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LIBRO SETIMO 1
En el libro sétimo se escribe y trata
la población y fundación de la ciudad de Ibagué, hecha por el
capitán Andrés López de Galarza, que antes había sido contador de
la hacienda real del Nuevo Reino de Granada, en el año de mil
quinientos cincuenta, siendo oidores de la Chancillería y Audiencia
real del Reino los licenciados Góngora y Galarza.
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|Capítulo primero
Cómo fue nombrado
por la Audiencia del Nuevo Reino el capitán Galarza para que
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pacificase y poblase el valle de las
Lanzas, y los demás indios que hay entre Tocaima y Cartago, y las
causas de ello, y la gente que juntó y salida que con ella
hizo.
Después de la fundación de la Audiencia real y Chancillería en
el Nuevo Reino de Granada, que fue el año de cincuenta, por el mes
de abril, la primer comisión que se dio para ir a poblar por los
oidores de ella, que eran los licenciados Góngora y Galarza, fue el
capitán Andrés López Galarza, que antes había sido contador de la
hacienda real en la ciudad de Santafé; de donde resultó poblarse la
ciudad de Ibagué, que hoy permanece; de cuya fundación y trabajos
que en sustentarla y pacificarla han pasado los españoles que en
ella han residido se tratará, mediante Dios, en la siguiente
narración. Lo cual pasa de esta manera:
Había entre la ciudad de Tocaima, del Nuevo Reino, y la villa de
Cartago, de la gobernación de Popayán, ciertas poblazones y valles
de indios muy belicosos y guerreros que impedían la travesar y
pasar de un pueblo a otro y de una gobernación a otra por brevé
camino, y causaban que los viandantes y la comunicación y comercio
de estas dos gobernaciones fuese por partes y caminos muy largos y
ásperos y malos, llevando la derrota por los pueblos de Neiva y
Timaná, por donde se pasaba un muy largo y despoblado páramo, tan
frío y perjudicial que en él se helaban y perecían muchas personas
de las que habían de andar esta jornada; y demás de esto y de la
aspereza y maleza de este camino, se hacía un grande rodeo de
muchas leguas, que doblaba el trabajo a los que lo caminaban su
grande longura; y porque para remediar y atajar todos estos
inconvenientes no había otro medio alguno salvo pacificar y allanar
los naturales de los valles de las Lanzas y de Choa, que son los
que entre Cartago e Ibagué estaban, con otros muchos naturales a
ellos comarcanos, juntáronse y concertáronse los vecinos de las
ciudades de Santafé y Tocaima e hicieron que sus procuradores, con
otros del distrito que con ellos se juntaron, pidiesen a la
Audiencia que nombrase persona y diese comisión para que entre los
naturales dichos poblase un pueblo y pacificase el camino real por
donde con más comodidad se tratasen y comunicasen los pueblos del
Nuevo Reino con los de la gobernación, demás de que por mano de los
españoles que allá poblasen serían los naturales doctrinados y
puestos debajo del dominio de la Santa Madre Iglesia, y darían la
obediencia a su majestad, y con ello los reinos de su corona real
se acrecentarían, y las rentas y quintos reales serían más, porque
la tierra tenía, según decían los que en ella y cerca de ella se
habían hallado, grandes insignias y muestras de minas de oro y
plata, demás de que serían los naturales reducidos a vivir
políticamente y en razón y justicia y sin perjuicio unos de otros,
y al contrario de como lo hacían, matándose y comiéndose, de todo
lo cual tenían bastante información.
Y pareciéndoles bien a los oidores, y muy justa y acertada [la]
petición, y habiendo sido bastantemente informados de la braveza y
crueldad de estos indios y gentes del valle de las Lanzas y sus
comarcas, y cuán bárbaramente y contra natura vivían, matándose
unos a otros
|para solo efecto de comerse, y para sustentar esta
su bruta costumbre, sin causa ni razón ninguna, se movían
guerras más que civiles los unos a los otros, y así entre sí se
consumían y apocaban; y de la utilidad que a las repúblicas de los
españoles se les seguía con que por las tierras de estos indios
hubiese camino abierto y seguro por donde se comunicasen y tratasen
la gobernación de Popayán y el Nuevo Reino con menos trabajo que
antes se solía hacer, nombraron a Andrés López de Galarza por
capitán
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y justicia mayor para todo lo dicho y
para hacer y juntar la gente de a pie y de a caballo que para ello
fuese menester y quisiese; y juntamente con esto le dieron poder
para que pudiese encomendar los indios de las provincias dichas en
las personas y soldados que con él fuesen y se hallasen en la
poblazón y pacificación del pueblo o pueblos que poblase; cosa que
desde su tiempo acá ni aun muchos años antes se había jamás dado a
ningún capitán de los que iban a hacer nuevas poblazones o
descubrimientos; pero como a este tiempo no había en las cosas de
las Indias las delicadezas que ahora hay, ni había suspensión en
las nuevas poblazones, ni se ponían los escrúpulos en el encomendar
de los indios que ahora se ponen, concedían las Audiencias con más
facilidad cualquiera cosa que se les pedía, lo cual no se hace
ahora, que no sólo no se da poder para poblar ni encomendar indios,
mas ni aun para hacer depósitos de ellos que tengan ni puedan tener
ninguna fijeza.
