INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo octavo En el cual se escribe cómo habiendo sido proveido Jerónimo Lebrón por gobernador de Santa Marta, tuvo noticia que el general | 18 Jiménez de Quesada bajó del Reino a Cartagena y de allí se fue a España; y cómo pretendiendo Jerónimo Lebrón que el Nuevo Reino fuese de su gobernación, juntó gente e hizo bergantines, y subió al Reino, y lo que le sucedió en su jornada.

 

Pocos días después que por la manera dicha fue la tierra pacificada, entró en el Reino Jerónimo Lebrón, por gobernador proveído por la Audiencia de Santo Domingo; pero no fue recibido de los cabildos de Tunja y Santafé, aunque del de Vélez sí; y para que sobre el suceso de este gobernador yo no quede corto y se haya entera claridad de lo que he apuntado, es necesario tomar su historia de un poco atrás, aunque sea fuéra del propósito de la Historia del Nuevo Reino de quien vamos tratando.

Luégo que la Audiencia Real de Santo Domingo supo la muerte del adelantado don Pero Fernández de Lugo, y que su hijo don Alonso Luis de Lugo estaba en España, proveyeron por gobernador de Santa Marta y de toda la gobernación que compe­tía al adelantado, a un vecino, ciudadano honrado y principal de la propia ciudad de Santo Domingo, que es este Jerónimo Lebrón, el cual, venido que fue a Santa Marta, lo recibieron por tal gobernador, y dicen que después dende a poco tiempo hubo confirmación de la gobernación por el emperador, o por el Real Consejo de las Indias. Estando, pues, Jerónimo Lebrón en Santa Marta gobernando, le dieron nueva cómo el general Jiménez de Quesada, que de aquella gobernación había salido por teniente de don Pero Fernández de Lugo, cuyo sucesor él era, había bajado a Cartagena del Nuevo Reino, tierra que había descubierto, de muchos naturales y riquezas, y que desde allí se había ido a España a dar cuenta al rey de lo hecho y descubierto.

Jerónimo Lebrón, pareciéndole que por respecto de ser el gobernador de Santa Marta, y por haber salido el general Jiménez de ella como teniente y a costa del adelantado viejo, le competía el gobierno y jurisdicción del Nuevo Reino, determinó de subir a él a participar de las riquezas que se habían publicado que en él había; y así, con toda presteza, hizo seis bergantines para la navegación del río, y juntó cuatrocientos hombres y partiéndose él por tierra con los doscientos, envió los otros doscientos que entrando por la boca del río grande de la Magdalena, navegasen por él arriba hasta donde concertaron de juntarse. En este viaje no dejó de pasarse muy gran necesidad de comida, porque como los naturales del río grande ya tenían experiencia de cómo los españoles que otras veces por allí habían pasado, se sustentaban de lo que ellos cogían y sembraban, tenían todos alzadas y puestas en cobro las comidas, que fue causa de muchas muertes y enfermedades; de suerte que el mal de muchos era irremediable. En este viaje, asimismo, murió mucha gente de que picándoles algún murciélago o mosquitos, que los hay muy perjudiciales en este río, se les hacían llagas, las cuales, por la constelación del propio río y tierra de él, eran canceradas, y sin poderse remediar este mal se comían los hombres de cáncer, y así eran miserablemente muertos.

Entre otras muchas cosas dignas de notar que en el viaje de Jerónimo Lebrón sucedieron en este río grande arriba, diré aquí dos o tres, todas tocantes a la ferocidad de los lagartos que en él se crían, llamados caimanes | 19 .

Entre otros muchos indios e indias que se llevaban cargados y en prisión para el servicio de los españoles, iba una cadena con doce personas | 20 , indios e indias, cargados con sus colleras al pescuezo, por donde iba la cadena metida para seguridad de que los indios no se huyesen. Estos doce indios eran gente criada en la ribera del propio río y por eso muy grandes nadadores, así las mujeres como los varones, los cuales, queriendo salir de aquella sujeción y cautiverio que llevaban, yendo caminando por junto al río grande, dejaron las cargas que sobre sí tenían y con su cadena y colleras al pescuezo, se arrojaron al río y comenzaron a nadar, lo cual hacían con mucha destreza y liberalidad; y ya que iban cerca de la tierra de la otra banda del río, uno de estos lagartos o caimanes asió de uno de los indios que en la cadena iban, y metiéndolo con demasiada furia debajo del agua para comer, sumergió asímismo a las otras once personas, y todas por la fuerza de este pescado fueron ahogadas y comidas de caimanes.

