INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo décimoquinto En el cual | 38 se escribe la venida del licenciado Miguel Díaz a Cartagena, y la subida de Pedro de Orsúa al Reino, y las nuevas leyes hechas en favor de los naturales. Escríbese, en suma, el discurso del gobierno de Miguel Díaz.

 

Vueltos los del Reino del Cabo de la Vela a Santa Marta, hallaron nueva cómo el licenciado Miguel Díaz Armendáriz había llegado a la ciudad de Cartagena por juez de residencia de las gobernaciones de Cartagena y Popayán y Santa Marta y Nuevo Reino de Granada, por lo cual luégo todos se partieron la vía de Cartagena, y llegados que fueron persuadieron al licenciado Miguel Díaz que quisiese irse luégo con ellos al Nuevo Reino, el cual se excusó por entonces de lo hacer, por respecto de la residencia que entre manos tenía y otras cosas tocantes al asiento y buen gobierno de aquella gobernación; y como por esta vía no pudieron abreviar con el licenciado Miguel Díaz a que luégo se partiese, trataron con él que enviase por su teniente al Reino un sobrino suyo llamado Pedro de Orsúa ofreciéndose ellos de hacerlo recibir por tal en el Nuevo Reino.

Miguel Díaz vino en ello, y nombrando por su teniente a Pedro de Orsúa, lo envió con los que en Cartagena estaban agraviados del adelantado, que subiesen todos al Reino, dándole bastantes poderes, aunque el licenciado Miguel Díaz bien vio que no lo podía hacer; pero, como he dicho, a instancia y por complacer a los que se lo pedían y suplicaban, lo hizo; los cuales no se atrevían a volver al Reino, aunque tenían cédula del adelantado para que les volviesen los indios, porque como los que gobernaban la tierra, que eran los principales de ella, fueron las personas a quien el adelantado dio los indios que quitó a los que en la costa estaban, parecíales, y ello había de ser así, que subidos que fuesen al Reino, si no traían juez de su mano que les diese y volviese sus indios, que nunca alcanzarían justicia; y por estas causas procuraron, como he dicho, que el licenciado Miguel Díaz enviase con ellos a Pedro de Orsúa, como lo envió.

Partiéronse todos de Cartagena con otras gentes que para su resguardo juntaron, para seguridad de los indios del río grande y sierras de Opón, por do habían de pasar, y embarcáronse en cuatro bergantines; y como todos los más que en ellos iban eran hombres baquianos en la tierra, que es tanto como decir soldados viejos, no fue tan dificultoso ni tardío su viaje, ni tan calamitoso como a los que antes habían andado este camino. Ya que llegaron cerca del valle de la Grita, que es ya casi en los términos de la ciudad de Vélez, entraron en consulta por ver el modo que tendrían en que sin escándalo fuese recibido Pedro de Orsúa en el Reino, porque claramente veían que si primero no entraba el gobernador Miguel Díaz a ser recibido, que ninguna obligación tenía de recibir ni admitir a sus tenientes, y parecíales que si el caso era descubierto, y Pedro de Orsúa no se recibía, que ellos quedaban en riesgo y aventura de que el teniente del adelantado, Montalvo de Lugo, los maltratase y molestase, y aun por ventura que la gente se amotinase y no quisiesen recibir el propio gobernador Miguel Díaz, temiendo otro yugo tan pesado como el del adelantado por defecto de no conocer la rectitud de Miguel Díaz; y así determinaron que el obispo don Martín de Calatayud, que en esta compañía iba, y el capitán Céspedes y otras personas se quedasen zagueros y reacios atrás, y que Pedro de Orsúa, con el tesorero Pedro Briceño y el capitán Galeano, y el capitán Gonzalo Suárez, y Francisco de Figueredo, y Cristóbal Ruiz y otras personas de confianza, fuesen delante, y entrando en Vélez diesen a entender que el gobernador Miguel Díaz iba o quedaba un poco atrás, y que solamente se habían anticipado a proveerle de alguna comida, el cual enviaba delante a su sobrino Pedro de Orsúa para que por él tomase la posesión de la gobernación.

