INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo undécimo  En que se escribe cómo el general Jiménez de Quesada envió los capitanes Céspedes y Fonte a descubrir por las sierras de Opón adelante.

 

Los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte, con veinte hombres que les fueron dados por su general, se partieron de donde él estaba y comenzaron a caminar, con sus armas y comida a cuestas, por un estrecho y angosto camino, subiendo por una asperísima y alta sierra, toda cubierta de muy espesa y cerrada montaña, que con dificultad les dejaba ver la claridad del sol, sin llevar persona que los guiase ni encaminase y diese alguna buena esperanza, que es la que suele hacer tolerables y pasaderos cualesquier trabajos por insufribles que sean; solamente iban sujetos a donde su fortuna y el remate de aquel camino que seguían les quisiese echar.

Verdaderamente yo no hallo que enteramente se puedan escribir los trabajos, riesgos, infortunios y otras adversidades a que se sujetan y ponen los hombres que semejantes descubrimientos toman entre manos; porque los que van a guerrear de reinos contra reinos, llevan entre las manos sus premios, y venlos cada día delante de sus ojos, y puesto caso que allí van sujetos a cien mil cuentos de peligros, el galardón que de próximo esperan haber con el despojo y saco de las ciudades, los trofeos y honras de las victorias, el tener presente a sus reyes, de quien esperan grandes premios y galardones, los anima a seguir semejantes guerras; pero aquí en este descubrimiento, en la una parte como he dicho, se quedaba el compañero arrimado a un árbol, muerto de hambre; en la otra arrebataba el caimán al pariente; en la otra llevaba el tigre al amigo; en la otra morían rabiando los soldados de las heridas que con hierba les habían dado; enfermedades, hambres que suelen hacer más intolerables los trabajos, y sobre todo, sin saber a dónde van ni qué galardón habrán, si serán tomados a manos de gentes no vistas ni conocidas, y por ellos hechos pedazos se meten ahora con ánimos invictos, cargados de sus comidas, y con sus armas a cuestas por una sierra adelante, que sólo el mirarla ponía temor, sujetándose en todo y por todo a la fortuna, que pocas veces suele dar esperanza con entero contento, porque les parecía que porque por aquel caminillo que seguían, bajaban aquellos panes de sal que venían de tierra, que no podía dejar de serles muy útil y provechosa.

Caminando pues nuestros descubridores, subiendo y bajando sierras, y pasando arroyos y barrancos, dieron en un lugarejo poblado en las propias montañas, de hasta doce casas, cuyos moradores, habiendo antes sentido la gente nunca por ellos vista que a sus casas iban, las desampararon y procuraron ponerse en salvo; los capitanes, hallando allí más abundancia de comida que donde había quedado el general Jiménez de Quesada, le enviaron a decir con ciertos soldados, que podía pasarse él y la gente que consigo tenía a aquel lugar, donde podrían mejor sustentarse, y si no quisiese hacer esto, les enviase de la gente que tenía consigo, para más seguramente pasar adelante con sus descubrimientos, y ellos y sus soldados pusieron toda diligencia en procurar haber algunos de los moradores de aquellos bohíos; pero como ellos se habían puesto en cobro, y era menester andarlos a cazar por las montañas como a fieras, no pudieron haber más de sólo un indio, que admirado y espantado de ver semejante novedad de gentes que la que en su pueblo veían, estuvo dos días con sus noches sin hablar palabra, creyendo que los españoles era alguna gente fiera y que comían carne humana, por lo cual esperaba que en breve le habían de dar la muerte y comérselo; pero viendo este bárbaro que su muerte se dilataba, y que no hacían de él lo que pensaba, a cabo del tiempo dicho habló a la lengua casi como hombre desesperado y que deseaba ya ver el fin y remate de su vida, con que todo temor se acaba, y le dijo: "estos barbados que ni son gente como nosotros ni animales de los que en los arcabucos se crían, ¿qué piensan hacer de mí?; si me han de comer, ¿por qué no acaban de darme la muerte?, y si no, ¿por qué no me sueltan y dejan que me vaya donde quisiere? Visto por los capitanes lo que el indio decía tan desesperadamente, lo comenzaron a consolar y decir con el intérprete que tenían, que sosegase su espíritu y no temiese recibir daño ninguno, porque ni eran gentes que comían carne humana, ni pretendían de él más de informarse de lo que adelante había, y de dónde él o sus compañeros traían aquellos grandes panes de sal, de la cual le mostraron un gran pedazo. El indio, perdido ya el temor de perder su vida, les dijo: que con mucha alegría les llevaría a donde aquella sal se hacia, y que les era necesario hacer comida o matalotaje para tres días que habían de caminar por despobladas montañas, lo cual los españoles hicieron con mucha alegría.

