|Capítulo tercero
De cómo después de
haber estado con todo su campo el adelantado algunos dias en los
llanos de Bonda,
envió a su hijo don Alonso Luis de Lugo a la sierra a buscar oro,
y lo que en toda la jornada, hasta llegar a
la Ramada, le sucedió.
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4
Teniendo ya junto todo su campo y compañías el adelantado en el
alojamiento de Bonda, determinó entretenerse allí algunos días por
ver si los indios y señor de Bonda bajaban a procurar su amistad,
sin querer más subir con su gente a lo alto, porque como este
caballero era de singular virtud y tenía en mucho la vida y
conservación de sus soldados, algunos de los cuales había visto de
muy pequeñas heridas y picaduras de las flechas morir rabiando, no
quiso ni consintió que se esparciese gente ni compañías de soldados
por ningunas partes; pero al fin, visto la poca utilidad que de
estar en aquel alojamiento se le seguía, y por otra parte las
quejas que de sus acreedores le cercaban, cuyos clamores mezclados
y llenos de amenazas de la justicia divina y humana a sus orejas
llegaban, determinó poner a su hijo y una parte de sus soldados en
aventura de lo que la fortuna con ellos quisiese hacer, y enviarlos
a la sierra nevada y valle de Tayrona a que procurasen, de grado o
por fuerza, con dádivas o rescates, haber algún oro para el efecto
dicho; y despidiendo a su hijo, desde aquel alojamiento, con la
mayor parte de los soldados, él se volvió con el resto de la gente
a Santa Marta, donde a la sazón llegaron ciertos soldados, de los
que en tiempo del doctor Infante habían ido con el capitán
Francisco Méndez Valenciano y con el capitán Juan de Ribera a hacer
esclavos a la Ramada, a los cuales había prendido el teniente
Nicolás Federmán, y le dieron aviso de lo sucedido a sus capitanes,
y de cómo la gente de Venezuela con su capitán general, que era el
propio Federmán, habían llegado a los términos de su gobernación y
andaban haciendo daños en los naturales de ella, robándolos y
llevándolos cautivos; por lo cual, escribiendo el adelantado
ciertas cartas a Federmán, exhortándole que se saliese de su
territorio y gobernación, envió asímismo aviso a su hijo don Alonso
Luis de Lugo que con la gente que tenía procurase llegarse hacia la
Ramada y río de la Hacha, y como pudiese echase a los de Venezuela
de su tierra; y porque la gente no se podía bien sustentar en Santa
Marta, envió un sobrino suyo, llamado Alonso de Lugo, a que se
entretuviese con más de doscientos hombres por los pueblos de
Concha y Ancones, donde están Ganga y Gayraca, y Guacharca y Nando,
y Naguange, pueblos de señores muy principales, puestos en las
riberas y puertos del Mar Océano, a que demás de que entre estos
indios se sustentasen algún tiempo, procurasen haber de ellos oro
para ayuda a pagar sus deudas. Y aunque al tiempo que entró este
capitán con su gente en las poblaciones dichas, fue afablemente
recibido y hospedado de los moradores de ellos, después, al tiempo
que tornaba a salirse, tomaron en algunos pueblos las armas contra
él, y le hicieron salir más de prisa que entró, con pérdida de
muchos soldados, que le hirieron con flechas de hierba, de que
vinieron a morir todos los heridos, sin escapar ninguno.
Don Alonso Luis de Lugo, luégo que hubo el aviso que su padre le
enviaba, propuso de ir en alcance y seguimiento de Federmán,
conclusa la demanda que entre manos llevaba, que era tomar ciertos
señores o caciques ricos, poblados en la sierra, y así atravesando
por las poblaciones de Bonda, haciendo el daño que en ellas pudo, y
por otras que en el camino había, cuyos moradores y naturales, no
espantándose ni cobrando ningún eficaz temor que les sujetase el
brío, por los daños que veían hacer en sus hermanos ni parientes,
antes animándose a haber entera venganza de sus enemigos, y a
procurar hacer algún sacrificio a las ánimas de los que en aquella
guerra eran muertos, con la sangre y vida de algunos españoles, se
les ponían delante en cerrados escuadrones, con sus muy crecidos
arcos hechos conforme a la estatura de cada uno, con los cuales y
con cierto artificio que para tender la cuerda usaban traer en la
mano derecha, arrojaban una innumerable lluvia de flechas, con que
hacían harto daño en los españoles, pero al fin como la fuerza de
los arcabuces fuese tanta y tan grande, eran no con mucha facilidad
ahuyentados y esparcidos la muchedumbre de los desnudos bárbaros, y
no dejando de tener continuas refriegas y revueltas con los indios
por do pasaba, llegó don Alonso con su gente cerca de las
poblaciones de los caciques y señores llamados Arogare y Maruare, a
quien otros llaman Biriburare, los cuales estaban ya con las armas
es las manos, esperando a los nuestros.
