|Capítulo octavo
De cómo fue
proveído en España por gobernador de Santa Marta García de Lerma,
el cual tomó residencia a Juan de Vadillo.
Como en España se tuvo nueva de la muerte del gobernador
Bastidas, el rey y los del Consejo Real de Indias proveyeron por
Gobernador de Santa Marta a García de Lerma, persona principal,
natural de Burgos, el cual para las jornadas y descubrimientos que
pretendía hacer juntó en España cuatrocientos hombres, con los
cuales vino a Santa Marta y halló en el gobierno de ella a Juan de
Vadillo, que, como se ha dicho, estaba descansando de los trabajos
pasados; al cual tomó residencia, y con ella lo envió, unos dicen
que a España, en el cual camino pereció ahogado, y otros que lo
envió a Santo Domingo, donde después vivió mucho tiempo, y al fin
murió allí.
En este tiempo los naturales o indios que había en la provincia
de Santa Marta no estaban, ni habían sido repartidos, ni
encomendados en ningunas personas, y así recibían más comúnmente
daño, porque los soldados y gente que en Santa Marta residían,
visto que los indios no tenían quién volviese por ellos, ni los
defendiese, iban muchas veces a sus pueblos a tomarles lo que
tenían y a inquietarlos, por lo cual los vecinos de Santa Marta
rogaron al gobernador Lerma que los repartiese y encomendase, así
entre ellos, como en los que él consigo habla traído de España; el
cual para mejor hacer el repartimiento de los indios, salió de
Santa Marta con la gente que le pareció, llevando consigo algunos
capitanes Y personas señaladas que estaban ya diestros en la
tierra, y entrando por las provincias circunvecinas a Santa Marta,
hasta el valle de Coto, y viendo que todos los naturales estaban
pacíficos y sin hacer ni dar muestras ni señal de alboroto ni
rebelión, dio la vuelta a Santa Marta para hacer su repartimiento;
y para que fuese hecho a Contento de todos, quiso y ordenó que el
cabildo de la ciudad se hallase presente, y que la demás gente de
la república nombrase una persona que asímismo en su nombre
asistiese al hacer el repartimiento, los cuales nombraron a un
capitán Juan de Céspedes, persona entre ellos principal, que
después fue de los descubridores y pobladores del Nuevo Reino; y
como del repartimiento que se había de hacer había de redundar el
contento o descontento de muchos, para que mejor fuesen guiados y
encaminados, usaron, ante todas cosas, de lo que como cristianos
era razón que hiciesen, invocando el auxilio divino, mediante el
sacrificio de una misa del Espíritu Santo, que se les dijo, votando
y prometiendo acerca de ello de hacer lo que debían, y en sus
conciencias les pareciese que era razón, y hecho esto hicieron sus
repartimientos de los naturales o indios que había en el valle de
Coto y otros pueblos a él comarcanos, y valles de Buritaca,
Bondigua y valle Hermoso. y en otras muchas poblaciones que cerca o
comarcanas a estos valles había; dando a cada capitán y vecino y
soldado conforme a lo que merecía y había trabajado.
Y porque no todos los que estas historias leyeren, por ventura
entenderán qué cosa sea repartimiento de indios ni encomiendas, ni
lo que de ello procede, pues no todos han estado en Indias,
paréceme que no será fuera de propósito tratarlo y declararlo en
este lugar, así por la materia que se ha ofrecido como forzosamente
se había de tratar y repetir adelante muchas veces este nombre de
repartimiento y encomienda, y encomendero, y depósito, y
administración de indios.
