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LIBRO CUARTO
|En este cuarto libro se escribe la entrada de los capitanes
Benalcázar y Federmán en el Nuevo Reino, y su ida, juntamente con
el general Jimenez de Quesada, a España; la población de las
ciudades de Vélez y Tunja; las jornadas que Hernán Pérez de Quesada
hizo en descubrimiento de la casa del Sol y del Dorado y el suceso
de ellas, y la subida de Jerónimo Lebrón, gobernador proveído por
Santo Domingo al Reino; la jornada que el capitán Maldonado hizo a
los Palenques; la venida del adelantado don Alonso Luis de Lugo a
Indias, y lo que en el Nuevo Reino hizo, y cómo para que le temas,
residencia a el y a otros gobernadores fue proveido el licenciado
Miguel Díaz Armendáriz, con el suceso de su gobierno, y cómo fue
proveída Audiencia de presidente y oidores en el Nuevo Reino; y el
tiempo en que se asentó; y los oidores que ha habido en ella hasta
este tiempo, con otros muchas cosas y sucesos que ha habido en las
ciudades de Santafé, Tunja y Vélez, hasta este tiempo, asi entre
Indios y españoles, como los españoles solos entre
sí.
|Capítulo
primero
En el cual se escribe la salida de
los capitanes Sebastián de Benalcázar
|
1
y
Federmán
|
2
de Perú y de Venezuela a descubrir
tierras nuevas, y cómo vinieron entrambos con su gente en un mismo
tiempo a dar en el Nuevo Reino de Granada, después de haber un año
que lo habían descubierto y estado en él el general Jiménez de
Quesada.
A esta provincia del Nuevo Reino de Granada se vinieron a
juntar y salir los capitanes Federmán y Benalcázar, tenientes de
gobernadores, que algunos años antes que el general Jiménez de
Quesada habían salido con gente española de muy diferentes
provincias a descubrir nuevas tierras, y aun casi en demanda de
este Nuevo Reino, porque el capitán Nicolás Federmán, teniente de
Jorge Espira, gobernador de Venezuela, saliendo de la ciudad de
Coro, poblada en la costa del Mar del Norte, casi en demanda de
esta propia tierra, se pasó de la otra parte de la laguna de
Maracaibo, con designio de seguir un camino que pocos años antes
había llevado Micer Ambrosio, gobernador de la propia provincia,
por el cual había llegado a los términos que ahora tiene la ciudad
de Pamplona, que confinan con la gente Mosca, donde Micer Ambrosio
torció la vía y erró la tierra, como en su historia se cuenta; pero
arrepintiéndose de ello, se volvió de las provincias de Pacabueyes
y valle de Upar, con toda su gente, a atravesar la laguna de
Maracaibo y a seguir su descubrimiento por la vía de los llanos de
Venezuela, por donde su gobernador Jorge Espira había entrado a
descubrir, el cual, de industria, erró en el camino, y prolongando
las sierras y cordillera de la tierra del Nuevo Reino, que caen
sobre estos llanos, intentó diversas veces de atravesarlas, y nunca
pudo, hasta que llegó al paraje del pueblo de Nuestra Señora, donde
al presente está poblada la ciudad de San Juan de los Llanos, y por
hallar por allí mejor y más apacible camino para atravesar la
cordillera, se metió por la serranía adelante, y pasando por
grandes montañas y Sierras y frigidísimos páramos, vino a parar a
las tierras de mil cacique Mosca, sufragano a la ciudad de Santafé,
llamado Pasca, donde a la sazón estaba el capitán Lázaro Fonte, a
quien por cierto desacato habla el general Jiménez de Quesada
condenado a cortar la cabeza, y por ruego de todos los españoles le
conmuté la sentencia en que estuviese con unos gruesos grillos de
hierro a los pies en este pueblo de Pasca, que aún no estaba bien
de paz, con rigor y apercibimiento de que si se quitaba los grillos
y se le averiguaba, se ejecutarla en su persona la pena de
muerte.
Este capitán Lázaro Fonte tuvo noticia de los indios naturales
cómo por aquella parte de la cordillera y páramos que caen sobre
los llanos entraban españoles o gentes de la propia suerte que los
que en el Reino estaban, y traían caballos y perros; que esta
noticia más la daban por señas que por palabras, porque no había
indio en aquel pueblo que supiese hablar la lengua española o
castellana 3;
|
y entendiendo el capitán Lázaro
Fonte, por lo que los indios le daban a entender, ser españoles,
dio aviso de ello a1 general Jiménez de Quesada, escribiéndoselo en
un pedazo de cuero de venado, que era el papel que entonces se
usaba, y la tinta era hecha del betún que llaman bija, que era
colorada.
