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LIBRO TERCERO
|1
En el tercer libro se escribe cómo el
generar Jiménez de Quesada, desde el valle de la Grita, prosiguió
el descubrimiento de la tierra y provincia del Nuevo Reino do
Granada, y entrando por la provincia de Bogotá, la vieron y
anduvieron, y de allí fueron en demanda de las minas donde se sacan
las piedras esmeraldas, donde tuvieran noticia del cacique y señor
de aquella provincia, llamado Tunja, al cual prendieron y tomaron
todas sus riquezas y después de pasados algunos días, en los cuales
sucedieron algunas guerras de indios y guazabaras, y haber muerto
el señor de Bogotá, y haber intentado diversas veces salirse de la
tierra del Reino, se volvieron a la provincia de Bogotá, donde
poblaron la ciudad de Santafé, y cómo yendo el general a España, se
volvió de camino por la noticia que le dieron de la casa del Sol,
en la cual decían haber grandes riquezas.
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|Capítulo
primero
En el cual se escribe la diferencia y
altura que de la ciudad de Santa Marta al Nuevo Reino de Granada
hay, y cómo los naturales del valle de la Grita tomaren las armas y
vinieron sobre los españoles y fueron rebatidos, los cuales,
teniendo puesto cierta manera de cerco sobre los españoles, fueron
ahuyentados con sólo la vista de algunos caballos, que sueltos se
fueron hacia su alojamiento.
Según en el precedente libro queda escrito, hemos tratado largo
los infortunios que para llegar al presente puerto, como a
principio de nueva tierra, pasaron el general Jiménez de Quesada y
sus capitanes y soldados, y para más claridad, así de lo que queda
dicho como de lo que de aquí adelante diremos y trataremos, es de
saber que esta tierra rasa, que al presente tienen por delante
estos españoles, está puesta en cinco grados de equinoccial y dende
abajo, y que la ciudad de Santa Marta, de donde habrá un año que
partieron, está en poco más de once grados, y que en todo este
tiempo que caminaron fue subir y trepar hacia arriba, llegándose a
la línea a tomar la cumbre y altura de las cordilleras y sierras
donde manan y salen y están puestas las fuentes y nacimientos del
río grande de la Magdalena, que, como be dicho, por su gran altura
están fijadas en los grados que he referido, y de esto da
testimonio la frialdad y destemplanza de toda la más de la
provincia del Nuevo Reino, donde habitan las gentes y naturales
llamados
|Moscas y Laches, y parte de los
|Chitarenos,
que son los de las provincias de Pamplona, cuya región es muy fría,
por lo cual la conquista que al presente se les ofrece a estos
españoles, es muy diferente de la pasada, cuanto en muchas cosas
las calidades de las tierras y naturales de ellas difieren, y así,
aunque la larga experiencia de loe pasados sucesos tenía
amaestrados a los más de loe capitanes y soldados viejos en las
cosas de la guerra, al presente se hallaban perplejos en lo que
debían hacer y en el modo y orden que debían tener para seguir y
principiar la nueva conquista que la fortuna lee ofrecía y ponía en
las manos, por no haber conocido de todo punto qué gente era la que
en aquesta tierra había, ni hasta dónde llegaban sus bríos y
ánimos, ni el género de armas de que usaban, hasta que después de
rancheados o alojados en el valle de la Grita con prosupuesto de
descansar allí algunos días, y reformar así sus personas como sus
jumentos y caballos de las hambres y trabajos que en el atravesar
las sierras de Opón habían tenido.
