|Capítulo undécimo
En el cual se
escribe la entrada de Montalvo de Lugo en el Nuevo Reino, y cómo
persuadió a Hernán Pérez de Quesada que hiciese la jornada del
Dorado, el cual salió a ella con su
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gente y lo
que le sucedió hasta llegar al río Papamene.
Pocos días después, y aun casi en la misma sazón que el capitán
Maldonado salió del descubrimiento y jornada de sierras nevadas y
de los Palenques, entró en esta provincia del Nuevo Reino un
capitán Montalvo de Lugo, con cierta cantidad de españoles que
habían salido de la ciudad de Coro y gobernación de Venezuela, que
fue el quinto capitán que en el Reino entró con gente. Y para que
por entero se sepa la causa de la entrada de este capitán Montalvo
en el Reino, aunque me aparte de la materia principal, por haber de
tocar muy peregrinos sucesos, la contaré.
Este capitán Montalvo anduvo con el gobernador Jorge Espira en
la jornada que hizo por los llanos de Venezuela en demanda del
Dorado, de quien atrás asimismo apuntó acerca de Federmán, de
donde, como dije, salió Jorge Espira perdido, y en el camino, por
industria del mismo Federmán, se erraron, porque el uno caminaba
hacia Coro, que es como decir al norte, y el otro al sur, y deseó
Jorge Espira dar aviso a su teniente y a su gente para que no se
perdiesen, lo cual, aunque intentó, como en su jornada más
largamente escribo, no pudo haber efecto por defecto de ciertos
ríos, que estorbaron el pasaje de los españoles que a ello iban.
Llegado, pues, Jorge Espira a Coro, los que gobernaban la tierra,
que era el doctor Navarro y el obispo Bastidas, determinaron enviar
a este capitán Montalvo con la gente tras de Federmán, a avisarle
no siguiese los vestigios y pisadas del gobernador Jorge Espira,
porque se perdería, aunque otros dicen que lo enviaban a poblar las
provincias del Tocuyo y Barquisimeto, donde ahora, en la propia
gobernación, están poblados dos pueblos de estos propios nombres.
De cualquiera suerte que haya sido, el capitán Montalvo de Lugo se
metió la tierra adentro y vino a parar a la provincia de
Barquisimeto, donde estaba el desembocadero de la sierra para los
Llanos, y estando en esta población y provincia llegó el capitán
Reinoso con parte de la gente que Cedeño, gobernador de la
Trinidad, había metido de la costa de Maracapana y Cubagua la
tierra adentro en demanda de Meta, donde, por su muerte, fue este
Reinoso electo por capitán general; y después de haber andado por
diversas regiones, volvió atrás, casi perdido y desbaratado, y
aportó, como he dicho, con la mitad de la gente a esta provincia de
Barquisimeto, donde a la sazón estaba Montalvo, y la otra mitad se
había apartado, con Diego de Losada, que era maese de campo, a
invernar a otra parte, por no poderse sustentar juntos por la mucha
gente que traían y poca comida que había.
El capitán Montalvo, por quedarse con la gente de Reinoso, y más
seguramente proseguir su viaje, prendió al Reinoso, y sin causas
que pareciesen justas, lo envió a Coro, para que de allí lo
enviasen a Santo Domingo a dar cuenta de ciertos desacatos y
resistencias que en tiempo que Cedeño vivía se habían hecho a
jueces que la Audiencia de Santo Domingo contra él envió; y
juntando y congregando Montalvo la gente de Reinoso con la suya,
caminó la vía de los Llanos, y luégo se puso en camino siguiendo a
Federmán por la halda de la sierra, donde pasó su gente por el yugo
y trabajo que los demás sus antecesores en esta derrota habían
pasado, con hambres, enfermedades, muertes, así de tigres como de
caimanes, y otros infortunios que consumían los hombres; y antes de
llegar al pueblo de Nuestra Señora, por do Federmán había
atravesado la cordillera, tuvo noticia por indios de la sierra cómo
había españoles en este Reino, y hallando por allí parte cómoda
para subir y atravesar la cumbre de la cordillera, lo hizo así,
presumiendo que la noticia que los indios le daban de españoles
fuese el capitán Federmán, en cuya demanda había salido de Coro.
