| Capítulo cuarto
En el cual se
declaran dos puntos para ser mejor entendida esta historia y
conquista del Nuevo Reino; escríbese cómo el tirano
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Bogotá tuvo noticia de los españoles, y
determinó hacerles guerra.
Dos puntos había de haber declarado y apuntado al principio de
este libro; pero pues mi descuido fue tanto, tómelos el lector aquí
donde los halla, que me parece que son necesarios para mejor ser
entendida esta lectura, y que en algunas partes que se hallare
breve y cortada no cause pesadumbre ni enojo. Hemos usado en lo
escrito llamar esta provincia el Nuevo Reino de Granada, y esto no
se hace así porque el propio nombre de ella puesto y usado por los
naturales sea éste, que puesto caso que desde el valle de la Grita,
discurriendo por toda la provincia de Bogotá, hasta los últimos
fines de Tunja y sus comarcas, sea una manera de gente, y en pocas
cosas, así de la lengua como de las ceremonias de su religión,
difieren y varíen, y esta provincia está cercada de otras gentes,
que en lenguas, trajes y supersticiones de sus idolatrías son muy
diferentes y desemejables a éstos, y aun muchos do ellos muy
grandes enemigos suyos, ningún nombre general que comprendiese toda
esta provincia del Nuevo Reino se halla haber usado, ni tenido sus
naturales, sino solamente por pueblos y valles que tomaban el
apellido del señor particular que los poseía o era principal y
cacique de ellos; y vista esta confusión, y que no hallaba nombre
general en esta tierra de que sus naturales usasen, he usado y
aprovechádome del que el general Jiménez de Quesada adelante le
puso, porque menos este general en el tiempo que en esta provincia
entraba, usó de ningún nombre general que la comprendiese, más de
como he dicho, el cual después le puso lo que hoy se usa. Acerca de
esta generalidad de nombres es que cuando dicen los Moscas se
entiende por toda esta gente que estos dos tiranos Tunja y Bogotá
poseían, y esta es costumbre introducida para distinguir esta gente
de las otras sus comarcanas, que como he dicho, son muy diferentes
de ella; porque Muexca es nombre propio del indio, al cual en su
lengua maternal llaman Muexca, como decir persona 5, etc. Que estos
nombres hacen diferenciarse y conocerse las naciones, y aunque
aquellos a quien llaman de esta nominación, por el Reino de do son
naturales, tienen otros nombres, como es en España llamar a los de
Sevilla, sevillanos; y debajo de este nombre, que es de un pueblo o
patria particular, tienen otro nombre que es llamarse Juan y Pedro
y Martín, etc. De esta suerte esta gente, de estas dos cabezas y
tiranos referidos, son llamados, como he dicho, Muexcas, y los
españoles interrumpiendo el vocablo los llaman Moscas: y después
viene la segunda distinción y nominación que procede de la
particular y natural patria y pueblo de cada uno, y luégo sus
nombres propios de cada persona.
La causa principal de haber entre los españoles llamado a esta
gente moxcas, del nombre dicho, para distinción de las otras gentes
sus circunvecinas, ha sido y es que después de las fundaciones de
Santafé, Tunja y Vélez, pueblos de españoles, que están poblados
dentro de los límites de esta gente Moxca se han poblado otros
muchos pueblos de españoles, todos los cuales se incluyen al
presente dentro de este término de nombre del Nuevo Reino de
Granada, de los cuales, mediante Dios, trataremos adelante muy
particularmente, y por la diferencia que hay de las gentes y
naturales donde los demás pueblos están poblados; así de estos tres
primeros hase entrado esta costumbre de llamar a los naturales de
ellos Moxcas, y así si un indio natural de estas provincias y
pueblos dichos, va a las demás circunvecinas y pueblos de
españoles, es conocido así por este particular nombre de Moxca,
como por el tratamiento de su persona, que es muy diferente en
todo; y cuanto al primer punto, basta lo dicho.
Lo otro es que para que las cosas del descubrimiento y conquista
del Nuevo Reino de Granada, que al presente entendemos por estas
gentes Moxcas, se cuenten y escriban más claramente, y por supuesto
de no entrometer en ella las cosas tocantes a las naturalezas,
antigüedades, ritos y ceremonias y religión de esta gente Moxca; y
con esto nos podemos volver al hilo de nuestra historia.
