|Capítulo
tercero
|5.
En que se escribe
cómo Hernán Pérez de Quesada salió con gente en descubrimiento de
la casa del Sol, y pasando por las provincias de los Laches llegó a
las provincias de los Chitareros, donde ahora está poblada la
ciudad de Pamplona.
Hernán Pérez de Quesada se quedó con el gobierno de la tierra
pacíficamente, porque como los que aborrecían su gobierno viesen
que sus designios habían sido descubiertos y por eso frustrados y
sus capitanes Limpias y Benalcázar llevados el río abajo, todos se
sosegaron y reposaron, quitando de sí todo sedicioso deseo de
inquietudes y alborotos; y así, dende en adelante, toda la gente
española vivió muy conforme y procuraron conservar a Hernán Pérez
en el gobierno de la tierra, como por obra después lo pusieron,
cuando viniendo Jerónimo Lebrón por gobernador proveído de la
Audiencia de Santo Domingo, no lo quisieron recibir, como adelante
más largo se tratará.
Según atrás, en el pasado libro queda dicho, el volverse el
general
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Jiménez de Quesada del camino que para
España llevaba la primera vez, fue causa la noticia que le dieron
de la casa del Sol, donde se decía haber tanta cantidad de oro;
pues como su hermano Hernán Pérez de Quesada, y todos los demás que
en la ciudad de Santafé habían quedado, quedasen tan faltos de oro,
por haberlo dado todo a los generales y a otras personas que a
España iban con ellos, determinaron ante todas cosas de ir en
demanda y descubrimiento de esta casa del Sol. Y así Hernán Pérez
de Quesada, dejando en Santafé a los capitanes Gonzalo Suárez y
Martín Galeano, que habían de ir a poblar las dos provincias de
Tunja y Chipatá, con los que habían de ir con ellos a las
poblaciones, según lo dejó ordenado el general Jiménez de Quesada,
él se fue con ciento y tantos hombres con titulo de capitán
general, llevando consigo a los capitanes Céspedes y Rivera y
Martínez; y atravesando por la provincia de Tunja, sin que en ella
estuviese fundado el pueblo de españoles, y por las tierras y
poblaciones del cacique y señor de Sogamoso fue a salir a las
provincias de los Laches, que están puestas en tierras por la mayor
parte muy frías, de la otra banda del río que los españoles llaman
de Sogamoso, y otros de Chicamocha, y otros de Serrano, que entra
en el río grande de la Magdalena por más abajo del pueblo de La
Tora.
Esta gente Lache, así en personas como en trajes, lengua y
habla, supersticiones de religión, es muy diferente de la gente del
Reino llamada Moxcas,
|de la cual gente laches y otros naturales
trataré más largamente en otra parte 7.
El primer pueblo de esta provincia de los Laches donde los
españoles llegaron, fue uno llamado Ura, cuyos moradores salieron
de sus casas con las armas en las manos, que son muy largas lanzas
de palma, a resistir y rebatir los españoles que por sus casas se
entraban, que serían hasta cuarenta hombres que iban de vanguardia,
los cuales unos con otros anduvieron un buen rato porfiando con las
armas, los unos por entrar, los otros por defender sus casas; pero
fueron los indios Laches de este pueblo echados por los españoles,
los cuales se alojaron aquel día en sus casas, que eran las paredes
de piedra, aunque toscamente hechas, y las cubiertas y techos de
paja.
Los indios de Ura se recogieron al pueblo de Chita, que cerca de
allí estaba, donde incitaron e indinaron a los naturales de él y de
otros pueblos comarcanos a que tomasen las armas contra los
españoles que habían de pasar forzosamente por sus poblaciones; los
cuales lo hicieron así y se juntaron más de dos mil indios con
largas lanzas y macanas adornadas de una manera de estandartes
hechos de plumas de guacamayas y papagayos y otros pájaros de
colores, y otros de una pajuela delgada que de lejos parecen bien y
lucen mucho; y como otro día saliesen los españoles del pueblo de
Ura y marchasen para el de Chita, dieron en un río de aqueste mismo
pueblo, llamado el río de Ura, donde fueron detenidos por la gran
creciente del río, que no pudieron pasar con la brevedad que se
requería, y así Hernán Pérez de Quesada, con los que al principio
pudieron pasar, que serían setenta hombres, caminó hacia el pueblo
de Chita, de donde ya los indios habían salido divididos en tres
escuadrones, a recibir a los españoles en el camino, teniendo gran
confianza en su gran número y en sus crecidas y grandes lanzas de
palo.
