INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo séptimo  Que trata de cómo el general | 7 Jiménez de Quesada salió de Chiriguaná, y lo que le sucedió hasta llegar a la provincia de Sompallon.

 

 Poco tiempo se detuvo el general Jiménez de Quesada en Chiriguaná, porque según la priesa con que caminaba y el brío y valor con que seguía su jornada, le era odioso todo ocio y reposo; y así, salido que fue de Chiriguaná, dio de repente en unos campos despoblados de naturales, donde de golpe le faltó la comida y mantenimiento, de tal suerte que si la gente de a caballo no alcanzaran y mataran algunos venados que por aquellas campiñas y cabañas había gran cantidad, ciertamente pereciera muy gran parte de la gente; aunque no dejaron de morir algunas personas que venían enfermas, a quien el hambre y falta de comida hizo irremediables sus enfermedades, y de este daño y hambre fueron causa las guías que llevaban, que eran españoles, que ya otra vez habían andado aquel camino, los cuales, por no mirar con la diligencia que era razón, al tiempo que salieron de Chiriguaná, el camino que tomaban, erraron la vía derecha y que habían de llevar, y así metieron el campo y gente donde hubiera de perecer si el camino despoblado se dilatara más, porque no duró más que hasta doce días, al cabo de los cuales sin saber dónde iban, dieron de repente, encaminados por Dios Todopoderoso, para que tanta gente no pereciese, en un lugarejo de indios, en el cual se tomaron algunos para guias, que en tres días sacaron al general y a su campo y gente fuéra de toda calamidad de hambre, y lo metieron en las poblaciones de Tamalameque y provincias de Pacabueyes, provincia grande y de muchos y ricos naturales; andase toda y sirviese por agua en canoas, así por las muchas y grandes lagunas que en ella se hacen, que hoy son llamadas las lagunas de Tamalameque, como por atravesar por esta provincia el caudaloso río de Cesar, que saliendo de todas las provincias comarcanas al valle de Upar, entra en el río grande de la Magdalena.

En esta provincia de Pacabuey, es la más señalada población la del señor y principal Tamalameque, donde los españoles se aposentaron, así por ser pueblo muy vicioso y abundante de todo género de frutas de Indias, como por el sitio y asiento de ella, que está todo cercado de agua a manera de isla, con tener de tierra firme no más de una sola entrada muy angosta, porque por la una parte la cerca el río Cesar, y por las otras las lagunas y lagos que por allí se hacen; de más de esto es famoso entre aquellos naturales de Pacabuey, este pueblo de Tamalameque, por ser de gran contrato y muy fértil y abundante de comidas, y que el señor de él es persona valerosa y temida de sus comarcanos en paz y en guerra, poseedor de muchas y muy fértiles tierras que cerca de su población están, y no menos es digno de notar el modo con que el pueblo de este señor y principal está asentado entre esta isla, el cual está dividido en tres barrios y colaciones puestas en triángulo, todos de un mismo grandor y número, y aunque este pueblo donde el principal de aquella provincia habitaba no era de excesivo grandor, sujetaba y poseía debajo de su mano otras muchas poblaciones que alrededor de sí tenía, y corría la fama y contrato de Tamalameque casi hasta Santa Marta.

Este principal, teniendo noticia de cómo los españoles se acercaban a su pueblo, juntó sus gentes de guerra y con las armas en las manos los esperó para resistirles y defenderles la entrada; pero como el general Jiménez de Quesada de atrás trajese noticia de este pueblo y principal de Tamalameque, y de su poder y grandeza, también venía apercibido con su gente para lo que se le ofreciese, y como se acercase al pueblo y lo quisiese entrar por aquella angosta entrada que por tierra firme tenía, fuele por los indios con mucha furia y ánimo estorbado el paso, el cual por su estrechura no daba lugar a que los españoles de tropel o algunos juntos pudiesen arremeter, sino que uno a uno como por contadero habían de pasar; pero al fin, mediante la buena industria del general y ánimo de sus soldados, pasó; los españoles entraron, y rebatiendo los indios que en su defensa estaban, les fueron ganando el pueblo, hasta que de todo punto entraron en él, lo cual por aquel paso hasta entonces no se había hecho por ningunos españoles de Santa Marta ni Venezuela que a este pueblo hubiesen llegado; y hallando tan buen aderezo para que la gente descansase y se reformase del trabajo y hambres pasadas, determinó el general de alojarse por algunos días en este pueblo, donde envió al capitán Juan de San Martín con gente de a pie y de a caballo a que descubriese y viese el río grande, porque hasta entonces no lo habían podido tomar.