Al tiempo que el general Jiménez de Quesada y su gente entraron
en el pueblo de Suesca, el cacique y principal de él, admirado de
lo que los demás se admiraban con la vista de los españoles y de
sus inventos, por su persona y de sus sujetos, procuró dar noticia
al tirano Bogotá, cuyo feudatario era, de las nuevas gentes que por
su tierra entraban. El designio de este bárbaro principal de Suesca
que en dar este aviso a Bogotá tuvo, nunca se pudo saber más de que
cómo Bogotá era un tirano bárbaro y muy arrogante e hinchado, con
alguna más agudeza de le que a hombre tan rústico se puede
atribuir, preguntó qué gente eran los españoles y cuántos en número
y lo que comían y de qué se sustentaban y de la ligereza de los
caballos que traían, y como por el mucho trato y comercio que
algunos indios habían tenido con los españoles, le diesen enteras
señas y relación de lo que en ellos habían visto, afirmándole ser
hombres, aunque de mayores bríos y ferocidad que ellos, juntó
muchos de sus capitanes y sujetos, y les dijo: "Pues como vosotros
que me tomáis y traéis las aves que por el aire van volando, y los
venados que en la tierra, por su mucha ligereza, no hay animal que
se le compare, y soléis domar y tomar a manos otros muchos
ferocísimos animales que por los montes y cavernas de la tierra se
crían, y que innumerables enemigos y gentes que se me han rebelado
me los habéis sujetado y traído a mi servidumbre, ¿no seréis ahora
poderosos para a este poco y pequeño número de extraña gente, que
por mi tierra tan atrevidamente se meten, sujetarlos y traérmelos
aquí presos?"
Los indios, que con bárbaro temor respetaban a este su cacique y
señor, se le ofrecieron de hacer mucho más de lo que él deseaba y
pretendía, y así le dijeron que juntase gente para ello, y que en
estando junta saldrían al encuentro a los españoles.
Bogotá, luégo a los capitanes que tenían cargo de semejantes
oficios, mandó que juntasen toda la más gente que se pudiese
juntar, con designio de venir sobre los españoles a sujetarles y
resistirles la entrada, porque como he dicho, era este bárbaro
tirano tan arrogante y soberbio en sí, que tenía por muy grande
afrenta que contra su voluntad, y sin hacerlo saber primero,
entrasen por sus tierras los españoles, y esta hinchazón causó la
moderación y benevolencia del general, que queriendo en esto imitar
a Octaviano, quería y preciaba más atraer a sí y a su amistad
estas gentes, con reposo y sosiego y pacíficamente halagándolos,
que con el rigor de la espada amedrentándolos y atemorizándolos; y
es cierto que si de rigor usara y entrara atemorizando estas
gentes, que ni este bárbaro se le atreviera con su soberbia a
querer hollar su mansedumbre, ni aun osara alzarse con sus tesoros,
como después se alzó, habiendo sido frustrado de sus designios y
derribado de su soberbia.
En poner por obra Bogotá esta su determinación no se detuvo
mucho, porque como en esta sazón estaba para ir a guerrear con el
señor Tunja, tenía ya su gente con las armas en las manos, y así
más en breve de lo que se puede pensar, la juntó y con mucha
presteza caminó hacia Suesca, donde el general se había alojado,
que había diez leguas.
El general se partió de Suesca con su gente la vuelta de
Nemocón, que es uno de los pueblos donde la sal se hace; y por
traer alguna gente enferma, dejola en la retaguardia, y seis
hombres de a caballo con ellos, para que los guardasen y amparasen,
porque aunque la gente y naturales salían de paz, dudaba y no
entendía ni alcanzaba el general la fe de estos bárbaros, aunque
sabia que generalmente los indios son gente de fe dudosa o
incierta, y que pocas veces con firmeza perseveran en la amistad de
los españoles, sin dejar de intentar en breve tiempo muchas
novedades, y así procuraba ir recatado. Y ya que con su vanguardia
había llegado al pueblo de Nemocón, los indios de Bogotá se le
habían encubiertamente acercado a su gente de retaguardia, y como
de repente pareciesen sobre ella y acometiesen a los españoles que
allí iban, trabaron su escaramuza y guazabara, aunque con cobardes
ánimos. Los españoles que allí se hallaron, que eran bien pocos,
defendiendo con calor las personas de los enfermos, que no fuesen
ofendidas por los indios, los entretuvieron hasta que llegó la
nueva a donde el general estaba, el cual acudiendo con algunos de
sus capitanes y soldados, en sus caballos, a remediar aquella
necesidad y aprieto en que la multitud de los bárbaros tenía puesto
a los de la retaguardia, llegaron con presteza e ímpetu, y
arremetiendo a los indios hirieron en ellos, matando muchos, de
suerte que en breve espacio fue la canalla de aquellos bárbaros
rebatida y ahuyentada, y su cacique y señor Bogotá, que de lejos
estaba a la mira, puesto sobre unas andas, en hombros de indios que
lo traían, hizo lo mismo con toda presteza. Traían estos indios un
cuerpo muerto, mirlado y seco, puesto en otras andas entoldadas de
ricas mantas, en su escuadrón, en el cual debían venir confiados
que les daría la victoria; pero como para resistir el ímpetu de los
caballos en nada les ayudase la virtud de su muerto y cuerpo seco,
lo soltaron y desampararon los que lo traían cargado, por guarecer
sus personas.
