|Capítulo quinto
De lo que al
capitán amotinado y a sus secuaces les sucedió en el tiempo que
entre indios anduvieron, y del suceso y fin que los más del motín
huvieron, y de cómo el teniente Palomino salió a pacificar algunas
provincias de Santa Marta, y de la opinión en que era tenido entre
los indios.
En tanto que en Santa Marta y Cuba pasaban las cosas que he
dicho acerca del gobernador Bastidas, sus émulos y enemigos, el
capitán y los demás, llegaron a la provincia y población del
cacique Tapiparabona, el cual los recibió de paz y en su amistad
por respecto de ciertas guerras que tenía con otro cacique
principal, llamado Videburare, pretendiendo aquel bárbaro ayudarse
del favor de estos españoles para haber de hacer guerra a sus
contrarios, y así les rogó Tapiparabona que se fuesen con él a
hacer cierta cabalgada o correría en tierra de su contrario, los
cuales lo hicieron así, que juntos con los vasallos y sujetos al
cacique, su confederado, fueron a dar de noche en tierras del
adversario, y haciendo el daño que pudieron se retiraron luégo,
temiendo no se juntasen los enemigos y viniesen a dar sobre ellos;
pero su presteza les aprovechó poco porque luégo que el cacique
Videburare sintió a sus enemigos en su tierra, tomó las armas, y
saliendo a ellos dio antes que amaneciese con su gente, en los
españoles, y les hirieron algunos, entre los cuales fue a uno de
los tres que entraran a matar al gobernador Bastidas, al cual
dieron con una flecha por la garganta, de que incontinenti murió
sin hablar palabra, y vueltos a tierra del cacique amigo, que en su
favor los había llevado, fueron de él despedidos con ingratitud de
bárbaros diciéndoles secamente que no querían que estuviesen más
tiempo en su territorio, sino que se fuesen donde quisiesen y les
pareciese.
El capitán y sus secuaces caminaron por la costa de la mar la
vuelta del Cabo de la Vela, para de allí ir en demanda del valle de
Upar; y sucedió un día que yendo caminando la gente por orilla y
ribera de la mar, cúpole la retaguardia al segundo de los tres que
entraron a matar al gobernador Bastidas, el cual, como se quedase
un poco trasero, apartado de la demás gente, fue de improviso
tragado de alguna fiera o tigre, porque aunque luégo incontinenti
le buscaron con mucha solicitud Y cuidado, no pudieron hallar más
de solamente un relicario de oro que solía traer al cuello; y así
empezaban a recibir estos alterados, por justo juicio de Dios, el
castigo que merecían sus maldades, porque dende a pocos días,
estando esta gente alojados ribera del río que dicen de la Hacha,
iba con ellos un Porras, persona principal, y había sido teniente y
justicia mayor por Bastidas, el cual llevaba a su cargo todo el oro
que los indios les habían dado de presente, y era de los que habían
sido en que matasen al gobernador; el cual llevaba consigo ciertos
indios naturales de Santo Domingo, los cuales habían visto un navío
que andaba por la mar, y también habían topado una canoa en el río
de la Hacha, y hallando estas ocasiones tan a la mano que parecía
que la fortuna se las ofrecía para su perdición, le dijeron a su
amo Porras que si quería ir al navío que ellos le llevarían en la
canoa, el cual con codicia de aviarse y quedarse con el oro, se
embarcó de noche en la canoa sin ser sentido, y se fue por la mar
adelante, gobernando los indios, y llegó al navío que iba a Santo
Domingo, donde fue llevado el propio Porras después de
amanecido.
