|Capítulo cuarto
Que trata de cómo
Galarza entró en la provincia de Ibagué y pobló en ella la ciudad
de Ibagué, que hasta hoy permanece, y cómo repartió la tierra entre
sus soldados.
Habiéndose Galarza informado de los indios de Bombo y sabida la
certidumbre de las cosas en el capítulo antecedente referidas, cómo
de la otra banda de la cordillera de la sierra había indios y
poblazones, sospechó que también habría algún pueblo de españoles a
quien sirviesen y fuesen feudatarios, los cuales pudieran haber
venido de la gobernación de Popayán a poblar por aquella tierra,
por estar cerca de otros pueblos que ya tenían poblados; y para más
enteramente se certificar de lo que los indios le habían dicho y
que ocularmente se viese, envió algunos soldados con un caudillo
que de lo alto de la sierra lo viesen y mirasen si parecían las
poblazones que los indios de Bombo decían y qué tantas serían, lo
cual se podría ver por los humos que suelen salir de las tales
poblazones donde los naturales habitan, y visto, volviesen sin
pasar más adelante a darle aviso de todo para determinar lo que más
conviniese, y ver si iría adelante o tomaría otra derrota, para ver
y pacificar las provincias de Matacayma, y villa Cayma y Chitanema
y Chinacatayma, de las cuales había tenido noticia antes que en
esta provincia de Bombo entrase.
Salidos los soldados, subieron a la cordillera, de donde mirando
fueron tan pocos los bohíos o casas que vieron, que les pareció
haber muy poca poblazón de indios, y que, según la noticia que
algunas personas les habían dado de la disposición de la tierra,
creían estar muy cerca de un pueblo de españoles llamado Cali, de
la gobernación de Popayán, y otro que se decía; Buga la grande. Con
esto se volvieron a dar cuenta a su capitán de lo que habían visto
y les parecía de la tierra.
Sabiendo Galarza que los indios que estaban a las otras
vertientes de la cordillera ya dicha eran tan pocos, y que había
sospecha evidente que cerca de ellos estaban españoles poblados,
acordó de dar la vuelta atrás y no pasar adelante, tomando la
derrota y camino de la provincia de Ibagué, con voluntad y
determinación de en ella poblar y fijar un pueblo, para dejar en él
la gente que más fatigada traía, y con los demás pasar adelante a
correr y andar la tierra, para que después de vista toda la pudiese
mejor repartir entre sus soldados.
En este camino de Ibagué tuvo Galarza y sus compañeros algunas
guazabaras con los naturales que por el camino había. Mas saliendo
de todas ellas sin recibir ningún daño, y con poco que en los
naturales hacían, pasaron adelante y se alojó con sus compañeros en
el valle de Ibagué, en el mejor sitio y lugar que les pareció que
había en él, y pareciéndole que el sitio donde estaban era bueno y
en él había todas las cosas necesarias a las nuevas poblazones,
asentó y fijó en él el pueblo y ciudad de Ibagué, poniéndole el
nombre de la propia provincia, que fue en el año de mil quinientos
cincuenta; haciendo las ceremonias acostumbradas en semejantes
casos; después de lo cual Galarza salió con parte de sus soldados
en demanda del descubrimiento de la provincia de Toche; y llegado a
ella reposó algunos días con su gente, porque halló abundancia de
comida, de la que los naturales tenían.
En este tiempo que Galarza estuvo en esta provincia alojado,
envió dos soldados llamados Ricardo y Hoyos a una sierra que por
delante tenían, para que de allí viesen y mirasen lo que había
adelante. Envió Galarza estos dos soldados solos porque tenía la
sierra tan cerca de sí, que le parecía podrían ser fácilmente
remediados y favorecidos si algunos indios saliesen a ellos a
impedirles la ida o vuelta. Mas ellos, olvidados del riesgo y
peligro en que iban, y no llevando el resguardo y cuidado necesario
de sus personas, con alguna codicia de la que en semejantes
jornadas suele haber y hay, desviándose del camino y derrota que su
capitán les había mandado llevar, se metieron entre unas poblazones
de indios que estaban en este valle de Toche, antes de llegar a la
sierra, a ranchar algún oro de lo que los indios de está provincia
poseían; pero siendo sentidos de los indios antes que su codicia y
desordenado deseo tuviese efecto, fueron de los indios muertos
miserablemente y desollados los rostros, lo cual acostumbran hacer
estos indios con los enemigos que matan, para traerlos por máscaras
en sus bailes y borracheras.