El general Jiménez de Quesada, aunque los españoles le llegaron con el recado y mensaje que sus capitanes le enviaban del lugarejo donde estaban, no le pareció que el camino de la sierra ni la subida de ella era tal que por entonces la pudiesen subir los caballos, y por no desampararlos ni dejarlos en aventura de que se perdiesen y los tomasen los indios, envió toda la gente que consigo tenía a donde los dos capitanes estaban, y él con ocho compañeros se quedó en aquellos bohíos con muy gran riesgo de sus personas, así por la poca comida que tenían como por enfermedades que luégo les dieron.

Llegó el socorro que el general envió a sus capitanes, y luégo se partieron con su guía y adalid para adelante, y pasados los tres días, llegaron al valle que por nombre propio de sus naturales es dicho Opón, de donde los españoles dieron la nombradía a toda la serranía que por aquel camino hay, desde el río grande hasta la tierra rasa del reino, a la cual llamaron las sierras de Opón. La guía llevó a nuestros españoles a dar en un lugarejo y pueblo de hasta ocho o diez casas, donde por no tener los moradores noticia de los españoles, estaban algo descuidados, y se tomaron una docena de personas, varones y hembras, entre los cuales había una india que parece que con más amor que los demás se aficionó a los, españoles, y, o porque ella debía estar mal con su cacique o por la poca fe que estos bárbaros suelen tener con sus mayores y compañeros, habló con la lengua o intérprete que llevaban y le dijo: "dí a esta gente que pues nos han preso a nosotros, que vayan también a prender a nuestro principal y cacique, que bien cerca de aquí está en ciertos regocijos".

Los capitanes enviaron luégo un escuadra llamado Juan Valenciano con ocho hombres, los cuales dieron en donde el cacique de Opón estaba celebrando unas bodas o desposorios con una nueva mujer que tomaba, y prendiéndolo con otras quince personas, interrumpieron sus regocijos y se volvieron a donde los capitanes habían quedado, los cuales se holgaron y alegraron mucho con la presencia y vista del cacique, al cual hicieron todo buen tratamiento, dándole de algunas cuentas de España y otros rescates que consigo llevaban, y le hablaron diciendo que ellos no le venían a damnificar en ninguna cosa, antes temían en mucho su amistad, la cual le conservarían y guardarían todo el tiempo que él no la quebrantase, y que al presente sólo querían que los llevase y encaminase al lugar y parte donde la sal que allí le mostraron se hacía, porque su capitán los enviaba a aquel efecto. El cacique mostró tener en mucho la amistad de los españoles, y les respondió, aunque con mal propósito, de hacer lo que le rogaban y llevarlos donde la sal se hacía. Los capitanes, visto esto, dieron luégo orden en hacer algunos alpargates con que sus españoles fuesen calzados; porque algunas jornadas habían caminado sin traer cosa alguna debajo de los pies, y así de unas hamacas o sábanas de algodón que allí hallaron, capitanes y soldados todos trabajaron dos días sin parar en hacer sus alpargates, unos haciendo suelas, otros encapellando y otros cruzando, y de esta suerte proveyeron aquella necesidad, que no era pequeña.

El cacique de Opón, pretendiendo librarse de las manos de los españoles o matarlos, había mandado que toda su gente estuviese con las armas en las manos, con propósito de meter los españoles por su población y que en ella fuesen acometidos y heridos de los suyos; pero Dios Todopoderoso estorbó que esta maldad de este bárbaro se efectuase, y fuese descubierta y remediada de esta manera. Yendo caminando los españoles y llevando por guía al cacique de Opón, la india que antes les dio aviso que prendiesen este cacique, les dijo asimismo cómo los llevaba por fuéra del derecho camino a meter en una celada o emboscada de indios que tenía puesta para matarlos; que mirasen lo que hacían, porque si lo seguían, todos serían muertos. Con esto los españoles se detuvieron, no pasando adelante por entonces, y tomando el capitán Céspedes al cacique le dijo, mediante el intérprete, que por qué era hombre de poca fe, y ésa tan mala y perversa, que habiéndoles prometido de serles amigo, y de llevarlos por camino derecho a donde la sal se hacía, les faltaba ya en todo, y torciendo la vía los llevaba a meter entre sus vasallos, que emboscados tenía puestos, para damnificarlos; que no curase de intentar aquellas novedades y maldades, sino que los llevase por derecho camino, porque si con obstinación pretendiese prevalecer en su maldad, en breve le darían una miserable muerte con que hubiese entero castigo de su locura y atrevimiento.

