|Capítulo séptimo
| En que se
escribe cierto ardid de que Bogotá usó para que los españoles se
fuesen de su tierra, y cómo el general salió de ella en demanda de
las minas esmeraldas, y cómo envió a descubrir los llanos de
Venezuela.
Durante el tiempo que el capitán Céspedes anduvo en el
descubrimiento dicho, Bogotá nunca cesó, aunque a costa de sus
sujetos, de dar continuas gritas y guazabaras al general y a los
que con él habían quedado, y hallando ya cansada su gente con tan
continuos acometimientos como a los españoles hacían, determinó
usar de otro nuevo remedio para echar los españoles de su tierra,
ya que con las armas no había sido poderozo para ello, y fue que
como Bogotá entendiese y supiese la mucha alegría y contento que
los españoles mostraban cuando les daban y llevaban oro y piedras
esmeraldas, y que con mucha instancia y ahinco preguntaban y
procuraban saber dónde las esmeraldas se sacaban, lo cual jamás
habían querido decir, envió un día diez o doce indios cargados de
comida y con algunas piedras esmeraldas, que fingiesen y diesen a
entender que venían de lejos tierras, enviados por un cacique que
se decía Chocontá, que estaba cuatro jornadas de las minas donde
las esmeraldas se sacaban, el cual habiendo entendido que los
cristianos habían entrado en aquella tierra por partes no sabidas,
y eran tenidos por hijos del Sol, y buscaban los mineros de las
esmeraldas, se las quería mostrar, que estaban cerca de su tierra,
en las tierras de otro cacique o señor, su circunvecino, en donde
él los pondría, para el cual efecto les enviaba aquellos
mensajeros.
Los indios, bien instructos en el negocio por Bogotá, llegaron a
donde el general estaba, fingiendo tan al natural su embajada que
quitaron toda nocible sospecha de sobre sí. Los trajes mudados, los
cuerpos sudados y calurosos, y los rostros muy polvorosos, y su
plática tan entera, que ninguno dejó de creer que era al pie de la
letra lo que decían verdad; y como a esta sazón habían vuelto los
capitanes Céspedes y San Martín de sus descubrimientos, y no habían
hallado cosa que fuese tal cual la deseaban, movió con más vigor la
embajada de los indios al general y a los españoles, a que dejando
el pueblo y tierra de Bogotá, fuesen en demanda de las minas de
esmeraldas; y por otra parte, Bogotá dio aviso al cacique de
Chocontá, que era su feudatario, que los españoles irían a su
tierra, mediante lo que él había ordenado, y que llegados que
fuesen a ella, los llevase y encaminase a donde las minas
estaban.
Movido el general con su campo, caminó con más alegría de la que
se puede decir en demanda de las minas esmeraldas; porque como
hasta entonces había por el mundo muchas y diversas opiniones sobre
el nacimiento y creación de las esmeraldas, y no hubiese autor que
diese entera noticia y relación de ellas, cuanto a si se sacaban de
minas o no, deseando el general y sus soldados ver de todo punto
declarada esta duda y ver esta grandeza de minas, iban, como se ha
dicho, con mucha alegría a verlas y descubrirlas.
Al cabo de cuatro jornadas llegaron al valle de Chocontá, que
llamaron del Espíritu Santo, por haber tenido en él la Pascua de
Pentecostés, el cual, el cacique Chocontá fingió ser el que los
había enviado a llamar y les dio guías y encaminó adelante al valle
y pueblo de Turmequé, llamado por los españoles de la Trompeta, por
haber allí aderezado o hecho de nuevo una maltratada trompeta que
traían. Este valle de Turmequé es el primer pueblo del señorío de
Tunja, y el de Chocontá pasado es el postrero de Bogotá. El general
se alojó en el pueblo de Turmequé, para de allí ir o enviar a ver
las minas, porque los guías que Chocontá le había dado y llevaban,
decían que en donde las minas estaban era tierra estéril y falta de
comida y no se podrían sustentar en ellas toda la gente junta, y
por esta causa, quedándose él alojado con la más de la gente, en el
valle de Turmequé o de la Trompeta, envió al capitán Pero Fernández
de Valenzuela, con ciertos españoles, que fuesen y viesen las minas
de las esmeraldas, si era verdad que las había, como los indios le
habían dicho, las cuales halló en la provincia y señorío de un
cacique llamado Somendoco, el cual y sus sujetos reconocían al
senor de Turmequé
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8.