Hernán Pérez de Quesada descubrió los indios y vio los muchos
que eran; quisiera retirarse a alguna parte hasta que el resto de
su gente llegase, por no poner en condición la victoria, porque
esta gente Lache había dado en el reencuentro de atrás muestra de
gente más belicosa y briosa que los Moxcas, y
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demás de esto
hacían gran ventaja a los Moxcas así en la grandeza y disposición
de cuerpos como en las armas, que eran muy más peligrosas y largas
que las que los Moxcas usaban. Pero los indios no dieron a Hernán
Pérez lugar para que hiciese lo que quería y pretendía, porque como
vieron los españoles, luégo se vinieron acercando a ellos con paso
largo, y les fue forzoso a Hernán Pérez y a los que con él estaban,
esperarlos y acometerlos, por no perder nada de su reputación. La
resolución de esto fue que desde que los indios se acercaron a los
españoles se detuvieron y repararon hasta que rompiendo por ellos
los de a caballo, fueron movidos a pelear, y meneando sus toscas
lanzas y macanas de palo, procuraban hacer daño a los nuestros,
pero ninguna cosa les dañaron y ellos recibían en sus desnudos
cuerpos, grandes lanzadas de la gente de a caballo y heridas de los
peones, de que morían y caían en el suelo muchos, lo cual les hizo
perder el brío que traían y aflojar en el pelear y así recibir más
daño, que les constriñó a volver en poco tiempo las espaldas y
darse a huir, después de dejar caídos y muertos mucha parte de los
que vinieron a trabar la pelea.
Los españoles se alojaron aquel día en el pueblo de Chita, y el
siguiente mrcharon adelante y fueron a dar al pueblo del Cocuy, que
tendría ochocientas casas de morada, cuyos moradores se habían
ausentado y desamparado el pueblo, por haberse hallado parte de
ellos en la guazabara el día antes; algunos de los cuales fueron
conocidos por las señales y heridas que de la pelea sacaron, siendo
después tomados en algunas partes donde estaban escondidos con sus
mujeres e hijos. Del pueblo del Cocuy pasaron adelante por los
pueblos de Panqueba y Guacamayas y de Nuestra Señora y de los
Azores, hasta llegar al valle de los Cercados, que es lo que ahora
se dice valle de Tequia; gente asimismo diferente en lengua y
trajes de los Leches. Llamose este valle de los Cercados porque en
él tenían los indios principales sus casas cercadas de grandes
cercados de palos y cañas, alcarrizos y otras ramas de árboles,
todo muy tejido y tupido.
En estas poblaciones se juntaron hasta quinientos indios y
esperaron al capitán Martínez, que iba delante a descubrir con
treinta hombres, los cuales, aunque salieron bien pertrechados de
lanzas, flechas y tiraderas, fueron con mucha facilidad
desbaratados y ahuyentados de los nuestros, porque a los primeros
que vieron derribar y matar no curaron de esperar a recibir más
daño en sus personas, antes quedaron tan atemorizados que en cuanto
duró la gente de aquesta nación y lengua ellos mismos desamparando
sus casas les pegaban fuego y las quemaban antes que los españoles
llegasen a ellas. Y pasando adelante fueron a dar a unos pueblos de
indios que ahora sirven a Pamplona, llamados Camara y Mogotocoro,
donde hallaron ciertos pedazos de cadenas de hierro y dos ollas de
cobre y otras insignias de haber andado españoles por allí, como
actualmente pasaba así, porque el gobernador Micer Ambrosio, que
salió a descubrir de la ciudad de Coro y gobernación de Venezuela
el año antes de mil quinientos veintinueve, pasando la laguna de
Maracaibo, donde estuvo algún tiempo, vino a dar a las provincias
de Tamalameque, y de allí se metió la tierra adentro y caminó hasta
que llegó a este pueblo de Camara y provincias donde está poblada
Pamplona, donde murió y fue enterrado en el valle que por él fue
dicho de Micer Ambrosio, y hoy se llama de Chinácota, según en su
historia más largamente se escribe.
