|Capítulo quinto
En el cual se
escribe cómo por razón y temor del castigo que Hernán Pérez de
Quesada hizo en el cacique y principales de Tunja, se alzó y rebeló
el señor y cacique de Guatavita, en cuya tierra anduvo Hernán Pérez
cierto tiempo, pacificándola
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Céspedes y Rivera.
El castigo que Hernán Pérez de Quesada hizo en el principal y
cacique de Tunja y de los demás sus feudatarios, ninguna cosa
hostigó a los demás de las provincias de Santafé y Vélez, antes
temiendo los caciques recibir la propia pena por su malvada
traición, se comenzaron a alzar con sus sujetos: no que tomasen las
armas como tenían pensado, contra los españoles, sino solamente no
servirles ni verlos ni visitarlos como antes solían. El que en esta
manera de alzamiento tomó la mano fue el señor de Guatavita, que
cae en la provincia de Bogotá, famoso entre sus naturales por haber
sido en otro tiempo competidor del cacique Bogotá, y aun algunos
hay que afirman haber sido señor de más gente que Bogotá, y en
nuestro tiempo es de más sujetos que ningún cacique de los de la
provincia de Bogotá y Santafé.
Está este cacique en el camino real que los españoles tratan y
usan desde Santafé a Tunja, entre dos repartimientos y caciques
llamados Guasca y Chocontá: Guasca cae hacia la parte de Santafé, y
Chocontá hacia la parte de Tunja, y todos son de los términos y
jurisdicción de Santafé. Y por este respecto de estar este cacique
Guatavita en el camino donde podía hacer muy gran daño a los
pasajeros, fue forzoso a Hernán Pérez ir con gente a pacificarlo, y
también porque ya algunos sus comarcanos y feudatarios comenzaban a
hacer lo mismo y a seguir su opinión.
Entró Hernán Pérez con la gente que le pareció por la tierra y
poblaciones de Guatavita y procuró ver si por bien lo podía atraer
a su amistad y a que conservase la paz que antes había dado; pero
era este bárbaro de furiosa y rebelde condición y muy arrogante, y
así jamás quiso venir a la amistad de los españoles, aunque en sus
tierras y sujetos se les hacían grandes daños, porque entrando por
ellas los españoles con Hernán Pérez, su capitán, hacían todo el
estrago que podían en las gentes de este cacique Guatavita, los
cuales asimismo, siguiendo la opinión de su cacique, estaban
ahuyentados fuéra de su tierra y poblaciones, en partes remotas y
escondidas tras de cerros y arcabucos; pero allá los iban a hallar
los españoles, donde los pobres pagaban el seguir tan locamente a
su cacique; pero era tanta la brutalidad de esta gente, que ni
castigo presente ni temor futuro era bastante a moverles de lo que
una vez les daban a entender sus principales, sino aquello seguían
con tanta obstinación que la sangre que de ellos corría por todas
partes no era poderosa a que dejando la rebelión de sus caciques,
que estaban puestos en salvo, viniesen a hacer lo que los españoles
les decían, y así los desventurados, unas veces tomando las armas
en las manos y otras huyendo, siempre recibían daño en sus personas
y
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haciendas, y aunque en estas provincias de Guatavita y
valles de Guachetá y Machetá anduvo Hernán Pérez muchos días
haciendo castigo en éstos a quien había dado título de rebeldes,
nunca pudo haber en su poder al señor Guatavita, aunque después,
andando el tiempo, salió este cacique de paz y fue preso y enviado
a Santa Marta por hombre facineroso e inquieto; y al fin se salió
de la provincia de Guatavita dejándola bien castigada y azotada,
donde hubieron los que a este castigo fueron un buen golpe de
oro.
Salido que fue Hernán Pérez del castigo de Guatavita hallé toda
la más de la tierra de Tunja y Santafé y Vélez que se había alzado
y rebelado, a lo menos por la parte por donde los términos y
naturales de todas tres ciudades se vienen a juntar, que es hacia
donde dicen la laguna de Tinjacá; y para castigar los rebeldes, y
por amor o por rigor traerlos a confederación y amistad, envió
Hernán Pérez de Quesada al capitán Céspedes con ciento treinta
hombres que allanase y pacificase toda la tierra.
El cual se fue derecho al pueblo de Tinjacá, que es de los
términos de Tunja, y halló que el cacique con toda su gente y otros
comarcanos estaban recogidos en unas islas que la laguna de Tinjacá
hacía dentro en sí, a los cuales pasaban los indios con balsas que
de enea hacían, y por no ser las islas tan grandes que pudiese en
ellas caber la multitud de los naturales que a esta laguna se
recogían, hacían balsas muy grandes de la propia enea, y en ellas,
aunque groseramente hechas, hacían sus apartados y habitaban y
vivían sobre la laguna todas las más de las familias; y por ser tan
hondable esta laguna y no poderse vadear, le fue necesario al
capitán Céspedes hacer canoas y entrar con ellas navegando por la
laguna adelante, con que fueron echados y ahuyentados los indios
que en la laguna estaban hechos fuertes, pero no se les tomó el oro
que tenían, que era gran cantidad, y estaba esta gente tan
obstinada en lo que sus caciques habían puesto, que ni por daños
que se les hacían, ni por halagos y promesas los pudieron por esta
vez atraer a la amistad de los españoles.