Visto por el capitán que Porras se le había ido con el oro,
caminó la tierra adentro en demanda del valle de Upar, e yendo
marchando por tierra muy llana permitió Dios Todopoderoso que a uno
|
10
que había sido tesorero por el rey en
Santa Marta, y era de los de la liga y motín, se le quebrase una
pierna, lo cual visto por el capitán Villafuerte, haciéndose ya
ejecutor de la Justicia Divina, puso al tesorero dicho
|
11
en una hamaca o sábana de algodón y
colgándolo entre dos palos se lo dejó allí, donde miserablemente
murió, y él caminó adelante con su gente, hasta que llegó al valle
de Upar, donde ya los soldados iban desabridos con él porque los
trataba mal, y aunque padecían hambre y necesidades, no sólo no les
dejaba que fuesen a buscar lo que habían menester para su sustento,
pero ni aun les quería dar de los mantenimientos que los indios
traían de su voluntad, por lo cual atravesando las sierras que
dicen de Posigueyca, los soldados, pareciéndoles que el tercero de
los que entraron a matar al gobernador privaba mucho con su
capitán, le rogaron que le hablase y le dijese que no les tratase
de la suerte que los trataba, sino que si quería les diese o
repartiese con ellos alguna parte de la comida que los indios
traían. El, pareciéndole ser cosa fácil alcanzar aquello del
capitán, le debió hablar algo más familiarmente de lo que debiera,
por lo cual otro día de mañana mandó el capitán que marchase la
gente del campo, y quedándose él en el alojamiento con ciertos
soldados, hizo dar garrote a este tercero, y dejóselo allí muerto.
Porque como había sido uno de los que se ofrecieron a matar al
gobernador Bastidas, por contemplación del capitán y de los demás
del motín, y lo había intentado, jactábase de ello, y aun se lo
daba en cara al capitán, diciendo que por servirle y ser su amigo
se había puesto a lo que se puso; pero el capitán tenía, siempre
que veía a este soldado, en la memoria aquel apotegma de Octaviano
César Augusto, que jactándose Rehemytaces, rey de Tracia, que había
negado y dejado la parcialidad de Marco Antonio y pasádose a la del
propio Octaviano, dijo el Augusto volviendo la cabeza a ciertos
reyes otros que con él estaban: "la traición bien me place, mas el
que la hace no me satisface", y así se certifica que si el capitán
mató a esta amotinado, fue por no estar confiado de su lealtad.
Marchó el capitán con la gente que llevaba, ya tan sujeta a su
tiranía que no había hombre que se le osase descomedir, y metiose
por la serranía adelante de Posigueyca, donde tuvo muchos
recuentros y guazabaras con los naturales, los cuales le mataron
toda la más de la gente que consigo llevaba, y lo hicieron retirar
y volver atrás con solos catorce hombres, con los cuales se volvió
a la costa de la mar y de allí caminó la vuelta de Santa Marta,
atravesando por entre muchas poblaciones de indios, muy belicosos,
y ya que se vio cerca de Santa Marta se procuró informar de ciertos
indios ladinos que encontró, y halló quién gobernaba la tierra, de
los cuales supo cómo el gobierno de Santa Marta estaba a cargo del
capitán Palomino, a quien antes él había tenido por muy grande
amigo, y pareciéndole que por la amistad pasada no le haría ningún
desabrimiento el teniente Palomino, se entró en el pueblo
osadamente; pero su conjetura fue yana, porque Palomino, haciendo
lo que era obligado a buen juez, luégo que supo que este capitán
amotinado Villafuerte
|
12
había entrado en el
pueblo con algunos de los que le habían seguido, los prendió a
todos, y al capitán, como a más culpado, y porque no intentase
novedades en la tierra, no lo quiso castigar de su mano, mas
enviolo a la Audiencia de Santo Domingo, preso y a muy buen
recaudo, donde llegó un día después de haber muerto por justicia a
Porras (el que en el río de la Hacha dije que se metió en una canoa
con el oro y se fue a tomar un navío que andaba en la mar, donde
pagó su delito), y lo mismo hizo este amotinado capitán, porque
luégo otro día de como llegó, sabido por la Audiencia que él había
sido el movedor del motín, hicieron públicamente justicia de él,
dándole la muerte natural, con que pagó las que él a otros había
dado, y a su gobernador intentó dar. Otros algunos que en Santa
Marta se prendieron con este capitán, asimismo fueron enviados a
Santo Domingo por el teniente Palomino, donde cada cual fue
castigado conforme a la culpa que tuvo, y así todos cuantos fueron
participantes en esta traición fueron castigados justamente por
permisión divina.