El capitán Andrés López aceptó sus poderes y provisiones, y
luégo comenzó a usar de ellas y juntar soldados y aun vecinos de
unos y otros pueblos, de todos los cuales, en pocos días, juntó de
la otra banda del río grande, al paso que dicen de la canoa de
Montero, noventa y tres hombres españoles, los cuarenta de a
caballo y los demás peones, todos bien aderezados, según la usanza
de las Indias, con armas de hierro y de algodón. De todo lo cual
hizo reseña y registro delante de Juan de Avellaneda, alcalde de
Santafé, a quien la Audiencia real había enviado con comisión
bastante para que en aquel paso registrase y mirase toda la gente,
así española como naturales, que con el capitán Galarza iban, y los
examinase y supiese de ellos si había alguno que lo llevasen
forzado o contra su voluntad; y a los que deliberaron no querer
seguir ni ir con el capitán Galarza, los volvieron a tierra de paz,
donde los dejaron en su libertad y se volvieron a sus casas y
tierras y naturalezas.
Llevó consigo, entre la demás gente, el capitán Galarza un
sacerdote llamado Francisco González Candis, con todo el recaudo
necesario para decir misa, la cual oída un día después de San Juan,
de junio del mismo año de cincuenta, se partieron todos en
concierto y con buena orden la vía del valle de las Lanzas, a cuyo
principio llegaron sin sucederles cosa próspera ni adversa, los
primeros días del mes de julio, donde el capitán Galarza y toda su
gente fueron alojados, y allí divulgadas unas ordenanzas hechas por
el mismo capitán, para el buen gobierno de su gente y compañía, por
las cuales, con gran rigor, prohibió los pecados públicos,
blasfemias y todo abuso de juramentos de que los soldados suelen
usar muy comúnmente. Prohibía, asimismo, amenazando con gran
castigo a los soldados que, sujetándose a su avaricia hiciesen
fuerza a los naturales, tomándoles sus haciendas y comidas y
robándoles lo que en sus casas tenían de cualquier condición que
fuesen. Exhortaba por las propias ordenanzas, que conservasen en
paz y amistad a todos los naturales que la diesen y ofreciesen, y
no se la quebrantasen y traspasasen, ni les hiciesen ningunas
ofensas, injurias, males y daños en sus personas, hijos y mujeres,
de las que comúnmente los libres soldados en las Indias suelen
hacer a todos géneros de personas, usando con ellos de bárbaras
crueldades; con apercibimiento de usar con cada uno del que lo
contrario hiciese de todo el rigor que las leyes disponen y
castigos que señalan y mandan dar a los que semejantes delitos
cometen; y otras muchas cosas muy a propósito de lo que tenía y
llevaba entre manos; sólo para poner pavor y terror y aun castigo
en algunos soldados de cruel y mala inclinación, porque para muchos
y muy principales hijosdalgo, que en su compañía llevaba e iban,
ninguna de estas leyes era menester.
Era el capitán Galarza hombre de buena habilidad y cortesano y
bien entendido y concertado, y bien hablado, y así hacía más con
sus persuasiones y buenas razones que con todas estas
capitulaciones y ordenanzas que por vía de leyes hacía; y
|asi
estaba afablemente con todos los que excusar podia, solía
(?).
Hecho esto, nombró capitanes y caudillos y otros ministros y
oficiales, que en semejantes jornadas se suelen nombrar para
diversos sucesos y acaecimientos, a los capitanes Francisco de
Prado, vecino de Tocaima, y Juan Bretón, vecino de Timaná, que en
el mismo tiempo había salido del valle de la Plata y despoblado a
Neiva, por no ser parte para sustentarse en ella, y con ocho
soldados se había juntado con el capitán Galarza, para entrar en
estas tierras del valle de las Lanzas; los cuales dos capitanes
señaló y nombró por sus sustitutos y caudillos sobre toda la otra
gente que consigo llevaba, que, como se ha dicho, era la más de
ella muy principal, y de los señalados y conocidos por tales eran
Mendoza de Artiaga, caballero vizcaíno, alguacil mayor de la
Audiencia; Alvaro García, Bartolomé Tala, Larena, soldados que
habían sido del mismo Juan Bretón; Lope Salcedo, Pedro Gallegos,
Gaspar Tavera, vecinos de Tocaima, y Francisco de Trejo, vecino del
propio pueblo, uno de los que más calor metían y habían puesto en
que se hiciese y efectuase esta jornada, porque por noticia le
había sido encomendado el valle de las Lanzas, y había procurado
entrar dentro y nunca se había atrevido, con compañía ni sin ella,
temiendo la mucha y belicosa gente que en él había y el daño que le
podría sobrevenir por entrar temerariamente en una poblazón de
tantos naturales y tan indómitos; pero había sabido de otros indios
más cercanos a Tocaima y que trataban con éstos, la mucha gente que
en este valle había, y cómo era menester juntarse copia de
españoles para entrar en él, y así venía ahora a hallarse presente
y a ver si era cierta la noticia que se le había dado, y si había
la gente y naturales que le habían dicho y certificado algunos
indios ultra de los dichos. Iban otros muchos vecinos de Tocaima, y
soldados de mucha cuenta y pundonor, de quien se hace muy gran
ponderación y estimación en el Reino; de suerte que con razón se
jactaba y podía jactar el capitán Galarza que debajo de su bandera
y mando había congregado y juntado parte de la mejor gente que en
el Reino había entrado, y así iban todos muy conformes y con toda
amistad y concordia, sin recibir ni tener entre sí ninguna
discordia ni dar a su capitán ningún desabrimiento.