Por esta vía de que los cabildos temerían estar tan cerca el gobernador, harían lo que se les rogase. Finalmente, ello se puso en efecto así como se ordenó; y entrando Orsúa en Vélez con el engaño y cautela referida, le metieron en posesión del gobierno, y de allí se partió con presteza a Tunja, donde asímismo, con la misma cautela, lo recibieron, y pasando a Santafé, donde a la sazón residía el teniente del adelantado, Montalvo de Lugo, hizo juntar a cabildo en la iglesia de la propia ciudad, donde bajo del trato dicho presentó sus recaudos Pedro de Orsúa, los cuales, como Montalvo de Lugo los viese, dijo que no se debían obedecer, por respecto de que el rey [no] mandaba recibir por gobernador sino al licenciado Miguel Díaz; pero como los demás del cabildo temiesen la presta llegada de Miguel Díaz, el cual gobernando les podía hacer bien y mal, tuviéronse en favorecer a Pedro de Orsúa, y así le admitieron, aunque lo reclamaba Montalvo, el cual, no queriendo dejar la vara que tenía, porque decía que como teniente del adelantado recibido la podía tener, Pedro de Orsúa, arremetiendo a él, se la quitó por fuerza y violentamente, y lo prendió y secuestró sus bienes, y lo envió preso a la ciudad de Cartagena, donde Miguel Díaz estaba, y él se quedó con el gobierno de todo el Reino; y dende algunos meses concluyó el licenciado Miguel Díaz la residencia del gobernador de Cartagena, Pedro de Heredia, y se subió al Nuevo Reino, llevando consigo a Montalvo de Lugo para tomarle residencia.

Este licenciado Miguel Díaz metió en el Reino las nuevas leyes que el cristianísmo emperador don Carlos, rey de España, hizo y ordenó en favor de los indios en la ciudad de Barcelona se prohibía y prohibió que los indios no fuesen esclavos dende en adelante, y que los que hasta allí lo eran injustamente, fuesen libres, porque desde el año de mil quinientos cuatro hasta este tiempo hacíanse los indios esclavos y comprábanse y contratábanse como tales, sin guardar en ello ninguna orden de las que el rey había dado; y la causa de hacerse los indios esclavos procedió de que al principio que las Indias se descubrieron, los indios de la costa de Tierra Firme y de algunas islas mataron algunos frailes de todas órdenes, sobre lo cual hubo en España congregación de religiosos y personas doctas |de la orden de Santo Domingo | 39 , que persuadieron al rey que por muchas causas, que Gomara trata en la Historia General de las Indias, que debían ser esclavos; y el Rey, como se lo aconsejaban tantas personas y tan doctas, vino en ello, ya digo, poniendo ciertas ordenanzas y condiciones que habían de preceder para que justamente fuesen esclavos, de las cuales ninguna se guardaba. Después, a persuasión de los propios padres |de la propia orden de Santo Domingo | 40 , anuló el rey aquel mandato por esta ley que he dicho, y restituyó a los indios en su libertad; y juntamente con esto mandó que fuesen tratados como personas libres y como los demás vasallos de la Corona de Castilla; y aunque en este Reino no se hacían los indios esclavos, como en la costa, tenían a lo menos una manera de opresión los que llamaban ladinos y Anaconas que de Perú se trajeron cuando Benalcázar entró en el Reino, de los cuales se vendieron muchos disimuladamente, y eran forzados a servir a los que los compraban, lo cual se estorbó por esta ley.

