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LIB
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RO
PRIMERO
En el libro primero se trata del
descubrimiento y primer fundación de la ciudad de Santa Marta y de
su primer gobernador, con los demás gobernadores que en ella hubo
hasta el doctor Infante, en cuyo tiempo fue dada al Adelantado de
Canaria, y de muchas y particulares jornadas y descubrimientos que
se hicieron en tiempo de los Gobernadores; y de la tierra y valle
de Tayrona, y otras provincias que se descubrieron; con la
declaración de lo que significa y es el título y nombre de
encomienda y encomendero, y apuntamiento y repartimiento, etc., y
de muchos capitanes y personas señaladas que en Santa Marta hubo en
el tiempo dicho
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1
.
|Capítulo primero que trata de
algunas opiniones que hay y ha habido acerca del origen de los
indios y gentes naturales del Nuevo Mundo de las Indias y de donde
proceden. Folio 1.
Capítulo segundo. De cierta
opinión que hay acerca de haber tenido noticia don Cristóbal Colón,
de las Indias y de cómo y en qué tiempo fueron por él descubiertas
y en vida de qué pontífice romano y rey de España y emperador
romano. Folio 4
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2
.
|Capítulo primero
|Que trata de quién fue el primer descubridor de Santa
Marta, y de la calidad de la tierra y valle de
Tayrona.
En nuestros tiempos, más que en ninguno de los siglos
pasados, se halla estar las letras más encumbradas y subidas que
nunca jamás estuvieron, así por ser muchos los que a ellas se han
dado, como, por florecer excelentes y famosos varones en todo
género de letras, especialmente en nuestra España, donde personas
principales y poderosas han fundado muchos y diversos colegios,
donde no sólo los naturales puedan ser a poca costa enseñados, pero
los extranjeros que con virtuoso celo quisieren darse al estudio de
las letras. Y ya que en esto con justa causa podamos decir que los
de nuestra España excedieron a los griegos, los griegos les
hicieron ventaja en tener cuenta con los militares hechos de sus
naturales, los cuales perpetuaron con la memoria de sus versos, con
los cuales no sólo hicieron notorias las hazañas de los que
descubrían nuevas provincias y sujetaban nuevos reinos, pero a los
que inventaban cualquier arte, aunque fuese de poca suerte. Y si en
tiempo de los griegos las Indias Occidentales fueran descubiertas,
pobladas y pacificadas 3, yo soy cierto que la memoria
de los que las han descubierto y poblado
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4
estuviera
más fresca y clara de lo que está, porque es verdad, y así lo
afirmo de parte de lo que he visto y entendido, que son y han sido
muchos más los descubrimientos que en silencio se han pasado, por
defecto de ser pobres y sin riquezas, y no haber habido quién
quisiese hacer memoria de ellos, que los que se han escrito, y sal,
no se halla memoria de quien fueron los primeros descubridores de
muchas provincias que en las Indias se han descubierto.
Esto he venido a tratar por la provincia y ciudad de Santa
Marta, de cuyo origen me es necesario escribir con todos sus
sucesos, por saber salido de ella, y por mano de su gobernador, la
gente que pobló al Nuevo Reino de Granada, de quien particularmente
es esta historia, del cual, aunque con toda diligencia lo he
procurado saber, no he hallado cosa cierta, sino diversas y varias
opiniones entre los antiguos que en esta provincia estuvieron y
anduvieron, y esto es en cuanto toca al primer descubridor de esta
provincia, porque unos atribuyen su primer descubrimiento a don
Rodrigo de Bastidas, poblador y fundador de Santa Marta, diciendo
que éste, como persona poderosa o rica, que residía en la Isla
española de Santo Domingo, viniendo o pasando a tierra firme a
hacer esclavos, la descubrió, y en ella rescató con los naturales,
de donde le quedó codicia mediante el oro que de rescates hubo de
procurarla por gobernación y poblarla. Otros lo atribuyen a
Pedrarias de Avila, que el año de catorce pasó por gobernador de
Castilla del Oro, que era en las provincias del Darién, y llevando
consigo mil quinientos hombres los envió a poblar a diversas
partes, y que una parte de ellos fueron, o aportaron a Santa Marta
y la descubrieron.
