INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
| LIBRO TERCERO |1
 

 

En el tercer libro se escribe cómo el generar Jiménez de Quesada, desde el valle de la Grita, prosiguió el descubrimiento de la tierra y provincia del Nuevo Reino do Granada, y entrando por la provincia de Bogotá, la vieron y anduvieron, y de allí fueron en demanda de las minas donde se sacan las piedras esmeraldas, donde tuvieran noticia del cacique y señor de aquella provincia, llamado Tunja, al cual prendieron y tomaron todas sus riquezas y después de pasados algunos días, en los cuales sucedieron algunas guerras de indios y guazabaras, y haber muerto el señor de Bogotá, y haber intentado diversas veces salirse de la tierra del Reino, se volvieron a la provincia de Bogotá, donde poblaron la ciudad de Santafé, y cómo yendo el general a España, se volvió de camino por la noticia que le dieron de la casa del Sol, en la cual decían haber grandes riquezas. |
 
  |Capítulo primero En el cual se escribe la diferencia y altura que de la ciudad de Santa Marta al Nuevo Reino de Granada hay, y cómo los naturales del valle de la Grita tomaren las armas y vinieron sobre los españoles y fueron rebatidos, los cuales, teniendo puesto cierta manera de cerco sobre los españoles, fueron ahuyentados con sólo la vista de algunos caballos, que sueltos se fueron hacia su alojamiento.

 

Según en el precedente libro queda escrito, hemos tratado largo los infortunios que para llegar al presente puerto, como a principio de nueva tierra, pasaron el general Jiménez de Quesada y sus capitanes y soldados, y para más claridad, así de lo que queda dicho como de lo que de aquí adelante diremos y trataremos, es de saber que esta tierra rasa, que al presente tienen por delante estos españoles, está puesta en cinco grados de equinoccial y dende abajo, y que la ciudad de Santa Marta, de donde habrá un año que partieron, está en poco más de once grados, y que en todo este tiempo que caminaron fue subir y trepar hacia arriba, llegándose a la línea a tomar la cumbre y altura de las cordilleras y sierras donde manan y salen y están puestas las fuentes y nacimientos del río grande de la Magdalena, que, como be dicho, por su gran altura están fijadas en los grados que he referido, y de esto da testimonio la frialdad y destemplanza de toda la más de la provincia del Nuevo Reino, donde habitan las gentes y naturales llamados |Moscas y Laches, y parte de los |Chitarenos, que son los de las provincias de Pamplona, cuya región es muy fría, por lo cual la conquista que al presente se les ofrece a estos españoles, es muy diferente de la pasada, cuanto en muchas cosas las calidades de las tierras y naturales de ellas difieren, y así, aunque la larga experiencia de loe pasados sucesos tenía amaestrados a los más de loe capitanes y soldados viejos en las cosas de la guerra, al presente se hallaban perplejos en lo que debían hacer y en el modo y orden que debían tener para seguir y principiar la nueva conquista que la fortuna lee ofrecía y ponía en las manos, por no haber conocido de todo punto qué gente era la que en aquesta tierra había, ni hasta dónde llegaban sus bríos y ánimos, ni el género de armas de que usaban, hasta que después de rancheados o alojados en el valle de la Grita con prosupuesto de descansar allí algunos días, y reformar así sus personas como sus jumentos y caballos de las hambres y trabajos que en el atravesar las sierras de Opón habían tenido.

