|Capítulo vigésimo
En el cual se
escribe en suma todos los Jueces y otros sucesos notables que ha
habido en la Audiencia y ciudad de Santafé desde el año de
cincuenta y ocho hasta el de sesenta y ocho.
Del Nuevo Reino fue enviado a Corte procurador que hiciese
relación de la tierra y de la manera 58 con que el licenciado Montaño
gobernaba y cuán poco remediaba en ello el licenciado Briceño, su
colega y compañero, y otras muchas cosas necesarias al bien del
Reino; por cuya relación y petición fue proveído el licenciado
Alonso de Grajeda, que antes y después fue oidor en la Audiencia de
Santo Domingo, para que tomase residencia y cuenta al licenciado
Montaño, y después de él al licenciado Briceño.
Grajeda partió de España el año de cincuenta y siete, y el
propio año entró en la ciudad de Santafé, donde,
|como he dicho
|
59
, halló ya preso y quitado de la
silla al licenciado Montaño; y tomándolo a su cargo, juntamente con
los negocios de su residencia, hizo en todo lo que era obligado,
sin agraviar a ninguna persona, y hallando culpado al licenciado
Montaño en muchas fuerzas, cohechos, muertes y otros particulares
agravios y sinjusticias, y
|grandes indicios contra él sobre lo
de la rebelión, lo condenó a muerte y remitió la ejecución de
la sentencia al Real Consejo de las Indias, donde después fue
condenado a muerte y ejecutada la justicia en su persona, por mal
juez, en la villa de Madrid, donde fue degollado
|
60.
Tomó asímismo Grajeda residencia al licenciado Briceño, y
enviándole con ella a España fue dende a cierto tiempo proveído por
gobernador de Guatemala, con que quitase la Audiencia que en
aquella provincia había, porque lo pidieron así los vecinos, y a su
petición lo proveyó el Rey; pero después se arrepintieron de ello y
pidieron que se tornase a poner Audiencia.
Después del licenciado Grajeda fue proveído por oidor el
licenciado Melchor Pérez de Artiaga, natural de Salinas de Añaya
|
61
; y él y los licenciados Grajeda y
Tomás López y doctor Maldonado administraron algunos días la
justicia del distrito, aunque con poca conformidad; presidiendo,
como más antiguo, el licenciado Grajeda; en tiempo de los cuales se
poblaron las ciudades de Vitoria y Mérida; la una cae hacia la
gobernación de Popayán y la otra hacia la gobernación de Venezuela,
en las cuales poblaciones hubo algunas discordias, especialmente en
la de Mérida, que duraron mucho tiempo entre los vecinos.
Salió el año de cincuenta y ocho, por principio de él, el
licenciado Tomás López, natural de Tendilla, en el Alcarria
|
62, por expreso mandado del Rey, a
visitar los pueblos de la gobernación de Popayán, y luégo visitó
los demás que había en el Nuevo Reino, y fue el primer oidor que
salió a visitar. Era gran defensor y amparador del bien de los
indios, y hacía mucho por ellos, y muy pacífico, enemigo de
bullicios, grande amigo de reposo y sosiego, y así escribió
suplicando al Rey que le quitase el cargo de oidor que tenía.
Hízose como lo pidió, y en su plaza y silla fue proveído el
licenciado Angulo de Castrejón, natural de Cerbera, junto a Ágreda
|
63
,
|como luégo se dirá
|
64.
En tiempo de estos oidores, el año de cincuenta y ocho, por fin
de él, comenzó a dar entre los naturales una grave enfermedad de
viruelas, muy contagiosa y pegajosa, de que murieron generalmente
en el Nuevo Reino más de quince mil personas de los naturales, sin
españoles, que en ellos no hacía la enfermedad tanto daño. La
demostración de esta enfermedad era viruelas; pero a los que daba
se hinchaban y paraban adamascados y se henchían de gusanos y
queresas que se les metían por las narices y por la boca y por
otras partes del cuerpo; y era tanta la mortandad y enfermos que de
este mal había, que porque los españoles y otras personas se
animasen a curar de la enfermedad que tenían a los indios, mandó la
Audiencia por edicto público que fuesen obligados a servir los
indios que escapasen vivos, ciertos años a los españoles que los
hubiesen curado y curasen, con que se remediaron muchos
enfermos.
