|Capítulo décimotercio
En el cual se
escribe cómo el general tuvo noticia de que un capitán general de
Bogotá, llamado Sagipa
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, se había alzado con el
oro y esmeraldas del cacique Bogotá que en la casa del monte fue
muerto, y como procuró de atraerlo a su amistad, para haber de
aquella riqueza.
Certificado el general de la muerte de Bogotá, por algunos
caciques e indios que se lo decían; pareciole ser cierto, sólo por
ver que generalmente los indios de la provincia de Bogotá se salían
de paz y procuraban su amistad, lo cual en vida de su cacique jamás
habían hecho, por la opresión en que el bárbaro los tenía, de los
cuales el general procuró inquirir y saber lo que se había hecho de
las riquezas y oro que Bogotá en el tiempo de su tiranía había
juntado y habido, los cuales le dijeron que antes que muriese había
dado todo el oro y esmeraldas que tenía a un indio muy privado suyo
y que en las cosas del gobierno y de la guerra era como su teniente
y capitán general, el cual no sólo se habla alzado y quedado con
todo ello, pero que después de muerto el cacique Bogotá se había él
tiránicamente hecho señor de la tierra, y entrándose en el
cacicazgo que era dé Bogotá, no viniéndole de derecho y por la
costumbre que de tiempo antiguo había acerca de la sucesión de
aquel cacicazgo, que era que demás de haber de ser el sucesor hijo
de la hermana mayor del señor de Bogotá, había de ser primero
cacique de Chía, y desde allí habla de pasar a serlo de Bogotá; y
que en esta sazón, como a los españoles les era notorio, era vivo
el cacique de Chía, a quien de derecho venía el cacicazgo de
Bogotá, el cual desde el principio había sido amigo de los
españoles y conservado su amistad hasta este tiempo; y que ese
privado de Bogotá, que se había alzado con el estado, demás de no
pertenecerle, era un hombre tan soberbio y tirano como el muerto
Bogotá, y que siempre había seguido sus pisadas, y aun temían todos
que había de ser más cruel y riguroso que el muerto, por lo cual
todos en general aborrecían su gobierno y deseaban verle fuéra de
él; lo cual sabido y entendido por el general procuró y supo el
alojamiento de este nuevo tirano, que por su propio nombre era
llamado Sagipa.
Y porque no le sucediese con él lo que con Bogotá, no quiso ir a
dar en su alojamiento, mas enviole con algunos indios a decir que
no estuviese obstinado en seguir la opinión de su antecesor Bogotá,
si no quería haber el mismo fin, mas que luégo viniese a la amistad
de los españoles y reconociese el vasallaje a su rey, como era
obligado. Estaba fortificado en una alta sierra, que cae a las
vertientes de las tierras de los indios llamados Panches.
Y asimismo el general entendió en atraer a sí a los demás
caciques y señores principales de la provincia, porque aunque, cómo
se ha dicho, los más estaban de paz, jamás por sus personas habían
visitado al general, mas enviarle con sus indios y sujetos los
mantenimientos necesarios, y algunos presentes de oro y esmeraldas,
y aun al principio usaron de una invención graciosa, y fue que como
algunos indios salían de paz, el general enviaba los que fuesen a
llamar a sus caciques para verlos, y como los caciques supiesen que
los enviaban a llamar, componían y adornaban de sus trajes y
hábitos cacicales, que son algo diferenciados de los que tienen
otros indios, a otros de aquellos bárbaros, a los cuales enviaban
con título de cacique a donde el general estaba, con los cuales, en
presencia de los españoles, usaban los indios inferiores de las
propias ceremonias y veneraciones que si fueran los mismos
principales, porque así les era mandado. El general, creyendo que
lo fingido era natural, hacía todo regalo a estos falsos caciques,
y dábales bonetes y camisas de España y otras cosas con que iban
muy contentos, que no poco provecho hacían para que después los
señores naturales viniesen de paz, porque como supiesen que el
general con alguno de los suyos comenzaba ya a entrar por sus
tierras para por fuerza hacerles que hiciesen lo que antes de grado
no habían querido hacer, temiendo el mal suceso de Bogotá y de
otros muchos que en las guerras que habían principiado fueron
muertos, y viendo el buen tratamiento que a los que salían de paz
se les hacía, se venían todos a congratular y a ganar por la mano
antes que los españoles llegasen a sus alojamientos y rancherías
donde se habían retirado, y así con algunas salidas que a diversas
partes se hicieron, fueron traídos a la amistad de los españoles
todos los más de los caciques y señores principales, y
personalmente venían a donde el general estaba alojado, a
verle.
