|Capítulo
décimotercero
En el cual se
escribe cómo ido en España el general Jiménez de Quesada trató de
comprar la gobernación de Santa Marta al adelantado don Alonso Luis
de Lugo, y cómo estuvieron concertados sobre ello y se deshizo el
concierto por cierta ocasión, y cómo el adelantado se partió de
España para las Indias y llegó al Cabo de la Vela, con lo que le
sucedió hasta que llegó al Nuevo Reino.
En tanto que Hernán Pérez de Quesada andaba en esta calamitosa
jornada, la cual llamaron, y hoy llaman del Dorado, le
|
vino
al Nuevo Reino
|otra casi tan trabajosa aflicción con la entrada
con el adelantado don Alonso Luis de Lugo, hijo del adelantado
viejo, don Pero Fernández de Lugo, a quien por su gran bondad y
cristiandad llamaron el Bueno.
|Porque don Alonso Luis de Lugo como fuese tocado de esta
enfermedad y nolimetange
|
28
,
|de quien el
apóstol dice que está a raíz de todos los males se... ello muestras
cuando el año de mil y quinientos y treinta y seis, envió solo su
padre
|
29
|
|el Adelantado, a las
sierras de Santa Marta a que hubiese algún oro para pagar las
deudas que debía. Y habiendo vuelto a Santa Marta con más de
ochenta
|
30
mil pesos se le alzó con ellos y se
fue huyendo a España, con que dio a entender todo el vicio que en
él reinaba. Puso en tanto aprieto la tierra del Reino por sacar de
ella mucho oro, que si los españoles que en él residían fuera gente
insufrible y deseosa de novedades les habría puesto y ofrecido
ocasión en las manos, con que con quitarle a él la vida y librarse
de su doméstica tiranía se encendieran entre ellos las civiles
guerras que en Pirú y otras partes de Indias han causado grandes
daños. Y
|para que con perspicuidad se vea que lo que digo
pasa y es verdad, diré que la causa de su venida al Nuevo Reino e
iré discurriendo ...
|lo que en el Reino hizo hasta que de él
salió
|
31
.
Al tiempo que el general Jiménez de Quesada llegó a Corte en
España y dio noticia al rey y a los de su Consejo de las Indias de
la tierra que había descubierto, estaba asímismo en Corte don
Alonso Luis de Lugo, que había emparentado con el comendador mayor
Francisco de los Cobos, y por esta vía vuelto en gracia con el
emperador, por donde vino a haber licencia de suceder en la
gobernación de Santa Marta, a quien asimismo, por el respecto
dicho, se adjudicó el Nuevo Reino.
El general Jiménez, deseando haber para sí la gobernación, trató
con el adelantado don Alonso Luis de Lugo que le vendiese o cediese
el derecho que a ella tenía y le daría cierta cantidad de dineros.
El adelantado vino en ello, y tratose en el precio, y fueron
concertados en veinte y tantos mil ducados, de los cuales le dio
luégo Jiménez una parte al adelantado, que serían doce o trece mil
ducados, y ya que de ello se habían de hacer las escrituras y el
rey de colar y pasar la gobernación, fue impedido el adelantado y
estorbado por su deudo el comendador mayor a que no hiciese ni
efectuase el cambio, diciendo que pues el general Jiménez se
ofrecía de darle tanta suma de oro, que viniendo él en persona al
Nuevo Reino, que era su gobernación, mucha más cantidad habría,
pues en adquirir dineros no era perezoso. El adelantado,
pareciéndole bien lo que Cobos le decía, saliose afuera del
concierto que tenía hecho como persona poderosa y dejó frustrado a
Jiménez de su designio y sin el dinero que por señal le había dado,
sin querérselo volver, diciendo que más cantidad se le debía por la
parte que su padre había de haber del oro que en el Reino había
habido.