Asimismo ordenó por las dichas leyes que ninguna persona se pudiese servir de los indios por ninguna vía contra su voluntad, y que los indios no fuesen cargados de una parte a otra con cargas que los consumían; y esto era muy acostumbrado en este tiempo. Vido los malos tratamientos y muertes de indios, que se solían hacer tan disoluta y absolutamente, que verdaderamente los que hoy son vivos de aquel tiempo dicen que era tanta su ignorancia en esto de matar indios, que les parecía que no sólo no se cometía en ello pecado, pero que eran dignos de galardón por ella; y así, mediante el rigor de esta ley y de otras que después acá se han hecho, hay mucha moderación en el maltratar indios ni matarlos, porque verdaderamente es grandísimo el cuidado que los oidores y visitadores ponen en inquirir y saber el tratamiento bueno o malo que cada encomendero hace a sus indios; y en otras ordenanzas que el rey don Felipe nuestro señor, siendo Príncipe de España, con acuerdo de los del Consejo Real de las Indias, hizo y ordenó, mandó que los tributos de los indios fuesen tasados, y que sin tasa no se les llevase nada a los indios, refiriendo asimismo el buen tratamiento de los indios, y el castigo y pena que se debía dar a los que los maltratasen; y otras cosas en favor de los indios, como parece por las mismas ordenanzas hechas en Valladolid el año de cuarenta y tres.

Todas estas cosas que consigo trajo Miguel Díaz causaron alguna pesadumbre a los españoles y encomenderos que en el Reino había, por irles a la mano en la libertad que antes tenían de tratar los indios como querían, oprimiéndolos en los servicios personales en más de lo que sufría y en lo de las demoras en más de lo que podían dar; aunque como casi en esta sazón se recrecieron las alteraciones del Perú, de Gonzalo Pizarro, nunca Miguel Díaz hizo más de publicarlas, pero no se atrevió a ejecutarlas por temor que no hubiese alguna novedad en la tierra; y así, en cosas tocantes a tributos y demoras se estuvo suspenso mucho tiempo, después que los encomenderos llevaban todo lo que sus indios les querían dar de su voluntad, porque así lo rezaban en aquel tiempo las cédulas de encomendar, como se podrá ver por su traslado, que aquí irá inserto 40a ; pero los encomenderos procuraban sacar más de lo que los indios de su voluntad les querían dar, con mañas que para ello tenían con los caciques y principales; y así, aunque como he dicho, Miguel Díaz trajo estas tan justas y santas leyes al Reino, en ninguna manera pudieron ser cumplidas, excepto en lo que tocaba a la libertad de los indios y a su buen tratamiento, que esto siempre se cumplió y obedeció.

Gobernó con quietud Miguel Díaz el Reino seis años, en el cual tiempo, como he dicho, sucedió la rebelión de Gonzalo Pizarro. Enviole el doctor Gasca a pedir socorro; tardáronse. los mensajeros en el camino, por lo cual, aunque tarde, hizo cierta  gente y envió por general de ella a su sobrino Pedro de Orsúa; y yendo caminando hacia Perú vino nueva que Pizarro era desbaratado, y cesó la jornada con volverse la gente al Reino.

El capitán Martinez pidio al licenciado Miguel Díaz que le diese licencia para ir a poblar la provincia de los Muzos, que, como he dicho, había en tiempo del adelantado descubierto Lanchero. Diole Miguel Díaz la jornada e hizo cierta gente, y entró en la provincia, y sin poblar ni hacer cosa que fuese notable, se tomó a salir. Después de éste, en tiempo del propio Miguel Díaz, entró con propósito de poblar. Pedro de Orsúa, su sobrino, por vía de Vélez, en esta provincia de Muzo, y volteola por un lado, vino a salir a La Tora de los Panches, sin hacer cosa notable.

Poblóse en tiempo del licenciado Miguel Díaz la ciudad de Pamplona, hacia la parte del norte, la cual poblaron Pedro de Orsúa y Ortún Velasco, capitanes que en aquella provincia entraron con gente, cada cual por su parte; de cuya población y conquista adelante trataré largamente, y lo mismo se hará de cada ciudad y pueblo, por su antigüedad, porque en esta parte que al presente llevo no es mi designio tratar más [que] de lo sucedido en las ciudades de Santafé, Vélez y Tunja, hasta este tiempo, como creo que lo tengo dicho atrás.