Los mensajeros que habían ido donde Sagipa, nuevo tirano de
Bogotá, estaba alojado y fortalecido, volvieron sin efectuar cosa
ninguna, porque pretendía seguir las pisadas de su antecesor, y
aunque después por muchas veces fue rogado por el general, mediante
los mensajeros que le eran enviados, a que viniese en la amistad da
los españoles y a reconocer el dominio a su rey y señor, jamás se
movió, si no fuera a hacer el mal y daño que podía, enviando desde
lo alto de la sierra, donde estaba, los indios de su opinión, a que
hiciesen mal en los que servían a los epañoles; y así bajaban tan
desvergonzadamente, que muchas veces daban en los indios que
andaban a coger hierba para los caballos, y los mataban.
El general, vista la rústica desvergüenza de este nuevo tirano,
determinó de irlo a buscar a su alojamiento; aunque muchas veces
salió de donde estaba con gente a buscarlo, nunca pudo dar con él,
porque como este Sagipa había visto que mediante el caminar de
noche habían dado en el cacique Bogotá y lo habían prendido o
muerto, jamás se aseguró en un lugar, mas muchas o las más noches
le acontecía anochecer en una parte y amanecer en otra, y viendo
que con esta diligencia y solicitud no lo podía haber, y como ya en
este tiempo los más de los caciques, mediante la buena diligencia
de los españoles y de su general, estuviesen de paz, les mandó el
general que en ninguna manera favoreciesen a Sagipa, que se
intitulaba nuevo cacique de Bogotá, con comidas, ni lo visitasen,
ni en sus casas recibiesen ellos ni sus sujetos ninguno de los
indios que andaban amotinados y seguían la opinión y rebelión de
Sagipa.
Fue este precepto del general tan guardado y cumplido por los
caciques e indios amigos, que en pocos días constriñeron al tirano
Sagipa a que viniese a convidar al general su amistad, y esto lo
hizo tan pesadamente, que después de haberse ofrecido de ser amigo,
gastó muchos días en mensajes y perambulos, primero que quisiese
venir personalmente a donde los españoles estaban; mas al fin lo
hizo, constreñido de temor y necesidad, que de una a otra parte le
cercaban, y con toda la más de su gente, representando aquella
bárbara autoridad y rústico señorío y majestad, vino un día a donde
el general estaba, el cual lo recibió con mucha alegría y contento,
y dándole algunas cosas de España que entre estos bárbaros son
estimadas, y muchas cuentas de valor que entre ellos se usan por
moneda, lo despidió diciéndole y amonestándole que si pensaba
conservar la amistad de los españoles, que no volviese a la sierra,
sino que habitase en su población y en ella permaneciese.
El cacique y tirano Sagipa se volvió muy contento con el buen
recibimiento que se le había hecho, y dende en adelante por algunos
días no dejó de visitar al general personalmente y con mucha
familiaridad, sin tener ni dar muestras de ningún resabio, porque
jamás el general le habló ni trató del oro de Bogotá, con que se
había alzado, porque pretendía primero con prudencia, por halagos y
buenas obras, obligar a este tirano a que de su voluntad diese lo
que no era suyo ni le pertenecía, pues propiamente era hacienda de
Bogotá, su antecesor, que por su rebelión y obstinada alteración,
que contra los españoles había tenido, en no haber querido dar la
obediencia a su majestad, aunque le había sido requerido por muchas
veces, se entendía haber incurrido en perdimiento de todo ello, y
pertenecer al Rey o a los españoles presentes; y por esta vía
pretendía el general que este Sagipa le entregase pacíficamente el
oro y esmeraldas de Bogotá, dejado aparte que, como se ha dicho,
este señorío y cacicazgo de derecho le venía y pertenecía al
cacique de Chía, a quien por su primera paz y conservación de ella,
tenían obligación de favorecer el general y sus soldados y
ampararlo en su cacicazgo; pero todo esto se dejaba para mejor
ocasión.
