Capítulo
undécimo
De cómo el
capitán San Martín, yendo en demanda de Tamalameque, fue desbarato
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de los indios, y le mataron muchos
españoles.
El capitán San Martín, aunque toda la tierra que caía hacia la
parte de Tamalameque que estaba cubierta de agua, con la mucha
codicia que en él reinaba, no le parecía cosa dificultosa el
atravesar los lagos que por delante tenía, y así, con algunas
canoas que allí hubo, pasó con su gente al pueblo de Sopatín, que
estaba todo cercado de agua, aunque no era mucha la distancia que
de él a la tierra firme o enjuta había, y de allí, como estaba
obstinado en aquel propósito, de no irse sin ver a Tamalameque,
propuso y determinó por entero de pasar adelante con su gente, la
cual opinión le fue contradicha por el capitán Juan Tafur y por
otros capitanes y personas principales, poniéndole por delante la
gran temeridad que quería hacer en llevar la gente suya caminando
por agua, donde fácilmente podían ser damnificados de los naturales
de aquellas provincias, que con canoas los podían cercar y
sojuzgarlos muy fácilmente; porque el capitán San Martín, no
considerando bien los daños que le podían sobrevenir, pretendía
pasar en las canoas un golfo pequeño y muy hondable que por delante
tenía, hasta llegar a la tierra que de verano suele estar enjuta y
descubierta, que eran unas largas campiñas y cabañas, y allí echar
su gente, y pasar los caballos a nado hasta este propio lugar, y
después de tenerlo todo pasado, irse caminando por el agua a pie y
en los caballos hasta Tamalameque.
Pero aunque San Martín había dicho a algunas personas que no se
metería en aquel peligro tan evidente, todavía lo hubo de efectuar
para daño suyo y muerte de muchos españoles que por su loca y
atrevida obstinación se mataron; y fue así que metiendo todo el
carruaje que tenía en las canoas con los demás españoles se pasó de
la otra banda del lago a lo menos hondable, que como he dicho, de
verano suele estar descubierto, y los soldados tomaron las sillas
de los caballos, y apartáronse con ellas a ponerlas encima de
algunos árboles. Algunos españoles, buenos nadadores, que en
Sopatín habían quedado para pasar a nado los caballos, jamás los
pudieron hacer navegar por el agua, sino que entrando, luégo se
volvían a salir, y así nunca los pudieron pasar a donde San Martín
estaba con los demás españoles convertidos en pescados. Porque es
cierto que estaban en el agua hasta los sobacos, y todo lo que
habían de caminar era de la propia hondura. Los indios de Sopatín
que no se descuidaban punto en atalayar y mirar cómo podían
damnificar a los nuestros, hallaron la ocasión como la deseaban, y
viniendo con gran cantidad de canoas, llenas de indios, armados con
gran cantidad de flechas, dieron en el capitán San Martín y en los
que con él estaban e hiriendo de la primera arremetida a muchos,
los constriñeron a desamparar, con gran daño y pérdida de los
propios españoles, las canoas que tenían, y arrojándose al agua
eran muchos ahogados, por no saber nadar, y otros con las heridas
que tenían, bañando o tiñendo el agua con su sangre, se les entraba
la frialdad en el cuerpo, de que asimismo se quedaban muertos en el
agua. Algunos fueron socorridos yendo caminando por el agua, como
fue el propio San Martín y Juan Tafur, y otros en una canoa que el
capitán Cardoso, que había quedado en el pueblo de Sopatín, les
envió, y éstos más escaparon por negligencia de los indios que no
por la mucha diligencia que ellos pudieron poner en defender ni
guarecer sus personas. Porque estos bárbaros, en la hora que vieron
que los españoles desampararon las canoas, diéronse a robar y tomar
lo que en ellas había, y dejaron de seguir la entera victoria que
de los españoles podían haber, pero con todo eso les quedó la
laguna o ciénaga bien teñida en sangre, y acompañada de cuerpos de
españoles, y convertido aquel lago en un triste espectáculo para
los demás españoles que desde el pueblo de Sompatín los estaban
mirando.