El general, recibida la carta, presumió que fuese lo que en ella
venía escrito, compuesto por Lázaro Fonte, porque le diese libertad
y lo mandase venir; mas con esta sospecha no dejó de enviar ciertos
españoles que fuesen a certificarse si era verdad que de aquella
parte de la sierra venía gente, como se le había escrito, porque al
tiempo que Lázaro Fonte dio el aviso, aún no sabía qué gente era ni
de dé venían, ni qué superior traían; y estando así suspenso el
general Jiménez y toda su gente esperando la certidumbre de qué
gente fuese la que por los páramos de Pasca entraba, le dieron otra
nueva los indios de la tierra, diciendo que de la otra banda del
río grande, junto a la provincia de Neiva, habla muchos españoles
con caballos y gran cantidad de puercos, que fueron los primeros
que entraron en el Reino; y aunque de estas cosas no sabían los
indios los nombres propios, por señas lo figuraban y daban a
entender. Esta gente que salió a la provincia de Neiva y después
vino a entrar en este Nuevo Reino, por cierto pueblo llamado
Tibacuy, era el capitán Benalcázar, que después fue adelantado de
Popayán, que habiendo salido de las provincias del Perú, por
comisión del gobernador de ellas, don Francisco Pizarro, que
después fue marqués, venía descubriendo nuevas tierras y camino
para que por tierra se tratase la provincia de Perú con la Mar del
Norte, y cuando llegó a este paraje de Neiva, dejaba ya descubierta
toda la gobernación que por él fue dicha de Benalcázar, y ahora se
dice de Popayán.
El general Jiménez de Quesada, teniendo ya entera noticia de
cómo los españoles que por Pasca entraban era gente de Venezuela,
procuró saber asimismo qué gente fuese estotra, y cómo venía;
porque al tiempo que salió de Santa Marta, hubo nueva en aquella
ciudad que en Perú se habían amotinado ciertos capitanes, y temía
no fuese alguno de ellos, que se hubiese metido huyendo la tierra
adentro, y para este efecto envió a su hermano Hernán Pérez de
Quesada y al capitán Céspedes con otros doce de a caballo y doce
peones, para que viesen y reconociesen la gente que era, y le
diesen de ello aviso, y asimismo envió al capitán Pero Fernández de
Valenzuela que fuese con otros ciertos caballeros a recibir a
Federmán, y a darle la enhorabuena de su llegada y a reconocer la
gente que traía, y que procurasen que se juntasen todos y se
sometiesen debajo de su dominio y jurisdicción. El capitán
Valenzuela fue a Pasca, y vio a Federmán y a su gente, y vio cuán
distraídos venían de vestidos y trabajados del camino, por respecto
de haber sido tan largo; y diose tan buena orden en todo, que trajo
fácilmente con su discreción y prudencia, que era mucha, a
Federmán, y que haría lo que quisiese el general Jiménez de
Quesada; y dejando encargada su gente al capitán Pedro de Limpias,
se vino a Santafé a ver con el general Jiménez, donde fue muy bien
recibido, y se confederaron los dos generales muy amigablemente,
que fue asegurar un paso harto peligroso, como luégo se dirá;
porque el general y teniente Federmán, como en aquella sazón la
gobernación de Venezuela era de los Berzares, mercaderes alemanes,
pretendió al principio que la tierra del Reino entraba en su
gobernación; pero de todo esto se apartó, como he dicho, con
designio y palabras de ser él y su gente amigos del general Jiménez
de Quesada, y ser aprovechados todos de lo que en la tierra
hubiese, y así se volvió a Pasca para traer toda su gente a la
ciudad de Santafé.