Están estas minas en una cuchilla o loma de largo de media
legua, que sale de otras lomas y sierras más altas; es la tierra de
ella algo fofa y volcanosa; no las labraban los indios estas minas
todo el año, sino en tiempo de aguas o que las aguas hubiesen
acabado de pasar, porque con sus avenidas robasen y llevasen la
tierra que sobre las minas caía, porque como estos naturales no
tuviesen con qué cultivar la tierra artificios de hierro, sino
solamente los que de madera hacían para sus labores, éstos eran tan
flacos que no bastaban a desmontar ni limpiar la tierra que en las
minas caía; por eso esperaban el remedio del agua. Hallose en estas
minas dos vetas de veneros, en que las esmeraldas se criaban, y
hallaban el uno de cristal, y el otro azul color del cielo.
Valenzuela procuró sacar de estas vetas algunas esmeraldas para
muestras, y trabajando en ello harto, sacó ciertas piedras de toda
suerte buenas, y no tales y muy ruines, y viendo el gran trabajo
con que se sacaban, y la mucha flema que para ello era menester, y
al cabo el poco provecho que de ello redundaba, se volvió a donde
el general estaba.
De este sitio de las minas, por cierta quiebra que la sierra y
cordillera hacía, vieron estos españoles una anchura y llanura de
tierra apacible a sus ojos, y que con el deseo y codicia que tenían
de haber otra cosa mejor y más rica que la que la fortuna les había
puesto en las manos, se les figuraba que lo que veían no podía
dejar de ser tierra muy próspera y de mucho valor. Era esta
llanura, que desde estas minas veían, los llanos que ahora dicen de
Venezuela, tierra toda anegadiza y de raras y pauperrimas
poblaciones, y muy enferma, por los malos aires que en ella corren,
mediante los gruesos y corruptos vapores que de las tierras
anegadizas y lagunas se levantan y congelan.
El general, sabida la certidumbre de las minas esmeraldas, y la
relación que le traían de la llanura y valle que de ellas habían
visto, se partió de Turmequé y valle de la Trompeta la vuelta de
Somendoco, donde las minas estaban, con dos prosupuestos: el
uno de con azadones y otros artificios labrar y seguir las dichas
minas y ver si podía sacar de ellas alguna riqueza notable, y lo
otro, en el ínterin que esto se hacía, enviar a descubrir y ver
aquel llano valle y ancho que de allí se parecía. Caminando con su
campo el general vino a dar al valle de Teansucha, que llamó de
San Juan, por haber estado en él su natividad, que estaría del
pueblo del cacique Somendoco, señor de las minas esmeraldas, cuatro
leguas, y de las propias minas siete; en el cual valle se alojó por
ser abundante de comida, aunque en ella era bien proveído, así del
señor de Turmequé
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9, como de otros muchos caciques
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10
, que a fin de que los españoles
necesitados de la falta de la comida, no los fuesen a buscar a sus
casas ni a otras partes, donde tenían escondidas sus mujeres e
hijos y haciendas, procuraban tener el real de los españoles bien
proveido de comidas, así de carnes de venados como de maíz y otros
mantenimientos que en sus tierras se dan.
Alojado el general en este valle de Teansucha, determinó desde
allí hacer lo que de atrás traía determinado, y así envió al
capitán San Martín, con gente de a pie y de a caballo, que fuese a
descubrir y ver lo que era la tierra llana, que desde las minas
había visto Valenzuela, y asímismo envió gente con buenos aderezos
y que labrasen las minas, segunda vez, los cuales fueron y sin
hacer cosa memorable en ellas se volvieron, por ser cosa muy
prolija el haber de esperar a topar con las bolsas y mineros, en
que las esmeraldas se crían, las cuales siguiendo las vetas de
ellas se hallan a trechos; lo cual visto por el general, quiso por
su persona certificarse de este secreto de naturaleza, y ver por
sus ojos lo que muchos grandes autores habían dudado haber, y así
fue a las minas, y hallándose presente las hizo labrar, y sacó
esmeraldas de ellas y tomó de ello entera fe y testimonio, para
satisfacción de los que dudasen las esmeraldas sacarse de minas y
vetas debajo de la tierra; y con esto se volvió al valle de San
Juan donde dejaba alojada su gente.