Pero la más cierta y probable opinión, por dicho de personas muy
antiguas que aún hoy viven, es que no sólo esta provincia de Santa
Marta, mas todo lo que hay de costa desde Cartagena hasta el Cabo
de la Vela, fue descubierto el año de noventa y ocho, por un Juan
de Ojeda, que vivía de hurtar o rescatar esclavos, saliendo con sus
navíos de Santo Domingo de la Isla española, y corriendo toda esta
costa y tierra que he dicho, de la cual le pareció más rica y
acomodada para sus rescates la provincia de Santa Marta, y para
rescatar más seguramente con los naturales hizo cierta fortaleza de
tierra más arriba de donde está hoy poblada Santa Marta, donde
dicen el Anconcito, cuyas ruinas y paredones a manera de antigualla
se parecieron y vieron mucho tiempo después; y con este Juan de
Ojeda se halló Bastidas en este descubrimiento de Santa Marta, de
donde después de muerto Ojeda, vino él a darse a los rescates, y a
cursar el viaje de Santa Marta, y a tener más claridad y noticia de
lo que la tierra era, por donde, como he dicho, vino después a
pretenderla por gobernación y a poblana.
Está esta provincia de Santa Marta en la costa de tierra firme,
veinte o veinticinco leguas apartada del río grande de la
Magdalena, hacia la parte del sur, o por más claridad, del Cabo de
la Vela. En esta provincia, donde caen las sierras y valles que
dicen de Tayrona, famosas por la mucha riqueza de oro que afirman
los antiguos poseer los naturales de estas sierras, y por la mucha
belicosidad de los propios naturales, los cuales mediante sus
ardides de guerra y bríos obstinados con que han defendido sus
tierras y patrias, se han conservado y conservan en su libertad y
gentilidad. A los cuales ha favorecido y favorece mucho la
fortaleza de que naturaleza acompañó aquella serranía. De suerte
que si no es por donde dicen el valle de Upar, no pueden subir
caballos a lo alto donde están las poblaciones, de quien adelante
en su lugar trataremos más particularmente.
Es Santa Marta lo bajo donde los españoles poblaron tierra
caliente y seca, aunque llana, y no bien sana; tiene muy buen
puerto y, surgidero para los navíos. Está esta provincia a poco más
de once grados. La gente es de buena disposición y bien agestada, y
andan vestidos con ciertas mantas de algodón que ellos mismos
hacen, de los cuales asimismo iremos tratando en el discurso de la
historia; y acerca de los indios quiero advertir aquí de una cosa a
los que lo ignoren, porque muchos han estado en Indias y lo saben,
y con los tales yo no hablo; y es que por la mayor parte, y aun
casi generalmente, todos los indios de las Indias son lampiños, sin
barba ninguna en el rostro, y si algunos la tienen, es muy poca, o
ninguna, y a los que les nace o nacía antes que tuviesen trato con
los españoles, se la pelaban sin que dejasen crecer pelo de ella;
ahora algunos viendo el mucho caso que los españoles hacen de la
barba, si alguna les nace la dejan crecer y no se desprecian de
traerla, y toda es gente muy morena, aunque en unas partes más que
en otras, y lo mismo es en las disposiciones de los cuerpos, que
los de unas provincias son más crecidos y más robustos que los de
otras, de lo cual también se irá apuntando por su orden, como
fuéremos tratando de las poblaciones de los pueblos, y
descubrimiento de las provincias.
|Capítulo segundo
Que trata de
quién fue el primer fundador y gobernador de la ciudad de Santa
Marta, y de la gente que vino y se halló en su fundación.