En tanto que los alterados andaban en los trabajos dichos, y
habían los fines y muertes que he referido, el teniente Palomino
procuró pacificar algunas provincias de las comarcanas a Santa
Marta, que estaban rebeladas, y así fueron ciento y cincuenta
hombres a pacificar los naturales de la Ciénaga de Santa Marta con
los cuales tuvo muchas refriegas y guazabaras, en que le hirieron
alguna gente, pero con todo eso salió victorioso, y sujetó a los
naturales de ella, y hubo el cacique y señor en su poder, y de allí
llevando consigo y por guía al propio cacique y señor de la
Ciénaga, se fue a pacificar las provincias y pueblos llamados de
Betunia y Pasibueyca, con propósito de asaltarlos y saquearlos;
pero desde que llegaron a vista de ellos parecioles tan grande la
población que si en ella se metían, con dificultad saldrían, y así
por lo que vieron, como por consejo del cacique de la Ciénaga que
consigo llevaban, dieron la vuelta y se tornaron a Santa Marta,
donde luégo el teniente Palomino, con cien hombres, se embarcó en
un galeón que en el puerto estaba y se fue a la vuelta de la Ramada
y saltando en tierra en un pueblo llamado Cazareba, de muchos
naturales y muy ricos, hubo en él y entre otros comarcanos más de
cuarenta mil pesos de buen oro.
De este Palomino se dice que asímismo fue muy temido y en cierta
forma querido de los indios, porque usaba con ellos de rigor y
amor, y con la una mano les castigaba y con la otra los halagaba, y
tenía un caballo llamado Matamoros, de gran brío y fuerzas, en el
cual Palomino hacía algunas cosas de que los indios se admiraban
grandemente, como era saltando arroyos, ríos y peñascos, y subir
por partes muy ásperas y agrias en alcance de indios, de los cuales
en guerras y guazabaras mató muchos, por lo cual y porque habiendo
sobrevenido seca en la tierra, de suerte que a sus naturales se les
perdían sus sementeras y labranzas, los cuales por tener a Palomino
por persona que les parecía a ellos que por ser más poderoso y
fuerte y valiente guerrero, era más cabido con Dios, le dijeron que
pues les había dicho que el Dios de los cristianos era el que
criaba y había criado y hecho todas las cosas, y el que enviaba las
lluvias a la tierra, que le rogase que enviase agua para que sus
labranzas no se perdiesen. El Palomino debía de conocer algo del
movimiento natural de los elementos y planetas
|
13
, por donde le pareció que llovería
presto y así respondió a los indios que aquella noche propia
llovería, y fue así que, o por permisión divina, o por el natural
curso, haciendo los vapores de la tierra su oficio, sobrevino muy
grandes aguaceros sobre la tierra, como Palomino lo había dicho a
los indios, los cuales son gente que fácilmente se mueven a
supersticiosas religiones, y no a seguir la verdadera, comenzaron a
poner entrañablemente a Palomino en opinión de divino, de suerte
que lo colocaron ellos entre sí por uno de sus ídolos y dioses, y
hoy en día lo tienen en sus santuarios, puesto en estatuas de oro,
caballero en su caballo Matamoros, armado según andaba en la
guerra, con la lanza en la mano, dándole la honra o veneración que
a los demás sus dioses o simulacros, y nombrarles hoy a Palomino a
estos bárbaros, es nombrarles una cosa muy santa y religiosa, y es
tan contumaz esta bárbara gente en las cosas de su falsa y vana
religión, que lo que una vez toman entre sí en opinión de religión,
después no es bastante ningún adverso suceso, ni señal competente,
a desarraigárselo ni quitárselo del corazón, porque aunque después
les certificaron y dijeron el infeliz suceso y muerte de Palomino,
y como había sido ahogado en un río donde nunca más pareció, no por
eso se apartaron de su idolatría y supersticiosa opinión de tener
por inmortal y divino a Palomino, antes el haber muerto de la
suerte que murió les fue causa de confirmarse en su error y
vanidad, diciendo que por aquella vía de haberse desaparecido en el
agua se había subido a donde ellos creen que están los demás sus
ídolos y dioses.
|
|Capítulo
sexto
Que trata de cómo
la Audiencia de Santo Domingo, por muerte de Bastidas, proveyó por
gobernador de Santa Marta a Juan de Vadillo, y de lo que en Santa
Marta sucedió.