Casi en este mismo tiempo el capitán Martín Galeano había salido
de la ciudad de Vélez hacia la provincia de Guane, a descubrir, por
lo cual había dejado pocos españoles en el pueblo, y de esos los
más se habían esparcido por sus repartimientos con más seguridad de
la que el tiempo les daba, a los cuales los indios mataron
cruelmente; y juntándose muy gran número de estos bárbaros,
vinieron a dar sobre el capitán Juan de Rivera, que con cinco
compañeros estaba en un repartimiento que por suyo tenía de esta
propia provincia de Vélez, llamado Saboyá, trayendo estos bárbaros
consigo las armas y vestiduras de los españoles que habían muerto,
para que enseñándolo a los que iban a matar, ponerles mayor
temor.
El capitán Rivera era hombre cuidadoso entre indios, y así nunca
estaba sin tener un caballo ensillado y enfrenado, y él sus armas
puestas a punto, y como sintió el repentino tumulto de los indios
que le tenían cercado, con toda presteza se armó de las armas, que
para entre indios se usan de algodón, y subió sobre su caballo, y
con una lanza en la mano encomenzó a escaramuzar y meterse entre
los indios, que pasaban en número de dos mil. Los otros españoles
eran peones, los cuales asimismo arremetieron a los indios, y en la
primera arremetida fueron los tres de ellos muy mal heridos, los
cuales viéndose de aquella manera se metieron por una montaña y
cenagales, donde murieron. El capitán Rivera lo hacía tan bien
entre sus enemigos, que matando e hiriendo con la lanza muchos de
ellos, le fue necesario mudar caballo, y así lo hizo mediante la
ayuda de los dos españoles que con él habían quedado, que no se
apartaban de su lado y estribos, porque con aquello y su buena
diligencia guarecieron la vida. Subió el capitán Rivera en otro
caballo con toda presteza y tornó a sustentar la fuerza de los
enemigos, donde de puro herir en ellos se le había quebrado la
lanza y vio que uno de los indios que en la pelea andaban traía en
la mano una lanza jineta, que había sido de uno de los españoles
que el día antes habían muerto, y para remediar esta necesidad,
Rivera arremetió por entre la multitud de indios que le tenían
cercado, y dando con el que traía la lanza, lo lió con la media que
en la mano llevaba, y le quitó la otra que pretendía, y con ella
tornó de nuevo a hacer tal estrago en los indios, que ellos
tuvieron por bien de dar lugar que se fuese y les dejase, por ver
tanta sangre de los suyos derramada por el suelo y tanta multitud
de cuerpos muertos, sin que él hubiese recibido ninguna herida ni
daño notable, más de salir con más de doscientas flechas sobre sus
armas y las de su caballo hincadas.
De los dos españoles que con él quedaron, el uno lo desamparó,
pareciéndole que con dificultad escaparía de las manos de los
bárbaros el capitán Rivera, y él se escondió cerca de allí, por no
poder hacer otra cosa, en un arroyo debajo de una chorrera de agua,
donde el golpe del agua que de un alto caía lo cubría, y aunque los
indios lo anduvieron a buscar y procuraron sacarlo por el rastro,
nunca lo pudieron hallar, y dejando de buscarlo tuvo lugar de ir a
Vélez. El otro soldado, que se decía Antón de Palma, nunca
desamparó con sus armas el lado del capitán Rivera, donde se
guareció por su mucha ligereza. Dícese que en esta famosa guazabara
le favoreció mucho a Rivera para él salir con victoria, un indio
que consigo tenía, que conociendo cuáles eran los principales y
capitanes de los indios, le decía y señalaba a quién había de
herir, y así, matando las cabezas y principales que entre los
indios venían, cesó la fuga
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13
y brío de los
indios.
El capitán Rivera y Antón de Palma, escapando vivos y sanos de
la de Saboyá, vinieron a salir al desaguadero de la laguna de
Tinjacá, donde el capitán Céspedes estaba alojado y su gente
esparcida por algunas poblaciones comarcanas a la laguna; el cual,
como supiese el suceso del capitán Rivera, y luégo le viniesen a
pedir socorro de parte de los vecinos de Vélez, a quien los indios
tenían cercados y puestos en muy grande aprieto y peligro porque
les habían constreñido a que con su hato se recogiesen a la plaza,
se partió luégo la vuelta de Vélez con veinte hombres, y dejó en su
lugar al capitán Rivera, para que haciendo recoger toda la gente,
fuese luégo en su seguimiento, en lo cual se detuvo Rivera más
tiempo de lo que el peligro de Vélez requería, porque como los
soldados por las poblaciones comarcanas a la laguna se recogiesen
desordenadamente, fueron algunos de ellos muertos por mano de los
mismos indios a quien andaban castigando.