Con este aviso y acuerdo el adelantado don Alonso se determinó
de volver a Indias, y haciendo y juntando cantidad de gente para
subir seguramente al Nuevo Reino, fue a portar al Cabo de la Vela,
donde adjudicando la tierra a su gobernación, se entremetió en
algunas cosas de que se desabrió mucho el rey con él, porque usando
de más señorío del que le era dado, sacó por fuerza de la caja real
cierta cantidad de marcos de perlas y oro, contra la voluntad de
los oficiales, a los cuales echó presos e hizo otras molestias y
agravios, diciendo que no le habían de estorbar que no tomase lo
que de derecho le pertenecía, que era el dozavo del quinto real;
sobre todo lo cual le escribió el emperador y los del Consejo Real
reprendiéndole ásperamente su atrevimiento y mandándole que
volviese lo que allí había tomado; y se entiende que si no
estuviera de por medio quien estaba, que fuera su atrevimiento,
como era razón, atajado.
Del Cabo de la Vela se vino a Santa Marta, donde hizo
bergantines y sacó por tierra y por mar más de trescientos hombres,
con los cuales caminó por tierra y por el río, por el propio camino
por do habían subido el general Jiménez de Quesada y su gente, y
después de ellos Jerónimo Lebrón; y como a esta sazón en las
riberas de este río no había ningún pueblo de españoles poblados, y
los naturales estaban rebeldes y cada día tenían noticia de hasta
dónde llegaban las fuerzas de la gente que por allí pasaba,
hacíanse más belicosos y guerreros, y juntamente con esto tenían ya
por aviso de en sintiendo que españoles subían el río arriba,
quitar las comidas de junto a las riberas, y llevarlas a esconder
la tierra adentro, y así se hicieron tan nocibles los trabajos a
esta gente que el adelantado llevó consigo, como a los demás que
antes habían pasado. Sola una ventaja llevaban y tenían, que era
saber que iban a tierra descubierta y poblada, y por camino que ya
se había andado otras veces.
La gente que el adelantado llevaba consigo, como toda la más era
recién venida de España, y que él la había traído consigo, que
comúnmente llaman chapetones, probolos la tierra, y comenzaron a
enfermar por el camino, y a morir, y a quedarse muchos vivos
escondidos por los montes, a mención de que tigres o indios los
matasen, o ellos pereciesen de hambre como otros muchos habían
hecho, y porque finalmente, las persecuciones y mortandades y
hambres y trabajos a esta gente del adelantado no fueron menores
que las de los demás que por este propio camino habían pasado, los
cuales, si por extenso se hubiesen de recontar, sería hacer larga
digresión, digo que cuando el adelantado llegó a las sierras de
Opón, llevaba ya menos más de los dos tercios de la gente española
que de Santa Marta había sacado, consumidos con los trabajos
referidos del camino. Llegados que fueron a la sierra y valle de
Opón, como era todo montañas, y el camino iba muy cerrado, de tal
suerte que por haber crecido por él mucho monte no se podía ver ni
se dejaba entender ni conocer, fue puesto el adelantado en gran
confusión, con toda su gente, de tal suerte que estuvieron para
volverse a Santa Marta, porque ni hallaban, como he dicho, camino
para pasar adelante ni comida con que se sustentar.
A esta sazón estaba en el Reino por justicia mayor y capitán
general el capitán Gonzalo Suárez Rendón, el cual tuvo nueva por
lengua de los naturales del valle de la Grita, que se comunicaban y
trataban con la gente y naturales del valle de Opón, cómo en
aquellas sierras había españoles, y deseando que no se perdiesen ni
pereciesen, envió un buen soldado y buen peón, llamado Martín de
las Islas, a que los fuese a guiar y sacar de aquellas montañas; el
cual llegó a tiempo que ya, como dije, estaban para volverse a
Santa Marta, que fuera harto mejor para la quietud y sosiego de
muchos; y con indios que el Martin de las Islas llevaba, Moxcas,
dio luégo aviso al capitán Suárez cómo era el adelantado de
Canaria. Suárez desque lo supo, luégo aderezó cierto refresco de
pan y carne y se lo envió al camino al adelantado, lo cual le fue
tan bien gratificado cuanto adelante se dirá.