Velábanse estos bárbaros de noche por sus cuartos, al son de un
atambor grande que bien lejos oían, el cual tocaban al tiempo del
rendir del cuarto, para que la demás gente que en el pueblo había
estuviesen sobre el aviso, y con cuidado, para cuando se les
hiciese señal de guerra, la cual asímismo se les había de hacer con
aquel crecido atambor, pero los españoles y su capitán los
descuidaron con buen ardid con que los vinieron a asaltar sin ser
sentidos, porque como la jornada que habían de caminar de día la
caminasen de noche, y ésta fuese tan larga que los indios no temían
que los españoles la pudiesen hacer en una noche, fueron con esto
asegurados, y amaneciendo los nuestros sobre las velas y guardas y
dando asímismo con toda presteza en los pueblos de Arogare y
Maruare, que estaban juntos, fueron presos los dos caciques y
señores de ellos, en cuyo saco se hubo cantidad de oro; porque
aunque estos bárbaros esperaban la venida de los españoles a su
tierra, estaban tan confiados de la fortaleza del lugar y de sus
bríos, fuerzas y armas, que no sólo no esperaban la ruin
destrucción que por sus pueblos vieron, pero entendían y tenían por
muy cierto haber una gran victoria de los españoles, a costa de muy
poca sangre suya, y con esta bárbara confianza, no habían sacado
las joyas de oro y otras cosas de sus personas y haciendas que en
sus pueblos tenían, a ponerlas en cobro.
Don Alonso, de más del oro que los soldados hubieron por el
pueblo, hubo por el rescate de los dos principales cierta cantidad
de libras de oro fino, con lo cual y con lo que entre los soldados
hubo y tomó, afirman que recogió y metió en su poder más de
ochocientas libras de oro fino, lo cual puso en muy buen cobro, y
con propósito de hacer lo que después hizo, habló a todos los
capitanes y soldados del campo y les dijo y rogó que no curasen de
dar parte a su padre del oro que había habido ni se promoviesen a
que desposeyese de lo que con tanto trabajo y riesgo de su persona
él habla habido, en lo cual le harían todo placer y contento, y
serian de él gratificados y galardonados en cosas que el tiempo
ofrecería, y que los que con ánimos de damnificarle otra cosa
hiciesen, serian de él aborrecidos por extremo, y aun por ventura
en breve castigados, pues conforme a naturaleza, su padre no podía
vivir mucho tiempo sin que debilidad lo acabase de consumir,
después de cuyos días él había de suceder en la gobernación y como
señor absoluto haría lo que quisiese y le pareciese de sus
contrarios. Con estas palabras oprimió y atemorizó el ánimo de
todos los que con él iban, de suerte que aunque después volviesen a
Santa Marta, nunca el adelantado tuvo noticia, ni supo del oro que
su hijo había habido, hasta que con ello fue ido a España.
De esta población de Arogare y Maruare salió don Alonso con su
gente, y se fue a la vuelta de la Ramada y río de la Hacha en
demanda de Federmán, en el cual viaje pasó por las provincias y
pueblos de Bondigua y Guachaca, donde le dieron algunas guazabaras
en que le hirieron y mataron casi cuarenta hombres, y con falta de
comida llegó don Alonso a la Ramada donde halló que los soldados y
gente de Venezuela eran ya idos la vuelta del valle de Upar muchos
días había, y pareciéndole cosa dificultosa el alcanzarles, envió
con indios de la tierra las cartas que su padre había escrito a
Federmán, y él dio la vuelta con su gente a Santa Marta, donde
asímismo fue perseguido, como luégo diremos, grandemente de los
indios que por la costa de la mar había poblados, los cuales le
hacían muchas emboscadas y celadas, en que le mataron e hirieron
cantidad de gente. Los naturales de esta costa, desde Santa Marta
hasta la Ramada y río de la Hacha, es gente belicosa y que en sus
flechas ponen hierba ponzoñosa, y es gente muy crecida y lucida,
traen sus personas muy adornadas con piezas y joyas de oro: los
varones traen orejeras de oro colgadas de las orejas, que cada una
pesa quince y veinte pesos, y caricuries puestos en las narices
colgando de la ternilla de en medio, la cual abren y hienden para
este efecto, y grandes chagualas, que son como patenas, y
mediaslunas en los pechos, y al cuello se ponen muchos géneros de
cuentas, hechas de huesos y de caracoles y de piedras verdes, que
entre ellos son muy preciados, y cuentas y argentería hecha de oro.
Las mujeres casi traen las propias joyas que he dicho traen los
varones, y demás de ellas muy grandes brazaletes y ajorcas de oro,
y en las piernas, por sobre los tobillos y sobre las pantorrillas,
traen grandes vueltas de chaquira y cuentas de oro o de hueso, como
es el posible del marido de cada una, y lo mismo traen en los
molledos de los brazos y sobre los pechos, asimismo se ponen unas
molduras de oro con que los traen cubiertos; y aunque entre estos
indios hay y se hace alguna ropa de algodón, pocos la acostumbran
traer, por ser la tierra caliente, y ser para ellos cosa más
recreable el andar desnudos que vestidos. Todas estas joyas y
riquezas que estos indios e indias traían, hase de entender que era
en el tiempo de su libertad, antes que los españoles entrasen en
sus tierras, y al tiempo que entraron las tenían y usaban de ellas,
pero después que tantas veces han sido despojados de todo el oro y
joyas que poseían, ya no usan de estas grandezas.
|Capítulo cuarto
| De lo que a don Alonso Luis de
Lugo, hijo del adelantado, le sucedió en el camino con los indios
que en él había poblados.