Gobernando el teniente Palomino tan a gusto de los españoles e
indios que en la provincia de Santa Marta habitaban, la Audiencia
Real de Santo Domingo tuvo noticia de cómo el gobernador Bastidas
había muerto en la Isla de Cuba, adonde engañosamente había sido
llevado, y luégo proveyó por gobernador de Santa Marta a otro
vecino de Santo Domingo, llamado Juan de Vadillo, hombre rico y
poderoso, el cual haciendo cantidad de trescientos hombres, se vino
la vuelta de Santa Marta en sus navíos; y habiendo surgido en el
puerto, envió a tierra a Pedro de Heredia, a quien traía por
maestre de campo o teniente general, que después fue adelantado de
Cartagena, a hacer saber a Palomino y a los demás que en Santa
Marta estaban, cómo él venía por gobernador de aquella tierra,
enviado por la Audiencia de Santo Domingo, con propósito de que se
le hiciese el recibimiento que como a gobernador era razón que se
le hiciese; pero como los de Santa Marta generalmente estuviesen
bien con el gobierno de Palomino, el cual no tenía aborrecido el
mandar ni deseaba ver sobre sí superior, concertáronse fácilmente
de no recibir por gobernador a Vadillo, con esperanza de que, o por
costumbre, o por particular merced del rey, se quedaría Palomino
con el gobierno perpetuo de aquella tierra, y así despidieron a
Pedro de Heredia diciéndole que no estaban de propósito de recibir
nuevo gobernador, contentándose con el que tenían, y que dijese a
Juan de Vadillo que no curando de saltar en tierra se volviese a su
casa, porque si otra cosa quisiese o pretendiese hacer, con las
armas en las manos se lo defenderían y sería causa de muchos daños
y muertes, que por querer con violencia hacerse gobernador,
forzosamente habían de sobrevenir; y diciendo esto, y volviéndose
Heredia a los navíos, los de Santa Marta, con toda presteza, se
pusieron a punto de guerra, poniendo en la playa de la mar ciertas
piezas de artillería que tenían, con que pretendían echar a fondo
los que pretendiesen o quisiesen saltar en tierra.
El gobernador Juan de Vadillo, vista la respuesta que Heredia le
llevó, no creyendo que era tan de veras el propósito de los que en
Santa Marta estaban, ni que fueran parte para resistirle la entrada
en tierra, comenzó a saltar con su gente armada en los bateles, lo
cual le fue fácilmente estorbado e impedido, porque como los de
tierra empezasen a disparar, con ánimo de damnificarle, contra él
las piezas de artillería que tenían, le forzaron y constriñeron a
que tomándose a meter en los navíos se hiciese a la vela, y
saliesen con brevedad de aquel puerto; el cual se fue a surgir al
Ancón de Concha, dos leguas apartado de Santa Marta, y echando allí
toda su gente en tierra sin controversia de nadie, pretendía irse
por tierra en ordenanza de guerra, con las armas en las manos a
Santa Marta, y por fuerza o de grado hacerse obedecer por
gobernador, fortificando, ante todas cosas, su alojamiento con un
gran palenque de madera que alrededor de él hizo en la propia
ribera marítima donde había surgido, porque los enemigos, como
hombres diestros en la tierra, y que sabían bien todas las entradas
y salidas, no les diesen algún asalto por parte no pensada.
