INDICE




Introducción

CAPITULO I
 Fray Antonio Medrano

CAPITULO II
 Fray Pedro Aguado

CAPITULO III
 Medrano y Aguado

CAPITULO IV
 Medrano, Aguado y su época

CAPITULO V
 Fuentes de la Recopilación Historial

CAPITULO VI
 Títulos de las obra

CAPITULO VII
Historias o compendios

CAPITULO VIII
 La tabla

CAPITULO IX
 Los manuscritos de la versión final

CAPITULO X
 La censura
Anexos

PRIMERA PARTE
 Recopilación historial resolutoria...
Tabla de la primera parte

LIBRO PRIMERO- CAPITULO I-II-III-IV
En el libro primero...-Que trata de quién fue...-Que trata de quién fue...-Que trata de cómo el gobernador...-Que trata de cómo los amotinados...

CAPITULO V-VI-VII
De lo que al capitán amotinado...-Que trata de cómo la Audiencia...-De cómo los dos gobernadores...

CAPITULO VIII-IX-X
De cómo fue proveído en España...- De cómo el gobernador Lerma...-En que se cuenta cómo el gobernador Lerma...

CAPITULO XI
De cómo el capitán San Martín...

LIBRO SEGUNDO- CAPITULO I-II
En el segundo libro se escribe...-En que se escribe cómo...-De cómo el adelantado...

CAPITULO III-IV-V-VI
De cómo después de...-De lo que a don Alonso Luis de Lugo...-De la gran mortandad...-En que se escribe la fortuna...

CAPITULO VII-VIII-IX-X
 Que trata de cómo el general...-En que se escribe cómo...-Es que se escribe lo que le sucedió...-En que se escribe cómo el general...

CAPITULO XI-XII
 En que se escribe cómo el general...-En que se escribe la vuelta...

LIBRO TERCERO- CAPITULO I-II-III
En el tercer libro se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se declaran...-En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
 En que se escribe...-En que se escribe...-En que se escribe ...

CAPITULO X-XI-XII
En que se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO CUARTO- CAPITULO I-II
En este cuarto libro...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO III-IV
En que se escribe...-En que se escribe...

CAPITULO V-VI-VII
En el cual se escribe...-En que se escribe...--En que se escribe...

CAPITULO VIII-IX-X
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
En el cual se escribe...-De cómo Hernán Pérez de Quesada...-

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XV-XVI
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XX-XXI-XXII
En el cual se escribe...-En que se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XXIII
En el cual se escribe...-

LIBRO QUINTO- CAPITULO I-II-III
En el libro quinto...-De cómo al capitán...-Que trata de otra salida...-Que trata del asiento...

LIBRO SETIMO- CAPITULO I-II-III
En el libro sétimo...-Cómo fue nombrado...-De cómo los españoles...-Cómo los indios...

CAPITULO IV-V
Que trata de cómo...-Que trata de una rebelión...-

LIBRO OCTAVO- CAPITULO I-II-III
En el libro octavo...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V-VI
En el cual se escribe...-En el cual se escriben...-En el cual se escribe...

CAPITULO VII-VIII-IX
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO X-XI-XII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XIII-XIV
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

LIBRO NOVENO- CAPITULO I-II-III
En el libro nono...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IV-V
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO VI-VII-VIII
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO IX-X
En el cual se escribe...-En el cual se escribe...

CAPITULO XI-XII
 En el cual se escribe...- En el cual se escribe...
|Capítulo octavo   De cómo fue proveído en España por gobernador de Santa Marta García de Lerma, el cual tomó residencia a Juan de Vadillo.

 

Como en España se tuvo nueva de la muerte del gobernador Bastidas, el rey y los del Consejo Real de Indias proveyeron por Gobernador de Santa Marta a García de Lerma, persona principal, natural de Burgos, el cual para las jornadas y descubrimientos que pretendía hacer juntó en España cuatrocientos hombres, con los cuales vino a Santa Marta y halló en el gobierno de ella a Juan de Vadillo, que, como se ha dicho, estaba descansando de los trabajos pasados; al cual tomó residencia, y con ella lo envió, unos dicen que a España, en el cual camino pereció ahogado, y otros que lo envió a Santo Domingo, donde después vivió mucho tiempo, y al fin murió allí.

