INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo séptimo | En que se escribe cierto ardid de que Bogotá usó para que los españoles se fuesen de su tierra, y cómo el general salió de ella en demanda de las minas esmeraldas, y cómo envió a descubrir los llanos de Venezuela.

 Durante el tiempo que el capitán Céspedes anduvo en el descubrimiento dicho, Bogotá nunca cesó, aunque a costa de sus sujetos, de dar continuas gritas y guazabaras al general y a los que con él habían quedado, y hallando ya cansada su gente con tan continuos acometimientos como a los españoles hacían, determinó usar de otro nuevo remedio para echar los españoles de su tierra, ya que con las armas no había sido poderozo para ello, y fue que como Bogotá entendiese y supiese la mucha alegría y contento que los españoles mostraban cuando les daban y llevaban oro y piedras esmeraldas, y que con mucha instancia y ahinco preguntaban y procuraban saber dónde las esmeraldas se sacaban, lo cual jamás habían querido decir, envió un día diez o doce indios cargados de comida y con algunas piedras esmeraldas, que fingiesen y diesen a entender que venían de lejos tierras, enviados por un cacique que se decía Chocontá, que estaba cuatro jornadas de las minas donde las esmeraldas se sacaban, el cual habiendo entendido que los cristianos habían entrado en aquella tierra por partes no sabidas, y eran tenidos por hijos del Sol, y buscaban los mineros de las esmeraldas, se las quería mostrar, que estaban cerca de su tierra, en las tierras de otro cacique o señor, su circunvecino, en donde él los pondría, para el cual efecto les enviaba aquellos mensajeros.

Los indios, bien instructos en el negocio por Bogotá, llegaron a donde el general estaba, fingiendo tan al natural su embajada que quitaron toda nocible sospecha de sobre sí. Los trajes mudados, los cuerpos sudados y calurosos, y los rostros muy polvorosos, y su plática tan entera, que ninguno dejó de creer que era al pie de la letra lo que decían verdad; y como a esta sazón habían vuelto los capitanes Céspedes y San Martín de sus descubrimientos, y no habían hallado cosa que fuese tal cual la deseaban, movió con más vigor la embajada de los indios al general y a los españoles, a que dejando el pueblo y tierra de Bogotá, fuesen en demanda de las minas de esmeraldas; y por otra parte, Bogotá dio aviso al cacique de Chocontá, que era su feudatario, que los españoles irían a su tierra, mediante lo que él había ordenado, y que llegados que fuesen a ella, los llevase y encaminase a donde las minas estaban.

Movido el general con su campo, caminó con más alegría de la que se puede decir en demanda de las minas esmeraldas; porque como hasta entonces había por el mundo muchas y diversas opiniones sobre el nacimiento y creación de las esmeraldas, y no hubiese autor que diese entera noticia y relación de ellas, cuanto a si se sacaban de minas o no, deseando el general y sus soldados ver de todo punto declarada esta duda y ver esta grandeza de minas, iban, como se ha dicho, con mucha alegría a verlas y descubrirlas.

Al cabo de cuatro jornadas llegaron al valle de Chocontá, que llamaron del Espíritu Santo, por haber tenido en él la Pascua de Pentecostés, el cual, el cacique Chocontá fingió ser el que los había enviado a llamar y les dio guías y encaminó adelante al valle y pueblo de Turmequé, llamado por los españoles de la Trompeta, por haber allí aderezado o hecho de nuevo una maltratada trompeta que traían. Este valle de Turmequé es el primer pueblo del señorío de Tunja, y el de Chocontá pasado es el postrero de Bogotá. El general se alojó en el pueblo de Turmequé, para de allí ir o enviar a ver las minas, porque los guías que Chocontá le había dado y llevaban, decían que en donde las minas estaban era tierra estéril y falta de comida y no se podrían sustentar en ellas toda la gente junta, y por esta causa, quedándose él alojado con la más de la gente, en el valle de Turmequé o de la Trompeta, envió al capitán Pero Fernández de Valenzuela, con ciertos españoles, que fuesen y viesen las minas de las esmeraldas, si era verdad que las había, como los indios le habían dicho, las cuales halló en la provincia y señorío de un cacique llamado Somendoco, el cual y sus sujetos reconocían al senor de Turmequé | 8.