Después que Miguel Díaz hubo tomado la residencia al capitán Montalvo, teniente del adelantado, lo envió con ella a España; pero él se fue a Santo Domingo, donde con ayuda de otros quejosos que a aquella Audiencia fueron de Miguel Díaz, alcanzó que se proveyese contra el juez de residencia; y como en este tiempo tenía gran fama de rica la tierra del Nuevo Reino, tomose para sí la comisión el licenciado Zurita, que era oidor de la propia Audiencia, y vino al Nuevo Reino a tomar la residencia a Miguel Díaz; pero como los del Nuevo Reino pocas veces les había ido bien con estas mutaciones y novedades, acordaron de no recibir al licenciado Zurita; mas con doméstica y paliada resistencia no lo quisieron admitir al uso y ejercicio del oficio, y así le fue necesario y forzoso volverse a Santo Domingo, y Miguel Díaz se quedó en su gobierno hasta que el rey envió Audiencia al Nuevo Reino.

De este desacato la Audiencia de Santo Domingo dio noticia al Real Consejo de las Indias, en el cual se proveyó que Miguel Díaz diese la residencia a la persona que nombrase la Audiencia de Santo Domingo, de lo cual tuvieron noticia los oidores que vinieron al Nuevo Reino, y enviaron a Miguel Díaz que fuese a Santo Domingo y allí diese su residencia. Mas como los jueces de aquella Audiencia, y aun el propio Zurita, que todavía estaba en ella, no habían olvidado el poco miramiento que se les tuvo, en no querer recibir en el Nuevo Reino por juez de residencia a Zurita, sólo por [no] complacer a Miguel Díaz, tomáronlo a enviar al Nuevo Reino, para que en él diese su residencia a la persona que ellos nombraron; de donde le vino que se hicieron sus negocios con más rigor del que esperaba, y así fueron mal sonantes en el Real Consejo de las Indias, de donde vino el daño de no volver más a entrar en plaza de gobernador ni oidor, con haber sido uno de los jueces que más apaciblemente han gobernado aquel Reino.

|Capítulo décimosexto En el cual se escribe la fundación de la Audiencia Real en el Nuevo Reino, y los primeros oidores que a ella vinieron, y cómo mandaron visitar la tierra de Tunja, y el orden que en la visita se tuvo y los naturales que se halló haber en los términos de aquella ciudad en este tiempo.

 

Desde que el general Jiménez de Quesada descubrió y pobló esta tierra del Nuevo Reino de Granada, que fue el año de treinta y siete | 41 hasta el año de cincuenta, siempre fue sufragana a la Audiencia de Santo Domingo, donde iban con las apelaciones que se interponían de los gobernadores y de sus jueces; y era tan larga la navegación que desde el Nuevo Reino a Santo Domingo hay, y de tantos peligros y riesgos, así de agua como de tierra, que muchas personas perdían su justicia o la dejaban perder, y pasaban por muchas fuerzas y agravios y sinjusticias que no sólo los gobernadores pero sus tenientes y cualesquier alcaldes les hacían, sólo por no ponerse a una tan larga y peligrosa itineración, porque desde la ciudad de Santafé a la de Cartagena hay casi doscientas leguas, que todas o las más de ellas se caminan por el río grande de la Magdalena, por donde es más peligroso el caminar que trabajoso, respecto de su gran corriente y veloces raudales que en él hay, que muchas veces hacen trastornar las canoas y ahogarse y perderse todo lo que en ellas va, y para ir desde Cartagena a Santo Domingo se había de atravesar un golfo que en medio hay, que no se navega con todos tiempos ni con la facilidad que hacia otras partes; de todo lo cual, y de otros muchos inconvenientes fue informado el Rey y el Real Consejo por mano de procuradores y personas que para este efecto enviaron los vecinos del Nuevo Reino, y proveyeron que hubiese Audiencia en el Nuevo Reino, en la ciudad de Santafé, y para este efecto, y por primeros oidores, enviaron a los licenciados Góngora y Galarza, que entraron en Santafé el año de cincuenta, y fueron recibidos con mucho contento de todo el Reino; los cuales luégo sentaron y fijaron su audiencia y estrados, y se gobernó la tierra por diferente modo que de antes. Las cédulas y provisiones que se despa [chaban] estaban libradas como pro­visiones reales y selladas con el real sello.