Hernán Pérez de Quesada, que había ido a reconocer la gente y
españoles que hablan llegado a Neiva, pasó el río grande, y luégo
dio en el rastro de la gente de Benalcázar, por el cual y por las
rancherías y alojamientos que hacían, reconocieron ser mucha gente,
y recatadamente lo fueron siguiendo, hasta que lo descubrieron en
una provincia llamada la Sabandija, llamada de este nombre por
cierta manera de arañas o mosquitos que en ella se crían, que
picando en la carne alzan la roncha, y queda en ella gran dolor y
escocimiento por tres o cuatro horas. Hernán Pérez de Quesada, como
descubrió el alojamiento de los de Benalcázar, se encubrió en una
pequeña montaña con la gente que con él iba hasta ver si podía
haber alguna persona de los de Benalcázar, de quien se informase y
supiese lo que pretendía, y para este efecto envió seis peones por
la falda del monte, que se pusiesen en salto, en parte donde
hubiesen algún español o indio ladino desmandado. Los seis soldados
fueron a dar a un río que pasaba por el alojamiento de los de
Benalcázar, donde hallaron tres soldados pescando, y prendieron los
dos y el otro se les fue por pies, los cuales trajeron donde Hernán
Pérez estaba, y de ellos se informó quiénes y cuántos eran, y el
capitán que traían, y la derrota que llevaban que era descubrir
hasta la Mar del Norte, a los cuales Hernán Pérez dijo asimismo por
quién era enviado y dónde estaban, y la tierra que tenían
descubierta, y cómo no había salido de Santafé más de avisarles que
iban perdidos, y con esto los solté y envió a su alojamiento, el
cual hallaron muy alborotado y puesto en arma, con la nueva que el
soldado que se huyó en la pesquería les había dado; y sabida la
realidad de la verdad por Pedro de Puelles, que por ausencia de
Benalcázar tenía a su cargo la gente que allí estaba, porque en
esta sazón había ido el general Benalcázar a descubrir con gente,
fue asegurado, y para más asegurar envió dos hidalgos de los
principales del campo, el uno llamado Juan Cabrera y el otro el
capitán Melchor de Valdés, a que hablasen a Hernán Pérez de Quesada
y a los que con él estaban, y le saludasen y asegurasen de su parte
que podía ir sin recelo ninguno a su alojamiento y holgarse con
ellos algunos días.
Hernán Pérez de Quesada lo hizo así y fue bien recibido de Pedro
de Puelles y de los que con él estaban; y aquella misma noche vino
el general Benalcázar a su alojamiento, llamado de su alcalde mayor
Pedro de Puelles; y el día siguiente, después de haber oído misa,
se trataron y comunicaron muy familiarmente, y Hernán Pérez de
Quesada fingió haber sido enviado por su hermano, el general, a
avisar a Benalcázar que no se metiese en descubrir por aquella vía
la Mar del Norte, que se perdería, por haber en su compañía
personas que habían andado aquella tierra, y visto su maleza y
espesura de montañas. Benalcázar se lo agradeció y se ofreció a él
y a otras personas principales que en su compañía iban, que
recibiesen de él algunas dádivas, como eran ropas de vestir, porque
en su hábito daban a entender la necesidad que de ellas tenían,
porque iban todos vestidos de ropa de algodón, por defecto de no
tener otra cosa, y así los soldados de Benalcázar burlaban de los
vestidos y hábitos que llevaban los de Jiménez; porque como ellos
habían salido de Perú, tierra muy rica y próspera, iban bien
pertrechados de todo lo necesario de cosas de España, para el
ornato de sus personas, como eran ricos vestidos de sedas y finos
paños, vajillas de plata, cotas de malla, y gran servicio de indios
de Perú, y mucha cantidad de puercos para su sustento, y en todo
hacían gran ostentación, y muestra de no padecer ninguna necesidad;
y como he dicho, Hernán Pérez y los que con él iban, si no eran los
caballos y sus personas, espadas y hierros de lanzas, otra cosa no
podían decir que llevaban, ni tenían de España; y con toda esta
necesidad, jamás pudieron abatir a los del Reino que recibiesen de
ellos alguna cosa de las muchas que les ofrecían, y concluyendo en
todo Hernán Pérez de Quesada, recibió palabra y fe de Benalcázar,
que no pasaría del río grande hacia el Reino, pues le constaba que
juntamente el general Jiménez y su gente poseían aquella tierra, y
con esto se volvió muy contento a Santafé, donde su hermano estaba,
y le dio entera relación de todo lo que pasaba; pero Benalcázar no
pudo cumplir su palabra, porque fue forzado a quebrantarla por sus
soldados que tuvieron deseo de ver qué tierra era el Reino, en la
cual pretendían permanecer los del general Jiménez de Quesada, y
así pasando luégo el río grande, se vino con su gente a alojar a un
pueblo de indios Moscas de la provincia de Bogotá, llamado Tibacuy,
donde tuvo noticia de cómo la gente de Federmán estaba en Pasca
alojada; y a esta sazón había ido el mismo Federmán, según he
dicho, a Santafé a verse con el general Jiménez.