De cualquiera de las maneras que he referido que la
provincia de Santa Marta se descubrió, Rodrigo Bastidas tuvo entera
noticia de ella por su particular trato y rescates, de donde, como
he dicho, vino a tomarle afición y a procurar poblarla y
gobernarla. En efecto, él vino a ser gobernador de ella el año de
veinte conducto del emperador, o por el Consejo Real de las Indias,
o por la Audiencia Real de Santo Domingo, porque de esto no hay
ninguna evidencia más de que, estando Bastidas en Santo Domingo,
como vecino de aquella ciudad y uno de los primeros pobladores,
aunque, como he dicho, se aprovechaba de los rescates, fue nombrado
por gobernador de la provincia de Santa Marta, y para haberla de
poblar aderezó un navío y metió en él ochenta hombres bien
aderezados, y nombrando por capitán de ellos a un capitán
Samaniegos, los envió a que le esperasen en la provincia de Santa
Manta, porque él se quedaba haciendo y juntando más gente para ir
luégo en su seguimiento.
Samariegos, con sus ochenta hombres, llegó al puerto de Santa
Marta, donde surgió y saltó en tierra con su gente y compañeros, a
los cuales los indios recibieron amigablemente, creyendo que no
hubiera más conversación que la de hasta allí, que después de
hechos sus rescates luégo se iban, y así los hospedaron y
proveyeron de lo necesario a su sustento, hasta que vino Rodrigo de
Bastidas, el cual armó en Santo Domingo otro navío grande, o nao, y
juntó doscientos hombres y se proveyó de muchas cosas necesarias a
su jornada, que fueron causa de empenarse y endeudarse en cantidad
de pesos de oro, así de la hacienda real como de particulares; por
lo cual la Audiencia Real no le quería dar licencia ni consentir
que saliese de la ciudad, y viendo esto Rodrigo de Bastidas,
deseando que el trabajo que hasta allí había puesto, no fuese en
vano sino que hubiese efecto, aunque fuese por mano de tercera
persona, determinó de enviar la gente que tenía hecha a Santa
Marta, y encargarla toda a Samaniegos, a quien antes había enviado
para que poblase o hiciese lo demás que le pareciese; y poniéndolo
por obra, embarcó toda su gente en el navío que estaba surto en el
río de Santo Domingo llamado Orzama. Y ya que se querían hacer a la
vela, llegose Bastidas al muelle o ribera del río a despedir o
despedirse de su gente, que ya estaba embarcada, los cuales, como
le viesen, saltaron algunos de ellos en el batel, y llegándose a
tierra adonde Bastidas estaba, dando a entender que se venían a
despedir de él, le tomaron los que en el batel iban, y forzosamente
le metieron dentro y se lo llevaron al navío, y luégo, sin
detenerse punto, se hicieron a la vela, antes que la Audiencia
pudiese enviárselo a quitar. Porque esta gente, deseosa de ganar
fama y honra, parecíales, y con mucha razón, que si no llevaban
consigo a su gobernador y capitán general, que en poder de ningún
mercenario no harían ni efectuarían lo que deseaban; antes se les
representaba una diversidad de discordias y diabólicas contiendas
por los inquietos ánimos de algunos bulliciosos soldados que
consigo llevaban (según que después sucedieron) con llevar y tener
presente la persona de su gobernador Rodrigo de Bastidas, el cual
con próspero tiempo, llegó a la provincia de Santa Marta, donde
halló la demás gente que antes había enviado, y echando los
soldados que consigo llevaba, en tierra, dio con el navío al
través, porque la gente perdiese la esperanza de volver a la mar, y
el navío que primero había venido a Santa Marta con el capitán
Samaniegos, envió con el propio capitán y cierta gente a hacer
esclavos a la costa del Nombre de Dios, para enviar algún oro a sus
acreedores a Santo Domingo, y luégo hizo reseña de la gente que en
tierra le quedaba, la cual repartió por compañías y escuadras de
cincuenta en cincuenta hombres, encargándolas a personas
principales como capitanes de aquellas compañías, y luégo fundó y
pobló la ciudad de Santa Marta, según algunos, año de dos, y otros,
año de veinte y dos, nombrando sus alcaldes y regidores, y los
otros ministros de justicia y republica necesarios para la
administración y buen gobierno de la ciudad, lo cual concluido y
efectuado, determino el gobernador de dan orden en aquella tierna y
pueblos de los naturales que se viesen y visitasen porque si se
hubiesen de repartir y encomendar en los vecinos y pobladores de
aquel pueblo se supiese lo que a cada uno se había de dar.
|Capítulo tercero
|Que trata de cómo el
gobernador Bastidas se fue a visitar las poblaciones de los
naturales, y de cómo ciertos capitanes y personas principales
ordenaron de matarle, y aunque el motín se descubrió no lo quiso
remediar, por lo cual intentaron darle la muerte; y aunque lo
hicieron no salieron con ello.