Estuvo Galarza aguardando a estos soldados mucho espacio de
tiempo, y visto que no venían estaba muy penado, sospechando que
hubiesen habido algún mal suceso; y para certificarse de la causa
de su tardanza envió un caudillo con algunos soldados, porque si
acaso los indios hubiesen muerto a los dos primeros y estuviesen
con las armas en las manos, cosa muy acostumbrada entre ellos,
pudiesen rebatirlos, y volverle a dar entera relación dé lo que
pasaba.
Llegado que fue el caudillo a la sierra, como no viese los
soldados, ni rastro de ellos, dio la vuelta con su gente por las
poblazones de los indios, donde les salieron a recibir con las
armas los delincuentes y malhechores, queriendo hacer en ellos lo
que habían hecho en sus compañeros, y aunque los bárbaros eran
muchos, con mucha facilidad fueron rebatidos de los nuestros, donde
yendo dándoles alcance fueron a dar a una placeta que entre unos
bohíos de los dichos bárbaros estaba, en la cual hallaron los
cuerpos de los dos soldados, con innumerable cantidad de flechas
que les habían tirado, teniéndolos puestos como blanco de terreno,
y como ya es dicho los rostros desollados. Visto por el caudillo y
soldados este tan triste espectáculo, tomaron los cuerpos muertos y
lleváronlos a enterrar a una montañuela que por delante tenían, y
sin se parar fueron a dar noticia de todo lo dicho al capitán
Galarza, el cual, sabida la nueva, y daño que los indios habían
hecho, determinó de volverse con su gente a la ciudad de Ibagué,
para que, pertrechándose de más municiones y soldados, volver a la
provincia de Toche a hacer castigos en sus moradores del
atrevimiento y daño que habían hecho; donde después de haberse
proveído de todo lo dicho, dio la vuelta con su gente a la
provincia y naturales ya dichos, de los cuales fue recibido con las
armas en las manos, porque por espías que tras Galarza habían
enviado tenían ya aviso cómo Galarza y su gente venían a su tierra.
Mas Galarza, vista la determinación de los indios, con lenguas que
llevaba, como lo tenía de costumbre, les exhortó y rogó que dejasen
las armas y recibiesen la paz, que él les prometía, y daba su
palabra de no hacerles mal ni daño ni consentir que de otros se les
hiciese, porque no quería sino su amistad, olvidando la muerte de
sus soldados, que bien entendía que pues ellos les habían muerto
les habrían dado alguna ocasión para ello.
Los indios, no curando de lo que Galarza les decía ni queriendo
la paz, con que les convidaba, procuraban de cercar los nuestros
para damnificarlos por todas partes. Galarza, visto que no querían
admitir la paz y clemencia con que les convidaba, arremetió a ellos
por la parte que más fortalecida de gente tenían, donde con los
caballos los desbarataron, por ser tierra en la cual se podían
aprovechar de ellos, y matando e hiriendo hicieron bastante
castigo, porque de más de quinientos que eran los que a esta
guazabara vinieron no volvió la décima parte a sus casas.
Hecho esto, pasó Galarza con su gente a otra provincia llamada
Tocina, que está junto al morro nevado, y la pacificó y trajo de
paz, con lo cual se volvió al pueblo de Ibagué, sin haber recibido
daño ninguno, y repartió y encomendó los indios de la tierra a toda
su gente, a cada uno según sus méritos.
|Capítulo quinto
Que trata de una
rebelión o alzamiento que los indios de Ibagué hicieron, y del
socorro que al capitán Galarza
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9
le vino de Santafé.
Repartidos los indios de Ibagué y sus comarcas, como los
soldados se quisiesen servir de ellos, y para esto muchas veces los
llamasen y trajesen a hacer casas y labranzas, y no contentos con
esto les pidiesen oro y aun hijos e hijas para su servicio, que
algunas veces era necesario poner los amos las manos en ellos,
dándoles algunos palos y azotes, de que ellos se agraviaban y se
sentían mucho, y muchas veces trataban entre si diciendo que era
mejor morir que pasar y sufrir tales afrentas y trabajos, y
particularmente sentían mucho que les pidiesen y tomasen sus hijas,
por lo cual se trató y comunicó entre ellos que se juntasen todas
las provincias de la comarca y juntas y congregadas diesen un día
en el pueblo de los españoles y matasen e hiriesen a todos los que
pudiesen, y se libertasen de tanta servidumbre y trabajos, lo cual
pusieron por obra en el año de mil quinientos cincuenta, haciendo
primero una general borrachera, porque como he dicho en otras
partes de la historia tienen por costumbre todos los indios de
estas partes hacer grande borracho tiene mayores bríos y alcanza
entera victoria de sus enemigos; y así juntos todos los bárbaros de
estas provincias dieron sobre el pueblo de Ibagué, y aunque los
españoles fueron de ello avisados con tiempo y los hallaron
apercibidos y puestos en arma, por ser la multitud de indios tanta
que pasaban de ocho mil, no fueron parte para los desbaratar y
echar de si. Antes les pusieron en tanto aprieto y conflicto que
por espacio de cuarenta días los tuvieron cercados sin les dejar
salir por comida ni al servicio por agua para su sustento, dándoles
cada día crueles guazabaras y guerras.