Hernán Pérez y los demás, aunque entre ellos iban soldados de
los que habían andado con Micer Ambrosio, no reconocieron luégo la
tierra hasta que metiéndose más por ella pasaron por entre muchas
poblaciones de indios, cuyos naturales procuraban ofender a los
nuestros, como lo habían hecho a la gente de Micer Ambrosio. Pero
de que llegaron a este valle de Micer Ambrosio los soldados que con
Hernán Pérez iban, que se habían hallado en la muerte de Micer
Ambrosio, reconocieron claramente el valle y dieron noticia de la
poca población que de allí para abajo había y cuán cerca estaban de
la laguna de Maracaibo; y así dieron la vuelta por el propio camino
por do habían entrado, y al tiempo que los españoles se tornaban a
salir de estas provincias de Pamplona, se juntaron más de mil
indios de ellas y con sus armas siguieron algunos días la
retaguardia de los españoles, y aunque no les mataron ningún
soldado, todavía les causaron inquietud y demasiado cuidado por
seguirla tan obstinadamente; hirieron algunos caballos y algunos
perros de ayuda, pero como no tenían hierba no murió ninguno.
Y llegados a la provincia de Tequia y de los Cercados, Hernán
Pérez tuvo noticia cierta de cómo dejaba atrás la casa del Sol, en
el paraje de los pueblos del Cocuy tras de una cordillera alta y de
grandes páramos que allí se hacía a las vertientes de los llanos.
Hernán Pérez acordó volver a buscarla; pero temiendo que en el
Reino hubiese, con su larga ausencia, algunas novedades, envió a
buscar la noticia de la casa del Sol al capitán Céspedes con la
mitad de la gente, y él con la otra mitad se vino a Tunja por la
vía de ciertos pueblos de indios Moxcas, llamados Chicamocha y
Onzaga, y otros que por este camino hay, que fuesen a salir a
Tunja.
En este tiempo que Hernán Pérez de Quesada anduvo en este
descubrimiento que he dicho, los capitanes Suárez y Galeano
salieron a poblar los dos pueblos con la gente que les fue señalada
al principio; el capitán Suárez pobló su pueblo en la provincia de
Tunja, en el propio sitio donde estaban los cercados y población
del cacique Tunja al tiempo que el general Jiménez lo prendió y
quitó el oro, al cual llamó la ciudad de Málaga, por ser él natural
de este pueblo en España. Y como este cacique Tunja era tan afamado
y nombrado y el pueblo se fundó en su propia población, vino a ser
tan poderoso el tiempo y el vulgo, el cual jamás llamaba a este
pueblo sino Tunja, que perdió el nombre de Málaga y se quedó con el
de Tunja, y así es hoy llamada la ciudad de Tunja.
El capitán Galeano pasó a la provincia de Chipatá y en ella
pobló el pueblo que le fue mandado, el cual llaman la ciudad de
Vélez, y con este apellido se quedó hasta este tiempo, aunque los
indios por respeto de estar poblada en la provincia de Chipatá
nunca la llaman a esta ciudad sino Chipatá, y a Santafé, Bogotá,
por estar asímismo poblada en la provincia de Bogotá.
|Capítulo cuarto
En que se escribe
la falta de mantenimiento que en Santafé hubo y la causa de ello, y
cómo por haber quedado en ella poca gente española se quisieron
rebelar los naturales y fue atajada y castigada su rebelión.
Salidos de la ciudad de Santafé los capitanes Suárez y Galeano
con su gente a poblar los pueblos dichos, quedó muy poca gente en
ella, y por justicia el capitán Juan Tafur, que a la sazón era
alcalde ordinario, que es el más preeminente cargo que en la
república se suele dar; el cual por conservar la paz de los indios
Moxcas de la provincia de Bogotá, procuró no hacerles daño ninguno
en sus comidas, que era el mayor que en esta sazón podían recibir;
y como los españoles aun hasta este tiempo no se hubiesen dado a
labrar ni sembrar sino siempre se sustentasen de lo que los indios
sembraban y cogían para su sustento, tenían por este respecto
puesto en gran trabajo y necesidad a los naturales Moxcas de esta
provincia de Bogotá
|
8, y a esta causa también
los españoles eran necesitados a buscar maíz para sustentarse; y
por excusar y relevar de trabajo a estos naturales, el capitán Juan
Tafur hacía que fuesen por ello a las provincias de los Panches,
donde habla gran abundancia de maíz, por ser la tierra tan fértil y
fructífera, y traído que era al pueblo el maíz, era por el capitán
repartido entre todos los vecinos conforme a lo que cada uno habla
menester, y con este trabajo se sustentaron muchos días y
meses.