Poniendo en efecto el gobernador Bastidas, según que ya lo
tenía determinado, el salir a visitar los pueblos y naturales
comarcanos a Santa Marta, tomó consigo la mitad de la gente
española que allí había, y metiose a la tierra adentro por los
pueblos de los indios, los cuales lo recibieron de paz y
amigablemente, y le ofrecían y daban de presente de las riquezas
que tenían y poseían, cantidad de diez y ocho mil pesos de oro
fino.
Entre algunos de los que en el pueblo habían quedado, reinando
en ellos la envidia, mal diabólico, fue concertado y tratado de dar
la muerte al gobernador, porque les parecía que demás de ser
indignamente Rodrigo de Bastidas gobernador de una provincia y
tierra tan rica, que ellos no participarían ni habrían parte del
tesoro que al gobernador habían ofrecido los naturales; y teníalos
tan ciegos la avaricia y codicia de ver en su poder alguna parte de
aquellas riquezas, que entendían no poder haber efecto su malvada
avaricia si no fuese con la muerte de su gobernador.
Hubo un soldado, persona de quien se hacía mucho caso, y aun
algunos afirman que lo dejaba, o había dejado por su teniente y
capitán
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en la ciudad de Santa Marta el gobernador
Bastidas, y que tenía muy particular cuenta con su persona,
honorificándola como era razón; éste convocó y atrajo a su opinión
la más de la gente ociosa que en Santa Manta había quedado, para
que luégo que el gobernador Bastidas fuese vuelto, lo matasen y se
alzasen con la tierra y riquezas de ellas. Esta conspiración
permitió Dios Todopoderoso que fuese descubierta, aunque no fue
creída ni remediada por el gobernador con la severidad y diligencia
que era necesario, lo cual le hubiera de costar la vida, porque
como uno de los Conspiradores, que era alcalde en Santa Marta,
cayese enfermo y se viese en lo último de su vida, movido con celo
cristiano para estorbar el daño y muertes futuras, manifestó el
motín y conjuración a cierta persona amiga y familiar de Rodrigo de
Bastidas, el cual luégo dio aviso de todo ello al gobernador, que
aún todavía andaba en su visita la tierra adentro, y recibiendo las
cartas, no hizo caso de lo que por ellas le avisaban, creyendo que
ningún género de envidia ni codicia fuese ni pudiese ser parte para
interrumpir el vínculo de amistad que entre él y sus amigos (en
especial de aquel que decían lo intentaba) había; de suerte que por
mano de aquel en quien él tánta confianza hacía, esperase recibir
la muerte. Echando de sí semejante sospecha el gobernador Bastidas
como cosa fabulosa, no hizo caso del aviso que se le había dado,
según he dicho, y desde a pocos días se volvió sin ningún recelo de
recibir daño, a Santa Marta, donde estaban, no habiendo perdido
punto de su primer acuerdo, deseaban verle ya en el pueblo para
darle una muerte tan miserable y trabajosa cual se la tenían
ordenada y tramada.
Llegado a Santa Marta Rodrigo de Bastidas; acerca de su opinión
hizo de menos crédito que de antes el aviso que se le había dado
del motín que contra él había, en hallar toda la gente del pueblo
muy sosegada y reposada, y sin señal de bullicio ni tumulto alguno.
Porque como este gobernador era de ánimo sencillo y sosegado y
reposado, y de mucha confianza, parecíale que los ánimos de todos
los hombres se debían juzgar por las apariencias y ceremonias
exteriores, y que debajo de aquéllas no podía haber otro doblez ni
cosa fingida en contrario de lo que cada uno exteriormente
mostraba, lo cual le significaban y daban a entender los que
procuraban su muerte interiormente, cursando con más continua
familiaridad su casa que de antes, hasta que la fortuna les
ofreciese tiempo ocasionado para poner en efecto sus designios, no
mirando en esto el riesgo que el secreto de los casos arduos corre
con la dilación y tardanza en el efectuarlos.
