INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo tercero   De cómo después de haber estado con todo su campo el adelantado algunos dias en los llanos de Bonda,
envió a su hijo don Alonso Luis de Lugo a la sierra a buscar oro, y lo que en toda la jornada, hasta llegar a
la Ramada, le sucedió. | 4

Teniendo ya junto todo su campo y compañías el adelantado en el alojamiento de Bonda, determinó entretenerse allí algunos días por ver si los indios y señor de Bonda bajaban a procurar su amistad, sin querer más subir con su gente a lo alto, porque como este caballero era de singular virtud y tenía en mucho la vida y conservación de sus soldados, algunos de los cuales había visto de muy pequeñas heridas y picaduras de las flechas morir rabiando, no quiso ni consintió que se esparciese gente ni compañías de soldados por ningunas partes; pero al fin, visto la poca utilidad que de estar en aquel alojamiento se le seguía, y por otra parte las quejas que de sus acreedores le cercaban, cuyos clamores mezclados y llenos de amenazas de la justicia divina y humana a sus orejas llegaban, determinó poner a su hijo y una parte de sus soldados en aventura de lo que la fortuna con ellos quisiese hacer, y enviarlos a la sierra nevada y valle de Tayrona a que procurasen, de grado o por fuerza, con dádivas o rescates, haber algún oro para el efecto dicho; y despidiendo a su hijo, desde aquel alojamiento, con la mayor parte de los soldados, él se volvió con el resto de la gente a Santa Marta, donde a la sazón llegaron ciertos soldados, de los que en tiempo del doctor Infante habían ido con el capitán Francisco Méndez Valenciano y con el capitán Juan de Ribera a hacer esclavos a la Ramada, a los cuales había prendido el teniente Nicolás Federmán, y le dieron aviso de lo sucedido a sus capitanes, y de cómo la gente de Venezuela con su capitán general, que era el propio Federmán, habían llegado a los términos de su gobernación y andaban haciendo daños en los naturales de ella, robándolos y llevándolos cautivos; por lo cual, escribiendo el adelantado ciertas cartas a Federmán, exhortándole que se saliese de su territorio y gobernación, envió asímismo aviso a su hijo don Alonso Luis de Lugo que con la gente que tenía procurase llegarse hacia la Ramada y río de la Hacha, y como pudiese echase a los de Venezuela de su tierra; y porque la gente no se podía bien sustentar en Santa Marta, envió un sobrino suyo, llamado Alonso de Lugo, a que se entretuviese con más de doscientos hombres por los pueblos de Concha y Ancones, donde están Ganga y Gayraca, y Guacharca y Nando, y Naguange, pueblos de señores muy principales, puestos en las riberas y puertos del Mar Océano, a que demás de que entre estos indios se sustentasen algún tiempo, procurasen haber de ellos oro para ayuda a pagar sus deudas. Y aunque al tiempo que entró este capitán con su gente en las poblaciones dichas, fue afablemente recibido y hospedado de los moradores de ellos, después, al tiempo que tornaba a salirse, tomaron en algunos pueblos las armas contra él, y le hicieron salir más de prisa que entró, con pérdida de muchos soldados, que le hirieron con flechas de hierba, de que vinieron a morir todos los heridos, sin escapar ninguno.

Don Alonso Luis de Lugo, luégo que hubo el aviso que su padre le enviaba, propuso de ir en alcance y seguimiento de Federmán, conclusa la demanda que entre manos llevaba, que era tomar ciertos señores o caciques ricos, poblados en la sierra, y así atravesando por las poblaciones de Bonda, haciendo el daño que en ellas pudo, y por otras que en el camino había, cuyos moradores y naturales, no espantándose ni cobrando ningún eficaz temor que les sujetase el brío, por los daños que veían hacer en sus hermanos ni parientes, antes animándose a haber entera venganza de sus enemigos, y a procurar hacer algún sacrificio a las ánimas de los que en aquella guerra eran muertos, con la sangre y vida de algunos españoles, se les ponían delante en cerrados escuadrones, con sus muy crecidos arcos hechos conforme a la estatura de cada uno, con los cuales y con cierto artificio que para tender la cuerda usaban traer en la mano derecha, arrojaban una innumerable lluvia de flechas, con que hacían harto daño en los españoles, pero al fin como la fuerza de los arcabuces fuese tanta y tan grande, eran no con mucha facilidad ahuyentados y esparcidos la muchedumbre de los desnudos bárbaros, y no dejando de tener continuas refriegas y revueltas con los indios por do pasaba, llegó don Alonso con su gente cerca de las poblaciones de los caciques y señores llamados Arogare y Maruare, a quien otros llaman Biriburare, los cuales estaban ya con las armas es las manos, esperando a los nuestros.