Estaba un soldado puesto cerca de la barranca del río, apartado del agua obra de una vara de medir, al cual daba la claridad del sol a las espaldas que causaba sombra en el agua; y como acaso pasase por allí uno de estos caimanes o lagartos y viese la sombra del soldado que en el agua daba, creyendo ser persona arremetió a hacer presa en ella con la boca, y como hallándose burlado viese el soldado que a la barranca estaba turbado de ver el caimán, revolvió con la cola y diole un golpe tan recio que lo derribó e hizo caer en el agua y río, donde cogiéndolo entre los dientes se lo llevó casi sobre el agua a la otra banda del río, y en la orilla de él se lo comió a vista de muchos soldados, sin poder remediarlo.

Un día sucedió que una acémila o macho que un soldado llevaba con su fardaje y ropa, después de haberse alojado, fue a darle a beber al río, y como el macho metiese el hocico en el agua para beber, fue por él asido de un caimán. El macho hizo fuerza con las manos, de suerte que el caimán no lo pudo meter en el agua, y a los gemidos que daba acudió su dueño, y con él otros muchos soldados, y unos se asieron del macho para detenerlo y otros con lanzas daban al caimán para que lo soltase, lo cual no aprovechó hasta que arrancó todo lo en que tenía hecho presa, que fueron todos los hocicos, y así quedó la acémila todos los dientes descubiertos, que parecía andarse continuo riendo, y causaba gran risa a todos los soldados, porque verdaderamente parecía cosa monstruosa y de gran fealdad.

Jerónimo Lebrón llegó al pueblo de La Tora con harta gente menos de la que sacó de Santa Marta, y los que a este pueblo llegaron con él, iban ya tan trabajados y maltratados de las calamidades que en el camino habían pasado, que se les hacía dificultoso el pasar adelante con su empresa, especialmente viendo y entendiendo la gran serranía y montuosa que les quedaba por pasar, que eran las sierras de Opón, por lo cual muchos soldados, hablándose unos a otros, determinaron embarcarse de noche en los bergantines y volverse en ellos el río abajo a Santa Marta, y dejar al gobernador con los que con él quisiesen quedar que prosiguiesen su jornada, la cual a muchos parecía ser imposible llegar con ella al cabo. Tuvo Jerónimo Lebrón noticia de este trato, y sin hacer sobre ello ningún castigo, porque le parecía harta pena los trabajos que los soldados habían pasado y les quedaban por pasar, hizo sacar todos los bergantines a tierra, y para frustrar de todo punto los designios de los que pretendían volverse a Santa Marta, les pegó fuego y los quemó todos, y junté toda la clavazón y herraje de ellos y juntamente con los tiros de artillería que había llevado, los metió y escondió en una cueva o caverna y cubriéndolo con tierra lo dejó allí. Este hecho causó gran murmullo entre la gente española que Lebrón tenía consigo, porque unos lo aprobaban por bueno y otros lo reprobaban por no tal, y así cada cual juzgaba el hecho como tenía el pecho; lo que claramente entendió el gobernador, y para satisfacerlos a todos, los juntó y les hizo una elegante oración, declarándoles las causas del haber quemado los bergantines y cuán en su favor era, pues algunos inconstantes soldados y de flacos ánimos pretendían volverse desde la puerta y entrada de la tierra donde habían de tener algún descanso, por irse a vivir en mísero y vil ocio, y que pues lo más del camino era pasado y los trabajos habían sufrido con valerosos ánimos, que a trueco de pasar lo poco que les quedaba por delante, habrían un descanso próspero, pues si como él pensaba entraba en su poder el gobierno del Nuevo Reino, donde tanta prosperidad le habían pintado, ellos serían mejorados o a lo menos gratificados de lo que en la tierra hubiese.