El cacique comenzó a negar la verdad y tropezar en sus palabras, por lo cual un soldado, de consentimiento de los capitanes, le dio un cintarazo de llano con la espada, que lo derribó en el suelo, y como el cacique viese que su persona empezaba a ser maltratada por su inconstancia y poca fe, envió luégo un indio a sus vasallos y súbditos, que dejadas las armas viniesen luégo con comidas y mantenimiento a cierto lugar, donde aquella noche habían de ir a dormir; y dejando aquel camino, guió y llevó a los españoles por su derecha derrota y vía; porque esta gente que en todo procuran imitar a los brutos animales, ninguna cosa hacen ni cumplen por virtuosos ni voluntarios respectos, sino forzados y constreñidos del castigo y cuchillo que presente tienen, y así los llevó aquel día a dormir a un alojamiento, donde sus indios acudieron, como él les había mandado, cargados de comidas, de las cuales dijo a los españoles que tomasen las que menester hubiesen para el camino de tres días que tenían de andar por aquella montuosa serranía, hasta llegar a otra población de indios, que a cabo de aquellas jornadas habían de hallar; lo cual fue hecho conforme al aviso, y los capitanes, gratificando al primer indio que tomaron en el primer pueblo, que hasta allí los había guiado, y dando algunos rescates y cosas de España, lo dejaron y enviaron a su tierra; y al cacique de Opón, porque no se les ausentase y dejase burlados, y quedasen sin ninguna claridad ni guía, le pusieron una soga al pescuezo y lo encomendaron a unos soldados que tuviesen cuenta con él y cuidado de guardarlo, y llevándolo por delante para que los guiase, caminaron por su serranía adelante, y andadas las tres jornadas de muy perverso y doblado camino, llegaron al valle que llamaron del Alférez, así por haber llegado primero a él que otro ninguno el alférez Antonio de Olalla, como porque después el propio alférez quedó en el valle con gente, como adelante se dirá.

En este valle del Alférez había más gente y naturales que atrás en el de Opón, algunos de los cuales trajeron a los españoles mucha comida, de la que en sus casas tenían, y aquí les tornó a avisar el cacique de Opón que hiciesen comida o matalotaje para otras tres jornadas que les quedaba de montaña despoblada, lo cual hecho, salieron del valle del Alférez y caminaron adelante en seguimiento de su demanda de la sal, y llegaron cumplidas las tres jornadas al valle de las Turmas, que después fue dicho el valle de la Grita, por las muchas voces y grita que dieron cuando después el general con toda la gente entró en él. Está este valle fuéra de todas las montañas y serranías de Opón, y al principio de la tierra rasa y alta del reino, cuya vista dio mucho contento a los españoles, así por los muchos caminos que de él salían, y humaredas de los naturales que veían, como porque no se les oponía por delante ninguna montaña, ni arcabuco, ni serranía que les estorbase la vista, la cual se extendía bien a lo largo. Los españoles se alojaron en unos bohíos o casas de indios que allí estaban, con abundancia de maíz y otras cosas de comer, pretendiendo descansar del trabajo pasado; y el capitán Céspedes, tomando consigo cinco hombres de los que menos habían sentido el trabajo, siguió por un camino de los que por delante tenían, y apartándose de los demás españoles obra de dos leguas, dio en un poblezuelo de indios, en el cual tomó casi treinta personas, y en un bohío que los indios tenían por templo, halló ofrecidas a sus simulacros ciertas piedras, esmeraldas pequeñas de poco valor, y un poco de oro fino, con todo lo cual dio la vuelta a donde los demás españoles habían quedado alojados.

|Capítulo duodécimo  En que se escribe la vuelta que los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte hicieron a donde su general estaba, y los españoles que en el camino dejaron, y de cómo el general se volvió al pueblo de La Tora.