Había entre la serranía de Santa Marta, que bajando hasta
la Ramada y la Mar del Norte, muy estrechas angosturas, por las
cuales habían forzosamente de pasar los españoles, cuyos pasos los
naturales o indios les tenían tomados con mucha cantidad de
flecheros que les estorbasen el paso; y como a los españoles les
era forzoso pasar por aquellas angosturas y estrechuras cubiertas
de monte, iban sujetos a todo el daño que los indios les quisiesen
hacer, y así pasaron como por contadero: como iban pasando los iban
los indios flechando y maltratando, y asi por asegurar algunos
pasos, le era forzoso a don Alonso entretenerse en algunas partes,
usando de ardides con los indios, para descuidarlos, y tener lugar
de pasar con menos daño de los suyos, y en otras era con continuas
arremetidas y acometimiento de los indios damnificados; todos estos
daños y males causaba la ponzoñosa hierba, que en sus puntas traían
las flechas que los indios tiraban, porque como algunas veces habré
apuntado, solamente que la flecha hiciese un pequeño rasguño en la
carne de que tocase o saliese sangre, era irremediable el mal y
herida, porque cundiendo la ponzoña por la sangre adelante, les
llegaba dentro de veinticuatro horas al corazón, donde reinando con
más fuerza la ponzoña de la hierba, causa en los hombres unos
temblores y alborotamiento de cuerpo y privación de juicio, que les
hacia decir cosas temerarias y espantosas y de fe dudosas para
hombres que sé estaban muriendo, y al fin morían con una manera de
desesperación que incitaba a los vicios antes a darse ellos propios
la muerte que esperarla de aquella suerte; y para remedio de este
mal y cura muy principal, tomaban los españoles al herido, y luégo,
incontinenti, antes que la hierba se extendiese por el cuerpo,
cortábanle con bruta crueldad gran parte de la carne que cerca de
la herida estaba, con la propia herida que dejaban hecho un
portillo y anatomía extraña, y luégo para mitigar el dolor de esto,
ponlanle gran cantidad de solimán crudo, con que no sólo le
abrasaban la herida que le hablan hecho, pero lo mas intrínseco de
sus entrañas, y de esta suerte inventaban mil géneros de curas y
remedios, que más eran para matar animales y bestias que para dar
vida a humanos hombres; de estos remedios usan hoy también en el
Nuevo Reino de Granada en la provincia de los Muzos, donde la
hierba no es menos mala ni ponzoñosa que la de estas provincias de
Santa Marta, de quien vamos contando; y es cierto que algunos de
estos malvados bárbaros han usado o inventado otro género de hierba
que con el vigor de su ponzoña causa que las carnes del propio
herido en vida se le van cayendo a pedazos, dejando los huesos
descarnados de todo punto, y perdiendo la humana carne su propio
color, se convierte en otro como azul y morado, que casi no se deja
entender.
Llegado don Alonso Luis de Lugo con su gente a la provincia de
Bondigua, los indios estaban tan a punto de pelear, que desde la
hora que en su tierra entró le comenzaron a dar guazabaras y
hacerle guerra, teniéndole tomado cierto paso muy estrecho que
adelante tenía que pasar, donde lo detuvieron con continuos
acometimientos cuatro días, sin poder damnificar a los indios en
cosa alguna, por ser la tierra áspera y montuosa, y guerrear los
indios desde sus casas, lo cual les causaba mayor daño a los
españoles, porque con el continuo trabajo de la guerra les
acompañaba muy grande hambre y necesidad de comida, la cual allí no
podían haber por tenerla toda los indios alzada y puesta en cobro.
