LIBRO SEGUNDO
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1
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En el segundo libro se escribe y
cuenta cómo el emperador don Carlos quinto dio la gobernación de
Santa Marta al adelantado de Canaria, don Pedro Fernández de Lugo,
el cual venido que fue a su gobernación por su persona y la de su
hijo y otros capitanes, intentó algunas jornadas y entradas a
pacificar a la sierra de Santa Marta y Bonda, y a otras partes y
provincias, en que la más insigne fue la que encargó al licenciado
don Gonzalo Jiménez de Quesada, su teniente general, en
descubrimiento de los nacimientos del río grande de la
Magdalena.
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|Cuéntase la salida de este capitán y de su gente de Santa
Marta y la prosecución y sucesos de su jornada hasta que llegó al
valle de la Grita, principio de la tierra del Nuevo Reino de
Granada, que descubrió. Hácese particular mención de todo lo
sucedido en Santa Marta todo el tiempo que este adelantado la
gobernó hasta que murió, que serían diez meses, y de la hierba que
usan los indios de esta provincia y de otras a ella comarcanas, con
que mueren rabiando los hombres que de ella son heridos, y de otras
particularidades de las Indias y naturales y valles de estas
provincias, y guerras que con ellos los españoles tuvieron durante
el tiempo de gobierno del dicho adelantado
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2
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Capítulo
primero
En que se
escribe cómo el adelantado de Canaria hubo del emperador
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3
don Carlos la gobernación de Santa
Marta por dos vidas.
Don Alonso de Lugo, primer adelantado de las islas de Canaria,
conquistó las islas de Tenerife y la Palma, por lo cualel Rey
Católico Don Fernando le dio el señorío de aquellas dos islas por
dos vidas, de las cuales era adelantado, y aunque su título era
adelantado de Canaria, no por eso su jurisdicción y señorío se
extendió a la isla de Canaria que siempre fue realenga, ni a
ninguna de las otras cuatro islas; al cual después de sus días
sucedió don Pedro Fernández de Lugo, su hijo. Este, viendo que en
él se acababa el adelantamiento y señorío de aquella tierra,
procuró dilatar y extender su estado con tratar con el Rey Don
Carlos, emperador quinto de este nombre, señor universal que en
aquel tiempo era de los reinos de Castilla, y del imperio de las
Indias, que le diese la gobernación de Santa Marta por ciertas
vidas, para él y para sus sucesores, con lo que él descubriese
debajo de cierta demarcación norte-sur, y que le dejaría el señorío
de las islas de la Palma y Tenerife, que él entonces poseía. El
emperador tuvo por bien de hacer cualquier concierto con él, porque
llevaban principio aquellas islas de ser de mucha utilidad a la
corona y estado real, y así le dio la gobernación de Santa Marta
por dos vidas, que la una fuese la suya y la otra de su sucesor, en
las cuales fuese señor y gobernador de todo lo que descubriese y
poblase, con otras particulares condiciones que hacen poco a
nuestro propósito; lo cual se efectuó y celebró en España el año de
mil quinientos treinta y tres, o treinta y cuatro, y luégo el
adelantado don Pedro Fernández de Lugo, así en España como en las
islas de Canaria, comenzó a juntar gente para irse a su gobernación
de Santa Marta, y poblana y conquistarla, en donde hizo mil
doscientos hombres, con los cuales y muchas municiones y aderezos
de guerra, llegó a la ciudad de Santa Marta, con dieciocho navíos
por el año de treinta y cinco, donde halló que gobernaba el capitán
Juan de Céspedes, por el doctor Infante, el cual dejando el
gobierno, se volvió a Santo Domingo, a residir en su silla de
oidor.