Benalcázar, sabida esta nueva, y habiéndole parecido bien a él y
a sus soldados la tierra donde estaba, y principio que de ella
había visto, deseando apoderarse en ella, escribió una carta a
Federmán induciéndole a que entrambos juntasen su gente, que eran
cada ciento sesenta hombres, y apoderándose de toda la tierra del
Reino, echasen de ella al general Jiménez de Quesada. Esta carta
llegó a poder de Pedro de Limpias, a quien con su gente había
dejado Federmán, el cual se holgó mucho de verla, y deseé que lo
que Benalcázar escribía, se efectuase; pero como Federmán estuviese
ya, según se ha dicho, confederado con el general Jiménez, y fuese
hombre de pundonor y amigo de cumplir su palabra, no se curó de lo
que Benalcázar le escribía, ni de lo que su capitán Limpias
deseaba; y así tomó toda su gente y se fue la vuelta de Santafé,
donde le fue hecho a toda su gente muy buen recibimiento, saliendo
todos los de la ciudad en orden de guerra fuéra de ella a
recibirlos, para más obligarlos a su amistad.
En este ínterin supo el general Jiménez de Quesada cómo
Benalcázar, contra lo que había prometido, se había entrado por la
tierra del Reino, y estaba alojado en Tibacuy, adonde le envió a
decir con el capitán Céspedes y otras personas principales, que por
qué iba contra lo que había prometido, y que se debía abstener de
no pasar adelante por la tierra que él tenía ya conquistada y
pacificada, si no quería inventar y ser causa de discordias nuevas.
Céspedes llegó a Tibacuy y dio relación de su embajada a
Benalcázar, el cual pretendía ser suya la gobernación del Reino por
cierta cédula que la princesa le había dado, para que descubriese y
fuese gobernador de lo que había entre la Mar del Sur y la del
Norte, de tal parte a tal parte. Benalcázar, sabido cómo Federmán
se había juntado con su gente al general Jiménez de Quesada, perdió
de todo punto la esperanza que tenía de apoderarse en la tierra del
Nuevo Reino, y así se entretuvo en Tibacuy algunos días con
mensajes que de una parte a otra iban, hasta que ordenaron de que
él y el general Jiménez se viesen y hablasen, el cual, dejando su
gente alojada en Tibacuy, se fue con quince hombres de a caballo a
la ciudad de Santafé, donde juntándose todos tres generales y
tenientes de gobernadores, trataron en dar orden en lo que convenía
para la paz y quietud de los españoles y perpetuidad de la
tierra.
La gente y soldados de Benalcázar, como venían del Perú, donde
siempre se deseaban novedades, siguieron luégo tras de su general,
y cuando no pensaron, supieron en Santafé cómo estaban dos leguas
de allí, en un pueblo de indios llamado Bosa, a donde les llegó
mandado de su general Benalcázar que se alojasen y de allí no
pasasen hasta que se lo mandase.
Los tres generales, tratando en sus confederaciones, concertaron
que por la pretensión que cada uno decía tener a la tierra del
Nuevo Reino, que la gente de Federmán quedase en ella, como más
pacífica, con la del general Jiménez, y que de los de Benalcázar,
como gente más briosa, solamente quedasen cuarenta hombres, a los
cuales Jiménez diese de comer, y el resto de la gente fuese con el
capitán Juan Cabrera a poblar la tierra que atrás dejaba Benalcázar
descubierta, y todos estos soldados que en el Reino habían de
quedar, quedaban debajo de la jurisdicción de la justicia que por
mano del general Jiménez de Quesada les fuese puesta, donde
poblando otros pueblos serían todos aprovechados y remediados, y
que las tres cabezas se fuesen juntos a España a dar cuenta al Rey
de lo que había y pretendían, donde Su Majestad haría lo que fuese
justicia; y con este acuerdo los dos capitanes, Benalcázar y
Federmán, vendieron lo que traían, de que cada uno hubo quince o
veinte mil pesos, y juntando sus gentes, estuvieron cierto tiempo
todas debajo de la jurisdicción y dominio del general Jiménez de
Quesada, en tanto que los bergantines en que habían de navegar el
río abajo, se hacían.
|Capítulo
segundo
En el cual se escribe cómo el general
Jiménez de Quesada mandó hacer bergantines, para en que él y los
demás capitanes se fuesen el río abajo a Cartagena, y cómo
Benalcázar tomó a intentar de quedarse
|
4
con la
tierra.