Velábanse estos bárbaros de noche por sus cuartos, al son de un atambor grande que bien lejos oían, el cual tocaban al tiempo del rendir del cuarto, para que la demás gente que en el pueblo había estuviesen sobre el aviso, y con cuidado, para cuando se les hiciese señal de guerra, la cual asímismo se les había de hacer con aquel crecido atambor, pero los españoles y su capitán los descuidaron con buen ardid con que los vinieron a asaltar sin ser sentidos, porque como la jornada que habían de caminar de día la caminasen de noche, y ésta fuese tan larga que los indios no temían que los españoles la pudiesen hacer en una noche, fueron con esto asegurados, y amaneciendo los nuestros sobre las velas y guardas y dando asímismo con toda presteza en los pueblos de Arogare y Maruare, que estaban juntos, fueron presos los dos caciques y señores de ellos, en cuyo saco se hubo cantidad de oro; porque aunque estos bárbaros esperaban la venida de los españoles a su tierra, estaban tan confiados de la fortaleza del lugar y de sus bríos, fuerzas y armas, que no sólo no esperaban la ruin destrucción que por sus pueblos vieron, pero entendían y tenían por muy cierto haber una gran victoria de los españoles, a costa de muy poca sangre suya, y con esta bárbara confianza, no habían sacado las joyas de oro y otras cosas de sus personas y haciendas que en sus pueblos tenían, a ponerlas en cobro.

Don Alonso, de más del oro que los soldados hubieron por el pueblo, hubo por el rescate de los dos principales cierta cantidad de libras de oro fino, con lo cual y con lo que entre los soldados hubo y tomó, afirman que recogió y metió en su poder más de ochocientas libras de oro fino, lo cual puso en muy buen cobro, y con propósito de hacer lo que después hizo, habló a todos los capitanes y soldados del campo y les dijo y rogó que no curasen de dar parte a su padre del oro que había habido ni se promoviesen a que desposeyese de lo que con tanto trabajo y riesgo de su persona él habla habido, en lo cual le harían todo placer y contento, y serian de él gratificados y galardonados en cosas que el tiempo ofrecería, y que los que con ánimos de damnificarle otra cosa hiciesen, serian de él aborrecidos por extremo, y aun por ventura en breve castigados, pues conforme a naturaleza, su padre no podía vivir mucho tiempo sin que debilidad lo acabase de consumir, después de cuyos días él había de suceder en la gobernación y como señor absoluto haría lo que quisiese y le pareciese de sus contrarios. Con estas palabras oprimió y atemorizó el ánimo de todos los que con él iban, de suerte que aunque después volviesen a Santa Marta, nunca el adelantado tuvo noticia, ni supo del oro que su hijo había habido, hasta que con ello fue ido a España.

De esta población de Arogare y Maruare salió don Alonso con su gente, y se fue a la vuelta de la Ramada y río de la Hacha en demanda de Federmán, en el cual viaje pasó por las provincias y pueblos de Bondigua y Guachaca, donde le dieron algunas guazabaras en que le hirieron y mataron casi cuarenta hombres, y con falta de comida llegó don Alonso a la Ramada donde halló que los soldados y gente de Venezuela eran ya idos la vuelta del valle de Upar muchos días había, y pareciéndole cosa dificultosa el alcanzarles, envió con indios de la tierra las cartas que su padre había escrito a Federmán, y él dio la vuelta con su gente a Santa Marta, donde asímismo fue perseguido, como luégo diremos, grandemente de los indios que por la costa de la mar había poblados, los cuales le hacían muchas emboscadas y celadas, en que le mataron e hirieron cantidad de gente. Los naturales de esta costa, desde Santa Marta hasta la Ramada y río de la Hacha, es gente belicosa y que en sus flechas ponen hierba ponzoñosa, y es gente muy crecida y lucida, traen sus personas muy adornadas con piezas y joyas de oro: los varones traen orejeras de oro colgadas de las orejas, que cada una pesa quince y veinte pesos, y caricuries puestos en las narices colgando de la ternilla de en medio, la cual abren y hienden para este efecto, y grandes chagualas, que son como patenas, y mediaslunas en los pechos, y al cuello se ponen muchos géneros de cuentas, he­chas de huesos y de caracoles y de piedras verdes, que entre ellos son muy preciados, y cuentas y argentería hecha de oro. Las mujeres casi traen las propias joyas que he dicho traen los varones, y demás de ellas muy grandes brazaletes y ajorcas de oro, y en las piernas, por sobre los tobillos y sobre las pantorrillas, traen grandes vueltas de chaquira y cuentas de oro o de hueso, como es el posible del marido de cada una, y lo mismo traen en los molledos de los brazos y sobre los pechos, asimismo se ponen unas molduras de oro con que los traen cubiertos; y aunque entre estos indios hay y se hace alguna ropa de algodón, pocos la acostumbran traer, por ser la tierra caliente, y ser para ellos cosa más recreable el andar desnudos que vestidos. Todas estas joyas y riquezas que estos indios e indias traían, hase de entender que era en el tiempo de su libertad, antes que los españoles entrasen en sus tierras, y al tiempo que entraron las tenían y usaban de ellas, pero después que tantas veces han sido despojados de todo el oro y joyas que poseían, ya no usan de estas grandezas.

