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LIBRO QUINTO
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En el libro quinto se trata de la
pacificación y poblazón de la ciudad de Tocaima, hecha por el
capitán Hernando Venegas Manosalvas, a quien después su majestad el
Rey Don Felipe, nuestro señor, dio título de mariscal del Nuevo
Reino de Granada. Fue hecha en el año de mil quinientos cuarenta y
seis, con comisión y conducta del adelantado don Alonso Luis de
Lugo, el cual en este tiempo gobernaba el Nuevo
Reino.
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|Capítulo primero
De cómo al
capitán Hernando Venegas Manosalvas, que después fue
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mariscal del Reino, le fue dada
conducta para que fuese a poblar un pueblo en las provincias de los
indios Panches, y de cómo salió con gente y llegó a la provincia de
Tocaima, y envió a Martín Yáñez Tafur a ver la tierra y traer de
paz a los naturales de ella.
Andando don Alonso Luis de Lugo procurando oro con toda la
solicitud a él posible para irse a España, como está dicho en el
cuarto libro de esta primera parte, vino la nueva cómo los
franceses habían robado y destruído a la ciudad de Santa Marta, de
quien atrás hemos tratado; de lo cual recibió grande pena y
turbación, porque él había dejado allí muchos soldados amigos suyos
y muy principales, y tenía grande esperanza que para alcanzar su
fin
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3, que era de irse a España, le habían de
ayudar con algún oro, lo cual ellos no podían ya hacer con el mal
suceso que con los franceses habían tenido; y con esta pena y
turbación andaba muy triste y pensativo, imaginando lo que sería
mejor hacer en este caso.
En este tiempo había dado comisión al capitán Juan de Céspedes,
persona muy principal, para que fuese a poblar la provincia de los
indios Panches y a sierras nevadas; y por ser Céspedes un hombre de
quien el adelantado tenía grande confianza, y que de las cosas y
guerras de Santa Marta tenía mucha experiencia, por haber estado en
ella mucho tiempo, y ser de los primeros soldados que en ella
habían entrado, acordó de nombrarle por su teniente general, y que
dejando la población de los indios panches, fuese a socorrer a la
ciudad de Santa Marta y poner en ella todo el reguardo posible,
haciendo algunas fuerzas de donde, con la artillería que su padre
el adelantado había traído y dejado en ella, se defendiesen los
moradores de sus enemigos los franceses.
Tenía el capitán Juan de Céspedes ya juntos sesenta soldados,
para ir a las sierras nevadas y provincia de los Panches, los
cuales estaban pertrechados de armas y caballos que él les había
dado y proveído de su propia hacienda y con sus dineros comprado.
Pues como el capitán Hernando Venegas supiese que Juan de Céspedes
dejaba la jornada que había encomenzado y quería hacer, por
mandarle el adelantado ir a Santa Marta, rogó al adelantado don
Alonso Luis de Lugo que le hiciese merced de darle a él la conducta
de capitán, para que con la gente que el capitán Céspedes tenía
junta, ir a poblar un pueblo en la provincia de Tocaima, que era
donde Céspedes había de ir y para donde la había juntado. El
adelantado, oída y vista la petición de Venegas, y conociendo su
valor y ser, porque era caballero muy querido y amado de todos por
su llaneza y afabilidad, se la dio, y nombrándole capitán le
dio
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los sesenta soldados que Céspedes
tenía.
Tenida ya la conducta y comisión, el capitán Venegas halló a
toda su gente, y con la mayor brevedad que pudo se salió de la
ciudad de Santafé, en seguimiento de su derrota y jornada. Nombró
por sus capitanes y caudillos a Martín Yáñez Tafur, y a Salinas, y
a Saucedo, y a Montero, aunque sólo el Martín Yáñez Tafur usó el
oficio de capitán y caudillo en esta jornada, porque con dos
salidas que hizo a traer la gente y naturales de paz, se pobló el
pueblo, como adelante se dirá, y así no fue necesario que los demás
usasen el oficio de capitanes.