Ha sido costumbre muy usada en las Indias que cualquier capitán
que ha ido o va a descubrir tierras nuevas, con poder real o sin
él, después de haber descubierto alguna rica provincia, y
pacificado los naturales de ella, y poblado su pueblo, para que los
que con él han entrado en la tal jornada se puedan mejor sustentar
y permanezcan en la tierra y la conserven en amistad, señala a cada
uno tanta cantidad de indios cuanta le parece que bastaran a darle
sustento conforme a la calidad de la tierra y aun de la persona, y
este señalamiento unas veces es por persona diciendo: yo os doy y
señalo tantos indios casados, que se entiende con sus mujeres e
hijos; y otras veces por casas y bohíos, señalándole tantas casas
pobladas de visitación, que se entiende que han de tener moradores,
porque hay, en algunas partes, indios que tienen a dos y tres
casas, y todas son de un solo dueño, y éstas no se cuentan más de
por una. Otras veces se da por señores o principales, nombrando el
principal o señor de tal parte con todos sus sujetos y datarios; y
otras veces por términos de tal parte a tal parte los indios que
hubiere, o tal valle. Esto que este capitán hace, si no tiene poder
real para encomendar, llámase solamente repartimiento y
apuntamiento, de lo que a cada uno señala; pero no tiene más fuerza
de cuanto fuere la voluntad del rey, o de la persona a quien el rey
da poder para encomendar los indios; y por respecto de llamarse
aquella primera división de indios repartimiento, les ha quedado y
queda después el nombre de repartimiento a aquella población o
suerte dé indios que a cada un vecino le cupo, y así comúnmente a
los indios que cada español tiene a su cargo le llaman el
repartimiento de fulano. Este primer repartimiento o apuntamiento,
hecho generalmente de los naturales de la provincia nuevamente
descubierta y poblada, es traído al presidente o gobernador, que
son los a quien el rey suele dar poder para que encomienden, y
estos superiores, si ven que el apuntamiento o repartimiento hecho
por el capitán está sin agravio ni perjuicio de los más españoles
que con el fueron, confírmalo, encomendando los indios en aquellas
personas en quien antes estaban señalados y apuntados, o remueve de
unos en otros, como le parece que es justicia.
Este nombre de encomienda es una merced hecha por ley antigua de
los Reyes de Castilla a los que descubrieren, pacificaren y
poblaren en las Indias, en que les hacen merced de que aquellos
indios que en su título o cédula se contienen, los tengan en
encomienda (que es tanto como decir a su cargo) todos los días de
su vida, y después de él su hijo, o hija mayor, y por defecto de
hijos su mujer no más; y estos tales son llamados encomendadores, y
es a su cargo el mirar por el bien espiritual y temporal de los
indios de su encomienda, y a darles doctrina, y los indios,
supuestas las condiciones de la encomienda, son, por respecto de
ellas, obligados a dar a sus encomenderos, cada un año, cierta
cantidad de oro y otras cosas en que están tasados por los jueces y
visitadores, para el sustento de los encomenderos; y este tributo
en unas partes es llamado demora, como en la provincia del Nuevo
Reino de Granada y Santa Marta y Cartagena y en Perú y en Nueva
España; y estos tributos y demoras han sido enmendados en mucha
parte por los jueces que el rey ha enviado, y leyes que
cristianísimamente sobre ello ha hecho, como adelante más
particularmente lo diremos; porque antiguamente cada encomendero
sacaba todo lo que podía a sus indios, y les hacia .que les
proveyesen de muchas cosas que no podían, sin excesivo trabajo, dar
ni cumplir los indios, y metían en esta demora o tributo lo que
llamaban y llaman servicio personal, que era por vía de feudo,
haber de dar a sus encomenderos tanta cantidad de cargas de leña
cada un año, cierta cantidad de cargas de hierba para sus caballos,
tanta cantidad de madera para hacer casas o bohíos. Todo lo cual
habían de traer a cuestas a casa del encomendero, con más todo el
trigo, maíz y cebada y otras cosas que en el repartimiento se
consiguen; que podrá ser adelante, donde trataremos de la
moderación que en todo se ha puesto, especificarlas más
particularmente.
Estas encomiendas no pueden ser removidas ni quitadas a los que
justamente las tienen, sino es por traición, o por malos
tratamientos de indios, o por herejes, que en todos los otros casos
aunque el primer encomendero cometa algún delito, por donde merezca
pena de muerte, no por eso se le quita a su sucesor el derecho y
merced que el rey le ha hecho y hace por la encomienda. Hay otro
título llamado depósito, y otro que se dice administración, y es de
poca fuerza, que cada y cuando que el superior quiere removerlo, lo
remueve, y lo mismo la administración; y así se tendrá por avisado
el lector que dondequiera que nombraremos encomendero o
encomenderos, se entiende por aquellos a quienes han sido
repartidos y encomendados los indios y que los tienen y poseen a su
cargo.
