|Capítulo décimoquinto
En el cual
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se escribe la venida del licenciado
Miguel Díaz a Cartagena, y la subida de Pedro de Orsúa al Reino, y
las nuevas leyes hechas en favor de los naturales. Escríbese, en
suma, el discurso del gobierno de Miguel Díaz.
Vueltos los del Reino del Cabo de la Vela a Santa Marta,
hallaron nueva cómo el licenciado Miguel Díaz Armendáriz había
llegado a la ciudad de Cartagena por juez de residencia de las
gobernaciones de Cartagena y Popayán y Santa Marta y Nuevo Reino de
Granada, por lo cual luégo todos se partieron la vía de Cartagena,
y llegados que fueron persuadieron al licenciado Miguel Díaz que
quisiese irse luégo con ellos al Nuevo Reino, el cual se excusó por
entonces de lo hacer, por respecto de la residencia que entre manos
tenía y otras cosas tocantes al asiento y buen gobierno de aquella
gobernación; y como por esta vía no pudieron abreviar con el
licenciado Miguel Díaz a que luégo se partiese, trataron con él que
enviase por su teniente al Reino un sobrino suyo llamado Pedro de
Orsúa ofreciéndose ellos de hacerlo recibir por tal en el Nuevo
Reino.
Miguel Díaz vino en ello, y nombrando por su teniente a Pedro de
Orsúa, lo envió con los que en Cartagena estaban agraviados del
adelantado, que subiesen todos al Reino, dándole bastantes poderes,
aunque el licenciado Miguel Díaz bien vio que no lo podía hacer;
pero, como he dicho, a instancia y por complacer a los que se lo
pedían y suplicaban, lo hizo; los cuales no se atrevían a volver al
Reino, aunque tenían cédula del adelantado para que les volviesen
los indios, porque como los que gobernaban la tierra, que eran los
principales de ella, fueron las personas a quien el adelantado dio
los indios que quitó a los que en la costa estaban, parecíales, y
ello había de ser así, que subidos que fuesen al Reino, si no
traían juez de su mano que les diese y volviese sus indios, que
nunca alcanzarían justicia; y por estas causas procuraron, como he
dicho, que el licenciado Miguel Díaz enviase con ellos a Pedro de
Orsúa, como lo envió.
Partiéronse todos de Cartagena con otras gentes que para su
resguardo juntaron, para seguridad de los indios del río grande y
sierras de Opón, por do habían de pasar, y embarcáronse en cuatro
bergantines; y como todos los más que en ellos iban eran hombres
baquianos en la tierra, que es tanto como decir soldados viejos, no
fue tan dificultoso ni tardío su viaje, ni tan calamitoso como a
los que antes habían andado este camino. Ya que llegaron cerca del
valle de la Grita, que es ya casi en los términos de la ciudad de
Vélez, entraron en consulta por ver el modo que tendrían en que sin
escándalo fuese recibido Pedro de Orsúa en el Reino, porque
claramente veían que si primero no entraba el gobernador Miguel
Díaz a ser recibido, que ninguna obligación tenía de recibir ni
admitir a sus tenientes, y parecíales que si el caso era
descubierto, y Pedro de Orsúa no se recibía, que ellos quedaban en
riesgo y aventura de que el teniente del adelantado, Montalvo de
Lugo, los maltratase y molestase, y aun por ventura que la gente se
amotinase y no quisiesen recibir el propio gobernador Miguel Díaz,
temiendo otro yugo tan pesado como el del adelantado por defecto de
no conocer la rectitud de Miguel Díaz; y así determinaron que el
obispo don Martín de Calatayud, que en esta compañía iba, y el
capitán Céspedes y otras personas se quedasen zagueros y reacios
atrás, y que Pedro de Orsúa, con el tesorero Pedro Briceño y el
capitán Galeano, y el capitán Gonzalo Suárez, y Francisco de
Figueredo, y Cristóbal Ruiz y otras personas de confianza, fuesen
delante, y entrando en Vélez diesen a entender que el gobernador
Miguel Díaz iba o quedaba un poco atrás, y que solamente se habían
anticipado a proveerle de alguna comida, el cual enviaba delante a
su sobrino Pedro de Orsúa para que por él tomase la posesión de la
gobernación.