El capitán Céspedes llegó a Vélez, y halló hasta doce hombres
recogidos, como he dicho, en la plaza, y tan faltos de comida cuan
hartos de miedo, y luégo dio orden Céspedes en que se proveyese de
comida a los que en Vélez estaban, saliéndola a buscar a algunas
partes, entre las cuales fueron una vez quince soldados a un pueblo
de indios llamado Ture, legua y media de Vélez, hacia el
desembarcadero de Carare, donde les salió un muy buen escuadrón de
indios de guerra a defenderles la comida y matarlos si pudiesen.
Pero los españoles lo hicieron tan briosamente, que ahuyentaron los
enemigos, y con gran daño que en ellos hicieron, quedaron por
señores de este pueblo. Un indio de grandísima estatura y de
miembros muy fornidos y versutos, que entre los demás venía, quiso
señalarse en los hechos, así como lo era en la persona, el cual
traía una larga macana y media docena de dardos, los cuales
despendió acercándose a los españoles y metiéndose entre ellos, con
otros indios que le seguían. Vino este gandula caer en suerte a un
soldado llamado Juan de Quincoces, hombre de muy pequeño cuerpo
pero de gran valor y vigor de ánimo, a quien de verle de presencia
tan diminutiva entendió el bárbaro tener sujeto y rendido, y así
con la macana que traía le tiró un golpe a la cabeza, y dándole
sobre la rodela y el casco que llevaba, lo hizo arrodillar; pero al
segundar con la macana se le metió Juan de Quincoces al indio de
suerte que no pudo hacer golpe en él, y llegando los dos casi a los
brazos, perdió el indio la soberbia juntamente con la vida, porque
como para de tan cerca tuviese Quincoces armas aventajadas, hirió
con ellas al indio de heridas de que murió allí luégo.
Y después de haber estos soldados corrido muchas poblaciones y
amedrentado los moradores de ellas, se volvieron con el bastimento
que pudieron traer a Vélez, donde hallaron al capitán Céspedes
congojoso con la tardanza que el capitán Rivera hacía en llegar
desde la laguna de Tinjacá a Vélez; y con deseo de saber si venía y
hacerle que apresurase el paso, envió Céspedes dos soldados con sus
sayos de armas, y espadas, y rodelas que fuesen hasta un río
caudaloso que está dos leguas de Vélez, llamado el río de Suárez, a
ver si venía Rivera con la gente, y que de allí se volviesen; pero
los soldados, que eran Alonso de Olalla y fulano Paniagua, con más
ánimo del que se puede presumir, pasaron adelante del río y
caminaron de noche jornada de nueve o diez leguas, fueron a
amanecer media legua de donde el capitán Rivera estaba alojado,
donde hallaron gran cantidad de indios que el día antes habían sido
ahuyentados por los españoles a quien habían acometido; y como
viesen a estos dos soldados venir solos, luégo salieron con las
armas contra ellos dando muy grandes voces; pero los soldados,
vistiéndose sus sayos de armas entretuvieron con muy buen brío la
multitud y fuerza de los bárbaros, que como cosa rendida los venían
a tomar a manos, y defendiéndose de ellos valientísimamente los
entretuvieron, hiriendo muchos de ellos, hasta que del alojamiento
de Rivera fueron oídas las voces y gritería de los indios y
presumiendo lo que fuese salió gente española con presteza y fueron
de todo punto ahuyentados los indios.
El capitán Rivera y los que con él estaban se admiraron de cómo
estos dos soldados se pudieron defender de tanta cantidad de indios
sin ser muertos ni heridos; y sabido al efecto que iban, se
partieron otro día siguiente, y caminando por junto a la provincia
de Saboyá, fueron a dormir tres leguas de Vélez, donde otro día de
mañana parecieron indios sobre ellos, que los venían a tomar a
manos y traían consigo de más de sus armas ordinarias muy gruesas
sogas con que habían de atar los españoles, y por haberse tardado,
empezaba a caminar la gente cuando asomaron a vista de los
españoles, determinaron de irles dando caza en la retaguardia, la
cual seguían muy obstinadamente, y por ir tan fortalecida de buenos
soldados no le pudieron damnificar, antes los nuestros les pusieron
en una emboscada en un pequeño monte, donde dejaron escondidos
ciertos españoles y como los demás fingiesen que huían, los indios
se dieron a seguirlos ciegamente, hasta que dejaron a sus espaldas
los de la emboscada, los cuales, saliendo a ellos, les hicieron
todo el daño que pudieron, revolviéndose sobrellos propios indios
los que fingían ir huyendo, prendieron y tomaron vivos obra de
veinte de estos bárbaros, a los cuales ataron con las sogas que
traían para atar a los españoles, y así fueron llevados a Vélez,
donde fueron recibidos con mucho contento y alegría.
|Capítulo sexto
En que se escribe
cómo salió el capitán Céspedes de la ciudad de Vélez con su gente,
y se entró en el rincón de Vélez a castigar los rebeldes que en él
había, y cómo al cabo de cierto tiempo, y después de haber andado
pacificando por algunas partes, se volvió a alojar a la laguna de
Tinjacá.