Vino a salir a la ciudad de Tunja, donde fue muy bien recibido de
todos los del pueblo y de Hernán Pérez de Quesada, que tenía el
gobierno supremo de la tierra, y tratándose y comunicándose los
dos, el capitán Montalvo de Lugo y Hernán Pérez de Quesada vinieron
a tener tanta amistad el uno con el otro, que fue promovido Hernán
Pérez por parte del capitán Montalvo a ir con gente en
descubrimiento del Dorado o de cierta noticia adelante de los
Choques y Papamene, a quien atribuyeron este nombre de Dorado.
Porque como el capitán Montalvo había andado en toda la jornada con
el gobernador Jorge Espira y había visto las noticias que los
indios del Papamene y Choques les habían dado, de que adelante de
aquella mala tierra había infinitas gentes que poseían gran
cantidad de oro y plata, y en el Reino había en este tiempo gran
número de gente, y todos en él no se podían sustentar sin notable
daño de los naturales, fue fácilmente Hernán Pérez determinado de
juntar gente e ir en demanda de las tierras que el capitán Montalvo
le decía, en las cuales, como he dicho, le prometía gran felicidad,
así de riquezas como de naturales.
Muchos buenos soldados, así de los que en el Reino habían
entrado con el general Jiménez de Quesada como de los que entraron
con los generales Benalcázar y Federmán, que por sus justos
trabajos y méritos tenían indios encomendados y con ellos algún
sosiego y descanso, movidos con loca y sobrada codicia, los dejaban
y desamparaban por irse con Hernán Pérez y participar de la nueva
tierra que iban a descubrir; y después se hallaron tan burlados
cuanto adelante se dirá, pues así de estos soldados como de los que
después subieron el río arriba con Jerónimo Lebrón, como de los que
el capitán Montalvo trajo consigo, hizo y juntó Hernán Pérez de
Quesada doscientos ochenta hombres bien aderezados y ciento
cincuenta caballos, y otros muchos pertrechos de guerra, y según
afirman algunos de aquel tiempo, más de ocho o diez mil indios e
indias Moxcas para el servicio de estos españoles y llevar cargas y
otros muchos efectos bestiales, de que los indios e indias servían
en aquel tiempo.
Y dejando Hernán Pérez de Quesada por su teniente en el Reino al
capitán Gonzalo Suárez Rendón, se partió de la ciudad de Santafé
por principio del mes de septiembre, año de mil quinientos
cuarenta; y llevando consigo a los capitanes Montalvo, y Martínez,
y Maldonado, caminó la vuelta de los Llanos, a tomar el pueblo que
decían de Nuestra Señora, por el camino que el general Nicolás
Federmán había traído al tiempo que entró en el Reino, y al
atravesar la cumbre de los páramos de Pasca le dio un récio
temporal de frío y hielo, de tal suerte que mucha parte de los
indios e indias que llevaban se murieron helados sin poder ser
guarecidos de los españoles, y sin sucederle cosa que fuese
notable, próspera ni adversa, llegó al pueblo de Nuestra Señora,
que como atrás he dicho, está a las haldas de la cordillera, junto
a los propios llanos de Venezuela, donde por ir la gente algo
fatigada del trabajo de la sierra y cordillera que habían
atravesado, le fue necesario holgar y descansar veinte días,
después de los cuales marchó con su campo por tierra rasa y llana,
hasta llegar al río que llaman de Guaviare, el cual pasado, caminó
hasta llegar al río de Papamene, que está a la entrada de las
montañas, por donde Hernán Pérez rehusaba entrar temiendo su
perdición y la de su gente; y así se alojó junto a las montañas,
para ver el acuerdo que tomaría; porque muchos de los capitanes y
soldados viejos que con él iban reprobaban el entrar en las
montañas como cosa pésima y mala para la salud y conservación de la
gente española, de la cual, hasta entonces, no le había faltado
ninguna. Pero contra la opinión de todos los más, prevaleció el
parecer de Montalvo de Lugo, que ya era teniente general de Hernán
Pérez de Quesada, que le decía y persuadía que se metiese por la
tierra de los Choques adelante, y llegando a cierta punta o
promontorio, que llamaban la punta de Finisterra, dende a pocas
jornadas darían en la noticia del Dorado, en cuya demanda habían
salido,
|aunque en reiterar sobre este negocio se estuvieron
algunos días
|
23.