 

|Capítulo cuarto | De lo que a don Alonso Luis de Lugo, hijo del adelantado, le sucedió en el camino con los indios que en él había poblados.
 

 Había entre la serranía de Santa Marta, que bajando hasta la Ramada y la Mar del Norte, muy estrechas angosturas, por las cuales habían forzosamente de pasar los españoles, cuyos pasos los naturales o indios les tenían tomados con mucha cantidad de flecheros que les estorbasen el paso; y como a los españoles les era forzoso pasar por aquellas angosturas y estrechuras cubiertas de monte, iban sujetos a todo el daño que los indios les quisiesen hacer, y así pasaron como por contadero: como iban pasando los iban los indios flechando y maltratando, y asi por asegurar algunos pasos, le era forzoso a don Alonso entretenerse en algunas partes, usando de ardides con los indios, para descuidarlos, y tener lugar de pasar con menos daño de los suyos, y en otras era con continuas arremetidas y acometimiento de los indios damnificados; todos estos daños y males causaba la ponzoñosa hierba, que en sus puntas traían las flechas que los indios tiraban, porque como algunas veces habré apuntado, so­lamente que la flecha hiciese un pequeño rasguño en la carne de que tocase o saliese sangre, era irremediable el mal y herida, porque cundiendo la ponzoña por la sangre adelante, les llegaba dentro de veinticuatro horas al corazón, donde reinando con más fuerza la ponzoña de la hierba, causa en los hombres unos temblores y alborotamiento de cuerpo y privación de juicio, que les hacia decir cosas temerarias y espantosas y de fe dudosas para hombres que sé estaban muriendo, y al fin morían con una manera de desesperación que incitaba a los vicios antes a darse ellos propios la muerte que esperarla de aquella suerte; y para remedio de este mal y cura muy principal, tomaban los españoles al herido, y luégo, incontinenti, antes que la hierba se extendiese por el cuerpo, cortábanle con bruta crueldad gran parte de la carne que cerca de la herida estaba, con la propia herida que dejaban hecho un portillo y anatomía extraña, y luégo para mitigar el dolor de esto, ponlanle gran cantidad de solimán crudo, con que no sólo le abrasaban la herida que le hablan hecho, pero lo mas intrínseco de sus entrañas, y de esta suerte inventaban mil géneros de curas y remedios, que más eran para matar animales y bestias que para dar vida a humanos hombres; de estos remedios usan hoy también en el Nuevo Reino de Granada en la provincia de los Muzos, donde la hierba no es menos mala ni ponzoñosa que la de estas provincias de Santa Marta, de quien vamos contando; y es cierto que algunos de estos malvados bárbaros han usado o inventado otro género de hierba que con el vigor de su ponzoña causa que las carnes del propio herido en vida se le van cayendo a pedazos, dejando los huesos descarnados de todo punto, y perdiendo la humana carne su propio color, se convierte en otro como azul y morado, que casi no se deja entender.