Después de la visita de Tomás López bajó el licenciado Melchor
Pérez de Artiaga por visitador a la costa del Mar del Norte, que
son las gobernaciones de Santa Marta y Cartagena y pueblos poblados
en las riberas del río grande, donde hizo muy buenas ordenanzas y
constituciones en favor de los naturales, porque les era muy
aficionado y hacía mucho por ellos.
Casi en este mismo tiempo se dio comisión para que se poblasen y
conquistasen los Muzos, indios muy belicosos y guerreros conjuntos
a este Reino. Fue a ello el capitán Luis Lanchero con gente, y
pobló la ciudad de la Trinidad de los Muzos, donde hay muy ricas
minas de esmeraldas; y pocos días después llegó al Reino el
licenciado Diego de Angulo, natural de Cerbera, junto a Ágreda, en
el lugar del licenciado Tomás López, y luégo después de él llegó el
licenciado Diego de Villafañe, natural de Segovia. Estos dos
oidores tuvieron entre sí competencias sobre la antigüedad de
asiento y voto
|
65, porque aunque el licenciado Angulo
llegó primero a la Audiencia y fue recibido por oidor, fue antes de
él proveído el licenciado Villafañe; y al fin, por tener paz y
concordia entre sí, echaron suertes sobre la antigüedad, y cayole
al licenciado Angulo, y así gozaba de esta preeminencia.
Fue en este tiempo poblada la villa de San Cristóbal, entre
Mérida y Pamplona, y la villa de la Palma, en tierra de Muzos,
llamados colimas; y la ciudad de los Remedios, en tierra de
Palenques.
Después de algunos días, llegándose el tiempo de la visita de
los naturales, le cupo el visitar los pueblos de Tunja, Vélez y
Pamplona, al licenciado Angulo, el cual visitó y retasó la tierra,
y procuró quitar el servicio personal; pero no lo pudo hacer de
todo punto, por no poner en confusión la tierra, porque el
licenciado Grajeda, que deseaba que en su tiempo no hubiese
novedades ni alteraciones, defendía obstinadamente la parte de los
encomenderos y era en su favor, y así, en el ínterin que él
presidió, nunca se quitó ni dio consentimiento a ello; pero en su
lugar proveyó el Rey al licenciado Juan López de Cepeda, que por
oidor más antiguo presidía en Santo Domingo, y al licenciado
Grajeda mandó que fuese a Santo Domingo y residiese en la propia
silla del licenciado Cepeda. En este tiempo fue proveído el
licenciado Villafañe por visitador de los naturales de Santafé y
pueblos de tierra caliente, que son Tocaima, Mariquita, Ibagué,
Vitoria y los Remedios, y estando visitando, que fue el año de
sesenta y cuatro, vino por presidente el doctor Venero de Leyva,
con el cual tuvieron algún asiento las nuevas poblaciones de
Vitoria y los Remedios, Mérida y Muzo, y las villas de San
Cristóbal y la Palma, porque encomendando los indios a los que las
habían poblado y pacificado, hizo cesar su desasosiego de ir y
venir cada día con quejas y pretensiones a la Audiencia,
pretendiendo unos quitar los indios a los otros. Ya que el
licenciado Villafañe había hecho la visita y estaba haciendo o
tenía ya hecha la retasa, sobre el hacerla guardar, sucedieron
entre él y los vecinos de Santafé ciertas discordias, que por ser
algo largas de contar no se dicen en este lugar, pero diránse luégo
por sí.