Traía el adelantado muchos y muy buenos aderezos de guerra, para
ofender y defenderse de los indios, pero no conforme a la usanza de
Indias, cuya disciplina militar él no pensaba seguir; antes burlaba
de ella, como si hubiera de pelear con gente que a su similitud
hubiera de usar la guerra. Trajo consigo, demás de muchos
caballeros muy principales, y de mucha cuenta, a su hijo, don
Alonso Luis de Lugo, y a los capitanes Lázaro Fonte, natural de
Tenerife en las Canarias, y por su teniente y justicia mayor al
licenciado Jiménez de Quesada; al capitán Juan de Albarracín,
natural del puerto de Santa María; al capitán Luis Bernal, natural
del mismo puerto de Santa María; al capitán Jerónimo Suárez,
natural de Málaga, y a otro capitán que se decía Madrid, el maestre
de campo Diego de Urbina, el capitán Tapia, natural de la ciudad de
Ávila, el capitán don Pedro de Portugal, y demás de esta gente que
el adelantado de Canaria metió en Santa Marta, había en ella de los
antiguos capitanes y pobladores y conquistadores, otros quinientos
hombres; y después de haberse metido en posesión de su gobernación,
lo primero que pretendió hacer fue procurar pacificar la tierra,
que estaba alzada y rebelada la más de ella, para sacar de los
naturales y señores de ella alguna cantidad de oro con que poder
pagar los fletes a los señores capitanes de los navíos, y a otras
personas que le habían prestado dineros, que le fatigaban y daban
priesa sobre la cobranza y paga de ellos. Para este efecto, hizo
reseña general de toda la gente que en Santa Marta en esta sazón
había, y que halló casi dos mil hombres, y luégo los mandó
apercibir a todos los más, que no quedaron en Santa Marta cien
hombres, con los cuales el adelantado comenzó a marchar hacia el
pueblo del cacique o señor llamado Bonda, llevando su gente en
ordenanza, y a paso de atambor, con sus banderas tendidas.
Algunos de aquellos capitanes que de tiempo más antiguo habían
estado en Santa Marta y sabían el modo como se debía encaminar
aquella gente para más seguridad suya, avisaban al adelantado que
no curase de seguir aquellas ordenanzas ni hacer aquellas... de
gentes y municiones, porque era poner toda su gente por blanco y
terrero, donde los indios disparasen sus flechas, que untadas con
la ponzoña y pestífera hierba solían tirar, con que en breve tiempo
vería una irremediable mortandad en los suyos, porque por muy
pequeñas heridas que con las enherboladas flechas tiradas por la
furia de aquellos bárbaros recibiesen, no sería parte ninguna
antigua experiencia de cirujanos, ni letras de médicos que en su
campo trajese a remediar las vidas de los que fuesen heridos.
Pero de estas cosas burlaba el adelantado pareciéndole que eran
fabuloeas o inventadas por aquellos hombres, que se lo decían a fin
que se hiciese particular cuenta y caso de ellos, y que él fuese
necesitado a tomar su consejo; pero el tiempo le constriñó después
a que él viniese a pedir con ruegos y halagos lo que al principio
de voluntad le ofrecían, porque como con su gente y campo marchase
por junto a la sierra que era tierra llana, y los indios desde los
altos se pusiesen a ver aquel escuadrón de lucida gente caminar tan
a compás, y por tan nueva orden, seguramente les arrojaban algunas
flechas con que herían muy a su salvo, desde lo alto, algunos de
aquellos bisoños soldados que muy despacio iban caminando, al son
de sus atambores, sin que de toda aquella multitud de soldados
pudiesen damnificarlos.
La pretensión de los capitanes viejos y experimentados en
aquella milicia era que aquellos indios indómitos bárbaros, que ya
diversas veces habían sido traídos por halagos y por temores y
fuerzas a la amistad de los españoles, se usase con ellos de rigor,
pues no tenían ningún agradecimiento, anticipándose, sin que de
ellos fuesen sentidos, a ir a sus pueblos de noche y cogerlos
descuidados, sin que pudiesen enteramente tomar las armas en las
manos, con el cual ardid y con otros semejantes se suelen domar
estos muy belicosos indios, los cuales, si antes de ser asaltados y
sujetos de la suerte dicha, sienten a sus contrarios los españoles,
ninguna fuerza de armas será parte a sujetarlos y domarlos; porque
como es gente tan suelta y hecha a andar por aquella áspera y
montuosa tierra, y la saben toda, y tienen para su defensa el
remedio de la ponzoñosa hierba que en las flechas ponen, cuyas
pequeñas heridas, como se ha dicho, son irremediables, hacen muy a
su salvo la guerra, y en tomando una vez las armas en la mano,
procuran haber entera victoria, dando sobre los españoles a horas
no pensadas, confiados en el daño que con sus flechas y hierba les
han de hacer, y que cuando los españoles más victoriosos fueren
contra ellos y muy de vencida los llevaren, los han de andar a
tomar y prender como fieras por los espesos bosques, porque como
estos bárbaros vengan desnudos a la guerra y no traigan peso de
armas, ni ropa que los estorbe, fácilmente cuelan por cualquier
espeso matorral y arcabuco, y así pocas veces los ofenden los
españoles, sino es como he dicho, asaltándolos de noche, con mucha
presteza, lo cual no pensaba hacer el adelantado, sino usar con
ellos de todo comedimiento y modestia, llamándolos con halagos y
buenas palabras y por vía de dádivas y resgates atraerlos a su
amistad, pareciéndole que, pues aquellos bárbaros era gente que
poseían tanta riqueza de oro, y tenían capacidad y entendimiento
para conocer la grandeza de aquel metal, que es el más subido de
los metales, que también lo tendrían para conocer los halagos y
buenos tratamientos que él les pretendía hacer, y que ya que esto
no bastase, con el temor de ver en su tierra tanta multitud de
gente, por evitar los daños que la guerra suele traer, le saldrían
con algún partido.