El capitán San Martín siguió su descubrimiento, y viendo la mala
disposición de la tierra por do iba, envió a decir al general que
no curase de seguirle, porque no había disposición de tierra por
donde iba, para poder pasar con su gente, porque demás de ser tan
agría y doblada, era muy estéril y falta de comida, y prosiguiendo
él su descubrimiento, bajó hasta junto a los propios llanos, donde
halló una gente tan paupérrima y faltos de todas las cosas
necesarias para el humano sustento, que solamente comían y se
sustentaban de un género de hormigas gruesas, las cuales criaban
aposta junto a sus casas, y de ellas y de otras silvestres raíces
hacían ciertas tortas y comidas, con que se sustentaban; y viendo
esta monstruosidad de naturaleza no curó pasar de allí, y también
por ver que toda la tierra llana, que por delante tenía, eran
anegadizos; y con esto dio la vuelta a donde el general estaba, el
cual con su gente había ya salido del valle de San Juan, y
alojádose en el valle que llamaron de Venegas, por haberlo
descubierto Hernando Venegas, natural de Córdoba, a quien el
general había enviado con gente al propio efecto. Es este valle,
por otro nombre dicho Vaganing, donde por irse el general con su
gente apartando de la población y grosedad de la gente y tierra del
Reino, no era tan proveído de mantenimientos, ni visitado de
naturales como de antes, y así se padecía a esta sazón necesidad de
comidas entre los españoles.
|Capítulo octavo
En que se
escribe cómo el general Jiménez de Quesada tuvo noticia del cacique
Tunja y de sus riquezas, y cómo temiendo que no se alzase y
rebelese, y juntase sus gentes y armas contra los españoles, se
partió, y a grandes jornadas fue con parte de sus soldados al
pueblo de Tunja.
Como el general Jiménez de Quesada, y algunos de sus capitanes y
soldados, que tenían los ojos puestos más en las riquezas que en
los naturales, estuviesen tan descontentos de la tierra del Reino
que ya diversas veces hubiesen intentado salir de ella, y
últimamente habla respondido el capitán San Martín que por la vía
que llevaba no se podía caminar, procuraban y deseaban con gran
instancia haber algunas guías que los llevasen a alguna buena
tierra, y con este designio el general envió de su alojamiento, que
al presente era en el valle de Venegas, diferentes capitanes y
escuadras que le tomasen algunos indios para guías y adalides de lo
que pretendía. Aunque la gente anduvo por todo aquel valle y sus
comarcas todo un día, no se pudo tomar ningunos naturales, excepto
dos indios que hubo un escuadra, llamado Serrano, los cuales,
estando hablando con otra india, criada del propio Serrano, le
preguntaron qué era lo que andaban a, buscar los españoles de una
parte a otra, sin tener sosiego ni asiento, que han dejado las
tierras ricas y pobladas y de mucha comida atrás, y se vienen por
aquí, donde ellos, ni nosotros, ni nuestros hijos y mujeres tenemos
qué comer; y como la india le respondiese que lo que ella había
entendido era que andaban a buscar oro, lo cual deseaban hallar más
que otra cosa ninguna, los indios le replicaron que porque no iban,
pues oro buscaban, a donde estaba el señor y principal de todas
aquellas provincias, llamado Tunja, que tenía y poseía muy gran
cantidad de oro él y sus indios, los cuales a las puertas de los
bohíos tenían unos pedazos grandes de oro que sonaban y hacían son
dándose los unos con los otros. La india, sabida esta nueva, dio de
ella noticia y relación a su amo, y su amo la dio al capitán
Céspedes, y Céspedes la dio al general, que ya estaba estomagado y
colérico del movimiento y mudamiento que los indios de aquella
provincia de Tunja habían hecho en no continuar su paz y proveerlos
de lo necesario, y tenía presunción o indicios muy grandes de que
el principal y señor de aquella tierra, que aún en esta sazón no
era conocido por su nombre, hacía gente para venir sobre él y
hacerle guerra; y como se le diese esta noticia, y el indio se
