|Capítulo undécimo
En que se
escribe cómo el general Jiménez de Quesada envió los capitanes
Céspedes y Fonte a descubrir por las sierras de Opón adelante.
Los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte, con veinte hombres que
les fueron dados por su general, se partieron de donde él estaba y
comenzaron a caminar, con sus armas y comida a cuestas, por un
estrecho y angosto camino, subiendo por una asperísima y alta
sierra, toda cubierta de muy espesa y cerrada montaña, que con
dificultad les dejaba ver la claridad del sol, sin llevar persona
que los guiase ni encaminase y diese alguna buena esperanza, que es
la que suele hacer tolerables y pasaderos cualesquier trabajos por
insufribles que sean; solamente iban sujetos a donde su fortuna y
el remate de aquel camino que seguían les quisiese echar.
Verdaderamente yo no hallo que enteramente se puedan escribir
los trabajos, riesgos, infortunios y otras adversidades a que se
sujetan y ponen los hombres que semejantes descubrimientos toman
entre manos; porque los que van a guerrear de reinos contra reinos,
llevan entre las manos sus premios, y venlos cada día delante de
sus ojos, y puesto caso que allí van sujetos a cien mil cuentos de
peligros, el galardón que de próximo esperan haber con el despojo y
saco de las ciudades, los trofeos y honras de las victorias, el
tener presente a sus reyes, de quien esperan grandes premios y
galardones, los anima a seguir semejantes guerras; pero aquí en
este descubrimiento, en la una parte como he dicho, se quedaba el
compañero arrimado a un árbol, muerto de hambre; en la otra
arrebataba el caimán al pariente; en la otra llevaba el tigre al
amigo; en la otra morían rabiando los soldados de las heridas que
con hierba les habían dado; enfermedades, hambres que suelen hacer
más intolerables los trabajos, y sobre todo, sin saber a dónde van
ni qué galardón habrán, si serán tomados a manos de gentes no
vistas ni conocidas, y por ellos hechos pedazos se meten ahora con
ánimos invictos, cargados de sus comidas, y con sus armas a cuestas
por una sierra adelante, que sólo el mirarla ponía temor,
sujetándose en todo y por todo a la fortuna, que pocas veces suele
dar esperanza con entero contento, porque les parecía que porque
por aquel caminillo que seguían, bajaban aquellos panes de sal que
venían de tierra, que no podía dejar de serles muy útil y
provechosa.
Caminando pues nuestros descubridores, subiendo y bajando
sierras, y pasando arroyos y barrancos, dieron en un lugarejo
poblado en las propias montañas, de hasta doce casas, cuyos
moradores, habiendo antes sentido la gente nunca por ellos vista
que a sus casas iban, las desampararon y procuraron ponerse en
salvo; los capitanes, hallando allí más abundancia de comida que
donde había quedado el general Jiménez de Quesada, le enviaron a
decir con ciertos soldados, que podía pasarse él y la gente que
consigo tenía a aquel lugar, donde podrían mejor sustentarse, y si
no quisiese hacer esto, les enviase de la gente que tenía consigo,
para más seguramente pasar adelante con sus descubrimientos, y
ellos y sus soldados pusieron toda diligencia en procurar haber
algunos de los moradores de aquellos bohíos; pero como ellos se
habían puesto en cobro, y era menester andarlos a cazar por las
montañas como a fieras, no pudieron haber más de sólo un indio, que
admirado y espantado de ver semejante novedad de gentes que la que
en su pueblo veían, estuvo dos días con sus noches sin hablar
palabra, creyendo que los españoles era alguna gente fiera y que
comían carne humana, por lo cual esperaba que en breve le habían de
dar la muerte y comérselo; pero viendo este bárbaro que su muerte
se dilataba, y que no hacían de él lo que pensaba, a cabo del
tiempo dicho habló a la lengua casi como hombre desesperado y que
deseaba ya ver el fin y remate de su vida, con que todo temor se
acaba, y le dijo: "estos barbados que ni son gente como nosotros ni
animales de los que en los arcabucos se crían, ¿qué piensan hacer
de mí?; si me han de comer, ¿por qué no acaban de darme la muerte?,
y si no, ¿por qué no me sueltan y dejan que me vaya donde quisiere?