Los naturales del valle de la Grita, y otros a ellos comarcanos,
admirados de la nueva manera de gentes que por sus tierras tan
atrevidamente se entraban, apoderándose de sus casas y labranzas y
haciendas, se congregaron con designio de estorbarles el paso, y si
pudiesen, hacerles volver atrás, y tomando las armas en la mano,
que eran dardos pequeños de palma, tostados al fuego, cuyas heridas
suelen ser ponzoñosas, y unas flechas largas que se tiran con
ciertos amientos que los propios naturales llaman quizque
|
2, y algunas lanzas largas de a veinte
palmos y más, y otro género de armas llamadas macanas, que son
también de palma, y les sirven de espadas, para cuando llegan a
romper y juntarse pie a pie, las cuales son de largor de una espada
de mano y media y otras mayores, y otras menores, de anchor de una
mano y más y menos, y por los lados delgadas y afiladas, y que con
ellas suelen cortar y aun descuartizar un indio, se vinieron muy
gran cantidad de estos bárbaros a acometer y tentar las fuerzas a
nuestros españoles, y arremetiendo con buen ánimo, cesó su furia al
mejor tiempo, porque como los españoles, cabalgando en sus
caballos, saliesen a los indios a recibir en el camino el ímpetu
que traían, no siguiendo la opinión que César reprobó en Pompeyo
cuando en los campos de Farsalia, estándose quedos los pompeyanos
en sus escuadrones, recibieron el ímpetu de los de César, con que
les fue hecho mayor daño, mas espantados los indios de la ferocidad
y grandeza de los caballos y hombres armados que encima iban, que
lastimados con sus lanzas, se retiraron, y volviendo las espaldas
llenas de grandísimo temor y dejado el acometimiento que iban a
hacer, y alejándose algo de los españoles, se pusieron en los
lugares más altos, donde a manera de cerco se estuvieron algunos
días intentando rústicos modos de acometer y guerrear, pretendiendo
con sus flacas armas y débiles ánimos, ver el cabo y ruina de los
enemigos; pero para frustrar de todo punto la bárbara determinación
de esta canalla y su rústica obstinación, no fue menester el valor
y fuerza de los soldados y capitanes, sino sola la vista de algunos
caballos que sueltos hacia sus alojamientos vieron ir; porque como
una noche algunas yeguas que en el campo se llevaban se juntasen
con los caballos y fuesen movidos por su natural y bruto accidente
a querer tener exceso con ellas, huyendo las yeguas de los
caballos, y los caballos siguiéndolas, fueron a meterse por los
alojamientos y rancherías de los indios, los cuales espantados de
ver tan grandes animales, creyendo que por mano de los españoles
eran enviados a que los comiesen y despedazasen, comenzáronse a
alborotar, y llenos de villano temor y miedo, comenzaron ciegamente
a huír por donde y como podían, desamparando sus alojamientos con
todo lo que en ellos tenían.
El general y sus españoles, oyendo la vocería de los indios,
creyeron que se movían para venir a dar sobre ellos y ponerles en
algún aprieto, y así tomaron con toda presteza sus armas y se
pusieron a punto para recibir los enemigos, sí viniesen; pero como
la noche pasase, y venido el día hallasen menos las yeguas y
caballos y no viesen a los enemigos en sus alojamientos, fueron a
buscar los españoles sus jumentos, los cuales hallaron dentro en
los propios alojamientos y rancherías de los enemigos, de donde
conjeturaron que había procedido el alboroto toda la noche pasada y
el haberse ahuyentado los indios y dejado el cerco que ya había
días que sobre los españoles tenían puesto, en el cual tiempo, como
he dicho, acometieron muchas veces a los españoles y solamente les
hirieron dos soldados, y siempre quedaban ellos descompuestos y
desordenados.