En este tiempo tuvo el cacique Sagipa necesidad de entrar a
hacer guerra en la tierra de los Panches, enemigos antiquísimos de
la gente Mosca; y para entrar más seguro, y haber más entera
victoria, rogó al general que le fuese a ayudar con su gente, el
cual para más le obligar a su amistad, y a lo que de él pretendía,
fue con quince hombres de a caballo y algunos peones en compañía de
Sagipa, que llevaba arriba de cinco mil indios de guerra, y
entrando por las tierras y poblaciones de los Panches, hicieron en
ellas todo el daño que pudieron, y después de haber corrido mucha
parte de la tierra de los Panches, comarcana a la de los Moscas, y
haberla arruinado toda y muerto muchos indios, se volvieron al
valle de Bogotá, que llamaban de los Alcázares, y después de haber
llegado al alojamiento de los españoles, el general se determinó de
hablar a Sagipa, para que le entregase el oro y esmeraldas del
cacique Bogotá, su antecesor, y poniendo en efecto su plática, le
dijo que bien sabía cómo el señor Bogotá era muerto, el cual
siempre había estado rebelde contra el servicio de su Majestad, y
en señal de su rebelión y alteración había con continuas guerras
perseguido los españoles, por lo cual tenía perdido el oro y
esmeraldas y otra hacienda cualquiera que poseyese, todo lo cual
era notorio que él lo tenía y poseía; que le rogaba que pues los
españoles habían de permanecer en aquella tierra, y a él le era
necesaria su amistad, que si quería conservarla les entregase todo
el oro y esmeraldas que de Bogotá, el muerto, tenía en su
poder.
Sagipa respondió que era verdad que él lo tenía y poseía, y que
era contento de darlo y entregarlo todo, sin que quedase cosa
ninguna, y porque le fue interrogado la cantidad que sería de oro y
el término a que se ofrecía a entregarlo, dijo que el oro que él
tenía de Bogotá que había de entregar, sería en tanto cuanto cabía
en cierto aposento pequeño que allí estaba y tenía presente, que
era una muy gran cantidad, y tres escudillas muy grandes llenas de
finas esmeraldas, y que lo daría dentro de veinte días, sin que en
ello hubiese falta; y todo esto prometía el bárbaro, creyendo que
lo habían de dejar ir por el oro; pero el general, que ya entendía
hasta dónde se entendía la verdad de estos bárbaros, le dijo que
para que su palabra se cumpliese y hubiese efecto lo que decía, se
quedase aquellos veinte días en el alojamiento, porque si se viese
fuéra de él no le pareciese hacer otra cosa; pues era general
costumbre entre los indios no guardar ni cumplir su palabra con
integridad. El cacique y tirano Sagipa dio muestras de no pesarle
lo que el general hacia en tenerle allí, respondiendo que él era
muy contento de ello, y así luégo envió por sus mujeres y criados,
y los tuvo allí, sirviéndose con autoridad de cacique todo el
término de los veinte días; en los cuales nuestro general y
españoles se hallaron los más ricos hombres del mundo, considerando
las riquezas que Sagipa les había prometido de ponerles en las
manos, porque si lo que este bárbaro decía que habla de dar, diera
y cumpliera, para cada español había un buen quintal de oro, y aun
dende arriba, sin las esmeraldas que eran de gran valor.
