|Capítulo octavo
En el cual se
escribe cómo habiendo sido proveido Jerónimo Lebrón por gobernador
de Santa Marta, tuvo noticia que el general
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Jiménez de
Quesada bajó del Reino a Cartagena y de allí se fue a España; y
cómo pretendiendo Jerónimo Lebrón que el Nuevo Reino fuese de su
gobernación, juntó gente e hizo bergantines, y subió al Reino, y lo
que le sucedió en su jornada.
Pocos días después que por la manera dicha fue la tierra
pacificada, entró en el Reino Jerónimo Lebrón, por gobernador
proveído por la Audiencia de Santo Domingo; pero no fue recibido de
los cabildos de Tunja y Santafé, aunque del de Vélez sí; y para que
sobre el suceso de este gobernador yo no quede corto y se haya
entera claridad de lo que he apuntado, es necesario tomar su
historia de un poco atrás, aunque sea fuéra del propósito de la
Historia del Nuevo Reino de quien vamos tratando.
Luégo que la Audiencia Real de Santo Domingo supo la muerte del
adelantado don Pero Fernández de Lugo, y que su hijo don Alonso
Luis de Lugo estaba en España, proveyeron por gobernador de Santa
Marta y de toda la gobernación que competía al adelantado, a un
vecino, ciudadano honrado y principal de la propia ciudad de Santo
Domingo, que es este Jerónimo Lebrón, el cual, venido que fue a
Santa Marta, lo recibieron por tal gobernador, y dicen que después
dende a poco tiempo hubo confirmación de la gobernación por el
emperador, o por el Real Consejo de las Indias. Estando, pues,
Jerónimo Lebrón en Santa Marta gobernando, le dieron nueva cómo el
general Jiménez de Quesada, que de aquella gobernación había salido
por teniente de don Pero Fernández de Lugo, cuyo sucesor él era,
había bajado a Cartagena del Nuevo Reino, tierra que había
descubierto, de muchos naturales y riquezas, y que desde allí se
había ido a España a dar cuenta al rey de lo hecho y
descubierto.
Jerónimo Lebrón, pareciéndole que por respecto de ser el
gobernador de Santa Marta, y por haber salido el general Jiménez de
ella como teniente y a costa del adelantado viejo, le competía el
gobierno y jurisdicción del Nuevo Reino, determinó de subir a él a
participar de las riquezas que se habían publicado que en él había;
y así, con toda presteza, hizo seis bergantines para la navegación
del río, y juntó cuatrocientos hombres y partiéndose él por tierra
con los doscientos, envió los otros doscientos que entrando por la
boca del río grande de la Magdalena, navegasen por él arriba hasta
donde concertaron de juntarse. En este viaje no dejó de pasarse muy
gran necesidad de comida, porque como los naturales del río grande
ya tenían experiencia de cómo los españoles que otras veces por
allí habían pasado, se sustentaban de lo que ellos cogían y
sembraban, tenían todos alzadas y puestas en cobro las comidas, que
fue causa de muchas muertes y enfermedades; de suerte que el mal de
muchos era irremediable. En este viaje, asimismo, murió mucha gente
de que picándoles algún murciélago o mosquitos, que los hay muy
perjudiciales en este río, se les hacían llagas, las cuales, por la
constelación del propio río y tierra de él, eran canceradas, y sin
poderse remediar este mal se comían los hombres de cáncer, y así
eran miserablemente muertos.
Entre otras muchas cosas dignas de notar que en el viaje de
Jerónimo Lebrón sucedieron en este río grande arriba, diré aquí dos
o tres, todas tocantes a la ferocidad de los lagartos que en él se
crían, llamados caimanes
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.
Entre otros muchos indios e indias que se llevaban cargados y en
prisión para el servicio de los españoles, iba una cadena con doce
personas
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, indios e indias, cargados con sus
colleras al pescuezo, por donde iba la cadena metida para seguridad
de que los indios no se huyesen. Estos doce indios eran gente
criada en la ribera del propio río y por eso muy grandes nadadores,
así las mujeres como los varones, los cuales, queriendo salir de
aquella sujeción y cautiverio que llevaban, yendo caminando por
junto al río grande, dejaron las cargas que sobre sí tenían y con
su cadena y colleras al pescuezo, se arrojaron al río y comenzaron
a nadar, lo cual hacían con mucha destreza y liberalidad; y ya que
iban cerca de la tierra de la otra banda del río, uno de estos
lagartos o caimanes asió de uno de los indios que en la cadena
iban, y metiéndolo con demasiada furia debajo del agua para comer,
sumergió asímismo a las otras once personas, y todas por la fuerza
de este pescado fueron ahogadas y comidas de caimanes.