ofreciese de guiarle y llevarle en breve a donde este cacique
estaba y tenía su habitación, determinó de ganarle por la mano en
el acometer y ser con él en breve, antes que tuviese lugar de
juntar su gente y tomar las armas en las manos y con ellas hacerle
daño, y así con toda presteza de la gente que tenía consigo hizo
apercibir y aderezar diez y seis hombres de a caballo y treinta
peones, y poniéndose en camino, marchó la vía del pueblo de Tunja,
guiándolo el indio que le había dado la noticia, por la altura de
unos páramos de extrema frialdad, en los cuales le fue forzoso
hacer jornada y dormir, donde hubiera de ser más el daño que el
frío y hielo de aquel alto puerto les causara, que el que los
indios con sus armas les podían hacer; porque penetraba tanto las
carnes de los españoles el frío que les constreñía a no apartarse
del calor de la candela y fuego que habían hecho, y hombre hubo
entre ellos, que fue un Gómez de Corral, que aunque la ropa que
encima del cuerpo tenía y la camisa pegada a raíz de las carnes se
le ardía, no lo sentía por tenerle el frío comunicado y recogido en
lo intrínseco de su cuerpo el calor natural, y fue necesario
proveerle de nuevos vestidos.
El cacique y señor de Tunja, aunque sabía que los españoles
andaban por su tierra, no se había movido de su pueblo, porque
andaban algo apartados de él, y como comunicaban muy poco con todo
el real junto, pareciole que no podía ser asaltado ni tomado
descuidado, porque forzosamente le habían de dar aviso sus sujetos;
y como el general, dejando el carruaje que llevaba, caminó a la
ligera, y anduvo en tres días lo que había de andar en seis, cuando
Tunja vino a saber su venida fue el propio día que había de entrar
el general en su pueblo, y como era hombre mayor y cargado, y lo
hacían más pesado las muchas riquezas que consigo tenía, no se
atrevió en tan breve tiempo como la diligencia y apresurado caminar
de los españoles le daban, poner en cobro su persona y hacienda, y
por esto usó de dar medios para ver si podía entretener los
españoles que aquel día no llegasen a su pueblo.
El uno fue, que con gran presteza envió a mandar a los indios
que había poblados por el camino donde el general iba marchando,
que tomando las armas en las manos, saliesen a dar gritas al
general y a los que con él iban, y procurasen entretenerlos con
designio de si pudiese, según pretendía, poner en cobro su persona
y hacienda aquella noche, otro día enviar sus gentes sobre los
españoles, como Bogotá lo había hecho, y por otra parte enviaba
algunos de sus caciques y principales a tratar de paz y amistad,
diciendo que se entretuviese al general en los pueblos por do iba,
y que de allí se trataría lo que se debía hacer, porque él quería
ser su amigo y confederado, y haría todo lo que el general
quisiese; y demás de esto venían e iban por el camino infinitos
indios ligeros, a manera de postas, que por momentos llevaban a
Tunja la nueva de la cantidad de españoles que iban, y los caballos
que llevaban, y el paraje donde llegaban, y mientras más los
españoles se acercaban a su pueblo, más mensajeros venían al
general para que se detuviese y tratasen de paz y amistad.
Pero el general, que todas estas cautelas y tratos dobles de
este bárbaro entendía, no sólo no se detenía con los mensajes que
le venían, pero estorbaba a los soldados que no se detuviesen en
acometer y ofender a los indios que en la retaguardia les venían
dando gritas y haciendo acometimientos de ofender a los españoles.
Ultimamente, ya que el general estaba muy cerca de Tunja, en una
aldea pequeña, le salió a recibir un cacique feudatario del señor
principal, con muchos indios, diciendo que Tunja lo enviaba a
recibirlos, el cual se daba por su amigo, según que antes se lo
había enviado a decir, y que le rogaba que aquella noche, para
evitar el alboroto y escándalo de la gente de su pueblo, se quedase
a dormir en aquella aldea, donde serían bien proveidos de lo
necesario, y que otro día se verían y hablarían.