El adelantado y su gente salió de las montañas y sierras de Opón
mediante el guía que se le había enviado, y luégo que entró en el
Reino fue obedecido por gobernador de él, porque traía nuevas
provisiones, y así se apoderó de toda la jurisdicción y gobierno de
él.
|Capítulo décimocuarto
En el cual
se escribe lo que el adelantado hizo e intentó durante el tiempo
que en el Reino estuvo para sacar de él muy gran cantidad de oro,
lo cual sacado se volvió a España. Trátase aquí qué cosa es
dejación de indios y del vender los repartimientos.
Después que el adelantado don Alonso tuvo debajo de su
mando la tierra y pueblos del Nuevo Reino, toda su felicidad era
inquirir y saber qué personas de las que entraron en la tierra con
el general Jiménez de Quesada tenían y poseían oro; y entre otras
de quien le dieron nóticia, fue el capitán Gonzalo Suárez Rendón.
De éste procuró con buenas palabras sacar el oro que tenía
escondido debajo de su madre la tierra
|
32
, por
quitarlo de las asechanzas de los hombres, de quien siempre se
temía; y como con buenos cumplimientos y razones no pudiese cobrar
nada ni el capitán Suárez le quisiese dar cosa ninguna, determinó
hacerle hacer por fuerza lo que voluntad no tenía, y así porque no
le quería dar el oro que tenía lo prendió y tuvo preso y comenzó a
molestarle con prisiones y otros agravios que le hacían, los cuales
no bastaron a convencer el aflicto ánimo del capitán Suárez, para
que descubriese al adelantado dónde tenía el oro
|
33
que el uno con obstinación defendía y
el otro con codicia procuraba, por lo cual, presumiendo el
adelantado que un deudo o cuñado de Suárez, que se decía Pedro
Vásquez de Loaisa, era o podía ser sabedor del lugar donde Suárez
tenía escondido el oro, porque como aun a esta sazón había pocos
cofres, llaves ni otros géneros de custodias en el Reino, tenía por
más seguro el esconder cada cual sus riquezas debajo de la tierra
que no tenerlas en los frágiles bohíos en que vivían, y según he
dicho había hecho lo mismo el capitán Suárez en presencia de este
su pariente Pedro Vásquez, le prendió 34, el cual como se
viese oprimido de las molestias del adelantado, y aunque le
amenazaba que le quería dar tormentos porque declarase lo que le
mandaba, hubo con justo temor de descubrir dónde estaba el oro
escondido, y enseñándoselo al adelantado sacó de él más de diez o
doce mil pesos, sin las piedras esmeraldas, que tenían harto valor
y precio, y con todo esto jamás durante el tiempo que el adelantado
estuvo en el Nuevo Reino hubo hombre que pudiese acabar con él que
soltase a Suárez de la prisión en que lo tenía; más aún, después lo
llevó consigo a la costa de Santa Marta y lo metió en el navío en
que él se embarcó para España, con intento, según algunos han
querido decir, de que pereciese en el camino; pero después le vino
a soltar en el Cabo de la Vela, como adelante se dirá. Y aunque no
con tan notorias opresiones como las del capitán Suárez, sacó
también el adelantado oro de poder de otros muchos conquistadores,
que lo tenían guardado para remedio de sus necesidades, de los
cuales, a unos se lo pagó con darles indios, que no los tenían, y a
otros con mejorarlos en los repartimientos, y otros se quedaron sin
ser gratificados en lo uno ni en lo otro, y aun sobre esto
despojados de los indios que les habían sido dados por el
gobernador Jiménez de Quesada, por lo cual hasta hoy plañen la
calamidad de este tiempo.