Sabido por Palomino y los demás cómo Juan de Vadillo había
echado su gente en tierra y se había fortificado, determinaron de
salirle al encuentro, o irlos a buscar a donde estuviesen; y
tomando las armas con buen concierto y orden, marcharon hacia donde
Vadillo estaba alojado, y se alojaron ellos asímismo a vista de los
contrarios, con propósito de otro día representarles la batalla, y
poner todas sus pretensiones en mano de la fortuna, para lo cual se
citaron los unos a los otros, ofreciéndose para el siguiente día a
darse la batalla; y aquella noche cada cual veló su campo muy
recatadamente, teniendo contrarias cautelas y ardides de guerra, y
llegado el día ninguno fue perezoso en sacar su gente de su
alojamiento, y ponerla en orden para arremeter y darse la batalla,
la cual no dejara de ser bien sangrienta y calamitosa, por estar
los ánimos de los soldados encendidos en furor, y con obstinada
determinación de conservar y defender los unos su libertad y la
tierra que poseían, los otros el pundonor de meter a su gobernador
en la posesión de su gobernación, de lo cual a ellos asímismo se
les seguía, demás de la honra, particular interés y codicia de
haber y participar de las riquezas de aquella tierra. Pero como
estuviesen los unos y los otros esperando señal de sus capitanes
para arremeter, algunos devotos y cristianos sacerdotes, viendo el
grandísimo daño que presente estaba, en que se ofrecían a morir
tanta cantidad de españoles, que por la mayor parte suele ser
cruelísima la guerra que los unos a los otros se hacen, suplicando
a Dios que no permitiese que llegasen a efectuarse los males y
daños que tan próximos estaban, tomando algunas imágenes del
crucifijo y de la bienaventurada Virgen Santa María, nuestra
Señora, se pusieron en medio de las dos compañías, rogando y
suplicando a los capitanes que por honra y reverencia del
Todopoderoso, Dios y hombre Jesucristo y de su madre Santa María,
cuyas imágenes tenían en las manos, se reportasen y dilatasen
aquella batalla para otro día, en el cual tiempo Dios Todopoderoso
proveería de concordia entre ellos; y como los capitanes eran
cristianos y los soldados también, olvidando las pasiones o interés
particular, fueron promovidos a tener reverencia y acatamiento a su
Dios, cuyas figuras tenían presentes como gente que seguían y
tenían verdadera religión, y así, de común consentimiento,
suspendieron por entonces el darse la batalla, y se recogieron a
sus alojamientos. Los sacerdotes, no perdiendo tan buena ocasión
como Dios Todopoderoso les ofrecía, no cesaron de tratar la paz y
concordia entre estos dos capitanes y sus gentes para que la guerra
no pasase adelante, y finalmente permitiéndolo y queriéndolo Dios
así, para que las muertes de tantas gentes como se esperaba que en
el conflicto de la batalla podrían morir, se evitase, fueron
concertados y confederados el gobernador Vadillo y el teniente
Palomino por mano de los sacerdotes y religiosos, en que ambos con
igual jurisdicción gobernasen la tierra, y fuesen gobernadores de
ella, hasta que el rey en España proveyese otra cosa, sobre lo cual
hicieron sus escrituras y juramentos, y fueron, para más firmeza de
su amistad, confederados espiritualmente, recibiendo juntos el
santísimo sacramento de la Eucaristía, por ceremonia más firme,
estable y verdadera de perpetua hermandad y confederación. Porque
aunque eran estos capitanes cristianos y habían hecho juramentos y
escrituras sobre su coligancia, parecíales que por mandar se podían
quebrantar cualesquier leyes y juramentos, como dijo Eurípides, y
después de él, Julio César lo recibía muy comúnmente cuando empezó
las competencias con Pompeyo, como lo escribe de él Marco Tulio
Cicerón, y por esta causa quisieron como cristianos poner a su Dios
en medio, a quien no se debía hacer ningún desacato, so pena de
ipso facto recibir temporal y espiritual castigo; y hechas estas
amistades, juntos y conformes se volvieron a Santa Marta, donde
conforme al pacto hecho, usaban entrambos de oficios de
gobernadores, de quien más propiamente podemos decir ser gobierno
de Cónsules, porque los romanos, después de haber echado los reyes
de Roma, para la administración pública de la justicia nombraban
cada año dos personas o gobernadores, que eran llamados Cónsules,
los cuales, con igual jurisdicción, hacían todo lo que al gobierno
público convenía y tocaba.
|Capítulo séptimo
De cómo los dos
gobernadores, Palomino y Vadillo, salieron a pacificar
|
14
las provincias del valle de Upar y de
otras partes, y de cómo Palomino se ahogó.