Por esta vía de que los cabildos temerían estar tan cerca el
gobernador, harían lo que se les rogase. Finalmente, ello se puso
en efecto así como se ordenó; y entrando Orsúa en Vélez con el
engaño y cautela referida, le metieron en posesión del gobierno, y
de allí se partió con presteza a Tunja, donde asímismo, con la
misma cautela, lo recibieron, y pasando a Santafé, donde a la sazón
residía el teniente del adelantado, Montalvo de Lugo, hizo juntar a
cabildo en la iglesia de la propia ciudad, donde bajo del trato
dicho presentó sus recaudos Pedro de Orsúa, los cuales, como
Montalvo de Lugo los viese, dijo que no se debían obedecer, por
respecto de que el rey [no] mandaba recibir por gobernador sino al
licenciado Miguel Díaz; pero como los demás del cabildo temiesen la
presta llegada de Miguel Díaz, el cual gobernando les podía hacer
bien y mal, tuviéronse en favorecer a Pedro de Orsúa, y así le
admitieron, aunque lo reclamaba Montalvo, el cual, no queriendo
dejar la vara que tenía, porque decía que como teniente del
adelantado recibido la podía tener, Pedro de Orsúa, arremetiendo a
él, se la quitó por fuerza y violentamente, y lo prendió y
secuestró sus bienes, y lo envió preso a la ciudad de Cartagena,
donde Miguel Díaz estaba, y él se quedó con el gobierno de todo el
Reino; y dende algunos meses concluyó el licenciado Miguel Díaz la
residencia del gobernador de Cartagena, Pedro de Heredia, y se
subió al Nuevo Reino, llevando consigo a Montalvo de Lugo para
tomarle residencia.
Este licenciado Miguel Díaz metió en el Reino las nuevas leyes
que el cristianísmo emperador don Carlos, rey de España, hizo y
ordenó en favor de los indios en la ciudad de Barcelona se prohibía
y prohibió que los indios no fuesen esclavos dende en adelante, y
que los que hasta allí lo eran injustamente, fuesen libres, porque
desde el año de mil quinientos cuatro hasta este tiempo hacíanse
los indios esclavos y comprábanse y contratábanse como tales, sin
guardar en ello ninguna orden de las que el rey había dado; y la
causa de hacerse los indios esclavos procedió de que al principio
que las Indias se descubrieron, los indios de la costa de Tierra
Firme y de algunas islas mataron algunos frailes de todas órdenes,
sobre lo cual hubo en España congregación de religiosos y personas
doctas
|de la orden de Santo Domingo
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39
, que
persuadieron al rey que por muchas causas, que Gomara trata en la
Historia General de las Indias, que debían ser esclavos; y el Rey,
como se lo aconsejaban tantas personas y tan doctas, vino en ello,
ya digo, poniendo ciertas ordenanzas y condiciones que habían de
preceder para que justamente fuesen esclavos, de las cuales ninguna
se guardaba. Después, a persuasión de los propios padres
|de la
propia orden de Santo Domingo
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40
, anuló el rey aquel
mandato por esta ley que he dicho, y restituyó a los indios en su
libertad; y juntamente con esto mandó que fuesen tratados como
personas libres y como los demás vasallos de la Corona de Castilla;
y aunque en este Reino no se hacían los indios esclavos, como en la
costa, tenían a lo menos una manera de opresión los que llamaban
ladinos y Anaconas que de Perú se trajeron cuando Benalcázar entró
en el Reino, de los cuales se vendieron muchos disimuladamente, y
eran forzados a servir a los que los compraban, lo cual se estorbó
por esta ley.