Estaba un soldado puesto cerca de la barranca del río, apartado
del agua obra de una vara de medir, al cual daba la claridad del
sol a las espaldas que causaba sombra en el agua; y como acaso
pasase por allí uno de estos caimanes o lagartos y viese la sombra
del soldado que en el agua daba, creyendo ser persona arremetió a
hacer presa en ella con la boca, y como hallándose burlado viese el
soldado que a la barranca estaba turbado de ver el caimán, revolvió
con la cola y diole un golpe tan recio que lo derribó e hizo caer
en el agua y río, donde cogiéndolo entre los dientes se lo llevó
casi sobre el agua a la otra banda del río, y en la orilla de él se
lo comió a vista de muchos soldados, sin poder remediarlo.
Un día sucedió que una acémila o macho que un soldado llevaba
con su fardaje y ropa, después de haberse alojado, fue a darle a
beber al río, y como el macho metiese el hocico en el agua para
beber, fue por él asido de un caimán. El macho hizo fuerza con las
manos, de suerte que el caimán no lo pudo meter en el agua, y a los
gemidos que daba acudió su dueño, y con él otros muchos soldados, y
unos se asieron del macho para detenerlo y otros con lanzas daban
al caimán para que lo soltase, lo cual no aprovechó hasta que
arrancó todo lo en que tenía hecho presa, que fueron todos los
hocicos, y así quedó la acémila todos los dientes descubiertos, que
parecía andarse continuo riendo, y causaba gran risa a todos los
soldados, porque verdaderamente parecía cosa monstruosa y de gran
fealdad.
Jerónimo Lebrón llegó al pueblo de La Tora con harta gente menos
de la que sacó de Santa Marta, y los que a este pueblo llegaron con
él, iban ya tan trabajados y maltratados de las calamidades que en
el camino habían pasado, que se les hacía dificultoso el pasar
adelante con su empresa, especialmente viendo y entendiendo la gran
serranía y montuosa que les quedaba por pasar, que eran las sierras
de Opón, por lo cual muchos soldados, hablándose unos a otros,
determinaron embarcarse de noche en los bergantines y volverse en
ellos el río abajo a Santa Marta, y dejar al gobernador con los que
con él quisiesen quedar que prosiguiesen su jornada, la cual a
muchos parecía ser imposible llegar con ella al cabo. Tuvo Jerónimo
Lebrón noticia de este trato, y sin hacer sobre ello ningún
castigo, porque le parecía harta pena los trabajos que los soldados
habían pasado y les quedaban por pasar, hizo sacar todos los
bergantines a tierra, y para frustrar de todo punto los designios
de los que pretendían volverse a Santa Marta, les pegó fuego y los
quemó todos, y junté toda la clavazón y herraje de ellos y
juntamente con los tiros de artillería que había llevado, los metió
y escondió en una cueva o caverna y cubriéndolo con tierra lo dejó
allí. Este hecho causó gran murmullo entre la gente española que
Lebrón tenía consigo, porque unos lo aprobaban por bueno y otros lo
reprobaban por no tal, y así cada cual juzgaba el hecho como tenía
el pecho; lo que claramente entendió el gobernador, y para
satisfacerlos a todos, los juntó y les hizo una elegante oración,
declarándoles las causas del haber quemado los bergantines y cuán
en su favor era, pues algunos inconstantes soldados y de flacos
ánimos pretendían volverse desde la puerta y entrada de la tierra
donde habían de tener algún descanso, por irse a vivir en mísero y
vil ocio, y que pues lo más del camino era pasado y los trabajos
habían sufrido con valerosos ánimos, que a trueco de pasar lo poco
que les quedaba por delante, habrían un descanso próspero, pues si
como él pensaba entraba en su poder el gobierno del Nuevo Reino,
donde tanta prosperidad le habían pintado, ellos serían mejorados o
a lo menos gratificados de lo que en la tierra hubiese.