Llegado don Alonso Luis de Lugo con su gente a la provincia de Bondigua, los indios estaban tan a punto de pelear, que desde la hora que en su tierra entró le comenzaron a dar guazabaras y hacerle guerra, teniéndole tomado cierto paso muy estrecho que adelante tenía que pasar, donde lo detuvieron con continuos acometimientos cuatro días, sin poder damnificar a los indios en cosa alguna, por ser la tierra áspera y montuosa, y guerrear los indios desde sus casas, lo cual les causaba mayor daño a los españoles, porque con el continuo trabajo de la guerra les acompañaba muy grande hambre y necesidad de comida, la cual allí no podían haber por tenerla toda los indios alzada y puesta en cobro. Don Alonso viendo el aprieto en que estaba, llamó los soldados y capitanes viejos que en su compañía estaban, y les pidió parecer y consejo de lo que debían hacer, y el modo que tendrían para salir del cerco y riesgo en que estaban e irse a Santa Marta, a los cuales pareció que en anocheciendo debía salir un capitán con cien hombres a tomar y asegurar los pasos que los indios de día guardaban y que después de entrada la noche se hiciesen grandes fuegos en el alojamiento, porque los indios entendiesen que había en él gente, y que todo el campo junto marchase en seguimiento de los cien soldados que adelante habían de ir. Pareció bien esta industria de guerra a don Alonso y a los demás, y así lo pusieron por la obra. Llegada la noche salieron los cien soldados como estaba acordado, y caminando dieron en cierta trampa y celada que los indios tenían puesta, aunque rústicamente, en el camino, y era de esta suerte: que como el camino por donde iban los españoles marchando, no era muy ancho ni escombrado, porque de una parte y otra de él era arcabuco y monto espeso, tenían los indios en cierta parte del camino unas cuerdas atravesadas dentro de la montaña donde ellos estaban encubiertos, y colgados de estas cuerdas muchos calabazos huecos y vacíos y otros huesos con que al tiempo que alguna persona llegase a la cuerda, hiciese sin pensar algún estruendo y fuese sentido; con este ardid fueron sentidos los cien soldados que de la vanguardia iban marchando, de los indios que en la celada estaban puestos, de quien recibieron una buena rociada de flechas, con las cuales hirieron cuatro o cinco hombres, y finalmente vinieron a las manos los españoles y los indios, en la cual pelea era gran ventaja la que los españoles les tenían con sus espadas, e hiriendo muchos de ellos, les hicieron dejar sin estorbo el camino, y así tuvo toda la gente lugar de salir de este peligro en que los de Bondigua les tenían puestos y llegaron a Bonde, donde no recibieron daño más que de un solo indio que en un alto se les puso a flechar muy a su salvo, pero fue ahuyentado de aquel lugar por un soldado llamado Figueredo, portugués de nación, con que se aseguraron de todo punto del daño que aquel solo bárbaro les pudiera hacer con sus ponzoñosas flechas, y de allí otro día, llegaron a la ciudad de Santa Marta, donde del adelantado fueron todos recibidos con muy mucho contento, así por verlos volver a los más buenos y con salud como porque entendía que se le traería el oro que esperaba, para remedio de sus deudas.

Pero como don Alonso, con la desordenada codicia que en él había reinado, hubiese, como se ha dicho, atemorizado la gente que no diesen noticia a su padre del oro que se había rancheado, aunque visitó a su padre, no le dio a entender cosa ninguna de lo que traía, antes le comenzó a representar los trabajos y necesidades que en el camino había pasado en cuatro meses que fuéra de Santa Marta habían andado, y con toda presteza, muy secretamente, se concertó con un maestre de los que en el puerto estaban para que lo llevase a Castilla, y embarcándose con todo el oro que había habido se hizo una noche a la vela, y se fue la vuelta de España, dejando al adelantado, su padre, muy cargado de deudas.

Otro día de mañana supo el adelantado cómo su hijo se le había alzado con el oro e ido a la vuelta de España, de que recibió grande enojo y pasión, porque como el adelantado era hombre de gran verdad, sintió mucho que demás de la tiranía que su hijo había osado con él, le hubiese hecho caer en falta con los maestres y señores de los navíos, a los cuales con esperanza de su venida y socorro había entretenido mucho tiempo en el puerto de Santa Marta, a los cuales satisfizo con vender parte de la hacienda que en Santa Marta tenía, a menos precio, y con dinero que le prestaron y libranzas que hizo en sus mayordomos y factores que en las islas de Tenerife y la Palma tenía, y con esto se volvieron los navíos a España, en los cuales envió contra su hijo a un caballero llamado Diego López de Haro y a otro Diego de Cardinoso, escribiendo muy particularmente al Rey, de la maldad 5 y tiranía que su hijo había usado con él, que cierto fue cosa indigna de varones de tal linaje.

  |Capítulo quinto De la gran mortandad que de hambre y calenturas sobrevino en la gente que en Santa Marta había.

 

 

El adelantado don Pedro Fernández de Lugo se quedó en Santa Marta con toda su gente, y con harta pena y descontento de la burla que su hijo le había hecho; pero como aquélla era ya pasada, y de bienes temporales, dábanle muy doblada y mayor pena el hambre y enfermedad que sobre su gente y pueblo habían sobrevenido; porque como el principal sustento era maíz, el cual no se había, por respecto de estar los naturales rebeldes, no hallaban con dineros ni sin ellos qué comer, y sobre el hambre les daban muy recias calenturas, de suerte que en breve tiempo los despachaba, y acaecía por abreviar con los oficios, echar quince o veinte hombres en un hoyo, y era tan cotidiano el morir en esta gente, que porque el clamar de las campanas no desanimase algunos enfermos que empezaban a arreciar, ni apresurase el camino de los que enfermaban, hubo de mandar el adelantado que por muerte de ninguna persona se tocasen campanas, ni tañesen, y así los llevaban con silencio a enterrar.

Muchas personas, viendo estas calamidades que en esta ciudad había, procuraban abstenerse e irse de ella para remediar sus vidas; y viendo el adelantado que por una parte la enfermedad, por otra el hambre, por otra el temor, eran causa de írsele apocando su gente, acordó con parecer de muchos antiguos, echarla fuéra del pueblo a que hiciese algún descubrimiento; porque con el ejercicio les parecía que se haría todo más remediable. Pero esta jornada no la quiso el adelantado hacer tan sin fundamento, como algunos al principio entendían que se haría, mas con toda diligencia se procuró informar qué derrota y camino se podría tomar para descubrir que fuese o pudiese ser más útil y provechoso.