Asimismo ordenó por las dichas leyes que ninguna persona se
pudiese servir de los indios por ninguna vía contra su voluntad, y
que los indios no fuesen cargados de una parte a otra con cargas
que los consumían; y esto era muy acostumbrado en este tiempo. Vido
los malos tratamientos y muertes de indios, que se solían hacer tan
disoluta y absolutamente, que verdaderamente los que hoy son vivos
de aquel tiempo dicen que era tanta su ignorancia en esto de matar
indios, que les parecía que no sólo no se cometía en ello pecado,
pero que eran dignos de galardón por ella; y así, mediante el rigor
de esta ley y de otras que después acá se han hecho, hay mucha
moderación en el maltratar indios ni matarlos, porque
verdaderamente es grandísimo el cuidado que los oidores y
visitadores ponen en inquirir y saber el tratamiento bueno o malo
que cada encomendero hace a sus indios; y en otras ordenanzas que
el rey don Felipe nuestro señor, siendo Príncipe de España, con
acuerdo de los del Consejo Real de las Indias, hizo y ordenó, mandó
que los tributos de los indios fuesen tasados, y que sin tasa no se
les llevase nada a los indios, refiriendo asimismo el buen
tratamiento de los indios, y el castigo y pena que se debía dar a
los que los maltratasen; y otras cosas en favor de los indios, como
parece por las mismas ordenanzas hechas en Valladolid el año de
cuarenta y tres.
Todas estas cosas que consigo trajo Miguel Díaz causaron alguna
pesadumbre a los españoles y encomenderos que en el Reino había,
por irles a la mano en la libertad que antes tenían de tratar los
indios como querían, oprimiéndolos en los servicios personales en
más de lo que sufría y en lo de las demoras en más de lo que podían
dar; aunque como casi en esta sazón se recrecieron las alteraciones
del Perú, de Gonzalo Pizarro, nunca Miguel Díaz hizo más de
publicarlas, pero no se atrevió a ejecutarlas por temor que no
hubiese alguna novedad en la tierra; y así, en cosas tocantes a
tributos y demoras se estuvo suspenso mucho tiempo, después que los
encomenderos llevaban todo lo que sus indios les querían dar de su
voluntad, porque así lo rezaban en aquel tiempo las cédulas de
encomendar, como se podrá ver por su traslado, que aquí irá inserto
40a ; pero los encomenderos procuraban sacar
más de lo que los indios de su voluntad les querían dar, con mañas
que para ello tenían con los caciques y principales; y así, aunque
como he dicho, Miguel Díaz trajo estas tan justas y santas leyes al
Reino, en ninguna manera pudieron ser cumplidas, excepto en lo que
tocaba a la libertad de los indios y a su buen tratamiento, que
esto siempre se cumplió y obedeció.
Gobernó con quietud Miguel Díaz el Reino seis años, en el cual
tiempo, como he dicho, sucedió la rebelión de Gonzalo Pizarro.
Enviole el doctor Gasca a pedir socorro; tardáronse. los mensajeros
en el camino, por lo cual, aunque tarde, hizo cierta gente y envió
por general de ella a su sobrino Pedro de Orsúa; y yendo caminando
hacia Perú vino nueva que Pizarro era desbaratado, y cesó la
jornada con volverse la gente al Reino.
El capitán Martinez pidio al licenciado Miguel Díaz que le diese
licencia para ir a poblar la provincia de los Muzos, que, como he
dicho, había en tiempo del adelantado descubierto Lanchero. Diole
Miguel Díaz la jornada e hizo cierta gente, y entró en la
provincia, y sin poblar ni hacer cosa que fuese notable, se tomó a
salir. Después de éste, en tiempo del propio Miguel Díaz, entró con
propósito de poblar. Pedro de Orsúa, su sobrino, por vía de Vélez,
en esta provincia de Muzo, y volteola por un lado, vino a salir a
La Tora de los Panches, sin hacer cosa notable.