Y después de la visita del licenciado Villafañe, fue proveído el
licenciado Valverde, fiscal, por visitador y gobernador, y juez de
residencia de Popayán; el cual, después de haber acabado estas
cosas que le fueron encargadas, se volvió a Santafé, donde por
cédula particular del Rey fue tomada residencia al licenciado
Melchor Pérez de Artiaga, y fue fundada la Audiencia de Quito, y
fueron divididos los términos entre las dos Audiencias por el río
de Cauca abajo; de suerte que una parte de la gobernación de
Popayán cae en la Audiencia de Quito, y la otra en la del Nuevo
Reino; pero no por eso deja de estar enteramente el gobierno en un
gobernador que el Rey provee; y casi en este mismo tiempo fue
proveído el licenciado Juan López de Cepeda por visitador de las
gobernaciones de Cartagena y Santa Marta, y asimismo fue hecha
merced al mariscal del Nuevo Reino, don Gonzalo Jiménez de Quesada,
de título de adelantado del Nuevo Reino;
|pero la renta que tiene
es poca para lo que merece; y después de haber el Rey hecho
esta merced al adelantado, pocos días adelante hizo al obispo de
Santa Marta, don fray Juan de los Barrios, de cuya diócesis era el
Nuevo Reino, arzobispo del
|Nuevo Reino, y es ahora ciudad e
iglesia metropolitana la de Santafé, y éste el primer arzobispo de
ella.
Casi en estos mismos días fue el descubrimiento de las minas
esmeraldas, que en la ciudad de la Trinidad de los Muzos fueron
descubiertas; minas ciertamente riquísimas.
Por fin del año de sesenta y ocho y principio del de sesenta y
nueve, al cesar de las aguas y entrar del verano, dio en los
naturales y españoles generalmente una enfermedad muy variable, que
daba en muchas maneras: a unos en romadizo, a otros en dolor de
costado, a otros en dolor de oído, de que murieron muchas gentes, y
especialmente de los naturales, y de la propia calamidad murió el
licenciado Diego de Villafañe, oidor en la ciudad de Santafé.
He hecho esta digresión general, así en suma por haber cosas
particulares de que hacer mención, fuera de las poblaciones y
conquistas, que estas adelante se escriben copiosamente, y si otros
sucesos particulares a mi pluma ocurrieren que sean dignos de
escribirse, también los iré escribiendo adelante.
|Capítulo
vigésimoprimero
En que se escribe
la congregación que en el Nuevo Reino hubo sobre el quitar del
servicio personal, y lo que en ella se determinó por mandado del
doctor Venero de Leyva, primer presidente de la Audiencia
|
66
.
Después de haber el licenciado Diego de Villafañe, oidor,
visitado los pueblos que eran a su cargo de visitar, y de haberse
informado en la visita de los tratamientos buenos o malos que a los
naturales se les habían hecho, así por sus encomenderos como por
sus ministros o por otras personas, y de la diligencia, solicitud y
cuidado que por parte de los encomenderos se ponía en la doctrina y
conversión de los naturales de sus encomiendas para que viniesen al
conocimiento de nuestra santa fe católica y religión cristiana, y
de la remisión y descuido que en esto suelen tener, y de otros
excesos y demasías excediendo las tasaciones de los tributos y
demoras por vías y modos ilícitos, en perjuicio de los indios,
sobre los cuales casos y otros muchos que es costumbre de
visitadores saber y examinar, contra cada encomendero se hizo un
proceso, y conforme a la culpa que de sus procesos resultaba,
sentenció las causas, más con equidad que con rigor, pretendiendo
antes enmendar y remediar lo futuro que castigar lo presente y
pasado; y andando Villafañe en la visita y averiguaciones dichas,
procuró asímismo con toda diligencia y buena astucia, hacer
descripción de los indios que cada encomendero tenía en su
encomienda, y de las haciendas que poseían, y tratos y
contrataciones de que usaban, y de las granjerías con que se
aprovechaban, y de todas las cosas que en su tierra criaban y de su
cosecha tenían, para conforme a todo ello moderar y tasar los
tributos a los naturales, de suerte que pagándolos a sus
encomenderos les quedase con qué se sustentar y casar sus hijos, y
tiempo para poderse ocupar en las cosas de su conversión. Lo cual
los propios indios con su barbarismo y estar tan ofuscados en su
gentilidad e idolatría, estimaban en harto poco.