|Capítulo segundo
De cómo los
españoles, saliendo del alojamiento del valle de las Lanzas, se
metieron la tierra adentro hasta llegar al pueblo del cacique
llamado La embiteme
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. Cuéntase de la
bestialidad que estos indios usan en comerse unos a otros.
En el tiempo que los españoles y su capitán estuvieron en este
alojamiento del valle de las Lanzas, a quien sus propios moradores
llaman Combayma, mediante los buenos tratamientos que a los indios
se les hicieron, salieron todos de paz e hiciéronse amigos con los
españoles y proveyéronles de comida 5 con que se sustentaron el
tiempo que allí estuvieron; y porque esta buena obra no fuese
remunerada con ingratitud y obras malas, Galarza se excusó de
entrar en las poblazones de los indios, por no dar ocasión a
algunos atrevidos soldados y a los indios ladinos que en su
servicio llevaban, que metiéndose por las casas y pueblos de los
indios les hiciesen algunos daños y forciblemente les tomasen lo
que tuviesen y les diesen ocasión a que los que de su voluntad
habían dado la paz y coligado de enemistad con los españoles,
constreñidos a redimir las vejaciones que se les hiciesen, se
rebelasen y tomando las armas se moviesen con ánimos guerreros
contra los nuestros.
Tenía ya Galarza noticia y sabía cuán briosa y belicosa gente
era la de aquel valle, y con cuánta obstinación peleaban y se
defendían si una vez tomaban las armas; y así, apartando y
excusando todas estas ocasiones, alzando sus toldos y tiendas, tomó
la vía de cierta poblazón llamada Metaima, que estaba apartada de
aquel alojamiento donde había estado, tres leguas, de la cual le
habían dado noticia los indios del valle de las Lanzas, y aun le
dieron guías para que por derecho y buen camino lo llevasen y
guiasen a la poblazón y tierra de Metaima, cuyos moradores luégo
tuvieron noticia y aviso por sus espías y centinelas de la vía y
camino que los españoles llevaban, y pretendiendo estorbársela se
juntaron y congregaron todos los más que pudieron, y en un pedazo
de arcabuco o montaña de casi dos leguas que los españoles habían
de pasar, derribaron todos los árboles que junto al camino iban
asidos, para con ellos embarazar y ocupar el camino, de suerte que
por él no pudiesen pasar los caballos; pero todo este impedimento y
estorbo les fue inútil, porque como los españoles iban proveídos de
hachas y machetes y otras herramientas actas
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6
para
semejantes necesidades, fue abierto nuevo camino por mano de Lope
de Salcedo y por otros españoles a quien el capitán Galarza envió
al efecto, por donde sin ningún peligro pasaron los caballos y todo
el bagaje y carruaje que los españoles llevaban con gente, que
hacían gran ostentación y muestra de ir más españoles y gente de
guerra de la que iba.
Llegados a Metaima, los indios, viendo que su ardid no les había
aprovechado cosa ninguna y que los españoles y sus criados les
podrían hacer mucho daño, no curaron ponerse en defensa ni
ausentarse; mas estándose con sus mujeres e hijos en sus
poblazones, salieron sus principales que se llamaban Ilobone y
Otaque con sus mujeres e hijos y con muchos indios cargados de
comidas de maíz, turmas, ñames y raíces de apios, guayabas, curas y
otras frutas de la tierra, a recibir a los españoles; y llevándolos
a sus propias casas los aposentaron en ellas, que eran unos bohíos
que comúnmente los españoles llaman caneyes, por ser de diferente
hechura que los demás, y ser las casas de que usan los indios de
tierras calientes, por la mayor parte hechas de aquesta hechura:
son de vara en tierra y no muy anchos; tienen de largo a setenta,
ochenta y a cien pasos; son cubiertos de palmicha, o de hojas de
bihaos, o de paja o heno, que en tierra rasa se cría. En cada bohío
de estos vivía casi toda una familia o cognación, porque se hallaba
en cada casa de estas haber y morar de cincuenta personas para
arriba.