Pues de esta manera el gobernador García de Lerma fue el primero
que en Santa Marta, en la forma dicha, hizo repartimiento de los
indios y naturales que en la provincia había, y luégo como
gobernador los encomendó y dio encomiendas de ellos a los vecinos;
y porque quedaba alguna gente sin suerte de indios envió a
descubrir y ver el valle de Tayrona, que es junto a las sierras
nevadas de Santa Marta, al cual efecto fueron los capitanes Juan
Muñoz y Juan de la Feria con doscientos hombres, los cuales
entraron con tan buena fortuna en Tayrona, que demás de no moverse
los naturales de aquel valle, que es gente belicosísima e indómita,
con las armas a defenderles la entrada, les dieron de presente más
de ochenta mil pesos de oro fino, y sin dejar confirmada la paz ni
rota la guerra se tornaron a salir, y se volvieron a Santa Marta,
contentos con sus riquezas.
El gobernador Lerma, luégo que repartió y encomendó la tierra en
naturales de ella, para que los encomenderos y los indios
entendiesen lo que habían de hacer, nombró dos personas
principales, que fueron los capitanes Antonio Ponce y Juan de
Céspedes, a los cuales dio libertad que por el trabajo que en hacer
esto habían de tener, pudiesen recibir y llevar lo que los indios y
caciques les quisiesen dar de su voluntad, que llamaban Tamaigira,
como joya o presente, después de haber cumplido con sus
encomenderos, porque luégo en la primera vista les habían de pagar
el tributo o demora, que por el gobernador les fue señalado;. y así
sin lo que los indios dieron a sus encomenderos, hubieron los dos
capitanes buen pedazo de oro; porque el Ponce hubo de su parte
cuatro mil pesos de oro fino, con los cuales, y con otros dos mil
que al gobernador ganó a los naipes, se fue a España, y vive en
ocio y quietud en Carrión de los Condes; y Céspedes hubo siete mil
pesos de oro fino. Apunto aquí esto por manera de antigüedad y cosa
que en aquel tiempo se hacía y permitía, y no lo tenían por cosa
escrupulosa, según la gran ceguedad en que todos vivían, lo cual en
este nuestro tiempo no sólo no se permitirá, pero fuera castigado
agriamente el que lo pretendiera hacer, por la mucha rectitud de
los jueces y justificación y moderación de nuevas leyes, hechas por
los cristianísimos Reyes de Castilla en favor de los míseros
indios, y buen gobierno de las Indias; de las cuales, como he dicho
|
15a
no dejaré de ir apuntando algunas en
esta historia, según que la materia me ofreciere y pusiere delante
la ocasión.
|Capítulo noveno
De cómo el
gobernador Lerma fue a visitar la provincia de Posigueyca, y fue
rebatido y echado de ella por los naturales.
Como el gobernador García de Lerma había andado visitando las
provincias conjuntas a Santa Marta, y los naturales estaban
pacíficos, y le habían salido de paz y ofrecídole muchos presentes,
entendió tener el mismo suceso y fortuna en otros que vivían más
apartados algo; y así determinó de ir a visitar las provincias de
Posigueyca y Buritaca, que están hacia la parte de Cartagena, entre
Santa Marta y el río grande de la Magdalena, que aun en este tiempo
no se había entrado en él; y tomando consigo seiscientos hombres, y
a los capitanes Berrío, Villalobos, Juan Muñoz y Juan de Escobar, y
por capitán de su guarda a Hernando de la Feria, se partió la
vuelta de Buritaca, llevando consigo toda su recámara y servicio de
palacio como si su caminar y jornada fuera por tierra muy asentada
y reposada, y de muy cordiales amigos; y entrado que fue en el
valle de Buritaca, los primeros indios de él lo recibieron
amigablemente y le dieron de presente cuarenta libras de oro fino,
y le dijeron que no curase de pasar de allí, antes se volviese a
salir con brevedad, porque los naturales y moradores de aquellas
provincias era gente muy belicosa y guerrera, y que usaban de muy
ponzoñosa y fina hierba en las flechas, los cuales se andaban
convocando y juntando para tomar las armas en las manos y
resistirles la entrada y aun rebatirles si pudiesen; pero García de
Lerma como llevaba consigo tanta y tan lucida compañía de soldados,
no hizo caso del aviso que los indios le daban, antes los amenazó
diciendo que él traía tanta y tan buena gente que bastaban a
domarlos y sujetarlos por muchos y muy belicosos que fuesen, a los
cuales si con obstinación tomasen las armas contra él y su gente,
castigaría tan áspera y cruelmente que por entero quedaren
castigados de su atrevimiento y domados de su soberbia; y luégo
otro día envió al capitán Berrío, con cien hombres, a que viese
cierta parte de aquella provincia y reconociese las poblaciones y
gente que en ellas había; pero no habiéndose apartado Berrío dos
leguas de donde el gobernador Lerma estaba, salieron a él mucha
cantidad de naturales a punto de guerra, según su usanza, y dando
en los españoles no sólo les impidieron y estorbaron el pasar
adelante, pero fueron rebatidos con daño y pérdida de algunos
soldados que los indios le mataron, y sin hacer ningún efecto se
volvieron a donde el gobernador estaba, muy confiado en la gentalla
que consigo tenía; el cual, lleno de cólera del mal suceso que
Berrío había habido, hizo luégo apercibir doscientos hombres para
que con el capitán Muñoz fuesen otro día siguiente a castigar la
desvergüenza y atrevimiento de aquellos bárbaros, que con tanta
osadía habían, el día antes, ahuyentado a Berrío y a los que con él
iban.
