|Capítulo séptimo
Que trata de
cómo el general
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7
Jiménez de Quesada salió de Chiriguaná,
y lo que le sucedió hasta llegar a la provincia de
Sompallon.
Poco tiempo se detuvo el general Jiménez de Quesada en
Chiriguaná, porque según la priesa con que caminaba y el brío y
valor con que seguía su jornada, le era odioso todo ocio y reposo;
y así, salido que fue de Chiriguaná, dio de repente en unos campos
despoblados de naturales, donde de golpe le faltó la comida y
mantenimiento, de tal suerte que si la gente de a caballo no
alcanzaran y mataran algunos venados que por aquellas campiñas y
cabañas había gran cantidad, ciertamente pereciera muy gran parte
de la gente; aunque no dejaron de morir algunas personas que venían
enfermas, a quien el hambre y falta de comida hizo irremediables
sus enfermedades, y de este daño y hambre fueron causa las guías
que llevaban, que eran españoles, que ya otra vez habían andado
aquel camino, los cuales, por no mirar con la diligencia que era
razón, al tiempo que salieron de Chiriguaná, el camino que tomaban,
erraron la vía derecha y que habían de llevar, y así metieron el
campo y gente donde hubiera de perecer si el camino despoblado se
dilatara más, porque no duró más que hasta doce días, al cabo de
los cuales sin saber dónde iban, dieron de repente, encaminados por
Dios Todopoderoso, para que tanta gente no pereciese, en un
lugarejo de indios, en el cual se tomaron algunos para guias, que
en tres días sacaron al general y a su campo y gente fuéra de toda
calamidad de hambre, y lo metieron en las poblaciones de
Tamalameque y provincias de Pacabueyes, provincia grande y de
muchos y ricos naturales; andase toda y sirviese por agua en
canoas, así por las muchas y grandes lagunas que en ella se hacen,
que hoy son llamadas las lagunas de Tamalameque, como por atravesar
por esta provincia el caudaloso río de Cesar, que saliendo de todas
las provincias comarcanas al valle de Upar, entra en el río grande
de la Magdalena.
En esta provincia de Pacabuey, es la más señalada población la
del señor y principal Tamalameque, donde los españoles se
aposentaron, así por ser pueblo muy vicioso y abundante de todo
género de frutas de Indias, como por el sitio y asiento de ella,
que está todo cercado de agua a manera de isla, con tener de tierra
firme no más de una sola entrada muy angosta, porque por la una
parte la cerca el río Cesar, y por las otras las lagunas y lagos
que por allí se hacen; de más de esto es famoso entre aquellos
naturales de Pacabuey, este pueblo de Tamalameque, por ser de gran
contrato y muy fértil y abundante de comidas, y que el señor de él
es persona valerosa y temida de sus comarcanos en paz y en guerra,
poseedor de muchas y muy fértiles tierras que cerca de su población
están, y no menos es digno de notar el modo con que el pueblo de
este señor y principal está asentado entre esta isla, el cual está
dividido en tres barrios y colaciones puestas en triángulo, todos
de un mismo grandor y número, y aunque este pueblo donde el
principal de aquella provincia habitaba no era de excesivo grandor,
sujetaba y poseía debajo de su mano otras muchas poblaciones que
alrededor de sí tenía, y corría la fama y contrato de Tamalameque
casi hasta Santa Marta.
Este principal, teniendo noticia de cómo los españoles se
acercaban a su pueblo, juntó sus gentes de guerra y con las armas
en las manos los esperó para resistirles y defenderles la entrada;
pero como el general Jiménez de Quesada de atrás trajese noticia de
este pueblo y principal de Tamalameque, y de su poder y grandeza,
también venía apercibido con su gente para lo que se le ofreciese,
y como se acercase al pueblo y lo quisiese entrar por aquella
angosta entrada que por tierra firme tenía, fuele por los indios
con mucha furia y ánimo estorbado el paso, el cual por su
estrechura no daba lugar a que los españoles de tropel o algunos
juntos pudiesen arremeter, sino que uno a uno como por contadero
habían de pasar; pero al fin, mediante la buena industria del
general y ánimo de sus soldados, pasó; los españoles entraron, y
rebatiendo los indios que en su defensa estaban, les fueron ganando
el pueblo, hasta que de todo punto entraron en él, lo cual por
aquel paso hasta entonces no se había hecho por ningunos españoles
de Santa Marta ni Venezuela que a este pueblo hubiesen llegado; y
hallando tan buen aderezo para que la gente descansase y se
reformase del trabajo y hambres pasadas, determinó el general de
alojarse por algunos días en este pueblo, donde envió al capitán
Juan de San Martín con gente de a pie y de a caballo a que
descubriese y viese el río grande, porque hasta entonces no lo
habían podido tomar.