El general se recogió al pueblo de Nemocón, donde se alojó, y
algunos de los capitanes que a caballo estaban fueron siguiendo el
alcance de los indios, que por un llano adelante se iban retirando
hacia un pueblo llamado Cajicá, donde se había ya recogido el
tirano Bogotá en unos aposentos que allí tenía hechos, cercados con
ciertas cercas de paja y maderos, que aunque toscamente hechos,
parecían muy bien. Estos aposentos y casas que aquí tenía Bogotá
eran donde recogía las vituallas y municiones que para la guerra
que contra Tunja pensaba hacer, juntaba y era necesario.
Como Bogotá supo que los españoles iban siguiendo el alcance de
su gente, saliose de este cercado y púsose en huida, retirándose
hacia su pueblo, donde él siempre habitaba, dicho del propio nombre
Bogotá, que estaría de éste de Cajicá cinco leguas, dejando mandado
a sus indios que en el cercado se entretuviesen y defendiesen con
los españoles, para que no fuesen en su alcance y seguimiento. Los
indios lo hicieron así, que recogiéndose en el cercado y casas de
Bogotá, que allí tenía, se hicieron fuertes, de suerte que los
españoles que a caballo en su alcance iban se repararon y no osaron
acometerlos, ni los indios, por el contrario, a salir de su
cercado; y estando así suspensos, un indio bien dispuesto se partió
de entre los demás, con una lanza en la mano y ciertas tiraderas
que son unas flechas largas, que se tiran con amiento, que en legua
de los indios se llama
|quesque, y arrostrando a los
españoles dijo que si había allí alguno tan osado que quisiese
pelear allí con él solo; lo cual visto por los de a caballo, uno de
ellos llamado el capitán Lázaro Fonte, con consentimiento de los
demás sus compañeros, aprestó su caballo, y sin que el indio
tuviese lugar de aprovecharse de sus armas, arremetió, y pasando
por junto a él, le asió de los cabellos, y sin detenerse, ni
dejarle llegar con los pies en el suelo, lo trajo colgando del
caballo a donde sus compañeros estaban; lo cual visto por los demás
indios que en el cercado estaban, comenzáronse a salir por
diferentes puertas que en él había, y a huir cada cual como podía.
Los españoles, que eran bien pocos, se entraron en el cercado y
aposentos de Bogotá donde hallaron todo el almacén y munición de
armas que Bogotá juntaba para la guerra de Tunja, y mucha
abundancia de vituallas y comidas, asi de carnes de venados y maíz
y turmas, como de otras cosas; y visto esto, y que allí se podía
sustentar la gente muy a placer, enviáronlo a hacer saber al
general, que con el resto de la gente estaba alojado en Nemocón,
admirado de ver de dónde y cómo la sal de los panes, en cuya
demanda venia, se hacía, que él entendía hacerse en alguna laguna
grande de agua salada, y no se hace sino de unas pequeñas fuentes
manantiales, de las cuales, y del modo de hacerse de la sal,
adelante se dirá. El general, sabida la abundancia de la comida que
en el cercado de Cajicá había, salió de Nemocón con toda su gente,
otro día siguiente fuese a aposentar a él, donde se holgó algunos
días.
| Capítulo quinto
En que se
escribe cómo los indios, visto que la gente de Bogotá habían sido
vencidos, continuaron su paz, y Bogotá, porque los españoles se
acercaban a su pueblo, procuraba entretenerlos, unas veces con paz
y amistad y otras con las armas.
