|Capítulo décimo
En que se escribe
cómo el general Jiménez de Quesada, estando para salir a visitar la
tierra de Tunja, tuvo noticia de las riquezas del señor de
Sogamoso, en cuya demanda fue, al cual halló alzado con todas sus
riquezas.
El cacique y señor de Tunja, preso, viendo el mucho contento que
los españoles habían mostrado con aquella cantidad de oro que
habían habido y lo mucho que después de juntos los españoles se
regocijaban los unos con los otros, representando la felicidad que
la fortuna les había, sin pensar, puesto en las manos, pareciole y
consideró que si en las manos les ponía otro tesoro, no menor que
el que a él le habían tomado, que se les iría multiplicando el
contento y aplacando la codicia, y así no sólo dejarían de pedir
más oro del que le habían tomado, pero le soltarían de la prisión
en que le tenían.
Por este respecto, acordó decir al general y a sus capitanes y
soldados que por haber visto y entendido el deseo que tenían de
haber más oro, y él asímismo deseaba que lo hubiesen, que ciertas
jornadas de allí estaba un cacique, llamado Sogamoso, hombre de
gran veneración y religión por ser tenido, mediante sus
supersticiones, por hijo del Sol, el cual por ser persona de tanta
estimación entre ellos, poseía grandes riquezas, las cuales no sólo
tenía en su casa, pero en sus templos y oratorios, donde los
presentes y sus mayores acostumbraban hacer grandes sacrificios,
por ser aquel lugar tenido por más devoto y santo que otro ninguno
de aquella tierra; y que si ellos usaban de presteza, y llegaban a
donde el cacique Sogamoso estaba, y lo hallaban descuidado, sin que
tuviese lugar de huír ni alzar sus riquezas, que hallarían en harta
abundancia de lo que buscaban.
Tienen todos estos bárbaros muy poca fidelidad ni amistad los
unos con los otros, y si el uno se ve preso y despojado de su
hacienda, procura que de su vecino y aun hermano y padre se haga lo
mismo, porque se huelgan mucho de que los otros padezcan los mismos
trabajos y persecuciones que ellos.
Los españoles y su general se alegraron mucho con la buena nueva
que Tunja les dio, así por las muchas riquezas que en ellas les
prometía, como porque en la sazón que esta nueva se les dio, estaba
el general de camino con gente para ir a visitar la tierra y
comarcas de Tunja, y así con la gente que tenía apercibida, que
serian veinte hombres de a caballo y treinta de a pie, se partió la
vuelta de Sogamoso, dejando toda custodia y recaudo en la persona
de Tunja y oro que se le había tomado.
El cacique de Sogamoso, como se ha dicho, era persona muy
estimada entre los indios por su falsa religión, y así fue luégo
por la posta avisado de cómo españoles caminaban hacia su pueblo,
el cual habiendo tenido noticia del suceso y prisión de Tunja y de
cómo para con ellos eran invencibles los españoles, no curó de
fiarse de su poder, armas ni gente, ni de la autoridad de la
estimación y religión de su persona, y tomando consigo todos sus
tesoros y mujeres, se puso en salvo, donde no le alcanzasen los
actos de la avaricia española. El general siguió su camino, y no
falta quien afirma que lo llevó por el valle y poblaciones de
Duitama y Paipa, donde por ser aquella gente más belicosa y
atrevida que otra ninguna de los Moxcas del Reino, salieron con las
armas en las manos a estorbar el pasaje a los españoles, con los
cuales tuvieron ciertas refriegas y escaramuzas, de que quedaron
con reputación de valientes, y con ellos se detuvo el general
ciertos días, cuya tardanza fue causa que Sogamoso fuese avisado y
tuviese noticia de cómo los españoles se acercaban a su tierra, y
se alzase con sus tesoros; que sea de la una o de la otra manera,
el general llegó a Sogamoso, y no halló gente ninguna sino todas
las casas yermas y despobladas; y según algunos cuentan, un indio
viejo, ya cano, de crecida barba, que fue cosa que hasta entonces
no habían hallado, dentro de un santuario o templo de los que en
aquel pueblo había, que según se presumió debía de ser jeque o
mohán de aquel templo, al cual se le preguntó dónde estaba el señor
o cacique de aquel pueblo, y la causa de haberse ausentado con su
gente; y dio por respuesta que había tenido noticia de la prisión
de Tunja, y de la ruina y saco que en su pueblo se había hecho, y
que temiendo el mismo suceso e infortunio, se había retirado a
lugares muy apartados e ignotos con su gente y haciendas.