San Martín se partió, y con harto trabajo y riesgo suyo y de los
que con él iban, por causa de las lagunas y ciénagas que por
delante tenía, que le eran gran estorbo o impedimento para él
atravesar a buscar el río grande, dio en el dicho río de la
Magdalena, y buscando paso para pasar de las lagunas para arriba,
halló que no había otro más acomodado que la boca del río
Cacare
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8
, donde se junta con el de la Magdalena,
y también se procuró informar si venían cerca los bergantines de
indios que por el río grande navegaban y habitaban
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9
, de los cuales tomó algunos y le
dijeron cómo venían muy lejos el río abajo, y no llegarían tan
presto a aquel paraje; de todo lo cual envió aviso al general, que
estaba alojado en el pueblo de Tamalamaque, y él se quedó con la
más gente que tenía guardando aquel paso del río Cesar, porque en
él no les fuese puesto algún impedimento o celada por los
indios.
Luégo que el general Jiménez de Quesada supo lo que su capitán
San Martín le enviaba a decir, se salió del pueblo de Tamalameque
con toda su gente, después de haber veinte días que en él se había
alojado, y caminó no con menos trabajo del que los primeros habían
llevado hasta donde San Martín les estaba esperando, y allí se
alojó con su campo, pero la falta de la comida que siempre les
perseguía no le dejó reposar mucho, antes luégo le constriñó a que
pasasen el río Cesare, el cual pasaron en pequeñas canoas, con
harto riesgo y peligro de las vidas de muchos por no tener el
sostén y hueco que se requería para navegar gentes bisoñas y
chapetonas. Este nombre chapetón o chapetones comúnmente se usa en
muchas partes de Indias, y se dice por la gente que nuevamente va a
ellas, y que no entienden los tratos, usanzas, dobleces y cautelas
de las gentes de Indias, hombre que ignora lo que ha de hacer,
decir y tratar.
Pasada toda la gente de la parte de arriba del río Cesare, el
general caminó por las riberas del río grande arriba, sin detenerse
en ninguna parte hasta llegar a la provincia de Sompallon por ser
abundante de comidas y estar concertado que en esta provincia había
de esperar los bergantines y barcos, y aunque parecía que el camino
desde Santa Marta hasta Sompallon era cosa sabida, y por eso menos
dificultosa, no dejaron de pasarse muchos y muy excesivos trabajos
de hambres y enfermedades, ríos, ciénagas, arcabucos y montañas y
aguas que llovían, con los cuales trabajos perdió y se le murieron
al general desde que salió de Santa Marta hasta que llegó a esta
provincia de Sompallon cien hombres; y después como por esperar a
los bergantines forzosamente hubo de detenerse algunos días y aun
meses en Sompallon, con tan largo ocio comenzole a dolecer mucha
gente y muy de golpe, y a morírsele cada día; porque como toda la
más de la gente que consigo llevaba era de poco tiempo venida de
España y no estaban curtidos de los aires y vapores de la tierra, y
después de esto la región de Sompallon donde estaban era muy
malsana y de mala constelación, inficionábanse los hombres con los
malos humores que todas estas cosas les atraían y fácilmente eran
consumidos y muertos, sin poderlos remediar ni guarecer; lo cual
visto y reconocido por el general, y que la tardanza de los
bergantines le era causa de recibir mayor daño y mortandad en su
gente, envió con toda presteza al capitán San Martín con cierta
gente, que volviendo el río abajo caminase a grandes jornadas hasta
encontrar los bergantines, a los cuales diese toda la priesa
posible, para que su tardanza no fuese causa de más daños, lo cual,
como con discreción militar considerase el general Jiménez, fue
gran remedio para el mal y daño que en su gente había venido,
porque como San Martín caminase con la presteza que le fue
encargada, no deteniéndose punto en el camino, a pocas jornadas dio
con los bergantines, que reposadamente y con recreación navegaban,
en los cuales se metió con los que con él iban, y con más brevedad
de la que se esperaba, llegaron a Sompallon; donde con la vista los
unos de los otros fueron grandemente regocijados y congratulados, y
los enfermos recibieron particular contento y alegría, así por
algunos regalos que en los barcos se traían para su sustento y
comida, como porque esperaban navegar en ellos, con menos trabajo y
riesgo de sus debilitados y flacos cuerpos; los de los bergantines
dieron noticia al general Jiménez de Quesada del mal suceso y
pérdida que hubieron en la primer salida y de otras muchas
guazabaras y batallas navales que en el río habían tenido con los
indios y naturales, que a las riberas de él estaban pobladas,
saliendo a ellos con poderosísimas armadas de canoas.
| Capítulo
octavo
En que se escribe
cómo el general
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10
Jiménez de Quesada salió de la
provincia de Sompallon con su gente, y de las calamidades, muertes,
hambres y otros trabajos que a él y a su gente le sobrevinieron en
el camino.