San Martín se partió, y con harto trabajo y riesgo suyo y de los que con él iban, por causa de las lagunas y ciénagas que por delante tenía, que le eran gran estorbo o impedimento para él atravesar a buscar el río grande, dio en el dicho río de la Magdalena, y buscando paso para pasar de las lagunas para arriba, halló que no había otro más acomodado que la boca del río Cacare | 8 , donde se junta con el de la Magdalena, y también se procuró informar si venían cerca los bergantines de indios que por el río grande navegaban y habitaban | 9 , de los cuales tomó algunos y le dijeron cómo venían muy lejos el río abajo, y no llegarían tan presto a aquel paraje; de todo lo cual envió aviso al general, que estaba alojado en el pueblo de Tamalamaque, y él se quedó con la más gente que tenía guardando aquel paso del río Cesar, porque en él no les fuese puesto algún impedimento o celada por los indios.

Luégo que el general Jiménez de Quesada supo lo que su capitán San Martín le enviaba a decir, se salió del pueblo de Tamalameque con toda su gente, después de haber veinte días que en él se había alojado, y caminó no con menos trabajo del que los primeros habían llevado hasta donde San Martín les estaba esperando, y allí se alojó con su campo, pero la falta de la comida que siempre les perseguía no le dejó reposar mucho, antes luégo le constriñó a que pasasen el río Cesare, el cual pasaron en pequeñas canoas, con harto riesgo y peligro de las vidas de muchos por no tener el sostén y hueco que se requería para navegar gentes bisoñas y chapetonas. Este nombre chapetón o chapetones comúnmente se usa en muchas partes de Indias, y se dice por la gente que nuevamente va a ellas, y que no entienden los tratos, usanzas, dobleces y cautelas de las gentes de Indias, hombre que ignora lo que ha de hacer, decir y tratar.

Pasada toda la gente de la parte de arriba del río Cesare, el general caminó por las riberas del río grande arriba, sin detenerse en ninguna parte hasta llegar a la provincia de Sompallon por ser abundante de comidas y estar concertado que en esta provincia había de esperar los bergantines y barcos, y aunque parecía que el camino desde Santa Marta hasta Sompallon era cosa sabida, y por eso menos dificultosa, no dejaron de pasarse muchos y muy excesivos trabajos de hambres y enfermedades, ríos, ciénagas, arcabucos y montañas y aguas que llovían, con los cuales trabajos perdió y se le murieron al general desde que salió de Santa Marta hasta que llegó a esta provincia de Sompallon cien hombres; y después como por esperar a los bergantines forzosamente hubo de detenerse algunos días y aun meses en Sompallon, con tan largo ocio comenzole a dolecer mucha gente y muy de golpe, y a morírsele cada día; porque como toda la más de la gente que consigo llevaba era de poco tiempo venida de España y no estaban curtidos de los aires y vapores de la tierra, y después de esto la región de Sompallon donde estaban era muy malsana y de mala constelación, inficionábanse los hombres con los malos humores que todas estas cosas les atraían y fácilmente eran consumidos y muertos, sin poderlos remediar ni guarecer; lo cual visto y reconocido por el general, y que la tardanza de los bergantines le era causa de recibir mayor daño y mortandad en su gente, envió con toda presteza al capitán San Martín con cierta gente, que volviendo el río abajo caminase a grandes jornadas hasta encontrar los bergantines, a los cuales diese toda la priesa posible, para que su tardanza no fuese causa de más daños, lo cual, como con discreción militar considerase el general Jiménez, fue gran remedio para el mal y daño que en su gente había venido, porque como San Martín caminase con la presteza que le fue encargada, no deteniéndose punto en el camino, a pocas jornadas dio con los bergantines, que reposadamente y con recreación navegaban, en los cuales se metió con los que con él iban, y con más brevedad de la que se esperaba, llegaron a Sompallon; donde con la vista los unos de los otros fueron grandemente regocijados y congratulados, y los enfermos recibieron particular contento y alegría, así por algunos regalos que en los barcos se traían para su sustento y comida, como porque esperaban navegar en ellos, con menos trabajo y riesgo de sus debilitados y flacos cuerpos; los de los bergantines dieron noticia al general Jiménez de Quesada del mal suceso y pérdida que hubieron en la primer salida y de otras muchas guazabaras y batallas navales que en el río habían tenido con los indios y naturales, que a las riberas de él estaban pobladas, saliendo a ellos con poderosísimas armadas de canoas.

| Capítulo octavo  En que se escribe cómo el general | 10 Jiménez de Quesada salió de la provincia de Sompallon con su gente, y de las calamidades, muertes, hambres y otros trabajos que a él y a su gente le sobrevinieron en el camino.