Los indios, vista la victoria que los españoles habían habido
contra Bogotá y su gente, y cuán fácilmente habían sido
desbaratados con pérdida de muchos de los guerreadores de Bogotá,
continuaron su paz y amistad con los españoles, y vinieron al
pueblo de Cajicá, donde el general estaba alojado, y trayéndole
algunos presentillos de oro y mantas de poco valor, se les
mostraban amigos. Asimismo el de Bogotá, visto el valor de los
españoles, y que de continuar la guerra contra ellos no se les
podía seguir ningún provecho, trató asimismo de paz y amistad,
aunque cautelosamente y sólo con designio de ver si podría estorbar
a los españoles que no fuesen a su tierra, sino que se
entretuviesen a lo largo apartados de su pueblo, y así envió
algunos presentes al general, y cantidad de comidas para él y sus
soldados, y así en este tiempo estaba tan bastecido el campo, que
había día que entraban en él ciento cincuenta venados, y cuando
menos entraron fueron treinta, sin las otras vituallas.
El general recibió amigablemente a los mensajeros que Bogotá
enviaba, y los abrazó y dio de lo que tenía, aunque por defecto de
los intérpretes y lenguas no entendía de todo punto lo que los
indios decían. El general, después de haber acariciado y recibido
alegremente lo que Bogotá le enviaba, habló, aunque con la
dificultad dicha de los intérpretes, a los indios que de su parte
venían, y les dijo que aunque su cacique y señor lo había hecho
inconsideradamente en mover sus armas contra él sin ninguna
ocasión, y le había movido con esto la cólera, para hacerle una
cruel guerra, que vista aquella humildad con que venían, se le
había aplacado el enojo y accidente que tenía, y que de todo punto
se le quitaría y quedaría en perpetua amistad suya, si Bogotá,
dejando aparte la bárbara arrogancia que tenía, le venía a visitar
y a dar orden y asiento en la firmeza de la paz, y a entender y
saber de él muchas cosas que tenía que decirle, así tocantes a la
religión como al reconocimiento del rey y señor por quien era
enviado. Los indios dieron muestras de entender muy por entero lo
que se les decía, y certificando que Bogotá no haría otra cosa más
de lo que el general mandaba, y así se fueron; y otro día vinieron
otros indios del propio Bogotá donde el general estaba, dándole
vana esperanza de que su cacique vendría a verle, y con mentiras y
palabras entretuvieron al general algunos días en Cajicá, y se fue
a alojar al pueblo de Chía, donde por ser ya semana santa, y tiempo
de disponer y aparejar sus conciencias para la confesión y
despender este santo tiempo en templados ejercicios, se detuvieron
hasta el domingo de quasimodo; pero Bogotá viendo que todavía,
contra lo que él deseaba, los españoles se le iban acercando, tomó
a mudar propósito y a mover sus armas contra los españoles, y así
el tiempo de contrición se les volvió de confusión, por la
inquietud que los indios con sus continuas gritas y armas y
acometimientos causaban, porque como eran mandados de este tirano,
a quien eran sujetos, que con obstinación pensaba seguir la guerra,
aunque los indios siempre iban descalabrados, no por eso dejaban de
hacer nuevos acometimientos.
El general en este tiempo, con algunos indios que de paz le
venían, nunca dejaba de enviar mensajes a Bogotá, requiriéndole que
dejando las armas viniese en su amistad y a entender cómo había de
obedecerle en nombre del rey, cuyo vasallo y ministro era; pero el
bárbaro daba buenas respuestas y hacía malas obras con sus
guerreros.
En este tiempo el cacique y señor de Chía, donde estaba el
general alojado, vino de paz y a la amistad del general, y le
sirvió y ayudó en todo lo que pudo con sus sujetos, a los cuales
mandó que fuesen siempre amigos de los españoles y les ayudasen y
favoreciesen cuanto pudiesen contra Bogotá; porque este principal,
por particular y antigua enemistad y odio que a Bogotá tenía,
deseaba ver su ruina y que los españoles le sujetasen y domasen por
ser hombre indómito, y que con demasiada elación y soberbia trataba
a los demás caciques sus feudatarios, lo cual sentía mucho este
cacique de Chía, que era mancebo de poca edad, alegre, regocijado,
y también porque según su antigua costumbre, él sucedía en el
señorío de Bogotá, después de muerto el que señoreaba y mandaba, y
por verse en aquesto deseaba que Bogotá fuese muerto por los
españoles.