 

En esta sazón estaban ya algo asentadas las cosas del Perú de las alteraciones pasadas de Pizarro, y así comenzaron los oidores a dar asiento en las del Reino acerca de la moderación con que los naturales habían y debían ser tratados, y moderados sus tributos; lo cual, aunque antes había sido mandado, no se había efectuado, por las conspiraciones del Perú; para el cual efecto mandaron que la tierra se vitase | 42 y se hiciese discreción de los naturales que cada repartimiento tenía, y de los tributos que pagaban, y de las granjerías que tenían, y de lo que podían pagar, para que conforme a la visita que se hiciese, los oidores tasasen y moderasen los tributos.

Para este efecto fue nombrado por alcalde mayor el capitán Juan Ruiz de Orejuela, que visitó la provincia de Tunja; y la orden que en ello tenía era ésta: ante el escribano de visita que consigo llevaba, mandaba parecer ante sí al cacique y capitanes del repartimiento y pueblo donde estaba, y con una lengua e intérprete les preguntaba sus nombres, los cuales declarados y escritos, les demandaba cuenta de los indios que tenían por sujetos y en el tal repartimiento había, y los capitanes y caciques les daban, por granos de maíz, contados los indios que les parecía y ellos querían dar: recibíaseles la cuenta por granos de maíz, porque toda esta gente, |según adelante de su naturaleza trataremos | 43 , no saben contar de coro más de hasta número de veinte, y en contando un veinte, luégo cuentan otro, y así, ratificando la memoria de los veintes con granos de maíz, van acrecentando todo el número que quieren; y en esta cuenta de indios que daban los caciques solamente declaraban o contaban los indios casados, sin que en ella entrase los viejos ni los mancebos de hasta quince años y por casar. Esta discreción y cuenta de los indios que en cada repartimiento había, se hacía, y en cada visita se hace, dejados aparte otros respectos, pero el principal es por saber si los tributos que dan son excesivos y más de los que conforme al número de los indios y a la calidad de la tierra, y tratos, y contratos, y granjería de ella, pueden dar para que en todo haya una cristiana moderación, como siempre el rey lo ha mandado y encargado a sus jueces por particulares cédulas. Tras de esto se les preguntaba a los caciques y capitanes que a quién tienen por su encomendero, los cuales luégo allí nombraban.

Esta orden que este juez tuvo en hacer la descripción de los indios es diferente de la que ahora los visitadores hacen, de la cual adelante se dirá. Pero fuele necesario hacerla así, porque ni en la tierra había el asiento y quietud que ahora hay, ni estaban los indios tan recogidos ni coadunados como en este tiempo, y otras muchas causas que había, que justamente impedían el no poderse haber entera ni cierta discreción de los indios que en cada pueblo había, y así se daba crédito a lo que el cacique y sus capitanes decían y daban por cuenta. Luégo se les interrogaba la demora y tributo de oro y mantas que daban en cada un año a su encomendero; el cacique hacía demostración de cierta pesa de plomo o de piedra que tenía, que pesaba una libra y media o dos libras o más, y decía que daba a su encomendero cada año tantas pesas de oro de aquella suerte, y también hacía demostración de la suerte de oro que pagaba o daba de tributo, porque en este tiempo no daban los indios oro fino sino oro bajo, desde siete hasta trece o catorce quilates, porque siempre tuvieron por costumbre estos bárbaros de humillar y abajar los quilates y fineza del oro con echarle liga de cobre. Demás de esto los encomenderos se concertaban con los caciques de la cantidad de oro y mantas y otros tributos personales y serviles que les habían de dar y daban en cada un año, porque ni las encomiendas las declaraban ni los gobernadores los habían osado tasar por la incomodidad del tiempo, que nunca en Perú había dejado de haber novedades y motines y rebeliones, que eran causa de que los jueces con rigor no cumpliesen las cédulas reales que sobre estos y otros casos el rey proveía.