Con este socorro que el capitán Céspedes hizo a Vélez, se
aseguró en alguna manera la gente española que en aquel pueblo
residía, y dende a poco vino su capitán Martín Galeano, que había
ido a descubrir las provincias de Guane, y con la gente que consigo
traía, que de Vélez había llevado, quedó el pueblo seguro, y el
capitán Céspedes se partió a ver si podía pacificar los naturales y
gente del rincón llamado de Vélez, que es ciertas poblaciones de
gente indómita y muy belicosa y que jamás los han podido quietar ni
asegurar por entero.
Las poblaciones principales que en este rincón hay son Saboyá,
cacique muy remiso en sus rebeliones, Tiquisoque, Ágata y otras,
que incluyen en sí gran cantidad de naturales. A estos indios no
los pone ni ha puesto en reputación de belicosos los bríos que
tienen, porque no son más animosos ni de mayor vigor que los demás
naturales del Nuevo Reino, que todos son Moxcas; mas halos puesto
en esta reputación la fortaleza de los lugares en que habitan y las
armas de que usan, que son arcos y flechas enherboladas de muy
ponzoñosa yerba, que pocos escapan con las vidas de los a quien
hieren, y juntamente con esto dieron en poner por los caminos mucha
cantidad de puyas untadas con hierba las puntas, contra los que
entran y van hacia sus pueblos. Y esta es la mayor y más larga
guerra que estos indios hacen, porque una sola india vieja basta a
dar guerra a un ejército de españoles, porque tomando gran cantidad
de estas puyas las va con mucha presteza fijando en el suelo lo más
escondidamente que puede, poniendo siempre las puntas contra los
que van caminando, y como el número de las puyas es tanto, no basta
ningún remedio a descomponerlas, y así se empuyan muchos españoles
e indios de los que en su servicio llevan, de los cuales, como he
dicho, escapan pocos.
Para contra estas puyas y género de guerrear que los indios
inventaron, tienen los españoles por remedio hacer unas antiparas
de algodón, que son unas medias calzas estofadas de algodón y
colchadas que llevan de grueso una mano, con sus peales de la
propia suerte; y los que van delante llevan calzadas estas
antiparas y van con ellas quebrando y descomponiendo las puyas, de
suerte que los que atrás vienen, si derechamente los siguen pocas
veces se empuyan ni lastiman; pero si se apartan a un lado o a otro
del camino por donde los de los de las antiparas no han hollado ni
pasado, fácilmente tropiezan en las puyas y se hieren, como he
dicho, sin tener casi remedio ninguno, si no es hacer en ellos
carnicerías y anatomías, como acerca de la conquista de la gente de
los Muzos diré.
Anduvo por esta tierra el capitán Céspedes dos meses, que como
he dicho, nunca le faltó guerra con los indios, y viendo que por
bien ni por mal no podía atraerlos a su amistad, y que su presencia
era necesaria, por la gente que tenía, para castigar otros muchos
rebeldes que en las provincias de Tunja y Santafé se habían alzado,
se salió con su gente de esta provincia y rincón de Vélez, dejando
los indios bien descalabrados, aunque no corregidos ni
enmendados.
En esta salida, casi en la propia provincia, sucedió que nueve
soldados se apartaron un día de la demás gente que iban marchando,
y fueron a dar a un alojamiento o ranchería donde estaban recogidos
más de cinco mil personas con sus riquezas y haciendas, en un
pedazo de campiña rasa que entre un arcabuco o montañuela se hacía.
Estos soldados llegaron tan de súbito a este alojamiento donde toda
esta multitud de indios estaba recogida, que no tuvieron lugar de
volver las espaldas, porque los indios les tenían ya tomado el paso
por do habían de salir, por lo cual les fue forzoso arremeter a
pelear con aquella canalla, la cual, luégo que vieron los
españoles, tomaron las armas con mucho contento, pareciéndoles que
los tenían ya rendidos; pero los nuestros, arremetiendo a ellos con
mucho brío y ánimo, los comenzaron a herir de tal suerte que los
unos por huir y otros por acometer a ofender a los españoles se
embarazaban y estorbaban, pero no dejaban de tirar sus lanzas y
gran cantidad de tiraderas, con que hirieron a los cuatro de ellos,
pero no de suerte que dejasen de pelear y hacer su posible para
conservar sus vidas, las cuales pretendían los indios sacrificar a
sus simulacros.