Asímismo en este pueblo de Chía vino a congratularse y hacerse
paces con el general otro cacique de un pueblo llamado Suba, el
cual la guardó tan inviolablemente que jamás la quebrantó, y al
tiempo de su muerte mandó a sus sujetos que siempre la conservasen
y permaneciesen en la amistad de los españoles, y exhortado al
tiempo de su muerte que se bautizase Y fuese cristiano si quería
gozar de la bienaventuranza eterna, él estuvo en hacer lo que se le
aconsejaba, y llamando uno de los sacerdotes que con el general
iban, le pidió el bautismo, el cual recibió y dende a poco o luégo
murió; éste se entiende haber sido el primer indio que de este
Nuevo Reino se convirtió y volvió cristiano.
El general, vista la obstinación de Bogotá, pasado el domingo de
quasimodo, se partió de Chía, y fue al pueblo del cacique Suba, que
está arrimado a un bajo cerro y cuchilla que en medio del valle de
Bogotá se hace, y allí se alojaron, desde donde vieron muy grandes
cercados, así del propio señor de Bogotá como de otros muchos
caciques sus comarcanos y feudatarios, cuya vista era muy apacible
por la representación que de lejos hacían, de grandes ostentaciones
y muestras de casas, que dentro de los cercados había, porque
aunque estos cercados eran de madera y varazones de arcabuco, y
groseramente hechos, estaban con tal orden trazados y cuadrados, y
puestos en su perfección, que de lejos representaban ser algunos
edificios suntuosos y de gran majestad; y por esta vista que de
presente vieron, fue llamado este valle donde Bogotá residía, el
valle de los Alcázares, y consecuente a esto, era este valle de los
Alcázares de Bogotá, que así se llama hoy, tan llano y ancho y
vistoso, con las muchas poblaciones que en él habla, que por él y
por ser el general Jiménez de Quesada natural de la ciudad de
Granada, en España, provincia de Andalucía, llamó a la provincia
donde estaba, el Nuevo Reino de Granada; y desde este punto le
quedó esta nominación.
En este pueblo de Suba se estuvo el general quince días, asi por
estar el río que por este valle de Bogotá atraviesa y pasa, muy
lleno de agua, por la mucha que llovía, como por ver si Bogotá se
apartaba de su obstinada rebelión y venía de paz; al cabo del cual
tiempo el general se partió derecho al pueblo de Bogotá, el cual
todavía se estaba en su casa con loco pensamiento de que los
españoles no irían a ella, el cual sabiendo cómo se le acercaban y
temiendo ser preso, para tener lugar de huir, envió mucha cantidad
de indios que en el río que atraviesa el valle por do los españoles
habían de pasar, hiciesen la resistencia que pudiesen, y los
entretuviesen para que él tuviese lugar de ponerse en salvo con sus
mujeres y riquezas. Los indios lo hicieron como por su cacique les
fue mandado, que viniendo al paso del rió, por do el general había
de pasar, procuraron hacer su posible para resistir y defender la
pasada a los nuestros; pero al fin fueron rebatidos de aquel lugar
y ahuyentados, y los españoles pasando el río, se fueron a alojar a
los propios cercados y aposentos y casa de Bogotá, donde por el
rigor de las constituciones y leyes que el general había hecho,
dejaron de sacar de algunos templos y bohios dedicados a sus
simulacros y dioses gran cantidad de oro que aún se estaba en
ellos; porque como el general había ahorcado a un hombre porque
recibió unas mantas que unos indios le dieron, y por sus ordenanzas
tenía vedado que no entrasen en bohíos ningunos, no había soldado
que se desmandase en cosa ninguna, ni fuese tan escudriñador de lo
que había en las casas de los indios como lo son los de este
tiempo; y por esta causa tuvieron lugar los indios de venir de
noche a los bohíos de sus sacrificios, y sacar todo el oro que en
ellos había y llevarlo a esconder a otras partes; y después, cuando
acordaron a buscarlo en la segunda vuelta que los españoles
hicieron a esta provincia y pueblo de Bogotá, fue en vano su deseo
y trabajo, porque no hallaron sino muy poco oro, que por tenerlo
los indios por viejo y de poco valor y provecho, o por otras
supersticiones que ellos suelen imaginar, lo dejaron.
| Capítulo sexto
En que se
escribe las continuas guazabaras
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6
que Bogotá
daba a los españoles por echarlos de su tierra, y cómo el
general
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7
descontento de la tierra en que estaba,
envió a los capitanes Céspedes y San Martín a descubrir por
diferentes caminos.