Y diciendo y haciendo, sin detenerse más allí, luégo pasó adelante, marchando por las riberas de el brazuelo arriba, dando y repartiendo entre los más enfermos y debilitados sus propias cabalgaduras, los cuales iban tales que en tres leguas de tierra que había desde el pueblo de La Tora hasta una cabanilla que se hacía en un arcabuco, se tardaron diez días, y allí se detuvo el gobernador Lebrón ocho días por ver si podía reformar su gente con unos palmitos amargos y hojas y flores de bihaos; pero viendo que el detenerse era de ningún efecto, habló a los que más dejativos iban, diciéndoles que no había remedio, sino morir o pasar adelante; pero ninguna cosa remediaban estas palabras las enfermedades de muchos, los cuales, por no poder tolerar el trabajo del caminar sin comer, se querían y tenían por mejor quedarse por aquellos arcabucos y morir con brevedad que seguir aquellos trabajos del camino, y así, delante de el propio gobernador y de sus capitanes, se metían por la montaña y se escondían y quedaban vivos.

El gobernador envió delante al capitán Manxares, que fuese con cierta gente descubriendo y siguiendo el camino que el general Jiménez de Quesada y su gente habían llevado; el cual llegó hasta el primer bohío que descubrió San Martín en las riberas del brazuelo, donde Manxares halló ciertos panes de sal de los del Reino, y de allí envió a avisar a su gobernador que quedaba atrás, y él marchó adelante siguiendo las pisadas y vestigios de la gente del general Jiménez de Quesada.

Jerónimo Lebrón, sabido esto y que el camino iba muy cerrado, envió delante a un capitán Millán con noventa hombres macheteros y azadoneros que iban abriendo el camino, y luégo él siguió tras ellos, y así caminaron sin parar hasta llegar al valle de Opón, dejando cada día gente y soldados vivos por el camino que no podían dar paso adelante o no se atrevían. Del valle de Opón pasaron al del Alférez, y del del Alférez al de la Grita, que es tierra del Reino, donde descansaron algunos días, y hecha reseña de la gente que había, hallé el gobernador Jerónimo Lebrón que de cuatrocientos hombres que de Santa Marta había sacado, solamente le quedaban ciento cincuenta, que todos los demás fueron muertos en el camino, de hambre y enfermedades y arrebatados de caimanes y despedazados de tigres y de otras fieras alimañas. Asimismo había perdido en el dicho camino doscientas cabalgaduras, de las que él y su gente sacaron de Santa Marta.

Fue Jerónimo Lebrón y su gente el segundo que por este camino del río grande y sierras de Opón navegó el camino para el Nuevo Reino de Granada, y por eso se halla que padecieron tantos trabajos y perdieron tanta gente.

 

|Capítulo noveno En que se escribe cómo Jerónimo Lebrón, después de haber descansado y en recibido en la ciudad de Vélez por gobernador, en las de Tunja y Santafé no lo quisieron recibir por inducimiento de Hernán Pérez de Quesada.

 

Después de haber descansado Jerónimo Lebrón con la gente que le había quedado en el valle de la Grita, caminó adelante, siguiendo el rastro y camino que en el primer descubrimiento habían llevado el general Jiménez de Quesada y su gente, y en pocos días llegó a la ciudad de Vélez, donde, así por la poca gente española que en aquel pueblo había, como por ser toda gente pacífica y que no deseaba novedades o escándalos, fue recibido por el cabildo con muestras de placer por gobernador, donde se detuvo Jerónimo Lebrón más de lo que convenía, que fue causa de no ser recibido en Tunja ni en Santafé, como luégo se dirá.