De todas estas consideraciones estaban bien apartados el señor y
moradores de Bonda, y de otros pueblos de él sujetos y comarcanos,
teniendo, como he dicho, puesta toda su esperanza en la aspereza y
en la fuerza de sus armas y en la ligereza de sus personas. El
adelantado, marchando con su campo, llegó a los llanos de Bonda,
que está cuatro leguas de Santa Marta, donde los indios tenían
muchas labranzas y sementeras para su sustento, en donde hizo y
situó su alojamiento, muy por su orden, y puso sus tiendas y
pabellones y toldos. Estos alojamientos, se suelen comúnmente, a lo
menos en el Nuevo Reino, llamar rancherías, y lo mismo llaman a
cualquier sitio o fortaleza donde los indios, dejada su antigua
población, se recogen con el miedo de los españoles, y al saquear
algún pueblo y tomar todo lo que en él hay, llaman ranchear, y al
oro que de esta suerte se ha habido, llaman oro de rancheo, y de
esta suerte van colorando los actos de la avaricia y rapiña con
vocablos exquisitos e inusitados.
Los indios de Bonda, desde que vieron alojados el campo y la
gente del adelantado, oyeron sonar una nueva orden de música que el
adelantado llevaba, como eran trompetas, chirimías y sacabuches,
eran incitados a dar muestra de su muchedumbre por los altos de los
cerros, y aun de su desvergonzado atrevimiento, pues sin ningún
temor se acercaban al alojamiento de los españoles, sin querer
llegar a dar la obediencia. El gobernador, luégo que se hubo
alojado, envió una lengua o intérprete bien instructa a hablar al
señor de Bonda, y a que le dijese cómo su majestad le había enviado
a aquella tierra para ser gobernador y señor de ella; que le
viniese a ver y reconocer, y que él le guardaría la paz y amistad y
le haría todo buen tratamiento, y no consentiría que ningunos
españoles le damnificasen, antes que si hasta allí algunos daños se
le habían hecho, que él le satisfaría de ellos, y castigaría a los
delincuentes, y otras cosas favorables para atraer a su amistad
aquellos bárbaros.
La guía o intérprete que fue era un indio natural de aquellas
provincias de Santa Marta, y donde a poco volvió y trajo consigo un
indio, que dijo ser principal y capitán de los sujetos a Bonda, con
el cual venían otros tres indios, y todos cuatro desnudos, en
cueros, sin traer cosa sobre sí, sino era mucha bija, betún
colorado con que se tiñen todo el cuerpo en tiempo de sus regocijos
o de guerras, y algunas plumas y plumajes de guacamayos y sus arcos
y flechas en las manos. El adelantado los recibió muy bien y
alegremente, pareciéndole que era principio de venir de paz toda la
demás gente, y les dijo lo que antes había dicho al intérprete que
los envió a llamar, y con quien hablan venido, añadiendo que fuesen
a su cacique Bonda y le dijesen lo que he referido, y que demás de
esto su principal venida había sido a que fuesen cristianos y se
convirtiesen a la ley de Jesucristo, en cuya ley él y los demás que
con él venían, vivían, y otras santas exhortaciones, de las cuales,
aunque los indios las escuchaban y prestaban atención a ello era
por verse casi presos, pero no porque en sus corazones jamás ha
reinado voluntad de dejar sus idolatrías y llegarse al camino de
salvación; y conclusa su plática, en pago del presente que los
indios le trajeron, que fue, casi por vía de escarnio, un poco de
maíz blanco y un cataure o cepillo blanco y unas pocas de guamas
que es cierta fruta común y de poca estimación, les dio el
adelantado muchas cuentas de España, que es rescate preciado entre
ellos, y camisas de ruan, y otras cosas de vestir, y tomándolos a
enviar les dijo que en todo caso volviesen otro día con su cacique
de paz. Los indios, despidiéndose del adelantado, dijeron que otro
día volverían de la suerte que verían, y así se volvieron a su
tierra y serranía.
|Capítulo segundo
De cómo el
adelantado, llamando algunos soldados y capitanes viejos, les
preguntó lo que de la paz de aquellos indios les parecía, y lo que
le respondieron.