Metime tan sin pensar en esta jornada de Hernán Pérez, que me
parece que estoy obligado a pedir perdón al lector por haber salido
tan de golpe de la provincia e historia del Nuevo Reino, de quien
iba tratando; pero como esta jornada se había de escribir en otra
parte, para no interrumpir la historia, ya que la he comenzado a
escribir aquí, tenga paciencia el lector, y si alguna pesadumbre le
diere por parecer que se quiebra con esto el hilo y materia de la
conquista y sucesos del Reino, pase adelante, donde se volviere a
tratar de él,
|en el capítulo XIII
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24
.
|Capítulo duodécimo
De cómo Hernán
Pérez de Quesada se metió con la gente que llevaba, por las
montañas del Papamene, donde, perdiendo mucha de ella, fue a salir
desbaratado a la villa de Pasto, gobernación de Popayán.
Volviendo a la jornada de Hernán Pérez de Quesada, como antes
dije, pudo más la opinión del capitán Montalvo que los pareceres
contrarios de otros muchos, y así Hernán Pérez, tomando por sus
propias manos y claramente la perdición y ruina de su gente, se
metió con toda ella por las montañas del Papamene y Choques
adelante, cuya tierra y región, así por estar cubierta de grandes
montes por cuya espesura en pocas partes de ella llega el sol a
bañar ni calentar la tierra, como por las grandes humedades que por
esta causa y cotidianas aguas que del cielo caen, hay en toda
aquella región, es en sí de tan corruptos aires, que luégo
comenzaron a enfermar los españoles e ir muriendo y quedándose por
el camino; a cuya mala región ayudaba en sus operaciones, tan
perjudiciales a la salud humana, la falta de las comidas y
mantenimientos, que verdaderamente parece que por fatal
constelación de alguno de los planetas o estrellas que sobre esta
región asisten, la hacen abundosa de muchas cosas perjudiciales a
la conservación de la naturaleza humana, y falta de las provechosas
y necesarias.
Partido, pues, que fue Hernán Pérez de Quesada de su
alojamiento, y entrado, como he dicho, por las montañas, comenzó a
pasar muy crecidos ríos y trabajosos caminos, dejando en ellos
muchos españoles e indios, que se morían de enfermedades y hambres
y otras calamidades y trabajos que les sobrevenían, con los cuales
llegó al cabo de Finisterra, y de allí volvió sobre la mano
derecha, caminando siempre por montañas, hasta llegar a un pueblo
que llaman de la Guazabara, por haber los naturales de él salido de
mano armada al capitán Maldonado que iba en la vanguardia con
cierta gente española, con los cuales tuvieron una reñida guazabara
en que los indios fueron desbaratados.
Alojóse Hernán Pérez de Quesada en este pueblo de la Guazabara,
por haber en él alguna comida, para que descansase y reformase su
gente; y estaba puesto en tal parte este pueblo, que para salir de
él e ir adelante fue necesario enviar a hacer puentes, para pasar
unas ciénagas que por delante tenían, en las cuales, con el puro
trabajo de los españoles, se hicieron veinticuatro puentes, bien
largas, de madera; y por ahorrar del trabajo que en hacer las
puentes se había de pasar, y los que adelante la fortuna les
prometía y ofrecía, quisiera Hernán Pérez volverse atrás desde este
pueblo, pero todos le aconsejaban lo contrario, a causa de que toda
la tierra que atrás dejaban era de raras poblaciones, y esas
quedaban tan destruídas y arruinadas, que se creía no hallarían en
ellas ningún género de comida con qué poder salir a lo raso, y
perecerían todos de hambre en el camino; y así le fue forzoso pasar
adelante con su descubrimiento por aquellas montañas, por las
cuales se hallaban tan pocas poblaciones de indios, y esas tan
pequeñas, que cuando topaban un pueblezuelo o lugarejo de hasta
cuatro casas o bohíos, les parecía que hallaban algún suntuoso
pueblo; pero de ríos caudalosos topaban en gran abundancia, que los
ponían en harto trabajo; y así cada día iba Hernán Pérez perdiendo
de su gente, así españoles como indios y caballos.