Para este efecto de esta nueva moderación y retasa, después de
haber visitado y andado como he dicho los pueblos y ciudades que he
dicho y sus naturales y hecho la descripción de todos ellos, se
recogió a la ciudad de Santafé, a donde comunicando el negocio de
la retasa no sólo con el arzobispo del Nuevo Reino, don Juan de
Barrios, y adelantado don Gonzalo Jiménez, más con otras muchas
personas doctas y principales y de mucha experiencia en los
negocios de la tierra y naturales de ella, para conforme al parecer
y decreto de todos ellos, que sería muy acertado retasar la tierra,
que es moderar o acrecentar los tributos que los naturales habían
de pagar, conformándose en todo con su posibilidad y número de
tributarios, y para que mejor se entienda lo que voy diciendo, o
sea yo entendido, es de saber que desde que la provincia del Nuevo
Reino de Granada se descubrió y pobló, que fue año de treinta y
siete y treinta y ocho, hasta este tiempo, que era año de sesenta y
cuatro, los encomenderos y vecinos de él estaban en costumbre de
que los indios no sólo les diesen tributos de oro y mantas y
esmeraldas, y otras cosas de esta suerte, que son llamados tributos
reales, pero otros aprovechamientos de ayuda de costas, como eran
tantas cargas de leña y tantas de hierba cada semana, y tantas
piezas de servicio ordinario en casa y tanta madera para bohíos, y
no sólo habían de traer el trigo y maíz para su mantenimiento de
sus casas, mas todo lo demás que se hubiese de vender, y otras
cosas de esta suerte
|que serian largas de contar, como está
dicho en el capítulo donde se trata de la tasá que el obispo don
Juan de los Barrios y el licenciado Briceño hicieron
|
67
; y a esto llamaban tributo y servicio
personal.
Había muchas y diversas veces el Rey mandado por sus
particulares cédulas y expresos mandatos que este servicio personal
se quitase, y no usasen de él los vecinos, lo cual se habían
excusado de cumplir siempre los vecinos y aun defendido por el más
honesto y acomodado medio que habían podido. Los jueces pasados no
habían puesto mucho calor ni rigor en quitarlo, teniendo presentes
los muchos daños y discordias y escándalos que en Perú y otras
provincias de Indias se habían seguido por el caso, entre las
cuales las más insignes y señaladas fueron la rebelión de Gonzalo
Pizarro y el alzamiento de Francisco Hernández Girón, que tanta
sangre de españoles e indios costaron.
En este mismo tiempo que se trataba de hacer esta retasa por el
licenciado Villafañe, entró en la ciudad de Santafé el doctor
Venero de Leyva, presidente y gobernador del Nuevo Reino, a quien
el Rey y su Consejo Real de Indias habían muy particularmente
mandado y encargado el negocio de quitar el servicio personal; y
como llegó al tiempo dicho, y que se trataba de quitarlo, metió la
mano en ello y procuró que en la nueva retasa que se hizo se les
acrecentase a los encomenderos lo que interesaban en el servicio
personal y fuese conmutado en tributos reales, cesando dende en
adelante la obligacion que en los indios se imponía de cargar y
traer a cuestas, a imitación de acémilas y bestias a casas de sus
encomenderos, las cosas dichas.
Los vecinos y procuradores de las ciudades del Reino que a esta
causa se habían juntado en Santafé, rehusaban que esta quitación y
suspensión de servicio personal hubiese efecto, estorbando y
rehusando el efectuarse con causas y razones que para ello daban,
aunque no muy congruas ni suficientes para salir con su pretensión.