Entrado que fue el capitán Céspedes entre estas gentes de este
rincón de Vélez para pacificarlos y atraerlos a la amistad de los
españoles y vecinos de Vélez, hizo muy poco efecto su entrada,
porque como estos bárbaros estuviesen obstinados en conservar su
libertad para mediante ella vivir en su gentilidad y llevar
adelante sus idolatrías, tomaron luégo las armas y comenzaron a
ponérsele delante al capitán Céspedes y a mostrarle con muchos
visajes y meneos del cuerpo, hechos por vía de escarnio, las ropas
y vestidos de los españoles que poco tiempo antes habían muerto
cerca de esta provincia, diciendo a grandes voces, que por los
intérpretes que llevaban los españoles eran entendidas, que no
curasen de entrarse por sus tierras pensando atraerlos a su
amistad, porque era en vano su entrada, antes si con obstinación
pretendiesen por vía de guerra domarlos y pacificarlos, recibirían
de su mano el galardón y fin que los dueños cuyas eran las ropas
que les mostraban habían recibido, y que lo más acertado y
provechoso para los españoles era el volverse a salir, con lo cual
asegurarían sus vidas. Pero Céspedes, considerando cómo no era cosa
que a él ni a los que le seguían convenía el hacer lo que los
indios le decían, prosiguió su camino y entróseles por la tierra
adentro, sin embargo de la resistencia que le salieron a hacer y
cada día le hacían, y comenzó a andar por las poblaciones de este
rincón, teniendo cotidianamente reencuentros y guazabaras con los
indios. Aunque siempre eran rebatidos y desbaratados con pérdida de
su gente por los nuestros, ninguna cosa les castigaba, porque
algunas veces herían y mataban algún español, que lo tenían ellos
por entera victoria.
En esta pelea oprimió el temor de la vida a la codicia, porque
como estos españoles viesen en aquel alojamiento gran cantidad de
oro, ninguno osó a batirse a ello, antes se decían que en ninguna
manera se detuviesen ni ocupasen en tomar del oro que veían, si no
querían perecer todos, mas que diesen priesa a herir y ahuyentar
aquella multitud de gente que delante tenían, y luégo tomarían lo
que quisiesen; pero como los indios fuesen en tanta cantidad, por
muchos que los españoles herían y mataban, parecía que no faltaba
persona ninguna ni se hacía daño en ellos, y de esta suerte no
pudieron conseguir su deseo ni tomar ningún oro, antes viéndose ya
cansados de pelear con los indios procuraron retirarse si los
indios les daban lugar, los cuales por no poder vencer los
indómitos ánimos de estos españoles, y ver el estrago que los suyos
recibían de sus manos y cortadoras espadas, les dieron lugar a que
pudiesen salir y retirarse, después de haber recibido de ellos
notable daño, con muerte de infinitos indios que mataron e
hirieron; y así se tornaron a recoger donde la demás gente iba
marchando, y dieron aviso al capitán Céspedes de lo que les había
pasado, el cual luégo otro día envió cantidad de soldados para que
diesen en este alojamiento y ranchería de los indios; pero no les
sucedió como pensaron ni imaginaron, porque no hallaron en él la
gente, que se habían mudado a otra parte, y así se volvieron sin
hacer lo que pretendían, y el capitán Céspedes prosiguió su
viaje.
En tanto que las cosas referidas pasaban en el rincón de Vélez y
provincia de Saboyá, en la ciudad de Santafé no tenían menos
desasosiego, por haber muchos caciques particulares alterádose y
rebeládose, y así salieron diversos capitanes a castigar loe
rebeldes; y como la tierra es más llana y más rasa y los naturales
más domésticos y que no usan de arcos y flechas ni de la pestífera
y mortífera hierba de que poco ha tratamos, fueron con más
facilidad sujetados y reducidos a la servidumbre de los
españoles.
Pero a la sazón que Céspedes salía de Saboyá se había alzado el
señor de Suesca con sus sujetos, y Ubaté, y Suta y Tausa, y
Simijaca, y otros muchos pueblos comarcanos a éstos, a los cuales
envió Hernán Pérez de Quesada al capitán Juan de Arévalo con copia
de soldados que los redujesen por bien y si no hiciese en ellos el
castigo necesario para pacificación; el cual se alojó en el pueblo
de Suesca, y de allí enviaba a correr la tierra y a pacificar y
domar los rebeldes.