 

Los capitanes Céspedes y Lázaro Fonte, aunque tenían necesidad de descansar algunos días en el valle de la Grita con su gente, que iba fatigada, no les daba a ello lugar el término que su general les había dado, dentro del cual se habían de hallar en el lugar donde lo habían dejado. Así, dende a otro día, dieron la vuelta muy regocijados con la tierra que habían visto y con la gente e insignias que de ella llevaban, y llegados que fueron al valle del Alférez, les fue necesario dejar allí gente, porque a uno de los soldados se le había desconcertado una pierna y no podía caminar ni lo podían llevar cargado, y así el propio alférez Antonio de Olalla se quedó allí con ciertos soldados, y prosiguiendo su torna vuelta, llegaron al valle de Opón, donde hicieron al cacique que consigo llevaban que los proveyese de más indios y comida para hasta donde estaba el general esperando.

El cacique lo hizo así, que trayéndoles la comida que fue menester y algunos indios que la llevasen, lo dejaron en su casa con gratificación de su trabajo, y en su amistad y gracia; porque aunque lo habían llevado casi aprisionado hasta el valle de la Grita, siempre se le había hecho buen tratamiento a su persona, por donde el indio no había tomado ningún particular odio con los cristianos, antes siempre daba muestras de holgarse con su amistad. De allí se volvieron los españoles a los bohíos primeros o lugarejo que en la sierra habían hallado, donde tomaron la primer guía, en los cuales había cantidad de maíz, y porque los indios no lo sacasen de los bohíos y lo llevasen a esconder a partes donde no pudiese ser habido, que sería muy gran daño para los españoles que por allí habían luégo con su general de pasar, se quedó en los bohíos el capitán Lázaro Fonte con unos pocos soldados, y el capitán Céspedes, con el resto de la gente y los indios cargados de comida, prosiguiendo su torna vuelta, llegó donde el general Jiménez de Quesada había quedado con sus ocho compañeros, parte de los cuales estaban enfermos de enfermedades contagiosas que allí les había dado; pero con la buena nueva de la tierra descubierta, que el capitán Céspedes les trajo, se alegraron muy mucho y cobraron aliento y fuerza para proseguir su descubrimiento.

El general acordó luégo volver a La Tora, para sacar de aquel alojamiento su gente y traerla toda en descubrimiento de la nueva tierra; y dejando en aquellos bohíos al pie de la sierra a su hermano Hernán Pérez de Quesada con algunos soldados que guardasen la comida que allí quedaba, se partió para el pueblo de La Tora, y llegado que fue al río o brazuelo por do había subido, le fue forzado dejar los caballos y gente con ellos que los guardase, y él embarcándose en dos pequeñas canoas con los capitanes Céspedes y San Martín y Valenzuela y Cardoso, navegó el brazuelo o río abajo tres días, en los cuales llegó junto al propio río, donde acaeció una cosa digna de escribirse, por haber sido por ella milagrosamente librados de la muerte el general y los demás capitanes que con él iban, y fue que al tiempo que llegaron junto al río grande, el general tuvo voluntad de saltar en tierra, y poniéndolo en efecto se estuvo allí un buen rato, recreando con los que con él iban, por los cuales fue persuadido y rogado que no se detuviesen más allí, pues tan cerca estaba la demás gente, que podía haber distancia de una legua hasta el pueblo de La Tora. El general les dijo que estaba de parecer y voluntad de dormir allí aquella noche; a los demás capitanes parecioles más locura que cordura lo que su general quería hacer. Muy obstinadamente le importunaron y rogaron que no lo hiciese, sino que fuese a dar algún contento a la demás gente, donde asímismo ellos podrían descansar. El general, viéndose tan importunado de los capitanes que con él estaban, se embarcó en las canoas, y estando ya para nevegar (encaminándolo así el Todopoderoso Dios, porque no pereciesen los capitanes que allí iban, que eran los más principales del campo, con su general) se tomó a desembarcar y a saltar en tierra, diciendo que no le importunasen, que él no quería pasar de allí aquel día. De esta novedad pesó mucho a todos los que con el general estaban; pero como eran obligados a obedecer a su mayor, callaron y quedáronse allí aquella tarde y noche a dormir.

Al tiempo que estas cosas pasaban al general y a los que con él estaban, habían venido al pueblo de La Tora, a guerrear con los bergantines y gente de tierra, más de quinientas canoas de indios muy belicosos que con su enherbolada flechería estaban dando batería; y si como los capitanes le importunaban al general se hiciera, todos ellos venían a dar en las canoas y manos de sus enemigos, donde en ninguna manera podían escapar de morir heridos de sus flechas o ahogados en el río; y como todo aquel día el número de las canoas de indios dichas, anduviesen disparando sus flechas contra los españoles, sin haber de ellos ninguna victoria, venida la noche se esparcieron y volvieron a sus puertos y casas.