Hecho el concierto referido, entre los tres, capitanes, Jiménez
de Quesada luégo propuso ponerlo por la obra, para el cual efecto
envió al capitán Albarracín con gente a una provincia y pueblo
llamado Guataquí, que es en la provincia de los Panches, cerca de
donde después se pobló la ciudad de Tocaima; porque por esta
provincia y pueblo de Guataquí pasa el río grande de la Magdalena,
que teniendo sus nacimientos arriba de las provincias de Neiva, se
junta con las aguas que manan y corren de las provincias de Bogotá,
y hacen un caudaloso río, llamado el río de Bogotá, que es otro
ramo y nacimiento del río grande. Estos dos ríos se imitan ocho
leguas antes de esta provincia de Guataquí, y cuando vienen a pasar
por ella juntos, son ya tan caudalosos y van tan llanos que se
puede navegar por ellos. De estos dos ríos, que son exordio y
principio de este río grande, trataremos más particularmente
adelante.
En tanto que el capitán Albarracín con la gente que se le había
dado, se entretenía haciendo los bergantines, los tres generales se
estaban en la ciudad de Santafé cada cual entre sus amigos y
conocidos procurando el más oro que podía para España, y procurando
pacificar por mano del general Jiménez de Quesada, en quien había
quedado la administración de la justicia, como antes se la tenía,
la tierra de Bogotá, porque con la mucha gente española que a la
provincia había ocurrido en tan breve tiempo, intentaron los indios
novedades por no poderlos sustentar, a fin de que con la falta de
la comida se fuesen de la tierra y el nuevo señor de Bogotá, que al
tirano Sagipa había sucedido, asimismo se había rebelado y recogido
con toda su gente a una provincia llamada Tena, y en cierto sitio
acomodado para ello se había fortalecido y recogido con toda su
gente, desamparando de todo punto sus pueblos.
El general Benalcázar envió a su capitán Juan Cabrera con toda
la más de su gente, que se fuese la vuelta de Neiva, y por allí se
entretuviese hasta ver si él les enviaba a llamar; porque
Benalcázar, como era hombre de mucho brío y ambicioso, deseaba con
gran instancia quedar con el gobierno del Reino, y ayudaban a esta
su natural condición e inclinación algunos soldados de los del
general Federmán, que deseaban que hubiese novedades, y a ello
incitaba mucho el haber el general Jiménez de Quesada tratado de
dejar por su teniente y por justicia mayor en el Reino a Hernán
Pérez de Quesada, su hermano, al cual muchos soldados, por sus
particulares pasiones, tenían por indigno e incapaz del cargo, y
quisieran que quedara con el uno de los tres generales; y como en
el general Benalcázar veían muestras y apariencias de ser y estar
aficionado a la tierra, y desear el gobierno de ella, no faltó
quien trató con él lo que muchos soldados deseaban y tenían en
voluntad, aborreciendo, como he dicho, el gobierno de Hernán
Pérez.
Benalcázar, como hallase este aparejo y se le diese esta
noticia, trató y concertó que porque de intentar su quedada en el
Reino, si se intentaba como algunos querían, en la ciudad de
Santafé, donde a la sazón residían, podía seguirse algún
perjudicial tumulto y alboroto, por estar el general Federmán y los
más de sus soldados de la parcialidad y opinión del general Jiménez
de Quesada, y todos juntos en Santafé, que debían dilatar el
negocio para el tiempo del embarcar en Guataquí, donde el capitán
Pedro de Limpias, que con más instancia deseaba este negocio,
llegaría con amigos suyos, y fingiendo que forzaban a Benalcázar a
que se quedase en la tierra, y echarían mano de él, y lo retendrían
por fuerza, y harían que los otros dos generales prosiguiesen su
viaje, y con este trato y resolución llegó el tiempo en que los
bergantines de todo punto se acabaron e hicieron, en el cual el
general Jiménez de Quesada procuró asímismo dar asiento en todo lo
que en la tierra se había de hacer; ordenó que luégo que él se
fuese el río abajo, se poblasen otros dos pueblos de españoles en
los términos del Reino, que es la gente Mosca, y que el uno fuese a
poblar el capitán Gonzalo Suárez Rondón, en la tierra del cacique y
señor de Tunja, y el otro fuese a poblar el capitán Martín Galeano,
en tierra del señor de Chipatá, que es una provincia cercana al
valle de la Grita, por, donde entró el mismo general y su gente,
cuando entró en este Nuevo Reino; y juntamente con esto repartió
los naturales que en estas dos provincias había, en los que las
habían de ir a poblar, y dejando recibido por el cabildo de
Santafé, y por toda la demás gente que en el Reino había, de quedar
por teniente general y justicia mayor a su hermano Hernán Pérez de
Quesada, así de la ciudad de Santafé como de los demás pueblos que
se poblasen, se fue a embarcar con los otros dos generales y otras
muchas personas principales que habían habido cantidad de oro, con
que podían vivir muy holgada y descansadamente en su tierra.