En este tiempo los naturales o indios que había en la provincia de Santa Marta no estaban, ni habían sido repartidos, ni encomendados en ningunas personas, y así recibían más comúnmente daño, porque los soldados y gente que en Santa Marta residían, visto que los indios no tenían quién volviese por ellos, ni los defendiese, iban muchas veces a sus pueblos a tomarles lo que tenían y a inquietarlos, por lo cual los vecinos de Santa Marta rogaron al gobernador Lerma que los repartiese y encomendase, así entre ellos, como en los que él consigo habla traído de España; el cual para mejor hacer el repartimiento de los indios, salió de Santa Marta con la gente que le pareció, llevando consigo algunos capitanes Y personas señaladas que estaban ya diestros en la tierra, y entrando por las provincias circunvecinas a Santa Marta, hasta el valle de Coto, y viendo que todos los naturales estaban pacíficos y sin hacer ni dar muestras ni señal de alboroto ni rebelión, dio la vuelta a Santa Marta para hacer su repartimiento; y para que fuese hecho a Contento de todos, quiso y ordenó que el cabildo de la ciudad se hallase presente, y que la demás gente de la república nombrase una persona que asímismo en su nombre asistiese al hacer el repartimiento, los cuales nombraron a un capitán Juan de Céspedes, persona entre ellos principal, que después fue de los descubridores y pobladores del Nuevo Reino; y como del repartimiento que se había de hacer había de redundar el contento o descontento de muchos, para que mejor fuesen guiados y encaminados, usaron, ante todas cosas, de lo que como cristianos era razón que hiciesen, invocando el auxilio divino, mediante el sacrificio de una misa del Espíritu Santo, que se les dijo, votando y prometiendo acerca de ello de hacer lo que debían, y en sus conciencias les pareciese que era razón, y hecho esto hicieron sus repartimientos de los naturales o indios que había en el valle de Coto y otros pueblos a él comarcanos, y valles de Buritaca, Bondigua y valle Hermoso. y en otras muchas poblaciones que cerca o comarcanas a estos valles había; dando a cada capitán y vecino y soldado conforme a lo que merecía y había trabajado.

Y porque no todos los que estas historias leyeren, por ventura entenderán qué cosa sea repartimiento de indios ni encomiendas, ni lo que de ello procede, pues no todos han estado en Indias, paréceme que no será fuera de propósito tratarlo y declararlo en este lugar, así por la materia que se ha ofrecido como forzosamente se había de tratar y repetir adelante muchas veces este nombre de repartimiento y encomienda, y encomendero, y depósito, y administración de indios.

Ha sido costumbre muy usada en las Indias que cualquier capitán que ha ido o va a descubrir tierras nuevas, con poder real o sin él, después de haber descubierto alguna rica provincia, y pacificado los naturales de ella, y poblado su pueblo, para que los que con él han entrado en la tal jornada se puedan mejor sustentar y permanezcan en la tierra y la conserven en amistad, señala a cada uno tanta cantidad de indios cuanta le parece que bastaran a darle sustento conforme a la calidad de la tierra y aun de la persona, y este señalamiento unas veces es por persona diciendo: yo os doy y señalo tantos indios casados, que se entiende con sus mujeres e hijos; y otras veces por casas y bohíos, señalándole tantas casas pobladas de visitación, que se entiende que han de tener moradores, porque hay, en algunas partes, indios que tienen a dos y tres casas, y todas son de un solo dueño, y éstas no se cuentan más de por una. Otras veces se da por señores o principales, nombrando el principal o señor de tal parte con todos sus sujetos y datarios; y otras veces por términos de tal parte a tal parte los indios que hubiere, o tal valle. Esto que este capitán hace, si no tiene poder real para encomendar, llámase solamente repartimiento y apuntamiento, de lo que a cada uno señala; pero no tiene más fuerza de cuanto fuere la voluntad del rey, o de la persona a quien el rey da poder para encomendar los indios; y por respecto de llamarse aquella primera división de indios repartimiento, les ha quedado y queda después el nombre de repartimiento a aquella población o suerte dé indios que a cada un vecino le cupo, y así comúnmente a los indios que cada español tiene a su cargo le llaman el repartimiento de fulano. Este primer repartimiento o apuntamiento, hecho generalmente de los naturales de la provincia nuevamente descubierta y poblada, es traído al presidente o gobernador, que son los a quien el rey suele dar poder para que encomienden, y estos superiores, si ven que el apuntamiento o repartimiento hecho por el capitán está sin agravio ni perjuicio de los más españoles que con el fueron, confírmalo, encomendando los indios en aquellas personas en quien antes estaban señalados y apuntados, o remueve de unos en otros, como le parece que es justicia.