Visto el capitán y la gente que la multitud de los bárbaros se
iba aumentando, y que no tenían remedio ni podían escapar de las
manos de sus crueles enemigos, acordaron de enviar dos indios en
tiempos diferentes, cada uno por sí a la ventura, con cartas a la
Audiencia real de Santafé, dando relación y 'noticia a los señores
de ella del aprieto y extremo en que estaban, y necesidad que
tenían, y como había ya tantos días que estaban cercados de toda la
tierra y no eran bastantes para salir del pueblo por agua ni otros
mantenimientos, pidiendo se les enviase socorro de gente con la
mayor brevedad que posible fuese, si no querían que fuesen muertos
y consumidos de los indios; después de lo cual, viendo el capitán
el peligro y riesgo en que estaban de ser llevados a manos de los
bárbaros, por ser ya tanto el desfallecimiento de su gente, por la
gran falta que de comida tenían, y que si tardaba el auxilio y
socorro ocho días no tendrían fuerzas para pelear si los indios los
necesitasen a ello, acordó que todos juntos saliesen con buen orden
a los enemigos, y con varoniles ánimos de españoles empleasen sus
fuerzas en ellos, ofreciéndose a morir o a haber victoria, porque
si se habían en manos y poder de los indios sabían que sus muertes
habían de ser más crueles y prolijas, y tenían por mejor morir en
los encuentros que en los mercados y borracheras donde suelen y
acostumbran dar las muertes a los que a sus manos vienen, y así,
arremetiendo por una cuchilla arriba, donde los más de los indios
estaban, quisieron subir a ellos, mas los bárbaros arrojaron tantas
galgas y piedras que les fue necesario a Galarza y a su gente dar
la vuelta por una ladera de la cuchilla e irla ganando poco a poco
con algunos arcabuceros que delante llevaban; y era tanta la turba
de los indios que en la cuchilla estaba, que viendo que los
españoles les iban subiendo, unos por defender la subida a los
nuestros y otros por huir, vinieron en tanta confusión y ceguedad
que unos a otros se arrojaban la cuchilla abajo, adonde eran
recibidos de los nuestros con las puntas de las espadas, y algunos
que de rodar por la sierra abajo se escapaban, se iban al pueblo y
pegando fuego a las casas que ellos habían hecho para los
españoles, las quemaban.
Subidos los españoles a la cuchilla echaron de ella a los indios
con mucho daño que en ellos hicieron, y habida victoria se
volvieron al pueblo a descansar y dar orden cómo se ir y dejar el
pueblo, porque ya les parecía que se tardaba el socorro que habían
enviado a pedir con los dos indios a la Audiencia de Santafé,
sospechando que habrían muerto a los indios de las cartas y no
habrían podido llegar con ellas a donde los oidores estaban, y que
siendo así ellos no podrían sustentarse en el pueblo, especial que
ya las municiones se les habían acabado y la gente estaba muy
debilitada de la hambre y necesidad que en el cerco habían
pasado.
Otro día por la mañana fue Dios servido que llegó el capitán
Salinas y Domingo Lozano con socorro de gente por mandado de la
Audiencia real y al llamado de los dos indios, y juntándose todos
pacificaron y allanaron todas estas provincias y las dejaron muy de
paz y en servidumbre, aunque después de cinco o seis años se
tornaron a rebelar en una rebelión que hubo general de ellos; y los
indios Panches y de Mariquita, como en la jornada de Mariquita se
dirá. Estas dos rebeliones fueron causa que de ocho mil indios que
había en estas provincias de Ibagué, quedasen tan pocos que aunque
después se han hallado minas de oro y plata en la tierra, no han
tenido los vecinos de Ibagué gente con qué labrarlas.
Son estos indios de Ibagué grandes carniceros de carne humana y
de otra cualquiera carne; tienen algodón, aunque poco, de que hacen
algunas mantas para su vestir; las indias son muy feas, y traen en
la cabeza unos bonetes de venado con que aprietan y axen los
cabellos; no hay entre ellos caciques, como entre otros indios, mas
son mandados de algunos indios principales que entre ellos hay, a
los cuales obedecen cuando les parece y les da gusto. Es tierra muy
áspera y fragosa, en la que estos indios habitan, y todas sierras
peladas. El sitio donde está la ciudad de Ibagué puesta y fijada es
del mejor y más suave temple que hay en todas estas partes, el cual
ni es cálido ni frío, sino de un medio en nada penoso
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