En ocho días que la gente de los bergantines descansó en el
alojamiento y provincia de Sompallon, al general Jiménez de Quesada
no le eran de tanta recreación y contento aquellos días como a los
demás, porque como por ser general estuviese obligado a prevenir y
proveer las cosas necesarias al bien y conservación de su gente, y
a la prosecución de su jornada, y de su buena diligencia y cuidado
pendiese todo, especialmente el remedio de mucha gente enferma que
allí tenía, que era lo que más pena le daba, pretendiendo no gastar
más tiempo y sujetarse a lo que la fortuna quisiese hacer; porque
como el invierno entraba, y el río crecía, y el número de los
enfermos aumentaba, y era tan grande que todos no podían ser
llevados en los bergantines, pues los enfermos no los habían de
navegar ni defender de las gentes que en el río habitaban, cuya
principal guerra es por el agua, metió el general los más enfermos
que pudo en los bergantines, e hízolos navegar el río arriba, y él
con todo el resto de la gente comenzó a caminar por tierra las
riberas del río arriba, poniendo gran solicitud y cuidado en que no
se le quedase atrás ningún enfermo, a los cuales socorría con sus
propios caballos, yéndose él a pie todo lo más del camino por
favorecer y guarecer las vidas de muchos, que consumidas las
fuerzas naturales de la enfermedad no podían caminar. Lo mismo
hacían los demás capitanes y personas principales, usando con gran
loa y alabanza de sus personas de toda misericordia con la gente
enferma, poniéndose ellos en riesgo de cobrar otras tales
enfermedades del trabajo del caminar a pie.
Pero ninguna cosa hacía tolerables y ligeros estos trabajos, la
bondad del camino que llevaban, porque como los naturales que en
las riberas de aquel río habitan su principal trato, comercio y
comunicación sea por el agua en canoas y no por tierra, no hallaban
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ningún camino hecho ni abierto, y así
eran forzados a ir rompiendo muy altos y espesos arcabucos y
montañas de que está acompañada toda la mayor parte de las riberas
de aquel río, y este trabajo era tan cuotidiano que si los soldados
con los machetes y azadones y hachas, no iban abriendo y rompiendo
lo que se había de caminar, en ninguna manera era posible pasar
adelante. Por otra parte hacía más duro y excesivo el trabajo de
estos españoles la inundación del río, porque como ya las aguas
hubiesen comenzado a caer y el río a crecer, inundaba y anegaba
muchas partes de la tierra, por donde los españoles forzosamente
habían de pasar, y otros muchos ríos y crecidos arroyos que venían
a dar al río grande, donde les era forzoso hacer puentes de madera
y otras machina y artificios con que poder atravesar las hondables
ciénagas, inundaciones y ríos que por su hondura no se podían
vadear, y no sólo la creciente del río les causaba estos trabajos
pero muy nocibles daños, porque como por las ciénagas que se podían
vadear, entrasen algunos caimanes, que como he dicho son pescados
de a diez, doce, quince, veinte y más pies de largo, de hechura de
lagartos y de ferocidad de carniceras y caribes fieras eran de
ellos con gran ímpetu arrebatados algunos soldados al pasar de
algunas ciénagas y ríos, y sumergidos debajo del agua, sin poder
ser remediados ni socorridos, y así reciben muy miserables y
crudelísimas muertes. Por parte de tierra menos seguros iban y con
no menor temor
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de recibir semejantes daños, porque
como en todas aquellas riberas y tierras comarcanas al río grande
había gran número de tigres, animales ferocísimos y enemicísimos de
la humana naturaleza
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13
, los cuales por su bruto
y desvergonzado atrevimiento jamás dudan de acometer a hacer presa
entre mucha gente, aunque esté armada y sobre el aviso, y así
venían a los alojamientos y caminos por do la gente caminaba, y a
traición, haciendo presa en algunos españoles, se los llevaban para
su mantenimiento, sin poder ser socorridos ni librados de sus uñas
crueles
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14; porque al tiempo que hace la presa
este animal es tan veloz y ligero en el acometer y tan cruel en el
echar mano o asir del hombre, que del primer golpe queda con las
manos y uñas segundando con la presa de la boca, que aunque le
quiten la presa de entre las manos, no tiene remedio su vida, y por
eso pocas veces los soldados y españoles procuran seguir un anmal
de éstos a quitarle el hombre que ha tomado, el cual llevan a
cuestas o arrastrando con tanta facilidad como un gato lleva un
ratón, cuya similitud, así en el talle de la persona como en el
acometer y hacer la presa, es muy grande la que el tigre
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tiene al gato, excepto que es de
grandor de un muy crecido mastín y mayor.