 

En ocho días que la gente de los bergantines descansó en el alojamiento y provincia de Sompallon, al general Jiménez de Quesada no le eran de tanta recreación y contento aquellos días como a los demás, porque como por ser general estuviese obligado a prevenir y proveer las cosas necesarias al bien y conservación de su gente, y a la prosecución de su jornada, y de su buena diligencia y cuidado pendiese todo, especialmente el remedio de mucha gente enferma que allí tenía, que era lo que más pena le daba, pretendiendo no gastar más tiempo y sujetarse a lo que la fortuna quisiese hacer; porque como el invierno entraba, y el río crecía, y el número de los enfermos aumentaba, y era tan grande que todos no podían ser llevados en los bergantines, pues los enfermos no los habían de navegar ni defender de las gentes que en el río habitaban, cuya principal guerra es por el agua, metió el general los más enfermos que pudo en los bergantines, e hízolos navegar el río arriba, y él con todo el resto de la gente comenzó a caminar por tierra las riberas del río arriba, poniendo gran solicitud y cuidado en que no se le quedase atrás ningún enfermo, a los cuales socorría con sus propios caballos, yéndose él a pie todo lo más del camino por favorecer y guarecer las vidas de muchos, que consumidas las fuerzas naturales de la enfermedad no podían caminar. Lo mismo hacían los demás capitanes y personas principales, usando con gran loa y alabanza de sus personas de toda misericordia con la gente enferma, poniéndose ellos en riesgo de cobrar otras tales enfermedades del trabajo del caminar a pie.

Pero ninguna cosa hacía tolerables y ligeros estos trabajos, la bondad del camino que llevaban, porque como los naturales que en las riberas de aquel río habitan su principal trato, comercio y comunicación sea por el agua en canoas y no por tierra, no hallaban | 11 ningún camino hecho ni abierto, y así eran forzados a ir rompiendo muy altos y espesos arcabucos y montañas de que está acompañada toda la mayor parte de las riberas de aquel río, y este trabajo era tan cuotidiano que si los soldados con los machetes y azadones y hachas, no iban abriendo y rompiendo lo que se había de caminar, en ninguna manera era posible pasar adelante. Por otra parte hacía más duro y excesivo el trabajo de estos españoles la inundación del río, porque como ya las aguas hubiesen comenzado a caer y el río a crecer, inundaba y anegaba muchas partes de la tierra, por donde los españoles forzosamente habían de pasar, y otros muchos ríos y crecidos arroyos que venían a dar al río grande, donde les era forzoso hacer puentes de madera y otras machina y artificios con que poder atravesar las hondables ciénagas, inundaciones y ríos que por su hondura no se podían vadear, y no sólo la creciente del río les causaba estos trabajos pero muy nocibles daños, porque como por las ciénagas que se podían vadear, entrasen algunos caimanes, que como he dicho son pescados de a diez, doce, quince, veinte y más pies de largo, de hechura de lagartos y de ferocidad de carniceras y caribes fieras eran de ellos con gran ímpetu arrebatados algunos soldados al pasar de algunas ciénagas y ríos, y sumergidos debajo del agua, sin poder ser remediados ni socorridos, y así reciben muy miserables y crudelísimas muertes. Por parte de tierra menos seguros iban y con no menor temor | 12 de recibir semejantes daños, porque como en todas aquellas riberas y tierras comarcanas al río grande había gran número de tigres, animales ferocísimos y enemicísimos de la humana naturaleza | 13 , los cuales por su bruto y desvergonzado atrevimiento jamás dudan de acometer a hacer presa entre mucha gente, aunque esté armada y sobre el aviso, y así venían a los alojamientos y caminos por do la gente caminaba, y a traición, haciendo presa en algunos españoles, se los llevaban para su mantenimiento, sin poder ser socorridos ni librados de sus uñas crueles | 14; porque al tiempo que hace la presa este animal es tan veloz y ligero en el acometer y tan cruel en el echar mano o asir del hombre, que del primer golpe queda con las manos y uñas segundando con la presa de la boca, que aunque le quiten la presa de entre las manos, no tiene remedio su vida, y por eso pocas veces los soldados y españoles procuran seguir un anmal de éstos a quitarle el hombre que ha tomado, el cual llevan a cuestas o arrastrando con tanta facilidad como un gato lleva un ratón, cuya similitud, así en el talle de la persona como en el acometer y hacer la presa, es muy grande la que el tigre | 15 tiene al gato, excepto que es de grandor de un muy crecido mastín y mayor.