Visto por los capitanes lo que el indio decía tan desesperadamente,
lo comenzaron a consolar y decir con el intérprete que tenían, que
sosegase su espíritu y no temiese recibir daño ninguno, porque ni
eran gentes que comían carne humana, ni pretendían de él más de
informarse de lo que adelante había, y de dónde él o sus compañeros
traían aquellos grandes panes de sal, de la cual le mostraron un
gran pedazo. El indio, perdido ya el temor de perder su vida, les
dijo: que con mucha alegría les llevaría a donde aquella sal se
hacia, y que les era necesario hacer comida o matalotaje para tres
días que habían de caminar por despobladas montañas, lo cual los
españoles hicieron con mucha alegría.
El general Jiménez de Quesada, aunque los españoles le llegaron
con el recado y mensaje que sus capitanes le enviaban del lugarejo
donde estaban, no le pareció que el camino de la sierra ni la
subida de ella era tal que por entonces la pudiesen subir los
caballos, y por no desampararlos ni dejarlos en aventura de que se
perdiesen y los tomasen los indios, envió toda la gente que consigo
tenía a donde los dos capitanes estaban, y él con ocho compañeros
se quedó en aquellos bohíos con muy gran riesgo de sus personas,
así por la poca comida que tenían como por enfermedades que luégo
les dieron.
Llegó el socorro que el general envió a sus capitanes, y luégo
se partieron con su guía y adalid para adelante, y pasados los tres
días, llegaron al valle que por nombre propio de sus naturales es
dicho Opón, de donde los españoles dieron la nombradía a toda la
serranía que por aquel camino hay, desde el río grande hasta la
tierra rasa del reino, a la cual llamaron las sierras de Opón. La
guía llevó a nuestros españoles a dar en un lugarejo y pueblo de
hasta ocho o diez casas, donde por no tener los moradores noticia
de los españoles, estaban algo descuidados, y se tomaron una docena
de personas, varones y hembras, entre los cuales había una india
que parece que con más amor que los demás se aficionó a los,
españoles, y, o porque ella debía estar mal con su cacique o por la
poca fe que estos bárbaros suelen tener con sus mayores y
compañeros, habló con la lengua o intérprete que llevaban y le
dijo: "dí a esta gente que pues nos han preso a nosotros, que vayan
también a prender a nuestro principal y cacique, que bien cerca de
aquí está en ciertos regocijos".
Los capitanes enviaron luégo un escuadra llamado Juan Valenciano
con ocho hombres, los cuales dieron en donde el cacique de Opón
estaba celebrando unas bodas o desposorios con una nueva mujer que
tomaba, y prendiéndolo con otras quince personas, interrumpieron
sus regocijos y se volvieron a donde los capitanes habían quedado,
los cuales se holgaron y alegraron mucho con la presencia y vista
del cacique, al cual hicieron todo buen tratamiento, dándole de
algunas cuentas de España y otros rescates que consigo llevaban, y
le hablaron diciendo que ellos no le venían a damnificar en ninguna
cosa, antes temían en mucho su amistad, la cual le conservarían y
guardarían todo el tiempo que él no la quebrantase, y que al
presente sólo querían que los llevase y encaminase al lugar y parte
donde la sal que allí le mostraron se hacía, porque su capitán los
enviaba a aquel efecto. El cacique mostró tener en mucho la amistad
de los españoles, y les respondió, aunque con mal propósito, de
hacer lo que le rogaban y llevarlos donde la sal se hacía. Los
capitanes, visto esto, dieron luégo orden en hacer algunos
alpargates con que sus españoles fuesen calzados; porque algunas
jornadas habían caminado sin traer cosa alguna debajo de los pies,
y así de unas hamacas o sábanas de algodón que allí hallaron,
capitanes y soldados todos trabajaron dos días sin parar en hacer
sus alpargates, unos haciendo suelas, otros encapellando y otros
cruzando, y de esta suerte proveyeron aquella necesidad, que no era
pequeña.