La constelación del cielo no les era nada favorable a los
nuestros, porque dejado aparte los corruptos aires y vapores que en
la tierra influían y engendraban, causadores de muchas enfermedades
y mal humor, caían unos aguaceros que por particular influencia del
cielo y exhalaciones de la tierra, de las gotas de agua se
engendraban en las carnes un género de gusanos extraño, aunque en
las Indias es general en muchas partes, los cuales se criaban en
las carnes de los hombres sin haber en ellas ninguna llaga ni
postema, sino que en lo más sano del cuerpo se congelaba y
engendraba sin sentir este gusano, y yéndose metiendo en la carne,
deja por la parte de afuera un muy pequeño agujero como de punta de
alfiler, por donde respira, y él por la parte de dentro se va
rehaciendo y reformando de la substancia de la carne, y allí se
hace tan grande como cualquier gusano de los que los bueyes crían,
a los cuales llaman barros, y los matan con ponerles encima un
parchecito de diaquilón o trementina. De esta plaga, sobre las
demás, fueron asímismo perseguidos y atribulados nuestros
españoles; aunque sobre la congelación y engendración de estos
gusanos hay muchas y diversas opiniones, que unos lo atribuyen a
los aguaceros, y otros a la constelación y vapores malos de la
tierra, y por aquí van tratando, como he dicho, muchas diversidades
de pareceres.
Pero como dice el vulgar castellano, todos los duelos, etc., de
lo cual les sobrevino tanta falta, que les constreñía y forzaba a
imitar muchas veces la brutalidad y crueldad de los tigres y
caimanes; porque dejado aparte el comer los cueros unas y otras
partes impúdicas de los caballos que se morían, lo cual tenían por
muy particular y preciado regalo, había y hubo hombres que por
conservar su vida procuraban con diligencia ver y saber si acaso se
quedaba algún hombre muerto, a cuyo cuerpo acudían y cortaban y
tomaban de él lo que les parecía, con lo cual oculta y
escondidamente guisándolo, y aderezándolo al fuego, comían sin
ningún asco ni pavor sus propias carnes, y hubo y les sobrevino
tiempo en que considerando la canina hambre que entre los españoles
había, miraba cada uno por su persona temiendo que el hambre no
fuese causa de recibir por mano de sus propios compañeros la
muerte; y aunque los bergantines iban navegando por el río para
prevenir estas necesidades y hambres, no podían dar bastimento a
tanta gente, porque ya en este paraje las poblaciones de los indios
eran ralas, y esa comida que tenían, la ponían con tiempo en cobro,
alzándola y escondiéndola en lugares ignotos, y que no podían ser
hallados de españoles; y así se iban cada día muriendo de enfermos,
débiles, flacos y hambrientos muchos españoles, demás de los que
tigres y caimanes vivos arrebataban, y hombres hubo que con la gran
aflicción y dolor que hambrientos y caminando padecian, tenían por
mejor quedarse por las montañas y arcabucos y padecer con reposo
que ir caminando y muriéndose, y así vivos se quedaban muchos,
escondiéndose, porque la gente que el general Jiménez de Quesada
llevaba puesta de retaguardia, para que con semejantes desesperados
hombres tuviesen cuenta, no fuesen ni fueron vistos, y aunque
después los volvían a buscar, no eran jamás hallados.