Usó el adelantado de otro ardid más curioso y disimulado para
haber oro, y fue que trató con los cabildos y personas principales
que porque la tierra y naturales del Nuevo Reino no estaban bien
repartidos ni conforme a derecho, que hiciesen dejación todos de
los indios que tenían, para que él de nuevo los repartiese y
encomendase; y porque no todos entenderán qué es esta dejación, y
se ha ofrecido aquí ocasión, quiérolo declarar a los que lo
ignoran.
Dejación es una escritura que el que tiene indios encomendados
hace y otorga ante un escribano por la cual renuncia la encomienda
que de los tales indios tiene, en el rey, libremente, para que los
dé y encomiende su majestad a sus gobernadores en quien fueren
servidos; y estas dejaciones y renunciaciones son tan firmes y
valederas que si no fuese que al que hizo la dejación de nuevo le
tornen a encomendar los indios que dejó, ni él ni sus hijos tienen
derecho a ellos, y así está en arbitrio del que gobierna dar los
indios renunciados a quien él quisiere y fuere su voluntad. En
tiempo antiguo solían hacer estas renunciaciones de indios en favor
de particulares personas con intención que si el rey o gobernador
no tenía por bien de encomendar los indios en aquella persona en
cuyo favor hacía la dejación, retenía en sí el derecho de
encomienda; y esta condición han quitado las audiencias,
pareciéndoles, y con muy gran razón, que la encomienda es la
administración de personas libres, y no cosa vendible, porque las
dejaciones hechas de esta manera traían consigo evidente y clara
presunción de venta que de los repartimientos se hacían, lo cual
los cristianísimos reyes y los de su Consejo de las Indias han
mandado extirpar y cesar con todo rigor, enviando sobre ello muchas
y muy particulares cédulas y provisiones, así para los jueces que
no lo consientan y lo castiguen, como contra los que contraen y
celebran las tales ventas, que han sido mucha parte para ser
agraviados y maltratados los indios, porque uno que de
aprovechamiento y demoras y por ventura violentamente ha habido de
los indios que tiene encomendados diez o veinte mil pesos, quiere
irse con ellos en España, y para llevar otros cuatro o cinco mil
pesos más procura vender los indios o la encomienda a quien le dé
esta cantidad de moneda, y allá tienen sus colores con los jueces
para que pasen los indios en el comprador; el cual en breve tiempo
procura haber de ellos la moneda que le costaron y otro tanto como
el que se los vendió había habido, y para este efecto forzosamente
han de ser los míseros indios vejados y molestados con nuevos modos
de trabajos y ocupaciones serviles, con que no sólo son consumidos
y muertos, pero algunas veces no les dejan tiempo para hacer sus
sementeras, y si las hacen es fuéra de sazón y de tiempo de labor,
de suerte que se vienen a perder sus sementeras, y sus hijos a
perecer de hambre.
Esto, todo o la mayor parte, está hoy remediado mediante la
curiosidad y rigor que han usado los visitadores y jueces que el
rey ha mandado y manda que visiten la tierra y los repartimientos
de ella, y como dije asímismo lo del vender de los repartimientos,
y en todo cada día se va poniendo remedio de parte del mucho
cuidado que su majestad y los de su Real Consejo de Indias han
tenido y tienen de él, pro utilidad, conservación, conversión y
aumento de los naturales de este Reino y de todas las Indias,
general y particularmente, de lo cual algunas cosas iremos tocando
en el discurso de esta historia, así de las leyes y provisiones
dadas en favor de los indios como de lo que en todo por esta causa
se ha mejorado los naturales del Nuevo Reino, espiritual y
temporalmente.
Volviendo, pues, al adelantado, de más de tratar que se hiciesen
estas dejaciones, trató y concertó que los cabildos eligiesen un
procurador general que le pidiese que de nuevo juntase e hiciese
una masa de toda la tierra y naturales de ella y los repartiese
como convenía, por defecto de no estar bien repartidos.