Con la vista de estas primeras gentes y modo de guerrear y armas
que traían y ánimos que habían mostrado, conjeturaron muchos
soldados viejos el poco daño que podían recibir si la muchedumbre
de las gentes y naturales no los descomponía, y así su general
determinó pasar adelante en demanda del pueblo o laguna donde la
sal se hacía, y para guía y lumbre de su demanda tenían y traían
consigo un indio, de quien atrás hemos hecho mención, llamado
Pericón por corrompimiento del vocablo, tomado al principio de las
sierras de Opón, que por señas les había dado relación de cómo era
natural de la provincia de Bogotá, y cómo había estado y sabía
dónde la sal se hacía, y por señas les daba a entender y decía cómo
en aquella tierra adonde iban había muy muchos indios y grandes
señores, significando por muchas maneras y señales sus riquezas y
grandezas, y otras cosas que daban mucho contento con el oírlas, y
después que en el valle de la Grita estuvieron, la disposición de
la tierra y el principio de ella, que era el valle donde estaban, y
los muchos caminos que por muchas partes atravesaban, las grandes
humaredas, que de muy lejos se veían, que daban clara señal de
grandes poblaciones, pareciole al general y a los demás que todas
estas señales y conjeturas eran principio de lo que el indio les
había dicho, y así mandó apercibir toda su gente para pasar
adelante, la cual era a esta sazón bien pocos porque de casi
setecientos hombres que sacó de Santa Marta, solamente metió en
este valle de la Grita ciento y setenta hombres, que fue harta
pérdida y destrucción de españoles; y todos los demás fueron
consumidos con las calamidades y enfermedades atrás referidas.
|Capítulo
segundo
En el cual se escribe cómo el general
Jiménez de Quesada salió con su gente del valle de la Grita y entró
por la tierra del Nuevo Reino adelante, por muchas poblaciones,
hasta llegar al pueblo de San Gregorio, con todo lo que con los
naturales de este pueblo les sucedió.
Del valle de la Grita salió el general con su gente en buen
orden y concierto puesta, y caminó por donde la guía lo llevaba,
pasando por diversas poblaciones de naturales, que a una y a otra
parte del camino quedaban todos, sin osar tomar armas en las manos
ni resistir el paso y camino, porque como de la gente y naturales
del valle de la Grita habían tenido noticia del valor y constancia
que los nuestros habían tenido en guerrear, no curaban de salir a
probar su fortuna.
El general, viendo que había entrado en tierra muy poblada, se
alojó en un pequeño valle con su gente; y de allí envió a los
capitanes San Martín y Lázaro Fonte con gente que pasaron adelante,
descubriendo y dándole noticia y aviso de las poblaciones y
disposición de tierra que por delante llevaban. El capitán San
Martín caminó ciertas jornadas por tierra muy poblada, hasta que
llegó a un valle que fue dicho y llamado el valle de San Martín,
que entiendo ser el que ahora dicen de Chipatá, en cuya provincia
está poblada la ciudad dé Vélez, el cual desde allí envió aviso al
general que atrás quedabas diciendo que no debía andar la gente
dividida en tierra tan poblada
|y abundante de naturales. El
general luégo marchó con el resto de la gente, y llegó a donde San
Martín estaba, en el cual valle descansé ocho días con su gente,
porque había en él gran abundancia de comidas, de las que los
indios en aquella tierra usan para su sustento, que es maíz,
turmas, frisoles y otras raíces y legumbres que entre ellos son muy
preciadas, y al cabo de estos días, sin que los indios moviesen sus
armas contra los españoles, ni les hiciesen ningún daño, caminaron
adelante, y llegaron a un pueblo que fue llamado el pueblo de San
Gregorio, por haber llegado allí el día de San Gregorio, cuyo
nombre es, y en lengua de los naturales Guachetá.