Este nombre de encomienda es una merced hecha por ley antigua de los Reyes de Castilla a los que descubrieren, pacificaren y poblaren en las Indias, en que les hacen merced de que aquellos indios que en su título o cédula se contienen, los tengan en encomienda (que es tanto como decir a su cargo) todos los días de su vida, y después de él su hijo, o hija mayor, y por defecto de hijos su mujer no más; y estos tales son llamados encomendadores, y es a su cargo el mirar por el bien espiritual y temporal de los indios de su encomienda, y a darles doctrina, y los indios, supuestas las condiciones de la encomienda, son, por respecto de ellas, obligados a dar a sus encomenderos, cada un año, cierta cantidad de oro y otras cosas en que están tasados por los jueces y visitadores, para el sustento de los encomenderos; y este tributo en unas partes es llamado demora, como en la provincia del Nuevo Reino de Granada y Santa Marta y Cartagena y en Perú y en Nueva España; y estos tributos y demoras han sido enmendados en mucha parte por los jueces que el rey ha enviado, y leyes que cristianísimamente sobre ello ha hecho, como adelante más particularmente lo diremos; porque antiguamente cada encomendero sacaba todo lo que podía a sus indios, y les hacia .que les proveyesen de muchas cosas que no podían, sin excesivo trabajo, dar ni cumplir los indios, y metían en esta demora o tributo lo que llamaban y llaman servicio personal, que era por vía de feudo, haber de dar a sus encomenderos tanta cantidad de cargas de leña cada un año, cierta cantidad de cargas de hierba para sus caballos, tanta cantidad de madera para hacer casas o bohíos. Todo lo cual habían de traer a cuestas a casa del encomendero, con más todo el trigo, maíz y cebada y otras cosas que en el repartimiento se consiguen; que podrá ser adelante, donde trataremos de la moderación que en todo se ha puesto, especificarlas más particularmente.

Estas encomiendas no pueden ser removidas ni quitadas a los que justamente las tienen, sino es por traición, o por malos tratamientos de indios, o por herejes, que en todos los otros casos aunque el primer encomendero cometa algún delito, por donde merezca pena de muerte, no por eso se le quita a su sucesor el derecho y merced que el rey le ha hecho y hace por la encomienda. Hay otro título llamado depósito, y otro que se dice administración, y es de poca fuerza, que cada y cuando que el superior quiere removerlo, lo remueve, y lo mismo la administración; y así se tendrá por avisado el lector que dondequiera que nombraremos encomendero o encomenderos, se entiende por aquellos a quienes han sido repartidos y encomendados los indios y que los tienen y poseen a su cargo.

Pues de esta manera el gobernador García de Lerma fue el primero que en Santa Marta, en la forma dicha, hizo repartimiento de los indios y naturales que en la provincia había, y luégo como gobernador los encomendó y dio encomiendas de ellos a los vecinos; y porque quedaba alguna gente sin suerte de indios envió a descubrir y ver el valle de Tayrona, que es junto a las sierras nevadas de Santa Marta, al cual efecto fueron los capitanes Juan Muñoz y Juan de la Feria con doscientos hombres, los cuales entraron con tan buena fortuna en Tayrona, que demás de no moverse los naturales de aquel valle, que es gente belicosísima e indómita, con las armas a defenderles la entrada, les dieron de presente más de ochenta mil pesos de oro fino, y sin dejar confirmada la paz ni rota la guerra se tornaron a salir, y se volvieron a Santa Marta, contentos con sus riquezas.

El gobernador Lerma, luégo que repartió y encomendó la tierra en naturales de ella, para que los encomenderos y los indios entendiesen lo que habían de hacer, nombró dos personas principales, que fueron los capitanes Antonio Ponce y Juan de Céspedes, a los cuales dio libertad que por el trabajo que en hacer esto habían de tener, pudiesen recibir y llevar lo que los indios y caciques les quisiesen dar de su voluntad, que llamaban Tamaigira, como joya o presente, después de haber cumplido con sus encomenderos, porque luégo en la primera vista les habían de pagar el tributo o demora, que por el gobernador les fue señalado;. y así sin lo que los indios dieron a sus encomenderos, hubieron los dos capitanes buen pedazo de oro; porque el Ponce hubo de su parte cuatro mil pesos de oro fino, con los cuales, y con otros dos mil que al gobernador ganó a los naipes, se fue a España, y vive en ocio y quietud en Carrión de los Condes; y Céspedes hubo siete mil pesos de oro fino. Apunto aquí esto por manera de antigüedad y cosa que en aquel tiempo se hacía y permitía, y no lo tenían por cosa escrupulosa, según la gran ceguedad en que todos vivían, lo cual en este nuestro tiempo no sólo no se permitirá, pero fuera castigado agriamente el que lo pretendiera hacer, por la mucha rectitud de los jueces y justificación y moderación de nuevas leyes, hechas por los cristianísimos Reyes de Castilla en favor de los míseros indios, y buen gobierno de las Indias; de las cuales, como he dicho | 15a no dejaré de ir apuntando algunas en esta historia, según que la materia me ofreciere y pusiere delante la ocasión.

  |Capítulo noveno  De cómo el gobernador Lerma fue a visitar la provincia de Posigueyca, y fue rebatido y echado de ella por los naturales.