El capitán recibió con alegría su amistad, y con afabilidad y
benevolencia les habló largo por medio de los intérpretes y lenguas
que llevaba, haciéndoles saber algunas cosas tocantes a nuestra
religión y fe católica, exhortándoles a tenerla y creerla y a
conocer y adorar un solo Dios inmortal, creador y hacedor de todas
las cosas, manifestándoles la ceguedad de su manera de vivir y
gentilidad y el engaño en que el demonio, capital enemigo del
género humano, los tenía a ellos y a todos los demás indios; y
después de esto, como para vivir naturalmente bien y conforme a
justicia, les era necesario ser vasallos y súbditos del Emperador y
Rey de Castilla, cuyos súbditos él y los demás españoles que
presentes estaban eran; y juntamente con esto les pidió que les
diesen guías para pasar adelante a ver y andar las demás poblazones
comarcanas a aquella provincia.
Los indios, aunque atentamente oyeron todo lo que Galarza les
decía, ninguna cosa les fue más grata y amable que el pedirles
guías para pasar adelante y el decirles que no se les haría ningún
daño ni lo recibirían, porque juntamente con lo demás les dijo
Galarza que en ningún tiempo se les haría agravio por sus soldados
y compañeros, y que si algún español o indio de su servicio les
damnificase, se lo dijesen y manifestasen, que él lo castigaría y
satisfaría el agravio que hubiesen recibido, porque le era así
mandado por el Rey y señor que a aquella tierra les había enviado.
De estas dos cosas últimas se holgaron extrañamente los indios, y
más con el dar a entender que querían pasar adelante, porque como
ellos tenían gran miedo de los españoles y les habían de proveer de
lo necesario de sus comidas a ellos y a sus criados, hacíaseles muy
pesado el gasto de solo medio día que allí habían estado, y así le
respondieron a Galarza que no sólo le darían guías, pero si fuese
menester indios para llevar las cargas adelante también lo harían,
y si quería que al momento se lo traerían todo: tanto era el deseo
de echarlo de su tierra y poblazones.
Pero Galarza, que no pretendía andar la tierra tan por la posta,
se detuvo en este alojamiento tres días con toda su gente, después
de los cuales tomó guías y lo necesario y se fue con su gente la
vía de Ibagué, pueblo de indios enemigo y contrario de los de
Metaima, aunque de una misma nación y lengua; porque en toda esta
provincia los naturales son enemigos entre sí y se hacen guerra
unos a otros sólo por comerse y sustentarse de sus propias carnes,
no guardando en esto aun siquiera la costumbre que entre brutos
animales se tiene, que es no comerse los de una especie unos a
otros, porque es averiguado que el tigre no come ni aun acomete a
otro tigre, el león a otro león, el oso a otro oso, el perro a otro
perro, ni el gato a otro gato, y solos los hombres, y entre los
hombres solos los indios se halla comerse unos a otros y matarse y
hacerse guerras para sólo este efecto; porque entre los que tienen
y osan esta perversa y depravada costumbre jamás se ha hallado
ningún género de riquezas ni haciendas más de las comidas de maíz y
otras raíces silvestres, y si se halla algún otro es poco para que
por respeto de robarse y saquearse y tomarse las haciendas los unos
a los otros se hagan guerra. Pero ello es averiguado y muy cierto,
que por solo el apetito del comer se mueven las guerras entre
ellos, y cuando las comunes ocasiones de matarse faltan entre estos
bárbaros, tienen por medio para venir a las manos el juntarse y
congregaras en ciertos tiempos del año en algunas partes que tienen
señaladas, y allí van todos indios de cada pueblo o parcialidad con
sus armas en las manos y llevan consigo sus mujeres, las cuales
llevan cosas que feriar y trocar entre sí, y juntas las mujeres de
todos los pueblos de un valle o comarca, hacen sus ferias y
contratación unas con otras, todas juntas, y en tanto que las
mujeres están haciendo este mercado, los varones se están por sus
parcialidades juntos, con las armas en las manos y apartados unos
de otros, mirando el mercado que las mujeres hacen.
Conclusas estas ferias de las mujeres, y apartadas unas de otras
a donde estaban sus maridos, ellos hacían cierta señal y comenzaban
todos a pelear unos con otros, y a herirse y descalabrarse muy
reciamente con las armas que traían, hasta que caían algunos
muertos en el suelo, los cuales tomaban los del bando contrario y
se los llevaban para comer, y ellos mismos, cuando les parecía, se
apartaban y hacían señal de retirarse, y se volvía cada cuadrilla a
su pueblo con la carne o indios muertos que habían podido
haber.