El cacique de Opón, pretendiendo librarse de las manos de los
españoles o matarlos, había mandado que toda su gente estuviese con
las armas en las manos, con propósito de meter los españoles por su
población y que en ella fuesen acometidos y heridos de los suyos;
pero Dios Todopoderoso estorbó que esta maldad de este bárbaro se
efectuase, y fuese descubierta y remediada de esta manera. Yendo
caminando los españoles y llevando por guía al cacique de Opón, la
india que antes les dio aviso que prendiesen este cacique, les dijo
asimismo cómo los llevaba por fuéra del derecho camino a meter en
una celada o emboscada de indios que tenía puesta para matarlos;
que mirasen lo que hacían, porque si lo seguían, todos serían
muertos. Con esto los españoles se detuvieron, no pasando adelante
por entonces, y tomando el capitán Céspedes al cacique le dijo,
mediante el intérprete, que por qué era hombre de poca fe, y ésa
tan mala y perversa, que habiéndoles prometido de serles amigo, y
de llevarlos por camino derecho a donde la sal se hacía, les
faltaba ya en todo, y torciendo la vía los llevaba a meter entre
sus vasallos, que emboscados tenía puestos, para damnificarlos; que
no curase de intentar aquellas novedades y maldades, sino que los
llevase por derecho camino, porque si con obstinación pretendiese
prevalecer en su maldad, en breve le darían una miserable muerte
con que hubiese entero castigo de su locura y atrevimiento.
El cacique comenzó a negar la verdad y tropezar en sus palabras,
por lo cual un soldado, de consentimiento de los capitanes, le dio
un cintarazo de llano con la espada, que lo derribó en el suelo, y
como el cacique viese que su persona empezaba a ser maltratada por
su inconstancia y poca fe, envió luégo un indio a sus vasallos y
súbditos, que dejadas las armas viniesen luégo con comidas y
mantenimiento a cierto lugar, donde aquella noche habían de ir a
dormir; y dejando aquel camino, guió y llevó a los españoles por su
derecha derrota y vía; porque esta gente que en todo procuran
imitar a los brutos animales, ninguna cosa hacen ni cumplen por
virtuosos ni voluntarios respectos, sino forzados y constreñidos
del castigo y cuchillo que presente tienen, y así los llevó aquel
día a dormir a un alojamiento, donde sus indios acudieron, como él
les había mandado, cargados de comidas, de las cuales dijo a los
españoles que tomasen las que menester hubiesen para el camino de
tres días que tenían de andar por aquella montuosa serranía, hasta
llegar a otra población de indios, que a cabo de aquellas jornadas
habían de hallar; lo cual fue hecho conforme al aviso, y los
capitanes, gratificando al primer indio que tomaron en el primer
pueblo, que hasta allí los había guiado, y dando algunos rescates y
cosas de España, lo dejaron y enviaron a su tierra; y al cacique de
Opón, porque no se les ausentase y dejase burlados, y quedasen sin
ninguna claridad ni guía, le pusieron una soga al pescuezo y lo
encomendaron a unos soldados que tuviesen cuenta con él y cuidado
de guardarlo, y llevándolo por delante para que los guiase,
caminaron por su serranía adelante, y andadas las tres jornadas de
muy perverso y doblado camino, llegaron al valle que llamaron del
Alférez, así por haber llegado primero a él que otro ninguno el
alférez Antonio de Olalla, como porque después el propio alférez
quedó en el valle con gente, como adelante se dirá.
