o casa | 7 , antes con querer entrar dentro fortificaban a los indios en sus casas, de suerte que en un punto se hallaron todos los naturales que en la poblazón había, tan señores de ella como de antes se eran, porque no sólo los españoles pudieron entrar, pero ni aun sin gran peligro atravesar por entre los bohíos y casas de los indios, los cuales teniendo esta su clausura y encerramiento por principal victoria, comenzaron a tocar con mucho re­gocijo sus bárbaros instrumentos y a dar muy gran gritería y vocería de placer.

Pedroso, con lenguas e intérpretes que allí tenía, les comenzó desde afuera a hablar, dándoles a entender cómo no pretendía damnificarles ni hacerles ningún daño ni maltratamiento, sino haber su amistad y conservarles en ella; pero la respuesta que los bárbaros le daban era reírse y tirarles flechas. Dos clérigos que consigo llevaba Pedroso hicieron lo que a su oficio competía asimismo requiriendo a los indios por medio de los farautes que se dejasen de aquella necia y obstinada defensa de que usaban y se humillasen y confederasen con los españoles, para que ellos les pudiesen dar a entender las cosas necesarias a su salvación y la vanidad de la gentilidad en que estaban engolfados; mas tan poco caso hacían de esto como de lo que poco antes les había dicho Pedroso.

En esto estuvieron los unos y los otros gran rato, en el cual tiempo los indios dieron un mal flechazo en la cabeza a Pedro Mahates, español, de que murió; con lo cual fueron indignados algunos soldados a pegar fuego a los bohíos y casas de los indios, entendiendo que no fuese gente tan bárbara que quisiese antes morir en el fuego que rendirse a la fortuna, pues su hado les era favorable; pero los bárbaros fueron o quisieron ser en esto tan brutos e inconsiderados, que no sólo no quisieron rendirse a merced y voluntad de los que los tenían cercados, mas unos voluntariamente, aunque podían huir, no lo querían hacer, sino detenerse en las llamas del fuego a consumirse, y otros por no esperar esta muerte que parece más cruel que otra ninguna, se ahorcaban de las cumbreras y varas de los bohíos, y dende a poco tiempo se vio en esta loma y pueblo un triste y calamitoso espectáculo, tal que a los propios inventores y causadores de él puso muy gran lástima y compasión, y se arrepintieron entrañableménte de haber sido causa de una tan gran crueldad, porque veían arder en las llamas del fuego, no sólo a los guerreadores e indios mayores, y mancebos y muchachos, pero a muchas mujeres de todas suertes, con sus criaturas, niños y niñas pequeños, a los pechos, que difuntos como estaban y sorrascados de la candela, parecía estar su sangre pidiendo justicia de la injusticia y crueldad que con ellos se había usado.

Pasaron las personas que aquí perecieron de número de cuatrocientas; y verdaderamente si de esta severidad los soldados no usaran, pudieran perecer a manos de los propios indios, porque al tiempo del retirarse y volverse atrás habían de dar los indios sobre ellos y seguirles en las partes que les parecieran aventajadas y peligrosas para ser señores de los nuestros, donde fuera el daño harto, pues en matando a los que allí estaban, que eran treinta y cinco hombres, habían de dar en los demás que con el carruaje habían quedado alojados atrás, donde mataran los españoles que quedaban y los indios de su servicio, que eran más de otras cuatrocientas piezas.

Este daño hecho a costa de estos miserables, parece que fue estorbo de otros, porque con la fama de esta severidad y crueldad, cobraron tanto temor y miedo los indios comarcanos, que en muchos días no hubo indio que hiciese resistencia ni se pusiese en defensa, antes en viendo cualquier indio ladino de los del servicio de los españoles, temían y huían de él, creyendo que les había de alcanzar parte de las llamas y del fuego.

El capitán Pedroso, ni los sacerdotes que con él estaban, no fueron parte para estorbar esta crueldad, aunque en alguna manera se puede decir que fueron causa, porque como los soldados estaban derramados en el círculo del pueblo, los que estaban más apartados y escondidos de Pedroso, por las causas dichas pegaron fuego al bohío que más cercano a ellos estaba, y como de aquella parte arreciase el viento con gran ímpetu, fue la llama cundiendo por todas las otras partes y casas y bohíos, que eran más de cincuenta, sin que ninguno fuese parte para poderlo estorbar ni apagar.

El remate y fin de este suceso fue que con todo el daño dicho los soldados se dieron a buscar oro entre los cuerpos muertos y ceniza de los bohíos, y hubieron de ellos como cinco o seis libras de oro fino con que se volvieron al alojamiento donde había quedado la demás gente.

1  La palabra "octavo" reemplaza a |noveno, tachada. Véase nota 1 al libro 5º.
2  Desde aquí hasta el final del capítulo le fue adherido un papel que cubre el texto, por lo cual su lectura es imposible. Lo que sigue es una nota puesta el margen
3 En la "tabla" de Sevilla dice: "de las provincias".
4  En la "tabla" de Sevilla dice: "Guacana".
6 La palabra "o cañas" está añadida en el margen.
7  Las palabras "o casa" astán añadidas en el margen.

anterior | índice | siguiente