Demás de esto es de saber que no todos los indios pagaban oro a los encomenderos, porque no todos lo podían haber en tanta cantidad que con ello pudiesen cumplir su tributo y demora, y así en la parte donde habla esta falta pagaban la demora en mantas de algodón blancas, coloradas y pintadas, y así hacían los indios la declaración.

 

Preguntábaseles que si el oro que pagaban [de] tributo si lo sacaban en su tierra o dónde lo habían; a esto respondieron que por vía de rescates lo compraban en los mercados y lo juntaban para pagar a su encomendero, pero que en su tierra no lo sacaban, como es cierto que hasta este nuestro tiempo no se averigua que jamás los indios Moxcas sacasen oro en su tierra, ni se ha hallado en ella de minas, mas todo lo traían de rescate de Mariquita y Neiva y otras provincias y [que] de la otra banda del río grande hay, donde los propios naturales antiguamente labraban minas y sacaban oro y lo fundían y rescataban y hoy se halla en las minas que los españoles han labrado y labran en Mariquita, los socavones y espeluncas y otros vestigios y señales que son clara muestra de haber en aquel lugar sacado los indios oro.

Interrogábaseles más: qué otros tributos daban, y declaraban las labranzas de trigo, cebada, maíz y turmas [que] hacían, señalando el sitio de la tierra que le sembraban. Declaraban asímismo los bohíos que en el pueblo hacían y madera que para ello le llevaban a Tunja, y que ultra de esto, cuando su amo y encomendero iba [a] alguna parte, le daban todos los indios que había menester para que le llevasen las petacas y cargas, aunque fuese camino muy lejos y apartado de su pueblo, y que le proveían la casa de toda la hierba y leña que había menester para gastar en todo el año; y en algunos pueblos que eran fértiles y abundosos de caza y de otras cosas, daban a sus encomenderos venados, conejos y curíes y algunas cargas de hayo, que es cierta hierba que están mascando y rumiando los indios como ovejas lo más del día y aun de la noche.

Y para ver si eran ciertas y verdaderas estas cosas que los caciques y capitanes declaraban, el juez tomaba juramento al encomendero, el cual las más veces conformaba con ellos y se hallaba ser verdad la declaración que los unos y los otros hacían; y para más claridad de los tratos y usanzas de la tierra, se les hacían otras preguntas extraordinarias, que para memoria de lo venidero y mudanza que en todo vaya haciendo el tiempo, como en otras partes he dicho, pondré aquí; aunque primero o antes de esto que quiero escribir, se les preguntaba que si el tributo y demora así real como personal que a su encomendero pagaban en cada un año, si lo daban sin recibir en ello notable molestia ni daño, ni que por ello fuesen vejados y molestados de sus encomenderos. Algunos respondían que en el juntar y buscar el oro pasaban trabajo, pero que lo demás lo hacían sin pesadumbre, por estar ellos hechos y habituados a semejantes trabajos; y para declaración de lo demás es de saber que en las tierras frías del Reino no se coge hayo ni algodón, sino en algunos valles calientes que en los remates y caídas de esta tierra fría hay, por lo cual les es necesario a los indios que habitan en la región fría ir a buscar y comprar estas dos cosas a las tierras donde las hay. Pues preguntóseles a estos tales indios que cómo habían [y] traían el hayo y el algodón de las partes referidas, y lo que en cada cosa interesaban, a lo que decían que el algodón lo iban a comprar a donde lo había, que en esta provincia de Tunja era hacia la parte de Sogamoso, en más cantidad, y que allí dan por una carga de algodón por desmotar, que es lo que un indio puede cargar, una manta buena, y que traída a su tierra, aderezándolo, hilándolo y tejiéndolo, hacían de ella otra tan buena manta como la que habían dado y cuatro mantas chingomanales, que se llaman de este nombre por ser pequeñas y bastas y mal torcidas y peor tejidas, y suelen dar por una buena manta tres [o] cuatro de estas chingamanales. Y esto es todo lo que interesan y granjean en lo del algodón.