Los vecinos de Vélez, usando y aprovechándose de la potestad y jurisdicción del nuevo gobernador, luégo procuraron que les diese cédulas de encomiendas de los indios que tenían, porque las que el general Jiménez de Quesada, y Hernán Pérez de Quesada, su hermano, les habían dado, eran solamente depósitos, y en esto y en la reformación de algunos soldados que aún venían enfermos, se detuvo, como he dicho, Jerónimo Lebrón algunos dlas en Vélez, en el cual tiempo llegó la nueva de su llegada y venida a la ciudad de Tunja y a la de Santafé, donde a la sazón estaba Hernán Pérez de Quesada, que como se ha dicho, era justicia mayor y capitán general del Reino, electo y nombrado por los cabildos, el cual, como desease ser conservado en su trono y no tener sobre sí superior, trató con muchos amigos suyos y personas principales el notable daño que a todos los españoles que habían conquistado y ganado la tierra les vendría de ser gobernados por un nuevo gobernador que a ella venía tan acompañado de amigos y personas a quien forzosamente había de aprovechar y favorecer con perjuicio y daño suyo y de sus haciendas, y que para evitar y estorbar esto, debían repudiarlo con el mejor color que ser pudiese, de suerte que no se le siguiese infamia notable para con el rey. A todos los más les pareció bien lo que Hernán Pérez de Quesada decía, y aunque veían que el principal fin era su provecho particular, entendían que de ello se seguía el general a todos, y así determinaron de no recibirle ni aceptarle por su gobernador, y con esta determinación se partió Hernán Pérez de Quesada con toda la más gente de a pie y de a caballo que pudo para la ciudad de Tunja, donde proponiendo la propia plática que a los de Santafé, los halló del propio parecer, ofreciéndose todos a sustentarle y conservarle en su gobierno, y seguirle en lo que determinase y quisiese hacer; y hallando Hernán Pérez toda la gente de estos dos pueblos, que era la más principal del Reino y mayor cantidad, tan de su bando, y con propósito de seguir su opinión, envió dos capitanes, que fueron Juan de Arévalo y Juan Cabrera, a Vélez a hablar a Jerónimo Lebrón de su parte, a que supiesen dél por cuyo mandado venía, y los poderes que traía, y lo que pretendía hacer, y juntamente con esto le dijesen cuán fuéra de recibirle estaban los vecinos de Tunja y Santafé y otros muchos soldados que en estos dos pueblos residían, y le persuadiesen que no diese ocasión a tumultos y alborotos, pues de ello sería deservido el rey, y otras muchas cosas, las cuales con más arrogancia y libertad de la que era decente, le dijeron y representaron a Jerónimo Lebrón los dos capitanes Juan Cabrera y Juan de Arévalo, por lo cual, así el gobernador como otros muchos amigos suyos, se desabrieron con ellos y les cobraron un tan intrínseco odio, que vinieron algunos principales a decir a Jerónimo Lebrón que si quería allanar todas las presunciones y pretensiones de Hernán Pérez y de sus amigos, cortase las cabezas a los dos mensajeros, que habían dado muestras de muy belicosos y facinerosos y parecían ser de los más principales amigos de Hernán Pérez.  Jerónimo Lebrón no lo quiso hacer por particulares respectos que a ello le movieron; pero después se arrepintió de no haberlo hecho, porque halló por inspirencia que estos dos capitanes sustentaron con obstinación que no fuese recibido por gobernador más que otros ningunos.

En este tiempo llegó a Tunja un Francisco Arias, que había subido con Jerónimo Lebrón, y por ir desabrido con él dijo que bien podían no recibirle, porque los poderes que de gobernador traía Jerónimo Lebrón, demás de no ser bastantes para entrar por gobernador en el Nuevo Reino, eran dados por la Audiencia Real de Santo Domingo, que no obligaban a tanto como si fueran del Consejo Real de Indias, que fue dar gran avilantez a todos los plebeyos a que sustentasen su opinión.

Juan Cabrera y Juan de Arévalo se volvieron a Tunja con respuesta de que el gobernador Jerónimo Lebrón quedaba determinado de hacerse recibir y obedecer por tal, por fuerza o de grado, lo cual, sabido por Hernán Pérez de Quesada, luégo puso toda la gente que consigo tenía a punto de guerra, para si fuese necesario hacer resistencia a Jerónimo Lebrón, y con toda ella se alojó fuéra de la ciudad de Tunja, en el propio camino que de Vélez venía, en lugar cómodo y fuerte, para si viniesen a las manos.