Los naturales del valle de la Grita, y otros a ellos comarcanos, admirados de la nueva manera de gentes que por sus tierras tan atrevidamente se entraban, apoderándose de sus casas y labranzas y haciendas, se congregaron con designio de estorbarles el paso, y si pudiesen, hacerles volver atrás, y tomando las armas en la mano, que eran dardos pequeños de palma, tostados al fuego, cuyas heridas suelen ser ponzoñosas, y unas flechas largas que se tiran con ciertos amientos que los propios naturales llaman quizque | 2, y algunas lanzas largas de a veinte palmos y más, y otro género de armas llamadas macanas, que son también de palma, y les sirven de espadas, para cuando llegan a romper y juntarse pie a pie, las cuales son de largor de una espada de mano y media y otras mayores, y otras menores, de anchor de una mano y más y menos, y por los lados delgadas y afiladas, y que con ellas suelen cortar y aun descuartizar un indio, se vinieron muy gran cantidad de estos bárbaros a acometer y tentar las fuerzas a nuestros españoles, y arremetiendo con buen ánimo, cesó su furia al mejor tiempo, porque como los españoles, cabalgando en sus caballos, saliesen a los indios a recibir en el camino el ímpetu que traían, no siguiendo la opinión que César reprobó en Pompeyo cuando en los campos de Farsalia, estándose quedos los pompeyanos en sus escuadrones, recibieron el ímpetu de los de César, con que les fue hecho mayor daño, mas espantados los indios de la ferocidad y grandeza de los caballos y hombres armados que encima iban, que lastimados con sus lanzas, se retiraron, y volviendo las espaldas llenas de grandísimo temor y dejado el acometimiento que iban a hacer, y alejándose algo de los españoles, se pusieron en los lugares más altos, donde a manera de cerco se estuvieron algunos días intentando rústicos modos de acometer y guerrear, pretendiendo con sus flacas armas y débiles ánimos, ver el cabo y ruina de los enemigos; pero para frustrar de todo punto la bárbara determinación de esta canalla y su rústica obstinación, no fue menester el valor y fuerza de los soldados y capitanes, sino sola la vista de algunos caballos que sueltos hacia sus alojamientos vieron ir; porque como una noche algunas yeguas que en el campo se llevaban se juntasen con los caballos y fuesen movidos por su natural y bruto accidente a querer tener exceso con ellas, huyendo las yeguas de los caballos, y los caballos siguiéndolas, fueron a meterse por los alojamientos y rancherías de los indios, los cuales espantados de ver tan grandes animales, creyendo que por mano de los españoles eran enviados a que los comiesen y despedazasen, comenzáronse a alborotar, y llenos de villano temor y miedo, comenzaron ciegamente a huír por donde y como podían, desamparando sus alojamientos con todo lo que en ellos tenían.

El general y sus españoles, oyendo la vocería de los indios, creyeron que se movían para venir a dar sobre ellos y ponerles en algún aprieto, y así tomaron con toda presteza sus armas y se pusieron a punto para recibir los enemigos, sí viniesen; pero como la noche pasase, y venido el día hallasen menos las yeguas y caballos y no viesen a los enemigos en sus alojamientos, fueron a buscar los españoles sus jumentos, los cuales hallaron dentro en los propios alojamientos y rancherías de los enemigos, de donde conjeturaron que había procedido el alboroto toda la noche pasada y el haberse ahuyentado los indios y dejado el cerco que ya había días que sobre los españoles tenían puesto, en el cual tiempo, como he dicho, acometieron muchas veces a los españoles y solamente les hirieron dos soldados, y siempre quedaban ellos descompuestos y desordenados.

Con la vista de estas primeras gentes y modo de guerrear y armas que traían y ánimos que habían mostrado, conjeturaron muchos soldados viejos el poco daño que podían recibir si la muchedumbre de las gentes y naturales no los descomponía, y así su general determinó pasar adelante en demanda del pueblo o laguna donde la sal se hacía, y para guía y lumbre de su demanda tenían y traían consigo un indio, de quien atrás hemos hecho mención, llamado Pericón por corrompimiento del vocablo, tomado al principio de las sierras de Opón, que por señas les había dado relación de cómo era natural de la provincia de Bogotá, y cómo había estado y sabía dónde la sal se hacía, y por señas les daba a entender y decía cómo en aquella tierra adonde iban había muy muchos indios y grandes señores, significando por muchas maneras y señales sus riquezas y grandezas, y otras cosas que daban mucho contento con el oírlas, y después que en el valle de la Grita estuvieron, la disposición de la tierra y el principio de ella, que era el valle donde estaban, y los muchos caminos que por muchas partes atravesaban, las grandes humaredas, que de muy lejos se veían, que daban clara señal de grandes poblaciones, pareciole al general y a los demás que todas estas señales y conjeturas eran principio de lo que el indio les había dicho, y así mandó apercibir toda su gente para pasar adelante, la cual era a esta sazón bien pocos porque de casi setecientos hombres que sacó de Santa Marta, solamente metió en este valle de la Grita ciento y setenta hombres, que fue harta pérdida y destrucción de españoles; y todos los demás fueron consumidos con las calamidades y enfermedades atrás referidas.

  |Capítulo segundo En el cual se escribe cómo el general Jiménez de Quesada salió con su gente del valle de la Grita y entró por la tierra del Nuevo Reino adelante, por muchas poblaciones, hasta llegar al pueblo de San Gregorio, con todo lo que con los naturales de este pueblo les sucedió.