La constelación del cielo no les era nada favorable a los nuestros, porque dejado aparte los corruptos aires y vapores que en la tierra influían y engendraban, causadores de muchas enfermedades y mal humor, caían unos aguaceros que por particular influencia del cielo y exhalaciones de la tierra, de las gotas de agua se engendraban en las carnes un género de gusanos extraño, aunque en las Indias es general en muchas partes, los cuales se criaban en las carnes de los hombres sin haber en ellas ninguna llaga ni postema, sino que en lo más sano del cuerpo se congelaba y engendraba sin sentir este gusano, y yéndose metiendo en la carne, deja por la parte de afuera un muy pequeño agujero como de punta de alfiler, por donde respira, y él por la parte de dentro se va rehaciendo y reformando de la substancia de la carne, y allí se hace tan grande como cualquier gusano de los que los bueyes crían, a los cuales llaman barros, y los matan con ponerles encima un parchecito de diaquilón o trementina. De esta plaga, sobre las demás, fueron asímismo perseguidos y atribulados nuestros españoles; aunque sobre la congelación y engendración de estos gusanos hay muchas y diversas opiniones, que unos lo atribuyen a los aguaceros, y otros a la constelación y vapores malos de la tierra, y por aquí van tratando, como he dicho, muchas diversidades de pareceres.

Pero como dice el vulgar castellano, todos los duelos, etc., de lo cual les sobrevino tanta falta, que les constreñía y forzaba a imitar muchas veces la brutalidad y crueldad de los tigres y caimanes; porque dejado aparte el comer los cueros unas y otras partes impúdicas de los caballos que se morían, lo cual tenían por muy particular y preciado regalo, había y hubo hombres que por conservar su vida procuraban con diligencia ver y saber si acaso se quedaba algún hombre muerto, a cuyo cuerpo acudían y cortaban y tomaban de él lo que les parecía, con lo cual oculta y escondidamente guisándolo, y aderezándolo al fuego, comían sin ningún asco ni pavor sus propias carnes, y hubo y les sobrevino tiempo en que considerando la canina hambre que entre los españoles había, miraba cada uno por su persona temiendo que el hambre no fuese causa de recibir por mano de sus propios compañeros la muerte; y aunque los bergantines iban navegando por el río para prevenir estas necesidades y hambres, no podían dar bastimento a tanta gente, porque ya en este paraje las poblaciones de los indios eran ralas, y esa comida que tenían, la ponían con tiempo en cobro, alzándola y escondiéndola en lugares ignotos, y que no podían ser hallados de españoles; y así se iban cada día muriendo de enfermos, débiles, flacos y hambrientos muchos españoles, demás de los que tigres y caimanes vivos arrebataban, y hombres hubo que con la gran aflicción y dolor que hambrientos y caminando padecian, tenían por mejor quedarse por las montañas y arcabucos y padecer con reposo que ir caminando y muriéndose, y así vivos se quedaban muchos, escondiéndose, porque la gente que el general Jiménez de Quesada llevaba puesta de retaguardia, para que con semejantes desesperados hombres tuviesen cuenta, no fuesen ni fueron vistos, y aunque después los volvían a buscar, no eran jamás hallados.

La pesadumbre y carga de estos trabajos en los que morían lo hacía más ligera el consuelo espiritual que tenían por mano de dos sacerdotes, que en el campo venían, tan sujetos a los trabajos y calamidades referidas, como los demás soldados; el uno era Antón de Lezcano, clérigo de la orden de San Pedro, natural de la villa de Mula, y el otro, fray Domingo de las Casas, fraile de la orden de Santo Domingo. Estos dos sacerdotes era el principal refrigerio que los enfermos tenían, confesándose con ellos y haciendo las otras cosas que como cristianos eran obligados, y así con más ánimo y esperanza de gozar de la bienaventuranza eterna, morían muchos enfermos y particularmente por haber salido también proveído de sacerdotes, cosa muy necesaria para el bien espiritual de las ánimas, es digno del general Jiménez de Quesada de gran loor y alabanza y premio espiritual y temporal.

| Capítulo noveno  Es que se escribe lo que le sucedió al capitán Juan Tafur yendo a caza de venado, con un oso hormiguero, y cómo el general Jiménez con toda la gente llegó a los cuatro brazos.