Los antiguos le dijeron que no hallaban tierra que poder seguir, si no eran los nacimientos del río grande, porque hacia la parte del Cabo la Vela y laguna de Maracaibo era tierra que estaba ya toda corrida y andada por la gente de Venezuela, y por la parte del río grande la costa adelante estaba Cartagena, Y que las sierras de Santa Marta serían sin ningún fruto el pretender entrar en ellas, antes redundaría en daño de la gente española, y que por tras la serranía de Santa Marta estaba ya por ellos visto todo, que era el valle de Upar y río de Cesare, y que aunque dos veces habían llegado hasta cierta provincia que es la ribera del río llamado Sompallon, que las enfermedades los había abatido y hecho tornar abajo, y el haberse querido apartar del río, pero no la esperanza cierta que aquella grandeza de río les daba y había dado de que en sus nacimientos había alguna rica y próspera tierra.

Al adelantado y a su teniente general, el licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada, les pareció bien lo que los soldados y capitanes viejos decían, y ellos asimismo hallaban por buenas conjeturas que un río que iba poblado y traía en sí muestras e insignias que confirmaban las opiniones dichas, no se debía menospreciar ni tener en poco; y ofreciéndose el teniente Jiménez de Quesada, que aunque hombre criado entre las letras y sosiego y reposo del estudio, moraba en él un vigor y excelencia de ánimo y buena fortuna que le convidaba a abrazar aquesta trabajosa y dificultosa empresa, y a tomar entre manos el descubrimiento y jornada de los nacimientos del río grande de la Magdalena, y movió de todo punto el ánimo del adelantado a que haciendo nuevos gastos pusiese por obra aquesta empresa, determinando que se hiciesen bergantines y barcos que navegando el río arriba en compañía y en conserva de la gente que por tierra fuese, pudiesen ayudarse y favorecerse los unos a los otros, y en ellos pasar toda la gente las ciénagas y esteros, y otros ríos que a éste se juntan, que por ser hondables y caudalosos y aun de mucho riesgo por causa de los caimanes -pescados grandísimos de hechura de lagartos- con que excusarían las muertes y daños de muchos soldados que antes por este defecto habían peligrado y sido ahogados y muertos y arrebatados de los caimanes en las dos jornadas, que en tiempo de García de Lerma, gobernador de Santa Marta, se habían hecho; y en esto se dio tanta priesa el adelantado, que en breve tiempo hizo seis barcos y bergantines, los cuales proveyó bastantemente de todo lo necesario para la jornada y viaje; y estando éstos a pique para navegar, dio y entregó a su teniente el licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada, ocho compañías de infantería, en que había seiscientos hombres, con los cuales iban por capitanes Juan de Céspedes, Pero Fernández de Valenzuela, Lázaro Fonte, Juan de San Martín, Lebrija, Juan del Junco, Gonzalo Suárez, Madrid, que murió en el camino; y con esto le dio cien caballos aderezados, sin la gente que había de ir en los bergantines, que serían otros doscientos hombres, y dende arriba, y así se partió el licenciado don Gonzalo Jiménez de Quesada por tierra, la vuelta de Chimila, de la ciudad de Santa Marta, a cinco días del mes de abril, año del nacimiento de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo, de mil quinientos treinta y seis años 6 |; y dende a diez días después se partieron los seis bergantines del puerto de Santa Marta, llevando por su general al capitán Diego de Urbina, vizcaíno; y los capitanes de los bergantines eran Antonio Díaz Cardoso y Luis de Manjarrés, Juan Chamorro, y el otro era una fusta de Diego de Urbina; salieron de Santa Marta miércoles santo, y prosiguieron su viaje; de cuyo suceso luégo se dirá.

El teniente y capitán don Gonzalo Jiménez de Quesada caminó con su gente por tierra sin detenerse en ninguna parte hasta llegar a la provincia de Chimila, de la cual aunque en algunas partes atrás he apuntado, ahora hablaré algo más familiarmente, por no haber de volver tan presto a pasar por ella.

Esta provincia está apartada de Santa Marta cuarenta leguas a la halda de la provincia de los Caribes; es tierra algo estéril de agua y oro, poblada de gente desnuda, belicosa y muy crecida y herbolaria; es gente muy traidora, que nunca acomete sino es en celadas y emboscadas, y puestos en salto, y así hacen sus hechos y daños muy a su salvo, y han recibido más daño de ellos los españoles que no los españoles les han hecho. La hierba de que usan es de la propia operación que la demás de las provincias de Santa Marta, y así se está hoy por poblar y conquistar, aunque después acá han entrado en ella diversas veces españoles.