En este valle del Alférez había más gente y naturales que atrás
en el de Opón, algunos de los cuales trajeron a los españoles mucha
comida, de la que en sus casas tenían, y aquí les tornó a avisar el
cacique de Opón que hiciesen comida o matalotaje para otras tres
jornadas que les quedaba de montaña despoblada, lo cual hecho,
salieron del valle del Alférez y caminaron adelante en seguimiento
de su demanda de la sal, y llegaron cumplidas las tres jornadas al
valle de las Turmas, que después fue dicho el valle de la Grita,
por las muchas voces y grita que dieron cuando después el general
con toda la gente entró en él. Está este valle fuéra de todas las
montañas y serranías de Opón, y al principio de la tierra rasa y
alta del reino, cuya vista dio mucho contento a los españoles, así
por los muchos caminos que de él salían, y humaredas de los
naturales que veían, como porque no se les oponía por delante
ninguna montaña, ni arcabuco, ni serranía que les estorbase la
vista, la cual se extendía bien a lo largo. Los españoles se
alojaron en unos bohíos o casas de indios que allí estaban, con
abundancia de maíz y otras cosas de comer, pretendiendo descansar
del trabajo pasado; y el capitán Céspedes, tomando consigo cinco
hombres de los que menos habían sentido el trabajo, siguió por un
camino de los que por delante tenían, y apartándose de los demás
españoles obra de dos leguas, dio en un poblezuelo de indios, en el
cual tomó casi treinta personas, y en un bohío que los indios
tenían por templo, halló ofrecidas a sus simulacros ciertas
piedras, esmeraldas pequeñas de poco valor, y un poco de oro fino,
con todo lo cual dio la vuelta a donde los demás españoles habían
quedado alojados.
|Capítulo duodécimo
En que se
escribe la vuelta que los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte
hicieron a donde su general estaba, y los españoles que en el
camino dejaron, y de cómo el general se volvió al pueblo de La
Tora.
Los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte, aunque tenían necesidad
de descansar algunos días en el valle de la Grita con su gente, que
iba fatigada, no les daba a ello lugar el término que su general
les había dado, dentro del cual se habían de hallar en el lugar
donde lo habían dejado. Así, dende a otro día, dieron la vuelta muy
regocijados con la tierra que habían visto y con la gente e
insignias que de ella llevaban, y llegados que fueron al valle del
Alférez, les fue necesario dejar allí gente, porque a uno de los
soldados se le había desconcertado una pierna y no podía caminar ni
lo podían llevar cargado, y así el propio alférez Antonio de Olalla
se quedó allí con ciertos soldados, y prosiguiendo su torna vuelta,
llegaron al valle de Opón, donde hicieron al cacique que consigo
llevaban que los proveyese de más indios y comida para hasta donde
estaba el general esperando.
El cacique lo hizo así, que trayéndoles la comida que fue
menester y algunos indios que la llevasen, lo dejaron en su casa
con gratificación de su trabajo, y en su amistad y gracia; porque
aunque lo habían llevado casi aprisionado hasta el valle de la
Grita, siempre se le había hecho buen tratamiento a su persona, por
donde el indio no había tomado ningún particular odio con los
cristianos, antes siempre daba muestras de holgarse con su amistad.
De allí se volvieron los españoles a los bohíos primeros o lugarejo
que en la sierra habían hallado, donde tomaron la primer guía, en
los cuales había cantidad de maíz, y porque los indios no lo
sacasen de los bohíos y lo llevasen a esconder a partes donde no
pudiese ser habido, que sería muy gran daño para los españoles que
por allí habían luégo con su general de pasar, se quedó en los
bohíos el capitán Lázaro Fonte con unos pocos soldados, y el
capitán Céspedes, con el resto de la gente y los indios cargados de
comida, prosiguiendo su torna vuelta, llegó donde el general
Jiménez de Quesada había quedado con sus ocho compañeros, parte de
los cuales estaban enfermos de enfermedades contagiosas que allí
les había dado; pero con la buena nueva de la tierra descubierta,
que el capitán Céspedes les trajo, se alegraron muy mucho y
cobraron aliento y fuerza para proseguir su descubrimiento.