Están estas minas en una cuchilla o loma de largo de media legua, que sale de otras lomas y sierras más altas; es la tierra de ella algo fofa y volcanosa; no las labraban los indios estas minas todo el año, sino en tiempo de aguas o que las aguas hubiesen acabado de pasar, porque con sus avenidas robasen y llevasen la tierra que sobre las minas caía, porque como estos naturales no tuviesen con qué cultivar la tierra artificios de hierro, sino solamente los que de madera hacían para sus labores, éstos eran tan flacos que no bastaban a desmontar ni limpiar la tierra que en las minas caía; por eso esperaban el remedio del agua. Hallose en estas minas dos vetas de veneros, en que las esmeraldas se criaban, y hallaban el uno de cristal, y el otro azul color del cielo. Valenzuela procuró sacar de estas vetas algunas esmeraldas para muestras, y trabajando en ello harto, sacó ciertas piedras de toda suerte buenas, y no tales y muy ruines, y viendo el gran trabajo con que se sacaban, y la mucha flema que para ello era menester, y al cabo el poco provecho que de ello redundaba, se volvió a donde el general estaba.

De este sitio de las minas, por cierta quiebra que la sierra y cordillera hacía, vieron estos españoles una anchura y llanura de tierra apacible a sus ojos, y que con el deseo y codicia que tenían de haber otra cosa mejor y más rica que la que la fortuna les había puesto en las manos, se les figuraba que lo que veían no podía dejar de ser tierra muy próspera y de mucho valor. Era esta llanura, que desde estas minas veían, los llanos que ahora dicen de Venezuela, tierra toda anegadiza y de raras y pauperrimas poblaciones, y muy enferma, por los malos aires que en ella corren, mediante los gruesos y corruptos vapores que de las tierras anegadizas y lagunas se levantan y congelan.

El general, sabida la certidumbre de las minas esmeraldas, y la relación que le traían de la llanura y valle que de ellas habían visto, se partió de Turmequé y valle de la Trompeta la vuelta de Somendoco, donde las minas estaban, con dos prosupuestos: el uno de con azadones y otros artificios labrar y seguir las dichas minas y ver si podía sacar de ellas alguna riqueza notable, y lo otro, en el ínterin que esto se hacía, enviar a descubrir y ver aquel llano valle y ancho que de allí se parecía. Caminando con su campo el general vino a dar al valle de Teansucha,  que llamó de San Juan, por haber estado en él su natividad, que estaría del pueblo del cacique Somendoco, señor de las minas esmeraldas, cuatro leguas, y de las propias minas siete; en el cual valle se alojó por ser abundante de comida, aunque en ella era bien proveído, así del señor de Turmequé | 9, como de otros muchos caciques | 10 , que a fin de que los españoles necesitados de la falta de la comida, no los fuesen a buscar a sus casas ni a otras partes, donde tenían escondidas sus mujeres e hijos y haciendas, procuraban tener el real de los españoles bien proveido de comidas, así de carnes de venados como de maíz y otros mantenimientos que en sus tierras se dan.

Alojado el general en este valle de Teansucha, determinó desde allí hacer lo que de atrás traía determinado, y así envió al capitán San Martín, con gente de a pie y de a caballo, que fuese a descubrir y ver lo que era la tierra llana, que desde las minas había visto Valenzuela, y asímismo envió gente con buenos aderezos y que labrasen las minas, segunda vez, los cuales fueron y sin hacer cosa memorable en ellas se volvieron, por ser cosa muy prolija el haber de esperar a topar con las bolsas y mineros, en que las esmeraldas se crían, las cuales siguiendo las vetas de ellas se hallan a trechos; lo cual visto por el general, quiso por su persona certificarse de este secreto de naturaleza, y ver por sus ojos lo que muchos grandes autores habían dudado haber, y así fue a las minas, y hallándose presente las hizo labrar, y sacó esmeraldas de ellas y tomó de ello entera fe y testimonio, para satisfacción de los que dudasen las esmeraldas sacarse de minas y vetas debajo de la tierra; y con esto se volvió al valle de San Juan donde dejaba alojada su gente.