Salió el capitán Venegas de la ciudad de Santafé con su gente en
el año de cuarenta y seis, y caminando con ella llegó al pueblo de
Tocaima, pueblo de los indios Panches, a los cuales los españoles
les pusieron este nombre porque todos tienen las cabezas pandas y
omolgas, por tener de costumbre de en naciendo ponérselas sus
madres entre dos tablas apretadas como en prensas y traerlos así
hasta que son ya grandes, y así les quedan las cabezas anchas y
agudas de la parte alta, que si les quitan el cabello parecen
mitras cerradas. Estuvo en este pueblo y asiento de Tocaima,
Venegas, descansando con su gente sin sucederle cosa contraria, dos
días; en los cuales 5 acordó que Martín Yáñez Tafur saliese con
cuarenta soldados a correr la tierra y provincia y a que trayendo
de paz a los naturales de ella, viese si hallaba algún asiento
bueno y acomodado para fundar un pueblo en nombre de su majestad.
Así salió Martín Yáñez con su gente, y fue a dar a una provincia de
unos indios llamados Guacanaes, donde, siendo sentido de ellos,
tomando las armas en las manos se pusieron en defensa de su tierra
y casas; mas como llegasen a tentar las fuerzas de los españoles y
hallasen en ellas tanta resistencia, acordaron aventajarse en el
huir, pues no lo podían hacer en las armas. Las armas de que estos
indios usan en sus guerras son flechas, lanzas, dardos y macanas; y
aunque todos son corpulentos y de grandes ánimos, con mucha
facilidad fueron ahuyentados de los nuestros, dejando sus casas y
haciendas, frágiles y de poco precio, en poder de los cristianos; y
asimismo los que con descuidados pasos se tardaron en huir, dejaron
también las vidas. Fueron tomados en esta guazabara muchos bárbaros
de todo sexo para el servicio de los españoles, y con ellos mucho
despojo de oro en chagualas, que son como patenas, como en otra
parte queda dicho
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, y otras piezas de oro que los
españoles llaman caracoles, los cuales acostumbran estos indios a
traer colgados en las narices. Tomáronse asímismo muchos catabres o
canastos de cuentas blancas y cinchos de lo mismo, entretejidos en
ellos muchos caracoles pequeños, que es un género de adorno para
ellos de que usan en sus borracheras y bailes.
Con la victoria y contento del despojo o ranchería, que así se
llama en estos tiempos el tomar, o por mejor decir, el hurtar en
guerra y fuera de ella en estas partes, por disimulación y más
honesto hablar, como en otras partes he dicho
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,
detuviéronse los nuestros en este pueblo de los indios Guacanes,
regocijando la victoria dos días, después de los cuales fue de
acuerdo de todos que no se pasase más adelante sin dar cuenta a su
capitán Venegas de lo sucedido, y así todos juntos se volvieron al
real, donde fueron muy bien recibidos de los que en él habían
quedado.
Sabido por el capitán Venegas el buen suceso que Martín Yáñez y
su gente habían habido, para con mayor facilidad atraer a los
bárbaros a su amistad y servidumbre, mandó soltar la mayor parte de
los indios que Martín Yáñez y su gente habían traído para su
servicio, a los cuales envió a su tierra, dándoles algunas cosas de
rescates de España, como eran bonetes, cuchillos y cuentas, que no
fue poca parte para que viniesen a servidumbre como vinieron de su
propia voluntad y sin fuerza de armas; porque considerando los
bárbaros el daño que de los nuestros habían recibido, y que no era
menor el que les estaba aparejado si con obstinación tardaban en
dar la paz a los españoles, acordaron de hacer de voluntad lo que
entendían habían de hacer por fuerza; y así, otro día por la
mañana, tomando de las cosas de comer que en sus casas tenían, se
fueron al real de los españoles a darles las gracias por el
beneficio de les haber soltado y enviado a sus parientes y amigos,
y a se les ofrecer a servidumbre para todo lo que les quisiesen
mandar.
El capitán Venegas los recibió, con sus dones y ofrecimientos, a
servidumbre y paz, muy amigablemente, y haciéndoles buen
tratamiento, con mucho amor, les dio de las cosas que de España
tenía, y con lenguas les dio a entender el fin para que habían
venido a su tierra él y sus compañeros, el cual no era para
hacerles ningún mal ni daño, sino para ser sus amigos y defenderlos
de quien mal o daño les quisiesen hacer, y para les enseñar muchas
cosas que ellos ignoraban, tocantes a la salvación de sus ánimas y
cuerpos, así de los trabajos de esta vida como de los de la otra.