Jerónimo Lebrón, fuéra de tiempo, usó de presteza, y juntando la gente que consigo traía y otros soldados de los que en Vélez estaban, caminó a paso largo la vía de Tunja, llevando toda su gente armada y puesta en orden. Llegó en poco tiempo a vista de Tunja, donde vio puesta la gente de su enemigo en orden en su propio alojamiento, para recibirle con las armas, por lo cual le fue necesario alojarse a vista de sus contrarios, para antes de venir a rompimiento justificar su causa y dar a entender a los ciudadanos de Tunja y Santafé y a las demás personas que seguían a Hernán Pérez, cómo lo que pretendía era cosa justa y que el rey lo mandaba y quería; pero como la gente que Hernán Pérez de Quesada tenía consigo sobrepujase en número y en fortaleza a la de Jerónimo Lebrón, fuele dificultoso el salir con su empresa, y así luégo buenas personas se metieron de por medio a intervenir y tratar que no llegasen a rompimiento, sino que en la pretensión de entrambas cabezas se diese un medio cual conviniese para la paz y quietud de todos; y así se trató de que los dos capitanes y gobernadores se viesen juntos, y que lo que concertasen aquello hiciesen.

Hernán Pérez dejó concertado con los de Tunja que él remitiría el negocio a lo que los cabildos hiciesen, y que entonces habría lugar de, con menos escándalo, echar a Jerónimo Lebrón de su pretensión; y con esto salió de su alojamiento con doce de a caballo, y Jerónimo Lebrón hizo lo mismo, y juntándose en una campiña que entre los dos alojamientos había, se hablaron muy cortésmente, y Hernán Pérez, como ya tenía seguras las espaldas, y con esta color pretendía descargarse si en algún tiempo el rey le quisiese castigar por esta resistencia, dijo a Jerónimo Lebrón que se presentase con sus provisiones ante los cabildos de Tunja y Santafé, y que lo que ellos hiciesen él estaba presto de obedecerlo y pasar por ello. A Jerónimo Lebrón le pareció bien este medio, aunque no comprendía la malicia, y así lo aceptó, más por verse poco poderoso para con las armas hacerse recibir por gobernador, que no porque tuviese por bueno este medio y que Hernán Pérez dio, con el cual todos de conformidad se entraron en la ciudad de Tunja con sus gentes, y juntos los alcaldes y regidores, que todos eran muy particulares amigos de Hernán Pérez, se presentó ante ellos Jerónimo Lebrón con sus provisiones de gobernador, las cuales vistas por los del cabildo, le respondieron que el Nuevo Reino no era provincia de Santa Marta, donde él era gobernador, y que supuesto que la tierra se había descubierto y poblado por gente que de Santa Marta había salido, que por la mucha distancia que de la una provincia a la otra había, ellos, cuando la poblaron, la poblaron para que fuese gobernación de por sí, fuéra de la jurisdicción de Santa Marta; sobre la cual había ido en España su capitán general Jiménez de Quesada a tratarlo con el rey; que hasta tanto que de ello hubiesen respuesta y mandato expreso de la persona real, no pensaban recibir ningún gobernador, y así no había lugar de recibirlo a él.

De esta respuesta fue acelerado Jerónimo Lebrón y muchos de sus amigos, pero como el tiempo y pocas fuerzas no les daban ninguna ayuda a salir con su pretensión, saliéronse de Tunja y fuéronse a Santafé, siguiéndolos muchos de los suyos, y lo mismo hizo Hernán Pérez con los de su parcialidad.

Llegados todos a Santafé se presentó Jerónimo Lebrón ante el cabildo con sus provisiones, y le fue respondido lo propio que en Tunja, y así se vio de todo punto burlado de la fortuna, y perdida la esperanza de gobernar la tierra.

Hernán Pérez de Quesada, viéndose por esta vía confirmado en su gobernación, para asegurarse de todo punto trató de que a Jerónimo Lebrón se le comprase toda la hacienda que en el Reino había metido, y se volviese a Santa Marta, pareciéndole que con su presencia no podía dejar intentarse novedades, como dende a poco tiempo se empezaron a intentar, porque muchas personas, con particulares motivos, comenzaron a decir que ha­bía sido gran yerro y aun delito el que se había cometido en no obedecer por gobernador a Jerónimo Lebrón, y que debía ser obedecido; pero no osaban algunos ponerlo en efecto, temien­do ser castigados del propio Jerónimo Lebrón; y vino sobre esto a términos el negocio que se llegaron soldados y gente a Jerónimo Lebrón induciéndole a que fuese a donde Hernán Pérez de Quesada estaba y lo prendiese, y si fuese necesario le cortase la cabeza, con que aseguraría su gobierno y sería obedecido por todos los pueblos; pero Jerónimo Lebrón era hombre de ánimo reposado y asentado y no amaba nada los desasosiegos y tumultos, y así, por esta vía nunca quiso entrar en posesión de la gobernación, pareciéndole que si en ella entraba con derramamiento de sangre, que no le podía suceder bien; pero no fue tan negligente Hernán Pérez de Quesada, porque luégo que entendió las novedades que algunos deseaban intentar con la presencia de Jerónimo Lebrón, le mandó notificar que dentro de tercero día saliese de los términos del Reino, so pena de muerte y perdimiento de bienes, con todos los que le quisiesen seguir, lo cual obedeció Jerónimo Lebrón, temiendo la ejecución, porque luégo se partió para el astillero de Guataquí, tierra de los Panches, donde el general Jiménez hizo sus bergantines, riberas del río grande, siguiéndole mucha gente, así de la que con él había venido de Santa Marta, como de la que antes estaba en el Reino, entre los cuales fueron los capitanes Juan del Junco, Gómez de Corral, Melchior de Valdés, Antonio Díaz Cardoso.