La pesadumbre y carga de estos trabajos en los que morían lo
hacía más ligera el consuelo espiritual que tenían por mano de dos
sacerdotes, que en el campo venían, tan sujetos a los trabajos y
calamidades referidas, como los demás soldados; el uno era Antón de
Lezcano, clérigo de la orden de San Pedro, natural de la villa de
Mula, y el otro, fray Domingo de las Casas, fraile de la orden de
Santo Domingo. Estos dos sacerdotes era el principal refrigerio que
los enfermos tenían, confesándose con ellos y haciendo las otras
cosas que como cristianos eran obligados, y así con más ánimo y
esperanza de gozar de la bienaventuranza eterna, morían muchos
enfermos y particularmente por haber salido también proveído de
sacerdotes, cosa muy necesaria para el bien espiritual de las
ánimas, es digno del general Jiménez de Quesada de gran loor y
alabanza y premio espiritual y temporal.
| Capítulo noveno
Es que se
escribe lo que le sucedió al capitán Juan Tafur yendo a caza de
venado, con un oso hormiguero, y cómo el general Jiménez con toda
la gente llegó a los cuatro brazos.
La falta de la comida y algunas veces el deseo de recrearse,
eran ocasión de que después de alojados los españoles, y algunos
días que paraban y descansaban por ser festivales y por otros
forzosos respectos, saliesen soldados a caza de venados, en sus
caballos, en los cuales algunas veces se hacían muy buenas
monterías, alcanzándolos con los caballos y alanceándolos, y esto
no con mucha dificultad, porque como en toda tierra caliente, todos
los venados sean de menos aliento que los de tierra fría, y los
pajonales y yerbazales les sean gran estorbo e impedimento para
correr, y el calor del sol les menoscabe de todo punto el anhélito,
y hacíanse muy buenas monterías sin perros, más de con solos los
caballos, y muchas veces a estos cazadores y monteros les sucedía
adversamente, porque en lugar de venados hallaban animales feroces,
como tigres, leones y osos y otras fieras que les ponían en
confusión y aun detrimento de perderse o ser muertos de ellas, y
esto se pareció bien en una salida que el capitán Juan Tafur hizo
en compañía de otro soldado llamado Palacios, que yendo a cazar o a
lancear venados, en lugar de la caza que buscaban hallaron un oso
hormiguero, animal que aunque no es muy crecido de cuerpo, es
espantable por la monstruosidad y terrible aspecto que en él puso
naturaleza, y siguiéndole con los caballos dábanle alcances todas
las veces que querían, pero heríanle poco.
Juan Tafur, que era hombre versuto y de recias fuerzas, porque
el oso se les acercaba a un monte arcabuco o montaña que por
delante tenían, hiriole reciamente atravesándole la lanza por el
cuerpo, y con la fuerza que puso al sacarla, y el desdén que el oso
hizo, la quebré por medio; pero con la rabia y coraje que este
animal tuvo de verse tan mal herido, dio un salto al través, de que
se juntó a la cola del caballo de Tafur, y tomándola con entrambas
manos, comenzó a trepar y subir por ella arriba a las ancas del
caballo, sin que las coces y corcovos que el caballo tiró pudiese
echar de sí al oso, antes agarraba tan reciamente por las piernas y
ancas del caballo arriba, que hincando sus crecidas uñas por el
cuero y carne, lo tenía muy sajado y mal herido. Juan Tafur sacó su
espada, para con ella herir y echar de si al oso, pero como ya
tuviese el hocico y cabeza conjunta con sus espaldas, no le pudo
hacer ningún daño, ni menos el oso hacía a Juan Tafur con la boca,
por tenerla muy estrecha, y no aprovecharse de ella en ninguna
manera para morder, mas toda su ofensa y defensa es con las uñas,
con las cuales aún no había podido hacer presa en Juan Tafur, y
verdaderamente lo pasara mal, porque ya había perdido el un estribo
y la ación del otro se le habla quebrado con la fuerza que había
hecho, y estaba echado sobre la cerviz y pescuezo del caballo,
cuando se le acercó su compañero Palacios, el cual con la lanza que
tenía hirió de otra mala lanzada al oso encima del caballo donde
estaba, con la cual le forzó a que se tornase a bajar por do habla
subido, y abrazando con ambos brazos y gran fuerza ambas piernas
del caballo, lo tuvo así, rompiendo el cuero y carne, hasta que se
apeó Juan Tafur o se arrojó del caballo, y tuvo lugar el caballo de
mandarse más libre y sueltamente, y usando de todas sus fuerzas y
poder echó de si a coces al oso, el cual con estar tan mal herido
aún no habla perdido de todo punto su braveza y brío, antes con su
bestial ímpetu se comenzó a retirar herido como estaba y a irse
metiendo por un espeso pajonal. Siguiole Palacios y dióle otra
lanzada con que le hizo caer de un lado, donde pretendiendo
defenderse de los que le perseguían, comenzó a hacer rostro contra
ellos, pero como por muchas partes y heridas respirase y perdiese
por ella la furia y coraje, tuvieron lugar de llegarse más cerca y
desjarretarlo y acabarlo de matar. Lleváronlo cargado al
alojamiento de los demás españoles, y fue tenido en tanto como si
fuera venado, porque repartiéndolo entre los más amigos y personas
principales, lo comieron, sin que de él se perdiese cosa alguna. De
la manera y condición de este animal se dirá adelante en la
población de San Juan de los Llanos; por eso no será necesario
tratarlo aquí.