Don Alonso viendo el aprieto en que estaba, llamó los soldados y
capitanes viejos que en su compañía estaban, y les pidió parecer y
consejo de lo que debían hacer, y el modo que tendrían para salir
del cerco y riesgo en que estaban e irse a Santa Marta, a los
cuales pareció que en anocheciendo debía salir un capitán con cien
hombres a tomar y asegurar los pasos que los indios de día
guardaban y que después de entrada la noche se hiciesen grandes
fuegos en el alojamiento, porque los indios entendiesen que había
en él gente, y que todo el campo junto marchase en seguimiento de
los cien soldados que adelante habían de ir. Pareció bien esta
industria de guerra a don Alonso y a los demás, y así lo pusieron
por la obra. Llegada la noche salieron los cien soldados como
estaba acordado, y caminando dieron en cierta trampa y celada que
los indios tenían puesta, aunque rústicamente, en el camino, y era
de esta suerte: que como el camino por donde iban los españoles
marchando, no era muy ancho ni escombrado, porque de una parte y
otra de él era arcabuco y monto espeso, tenían los indios en cierta
parte del camino unas cuerdas atravesadas dentro de la montaña
donde ellos estaban encubiertos, y colgados de estas cuerdas muchos
calabazos huecos y vacíos y otros huesos con que al tiempo que
alguna persona llegase a la cuerda, hiciese sin pensar algún
estruendo y fuese sentido; con este ardid fueron sentidos los cien
soldados que de la vanguardia iban marchando, de los indios que en
la celada estaban puestos, de quien recibieron una buena rociada de
flechas, con las cuales hirieron cuatro o cinco hombres, y
finalmente vinieron a las manos los españoles y los indios, en la
cual pelea era gran ventaja la que los españoles les tenían con sus
espadas, e hiriendo muchos de ellos, les hicieron dejar sin estorbo
el camino, y así tuvo toda la gente lugar de salir de este peligro
en que los de Bondigua les tenían puestos y llegaron a Bonde, donde
no recibieron daño más que de un solo indio que en un alto se les
puso a flechar muy a su salvo, pero fue ahuyentado de aquel lugar
por un soldado llamado Figueredo, portugués de nación, con que se
aseguraron de todo punto del daño que aquel solo bárbaro les
pudiera hacer con sus ponzoñosas flechas, y de allí otro día,
llegaron a la ciudad de Santa Marta, donde del adelantado fueron
todos recibidos con muy mucho contento, así por verlos volver a los
más buenos y con salud como porque entendía que se le traería el
oro que esperaba, para remedio de sus deudas.
Pero como don Alonso, con la desordenada codicia que en él había
reinado, hubiese, como se ha dicho, atemorizado la gente que no
diesen noticia a su padre del oro que se había rancheado, aunque
visitó a su padre, no le dio a entender cosa ninguna de lo que
traía, antes le comenzó a representar los trabajos y necesidades
que en el camino había pasado en cuatro meses que fuéra de Santa
Marta habían andado, y con toda presteza, muy secretamente, se
concertó con un maestre de los que en el puerto estaban para que lo
llevase a Castilla, y embarcándose con todo el oro que había habido
se hizo una noche a la vela, y se fue la vuelta de España, dejando
al adelantado, su padre, muy cargado de deudas.
Otro día de mañana supo el adelantado cómo su hijo se le había
alzado con el oro e ido a la vuelta de España, de que recibió
grande enojo y pasión, porque como el adelantado era hombre de gran
verdad, sintió mucho que demás de la tiranía que su hijo había
osado con él, le hubiese hecho caer en falta con los maestres y
señores de los navíos, a los cuales con esperanza de su venida y
socorro había entretenido mucho tiempo en el puerto de Santa Marta,
a los cuales satisfizo con vender parte de la hacienda que en Santa
Marta tenía, a menos precio, y con dinero que le prestaron y
libranzas que hizo en sus mayordomos y factores que en las islas de
Tenerife y la Palma tenía, y con esto se volvieron los navíos a
España, en los cuales envió contra su hijo a un caballero llamado
Diego López de Haro y a otro Diego de Cardinoso, escribiendo muy
particularmente al Rey, de la maldad 5 y tiranía que su hijo había
usado con él, que cierto fue cosa indigna de varones de tal
linaje.
|Capítulo quinto
De la gran
mortandad que de hambre y calenturas sobrevino en la gente que en
Santa Marta había.
El adelantado don Pedro Fernández de Lugo se quedó en Santa
Marta con toda su gente, y con harta pena y descontento de la burla
que su hijo le había hecho; pero como aquélla era ya pasada, y de
bienes temporales, dábanle muy doblada y mayor pena el hambre y
enfermedad que sobre su gente y pueblo habían sobrevenido; porque
como el principal sustento era maíz, el cual no se había, por
respecto de estar los naturales rebeldes, no hallaban con dineros
ni sin ellos qué comer, y sobre el hambre les daban muy recias
calenturas, de suerte que en breve tiempo los despachaba, y acaecía
por abreviar con los oficios, echar quince o veinte hombres en un
hoyo, y era tan cotidiano el morir en esta gente, que porque el
clamar de las campanas no desanimase algunos enfermos que empezaban
a arreciar, ni apresurase el camino de los que enfermaban, hubo de
mandar el adelantado que por muerte de ninguna persona se tocasen
campanas, ni tañesen, y así los llevaban con silencio a
enterrar.
Muchas personas, viendo estas calamidades que en esta ciudad
había, procuraban abstenerse e irse de ella para remediar sus
vidas; y viendo el adelantado que por una parte la enfermedad, por
otra el hambre, por otra el temor, eran causa de írsele apocando su
gente, acordó con parecer de muchos antiguos, echarla fuéra del
pueblo a que hiciese algún descubrimiento; porque con el ejercicio
les parecía que se haría todo más remediable. Pero esta jornada no
la quiso el adelantado hacer tan sin fundamento, como algunos al
principio entendían que se haría, mas con toda diligencia se
procuró informar qué derrota y camino se podría tomar para
descubrir que fuese o pudiese ser más útil y provechoso.