Tornando al viaje de los españoles, salidos de Metaima dieron en
el río de Tolima, el cual tiene este nombre de los propios
naturales de aquella tierra, que en su lengua llaman a la nieve
tolima, y porque este río bajaba del cerro nevado de Cartago, donde
tenía su principio y nacimiento, y las aguas de él eran derretidas
de la propia nieve, que es mucha y dura todo el año, y le llamaron
el Tolima, que como he dicho, quiere decir nieve, y los españoles
le llaman río de Tolima. Este hallaron muy crecido y de dificultoso
pasaje, a causa de ser grande su velocidad y corriente, y no tener
ni hallarse en él ninguna tabla ni vado por donde pudiesen pasar
sin temor de perder algunas piezas del servicio, porque los
naturales de Ibagué, que cerca de él estaban poblados, aunque para
pasarlo tenían y usaban puentes, en sintiendo que los españoles se
les acercaban las deshicieron y quebraron todas, queriendo con esto
excusar el pasaje a los nuestros, pareciéndoles que un río tan
ahocinado y cargado de piedras como este iba, en ninguna manera lo
pasarían los españoles si no era haciendo puentes; pero,
finalmente, ninguna de estas oposiciones fue parte para que los
españoles se detuviesen sin pasar el río mucho tiempo, porque luégo
que vieron su furia y aspereza, metieron sus caballos en medio de
la corriente, y haciendo de ellos puente pasaron toda la gente y
chusma que tenían que pasar y su fardaje, y alojándola de la otra
banda del río, sin que indios de paz ni de guerra se les acercasen,
el siguiente día marcharon adelante y llegaron a la junta de dos
ríos, el uno que baja del valle de Anaima, y el otro el valle de
Matagaima, en donde había una meseta llana que en redondo tenía
como media legua, en la cual el cacique y señor La Embiteme tenía
parte de su poblazón, y en ella un gran golpe de gente de guerra
con las armas en las manos, esperando a que los españoles llegasen
o pretendiesen subir cierto paso o subida que para la mesa de la
poblazón había, el cual pretendían defender obstinadamente, porque
fuera de aquella subida no había otra en toda la mesa que fuese
acomodada para poder por ella subir los caballos al llano de la
poblazón.
Los españoles, aunque reconocían la ventaja que los indios les
tenían, así en tenerles tomado el alto y paso de la subida, como
por su mucha multitud, que al parecer eran más de dos mil indios de
pelea, no por eso dejaron de írseles acercando y llegándose a ellos
hasta ponérseles a tiro de piedra. Los bárbaros, como vieron la
osadía con que los españoles, menospreciando su multitud y poder,
se les habían acercado, comenzaron a dar muy grandes alaridos y a
tocar sus fotutos y cornetas y otros rústicos instrumentos de
canillas de indios muertos que consigo traían, dando muestras de
querer despedir y arrojar las armas arrojadizas que traían contra
los españoles; pero luégo se reportaron, pareciéndoles que era bien
hacer antes alguna amonestación a los nuestros para justificación
de su causa, que comenzar la pelea; y así les dijeron, de suerte
que los intérpretes lo entendieron, que se volviesen atrás y no
curasen de pasar adelante, si no querían en breve tiempo verse
sepultados en sus vientres y destruidos y arruinados todos, sin que
uno ni ninguno escapase, con lo cual enteramente pagarían su
temeridad y atrevimiento. Los soldados y caudillos, alborotados de
ver la soberbia y elación con que los indios hablaban, quisieran
incontinenti arremeter a ellos, para desbaratándolos y matando los
que pudiesen, alcanzar con darles a conocer su poca constancia en
cosas de guerra, y el poco valor que para con los españoles tenían;
pero el capitán Galarza, conociendo la locura y fragilidad de
aquella bárbara gente, hizo que los suyos se reportasen y mudasen
consejo, y llegando a las lenguas o intérpretes que tenía, les hizo
que hablasen a los indios y les dijesen la poca razón y causa que
tenían para hacer los fieros que habían hecho y dicho, porque él y
los demás españoles no iban a hacerles guerra ni mal ni daño
alguno, sino a manifestarles la ley evangélica cuya profesión
tenían y guardaban, y por ello se llamaban cristianos, mediante lo
cual su principal intento era darles a conocer el verdadero Dios
inmortal, y enseñarles la observancia de sus mandamientos y su fe
católica, mediante la cual y el bautismo que se les daría,
queriéndolo ellos recibir, serían salvos y gozarían de la perpetua
bienaventuranza que Dios, por su misericordia, daba a los
cristianos que profesaban y guardaban su ley; y que temporalmente
eran vasallos del Rey de Castilla, señor muy poderoso, a quien
estos indios llaman en su lenguaje Amimo, a quien obedecían y
servían todos los cristianos y todos los indios, al cual ellos
asimismo debían obedecer y servir y reconocerlo por tal, y a él en
su nombre dar la obediencia y hermandad; por tanto, que dejadas las
armas, se abrazasen con la paz que él les ofrecía y que él los
recibiría en su amistad y haría que ninguno de los que con él
venían, españoles ni indios ni otra persona alguna, no les hiciesen
mal ni daño ni les agraviasen en cosa ninguna. Y en estas razones y
otras que los indios replicaban, fueron detenidos sin acometerse ni
hacerse mal alguno los unos a los otros, hasta puesta de sol, en el
cual tiempo los indios mudaron [de] propósito, dejando de seguir lo
que al principio habían comenzado y se retiraron y apartaron del
paso y subida que estaban guardando y pretendían defender, y dieron
lugar a que los españoles subiesen sin guerra ni pelea al llano y
mesa de la poblazón, donde los propios indios los aposentaron en
sus propias casas, y estuvieron allí con ellos toda la tarde hasta
que anocheció y todos se recogieron a donde les pareció, porque el
siguiente día en toda la poblazón ni en lo que de la comarca se
divisaba, no pareció ninguna persona de los naturales, sino solos
los españoles y su servicio, que se quedaron alojados en los bohíos
y casas de los indios.