Poblóse en tiempo del licenciado Miguel Díaz la ciudad de
Pamplona, hacia la parte del norte, la cual poblaron Pedro de Orsúa
y Ortún Velasco, capitanes que en aquella provincia entraron con
gente, cada cual por su parte; de cuya población y conquista
adelante trataré largamente, y lo mismo se hará de cada ciudad y
pueblo, por su antigüedad, porque en esta parte que al presente
llevo no es mi designio tratar más [que] de lo sucedido en las
ciudades de Santafé, Vélez y Tunja, hasta este tiempo, como creo
que lo tengo dicho atrás.
Después que Miguel Díaz hubo tomado la residencia al capitán
Montalvo, teniente del adelantado, lo envió con ella a España; pero
él se fue a Santo Domingo, donde con ayuda de otros quejosos que a
aquella Audiencia fueron de Miguel Díaz, alcanzó que se proveyese
contra el juez de residencia; y como en este tiempo tenía gran fama
de rica la tierra del Nuevo Reino, tomose para sí la comisión el
licenciado Zurita, que era oidor de la propia Audiencia, y vino al
Nuevo Reino a tomar la residencia a Miguel Díaz; pero como los del
Nuevo Reino pocas veces les había ido bien con estas mutaciones y
novedades, acordaron de no recibir al licenciado Zurita; mas con
doméstica y paliada resistencia no lo quisieron admitir al uso y
ejercicio del oficio, y así le fue necesario y forzoso volverse a
Santo Domingo, y Miguel Díaz se quedó en su gobierno hasta que el
rey envió Audiencia al Nuevo Reino.
De este desacato la Audiencia de Santo Domingo dio noticia al
Real Consejo de las Indias, en el cual se proveyó que Miguel Díaz
diese la residencia a la persona que nombrase la Audiencia de Santo
Domingo, de lo cual tuvieron noticia los oidores que vinieron al
Nuevo Reino, y enviaron a Miguel Díaz que fuese a Santo Domingo y
allí diese su residencia. Mas como los jueces de aquella Audiencia,
y aun el propio Zurita, que todavía estaba en ella, no habían
olvidado el poco miramiento que se les tuvo, en no querer recibir
en el Nuevo Reino por juez de residencia a Zurita, sólo por [no]
complacer a Miguel Díaz, tomáronlo a enviar al Nuevo Reino, para
que en él diese su residencia a la persona que ellos nombraron; de
donde le vino que se hicieron sus negocios con más rigor del que
esperaba, y así fueron mal sonantes en el Real Consejo de las
Indias, de donde vino el daño de no volver más a entrar en plaza de
gobernador ni oidor, con haber sido uno de los jueces que más
apaciblemente han gobernado aquel Reino.
|Capítulo décimosexto
En el cual se
escribe la fundación de la Audiencia Real en el Nuevo Reino, y los
primeros oidores que a ella vinieron, y cómo mandaron visitar la
tierra de Tunja, y el orden que en la visita se tuvo y los
naturales que se halló haber en los términos de aquella ciudad en
este tiempo.