Los antiguos le dijeron que no hallaban tierra que poder seguir,
si no eran los nacimientos del río grande, porque hacia la parte
del Cabo la Vela y laguna de Maracaibo era tierra que estaba ya
toda corrida y andada por la gente de Venezuela, y por la parte del
río grande la costa adelante estaba Cartagena, Y que las sierras de
Santa Marta serían sin ningún fruto el pretender entrar en ellas,
antes redundaría en daño de la gente española, y que por tras la
serranía de Santa Marta estaba ya por ellos visto todo, que era el
valle de Upar y río de Cesare, y que aunque dos veces habían
llegado hasta cierta provincia que es la ribera del río llamado
Sompallon, que las enfermedades los había abatido y hecho tornar
abajo, y el haberse querido apartar del río, pero no la esperanza
cierta que aquella grandeza de río les daba y había dado de que en
sus nacimientos había alguna rica y próspera tierra.
Al adelantado y a su teniente general, el licenciado don Gonzalo
Jiménez de Quesada, les pareció bien lo que los soldados y
capitanes viejos decían, y ellos asimismo hallaban por buenas
conjeturas que un río que iba poblado y traía en sí muestras e
insignias que confirmaban las opiniones dichas, no se debía
menospreciar ni tener en poco; y ofreciéndose el teniente Jiménez
de Quesada, que aunque hombre criado entre las letras y sosiego y
reposo del estudio, moraba en él un vigor y excelencia de ánimo y
buena fortuna que le convidaba a abrazar aquesta trabajosa y
dificultosa empresa, y a tomar entre manos el descubrimiento y
jornada de los nacimientos del río grande de la Magdalena, y movió
de todo punto el ánimo del adelantado a que haciendo nuevos gastos
pusiese por obra aquesta empresa, determinando que se hiciesen
bergantines y barcos que navegando el río arriba en compañía y en
conserva de la gente que por tierra fuese, pudiesen ayudarse y
favorecerse los unos a los otros, y en ellos pasar toda la gente
las ciénagas y esteros, y otros ríos que a éste se juntan, que por
ser hondables y caudalosos y aun de mucho riesgo por causa de los
caimanes -pescados grandísimos de hechura de lagartos- con que
excusarían las muertes y daños de muchos soldados que antes por
este defecto habían peligrado y sido ahogados y muertos y
arrebatados de los caimanes en las dos jornadas, que en tiempo de
García de Lerma, gobernador de Santa Marta, se habían hecho; y en
esto se dio tanta priesa el adelantado, que en breve tiempo hizo
seis barcos y bergantines, los cuales proveyó bastantemente de todo
lo necesario para la jornada y viaje; y estando éstos a pique para
navegar, dio y entregó a su teniente el licenciado don Gonzalo
Jiménez de Quesada, ocho compañías de infantería, en que había
seiscientos hombres, con los cuales iban por capitanes Juan de
Céspedes, Pero Fernández de Valenzuela, Lázaro Fonte, Juan de San
Martín, Lebrija, Juan del Junco, Gonzalo Suárez, Madrid, que murió
en el camino; y con esto le dio cien caballos aderezados, sin la
gente que había de ir en los bergantines, que serían otros
doscientos hombres, y dende arriba, y así se partió el licenciado
don Gonzalo Jiménez de Quesada por tierra, la vuelta de Chimila, de
la ciudad de Santa Marta, a cinco días del mes de abril, año del
nacimiento de nuestro Salvador y Redentor Jesucristo, de mil
quinientos treinta y seis años 6
|; y dende a diez días
después se partieron los seis bergantines del puerto de Santa
Marta, llevando por su general al capitán Diego de Urbina,
vizcaíno; y los capitanes de los bergantines eran Antonio Díaz
Cardoso y Luis de Manjarrés, Juan Chamorro, y el otro era una fusta
de Diego de Urbina; salieron de Santa Marta miércoles santo, y
prosiguieron su viaje; de cuyo suceso luégo se dirá.
El teniente y capitán don Gonzalo Jiménez de Quesada caminó con
su gente por tierra sin detenerse en ninguna parte hasta llegar a
la provincia de Chimila, de la cual aunque en algunas partes atrás
he apuntado, ahora hablaré algo más familiarmente, por no haber de
volver tan presto a pasar por ella.
Esta provincia está apartada de Santa Marta cuarenta leguas a la
halda de la provincia de los Caribes; es tierra algo estéril de
agua y oro, poblada de gente desnuda, belicosa y muy crecida y
herbolaria; es gente muy traidora, que nunca acomete sino es en
celadas y emboscadas, y puestos en salto, y así hacen sus hechos y
daños muy a su salvo, y han recibido más daño de ellos los
españoles que no los españoles les han hecho. La hierba de que usan
es de la propia operación que la demás de las provincias de Santa
Marta, y así se está hoy por poblar y conquistar, aunque después
acá han entrado en ella diversas veces españoles.