 

Como el gobernador García de Lerma había andado visitando las provincias conjuntas a Santa Marta, y los naturales estaban pacíficos, y le habían salido de paz y ofrecídole muchos presentes, entendió tener el mismo suceso y fortuna en otros que vivían más apartados algo; y así determinó de ir a visitar las provincias de Posigueyca y Buritaca, que están hacia la parte de Cartagena, entre Santa Marta y el río grande de la Magdalena, que aun en este tiempo no se había entrado en él; y tomando consigo seiscientos hombres, y a los capitanes Berrío, Villalobos, Juan Muñoz y Juan de Escobar, y por capitán de su guarda a Hernando de la Feria, se partió la vuelta de Buritaca, llevando consigo toda su recámara y servicio de palacio como si su caminar y jornada fuera por tierra muy asentada y reposada, y de muy cordiales amigos; y entrado que fue en el valle de Buritaca, los primeros indios de él lo recibieron amigablemente y le dieron de presente cuarenta libras de oro fino, y le dijeron que no curase de pasar de allí, antes se volviese a salir con brevedad, porque los naturales y moradores de aquellas provincias era gente muy belicosa y guerrera, y que usaban de muy ponzoñosa y fina hierba en las flechas, los cuales se andaban convocando y juntando para tomar las armas en las manos y resistirles la entrada y aun rebatirles si pudiesen; pero García de Lerma como llevaba consigo tanta y tan lucida compañía de soldados, no hizo caso del aviso que los indios le daban, antes los amenazó diciendo que él traía tanta y tan buena gente que bastaban a domarlos y sujetarlos por muchos y muy belicosos que fuesen, a los cuales si con obstinación tomasen las armas contra él y su gente, castigaría tan áspera y cruelmente que por entero quedaren castigados de su atrevimiento y domados de su soberbia; y luégo otro día envió al capitán Berrío, con cien hombres, a que viese cierta parte de aquella provincia y reconociese las poblaciones y gente que en ellas había; pero no habiéndose apartado Berrío dos leguas de donde el gobernador Lerma estaba, salieron a él mucha cantidad de naturales a punto de guerra, según su usanza, y dando en los españoles no sólo les impidieron y estorbaron el pasar adelante, pero fueron rebatidos con daño y pérdida de algunos soldados que los indios le mataron, y sin hacer ningún efecto se volvieron a donde el gobernador estaba, muy confiado en la gentalla que consigo tenía; el cual, lleno de cólera del mal suceso que Berrío había habido, hizo luégo apercibir doscientos hombres para que con el capitán Muñoz fuesen otro día siguiente a castigar la desvergüenza y atrevimiento de aquellos bárbaros, que con tanta osadía habían, el día antes, ahuyentado a Berrío y a los que con él iban.