La ceguedad e ignorancia de estas gentes era tan grande, Y ellos
estaban tan metidos en el error y pecado de la idolatría y de
adorar y respetar tanta diversidad de simulacros y dioses
imaginados por ellos, y hechos por sus propias manos, que
verdaderamente quisieron también tener por tales a los españoles, y
aun afirmativamente con obstinación, cierto tiempo creyeron y los
tuvieron en reputación de hijos del Sol, a quien ellos tenían y
adoraban por su principal dios, al cual tenían dedicados templos en
que ofrecían y hacían sus sacrificios de humanas criaturas, oro,
esmeraldas, mantas y otras cosas. Pues de tener en la imaginación
los indios, como he dicho, que los españoles eran hijos del Sol,
vinieron a llamarlos
|Xua; y asimismo imaginaron que por
mandado del Sol venían estos sus hijos, a quien ellos tenían por
inmortales, a castigarlos de sus deméritos y culpas, a los cuales
hacían sacrificios como a dioses e hijos del Sol, ofreciéndoles por
los caminos y poniéndoles en algunas partes de ellos, por vía de
sacrificio, algunas mantas y oro y esmeraldas, y junto con esto
sahumerios de moque y otros pestíferos olores, de los cuales suelen
usar en sus templos los sacerdotes o jeques.
El pueblo de San Gregorio está puesto en un alto, sobre el cual
hay otro alto de peñas que aquellos naturales tenían casi como por
fuerza o fortaleza, donde se recogieron en la hora que vieron ir
marchando los españoles por un llano adelante hacia su pueblo de
Guachetá, por el cual llano asimismo había cantidad de mil casas, y
los moradores de todas ellas se recogieron con los del pueblo de
San Gregorio o Guachetá, al cerro más alto que, como he dicho,
sobre este pueblo estaba; y como los españoles llegasen al pie de
la cuesta del pueblo de Guachetá, pareciole al general que se
detuviesen allí, hasta ver si podía dar a entender a los indios que
en lo alto estaban, y de allí muy bien se veía, por señas que se
les hiciesen, pues intérprete suficiente no había, que no les
querían hacer mal ni daño ninguno, sino que procuraban su amistad
para su beneficio y bien. Estando detenidos en esto el general y
toda la gente, bajaron de lo más alto cinco indios, y acercándose
un tiro de ballesta de los españoles encendieron lumbre e hicieron
fuego, con leña que para este efecto traían, en el propio camino
por donde los españoles habían de subir, y dejando un indio viejo
que entre ellos venía, junto a la lumbre, se retiraron y volvieron
a su alto, porque ya el general había mandado que saliesen algunos
soldados ligeros y procurasen tomar aquellos indios para con ellos
ver si podían atraer a su amistad a los demás; y visto que los
indios se habían recogido al alto, el general caminó con toda su
gente hacia el pueblo, y llegado que fue a donde los indios habían
hecho la candela, hallaron el indio sentado junto a ella, al cual
el principal de aquel pueblo había enviado por sacrificio a los
españoles, para si lo quisiesen comer, como hijos que eran del Sol,
porque estos bárbaros entre las otras supersticiones que de su
religión siguen y tienen, es hacer algunos sacrificios en los
templos del Sol, de hombres humanos, cuyos cuerpos, después de
muertos, ponen en muy altos cerros, para que el Sol se sustente de
ellos y los coma, y esta tienen por muy común opinión entre ellos;
y cuando alguna seca les sobreviene, dicen que el Sol su dios está
enojado, porque no le proveen de mantenimiento, y así para aplacar
su furor y darle de comer, y que no retenga las lluvias, le hacen
luégo muy grandes sacrificios de gente humana, según que también
trataré más particularmente de estas cosas en el lugar dicho
|
2a
, y por estas causas, como a hijos de
padre que comía carne humana y con ella se aplacaba, envió este
bárbaro a los españoles el indio que junto a la candela hallaron,
al cual el general tomó consigo, y lo subió al pueblo de San
Gregorio, donde con toda su gente se alojó, y procuró dar a
entender al indio que por señas le había dicho cómo su cacique o
principal lo había enviado para que lo comiesen, que no comían
carne humana ni venían a hacerles ningún daño ni mal, sino a
procurar su amistad y comunicación; y estando en esto el general,
los indios que en lo alto estaban, córroborados y fortalecidos,
viendo que los españoles no habían muerto al indio que les habían
enviado con vana consideración, pareciéndoles que por ser aquel
indio viejo y de duras carnes, no lo habían querido comer los
españoles, y que así se habrían airado contra ellos con más furor,
comenzaron desde donde estaban a arrojar y echar por el cerro abajo
criaturas pequeñas y de poca edad, hijos de los propios indios,
porque comiendo de ellas, como de carne más tierna, los españoles
hijos del Sol, fuesen mitigados de todo punto, si algún furor
tenían.