Por el hayo van asimismo a los lugares donde lo hay, y allí compran una carga, que como dije, es lo que un indio caminando puede llevar a cuestas, y por ella dan dos mantas buenas y una chingamanal, y traída al mercado de Tunja les daban por ella y la vendían por dobladas mantas de lo que les había costado y ahorraban la comida del camino, que salía de la carga principal.

Demás de esto se les preguntaba a los caciques si antes que los españoles entrasen en su tierra y los sujetasen, si cada uno era señor por sí, sin reconocer otro superior a quien fuesen obligados a tributar y pagar feudo u otro reconocimiento de vasallaje. A esto generalmente todos los indios Moxcas de la provincia de Tunja respondían haber de muchos tiempos atrás siempre tenido por superior al cacique o señor llamado Tunja, al cual tributaban y servían en muchas cosas, como eran hacerle ciertas labranzas para las vituallas de la guerra y otras borracheras, ir a sus llamamientos y juntas de gente que para guerrear con la gente de Bogotá de cierto a cierto tiempo juntaba, renovarle y adornarle las casas de sus simulacros y sus cercados, y las casas en que él vivía y otras que para el depósito de las vituallas de la guerra tenía el cacique de Tunja fuéra de su pueblo en otras partes acomodadas, para de allí llevarlas a las partes que conviniese como y cuando fuese necesario. Demás de esto le pechaban y tributaban con oro y mantas que de tanto a tanto tiempo le daban los capitanes al cacique | 44 . Y queriendo saber qué tanto era lo que le tributaban y el tiempo en que se lo daban, no declaran en ello cosa cierta, porque unos dicen que de dos a dos lunas le iban a ver los capitanes y le llevaban cada [uno?] veinte mantas, y otros, a más tiempo y con menos feudo. Y en esto debía de ser la orden el posible de cada uno, y los caciques pechaban y pagaban en mucha más cantidad.

Interrogóseles este feudo o pecho que pagaban a este cacique de Tunja si se lo daban de su voluntad o si por alguna vía fueron o eran forzados y constreñidos a ello: a esto replicaban y respondían cómo en tiempos pasados ellos fueron libres de semejantes cargas e imposiciones, y que solamente cada pueblo o población reconocía a su cacique y señor natural, a quien pagaban cierta manera de leve tributo, y andando el tiempo creció la elación y ambición del cacique Tunja, mediante ser hombre supersti­cioso y que se mostraba ser perfecto en la observancia de su ido­latría y en la interpretación de los oráculos de sus simulacros, con lo cual se hizo persona poderosa y de mucha reputación y veneración acerca de los bárbaros de esta provincia de Tunja; y coadunando y juntando así algunas gentes, comenzó a tiranizar la tierra por fuerza de armas y hacerse señor de ella, derramando la sangre de muchos caciques y capitanes, que con obstinación pretendían defender y conservar su antigua libertad, cuyas cabezas el tirano Tunja quitaba, y con crueldad de bárbaro castigaba a los demás súbditos e indios que seguían la misma opinión de libertad, ahorcando y cortando pies y manos y narices y orejas, y haciendo y ejercitando en ellos otras muchas crueldades; y con este tiránico terror constriñó y forzó a los que dende en adelante sucedieron en los cacicazgos y señoríos a que fuesen sujetos y tributarios y le reconociesen por supremo señor; y así puso en ellos la imposición que quiso, la cual se le guardaba y guardó hasta el tiempo que el general Jiménez de Quesada y los demás españoles entraron en la tierra, dende el cual tiempo en adelante aunque reconocían a Tunja por superior señor, pero no le eran tan sujetos como de antes, a causa de las novedades que en la tierra hubo con la entrada y conquista y poblada de los españoles.