El general acordó luégo volver a La Tora, para sacar de aquel
alojamiento su gente y traerla toda en descubrimiento de la nueva
tierra; y dejando en aquellos bohíos al pie de la sierra a su
hermano Hernán Pérez de Quesada con algunos soldados que guardasen
la comida que allí quedaba, se partió para el pueblo de La Tora, y
llegado que fue al río o brazuelo por do había subido, le fue
forzado dejar los caballos y gente con ellos que los guardase, y él
embarcándose en dos pequeñas canoas con los capitanes Céspedes y
San Martín y Valenzuela y Cardoso, navegó el brazuelo o río abajo
tres días, en los cuales llegó junto al propio río, donde acaeció
una cosa digna de escribirse, por haber sido por ella
milagrosamente librados de la muerte el general y los demás
capitanes que con él iban, y fue que al tiempo que llegaron junto
al río grande, el general tuvo voluntad de saltar en tierra, y
poniéndolo en efecto se estuvo allí un buen rato, recreando con los
que con él iban, por los cuales fue persuadido y rogado que no se
detuviesen más allí, pues tan cerca estaba la demás gente, que
podía haber distancia de una legua hasta el pueblo de La Tora. El
general les dijo que estaba de parecer y voluntad de dormir allí
aquella noche; a los demás capitanes parecioles más locura que
cordura lo que su general quería hacer. Muy obstinadamente le
importunaron y rogaron que no lo hiciese, sino que fuese a dar
algún contento a la demás gente, donde asímismo ellos podrían
descansar. El general, viéndose tan importunado de los capitanes
que con él estaban, se embarcó en las canoas, y estando ya para
nevegar (encaminándolo así el Todopoderoso Dios, porque no
pereciesen los capitanes que allí iban, que eran los más
principales del campo, con su general) se tomó a desembarcar y a
saltar en tierra, diciendo que no le importunasen, que él no quería
pasar de allí aquel día. De esta novedad pesó mucho a todos los que
con el general estaban; pero como eran obligados a obedecer a su
mayor, callaron y quedáronse allí aquella tarde y noche a
dormir.
Al tiempo que estas cosas pasaban al general y a los que con él
estaban, habían venido al pueblo de La Tora, a guerrear con los
bergantines y gente de tierra, más de quinientas canoas de indios
muy belicosos que con su enherbolada flechería estaban dando
batería; y si como los capitanes le importunaban al general se
hiciera, todos ellos venían a dar en las canoas y manos de sus
enemigos, donde en ninguna manera podían escapar de morir heridos
de sus flechas o ahogados en el río; y como todo aquel día el
número de las canoas de indios dichas, anduviesen disparando sus
flechas contra los españoles, sin haber de ellos ninguna victoria,
venida la noche se esparcieron y volvieron a sus puertos y
casas.
Otro día de mañana el general y sus compañeros se embarcó y se
vino derecho a La Tora, donde lo primero que topó fue dos
bergantines que andaban asegurando el río y viendo si habían
quedado por allí algunas canoas rezagadas y puestas en celada; los
cuales, como descubriesen las canoas en que el general iba
navegando, y por verlas de lejos no reconociesen la gente que era,
les tiraron una pelota con un verso de los que llevaban; que si
como en todo lo demás, en esto no le fuera favorable la fortuna a
nuestro general, él acababa la vida por mano de los suyos, por
haber dado la pelota tan cerca de la canoa en que él iba; y con
temor de que los de los bergantines no secundasen con su artillería
pensando que eran enemigos, y podían ofenderles, mandó luégo el
general alzar una bandera que pudiese ser vista y divisada de la
gente de los bergantines, los cuales luégo que la vieron,
reconocieron ser su general, y volviéndose el uno a dar aviso al
campo, que estaban bien tristes y congojosos con la tardanza, que
había sido de cincuenta días, el otro se fue para las canoas, y
saltando en él el general y la demás gente que con él iban, con
gran gozo y contento se fueron todos juntos al alojamiento de La
Tora, adonde aunque de la buena tierra que habían descubierto no
tenían noticia, estaban con mucha alegría todos en saber la venida
de su general, al cual amaban y estimaban mucho por su gran virtud
y afabilidad. El general y los que con él iban fueron muy bien
recibidos de los suyos, a los cuales se les dobló el contento desde
que supieron el buen suceso que habían tenido los descubridores y
la buena tierra que se había descubierto.