Pero los indios que con la victoria pasada no perdieron punto de
tiempo, se habían juntado con gran cantidad, para dar sobre el
alojamiento del gobernador, y estando ya para salir del alojamiento
el capitán Muñoz y los que con él habían de ir, halláronse cercados
de los naturales, los cuales arremetiendo con furia y brío de
animosa gente, comenzaron a herir en los nuestros, de suerte que
los echaron de su alojamiento y mataron setenta u ochenta hombres,
sin otros muchos que quedaron heridos, y fue forzado el gobernador
a retirarse con toda presteza, y a salirse de aquel valle o
provincia, porque le habían herido los indios en la primera
arremetida, y así se volvió a Santa Marta, con pérdida de mucha
gente y de toda su recámara en que había tapicería de paños de
corte, reposteros, camas de campo, vajilla de plata y generalmente
todas las cosas del servicio de su casa, que era muy de señor, sin
escapar cosa alguna, y desde aquí no curó más el gobernador García
de Lerma salir a descubrimientos; mas estándose en Santa Marta
gobernando la tierra en ociosa quietud, hizo por mano de un sobrino
suyo, llamado Pedro de Lerma, diversas entradas y descubrimientos;
el cual envió con obra de doscientos hombres en descubrimiento del
río grande de la Magdalena, por tierra, con el cual iba el obispo
de Santa Marta, llamado don Juan Ortiz, para estorbar o impedir con
celo pastoril que a los indios no se les hiciese algunas demasías,
ni fuerzas, ni malos tratamientos, sino que por bien y con regalo
fuesen traídos a la amistad y servidumbre de los españoles, pero
este su buen propósito no le tuvo mucho tiempo, aunque habían sido
bien persuadidos a ello por él los españoles; porque como fuesen
entrando por gente de guerra, que por su ferocidad acostumbran a
comer carne humana, por lo cual son llamados comúnmente Caribes, y
llegasen a un pueblo cuyos moradores se habían ausentado, y
escondido de prima faz, después vinieron con sus armas, que son
arcos y flechas, y comenzaron a flechar, de suerte que el señor
obispo estuvo en riesgo y aventura de ser mal herido de sus propias
ovejas a quien defendía, o por quien volvía, por lo cual mudó de
improviso parecer, y comenzó a inducir o decir a los soldados que
hiriesen en ellos, y los persiguiesen y sujetasen con las armas,
que él los absolvería; tanto puede el temor de la muerte; y
prosiguiendo su descubrimiento, llegaron a un pueblo de indios, que
por poseer y tener sus moradores muchas argollas de oro, fue dicho
el pueblo de las argollas; en el cual dieron de noche, y robaron y
rancharon todo lo que pudieron y cautivaron todos los más de los
moradores de él; y algunos que escaparon huyendo, juntándose,
vinieron otro día con sus armas en las manos a dar sobre los
españoles; pero como eran pocos y amedrentados, fueron fácilmente
rebatidos y arruinados y pasando adelante con su descubrimiento,
llegaron a vista de otro pueblo que por su grandeza y buen parecer
fue llamado Sevilla, cuyos moradores estaban con las armas en las
manos, esperando a los nuestros, para resistirles la entrada, lo
cual hicieron animosamente, porque por defender a los nuestros que
no entrasen en su tierra, les mataron quince españoles y cuatro
caballos, y les hirieron otros soldados; pero al fin fueles entrado
el pueblo por fuerza y saqueado, y ellos ahuyentados de él, y de
allí pasó al pueblo llamado Chimila, donde no hubo ninguna
resistencia ni pendencia con los naturales; y después de haber el
capitán Lerma descubierto la provincia de los Caribes, y la de la
gente blanca y el río grande, y parecerle que toda era gente pobre
y de poco oro ni provecho, y que de andar entre ella no se podía
adquirir sino las muertes de algunos soldados, dio la vuelta a
Santa Marta, y este fue el primer descubrimiento de Chimila y los
Caribes y gente blanca y por tierra el río grande de la
Magdalena.