Como el adelantado, con el contento dicho, despidió los indios
que habían venido de paz, mandó luégo llamar algunos de los
soldados y capitanes viejos, para informarse y saber de ellos como
de hombres más expertos y cursados en aquella tierra, lo que les
parecía de aquella gente y de la paz que habían principiado, la
cual él tenía por muy firme y segura; y luégo que fueron juntos y
platicaron sobre el caso, hubo entre ellos diferentes y dudosos
pareceres, en que algunos, con poco fundamento, decían sin falta
vendrían de paz aquellos bárbaros, aunque no fuese más de a ver muy
por entero y particularmente aquel gran aparato de la gente y
municiones que tan osadamente se les había puesto delante; pero
otros, que presente tenían la dudosa y mala fe de estos bárbaros, y
su desenvoltura y rústica desvergüenza, como fueron los capitanes
San Martín y Céspedes y soldados viejos que a su opinión se
arrimaron, declararon que no debía haber ningún descuido en el
campo, guardias, velas y centinelas de él, porque claramente daban
y habían dado los indios a entender sus designios y mal propósito,
pues solamente habían enviado cuatro indios con las armas en las
manos, casi dando a entender lo poco en que estimaban la potencia
de los españoles, lo cual no solían ni acostumbraban hacer, cuando
enteramente venían a confederarse con españoles, y que el siguiente
día antes se debían esperar los enemigos con las armas en las manos
que los amigos con quietud.
De esto se alteró algo el adelantado, y mostró pesarle de que
tan claramente tuviese ningún atrevimiento de decir al contrario de
lo que él en su opinión e imaginativa tenía, y así respondió a los
que esto le dijeron: "vosotros, como estáis acostumbrados a
derramar y verter la inocente sangre de estos míseros indios, y a
robarles lo que en SUS casas tienen, querríades que viniesen con
las armas en las manos a ofreceros ocasión con que ejercitar
vuestros actos y géneros de avaricia, y por eso claramente dais a
entender con palabras dobladas, lo que en el corazón tenéis; pues
entended que precio más la paz de este cacique, que la
administración y señorío de una gran ciudad"; y menospreciando lo
que le decían, los despidió, y encargó a los que tenían cargo de
poner guardas y velas en el campo, que tuviesen especial cuidado de
velar. Aquella noche se les apartó la claridad del día, y refrescó
el aire con algún frío, porque como está cerca de allí la sierra
nevada, aunque de día hace muy gran calor, las noches hace muy
frescas y deseosas de ropa y abrigo.
Estaba el alojamiento del adelantado y su gente puesto junto a
la propia sierra, en el paso y camino por do bajaban y subían al
pueblo de Bonda, en el cual paso los indios, al tiempo que tuvieron
noticia de la salida de los españoles de Santa Marta, hicieron
cierta palizada y palenque fuerte que atravesaba el paso y camino
de la sierra, por donde se temía que habían de bajar indios, si
hubiesen de venir de guerra, y de la parte de arriba de este
palenque y palizada, fueron puestos cien hombres de guardia, con
sus arcabuces, como por centinelas, y en el cuerpo del alojamiento
pusieron otras muchas velas y rondas de a pie y de a caballo, de
suerte que si fuesen acometidos, no los hallasen descuidados,
aunque no preparados para dejar de recibir daño. Ya que la mayor
parte de la noche era pasada y que el día se acercaba, algunos de
los capitanes viejos comenzaron calladamente a apercibir su gente y
armar sus personas, porque entendían que era más cierta la guerra
que la paz de aquellos bárbaros, y con el bullicio de la gente don
Alonso Luis de Lugo, hijo del adelantado, se vino a la tienda del
capitán Céspedes a ver y saber de qué dependía el levantarse los
soldados tan de mañana, al cual halló que se estaba armando con las
armas de que siempre había usado para defenderse de los indios; y
como fuese admirado de una tan nueva manera de armas, llevole a
donde el adelantado, su padre, estaba, para que le viese, e idos a
la tienda o toldo del adelantado, pareciéndole cosa muy rústica y
basta aquella manera de armas, comenzó a reírse y burlar de ellas
porque le parecía que era cosa más fuerte un coselete y una cota, y
otras armas ofensivas y defensivas que los españoles y otras muchas
naciones han inventado y usado, que las que los de Indias habían
inventado; y según parece el adelantado se engañaba en esta su
opinión.