Pero los veinte días se pasaron y tras de ellos otros veinte, y
por aquí se fueron multiplicando y acrecentando los términos y
plazos, y con el no cumplir su promesa, comenzó Sagipa a perder de
su autoridad y a ser menos bien tratado que de antes, porque
pretendió cumplir con solas palabras, y aun lo hizo así aunque a su
costa; porque pasa de esta manera, que como este bárbaro, o por no
tener lo que había dicho que daría, o por no despojarse de ello,
hubiese traído muchos días en palabras y mentiras al general, fue
molestado con algunas prisiones, para ver si por esta vía sacarían
de él virtud, y como tampoco esto aprovechase, los capitanes y
soldados pusieron acusación al Sagipa ante su general, diciendo que
se había alzado con aquel oro y esmeraldas de Bogotá, que por las
causas arriba referidas pertenecía al fisco real y a ellos; y
hechas las informaciones necesarias con los propios indios de la
tierra, que dijeron todo lo que querían y sabían, fue condenado el
pobre preso a quistión de tormentos, para que declarase el oro y
esmeraldas de Bogotá, siendo ante todas cosas proveído de curador;
y aubstanciándose el proceso muy judicialmente, de suerte que no
llevase nulidades, como cosa que tanto importaba, puesto a quistión
de tormento, este miserable dijo que le llevasen los españoles
donde él los guiarla, y que allí estaba enterrado el oro y lo
sacarían todo. Luégo fue sacado de la prisión, y encargado a buenos
soldados, que con todo recaudo y custodia lo llevasen por donde él
los guíase, el cual los llevó por muy ásperas sierras y
despeñaderos, de uno de los cuales, como hombre desesperado, se
quiso arrojar donde en poco espacío de tiempo quitara su persona de
los temporales tormentos a que estaba condenado, y a sus
adversarios de congoja y trabajo; pero fue detenido de los que lo
llevaban por una cabuya y gruesa soga, que por fiador llevaba al
pescuezo; y visto que su intención de este cacique era buscar modos
cómo irse de poder de los españoles, muerto o vivo, lo volvieron a
la prisión, donde le fueron renovados los tormentos para que
declarase dónde tenía el oro; pero como pertinazmente lo negase
todo, y por ello se le fuesen agravando las penas, dentro de pocos
días murió en la prisión y tormento, sin dar más que la esperanza
que al principio había dado; y así fue llevado y sepultado por sus
sujetos y parientes, aunque universalmente todos los indios, como
se ha dicho, aborrecían el señorío de este Sagipa, por ser tan
tirano como Bogotá, y por eso no fue sentida ni llorada su muerte
por todos los de las provincias sujetas a Bogotá, según lo
acostumbran hacer en muertes de semejantes señores y caciques.
|Capítulo décimocuarto
En el cual se
escribe cómo fue repartido entre los españoles todo el oro y
esmeraldas que en el Nuevo Reino habían habido, y cómo la ciudad de
Santafé fue poblada.
Perdida de todo punto la esperanza de haber el oro y esmeraldas
del cacique Bogotá, el general y sus capitanes y soldados
determinaron que todo el oro y esmeraldas que en las contiendas y
sacos pasados se habían habido, se partiese y dividiese conforme al
cargo de guerreador que tenía; porque todo el oro que el general y
españoles habían habido en este Nuevo Reino, desde que entraron en
el valle de la Grita hasta esta sazón y punto, todo se había
juntado y traído a montón, sin que ninguna persona osase defraudar
un tomín, por los grandes temores que el general les tenía puestos
con el rigor de sus ordenanzas; y así hechas las partes, cupo a
cada peón a quinientos y veinte pesos, y al jinete u hombre de a
caballo, doblado, que llamaron dos partes, y a los capitanes,
doblado que a los jinetes, y el general, después de haber sacado el
quinto de todo ello para el Rey, lo repartió todo por la orden
dicha, entre los capitanes y soldados, todo lo demás.