 

El general Jiménez de Quesada, por las causas dichas y por entrar ya el invierno, pasó algo de prisa por esta provincia, por lo cual asimismo le fue necesario arrimarse y tenerse a la provincia de los Caribes, como a tierra más alta, por causa de algunas ciénagas e inundaciones que el río grande empezaba ya a hacer con sus avenidas, y por esta causa dejó de seguir el camino derecho que iba al río grande, que no poco trabajo le costó por haber de ir descubriendo y abriendo nuevos caminos por sierras y montañas; acrecentó el trabajo al general y su gente un caudaloso río que al remate de la provincia de Chimila se hacía; el cual por venir tan crecido y furioso los necesitó a que anduviesen algunos días a buscar paso; y al fin no pudiéndolo hallar cual convenía, pasaron con sogas y cabuyas el hato y carruaje que tenían, donde por el mal aderezo perdieron muchas armas de soldados, así ofensivas como defensivas, que después les hicieron harta falta; pero con todos estos trabajos no se detenía mucho el general, procurando caminar con toda presteza, por llegar a tomar al río grande antes que los bergantines se le pasasen adelante, porque aunque cuando salieron de Santa Marta fue concertado que se juntarían en la provincia de Sompallon, que está poco menos de cien leguas el río arriba, pretendía el general Jiménez de Quesada juntarse con ellos antes, por remediar las vidas a algunos soldados que caían enfermos, que llevándolos en los barcos sería su mal menos dañoso ni sentido y no perecerían por el camino, y así con este apresurado caminar, llegó a una pequeña población llamada Chiriguaná, donde con toda la priesa que pretendía llevar, fue forzoso entretenerse a que tomasen aliento y descansasen los enfermos.

| Capítulo sexto  En que se escribe la fortuna que sobre los bergantines vino a la boca del río grande, y cómo fueron desbaratados.

 

Los cinco bergantines y la fusta, el día que salieron de Santa Marta que fue miércoles santo, durmieron en un ancón junto a tierra, llamado Los Dicos, y otro día, jueves santo, madrugaron antes que amaneciese, y comenzaron a navegar su viaje al río grande; y al tiempo que llegaron a la boca del río que estaba más conjunta a ellos, queriendo embocar por ella, para subir el río arriba, les sobrevino una tan repentina y recia tormenta, que los cuatro de los barcos ni les bastó alijar lo que llevaban para su mantenimiento a la mar ni usar de todos los otros remedios que los navegantes en semejantes tormentas suelen usar, y así fueron arrebatados del ímpetu y furor del viento, y con diversas fortunas que cada cual padeció, fueron arrojados a diversos lugares y playas de la costa de Cartagena, y la fusta que de respecto llevaba por suya Diego de Urbina, con cincuenta hombres, la arrojó el mar y el viento sobre el promontorio y punta de Morro Hermoso, que es en la costa de Cartagena, de la otra parte del río grande, tierra poblada de gente caribe, y que en esta sazón estaba de guerra; y como los españoles saliesen mareados y mojados y atormentados de la mar, y sin armas ningunas, y cada cual por su parte, dieron los indios en ellos, y sin que escapase ninguno con la vida, fueron miserable y cruelmente muertos, por mano de aquellos bárbaros, y sepultados en sus vientres.

Adelante de este promontorio y punta hacia donde dicen la Arboleda, dio y fue arrojada la fusta en que iba el capitán Diego de Urbina, y como su hado permitiese que su fusta diese en tierra ya que anochecía, tuvo mejor ocasión que los pasados para selibrar de las manos y vientres de los caribes, y desamparando él y toda su gente de todo punto la fusta, con lo que en ella se había escapado, caminaron con toda presteza la vuelta de Cartagena, antes de ser sentidos de los indios, y así otro día, cuando amaneció, se hallaron todos salvos fuéra de peligro de los caribes y gentes de guerra, y llegando a poblaciones de indios amigos y de paz, sujetos a Cartagena, hubieron de ellos comida y matalotaje, con que prosiguiendo su viaje y camino llegaron a Cartagena. Otro bergantín del capitán Antonio Díaz Cardoso dio en un ancón junto a Cartagena, llamado Zamba, y aunque estaba poblado de indios, eran amigos y feudatarios a Cartagena, y por eso no les hicieron daño, antes les vendieron por su rescate la comida que hubieron menester, y de allí, abonando el tiempo, se tornaron a embarcar, y se fueron en su bergantín a Cartagena. El bergantín del capitán Manjarrés aportó a la punta de Los Hicacos, que es ya muy junto a Cartagena, y aunque la mar lo echó en aquel puerto, y lo hizo encallar en tierra, no fue con tanto vigor que se quebrase el barco, y así, aplacada la tormenta, con la gente que consigo tenía, echó el barco a la mar, y metiéndose en él con su gente se fue como los demás a Cartagena. Los otros dos bergantines del capitán Juan Chamorro y de Cardoso andaban algo rezagados y traseros, y así corrieron muy diferente fortuna, porque arrebatándolos el viento con su ímpetu, los arrojó en una bahía que entre las dos bocas del río grande se hace, donde pudieron echar sus áncoras y asegurar sus navíos de la tormenta que allí no debía reinar con el ímpetu que en la mar; los cuales otro día, viernes santo, que ya la tormenta era sosegada, prosiguieron su viaje, sin saber el suceso de sus compañeros, y navegando se metieron por la boca más pequeña del río, que está hacia la parte de Cartagena, por donde subieron hasta el pueblo llamado Malambo, donde no hallando rastro de sus compañeros se estuvieron sin osar pasar de allí, porque los indios del río grande no los damnificasen con la mucha cantidad de canoas que podían juntar, y así se estuvieron en Malambo esperando que el adelantado los socorriese de más compañía. El señor de este pueblo, que se llamaba Milo, estaba de paz y era amigo de cristianos, y así proveía por su rescate a la gente de estos bergantines de lo que habían menester.