Todas estas cosas y otras muchas que el capitán Venegas trató y
dijo a estos indios Guacanaes, las oyeron ellos con mucha atención
y voluntad, lo cual dio harto contento a todos los que presentes
estaban.
Conociendo el capitán Hernán Venegas, como hombre de
experiencia, que en semejantes conquistas y poblazones suele haber
de parte de los soldados algunos desconciertos y demasías en daño y
perjuicio de los naturales, los cuales son ocasión y han sido de
que las paces se quebranten y los contrarios se rebelen y tornen a
tomar las armas con mayores bríos contra sus contrarios, queriendo
y deseando que la paz y servidumbre a que estos bárbaros venían y
querían sustentar se guardase, sin que en ningún tiempo se les
diese ocasión de lo contrario, mandó echar un bando en su real por
el cual mandó que so pena de la vida ningún soldado fuese osado a
entrar en casa de indio ni le tomar cosa alguna de comida ni otra
cosa sin su expresa licencia y mandado, para que lo que se les
tomase se diese orden como se les pagase, y no se les hiciese
agravio ninguno. Fue guardado este mandato y pregón entera y
cumplidamente, sin se exceder de él un punto; y para que los indios
estuviesen más quietos y seguros, el capitán les dio a entender con
las lenguas lo que para su quietud y sosiego había mandado a sus
soldados y compañeros; y con esto los indios se fueron a sus casas
muy contentos y alegres.
|Capítulo segundo
Que trata de otra
salida que hizo Martín Yáñez Tafur, y cómo conquistó y trajo de paz
a los indios de la provincia de Jaquima y de Guatagui, y de la
fundación de la ciudad de Tocaima.
Idos los indios Guacanes a sus casas, procuraban traer cada día
comida a los españoles en agradecimiento del beneficio que de ellos
habían recibido. Esta gente Panche son de tan noble condición que
no tienen cosa suya que no la comuniquen y den con maravillosa
liberalidad a cualquiera persona, aunque sean sus enemigos, salvo
si actualmente están en la guerra contra ellos; y así demás de por
ser ellos naturalmente inclinados a esta generosidad, por los
beneficios que el día antes habían recibido de los nuestros, les
traían mucha comida.
El capitán Venegas, visto
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el buen principio que
Martín Yáñez Tafur había tenido en la tierra, acordó que tornase a
salir con cuarenta hombres de los que habían quedado en el real,
por estar más descansados, a la provincia de Jaquima, que por otro
nombre se llama Otayma, a traer los naturales de ella de paz,
encargándole que lo hiciese con el menor daño que posible fuese,
porque ya el capitán Venegas había tomado grande afición a la gente
Panche por verlos de tan buena inclinación, y así deseaba traerles
de paz más por dádivas que por fuerza de armas y malos
tratamientos.
Pasados cinco días en los cuales Martín Yáñez descansó, y
apercibidos los cuarenta soldados, se salió con ellos en demanda de
la provincia de Jaquima, que no estaba muy lejos. Los indios, como
tenían noticia del daño y mala vecindad que los españoles hacían en
las partes donde llegaban, porque aún no habían sabido ni había
venido a su noticia el buen tratamiento y despedimento que los
indios Guacanes habían tenido y se les había hecho de los españoles
cuando el capitán Venegas los había enviado a sus casas sin les
hacer mal ni daño, antes dádoles de lo que había tenido de cosas de
España, acordaron de tomar las armas en las manos y defenderles la
entrada en su tierra, no permitiendo que hiciesen asiento en ella
ni la viesen, si fuese posible; y saliéndoles al camino con buena
orden por unas lomas abajo con grande gritería, les hacían muchas
amenazas, y mostrándoles cantidad de catabres o canastos y sogas,
les decían en su lengua que aquellos canastos y sogas traían para
atarlos, y después de haberlos hecho pedazos, llevarlos en aquellas
cestas
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para con sus blancas
carnes solemnizar sus fiestas y borracheras, triunfando de su
victoria dándoles sus vientres por sepulcros; lo cual ellos tenían
por muy antigua costumbre hacer con los naturales a ellos
comarcanos.