Pero los indios que con la victoria pasada no perdieron punto de tiempo, se habían juntado con gran cantidad, para dar sobre el alojamiento del gobernador, y estando ya para salir del alojamiento el capitán Muñoz y los que con él habían de ir, halláronse cercados de los naturales, los cuales arremetiendo con furia y brío de animosa gente, comenzaron a herir en los nuestros, de suerte que los echaron de su alojamiento y mataron setenta u ochenta hombres, sin otros muchos que quedaron heridos, y fue forzado el gobernador a retirarse con toda presteza, y a salirse de aquel valle o provincia, porque le habían herido los indios en la primera arremetida, y así se volvió a Santa Marta, con pérdida de mucha gente y de toda su recámara en que había tapicería de paños de corte, reposteros, camas de campo, vajilla de plata y generalmente todas las cosas del servicio de su casa, que era muy de señor, sin escapar cosa alguna, y desde aquí no curó más el gobernador García de Lerma salir a descubrimientos; mas estándose en Santa Marta gobernando la tierra en ociosa quietud, hizo por mano de un sobrino suyo, llamado Pedro de Lerma, diversas entradas y descubrimientos; el cual envió con obra de doscientos hombres en descubrimiento del río grande de la Magdalena, por tierra, con el cual iba el obispo de Santa Marta, llamado don Juan Ortiz, para estorbar o impedir con celo pastoril que a los indios no se les hiciese algunas demasías, ni fuerzas, ni malos tratamientos, sino que por bien y con regalo fuesen traídos a la amistad y servidumbre de los españoles, pero este su buen propósito no le tuvo mucho tiempo, aunque habían sido bien persuadidos a ello por él los españoles; porque como fuesen entrando por gente de guerra, que por su ferocidad acostumbran a comer carne humana, por lo cual son llamados comúnmente Caribes, y llegasen a un pueblo cuyos moradores se habían ausentado, y escondido de prima faz, después vinieron con sus armas, que son arcos y flechas, y comenzaron a flechar, de suerte que el señor obispo estuvo en riesgo y aventura de ser mal herido de sus propias ovejas a quien defendía, o por quien volvía, por lo cual mudó de improviso parecer, y comenzó a inducir o decir a los soldados que hiriesen en ellos, y los persiguiesen y sujetasen con las armas, que él los absolvería; tanto puede el temor de la muerte; y prosiguiendo su descubrimiento, llegaron a un pueblo de indios, que por poseer y tener sus moradores muchas argollas de oro, fue dicho el pueblo de las argollas; en el cual dieron de noche, y robaron y rancharon todo lo que pudieron y cautivaron todos los más de los moradores de él; y algunos que escaparon huyendo, juntándose, vinieron otro día con sus armas en las manos a dar sobre los españoles; pero como eran pocos y amedrentados, fueron fácilmente rebatidos y arruinados y pasando adelante con su descubrimiento, llegaron a vista de otro pueblo que por su grandeza y buen parecer fue llamado Sevilla, cuyos moradores estaban con las armas en las manos, esperando a los nuestros, para resistirles la entrada, lo cual hicieron animosamente, porque por defender a los nuestros que no entrasen en su tierra, les mataron quince españoles y cuatro caballos, y les hirieron otros soldados; pero al fin fueles entrado el pueblo por fuerza y saqueado, y ellos ahuyentados de él, y de allí pasó al pueblo llamado Chimila, donde no hubo ninguna resistencia ni pendencia con los naturales; y después de haber el capitán Lerma descubierto la provincia de los Caribes, y la de la gente blanca y el río grande, y parecerle que toda era gente pobre y de poco oro ni provecho, y que de andar entre ella no se podía adquirir sino las muertes de algunos soldados, dio la vuelta a Santa Marta, y este fue el primer descubrimiento de Chimila y los Caribes y gente blanca y por tierra el río grande de la Magdalena.

Es, como se ha dicho, todas las gentes de estas provincias de los Caribes y gente blanca, gentes que comen carne humana, y pensaban que asimismo la comían los españoles, por lo cual como en un pueblo por fuerza de armas constriñesen los soldados a los indios a que se retrujesen en sus casas, con el temor que tenían se subían en unas barbacoas y lechos altos, que dentro en los techos de sus casas tenían, y de allí arrojaban a los que los entraban a buscar sus propios hijos para que los comiesen; aunque otros dicen que habiéndoseles acabado las armas, los tiraban a los españoles desde lo alto, para ofenderlos y | defenderse de ellos, y era tan grande la fiereza de estos bárbaros, que faltándoles las armas para pelear, sus mujeres les arrojaban y tiraban a los enemigos las criaturas y niños hijos propios que a los pechos tenían, para ofenderlos y defenderse.

Todos estos indios de estas provincias referidas, y generalmente todos los comarcanos a Santa Marta y a sus serranías y provincias, es gente que usan y acostumbran poner en las flechas hierba ponzoñosa y pestilencial, con que matan la gente, de suerte que de los a quien hieren con las flechas que están untadas de esta hierba, muy pocos o ningunos escapan, y por la mayor parte mueren rabiando y envarados, yertos y pasmados, y mediante el usar de esta hierba pestilencial para su defensa, se conservan y han defendido siempre de los españoles, y nunca han sido enteramente sujetos, ni domados de ellos.

Desde pocos días que Pedro de Lerma hubo descansado, intentó hacer otra jornada, y nuevo descubrimiento, a las espaldas de las sierras de Santa Marta, porque como en algunas provincias de las que la gente de Santa Marta se hubiesen hallado algunas piedras esmeraldas, daban por noticia los indios que las tenían, que habían bajado de ciertas gentes que habitaban muy apartadas de su región, hacia la parte del sur de aquella provincia. Era esta tierra de a do se traían las esmeraldas, lo que ahora llaman el Nuevo Reino de Granada.