Mas como el gobernador Bastidas tuviese costumbre de que a la
puerta de su casa se hiciese vela de soldados o guardia cada noche,
cupo su tiempo a la gente que a su cargo tenía un capitán que era
uno de los de la liga, el cual, como con los demás del motín
hubiese comunicado la orden que en efectuarlo se había de tener, y
el tiempo les hubiese puesto la ocasión en las manos, sucedió que
una noche echó de vela dos soldados de poca suerte, para más
disimuladamente matar al gobernador. Porque estos perversos
hombres, aunque estaban obstinados en efectuar esta maldad,
pretendían hacerla por mano ajena, y con cierta color, de suerte
que ya que el gobernador muriese, no se entendiese que ellos le
habían dado la muerte; y así concertaron con tres soldados, hombres
de desvergonzado atrevimiento, que dándoles lugar entrasen y diesen
de puñaladas al gobernador, y sin ser sentidos saliesen, y se
echaría fama y pondría sospecha, en diversas personas, de suerte
que ellos no peligrasen. Yendo, pues, el capitán la noche que
tenían señalada a visitar las velas, halló que una dormía, y la
otra velaba, a la cual envió a su posada con título que le hiciese
traer de beber; porque como la tierra es cálida a cualquier hora de
la noche incita a beber, con lo cual tuvieron lugar de entrar, sin
ser vistos ni sentidos los tres soldados a quien estaba cometida la
muerte del gobernador, el cual como era ya hombre mayor, y cargado,
y la tierra cálida, dormía descubierto y descuidadamente. El uno se
quedó guardando una puerta, porque si hubiese ruido y acudiese
gente, pudiese defenderles la entrada, y los otros determinaron
entre sí de degollar al gobernador por parecerles que con menos
ruido lo podrían matar de aquella suerte que apuñalado, y como para
este efecto pusiesen un puñal o daga bota, y que cortaba mal, en la
garganta del gobernador, fue primero sentida que pudiese cortar los
gaznates y guarguero, y acudiendo con las manos a favorecer el
detrimento en que estaba la garganta, asió con fuerza la daga, de
suerte que con ella no le pudieron hacer daño, aunque con otra que
el otro compañero llevaba le dieron ciertas heridas, de que
creyeron haberle muerto, porque como el gobernador y algunas indias
de servicio, que en su propio aposento dormían, diesen voces y
apellidasen el socorro de la gente del pueblo, y con la presteza
necesaria no le favoreciesen por ser ya medianoche y estar todos
durmiendo, fingiendo estar muerto de las heridas que le habían
dado, se dejó caer de la cama abajo, y creyendo ser cierta su
muerte, se salieron los tres soldados del aposento, y porque ya
acudía alguna gente con hachas encendidas, se escondieron tras de
una puerta de las de la calle, cubriéndolos con sus espaldas el
dicho capitán, que fingía llegar a socorrer 6 al gobernador,
aunque él y los demás de la liga bien creyeron que quedaba muerto,
y así no dejaban entrar a nadie a donde don Rodrigo de Bastidas
estaba, hasta que casi toda la gente del pueblo fue junta, y
fingiendo ignorancia en el negocio, entraron todos de tropel,
leales y desleales, y alzaron al gobernador del suelo donde le
hallaron caído y poniéndolo sobre la cama, luégo procuraron poner
sospechas en particulares personas, diciendo que por entrar a
dormir con las criadas del gobernador habían intentado aquella
maldad; y así sobre ello prendieron a algunos que de todo punto
ignoraban la maldad. Un soldado llamado Palomino, y otros
principales amigos del gobernador, que no habían sido consentidores
de esta maldad, luégo convocaron y juntaron algunos amigos suyos,
personas sin sospecha, presumiendo la traición de los principales
del motín 7 y de los otros sus aliados, y poniendo
competente guarda en la persona del gobernador, le procuraron curar
las heridas que le habían dado, no consintiendo que le entrase a
ver ninguna de aquellas personas contra quien había presunción y
sospecha que eran en la traición.