De estas criaturas algunas llegaban muertas, y otras aturdidas,
y otras vivas, y viendo el general la loca, cruel y bruta
determinación y obstinación de estos bárbaros, aborreciendo de en
todo en todo aquel cruel hecho, comenzó con sus soldados a darles
voces y hacerles entender por señas que les hacían, que no echasen
sus hijos, ni los matasen de aquella suerte, que era cosa que él
mucho aborrecía, y tanta eficacia se puso en esto por parte del
general, que los indios cesaron de arrojar tan bárbara y cruelmente
sus hijos y muchachos, y conocieron cuánto los españoles aborrecían
y abominaban lo que hacían, y luégo soltando el indio viejo con un
bonete colorado y una camisa que ¡e dio y cuentas y otras cosillas,
lo envió con las torpes lenguas o intérpretes que tenían a que
fuesen a hablar al cacique e indios de aquel pueblo, que estaban en
el peñol, y les dijesen cómo no comían carne humana, antes
procuraban conservar las vidas de los indios y su amistad, y otras
muchas cosas para atraerlos a paz y concordia.
El viejo se fue derecho a lo alto con mucha alegría de verse con
la vida segura, y las lenguas, no osando llegar a donde los indios
estaban, les hablaron de bien cerca lo que se les había mandado,
con todo lo cual fueron algún tanto ablandados los indios, y
quitados de su primer temor; y así abajaron cuatro indios por
mandado de su cacique, con los cuales el general habló más
particularmente, dándoles, aunque con dificultad por defecto de
los intérpretes, a entender lo que pretendía, así acerca de su bien
y conservación espiritual como temporal; y dándoles algunas dádivas
de cosas de España traídas, los tornó a enviar para que así su
cacique como toda la demás gente que en aquel fuerte estaban
recogidos, se bajasen a sus casas y le proveyesen de comidas para
su gente. Vueltos los indios a lo alto, sucedió que dende a poco un
soldado, andando con un hacho o mechón de paja encendida, buscando
en un bohío oro u otras cosas de qué aprovecharse, pegó fuego al
bohío, el cual se empezó a arder con gran riesgo de todos los demás
que en aquel pueblo había, al cual acudieron luégo todos los
españoles para apagar el fuego, porque de allí no prendiese en los
demás, y se quemasen todos; y como los indios desde lo alto viesen
que los españoles andaban apagando y mitigando el fuego, conocieron
más claramente ser gente que no les pretendía damnificar, y así
ellos bajaron de lo alto en mucha cantidad a ayudar a apagar el
fuego, porque su pueblo no se quemase, y de aquí comenzaron a
tratar amigablemente con los españoles, y el general les tornó a
hablar sobre las cosas referidas, y volviendo algunos de ellos a
donde su cacique o principal estaba, volvieron luégo enviados por
él con venados muertos y gran cantidad de maíz y bollos que están
hechos del propio maíz, y otras cosas de comer y mantas de algodón
pintadas y blancas, y coloradas, y de otras muchas suertes que los
indios de esta tierra hacen (porque lana no tienen ninguna) y oro,
de todo lo cual envió el cacique un buen presente al general; y
luégo comenzó toda la gente que en el peñol estaba recogida, a
bajar y a tratar más sin temor con los españoles, y de aquí tuvo
principio la paz entre los españoles y gentes del Nuevo Reino, y se
fue prosiguiendo y dilatando por todos los pueblos dende en
adelante; pero no fue cosa muy durable porque como estos naturales
sea gente de fe dudosa y de verdad incierta, después se rebelaron y
tomaron las armas contra los españoles, como adelante se dirá.
|Capítulo
tercero
En el cual se escribe la salida del
general y su gente del pueblo de San Gregorio, llamado de sus
moradores Guachetá. Trátase aquí la división de la duna del Nuevo
Reino y cómo la poseían y tenían divisa entre sí y tiranizada Tunja
y Bogotá, dos principales
|
3
y caciques.