El capitán Pedro de Lerma, habida licencia y comisión del gobernador García de Lerma, se partió de Santa Marta con doscientos hombres, y entre ellos los capitanes Lebrija y Sanmartín, Céspedes y Juan Tafur, y Juan Muñoz, y caminando la vuelta de la Ramada y río de la Hacha, fueron a dar al valle de Upar, y de allí por el río de Cesare | 16 a las riberas del río grande de la Magdalena, por cuyas riberas caminaron con excesivos trabajos, hasta llegar al río que dijeron de Lebrija, donde les empezó a estorbar el camino la aspereza y maleza de la tierra, que era la más arcabuco y de raras poblaciones; y demás de esto entraba el invierno, que les causaba ser los trabajos doblados, porque como los soldados y aun capitanes no tenían indios que les sirviesen, eran ellos mismos forzados a hacer lo que habían menester, y a servirse a sí y a sus caballos, cogiéndoles la hierba, y lo que habían de comer, por lo cual fueron constreñidos a dejar la demanda que llevaban, e iban a descubrir, y dar la vuelta a Santa Marta, donde se hallaron dentro de pocos meses que dieron la vuelta, con cantidad de oro que los indios del río grande y de otras provincias por do habían pasado, les habían dado de presente, y alguna parte de ello que habían tomado y ranchado en algunos pueblos.

Llegados a Santa Marta, hallaron que algunas poblaciones de indios se habían rebelado y alzado, como fueron los de Marona y valle de Coto, y Valle Hermoso, y no querían acudir con el feudo y tributo a sus encomenderos, por lo cual le fue encargado al capitán Pedro de Lerma que los fuese a pacificar y traerlos a la sujeción y servidumbre que de antes tenían. El cual tomando consigo ciento veinte hombres, se fue a la vuelta de Marona, con cuyos naturales tuvieron cierta refriega y guazabara bien reñida, y sin poderlos traer a confederación y amistad, dieron la vuelta hacia la mar, a dar al valle que dicen de Coronado, y de allí se vinieron a Santa Marta; y prosiguiendo su castigo y pacificación, fueron al valle de Coto, y llegando a un pueblo grande y de muchos moradores, halláronlos puestos en armas para defenderse; y acometiéndoles, fueron de ellos resistidos algún tiempo, aunque les hicieron al fin desamparar el pueblo, pero con daño de los nuestros, porque les mataron treinta españoles e hirieron otros algunos; pero los indios no dejaron de recibir harto daño en sus personas, demás de que les quemaron el pueblo; y pretendiendo haber entera venganza de los españoles que les habían muerto, quisieron los nuestros pasar a quemar un pueblo de más de cuatrocientas casas que estaba de la obra banda del río de Coto, y yendo marchando con ese propósito, al pasar del río les salieron al encuentro los indios con las armas en las manos, y no sólo les estorbaron el paso, pero les tomaron a manos dos escuadras llamadas Bartolomé García y García de Citiel, con otros españoles, y les mataron e hirieron otros muchos, y los hicieron retirar al pueblo que habían quemado, donde hallaron obra de quinientos indios que los estaban esperando a punto de guerra, de los cuales asimismo fueron acometidos y constreñidos a retirarse a Tamaca, pueblo de indios amigos, y de allí se volvieron a Santa Marta, con pérdida de hartos españoles que fueron muertos en el conflicto de las guazabaras o reencuentros, sin los que los indios llevaron vivos en su poder, a los cuales dieron más crueles y prolijas muertes.

Viendo los indios del Valle Hermoso las victorias que habían habido los de Coto, acordaron rebelarse y no obedecer como antes solían, a los españoles, por lo cual el gobernador Lerma envió a que los castigasen a los capitanes Céspedes y Escobar y Bueso, con doscientos hombres, los cuales dividieron la gente entre sí para dar en tres pueblos principales que en aquel valle había, y quemarlos y arruinarlos. Los dos capitanes, Escobar y Bueso, quemaron y arruinaron los dos pueblos que en suerte les cupieron, y el capitán Céspedes no quemó el que en suerte le cupo por haberse ido la gente de él, y desamparándolo y recogiendose a un alto para de allí ofender y defenderse de quien les pretendiese damnificar; y como el capitán Céspedes con su gente quisiese subir al cerro donde los indios estaban hechos fuertes, parecióle que era temeridad dejar solo un peligroso paso que a las espaldas tenía, al cual si los indios le tomaran, peligrara él y su gente, y volviendo con presteza a reformar y guardar con su gente aquel paso, se estuvo en él hasta que los otros dos capitanes, Escobar y Bueso, llegaron allí, y quedando en guarda de aquel peligroso paso, el capitán Céspedes subió con sus soldados, y resistiendo valerosamente la furia de los bárbaros, les ganó el alto y alojamiento donde estaban, y dando en ellos fueron muertos muchos, y los demás ahuyentados, y hecho este castigo se volvieron a Santa Marta; y desde ha pocos días, el gobernador Lerma, queriendo ver si la gente y naturales del valle de Tayrona estaban domésticos, y si los podrían atraer a su amistad, envió tercera vez gente a ellos, yendo por capitanes su sobrino Pedro de Lerma y Alonso Martín, y con ellos más de doscientos hombres, los cuales llegando al paraje, donde antes había llegado el capitán Villalobos, fueron acometidos de los indios y forzados a retirarse con pérdida de algunos españoles y daño de sus propias personas, porque a entrambos capitanes hirieron los indios, y así sin hacer ningún buen efecto se volvieron a Santa Marta.