Llegaron a un río que llamaron del Bagre, en el cual descansaron
algunos días, por hallar en él alguna comida; y pasando de allí
adelante dieron en otro río, que llamaron de Olmeda a causa de que
pasándolo un hombre principal, llamado Jorge de Olmeda, en su
caballo, llevaba una india a las ancas, cayó el caballo y el río
era furioso y húbose de ahogar en él este Olmeda. Estando toda la
gente española pasando este río, ya que de la otra banda había
pasado la mitad, creció el río con las muchas aguas que llovían, de
tal suerte que nunca pudo en tres días pasar gente de la una parte
a la otra, ni había lugar de hacerse puentes por la mucha anchura
de él, y así los que habían quedado por pasar el río padecieron tal
hambre y necesidad en estos tres días, que les fue forzoso matar un
caballo de los que tenían, para comer, y viéndose en esta
aflicción, encomendándose a Dios Todopoderoso, hicieron cierta
promesa a Nuestra Señora por la evacuación del río para
conservación de sus vidas, la cual hecha abajó el agua de suerte
que se pudo vadear el río y lo pasaron con hambre y trabajo.
Pasado el río, holgaron allí dos días con cierta comidilla de
yuca y algunas legumbres de la tierra que hallaron; y prosiguiendo
su viaje, siempre por montañas y ríos, que la fortuna les ponía por
delante, llegaron al pueblo que llamaron de la Fragua, que serían
veinte o veinticinco casas extendidas en seis leguas de tierra, de
dos en dos y de una en una, por las cuales se esparcieron los
españoles para poderse sustentar y descansar algunos días del
trabajo del mal camino y ríos y hambres que siempre pasaban,
dejando por todas partes gente atrás perdida.
Envió desde este alojamiento Hernán Pérez de Quesada al capitán
Maldonado que fuese adelante a descubrir, con ciertos soldados de
los más sanos y robustos para sufrir el trabajo; el cual, después
de haber pasado más de veinte leguas de despobladas montañas, dio
en algunas casas y bohíos de indios, pero Hernán Pérez no quiso
seguir aquel camino que Maldonado había descubierto, por parecerle
que sería total destrucción y ruina de toda su gente, y así envió
por otras partes otros capitanes y caudillos a que descubriesen y
viesen si había salida conveniente, de suerte que no pereciesen
todos. El capitán Martínez, con los que con él iban, dio en un río
en cuyas riberas estaba un lugarejo de hasta ocho casas o bohíos
bien proveídos de comida, al cual por ir los españoles tan hechos a
no hallar pueblos de más de dos casas, y como dije, el mayor de
cuatro, pusieron a éste Valladolid, nombre por cierto bien
desemejable al pueblo y lugarejo, que estaba puesto de la otra
banda del río, que era algo caudaloso, y por donde había de pasar
para ir al pueblo, lo dividía una isla de montaña que en medio de
él había, en dos brazos, que el uno, más cercano al pueblo era
hondable y no se podía vadear, y el otro se vadeaba por cierta
parte señalada.