Es, como se ha dicho, todas las gentes de estas provincias de
los Caribes y gente blanca, gentes que comen carne humana, y
pensaban que asimismo la comían los españoles, por lo cual como en
un pueblo por fuerza de armas constriñesen los soldados a los
indios a que se retrujesen en sus casas, con el temor que tenían se
subían en unas barbacoas y lechos altos, que dentro en los techos
de sus casas tenían, y de allí arrojaban a los que los entraban a
buscar sus propios hijos para que los comiesen; aunque otros dicen
que habiéndoseles acabado las armas, los tiraban a los españoles
desde lo alto, para ofenderlos y
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defenderse de ellos, y era
tan grande la fiereza de estos bárbaros, que faltándoles las armas
para pelear, sus mujeres les arrojaban y tiraban a los enemigos las
criaturas y niños hijos propios que a los pechos tenían, para
ofenderlos y defenderse.
Todos estos indios de estas provincias referidas, y generalmente
todos los comarcanos a Santa Marta y a sus serranías y provincias,
es gente que usan y acostumbran poner en las flechas hierba
ponzoñosa y pestilencial, con que matan la gente, de suerte que de
los a quien hieren con las flechas que están untadas de esta
hierba, muy pocos o ningunos escapan, y por la mayor parte mueren
rabiando y envarados, yertos y pasmados, y mediante el usar de esta
hierba pestilencial para su defensa, se conservan y han defendido
siempre de los españoles, y nunca han sido enteramente sujetos, ni
domados de ellos.
Desde pocos días que Pedro de Lerma hubo descansado, intentó
hacer otra jornada, y nuevo descubrimiento, a las espaldas de las
sierras de Santa Marta, porque como en algunas provincias de las
que la gente de Santa Marta se hubiesen hallado algunas piedras
esmeraldas, daban por noticia los indios que las tenían, que habían
bajado de ciertas gentes que habitaban muy apartadas de su región,
hacia la parte del sur de aquella provincia. Era esta tierra de a
do se traían las esmeraldas, lo que ahora llaman el Nuevo Reino de
Granada.
El capitán Pedro de Lerma, habida licencia y comisión del
gobernador García de Lerma, se partió de Santa Marta con doscientos
hombres, y entre ellos los capitanes Lebrija y Sanmartín, Céspedes
y Juan Tafur, y Juan Muñoz, y caminando la vuelta de la Ramada y
río de la Hacha, fueron a dar al valle de Upar, y de allí por el
río de Cesare
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a las riberas del río grande de la
Magdalena, por cuyas riberas caminaron con excesivos trabajos,
hasta llegar al río que dijeron de Lebrija, donde les empezó a
estorbar el camino la aspereza y maleza de la tierra, que era la
más arcabuco y de raras poblaciones; y demás de esto entraba el
invierno, que les causaba ser los trabajos doblados, porque como
los soldados y aun capitanes no tenían indios que les sirviesen,
eran ellos mismos forzados a hacer lo que habían menester, y a
servirse a sí y a sus caballos, cogiéndoles la hierba, y lo que
habían de comer, por lo cual fueron constreñidos a dejar la demanda
que llevaban, e iban a descubrir, y dar la vuelta a Santa Marta,
donde se hallaron dentro de pocos meses que dieron la vuelta, con
cantidad de oro que los indios del río grande y de otras provincias
por do habían pasado, les habían dado de presente, y alguna parte
de ello que habían tomado y ranchado en algunos pueblos.