El capitán San Martín siguió su descubrimiento, y viendo la mala disposición de la tierra por do iba, envió a decir al general que no curase de seguirle, porque no había disposición de tierra por donde iba, para poder pasar con su gente, porque demás de ser tan agría y doblada, era muy estéril y falta de comida, y prosiguiendo él su descubrimiento, bajó hasta junto a los propios llanos, donde halló una gente tan paupérrima y faltos de todas las cosas necesarias para el humano sustento, que solamente comían y se sustentaban de un género de hormigas gruesas, las cuales criaban aposta junto a sus casas, y de ellas y de otras silvestres raíces hacían ciertas tortas y comidas, con que se sustentaban; y viendo esta monstruosidad de naturaleza no curó pasar de allí, y también por ver que toda la tierra llana, que por delante tenía, eran anegadizos; y con esto dio la vuelta a donde el general estaba, el cual con su gente había ya salido del valle de San Juan, y alojádose en el valle que llamaron de Venegas, por haberlo descubierto Hernando Venegas, natural de Córdoba, a quien el general había enviado con gente al propio efecto. Es este valle, por otro nombre dicho Vaganing, donde por irse el general con su gente apartando de la población y grosedad de la gente y tierra del Reino, no era tan proveído de mantenimientos, ni visitado de naturales como de antes, y así se padecía a esta sazón necesidad de comidas entre los españoles. 

|Capítulo octavo  En que se escribe cómo el general Jiménez de Quesada tuvo noticia del cacique Tunja y de sus riquezas, y cómo temiendo que no se alzase y rebelese, y juntase sus gentes y armas contra los españoles, se partió, y a grandes jornadas fue con parte de sus soldados al pueblo de Tunja.

Como el general Jiménez de Quesada, y algunos de sus capitanes y soldados, que tenían los ojos puestos más en las riquezas que en los naturales, estuviesen tan descontentos de la tierra del Reino que ya diversas veces hubiesen intentado salir de ella, y últimamente habla respondido el capitán San Martín que por la vía que llevaba no se podía caminar, procuraban y deseaban con gran instancia haber algunas guías que los llevasen a alguna buena tierra, y con este designio el general envió de su alojamiento, que al presente era en el valle de Venegas, diferentes capitanes y escuadras que le tomasen algunos indios para guías y adalides de lo que pretendía. Aunque la gente anduvo por todo aquel valle y sus comarcas todo un día, no se pudo tomar ningunos naturales, excepto dos indios que hubo un escuadra, llamado Serrano, los cuales, estando hablando con otra india, criada del propio Serrano, le preguntaron qué era lo que andaban a, buscar los españoles de una parte a otra, sin tener sosiego ni asiento, que han dejado las tierras ricas y pobladas y de mucha comida atrás, y se vienen por aquí, donde ellos, ni nosotros, ni nuestros hijos y mujeres tenemos qué comer; y como la india le respondiese que lo que ella había entendido era que andaban a buscar oro, lo cual deseaban hallar más que otra cosa ninguna, los indios le replicaron que porque no iban, pues oro buscaban, a donde estaba el señor y principal de todas aquellas provincias, llamado Tunja, que tenía y poseía muy gran cantidad de oro él y sus indios, los cuales a las puertas de los bohíos tenían unos pedazos grandes de oro que sonaban y hacían son dándose los unos con los otros. La india, sabida esta nueva, dio de ella noticia y relación a su amo, y su amo la dio al capitán Céspedes, y Céspedes la dio al general, que ya estaba estomagado y colérico del movimiento y mudamiento que los indios de aquella provincia de Tunja habían hecho en no continuar su paz y proveerlos de lo necesario, y tenía presunción o indicios muy grandes de que el principal y señor de aquella tierra, que aún en esta sazón no era conocido por su nombre, hacía gente para venir sobre él y hacerle guerra; y como se le diese esta noticia, y el indio se ofreciese de guiarle y llevarle en breve a donde este cacique estaba y tenía su habitación, determinó de ganarle por la mano en el acometer y ser con él en breve, antes que tuviese lugar de juntar su gente y tomar las armas en las manos y con ellas hacerle daño, y así con toda presteza de la gente que tenía consigo hizo apercibir y aderezar diez y seis hombres de a caballo y treinta peones, y poniéndose en camino, marchó la vía del pueblo de Tunja, guiándolo el indio que le había dado la noticia, por la altura de unos páramos de extrema frialdad, en los cuales le fue forzoso hacer jornada y dormir, donde hubiera de ser más el daño que el frío y hielo de aquel alto puerto les causara, que el que los indios con sus armas les podían hacer; porque penetraba tanto las carnes de los españoles el frío que les constreñía a no apartarse del calor de la candela y fuego que habían hecho, y hombre hubo entre ellos, que fue un Gómez de Corral, que aunque la ropa que encima del cuerpo tenía y la camisa pegada a raíz de las carnes se le ardía, no lo sentía por tenerle el frío comunicado y recogido en lo intrínseco de su cuerpo el calor natural, y fue necesario proveerle de nuevos vestidos.