La gente que con Villafuerte anduvo amotinada por las
provincias y valle de Upar, habían dado gran noticia y nueva de los
muchos naturales que por aquella tierra por do habían andado
vieron, y cuán rica era toda, por lo cual acordaron los cónsules o
gobernadores Vadillo y Palomino de ir con la gente que tenían a
pacificar aquella tierra, y participar de las riquezas que en ella
había; y mandando para ello apercibir sus gentes, fue entre ellos
concertado que el gobernador Vadillo saliese delante a recoger y
juntar la gente a un pueblo de indios llamado Guachaca, y que el
gobernador o teniente Palomino se quedase en Santa Marta,
despidiendo y echando fuéra los soldados que con ellos habían de
ir, porque no se detuviesen ociosamente en el puerto.
Salido de Santa Marta Vadillo con toda la más de la gente, por
parecerle que se sustentarían y entreternían mal en Guachaca, se
pasó adelante a otro pueblo de indios llamado Buya, en la provincia
de la Ramada, donde esperaba a Palomino. Es de saber que estos dos
gobernadores, para que mejor se hiciesen las cosas de la guerra, de
conformidad nombraron por sus capitanes de la gente que llevaban,
de la cual hicieron cuatro compañías, al capitán Juan de Céspedes y
al capitán Juan de Escobar, que habían de ir con Palomino, y con el
gobernador Vadillo, salieron delante los capitanes Juan Muñoz,
natural de Medina del Campo, y Antonio Ponce, natural de Carrión de
los Condes, y Hernando de la Peña, natural del Condado, y Alonso
Martín, capitán de gastadores, natural de Sanlúcar, y por su
teniente general Pedro de Heredia; los cuales todos eran personas
calificadas, y cuales convenían en experiencia para las cosas de la
guerra.
El gobernador Palomino, con unos pocos amigos que con él
quedaron en Santa Marta, se partió como por retaguardia de la gente
y caminó hasta el pueblo de Guachaca, donde creyó hallar al
gobernador Vadillo con la gente, y como llegado a Guachaca, no sólo
no hallase a Vadillo, pero ni aun aviso de dónde estaba, o la
derrota que llevaba, recibió alguna alteración, a la cual encendían
algunos amigos suyos, diciéndole que Vadillo cautelosamente y a fin
de alzarse con la gente y quedarse con el gobierno de toda ella, se
había salido de aquel pueblo, y caminaba apresuradamente por
alejarse y apartarse de Santa Marta y de Palomino que en ella había
quedado. Aunque jamás el gobernador Vadillo tuvo tal intención, no
deja de atribuírsele culpa por no avisar con tiempo a su compañero
de lo que pretendía hacer o hacía para extirpar las sospechas
nocibles que contra él se podían presumir y engendrar. Palomino, no
deteniéndose punto en Guachaca, caminaba a grandes jornadas y con
apresuración por dar alcance a Vadillo, creyendo que era, como le
habían figurado; y habiendo pasado el paso que dicen de Marona,
llegó a un río que sale a la mar y baja de las sierras nevadas de
Santa Marta, riberas del cual se puso a almorzar con bien poco
reposo, porque deseaba verse ya con Vadillo; y temiéndose de alguna
celada, iba armado con una cota y otros aderezos de hombre de
guerra, y antes que los compañeros acabasen de almorzar, pidió
Palomino su caballo Matamoros para pasar el río, que iba muy
crecido, y aunque los que con él estaban le decían que no lo
pasase, ciego de la cólera y enojo que contra Vadillo llevaba,
propuso y determinó de pasarlo, no embargante que el caballo lo
rehusaba y se volvía a salir del agua; pero como Palomino estuviese
tan obstinado en seguir aquel su propósito, contra toda fortuna,
hirió reciamente de las espuelas al caballo, y haciéndole que se
metiese en lo más hondo y caudaloso del río, fue sumido debajo del
agua, sin que pareciese más. Su caballo salió por la mar a la otra
banda, y el capitán Juan de Céspedes, y el capitán Juan de Escobar,
con otros seis de a caballo que iban en la compañía del gobernador
o teniente Palomino, tomaron el caballo Matamoros y lo llevaron
encubertado de luto adonde el gobernador Vadillo estaba; y así
pereció este hombre que en fortuna y bondad de costumbres, y afable
gobierno, había excedido a todos los que en su tiempo estuvieron en
Santa Marta, y por este infeliz suceso fue llamado este río, el río
de Palomino, el cual nombre le dura hasta hoy.