Pasadas algunas jornadas de donde fue este suceso, ya el río se
iba ensangostando y la sierra juntando, pobladas de muy espesas y
crecidas montañas, dando evidentes muestras de ser dificultosa la
subida y pasada arriba, cuando el general con la poca gente que le
quedaba llegó a un pueblo de indios que de nombre de sus naturales
era llamado La Tora, y los españoles le dijeron Barrancas Bermejas,
y por otro nombre se llamó el alojamiento de los cuatro brazos,
porque en poco compás se juntaban allí cerca cuatro ríos al río
grande; y viendo el general que en aquel pueblo de La Tora habla
algunas comidas, y que era acomodado sitio para descansar algunos
días, y que la serranía que por delante tenía le mostraba
claramente no ser cosa acertada pasar de allí con toda su gente,
sin primero por el río ver lo que adelante estaba, y había alojado
con todos estos presupuestos en este pueblo de La Tora, y no
perdiendo punto, porque la comida que allí había era muy poca para
tanta gente, envió dos bergantines, los más ligeros, con gente bien
dispuesta, que navegasen lo que pudiesen el río arriba, y viesen lo
que en él había y la disposición de la tierra, si era poblada y
andadera para pasar adelante, y viniesen con la presteza a ellos
posible, a darle aviso.
Los dos bergantines se partieron, y a pocas jornadas que
navegaron el río arriba, fueron impedidos de la gran corriente del
río, porque como la serranía se estrechaba y juntaba por allí, y
asimismo la canal del río hacía la furia y corriente del agua muy
mayor, de suerte que, como he dicho, impedía la navegación hacia
arriba a los bergantines, demás de esto la tierra o barrancas del
río eran muy bajas, por lo cual estaban cubiertas de agua,
inundadas y anegadas todas, y en todo lo que navegaron desde que se
apartaron del pueblo de La Tora para arriba, no hallaron ninguna
población ni ranchería de indios, antes todo les pareció tan áspero
y malo, y de muy espesas y crecidas montañas, que se les figuró que
de ninguna manera podrían pasar gentes de allí para arriba, y con
esto se volvieron al alojamiento de La Tora, y de ello dieron
entera relación a su general.
| Capítulo
décimo
En que se escribe
cómo el general
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16
Jiménez de Quesada envió al capitán
San Martín a descubrir en canoas por un río que de la sierra
bajaba.
Estaba el general Jiménez de Quesada con esta nueva que del río
arriba los bergantines le trajeron penitus perplejo de todo punto,
pues le habían significado y dicho que pasar adelante era imposible
y el volver atrás a él no le era factible
|
17
, porque
le parecía cosa indigna de su persona y de otros muchos caballeros
y soldados que con él estaban, dar la vuelta sin haber hecho cosa
que a sus ojos pareciese memorable ni digna de ser escrita; porque
los trabajos, hambres y muertes de sus soldados y compañeros y
suyos que hasta allí se habían pasado y padecido, los tenían
puestos en olvido y por muy extraños, con el ánimo y brío que para
pasar y sufrir otros muy mayores que la fortuna les ofreciese
tenían presente, y así no había cosa más odiosa a los oídos del
general y de muchos de los capitanes y soldados que el tratar de
volverse el río abajo.
Consideraba el general, y no sin discreción, de la cual era
adornado, que en algunos pueblos de los del río, que atrás habían
quedado, se hablan tomado ciertos pedazos de sal de la que en el
Nuevo Reino se hace, que es muy diferente, en cuanto a la
proporción, de la de la mar, que comúnmente es en grano, y estotra
del Reino es en panes muy grandes, a manera de pilones de azúcar,
que aquesta nueva manera de sal no era de la mar sino de alguna
provincia rica de tierra, y aunque a los naturales del río se les
preguntaba y había preguntado de a dónde trajesen aquella nueva
manera de sal, nunca daban entera razón de lo que se les
preguntaba, y sal por otra causa deseaba el general que ya que no
podía subir el río arriba, ver mi podría atravesar la serranía que
sobre mano izquierda tenía, y con este designio habló al capitán
San Martín que de su compañia tomase la gente de mejor disposición
y más sana que le pareciese, y con seis canoas navegase por un
brazo o río que de aquella propia serranía bajaba y se juntaba con
el río grande, hasta verle el remate, y procurase hacer por
descubrir algún camino y población o claridad que los guiase y
pasase de la otra banda de la cordillera que él tanto deseaba.