El capitán Céspedes, yendo marchando y entendiendo en pacificar
la gente por do iba, que toda estaba rebelde, tuvo noticia de que
hacia la parte de los Muzos estaba recogida cierta cantidad de
gente Moxca, en unas peñas altas recogidos y fortalecidos, a los
cuales envió al capitán Rivera con treinta hombres, y llegados que
fueron junto a las peñas, los indios se pusieron a defender la
subida a los españoles, que era muy derecha y habían de ir asidos a
bejucos para no caer; y aunque derribaron algunos de los que subían
a lo alto, en efecto, mediante la ligereza y fortaleza de dos
buenos soldados, llamados Pero Gutiérrez, canario, y Alonso de
Olalla, que pugnando contra la fuerza del lugar y multitud de los
que lo defendían, subieron con notable peligro de sus personas y
vidas, y rebatiendo a los que resistían la subida, dieron lugar a
que los demás soldados, que también lo hicieron valerosamente,
subiesen sobre el peñol, y luégo todos juntos echaron de él a los
indios y gente de todo
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14
que en él estaban
fortalecidos, para que se fuesen a sus pueblos.
Y aún no habían bien concluido este hecho, cuando de otro lugar
más alto bajó contra los nuestros un escuadrón de doscientos indios
a punto de pelear, muy cargados de lanzas y tiraderas y macanas,
con los cuales se trabó la pelea y duró gran rato por tener los
indios el lugar más aventajado y alto de donde más a su salvo
ofendían a los nuestros; mas todavía los desbarataron y
ahuyentaron, haciendo en ellos el daño y estrago que pudieron,
habiendo los españoles recibido de daño de sus manos solamente las
heridas que a un español se dieron; pero con quedar estos indios
desbaratados, ganaron entre los nuestros reputación de más
valientes que otros muchos de su propia nación, y con todos estos
desbarates jamás acababan de volverse a la antigua confederación de
los españoles, y que cierto la deseaban eficazmente.
Volviose con esto el capitán Rivera a donde el capitán Céspedes
había quedado alojado, y de allí todos juntos tomaron la vía de
Zorocota, donde tuvieron algunos reencuentros con algunos de los
indios rebeldes, y de Zorocota volvieron sobre Saboyá, donde había
habido la guazabara el capitán Rivera solo, cuyos naturales, juntos
en gran cantidad, esperaron con las armas en las manos y aun
salieron al camino con ellas a recibir a los nuestros, pero fueron
con mucha facilidad rebatidos y ahuyentados, sin que recibiesen
ningún daño los españoles. Tenían estos bárbaros puesto en el
camino por do los españoles habían de pasar, el cuerpo muerto de un
español, que al capitán Rivera le tomaron a manos, para por esta
vía vituperarlos de gente que no se vengaba por entero de ellos; y
de aquí dieron la vuelta hacia el desaguadero de la laguna de
Tinjacá, donde el capitán Céspedes se alojó con su gente.
|Capítulo séptimo
En que se escribe
cómo la tierra se acabó de pacificar mediante el rigor de que
usaron los españoles y capitanes que a ello salieron de Santafé y
Tunja, y algunos particulares sucesos de españoles e indios, y la
toma de los peones
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15
de Siminjaca y Suta y
Tausa, donde mucha cantidad de naturales se habían recogido y
fortificado.
Estando alojado el capitán Céspedes en el desaguadero de la
laguna de Tinjacá, supo por nueva cierta cómo todos los más de los
naturales de los pueblos comarcanos estaban recogidos y hechos
fuertes en un peñol que por estar junto a un pueblo llamado de sus
naturales Simijaca, fue dicho el peñol de Simijaca. Era este peñol
una sierra muy derecha, en la cual había algunas concavidades y
cuevas, a las cuales subían por un tan estrecho, angosto y derecho
camino, que con poca resistencia que de lo alto se hiciese bastaban
a defender la subida a cualesquier fortísimos soldados. En estas
cuevas y concavidades, que estaban puestas unas sobre otras, y
altas de lo llano más de cuatrocientos estados, se habían recogido
todos los naturales de los pueblos dichos con sus mujeres e hijos;
y en la verdad no habían escogido mal sitio para su defensa, silo
supieran defender y conservar; pero como esta gente sea en sí tan
cobarde, o por ventura permitía Dios Todopoderoso que a esta sazón
lo fuesen, fueles ganado el peñol por el valor de los soldados
españoles que a él subieron, lo cual pasa de esta manera:
El capitán Céspedes, con la gente española que con él estaba, se
partió la vía de Simijaca y llegó al pueblo, desde donde vio todos
los indios encumbrados y puestos por aquellas zinglas de peñas y
cuevas, desde donde, luégo que vieron a los españoles, comenzaron a
decirles muchos improperios y denuestos y tirarles piedras y palos
y otras inmundicias con que ofenderlos. El capitán Céspedes comenzó
a hablarles desde donde estaba con las lenguas que tenía y a
decirles que se moderasen y dejasen de seguir su opinión y rebelde
obstinación, y dejando las armas se bajasen a sus pueblos y
moradas, donde vivirían con quietud y reposo y se les perdonaría la
ofensa y delito de su alzamiento.