 

La falta de la comida y algunas veces el deseo de recrearse, eran ocasión de que después de alojados los españoles, y algunos días que paraban y descansaban por ser festivales y por otros forzosos respectos, saliesen soldados a caza de venados, en sus caballos, en los cuales algunas veces se hacían muy buenas monterías, alcanzándolos con los caballos y alanceándolos, y esto no con mucha dificultad, porque como en toda tierra caliente, todos los venados sean de menos aliento que los de tierra fría, y los pajonales y yerbazales les sean gran estorbo e impedimento para correr, y el calor del sol les menoscabe de todo punto el anhélito, y hacíanse muy buenas monterías sin perros, más de con solos los caballos, y muchas veces a estos cazadores y monteros les sucedía adversamente, porque en lugar de venados hallaban animales feroces, como tigres, leones y osos y otras fieras que les ponían en confusión y aun detrimento de perderse o ser muertos de ellas, y esto se pareció bien en una salida que el capitán Juan Tafur hizo en compañía de otro soldado llamado Palacios, que yendo a cazar o a lancear venados, en lugar de la caza que buscaban hallaron un oso hormiguero, animal que aunque no es muy crecido de cuerpo, es espantable por la monstruosidad y terrible aspecto que en él puso naturaleza, y siguiéndole con los caballos dábanle alcances todas las veces que querían, pero heríanle poco.

Juan Tafur, que era hombre versuto y de recias fuerzas, porque el oso se les acercaba a un monte arcabuco o montaña que por delante tenían, hiriole reciamente atravesándole la lanza por el cuerpo, y con la fuerza que puso al sacarla, y el desdén que el oso hizo, la quebré por medio; pero con la rabia y coraje que este animal tuvo de verse tan mal herido, dio un salto al través, de que se juntó a la cola del caballo de Tafur, y tomándola con entrambas manos, comenzó a trepar y subir por ella arriba a las ancas del caballo, sin que las coces y corcovos que el caballo tiró pudiese echar de sí al oso, antes agarraba tan reciamente por las piernas y ancas del caballo arriba, que hincando sus crecidas uñas por el cuero y carne, lo tenía muy sajado y mal herido. Juan Tafur sacó su espada, para con ella herir y echar de si al oso, pero como ya tuviese el hocico y cabeza conjunta con sus espaldas, no le pudo hacer ningún daño, ni menos el oso hacía a Juan Tafur con la boca, por tenerla muy estrecha, y no aprovecharse de ella en ninguna manera para morder, mas toda su ofensa y defensa es con las uñas, con las cuales aún no había podido hacer presa en Juan Tafur, y verdaderamente lo pasara mal, porque ya había perdido el un estribo y la ación del otro se le habla quebrado con la fuerza que había hecho, y estaba echado sobre la cerviz y pescuezo del caballo, cuando se le acercó su compañero Palacios, el cual con la lanza que tenía hirió de otra mala lanzada al oso encima del caballo donde estaba, con la cual le forzó a que se tornase a bajar por do habla subido, y abrazando con ambos brazos y gran fuerza ambas piernas del caballo, lo tuvo así, rompiendo el cuero y carne, hasta que se apeó Juan Tafur o se arrojó del caballo, y tuvo lugar el caballo de mandarse más libre y sueltamente, y usando de todas sus fuerzas y poder echó de si a coces al oso, el cual con estar tan mal herido aún no habla perdido de todo punto su braveza y brío, antes con su bestial ímpetu se comenzó a retirar herido como estaba y a irse metiendo por un espeso pajonal. Siguiole Palacios y dióle otra lanzada con que le hizo caer de un lado, donde pretendiendo defenderse de los que le perseguían, comenzó a hacer rostro contra ellos, pero como por muchas partes y heridas respirase y perdiese por ella la furia y coraje, tuvieron lugar de llegarse más cerca y desjarretarlo y acabarlo de matar. Lleváronlo cargado al alojamiento de los demás españoles, y fue tenido en tanto como si fuera venado, porque repartiéndolo entre los más amigos y personas principales, lo comieron, sin que de él se perdiese cosa alguna. De la manera y condición de este animal se dirá adelante en la población de San Juan de los Llanos; por eso no será necesario tratarlo aquí.