El capitán San Martín, con veinticinco hombres, se embarcó en
sus canoas, y navegando el brazuelo arriba anduvo todo lo que pudo,
hasta que la gran corriente de la sierra le estorbó el navegar de
las canoas y no poder pasar adelante con ellas; y antes de llegar a
este lugar había el capitán San Martín topado a la orilla de este
río dos o tres bohíos como ventas y aposentos de mercaderes y
pasajeros, en que los naturales que por allí contrataban dormían y
descansaban; y como forzado de la gran corriente e ímpetu del agua,
hubo San Martín de dejar las canoas, y con su gente se metió la
tierra adentro, donde dio en un camino y senda no muy ancho, por el
cual siguiendo y caminando obra de dos leguas, dio en uno o dos
lugarejos de indios de hasta cinco o seis casas, cuyos moradores se
habían ausentado sintiendo los españoles; en los cuales bohíos
halló ciertos panes de sal, de la que he dicho que en el Nuevo
Reino se hace, y asimismo ciertas mantas pintadas; y como San
Martín hallase tan buenas insignias de lo que buscaba, deseó haber
algún indio de los de por allí, para que le diese lumbre y claridad
de lo que pretendía, pero no hallándolo, siguió un camino que hacia
la sierra se enderezaba, por el cual caminando halló así mismo
algunos bohíos y ventas de depósito, en que había cantidad de panes
de sal, y deseando dar en la región y provincia adonde aquella sal
se hacía, caminó hasta llegar al pie de la propia sierra, donde
asímismo había ciertos bohíos con sal y en todos los de atrás, y
estos últimos había alguna comida de maíz, aunque no mucha.
Llegado San Martín al pie de la sierra, fue inducido a pasar
adelante por algunos de los soldados que con él estaban, pero no le
pareció acertado hacerlo, porque demás de haber algunos días que
habían salido del alojamiento de La Tora, estaban casi treinta
leguas apartados de la gente, y ellos eran pocos para si hubiesen
de dar en alguna población de indios belicosos; y así acordó no
pasar de allí, sin volver a dar cuenta de lo que había visto y
hallado al general; y haciéndolo así, se volvió adonde había dejado
las canoas, las cuales halló porque dejó en ellas españoles que las
guardasen, y embarcándose en ellas con sus compañeros, llegó a La
Tora, donde con la buena nueva que llevó dio muy gran contento a
toda la gente y especialmente al general que tanto había deseado y
deseaba hallar rastro y camino por do aquella sal venía y era
traída, y así el propio general Jiménez de Quesada propuso luégo
por su persona ir a hacer aquel descubrimiento y proseguir aquel
camino que San Martín para la sierra había hallado, y con toda
presteza mandó apercibir la gente que de a pie y de a caballo
habían con él de ir, y puestos todos a punto, se partió el general
por tierra, llevando las canoas por el río, en tiempo de muy recias
aguas que así en la sierra como en lo llano llovían; y marchando
con el continuo trabajo de ir abriendo camino por ser la tierra
montuosa, fue bajando por las riberas del brazuelo y río que San
Martín había andado arriba; que habría desde el pueblo de La Tora
hasta la primer venta o bohío que San Martín había descubierto de
sal, catorce leguas, en las cuales fueron nuestros generales y
españoles tan acompañados de trabajos cuanto hasta allí los habían
traído, porque de más de haber de ir abriendo el camino a pura
fuerza o industria de brazos, con las muchas aguas el río creció en
tanta manera, que inundando mucha parte fuéra de su natural camino
y corriente, constreñía a nuestros capitanes y soldados que de día
anduviesen y caminasen como peces por el agua, y de noche se
subiesen a dormir a los árboles, y esos pocos caballos que consigo
llevaban no eran en nada reservados, porque durante el tiempo que
la inundación y creciente del río tuvo, que fueron casi diez días,
siempre dormían el agua a la cincha, y los soldados que a pie
caminaban, todo este tiempo la llevaban casi a los pechos; y en el
comer se padecía el mismo trabajo, porque como la gran creciente
del río les detuvo en el camino más de lo que habían de estar hasta
llegar a las ventas donde había comidas, acabóseles ese poco
matalotaje que de La Tora sacaron, antes de tiempo.