Los demás soldados que en su compañía iban, escarmentando en
cabeza ajena, no quisieron echarse al agua; mas procuraron canoas
de indios que por allí cerca estaban y pasaron el agua más
seguramente y dieron aviso al gobernador Vadillo de la muerte de
Palomino, el cual mostró pesarle mucho, y procuró honrar su muerte
con funerales obsequias aunque algunos no dejaron de decir que a
Vadillo le había placido de la muerte de su colega y compañero, por
no tener igual en el mandar, y luégo conclusas sus obsequias, se
partió el gobernador Vadillo con su gente del pueblo de Buya al de
Tapiparaguana, donde Villafuerte estuvo con sus compañeros, cuyo
cacique y moradores, viendo la mucha gente que Vadillo consigo
traía, le salieron y recibieron de paz y amigablemente, y le dieron
de presente, según que en aquel tiempo lo acostumbraban estos
bárbaros, por conservar sus vidas, cantidad de oro fino.
De esta población pasó adelante Vadillo con su gente, y llegó a
un pueblo de indios llamado Amaracaroto, poblado en las riberas del
río que comúnmente suelen llamar en este tiempo, de la Hacha, y de
allí se llegaron a un estero o lago que la mar y el río hacen, que
llamaron Las Cebellinas, junto al cual se alojaron, y estando allí
llegó un navío de España con cosas de refresco y frutas y otras
bujerías y mercadería para vender. Los soldados, con deseo de haber
de estas cosas para su contento, persuadieron al gobernador Vadillo
que les diese sus partes de oro, que hasta allí habían habido, para
comprar lo que quisiesen; el cual lo hizo así, y con esto ganó de
todo punto loa y fama de buen gobernador entre los soldados, que
les parecía que en darles en tal tiempo el oro, se lo daba
graciosamente.
Después de haberse holgado la gente en este alojamiento algunos
días, caminaron la vuelta del valle de Upar, que se toma desde este
paraje el más derecho camino para él, llevando siempre de paz toda
la gente o indios naturales por do pasaban; que en esto fue bien
afortunado este gobernador Vadillo, que después de haber salido de
Santa Marta, hasta que a ella volvió, con haber caminado por entre
infinitas gentes y naturales, ningunas tomaron las armas para
ofenderle ni resistirle el pasaje, antes todos le ofrecían, con
muestras de verdadera amistad, de las comidas y vituallas que
tenían necesarias para el sustento de su gente, y parte de las
riquezas y oro que poseían.