Porque para la guerra de los indios y contra indios está
averiguado ser muy mejores armas las de algodón que las de hierro
ni acero, por muchas razones que para ello se dan, y las más
principales, porque con este género de armas que de algodón hacen,
los soldados en las Indias preparan y defienden sus personas y
caballos desde la cabeza hasta la cola, sin que en ninguna parte
les puedan herir, y esto no se podría tan en general ni fácilmente
traer de España, y con armas livianas y que las sufre a llevar
caminando el soldado, y siempre le sirven de cama y lecho.
Pues la materia me ofrece ocasión para decir la manera de estas
armas, en este lugar tratarlo he, aunque tenía propósito de
escribirlo más adelante, en el discurso del descubrimiento del
Nuevo Reino. De anjeo o de mantas delgadas de algodón se hacen unos
sayos que llaman sayos de armas; éstos son largos, que llegan
debajo de la rodilla o a la pantorrilla, estofados todos de alto
abajo de algodón, de grueso de tres dedos, puesto el algodón muy
por su orden, entre dos lienzos que para cada cuarto del sayo se
cortan, y luégo, después de apuntarlo, lo colchan con cairos, que
son unos torzales de hilo de algodón, y estas colchaduras van, para
más fortaleza del sayo, anudadas de suerte que en cada puntada dan
un nudo. Colchado cada cuarto del sayo por sí, lo juntan sin que en
las costuras quede nada vacío, y de esta suerte y por esta orden
hacen las mangas del sayo y su babera, de la propia suerte que se
hacen la de los arneses o coseletes, y los morriones o celadas
asimismo se hacen de algodón colchados, aunque otros o algunos los
hacen de cuero de danta o de cuero de vaca, con su estofado debajo,
y el que para la cabeza puede haber un morrión o celada de acero,
no lo rehusa, por los macanazos que al entrar en algunos bohíos o
casas se suelen dar. De este propio metal, que es el algodón y
lienzo, en la forma dicha, se hace testera para el caballo, que le
cubre rostro y pescuezo, y pecho, que le ampara toda la delantera,
y faldas, que desde el arzón delantero van ciñendo los lados y
cubriendo las ancas y piernas del caballo. Púesto un hombre encima
de un caballo, y armado con todas estas armas, parece cosa más
disforme y monstruosa de lo que aquí se puede
|figurar,
porque como va tan aumentado con la grosedad e hinchazón del
algodón, hácese de un jinete una torre o una cosa muy
desproporcionada, de suerte que a los indios pone muy grande
espanto ver aquella grandeza y ostentación que un hombre armado
encima de un caballo de la manera dicha hace, demás que si no es
por la visera no le pueden herir por ninguna parte. Porque las
piernas y estriberas van cubiertas con las faldas del caballo, las
Cuales el jinete lleva atadas o ceñidas al cuerpo. También se hacen
de la manera que las demás armas, grebas o antiparras o medias
calzas para los pies y piernas, y éstas solamente se hacen para
tierra, donde los indios acostumbran poner puyas por los caminos,
para que se empuyen o hinquen los que fueren a conquistarlos.
Volviendo a la historia, ya que el adelantado se había holgado
de ver esta invención de armas, la aurora empezaba a dar señal, y
los viejos capitanes a decir que ya se acercaba la hora en que si
los indios habían de hacer daño, empezarían a disparar sus flechas;
y estando en estas palabras oyeron gran alboroto entre los cien
soldados que estaban haciendo guardia en el camino que bajaba de la
sierra, donde estaba el palenque hecho. Porque como los indios
supieron por sus espías que en aquel paso había gente de guardia,
bajaron con mucho silencio de lo alto de la sierra, y dejando el
camino principal se metieron por cierta. senda que ellos sabían, y
viniendo a tomar por un lado los que en el palenque hacían la
guardia, sin ser sentidos de ellos, dispararon de repente una
multitud de flechas con ponzoñosa hierba untadas, las cuales
arrojaron con tanta furia que de los que con ellas hirieron,
quedaron allí muertos treinta hombres, sin otros muchos que después
desde ha poco se iban muriendo con cruel rabia que la ponzoña de la
hierba les causaba.