Llegados a Santa Marta, hallaron que algunas poblaciones de
indios se habían rebelado y alzado, como fueron los de Marona y
valle de Coto, y Valle Hermoso, y no querían acudir con el feudo y
tributo a sus encomenderos, por lo cual le fue encargado al capitán
Pedro de Lerma que los fuese a pacificar y traerlos a la sujeción y
servidumbre que de antes tenían. El cual tomando consigo ciento
veinte hombres, se fue a la vuelta de Marona, con cuyos naturales
tuvieron cierta refriega y guazabara bien reñida, y sin poderlos
traer a confederación y amistad, dieron la vuelta hacia la mar, a
dar al valle que dicen de Coronado, y de allí se vinieron a Santa
Marta; y prosiguiendo su castigo y pacificación, fueron al valle de
Coto, y llegando a un pueblo grande y de muchos moradores,
halláronlos puestos en armas para defenderse; y acometiéndoles,
fueron de ellos resistidos algún tiempo, aunque les hicieron al fin
desamparar el pueblo, pero con daño de los nuestros, porque les
mataron treinta españoles e hirieron otros algunos; pero los indios
no dejaron de recibir harto daño en sus personas, demás de que les
quemaron el pueblo; y pretendiendo haber entera venganza de los
españoles que les habían muerto, quisieron los nuestros pasar a
quemar un pueblo de más de cuatrocientas casas que estaba de la
obra banda del río de Coto, y yendo marchando con ese propósito, al
pasar del río les salieron al encuentro los indios con las armas en
las manos, y no sólo les estorbaron el paso, pero les tomaron a
manos dos escuadras llamadas Bartolomé García y García de Citiel,
con otros españoles, y les mataron e hirieron otros muchos, y los
hicieron retirar al pueblo que habían quemado, donde hallaron obra
de quinientos indios que los estaban esperando a punto de guerra,
de los cuales asimismo fueron acometidos y constreñidos a retirarse
a Tamaca, pueblo de indios amigos, y de allí se volvieron a Santa
Marta, con pérdida de hartos españoles que fueron muertos en el
conflicto de las guazabaras o reencuentros, sin los que los indios
llevaron vivos en su poder, a los cuales dieron más crueles y
prolijas muertes.
Viendo los indios del Valle Hermoso las victorias que habían
habido los de Coto, acordaron rebelarse y no obedecer como antes
solían, a los españoles, por lo cual el gobernador Lerma envió a
que los castigasen a los capitanes Céspedes y Escobar y Bueso, con
doscientos hombres, los cuales dividieron la gente entre sí para
dar en tres pueblos principales que en aquel valle había, y
quemarlos y arruinarlos. Los dos capitanes, Escobar y Bueso,
quemaron y arruinaron los dos pueblos que en suerte les cupieron, y
el capitán Céspedes no quemó el que en suerte le cupo por haberse
ido la gente de él, y desamparándolo y recogiendose a un alto para
de allí ofender y defenderse de quien les pretendiese damnificar; y
como el capitán Céspedes con su gente quisiese subir al cerro donde
los indios estaban hechos fuertes, parecióle que era temeridad
dejar solo un peligroso paso que a las espaldas tenía, al cual si
los indios le tomaran, peligrara él y su gente, y volviendo con
presteza a reformar y guardar con su gente aquel paso, se estuvo en
él hasta que los otros dos capitanes, Escobar y Bueso, llegaron
allí, y quedando en guarda de aquel peligroso paso, el capitán
Céspedes subió con sus soldados, y resistiendo valerosamente la
furia de los bárbaros, les ganó el alto y alojamiento donde
estaban, y dando en ellos fueron muertos muchos, y los demás
ahuyentados, y hecho este castigo se volvieron a Santa Marta; y
desde ha pocos días, el gobernador Lerma, queriendo ver si la gente
y naturales del valle de Tayrona estaban domésticos, y si los
podrían atraer a su amistad, envió tercera vez gente a ellos, yendo
por capitanes su sobrino Pedro de Lerma y Alonso Martín, y con
ellos más de doscientos hombres, los cuales llegando al paraje,
donde antes había llegado el capitán Villalobos, fueron acometidos
de los indios y forzados a retirarse con pérdida de algunos
españoles y daño de sus propias personas, porque a entrambos
capitanes hirieron los indios, y así sin hacer ningún buen efecto
se volvieron a Santa Marta.
|Capítulo décimo
En que se cuenta
cómo el gobernador Lerma, por temor de la gente que en Santa Marta
tenía, no se le fuese al Perú, con la fama de las riquezas que en
ellas se habían descubierto, hizo hacer la jornada y descubrimiento
del Sinú.