El defecto de no hallarse al presente el general Jiménez de
Quesada con expertos y buenos y entendidos intérpretes y lenguas,
fue causa de muchos daños e inconvenientes que sucedieron, porque
aunque los indios venían a tratar de paz y amistad con los
españoles, los intérpretes que tenían eran tan torpes y bozales en
la lengua castellana, que ni a los españoles daban ni podían dar
enteramente a entender lo que los naturales y principales de la
tierra decían, ni por el contrario entendían de todo punto lo que
el general pretendía darles a entender acerca de su venida y
entrada en la tierra, y de otras muchas cosas que para la
conservación y dilatación de la paz general por toda la provincia
era menester; y así, más ciegamente de lo que yo puedo escribir ni
aun se puede pensar, se metió esta gente española por una provincia
que si como era muy poblada, fuera la gente beliciosa y contumaz y
briosa en seguir la guerra, no pudieran dejar de peligrar todos, y
ser muertos a no con brevedad tornarse a salir de ella; y así casi
como quien a tiento camina, solamente con la demanda de la sal, con
que hasta este paraje habían llegado, pasaron adelante del pueblo
de San Gregorio, que ya también llamaban de la paz, y caminando con
buen orden y recatadamente llegaron al pueblo de Lenguazaque, cuyos
moradores, por la nueva que ya de atrás tenían del poco mal y daño
que los españoles hacían, los esperaron de paz, sólo por ver una
cosa para ellos tan hazañosa y extraña, pues ni la habían visto
ni oído decir a sus mayores, cómo eran los españoles, gente vestida
y blanca, y adornados los rostros con barbas, y aquella grandeza y
ferocidad de los caballos, y la ligereza de los perros; que de cada
cosa destas imaginaban estos bárbaros cien mil géneros de
vanidades, porque como estas gentes, demás de ser tan agrestes y de
muy bajos y humildes entendimientos, ninguna noticia ni lumbre de
fe natural tenían, con la cual hubiesen jamás alcanzado a ver un
Dios que todas las cosas crió, y estuviesen tan ciegos en la
creencia y religión de sus falsos y vanos dioses, a quien ellos
atribuían un poder tan limitado, que aun la creación de las cosas
que tenían y poseían, en general no les atribuían, admirábanse y
con mucha razón de lo que en los españoles y en sus jumentos veían,
pareciéndoles que ya que en su opinión habían tenido a los
españoles por hijos de su dios el Sol, que no podían acabar de
conjeturar ni entender quién hubiese criado los caballos y perros,
e inventado las otras cosas que traían, pues ellos habían carecido
y carecían dellas, y si sus dioses hubieran sido los autores de
todo esto, también ellos hubieran participado de él, o de todo
ello, y con esta bárbara admiración no sólo los naturales de los
pueblos que en el camino había, pero los de muy lejas poblaciones,
venían llenos de admiración, y convocados con la nueva que de los
españoles había penetrado, acudía mucha parte de la tierra a
grandes manadas a ver lo que nunca habían visto ni oído, y para que
su vista fuere agradable a los españoles, cada cual traía el
presente conforme al posible que tenía, aunque de venados y otros
géneros de comidas siempre trajeron en mucha abundancia.