Acerca de sus caciques particulares se les interrogó a los indios el tributo que cada indio le daba y los servicios que le hacían en cada un año antiguamente; y la claridad que a esto dan sólo es decir que le hacían cierta cantidad de labranzas y le renovaban en ciertos tiempos del año sus bohíos de morada y sus casas de idolatría, y cuando a estos trabajos iban o se juntaban los indios para hacerlos, le daban cierto oro y mantas por tributo, y demás de esto le servían en todo lo que les mandaba y le proveían de venados, conejos, curíes y todos otros géneros de caza que podían haber.

Preguntábaseles más, que si antes que fuesen sujetos a los españoles andaban en sus contrataciones y por los mercados más libremente que en este tiempo. A esto decían que no, porque antiguamente nunca dejó de haber entre los caciques particulares algunas domésticas pasiones y discordias, que eran causa de ponerse los unos a los otros asechanzas y matar a los contrarios que en sus tierras entraban, y así no osaban apartarse a contratar muy lejos cada uno de su natural; pero que ahora, mediante el calor y favor de los españoles y la general paz y conformidad que entre ellos han puesto, y por temor del castigo que las justicias les harán, aun [que] cualquier indio vaya a contratar y a mercadear a cualesquier mercados, aunque sean muy apartados de su tierra, van sin ningún temor, porque por esta causa no hay quien les ose ofender ni matar como de antes lo hacían.

Y con esto daba el juez fin a su visita, dando a entender a los indios cómo perpetuamente habían de permanecer los españoles en la tierra, y que muriéndose los encomenderos que eran vivos habían de servir a sus hijos y serles feudatarios; y con esta forma discurrió este visitador en este año de cincuenta y uno, por todos los repartimientos de la provincia de Tunja, en los cuales entran los indios llamados Laches, que están de la otra banda del río Sogamoso; y haciendo la descripción de los naturales en la forma y manera dicha, halló que habían cuarenta y un mil indios casados, sin los viejos y mozos y muchachos de quince años para abajo.

De la tasa y retasa que por esta visita se hizo, trataremos adelante, en tiempo de Briceño y Montaño, porque estos oidores Góngora y Galarza nunca retasaron la tierra, ni tuvieron lugar para ello.

38  En la "tabla" de Sevilla se lee, así como también en el manuscrito: "en el cual se escribe".
39 Las palabras de bastardilla están tachadas en el original, sin que lo mencionase la edición de la Real Academia, Madrid.
40 Las palabras en bastardilla están tachadas en el original, sin que lo mencionase la edición de la Real Academia, Madrid. En el texto decía originariamente: |de la propia orden y añadido después |de Santo Domingo. Todo esto fue tachado.
40a  El texto de esta cédula de encomienda no se encuentra en el manuscrito, no sabemos si por descuido del autor o por otra supresión.
41  Las palabras "treinta y siete" están añadidas. En el texto original se dejó un espacio en blanco.
42  Debe decir "visitarse".
43  Se trata de una referencia a los indios Muisca, a los cuales se refería el libro siguiente, suprimido.
44  El texto original dice: "capitanes |y el cacique"; las palabras |y el están tachadas y reemplazadas por "al".

anterior | índice | siguiente