 

Del valle de la Grita salió el general con su gente en buen orden y concierto puesta, y caminó por donde la guía lo llevaba, pasando por diversas poblaciones de naturales, que a una y a otra parte del camino quedaban todos, sin osar tomar armas en las manos ni resistir el paso y camino, porque como de la gente y naturales del valle de la Grita habían tenido noticia del valor y constancia que los nuestros habían tenido en guerrear, no curaban de salir a probar su fortuna.

El general, viendo que había entrado en tierra muy poblada, se alojó en un pequeño valle con su gente; y de allí envió a los capitanes San Martín y Lázaro Fonte con gente que pasaron adelante, descubriendo y dándole noticia y aviso de las poblaciones y disposición de tierra que por delante llevaban. El capitán San Martín caminó ciertas jornadas por tierra muy poblada, hasta que llegó a un valle que fue dicho y llamado el valle de San Martín, que entiendo ser el que ahora dicen de Chipatá, en cuya provincia está poblada la ciudad dé Vélez, el cual desde allí envió aviso al general que atrás quedabas diciendo que no debía andar la gente dividida en tierra tan poblada |y abundante de naturales. El general luégo marchó con el resto de la gente, y llegó a donde San Martín estaba, en el cual valle descansé ocho días con su gente, porque había en él gran abundancia de comidas, de las que los indios en aquella tierra usan para su sustento, que es maíz, turmas, frisoles y otras raíces y legumbres que entre ellos son muy preciadas, y al cabo de estos días, sin que los indios moviesen sus armas contra los españoles, ni les hiciesen ningún daño, caminaron adelante, y llegaron a un pueblo que fue llamado el pueblo de San Gregorio, por haber llegado allí el día de San Gregorio, cuyo nombre es, y en lengua de los naturales Guachetá.

La ceguedad e ignorancia de estas gentes era tan grande, Y ellos estaban tan metidos en el error y pecado de la idolatría y de adorar y respetar tanta diversidad de simulacros y dioses imaginados por ellos, y hechos por sus propias manos, que verdaderamente quisieron también tener por tales a los españoles, y aun afirmativamente con obstinación, cierto tiempo creyeron y los tuvieron en reputación de hijos del Sol, a quien ellos tenían y adoraban por su principal dios, al cual tenían dedicados templos en que ofrecían y hacían sus sacrificios de humanas criaturas, oro, esmeraldas, mantas y otras cosas. Pues de tener en la imaginación los indios, como he dicho, que los españoles eran hijos del Sol, vinieron a llamarlos |Xua; y asimismo imaginaron que por mandado del Sol venían estos sus hijos, a quien ellos tenían por inmortales, a castigarlos de sus deméritos y culpas, a los cuales hacían sacrificios como a dioses e hijos del Sol, ofreciéndoles por los caminos y poniéndoles en algunas partes de ellos, por vía de sacrificio, algunas mantas y oro y esmeraldas, y junto con esto sahumerios de moque y otros pestíferos olores, de los cuales suelen usar en sus templos los sacerdotes o jeques.