Pasadas algunas jornadas de donde fue este suceso, ya el río se iba ensangostando y la sierra juntando, pobladas de muy espesas y crecidas montañas, dando evidentes muestras de ser dificultosa la subida y pasada arriba, cuando el general con la poca gente que le quedaba llegó a un pueblo de indios que de nombre de sus naturales era llamado La Tora, y los españoles le dijeron Barrancas Bermejas, y por otro nombre se llamó el alojamiento de los cuatro brazos, porque en poco compás se juntaban allí cerca cuatro ríos al río grande; y viendo el general que en aquel pueblo de La Tora habla algunas comidas, y que era acomodado sitio para descansar algunos días, y que la serranía que por delante tenía le mostraba claramente no ser cosa acertada pasar de allí con toda su gente, sin primero por el río ver lo que adelante estaba, y había alojado con todos estos presupuestos en este pueblo de La Tora, y no perdiendo punto, porque la comida que allí había era muy poca para tanta gente, envió dos bergantines, los más ligeros, con gente bien dispuesta, que navegasen lo que pudiesen el río arriba, y viesen lo que en él había y la disposición de la tierra, si era poblada y andadera para pasar adelante, y viniesen con la presteza a ellos posible, a darle aviso.

Los dos bergantines se partieron, y a pocas jornadas que navegaron el río arriba, fueron impedidos de la gran corriente del río, porque como la serranía se estrechaba y juntaba por allí, y asimismo la canal del río hacía la furia y corriente del agua muy mayor, de suerte que, como he dicho, impedía la navegación hacia arriba a los bergantines, demás de esto la tierra o barrancas del río eran muy bajas, por lo cual estaban cubiertas de agua, inundadas y anegadas todas, y en todo lo que navegaron desde que se apartaron del pueblo de La Tora para arriba, no hallaron ninguna población ni ranchería de indios, antes todo les pareció tan áspero y malo, y de muy espesas y crecidas montañas, que se les figuró que de ninguna manera podrían pasar gentes de allí para arriba, y con esto se volvieron al alojamiento de La Tora, y de ello dieron entera relación a su general.

| Capítulo décimo  En que se escribe cómo el general | 16 Jiménez de Quesada envió al capitán San Martín a descubrir en canoas por un río que de la sierra bajaba.

 

 

Estaba el general Jiménez de Quesada con esta nueva que del río arriba los bergantines le trajeron penitus perplejo de todo punto, pues le habían significado y dicho que pasar adelante era imposible y el volver atrás a él no le era factible | 17 , porque le parecía cosa indigna de su persona y de otros muchos caballeros y soldados que con él estaban, dar la vuelta sin haber hecho cosa que a sus ojos pareciese memorable ni digna de ser escrita; porque los trabajos, hambres y muertes de sus soldados y compañeros y suyos que hasta allí se habían pasado y padecido, los tenían puestos en olvido y por muy extraños, con el ánimo y brío que para pasar y sufrir otros muy mayores que la fortuna les ofreciese tenían presente, y así no había cosa más odiosa a los oídos del general y de muchos de los capitanes y soldados que el tratar de volverse el río abajo.

Consideraba el general, y no sin discreción, de la cual era adornado, que en algunos pueblos de los del río, que atrás habían quedado, se hablan tomado ciertos pedazos de sal de la que en el Nuevo Reino se hace, que es muy diferente, en cuanto a la proporción, de la de la mar, que comúnmente es en grano, y estotra del Reino es en panes muy grandes, a manera de pilones de azúcar, que aquesta nueva manera de sal no era de la mar sino de alguna provincia rica de tierra, y aunque a los naturales del río se les preguntaba y había preguntado de a dónde trajesen aquella nueva manera de sal, nunca daban entera razón de lo que se les preguntaba, y sal por otra causa deseaba el general que ya que no podía subir el río arriba, ver mi podría atravesar la serranía que sobre mano izquierda tenía, y con este designio habló al capitán San Martín que de su compañia tomase la gente de mejor disposición y más sana que le pareciese, y con seis canoas navegase por un brazo o río que de aquella propia serranía bajaba y se juntaba con el río grande, hasta verle el remate, y procurase hacer por descubrir algún camino y población o claridad que los guiase y pasase de la otra banda de la cordillera que él tanto deseaba.