En lo de las dejaciones, algunos las hicieron por ser los indios
que tenían de poca importancia, y otros que aunque eran muy buenos,
confiados de su amistad que se los volverían, se ofrecían a
dejarlos, algunos de los cuales se hallaron burlados por no
tornárselos a encomendar, y otros no quisieron hacer dejación, a
los cuales molestó gravemente el adelantado con graves prisiones; y
en lo del procurador general hiciéronlo los cabildos por
complacerle, y ordenose como él quiso; con lo cual tuvo mejor color
para despojar generalmente a los encomenderos de los indios que
tenían encomendados, reteniéndolos en sí un año, de los cuales
cobró generalmente una demora, que era el tributo que cada
repartimiento de indios estaba obligado a dar en cada un año a su
encomendero. Pasado este año comenzó a repartir la tierra y dar los
repartimientos a quien quiso y le pareció
|más por precio que por
méritos
|
35
, y puso en su cabeza, según
algunos, más de treinta repartimientos de los mejores de la
tierra.
En este tiempo volvió al Nuevo Reino Hernán Pérez de Quesada,
que, como dije, salió de la jornada del Dorado, perdido, a la
gobernación de Popayán, al cual asímismo comenzó a agraviar el
adelantado, como a los demás vecinos, porque tuvo noticia de que
este Hernán Pérez de Quesada y otro hermano suyo llamado Francisco
de Quesada, con otros vecinos, escribían a España informando al rey
de los agravios e injusticias que hacía el adelantado generalmente
a todos en el Reino; y para dar color a sus aceleraciones y
molestias que contra Hernán Pérez y su hermano hacía, les opuso que
se querían levantar y amotinar e inventar novedades; y porque esta
su oposición tuviese algún color o apariencia de verdad, ahorcó a
un hombre que parecía ser familiar de Hernán Pérez, y con esta
color los echó de la tierra a entrambos hermanos, enviándolos
presos con el capitán Céspedes, que a esta sazón estaba de camino
para ir a poblar la provincia de los Panches y sierras nevadas con
gente que a su costa tenía hecha Céspedes, la cual le quitó el
adelantado diciendo que era necesario que fuese a reedificar a
Santa Marta, que la habían asaltado y quemado franceses, y con este
color hizo al capitán Céspedes su teniente y enviolo a Santa Marta,
entregándole por presos a Hernán Pérez de Quesada y a Francisco de
Quesada, su hermano, para que los enviase con la misma color a
Santo Domingo.
La gente que Céspedes tenía hecha la dio y entregó al capitán
Hernán Venegas Manosalvas, natural de Córdoba, para que fuese con
ella al efecto que Céspedes había de ir, y así Venegas fue y pobló
la ciudad que hoy dicen de Tocaima, en la provincia de los Panches,
en las riberas del río grande; de cuya fundación y conquista se
tratará particularmente adelante.
Céspedes se fue a la costa y trabajó todo lo que pudo en
reedificar a Santa Marta y en hacer los indios comarcanos a ella de
paz; y en gratificación de esto en el Reino, el adelantado le quitó
su casa e indios y los dio al capitán Montalvo de Lugo, de quien
atrás hemos tratado, que era su pariente, y le echó a perder otra
mucha hacienda que Céspedes tenía en el Reino.
El adelantado, pasando adelante con su manera de riguroso
gobierno, quiso sacar cierto oro de la caja del rey, y como
Briceño, que era tesorero, no se lo quisiese dar, lo echó preso y
lo comenzó a molestar, por lo cual le fue necesario quebrantar las
prisiones una noche, y él y otros muchos conquistadores que tenía
presos porque no le querían dar oro y porque no hacían dejación de
los indios que tenían encomendados, se huyeron y fueron a la costa,
para irse a quejar al rey de las fuerzas
|e insolencias
|
36
del adelantado; el cual, temiendo
que no viniese juez que le tomase residencia antes de salir de la
tierra, apresuró su partida, y mandando hacer bergantines en la
ciudad de Tocaima, se embarcó en ellos para la costa, dejando bien
arruinada la tierra y mudada toda, y en ella por su teniente
general al capitán Montalvo de Lugo.