El general Jiménez de Quesada, por las causas dichas y por
entrar ya el invierno, pasó algo de prisa por esta provincia, por
lo cual asimismo le fue necesario arrimarse y tenerse a la
provincia de los Caribes, como a tierra más alta, por causa de
algunas ciénagas e inundaciones que el río grande empezaba ya a
hacer con sus avenidas, y por esta causa dejó de seguir el camino
derecho que iba al río grande, que no poco trabajo le costó por
haber de ir descubriendo y abriendo nuevos caminos por sierras y
montañas; acrecentó el trabajo al general y su gente un caudaloso
río que al remate de la provincia de Chimila se hacía; el cual por
venir tan crecido y furioso los necesitó a que anduviesen algunos
días a buscar paso; y al fin no pudiéndolo hallar cual convenía,
pasaron con sogas y cabuyas el hato y carruaje que tenían, donde
por el mal aderezo perdieron muchas armas de soldados, así
ofensivas como defensivas, que después les hicieron harta falta;
pero con todos estos trabajos no se detenía mucho el general,
procurando caminar con toda presteza, por llegar a tomar al río
grande antes que los bergantines se le pasasen adelante, porque
aunque cuando salieron de Santa Marta fue concertado que se
juntarían en la provincia de Sompallon, que está poco menos de cien
leguas el río arriba, pretendía el general Jiménez de Quesada
juntarse con ellos antes, por remediar las vidas a algunos soldados
que caían enfermos, que llevándolos en los barcos sería su mal
menos dañoso ni sentido y no perecerían por el camino, y así con
este apresurado caminar, llegó a una pequeña población llamada
Chiriguaná, donde con toda la priesa que pretendía llevar, fue
forzoso entretenerse a que tomasen aliento y descansasen los
enfermos.
| Capítulo sexto
En que se
escribe la fortuna que sobre los bergantines vino a la boca del río
grande, y cómo fueron desbaratados.
Los cinco bergantines y la fusta, el día que salieron de Santa
Marta que fue miércoles santo, durmieron en un ancón junto a
tierra, llamado Los Dicos, y otro día, jueves santo, madrugaron
antes que amaneciese, y comenzaron a navegar su viaje al río
grande; y al tiempo que llegaron a la boca del río que estaba más
conjunta a ellos, queriendo embocar por ella, para subir el río
arriba, les sobrevino una tan repentina y recia tormenta, que los
cuatro de los barcos ni les bastó alijar lo que llevaban para su
mantenimiento a la mar ni usar de todos los otros remedios que los
navegantes en semejantes tormentas suelen usar, y así fueron
arrebatados del ímpetu y furor del viento, y con diversas fortunas
que cada cual padeció, fueron arrojados a diversos lugares y playas
de la costa de Cartagena, y la fusta que de respecto llevaba por
suya Diego de Urbina, con cincuenta hombres, la arrojó el mar y el
viento sobre el promontorio y punta de Morro Hermoso, que es en la
costa de Cartagena, de la otra parte del río grande, tierra poblada
de gente caribe, y que en esta sazón estaba de guerra; y como los
españoles saliesen mareados y mojados y atormentados de la mar, y
sin armas ningunas, y cada cual por su parte, dieron los indios en
ellos, y sin que escapase ninguno con la vida, fueron miserable y
cruelmente muertos, por mano de aquellos bárbaros, y sepultados en
sus vientres.
Adelante de este promontorio y punta hacia donde dicen la
Arboleda, dio y fue arrojada la fusta en que iba el capitán Diego
de Urbina, y como su hado permitiese que su fusta diese en tierra
ya que anochecía, tuvo mejor ocasión que los pasados para selibrar
de las manos y vientres de los caribes, y desamparando él y toda su
gente de todo punto la fusta, con lo que en ella se había escapado,
caminaron con toda presteza la vuelta de Cartagena, antes de ser
sentidos de los indios, y así otro día, cuando amaneció, se
hallaron todos salvos fuéra de peligro de los caribes y gentes de
guerra, y llegando a poblaciones de indios amigos y de paz, sujetos
a Cartagena, hubieron de ellos comida y matalotaje, con que
prosiguiendo su viaje y camino llegaron a Cartagena. Otro bergantín
del capitán Antonio Díaz Cardoso dio en un ancón junto a Cartagena,
llamado Zamba, y aunque estaba poblado de indios, eran amigos y
feudatarios a Cartagena, y por eso no les hicieron daño, antes les
vendieron por su rescate la comida que hubieron menester, y de
allí, abonando el tiempo, se tornaron a embarcar, y se fueron en su
bergantín a Cartagena. El bergantín del capitán Manjarrés aportó a
la punta de Los Hicacos, que es ya muy junto a Cartagena, y aunque
la mar lo echó en aquel puerto, y lo hizo encallar en tierra, no
fue con tanto vigor que se quebrase el barco, y así, aplacada la
tormenta, con la gente que consigo tenía, echó el barco a la mar, y
metiéndose en él con su gente se fue como los demás a Cartagena.