Y diciendo y haciendo, sin detenerse más allí, luégo pasó
adelante, marchando por las riberas de el brazuelo arriba, dando y
repartiendo entre los más enfermos y debilitados sus propias
cabalgaduras, los cuales iban tales que en tres leguas de tierra
que había desde el pueblo de La Tora hasta una cabanilla que se
hacía en un arcabuco, se tardaron diez días, y allí se detuvo el
gobernador Lebrón ocho días por ver si podía reformar su gente con
unos palmitos amargos y hojas y flores de bihaos; pero viendo que
el detenerse era de ningún efecto, habló a los que más dejativos
iban, diciéndoles que no había remedio, sino morir o pasar
adelante; pero ninguna cosa remediaban estas palabras las
enfermedades de muchos, los cuales, por no poder tolerar el trabajo
del caminar sin comer, se querían y tenían por mejor quedarse por
aquellos arcabucos y morir con brevedad que seguir aquellos
trabajos del camino, y así, delante de el propio gobernador y de
sus capitanes, se metían por la montaña y se escondían y quedaban
vivos.
El gobernador envió delante al capitán Manxares, que fuese con
cierta gente descubriendo y siguiendo el camino que el general
Jiménez de Quesada y su gente habían llevado; el cual llegó hasta
el primer bohío que descubrió San Martín en las riberas del
brazuelo, donde Manxares halló ciertos panes de sal de los del
Reino, y de allí envió a avisar a su gobernador que quedaba atrás,
y él marchó adelante siguiendo las pisadas y vestigios de la gente
del general Jiménez de Quesada.
Jerónimo Lebrón, sabido esto y que el camino iba muy cerrado,
envió delante a un capitán Millán con noventa hombres macheteros y
azadoneros que iban abriendo el camino, y luégo él siguió tras
ellos, y así caminaron sin parar hasta llegar al valle de Opón,
dejando cada día gente y soldados vivos por el camino que no podían
dar paso adelante o no se atrevían. Del valle de Opón pasaron al
del Alférez, y del del Alférez al de la Grita, que es tierra del
Reino, donde descansaron algunos días, y hecha reseña de la gente
que había, hallé el gobernador Jerónimo Lebrón que de cuatrocientos
hombres que de Santa Marta había sacado, solamente le quedaban
ciento cincuenta, que todos los demás fueron muertos en el camino,
de hambre y enfermedades y arrebatados de caimanes y despedazados
de tigres y de otras fieras alimañas. Asimismo había perdido en el
dicho camino doscientas cabalgaduras, de las que él y su gente
sacaron de Santa Marta.
Fue Jerónimo Lebrón y su gente el segundo que por este camino
del río grande y sierras de Opón navegó el camino para el Nuevo
Reino de Granada, y por eso se halla que padecieron tantos trabajos
y perdieron tanta gente.
|Capítulo noveno
En que se escribe
cómo Jerónimo Lebrón, después de haber descansado y en recibido en
la ciudad de Vélez por gobernador, en las de Tunja y Santafé no lo
quisieron recibir por inducimiento de Hernán Pérez de Quesada.
Después de haber descansado Jerónimo Lebrón con la gente que le
había quedado en el valle de la Grita, caminó adelante, siguiendo
el rastro y camino que en el primer descubrimiento habían llevado
el general Jiménez de Quesada y su gente, y en pocos días llegó a
la ciudad de Vélez, donde, así por la poca gente española que en
aquel pueblo había, como por ser toda gente pacífica y que no
deseaba novedades o escándalos, fue recibido por el cabildo con
muestras de placer por gobernador, donde se detuvo Jerónimo Lebrón
más de lo que convenía, que fue causa de no ser recibido en Tunja
ni en Santafé, como luégo se dirá.