Otro día de mañana el general y sus compañeros se embarcó y se vino derecho a La Tora, donde lo primero que topó fue dos bergantines que andaban asegurando el río y viendo si habían quedado por allí algunas canoas rezagadas y puestas en celada; los cuales, como descubriesen las canoas en que el general iba navegando, y por verlas de lejos no reconociesen la gente que era, les tiraron una pelota con un verso de los que llevaban; que si como en todo lo demás, en esto no le fuera favorable la fortuna a nuestro general, él acababa la vida por mano de los suyos, por haber dado la pelota tan cerca de la canoa en que él iba; y con temor de que los de los bergantines no secundasen con su artillería pensando que eran enemigos, y podían ofenderles, mandó luégo el general alzar una bandera que pudiese ser vista y divisada de la gente de los bergantines, los cuales luégo que la vieron, reconocieron ser su general, y volviéndose el uno a dar aviso al campo, que estaban bien tristes y congojosos con la tardanza, que había sido de cincuenta días, el otro se fue para las canoas, y saltando en él el general y la demás gente que con él iban, con gran gozo y contento se fueron todos juntos al alojamiento de La Tora, adonde aunque de la buena tierra que habían descubierto no tenían noticia, estaban con mucha alegría todos en saber la venida de su general, al cual amaban y estimaban mucho por su gran virtud y afabilidad. El general y los que con él iban fueron muy bien recibidos de los suyos, a los cuales se les dobló el contento desde que supieron el buen suceso que habían tenido los descubridores y la buena tierra que se había descubierto.

El general, como era hombre cristianísimo y dado a la cristiana religión, que aunque andaba metido en cosas de guerra y tráfagos que suelen quitar la devoción, no se olvidaba de los particulares beneficios que Dios le hacia, y en aquel descubrimiento tan milagroso le había hecho, hallando a los sacerdotes en disposición de celebrar, les rogó que dijesen misa e hiciesen especial sacrificio a Dios Todopoderoso, dándole gracias por el gran beneficio y merced que les había hecho en depararles una tierra donde esperaban que a Su Divina Majestad se haría gran servicio en la conversión de los naturales de ella. Toda la gente del campo oyó misa con mucha devoción y contente espiritual, haciendo devotas oraciones a Dios, suplicándole les llevase adelante lo que por su bondad y misericordia les había deparado; pareciéndoles con cristiana consideración que ninguna cosa puede ser bien guiada ni encaminada si primero no es referida y atribuida y encomendada a Dios Nuestro Señor, sin cuya voluntad la hoja del árbol ni ninguna criatura, racional ni irracional, no se mueve; porque pocos días antes se habían visto ciegos de todo punto, sin remedio ninguno de pasar adelante, ni de volver atrás.

Hechas estas cosas, el general comenzó a visitar su gente y campo, como buen capitán, la cual hallé tan desmayada y falta de salud y llena de enfermedades, que sintiendo, como era razón, la mucha gente que le había muerto, no pudo dejar de dar muestras de su sentimiento; porque demás de que desde que salió de Santa Marta hasta que llegó a este pueblo de La Tora, le habían muerto y consumido, de accidente y debilidad, más de doscientos hombres, con varios acaecimientos, según atrás quedan referidos, en este pueblo se le habían muerto casi otros tantos, de hambre y de enfermedades, sin los que hallaba enfermos. El sentimiento de estas cosas y el trabajo del camino y descubrimiento de do venía causaron a nuestro general una enfermedad no menos peligrosa para su persona que dañosa para su gente, de la cual estuvo muy afligido. Algunas personas, con celo de la salud de su general, y viendo la poca gente que le había quedado, y que parecía cosa temeraria con tan pequeño número de soldados, que no llegaban a doscientos, y esos mal sanos, querer atravesar la maleza y aspereza de una montuosa serranía, y tan larga como era la de Opón, que tenía cuarenta leguas de travesia, y demás de esto meterse por tierras no sabidas y que daban muestras de tener infinidad de naturales, aconsejaban y decían al general Jiménez de Quesada que no debía pasar de allí si de todo punto no aborrecía su salud y vida y la de sus soldados, y como hombre que le fatigaba el vivir, quería meterse donde sólo la maleza y aspereza de la tierra que habían de pasar bastaba a consumir otro mayor número de gente que el que allí tenía, y más sanos.