Martínez volvió a dar aviso a Hernán Pérez de Quesada, que había
quedado en el pueblo de la Fragua, el cual luégo se partió con su
gente, y como el capitán Montalvo llegase delante con cierta gente
de a pie y de a caballo que consigo llevaba, a la ribera del río
donde estaba el lugarejo llamado Valladolid, para haber de pasar
luégo a la otra banda, fueles defendido y estorbado el pasaje por
los indios del pueblo, que saltando en sus canoas y pasando el
primer brazo a la isla que está en medio del río, las dejaban allí,
y casi nadando pasaban el otro brazo, con sus arcos y flechas en
las manos y muchos dardos y hondas con que arrojaban piedras; y
peleando desde la lengua del agua con los españoles, les
defendieron por todo aquel día el pasaje. Pero al día siguiente
fueron los nuestros satisfechos y vengados de la resistencia que
los indios les habían hecho y guazabara que les habían dado, porque
como venida la noche ellos fuesen a sus casas, el capitán Montalvo
hizo buscar vado en el primer brazo del río, y hallándolo, pasaron
ciertos españoles a la isla que en el medio estaba, que, como he
dicho, era montuosa, donde se emboscaron y pusieron en celada; y
como otro día de mañana los indios se tornasen a juntar y embarcar
en las canoas para hacer lo que el día antes habían hecho, llegaron
a la isla, y dejando allí sus canoas pasaron a dar guazabara a
Montalvo, que con otros pocos españoles se les había puesto
delante; y como los indios llegasen a pelear, fue hecho señal,
según estaba concertado, para que los españoles de la emboscada
saliesen a dar por las espaldas en los indios, los cuales lo
hicieron así, que saliendo de repente causaron tal espanto en los
indios que de turbados no osaron menear las armas; y acudiendo los
demás españoles los tomaron en medio del río, donde podían bien
entrar los caballos, y allí hicieron tal estrago en ellos que muy
pocos escaparon con la vida, y así iba el río lleno de cuerpos
muertos y teñido en sangre.
Tomaron luégo los españoles las canoas, y con ellas pasaron
todos y su fardaje el río, y se alojaron en el lugarejo de
Valladolid, donde tuvieron qué comer algunos días.
El capitán Martínez fue el más mal librado en esta entrada de
Valladolid, porque en la guazabara que con los indios dentro del
río tuvieron, le dieron una lanzada de que le quebraron un ojo.
Acabada de comer la comida que en Valladolid se halló, marcharon
el río arriba con menos concierto de lo que a gente de guerra era
permitido, a causa de los muchos enfermos que de ordinario se
llevaban en el campo, tan debilitados que no podían llevar una
espada en la mano, y unos acabados de morir y otros luégo caídos; y
así era grande el trabajo que con ellos se llevaba, por haber de ir
siempre en la retaguardia gente con caballos recogiéndolos, porque
no se quedasen por el camino,
|y montañas; y en esto tenía muy
especial cuidado Hernán Pérez de Quesada, de más de que usaba de
mucha caridad con todos los necesitados y enfermos, visitándolos y
proveyéndolos y partiendo con ellos de lo que tenía para su
sustento y mantenimiento, que era cosa que en semejantes tiempos
pocos suelen hacer. Fue en toda esta jornada este capitán muy
moderado (?)
|y bien criado (?)
|con los pobres y
pequeños (?)
|soldados, tratando a todos generalmente con
mucha modestia y benevolencia, sin que con palabra ni obra hiciese
agravio a ninguno aunque sus obras lo mereciesen
|
25
.
El día que los españoles salieron del poblezuelo de indios
llamado Valladolid
|
26
, un escribano llamado
Francisco García, que debía ser algo glotón, no pudiendo sufrir la
pena que la falta de la comida le daba, por ser su destemplanza
grande, determinó de ahorcarse, y poniéndolo en efecto él mismo,
sin que otro le ayudase, se colgó de un palo del bohío donde estaba
alojado.
|Caminó Hernán Pérez algunos días sin saber la derrota que
llevaba, y pasando por unos bohíos llamados Mocoa,, donde hallaron
alguna comida, fueron a parar a una
|loma alta en la cual
había una poca población y comida, que era la que más deseaban
hallar, y
|alojándose en ella la gente, envió Hernán Pérez al
capitán Maldonado con cuarenta hombres que fuese a descubrir y ver
si hallaba algún camino por donde pudiesen salir de aquellas
montañas y guarnecer las vidas con aportar a tierra donde hubiese
cristianos, porque ya no pretendía otra cosa ni tenía puestos los
ojos en riquezas ni en Dorado, sino en sólo poder salir de aquellas
trabajosas y fragosas sierras montuosas y
|agurrosas
(sic)
|
27
.