El general, como era hombre cristianísimo y dado a la cristiana
religión, que aunque andaba metido en cosas de guerra y tráfagos
que suelen quitar la devoción, no se olvidaba de los particulares
beneficios que Dios le hacia, y en aquel descubrimiento tan
milagroso le había hecho, hallando a los sacerdotes en disposición
de celebrar, les rogó que dijesen misa e hiciesen especial
sacrificio a Dios Todopoderoso, dándole gracias por el gran
beneficio y merced que les había hecho en depararles una tierra
donde esperaban que a Su Divina Majestad se haría gran servicio en
la conversión de los naturales de ella. Toda la gente del campo oyó
misa con mucha devoción y contente espiritual, haciendo devotas
oraciones a Dios, suplicándole les llevase adelante lo que por su
bondad y misericordia les había deparado; pareciéndoles con
cristiana consideración que ninguna cosa puede ser bien guiada ni
encaminada si primero no es referida y atribuida y encomendada a
Dios Nuestro Señor, sin cuya voluntad la hoja del árbol ni ninguna
criatura, racional ni irracional, no se mueve; porque pocos días
antes se habían visto ciegos de todo punto, sin remedio ninguno de
pasar adelante, ni de volver atrás.
Hechas estas cosas, el general comenzó a visitar su gente y
campo, como buen capitán, la cual hallé tan desmayada y falta de
salud y llena de enfermedades, que sintiendo, como era razón, la
mucha gente que le había muerto, no pudo dejar de dar muestras de
su sentimiento; porque demás de que desde que salió de Santa Marta
hasta que llegó a este pueblo de La Tora, le habían muerto y
consumido, de accidente y debilidad, más de doscientos hombres, con
varios acaecimientos, según atrás quedan referidos, en este pueblo
se le habían muerto casi otros tantos, de hambre y de enfermedades,
sin los que hallaba enfermos. El sentimiento de estas cosas y el
trabajo del camino y descubrimiento de do venía causaron a nuestro
general una enfermedad no menos peligrosa para su persona que
dañosa para su gente, de la cual estuvo muy afligido. Algunas
personas, con celo de la salud de su general, y viendo la poca
gente que le había quedado, y que parecía cosa temeraria con tan
pequeño número de soldados, que no llegaban a doscientos, y esos
mal sanos, querer atravesar la maleza y aspereza de una montuosa
serranía, y tan larga como era la de Opón, que tenía cuarenta
leguas de travesia, y demás de esto meterse por tierras no sabidas
y que daban muestras de tener infinidad de naturales, aconsejaban y
decían al general Jiménez de Quesada que no debía pasar de allí si
de todo punto no aborrecía su salud y vida y la de sus soldados, y
como hombre que le fatigaba el vivir, quería meterse donde sólo la
maleza y aspereza de la tierra que habían de pasar bastaba a
consumir otro mayor número de gente que el que allí tenía, y más
sanos.