Desde que el general Jiménez de Quesada descubrió y pobló esta
tierra del Nuevo Reino de Granada, que fue el año de treinta y
siete
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hasta el año de cincuenta, siempre fue
sufragana a la Audiencia de Santo Domingo, donde iban con las
apelaciones que se interponían de los gobernadores y de sus jueces;
y era tan larga la navegación que desde el Nuevo Reino a Santo
Domingo hay, y de tantos peligros y riesgos, así de agua como de
tierra, que muchas personas perdían su justicia o la dejaban
perder, y pasaban por muchas fuerzas y agravios y sinjusticias que
no sólo los gobernadores pero sus tenientes y cualesquier alcaldes
les hacían, sólo por no ponerse a una tan larga y peligrosa
itineración, porque desde la ciudad de Santafé a la de Cartagena
hay casi doscientas leguas, que todas o las más de ellas se caminan
por el río grande de la Magdalena, por donde es más peligroso el
caminar que trabajoso, respecto de su gran corriente y veloces
raudales que en él hay, que muchas veces hacen trastornar las
canoas y ahogarse y perderse todo lo que en ellas va, y para ir
desde Cartagena a Santo Domingo se había de atravesar un golfo que
en medio hay, que no se navega con todos tiempos ni con la
facilidad que hacia otras partes; de todo lo cual, y de otros
muchos inconvenientes fue informado el Rey y el Real Consejo por
mano de procuradores y personas que para este efecto enviaron los
vecinos del Nuevo Reino, y proveyeron que hubiese Audiencia en el
Nuevo Reino, en la ciudad de Santafé, y para este efecto, y por
primeros oidores, enviaron a los licenciados Góngora y Galarza, que
entraron en Santafé el año de cincuenta, y fueron recibidos con
mucho contento de todo el Reino; los cuales luégo sentaron y
fijaron su audiencia y estrados, y se gobernó la tierra por
diferente modo que de antes. Las cédulas y provisiones que se despa
[chaban] estaban libradas como provisiones reales y selladas con
el real sello.
En esta sazón estaban ya algo asentadas las cosas del Perú de
las alteraciones pasadas de Pizarro, y así comenzaron los oidores a
dar asiento en las del Reino acerca de la moderación con que los
naturales habían y debían ser tratados, y moderados sus tributos;
lo cual, aunque antes había sido mandado, no se había efectuado,
por las conspiraciones del Perú; para el cual efecto mandaron que
la tierra se vitase
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y se hiciese discreción
de los naturales que cada repartimiento tenía, y de los tributos
que pagaban, y de las granjerías que tenían, y de lo que podían
pagar, para que conforme a la visita que se hiciese, los oidores
tasasen y moderasen los tributos.
Para este efecto fue nombrado por alcalde mayor el capitán Juan
Ruiz de Orejuela, que visitó la provincia de Tunja; y la orden que
en ello tenía era ésta: ante el escribano de visita que consigo
llevaba, mandaba parecer ante sí al cacique y capitanes del
repartimiento y pueblo donde estaba, y con una lengua e intérprete
les preguntaba sus nombres, los cuales declarados y escritos, les
demandaba cuenta de los indios que tenían por sujetos y en el tal
repartimiento había, y los capitanes y caciques les daban, por
granos de maíz, contados los indios que les parecía y ellos querían
dar: recibíaseles la cuenta por granos de maíz, porque toda esta
gente,
|según adelante de su naturaleza trataremos
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43
, no saben contar de coro más de
hasta número de veinte, y en contando un veinte, luégo cuentan
otro, y así, ratificando la memoria de los veintes con granos de
maíz, van acrecentando todo el número que quieren; y en esta cuenta
de indios que daban los caciques solamente declaraban o contaban
los indios casados, sin que en ella entrase los viejos ni los
mancebos de hasta quince años y por casar. Esta discreción y cuenta
de los indios que en cada repartimiento había, se hacía, y en cada
visita se hace, dejados aparte otros respectos, pero el principal
es por saber si los tributos que dan son excesivos y más de los que
conforme al número de los indios y a la calidad de la tierra, y
tratos, y contratos, y granjería de ella, pueden dar para que en
todo haya una cristiana moderación, como siempre el rey lo ha
mandado y encargado a sus jueces por particulares cédulas. Tras de
esto se les preguntaba a los caciques y capitanes que a quién
tienen por su encomendero, los cuales luégo allí nombraban.