Y por ser la gente y naturales de los Panches tan belicosa y
osada, le era y fue necesario al capitán Juan Tafur enviar todos
los españoles a que hiciesen alto a los indios que hablan de traer
el maíz, y él se quedaba en el pueblo con solo ocho compañeros, de
donde vinieron algunos caciques y principales Moxcas de la
provincia de Bogotá a quererse rebelar y dar sobre la gente poca
que en el pueblo quedaba, lo que no fue tan oculto que no tuviese
de ello noticia el capitán Juan Tafur, y haciendo prender los
caciques y principales que trataban de esta rebelión y alteración,
y averiguado el delito bastantemente, hizo justicia de algunos de
ellos, con que se aseguraron los demás y dende en adelante no
trataron de hacer cosa indebida, y los españoles se sustentaron con
este trabajo hasta que dieron en que los indios les hiciesen
particulares sementeras y labranzas para su sustento.
Los capitanes Hernán Pérez de Quesada y Céspedes siguieron sus
derrotas y jornadas por sus diferentes caminos, a salir a Tunja;
aunque llegado el capitán Céspedes a la provincia del Cocuy 9
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y procuró saber de la casa del Sol y allí halló guías
que le guiaron a ella, la cual, como he dicho, estaba en un valle
pasada la cordillera que junto a esta provincia de los Laches está
hacia las vertientes de los Llanos. Los indios que en esta casa del
Sol idolatraban y habían ofrecido gran cantidad de oro, tuvieron
noticia de cómo los españoles iban en busca y demanda de ella, y
acudieron con presteza temiendo que diesen con ella, y sacando el
oro de petacas en que lo tenían puesto sobre unas altas barbacoas
hinchieron las petacas de muy grandes guijarros y dejáronlas allí,
con que burlaron muy graciosamente la codicia de los españoles. El
capitán Céspedes, con las guías que tenía, atravesó la cordillera y
dio en el valle y bohío de la casa del Sol, al cual decían llamar
de este nombre porque en cierta culata alta tenían puestos unos
platos o patenas de oro que cuando el sol les daba resplandecían y
se veían de muy lejos; y como el capitán Céspedes y los que con él
iban entrasen en el bohío y viesen las petacas puestas en alto y
liadas y atadas y de gran peso, entendieron y creyeron que
verdaderamente lo que dentro estaba era oro. Mas después que las
abrieron vieron claramente la burla que por los bárbaros se les
había hecho. Hallaron en este bohío algún oro y un rastro de haber
habido en él muy gran cantidad de oro; y hallaron muchas cuentas
que entre los indios tienen valor, y unos caracoles grandes de la
mar, colgados. Dícese que en este santuario o bohío de la casa del
Sol había muy ricos enterramientos y de mucho oro, los cuales
Céspedes, por no detenerse y ser cosa incierta, no consintió cavar,
y se torné a salir a los pueblos del Cocuy, y que estando allá
descansando los indios ladinos que los servían, que eran Anaconas,
de Perú, y otros Moxcas, volvieron a este santuario de la casa del
Sol, que no debía de estar muy lejos, por haber de las cuentas que
en él habían quedado, y que al tiempo que bajaban una cuesta abajo
a dar en él, vieron gran cantidad de indios que en él andaban, y
para ahuyentarlos y que pensasen que eran españoles, los Anaconas
se les mostraron desde lejos y les dieron grita, y así los indios,
entendiendo que eran españoles los que tornaban desamparando el
santuario huyeron, y bajando los indios a él hallaron que habían
cavado muchas sepulturas, de donde parecía que habían sacado
cantidad de oro, por lo que por allí hallaron derramado y esparcido
de lo que los indios habían sacado.
Dieron de ello aviso al capitán Céspedes que estaba en Cocuy, el
cual envió algunos soldados a que viesen si quedaban más
sepulturas; los cuales hallaron todas las más cavadas, y algunas
que quedaban por cavar abrieron y sacaron de ellas poca cantidad de
oro, porque debían ser de señores probes
|
10
, y con
esto se volvieron al Cocuy, y de allí se vino Céspedes y la demás
gente a Tunja, donde dende a pocos días los señores y caciques del
Reino, así de la provincia de Tunja como de Bogotá, trataron de
rebelarse
|
11
generalmente contra los españoles.