El general, temiéndose de las cautelas de este bárbaro, y
pareciéndole que eran aquellas ostentaciones de paz muy fingidas,
no curó de detenerse, aunque entre sus propios soldados hubo
pareceres, que por ser ya algo tarde y no saber qué gente tuviese
consigo el cacique Tunja, ni si estaría con las armas en la mano,
ni de paz, debían quedarse a dormir en aquella aldea; y así
prosiguieron el viaje, hasta entrar, aunque ya tarde, en el propio
pueblo de Tunja. Los indios, por apartar los españoles de donde el
señor principal estaba, lleváronlos a un cercado grande de un
hermano suyo, dentro de la propia población, que por ser tan grande
y hecho curiosamente para el modo de edificar de los indios,
creyeron ser del propio cacique; pero la guía que llevaban los
apartó de este engaño, y les dijo cómo no era aquel cercado y casas
las del cacique, sino otras más principales, que estaban más abajo,
a las cuales se fue luégo el general con toda su gente, que era
nonada en comparación de la canalla que presente tenían de aquellos
bárbaros, así moradores del propio pueblo como otra innumerable
multitud de ellos que habían acudido a ver lo que se hacía entre
los españoles y Tunja, y esto sin otras innumerables gentes que del
pueblo salían, cargados de sus baratijas e hijos, a esconderlas y
apartarse de la presencia y vista de los españoles, la cual tenían
por muy espantable y tremenda.
Llegados los nuestros al cercado del cacique Tunja, el general
se apeó de su caballo, y con su alférez Antonio de Olalla y el
veedor Diego de Aguilar, mandando que los demás estuviesen a punto
y apercibidos para lo que se ofreciese, se entró en el cercado, sin
embargo de que los indios, con solas voces y grandes alaridos,
pretendían estorbar la entrada y hacer que se detuviesen; pero como
los alaridos pocas veces ofendan, el general entro en aquel cercado
donde Tunja tenía sus casas, que no era menos vistoso que el de
Bogotá, aunque de maderas y cañas, y bohíos y casas de paja, y
esto se a de entender comúnmente en lo que trataremos de este
Reino, que cuando decimos bohíos, es vocablo que los españoles
llaman y tienen puesto a las casas de los indios, y que estas casas
son de varas hecha la armazón y cimientos y cubiertas de paja,
según más largamente lo trataremos en otra parte.
Llegado que fue el general al aposento y bohío donde Tunja
estaba, según la costumbre de sus mayores, sentado en el suelo
encima de un lecho de espartillo no se movió hasta que fue movido,
y hablándole el general, con un torpe intérprete que traía, le dijo
cómo cierto señor, por cuyo mandado él había venido a aquella
tierra, le enviaba a saludar y deseaba su amistad, la cual se había
de conseguir y conservar mediante otras muchas cosas que se le
habían de dar a entender, para lo cual era menester espacio y
tiempo en que se tratasen, todo lo cual no podía haber efecto si
primero él no tenía paz y amistad con los españoles, que presentes
estaban, y les hacía obras y tratamientos de amigos, lo cual, si
enteramente cumpliese, él como su general haría que a él ni a sus
sujetos no se les hiciese daño ninguno y fuesen tratados como
verdaderos y leales amigos; a lo cual Tunja respondió que de todo
lo que se le decía se holgaba muy mucho, y era contento de lo hacer
y cumplir, pero que ya era tarde para dar fin y conclusión a cosa
tan larga y de tanta importancia, que se fuesen a alojar a una
parte del pueblo, donde él tenía proveído y aderezado. El general
dijo que le placía así, y dejando en custodía y guardia de este
cacique a su alférez con cuatro o cinco arcabuceros, se recogió con
la demás gente que consigo tenía al alojamiento que les estaba
aderezado. La causa de dejar guardia el general en la persona de
Tunja era y fue de la sospecha que de antes tenía, de que este
cacique o principal se pretendía ausentar.