Pero ninguna de estas cosas era suficiente a mudar al general de
su opinión, que acompañada de animoso vigor, deseaba hacer y salir
con alguna cosa memorable, y en que hiciese servicio a Dios y a su
rey; y así respondió a los que esto le decían y aconsejaban, que
aunque su celo era bueno, la obra que de él se podía seguir era
contra su honor, pues juntamente se le podía decir que se había
vuelto de las puertas de una felicísima tierra, por su
inconstancia, y que aunque en el camino muriese, él tenía por más
gloriosa la muerte en aquella demanda que la vida con infamia, que
de volverse se le podía seguir, y que les suplicaba que si querían
conservar su vida y amistad que no le aconsejasen semejante hecho,
pues ninguna cosa podría en él más brevemente consumir y quebrar
estas dos cosas, que el persuadirle que se volviese; y así
encubriendo con el buen ánimo que tenía las operaciones que la
enfermedad en él hacían, dejó la cama y comenzó a dar orden en
proseguir su jornada y no detenerse más en aquel pueblo, y así
comenzó a encaminar su gente y soldados, llevando los más con
bordones en las manos, porque como habían escapado flacos de la
enfermedad, no podían caminar sin esta ayuda. El general asimismo
prosiguió su camino, enfermo como motaba y purgado de un día, que
puso gran duda a todos de su vida, por haberse de meter por camino
tan fragoso; y enfermo caminó tras su gente, y sin suceder cosa
notable llegaron al pie de las sierras, donde había quedado Hernán
Pérez de Quesada, al cual hallaron con dos hombres menos, que le
habían muerte los indios dueños de aquellos bohíos, por defender
sus casas y quitarlas de poder de los españoles, que se las tenían
y en ellas estaban. Allí descansaron ciertos días, después de los
cuales comenzaron a subir y caminar por la sierra, no con falta de
trabajos, porque iban abriendo el camino y aderezándolo con
azadones, y hubo pasos en estas sierras donde por no poderse
aderezar ni desechar, echaron por ellos a rodar los caballos a la
aventura de si se tuviesen bien que no trompicasen o rodasen
escaparían con la vida, y si no, forzosamente se habían de hacer
pedazos; y con este trabajo caminó el general con toda la gente,
recogiendo los que por el camino habían quedado, hasta llegar al
valle del Alférez, al cual hallaron herido con otros soldados,
porque los indios de aquel valle, queriéndolos echar de su tierra y
casas, habían congregádose y venido con mano armada contra ellos,
los cuales peleando con ánimos varoniles, se defendieron de ellos,
mediante el favor divino, y los ahuyentaron, aunque con heridas de
algunos, como se ha dicho.
Alojado el general en el valle del Alférez, como iba la gente
cansada y fatigada del camino pasado, fuele necesario holgar allí
algunos días para que su gente se reformase, al cabo de los cuales
prosiguió su viaje, y pasando toda la serranía y montaña de las
sierras de Opón, llegó al valle de la Grita, donde los primeros
descubridores habían llegado. Es de saber que de este valle de la
Grita empieza la provincia y gentes del Nuevo Reino de Granada, y
así desde él empezará su descubrimiento en el siguiente libro; y de
este valle empieza otra lengua muy diferente de la de atrás; porque
la gente que habla poblada por las sierras de Opón, toda hablaba la
habla y lengua del río grande, de donde traían muy buenos
intérpretes los españoles; y como llegados al valle de la Grita se
perdiese aquella lengua, hizo más dificultosa su jornada, o a lo
menos más dañosa, por no poder entender la lengua de la gente del
Reino; pero un indio que al principio de las sierras de Opón se
tomó, natural de las provincias del Nuevo Reino, después poco a
poco vino a entender la lengua castellana, que les fue harto
provecho. Esta lengua o indio fue llamado Pericón o Perico, pero
más comúnmente le llamaban Pericón.
Réstame ahora decir, para acabar de todo punto esta jornada del
río grande, que al tiempo que el general Jiménez de Quesada salió
del pueblo y alojamiento de La Tora, dejó en él al licenciado
Gallegos con los bergantines y la gente más enferma y que no podía
caminar, con otros algunos soldados para su defensa y guardia, con
pacto y concierto que en aquel pueblo le esperasen cierto tiempo
señalado, dentro del cual le enviaría recado y aviso de la tierra y
de lo que en ella hubiese, y que si el término se pasase sin que el
aviso se le enviase, se volviese a Santa Marta; y como después el
general entró en tierra donde no sólo no le convenía apartar de sí
un soldado, pero buscar quién le ayudase, pasose el término y
tiempo con que él había de dar aviso, y así el licenciado Gallegos
se embarcó con la gente que con él estaba y se volvió el río abajo
a Santa Marta, donde halló ya muerto al adelantado de Canaria, don
Pero Fernández de Lugo.