Los bárbaros, como se veían corroborados en aquellas cuevas, que
cierto era lugar bien fortificado por naturaleza, menospreciando lo
que el capitán les decía, le respondían vituperándole con palabras
y tirándole armas desde lo alto con que ofenderle, y aunque otras
veces les rogó y convidó con la paz y amistad, los indios nunca
quisieron venir en ello, lo cual visto por el capitán Céspedes y
por los que con él estaban, entraron en consulta para tratar de qué
suerte se podría asaltar y desbaratar aquel inexpugnable fuerte sin
daño de los españoles, y jamás hallaron modo convenible si no era
bajando los indios abajo a pelear con los españoles, para que
juntándose con ellos subiesen muy pegados, de suerte que los que
más altos estaban no les pudiesen ofender con sus armas arrojadizas
por temor de no herir a sus propios compañeros; y así fue
concertado que ciertos soldados, peones muy ligeros, caminasen otro
día de mañana y pasasen por cerca del peñol donde los indios
estaban, fingiendo ir adelante, para que si después, llegando la
demás gente española, los indios bajasen a tener guazabara con
ellos, los soldados peones acudiesen por las espaldas y diesen en
ellos, y les fuesen ganando lo alto con poco peligro, lo cual se
efectuó así a muy poca costa de los nuestros, porque como del
pueblo de Tinjacá saliese un caudillo llamado Murcia, con hasta
quince buenos soldados, y pasase por junto al peñol, los indios lo
comenzaron a deshonrar y tirar de las armas que tenían, creyendo
que iba a subir donde estaban; mas como los viesen pasar de largo,
bajaron de lo alto muy gran cantidad de bárbaros, para irlos
siguiendo, y desque abajo se vieron hallaron junto a sí al capitán
Céspedes con la demás gente española, con los cuales comenzaron a
pelear y a herirle algunos soldados.
Murcia y sus compañeros desque oyó la grita, subió una media
ladera y arrimose al propio peñol de tal suerte que por ir tan
pegado, los de lo alto no le podían hacer mal, ni aun ver, y
revolviendo sobre donde los indios estaban peleando con el capitán
Céspedes, les tomaron las espaldas y comenzaron a herir en ellos.
Los indios, como sintieron herirse por las espaldas, revolvieron a
tomar el camino o senda por do habían de subir a su fortaleza, y
pasando por entre los españoles que a sus espaldas tenían
comenzaron a subir los que de sus manos escaparon la cuesta arriba,
y a seguirlos algunos ligeros soldados para ser tan presto como
ellos en lo alto donde estaban alojados en estrechas cuevas.
Entre los soldados españoles que seguían a los indios llevaba la
delantera Alonso de Olalla, que era hombre suelto y ligero, y
llegado a la primera cueva donde ya los indios se empezaban a hacer
fuertes los rebatió y entretuvo que no defendiesen la subida a los
demás españoles que en su seguimiento iban, hasta que llegaron Pero
Gutiérrez, canario, y Juan de Quincoces, y Miguel Sánchez, y un
Antón, flamenco, que luégo llegó tras de Olalla, los cuales,
mediante lo mucho y animosamente que pelearon y trabajaron,
constriñeron a los bárbaros a que desamparando aquella cueva donde
estaban, se retrujesen a otra más alta y de más trabajosa subida,
la cual defendían briosamente, y los nuestros fueran desde allí
rebatidos si no acertaran a llevar consigo un ballestero que
mediante algunas jaras que tiró, hizo a los indios que diesen lugar
a los españoles dichos para que entrasen en aquella cueva donde
estaban fortificados; y como delante de todos llegasen, como más
ligeros, Pero Gutiérrez y Olalla, recibieron sendos golpes bien
peligrosos de indios que estando más altos y aventajados, tiraban
grandes piedras, con una de las cuales dieron a Pero Gutiérrez y lo
derribaron allí en la propia cueva, quebrándole una espalda, y con
otra volaron a Olalla de donde estaba y lo hicieron volver abajo
por otro camino del que hablan subido y en más breve tiempo, porque
como este español estuviera más al canto de la cueva hacia la parte
de fuéra, diéronle con una gran piedra y haciéndole volar de ella
abajo, cayó dando algunos golpes en algunos árboles que entre las
peñas había agudos, hasta llegar al suelo, que había más de setenta
estados, y aunque este español Olalla voló de tan alto, no murió de
la caída, por ser guarecido y reparado de los golpes que daba y dio
con un sayo de armas y un morrión que llevaba vestido.
Los demás españoles, aunque pocos, no perdieron el camino por
ver el mal suceso de sus dos compañeros, antes como fortísimos
soldados, se metieron entre los enemigos, constriñéndolos a que
ellos mismos se arrojasen de las cuevas y zinglas donde estaban
metidos abajo, donde muchos murieron despeñados; y finalmente
trabajaron tan bien, que de todo punto ganaron aquesta fortaleza y
peñol, que solamente mirarla desde lo bajo ponía pavor y quitaba
toda esperanza de poderla ganar.