A esta sazón había salido de la ciudad de Santafé el capitán
Pedro de Limpias con gente a echar fuéra del valle de Tena al señor
de Bogotá, que como se ha dicho, estaba allí recogido con mucha
gente, por no servir a los españoles; y como con su gente entrase
Limpias en este valle, toda la gente Mosca que por él estaba
esparcida se recogió a la mesa y sitio donde estaba fortalecido el
cacique Bogotá, donde se vinieron a recoger más de cinco mil
indios. Los españoles determinaron de asaltar el lugar donde estaba
Bogotá recogido, y echar fuéra de él toda la gente Mosca, para que
se fuesen a sus pueblos, lo cual intentaron una madrugada,
poniéndose a subir por una cuesta arriba muy derecha y áspera y de
muy gran riesgo para ellos. Los indios, como pretendían defenderse,
estaban a punto de guerra y tenían puestas en el cantón del sitio
de su alojamiento gran cantidad de piedras, para arrojar a los
españoles si quisiesen subir, lo cual pusieron en efecto luégo que
lo sintieron marchar la cuesta arriba hacia su alojamiento, contra
los cuales derribaron el número de las piedras que tenían juntas,
que no debían de ser pocas ni muy pequeñas, y a esta manera de
ofensa y defensa llaman los españoles galgas; y como las galgas y
piedras se les acabaron, y viesen que los españoles subían, el
señor de Bogotá y otros caciques y principales que con él estaban,
mandaron a los indios, porque los españoles fuesen detenidos y
ellos tuviesen lugar de huir, que arrojasen sobre ellos grandes
líos de mantas, y todas las vasijas y baratijas que tuviesen, lo
cual hicieron los indios con gran presteza y diligencia con que
entretuvieron harto tiempo a los nuestros, de suerte que tuvieron
lugar de irse todos los principales y la mayor parte del mujeriego
y gente menuda con el oro y piedras esmeraldas que allí tenían
recogido. Finalmente los españoles subieron y entraron por fuerza
al alojamiento y arruinaron y ahuyentaron la más de la gente que en
él estaba, que se arrojaban por grandes despeñaderos, donde se
mataban y hacían pedazos, sin otros muchos que por las espadas se
metían y allí morían, y en este asalto y desbarate, recibieron tal
estrago los indios, y quedaron tan atemorizados, que nunca más este
Bogotá y su gente se tornó a inquietar ni rebelar por trabajos que
les ocurriesen.
Concluso esto, Pedro de Limpias, como ya sabía la ida de los
generales a Guataquí a embarcarse, con los más de sus amigos, se
fue al astillero donde los bergantines estaban, donde ya el general
Jimenéz de Quesada había sido avisado del designio de Benalcázar y
de Pedro de Limpias y de los demás de su opinión, por lo cual con
toda presteza envió a llamar a su hermano Hernán Pérez, que había
quedado en Santafé con el gobierno de la tierra, mandole que
viniese donde él estaba, acompañado de los más amigos que pudiese.
Hízolo así Hernán Pérez como su hermano el general le envió a
mandar, y cuando Limpias llegó, hallé ya fortalecido a Jiménez con
el favor de su hermano y amigos, y siendo frustrado de sus
designios, fue preso por el general Jiménez de Quesada, y con su
prisión se sosegó todo lo que estaba ordenado, y pacíficamente se
embarcaron los tres generales en dos bergantines que se habían
hecho, con todo lo demás del oro que en toda la provincia del Nuevo
Reino se había habido, y se fueron a Cartagena, porque el general
Jiménez de Quesada, pretendiendo ganar buenas y gratificatorias
albricias de Su Majestad por la tierra que había descubierto, no
quiso ir por Santa Marta temiendo que no estuviese en ella el
adelantado de Canaria, o su mandato, y le tomasen cuenta de todo lo
que había hecho y descubierto; y de Cartagena se embarcaron todos
tres generales y muchos otros españoles de los que en su compañía
iban, y se fueron la vuelta de España, donde llegaron en salvamento
y dieron cuenta al Rey y emperador de a lo que iban.