Los españoles viéndose frustrados de sus designios, con licencia
de su general, diéronse a buscar oro por el pueblo y templos que en
él había, que según su grandeza y ornato daban bien a entender y
conocer la particular religión que en la gente y señor de aquella
tierra había. Entre los otros templos, había uno de extraña
grandeza y ornato, que decían los indios ser dedicado al dios
Remichinchagagua, a quien veneraban mucho con sus ciegas
supersticiones e idolatrías. Este santuario, andando dentro ciertos
soldados con lumbre encendida a buscar oro, porque era muy lóbrego
y oscuro, por defecto de no tener lumbreras por dónde la claridad
pudiese entrar y dar luz, y ser la puerta tan pequeña y baja que
entraban abajados o como suelen decir, a gatas por descuido de los
que con la lumbre andaban dentro, vino a encenderse el fuego, de
suerte que no se pudo atajar ni remediar; porque como toda la
cubierta era muy seca, de paja, hízose más irremediable el daño, y
así fue consumido del fuego, pero no en tan breve tiempo como se
pudiera consumir otra cosa de más fuertes materiales; porque como
certifican los antiguos que lo vieron y se hallaron presentes, que
tuvo el fuego en él sin acabarse de consumir más tiempo de un año,
y la causa de durar tanto el fuego, dicen haber sido la mucha paja
que sobre sí tenía, que conservaba después de quemada el fuego de
los maderos gruesos que debajo de esta ceniza estaban.
Aunque la gente del pueblo se había alzado, y llevado consigo
sus riquezas, todavía los soldados hallaron algún oro sobre algunas
sepulturas de muertos, y en el suelo de algunos templos de lo que
por no mirar en ello habían dejado, y de estos rezagados mendrugos
se juntaron en este pueblo casi seiscientas libras de oro; y
después de haber estado en este pueblo de Sogamoso el general, y
visto que no podía ser habido Sogamoso, por no haber quién lo
llevase ni guiase a donde estaba, dio la vuelta al pueblo de Tunja,
por la propia provincia de Duitama por donde antes había pasado,
cuyos naturales, como al tiempo que por ella pasaron los españoles
recibieron poco daño, lo cual tuvieron por gran victoria, estaban
con rústica desvergüenza aparejados con las armas en la mano, para
de nuevo intentar de dar guerra al general y a los que con él iban,
y así comenzaron a trabar algunas escaramuzas y guazabaras con los
españoles, en las cuales, aunque siempre perdían, no dejaban de
seguir con obstinación el guerrear; pero por entonces el general no
curó de detenerse a domar de todo punto estos bárbaros, sino
prosiguió su camino a Tunja, con designio de volver, cuando mejor
ocasión hubiese, con toda su gente y hacer la guerra a estos
bárbaros de la manera que ellos la deseaban; y dende a pocos días
el general, después de haber andado y visitado por sus capitanes
algunas poblaciones de las comarcanas y sujetas a Tunja, dio la
vuelta sobre Duitama, porque aquellos bárbaros con la presunción
que de sí tenían de ser más atrevidos que los demás indios de la
provincia de Tunja, y por saber que el señor Tunja estaba preso,
salían de sus casas con rústica desvergüenza, las armas en las
manos, y corrían las tierras de los indios amigos y leales,
haciendo muchos daños en sus personas y pueblos y labranzas, y
ejecutando en ellos todo género de crueldad. Los leales se quejaban
de estos daños que de la gente de Duitama recibían, al general,
para que lo remediase y castigase con las armas, pues por respecto
de conservar ellos su amistad, recibían tantos daños; e indignado
de esto el general, y de la desenvoltura con que le habían seguido
cuando iba a Sogamoso, tomó consigo la más gente de a pie y de a
caballo que pudo, y entrose por tierra del señor de Paipa, que es
un principal sujeto a Duitama, en cuyas tierras se alojó hasta
descubrir y entender bien las celadas que Duitama les tenía
puestas; el cual, como ninguna cosa temiese más que el acometer y
ofender de los de a caballo, había hecho por los caminos y otras
partes por do habían de andar, gran cantidad de hoyos anchos y
hondos y dentro puestas muchas estacas y puyas las puntas arriba,
en que los caballos y gente se estacasen y matasen; y para
descubrir primero estos hoyos que tanto daño podían hacer, se alojó
el general en el valle y tierra de Paipa, que estaba apartado de la
población de Duitama legua y media, de donde corrían lo que en la
comarca había; lo cual sabido por el señor o cacique de Duitama,
por quejas que su sujeto Paipa le había dado diciendo que los
españoles le echaban a perder las labranzas que en aquel valle
había, y le comían los maizales y hacían otros muchos daños, envió
al general muchos indios cargados de comida y mantenimiento de lo
que en aquella tierra había, y le envió a decir que con toda
presteza se saliese de la tierra y no hiciese en ella más daños de
los hechos en las labranzas y maizales de los indios, si no quería
ver la destrucción y ruina suya y de sus compañeros, a los cuales
él con las armas en las manos, haría que fuesen más bien mirados en
tierra ajena, y les daría el castigo que su demasiado atrevimiento
y porfía temeraria merecían.