El cacique y señor de Tunja, aunque sabía que los españoles andaban por su tierra, no se había movido de su pueblo, porque andaban algo apartados de él, y como comunicaban muy poco con todo el real junto, pareciole que no podía ser asaltado ni tomado descuidado, porque forzosamente le habían de dar aviso sus sujetos; y como el general, dejando el carruaje que llevaba, caminó a la ligera, y anduvo en tres días lo que había de andar en seis, cuando Tunja vino a saber su venida fue el propio día que había de entrar el general en su pueblo, y como era hombre mayor y cargado, y lo hacían más pesado las muchas riquezas que consigo tenía, no se atrevió en tan breve tiempo como la diligencia y apresurado caminar de los españoles le daban, poner en cobro su persona y hacienda, y por esto usó de dar medios para ver si podía entretener los españoles que aquel día no llegasen a su pueblo.

El uno fue, que con gran presteza envió a mandar a los indios que había poblados por el camino donde el general iba marchando, que tomando las armas en las manos, saliesen a dar gritas al general y a los que con él iban, y procurasen entretenerlos con designio de si pudiese, según pretendía, poner en cobro su persona y hacienda aquella noche, otro día enviar sus gentes sobre los españoles, como Bogotá lo había hecho, y por otra parte enviaba algunos de sus caciques y principales a tratar de paz y amistad, diciendo que se entretuviese al general en los pueblos por do iba, y que de allí se trataría lo que se debía hacer, porque él quería ser su amigo y confederado, y haría todo lo que el general quisiese; y demás de esto venían e iban por el camino infinitos indios ligeros, a manera de postas, que por momentos llevaban a Tunja la nueva de la cantidad de españoles que iban, y los caballos que llevaban, y el paraje donde llegaban, y mientras más los españoles se acercaban a su pueblo, más mensajeros venían al general para que se detuviese y tratasen de paz y amistad.

Pero el general, que todas estas cautelas y tratos dobles de este bárbaro entendía, no sólo no se detenía con los mensajes que le venían, pero estorbaba a los soldados que no se detuviesen en acometer y ofender a los indios que en la retaguardia les venían dando gritas y haciendo acometimientos de ofender a los españoles. Ultimamente, ya que el general estaba muy cerca de Tunja, en una aldea pequeña, le salió a recibir un cacique feudatario del señor principal, con muchos indios, diciendo que Tunja lo enviaba a recibirlos, el cual se daba por su amigo, según que antes se lo había enviado a decir, y que le rogaba que aquella noche, para evitar el alboroto y escándalo de la gente de su pueblo, se quedase a dormir en aquella aldea, donde serían bien proveidos de lo necesario, y que otro día se verían y hablarían.