Con esta buena fortuna llegó el gobernador Vadillo al Valle de
Upar, y a la provincia de los Pacabueyes, cuyos naturales y
moradores le recibieron con todas muestras de buena voluntad, y le
proveían de la comida necesaria y ofrecían mucha cantidad de oro,
sin que para ello se les hiciese fuerza alguna. La orden que estos
bárbaros tenían en venir a ver a los españoles y ofrecerles y
darles lo que les querían dar, era ésta: después de alojado el
campo, y puesto sus toldos y tiendas, los indios que en aquella
comarca había se juntaban por sus familias o pueblos, Según el
número que en cada pueblo o familia había, y venía cada uno cargado
de maíz, o auyamas, o pescado, o patos, que los hay en esta
provincia, o de lo que en su casa tenían, que fuese cosa de
mantenimiento, y preguntando quién era el capitán o principal de
los españoles, les era luégo enseñada su tienda y su persona; a la
cual ofrecían y ponían delante todas aquellas cosas de comer que
traían, para que él las repartiese entre sus gentes y soldados, y
luégo cada indio llegábase al gobernador y tocábale con la mano en
la rodilla, abajando la cabeza, que es manera de saludar entre
ellos a sus mayores, le ofrecían cada uno el oro que traía, y para
recibirlo tenía allí el gobernador un plato grande de plata, en que
lo echaban. Habiendo, pues, con esta buena fortuna corrido el
gobernador Vadillo y su gente toda la provincia del valle de Upar y
de los Pacabueyes, en donde se les ofreció y dio de presente gran
cantidad de oro, dio la vuelta a Santa Marta, con gran contento de
todos los que consigo llevaba, y halló la gente que en el pueblo
había quedado muy pacífica y conforme; y él luégo ordenó de partir
y partió el oro entre los soldados que con él habían ido, muy en
conformidad de todos, de suerte que nadie se quejó de él, y propuso
descansar algunos días. En este tiempo, sucedió que un contador del
rey, llamado el comendador Ojeda, de su propia autoridad, hizo
fundición y marcación de oro, por lo cual el gobernador lo quiso
castigar con el rigor que su delito merecía, y al fin, por ruegos
de muchos, lo remitió y envió preso a España.
Era este Vadillo tan amigo de que no se les hiciese agravio a
los naturales, que porque ciertos indios se quejaron de un Hernando
Bermejo, que les había tomado ciertas cosas y menudencias, que
ellos por principal hacienda tenían, lo condenó a muerte, y no
bastaron los ruegos de todos los capitanes que en el pueblo había
para estorbar que se conmutase la pena de muerte en otra cosa, sino
que por satisfacer a los indios lo hubo de ahorcar. Este gobernador
Vadillo fue el segundo que con gente entró en el valle de Upar y
provincia de Pacabueyes y río de la Hacha y Ramada, porque antes de
él había entrado el capitán Villafuerte y sus compañeros, cuando
huyendo del gobernador Bastidas por el delito de motín
|
15
que contra él habían cometido, se
metieron la tierra adentro y anduvieron todas estas provincias. De
esta jornada salió tan próspero y rico el maese de campo o teniente
general Pedro de Heredia, que se fue a España, y con el oro que
llevó, procuró haber y hubo la gobernación y adelantamiento de
Cartagena, e hizo gente y volvió y pobló aquella gobernación.
|
10
|
Las palabras "a uno" estan añadidas y reemplazan las palabras
tachadas a
|un fulano de Montesion (o
|Montesinos?).
|
|
11
|
Las palabras "tesorero dicho" están añadidas y reemplazan la
tachada
|Montesion.
|
|
12
|
El texto original reza: "luego que supo que Villafuerte había
entrado..." La palabra
|Villafuerte fue tachada como en casos
anteriores y reemplazada por "este capitán amotinado", puesta entre
líneas. Luego, con letra diferente fue añadido "Villafuerte", por
lo cual aparece el texto asi como se lee. Se observa, pues, la mano
de dos correctores, lo cual explica por qué aparece el apellido
Villafuerte.
|
|
13
|
"Y planetas" estan añadidas entre líneas al texto.
|
|
14
|
El texto del encabezamiento de esta capítulo en la "tabla" de
Sevilla reza: "...salieron a conquistar...", verbo reemplazado por
"pacificar". En general la palabra
|conquista y sus derivadas
están tachadas y reemplazadas por "pacificar", "poblar", "jornada",
etc., salvo en raras ocasiones donde tales palabras se conservaron
por descuido u omisión. No las anotaremos en cada caso para no
distraer al lector.
|
|
15
|
"Motín" está añadida y reemplaza la palabra tachada
|traición.
|