El general envió a decir que hasta entonces ni él ni su gente no
habían hecho ningún notable daño en tierra de Paipa ni en la suya,
ni él venía sino a procurar su amistad, con la cual todos los daños
de la guerra cesarían, y a que reconociese por supremo y universal
señor al Rey de Castilla, cuyo vasallo él era, como otros muchos
caciques y principales de aquella provincia lo habían ya hecho, y
vivían y estaban contentos de ello, por ser sujetos a un rey tan
poderoso como debía ser y era el de los españoles, el cual tenía a
su cargo la administración de todos ellos, y que haciéndolo como él
se lo enviaba a rogar, le daría entera satisfacción y paga de
cualquier daño que los españoles le hubiesen hecho. Los indios y
mensajeros se volvieron a su cacique con esta respuesta que el
general le dio, y otro día siguiente tornaron por mandado de
Duitama a donde los españoles estaban, diciendo que el bárbaro
respondía que no se curasen de tantas palabras ni preámbulos, como
le habían enviado a decir, los cuales él ni amaba ni quería oír;
mas que luégo sin más dilaciones se saliesen de su territorio, sino
que abreviando y acortando pláticas, dentro de cinco días él sería
allí con su gente de guerra y haría con ellos lo que antes les
había enviado a decir, pues tan obstinados estaban en quererse
hacer señores de lo ajeno.
El general y aun los demás, pareciéndoles que no habría efecto
lo que el bárbaro Duitama enviaba a decir, le respondió que
viniese, que en aquel sitio lo hallaría con su gente. Pero al
quinto día Duitama, como hombre que tenía en poco a los enemigos,
vino con sus gentes, que sería las que consigo traía más de ocho
mil indios, puestos en tres escuadrones, y con largas lanzas y
tiraderas macanas, y hondas con que arrojaban reciamente una
piedra, y ellos muy embijados y emplumados, por un llano adelante,
de lo cual tuvo aviso el general por una atalaya que en un alto
tenía puesta; y de presto ensillaron los caballos que en el
alojamiento habían, que eran bien pocos, porque los más se habían
ido a caza, y estaba tan desproveído de gente, que si los indios
fuera gente de obstinado brío, fuera allí la muerte del general y
de los que con él estaban. Los indios se acercaron todo lo que
pudieron al alojamiento de los españoles, donde con tanta facilidad
fueron rebatidos cuanta aquí se dirá. Porque como un soldado
llamado Antonio Bermúdez saliese de su rancho y toldo con su espada
y rodela a ver por dó venían los indios, fue a dár con uno de los
escuadrones, al cual luégo acudieron el general con otros dos de a
caballo, y rompiendo por él, hirieron los que pudieron en la
primera arremetida; lo cual visto por los demás indios que en este
escuadrón estaban, que eran más de dos mil, comenzaron a abrirse y
esparcirse y desamparar la ordenanza que traían; porque esta
cobarde gente, en viendo a uno de sus compañeros herido, luégo les
parecía que había de ser aquella propia fortuna la suya, y que si
no se apartaban y huían serían muertos y heridos de la propia
suerte; y asimismo dieron en otro escuadrón de otros tantos indios,
el capitán Céspedes y Gómez de Corral, y fue con la propia
facilidad desbaratado; y otros soldados acudieron al tercer
escuadrón y lo descompusieron, y en un momento se vio aquel campo
lleno de cuerpos muertos, porque como esta canalla de bárbaros era
en tanta cantidad, y venían tan juntos, por huir caían unos sobre
otros y se impedían y estorbaban el volver atrás, y eran alcanzados
de los peones, y heridos cruelmente, a los cuales amedrentó tanto
la ferocidad y presencia de los caballos, que demás de ser ellos
pusilánimes de su natural inclinación, les dura hasta hoy este
temor.