El caudillo y sus compañeros, como vieron tanta multitud de
indios, que serían más de dos mil, y oyeron la gritería y regorizo
que hacían, preguntaron a las lenguas o intérpretes que llevaban
que qué decían los indios de Otaima, y las lenguas les dijeron
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que decían que en muy breve
tiempo los habían de llevar a todos hechos pedazos en aquellos
catabres, para solemnizar y hacer muy grandes borracheras, y poner
sus cabezas en sus santuarios. El caudillo Tafur, como por los
meneos que los bárbaros hacían conociese ser así
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lo que las lenguas decían y llegándose
cerca de los bárbaros, a parte donde de ellos fuesen bien
entendidas las lenguas, les mandó que les dijesen y amonestasen
dejasen aquella necia y simple porfía, porque él ni sus compañeros
no venían para ir en catabres ni a que con ellos solemnizasen sus
borracheras, sino a ser sus amigos, y a que si ellos lo quisiesen
ser suyos, no se les haría ningún mal ni daño, antes serían muy
bien tratados y defendidos de otras cualesquier personas que mal o
daño les pretendiesen hacer, y que de lo contrario se les seguiría
mucho daño a ellos y a sus hijos y mujeres; porque ellos eran
enviados por el Rey de España a poblar en aquellas partes y a que
les enseñasen a conocer al Criador de todas las cosas y de qué
manera le habían de servir, para por ello conseguir el descanso y
bienaventuranza perpetua; y que si ellos esto no querían consentir
y entender de voluntad y sin guerra, que forzoso y con mucho daño
que les harían lo habían de hacer, asi como en otras partes sus
hermanos y compañeros lo habían hecho.
Los moradores de Otaima, aunque oyeron bien lo que Martín Yáñez
Tafur con las lenguas les decía, no haciendo caso de ello, se iban
llegando a los españoles con su bárbaro atrevimiento, pretendiendo
poner en efecto su loco y rústico propósito, creyendo que sin falta
los habían de tomar a manos y sepultarlos en sus vientres; y el
capitán y sus soldados, visto
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que los indios se acercaban sin hacer caso de lo que se les decía,
usando de su bravo y esforzado ánimo de españoles, arremetieron
contra ellos y en poco espacio de tiempo los desbarataron e
hicieron dejar las sogas y catabres con harto daño que en ellos se
hizo; de lo cual quedaron tan escarmentados que tuvieron por muy
bueno y acertado haber creído lo que se les había antes dicho y
recibido la paz con que se les había convidado, y con esto de ahí
adelante no osaron tomar más las armas contra los españoles, y
desde esta guazabara quedaron pacíficos y quietos y guardaron la
paz con firmeza, sirviendo a los cristianos hasta el día de
hoy.
Hecho esto, el capitán Martín Yáñez se volvió con su gente al
real donde su capitán Venegas estaba con la demás gente, del cual
fue muy bien y alegremente recibido.
Después de haber descansado algunos días el capitán Tafur y su
gente, el capitán Venegas trató de buscar lugar acomodado para
poblar y fundar su ciudad
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13
. Tafur le dijo que no
tratase de buscar otro más del que estaba alojado, porque en toda
la tierra que él había andado no había visto ni hallado otro mejor,
y oído esto el capitán Venegas se determinó de poblar en el sitio
donde estaba, y así haciendo las solemnidades y ceremonias
acostumbradas en semejantes poblazones, pobló la ciudad, y le puso
por nombre el propio que los naturales tenían puesto a aquel sitio,
que es la ciudad de Tocaima; y así quedó poblada esta ciudad en el
sitio y lugar en que hoy está. Nombrados alcaldes y regidores por
el capitán Venegas, hizo el apuntamiento de los naturales, y
repartidos entre los soldados, y con esto se tomó a la ciudad de
Santafé, habiendo estado ocupado en esta jornada cinco meses, a dar
cuenta de lo que había hecho al gobernador Montalvo de Lugo, que ya
estaba en el gobierno del Reino, dejando en su lugar por teniente a
Martín Yáñez Tafur, el cual estuvo en él hasta que Miguel Díaz de
Armendáriz vino por gobernador del Reino, el cual envió por capitán
de Tocaima y justicia mayor al capitán Hernando de Prado
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14.