Los otros dos bergantines del capitán Juan Chamorro y de Cardoso
andaban algo rezagados y traseros, y así corrieron muy diferente
fortuna, porque arrebatándolos el viento con su ímpetu, los arrojó
en una bahía que entre las dos bocas del río grande se hace, donde
pudieron echar sus áncoras y asegurar sus navíos de la tormenta que
allí no debía reinar con el ímpetu que en la mar; los cuales otro
día, viernes santo, que ya la tormenta era sosegada, prosiguieron
su viaje, sin saber el suceso de sus compañeros, y navegando se
metieron por la boca más pequeña del río, que está hacia la parte
de Cartagena, por donde subieron hasta el pueblo llamado Malambo,
donde no hallando rastro de sus compañeros se estuvieron sin osar
pasar de allí, porque los indios del río grande no los damnificasen
con la mucha cantidad de canoas que podían juntar, y así se
estuvieron en Malambo esperando que el adelantado los socorriese de
más compañía. El señor de este pueblo, que se llamaba Milo, estaba
de paz y era amigo de cristianos, y así proveía por su rescate a la
gente de estos bergantines de lo que habían menester.
Toda la gente de los bergantines que aportó a Cartagena, visto
el mal suceso de su armada, se juntaron un día para ver lo que
debían hacer, si volverían a Santa Marta a dar cuenta de lo
sucedido, al adelantado, y tornar a proseguir su viaje, o si irían
a buscar nuevas tierras en que sustentarse. Sobre esto huno en la
gente muy diversos pareceres, y así no determinaron nada, mas cada
uno siguió su opinión y parecer. El capitán Diego de Urbina con
todos los que quisieron seguir su opinión, se embarcó en navíos que
a la sazón había para Nombre de Dios, y de allí se pasó a Perú. Los
otros dos capitanes, Manjarrés y Cardoso, se metieron en una
carabela que estaba de camino para Santa Marta, y dejando los
bergantines en Cartagena a ciertos soldados amigos suyos, se
volvieron a Santa Marta; de los cuales tuvo noticia el adelantado
de la pérdida de sus bergantines y gente, y asimismo fue avisado,
que si no quería haber también la misma perdición de la gente que
por tierra había enviado, que con toda brevedad mandase hacer
bergantines o barcos y enviárselos, porque de otra manera o en
breve todos se volverían o todos perecerían, por los muchos esteros
y lagunas y ríos que habían de pasar; y porque por tierra no se
podían proveer de todo el bastimento de comida que era necesario
para tanta gente sin ser socorridos por el río, y otros muchos
efectos que la compañía de los bergantines traía a los que por
tierra iban caminando.
El adelantado, con toda presteza, hizo aderezar y poner a punto
dos bergantines o barcos grandes que había echados al través en la
costa de Santa Marta, y desde a poco un soldado de los dos
bergantines que estaba en el río grande en Malambo, con
atrevimiento temerario, aunque le salió a bien, llamado Velasco de
Villalpando, natural de Toro, se metió por entre muchas gentes de
guerra y caribes, y vino a Santa Marta a dar aviso al adelantado de
cómo los dos bergantines se habían salvado y escapado de la
tormenta, y estaban en Malambo esperando el socorro y ayuda que el
adelantado les había de enviar para proseguir su viaje, sin lo cual
no pensaban proseguir, por las causas dichas.
En este mismo tiempo un soldado a quien en Cartagena el capitán
Cardoso había dado su bergantín, que se decía Juan del Olmo,
natural de Portillo, que de muchos días atrás había trabajado y
conquistado en la provincia de Santa Marta, pretendiendo haber en
ella entera gratificación de sus trabajos, se vino con el bergantín
a Santa Marta, y se ofreció con él al servicio del adelantado, el
cual se lo agradeció mucho, y hallándose en pocos días con estos
tres bergantines, y pareciéndole que con los dos que en el río
grande estaban, era bastante armada para seguramente navegar el río
arriba e ir a socorrer la gente, nombró por capitanes de la armada
al licenciado Gallegos y a Albarracín y a Cardoso, y por superior o
general de todos al licenciado Gallegos, y dándoles la gente que le
pareció ser menester y todos los aderezos que pudo, los despachó y
despidió del puerto de Santa Marta; a los cuales corriéndoles mejor
fortuna que a los primeros, entraron sin ninguna controversia por
el río grande arriba, a las bocas del cual toparon con un pequeño
esquife con catorce o quince hombres que habían escapado de una
carabela que el propio adelantado de Canaria había enviado con
matalotaje y comida, para que los bergantines se rehiciesen a la
entrada del río; la cual por negligencia o ignorancia del piloto
dio en un bajo y se hizo pedazos, y perdiose cuanto en ella iba, y
ahogándose toda la más de la gente; solamente habían escapado estos
quince hombres, los cuales fueron recogidos en los bergantines, y
prosiguieron en ellos su viaje, hasta juntarse con los otros dos
que en Malambo estaban, desde donde todos juntos comenzaron a
navegar y proseguir su camino el río arriba, en alcance del general
Jiménez de Quesada, con muy buena orden y muy recatada y
cautamente, porque los indios del río, como gente belicosísima,
salían muy ordinariamente con grandes armadas de canoas, todas
llenas de gente flechera y herbolaria, a impedir el paso a los
bergantines y ver si les podrían hacer otros daños, y algunas veces
se juntaban de muy lejos los indios con sus canoas, en que venían a
juntar armada de más de dos mil canoas, llenas de gente de guerra,
con designio de tomar a manos los bergantines y entretenerlos, pero
como aquel género de navíos que los indios usan, que es lo que yo
aquí llamo canoas, sea tan bajo y terrero y de tan poca defensa ni
ofensa, eran desbaratadas y aun echadas a hondo con algunas pelotas
de los versos, que desde los bergantines les tiraban, aunque con
sus furiosas y enherboladas flechas no dejaban de hacer daño en los
españoles que en los bergantines iban.