El general, temiéndose de las cautelas de este bárbaro, y pareciéndole que eran aquellas ostentaciones de paz muy fingidas, no curó de detenerse, aunque entre sus propios soldados hubo pareceres, que por ser ya algo tarde y no saber qué gente tuviese consigo el cacique Tunja, ni si estaría con las armas en la mano, ni de paz, debían quedarse a dormir en aquella aldea; y así prosiguieron el viaje, hasta entrar, aunque ya tarde, en el propio pueblo de Tunja. Los indios, por apartar los españoles de donde el señor principal estaba, lleváronlos a un cercado grande de un hermano suyo, dentro de la propia población, que por ser tan grande y hecho curiosamente para el modo de edificar de los indios, creyeron ser del propio cacique; pero la guía que llevaban los apartó de este engaño, y les dijo cómo no era aquel cercado y casas las del cacique, sino otras más principales, que estaban más abajo, a las cuales se fue luégo el general con toda su gente, que era nonada en comparación de la canalla que presente tenían de aquellos bárbaros, así moradores del propio pueblo como otra innumerable multitud de ellos que habían acudido a ver lo que se hacía entre los españoles y Tunja, y esto sin otras innumerables gentes que del pueblo salían, cargados de sus baratijas e hijos, a esconderlas y apartarse de la presencia y vista de los españoles, la cual tenían por muy espantable y tremenda.

Llegados los nuestros al cercado del cacique Tunja, el general se apeó de su caballo, y con su alférez Antonio de Olalla y el veedor Diego de Aguilar, mandando que los demás estuviesen a punto y apercibidos para lo que se ofreciese, se entró en el cercado, sin embargo de que los indios, con solas voces y grandes alaridos, pretendían estorbar la entrada y hacer que se detuviesen; pero como los alaridos pocas veces ofendan, el general entro en aquel cercado donde Tunja tenía sus casas, que no era menos vistoso que el de Bogotá, aunque de maderas y cañas, y      bohíos y casas de paja, y esto se a de entender comúnmente en lo que trataremos de este Reino, que cuando decimos bohíos, es vocablo que los españoles llaman y tienen puesto a las casas de los indios, y que estas casas son de varas hecha la armazón y cimientos y cubiertas de paja, según más largamente lo trataremos en otra parte.

Llegado que fue el general al aposento y bohío donde Tunja estaba, según la costumbre de sus mayores, sentado en el suelo encima de  un lecho de espartillo no se movió hasta que fue movido, y hablándole el general, con un torpe intérprete que traía, le dijo cómo cierto señor, por cuyo mandado él había venido a aquella tierra, le enviaba a saludar y deseaba su amistad, la cual se había de conseguir y conservar mediante otras muchas cosas que se le habían de dar a entender, para lo cual era menester espacio y tiempo en que se tratasen, todo lo cual no podía haber efecto si primero él no tenía paz y amistad con los españoles, que presentes estaban, y les hacía obras y tratamientos de amigos, lo cual, si enteramente cumpliese, él como su general haría que a él ni a sus sujetos no se les hiciese daño ninguno y fuesen tratados como verdaderos y leales amigos; a lo cual Tunja respondió que de todo lo que se le decía se holgaba muy mucho, y era contento de lo hacer y cumplir, pero que ya era tarde para dar fin y conclusión a cosa tan larga y de tanta importancia, que se fuesen a alojar a una parte del pueblo, donde él tenía proveído y aderezado. El general dijo que le placía así, y dejando en custodía y guardia de este cacique a su alférez con cuatro o cinco arcabuceros, se recogió con la demás gente que consigo tenía al alojamiento que les estaba aderezado. La causa de dejar guardia el general en la persona de Tunja era y fue de la sospecha que de antes tenía, de que este cacique o principal se pretendía ausentar.