El pueblo de San Gregorio está puesto en un alto, sobre el cual hay otro alto de peñas que aquellos naturales tenían casi como por fuerza o fortaleza, donde se recogieron en la hora que vieron ir marchando los españoles por un llano adelante hacia su pueblo de Guachetá, por el cual llano asimismo había cantidad de mil casas, y los moradores de todas ellas se recogieron con los del pueblo de San Gregorio o Guachetá, al cerro más alto que, como he dicho, sobre este pueblo estaba; y como los españoles llegasen al pie de la cuesta del pueblo de Guachetá, pareciole al general que se detuviesen allí, hasta ver si podía dar a entender a los indios que en lo alto estaban, y de allí muy bien se veía, por señas que se les hiciesen, pues intérprete suficiente no había, que no les querían hacer mal ni daño ninguno, sino que procuraban su amistad para su beneficio y bien. Estando detenidos en esto el general y toda la gente, bajaron de lo más alto cinco indios, y acercándose un tiro de ballesta de los españoles encendieron lumbre e hicieron fuego, con leña que para este efecto traían, en el propio camino por donde los españoles habían de subir, y dejando un indio viejo que entre ellos venía, junto a la lumbre, se retiraron y volvieron a su alto, porque ya el general había mandado que saliesen algunos soldados ligeros y procurasen tomar aquellos indios para con ellos ver si podían atraer a su amistad a los demás; y visto que los indios se habían recogido al alto, el general caminó con toda su gente hacia el pueblo, y llegado que fue a donde los indios habían hecho la candela, hallaron el indio sentado junto a ella, al cual el principal de aquel pueblo había enviado por sacrificio a los españoles, para si lo quisiesen comer, como hijos que eran del Sol, porque estos bárbaros entre las otras supersticiones que de su religión siguen y tienen, es hacer algunos sacrificios en los templos del Sol, de hombres humanos, cuyos cuerpos, después de muertos, ponen en muy altos cerros, para que el Sol se sustente de ellos y los coma, y esta tienen por muy común opinión entre ellos; y cuando alguna seca les sobreviene, dicen que el Sol su dios está enojado, porque no le proveen de mantenimiento, y así para aplacar su furor y darle de comer, y que no retenga las lluvias, le hacen luégo muy grandes sacrificios de gente humana, según que también trataré más particularmente de estas cosas en el lugar dicho | 2a , y por estas causas, como a hijos de padre que comía carne humana y con ella se aplacaba, envió este bárbaro a los españoles el indio que junto a la candela hallaron, al cual el general tomó consigo, y lo subió al pueblo de San Gregorio, donde con toda su gente se alojó, y procuró dar a entender al indio que por señas le había dicho cómo su cacique o principal lo había enviado para que lo comiesen, que no comían carne humana ni venían a hacerles ningún daño ni mal, sino a procurar su amistad y comunicación; y estando en esto el general, los indios que en lo alto estaban, córroborados y fortalecidos, viendo que los españoles no habían muerto al indio que les habían enviado con vana consideración, pareciéndoles que por ser aquel indio viejo y de duras carnes, no lo habían querido comer los españoles, y que así se habrían airado contra ellos con más furor, comenzaron desde donde estaban a arrojar y echar por el cerro abajo criaturas pequeñas y de poca edad, hijos de los propios indios, porque comiendo de ellas, como de carne más tierna, los españoles hijos del Sol, fuesen mitigados de todo punto, si algún furor tenían.

De estas criaturas algunas llegaban muertas, y otras aturdidas, y otras vivas, y viendo el general la loca, cruel y bruta determinación y obstinación de estos bárbaros, aborreciendo de en todo en todo aquel cruel hecho, comenzó con sus soldados a darles voces y hacerles entender por señas que les hacían, que no echasen sus hijos, ni los matasen de aquella suerte, que era cosa que él mucho aborrecía, y tanta eficacia se puso en esto por parte del general, que los indios cesaron de arrojar tan bárbara y cruelmente sus hijos y muchachos, y conocieron cuánto los españoles aborrecían y abominaban lo que hacían, y luégo soltando el indio viejo con un bonete colorado y una camisa que ¡e dio y cuentas y otras cosillas, lo envió con las torpes lenguas o intérpretes que tenían a que fuesen a hablar al cacique e indios de aquel pueblo, que estaban en el peñol, y les dijesen cómo no comían carne humana, antes procuraban conservar las vidas de los indios y su amistad, y otras muchas cosas para atraerlos a paz y concordia.