Los vecinos de Vélez, usando y aprovechándose de la potestad y
jurisdicción del nuevo gobernador, luégo procuraron que les diese
cédulas de encomiendas de los indios que tenían, porque las que el
general Jiménez de Quesada, y Hernán Pérez de Quesada, su hermano,
les habían dado, eran solamente depósitos, y en esto y en la
reformación de algunos soldados que aún venían enfermos, se detuvo,
como he dicho, Jerónimo Lebrón algunos dlas en Vélez, en el cual
tiempo llegó la nueva de su llegada y venida a la ciudad de Tunja y
a la de Santafé, donde a la sazón estaba Hernán Pérez de Quesada,
que como se ha dicho, era justicia mayor y capitán general del
Reino, electo y nombrado por los cabildos, el cual, como desease
ser conservado en su trono y no tener sobre sí superior, trató con
muchos amigos suyos y personas principales el notable daño que a
todos los españoles que habían conquistado y ganado la tierra les
vendría de ser gobernados por un nuevo gobernador que a ella venía
tan acompañado de amigos y personas a quien forzosamente había de
aprovechar y favorecer con perjuicio y daño suyo y de sus
haciendas, y que para evitar y estorbar esto, debían repudiarlo con
el mejor color que ser pudiese, de suerte que no se le siguiese
infamia notable para con el rey. A todos los más les pareció bien
lo que Hernán Pérez de Quesada decía, y aunque veían que el
principal fin era su provecho particular, entendían que de ello se
seguía el general a todos, y así determinaron de no recibirle ni
aceptarle por su gobernador, y con esta determinación se partió
Hernán Pérez de Quesada con toda la más gente de a pie y de a
caballo que pudo para la ciudad de Tunja, donde proponiendo la
propia plática que a los de Santafé, los halló del propio parecer,
ofreciéndose todos a sustentarle y conservarle en su gobierno, y
seguirle en lo que determinase y quisiese hacer; y hallando Hernán
Pérez toda la gente de estos dos pueblos, que era la más principal
del Reino y mayor cantidad, tan de su bando, y con propósito de
seguir su opinión, envió dos capitanes, que fueron Juan de Arévalo
y Juan Cabrera, a Vélez a hablar a Jerónimo Lebrón de su parte, a
que supiesen dél por cuyo mandado venía, y los poderes que traía, y
lo que pretendía hacer, y juntamente con esto le dijesen cuán fuéra
de recibirle estaban los vecinos de Tunja y Santafé y otros muchos
soldados que en estos dos pueblos residían, y le persuadiesen que
no diese ocasión a tumultos y alborotos, pues de ello sería
deservido el rey, y otras muchas cosas, las cuales con más
arrogancia y libertad de la que era decente, le dijeron y
representaron a Jerónimo Lebrón los dos capitanes Juan Cabrera y
Juan de Arévalo, por lo cual, así el gobernador como otros muchos
amigos suyos, se desabrieron con ellos y les cobraron un tan
intrínseco odio, que vinieron algunos principales a decir a
Jerónimo Lebrón que si quería allanar todas las presunciones y
pretensiones de Hernán Pérez y de sus amigos, cortase las cabezas a
los dos mensajeros, que habían dado muestras de muy belicosos y
facinerosos y parecían ser de los más principales amigos de Hernán
Pérez. Jerónimo Lebrón no lo quiso hacer por particulares
respectos que a ello le movieron; pero después se arrepintió de no
haberlo hecho, porque halló por inspirencia que estos dos capitanes
sustentaron con obstinación que no fuese recibido por gobernador
más que otros ningunos.
En este tiempo llegó a Tunja un Francisco Arias, que había
subido con Jerónimo Lebrón, y por ir desabrido con él dijo que bien
podían no recibirle, porque los poderes que de gobernador traía
Jerónimo Lebrón, demás de no ser bastantes para entrar por
gobernador en el Nuevo Reino, eran dados por la Audiencia Real de
Santo Domingo, que no obligaban a tanto como si fueran del Consejo
Real de Indias, que fue dar gran avilantez a todos los plebeyos a
que sustentasen su opinión.
Juan Cabrera y Juan de Arévalo se volvieron a Tunja con
respuesta de que el gobernador Jerónimo Lebrón quedaba determinado
de hacerse recibir y obedecer por tal, por fuerza o de grado, lo
cual, sabido por Hernán Pérez de Quesada, luégo puso toda la gente
que consigo tenía a punto de guerra, para si fuese necesario hacer
resistencia a Jerónimo Lebrón, y con toda ella se alojó fuéra de la
ciudad de Tunja, en el propio camino que de Vélez venía, en lugar
cómodo y fuerte, para si viniesen a las manos.