Al tiempo que el general Jiménez salió de Santa Marta, según
parece, quedó el adelantado que dentro de cierto tiempo le seguiría
e iría con el resto de la gente que en Santa Marta quedaba el río
arriba, y como después le sobrevino y sucedió el desbarate y
pérdida de los bergantines, por donde como se ha dicho le fue
necesario proveer otros de nuevo, dilatose con esto su partida,
pero no perdió el propósito que tenía de seguirle porque luégo que
hubo despachado al licenciado Gallegos con los tres bergantines,
envió al capitán Luis de Manjarrés con provisión de dineros a Santo
Domingo, para que allí como en tierra que había más copia de
oficiales, y de las otras cosas necesarias, le hiciese hacer una
fusta y tres bergantines y se los trajese a Santa Marta, para
navegar el río arriba; pero todo esto descompuso la fortuna y la
muerte, porque el capitán Manjarrés, llegado que fue a Santo
Domingo, fue mandado prender, así por dineros que decían deber
allí, como por cierto casamiento o palabra de casamiento que se le
pedía, con lo cual ni tuvo ni le dieron lugar de poder efectuar lo
que llevaba a cargo con la brevedad que se requería; y desde a un
mes que el capitán Manjarrés salió de Santa Marta, le dio al
adelantado don Pero Fernández de Lugo una enfermedad de que murió,
y cesó la obra; pero su muerte fue muy sentida de todos los que en
Santa Marta residían, por ser grandísima la virtud, afabilidad y
excelencia que en él moraba, de suerte que ninguna persona recibió
notable agravio ni afrenta de su mano. Muchos atribuyeron la
acelerada muerte de este excelente varón al gran enojo y pasión que
su hijo le causó con su desobediencia y alzamiento, cuya muerte fue
desde a diez meses de como llegó a Santa Marta.
El capitán Manjarrés, desde a cuatro meses, volvió de Santo
Domingo con Jerónimo Lebrón, que por muerte del buen adelantado
vino a gobernar a Santa Marta, en su fusta y bergantín, y por haber
cesado la peregrinación del patrón cesó la jornada y navegación que
pretendían hacer el río arriba en seguimiento del general Jiménez
de Quesada.
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4
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En la "tabla" de Sevilla, al final de cada encabezamiento de
capítulo, eiste la indicación del folio correspondiente al mismo en
el texto del manuscrito, lo cual demuestra que se trataba del
índice de un libro provisto de foliación. El número de los folios
correspondientes a los distintos capítulos es el siguiente:
Del libro 19:
Capítulo primero folio 1
Capítulo segundo folio 4
Capítulo tercero folio 7
Capítulo cuarto folio (roto en el original).
Capítulo quinto folio 12
Capítulo sexto folio 14
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(tachado en el
original).
Capítulo séptimo folio 17
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(tachado en el
original).
Capítulo octavo folio 22
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(tachado en el
original).
Capítulo noveno folio 25
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(tachado en el
original).
Capítulo décimo folio 29
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(tachado en el
original).
Capítulo undécimo folio
|84 (tachado en el
original).
Capítulo duodécimo folio 40 (tachado en el original).
Capítulo décimotercero folio 48 (tachado en el
original).
Del libro 2º:
Capítulo primero folio 47 (tachado en el
original).
Capítulo segundo folio 52
|
(tachado en el
original).
Capítulo tercero folio 58 (tachado en el original).
El capítulo tercero del segundo libro el último provisto de
número en la foliación, aun cuando sigue en cada capítulo la
abreviatura de la palabra "folio". seguida de un espacio en
blanco. Cambia también el amanuense
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5
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El texto original reza: "de la maldad y traición y tiranía".
Fue tachado y
| traición.
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6
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Al margen, frente a este renglón dice: "1536"
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