El viejo se fue derecho a lo alto con mucha alegría de verse con la vida segura, y las lenguas, no osando llegar a donde los indios estaban, les hablaron de bien cerca lo que se les había mandado, con todo lo cual fueron algún tanto ablandados los indios, y quitados de su primer temor; y así abajaron cuatro indios por mandado de su cacique, con los cuales el general habló más particularmente, dándoles, aunque con dificultad por defec­to de los intérpretes, a entender lo que pretendía, así acerca de su bien y conservación espiritual como temporal; y dándoles algunas dádivas de cosas de España traídas, los tornó a enviar para que así su cacique como toda la demás gente que en aquel fuerte estaban recogidos, se bajasen a sus casas y le proveyesen de comidas para su gente. Vueltos los indios a lo alto, sucedió que dende a poco un soldado, andando con un hacho o mechón de paja encendida, buscando en un bohío oro u otras cosas de qué aprovecharse, pegó fuego al bohío, el cual se empezó a arder con gran riesgo de todos los demás que en aquel pueblo había, al cual acudieron luégo todos los españoles para apagar el fuego, porque de allí no prendiese en los demás, y se quemasen todos; y como los indios desde lo alto viesen que los españoles andaban apagando y mitigando el fuego, conocieron más claramente ser gente que no les pretendía damnificar, y así ellos bajaron de lo alto en mucha cantidad a ayudar a apagar el fuego, porque su pueblo no se quemase, y de aquí comenzaron a tratar amigablemente con los españoles, y el general les tornó a hablar sobre las cosas referidas, y volviendo algunos de ellos a donde su cacique o principal estaba, volvieron luégo enviados por él con venados muertos y gran cantidad de maíz y bollos que están hechos del propio maíz, y otras cosas de comer y mantas de algodón pintadas y blancas, y coloradas, y de otras muchas suertes que los indios de esta tierra hacen (porque lana no tienen ninguna) y oro, de todo lo cual envió el cacique un buen presente al general; y luégo comenzó toda la gente que en el peñol estaba recogida, a bajar y a tratar más sin temor con los españoles, y de aquí tuvo principio la paz entre los españoles y gentes del Nuevo Reino, y se fue prosiguiendo y dilatando por todos los pueblos dende en adelante; pero no fue cosa muy durable porque como estos naturales sea gente de fe dudosa y de verdad incierta, después se rebelaron y tomaron las armas contra los españoles, como adelante se dirá.

|Capítulo tercero En el cual se escribe la salida del general y su gente del pueblo de San Gregorio, llamado de sus moradores Guachetá. Trátase aquí la división de la duna del Nuevo Reino y cómo la poseían y tenían divisa entre sí y tiranizada Tunja y Bogotá, dos principales | 3 y caciques.

 

El defecto de no hallarse al presente el general Jiménez de Quesada con expertos y buenos y entendidos intérpretes y lenguas, fue causa de muchos daños e inconvenientes que sucedieron, porque aunque los indios venían a tratar de paz y amistad con los españoles, los intérpretes que tenían eran tan torpes y bozales en la lengua castellana, que ni a los españoles daban ni podían dar enteramente a entender lo que los naturales y principales de la tierra decían, ni por el contrario entendían de todo punto lo que el general pretendía darles a entender acerca de su venida y entrada en la tierra, y de otras muchas cosas que para la conservación y dilatación de la paz general por toda la provincia era menester; y así, más ciegamente de lo que yo puedo escribir ni aun se puede pensar, se metió esta gente española por una provincia que si como era muy poblada, fuera la gente beliciosa y contumaz y briosa en seguir la guerra, no pudieran dejar de peligrar todos, y ser muertos a no con brevedad tornarse a salir de ella; y así casi como quien a tiento camina, solamente con la demanda de la sal, con que hasta este paraje habían llegado, pasaron adelante del pueblo de San Gregorio, que ya también llamaban de la paz, y caminando con buen orden y recatadamente llegaron al pueblo de Lenguazaque, cuyos moradores, por la nueva que ya de atrás tenían del poco mal y daño que los españoles hacían, los esperaron de paz, sólo por ver una cosa   para ellos tan hazañosa y extraña, pues ni la habían visto ni oído decir a sus mayores, cómo eran los españoles, gente vestida y blanca, y adornados los rostros con barbas, y aquella grandeza y ferocidad de los caballos, y la ligereza de los perros; que de cada cosa destas imaginaban estos bárbaros cien mil géneros de vanidades, porque como estas gentes, demás de ser tan agrestes y de muy bajos y humildes entendimientos, ninguna noticia ni lumbre de fe natural tenían, con la cual hubiesen jamás alcanzado a ver un Dios que todas las cosas crió, y estuviesen tan ciegos en la creencia y religión de sus falsos y vanos dioses, a quien ellos atribuían un poder tan limitado, que aun la creación de las cosas que tenían y poseían, en general no les atribuían, admirábanse y con mucha razón de lo que en los españoles y en sus jumentos veían, pareciéndoles que ya que en su opinión habían tenido a los españoles por hijos de su dios el Sol, que no podían acabar de conjeturar ni entender quién hubiese criado los caballos y perros, e inventado las otras cosas que traían, pues ellos habían carecido y carecían dellas, y si sus dioses hubieran sido los autores de todo esto, también ellos hubieran participado de él, o de todo ello, y con esta bárbara admiración no sólo los naturales de los pueblos que en el camino había, pero los de muy lejas poblaciones, venían llenos de admiración, y convocados con la nueva que de los españoles había penetrado, acudía mucha parte de la tierra a grandes manadas a ver lo que nunca habían visto ni oído, y para que su vista fuere agradable a los españoles, cada cual traía el presente conforme al posible que tenía, aunque de venados y otros géneros de comidas siempre trajeron en mucha abundancia.