Al tiempo que el general Jiménez de Quesada se entró en el
pueblo y cercados de Bogotá, el propio cacique y señor Bogotá se
recogió con sus mujeres, que serían hasta veinte o treinta, a una
casa de recreación que tenía apartada de su ordinaria habitación
poco más de cuatro leguas, a la cual los españoles después llamaron
la casa del monte, y de allí procuraba por todas vías damnificar a
los nuestros, con enviar sobre ellos gente de guerra que con
continuos acometimientos los echasen de la tierra, y así habían de
estar siempre el general y los suyos con las armas en las manos; y
aunque contino iban descalabrados y eran ahuyentados y rebatidos,
no por eso dejaban de continuar la guerra; porque como este bárbaro
por su tiranía era muy temido de los indios, nunca le faltaba gente
que enviar contra los españoles. Eranles favorables a estos míseros
indios, para no ver de todo punto su ruina y destrucción, unas
lagunas o pantanos que cerca del pueblo de Bogotá había, en las
cuales se recogían al tiempo que los españoles iban en su alcance,
y allí guarecían las vidas los que escapaban, porque como aquellas
lagunas fuesen de grandes cenagales y tremedales, no entraban
dentro los españoles con sus caballos, por no ser sumidos en el
cieno y puestos en notorio peligro.
El general, deseando siempre evitar guerra, y que no murieren
tanta multitud de bárbaros como por las puntas de las lanzas y
espadas ellos mismos se metían, enviaba indios que de otras partes
había, que fuesen a hablar a Bogotá de su parte, y le convidasen
con su amistad y con la paz, y le persuadiesen a que dejase las
armas, pues tampoco se podía ganar en ellas. El cacique Bogotá,
como con demasiada hinchazón estuviese confiado en la multitud de
sus sujetos, que casi desnudos y con toscas armas de palo peleaban,
despedía los mensajeros con sola buena esperanza de que se harían
paces, pero su gente siempre continuaba la guerra con los
españoles; y visto el general que este tirano siempre pretendía
cumplir con vanos cumplimientos, acordó irle a buscar donde
estuviese, y tomando para ello indios que le guiasen, que decían
saber aquella casa de recreación donde Bogotá estaba recogido,
salió al efecto muchas noches, y siempre fue burlado; porque como
los guías fuesen naturales de la provincia de Bogotá, y sus sujetos
no osaban llevar a los españoles donde su cacique estaba, por un
abusional temor que tenían de decir que si lo descubrían que luégo
se habían de morir o sus simulacros o dioses los habían de
castigar; y para cumplir con el cuchillo de los españoles que sobre
sí tenían, los llevaban y guiaban a diversos lugares, donde otros
caciques feudatarios de Bogotá estaban recogidos con sus gentes,
dando a entender que aquellos eran los alojamientos de Bogotá; pero
el general viéndose burlado muchas veces de esta manera, cesó de
hacer salidas en busca de Bogotá, cuya gente siempre continuaba el
venirle a ofender, y acordó enviar a descubrir ciertas tierras
altas, que por las partes del poniente y del sur tenía, porque como
pocos años antes que de Santa Marta saliese, se había descubierto
el Perú, con sus innumerables riquezas, cuya fama tenía muy
hinchados y levantados los corazones de los hombres a querer que se
igualasen todos los descubrimientos que hiciesen en riquezas y
grandezas de las nuevas tierras, habíales parecido al general y a
sus capitanes esta tierra de Bogotá, que descubierta tenían, de
poca estimación, porque aunque era abundante de todos géneros de
comidas, y muy poblada de naturales, no habían dado en ninguna
grosedad de oro, ni habían habido más de lo que los naturales de su
voluntad les habían ofrecido, y asi estaban algunos capitanes y
soldados, juntamente con su general, de opinión y parecer de dejar
y desamparar la tierra en que estaban e ir a buscar otra de nuevo;
y para este efecto, y por las causas referidas esparció su gente
por diversas partes.