Toda la gente de los bergantines que aportó a Cartagena, visto el mal suceso de su armada, se juntaron un día para ver lo que debían hacer, si volverían a Santa Marta a dar cuenta de lo sucedido, al adelantado, y tornar a proseguir su viaje, o si irían a buscar nuevas tierras en que sustentarse. Sobre esto huno en la gente muy diversos pareceres, y así no determinaron nada, mas cada uno siguió su opinión y parecer. El capitán Diego de Urbina con todos los que quisieron seguir su opinión, se embarcó en navíos que a la sazón había para Nombre de Dios, y de allí se pasó a Perú. Los otros dos capitanes, Manjarrés y Cardoso, se metieron en una carabela que estaba de camino para Santa Marta, y dejando los bergantines en Cartagena a ciertos soldados amigos suyos, se volvieron a Santa Marta; de los cuales tuvo noticia el adelantado de la pérdida de sus bergantines y gente, y asimismo fue avisado, que si no quería haber también la misma perdición de la gente que por tierra había enviado, que con toda brevedad mandase hacer bergantines o barcos y enviárselos, porque de otra manera o en breve todos se volverían o todos perecerían, por los muchos esteros y lagunas y ríos que habían de pasar; y porque por tierra no se podían proveer de todo el bastimento de comida que era necesario para tanta gente sin ser socorridos por el río, y otros muchos efectos que la compañía de los bergantines traía a los que por tierra iban caminando.

El adelantado, con toda presteza, hizo aderezar y poner a punto dos bergantines o barcos grandes que había echados al través en la costa de Santa Marta, y desde a poco un soldado de los dos bergantines que estaba en el río grande en Malambo, con atrevimiento temerario, aunque le salió a bien, llamado Velasco de Villalpando, natural de Toro, se metió por entre muchas gentes de guerra y caribes, y vino a Santa Marta a dar aviso al adelantado de cómo los dos bergantines se habían salvado y escapado de la tormenta, y estaban en Malambo esperando el socorro y ayuda que el adelantado les había de enviar para proseguir su viaje, sin lo cual no pensaban proseguir, por las causas dichas.

En este mismo tiempo un soldado a quien en Cartagena el capitán Cardoso había dado su bergantín, que se decía Juan del Olmo, natural de Portillo, que de muchos días atrás había trabajado y conquistado en la provincia de Santa Marta, pretendiendo haber en ella entera gratificación de sus trabajos, se vino con el bergantín a Santa Marta, y se ofreció con él al servicio del adelantado, el cual se lo agradeció mucho, y hallándose en pocos días con estos tres bergantines, y pareciéndole que con los dos que en el río grande estaban, era bastante armada para seguramente navegar el río arriba e ir a socorrer la gente, nombró por capitanes de la armada al licenciado Gallegos y a Albarracín y a Cardoso, y por superior o general de todos al licenciado Gallegos, y dándoles la gente que le pareció ser menester y todos los aderezos que pudo, los despachó y despidió del puerto de Santa Marta; a los cuales corriéndoles mejor fortuna que a los primeros, entraron sin ninguna controversia por el río grande arriba, a las bocas del cual toparon con un pequeño esquife con catorce o quince hombres que habían escapado de una carabela que el propio adelantado de Canaria había enviado con matalotaje y comida, para que los bergantines se rehiciesen a la entrada del río; la cual por negligencia o ignorancia del piloto dio en un bajo y se hizo pedazos, y perdiose cuanto en ella iba, y ahogándose toda la más de la gente; solamente habían escapado estos quince hombres, los cuales fueron recogidos en los bergantines, y prosiguieron en ellos su viaje, hasta juntarse con los otros dos que en Malambo estaban, desde donde todos juntos comenzaron a navegar y proseguir su camino el río arriba, en alcance del general Jiménez de Quesada, con muy buena orden y muy recatada y cautamente, porque los indios del río, como gente belicosísima, salían muy ordinariamente con grandes armadas de canoas, todas llenas de gente flechera y herbolaria, a impedir el paso a los bergantines y ver si les podrían hacer otros daños, y algunas veces se juntaban de muy lejos los indios con sus canoas, en que venían a juntar armada de más de dos mil canoas, llenas de gente de guerra, con designio de tomar a manos los bergantines y entretenerlos, pero como aquel género de navíos que los indios usan, que es lo que yo aquí llamo canoas, sea tan bajo y terrero y de tan poca defensa ni ofensa, eran desbaratadas y aun echadas a hondo con algunas pelotas de los versos, que desde los bergantines les tiraban, aunque con sus furiosas y enherboladas flechas no dejaban de hacer daño en los españoles que en los bergantines iban.