El general, más por señas que con la plática de los intérpretes,
procuraba dar a entender a los indios lo mucho en que tenían su paz
y amistad, y el galardón que habrían si la conservaban con lealtad,
porque para otras honduras y altezas espirituales ni aun temporales
que les quisiere decir ni dar a entender, el defecto dicho lo hacía
cesar todo, y dejando con todo sosiego en sus casas los moradores
de Lenguazaque marchó y pasó adelante con su gente, hasta llegar al
pueblo de Cucunubá, donde asimismo, más por los respetos dichos de
curiosidad de ver lo nunca visto, que con buena ni entrañable y
amigable voluntad de ser amigos, se estuvieron en sus casas,
continuando siempre la multitud de bárbaros que apartadas tenían
sus habitaciones y moradas, su venida a ver nuestros españoles, con
los errores y presupuestos dichos.
El general, luégo que los indios le empezaron a dar la paz en
los pueblos de atrás, conociendo el atrevimiento y codicia de los
españoles, y para que mejor les fuese guardada y conservada, hizo
ciertas ordenanzas y capítulos que les parecieron ser necesarios
para estos efectos, entre los cuales mandó, con pena de muerte, que
ningún soldado ni español de ninguna calidad entrase en los bohíos
o casas de los indios que estuviesen de paz, sin su licencia y
consentimiento, ni que a indio que de paz viniese se le tomase cosa
alguna de lo que trajese, aunque fuesen cosas de comer, ni se les
hiciese otras fuerzas ni agravios; las cuales ordenanzas procuró el
general que se guardasen tan inviolablemente cuanto adelante se
dirá, con el propio rigor con que las hizo.
Del pueblo de Cucunubá, pasando adelante y dejando los naturales
de él pacíficos, llegó el general con su gente al pueblo de Suesca,
que es del señorío de uno de dos poderosos tiranos que en la
provincia del Nuevo Reino había; y para que mejor se entienda lo
que vamos diciendo, es de saber que en la provincia del Nuevo Reino
de Granada, que es la que al presente se va descubriendo, y por do
los españoles van entrando, en que se incluyo solamente la gente
Mosca, de cuyos naturales está poblada, desde su antigüedad y
principio siempre fue poseída de particulares caciques y
principales que por pueblos o por valles tenían sujetos así los
naturales y casi se gobernaban con quietud, después de lo cual
fueron creciendo por vía tiránica las fuerzas de dos de estos
caciques y principales de esta provincia del Nuevo Reino, llamados
Tunja y Bogotá, cada cual procurando sujetar a sí los otros
caciques que en su comarca había. Poco a poco estos dos
principales, que estaba el uno del otro veinticinco leguas, se
hicieron poderosos en los otros señores, sujetándolos, como he
dicho, por fuerza de armas.
En esta sazón que el general entró con su gente en este Nuevo
Reino, de quien vamos tratando, estos dos tiranos lo tenían diviso
entre si, sujetando y poseyendo el tirano y cacique Bogotá, desde
un pueblo llamado Chocontá, hacia la parte del sur, todo lo que hay
hasta el pueblo de Guasca, que serán veinte leguas; y el tirano y
cacique Tunja poseía, desde el pueblo llamado Turmequé, hacia la
parte del norte, todo lo que hay hasta el pueblo de Saboyá y
Chipatá, y asímismo en esta sazón estaban estos dos tiranos
enemistado y llenos de ira y furor el uno contra el otro, sobre
ciertas enemistades que poco antes entre ellos se habían fraguado,
y cada cual en su territorio aderezaba las aramas y hacía y juntaba
grandes municiones y vituallas para hacerse la guerra, convocando
sus sujetos a que les siguiesen.
Después, desde algún tiempo que los españoles estuvieron
poblados y entendieron la discordia que en esta sazón tenían los
dos señores y principales, les pesó mucho al general Jiménez de
Quesada por no haberlo podido alcanzar ni saber, porque pretendía,
si lo supiera, lllegarse a uno de los tiranos, y se le satisficiera
con sus riquezas, ayudarle a guerrear, y después quedarse con la
tierra y riqueza del uno y del otro, como al fin se quedó, aunque
no con el oro. Podrá ser que esto Jiménez de Quesada no lo tratase,
pero así me lo certificaron.