Hizo Jerónimo Lebrón dos bergantines, en los cuales se embarcó y navegó el río abajo, donde fue muy perseguido de los naturales que en él había poblados, que salían en sus canoas a flecharle y estorbarle el viaje, y como ya iba agua abajo y navegaban con mucha ligereza, llegaban a algunos pueblos de indios sin ser sentidos, a los cuales hallaban muy descuidados, y allí eran de ellos presos y cautivos, y tomadas sus haciendas y joyas de oro. En esta vuelta por dar, como he dicho, de repente Jerónimo Lebrón en algunos pueblos que estaban poblados en las riberas del río, hubo de ranchear más de cinco mil pesos de oro fino; y con esta recreación llegó a la mar, y saltando en tierra se fueron los bergantines por el agua a Santa Marta, de donde le enviaron caballos para en que caminase él y los que con él iban.

Llegado que fue Jerónimo Lebrón a Santa Marta, fue bien recibido del obispo don Juan Fernández de Angulo y de los demás ciudadanos, y luégo comenzó a hacer sus informaciones de la resistencia y agravio que en el Reino se le habían hecho en no haberlo querido recibir, y hechas, las envió al rey, para que por ellas le constase de todo lo sucedido en el Nuevo Reino, escribiendo él sobre ello particularmente. Tenía gran queja Jerónimo Lebrón de los capitanes Martínez y Lázaro Fonte, y Juan Cabrera, y Juan de Arévalo y Contreras, que parecía haberse mostrado más clara y particularmente contra él, y así iban las informaciones más agraviadas contra éstos.

Dende a un año que Jerónimo Lebrón volvió del Reino y estaba gobernando a Santa Marta vino a ella por teniente del adelantado don Alonso Luis de Lugo, sucesor de la gobernación por muerte de su padre, un Juan Benítez Pereira, el cual fue recibido y obedecido por tal, y Jerónimo Lebrón se volvió a Santo Domingo, donde era vecino y tenía su casa y vivienda, donde después murio.

Juan Benítez Pereira quiso subir al Reino a apoderarse en él, por cosa perteneciente a la gobernación del adelantado de Canaria, pero pocas jornadas fuéra de Santa Marta le dio una enfermedad de que murió, y la gente se desbarató y volvió a Santa Marta, y así se quedó el gobierno de aquella ciudad en los alcaldes ordinarios, que la tuvieron en justicia hasta que a ella vino el mismo adelantado don Alonso Luis de Lugo, como más adelante se dirá.

  |Capítulo décimo En el cual se escribe cómo Hernán Pérez de Quesada, para aprovechar a los muchos españoles | 21 que en el Reino había, envió al capitán Baltasar Maldonado que descubriese las Sierras Nevadas de Cartago con ciento cincuenta hombres.

 

Volviendo a la provincia del Nuevo Reino, Hernán Pérez de Quesada se quedó con su gobernación en la tierra, y como en ella había ya mucha gente española, no había en los tres pueblos de Santafé, Tunja y Vélez para darles indios a todos con que se sustentasen, y por esta causa procuró que se hiciese algún descubrimiento y jornada donde la gente ociosa pudiese ser ocupada y tener de comer.