Pero ninguna de estas cosas era suficiente a mudar al general de su opinión, que acompañada de animoso vigor, deseaba hacer y salir con alguna cosa memorable, y en que hiciese servicio a Dios y a su rey; y así respondió a los que esto le decían y aconsejaban, que aunque su celo era bueno, la obra que de él se podía seguir era contra su honor, pues juntamente se le podía decir que se había vuelto de las puertas de una felicísima tierra, por su inconstancia, y que aunque en el camino muriese, él tenía por más gloriosa la muerte en aquella demanda que la vida con infamia, que de volverse se le podía seguir, y que les suplicaba que si querían conservar su vida y amistad que no le aconsejasen semejante hecho, pues ninguna cosa podría en él más brevemente consumir y quebrar estas dos cosas, que el persuadirle que se volviese; y así encubriendo con el buen ánimo que tenía las operaciones que la enfermedad en él hacían, dejó la cama y comenzó a dar orden en proseguir su jornada y no detenerse más en aquel pueblo, y así comenzó a encaminar su gente y soldados, llevando los más con bordones en las manos, porque como habían escapado flacos de la enfermedad, no podían caminar sin esta ayuda. El general asimismo prosiguió su camino, enfermo como motaba y purgado de un día, que puso gran duda a todos de su vida, por haberse de meter por camino tan fragoso; y enfermo caminó tras su gente, y sin suceder cosa notable llegaron al pie de las sierras, donde había quedado Hernán Pérez de Quesada, al cual hallaron con dos hombres menos, que le habían muerte los indios dueños de aquellos bohíos, por defender sus casas y quitarlas de poder de los españoles, que se las tenían y en ellas estaban. Allí descansaron ciertos días, después de los cuales comenzaron a subir y caminar por la sierra, no con falta de trabajos, porque iban abriendo el camino y aderezándolo con azadones, y hubo pasos en estas sierras donde por no poderse aderezar ni desechar, echaron por ellos a rodar los caballos a la aventura de si se tuviesen bien que no trompicasen o rodasen escaparían con la vida, y si no, forzosamente se habían de hacer pedazos; y con este trabajo caminó el general con toda la gente, recogiendo los que por el camino habían quedado, hasta llegar al valle del Alférez, al cual hallaron herido con otros soldados, porque los indios de aquel valle, queriéndolos echar de su tierra y casas, habían congregádose y venido con mano armada contra ellos, los cuales peleando con ánimos varoniles, se defendieron de ellos, mediante el favor divino, y los ahuyentaron, aunque con heridas de algunos, como se ha dicho.

Alojado el general en el valle del Alférez, como iba la gente cansada y fatigada del camino pasado, fuele necesario holgar allí algunos días para que su gente se reformase, al cabo de los cuales prosiguió su viaje, y pasando toda la serranía y montaña de las sierras de Opón, llegó al valle de la Grita, donde los primeros descubridores habían llegado. Es de saber que de este valle de la Grita empieza la provincia y gentes del Nuevo Reino de Granada, y así desde él empezará su descubrimiento en el siguiente libro; y de este valle empieza otra lengua muy diferente de la de atrás; porque la gente que habla poblada por las sierras de Opón, toda hablaba la habla y lengua del río grande, de donde traían muy buenos intérpretes los españoles; y como llegados al valle de la Grita se perdiese aquella lengua, hizo más dificultosa su jornada, o a lo menos más dañosa, por no poder entender la lengua de la gente del Reino; pero un indio que al principio de las sierras de Opón se tomó, natural de las provincias del Nuevo Reino, después poco a poco vino a entender la lengua castellana, que les fue harto provecho. Esta lengua o indio fue llamado Pericón o Perico, pero más comúnmente le llamaban Pericón.

Réstame ahora decir, para acabar de todo punto esta jornada del río grande, que al tiempo que el general Jiménez de Quesada salió del pueblo y alojamiento de La Tora, dejó en él al licenciado Gallegos con los bergantines y la gente más enferma y que no podía caminar, con otros algunos soldados para su defensa y guardia, con pacto y concierto que en aquel pueblo le esperasen cierto tiempo señalado, dentro del cual le enviaría recado y aviso de la tierra y de lo que en ella hubiese, y que si el término se pasase sin que el aviso se le enviase, se volviese a Santa Marta; y como después el general entró en tierra donde no sólo no le convenía apartar de sí un soldado, pero buscar quién le ayudase, pasose el término y tiempo con que él había de dar aviso, y así el licenciado Gallegos se embarcó con la gente que con él estaba y se volvió el río abajo a Santa Marta, donde halló ya muerto al adelantado de Canaria, don Pero Fernández de Lugo.
 

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