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Capítulo
tercero
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Que trata del asiento y
temple de la ciudad de Tocaima, y de algunas costumbres de los
naturales de aquella provincia.
La ciudad de Tocaima, como queda dicho en el capítulo
antecedente, está situada en la parte y lugar donde Hernando
Venegas la pobló y fundó, sin se haber mudado a otra parte alguna,
como lo han hecho otros pueblos y ciudades en esta parte de Indias.
El sitio en que está es caliente, tanto que desde las nueve horas
de la mañana hasta las tres de la tarde no se pueden andar por las
partes donde no hay sombra; y este temple y calor es y dura por
todo el año, porque así como en la tierra fría del Reino todo el
año hace un temple, y éste frío, así en esta provincia de Tocaima,
que es en las faldas del Reino, hace calor todo el año. La
diferencia que en estos temples y provincias hay de invierno y
verano, no es más de que el invierno llueve, y el verano no; pero
los temples lloviendo y no lloviendo, todos son unos: en lo
caliente, caliente, y en lo frío, frío.
En este sitio de Tocaima y en sus alrededores se dan todas las
frutas que se dan en otras partes calientes, así de las de España
como de las de la tierra: danse muchas uvas, higos, melones, piñas,
guayabas, curas, que es una fruta como peras, salvo que tienen unos
cuescos grandes dentro; danse plátanos y otras muchas frutas.
Las noches en esta ciudad son tales que con ellas se alivian los
trabajos y disgustos de los días, porque son tan suaves y de tan
lindo sereno, que aunque se quede un pliego de papel toda la noche
en el campo, se halla a la mañana tan enjuto como si hubiese estado
metido en una caja y guardado.
Los indios naturales de esta provincia es gente de buena
estatura; andan desnudos, así las hembras como los varones
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15
. Las hembras traen tan solamente para
cubrir sus partes impúdicas, unas pampanillas, como unos pañetes
abiertos por abajo, y éstos traen tan bajos, que lo alto de estas
pampanillas se atan y ponen por bajo de los encuentros de las
caderas. Estas pampanillas hacen de algodón, tejidas como mantas:
las mujeres de los capitanes las traen entretejidas de unas cuentas
blancas que de cáscaras de caracoles se hacen, que los españoles
llaman quitero; y aun a los cuellos traen todas cantidad de estas
cuentas y de otras de hueso. Estas pampanillas tienen por las
mejores joyas de sus casas.
Tienen estos bárbaros
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16
una ceremonia o
costumbre muy perjudicial y dañosa para ellos, aunque no hacen
mucho caso del daño que de ella se les sigue y viene; y es que a
las criaturas hembras que nacen, a los ocho días a diez, así como
nacen les cortan con unas cañas o piedras cierta parte de carne que
en el miembro o vaso mujeril tienen, y lo que le cortan lo secan y
hacen polvos con los cuales después refriegan la herida para que se
consuma y seque la otra parte que queda o puede crecer para que no
crezca y quede igual; y el daño es que muchas criaturas mueren de
estas heridas, y así entre ellos hay muy pocas hembras. Algunos
españoles, que no han entendido ni sabido esta ceremonia que estos
bárbaros tienen, viendo la penuria de hembras que entre ellos hay,
han querido decir y han dicho que de intento las matan estos indios
porque se acabe su generación, por no ser sujetos ni servir a los
españoles; pero lo más cierto es lo que tengo referido.
Tienen estos indios idolatrías y simulacros, los cuales son unos
palos grandes de hechura de personas, mal hechos y huecos. Sólo
sirven éstos para les pedir comidas, y la orden que tienen de
pedirles favor y auxilio es que el santero con un palo que para
ello tiene da de golpes en la barriga del ídolo, y el ruido que
hace con los golpes y con estar hueco, el
|jeque o
|mohán, que es el santero, lo interpreta y hace entender que
dice el ídolo lo que a él le parece decir, y así los engaña; y
|si le piden agua para las sementeras, el santero les responde en
nombre del ídolo, como he dicho, según a él le parece ...
|porque ...
|al contrario darles a
|entender que el
idolo está enojado ...
|fingir... para regar sus
labranzas.