Habida esta victoria, el general aún no había olvidado ni
perdido el deseo que de descubrir y ver aquel gran valle de los
llanos de Venezuela que desde Somendoco, do estaban las minas de
las esmeraldas, se había visto; porque aunque en aquella sazón
envió, como se ha dicho, a San Martín a descubrirlo, no le trajo
entera relación de ello, y así, queriendo ver si por esta de
Duitama los podía descubrir, envió gente que lo anduviese y viese;
los cuales fueron y pasando por el valle de Ceniza, donde tuvieron
algunas refriegas con loe indios de él, llegaron cerca de la
población de Onzaga, otro cacique y señor que ahora está en el
camino que se sigue y lleva a la ciudad de Pamplona, que es casi de
la propia gente Moxca en trajes y vivienda, aunque en la lengua
difiere en parte; y viendo los españoles la disposición de tierra
que por aquella parte iba, que era de grandes y dobladas sierras y
despobladas, aunque rasas, dieron la vuelta a donde su general
había quedado en el alojamiento de Paipa.
El cacique de Duitama, viendo el desbarate de su gente, se
confederó con el cacique Sogamoso, y juntando ambos sus sujetos
venían muy de ordinario a hacer acometimientos a los españoles,
teniendo por reparo y fortaleza un pantano que hoy se dice el
pantano de Duitama, que en tiempo de invierno se hace en él un
ancho lago, en el cual quedan muchas islas descubiertas de agua y
cubiertas de juncos, y hácese hondable que por parte cubre un
hombre, y por parte para ir a estos isleos se ha de ir el agua a
los pechos; y por parecerles a estos dos caciques lugar muy fuerte,
ellos hicieron en las islas del pantano y lago su alojamiento, y de
allí enviaban sus indios a que fuesen muertos por mano de los
españoles, lo cual los indios obedecían y hacían por temer la
tiranía de su cacique, que era muy grande y los oprimía a ello.
Los españoles, yendo siguiendo los alcances de los indios que
desbarataban, fueron a dar en el pantano donde tenían hecho su
alojamiento, el cual procuraron luégo entrar y asaltar, y
poniéndolo por la obra, casi cubiertos con el agua, entraron en los
isleos y junciales, haciéndoles los indios toda la resistencia que
pudieron. Los dos caciques principales, en viendo la determinación
de los españoles, se salieron por otra parte del lago, el cual como
era ancho y los nuestros eran pocos, no se pudo guardar por todas
partes para defender la salida a los indios, y así tuvieron lugar
los principales de irse y no ser presos. Los españoles prendieron
mucha gente que en el alojamiento hallaron, y hubieron poco oro de
él, porque en otra parte más segura lo tenían guardado los indios,
y se tornaron a Paipa, y viendo cuán indómita estaba toda aquella
gente, se volvieron a Tunja, donde había quedado el resto de los
españoles.
|Capítulo undécimo
En el cual se
escribe cómo el cacique e indios de Tunja dieron noticia al general
Jiménez de Quesada de cuán gran señor era Bogotá
|
12
, y de las muchas riquezas que poseía,
y cómo el general fue por la posta con cierta gente a
prenderlo.
En este tiempo el cacique e indios de Tunja, deseando ver al
señor de Bogotá, su contrario y enemigo, y a sus gentes y sujetos
en la misma calamidad y ruina que ellos hablan padecido, no cesaban
de decir al general y a sus capitanes y soldados lo mucho que
perdían en no ir a dar sobra Bogotá y sus gentes, al cual si
prendían y sujetaban, juntamente con él habrían una gran suma de
oro, porque como señor más poderoso y tirano, y que con más
opresión trataba a sus sujetos, y los despojaba de sus riquezas, y
que pocos días antes había habido particulares victorias de donde
asimismo en el despojo de ellas hubo gran cantidad de oro,
haciéndole señor de muchas riquezas; y en la verdad no se
engañaban, según en la común opinión que hoy hay de aquel cacique
Bogotá, que gobernaba la provincia cuando en ella entraron los
españoles.