En este tiempo ya había tan pocas cosas de las de España en
poder de los españoles, que valían a excesivos precios. Todos o los
más andaban vestidos de sayos y capas de mantas de la tierra,
hechas de algodón, blancas y coloradas, y pintadas de pincel; que
las hacian esta gente Mosca, muy curiosamente. Valía una herradura
para herrar los caballos, treinta pesos, y un ciento de clavos de
herrar, ochenta pesos, y así salía el caballo herrado de todos
cuatro pies en ciento cincuenta pesos de buen oro, y así muchos
tenían por mejor hacer herraduras de oro bajo, que era medio oro, y
herrar con ellas sus caballos, que comprar herraduras de hierro. Un
caballo común, que se suele llamar matalote, valía y se vendía en
mil pesos, y dende arriba; y si era caballo de buenas obras
parecer, valía dos mil pesos; y a este respecto eran los precios de
las otras cosas que de España acertaban a haber, que eran bien
raras, pues las hechuras de las capas y sayos y gorras que de
mantas se hacían, no eran en menos moderados que los precios de las
otras cosas que se vendían; y así se estuvieron nuestros españoles
con estos vestidos y trajes de mantas, hasta que entró gente del
Perú en la tierra con Benalcázar, que por sus dineros les
proveyeron de muchas cosas para el ornato de sus personas.
Estando, pues, ya resolutos, como atrás queda dicho, el general
y sus españoles en que la tierra se poblase y en ella
permaneciesen, el general llamó muchos de los caciques y señores de
esta provincia de Bogotá y les dijo cómo para su bien y
conversación y conservación, los españoles querían permanecer en la
tierra y vivir en ella, y tenían necesidad de un sitio bueno y
acomodado en que hiciesen sus casas y moradas; que ellos, si de
ello eran contentos, se lo señalasen y diesen de su mano, tal cual
convenía. Los principales le dieron por respuesta que se holgaban
de que quisiesen permanecer en su tierra los españoles, por el bien
que de ello se les podía seguir, y que ellos mismos, pues había de
ser el sitio para su habitación, lo buscasen, escogiesen y
eligiesen en la parte y lugar que mejor les pareciese, que ellos
les harían las casas en que viviesen.
El general, esto visto, envió de sus capitanes y personas
principales, por dos vías, a que viesen la tierra que caía dentro
del valle de los Alcázares, dicho ahora de Bogotá, y mirasen con
atención el lugar más acomodado para la vivienda de los españoles.
Los capitanes San Martín y Gómez de Corral fueron por parte del
valle y serranía que cae hacia los Panches, que es al occidente, y
los capitanes Lebrija y Céspedes, fueron por la parte del valle que
cae hacia la cordillera y serranía de los llanos de Venezuela, que
es al oriente; los cuales, vueltos de ver la tierra, les pareció
que el mejor sitio para poblar era el donde al presente está la
ciudad de Satafé, poblada, que en aquella sazon era un lugarejo de
indios llamado Tensaca, que tenía a su cargo un capitán y
principalejo sujeto a Tunja; y las causas por donde de los sitios
del valle de los Alcázares se tuvo por el mejor este de Tensaca,
era porque de más de estar bastecido de leña, hierba y agua para el
servicio de los españoles, y conservación de los españoles, era
lugar más corroborado y fortalecido para la defensa de los
españoles y conservación de los que en la tierra quedasen; porque
ya a esta sazón tenía el general determinado de irse en España a
dar cuenta a Su Majestad de la tierra que había descubierto y de lo
que en ella había, y había de llevar consigo sesenta hombres para
su seguridad, porque había de salir por el propio camino que había
entrado, y llevando toda esta gente, eran pocos los españoles que
en la tierra quedaban, y tenían necesidad de residir en el lugar
acomodado para resistir la furia de los indios, si en algún tiempo
se rebelasen; y es este sitio un poco alto y algo escombrado y
raso, y que de lo alto de la sierra no les podían ofender los
indios, ni en ninguna manera se podían aprovechar en él contra los
españoles; y por los respectos dichos se determinaron de que el
pueblo se hiciese y fundase en el sitio y lugar que he dicho.
Y así el general al capitán Gómez de Corral con ciertos
soldados, y con ellos los caciques e indios del valle, los cuales
luego hicieron las casas que fueron necesarias para la habitación y
vivienda de los españoles, que fueron bohíos de varas y paja
cubiertos; los cuales después por muchos años les sirvieron de
moradas, hasta que empezaron a hacer casas de tierra y tapias.