Esta orden que este juez tuvo en hacer la descripción de los
indios es diferente de la que ahora los visitadores hacen, de la
cual adelante se dirá. Pero fuele necesario hacerla así, porque ni
en la tierra había el asiento y quietud que ahora hay, ni estaban
los indios tan recogidos ni coadunados como en este tiempo, y otras
muchas causas que había, que justamente impedían el no poderse
haber entera ni cierta discreción de los indios que en cada pueblo
había, y así se daba crédito a lo que el cacique y sus capitanes
decían y daban por cuenta. Luégo se les interrogaba la demora y
tributo de oro y mantas que daban en cada un año a su encomendero;
el cacique hacía demostración de cierta pesa de plomo o de piedra
que tenía, que pesaba una libra y media o dos libras o más, y decía
que daba a su encomendero cada año tantas pesas de oro de aquella
suerte, y también hacía demostración de la suerte de oro que pagaba
o daba de tributo, porque en este tiempo no daban los indios oro
fino sino oro bajo, desde siete hasta trece o catorce quilates,
porque siempre tuvieron por costumbre estos bárbaros de humillar y
abajar los quilates y fineza del oro con echarle liga de cobre.
Demás de esto los encomenderos se concertaban con los caciques de
la cantidad de oro y mantas y otros tributos personales y serviles
que les habían de dar y daban en cada un año, porque ni las
encomiendas las declaraban ni los gobernadores los habían osado
tasar por la incomodidad del tiempo, que nunca en Perú había dejado
de haber novedades y motines y rebeliones, que eran causa de que
los jueces con rigor no cumpliesen las cédulas reales que sobre
estos y otros casos el rey proveía.
Demás de esto es de saber que no todos los indios pagaban oro a
los encomenderos, porque no todos lo podían haber en tanta cantidad
que con ello pudiesen cumplir su tributo y demora, y así en la
parte donde habla esta falta pagaban la demora en mantas de algodón
blancas, coloradas y pintadas, y así hacían los indios la
declaración.
Preguntábaseles que si el oro que pagaban [de] tributo si lo
sacaban en su tierra o dónde lo habían; a esto respondieron que por
vía de rescates lo compraban en los mercados y lo juntaban para
pagar a su encomendero, pero que en su tierra no lo sacaban, como
es cierto que hasta este nuestro tiempo no se averigua que jamás
los indios Moxcas sacasen oro en su tierra, ni se ha hallado en
ella de minas, mas todo lo traían de rescate de Mariquita y Neiva y
otras provincias y [que] de la otra banda del río grande hay, donde
los propios naturales antiguamente labraban minas y sacaban oro y
lo fundían y rescataban y hoy se halla en las minas que los
españoles han labrado y labran en Mariquita, los socavones y
espeluncas y otros vestigios y señales que son clara muestra de
haber en aquel lugar sacado los indios oro.
Interrogábaseles más: qué otros tributos daban, y declaraban las
labranzas de trigo, cebada, maíz y turmas [que] hacían, señalando
el sitio de la tierra que le sembraban. Declaraban asímismo los
bohíos que en el pueblo hacían y madera que para ello le llevaban a
Tunja, y que ultra de esto, cuando su amo y encomendero iba [a]
alguna parte, le daban todos los indios que había menester para que
le llevasen las petacas y cargas, aunque fuese camino muy lejos y
apartado de su pueblo, y que le proveían la casa de toda la hierba
y leña que había menester para gastar en todo el año; y en algunos
pueblos que eran fértiles y abundosos de caza y de otras cosas,
daban a sus encomenderos venados, conejos y curíes y algunas cargas
de hayo, que es cierta hierba que están mascando y rumiando los
indios como ovejas lo más del día y aun de la noche.