Dícese que a ello fueron inducidos por los mohanes y jeques que a
manera de sacerdotes tienen cargo del servicio de los templos y de
la veneración de los simulacros e ídolos con quien tienen sus
oráculos y pláticas, por medio de los cuales el demonio hablaba a
los jeques diciendo que la diversidad de sus dioses estaban airados
contra ellos porque consentían permanecer y estar en la tierra a
los españoles, con cuya presencia había de venir a menos su
veneración, y que debían procurar echarlos de ella para que su
idolatría fuese adelante; y que por esta vía fueron promovidos los
caciques de los jeques a tratar una general conspiración, que así
se puede y debe decir, pues en ella trataban de matar generalmente
a todos los españoles.
Pero la más cierta ocasión y causa de esta conspiración era y
fue que a esta sazón los encomenderos empezaban a pedir a los
indios de sus encomiendas los tributos y demoras que por razón de
las encomiendas les habían de dar, y como en esta sazón no había
ninguna tasa ni moderación en elevar y pedir de los tributos, sino
que cada un encomendero pedía lo que le parecía, y los indios y
señores principales no estaban aún hechos a este yugo y entonces lo
empezaban a recibir, quisieron ver si lo podrían echar de sí con
tiempo o antes de tiempo, así trataron esta rebelión general, la
cual ordenaban hacer efectuar de esta manera: que cada cacique o
principal, en cierto día señalado había con sus sujetos de dar en
la casa de su encomendero, y matarlo y quemarlo dentro; y para que
este trato y concierto no fuese descubierto por los indios ladinos
que servían a los españoles, de la propia nación Mosca, fueles dado
parte de ello, y por parte de los señores, prometido grandes
remuneraciones por el secreto, y por parte de los jeques y personas
que por tratar con los simulacros e ídolos eran tenidos en gran
veneración y temidos espiritual y temporalmente, les eran puestos
grandes temores y amenazas con el castigo de la ira de sus dioses,
los cuales serían contra ellos indignados si descubrían el hecho de
la rebelión; y con esto no sólo propusieron los indios ladinos el
guardar todo el secreto, pero se ofrecieron de tomar los frenos de
los caballos y esconderlos y ponerlos en cobro, de suerte que no se
pudiesen aprovechar de su ferocidad y ayuda, y las indias ladinas
asímismo, por tener particular entrada en los aposentos y y cámaras
donde los españoles sus amos dormían, se ofrecieron de tomarles las
armas, espadas y rodelas, a tiempo conveniente que no se pudiesen
aprovechar de ello.
Y determinados todos los naturales Moxcas de poner de la forma
dicha en efecto esta su rebelión, para por esta vía recobrar su
libertad y llevar adelante sus idolatrías y gentilidades, luégo se
dieron a hacer armas y otros pertrechos de guerra para si en alguna
manera hubiese algunos españoles que se defendiesen, tener con qué
ofenderles, porque en las guerras y conquistas pasadas habían
despendido todo el almacén de armas que tenían.
Atribúyese al cacique Tunja el trato y movimiento de esta
rebelión, porque demás de declararlo así después muchos indios,
este bárbaro, como había sido más agraviado que otro ninguno por
los españoles, por el oro que le tomaron y larga prisión en que le
tuvieron, deseaba haber entera venganza de sus enemigos, y así lo
procuraba; y ciertamente ello se efectuara y pudiera ser, con
muerte de todos los más de los españoles, si no permitiera Dios
verdadero que con tiempo fuera descubierta esta trama por una india
ladina, natural de la provincia de Duitama, que servía al capitán
Maldonado, que era encomendero de la propia provincia y cacique de
Duitama. Esta india, estando en la ciudad de Santafé con su amo y
señor, le dijo lo que en la provincia de Tunja quedaba ordenado y
tratado, y que, si con tiempo no lo remediaban, que en breve verían
la perdición y ruina de todos los españoles. De lo cual, para
satisfacción de la justicia, se procuró, con todo secreto, haber
información, y se halló ser verdad la conspiración; lo cual sabido
por Hernán Pérez de Quesada, justicia mayor del Reino, procuró
castigar esta conspiración con el menor alboroto que se pudiese, y
para este efecto se aprovechó curiosamente de una ocasión que a la
mano hallé.