Desde la ciudad de Santafé se parecían unas sierras nevadas casi a la parte del occidente, que hoy llaman las de Cartago, que estarán apartadas de esta ciudad sesenta y tres leguas (por el camino real que hay ahora que andar, y por donde la historia dice que Maldonado fue, hay pocas menos de ciento), las cuales muchas veces en este nuestro tiempo se ven cuando el elemento del aire no está turbio con los vapores y nubes que de la tierra se levantan; y como en las Indias, en este tiempo se tuviese por común opinión que toda región donde la nieve hacía asiento era rica y próspera y muy poblada, fue promovido Hernán Pérez de Quesada a que se fuesen a descubrir estas sierras nevadas, y si la región fuese tal como deseaban, poblase la gente en ella y así se remediarían los que no tenían sustento particular; y para este efecto nombró por capitán al capitán Baltasar Maldonado, y le dio ciento cincuenta hombres, con los cuales se metió por la tierra de los Panches y fue a dar a una población llamada Jaquima, de sus propios moradores, los cuales, tomando las armas en las manos, pretendieron echar a los nuestros de su tierra, o a lo menos estorbarles el camino, y aunque llegaron a las manos y algunos españoles corrieron peligro de ser muertos de los indios, con poco daño de los nuestros fueron desbaratados y ahuyentados estos bárbaros, con pérdida de muchos de sus guerreadores que fueron muertos en el conflicto de la guazabara.

De Jaquima, caminando, fue a dar el capitán Maldonado con su gente a un pueblo llamado de las Canoas, puesto en las riberas del río grande, donde los naturales procuraron defender su tierra y casas; pero fue vana pretensión, por ser fácilmente desbaratados y ahuyentados de los nuestros, con pérdida de muchos indios.

Pasaron los españoles el río grande, de la otra banda, por junto a un pueblo llamado Honda, donde ni en el pasar del río ni en el entrar en el pueblo tuvieron ninguna resistencia de indios, donde fue necesario para guías y claridad de la tierra de adelante haber y tomar algunos indios; y para este efecto se quedó el capitán Rivera, puesto en salto en las propias casas y bohíos de Honda, donde los indios, como gente de guerra, vinieron recatadamente a ver sus casas, trayendo consigo sus armas. Rivera y otros ocho españoles que con él estaban salieron a ellos, pero fueron de prima faz puestos en aprieto, porque los indios, con sus arcos y flechas y lanzas que traían, se los esperaron e hirieron los más de ellos, y al propio capitán le tomaron el caballo, pero con todo esto, los españoles, cerrando con ellos, los desbarataron matando algunos y tomaron las guías que pretendían y se fueron siguiendo la demás gente, la cual hallaron alojados ribera de un río llamado Guarino, cuyos naturales vinieron dende a poco a guerrear con los nuestros, y como la tierra donde acometieron era rasa y llana, fueron desbaratados con mucha presteza, y con muerte de muchos indios que les alancearon, recibiendo ellos sólo el daño de la muerte de un caballo, y de este río de Guarino, marchando, entraron por la provincia de los Palenques, que es donde al presente están pobladas las ciudades de Vitoria y los Remedios, donde hallaron muchos pueblos de gente muy belicosa y guerrera, todos los más de los cuales estaban fortalecidos con palenques hechos de gruesos maderos, donde defendían tan bien sus personas y haciendas, que en muchos días que el capitán Maldonado anduvo por esta provincia hubo muy pocas victorias con los indios.