 

|Capítulo décimo  En que se cuenta cómo el gobernador Lerma, por temor de la gente que en Santa Marta tenía, no se le fuese al Perú, con la fama de las riquezas que en ellas se habían descubierto, hizo hacer la jornada y descubrimiento del Sinú.

 

En este tiempo, que sería por el año de treinta y uno, vino a Santa Marta la nueva del descubrimiento del Perú, y de sus riquezas, por lo cual fueron muchos soldados promovidos a dejar la vivienda de Santa Marta e ir a participar de las riquezas nuevamente descubiertas. Porque en esta sazón estaban muchos de camino para ir a poblar a la gente blanca y de los Caribes, la cual es gente desnuda, pobre y belicosa; por los cuales respectos los soldados que estaban para ir a ella, la dejaron y no se curaron de ello, por irse, como he dicho, a Perú.

El gobernador Lerma, pretendiendo amplificar su gobernación y entretener la gente que no se le fuese, determinó que se hiciese una jornada en descubrimiento del Sinú, de quien en aquellos tiempos había gran noticia de muchas e infinitas riquezas de oro sobre la tierra. Es esta noticia y provincia de la otra banda del río grande de la Magdalena, hacia la parte de Cartagena, entre el mismo río grande y el río de Cauca, que nace en la gobernación de Popayán; y demás de esto en la propia sazón había hombres en Santa Marta que por tener algún conocimiento de la cosmografía y astrología certificaban al gobernador que por conjeturas alcanzaban a saber y conocer que el río grande arriba, de la una y otra parte de él, había tierras riquísimas y muy pobladas. Con estas cosas fue algún tanto sosegado el ánimo de los soldados para dejar de ir a Perú, y seguir el nuevo descubrimiento que el río grande arriba quería hacer, y así fueron juntos doscientos hombres y nombrados por capitanes y administradores de todo lo criminal los capitanes Céspedes y Juan de San Martín, y por teniente general y superior de todos éstos un licenciado o bachiller Torres, canónigo de Santa Marta, clérigo y sacerdote de misa, y por capitán de gastadores, que son macheteros y azadoneros, a un Santos de Sayavedra, natural de Cáceres. Todos los cuales juntos salieron de Santa Marta la vuelta de los Caribes y gente blanca, para por allí arrimarse al río grande y proseguir su viaje, como lo hicieron. En estas poblaciones de los Caribes y gente blanca, dio cierta enfermedad al canónigo y licenciado Torres, de que murió luégo. Los capitanes Céspedes y San Martín se hicieron publicar y obedecer por tenientes de gobernador, iguales en jurisdicción, y como eran personas de notable esplendor y virtud, nunca se desconformaron en el mandar, regir y gobernar, antes con toda afabilidad y modestia llevaron sus compañías pacíficamente sin sucederles cosa próspera ni adversa, hasta el pueblo y provincia llamada Sompallon, que es más arriba de donde ahora está poblado el pueblo y ciudad de Tamalameque, en la ribera del río grande a la parte de Santa Marta. Este Sompallon es donde antiguamente estuvo poblado un pueblo de españoles llamado Santiago de Sompallon. En esta provincia estuvieron estos dos capitanes esperando ciertos bergantines que por el río habían de subir, para que los pasasen de la otra parte.

Porque pasa de esta manera: que al tiempo que el licenciado Torres y los capitanes Céspedes y San Martín, con la demás gente salieron de Santa Marta, el gobernador Lerma hizo aderezar ciertos bergantines, en los cuales iban por capitanes Luis de Manjarrés y Alonso Martínez, natural de Huelva, y los envió con cien hombres para que entrasen por la boca del río grande y fuesen en seguimiento de los que iban por tierra. Salidos de Santa Marta al tiempo del embocar por el río grande, les sobrevino un poco de tormenta, que fue causa que el bergantín o fragata en que iba Manjarrés se hundiese y toda la gente de él pereciese, sin escapar más de sólo el capitán Manjarrés, que por ser diestro y animoso nadador pudo soportar el ímpetu de la tormenta, y siendo favorecido de su buena fortuna fue recogido en uno de los otros bergantines, los cuales navegaron el río arriba, y donde a poco tiempo, no sin falta de trabajos, a causa de las grandes corrientes del río y algunos acometimientos que los indios en canoa les hacían por el agua, con que no dejaban de damnificarles, llegaron a Sompallon, donde la demás gente estaba esperando, y allí se regocijaron de verse los unos a los otros.