Hacen estos indios grandes y muy continuas borracheras, en las
cuales ordenan sus guerras y venganzas de sus enemigos, y el mejor
ornato que en sus santuarios tienen son las cabezas de las personas
que en guerras han muerto, así de indios como de españoles, las
cuales adornan con cierto betún que hacen, y después de comida la
carne, hinchan los huecos y vacíos que en ellas quedan de aquel
betún, dejándolas así como si estuviesen vivas y sanas. Por ojos
les ponen unas semillas que los españoles llaman armesas, muy
resplandecientes, con las cuales quedan como si estuviesen vivas, y
por ser las casas o santuarios oscuros donde estas cabezas están,
ponen grande temor a las personas que a ellos entran. La orden con
que las ponen y tienen en sus santuarios es, que a las que son de
algún pueblo que del santuario esté al levante, las ponen que estén
vueltas mirando al poniente, y las que son de la parte del poniente
pónenlas vueltas al levante, y así por esta orden a las demás. Esto
hacían y hacen hasta hoy, porque dicen que si las ponen que miren a
sus tierras y pueblos que llamarán a sus parientes y amigos para
que vengan a matarlos a ellos en venganza de sus muertes: una cosa
harto de bárbaros. Pónenlas en los santuarios por lo alto, por unos
andenes que en ellos tienen todos alrededor, como el boticario pone
sus redomas.
Son estos indios Panches muy carnívoros de carne humana, y así
se venden unos a otros los hijos y parientes para comerse. Acaeció
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17
estando yo entre estos bárbaros, una
crueldad no menos inhumana que rústica, y fue que un indio de estos
Panches iba de casa de un hermano suyo para su propia casa; y el
hermano tenía un hijo, de edad de nueve o diez años, el cual, con
amor que al tío tenía, se fue con él a holgarse como niño y yendo
por su camino encontraron con otro indio Panche, el cual traía al
cuello unas sartillas de cuentas blancas, de las que atrás hemos
tratado, y el tío del niño, como las vio, aficionose a ellas, no
obstante que él traía otras tan buenas a su cuello. Dijo al otro
Panche si quería della aquellas cuentas que traía al cuello, que él
se las pagaría; respondió el otro que sí daría si le daba aquel
muchacho para comer, porque así como a él le habían parecido bien
las cuentas y se había aficionado a ellas, así él tenía muy gran
gana de hartarse de la carne de su sobrino. El malo del tío, con la
codicia de las cuentas, y olvidado del amor de su propia sangre,
tomó al muchacho por la mano y llevolo a dar al carnicero indio,
porque el niño, como oyó la plática, temió, y con el temor se había
desviado de ellos. El indio hambriento por la carne humana, dio las
cuentas al otro, y no contento con tener ya la caza, por no tomar
trabajo de matarla, dijo al tío: yo no paso por la venta ni compra
si no me lo das muerto y hecho pedazos. El tío, por no perder la
posesión que ya tenía de las cuentas, echó mano a una macana de
palma que tenía, que es un arma de palo como una espada, y con
ambas manos alzando dio al sobrino un golpe en la cabeza que se la
abrió y cayó muerto, y segundando con otros golpes, con mucha
liberalidad lo hizo pedazos, y así hecho cuartos, se lo dio y
entregó al fiero y bruto can, el cual, no con menos diligencia, lo
tomó y llevó a su casa, donde creo yo no dejaría oliscar la carne
de él.
Los casamientos entre esta nación Panche se hacen con mucha
facilidad, porque en estando la criatura sana de la herida que dije
le dan a los ocho o diez días, luégo el indio oye la quiere por
mujer da a la madre
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18
una sarta de cuentas o
una pampanilla de las que atrás quedan dichas, y así queda hecho el
casamiento. Esta sartilla o pampanilla ha de guardar la madre para
cuando la desposada sea de edad para poderla traer. Estos
casamientos se deshacen por hacer ella adulterio a su marido, y
|no por otra cosa
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19
|; que en tal
caso él la puede dejar y en otro no
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20.