|
Capítulo
cuarto
|
Que trata de cómo los
amotinados con cierta cautela intentaron de acabar de matar al
gobernador Bastidas, y como no salieron con ello se metieron la
tierra adentro
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8
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Como fuesen pasados tres días después de haber herido al
gobernador Rodrigo de Bastidas, y los que procuraban su muerte
entendiesen y supiesen que era vivo, reinaba en ellos mayor maldad
y deseo de acabarle de matar, pareciéndoles que si vivía los podría
castigar con rigor, conforme a como su maldad lo merecía; y así con
este tirano deseo, el capitán intentó otro nuevo modo de traición,
con el cual pensó enlazar o enredar toda la gente del pueblo, y fue
que publicando que deseaba la salud y vida del gobernador Bastidas,
hizo llamamiento y junta de toda la más de la gente que en el
pueblo había, diciendo que era justo y necesario que se juntasen y
congregasen todos los del pueblo para que con ánimos devotos se
hiciesen procesiones y rogaciones a Dios nuestro Señor por la salud
y vida del gobernador; y como la gente en alguna manera ignorase la
maldad de este hombre, fácilmente con esta color fueron juntos en
su propia casa con los demás sus secuaces, donde mudando la plática
primera y convirtiéndola en otra nueva y revocada ponzoña, les
dijo: que él los había llamado con santo celo y propósito de que
todos juntos, y de conformidad fuesen en procesión a suplicar a
nuestro Señor Dios por la salud y vida de su gobernador, el cual
después había sido certificado por muchas personas que
verdaderamente era muerto y pasado de esta presente vida, y que
algunos se fingían ser muy amigos y servidores al gobernador
malvadamente publicando estar vivo, a fin de en teniendo navíos de
embarcarse con todo el oro que en aquella tierra se había habido,
de lo cual dignamente merecían su parte cada uno de los que
presentes estaban, pues lo habían trabajado y sudado, como los que
en su poder lo tenían; por tanto, que le parecía cosa acertada, y
aun necesaria, que todos juntos como estaban se fuesen con las
armas en las manos a casa del gobernador y sacasen el oro de poder
de los que lo tenían usurpado tiránicamente y tan en perjuicio y
daño de todos los que presentes estaban.
Muchos, o los más de los que oyeron lo que el capitán les había
dicho, entendiendo o creyendo ser así verdad, no les pareció mal lo
que les decía, y los que sabían su maldad holgábanse de que no
contradijesen los demás aquel parecer, porque pensaban y tenían
determinado de ir con todo el común que presente estaba, con título
de que era muerto el gobernador, y que les diesen el oro, y
entrando todos de tropel con el alboroto de saquear la casa los a
quien estaba cometido, tendrían cuidado de acabar de matar al
gobernador. Pero estos malvados amotinados fueron frustrados de sus
designios, porque como todos juntos saliesen de casa del capitán,
dando voces y diciendo "muerto es el gobernador, dadnos el oro",
fueron oídos por los amigos y aliados del gobernador, y otros
soldados fieles que en su guarda estaban, los cuales, presumiendo
la maldad que los amotinados llevaban pensada, tomaron las armas en
las manos y pusiéronse a la puerta para defender la entrada, lo
cual hicieron valerosamente, dando a entender a los que iban libres
de la traición que su gobernador era vivo, apellidando en su nombre
el auxilio del rey; y como el capitán viese que su maldad
descubiertamente era manifestada y la entrada se le había
resistido, se fue con toda presteza a entrar o tirar por cierta
ventana baja con una ballesta al gobernador para acabarle de matar;
pero, como lo demás, le salió en vano, porque como en aquel paso se
hallase un soldado llamado Pedro Guerrero con un arcabuz, no dio
lugar a que hiciese ni efectuase lo que quería, y así fue defendido
el gobernador con buen ánimo de los que le guardaban, y eran sus
amigos.