Había acudido al propio cercado mucha cantidad de indios, que por diversas partes falsas que en él había, entraban y andaban muy inquietos de una parte a otra, dando muestras de pretender llevar fuéra de allí a su cacique, y demás de esto ciertas casas de munición que el cacique dentro de su cercado tenía prevenidas para la guerra que con Bogotá esperaba tener, se sacaban muchas armas por particulares indios, que las llevaban, los cuales, como ya fuese anochecido, y viesen que el general con la mayor parte de la gente se había ido a aposentar y que con el cacique habían quedado solos cinco españoles, movieron cierto tumulto para en él tener lugar de sacar a su cacique fuéra del cercado, lo cual principiaron con empezar a tratar mal de palabra a los españoles que allí estaban, y hablarles soberbiamente, y unos hablando, y otros tomando en peso al cacique para sacarlo fuera, y  los soldados acudiendo a se lo defender, fue el tumulto encendido de suerte que oyéndolo el general acudió con toda presteza, y con él algunos soldados que se hallaron con las armas en la mano, y cuando llegaron, hallaron que ya los indios, sin haberlo podido estorbar el alférez y los que con él estaban, echando mano a sus espadas para sólo espantar la canalla de bárbaros que estaban asidos al cacique, y así se lo hicieron dejar, y lo tomó el general a meter en el cercado y casa de su morada, y viendo lo que importaba a su salud y de todos los españoles que con él estaban, que el cacique Tunja no se ausentase, pues teniéndolo los indios puesto en salvo, luégo habían de venir sobre él con las armas, echando todos los indios que dentro del cercado estaban, le puso mayores guardas, con sus rondas de a caballo y soldados a las puertas del cercado, que no dejasen entrar indio ninguno a donde el cacique estaba. | 

|Capítulo noveno  En que se escribe cómo los soldados persuadieron al general Jiménez de Quesada que secuestrase el oro que Tunja tenía dentro del | 11 cercado, el cual le fue tomado; y cómo el día siguiente Tunja dio licencia que buscasen y tomasen el oro que en el pueblo había.

Al tiempo que el general llegó al cercado de Tunja, como muchos soldados que con él iban llevaban el corazón puesto en donde Tunja tendría sus riquezas y tesoros, llevaban los atalayadores ojos esparcidos y derramados a todas partes, por ver si verían algún rastro de lo que pretendían, y al fin vieron que en lo alto de la casa donde habitaba, por la parte de fuéra, estaban groseramente puestos unos platos a manera de patenas de oro, y ciertas águilas de oro, y entre éstas puestos unos grandes caracoles de la mar, por tal orden que en tocando lo uno con lo otro, por el movimiento del aire, hacían un grosero sonido con que aquel bárbaro se contentaba, y de ver esto vinieron a presumir que lo que se les había dicho de la riqueza de este cacique, que era cierto, por lo cual procuraron persuadir al general, aunque no fue necesario con obstinación, que pues sus fuerzas eran pocas para tener seguro al cacique Tunja, que debía dar licencia que se buscasen sus tesoros y riquezas y fuesen secuestrados, para más seguridad suya hasta ver en lo que paraban sus amistades. Al general no le pareció mal lo que los soldados le decían, y así mandó al capitán Céspedes que en los bohíos y casas que dentro del cercado había buscase el oro que tenía y lo trajese ante sí, para que fuese guardado con el presupuesto dicho.

Céspedes no fue nada negligente en efectuar lo que se le mandaba, y aun según supe de quien presente se halló, ya lo tenía efectuado, y comenzando anduvo por los bohíos que en el cercado había; los más, como he dicho, eran de municiones, en que tenía Tunja juntas muchas vituallas y pertrechos de guerra, para lo que se le aparejaba tener con Bogotá, en los cuales había muchas diademas, patenas, águilas y otras diferencias de joyas de oro, que los indios llevaban puestas en sus personas cuando iban a la guerra y para sus regocijos y fiestas; todo lo cual fue recogido, con otra mucha cantidad de oro y joyas de la suerte dicha que en otra parte tenía Tunja del propio cercado, como puesto en depósito y guarda para su recreación y menesteres, y llevado a donde el general se había de alojar, y alojado.