Los soldados, como se sintieron herir de los indios, dieron arma
en el Real, pretendiendo ser socorridos; pero los indios, con el
silencio con que hicieron el daño, con ese se retiraron, sin
recibir daño ninguno, y desque en salvo se vieron puestos en lo
alto, oyendo la gran grita y alboroto que los españoles tenían
sobre el armarse y juntarse a sus compañías, y ponerse a punto de
guerra, ellos comenzaron a imitar el alboroto de los españoles,
mostrando sus personas embijadas o untadas con betún colorado, y
muy emplumajados, dando muy grandes voces y griterías, tocando
muchas cornetas y fotutos, y haciendo muchos y muy grandes ademanes
y visajes con sus personas, dando por todas vías señal del contento
que habían recibido con el asalto que hecho habían, del cual
estaban satisfechos que habían damnificado a los nuestros.
El adelantado, después que tuvo toda su gente armada y a punto
de guerra, y había ya mandado llevar los enfermos o heridos a Santa
Marta, envió ciertos capitanes con trescientos hombres hacia la
mano izquierda dé la sierra, y que fuesen a dar al valle Hermoso,
haciendo el castigo que pudiesen, y él se subió la sierra arriba,
derecho al pueblo de Bonda, donde se alojó; y viendo que los indios
no se le apartaban, antes se le acercaban a su gente, por emplear
bien sus flechas, envió algunas compañías de arcabuceros que los
ojeasen y ahuyentasen de donde estaban, los cuales fueron y
comenzaron a derribar algunos indios que a tiro de arcabuz los
esperaban, donde con los arcabuces, y doce lebreles que el
adelantado había traído de España, mataron muchos indios, pero no
tantos que amedrentasen por entero a los que vivos quedaban, de
suerte que perdiesen los bríos que tenían. Porque como el
adelantado, sin esperar los arcabuceros que por los altos andaban
ahuyentando los indios, contra la opinión y parecer de muchos
soldados y capitanes viejos, quemase el pueblo de Bonda, y se
retirase a lo llano, dejando sin amparo aquel paso, los indios
comenzaron a revolver sus flechas y armas contra los arcabuceros,
con tanto ánimo que los hicieron retirar y los pusieron en grande
aprieto por haberlos desamparado el adelantado; y verdaderamente
fueran allí muertos y desbaratados si no fueran favorecidos del
capitán Céspedes, que con gran riesgo de su persona y compañía los
favoreció y sacó de aquel peligro en que estaban. Luégo el
adelantado pretendió ir a favorecer los españoles que estaban, o
habían ido al valle Hermoso, los cuales estaban en gran riesgo y
trabajo; porque juntándose muy gran cantidad de aquellos bárbaros,
les habían tomado los pasos y salidas, y los tenían casi cercados,
haciéndoles continua guerra. Mas desque esto supo el adelantado,
envioles la gente de socorro y ayuda que le pareció, y él quedose
alojado en los llanos de Bonda, esperando a juntar toda su gente, y
aun a ver si los indios se ablandarían con aquel poco daño que él
les había hecho, y vendrían en su amistad.
Los capitanes y soldados que en el valle Hermoso estaban, aunque
peleaban con valor de buenos españoles, no pudieron resistir ni
romper la multitud de los bárbaros que sobre ellos estaban, hasta
que les llegó la gente que en su socorro enviaba el adelantado, con
los cuales tuvieron ocasión y fuerza entera para dar en los indios
que los tenían cercados, y desbaratarlos y ahuyentarlos, matando
muchos de ellos, con que hubieron la victoria de sus enemigos, que
poco antes entendían perder; y saliéndose del valle Hermoso con
poca pérdida y daño de los suyos, se volvieron al llano de Bonda,
donde los esperaba el adelantado con el resto de la
gente.
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1
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En la "tabla" se Sevilla dice el encabezamiento:
|Segundo
Epetomio. Estas palabras están tachadas y una anotación
marginal, con mano y tinta diferentes, dice: "Libro Segundo"
|
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2
|
El texto que antecede, impreso en bastardilla, proviene de la
"tabla" de Sevilla.
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3
|
En el texto de la "tabla" de Sevilla se lee "Emperador y Rey
don Carlos".
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