Quiso Maldonado asaltar y desbaratar uno de estos palenques, junto al cual se alojó con toda su gente, de donde luégo salió un muy dispuesto indio con una macana en las manos, y paseándose por delante de su palenque, comenzó a hablar muy soberbia y ásperamente, como hombre a quien el atrevimiento de los españoles había causado particular enojo, diciendo que porque eran tan locos que menospreciando el vivir se les venían a las puertas de sus casas, donde les incitaban a que tomando las armas les diesen el pago de su inconsiderado atrevimiento, y que lo más acertado y provechoso les sería volverse luégo, antes que la multitud de gente que dentro de aquel palenque estaba fuesen indignados a tomar las armas; y este atrevimiento de este bárbaro causaba que como hasta entonces no había visto españoles ni sabía hasta dónde llegaban sus fuerzas y crueldades, y él y su gente eran señalados entre los demás naturales, parecíale que el mismo vigor temía contra los españoles, y por eso habló tan atrevida y desenvueltamente; pero Maldonado, no curándose de sus vanas palabras, tomó consigo sesenta hombres y metiose en unas casas que junto al palenque estaban, aunque algo apartado de él, y de allí arremetieron estos soldados por mandado de su capitán al palenque para asaltarlo y entrarlo por fuerza; pero fueron rebatidos de los bárbaros que dentro estaban, con pérdida de diez españoles que les mataron con lanzas y flechas que de dentro les tiraban. Juntó Maldonado toda su gente en aquellos bohíos en que se habían apoderado, para de allí con más facilidad asaltar el palenque, y otro día le quiso dar otro asalto con cincuenta hombres que a ello envió, pero sin hacer ningún efecto se volvieron con pérdida de otros diez soldados que en el acometer el palenque les mataron los indios con flechas untadas de ponzoñosa hierba, y deseando el capitán hacer algún daño en estos indios para que no quedasen tan victoriosos, hizo a un soldado extranjero, llamado Mateo Sánchez Rey, que sobre unas ruedas como chirrión armase cierta máquina de madera, en la cual pudiesen llegar cubiertos españoles al palenque y asaltarlo; pero aunque esto fue hecho, no trajo ningún fruto, porque como la máquina fuese hecha y en ella se metiesen ocho españoles y se llegasen al palenque, los indios de la parte de dentro, con garfios de madera derribaron la compostura y castillo y mataron a todos los que en él iban, sin escapar ninguno; y visto esto el capitán Maldonado, y que aunque había estado sobre aquel palenque cuarenta días no lo había podido tomar, antes sin daño de los indios había perdido muchos de sus soldados, y viendo la mucha vigilancia y solicitud que los indios ponían en guardar su palenque, así de noche como de día, sin perder punto en lo que tocaba a las velas y guardias, al orden que los españoles en esto tenían, alzó su gente de allí y siguió su descubrimiento de sierras nevadas.

Pasó por otras muchas poblaciones de esta provincia de los Palenques, donde tuvo muchas guazabaras con los indios, en las cuales le mataron algunos soldados, y fue a salir a una provincia llamada Mineima, donde hallaron rastro de la gente de Benalcázar, que habían pasado por allí; y como esta provincia estuviese cercana a las sierras nevadas, en cuyo descubrimiento y demanda iban, parecioles que no podía ser cosa próspera por la nueva que Benalcázar y los suyos habían dado de la tierra por do habían pasado, y así no curaron de ir más adelante con su descubrimiento, sino de allí se volvieron la vuelta del río grande por algunas poblaciones de gente belicosa, por las cuales pasaron trabajosamente, y pasando el río grande se volvieron al Nuevo Reino y ciudad de Santafé, de donde habían salido, donde hallaron a Hernán Pérez de Quesada, que todavía gobernaba, con quietud y ocio, así por la tranquilidad que entre los españoles había, como porque los naturales, cansados y lastimados de las guerras pasadas, en las cuales fueron ásperamente castigados, no habían intentado ningunas novedades ni rebeliones.

Este capitán Maldonado, con esta gente, fue el primero que descubrió esta provincia de los Palenques, y entró en ella y la anduvo, y después de él entraron otros como adelante, tratando de las poblaciones de Vitoria y los Remedios, que en ella están pobladas, se dirá.

18 En la "tabla" de Sevilla está antepuesto como de costumbre, el título de "don" al nombrar a Jiménez de Quesada. En el manuscrito hay en este lugar una señal que se refiere a una nota marginal, y dice: |Don Gonzalo, palabras que están tachadas; así sucede todo lo largo de este libro.
19  Al margen dice: |o cocodrillo, palabra que está tachada.
20 En el manuscrito dice: "con doce |piezas cargadas", denominación que se les daba a los esclavos. La palabra |piezas fue tachada y reemplazada por |personas indias, colocadas entre líneas e igualmente tachadas. Al margen dice: "personas indios e indias". Se observa la vacilación para calificar indios que, según las leyes vigentes, eran libres, y sin embargo habían sido sometidos a esclavitud.
21  En la "tabla" de Sevilla dice: " a los muchos que en el Reino", sin nombrar "españoles".

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