En este tiempo, que sería por el año de treinta y uno, vino a
Santa Marta la nueva del descubrimiento del Perú, y de sus
riquezas, por lo cual fueron muchos soldados promovidos a dejar la
vivienda de Santa Marta e ir a participar de las riquezas
nuevamente descubiertas. Porque en esta sazón estaban muchos de
camino para ir a poblar a la gente blanca y de los Caribes, la cual
es gente desnuda, pobre y belicosa; por los cuales respectos los
soldados que estaban para ir a ella, la dejaron y no se curaron de
ello, por irse, como he dicho, a Perú.
El gobernador Lerma, pretendiendo amplificar su gobernación y
entretener la gente que no se le fuese, determinó que se hiciese
una jornada en descubrimiento del Sinú, de quien en aquellos
tiempos había gran noticia de muchas e infinitas riquezas de oro
sobre la tierra. Es esta noticia y provincia de la otra banda del
río grande de la Magdalena, hacia la parte de Cartagena, entre el
mismo río grande y el río de Cauca, que nace en la gobernación de
Popayán; y demás de esto en la propia sazón había hombres en Santa
Marta que por tener algún conocimiento de la cosmografía y
astrología certificaban al gobernador que por conjeturas alcanzaban
a saber y conocer que el río grande arriba, de la una y otra parte
de él, había tierras riquísimas y muy pobladas. Con estas cosas fue
algún tanto sosegado el ánimo de los soldados para dejar de ir a
Perú, y seguir el nuevo descubrimiento que el río grande arriba
quería hacer, y así fueron juntos doscientos hombres y nombrados
por capitanes y administradores de todo lo criminal los capitanes
Céspedes y Juan de San Martín, y por teniente general y superior de
todos éstos un licenciado o bachiller Torres, canónigo de Santa
Marta, clérigo y sacerdote de misa, y por capitán de gastadores,
que son macheteros y azadoneros, a un Santos de Sayavedra, natural
de Cáceres. Todos los cuales juntos salieron de Santa Marta la
vuelta de los Caribes y gente blanca, para por allí arrimarse al
río grande y proseguir su viaje, como lo hicieron. En estas
poblaciones de los Caribes y gente blanca, dio cierta enfermedad al
canónigo y licenciado Torres, de que murió luégo. Los capitanes
Céspedes y San Martín se hicieron publicar y obedecer por tenientes
de gobernador, iguales en jurisdicción, y como eran personas de
notable esplendor y virtud, nunca se desconformaron en el mandar,
regir y gobernar, antes con toda afabilidad y modestia llevaron sus
compañías pacíficamente sin sucederles cosa próspera ni adversa,
hasta el pueblo y provincia llamada Sompallon, que es más arriba de
donde ahora está poblado el pueblo y ciudad de Tamalameque, en la
ribera del río grande a la parte de Santa Marta. Este Sompallon es
donde antiguamente estuvo poblado un pueblo de españoles llamado
Santiago de Sompallon. En esta provincia estuvieron estos dos
capitanes esperando ciertos bergantines que por el río habían de
subir, para que los pasasen de la otra parte.
Porque pasa de esta manera: que al tiempo que el licenciado
Torres y los capitanes Céspedes y San Martín, con la demás gente
salieron de Santa Marta, el gobernador Lerma hizo aderezar ciertos
bergantines, en los cuales iban por capitanes Luis de Manjarrés y
Alonso Martínez, natural de Huelva, y los envió con cien hombres
para que entrasen por la boca del río grande y fuesen en
seguimiento de los que iban por tierra. Salidos de Santa Marta al
tiempo del embocar por el río grande, les sobrevino un poco de
tormenta, que fue causa que el bergantín o fragata en que iba
Manjarrés se hundiese y toda la gente de él pereciese, sin escapar
más de sólo el capitán Manjarrés, que por ser diestro y animoso
nadador pudo soportar el ímpetu de la tormenta, y siendo favorecido
de su buena fortuna fue recogido en uno de los otros bergantines,
los cuales navegaron el río arriba, y donde a poco tiempo, no sin
falta de trabajos, a causa de las grandes corrientes del río y
algunos acometimientos que los indios en canoa les hacían por el
agua, con que no dejaban de damnificarles, llegaron a Sompallon,
donde la demás gente estaba esperando, y allí se regocijaron de
verse los unos a los otros.