El general y los demás españoles, como aún hasta este tiempo les
durase la indignación que contra Bogotá tenían, así por la burla
que de ellos había hecho cuando en su provincia estuvieron,
prometiéndoles de salir de paz, como por las guazabaras que les
dio, fácilmente se determinaron de volver sobre él y usar de toda
presteza en el camino, para ver si lo podían haber a las manos,
hallándole descuidado, y con su prisión, demás de castigar su
bárbaro atrevimiento, conseguir la paz general de aquella provincia
y de sus sujetos, como se había conseguido y alcanzado con la
prisión de Tunja, mediante la cual todos los más de sus sujetos se
habían pacificado; y así tomando el general Jiménez de Quesada
consigo cierta gente de a pie y de a caballo, dejando la demás en
guarda del señor Tunja y de sus riquezas, se partió la vía de
Bogotá, caminando de noche y de día, y haciendo más largas jornadas
por abreviar en el camino y ver si podía haber a las manos a
Bogotá, el cual en ninguna cosa vivía descuidado, porque tenía ya
apercibida la gente de su provincia y territorio, y mandándoles que
en la hora que los españoles entrasen por ella, hiciesen ahumadas,
las cuales se fuesen continuando de pueblo en pueblo, hasta que el
aviso llegase a él con presteza; y demás de esto teniendo noticia
Bogotá de cómo Tunja había sido preso y se le habían tomado sus
riquezas, y le pedían más, tomó él las suyas y las puso en tan buen
cobro por mano de un su capitán general, hombre muy privado suyo,
que hasta hoy no han aparecido, con designio de ya que a él le
prendiesen, no le despojasen de su ídolo, el oro; y por estas
causas fue en vano la presteza de que el general usó, porque aunque
veinticuatro leguas que hay desde Tunja al pueblo de Bogotá, anduvo
en poco tiempo, la mañana que llegó halló ya alzado al cacique
Bogotá de su pueblo e ídose a la casa que llamaron del monte; y
como para ir en su alcance no tenían guías ningunas, alojáronse en
el pueblo de Bogotá, donde la primera vez se habían alojado y de
alli luego el general comenzó a enviar algunos indios amigos que le
fuesen a hablar y tratar de amistades y confederaciones,
dondequiera que estuviese; y aunque estos mensajeros fueron y
aportaron donde Bogotá estaba, la respuesta que les dio fue luégo
enviar gentes e indios de guerra para que acometiesen a los
españoles e hiciesen todo el daño que en ellos pudiesen, de los
cuales prendían algunos los nuestros, y queriéndoles enviar con
mensajes donde su cacique estaba, para ver si se podía traer a su
confederación y amistad, los indios lo rehusaban diciendo que más
querían estarse con los españoles que volver a la presencia de su
cacique, el cual con su cruel tiranía los había luégo de hacer
volver con las armas en las manos contra los españoles, donde una
vez u otra habían de ser muertos.
Pero era tanta la elación y soberbia de este cacique que con
recibir su gente notables daños de los españoles, no cesaba de
enviarla y tener continuamente cercado con sus escuadrones el
alojamiento de los españoles, haciéndoles continuos acometimientos,
de tal suerte que le fue forzado al general, porque con la continua
resistencia no se le cansasen los soldados y caballos, dividir la
gente que consigo tenía en tres tercios o escuadrones, para que por
su orden peleasen, teniendo repartidos entre sí el tiempo del día y
de las noches; y verdaderamente tuvieron de esta vez puestos en
grande riesgo los indios a los españoles, porque demás de ser ellos
en muy mucha cantidad, favorecíalos el sitio en que se recogían,
que eran unos lagos y pantanos hechos de las inundaciones del río
de Bogotá, en medio de los cuales había ciertos isleos donde los
indios se recogían, y desde allí salían a acometer a los españoles,
y en siendo por ellos ahuyentados y rebatidos y yendo siguiéndolos,
se recogían en estos lagos, que demás de ser algo hondables, porque
daba el agua de ellos a los pechos, eran muy cenagosos y llenos de
medaño y tierra, por lo cual los de a caballo, que eran los que
desbarataban los indios y los seguían, no osaban entrar tras de
ellos por el lago, porque los caballos no se sumiesen en el cieno y
fuesen muertos; y así aunque los indios siempre recibían daño y
eran muertos muchos, con recogerse los que quedaban a las islas que
en estos lagos había, eran luégo proveídos de socorro de mucha y
nueva gente que el señor Bogotá les enviaba, para que con aquellos
sus bárbaros y continuos acometimientos entretuviesen a los
españoles de suerte que no pudiesen irlos a buscar, amenazando a
los indios que les habían de hacer la guerra, y si se apartaban de
donde los españoles estaban, los había de matar y consumir a
todos.