En estos alborotos, Palomino, que era hombre de fuerzas,
arremetió con brío de buen soldado a uno de los amotinados, y
abrazándose con él lo metió dentro del aposento donde el gobernador
estaba, diciéndole que viese cómo era falso lo que él y sus
secuaces publicaban. Al cual como el gobernador viese, ninguna cosa
le dijo más de con buenas palabras significarle cuán ingratos le
habían sido él y todos los demás, rogándole que le atrajese a su
voluntad al capitán, y así lo despidió de sí. Pero los soldados que
en guardia del gobernador estaban despojaron a este soldado de las
armas y vestidos que sobre su persona llevaba, de suerte que casi
desnudo se volvió a salir, que no lo tuvo a poca ventura, pues
pensó que aquellos sus enemigos le quitaran la vida, y así se fue
derecho a donde el capitán estaba, diciendo que ya no era tiempo de
detenerse más en Santa Marta, porque el gobernador iba ya
prevaleciendo y mejorando, y la gente se le iba allegando, y que en
pocos días, si allí se detenían, recibirían la pena que su
atrevimiento y deslealtad merecían, demás de que ellos se hallaban
ya desamparados de todos los demás soldados y gentes que al
principio les habían seguido. El capitán y los demás capitanes sus
colegas, viendo cuán declinante iba su bando y parcialidad, y que
la compañía y gente del gobernador prevalecía, y se acrecentaba
cada momento, determinaron de meterse a la tierra adentro, tomando
consigo violentamente algunos soldados que casi con puras amenazas
de muerte los sacaban de sus casas, y caminando hacia la parte de
la Ramada, iban con una lengua, o intérprete que llevaban, diciendo
a los indios y naturales por do pasaban
|
9
que
estuviesen sobre el aviso porque dende ha pocos días habían de
venir por donde ellos iban, muchos españoles de los que estaban en
Santa Marta, a cautivarlos y tomarlos para esclavos, y llevarlos a
Veragua y a Santo Domingo y a otras partes; incitando a los indios
a que estuviesen con las armas en las manos, porque si de Santa
Marta saliese algún capitán con gente tras de ellos, los indios,
entendiendo que les iban a hacer los males y daños que ellos les
decían, les estorbasen el paso y los hiciesen volver atrás; y fue
así en efecto, que como en esta sazón hubiese llegado a Santa Marta
el capitán Samariegos, que había ido a hacer esclavos, como atrás
queda dicho, y supiese la maldad que contra el gobernador Bastidas
habían intentado el capitán y los demás, deseando que esta
iniquidad no quedase sin castigo, rogó muy ahincadamente al
gobernador que le diese licencia para ir en seguimiento de él y los
demás, y traerlos a que recibiesen el castigo que su traición
merecía, lo cual le fue concedido por el gobernador; y como con
cien hombres saliese en seguimiento y busca de esta gente, luégo
que llegó a la población del cacique de Bonda, le fue resistido el
paso, porque los indios estaban con las armas en las manos, por la
indignación en que los había puesto el amotinado y los demás, y
salieron a pelear con Samariegos, los cuales en la primera refriega
se hirieron veinte y cinco hombres con flechas de hierba muy
ponzoñosa y mortal, lo cual, y el entender que toda la tierra
estaba puesta en defenderle el paso, fue causa que dejando de
seguir a los enemigos se volviese a Santa Marta.
El gobernador Bastidas, viéndose ya mejor de sus heridas y
pareciéndole que para un hombre ya anciano como él no pertenecía el
gobierno de gente de guerra, ni los bullicios de la soldadesca,
determinó de salirse de Santa Marta y despoblarla e irse, o
volverse a su casa a Santo Domingo, a vivir en ocio y descanso, ese
poco de tiempo de vida que por su buena industria y favor de sus
amigos había adquirido, y para de todo punto ganar la gracia de la
gente que consigo tenía, hizo manifestar por pregón público su ida,
y que él hacía gracia y donación a los soldados de cualquier
cantidad de pesos de oro que le debiesen, y les daba libertad para
que fuesen donde quisiesen; los cuales mostrando gran sentimiento
de que el gobernador se quisiese ir y desamparar una tierra tan
próspera como Santa Marta, pareciéndoles que con facilidad no
podían hallar otra tal, se fueron a él y le agradecieron la
liberalidad y esplendor de que con ellos usaba en largarles lo que
le debían, y le suplicaron que, pues tan determinado estaba de
salirse de Santa Marta, que ellos pretendían sustentar la ciudad y
permanecer en ella; que les hiciese merced de darles y nombrarles
un teniente o sustituto que les administrase y tuviese en justicia.