Había acudido al propio cercado mucha cantidad de indios, que
por diversas partes falsas que en él había, entraban y andaban muy
inquietos de una parte a otra, dando muestras de pretender llevar
fuéra de allí a su cacique, y demás de esto ciertas casas de
munición que el cacique dentro de su cercado tenía prevenidas para
la guerra que con Bogotá esperaba tener, se sacaban muchas armas
por particulares indios, que las llevaban, los cuales, como ya
fuese anochecido, y viesen que el general con la mayor parte de la
gente se había ido a aposentar y que con el cacique habían quedado
solos cinco españoles, movieron cierto tumulto para en él tener
lugar de sacar a su cacique fuéra del cercado, lo cual principiaron
con empezar a tratar mal de palabra a los españoles que allí
estaban, y hablarles soberbiamente, y unos hablando, y otros
tomando en peso al cacique para sacarlo fuera, y los soldados
acudiendo a se lo defender, fue el tumulto encendido de suerte que
oyéndolo el general acudió con toda presteza, y con él algunos
soldados que se hallaron con las armas en la mano, y cuando
llegaron, hallaron que ya los indios, sin haberlo podido estorbar
el alférez y los que con él estaban, echando mano a sus espadas
para sólo espantar la canalla de bárbaros que estaban asidos al
cacique, y así se lo hicieron dejar, y lo tomó el general a meter
en el cercado y casa de su morada, y viendo lo que importaba a su
salud y de todos los españoles que con él estaban, que el cacique
Tunja no se ausentase, pues teniéndolo los indios puesto en salvo,
luégo habían de venir sobre él con las armas, echando todos los
indios que dentro del cercado estaban, le puso mayores guardas, con
sus rondas de a caballo y soldados a las puertas del cercado, que
no dejasen entrar indio ninguno a donde el cacique
estaba.
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|Capítulo noveno
En que se
escribe cómo los soldados persuadieron al general Jiménez de
Quesada que secuestrase el oro que Tunja tenía dentro del
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11
cercado, el cual le fue tomado; y cómo
el día siguiente Tunja dio licencia que buscasen y tomasen el oro
que en el pueblo había.
Al tiempo que el general llegó al cercado de Tunja, como muchos
soldados que con él iban llevaban el corazón puesto en donde Tunja
tendría sus riquezas y tesoros, llevaban los atalayadores ojos
esparcidos y derramados a todas partes, por ver si verían algún
rastro de lo que pretendían, y al fin vieron que en lo alto de la
casa donde habitaba, por la parte de fuéra, estaban groseramente
puestos unos platos a manera de patenas de oro, y ciertas águilas
de oro, y entre éstas puestos unos grandes caracoles de la mar, por
tal orden que en tocando lo uno con lo otro, por el movimiento del
aire, hacían un grosero sonido con que aquel bárbaro se contentaba,
y de ver esto vinieron a presumir que lo que se les había dicho de
la riqueza de este cacique, que era cierto, por lo cual procuraron
persuadir al general, aunque no fue necesario con obstinación, que
pues sus fuerzas eran pocas para tener seguro al cacique Tunja, que
debía dar licencia que se buscasen sus tesoros y riquezas y fuesen
secuestrados, para más seguridad suya hasta ver en lo que paraban
sus amistades. Al general no le pareció mal lo que los soldados le
decían, y así mandó al capitán Céspedes que en los bohíos y casas
que dentro del cercado había buscase el oro que tenía y lo trajese
ante sí, para que fuese guardado con el presupuesto dicho.
Céspedes no fue nada negligente en efectuar lo que se le
mandaba, y aun según supe de quien presente se halló, ya lo tenía
efectuado, y comenzando anduvo por los bohíos que en el cercado
había; los más, como he dicho, eran de municiones, en que tenía
Tunja juntas muchas vituallas y pertrechos de guerra, para lo que
se le aparejaba tener con Bogotá, en los cuales había muchas
diademas, patenas, águilas y otras diferencias de joyas de oro, que
los indios llevaban puestas en sus personas cuando iban a la guerra
y para sus regocijos y fiestas; todo lo cual fue recogido, con otra
mucha cantidad de oro y joyas de la suerte dicha que en otra parte
tenía Tunja del propio cercado, como puesto en depósito y guarda
para su recreación y menesteres, y llevado a donde el general se
había de alojar, y alojado.