Y para ver si eran ciertas y verdaderas estas cosas que los
caciques y capitanes declaraban, el juez tomaba juramento al
encomendero, el cual las más veces conformaba con ellos y se
hallaba ser verdad la declaración que los unos y los otros hacían;
y para más claridad de los tratos y usanzas de la tierra, se les
hacían otras preguntas extraordinarias, que para memoria de lo
venidero y mudanza que en todo vaya haciendo el tiempo, como en
otras partes he dicho, pondré aquí; aunque primero o antes de esto
que quiero escribir, se les preguntaba que si el tributo y demora
así real como personal que a su encomendero pagaban en cada un año,
si lo daban sin recibir en ello notable molestia ni daño, ni que
por ello fuesen vejados y molestados de sus encomenderos. Algunos
respondían que en el juntar y buscar el oro pasaban trabajo, pero
que lo demás lo hacían sin pesadumbre, por estar ellos hechos y
habituados a semejantes trabajos; y para declaración de lo demás es
de saber que en las tierras frías del Reino no se coge hayo ni
algodón, sino en algunos valles calientes que en los remates y
caídas de esta tierra fría hay, por lo cual les es necesario a los
indios que habitan en la región fría ir a buscar y comprar estas
dos cosas a las tierras donde las hay. Pues preguntóseles a estos
tales indios que cómo habían [y] traían el hayo y el algodón de las
partes referidas, y lo que en cada cosa interesaban, a lo que
decían que el algodón lo iban a comprar a donde lo había, que en
esta provincia de Tunja era hacia la parte de Sogamoso, en más
cantidad, y que allí dan por una carga de algodón por desmotar, que
es lo que un indio puede cargar, una manta buena, y que traída a su
tierra, aderezándolo, hilándolo y tejiéndolo, hacían de ella otra
tan buena manta como la que habían dado y cuatro mantas
chingomanales, que se llaman de este nombre por ser pequeñas y
bastas y mal torcidas y peor tejidas, y suelen dar por una buena
manta tres [o] cuatro de estas chingamanales. Y esto es todo lo que
interesan y granjean en lo del algodón.
Por el hayo van asimismo a los lugares donde lo hay, y allí
compran una carga, que como dije, es lo que un indio caminando
puede llevar a cuestas, y por ella dan dos mantas buenas y una
chingamanal, y traída al mercado de Tunja les daban por ella y la
vendían por dobladas mantas de lo que les había costado y ahorraban
la comida del camino, que salía de la carga principal.
Demás de esto se les preguntaba a los caciques si antes que los
españoles entrasen en su tierra y los sujetasen, si cada uno era
señor por sí, sin reconocer otro superior a quien fuesen obligados
a tributar y pagar feudo u otro reconocimiento de vasallaje. A esto
generalmente todos los indios Moxcas de la provincia de Tunja
respondían haber de muchos tiempos atrás siempre tenido por
superior al cacique o señor llamado Tunja, al cual tributaban y
servían en muchas cosas, como eran hacerle ciertas labranzas para
las vituallas de la guerra y otras borracheras, ir a sus
llamamientos y juntas de gente que para guerrear con la gente de
Bogotá de cierto a cierto tiempo juntaba, renovarle y adornarle las
casas de sus simulacros y sus cercados, y las casas en que él vivía
y otras que para el depósito de las vituallas de la guerra tenía el
cacique de Tunja fuéra de su pueblo en otras partes acomodadas,
para de allí llevarlas a las partes que conviniese como y cuando
fuese necesario. Demás de esto le pechaban y tributaban con oro y
mantas que de tanto a tanto tiempo le daban los capitanes al
cacique
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44
. Y queriendo saber qué tanto era lo
que le tributaban y el tiempo en que se lo daban, no declaran en
ello cosa cierta, porque unos dicen que de dos a dos lunas le iban
a ver los capitanes y le llevaban cada [uno?] veinte mantas, y
otros, a más tiempo y con menos feudo. Y en esto debía de ser la
orden el posible de cada uno, y los caciques pechaban y pagaban en
mucha más cantidad.