El general, más por señas que con la plática de los intérpretes, procuraba dar a entender a los indios lo mucho en que tenían su paz y amistad, y el galardón que habrían si la conservaban con lealtad, porque para otras honduras y altezas espirituales ni aun temporales que les quisiere decir ni dar a entender, el defecto dicho lo hacía cesar todo, y dejando con todo sosiego en sus casas los moradores de Lenguazaque marchó y pasó adelante con su gente, hasta llegar al pueblo de Cucunubá, donde asimismo, más por los respetos dichos de curiosidad de ver lo nunca visto, que con buena ni entrañable y amigable voluntad de ser amigos, se estuvieron en sus casas, continuando siempre la multitud de bárbaros que apartadas tenían sus habitaciones y moradas, su venida a ver nuestros españoles, con los errores y presupuestos dichos.

El general, luégo que los indios le empezaron a dar la paz en los pueblos de atrás, conociendo el atrevimiento y codicia de los españoles, y para que mejor les fuese guardada y conservada, hizo ciertas ordenanzas y capítulos que les parecieron ser necesarios para estos efectos, entre los cuales mandó, con pena de muerte, que ningún soldado ni español de ninguna calidad entrase en los bohíos o casas de los indios que estuviesen de paz, sin su licencia y consentimiento, ni que a indio que de paz viniese se le tomase cosa alguna de lo que trajese, aunque fuesen cosas de comer, ni se les hiciese otras fuerzas ni agravios; las cuales ordenanzas procuró el general que se guardasen tan inviolablemente cuanto adelante se dirá, con el propio rigor con que las hizo.

Del pueblo de Cucunubá, pasando adelante y dejando los naturales de él pacíficos, llegó el general con su gente al pueblo de Suesca, que es del señorío de uno de dos poderosos tiranos que en la provincia del Nuevo Reino había; y para que mejor se entienda lo que vamos diciendo, es de saber que en la provincia del Nuevo Reino de Granada, que es la que al presente se va descubriendo, y por do los españoles van entrando, en que se incluyo solamente la gente Mosca, de cuyos naturales está poblada, desde su antigüedad y principio siempre fue poseída de particulares caciques y principales que por pueblos o por valles tenían sujetos así los naturales y casi se gobernaban con quietud, después de lo cual fueron creciendo por vía tiránica las fuerzas de dos de estos caciques y principales de esta provincia del Nuevo Reino, llamados Tunja y Bogotá, cada cual procurando sujetar a sí los otros caciques que en su comarca había. Poco a poco estos dos principales, que estaba el uno del otro veinticinco leguas, se hicieron poderosos en los otros señores, sujetándolos, como he dicho, por fuerza de armas.

En esta sazón que el general entró con su gente en este Nuevo Reino, de quien vamos tratando, estos dos tiranos lo tenían diviso entre si, sujetando y poseyendo el tirano y cacique Bogotá, desde un pueblo llamado Chocontá, hacia la parte del sur, todo lo que hay hasta el pueblo de Guasca, que serán veinte leguas; y el tirano y cacique Tunja poseía, desde el pueblo llamado Turmequé, hacia la parte del norte, todo lo que hay hasta el pueblo de Saboyá y Chipatá, y asímismo en esta sazón estaban estos dos tiranos enemistado y llenos de ira y furor el uno contra el otro, sobre ciertas enemistades que poco antes entre ellos se habían fraguado, y cada cual en su territorio aderezaba las aramas y hacía y juntaba grandes municiones y vituallas para hacerse la guerra, convocando sus sujetos a que les siguiesen.