El capitán San Martín, con veinticinco hombres, se embarcó en sus canoas, y navegando el brazuelo arriba anduvo todo lo que pudo, hasta que la gran corriente de la sierra le estorbó el navegar de las canoas y no poder pasar adelante con ellas; y antes de llegar a este lugar había el capitán San Martín topado a la orilla de este río dos o tres bohíos como ventas y aposentos de mercaderes y pasajeros, en que los naturales que por allí contrataban dormían y descansaban; y como forzado de la gran corriente e ímpetu del agua, hubo San Martín de dejar las canoas, y con su gente se metió la tierra adentro, donde dio en un camino y senda no muy ancho, por el cual siguiendo y caminando obra de dos leguas, dio en uno o dos lugarejos de indios de hasta cinco o seis casas, cuyos moradores se habían ausentado sintiendo los españoles; en los cuales bohíos halló ciertos panes de sal, de la que he dicho que en el Nuevo Reino se hace, y asimismo ciertas mantas pintadas; y como San Martín hallase tan buenas insignias de lo que buscaba, deseó haber algún indio de los de por allí, para que le diese lumbre y claridad de lo que pretendía, pero no hallándolo, siguió un camino que hacia la sierra se enderezaba, por el cual caminando halló así mismo algunos bohíos y ventas de depósito, en que había cantidad de panes de sal, y deseando dar en la región y provincia adonde aquella sal se hacía, caminó hasta llegar al pie de la propia sierra, donde asímismo había ciertos bohíos con sal y en todos los de atrás, y estos últimos había alguna comida de maíz, aunque no mucha.

Llegado San Martín al pie de la sierra, fue inducido a pasar adelante por algunos de los soldados que con él estaban, pero no le pareció acertado hacerlo, porque demás de haber algunos días que habían salido del alojamiento de La Tora, estaban casi treinta leguas apartados de la gente, y ellos eran pocos para si hubiesen de dar en alguna población de indios belicosos; y así acordó no pasar de allí, sin volver a dar cuenta de lo que había visto y hallado al general; y haciéndolo así, se volvió adonde había dejado las canoas, las cuales halló porque dejó en ellas españoles que las guardasen, y embarcándose en ellas con sus compañeros, llegó a La Tora, donde con la buena nueva que llevó dio muy gran contento a toda la gente y especialmente al general que tanto había deseado y deseaba hallar rastro y camino por do aquella sal venía y era traída, y así el propio general Jiménez de Quesada propuso luégo por su persona ir a hacer aquel descubrimiento y proseguir aquel camino que San Martín para la sierra había hallado, y con toda presteza mandó apercibir la gente que de a pie y de a caballo habían con él de ir, y puestos todos a punto, se partió el general por tierra, llevando las canoas por el río, en tiempo de muy recias aguas que así en la sierra como en lo llano llovían; y marchando con el continuo trabajo de ir abriendo camino por ser la tierra montuosa, fue bajando por las riberas del brazuelo y río que San Martín había andado arriba; que habría desde el pueblo de La Tora hasta la primer venta o bohío que San Martín había descubierto de sal, catorce leguas, en las cuales fueron nuestros generales y españoles tan acompañados de trabajos cuanto hasta allí los habían traído, porque de más de haber de ir abriendo el camino a pura fuerza o industria de brazos, con las muchas aguas el río creció en tanta manera, que inundando mucha parte fuéra de su natural camino y corriente, constreñía a nuestros capitanes y soldados que de día anduviesen y caminasen como peces por el agua, y de noche se subiesen a dormir a los árboles, y esos pocos caballos que consigo llevaban no eran en nada reservados, porque durante el tiempo que la inundación y creciente del río tuvo, que fueron casi diez días, siempre dormían el agua a la cincha, y los soldados que a pie caminaban, todo este tiempo la llevaban casi a los pechos; y en el comer se padecía el mismo trabajo, porque como la gran creciente del río les detuvo en el camino más de lo que habían de estar hasta llegar a las ventas donde había comidas, acabóseles ese poco matalotaje que de La Tora sacaron, antes de tiempo.

Dábase por ración a cada capitán y soldado cuarenta granos de maíz tostado, por día, y así el mayor regalo que en estas catorce leguas de camino y navegación tuvieron, fue un perro que por yerro se habla venido tras de ellos de La Tora, con cuya carne se hizo un célebre convite a los principales, que entre ellos no fue menos estimado ni menos tenido que los que algunos emperadores romanos acostumbraban dar, en que gastaban gran parte de lo que las rentas de su imperio rentaban; y puédese creer, y así lo afirman algunos de los que presentes se hallaron, que pies, manos, cabeza, tripas ni pellejo del perro dejó de ser tan aprovechado como si fuera un muy gentil carnero, y aún más, porque pocas veces se aprovecha el pellejo de un carnero, si no es para efectos de poca importancia, y el de este perro aprovechó para comer.