Interrogóseles este feudo o pecho que pagaban a este cacique de
Tunja si se lo daban de su voluntad o si por alguna vía fueron o
eran forzados y constreñidos a ello: a esto replicaban y respondían
cómo en tiempos pasados ellos fueron libres de semejantes cargas e
imposiciones, y que solamente cada pueblo o población reconocía a
su cacique y señor natural, a quien pagaban cierta manera de leve
tributo, y andando el tiempo creció la elación y ambición del
cacique Tunja, mediante ser hombre supersticioso y que se mostraba
ser perfecto en la observancia de su idolatría y en la
interpretación de los oráculos de sus simulacros, con lo cual se
hizo persona poderosa y de mucha reputación y veneración acerca de
los bárbaros de esta provincia de Tunja; y coadunando y juntando
así algunas gentes, comenzó a tiranizar la tierra por fuerza de
armas y hacerse señor de ella, derramando la sangre de muchos
caciques y capitanes, que con obstinación pretendían defender y
conservar su antigua libertad, cuyas cabezas el tirano Tunja
quitaba, y con crueldad de bárbaro castigaba a los demás súbditos e
indios que seguían la misma opinión de libertad, ahorcando y
cortando pies y manos y narices y orejas, y haciendo y ejercitando
en ellos otras muchas crueldades; y con este tiránico terror
constriñó y forzó a los que dende en adelante sucedieron en los
cacicazgos y señoríos a que fuesen sujetos y tributarios y le
reconociesen por supremo señor; y así puso en ellos la imposición
que quiso, la cual se le guardaba y guardó hasta el tiempo que el
general Jiménez de Quesada y los demás españoles entraron en la
tierra, dende el cual tiempo en adelante aunque reconocían a Tunja
por superior señor, pero no le eran tan sujetos como de antes, a
causa de las novedades que en la tierra hubo con la entrada y
conquista y poblada de los españoles.
Acerca de sus caciques particulares se les interrogó a los
indios el tributo que cada indio le daba y los servicios que le
hacían en cada un año antiguamente; y la claridad que a esto dan
sólo es decir que le hacían cierta cantidad de labranzas y le
renovaban en ciertos tiempos del año sus bohíos de morada y sus
casas de idolatría, y cuando a estos trabajos iban o se juntaban
los indios para hacerlos, le daban cierto oro y mantas por tributo,
y demás de esto le servían en todo lo que les mandaba y le proveían
de venados, conejos, curíes y todos otros géneros de caza que
podían haber.
Preguntábaseles más, que si antes que fuesen sujetos a los
españoles andaban en sus contrataciones y por los mercados más
libremente que en este tiempo. A esto decían que no, porque
antiguamente nunca dejó de haber entre los caciques particulares
algunas domésticas pasiones y discordias, que eran causa de ponerse
los unos a los otros asechanzas y matar a los contrarios que en sus
tierras entraban, y así no osaban apartarse a contratar muy lejos
cada uno de su natural; pero que ahora, mediante el calor y favor
de los españoles y la general paz y conformidad que entre ellos han
puesto, y por temor del castigo que las justicias les harán, aun
[que] cualquier indio vaya a contratar y a mercadear a cualesquier
mercados, aunque sean muy apartados de su tierra, van sin ningún
temor, porque por esta causa no hay quien les ose ofender ni matar
como de antes lo hacían.
Y con esto daba el juez fin a su visita, dando a entender a los
indios cómo perpetuamente habían de permanecer los españoles en la
tierra, y que muriéndose los encomenderos que eran vivos habían de
servir a sus hijos y serles feudatarios; y con esta forma discurrió
este visitador en este año de cincuenta y uno, por todos los
repartimientos de la provincia de Tunja, en los cuales entran los
indios llamados Laches, que están de la otra banda del río
Sogamoso; y haciendo la descripción de los naturales en la forma y
manera dicha, halló que habían cuarenta y un mil indios casados,
sin los viejos y mozos y muchachos de quince años para abajo.
De la tasa y retasa que por esta visita se hizo, trataremos
adelante, en tiempo de Briceño y Montaño, porque estos oidores
Góngora y Galarza nunca retasaron la tierra, ni tuvieron lugar para
ello.