Jerónimo Lebrón, fuéra de tiempo, usó de presteza, y juntando la
gente que consigo traía y otros soldados de los que en Vélez
estaban, caminó a paso largo la vía de Tunja, llevando toda su
gente armada y puesta en orden. Llegó en poco tiempo a vista de
Tunja, donde vio puesta la gente de su enemigo en orden en su
propio alojamiento, para recibirle con las armas, por lo cual le
fue necesario alojarse a vista de sus contrarios, para antes de
venir a rompimiento justificar su causa y dar a entender a los
ciudadanos de Tunja y Santafé y a las demás personas que seguían a
Hernán Pérez, cómo lo que pretendía era cosa justa y que el rey lo
mandaba y quería; pero como la gente que Hernán Pérez de Quesada
tenía consigo sobrepujase en número y en fortaleza a la de Jerónimo
Lebrón, fuele dificultoso el salir con su empresa, y así luégo
buenas personas se metieron de por medio a intervenir y tratar que
no llegasen a rompimiento, sino que en la pretensión de entrambas
cabezas se diese un medio cual conviniese para la paz y quietud de
todos; y así se trató de que los dos capitanes y gobernadores se
viesen juntos, y que lo que concertasen aquello hiciesen.
Hernán Pérez dejó concertado con los de Tunja que él remitiría
el negocio a lo que los cabildos hiciesen, y que entonces habría
lugar de, con menos escándalo, echar a Jerónimo Lebrón de su
pretensión; y con esto salió de su alojamiento con doce de a
caballo, y Jerónimo Lebrón hizo lo mismo, y juntándose en una
campiña que entre los dos alojamientos había, se hablaron muy
cortésmente, y Hernán Pérez, como ya tenía seguras las espaldas, y
con esta color pretendía descargarse si en algún tiempo el rey le
quisiese castigar por esta resistencia, dijo a Jerónimo Lebrón que
se presentase con sus provisiones ante los cabildos de Tunja y
Santafé, y que lo que ellos hiciesen él estaba presto de obedecerlo
y pasar por ello. A Jerónimo Lebrón le pareció bien este medio,
aunque no comprendía la malicia, y así lo aceptó, más por verse
poco poderoso para con las armas hacerse recibir por gobernador,
que no porque tuviese por bueno este medio y que Hernán Pérez dio,
con el cual todos de conformidad se entraron en la ciudad de Tunja
con sus gentes, y juntos los alcaldes y regidores, que todos eran
muy particulares amigos de Hernán Pérez, se presentó ante ellos
Jerónimo Lebrón con sus provisiones de gobernador, las cuales
vistas por los del cabildo, le respondieron que el Nuevo Reino no
era provincia de Santa Marta, donde él era gobernador, y que
supuesto que la tierra se había descubierto y poblado por gente que
de Santa Marta había salido, que por la mucha distancia que de la
una provincia a la otra había, ellos, cuando la poblaron, la
poblaron para que fuese gobernación de por sí, fuéra de la
jurisdicción de Santa Marta; sobre la cual había ido en España su
capitán general Jiménez de Quesada a tratarlo con el rey; que hasta
tanto que de ello hubiesen respuesta y mandato expreso de la
persona real, no pensaban recibir ningún gobernador, y así no había
lugar de recibirlo a él.
De esta respuesta fue acelerado Jerónimo Lebrón y muchos de sus
amigos, pero como el tiempo y pocas fuerzas no les daban ninguna
ayuda a salir con su pretensión, saliéronse de Tunja y fuéronse a
Santafé, siguiéndolos muchos de los suyos, y lo mismo hizo Hernán
Pérez con los de su parcialidad.
Llegados todos a Santafé se presentó Jerónimo Lebrón ante el
cabildo con sus provisiones, y le fue respondido lo propio que en
Tunja, y así se vio de todo punto burlado de la fortuna, y perdida
la esperanza de gobernar la tierra.