El gobernador se holgó muy mucho de ver que la gente quería
sustentar aquella ciudad que él había poblado, y se lo agradeció
mucho, y les dejó y nombró por su teniente de gobernador al capitán
Palomino, persona afable y bien quista entre los soldados, los
cuales lo aceptaron, y se holgaron de ello, y poniendo por obra el
gobernador su partida, se embarcó en un navío que poco antes había
tomado en la costa de Santa Marta, que de la isla de Cuba había
salido por comisión de los oficiales de ella a hacer esclavos, y
como supiese que la gente de este navío habían rescatado o tomado
esclavos, en lo que él tenía por su jurisdicción, armó otro navío y
enviélo con pujanza de gente a prender a los de Cuba, y así fueron
despojados los unos de los otros; pero este robo le causó harto
daño a Bastidas, porque como se embarcase en el navío para irse a
Santo Domingo y se gobernase por el mismo piloto que en él venía, o
había venido de Cuba, fue cautelosamente guiado por el piloto, y
llevado a la propia isla de Cuba, donde había antes salido; y
sabido por los oficiales lo que el gobernador Bastidas había hecho
con su navío y gente y hacienda, lo prendieron para que les diese
cuenta con pago de lo que les había tomado; donde fue gravemente
molestado, y murió en prisión, sin volver más a Santo Domingo.
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1
|
En la "tabla" de Sevilla hay un resumen tachado que se lee
así:
"En el libro primero se trata de ciertas opiniones
que hay acerca de la antigüedad y origen de los naturales de las
Indias, y de cómo se trataron en tiempos antiguos, y de su primer y
más próximo descubrimiento hecho por don Cristóbal Colón y del
descubrimiento y primera fundación de Santa Marta y primer
gobernador que en ella hubo, con los demás gobernadores hasta el
doctor Infante, en cuyo tiempo fue dada al adelantado de Canaria, y
sus muchas y particulares jornadas y descubrimientos que se
hicieron en tiempo de los gobernadores. Tratase de la tierra y
valle de Tayrona y otras provincias que se descubrieron, con la
declaración de lo que significa y es el título y nombre de
encomienda y encomendero y apuntamiento y repartimiento, y de
muchos capitanes y personas señaladas que en Santa Marta hubo en el
dicho tiempo".
Obsérvese las diferencias entre este texto y el contenido en
el manuscrito.
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2
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Estos dos capítulos proceden de la tabla de Sevilla y se
suprimieron en el manuscrito.Por consiguiente, el capítulo
primero del manuscrito corresponde por su texto al tercero de la
"tabla" de Sevilla.
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3
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"Pobladas y pacificadas", puestas entre líneas, reemplazan
|conquistadas, tachada.
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|
4
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"Poblado", puesto entre líneas,
reemplaza
|conquistado, tachado.
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5
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"y capitán" está añadido en el texto por mano de
tercero.
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6
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"a socorrer" ha sido añadida por mano ajena. El texto
conserva el giro más antiguo: que fingía llegar (por allegar) al
gobernador.
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7
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"los principales de motín" están entre líneas y reemplazan las
palabras tachadas Villafuerte y... (ilegible).
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En el encabezamiento y texto de este capítulo y
siguientes las palabras "capitán", "los amotinados", etc., están
escritas entre líneas y reemplazan el apellido
|Villafuerte,
que se encuentra siempre tachado. Para no entorpecer la lectura no
lo seguiremos anotando en cada caso.
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9
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Las palabras "diciendo a los indios y naturales por donde
pasaban" están añadidas al margen del manuscrito con letra
distinta. El texto original reza: "...iban con una lengua o
intérprete que estuviesen sobre aviso".
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