La multitud de los indios, como los habían quitado de la
presencia de su cacique, a quien mostraban amar mucho, en toda la
noche reposaron ni durmieron; mas como gente que deseaba ver libre
a su señor, se anduvieron por junto al cercado dando muy grandes
voces, y viendo si podían entrar dentro, a los cuales les era
defendida la entrada por los que guardaban las puertas, y por las
rondas de a caballo que alrededor del cercado andaban. Venido el
día, los indios no cesando sus alaridos y clamores por haber a las
manos a su cacique, daban muestras de quererlo sacar por fuerza,
como la noche antes lo habían intentado, pero fueron frustrados de
sus designios, porque los españoles los ahuyentaron y echaron de
junto al cercado y dende a poco sacaron fuéra el cacique, de suerte
que pudo ser visto de todos, y les habló y mitigó, con lo cual los
indios se apaciguaron mucho, y como el cacique entendiese la sed y
agonía de los nuestros que de oro tenían, por la solicitud que en
despojarle de sus riquezas tenían, díjoles que si oro querían que
fuesen por el pueblo, donde hallarían muy gran cantidad y que lo
tomasen.
Los españoles, con licencia de su general, no fueron nada
negligentes en irlo a buscar, el cual hallaban en bohíos muy viejos
y antiquísimos, que daban a entender ser sepulturas de muertos;
porque según algunos afirman, en esta provincia de Tunja no se
enterraban los indios con sus riquezas, como en la provincia de
Bogotá, sino después de enterrado el indio cúyas eran, se las
ponían sobre la sepultura, y así, con menos trabajo, hallaban el
oro y lo traían a cargas al montón, donde el general estaba. En un
bohío muy viejo e inhabitable que en él no entraba nadie, si no
eran gallinazas a dormir y posar, el cual debía ser de algún
antiguo y gran señor que allí debía estar enterrado de mucho
tiempo, se halló un catauro hecho a manera de costal, cosido con
hilo de oro, y todo él lleno de tejuelos de oro, en que afirman
haber doscientas libras de oro.
Los indios viendo que los españoles recogían el oro que en su
pueblo habla, ellos también procuraron recoger lo que pudieron, y
así es presunción que guardaron y alzaron más que les tomaron; que
según muchos certifican, fueron dos mil libras de oro, sin piedras
esmeraldas, y mucha ropa fina de algodón y cuentas de mucho precio
entre ellos.
Con este saco, hecho con licencia y facultad del cacique Tunja,
que estaba preso, se mitigó todo el alboroto que entre los
españoles y los indios había, y el general luégo envió a llamar el
resto de la gente, que en el valle de Vaganing había quedado, donde
ya había llegado el capitán San Martín, que habla ido a descubrir
los llanos, y asímismo habló con más reposo al cacique, tratando de
quietarlo y reprendiéndole de las cautelas de que había usado para
matar a los españoles, el cual siempre lo negó, por lo cual le
decían que tenía perdido no sólo el oro, que allí de presente se le
había tomado, pero todo lo demás que con las ricas esmeraldas tenía
escondido y puesto en cobro, lo cual debía entregar si quería salir
de la prisión en que estaba; con lo cual Tunja se desabría tanto
que aunque después le decían otras cosas de importancia, tocantes a
la lealtad y vasallaje que habla de reconocer y tener a los reyes
de España, daba muestras de no oírlo de voluntad, ni tener gana de
hacerlo; pero con todo esto jamás el general estorbó que no fuese
visitado continuamente de todos sus sujetos y feudatarios, los
cuales asimismo tenían particular cuidado de proveer a los
españoles de todo lo necesario para su sustento. El resto de los
españoles que en Vaganique, o valle de Venegas habían quedado,
dende a ciertos días, por el llamamiento que de su general les fue
hecho, vinieron a Tunja, donde por ser más el número de los
españoles, había ya menos temor de que se recibiría daño de la
gente de Tunja.