Hernán Pérez de Quesada, viéndose por esta vía confirmado en su
gobernación, para asegurarse de todo punto trató de que a Jerónimo
Lebrón se le comprase toda la hacienda que en el Reino había
metido, y se volviese a Santa Marta, pareciéndole que con su
presencia no podía dejar intentarse novedades, como dende a poco
tiempo se empezaron a intentar, porque muchas personas, con
particulares motivos, comenzaron a decir que había sido gran yerro
y aun delito el que se había cometido en no obedecer por gobernador
a Jerónimo Lebrón, y que debía ser obedecido; pero no osaban
algunos ponerlo en efecto, temiendo ser castigados del propio
Jerónimo Lebrón; y vino sobre esto a términos el negocio que se
llegaron soldados y gente a Jerónimo Lebrón induciéndole a que
fuese a donde Hernán Pérez de Quesada estaba y lo prendiese, y si
fuese necesario le cortase la cabeza, con que aseguraría su
gobierno y sería obedecido por todos los pueblos; pero Jerónimo
Lebrón era hombre de ánimo reposado y asentado y no amaba nada los
desasosiegos y tumultos, y así, por esta vía nunca quiso entrar en
posesión de la gobernación, pareciéndole que si en ella entraba con
derramamiento de sangre, que no le podía suceder bien; pero no fue
tan negligente Hernán Pérez de Quesada, porque luégo que entendió
las novedades que algunos deseaban intentar con la presencia de
Jerónimo Lebrón, le mandó notificar que dentro de tercero día
saliese de los términos del Reino, so pena de muerte y perdimiento
de bienes, con todos los que le quisiesen seguir, lo cual obedeció
Jerónimo Lebrón, temiendo la ejecución, porque luégo se partió para
el astillero de Guataquí, tierra de los Panches, donde el general
Jiménez hizo sus bergantines, riberas del río grande, siguiéndole
mucha gente, así de la que con él había venido de Santa Marta, como
de la que antes estaba en el Reino, entre los cuales fueron los
capitanes Juan del Junco, Gómez de Corral, Melchior de Valdés,
Antonio Díaz Cardoso.
Hizo Jerónimo Lebrón dos bergantines, en los cuales se embarcó y
navegó el río abajo, donde fue muy perseguido de los naturales que
en él había poblados, que salían en sus canoas a flecharle y
estorbarle el viaje, y como ya iba agua abajo y navegaban con mucha
ligereza, llegaban a algunos pueblos de indios sin ser sentidos, a
los cuales hallaban muy descuidados, y allí eran de ellos presos y
cautivos, y tomadas sus haciendas y joyas de oro. En esta vuelta
por dar, como he dicho, de repente Jerónimo Lebrón en algunos
pueblos que estaban poblados en las riberas del río, hubo de
ranchear más de cinco mil pesos de oro fino; y con esta recreación
llegó a la mar, y saltando en tierra se fueron los bergantines por
el agua a Santa Marta, de donde le enviaron caballos para en que
caminase él y los que con él iban.
Llegado que fue Jerónimo Lebrón a Santa Marta, fue bien recibido
del obispo don Juan Fernández de Angulo y de los demás ciudadanos,
y luégo comenzó a hacer sus informaciones de la resistencia y
agravio que en el Reino se le habían hecho en no haberlo querido
recibir, y hechas, las envió al rey, para que por ellas le constase
de todo lo sucedido en el Nuevo Reino, escribiendo él sobre ello
particularmente. Tenía gran queja Jerónimo Lebrón de los capitanes
Martínez y Lázaro Fonte, y Juan Cabrera, y Juan de Arévalo y
Contreras, que parecía haberse mostrado más clara y particularmente
contra él, y así iban las informaciones más agraviadas contra
éstos.
Dende a un año que Jerónimo Lebrón volvió del Reino y estaba
gobernando a Santa Marta vino a ella por teniente del adelantado
don Alonso Luis de Lugo, sucesor de la gobernación por muerte de su
padre, un Juan Benítez Pereira, el cual fue recibido y obedecido
por tal, y Jerónimo Lebrón se volvió a Santo Domingo, donde era
vecino y tenía su casa y vivienda, donde después murio.
Juan Benítez Pereira quiso subir al Reino a apoderarse en él,
por cosa perteneciente a la gobernación del adelantado de Canaria,
pero pocas jornadas fuéra de Santa Marta le dio una enfermedad de
que murió, y la gente se desbarató y volvió a Santa Marta, y así se
quedó el gobierno de aquella ciudad en los alcaldes ordinarios, que
la tuvieron en justicia hasta que a ella vino el mismo adelantado
don Alonso Luis de Lugo, como más adelante se dirá.
|Capítulo décimo
En el cual se
escribe cómo Hernán Pérez de Quesada, para aprovechar a los muchos
españoles
|
21
que en el Reino había, envió al
capitán Baltasar Maldonado que descubriese las Sierras Nevadas de
Cartago con ciento cincuenta hombres.