El capitán Santos de Sayavedra, siendo algo bullicioso y de ánimo mal reposado, mediante la pujanza de amigos que con su cargo había cobrado, entremetíase con libre desenvoltura en más negocios de los que le eran permitidos, dando a entender que no debía de obedecer a los capitanes San Martín y Céspedes como ellos pretendían ser obedecidos, los cuales se temieron, por insignias que vieron, que se les había de alzar o amotinar algún día con parte de la gente, y esta presunción confirmó el capitán Sayavedra, con que al tiempo que los bergantines llegaron a Sompallon, de su propia autoridad, con algunos amigos suyos, se metió en uno de ellos, y echó fuéra al que los traía a cargo, y sin decir nada a los tenientes y capitanes, comenzó a pasar de la otra banda del río a los que tenía por amigos. Pero disimulando con esta desenvoltura los capitanes Céspedes y San Martín, fingiendo no hacer caso de ello, ni haberlo visto, con alegre demostración fingieron cierto convite y recreación otro día para por el río, entre los tenientes y capitanes que en los bergantines habían venido, y otras personas principales del campo, y convidando entre los demás al capitán Sayavedra, lo hicieron confesar, y le dieron garrote en un varón del bergantín, y con esto se sosegaron los bullicios que entre la gente que llevaban se iban levantando.

 

Muerto Sayavedra, los tenientes acabaron de pasar toda su gente de la otra parte del río, y como tenían por tan cierta su noticia, despidieron los bergantines, y volviéronse a Santa Marta, y metiéndose ellos la tierra adentro, comenzaron a dar en algunas poblaciones de indios, que ahora sirven a la villa de Mompós, no muy abundantes de riquezas, ni ellas en tanta cantidad como los españoles quisieran. Las cuales pasadas, luégo dieron en grandes arcabucos y manglares despoblados, y muy trabajosos de caminar, los cuales rompieron y anduvieron hasta llegar a las riberas del río de Cauca, en las cuales, aunque había algunas poblaciones, no se trataban ni caminaban por agua, y así demás de ser trabajoso el buscarlas y descubrirlas, hacíanlas tan oscuras las espesuras de las montañas y manglares, que ningún trabajo de hombres era tolerable para descubrirlas. Visto esto y que la gente empezaba a enfermar, acordaron dar la vuelta sobre el río grande, y en pocos días volvieron al propio puerto do habían desembarcado, donde no menos trabajo pasaron, por no tener bergantines en que volver a pasar el río, que les fue forzoso ir a buscar por los pueblos comarcanos canoas en qué pasar, en las cuales con harto trabajo pasaron, y con mucho riesgo de sus personas, así por la grandeza e ímpetu del río, como por no saber los españoles gobernar ni navegar aquel género de navíos pequeños, de quien en otra parte trataremos más largamente, declarando su proporción y manera de navegación. Pasada toda la gente de la otra parte del río, hacia la banda de Sompallon, hallaron toda la gente anegada, porque era ya entrado el invierno y habían cargado las aguas muy de golpe; y partidos de Sompallon se arrimaron todo lo que pudieron a la tierra, hasta llegar al paraje de un pueblo llamado Sopati | 17 , donde los dos tenientes se dividieron, y partieron entre sí la gente para ir por diferentes caminos, o a diferentes efectos; porque el capitán San Martín pretendía ir a dar en el pueblo y poblaciones de Tamalameque para haber algún oro; el capitán Céspedes pretendía ir a dar en cierto bohío o santuario que tenía fama de muy grande y rico, por tener en él el demonio sus particulares y familiares coloquios con los indios de algunas poblaciones del valle de Upar; y así cada cual tomó su camino y derrota con la gente que le cupo.


 
15a  La referencia trata sin duda de algún otro texto suprimido, pues es la primera vez que se habla de las Nuevas Leyes de 1542 en la "Recopilación".
16  El texto del manuscrito dice: "Zazare" y al margen dice "Cesare".  
17  En el texto dice "Sopatín", habiéndose después tachado la "n" y puesto al margen "Sopatí".  

 

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