Fue el desbarate de este peñol gran parte para que los indios se
pacificasen y fuesen amigos, porque viendo cómo de él habían sido
echados y despojados por los españoles, siendo el más fuerte sitio
y lugar que indios tenían en el Reino, y los muchos naturales que
habían despeñado de él y muerto, determinaron muchos dar la
obediencia y tomar sobre sí el yugo de la servidumbre que con tanta
obstinación pretendían desechar. Olalla ninguno pretendía que
estuviese vivo, porque parecía cosa imposible, habiendo caído de un
lugar tan alto, dejar de haberse hecho pedazos; pero íbanlo a
buscar para darle sepultura después de haber ganado el peñol, al
cual hallaron vivo aunque muy molido y hecho pedazos, que en mucho
tiempo después no se pudo reformar.
A esta sazón el capitán Juan de Arévalo, que estaba en Suesca,
había enviado gente y españoles a los pueblos de Suta y Tausa,
cuyos moradores hallaron recogidos en otro peñol, no tan fuerte ni
áspero como el de Siminjaca, donde en algunas rancherías bajas
tomaron cantidad de indios e indias, a los cuales, por castigo de
su alzamiento, con bárbara crueldad, les cortaban a unos la mano, a
otros el pie, a otros las narices, a otros las orejas, y así los
enviaban a que causasen más obstinación en los rebeldes.
El caudillo, viendo que todos los más de los indios estaban
recogidos en este peñol de Suta y Tausa, no atreviéndose a dar en
él ni asaltarlo, envió a llamar al capitán Juan de Arévalo a
Suesca, donde estaba, el cual luégo aquella noche caminó y fue a
amanecer a donde los demás españoles estaban, y luégo dio orden en
subir al peñol y ganarlo. El, con ciertos soldados, subió por una
parte, y por otra envió a un Juan de Montalvo, que en esta sazón
había llegado a donde este peñol estaba, después de haberse hallado
en la toma del de Siminjaca, y subiendo cada cual por la parte que
le cupo, el Juan de Montalvo, con más facilidad, despues de haber
bien peleado y trabajado, atrajo así los indios que a su parte
caían, pacificándolos y haciéndolos que dejasen las armas y
tuviesen por buena su amistad. Al capitán Juan de Arévalo le
resistían los indios la subida y el hacía muy gran daño en ellos, y
era este peñol de tal suerte, que aunque toda la gente que había
peleado con Montalvo y peleaba con Juan de Arévalo estaba hecha un
escuadrón y cuerpo, los unos a la una parte estaban de paz y los de
la otra guerreaban y entre sí estaban tan apretados, que aunque
Montalvo envió un indio con una carta a Juan de Arévalo para que se
reportase y no damnificase tanto a los indios, nunca el que la
llevaba pudo romper por el escuadrón a darle la carta a Arévalo;
apretaba tanto a los que en su frontera tenía, que los hizo que
cargando sobre una peña que del peñol salía a manera de punta, con
la mucha carga y peso cayese la peña con muy gran cantidad de
indios, donde todos los más fueron muertos y
|los que vivos
escaparon, fue con piernas y brazos quebrados. Y así, a poder de
sangre vertida, desbarató y ganó Juan de Arévalo esta fuerza, con
pérdida de un buen soldado que con los indios se despeñó, llamado
Fulano Varranco, y otros que le hirieron con flechas y
lanzas. Pero todo fue bien pagado, porque demás de los indios que
despeñándose murieron, estaban debajo del peñol, en lo llano, cinco
hombres de a caballa, que de los que por su buena fortuna llegaban
vivos y huían, los alanceaban. Y así se hizo en este peñol un gran
estrago de indios que amedrentó harto a los que vivos quedaron y
les forzó a que tuviesen por bueno el yugo y servidumbre de los
españoles. Y con estas maneras de castigo, pacificó el capitán Juan
de Arévalo muchos pueblos de los que estaban rebeldes y los domó,
de suerte que
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en mucho tiempo después
no intentaron ninguna rebelión.
El capitán Céspedes, después que hubo desbaratado el peñol de
Siminjaca, se pasó con su gente a pacificar el rincón y provincias
de Ubaté, donde anduvo algunos días y dejó pacífica mucha parte de
aquella tierra, y de allí se volvió a la ciudad de Santafé, donde
Hernán Pérez de Quesada estaba.
Costó esta pacificación treinta españoles que los indios mataron
en diversas partes.
En la ciudad de Tunja hubo pocas rebeliones después del castigo
que Hernán Pérez hizo, y así fueron fáciles de castigar; excepto
los que junto a la laguna de Tinjacá caían, que éstos, mediante los
estragos que en ellos hizo Céspedes y sus soldados, se quietaron.
Fue asimismo famoso en Tunja el alzamiento del cacique y gente de
Duitama, a quien pacificó el capitán Baltasar Maldonado con pura
sangre, porque la obstinación de aquella gente y de su cacique
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lo pedían así, y nunca fueran
conservados en la quietud que hoy tienen si no se usara con ellos
de un poco de rigor.