Al cabo del dicho tiempo llegaron a la primer venta, que fue entero remedio de toda la gente que con el general iban, porque a tardarse los soldados dos días más, no pudieran llegar ni menos pudieran tornar, porque todos o los más perecieran, pues era imposible poderse sustentar muchos días, caminando por agua y sin comer. Allí hallaron algún maiz y otras raíces que debajo de tierra se crían, donde se holgaron y descansaron y reformaron algún tanto de la calamidad y trabajo pasado, y después de algunos días el general prosiguió su viaje y descubrimiento, hasta llegar a las últimas ventas y bohíos donde San Martín había llegado y vuéltose, las cuales, como se ha dicho, estaban puestas al principio de la aspereza de la sierra, por la cual era dificultoso entonces subir caballos, por no traer todo el aderezo necesario para aderezar el camino, y así determinó el general de quedarse allí con los caballos, y enviar gente de a pie que fuesen a descubrir lo que adelante había, y siguiesen obstinadamente aquel camino por do parecía bajar los panes de sal dichos.

 

Había antes de esto con mucha diligencia procurado el general haber algún indio de los que en aquellos bohíos habitaban, para guía, o informarse de él la derrota que debían tomar, y jamás lo pudo haber, aunque llevaba consigo muy buenos y diligentes soldados y aun rastreadores, en lo cual se había detenido ocho días, y al fin, viendo que no podía hallar lo que pretendía, se determinó, como he dicho, a enviar a descubrir gente de a pie, al cual efecto envió a los capitanes Juan de Céspedes y Lázaro Fonte y a su alférez general Antoño de Olalla, y a otros muy buenos soldados, dándoles de término y plazo solamente diez días. Pero a los capitanes pareciéndoles poco, en secreto le dijeron que eran necesarios veinte, en los cuales si no volviesen de su descubrimiento los tuviesen por muertos; el general lo tuvo así por bien, y con esto se despidieron del general a descubrir, no cierto con el aparato de mamas y chinas y chinos y otras superfluidades que en este tiempo se usan, dignas de ser reprobadas y aun castigadas, sino con sus armas a cuestas y sus mochilas al hombro, en que llevaban un poco de maíz tostado; y cuando había algún indio que por la industria de sus padres sabía moler y hacer cuatro bollos muy pajosos, esto era todo el regalo del mundo; y muchos y muy buenos escogidos y estimados soldados había que no se despreciaban de moler el maíz y hacer de ello puches otros potajes y guisados, en aquel tiempo, y entre ellos tan estimados, cuanto en otros tiempos aborrecidos; y como había muy pocos que trajesen servicio de indios, toda la demás comunidad de buenos soldados eran forzados a servirse en todas las cosas de que tenían necesidad, como era guisarse de comer, lavarse la ropa, coger la paja en que habían de dormir, y abajarse a otros más humildes oficios, y esto sin hacer falta sus personas a lo que les fuese mandado por sus capitanes y soldados; todos estos trabajos y otros que en silencio paso, me parecen dignos de todo galardón y premio, de los cuales si ahora se tratase entre soldados que a nuevas poblaciones y descubrimientos hubiesen de ir, soy cierto que aunque esperasen muy gran premio por haber de pasarlos, no lo aceptarían, antes lo dejarían de conseguir.

7  En la "tabla" de Sevilla se lee: "general don Gonzalo Jiménez de Quesada". Así en todos los capítulos de la "tabla" y generalmente en el texto del manuscrito. Sin embargo, el "don" está casi siempre tachado, pero hay casos en que posteriormente fue añadido por otra mano. Las ediciones impresas del manuscrito transcriben o suprimen arbitrariamente el título de "don". Para no entorpecer la lectura con repetidas notas sobre el tópico no consignaremos cada caso especial.
8 Al margen: "Cesare".
9 Una corrección posterior al texto original y con tinta diferente encerró entre paréntesis la frase "de indios que por el Río Grande navegaban y habitaban".
10  Véase nota 7 de este libro.  
11  El texto original reza: "no llevan ningún.."; a palabra |llevan está tachada y reemplazada por "hallaban".
12  "y con no menor temor" están añadidas y entre líneas, no perteneciendo al texto original.
13  El texto original reza: "natura", palabra enmendada y convertida en "naturaleza".
14  El texto original dice: "de sus manos"; las palabras "uñas crueles" están añadidas entre lineas, sin que la palabra "manos" se tachara por olvido.
15 En el texto original se lee siempre "tiguere", palabra enmendada posteriormente en "tigre" con tachar las letras |ue
16 Véase nota 7 de este libro.
17 La palabra "factible" está tachada en el texto y reemplazada por "honroso", entre líneas, y por mano diferente.

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