El presidente Venero y oidores, deseando satisfacer y contentar a
los vecinos y cumplir y no quebrantar lo que el Rey les mandaba,
ordenaron que para que se tratase y diese la mejor orden que
conviniese, de suerte que los mandatos y cédulas del Rey fuesen
cumplidas y los encomenderos no quedasen agraviados ni pudiesen
formar quejas ni agravios contra ellos, hubiese junta de personas
doctas y de calidad y vecinos principales y procuradores de las
ciudades en la iglesia mayor, y que allí, públicamente, se viesen
todas las leyes y provisiones reales, dadas sobre el quitar el
servicio personal, y dijesen los encomenderos y procuradores lo que
tenían que decir en su favor y defensa, y en conservación de su
mala
|
68
costumbre y posesión de servicio
personal; y visto todo, y oídas las partes, se proveería de
conformidad lo que más útil fuese al procomún, de tal manera que
las repúblicas españolas se sustentasen y las de los naturales no
se disminuyesen ni lo que el Rey mandaba se dejase de cumplir.
Resolutos en esto el presidente Venero y oidores, se juntaron en
la iglesia todas las personas ilustres y principales, así por
letras como por armas, que en Santafé en aquella sazón había, entre
los cuales fueron el arzobispo del Nuevo Reino, don fray Juan de
Barrios, fraile francisco; el obispo de Cartagena, don Juan de
Simancas, clérigo que había subido a consagrarse por mano del
arzobispo, y estaba ya consagrado; y después de él fue consagrado
en la misma ciudad don fray Pedro de Ágreda, fraile dominico,
obispo de Venezuela; el presidente del Nuevo Reino, doctor Venero
de Leyva; los licenciados Juan López de Cepeda, Melchor Pérez de
Artiaga, Angulo de Castrejón, Diego de Villafañe, oidores; el
licenciado García de Valverde, fiscal;
|el custodio de ...San
Francisco, fray Esteban de Asencio por si y por él …Santo
Domingo, fray... de Santo Tomás, y esta misma Orden dsepues... Fray
Francisco Venegas que después fue provincial, fray Juan Méndez,
fray Diego de Posolete (?),
|fray Luis López y otros muchos
religiosos de estas Ordenes, el Deán Francisco Adames... (otro
nombre ilegible) y el Chantre don Gonzalo Mejía
|
69
.
Todas estas personas eran de la parte favorable a los indios,
para que se les quitase el servicio personal, a lo cual
contradecían el adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada y los
capitanes Céspedes, Venegas, Orejuela. Zorro, Rivera, con el
cabildo seglar y otras principales personas de la propia ciudad,
juntamente con los procuradores de las ciudades que sobre ello
habían sido enviados, con otra mucha caballería que sobre el caso
se habían juntado.
Propúsose la causa sobre qué era la junta, por parte del
presidente y oidores, y para justificación de su pretensión,
leyéronse las cédulas y pragmáticas de los Reyes de Castilla sobre
que se quitase el servicio personal, y en aprobación de ellas y
para que con más voluntad los vecinos las obedeciesen y dejasen
cumplir y ejecutar, por los teólogos y letrados que presentes
estaban, se trajeron muchas autoridades de la Sagrada Escritura,
con lo cual, y por ser todos los encomenderos de su natural muy
dóciles y llegados a razón, y no sólo amigos de cumplir lo que su
Rey y señor mandaba y a ellos les convenía y cumplía para descargo
de sus conciencias, pero otra cualquier cosa que sus ministros, que
presentes estaban, personas de tanta gravedad y autoridad como se
ha dicho mandasen, aunque fuese contra su propio patrimonio y
haciendas, fue, pues, la resolución de la congregación, aunque
hecha en diversos días, porque para negocio tan grave y arduo así
fue necesario, que el visitador hiciese la retasa que entre las
manos tenía de los tributos que los naturales habían de pagar dende
en adelante a sus encomenderos, en tal forma y manera que lo que
hasta entonces daban los indios en servicios personales fuese
conmutado y acrecentado en los tributos reales, de suerte que con
lo que en tributos reales se les acrecentase tuviesen para suplir y
comprar las cosas que los indios les solían dar para el ordinario
de sus casas en servicios personales, y que con esta conmutación no
se usase más dende en adelante del servicio personal más de en las
cosas y de la forma que por cédulas y particulares provisiones era
permitido y estaba declarado e instituido.
|Capítulo
vigésimosegundo
En el cual se
escribe la alteración que hubo en Santafé entre el licenciado
Villafañe, visitador de los indios, y los vecinos, sobre la retasa
que el propio oidor hizo de los tributos que los naturales habían
de pagar.