Al capitán Juan de San Martín envió con veinte hombres la vía
del poniente a descubrir, y al capitán Juan de Céspedes con otros
tantos la vía del sur, y él se quedó alojado con el resto de la
gente en el cercado y casa de Bogotá, el cual, continuando sus
acometimientos y guerras, procurando poner en todo aprieto a los
españoles, usó un día de un ardid que para hombre tosco y gente tan
rústica fue demasiada agudeza: una noche, después de anochecido,
vino un escuadrón de mucha gente de guerra a acometer al
alojamiento, haciendo estruendo y ruido para que los españoles
saliesen a ellos, y por otra parte venía otro escuadrón de gente
con quietud y silencio, para en saliendo los españoles a hacer
resistencia al primer escuadrón, entrar en el alojamiento pegar
fuego a las casas y bohíos donde estaban alojados, de suerte que no
pudiesen remediar ni acudir a entrambas partes, y así recibiesen
notable daño ; pero como estos bárbaros demás de ser de bríos
flojos y tímidos, habían cobrado un particular e intrínseco temor a
los españoles, aunque intentaron el hecho y lo pusieron por obra,
no salieron con él; porque como viniesen de noche e hiciesen su
acometimiento, y parte de los españoles saliesen a rebatirlos, los
que habían de pegar el fuego y dar por las espaldas del
alojamiento, aunque comenzaron a encender los bohíos y arder con
grandes llamas, y pusieron en alboroto la gente que en ellos
estaban, no osaron ofenderles con las armas, antes creyendo que
iban a dar en ellos, huyeron luégo, y los españoles tuvieron lugar
de sacar sus caballos y lo demás que en los bohíos tenían, y así
por su culpa no hicieron esta vez los indios daño alguno que fuese
notable en los españoles, más de quemar las casas, que eran de
paja.
Los capitanes Céspedes y San Martín salieron y siguieron sus
descubrimientos, pero no hubieron entrambos igual fortuna en las
cosas de la guerra, aunque en el descubrir de nueva tierra sí;
porque como el capitán San Martín, que caminaba hacia al poniente,
diese en ciertas gentes muy belicosas y caníbales, llamados
Panches, con quien el cacique Bogotá tenía continuas guerras, y los
tenía como por frontera de su tierra, fue de ellos rebatido con
daño de algunos soldados, a quienes los Panches hirieron y
acometieron con más audacia de la que de ellos se pensaba.
Estaban estos Panches muy hechos en la guerra, y a tener las
armas en la mano, porque Bogotá como con mucha gente Moxca que
debajo de su mano tenía, pretendiese también sujetar estos Panches,
había poco antes tenido con ellos muy prolija guerra, y entrando
con sus gentes por las provincias y tierras de loe Panches, los
cuales juntándose en mucha cantidad, habían echado fuéra de sus
términos a Bogotá con gran pérdida de mucha gente que le mataron,
de la cual comió muy poco la tierra, porque toda ella fue consumida
en banquetes y fiestas que los Panches, celebrando la victoria, se
hacían unos a otros; porque por antiquísima costumbre, la cual
hasta el día de hoy les dura, comen estos bárbaros carne humana, y
cuando en más ocio y quietud están, se mueven guerra los unos a los
otros en su propia tierra, por tener ocasión de comerse los cuerpos
de los que en el conflicto de las guazabaras murieren.
El capitán San Martín, viendo que en las primeras poblaciones de
los Panches le habían hecho el daño referido, y que daban muestras
aquella gente de seguirle con obstinación, y haber entera victoria
de él y
|
de sus soldados, y que la gente era desnuda y
pauperrísima y la tierra muy doblada, dio la vuelta y dentro de
quinto día se halló en el alojamiento de Bogotá con su general, al
cual dio relación de la maleza de aquella tierra y de los naturales
de ella.