Al tiempo que el general Jiménez salió de Santa Marta, según parece, quedó el adelantado que dentro de cierto tiempo le seguiría e iría con el resto de la gente que en Santa Marta quedaba el río arriba, y como después le sobrevino y sucedió el desbarate y pérdida de los bergantines, por donde como se ha dicho le fue necesario proveer otros de nuevo, dilatose con esto su partida, pero no perdió el propósito que tenía de seguirle porque luégo que hubo despachado al licenciado Gallegos con los tres bergantines, envió al capitán Luis de Manjarrés con provisión de dineros a Santo Domingo, para que allí como en tierra que había más copia de oficiales, y de las otras cosas necesarias, le hiciese hacer una fusta y tres bergantines y se los trajese a Santa Marta, para navegar el río arriba; pero todo esto descompuso la fortuna y la muerte, porque el capitán Manjarrés, llegado que fue a Santo Domingo, fue mandado prender, así por dineros que decían deber allí, como por cierto casamiento o palabra de casamiento que se le pedía, con lo cual ni tuvo ni le dieron lugar de poder efectuar lo que llevaba a cargo con la brevedad que se requería; y desde a un mes que el capitán Manjarrés salió de Santa Marta, le dio al adelantado don Pero Fernández de Lugo una enfermedad de que murió, y cesó la obra; pero su muerte fue muy sentida de todos los que en Santa Marta residían, por ser grandísima la virtud, afabilidad y excelencia que en él moraba, de suerte que ninguna persona recibió notable agravio ni afrenta de su mano. Muchos atribuyeron la acelerada muerte de este excelente varón al gran enojo y pasión que su hijo le causó con su desobediencia y alzamiento, cuya muerte fue desde a diez meses de como llegó a Santa Marta.

El capitán Manjarrés, desde a cuatro meses, volvió de Santo Domingo con Jerónimo Lebrón, que por muerte del buen adelantado vino a gobernar a Santa Marta, en su fusta y bergantín, y por haber cesado la peregrinación del patrón cesó la jornada y navegación que pretendían hacer el río arriba en seguimiento del general Jiménez de Quesada.

 

4  En la "tabla" de Sevilla, al final de cada encabezamiento de capítulo, eiste la indicación del folio correspondiente al mismo en el texto del manuscrito, lo cual demuestra que se trataba del índice de un libro provisto de foliación. El número de los folios corres­pondientes a los distintos capítulos es el siguiente: Del libro 19:    Capítulo primero       folio  1
   Capítulo segundo      folio  4
   Capítulo tercero        folio  7
   Capítulo cuarto         folio (roto en el original).
   Capítulo quinto         folio  12
   Capítulo sexto          folio 14 | (tachado en el original).
   Capítulo séptimo      folio 17 | (tachado en el original).
   Capítulo octavo        folio 22 | (tachado en el original).
   Capítulo noveno       folio 25 | (tachado en el original).
   Capítulo décimo        folio 29 | (tachado en el original).
   Capítulo undécimo    folio |84 (tachado en el original).
   Capítulo duodécimo  folio 40 (tachado en el original).
   Capítulo décimotercero  folio 48 (tachado en el original).
   
   Del libro 2º:
   Capítulo primero       folio 47 (tachado en el original).
   Capítulo segundo      folio 52 | (tachado en el original).
   Capítulo tercero        folio 58 (tachado en el original).
El capítulo tercero del segundo libro el último provisto de número en la foliación, aun cuando sigue en cada capítulo la abreviatura de la palabra "folio". seguida de un es­pacio en blanco. Cambia también el amanuense
5 El texto original reza: "de la maldad y traición y tiranía". Fue tachado y | traición.
6  Al margen, frente a este renglón dice: "1536"

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