Dábase por ración a cada capitán y soldado cuarenta granos de
maíz tostado, por día, y así el mayor regalo que en estas catorce
leguas de camino y navegación tuvieron, fue un perro que por yerro
se habla venido tras de ellos de La Tora, con cuya carne se hizo un
célebre convite a los principales, que entre ellos no fue menos
estimado ni menos tenido que los que algunos emperadores romanos
acostumbraban dar, en que gastaban gran parte de lo que las rentas
de su imperio rentaban; y puédese creer, y así lo afirman algunos
de los que presentes se hallaron, que pies, manos, cabeza, tripas
ni pellejo del perro dejó de ser tan aprovechado como si fuera un
muy gentil carnero, y aún más, porque pocas veces se aprovecha el
pellejo de un carnero, si no es para efectos de poca importancia, y
el de este perro aprovechó para comer.
Al cabo del dicho tiempo llegaron a la primer venta, que fue
entero remedio de toda la gente que con el general iban, porque a
tardarse los soldados dos días más, no pudieran llegar ni menos
pudieran tornar, porque todos o los más perecieran, pues era
imposible poderse sustentar muchos días, caminando por agua y sin
comer. Allí hallaron algún maiz y otras raíces que debajo de tierra
se crían, donde se holgaron y descansaron y reformaron algún tanto
de la calamidad y trabajo pasado, y después de algunos días el
general prosiguió su viaje y descubrimiento, hasta llegar a las
últimas ventas y bohíos donde San Martín había llegado y vuéltose,
las cuales, como se ha dicho, estaban puestas al principio de la
aspereza de la sierra, por la cual era dificultoso entonces subir
caballos, por no traer todo el aderezo necesario para aderezar el
camino, y así determinó el general de quedarse allí con los
caballos, y enviar gente de a pie que fuesen a descubrir lo que
adelante había, y siguiesen obstinadamente aquel camino por do
parecía bajar los panes de sal dichos.
Había antes de esto con mucha diligencia procurado el general
haber algún indio de los que en aquellos bohíos habitaban, para
guía, o informarse de él la derrota que debían tomar, y jamás lo
pudo haber, aunque llevaba consigo muy buenos y diligentes soldados
y aun rastreadores, en lo cual se había detenido ocho días, y al
fin, viendo que no podía hallar lo que pretendía, se determinó,
como he dicho, a enviar a descubrir gente de a pie, al cual efecto
envió a los capitanes Juan de Céspedes y Lázaro Fonte y a su
alférez general Antoño de Olalla, y a otros muy buenos soldados,
dándoles de término y plazo solamente diez días. Pero a los
capitanes pareciéndoles poco, en secreto le dijeron que eran
necesarios veinte, en los cuales si no volviesen de su
descubrimiento los tuviesen por muertos; el general lo tuvo así por
bien, y con esto se despidieron del general a descubrir, no cierto
con el aparato de mamas y chinas y chinos y otras superfluidades
que en este tiempo se usan, dignas de ser reprobadas y aun
castigadas, sino con sus armas a cuestas y sus mochilas al hombro,
en que llevaban un poco de maíz tostado; y cuando había algún indio
que por la industria de sus padres sabía moler y hacer cuatro
bollos muy pajosos, esto era todo el regalo del mundo; y muchos y
muy buenos escogidos y estimados soldados había que no se
despreciaban de moler el maíz y hacer de ello puches otros potajes
y guisados, en aquel tiempo, y entre ellos tan estimados, cuanto en
otros tiempos aborrecidos; y como había muy pocos que trajesen
servicio de indios, toda la demás comunidad de buenos soldados eran
forzados a servirse en todas las cosas de que tenían necesidad,
como era guisarse de comer, lavarse la ropa, coger la paja en que
habían de dormir, y abajarse a otros más humildes oficios, y esto
sin hacer falta sus personas a lo que les fuese mandado por sus
capitanes y soldados; todos estos trabajos y otros que en silencio
paso, me parecen dignos de todo galardón y premio, de los cuales si
ahora se tratase entre soldados que a nuevas poblaciones y
descubrimientos hubiesen de ir, soy cierto que aunque esperasen muy
gran premio por haber de pasarlos, no lo aceptarían, antes lo
dejarían de conseguir.