Los españoles y su general, viendo que el guerrear llanamente ni
los muchos indios que habían muerto en las guazabaras y
reencuentros no habían sido ni eran parte para echar de sobre sí
aquella multitud de bárbaros, procuraron de usar de los agudos
ardides que suelen; y así, un día, habiéndose trabado escaramuza
entre ellos y los indios, fingieron estar y ser la victoria de los
indios, a fin de apartarlos de los lagos, donde se recogían, y
juntamente con esto propusieron de no herir en la canalla de la
gente común, sino en aquellas personas que por venir más señaladas
en sus trajes y hábitos, parecían ser capitanes y principales; y
como los nuestros se fuesen retirando, y dando a entender a los
contrarios que habían recibido daño notable, ellos propusieron de
seguirlos, y así, apartándose mucha distancia de los lagos,
siguieron a los españoles con designio de haber entera victoria de
ellos; pero como a los nuestros les pareciese que estaban bien
apartados los indios de su guarida, revolvieron sobre ellos, los
cuales, volviendo las espaldas, se dieron a huir vergonzosamente, y
siguiendo los españoles el alcance no herían más de en aquellas
personas que parecían ser principales, y la demás gente pasaban por
ella como inútil; y esto les fue de mucho provecho, porque como
después la multitud de los bárbaros se tornase a juntar y recoger
en los lagos, fueron asimismo allí asaltados de los nuestros, por
la parte de la laguna que pareció tener mejor entrada, y
faltándoles como les faltaba las cabezas y capitanes, y no teniendo
al presente quién los oprimiese a entretenerse ni defenderse,
diéronse a huir desamparando de todo punto aquellos sitios, donde
tanto tiempo se habían defendido; y así fueron ahuyentados y
echados de allí, de tal manera que nunca tan presto volvieron a dar
grita a los españoles, los cuales siguieron en sus caballos tan
obstinadamente, que aunque eran en gran cantidad los indios que
huían, fue grande el número de los que quedaron muertos, y
volviéndose de seguir el alcance, vieron los capitanes Maldonado y
Lázaro Fonte estar dos indios escondidos entre unas crecidas
hierbas o masiegas, que creyeron ser algunos animales del campo que
allí se habían recogido, y llevándolos al alojamiento, les fue
preguntado la causa de su estada allí, los cuales dijeron ser
criados del cacique y señor Bogotá, el cual los había enviado a que
viesen lo que pasaba y sus indios hacían con los españoles; lo cual
sabido por el general procuró saber de ellos en qué lugar estaba
alojado o escondido su señor Bogotá, el uno de los cuales, por ser
más viejo y endurecido en su falsa fidelidad, no quiso decir ni
declarar cosa alguna, por lo cual fue puesto a quistión de
tormento, atento lo que importaba para la paz universal el ser
preso y descubierto Bogotá; y como con obstinación este bárbaro
negase, y por ello le fuesen arreciados los tormentos, fue
miserablemente muerto en ellos; el otro, su compañero, que era más
mozo, temiendo haber el mismo fin, declaró luégo lo que le
preguntaban, y ofreciose de llevar al general y españoles donde
Bogotá estaba alojado y retraído.
Y partiéndose de noche a efectuar lo que tanto deseaban, fue el
suceso tan avieso, que casi en todo quedaron burlados de la
fortuna, porque como caminasen toda la noche hacia la casa del
monte donde Bogotá estaba recogido, y antes que fuese de día
llegasen a ella y la asaltasen, los indios comenzaron a alborotarse
y a huír, saltando por diversas partes del cercado que allí tenían
hecho, y como entre los demás huyese el mismo Bogotá, y por ser
oscuro no fuese conocido, fue herido de ciertas heridas, de las
cuales fue a morir a un arcabuco o monte pequeño que cerca de allí
estaba.
Esta muerte de Bogotá unos la atribuyen que la hicieron y
causaron hombres de a caballo, que estaban alrededor del cercado,
alanceándolo; y otros, a un Domínguez, peón y ballestero, diciendo
que este Bogotá no estaba en su cercado y bohíos principales, por
costumbre de sus mayores, que usaban en tiempo de guerra, para más
seguridad de sus personas, estar apartados y fuéra de las casas
principales, en otras comunes y menos conocidas, y que usando
Bogotá de esta antigualla estaba en este tiempo y sazón fuéra del
cercado principal en un pequeño, con ciertas mujeres suyas, donde
llegó este soldado Domínguez y lo hirió de las heridas de que murió
en efecto. El fue muerto en este asalto, según después pareció, y
aunque fue saqueada la casa y alojamiento donde Bogotá estaba, en
ella no se halló ninguna notable riqueza, porque como se ha dicho,
este cacique, temiendo su infeliz suceso, y en lo que había de
venir a parar, la tenía escondida en parte donde nunca más ha
parecido, y así el general, como no halló nada de lo que buscaba,
dio la vuelta a donde solía estar alojado en los antiguos cercados
de Bogotá, en la cual jornada los indios, no habiendo visto ni
entedido la muerte de su cacique, fueron siguiendo con sus armas a
los españoles con pertinancia, procurando damnificarles y hacerles
todo el mal que pudiesen, y aunque alguna gente de a caballo iba en
la retaguardia para ahuyentar los indios que la seguían, no por eso
dejaban de irle dando alcances, aunque recibían harto más daño que
hacían, hasta que bajaron al llano, donde los caballos pudieron
mejor ser señores del campo, y de todo punto echaron de sí aquella
multitud de bárbaros que los seguían.