|Capítulo tercero
7 Cómo los indios
prosiguieron su paz, y Galarza su descubrimiento, y pasó al valle
de Anaima, donde tuvieron cercado a Salcedo los indios, y tuvo
noticia de los indios de Buga y Gorones. Escríbese el modo de las
armas con que esta gente
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pelea.
Puso mala sospecha a los españoles el haberse retirado y
ausentado los indios con sus mujeres e hijos, porque se tiene ya
experiencia que cuando después de haber dado la paz se recogen y
desaparecen que es para poner sus mujeres, hijos y haciendas en
partes seguras y revolver, con las armas sobre los españoles; pero
éstos, esta vez, no lo hicieron así, antes conservando de su parte
y prosiguiendo adelante con la paz que habían dado, volvieron
pacíficamente a su propio pueblo, donde los españoles estaban
alojados, y allí les traían de la comida que tenían y algunas
chagualas de oro que contrataban y feriaban con los españoles y con
los indios de su servicio ladinos.
Lo que más los naturales procuraban haber de los nuestros era
sal de la del Reino, que es en panes, en pedazos grandes, y algunas
gallinas blancas, porque de las otras ellos no las querían, y
algunos otros rescates, y cuentas de España, que los españoles
llevaban para el efecto, porque de todas estas cosas, y de otras
muchas, es esta tierra muy estéril y falta. Daban en pago de un
pedazo de sal de dos o tres libras, una chaguala de oro fino que
pesaba seis pesos y dende arriba, y por una gallina lo mismo, y al
respecto pagaban los demás rescates y contratos.
Detúvose en este alojamiento el capitán Galarza con sus
compañeros ocho días y más tiempo, donde le vinieron todos los
naturales de aquel valle de paz y amistad, y entre ellos los
caciques y señores del valle de Matagaima, y del valle de Anaima le
vinieron a ver los caciques de Vilacaima. El valle de Matagaima
tendrá dos leguas y media de largo, todo poblado lo raso de él,
porque esta tierra toda es doblada y muy quebrada, y todos los
valles son rasos y pelados, sin monte alguno hasta la mitad de las
lomas y cuchillas, y de allí para arriba es arcabuco o montaña muy
crecida y espesa; y esto es general en toda tierra de Ibagué. El
valle de Anaima tendrá cuatro leguas de largo, y dende arriba y
todo lo raso de él, que se entiende lo bajo, estaba poblado.
Las armas de que generalmente usan los naturales de toda esta
provincia y región de Ibagué, son lanzas hechas de los ijares de
unas gruesas cañas huecas que los españoles llaman guaduas, las
cuales son muy largas: hiéndenlas los indios y cuartéanlas y
lábranlas, de suerte que les queda de cada una de ellas hechas tres
o cuatro lanzas de a veinticinco y treinta palmos de largo; y a las
puntas de estas lanzas engiren una punta de palma delgada, que es
madera más recia y tiesa, para con ella hacer mejor golpe. Con
estas lanzas usan unos escudos o paveses de cuero de anta seco y
tieso, que es gran amparo y defensa y muy ligero. Estos escudos
traían los indios colgados al pescuezo y cuando peleaban y jugaban
de sus lanzas los echaban delante para amparo de las barrigas, y
cuando se retiraban o huían, cosa muy común y nada vergonzosa para
ellos, se los echaban muy ligeramente a las espaldas, colgados del
pescuezo como los tenían, y así huían, yendo adargados y arodelados
por detrás, que les era harto remedio para no recibir mucho daño de
los que iban en su alcance. También usaban con los mismos escudos
dardos de palma arrojadizos y macanas muy agudas a manera de
montantes, hechas de madera de palma negra. Usan asimismo para la
guerra hondas con que arrojan y tiran con gran furia piedras y
guijarros rollizos del grandor de huevos, de los cuales traen
consigo mochilas llenas para tenerlos más a mano al tiempo del
menester. También se aprovechan en la guerra de las hachas de cobre
que tienen para cortar madera.
En todos estos géneros de armas son tan diestros estos indios,
que aunque ellos en sí son gente bruta, y las armas son tan
rústicas como por lo dicho se puede ver, defendían con ellas y con
sus bríos, que no eran de menospreciar, muy bien la tierra, porque
cualquiera de los naturales de esta provincia nunca rehusaba el
esperar uno por uno a cualquier español y pelear con él a pie
quedo, y si como en los ánimos tenían igualdad la tuvieran en las
armas, averiguadamente se estuvieran el día de hoy por conquistar,
y antes hubieran hecho daño que recibídolo; pero como traen los
cuerpo sin ninguna defensa, porque todos andan en carnes y así
pelean, métense sin ningún temor los soldados armados por entre
ellos, y allí cada cual les hiere como puede, según se ofrece la
ocasión y necesidad.