|No trato particularmente de los agravios que el
adelantado hizo a muchos, por parecerme historia muy larga, y así
no me resta por decir sino que fue venturoso en todo el
adelantado
|
37
, porque al punto que llegó a Santa
Marta, llegó el licenciado Miguel Díaz Armendáriz a Cartagena, que
venía de España a tomarle residencia. El adelantado se embarcó y
fue la vuelta del Cabo de la Vela, donde no le habían querido
recibir, antes le habían tirado ciertos tiros de artillería, para
que no saltase en tierra. Salieron de Santa Marta en su
seguimiento, en otro navío, el capitán Céspedes y otros muchos
conquistadores del Reino, para irse a quejar de él al rey, y
alcanzáronle en el Cabo de la Vela, donde ya estaba surto, pero no
obedecido por gobernador, y como llegaron los agraviados del Reino,
hiciéronse con los ciudadanos del Cabo de la Vela, a ruego de todos
los cuales la justicia de allí quitó las velas al navío del
adelantado, y por esta vía vinieron a oprimirle a que soltase al
capitán Suárez, que llevaba preso, y que pagase al tesorero del
Cabo de la Vela cierta cantidad de pesos de oro que le había tomado
la primera vez que allí estuvo, y le hicieron que diese cédulas y
mandamientos para que todos los que estaban allí agraviados del
Reino, se les volviesen sus repartimientos de indios de que habían
sido despojados tan injustamente, y con esto le dejaron irse a
España con su tesoro, que fue en harta cantidad.
Hernán Pérez de Quesada y su hermano, estando embarcados en un
navío de un capitán Barchuleta, en el cual estaban asímismo el
obispo de Santa Marta don fray Martín de Calatayud y el capitán
Gonzalo Suárez y otras muchas personas, cayó un rayo
|de lo alto
de él y le mató del aire donde se congela aquel fuego que llamamos
rayo, y sin hundir ni quebrar el navío, mató al capitán y señor
de él, llamado Barchuleta, y a Hernán Pérez de Quesada, y a
Francisco de Quesada, su hermano, que estaban bien apartados unos
de otros, y el obispo quedó ciático y contrahecho de un lado, y el
capitán Suárez quedó atónito y medio aturdido, y espantado del
furor y temor del rayo.
Durante el tiempo que el adelantado don Alonso Luis de Lugo
estuvo en el Reino, por el año de cuarenta y tres, envió al capitán
Luis Lanchero que descubriese desde Vélez camino y desembarcadero
acomodado para entrar desde el río grande al Reino, porque el que
por Opón se traía era insufrible y que no se podía caminar por él
sin notable daño de los caminantes. Fue Lanchero con gente española
que para ello se le dio, y descubrió el desembarcadero que hoy
llaman de Carare, por do entran los que vienen a aportar a Vélez, y
de allí volvió a Vélez, el cual, con la propia gente que había
descubierto y abierto el desembarcadero y su camino, que eran
cuarenta hombres de a pie, quiso atravesar a Santafé sin llegar a
la ciudad de Tunja ni a sus términos y metiéndose por el valle de
Tuninga, que es en el rincón de Vélez, donde a la sazón estaba
recogido el cacique Saboyá con su gente, que desde que dio la
guazabara al capitán Rivera hasta entonces siempre estuvo rebelado,
dio en el alojamiento de Saboyá y los constriñó a que fuesen amigos
y sirviesen a los españoles, y de allí fue descubriendo y
atravesando toda la provincia de los Muzos, donde hoy está poblado
el pueblo de la Trinidad, que el mismo Lanchero pobló, como
adelante se dirá; y salido que fue a Santafé pidió al adelantado
que quería volver a poblar aquesta provincia de Muzo, que había
descubierto. El adelantado que sí iría, pero nunca lo cumplió. Fue
este el primer descubrimiento de la tierra de los Muzos.