Volviendo a la historia, por la provincia del tirano Bogotá es
por donde al presente han entrado el general Jiménez de Quesada, y
la de Tunja al tiempo que llegó al pueblo de San Gregorio la dejó
sobre mano izquierda, que pasaría apartado del propio pueblo de
Tunja hasta cuatro leguas y no más; y es cierto que si entonces
acertara a dar de repente en el pueblo deste bárbaro Tunja, que le
hallara descuidado, que en él se podían haber infinidad de riquezas
de oro, que después se escondieron. Llegado el general al pueblo de
Suesca, que está puesto en un llano, casi en el propio valle de
Bogotá, los naturales y moradores de él esperaron asimismo de paz,
con sus dádivas y presentes, que aunque eran de mantas y oro, se
pueden decir de poca importancia. Alojose en este pueblo el general
por gozar de la llanura de él y de los muchos venados que los
indios le traían, donde sucedió un hecho al parecer escandaloso y
tirano, aunque provechoso para que la paz de los indios fuese
conservada, y la justicia temida, y las leyes guardadas; y fue que
antes un poco deste pueblo de Suesca, se había muerto una yegua de
las que los soldados llevaban, y como un soldado llamado Juan Gordo
saliese del alojamiento y fuese a proveerse de alguna carne de
aquel animal muerto, en el camino encontró cuatro o cinco indios
que iban hacia donde el general estaba alojado, y llevaban tres o
cuatro mantas para el general, los cuales, como toparon y vieron al
soldado sin que él llegase a ellos, le arrojaron las mantas en el
suelo para que las tomase, y dejándoselas allí se fueron y
prosiguieron su camino a donde el general estaba, y el soldado a
donde la yegua se había muerto. Los indios le dijeron al general
cómo traían unas mantas y las habían dado a un soldado que en el
camino habían topado; el general lleno de cólera deste negocio,
pareciéndole que era gran atrevimiento y desvergüenza salir al
camino, y en menosprecio de lo que él tenía mandado, quitar a los
indios lo que traían, procuró inquirir y saber qué soldado fuese
aquél, y sabido, hizo a su alguacil que estuviese a punto y que en
llegando lo prendiese, lo cual se hizo así, y por este pequeño
exceso, que aún no se averiguó dello, para ejemplar castigo de
todos, hizo otro día de mañana ahorcar y dar garrote a Juan Gordo,
sin poderle estorbar este hecho los ruegos de todos los del campo,
ni incitarle a dejarlo de hacer por la poca gente que tenía y la
mucha entre quien entraba. Pero con este castigo, aunque a costa de
la vida del pobre soldado, fue temido el general desde en adelante,
y no hubo hombre que se le desmandase ni osase ir contra lo que
tenía ordenado, y aun desde algunos días tuvo otro soldado llamado
Palomo dado dos vueltas a un garrote, y casi ahogado se lo quitaron
por fuerza, por haber, en compañía de otros soldados, tomado
ciertos venados para su mantenimiento a los indios que los traían;
mas como he dicho, de este rigor y severidad sacó quietud para su
gente, porque de otra manera cada cual se descomediera y atreviera
a hacer lo que quisiera y no se les diera seis blancas por su
general ni por lo que mandara, por ser en las Indias los hombres
más libres de lo que deben ser con sus mayores. Este castigo hizo
el general al tiempo que con su gente salió del alojamiento y
pueblo de Suesca.
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1
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Desde este libro en adelante faltan los encabezamientos en la
"tabla" de Sevilla
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2
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En el texto original está añadida entre líneas "quesque"; al
margen,
|guizque, tachada.
|
|
2a
|
Se trata de una referencia al libro 5º suprimido.
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|
3
|
En la "tabla" de Sevilla se lee: "dos principales
caciques".
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