El capitán Céspedes, siguiendo su descubrimiento la vía del sur,
dio en unos paramos de grandísima frialdad y raras poblaciones,
cuyos moradores se sustentabas con solas turmas, raíces de una
hierba que la tierra producía mediante la cultivación de los
indios, sin otra cosa ninguna porque los grandes y continuos hielos
y fríos no daban lugar a que en ella se criasen otros
mantenimientos; y visto la miseria de esta tierra, dio la vuelta el
capitán Céspedes sobre la mano derecha hacia el poniente, donde los
moradores de aquellos fríos páramos le decían que había muchas
gentes y ricas, engañosamente, sólo por echarlo de su territorio;
el cual fue a dar a una población de gentes de nación Panches, que
el señor de ella se llamaba Conchima, gente tan belicosa, como la
de donde había ido San Martín, y de la propia nación, que se
extiende gran distancia, cuyos moradores, así por el calor del sol,
que es en esta provincia grande, como por la aspereza y dobladura
de la tierra, están poblados en muy angostas cuchillas y lomas; y
así para subir a sus poblaciones, se sube por angostos y estrechos
caminos, cuyos lados son muy derechos y de gran hondura, y como
esta gente es guerrera y que acostumbra saltear y ser asaltada,
tenían hecho, por los angostos caminos que a sus pueblos subían,
muchos hoyos muy hondos, y en ellos puestas grandes estacas y púas,
las puntas hacia arriba, para que si cayese alguien en ellos, se
hincase por el cuerpo las púas y estacas.
La gente de este principal Conchima, viendo que el capitán
Céspedes y sus pocos compañeros se acercaban a su pueblo, tomaron
las armas, que eran arcos y flechas, lanzas y macanas, y con
demasiado brío para indios, se vinieron a dar en los nuestros,
bajando por dos partes o caminos. Algunos indios Moxcas, que
Céspedes consigo llevaba, viendo la multitud de los Panches que
sobre ellos venían, temiendo ser comidos y hechos pedazos, porque
no creían que fueran parte los españoles que allí iban, defenderse
ni escaparse de sus manos, comenzaban a llorar y hacer
exclamaciones, como hombres que se tenían ya por ofrecidos al
sacrificio de los vientres de los Panches. Pero el capitán Céspedes
y los que con él estaban se dieron tan buena orden en todo, con
cinco caballos que tenían, que sin recibir daño ninguno de los
Panches, los desbarataron y ahuyentaron, con gran matanza que en
ellos hicieron; los cuales por huir más ligeramente, soltaban y
dejaban la multitud de armas que traían, derramadas por las partes
por do huían. Había algunos otros escuadrones de Panches a la mira,
los cuales, desque vieron el desbarate y ruina de los primeros,
procuraron paz y amistad con los españoles, cautelosamente, para
después de anochecido dar en ellos, y habiéndose ya alojado los
españoles en unos bohíos, los indios que fingían la paz se les
acercaron a su alojamiento, lo cual visto por el capitán Céspedes
les envió a decir que se fuesen a sus casas, donde no que él con
las armas en la mano los haría ir: ellos le respondieron que
estaban en su tierra, y que no lo pensaban hacer; lo cual visto por
el capitán y presumiendo su malicia arremetió con sus compañeros a
uno de los escuadrones que más cerca estaba, y desbaratándolo e
hiriendo y matando muchos indios, dio ocasión a que los demás se
fuesen; y estando en el propio alojamiento dende a poco vino otro
principal de otra provincia de allí cerca con mucha gente de la
propia nación Panches, y dando al capitán Céspedes cierto presente
de oro de poco valor, le dijo que él venía a ser su amigo, y que
porque le diese los cuerpos de los indios muertos que por allí
había, le ayudaría a hacer guerra contra los otros sus enemigos, y
estaría allí aquella noche haciendo la guardia. Céspedes, temiendo
no fuese algún trato doble, le dijo que tomase los indios muertos y
se fuese, los cuales lo hicieron con mucho contento, porque esta
gente dada a este brutal uso, tienen en más un cuerpo de un indio
para comer que todas las riquezas del mundo.
Otro día de mañana el capitán Céspedes y sus compañeros
caminaron la vuelta del valle de Bogotá, y en el camino, estando
alojado, tuvo otra refriega con otros indios Panches, que
pretendiendo desbaratarlo, y aun matarlo a él y a sus compañeros,
le salieron al camino con las armas en las manos y en orden de
guerra, a los cuales rebatió y desbarató con buen ánimo y ardid, de
que él y los suyos usaron; y prosiguiendo su camino para donde su
general estaba, fue a salir a Ciénega, pueblo de indios Moxcas que
confina con los Panches, donde descansó un día, y otro día llegó a
Bogotá donde su general estaba, y le dio cuenta de la mala tierra
que hacia el sur había hallado, y de lo que con los Panches le
había pasado.