El visitador Villafañe, con parecer del arzobispo y de algunos
de los ya nombrados, hizo su retasa y moderación de los tributos
que los indios habían de dar dende en adelante a los encomenderos,
pareciéndole bastante y suficiente cantidad de tributo la por él
señalada a cada uno para su sustento, imponiéndoles graves penas
sobre el cumplimiento y guarda de ello y sobre que no llevasen más
a los indios, ni los cargasen, ni se sirviesen de ellos
personalmente en ningún género de servicio, lo cual venido a
noticia de los encomenderos y vecinos, no sólo no pensaban usar de
la retasa por parecerles que era hecha muy en su perjuicio, pero ni
aun recibir en su poder traslado ni letra de todo ello; y con
esperanza de que la Audiencia lo remediara apelaron de todo para
ante la Audiencia y los demás jueces superiores. El visitador,
pareciéndole que el apelar los vecinos de su retasa era remedio
tomado industriosamente por ellos para estarse en su posesión
antigua del servicio personal, ordenó un auto en que mandó, según
la común opinión, que ni encomendero ni soldado ni otra persona de
ninguna calidad, cargase ningún indio, con su voluntad ni sin ella,
so pena de mil pesos y al e no los tuviese que se le darían
doscientos azotea; aunque después jamás pareció este auto en esta
forma, fue, como he dicho, común y vulgar opinión que se había
pregonado.
Los encomenderos, dando muestras de haber entrañablemente
sentido esto, se juntaron luégo después de mediodía, en las casas
de su consistorio, a tratar de la afrenta y agravio que por el
visitador se les había hecho con lo mandado y pregonado; y sin
ninguna señal que tuviese apariencia de dañada intención, se
salieron de consistorio y casas de cabildo y se fueron a las casas
reales, donde estaban juntos en acuerdo presidente y oidores,
tratando y determinando otros particulares pleitos que ante ellos
pendían; y llegados a la puerta de la sala, el portero Porras dio
noticia al presidente y oidores cómo el cabildo de la ciudad les
querían hablar; fueles respondido que se detuviesen hasta concluir
el acuerdo en que estaban, el cual concluso, el presidente salió
fuéra con uno de los oidores a ver lo que el cabildo y la demás
gente querían, los cuales habían dado la mano para que hablase en
nombre de todos al capitán Juan Ruiz Orejuela, hombre bien
dispuesto y anciano y digno de cualquier alabanza, por lo mucho que
en las conquistas y poblaciones de Santa Marta y Nuevo Reino había
servido y trabajado,
|aunque no galardonado conforme a sus
servicios. Este, viendo salir al presidente y oidor, se apartó
y adelantó de sus compañeros, e hincando la una rodilla en el suelo
y hablando con el presidente, le dijo en nombre de todos estas
palabras: "Córtenos vuestra señoría las cabezas como a leales
servidores de su majestad, y no consienta ni permita que por causa
del licenciado Villafaña nos las corten por traidores". Estas
palabras oyó el licenciado Villafaña dentro de la sala del acuerdo,
donde había quedado, y dejándose arrebatar de un ímpetu y furia muy
encendida en cólera, se aceleró tan ciegamente que con alborotadas
y facinerosas voces comenzó a decir: "motín, motín, conspiración",
y a pedir a gran priesa armas, pareciéndole que ya que algo de lo
que decía fuese, que serian parte él y sus compañeros para resistir
la furia del pueblo
|
70
que presente estaba;
el cual, no pudiendo sufrir ni tolerar una injuria tras otra,
posponiendo las vidas y haciendas a la honra propia y común, se
alteraron más de lo que debían, y con palabras demasiadamente
aceleradas y pesadas, le respondieron contradiciéndole lo del