Llegados el general y sus soldados al viejo alojamiento, se
estuvieron en él algunos pocos de días por ver si habría entero
efecto lo de la paz que pretendía, en los cuales nunca se pudo
conseguir más paz ni conformidad que la de antes, que era lo que
los caciques de Chía y Suba y Tunja habían dado al principio, y
conservado; lo cual visto por el general se volvió otra vez a
Tunja, donde había dejado el resto de la gente.
Los indios de Bogotá, después que hallaron muerto su cacique, le
hicieron enterrar con su acostumbrada solemnidad, y lo pusieron con
parte de su oro donde no ha sido hasta ahora hallado, aunque dicen
que la muerte de este cacique no fue tan llorada ni sentida de sus
sujetos como las de otros sus antecesores, por respecto de
tratarlos tan dura y tiránicamente como los trataba.
|Capítulo duodécimo
En el cual se
escribe cómo estando en Tunja los españoles, trataron de permanecer
en la tierra del Reino; y cómo el general, teniendo noticia de la
mucha riqueza que en Neiva había, fue allá con parte de su gente, y
lo que en la jornada le sucedió.
Vuelto el general a Tunja, estúvose allí algunos días en ocio y
recreación con sus soldados y capitanes, sin hacer ninguna salida
notable, más de tratar y comunicar sobre lo que harían en la
tierra, si se poblarían en ella o si buscarían salidas para los
llanos (ruina y destrucción de cuantos en ellos han entrado), o si
se tornarían a salir; y en efecto, considerada la calidad y
condición de la tierra, y los muchos naturales que en ella parecía
haber, y las buenas muestras de oro y esmeraldas que había dado, a
los más no les parecía que era cosa de menospreciar ni tener en
poco, sino que la debían poblar y permanecer en ella.
Y resolutos de todo punto en esto, de nuevo nació entre ellos
contienda sobre en qué parte de las dos provincias poblarían, si en
Tunja, donde al presente estaban, o en Bogotá, porque en este
tiempo no podían dividirse a poblar dos pueblos, por ser los
españoles pocos y los naturales muchos. Aunque en la tierra de
Tunja habían habido mucha cantidad de oro, parecíales mejor tierra
la de Bogotá, por ser más llana y apacible, y de mejor temple y de
más naturales, y demás de esto, como aún no tenían noticia de la
muerte de Bogotá, parecíales que estando todos juntos y de asiento
de su tierra, con las continuas persuasiones que le harían y
asechanzas que le pondrían, un día u otro vendría a sus manos él y
sus riquezas, y se apaciguarían los que por su respecto estuviesen
rebeldes; y estando en estas contenciones, dieron nueva al general
cómo adelante de Bogotá, casi la vía del sur, había cierta
provincia de naturales, llamada Neiva, en la cual se labraban minas
de oro, y sacaban de ellas los naturales gran cantidad de este
metal, y lo poseían en tal manera, que le afirmaban que ultro del
mucho oro que los naturales de aquella provincia poseían, había en
cierto templo o casa de idolatría un pilar y poste muy grueso y
alto, todo de oro macizo; la cual nueva llegó a tan buen tiempo,
que no curando perder punto los españoles que estaban en opinión de
irse a poblar a tierra de Bogotá, se pusieron luégo en camino, y
fueron a dar al pueblo de Suesca, que entonces llamaban de Juan
Gordo (por la desgraciada muerte que a un soldado de este nombre le
dio en él el general), donde se alojaron; y el general determino
dejar allí una parte de la gente española que consigo traía, y con
la otra ir en demanda de la provincia de Neiva.
En este pueblo el general Jiménez de Quesada, después de la
larga prisión en que había tenido al cacique Tunja, lo soltó y le
encomendó la paz y amistad que debía tener con él y con sus
soldados, si quería vivir en quietud y sosiego, lo cual fue de
harto provecho a los españoles, por conservar, como conservó
después, perpetua paz y amistad este principal y sus sujetos con
los españoles; y hecho esto se partió el general, con hasta diez
hombres de a caballo y veinte peones, que le pareció harta gente
para no más de dar vista a la tierra, si los naturales eran de la
condición de los del Reino, y caminando por fríos y diversos
páramos y muy trabajosos y aun peligrosos caminos, llegaron a la
provincia de Neiva, donde hallaron ser más la fama y ruido y
estruendo que con aquella tierra les habían hecho, que no lo que en
ella había, y aunque era verdad que en ella se sacaba oro de minas
de mucha calidad y quintales, era poco en cantidad, y la tierra mal
poblada de naturales y algo acompañada de montes y arcabucos, que
juntamente con la constelación o influencia de las estrellas y
cielo y del sol, que arde con gran resplandor, la hacen enferma, en
tal manera que pocos españoles de los que en ella entraron dejaron
de enfermar, e indios Moxcas que con los españoles iban, de
morir.