Maldonado caminó tres días sin saber por dónde iba, al cabo de
los cuales, atravesando la cordillera y cumbre de la sierra, dio en
un valle de cabañas y mucha población, llamado Sibundoy. Era este
valle de los términos de la villa de Pasto, de la gobernación de
Popayán, y a la sazón lo andaban pacificando ciertos capitanes por
mandado de Benalcázar, que ya era adelantado de aquella
gobernación. El capitán Maldonado, no conociendo la tierra, volvió
con mucho contento a dar aviso a Hernán Pérez, el cual luégo se
movió con toda su gente a entrar en el valle de Sibundoy, con
pérdida de muchos soldados, que los indios le habían muerto en la
loma donde había estado alojado, los cuales eran indios caníbales y
tan atrevidos y desvergonzados, que el día que los españoles
levantaron sus toldos de aquel alojamiento les tomaron los indios
seis soldados a manos, delante de toda la más gente, sin que se
pudiese remediar por ser la tierra tan doblada y montuosa, y allí
incontinenti los hicieron pedazos y se los llevaron cargados para
comer. En veinte leguas que de la loma dicha hasta el valle de
Sibundoy había, por la maleza del camino perecieron muchos
españoles y caballos.
Iba Hernán Pérez de Quesada tras toda su gente, recogiéndola y
animándola, porque no se le quedase perdida y muerta más de la que
se le había quedado, y llevaba la vanguardia el capitán Montalvo
con ciertos soldados, el cual entró en el valle ya tarde, y llegó a
unos bohíos donde había harto maíz y otras raíces y legumbres que
comer, en los cuales se alojó, y era tanta el hambre que llevaban
que españoles, indios y caballos en toda la noche no entendieron
sino de comer, que no se veían hartos, según la canina hambre que
consigo traían. Otro día de mañana le salieron muchos indios de paz
al capitán Montalvo, y preguntándoles por señas dónde estuviesen
españoles, dijeron que media legua de allí andaban los que, como
dije, por mandado de Benalcázar, pacificaban aquel valle, que eran
el capitán Pedro de Molina, con cierta gente española, el cual,
como por lengua de los indios, tuviese noticia de la llegada de
Montalvo a Sibundoy, envió dos soldados conocidos, llamados Alonso
del Valle y Mansilla, que habían entrado en el Nuevo Reino con
Benalcázar, a que supiesen qué gente era la que en el valle había
entrado, los cuales lo hicieron como les fue mandado y llevaron
noticia a su capitán Pedro de Molina del suceso de Hernán Pérez y
de su gente.
El capitán Molina otro día envió a recibir con contento a Hernán
Pérez y a los que con él iban, con el capitán Cepeda y otros cuatro
vecinos de Pasto, con refresco para comer donde se juntaron todos
los unos y los otros, y se holgaron Hernán Pérez y sus compañeros
de que Dios los hubiese sacado tan inopinadamente de una fragosidad
y maleza de tierras y montañas en que andaban engolfados y
perdidos, a tierra donde había cristianos que los socorriesen y
favoreciesen. A Hernán Pérez le habían quedado ciertas cadenas de
oro y otras joyas, las cuales allí ferió por ganados y los repartió
entre los suyos para que se reformasen, y les dio licencia que se
fuesen donde quisiese cada uno, y él con algunos que lo quisieron
seguir, se fue la vuelta de Cali, a ver con el adelantado
Benalcázar, que en esta sazón residía en este pueblo; y los
soldados cada cual se fue por su parte, y algunos se volvieron al
Reino donde habían salido.
Perdió Hernán Pérez de la gente que sacó del Nuevo Reino, desde
que se metió por las montañas del Papamene y Choques hasta que
llegó al valle de Sibundoy, pasados de cien españoles y más de ocho
mil personas de indios e indias, y la mayor parte de los caballos,
que todos fueron muertos de hambres y ahogados en ríos, y de
enfermedades que por la mala constelación de la tierra les
daban.