motín, y recuperando con palabras contrarias el agravio que se les
había hecho en el auto que habla mandado pregonar y publicar contra
ellos, dando algunos muestra de querer llegarse allí para también
por obra de violentas manos satisfacer sus furibundos ánimos. Los
oidores y el presidente, viendo cuán arrebatada e inopinadamente se
había encendido un fuego no menos peligroso que dañoso a toda la
república y aun a sus propias personas, no perdiendo punto de su
prudencia y severidad, dijeron y mandaron que ninguno trajese arma,
ni la sacase, ni diese al oidor, porque había allí presentes
algunos españoles de la propia casa del presidente, siguiendo o
queriendo favorecerlos, y pareciendo convenir así, habían entrado a
una recámara a sacar armas, que las había en ella; pero el
licenciado Artiaga
|
71
tomando con presteza
las varas que en ellos son insignias reales, que estaban en el
propio aposento, las dio a sus compañeros, los cuales, tomándolas
por principal amparo y defensa y mejor y más seguro instrumento que
las armas para aplacar aquel fuego, con ellas en las manos se
comenzaron a poner delante de los vecinos, mitigando sus furias con
buenas palabras y comedimientos, para que el fuego que en
aceleradas palabras corría, no parase en las armas, cuyo efecto y
fin no podía dejar de ser una miserable calamidad y ruina, no sólo
de todo el Nuevo Reino, pero de mucha parte de las Indias; porque
como esta tierra sea muy alta y esté casi en la cumbre de muchas
serranías que de ella nacen y se desgajan, y apartada de la mar más
de doscientas leguas, tiénese por tierra fortísima e inexpugnable,
y que como haya defensa en ella con gran dificultad será entrada ni
asaltada de enemigos.
Pero, como el licenciado Villafaña, demás de ser muy colérico
era muy brioso, y a esta sazón estaba casi de todo punto apartado
de toda razón, y lo mismo los vecinos, que ninguna cosa se
reportaban ni moderaban, mas siempre iba creciendo entre ellos la
discordia e ira, ponía gran temor en los ánimos del presidente y
oidores que cuando estas cosas pasaban vían de donde estaban gran
turba de gentes y soldados que estaban casi como a la mira en la
plaza mayor en ruedas y corrillos parlando, que eran señales de
gran presunción e indicio de que los vecinos que con ellos estaban
trajesen dañados designios e intenciones, y cuando no los trajesen
ellos entre sí, con Villafaña se habían ya encendido tanto que
habían puesto grandes sospechas en los ánimos de los oidores y
presidente; pero como todas estas cosas viese y considerase el
licenciado Juan López Cepeda, oidor, hombre de admirable prudencia
y experiencia en todas artes de ciencia como en disciplina militar,
pareciéndole que si el oidor Villafaña estaba más tiempo presente
no podían dejar de haber mal efecto con irrecuperable daño de
todos, se abrazó con él, y con una amorosa y hermanable violencia,
|usando de la discreta astucia de que el cónsul... usó y estado
de la república romana...
|indignado encendió con palabras
coléricas contra el cónsul Apio Claudio, su compañero, sobre la ley
que el pueblo romano eligiese dos tribunos para su defensa, de tal
suerte que se entiende que allí fuera muerto el cónsul Apio, con
que hubieren grandes sediciones y revueltas en Roma, si su
compañero con presteza no los sacara y
|apartara de la
presencia del tribuno y pueblo, con lo cual mitigó el fuego donde
salió (?) ...
|ya estaba encendido...: y fue muy agradecido y
gratificado el cónsul por el Senado este beneficio. Sacó al
licenciado Villafaña de la sala, y yéndose con él a su casa lo
apartó de la airada presencia de los vecinos y encomenderos.