Aunque los indios del valle de Anaima, o algunos de ellos,
habían salido de paz e ido a visitar al capitán Galarza a su
alojamiento, no por eso su amistad fue sincera y llana, antes muy
doblada y llena de maldad, como lo dieron bien a entender dende a
poco que Lope de Salcedo con ciertos soldados, que por compañeros
le fueron dados, entró en sus tierras y poblazones, contra los
cuales tomaron las armas no yéndoles a hacer ningún daño ni mal
tratamiento más de haber la poblazón y gente que era, y a descubrir
camino para que el resto de los soldados y carruajes pudiesen pasar
adelante.
Juntáronse gran número de indios de aquel valle, y cercando y
tomando en medio a Salcedo y a los españoles que con él estaban,
les pusieron en grande aprieto y riesgo de matarlos a todos, porque
como esta gente sea animosa y su pelea sea cercándose abarloar con
los españoles, los cuales no tenían consigo caballos, que es toda
la fuerza de esta guerra, ni arcabuces, y el número de los
combatientes tan desigual, porque para cada soldado de los que con
Salcedo estaban había quince y veinte indios, fueron los nuestros
forzados a dar mayores muestras de su valor, peleando con la turba
de los bárbaros, que los tenían cercados, y haciendo en ellos todo
el estrago que podían, no cesando de pelear ni soltando las armas
de noche ni de día de las manos; hasta que teniendo noticia el
capitán Galarza del suplicioso y peligro en que estos soldados
estaban, porque de ello le fue dado aviso por mano de indios
amigos, envió más copia de gente y soldados, que juntándose con los
cercados y acrecentándose a todos con el número el ánimo,
sacudieron y echaron de sobre sí honrosamente la gente de la
tierra, que con intera esperanza estaban de haber presto victoria
de los españoles que cercados tenían, con cuyas vidas y cuerpos
entendían hacer devotos sacrificios a sus carniceros vientres,
sepulturas de carne humana.
Vuelto Salcedo y los demás españoles, el capitán Galarza se
partió luégo otro día con toda la compañía junta. Marchó
concertadamente la vía de Anaima, lo cual visto y entendido por los
naturales de aquella poblazón, determinaron entre sí tomar de nuevo
las armas, y acometiendo a los españoles hacer en ellos la
resistencia que les fuese posible; para el cual efecto se juntaron,
en el propio sitio donde habían tenido cercado a Lope de Salcedo,
más de cuatro mil indios de guerra, con todos los géneros de armas
arriba nombrados.
Era este lugar un sitio muy llano, puesto por ribera y barranca
de una quebrada que bajaba de la sierra y venía a dar al río
principal, que pasa y corre por medio del valle. Este llano,
pareciéndoles a los indios que era acomodado para el alojamiento de
los españoles y que se habían de ir derechos a él, fortaleciéronlo
con mucha cantidad de hoyos que en él hicieron de a dos estados de
hondo cada uno, y muy llenos de estacones de palos de palmas las
puntas para arriba, y por encima cubiertos con varas delgadas y
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paja y tierra encima, para que estuviesen ocultos y no los
echasen de ver hasta que estuviesen en la celada o trampa. El
anchor de cada hoyo de estos era tal, que cabía en cada uno de
ellos dos hombres con sus caballos armados; y cierto era invención
con que pudieran hacer muy gran daño a los nuestros, si no fuera
gente recatada para tener cuenta con semejantes cautelas y engaños,
porque los bárbaros para más incitar y convidar a los nuestros a
que cayesen en los hoyos, aguardaron a los españoles junto a ellos
para que arremetiendo o codiciando dar en los enemigos, y
arremetiendo con la furia que suelen, hallasen por delante aquella
manera de foso, y cayendo dentro se metiesen las estacas por los
cuerpos y muriesen a cuchillo de palo.