Volviendo a la provincia del Nuevo Reino, Hernán Pérez de
Quesada se quedó con su gobernación en la tierra, y como en ella
había ya mucha gente española, no había en los tres pueblos de
Santafé, Tunja y Vélez para darles indios a todos con que se
sustentasen, y por esta causa procuró que se hiciese algún
descubrimiento y jornada donde la gente ociosa pudiese ser ocupada
y tener de comer.
Desde la ciudad de Santafé se parecían unas sierras nevadas casi
a la parte del occidente, que hoy llaman las de Cartago, que
estarán apartadas de esta ciudad sesenta y tres leguas (por el
camino real que hay ahora que andar, y por donde la historia dice
que Maldonado fue, hay pocas menos de ciento), las cuales muchas
veces en este nuestro tiempo se ven cuando el elemento del aire no
está turbio con los vapores y nubes que de la tierra se levantan; y
como en las Indias, en este tiempo se tuviese por común opinión que
toda región donde la nieve hacía asiento era rica y próspera y muy
poblada, fue promovido Hernán Pérez de Quesada a que se fuesen a
descubrir estas sierras nevadas, y si la región fuese tal como
deseaban, poblase la gente en ella y así se remediarían los que no
tenían sustento particular; y para este efecto nombró por capitán
al capitán Baltasar Maldonado, y le dio ciento cincuenta hombres,
con los cuales se metió por la tierra de los Panches y fue a dar a
una población llamada Jaquima, de sus propios moradores, los
cuales, tomando las armas en las manos, pretendieron echar a los
nuestros de su tierra, o a lo menos estorbarles el camino, y aunque
llegaron a las manos y algunos españoles corrieron peligro de ser
muertos de los indios, con poco daño de los nuestros fueron
desbaratados y ahuyentados estos bárbaros, con pérdida de muchos de
sus guerreadores que fueron muertos en el conflicto de la
guazabara.
De Jaquima, caminando, fue a dar el capitán Maldonado con su
gente a un pueblo llamado de las Canoas, puesto en las riberas del
río grande, donde los naturales procuraron defender su tierra y
casas; pero fue vana pretensión, por ser fácilmente desbaratados y
ahuyentados de los nuestros, con pérdida de muchos indios.
Pasaron los españoles el río grande, de la otra banda, por junto
a un pueblo llamado Honda, donde ni en el pasar del río ni en el
entrar en el pueblo tuvieron ninguna resistencia de indios, donde
fue necesario para guías y claridad de la tierra de adelante haber
y tomar algunos indios; y para este efecto se quedó el capitán
Rivera, puesto en salto en las propias casas y bohíos de Honda,
donde los indios, como gente de guerra, vinieron recatadamente a
ver sus casas, trayendo consigo sus armas. Rivera y otros ocho
españoles que con él estaban salieron a ellos, pero fueron de prima
faz puestos en aprieto, porque los indios, con sus arcos y flechas
y lanzas que traían, se los esperaron e hirieron los más de ellos,
y al propio capitán le tomaron el caballo, pero con todo esto, los
españoles, cerrando con ellos, los desbarataron matando algunos y
tomaron las guías que pretendían y se fueron siguiendo la demás
gente, la cual hallaron alojados ribera de un río llamado Guarino,
cuyos naturales vinieron dende a poco a guerrear con los nuestros,
y como la tierra donde acometieron era rasa y llana, fueron
desbaratados con mucha presteza, y con muerte de muchos indios que
les alancearon, recibiendo ellos sólo el daño de la muerte de un
caballo, y de este río de Guarino, marchando, entraron por la
provincia de los Palenques, que es donde al presente están pobladas
las ciudades de Vitoria y los Remedios, donde hallaron muchos
pueblos de gente muy belicosa y guerrera, todos los más de los
cuales estaban fortalecidos con palenques hechos de gruesos
maderos, donde defendían tan bien sus personas y haciendas, que en
muchos días que el capitán Maldonado anduvo por esta provincia hubo
muy pocas victorias con los indios.