El presidente y los demás oidores, con no menos loable prudencia
y cordura, se pusieron a la puerta de la sala, no consintiendo, con
muy comedidas palabras, que los demás vecinos saliesen en
seguimiento del oidor Villafaña, cuya venganza deseaban tomar, y
la. tomaran si no redundara de ello alguna particular nota con que
hicieran oscura la corona ilustre que por sus buenos hechos y obras
pasadas merecían; y por respeto y miramiento de los que se lo
rogaban e impedían, no curaron de perseverar en la salida y se
quedaron allí con el presidente y los demás jueces, los cuales
llevando adelante la mitigación de este alboroto, les dijeron ser y
estar ignorantes de la queja que tenían, la cual hubieran enmendado
y aun castigado si a su noticia viniera, mas que lo mismo sería y
se haría a su tiempo.
Y luégo que pareció estar los vecinos con otro reportamiento del
con que las cosas dichas se habían pasado, el presidente, usando de
su poder y astucia, para ver y conocer lo que en los vecinos había,
poniendo en gran aventura su persona, que más pareció temeridad que
prudente audacia, les dijo y mandó que en pena de las aceleradas
palabras de que algunos de ellos en presencia de la Audiencia
habían usado, se fuesen como estaban encarceladas a las casas de su
consistorio y cabildo, lo cual recibieron e hicieron todos con tan
buenas muestras de alegría cuanto nunca el presidente creyó.
Muy de cierto se supo después que jamás fue su intención de los
vecinos dañada, ni de hacer cosa no debida ni que tuviese
apariencia de ella, y que de lo que hicieron fue causa el propio
oidor por acelerarse y descomedirse tan áspera y repentinamente
contra ellos, pero si como el oidor decía se hiciera, que era tomar
él y sus compañeros las armas en las manos, ellos fueran muertos y
la tierra alzada a tiempo bien trabajoso para los ministros del
Rey, porque en esta sazón se hallaban en Santafé más de mil
españoles, que casi de todos los pueblos del distrito se habían
juntado a visitar al presidente y a darle el parabién de su venida
y a otras particulares pretensiones que cada cual tenía en diversas
poblaciones y ciudades nuevamente pobladas, entre los cuales,
después de mitigado este negocio y divulgado el suceso de él, se
levantó un murmullo y diversidad de varios pareceres y opiniones,
que cada cual publicaba conforme a lo que deseaba; porque los que
amaban la paz y quietud de la república, claramente decían mal
contra los que habían dado ocasión de poner en tal extremo el bien
común, y los que de su natural eran sediciosos y bulliciosos y
amigos de novedades, como por la mayor parte lo suelen ser los
hombres de Indias, maldecían y blasfemaban, atrevida y aun
desvergonzadamente, contra los que habiendo tenido tan buena
ocasión para alzarse y alcanzar venganza de los superiores y otras
personas contra quien tenían odio, no se habían aprovechado de
ello; y así, cada cual hablaba libremente lo que le parecía.
Fue gran bien, para que esta rebelión no hubiese efecto, el no
hallarse presentes soldados, que en otras hubiesen seguido las
pisadas y opiniones de los tiranos que en las Indias se han alzado,
los cuales suelen ser principiadores y gran ocasión de que
semejantes maldades se efectúen, y así es cosa muy acertada y que
con gran rigor se debía cumplir la que el Rey manda: que ningunas
gentes de las que fueron en las alteraciones del Perú, estén en las
Indias, y especialmente los que siguieron al traidor Lope de
Aguirre,
|que en todo género de maldad y
|desvergüenza
excedió a todos los tiranos y rebelados que en las de esa tierra
fueron y han sido en las Indias.
Demás de la suma diligencia que el presidente y oidores pusieron
en aplacar y mitigar esta sedición, también fueron mucha parte a
ello el adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada y el capitán
Hernán Venegas natural de Córdoba, que mostrándse contra sus
republicanos y en favor de los jueces y ministros del Rey, se
pusieron en pública enemistad con sus amigos y compañeros, de los
cuales fueron, por esta causa, aborrecidos y murmurados, oprobio de
todo el vulgo.
Aplacado todo el tumulto y murmullo de la demás gente, el
presidente y oidores, luégo, el propio día por la tarde, para más
satisfacción y seguridad de la república, dieron a los presos sus
casas por cárcel, y dende a pocos días los soltaron y fueron dados
por libres de lo que el fiscal sobre este caso les acusaba.