Hechas las casas y rancheria, el general se mudó a ellas y allí
fundó su pueblo, al cual llamó la ciudad de Santafé, así por ser,
como he dicho, él natural del Reino de Granada, como por estar esta
ciudad fundada y asentada a los remates de una ancha y larga vega
muy llana y semejante a la en que está fundada la ciudad de
Santafé, en la de Granada; e hizo sus alcaldes y regidores, para la
administración de las cosas tocantes a la república, y repartió
solares e hizo y nombró otros oficiales, que en semejantes nuevas
fundaciones de pueblos se suelen hacer, y juntamente con esto
repartió los naturales de la provincia de Bogotá a los vecinos y
personas que con él estaban que tenían más méritos y calidades en
sus personas, dando a cada un cacique y capitán con sus sujetos en
depósito y encomienda, para que le diesen el sustento necesario,
acerca de lo cual hay poco que tratar aquí; porque en lo que toca a
la condición de estas encomiendas de indios, y otras circunstancias
que les competen, y el modo de pagar de tributos, yo lo dejo
declarado bastantemente en el primer libro, sobre el repartimiento
que el gobernador García de Lerma hizo de los naturales de Santa
Marta, donde el que lo quisiere ver podrá acudir.
Hechas todas estas cosas por el general, con las cuales le
pareció que bastantemente tenía dado asiento en la perpetuidad de
la tierra, puso luégo en efecto su camino e ida a España, y dejando
en la ciudad de Santafé por justicia mayor a Hernán Pérez de
Quesada, su hermano, y encargada la conformidad al pueblo, tan
necesaria para su perpetuidad, se partió de la ciudad de Santafé,
la vuelta del valle de la Grita, y en el camino acordó volver a
Somendoco, a ver si podía haber algunos engastes ricos de
esmeraldas de las minas do se sacaban; y dividiendo su gente, envió
la una parte con todo el oro que llevaba, que le fuese a esperar a
la población de un cacique llamado Tinjacá que cae en la provincia
de Tunja; y él se fue con la otra parte de la gente a Somendoco, y
minas de las esmeraldas, adonde se detuvo algunos días, en los
cuales la gente y soldados que le estaban esperando en Tinjacá
tuvieron noticia cómo adelante de Sogamoso, en cierta provincia de
indios llamados Leches, había una casa que por ser tan abundante de
riqueza de oro, era llamada la casa del Sol, donde muchas gentes
Moscas se enterraban e iban a idolatrar, de quien adelante daremos
más larga relación.
Los españoles a quien esta noticia se había dado, pareciéndoles
poco oro el que a España llevaban, acordaron rogar y suplicar al
general que dilatase la ida para más adelante, pues la fortuna les
ofrecía aquel gran tesoro de la casa del Sol, que según los indios
le figuraban era innumerable y estimado. Con este intento y alegre
nueva, llegó el general de las minas de las esmeraldas por do había
ido, el cual viendo el designio que todos sus soldados tenían, y
cuán deseosos estaban de ir a la casa del Sol antes que a España, y
lo mucho que a ello le incitaban con sus ruegos, y que si así era
como se decía, a él le cabría también parte, dio la vuelta a
Bogotá, para de allí más cómodamente hacer esta jornada, donde se
detuvo algunos días, que no fue poca la utilidad que a sus soldados
se les siguió de este impedimento y estorbo de no conseguir su ida
en España, porque dentro de pocos días entraron en el Reino los
capitanes Benalcázar y Federmán, con más de trescientos hombres,
los cuales, si en él no hallaron al general Jiménez de Quesada con
toda su gente junta, es cierto que despojaran de la posesión en que
estaban de los indios y provincias del Nuevo Reino a los pocos
españoles que en la ciudad de Santafé habían quedado poblados, como
en el siguiente libro se tratará.
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13
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En la "tabla" de Sevilla dice: "un Segiba, capitán general que
fue de Bogotá". La versión del manuscrito define a Sagipa como uno
de los capitanes generales del cacique, Sagipa o Saxagipa fue el
sucesor del Bogotá.
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