En el pueblo de Tunja es costumbre muy antigua que de cuatro a
cuatro días se hacía y hace un mercado dentro del propio pueblo de
el cacique, a donde acudían a tratar y contratar, vender y comprar,
infinita gente de todos estados, al cual asímismo venían muchos
caciques y señores principales, así por contemplación del cacique
Tunja, en cuyo pueblo se hacía, como por sus particulares intereses
y granjerías, de las cuales nunca se despreciaron estos bárbaros,
por grandes y principales señores que fuesen, porque todos en
general son dados a la avaricia; aunque algunas personas graves los
han querido hacer exentos de este vicio. Pues con esta ocasión
trató Hernán Pérez con el cacique y señor de Tunja que deseaba ver
un mercado muy grande y suntuoso donde interviniesen muchos de los
señores y personas principales de su territorio y hubiese gran
concurso de gente en él. El cacique Tunja, como estuviese saneado
de su gente, que no habrían descubierto el motín, ni él tampoco era
de tan agudo juicio y entendimiento como se requería para presumir
la intención de Hernán Pérez de Quesada, al primer mercado hizo
juntar todos los más de los caciques y principales comarcanos, y
para más autoridad se quiso él hallar presente, donde se juntó muy
gran copia de gente, y todos quitados de presumir el designio de
Hernán Pérez, el cual cuando más segura la gente en el mercado
estaba, hizo salir los españoles armados, así a pie como a caballo,
y que le cercasen y asegurasen el mercado, de suerte que ninguna
persona saliese de él, y él propio, con algunos de sus amigos y
ministros, se metió por entre los principales y caciques, e
informándose de quién era cada uno, empezó por el cacique y señor
de Tunja, al cual por su propia mano cortó la cabeza con un alfanje
que para el efecto traía, y lo mismo hizo a todos los demás
caciques principales que en el mercado había; donde, con la sangre
de los más culpados, castigó y amedrentó a todos los menores, de
suerte que no hubo tan presto quién tornase a tratar de otra
conspiración.
Esto sucedió el año cuarenta en Tunja, a poco tiempo después
poblada la ciudad de Málaga por los españoles.
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5
|
Desde aquí cambia en el manuscrito la letra y ortografía. Se
ven los bordes cortados de diez y nueve líneas de la página están
tachadas y su texto corresponde al final del capítulo segundo. A
partir de esta página los cortes y tachaduras son más frecuentes y,
además, se observan en los márgenes resúmenes del contenido. Vale
la pena anotar que en la edición hecha por la Real Academia de la
Historia, Madrid, no se menciona este hecho tan llamativo.
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6
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Al margen está escrito y tachado
|Don Gonzalo.
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7
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Tachado en el original lo impreso en bastardilla. Es una
referencia sobre partes suprimidas en el manuscrito.
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8
|
En el manuscrito dice siempre "Vogotá"; sin embargo, en todos
los casos, salvo en algunos muy raros, debidos sin duda a omisión,
entre los brazos de la "V" está escrita una "b". Véase también la
nota 11 del mismo libro.
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|
9
|
La palabra "
|Cocuy" está tachada en el texto y puesta
entre líneas "Cucuy".
|
|
10
|
Por "pobres".
|
|
11
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En la palabra "revelarse" se escribe entrre los brazos de la
"v" la letra "b". Esto ocurre generalmente (véase nota 8 del mismo
libro). Se trata de corrreciones ortográficas que abundan en los
libros siguientes, donde se lee frecuentemente, por ejemplo: "hir"
por "ir"; "heran" por "eran"; "husan" por "usan"; "unavio" por "un
navío"; "questando" por "que estando"; "aquisto yo" por "aquí estoy
yo"; "desotros" por "de estos otros"; "quezia" por "que decía";
"lipuscoano" por "guipuzcoano"; "via" por "veia"; "hacer beruos"
por "hacer verbos"; "acomado" por "acomodado"; "mira, i, matáme"
por "mirad, id, matadme"; "todos los bienes que hen ella astes" por
"todos los bienes que hallasteis"; "oydio" por "odio"; "perlado"
por "prelado"; "conversación" por "conservación", etc. No
anotaremos todas estas formas ortográficas en cada caso particular
para no entorpecer la lectura del texto; pues, de lo contrario,
sería infinito el número de nota. Lo apuntamos aquí con el fin de
que los interesados en esta clase de estudios no ignoren la
extraordinaria fuente que presentan estos libros de la
"Recopilación"; pero, aconsejamos la investigación de la fuente
misma, pues si la transcripción que hizo Jerónimo Becker es
cuidadosa, contiene, no obstante, muchos errores literales.
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