El capitán Santos de Sayavedra, siendo algo bullicioso y de
ánimo mal reposado, mediante la pujanza de amigos que con su cargo
había cobrado, entremetíase con libre desenvoltura en más negocios
de los que le eran permitidos, dando a entender que no debía de
obedecer a los capitanes San Martín y Céspedes como ellos
pretendían ser obedecidos, los cuales se temieron, por insignias
que vieron, que se les había de alzar o amotinar algún día con
parte de la gente, y esta presunción confirmó el capitán Sayavedra,
con que al tiempo que los bergantines llegaron a Sompallon, de su
propia autoridad, con algunos amigos suyos, se metió en uno de
ellos, y echó fuéra al que los traía a cargo, y sin decir nada a
los tenientes y capitanes, comenzó a pasar de la otra banda del río
a los que tenía por amigos. Pero disimulando con esta desenvoltura
los capitanes Céspedes y San Martín, fingiendo no hacer caso de
ello, ni haberlo visto, con alegre demostración fingieron cierto
convite y recreación otro día para por el río, entre los tenientes
y capitanes que en los bergantines habían venido, y otras personas
principales del campo, y convidando entre los demás al capitán
Sayavedra, lo hicieron confesar, y le dieron garrote en un varón
del bergantín, y con esto se sosegaron los bullicios que entre la
gente que llevaban se iban levantando.
Muerto Sayavedra, los tenientes acabaron de pasar toda su gente
de la otra parte del río, y como tenían por tan cierta su noticia,
despidieron los bergantines, y volviéronse a Santa Marta, y
metiéndose ellos la tierra adentro, comenzaron a dar en algunas
poblaciones de indios, que ahora sirven a la villa de Mompós, no
muy abundantes de riquezas, ni ellas en tanta cantidad como los
españoles quisieran. Las cuales pasadas, luégo dieron en grandes
arcabucos y manglares despoblados, y muy trabajosos de caminar, los
cuales rompieron y anduvieron hasta llegar a las riberas del río de
Cauca, en las cuales, aunque había algunas poblaciones, no se
trataban ni caminaban por agua, y así demás de ser trabajoso el
buscarlas y descubrirlas, hacíanlas tan oscuras las espesuras de
las montañas y manglares, que ningún trabajo de hombres era
tolerable para descubrirlas. Visto esto y que la gente empezaba a
enfermar, acordaron dar la vuelta sobre el río grande, y en pocos
días volvieron al propio puerto do habían desembarcado, donde no
menos trabajo pasaron, por no tener bergantines en que volver a
pasar el río, que les fue forzoso ir a buscar por los pueblos
comarcanos canoas en qué pasar, en las cuales con harto trabajo
pasaron, y con mucho riesgo de sus personas, así por la grandeza e
ímpetu del río, como por no saber los españoles gobernar ni navegar
aquel género de navíos pequeños, de quien en otra parte trataremos
más largamente, declarando su proporción y manera de navegación.
Pasada toda la gente de la otra parte del río, hacia la banda de
Sompallon, hallaron toda la gente anegada, porque era ya entrado el
invierno y habían cargado las aguas muy de golpe; y partidos de
Sompallon se arrimaron todo lo que pudieron a la tierra, hasta
llegar al paraje de un pueblo llamado Sopati
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, donde los
dos tenientes se dividieron, y partieron entre sí la gente para ir
por diferentes caminos, o a diferentes efectos; porque el capitán
San Martín pretendía ir a dar en el pueblo y poblaciones de
Tamalameque para haber algún oro; el capitán Céspedes pretendía ir
a dar en cierto bohío o santuario que tenía fama de muy grande y
rico, por tener en él el demonio sus particulares y familiares
coloquios con los indios de algunas poblaciones del valle de Upar;
y así cada cual tomó su camino y derrota con la gente que le
cupo.