Esta provincia está asentada casi a los nacimientos del río
grande de la Magdalena, que naciendo de sus maternas fuentes y
manantiales poco más arriba, pasa con su corriente por medio de
esta provincia, la cual está grado y medio de la línea equinoccial;
lo cual es cierto que a muchos antiguos pareciera cosa fabulosa
decir que en estos grados habitase gente ni estuviese la tierra
poblada; pero como he dicho, esta experiencia bien la pagaron los
nuestros con la poca salud que de aquí sacaron.
Habla en este valle de Neiva, de la una parte y otra del río,
algunas poblaciones. Los naturales que de esta parte estaban,
teniendo noticia de la ida de los españoles, dejaron sus pueblos, y
se pasaron de la otra parte del río grande, y después que en su
tierra vieron al general pasaron algunos a visitarlo y trajéronle
de presente obra de cincuenta libras de oro muy fino y subido en
quilates. El general lo recibió alegremente, y como la lengua de
esta gente fuese muy diferente de la del Reino, no tuvo con quién
hablar a estos indios y preguntarles algunas cosas necesarias a su
descubrimiento, y así con solas muestras de buena amistad, y
algunas cosas de España que les dio, les envió a su tierra a donde
hablan venido.
Procuró el general por mano de los que con él iban, ver si el
río arriba iban algunas poblaciones, y la disposición de la tierra;
y halláronla toda tan desierta y doblada, y aparejada para
enfermar, que tuvieron por muy mejor dar con brevedad la vuelta,
que con esperanza de muchas riquezas detenerse más tiempo allí;
porque les acaecía sentarse cuatro o cinco soldados a comer en una
mesa, y levantarse todos con muy recias calenturas de ella.
La noticia que del pilar o postel de oro se les había dado, era
y fue que los indios de aquella tierra, en cierto templo suyo,
tenían un estante y pilar, a quien particularmente hacían
veneración por sus supersticiones y vanidad de religión, al cual
tenían cubierto con unas grandes chagualas y planchas de batihoja
que a los que lo veían daba a entender que todo era oro cuanto
relumbraba; y así en esto como en lo demás fueron frustrados los
nuestros de sus designios, porque al tiempo que los indios del
pueblo donde este pilar emplanchado y oro estaba, se quisieron
ausentar, lo descompusieron y despojaron del oro, y se lo llevaron
consigo.
Tornáronse a salir del valle de Neiva, a quien por su mala
constelación y suceso llamaron el valle de la Tristura. El general
y los capitanes estaban tan enfermos y maltratados, y hospedados de
la tierra, que fue necesario confesarlos en el camino, y llevarlos
con gran cuidado y vigilancia, porque no se les quedasen muertos en
vida, hasta que entraron en la tierra fría, donde con el frescor de
los sanos aires en breve tiempo recobraron su sanidad.
Vuelto el general al pueblo del cacique Bogotá, donde ya otras
veces había estado alojado, se alojó alli con designio de hacer
asiento en la tierra, y envió a llamar a su hermano Hernan Pérez de
Quesada que con la demás gente había quedado en la provincia de
Suesca; aunque algunos afirman que cuando el general viniendo de
Neiva llegó a Bogotá, que ya estaba a alojado en el pueblo y bohíos
Hernán Pérez de Quesada y los españoles que con él habían quedado;
donde se supo de indios, que luégo Vinieron de paz muy enteramente,
la muerte de Bogotá, y lo mucho que los naturales, o los más de
ellos, holgaron, por verse fuéra del yugo y sujeción de aquel
tirano, que con tanta severidad los había tratado en catorce años
que había gobernado la tierra, como se ha dicho, en el cual tiempo
no sólo traía trabajados los indios con sus guerras y bullicios,
porque como este bárbaro era tan arrogante e hinchado pretendía
tiranizar toda la tierra, y hacerse señor de ella, con lo cual
trabajaba demasiadamente a sus sujetos; pero con nuevas
imposiciones de tributos, que cada día sobre los míseros indios
ponía, los despojaba absoluta y disolutamente de todo el oro y
esmeraldas que tenían y poseían, dejado aparte otra infinidad de
imposiciones que sobre ellos tenía puestas; pero con todo eso, como
creo que he dicho, no dejó de ser su entierro celebrado con la
solemnidad y ceremonias con que por la costumbre de sus mayores
entierran a estos señores Bogotás.
|
12
|
En la "tabla" de Sevilla dice: "de cuan señor era
Bogotá".
|