El capitán Galarza, según lo tenía por costumbre, luégo que vio
y reconoció que los indios les estaban esperando para pelear con
ellos, hizo detener la gente antes de pasar la quebrada, y comenzó
a hacerles requerimientos y protestaciones, convidándoles con la
paz, y dándoles noticia del efecto de su venida y entrada en
aquella tierra, según lo había hecho siempre antes de venir a pelea
con los indios; y en estos requerimientos se detuvo un gran rato,
de suerte que viendo los indios que se detenían los españoles y
creyendo que su detenimiento era por su temor y por estar ellos con
las armas en las manos esperando el reencuentro, desampararon el
puesto que tenían, y volviendo las espaldas se dieron a huir por
entre los hoyos y a dejarlos atrás. Los españoles se movieron
perezosamente contra ellos, no queriendo hacerles daño ni bañar con
sangre de aquellos bárbaros la tierra, pretendiendo conservarlos
para después tener quién les sirviese y sustentase. Pero como un
Juan Ortiz de Zárate, vizcaíno, quisiese señalarse, procuró tomar
la delantera a todos sus compañeros y puso las piernas a caballo, y
encarando a unos indios que de industria estaban esperando, fue tan
veloz e inconsiderado en su arremetida y con ella desatinó de tal
suerte a los indios, que ellos y él y su caballo todos cayeron
dentro del hoyo y celada; pero el daño no fue igual a todos, porque
como los indios cayeron primero, con sus cuerpos ocuparon las
estacas que en el hoyo había, metiéndoselas por las carnes, y así
Juan Ortiz y su caballo no recibieron ninguna lesión, y fueron
sacados del hoyo sanos y salvos, con lo cual fue descubierta la
celada y fosos que los indios tenían hechos, y cesó el daño que
pudieran recibir, porque dende en adelante caminaban todos con gran
cuidado, mirando con atención dónde ponían los pies.
Alojáronse aquella tarde en un lado o punto de la sabana, que
estaba más escombrada y limpia de hoyos, y dende en adelante, por
más de veinte días, se corrió toda la poblazón y tierra de este
valle de Anaima, sin que los indios osasen venir a las manos con
los nuestros, ni en ninguna parte de él tuviesen pelea ni batalla
trabada los unos con los otros, más de ponerse por los altos y
arcabucos a dar grita; y cuando la comodidad de la tierra les
ofrecía ocasión, desde algunos altos, junto a la montaña, echaban a
rodar contra los nuestros grandisimas piedras que pesaban, según su
grandeza, a diez y a quince y veinte y a más quintales, porque con
palancas movían en lo alto de las laderas las peñas que la
naturaleza había puesto y criado en lugares tan pendientes que con
sólo menearlas o moverlas con los palos las hacían rodar con
extraña furia. Mas aunque en lugar muy perjudiciales a los nuestros
les daban esta batería, fue Dios servido que nunca se recibió
ningún daño.
En este valle sucedió que después de haberse mitigado los indios
y dado muestras de querer la paz y amistad de los españoles, un
soldado extranjero, llamado Ricardo, llevaba consigo un indio
ladino que entendía bien la lengua de aquella tierra, y como el
Ricardo fuese algo codicioso y viese que entre aquellos naturales
había algunas piezas de oro, envió al indio ladino que fuese y
anduviese entre aquellos naturales y les dijese que el capitán lo
enviaba a que le diesen oro, porque lo había menester, donde no que
irían los soldados a sus rancherías a hacerles guerra. Los indios,
con este temor, dábanle al indio ladino de Ricardo todo el oro que
podían. Ultimadamente sucedió que Ricardo envió a su indio ladino
por oro, el cual encontró con cierto principal que le dijo que él
tenía un poco de oro que dar al capitán, pero que él en persona se
lo quería dar por su propia mano. El ladinejo, queriendo salir con
su demanda sin ser sentido, esperó a que fuese de noche y vínose
con el principal y otros indios al alojamiento, y como estaban ya
puestas velas y era ya cuando llegó al alojamiento muy tarde, fue
sentido de las velas, los cuales creyendo que eran indios que
venían a dar sobre los españoles, dieron alarma y con su entrada
hubo alguna turbación entre los soldados, porque todos o los más
salieron al rebato, con la alteración que semejantes casos suelen
causar. Tomaron los indios, y súpose de ellos la causa de su
entrada a tal hora, y del ladino el oficio que él y su amo traían
en tomar con honesto modo el oro a los indios; de lo cual se enojó
mucho el capitán Galarza, y haciendo apariencias de que quería
castigar con pena pública al Ricardo, él mismo incitó secretamente
a los soldados que le rogasen por él y se lo quitasen, para con
aquella ostentación y muestra de castigo poner temor en semejantes
soldados para en adelante; pero el indio ladino pagó por él y por
su amo, porque fue públicamente azotado y cortados los cabellos,
aunque todos los indios son de tan poca vergüenza que no sienten
por afrenta el azotarlos.
En el tiempo dicho dieron de todo punto la paz a los españoles
muchos de los naturales de este valle que a los principios dieron
muestras de obstinación en su rebeldía, para por presencia venirles
a servir; entre los cuales fue el más principal el cacique llamado
Bombo; de los cuales el capitán se procuró informar de la gente que
de la otra banda de la cordillera había, y si podría pasar adelante
en descubrimiento del camino para Cartago, porque el valle se
remataba allí, en la propia cordillera que está entre el río grande
de la Magdalena y el río de Cauca. Los indios le dijeron que pasada
esta cordillera, a la otra vertiente de ella había mucha copia de
naturales, pero que no sabían distinguir si entre ellos, o cerca de
ellos, hubiese pueblo de españoles, como lo había, más de que
certificaban lo de los naturales, los cuales, según después
pareció, era en Buga la grande, donde pobló el capitán Alonso de
Fuenmayor un pueblo del propio nombre y los gorones que sirven a
Cali.