Los indios luégo se fueron derechos en sus canoas, y como el
pueblo donde los que vivos habían quedado se recogieron, estaba
cercado de agua, cercáronlos ellos de tal suerte que no podían
pasar a la tierra firme, y en este cerco los tuvieron ciertos días
en gran riesgo de acabarlos de matar y consumir a todos, porque
ningún género de comida tenían, salvo cierta frutilla de la tierra,
amarilla, que parecía ciruelas, y no les quedaba ya qué comer si no
eran los caballos.
Entre estos españoles habían quedado algunos soldados animosos y
buenos nadadores, los cuales, para remedio de todos los demás,
determinaron de echarse de noche al agua, y salir nadando a la
tierra firme, e ir a llamar al capitán Céspedes, que pocos días
antes se había apartado de San Martín, como arriba se dijo, los
cuales lo hicieron tan bien, que sin recibir daño ni ser sentidos
de los indios, pasaron al agua y caminaron tan apresuradamente que
alcanzaron al capitán Céspedes, el cual como supiese la aflicción y
cerco en que San Martín y los demás estaban, dio la vuelta al
pueblo de Sompatín, y mediante su llegada se apartaron los indios
del cerco y tuvieron lugar de pasar los españoles que aislados y
cercados estaban, a la parte de tierra firme, y de allí se fueron
todos juntos la vuelta del valle de Upar, y del valle de Upar a la
Ramada y costa de la mar, y de allí a Santa Marta, después de haber
veinte meses que habían salido de Santa Marta, donde hallaron que
gobernaba el doctor Infante, oidor de Santo Domingo, porque en el
ínterin que esta gente andaba en la jornada y descubrimiento dicho,
murió el gobernador García de Lerma de cierta enfermedad que le
dio, y la Audiencia de Santo Domingo, por su fin y muerte, proveyó
en el gobierno de Santa Marta al doctor Infante, aunque otros dicen
que antes que Lerma muriese había venido Infante a tomarle
residencia y que estándola dando murió.
Habíase en esta sazón quemado la mitad del pueblo y casas de
Santa Marta, en que se perdió gran cantidad de pesos de oro y
mercadurías y otras cosas que el fuego abrasó y consumio.
El doctor Infante gobernó pacífica y quietamente y pasó su
gobierno casi en silenció, sin haber sucedido ni hecho cosa
notable, más de haber enviado un navío o carabela con cincuenta
hombres a hacer esclavos a la provincia de la Ramada, con un
capitán Francisco Méndez Valenciano, y con el capitán Rivera, a los
cuales prendió el capitán Nicolás Federmán, teniente de gobernador
de Venezuela, que en la propia sazón andaba por las provincias del
Cabo de la Vela y río de Macomite, según que más largamente se
escribe en el libro donde tratamos de esta jornada de Federmán, en
la segunda parte.
También en tiempo de este gobernador, el doctor Infante, un
caballero portugués llamado Jerónimo Melo entró con ciertos
bergantines y gente por la boca del río grande de la Magdalena, y
navegando por él arriba llegó hasta donde ahora está poblado el
pueblo de Tamalameque, y de allí se volvió a Santa Marta, donde
murió; y así gobernó la tierra el doctor Infante hasta que vino y
entró en ella el adelantado de Canaria, don Pedro Fernández de
Lugo, a quien el emperador y rey de España hizo merced de la
gobernación de Santa Marta, según en el siguiente libro se
tratará.
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En la "tabla" de Sevilla se lee correctamente "fue
desbaratado"; pero, en la transcripción de este texto al manuscrito
encontramos "fue desbarato". Trátase de una de las tantas y
frecuentes equivocaciones ortográficas que demuestran el poco valor
que tiene la transcripción literal de un documento cuando en la
mayoría de los casos se trata de simple ignorancia o descuido de
los amanuenses, lo cual no permite investigaciones
lexicográficas.
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