Después, desde algún tiempo que los españoles estuvieron poblados y entendieron la discordia que en esta sazón tenían los dos señores y principales, les pesó mucho al general Jiménez de Quesada por no haberlo podido alcanzar ni saber, porque pretendía, si lo supiera, lllegarse a uno de los tiranos, y se le satisficiera con sus riquezas, ayudarle a guerrear, y después quedarse con la tierra y riqueza del uno y del otro, como al fin se quedó, aunque no con el oro. Podrá ser que esto Jiménez de Quesada no lo tratase, pero así me lo certificaron.

Volviendo a la historia, por la provincia del tirano Bogotá es por donde al presente han entrado el general Jiménez de Quesada, y la de Tunja al tiempo que llegó al pueblo de San Gregorio la dejó sobre mano izquierda, que pasaría apartado del propio pueblo de Tunja hasta cuatro leguas y no más; y es cierto que si entonces acertara a dar de repente en el pueblo deste bárbaro Tunja, que le hallara descuidado, que en él se podían haber infinidad de riquezas de oro, que después se escondieron. Llegado el general al pueblo de Suesca, que está puesto en un llano, casi en el propio valle de Bogotá, los naturales y moradores de él esperaron asimismo de paz, con sus dádivas y presentes, que aunque eran de mantas y oro, se pueden decir de poca importancia. Alojose en este pueblo el general por gozar de la llanura de él y de los muchos venados que los indios le traían, donde sucedió un hecho al parecer escandaloso y tirano, aunque provechoso para que la paz de los indios fuese conservada, y la justicia temida, y las leyes guardadas; y fue que antes un poco deste pueblo de Suesca, se había muerto una yegua de las que los soldados llevaban, y como un soldado llamado Juan Gordo saliese del alojamiento y fuese a proveerse de alguna carne de aquel animal muerto, en el camino encontró cuatro o cinco indios que iban hacia donde el general estaba alojado, y llevaban tres o cuatro mantas para el general, los cuales, como toparon y vieron al soldado sin que él llegase a ellos, le arrojaron las mantas en el suelo para que las tomase, y dejándoselas allí se fueron y prosiguieron su camino a donde el general estaba, y el soldado a donde la yegua se había muerto. Los indios le dijeron al general cómo traían unas mantas y las habían dado a un soldado que en el camino habían topado; el general lleno de cólera deste negocio, pareciéndole que era gran atrevimiento y desvergüenza salir al camino, y en menosprecio de lo que él tenía mandado, quitar a los indios lo que traían, procuró inquirir y saber qué soldado fuese aquél, y sabido, hizo a su alguacil que estuviese a punto y que en llegando lo prendiese, lo cual se hizo así, y por este pequeño exceso, que aún no se averiguó dello, para ejemplar castigo de todos, hizo otro día de mañana ahorcar y dar garrote a Juan Gordo, sin poderle estorbar este hecho los ruegos de todos los del campo, ni incitarle a dejarlo de hacer por la poca gente que tenía y la mucha entre quien entraba. Pero con este castigo, aunque a costa de la vida del pobre soldado, fue temido el general desde en adelante, y no hubo hombre que se le desmandase ni osase ir contra lo que tenía ordenado, y aun desde algunos días tuvo otro soldado llamado Palomo dado dos vueltas a un garrote, y casi ahogado se lo quitaron por fuerza, por haber, en compañía de otros soldados, tomado ciertos venados para su mantenimiento a los indios que los traían; mas como he dicho, de este rigor y severidad sacó quietud para su gente, porque de otra manera cada cual se descomediera y atreviera a hacer lo que quisiera y no se les diera seis blancas por su general ni por lo que mandara, por ser en las Indias los hombres más libres de lo que deben ser con sus mayores. Este castigo hizo el general al tiempo que con su gente salió del alojamiento y pueblo de Suesca.
 

1  Desde este libro en adelante faltan los encabezamientos en la "tabla" de Sevilla  
2 En el texto original está añadida entre líneas "quesque"; al margen, |guizque, tachada.  
2a  Se trata de una referencia al libro 5º suprimido.  
3 En la "tabla" de Sevilla se lee: "dos principales caciques".  

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