Quiso Maldonado asaltar y desbaratar uno de estos palenques,
junto al cual se alojó con toda su gente, de donde luégo salió un
muy dispuesto indio con una macana en las manos, y paseándose por
delante de su palenque, comenzó a hablar muy soberbia y
ásperamente, como hombre a quien el atrevimiento de los españoles
había causado particular enojo, diciendo que porque eran tan locos
que menospreciando el vivir se les venían a las puertas de sus
casas, donde les incitaban a que tomando las armas les diesen el
pago de su inconsiderado atrevimiento, y que lo más acertado y
provechoso les sería volverse luégo, antes que la multitud de gente
que dentro de aquel palenque estaba fuesen indignados a tomar las
armas; y este atrevimiento de este bárbaro causaba que como hasta
entonces no había visto españoles ni sabía hasta dónde llegaban sus
fuerzas y crueldades, y él y su gente eran señalados entre los
demás naturales, parecíale que el mismo vigor temía contra los
españoles, y por eso habló tan atrevida y desenvueltamente; pero
Maldonado, no curándose de sus vanas palabras, tomó consigo sesenta
hombres y metiose en unas casas que junto al palenque estaban,
aunque algo apartado de él, y de allí arremetieron estos soldados
por mandado de su capitán al palenque para asaltarlo y entrarlo por
fuerza; pero fueron rebatidos de los bárbaros que dentro estaban,
con pérdida de diez españoles que les mataron con lanzas y flechas
que de dentro les tiraban. Juntó Maldonado toda su gente en
aquellos bohíos en que se habían apoderado, para de allí con más
facilidad asaltar el palenque, y otro día le quiso dar otro asalto
con cincuenta hombres que a ello envió, pero sin hacer ningún
efecto se volvieron con pérdida de otros diez soldados que en el
acometer el palenque les mataron los indios con flechas untadas de
ponzoñosa hierba, y deseando el capitán hacer algún daño en estos
indios para que no quedasen tan victoriosos, hizo a un soldado
extranjero, llamado Mateo Sánchez Rey, que sobre unas ruedas como
chirrión armase cierta máquina de madera, en la cual pudiesen
llegar cubiertos españoles al palenque y asaltarlo; pero aunque
esto fue hecho, no trajo ningún fruto, porque como la máquina fuese
hecha y en ella se metiesen ocho españoles y se llegasen al
palenque, los indios de la parte de dentro, con garfios de madera
derribaron la compostura y castillo y mataron a todos los que en él
iban, sin escapar ninguno; y visto esto el capitán Maldonado, y que
aunque había estado sobre aquel palenque cuarenta días no lo había
podido tomar, antes sin daño de los indios había perdido muchos de
sus soldados, y viendo la mucha vigilancia y solicitud que los
indios ponían en guardar su palenque, así de noche como de día, sin
perder punto en lo que tocaba a las velas y guardias, al orden que
los españoles en esto tenían, alzó su gente de allí y siguió su
descubrimiento de sierras nevadas.
Pasó por otras muchas poblaciones de esta provincia de los
Palenques, donde tuvo muchas guazabaras con los indios, en las
cuales le mataron algunos soldados, y fue a salir a una provincia
llamada Mineima, donde hallaron rastro de la gente de Benalcázar,
que habían pasado por allí; y como esta provincia estuviese cercana
a las sierras nevadas, en cuyo descubrimiento y demanda iban,
parecioles que no podía ser cosa próspera por la nueva que
Benalcázar y los suyos habían dado de la tierra por do habían
pasado, y así no curaron de ir más adelante con su descubrimiento,
sino de allí se volvieron la vuelta del río grande por algunas
poblaciones de gente belicosa, por las cuales pasaron
trabajosamente, y pasando el río grande se volvieron al Nuevo Reino
y ciudad de Santafé, de donde habían salido, donde hallaron a
Hernán Pérez de Quesada, que todavía gobernaba, con quietud y ocio,
así por la tranquilidad que entre los españoles había, como porque
los naturales, cansados y lastimados de las guerras pasadas, en las
cuales fueron ásperamente castigados, no habían intentado ningunas
novedades ni rebeliones.
Este capitán Maldonado, con esta gente, fue el primero que
descubrió esta provincia de los Palenques, y entró en ella y la
anduvo, y después de él entraron otros como adelante, tratando de
las poblaciones de Vitoria y los Remedios, que en ella están
pobladas, se dirá.