La multitud de los indios, como los habían quitado de la presencia de su cacique, a quien mostraban amar mucho, en toda la noche reposaron ni durmieron; mas como gente que deseaba ver libre a su señor, se anduvieron por junto al cercado dando muy grandes voces, y viendo si podían entrar dentro, a los cuales les era defendida la entrada por los que guardaban las puertas, y por las rondas de a caballo que alrededor del cercado andaban. Venido el día, los indios no cesando sus alaridos y clamores por haber a las manos a su cacique, daban muestras de quererlo sacar por fuerza, como la noche antes lo habían intentado, pero fueron frustrados de sus designios, porque los españoles los ahuyentaron y echaron de junto al cercado y dende a poco sacaron fuéra el cacique, de suerte que pudo ser visto de todos, y les habló y mitigó, con lo cual los indios se apaciguaron mucho, y como el cacique entendiese la sed y agonía de los nuestros que de oro tenían, por la solicitud que en despojarle de sus riquezas tenían, díjoles que si oro querían que fuesen por el pueblo, donde hallarían muy gran cantidad y que lo tomasen.

Los españoles, con licencia de su general, no fueron nada negligentes en irlo a buscar, el cual hallaban en bohíos muy viejos y antiquísimos, que daban a entender ser sepulturas de muertos; porque según algunos afirman, en esta provincia de Tunja no se enterraban los indios con sus riquezas, como en la provincia de Bogotá, sino después de enterrado el indio cúyas eran, se las ponían sobre la sepultura, y así, con menos trabajo, hallaban el oro y lo traían a cargas al montón, donde el general estaba. En un bohío muy viejo e inhabitable que en él no entraba nadie, si no eran gallinazas a dormir y posar, el cual debía ser de algún antiguo y gran señor que allí debía estar enterrado de mucho tiempo, se halló un catauro hecho a manera de costal, cosido con hilo de oro, y todo él lleno de tejuelos de oro, en que afirman haber doscientas libras de oro.

Los indios viendo que los españoles recogían el oro que en su pueblo habla, ellos también procuraron recoger lo que pudieron, y así es presunción que guardaron y alzaron más que les tomaron; que según muchos certifican, fueron dos mil libras de oro, sin piedras esmeraldas, y mucha ropa fina de algodón y cuentas de mucho precio entre ellos.

Con este saco, hecho con licencia y facultad del cacique Tunja, que estaba preso, se mitigó todo el alboroto que entre los españoles y los indios había, y el general luégo envió a llamar el resto de la gente, que en el valle de Vaganing había quedado, donde ya había llegado el capitán San Martín, que habla ido a descubrir los llanos, y asímismo habló con más reposo al cacique, tratando de quietarlo y reprendiéndole de las cautelas de que había usado para matar a los españoles, el cual siempre lo negó, por lo cual le decían que tenía perdido no sólo el oro, que allí de presente se le había tomado, pero todo lo demás que con las ricas esmeraldas tenía escondido y puesto en cobro, lo cual debía entregar si quería salir de la prisión en que estaba; con lo cual Tunja se desabría tanto que aunque después le decían otras cosas de importancia, tocantes a la lealtad y vasallaje que habla de reconocer y tener a los reyes de España, daba muestras de no oírlo de voluntad, ni tener gana de hacerlo; pero con todo esto jamás el general estorbó que no fuese visitado continuamente de todos sus sujetos y feudatarios, los cuales asimismo tenían particular cuidado de proveer a los españoles de todo lo necesario para su sustento. El resto de los españoles que en Vaganique, o valle de Venegas habían quedado, dende a ciertos días, por el llamamiento que de su general les fue hecho, vinieron a Tunja, donde por ser más el número de los españoles, había ya menos temor de que se recibiría daño de la gente de Tunja.

8 Las palabras "reconocían al señor de Turmequé" están añadidas y escritas entre líneas. En el texto hay unas palabras tachadas e ilegibles.
9 La palabra "Turmequé" esta añadida entre líneas. El texto dice: |Tunja, palabra tachada. Al margen vuelve a repetir "Turmequé".
10 En el texto dice: "caciques, sus feudatorios" |. Fueron tachadas las últimas dos palabras. Generalmente "feudatorio, feudatorios" han sido tachadas en el texto, lo cual no seguiremos indicando para no entorpecer la lectura.
11 En la "tabla" de Sevilla dice: "dentro de su cercado"

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